Rosas

Rosas

martes, 2 de agosto de 2016

La renuncia de Bernardino de la Trinidad González de Rivadavia

POR JOSÉ LUIS BUSANICHE
En plena primera guerra Las Provincias Unidas y el Imperio del Brasil se buscaba la aprobación de una Constitución centralista y oligárquica, que sería rechazada, porque era engendro del fraude y de la mala fe, el ejército argentino al mando de Alvear, fuerte de seis mil doscientos hombres, acampaba sobre el arroyo Grande, afluente del río Negro en la Banda Oriental —diciembre de 1826— y a fines de ese mes, desplegando una estrategia que honra al general en jefe como militar, se movía en dirección a la frontera brasileña por donde no lo esperaba el enemigo, dejando cortado al ejército imperial.   La escuadra brasileña, con intención de encerrar al ejército de Alvear penetró con audacia por el río Uruguay pero fue completamente derrotada por Brown en la gloriosa batalla del Juncal el 10 de febrero de 1827. ¿Cómo vería el mediador Ponsonby aquellas acciones que contrariaban las promesas de paz de don Bernardino Rivadavia?   Alvear había lanzado una proclama en el Uruguay que para el diplomático mediador “despertaba sospecha sobre la sinceridad del Presidente y de su gobierno”. Se acercó entonces a él para expresarle su inquietud y se le contestó por el mismo Rivadavia que “no tomara en consideración el contenido de la proclama”. “Oigo de la mejor fuente escribió también Ponsonby- que el Presidente teme dirigirse al general para que “evite una batalla a pesar de que está convencido de que nada debe arriesgarse mientras sea posible la paz”. Agrega Ponsonby que el gobierno ha fracasado, que la constitución será rechazada por las provincias, que el Congreso no tuvo poder legal para nombrar presidente permanente, que el gobierno carece de derecho para invocar autoridad sobre la provincia y que, rechazada la constitución, el presidente mismo debe darse oficialmente por caducado.
Y he ahí que Alvear triunfa en la batalla en Ituzaingó el 20 de febrero de 1827 y la noticia es conocida pocos días después en Buenos Aires, La espléndida victoria exalta los ánimos e inflama el patriotismo. La multitud se arroja a las calles empujada por el entusiasmo. ¡Ituzaingó!. .. ¡Ituzaingó!. . . ¡Victoria!.. . ¡Victoria!,. . Bullen de gente los sitios públicos; los discursos, las arengas, enardecen a la muchedumbre.
Pero hay un hombre (el hombre más ilustrado del país según Ponsonby) que, en medio de aquel bullicio y acaso abriéndose camino entre la multitud, llega a casa del enviado inglés y pide hablar con él. Es el ministro de relaciones exteriores de Rivadavia, don Manuel José García. Va en nombre del Presidente, muy preocupado. “Me renovó -escribe Ponsomby- las declaraciones del  presidente, sinceras y bien conocidas respecto a su anhelo de estrechar las relaciones de su país con el Brasil tan íntimamente como sea posible, y de apoyar, en vez de atacar, la forma de gobierno allí existente y a Su Majestad Imperial".
Un mes antes de Ituzaingó, Ponsonby había escrito a Canning: “Este gobierno teme el derrocamiento del Emperador y la destrucción de su poder en el Brasil porque conoce los peligros a los que él mismo estaría expuesto. El gobierno de Buenos Aires considera la estabilidad del trono del Emperador como algo de primordial interés para este Estado y está deseoso de contribuir a su sostenimiento. Está anheloso de sellar una .alianza estricta con él y de proporcionarle toda la asistencia que esté en su poder ofrecerle”.
Con estos antecedentes, ¿cómo no habría de pasar a la posteridad la victoria de Ituzaingó con el nombre de victoria paralítica? La parálisis estaba pronunciada de antemano. Ni avanzó el ejército en persecución del enemigo ni el gobierno se preocupó por remitir los refuerzos más indispensables. ¿Para qué? En marzo había sido conocida en Buenos Aires la victoria y en abril salió el ministro don Manuel José García en misión diplomática para Río de Janeiro. Iba en busca de la paz en nombre del presidente. En el interior los pueblos habían rechazado la constitución que se les obsequiara. Los primeros en rechazarla fueron los pueblos en armas a los que se había negado la calidad de ciudadanos, porque eran pobres o porque no sabían leer ni escribir. Para dejar bien definida su actitud, las provincias de San Juan, San Luis y Mendoza firmaron en abril, después de rechazar la constitución, el tratado de Guanacache; y en mayo, por iniciativa de Bustos, las provincias de Córdoba. Santa Fe. Entre Ríos, Corrientes. Santiago del Estero, La Rioja, Salta, Mendoza, San Juan, San Luis y Banda Oriental, habían firmado ya un tratado de alianza ofensiva y defensiva y se prometían invitar a Buenos Aires. Catamarca y Tucumán para darse todas una constitución Federal.   Entretanto, se obligaban a combatir a las autoridades nominadas nacionales. El tratado abordaba el problema de los puertos y reconocía como libres y hábiles para el comercio y tráfico los puertos de Corrientes, Santa Fe, Bajada, arroyo de la China, Gualeguay y Gualeguaychú.  Se comprometían también a sostener la integridad del territorio y a prestar auxilios a los orientales en la guerra contra el Brasil. No parece super-fluo consignar que, ya en 1825, Santa Fe había reclamado ante la provincia de Buenos Aires por el derecho que ésta se atribuía “para no permitir el libre comercio de buques extranjeros y el franco trasbordo de las mercancías de ultramar, disfrutando [Santa Fe] de puertos los más cómodos para semejantes relaciones de que reportaría ventajas incalculables. Cese ya --decía el documento— esa extraña conducta prohibitiva tan extraña a la voz de la justicia”.
 
