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sábado, 12 de octubre de 2019

Santiago de Liniers, de héroe a villano


Por Alberto Lettieri 
El 12 de agosto se conmemora la Reconquista de Buenos Aires, gesta en la que jugaron un papel destacadísimo un oscuro y controvertido oficial de origen francés, Santiago de Liniers, y el pueblo rioplatense movilizado. Pese a su importancia, esta lucha no se cuenta ya entre las más recordadas por las instituciones ni por la historia nacional, e incluso la figura de Liniers ha sido objeto de encarnizados cuestionamientos por parte de los unitarios primero, y el liberalismo oligárquico y su “historia oficial” más adelante.  Liniers, así, es otro de los “malditos” de la historia oficial, y recuperar su verdadera dimensión histórica y poner en valor sus méritos y sus debilidades constituye una tarea imprescindible, para reconciliarnos con nuestro pasado y comenzar a analizarlo con una mirada limpia, despojado de la parcialidad que ha caracterizado a la historiografía nacional.
Para eso, he decidido segmentar mi análisis sobre Liniers en dos entregas: la primera, referida a la etapa de ascenso y consagración de Liniers como héroe popular, y la segunda, a su vertiginosa declinación y al examen de los juicios históricos vertidos sobre su figura y desempeño.
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 Santiago de Liniers, episodio 1: De la nobleza provincial francesa a Conde de Buenos Aires 
 Santiago de Liniers nació en Niort, Francia, como Jacques de Liniers, en 1753, en el seno de una familia aristocrática provinicial, con cierto prestigio y casi sin fortuna. La carrera militar fue, pues, su única alternativa, según los estándares de la época, y así fue que aprovechando el Pacto de Familia entre los Borbones franceses y los españoles, ingresó en la Orden de San Juan, donde egresó con la cruz de Caballero de Malta. Si bien en un principio su arma fue la caballería, pronto descubrió su seducción por el mar. Así, prestando servicios en una y otra fuerza finalmente la necesidad de abrirse camino lo trajo al Río de la Plata en 1788 para prestar servicios a la corona española.  Para entonces, Liniers era un especialista en organización militar en condiciones en que debían combinarse  pocos recursos y mucho ingenio.  Su misión inicial fue organizar un sistema de lanchas portadoras de cañones, de rápido desplazamiento y gran efectividad, en previsión de una eventual invasión inglesa, y más adelante se le encomendó la fortificación de Montevideo. El Imperio español agonizaba mientras la destacada tarea de Liniers le propiciaban significativos ascensos, convirtiéndose en Capitán de Navío de la armada española en 1796.   En 1802, el Virrey Joaquín del Pino y Rozas lo designó Gobernador de las Misiones Guaraníes. Una zona estratégica debido a que, tras la expulsión de los jesuitas de los dominios españoles en América, la logística se había resentido considerablemente, y los portugueses se habían apropiado de buena parte del territorio, y aspiraban a seguir avanzando. Sería tarea de dos malditos de la historia oficial, Liniers primero, y Andres Guazurarí más adelante, defender un territorio indómito, casi sin recursos, y valiéndose casi exclusivamente del esfuerzo poco reconocido de los indígenas de la zona. De este modo, poco a poco, Liniers fue consagrando su vida a combatir las pretensiones británicas y de sus aliados en el Río de la Plata.  La tarea organizativa de Liniers en las Misiones fue excelente. También sus relevamientos geográficos y científicos del territorio. Sin embargo, su condición de francés le jugaba en contra, y a menudo era desplazado en beneficio de oficiales españoles. Así fue que, una vez organizada la defensa de las Misiones, el Rey designó en 1804 un nuevo Gobernador en su reemplazo. Al momento de su regreso, Liniers había enviudado por segunda vez en el Río de la Plata, esta vez de la hija de Sarratea, Martina. l establecerse nuevamente en Buenos Aires, el nuevo Virrey, Rafael de  Sobremonte, lo designó al frente de la Estación Naval. Pero, una vez más, sería desplazado por los oficiales españoles, y trasladado a la Ensenada de Barragán, donde prestaba servicios al momento de la Primera Invasión Inglesa.   
Cambio de suerte: las Invasiones Inglesas y el ascenso de Liniers
Liniers comunicó al Virrey el avistaje de la flota británica, pero no recibió orden de presentar resistencia.  Sobremonte, siguiendo instrucciones, huyó a Córdoba con parte del tesoro real, que debía ser preservado para pagar armas y mercenarios en España, que experimentaba por entonces la invasión napoleónica. De este modo, la conquista de Buenos Aires fue prácticamente un paseo para los ingleses.   Se trataba, en realidad, de la crónica de una muerte anunciada. Desde hacía al menos 30 años que había comenzado a imaginarse la expedición, propiciada por exiliados americanos y el gobierno británico, con el amparo de la masonería. Para 1804, el venezolano Miranda y el comandante Popham, con la aprobación del canciller George Caning,  habían avanzado muchísimo en la elaboración de una estrategia para liquidar el dominio español en América, y el general escocés Thomas Maytland había acercado su "Plan para capturar Buenos Aires y Chile y luego emancipar Perú y Quito". Más aún, algunos historiadores han confirmado la existencia de alrededor de 50 agentes británicos reclutados entre la clase acomodada porteña que operaban a favor de la inclusión del Río de la Plata dentro de la órbita británca, algunos de ellos miembros destacados de la Primera Junta de Gobierno, que no dejarían de prestar sus servicios al monarca inglés en las décadas siguientes.   De este modo, con el visto bueno de una fracción considerable de comerciantes porteños, el gobernador británico de Buenos Aires, William Carr Beresford, se apropió del tesoro virreinal, enviándolo inmediatamente a Londres. Para 2008, el economista Néstor Forero estimó su monto en alrededor de U$D 87.000 millones de dólares actuales, que nunca serían recuperados. Liniers, mientras tanto, se ponía en contacto con Martín de Álzaga, quien se encontraba abocado a la tarea de organizar grupos armados para tratar de expulsar a los ingleses y, aprovechando su condición de francés, se trasladó a Montevideo, donde el  Gobernador Pascual Ruiz de Huidobro le proveyó de armas,  hombres y una flotilla de lanchas. En vistas de que el Cabildo de Buenos Aires había jurado su sujeción al monarca británico, inmediatamente el de Montevideo consagró a Ruiz de Huidobro como máxima autoridad española del Virreynato, y se ordenó reclutar un ejército de 1600 hombres.  Casi simultáneamente se avistaron naves inglesas aproximándose a Montevideo, por lo que se decidió que Huidobro permaneciera allí organizando la defensa, mientras que Liniers intentaría la hazaña en Buenos Aires.
 En Colonia del Sacramento, Liniers fue recibido por el Capitán Juan Gutiérrez de la Concha, quien había reunido una flotilla, con la que se desplazarían hasta Buenos Aires. Hubo, sin embargo, una parada intermedia, el 4 de agosto, en el entonces Puerto de las Conchas –actualmente el Partido de Tigre-, donde se aprovisionarían de alimentos y engrosarían considerablemente sus efectivos. Esta etapa estratégica en la Reconquista ha quedado habitualmente fuera de los libros de texto.
Lo demás es historia conocida. El 12 de agosto Liniers inició las operaciones, y tras sostener encarnizados combates, obligó a Beresford a una rendición incondicional, apropiándose además de 26 cañones y de las banderas e insignias de su regimiento, que serían expuestas en la Basílica de Santo Domingo, con la leyenda:   ”Del escarmiento del inglés, memoria, y de Liniers en Buenos Aires, gloria”.   La Reconquista convirtió a Liniers en héroe porteño, y el Cabildo, sobrepasando sus atribuciones, inmediatamente lo designó Gobernador militar, en reemplazo de Sobremonte. También asumió funciones de administrador civil. El Virrey desplazado se trasladó a Montevideo, pretendiendo ejercer desde allí su autoridad, y ponerse a la cabeza de la defensa ante la inminente invasión por parte de la flotilla inglesa que acechaba la ciudad. Sin embargo, también el Cabildo local lo rechazó, y consiguió alejarlo rápidamente de su territorio.
