Rosas

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miércoles, 4 de diciembre de 2019

El Gauchito Gil

Por Alberto Julián Pérez ©
 Antonio Mamerto Gil Núñez nació en la estancia “La Trinidad”, cerca del pueblo de Mercedes, o Pay Ubre, como él lo llamaba, el 15 de septiembre de 1844. Su padre, un gaucho oriundo del departamento de Goya, era peón de la estancia. Su madre, una china hija de madre paraguaya y padre correntino, había nacido en un pueblo cerca de la frontera con Paraguay. Era una mujer muy linda, de ojos negros y pelo lacio y renegrido, que se recogía en dos trenzas. Su padre se la llevó de su tierra a Pay Ubre, donde tenía trabajo. Era un hombre muy respetado en la zona. Se lucía en los rodeos, era buen jinete y arreaba con el silbido y el lazo en los terrenos más difíciles.
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Antonio, que tenía la cara linda de su madre y ojos muy negros, se quedaba con ella en el rancho cuando su padre salía a trabajar. Su hermano mayor, que le llevaba seis años, lo acompañaba a los rodeos y las yerras. Su madre le hablaba a Antonio en castellano y en guaraní. El podía comprender la lengua indígena, pero no la aprendió a hablar bien.  1850 fue un año difícil en Corrientes. La guerra civil no terminaba nunca, se sucedían los combates, y los gauchos seguían a sus caudillos. No ir era de cobardes y de flojos. Los paisanos se preciaban de su coraje y no aguantaban una mancha en su reputación. Su padre se fue a la guerra y no regresó. Les dijeron que lo habían muerto en un entrevero con los soldados de un comandante entrerriano. La madre quedó sola con sus hijos en el rancho de adobe. El patrón de la estancia, Don Indalecio Santamaría, cuando supo que el gaucho Gil no había vuelto de la patriada contra los entrerrianos, le pidió a su mujer que los ayudara, como correspondía. Don Indalecio se preciaba de proteger a su gente en momentos difíciles. Al hijo mayor, que era fuerte y hábil como lo había sido su padre, aunque joven todavía, le dio trabajo en su estancia como peón. Su señora, Doña Catalina, llevó a la china a trabajar a la casa. Ayudaba en la cocina y hacía la limpieza. Le dieron un cuarto en una vivienda vecina al caserón de la estancia para que se alojara junto a su hijito, con el personal de servicio. Su hijo mayor dormía en el galpón de los peones. Antoñito, que era un niño muy menudito y tranquilo, hacía mandados y ayudaba en lo que podía. Cuando no tenía tarea, jugaba solo en el corredor de la casa.  El casco de la estancia de “La Trinidad” era grande, trabajaban allí más de treinta personas, entre peones y sirvientes. Había también tres esclavos negros, un hombre y dos mujeres, que servían en la casa. La señora del patrón, que tenía tres hijos, hizo venir a una maestra de Corrientes para que les enseñara a leer y escribir. Por la mañana, después del desayuno, la maestra se sentaba con los niños bajo la enramada, y allí les hacía aprender el alfabeto, y les enseñaba a deletrear y a escribir. Antoñito miraba con curiosidad e interés. Doña Catalina, viendo esto, le pidió a la maestra que le enseñara también a él. Antoñito, que era despierto e inteligente, aprendió a leer y escribir con gran facilidad, antes que los otros niños. Estos le agarraron envidia y lo acusaban de todo tipo de cosas para que su madre lo castigara. Le decían que les robaba los dulces y les pegaba. La señora de la estancia no les creía y miraba al niño con simpatía.
En el 51 llegaron noticias del pronunciamiento de Urquiza. El dueño de la estancia era federal y la situación le preocupó sobremanera. Los unitarios conspiraban contra el país. Rosas había mantenido a los franceses y a los ingleses alejados de la frontera, acorralados en la ciudad vieja de Montevideo, durante muchos años. Don Indalecio era un estanciero próspero y se había enriquecido con la política de Rosas. Todos los años arreaba sus animales hacia el sur y los vendía en Buenos Aires a los saladeros, que preparaban charqui para los mercados de esclavos del Brasil. También tenía comercio de cueros, que embarcaba en el puerto de Corrientes. Hacia allá salían sus carretas cada tantos meses. El hombre se fue con sus peones gauchos a Buenos Aires, a defender a Rosas, siguiendo a un comandante amigo y no regresó en muchos meses.