El gobierno de Buenos Aires dijo que “se trataba de una conducta estipulada solemnemente por la provincia de Santa Fe”.   La respuesta fue firmada por García, ministro entonces de Las Heras, el mismo que ahora, como ministro de Rivadavia (abril de 1827), estaba en Río de Janeiro para firmar la paz con el imperio.
En verdad, el envío de ese comisionado debió haberlo hecho el presidente Rivadavia antes de la batalla de Ituzaingó si estaba ya decidido —como lo asegura Ponsonby— a prescindir de la guerra para solucionar el conflicto. Hacerlo después de una victoria, podía despertar. suspicacias y diplomáticamente seria ineficaz porque el Emperador, que no se tenía por vencido y disponía de mucho dinero, estarla bajo los efectos irritantes del descalabro.   El ministro inglés en Brasil, Gordon, decía que la paz hubiera sido posible dos meses atrás (es decir antes de Ituzaingó) pero que al presente (mayo de 1827) le padecía imposible. “[El Emperador] —dice Gordon— está en un estado de exasperación extraordinaria después de la desgracia de sus armas, mira como una ignominia el triste resultado de sus operaciones militares, está persuadido de que para no sufrir el desprecio de las potencias extranjeras y para no degradarse delante de sus propios subditos es necesario hacer los últimos sacrificios y esta dispuesto a hacerlos hasta reparar sus recursos”.
Lo cierto es que el ministro Garcia firmó en aquellas circunstancias un tratado preliminar por el cual las Provincias Unidas “reconocían la autoridad del Imperio con expresa renuncia a todos los derechos que podrían pretender al territorio de Montevideo, llamado hoy Cisplatino”. Cuando llegó la noticia a Buenos Aies de lo pasado en Río de Janeiro y de que dos meses después de Ituzaingó Rivadavia devolvía la Banda Oriental, la población estalló en un movimiento unánime de indignación. García estuvo en Buenos Aires el 21 de junio. Forbes dice que la indignación era contra García y en no pequeña medida contra Ponsonby, pero este último asegura que Rivadavia fracasó por el odio concentrado contra él. Según Ponsonby, la vida de García peligró. Las paredes se cubrieron de papeles insultantes. El 25, Rivadavia elevó al Congreso la convención preliminar, condenándola en términos que no cuadraban en quien había mandado al sacrificio a los soldados de Ituzaingó después de las declaraciones hechas a Ponsonby. Don Vicente Fidel López afirma que Garcia cumplió instrucciones verbales de Rivadavia, El 28 el presidente presentó su renuncia.
Entretanto Bustos, gobernador de Córdoba, se había dirigido a los agentes extranjeros “protestando de la manera más solemne contra la autoridad asumida por Rivadavia sobre cualquier tratado o convención que pudiera [el agente] firmar con él en su pretendido carácter de presidente"
Don Bernardino Rivadavia había fracasado en su “aventura presidencial” como había fracasado en sus empresas mercantiles: la sociedad de minas y la sociedad de agricultura. El señor Head, por lo que respecta a las minas, el señor Barbel Beaumont en lo tocante a la sociedad de agricultura, escribieron sendos libros para hacer saber al público que hablan sido engañados. No repetiremos lo que han dicho contra él ambos empresarios que, sin duda se convirtieron en sus enemigos, ni lo que dijo Canning, ni las expresiones de Ponsonby a propósito de su silueta física grotesca, de sus maneras inflamadas, su hablar enfático y su orgullo desmedido. Pero el general Miller, amigo y admirador de Rivadavia y muy benévolo en sus juicios, por lo general, dice, sin embargo: “En la persona de Rivadavia se halla una afectación de superioridad y un orgullo que repugna”.   Contraponiéndolo a Las Héras, se expresa así: “Las Heras se había distinguido en el campo de batalla, mientras Rivadavia andaba a su voluntad de una capital europea en otra, donde quizás habría permanecido en una relativa oscuridad si no hubiese sido por la bizarría de Las Heras en Cancha Rayada”.
Ponsonby informó a su gobierno que la renuncia del señor Rivadavia “era fruto de su propia ineptitud”, que no era consecuencia de la coacción; es decir, que sus mismos errores habían determinado la situación en que había venido a parar el país. El Congreso, ante una situación semejante, y en momentos en que se decía con insistencia que los ejércitos de las provincias avanzaban sobre Buenos Aires como en el año 20, aceptó la renuncia del presidente, autor de todo aquel desaguisado y eligió en su lugar, con carácter provisorio, a don Vicente López y Planes, El nuevo magistrado, por primera providencia convocó a elecciones al pueblo de Buenos Aires para la elección de representantes con el designio de restaurar la autonomía provincial. Formada la nueva sala o legislatura de la provincia, eligió gobernador al coronel Manuel Dorrego, figura prominente del nuevo partido federal de Buenos Aires, joven e ilustre guerrero de la independencia que, con su actuación en el Congreso nacional, había dado testimonio de arraigadas y sinceras convicciones democráticas y federales.  Era periodista de pluma fácil, agudo ingenio y seria información en materia política, obtenida en los Estados Unidos, donde había estado desterrado por el director Pueyrredón. Sus discursos eran ágiles, exentos de toda retórica, certeros y contundentes. A veces deficientes de forma pero no propiamente defectuosos.

La misma legislatura que había designado a Dorrego. removió del Congreso nacional a los diputados de Buenos Aires y el día 18 el famoso Congreso comunicaba oficialmente su disolución. En dieciséis meses, ¡cuánto daño irremediable, determinado por el orgullo, la ambición y la codicia, había caído sobre el país! El historiador don Vicente Fidel López, nada sospechoso de afecto a las provincias y sus caudillos, la llama  “aventura presidencial”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario