Rosas

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lunes, 29 de febrero de 2016

La importancia de Arroyo Grande (6/12/1842)

Por Julio Irazusta
Hecho decisivo en el delineamiento de las fronteras nacionales, la batalla fue trascendental para la grandeza de la patria. Como la historia oficial —que en estos días se pretende estereotipar en dogmas teológicos defendidos con pretensiones inquisitoriales— ha tergiversado su esencia, su recuerdo se hará para honrar a los vencidos que no querían su fruto y denostar a los vencedores, que lo fertilizaron con su sangre. En la corriente versión banderiza, la batalla de Arroyo Grande habría sido un episodio de la lucha entre la civilización y la barbarie, entre la libertad —simbolizada por los antirrosistas—, y la tiranía de Rosas; en suma, problema interno, mero aspecto de la lucha por el desarrollo institucional del país. Pero en la realidad de los hechos el sangriento combate en que se enfrentaron los rioplatenses repartidos en los dos campos adversarios, fue la culminación de la campaña por el afianzamiento de la soberanía argentina en la Mesopotamia y el rechazo de la invasión extranjera; y el principio de otra contra la intromisión europea en el Río de la Plata.   Ante todo, aclaremos la anécdota. Exaltado al gobierno del Uruguay por los franceses que necesitaban el puerto de Montevideo como base para seguir el bloqueo de Buenos Aires, Rivera había declarado la guerra a Rosas el 10 de febrero de 1839, después de firmar una alianza secreta con el gobernador de Corrientes, Berón de Astrada, el 31 de diciembre de 1838.  Prometiendo su ayuda a todos los antirrosistas, el caudillo oriental no se la había prestado eficazmente a ninguno, dejando derrotar a Berón de Astrada en Pago Largo, y a Lavalle en Entre Ríos y Buenos Aires, sin enviar un soldado a este lado del Uruguay. Pero cuando Paz derrotó a Echagüe, entonces general en jefe del ejército nacional, se apresuró a cruzar el río limítrofe a la cabeza de sus tropas, para ocupar Entre Ríos y reclamar el primer puesto en la dirección de la guerra contra Rosas, que le correspondía por el tratado uruguayo-correntino de la fecha citada, cuya vigencia refirmó Ferré, primer sucesor liberal de Berón de Astrada, después de un nuevo pronunciamiento de Corrientes contra Rosas en 1840.  Las ambiciones alentadas por Rivera, de engrandecer el Uruguay a expensas de la Argentina, eran conocidas no sólo de Rosas, sino también de los caudillos liberales que lo combatían, como Lavalle y Paz. Y a ese conocimiento, y a la desconfianza que ellas suscitaban en los auxiliares argentinos de Rivera, se debieron las disensiones que trabajaron a la coalición antirrosista, para llevarla a fines de 1842 al desastre de Arroyo Grande.   Desde que se insinuó la pretensión del caudillo oriental de dirigir la guerra, el gobernador entrerriano Seguí, que había sucedido al derrotado Echagüe y entregaría poco después el mando al general Paz, la había rechazado como “un crimen de traición en el gobierno que consintiera en ella”. La autoridad nacional argentina, proyectada por Derqui con la segunda intención de depositarla en su comprovinciano, fracasó por oposición de Ferré. Y la candidatura del vencedor de Caaguazú a la gobernación de Entre Ríos no fue sino el rodeo que los antirrosistas más esclarecidos creyeron indispensable para sortear el obstáculo que la miopía de Ferré, partidario de la jefatura militar de Rivera, oponía a los planes de nacionalizar la lucha contra Rosas.  Fracasada esa combinación, al retirarse el ejército correntino a Corrientes y caer Paz de la gobernación entrerriana, el antirrosismo perdió una oportunidad magnífica de atravesar el Paraná antes de que Oribe y Pacheco volviesen de Tucumán y Cuyo respectivamente, y de rematar en Buenos Aires la campaña tan brillantemente iniciada en Caaguazú. 