Cuando volvió se supo que había caído mucha gente en la lucha. Rosas había sido derrotado en Caseros y se había ido del país. El General Urquiza, de Entre Ríos, había quedado al frente de la Confederación. Habían llegado al país muchos brasileños y otros extranjeros. Al poco tiempo, la maestra que les enseñaba a los chicos regresó a Corrientes. No vinieron más maestros a la estancia. A veces, la esposa del patrón, por la tarde, se sentaba en la enramada con los niños y les hacía leer la Biblia en voz alta. Si Antoñito estaba allí le pedía que leyera. El niño prefería el Génesis y el Evangelio de San Juan. Leía de corrido, con voz clara. A diferencia de los otros niños, casi nunca se equivocaba. Pronunciaba con cuidado, dándole a cada frase un énfasis especial. 
La madre de Antoñito continuó trabajando en la cocina. Era una mujer atractiva y los gauchos la cortejaban. Le decían piropos y cumplidos, que ella no respondía. Finalmente aceptó a un enamorado, Juan Prieto, un gaucho rumboso que usaba aperos llamativos y se emborrachaba cada vez que había baile. Al hombre le molestaba que el niño estuviera siempre entre él y la mujer. Le dijo a la madre que Antoñito estaba muy apegado a sus polleras y que tenía que hacerse hombre. Ya había cumplido once años. El tenía un peón amigo que podía llevarlo al campo, para que aprendiera a trabajar con los animales y se hiciera gaucho.
Lo mandaron con Pancracio, un gaucho de pelo largo y vincha, que era famoso por su habilidad con el cuchillo. Pancracio se encariñó con Antoñito, le enseñó a amansar caballos, a arrear el ganado, a marcar, a carnear y a cuerear. También le enseñó a vistear. En esos pagos había que saber defenderse. Lo llamaba Gauchito en lugar de Antoñito. “¿Gauchito cuánto?”, le preguntó alguien. “Gauchito Gil”, respondió el muchacho y ya le quedó ese nombre.
Cada tanto el Gauchito regresaba a los pagos a visitar a su madre, que se fue a vivir a un rancho con el gaucho Juan Prieto. Una vez que llegó se dio cuenta que estaba embarazada, iba a tener un hermanito. El niño nació prematuro y murió enseguida. Su madre perdió mucha sangre en el parto y al poco tiempo moría ella también. El Gauchito amaba profundamente a su madre y la pérdida le causó un gran dolor. La enterraron en un camposanto en Paz Ubre. A los dieciséis años se había quedado huérfano.
Al tiempo el patrón envió a Pancracio con un encargo a Corrientes y el Gauchito se fue a trabajar como ayudante de un cazador que vivía en los esteros. Se llamaba Venancio. Cazaba aves y vendía sus plumas más finas, que eran muy apreciadas. Casi nadie, entre los gauchos, tenía fusil, que era un arma de los ricos. Cazaban con trampas y con bolas. El Gauchito se hizo un cazador diestro. Podía bolear a los patos en el aire. En los esteros andaban en canoa. Atravesaban grandes peces con lanza y los comían asados. Dormían en una choza de junco que se habían armado. El Gauchito se enamoró del paisaje, de sus sonidos y de las noches estrelladas. Venancio se había criado en la frontera con Paraguay y sabía poco castellano. Le hablaba casi siempre en guaraní. El Gauchito le entendía y le respondía en castellano.