Mientras tanto, Liniers decidió enviar a los prisioneros al interior. Simultáneamente se reunió con Beresford, y evaluando sus lamentos sobre el riesgo para su vida que significaba su derrota, más la inconveniencia de tomar una actitud más drástica con los oficiales británicos, con un Imperio Español en crisis, un posible intento de nueva invasión británica y la conspiración a favor del monarca inglés de buena parte de la clase acomodada porteña, decidió acordar una Capitulación honrosa al vencido, confinándolo a la localidad de Luján. Pocos días después, dos reconocidos referentes de la autodenominada “gente decente” porteña, con engaños y sobornos consiguieron liberar a Beresford, y conducirlo a la flota británica.
La tarea de Liniers era, por entonces, incansable. El contraataque inglés era inminente, y no había tiempo para perder.  Una vez más salieron a relucir sus dotes de gran organizador y estratega. Así, dispuso la organización de una decena de regimientos, organizados según su origen territorial, entre los que se destacaban el de Patricios, liderado por Cornelio Saavedra, y el conformado por nativos de las provincias del Noroeste, al que se denominó “Aribeños”. Las milicias sumaron casi 8000 efectivos.
En enero de 1807, los ingleses desembarcaron en Montevideo. Sobremonte fue derrotado el 20 en el Buceo y sus tropas se dispersaron. Liniers, que se había trasladado a Colonia con 1500 hombres, no llegó a intervenir. El 10 de febrero se reunió una Junta de Guerra que decidió destituir a Sobremonte, detenerlo bajo custodia, y pso las fuerzas militares a cargo de Liniers, en su condición de oficial de mayor rango en el Río de la Plata. El 30 de junio, la Real Audiencia lo invistió como Virrey interino, el primero designado en territorio americano.
Unos días después, se produjo la nueva y anunciada invasión inglesa, compuesta esta vez por 10000 hombres que desembarcaron en la zona de Qulmes. Los primeros combates fueron desfavorables para los defensores y, tras la derrota en los Corrales de Miserere, Liniers consideró capitular ante el General Whitelocke. La iniciativa fue desautorizada por el Alcalde de Primer Grado Martín de Álzaga, por lo que se descartó. Sin embargo, el retraso en iniciar la ofensiva final por parte del General Inglés, a la espera del arribo del resto de sus tropas, favoreció la organización de la Resistencia.
Llamativamente, la ofensiva inglesa fue bastante defectuosa, y ese 5 de julio el pueblo en armas consiguió infringirle una drástica derrota en pocas horas. Liniers entonces pudo imponer la rendición de los ingleses y, a instancias de Álzaga, la obligación de retirarse también de Montevideo, exigencias que fueron aceptadas sin dilación.   Para entonces Santiago de Liniers se había convertido en héroe. Al año siguiente, el monarca español lo confirmaba como Virrey, y un año y medio más tarde, una Real Cédula fechada el 11 de febrero de 1809 le adjudicó un título de nobleza, como Conde de Buenos Aires:  “Deseando la Junta Suprema Gubernativa del Reino premiar debidamente los sobresalientes méritos que ha contraído el mariscal de campo don Santiago Liniers, mientras ha estado en Buenos Aires de Virrey y Capitán General, se ha servido concederle, en nombre del Rey nuestro señor don Fernando VII, la gracia de título de Castilla, libre de lanzas para sus hijos, herederos y sucesiones.”
Sin embargo, una vez alcanzado el punto máximo de su fama, Liniers experimentó una caída tan vertiginosa como lo había sido su ascenso y en poco menos de dos años, el héroe de la Reconquista y la Defensa sería ejecutado, acusado de traición, en Cabeza de Tigre. La Revolución comenzaba así  a imponer destinos fatales a muchos de los actores que la habían propiciado.

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