Una nueva tentativa de Rivera por arrastrar al jefe cordobés en su estela no tendría mejor éxito que la primera, debido a los mismos motivos. Paz se retiró de las conferencias de Paisandú, a las que fuera invitado en octubre, como los demás cabecillas, por creer que la jefatura del caudillo oriental amenazaba los objetivos nacionales en la lucha. Y el conglomerado antirrosista, sobre ser heterogéneo, perdió así el único hombre que hubiese podido equilibrar probabilidades con los vencedores de Lavalle y Lamadrid, o llevarlo a la victoria.    A las torpezas políticas seguirían las militares. La coalición liberal esperó a Oribe en el este de Entre Ríos, en vez de obligarlo a dividir sus fuerzas contra Corrientes y el Uruguay, en invasión simultánea, o de invadir a cualquiera de las dos teniendo un flanco amenazado por la que no fuera invadida. Valentín Alsina, que aconsejaba esta última estrategia, señalaba que la superioridad del propio bando en Entre Ríos consistía en poseer todas las caballadas de la provincia y la inferioridad del enemigo en tener que recibir de Buenos Aires 60.000 caballos para mover 10.000 hombres del occidente al oriente del Uruguay, donde hasta la diferencia de los pastos perjudicaría ni hipotético invasor. Al mismo tiempo advertía que Rosas no descansaba, organizando el envío por tierra y agua de abastecimientos al ejército de Oribe, mientras los liberales se lo pasaban disputando entre ellos la dirección de la guerra.    En tales condiciones el resultado era previsible, felizmente, Y así, Oribe, al mismo tiempo que se tomaba un desquite del rival que lo había derrocado con ayuda de los franceses, daba a las ambiciones antiargentinas de Rivera un golpe de muerte, derrotando el 6 de diciembre de 1842.  
 La soberanía nacional quedaba a cubierto de un grave peligro en la Mesopotamia y el orden asegurado en Argentina. El tremendo sacudimiento interno provocado en nuestro país por la agresión francesa y que no había cesado con ella era definitivamente aquietado después de 4 años de lucha, para no repetirse sino al cabo de una década, cuando la peor amenaza implícita en las intromisiones  europeas contra la soberanía de los Estados rioplatenses había sido disipada, gracias a la solidez que el régimen establecido  adquirió en la campaña terminada por la batalla de Arroyo Grande.
El carácter político del militar que mandaba las tropas de Rosas permitía augurar de su triunfo frutos mayores de los que dio.  El “general en jefe interino del ejército unido de vanguardia de la Confederación Argentina” era a la vez pretendiente a la presidencia oriental, con títulos infinitamente más válidos que los de Rivera, exaltado al gobierno por los franceses, o los de Paz, gobernador in partibus de Entre Ríos. Además de justa, la guerra que la Argentina llevaría al Uruguay era altamente política. Pues, sobre contestar a una agresión no provocada, aspiraba a basar la armonía rioplatense en la amistad de los estadistas que representaban a ambos lados del Río de la Plata la restauración de la ley, el respeto de las tradiciones comunes y la independencia americana de toda dominación extranjera. Pero en razón de esas mismas circunstancias las fuerzas foráneas empeñadas en impedir el afianzamiento de esa soberanía en los nuevos Estados sudamericanos, para someter estos territorios a un vasallaje similar al de los países colonizables del globo, en Asia o en África, se pusieron en movimiento en cuanto vieron probabilidad de éxito a la maniobra que Rosas ideaba para responder a la intromisión europea que debió enfrentar a partir de 1838.
Mucho antes de que Oribe pasara siquiera el Paraná, mucho antes de que el invasor del territorio argentino hubiese desistido de sus propósitos anexionistas, mucho antes de que Rivera estuviese derrotado, los agentes de Francia y de Inglaterra se agitan para evitar el choque en la Mesopotamia. Ofrecen su mediación en el conflicto argentino-uruguayo a principios de 1842, cuando Rivera ocupaba todavía la mitad de Entre Ríos y el alzamiento correntino apoyado en la acción antiargentina de los franceses y los uruguayos no había sido sofocado. 