A los dieciocho años el Gauchito decidió volver a la estancia. Le dijo a Venancio que quería andar por su cuenta y se despidió de él. Regresó a “La Trinidad”, donde había crecido, y le dijo al patrón que estaba buscando trabajo. Poco después Don Indalecio lo llamó. Un amigo suyo había muerto en una batalla grande en el arroyo Pavón, en Santa Fe, y su esposa, que había quedado sola, necesitaba ayuda en su campo. Don Indalecio sabía que el Gauchito era un muchacho listo e inteligente. Le dio una carta y lo envió a “La Estrella”, cerca de Mercedes.
La viuda lo recibió. Era una mujer de unos treinta años, hermosa, y de cuerpo algo grueso. Se llamaba Estrella, como la estancia. Su marido le había puesto ese nombre en honor suyo. Desde un primer momento el Gauchito le llamó la atención. Era un muchacho bajito, con cara de niño. Aparentaba menos edad que la que tenía. Después de hacerle algunas preguntas, le ofreció el trabajo. El capataz lo puso a cargo de una cantidad de animales. Era buen jinete y sabía seleccionar y apartar el ganado. Los arreaba a las aguadas y a los pastizales.
Un día, en un fogón, un gaucho grandote se burló de él. Los otros se rieron y el Gauchito se ofendió. Lo desafió a pelear y desenvainó su cuchillo. El grandote sacó el suyo y se trenzaron. El capataz se interpuso y los desarmó. Les dijo que en la estancia, por orden de la patrona, estaban prohibidas las peleas y los hizo azotar.
Los gauchos arreaban con el rebenque y el lazo. El Gauchito prefería las boleadoras. Como era bajo, se las ataba alrededor del pecho, en lugar de la cintura. Decía que le resultaba más cómodo. El capataz lo mandaba en persecución de las reses que escapaban y las inmovilizaba con un tiro de bolas. Una vez que estaban en el monte boleó a un jabalí. Los otros gauchos festejaron su hazaña. Comieron el jabalí asado a las llamas. Lo abrieron en dos, lo clavaron en una cruz de hierro, hincaron la cruz en la tierra, lo cubrieron con una montaña de ramas de espinillo que juntaron e hicieron una enorme fogata. Pocos minutos después extinguieron el fuego. La carne estaba a punto.
A los veinte años se dejó crecer el bigote para parecer más grande. Tenía un rostro bondadoso y ojos penetrantes. Muchos lo consideraban afeminado y lo miraban con sorna. Como buen correntino, respetaba las creencias de su tierra. Se hizo grabar en el esternón un tatuaje de San La Muerte a punta de cuchillo. San La Muerte lo protegía de las alimañas peligrosas cuando estaba en el monte y en los esteros. Había ocelotes, víboras y yacarés. Sus fieles creían que los protegía también de los peligros de la guerra. Las luchas civiles asolaban la región. Cada dos por tres venían a buscar gente para alguna refriega. El Gauchito no había ido a la guerra todavía, pero sabía que en algún momento le iba a tocar.
Por la noche, si no andaba lejos, en un arreo, regresaba a la estancia. Dormía en un galpón de techo alto, junto a los otros peones. Las noches de luna salía a contemplar el campo. A la patrona, Doña Estrella, le gustaba sentarse en el corredor de la casa. La mujer lo observaba y se empezó a interesar en él.
Algunas veces, cuando lo veía por las noches, la viuda lo llamaba para hablar. Le preguntaba por sus cosas. Cuando supo que sabía leer, le pidió que le leyera la Biblia. Lo hizo pasar a la casa y leyó a la luz de la lámpara. La escena se repitió con cierta frecuencia. Lo convidaba con cognac o ginebra. El Gauchito, que era muy tímido, hacía todo lo que ella le decía. Un día pasó lo inevitable. La señora, que lo deseaba, lo empezó a acariciar y lo besó. Después se lo llevó al dormitorio e hicieron el amor. El Gauchito era un muchacho tierno y apasionado. La mujer se enamoró de él. El Gauchito se dejaba hacer. Al tiempo ya casi no iba a dormir al galpón. Los demás peones lo empezaron a celar. Se dieron cuenta de que tenía tratos íntimos con la patrona.
Poco después llegaron a la estancia dos hermanos de Doña Estrella. Durante varios días el Gauchito no se acercó a la casa. Uno de los hermanos vestía uniforme militar. El otro usaba ropa de ciudad. Vivían en Corrientes. Días más tarde vino de visita el Capitán Alvarado. Era pretendiente de Doña Estrella y un hombre influyente, oficial del Ejército y Jefe de la Policía de Mercedes. Tenía como cuarenta años, era alto y de porte marcial. Era amigo del Gobernador y en la región le temían.
El Capitán empezó a venir seguido por las tardes. La señora le pidió una vez al Gauchito que les cebara mate, y allí pudo ver a todos de cerca. No sabía por qué los hermanos de Estrella habían ido a la estancia. Estaba preocupado, pensaba que quizá quisieran aprovecharse de ella, que era tan rica.
            Cuando se fueron los hermanos la situación se normalizó. El Capitán la visitaba de vez en cuando durante el día y salían a pasear a caballo, o ella lo invitaba a almorzar. También les gustaba tomar mate juntos en el corredor de la casa. Pasaban tiempo solos en el interior de la vivienda, pero el Capitán no se quedaba por las noches en la estancia.
Doña Estrella estaba infatuada con el muchacho. Lo invitaba por la noche a la casa. Le gustaba bañarlo en una tina, perfumarlo y luego llevarlo a la cama y jinetear encima de él. El Gauchito era de piel blanca, sin vellos, y su cuerpo era más pequeño que el de ella. Doña Estrella lo acariciaba, jugaba con su bigote y le decía que lo quería. El Gauchito se fue enamorando de ella. Nunca había estado con una mujer antes.
Los otros peones miraban con envidia la relación del Gauchito con la patrona. Alguien hizo llegar al Capitán los rumores sobre las visitas nocturnas del muchacho a la viuda. Al tiempo regresó a la estancia el hermano militar de Doña Estrella. Se quedó allí varios días. Venía de la guerra. Los dos, aparentemente, hablaron de negocios. Después vino el Capitán. El Capitán lo mandó llamar al Gauchito. Le dijo que se venían malos tiempos, y que él iba a tener que internarse en el monte con un rebaño de ganado. Doña Estrella asintió. Había guerra y no querían que les confiscaran todos los animales.
El Gauchito, junto con otros peones, se llevaron los animales al monte. Allí vivieron por varios meses. Cuando volvieron a la estancia los recibió el Capitán Alvarado. No pudo ver a Doña Estrella. El Capitán le dijo al Gauchito que iba a vivir en un puesto algo alejado de la casa, y que no abandonara el sitio si él no lo autorizaba. El muchacho, que extrañaba a su amante, merodeaba por las noches los alrededores del casco. Intentó acercarse y dos policías que estaban vigilando se le echaron encima. Se cubrió la cara con el pañuelo, sacó el facón y les hizo frente. Hirió a uno y logró escapar. Al día siguiente el Capitán lo vino a buscar con dos policías y se lo llevaron detenido. Lo acusó de tratar de robar en la casa y de herir a un policía. El Gauchito negó que hubiera sido él. Lo hizo azotar y estaquear. Lo dejó un día tendido al sol. Doña Estrella, que se enteró, vino a pedir por él. Dijo que era un buen peón y que debía perdonarlo. El Capitán no quería entrar a competir con el muchacho. Le ordenó que se fuera lejos, que no volviera a la estancia. Era sospechoso de haber herido a un policía y si regresaba podía irle muy mal.
Estaban reclutando gente para la guerra contra el Paraguay. El Gauchito lo vio como una oportunidad para probarse. Era 1866, ya había cumplido veintidós años. Fue a Corrientes y lo destinaron a un cuerpo de infantería. La guerra se peleaba en los esteros y el Gauchito conocía ese tipo de terreno. La vida militar no era lo que pensaba. Había que pasarse mucho tiempo en el campamento, esperando órdenes. Se aburría. Se hizo de varios amigos. Eran casi todos gauchos como él. Los oficiales hablaban poco con ellos, venían de las ciudades del litoral.