¿Cómo podía Rosas aceptar la mediación en aquel momento? No sólo se lo impedía su lealtad hacia Oribe, cuyas pretensiones legítimas apoyaba. Conocía demasiado a Rivera para saberlo incapaz de quedarse mucho tiempo sin intrigar, y, sobre todo, de resistir la intromisión europea en el Uruguay, a la cual estaba enfeudado. Y dado el espíritu antiargentino de las potencias mediadoras, una negociación iniciada cuando el invasor ocupaba aún Entre Ríos y los opositores internos estaban aún con las armas en la mano no podía sino dar por consumada de hecho la separación de la Mesopotamia, que todas las fuerzas antinacionales aspiraban a erigir en Estado soberano e independiente. Decentemente, la mediación debió ser ofrecida cuando Rivera se hubiese retirado al Uruguay. El ofrecimiento formulado seis meses antes de Arroyo Grande revela a las claras los fines divisionistas que perseguía.   Esta vez la potencia europea que dirigía la maniobra no era Francia sino Inglaterra. La primera recordaba todavía lo que le había costado entrometerse en nuestras cosas. Y Guizot había aprendido prudencia. Pero la segunda creía llegado el momento de imitar los métodos de intromisión que a los franceses les habían fracasado tan lamentablemente. Y como el nuevo jefe del gabinete francés quería reconciliarse a toda costa con la terrible rival que en 1840 la humillara, y en todo el globo no había lugar en el cual los intereses de ambos países pareciesen más afines en la época, se dejaría arrastrar a una política prepotente que los conversadores ingleses, sucesores de Palmerston, habían ideado no ya por meras razones de prestigio o de expansión política, sino en procura de un Nuevo sistema económico consistente en la apertura de todos los mercados consumidores posibles y la transformación de las islas británicas en país exclusivamente productor de manufactura industrial. La política librecambista simbolizada en el nombre de Peel, perfeccionada en 1846, se inauguraba en 1842. Y los conservadores parecían dispuestos a abrir a cañonazos el mercado ultramarino que aspirara a cerrarse, fuera en la India, en la China o en Sudamérica.  Desde principios de ese año Inglaterra había echado el ojo al mercado paraguayo, Y no se puede creer ajena su influencia a la declaración de independencia hecha entonces por primera vez en la provincia secesionista.  Al Brasil lo extorsionaba para imponerle la renovación de los tratados de comercio y de la trata que el gabinete de Río quería rever. A la Argentina le había arrancado, valiéndose del conflicto franco-argentino, un tratado sobre represión del comercio de negros que Rosas se había resistido durante cinco años a concederle sino a cambio de la revisión del convenio del 25. Y así de lo demás.   ¿No era demasiado? ¿No había un deber en resistir a la intromisión, aun en beneficio de todos los poderes sudamericanos culpables de ella? La influencia argentina en el Uruguay, fundada en la sólida amistad de los dos estadistas rioplatensos más conocedores de los intereses materiales de la región y los espirituales de la común tradición era la única valla que se le podría oponer. Y ése pudo ser el más legítimo resultado de Arroyo Grande. Los obstáculos que la operación halló en la voluntad de las potencias europeas que lo estorbaron no habrían sido invencibles, si no hubiesen existido argentinos y uruguayos que por “indigno espíritu de partido”, como dijo San Martín, se unieron al extranjero “para humillar a su patria”.

Los diez años de valor rioplatense que siguieron a la victoria argentina del 6 de diciembre de 1842 no pudieron casi nada contra el extravío de muchos compatriotas influyentes. Y por eso hoy se honrará más la memoria de los extraviados y de los vencidos, que la de los esclarecidos vencedores.

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