Había un soldado que era diferente a los demás. Andaba siempre con una carpeta. La apoyaba donde podía y se ponía a dibujar. Hacía croquis y dibujos del campamento y los alrededores. También dibujaba a otros soldados, en diferentes posiciones. Ponía el lápiz delante de la vista para tomarle el tamaño a las cosas y calcular las distancias. Le decían Cándido. Peleó junto a él en la batalla de Sauce. En la batalla de Curupaytí lo hirieron mal y perdió el brazo derecho. El Gauchito lo vio cuando lo llevaban al hospital de campaña. El otro lo reconoció también. Le dijo que no iba a poder dibujar más ni pintar. El Gauchito le respondió que si realmente era pintor, iba a aprender a pintar con la otra mano. El muchacho lo miró agradecido.
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 Los porteños se quejaban por los rigores del clima. Hacía calor y humedad, y había muchos insectos. Los soldados se enfermaban. Tenían que luchar en las peores condiciones. Curupaytí fue una verdadera carnicería. Les dieron orden de avanzar por los esteros contra las posiciones del enemigo, pero no llegaban nunca. Los que morían quedaban semihundidos en el agua. Durante la batalla el Gauchito se extravió. Cuando llegó la noche se ocultó en un terreno más elevado y seco. Agotado se durmió. Lo despertaron ruidos de hombres que se acercaban. Hablaban en guaraní. Se dio cuenta que eran soldados paraguayos. Agarró su fusil y preparó la bayoneta para defenderse. Se quedó quieto. Los otros pasaron a varios metros de él y no lo vieron. Decían que eran hombres del Capitán Ayala y que los argentinos estaban casi derrotados. A la mañana pudo regresar a sus posiciones. La batalla se prolongó varios días más y, tal como decían los paraguayos, los argentinos perdieron.
Pero eran muchos. Pasaron los meses y la guerra se empezó a inclinar del lado argentino y sus aliados brasileños y uruguayos. Llegó a su Regimiento un oficial periodista. Era Capitán. Había combatido en Sauce y en Curupaytí, donde lo habían herido. Al Gauchito le llamaba la atención verlo leer y escribir. Un día se acercó a él para observar lo que escribía. El otro le preguntó si podía entender lo que decía allí. El Gauchito le dijo que sí, que sabía leer. El Capitán se sorprendió. Los gauchos eran casi todos analfabetos. El Gauchito le dijo que había aprendido a leer en la estancia de sus patrones, donde su madre era la cocinera. El otro se presentó, era el Capitán Mansilla y trabajaba para un diario de Buenos Aires, La Tribuna. Cumplía además funciones militares. Le preguntó si le quería ayudar. El Gauchito le dijo que sí. Le pidió que pasara en limpio los artículos que escribía. El Gauchito tenía una letra muy clara y perfilada. Escribía en una mesa de campaña, junto a la tienda del Capitán. Se pasaba horas trabajando y casi dibujaba cada letra. Mansilla le preguntó si había leído libros. El Gauchito le respondió que la Biblia. Mansilla le preguntó si algún otro. El Gauchito le dijo que no.
Se hizo inseparable del Capitán y lo seguía a todos lados. Mansilla le pedía que le leyera en voz alta los diarios que le llegaban de Buenos Aires. Estaba en contra del gobierno, no quería al Presidente y criticaba la dirección de la guerra. Las crónicas que escribía analizaban la situación con un tono negativo y pesimista.
Su Regimiento estuvo estacionado varias semanas sin moverse. Mansilla se aburría de la vida en el campamento. Por fin recibieron órdenes de adelantar sus posiciones. Todo el Regimiento marchó y se ubicaron más cerca del enemigo. Hicieron terraplenes para protegerse de las balas y cavaron trincheras. Mansilla tenía un gran sentido del humor y le gustaba hacer bromas y contar chistes a sus soldados. Las horas eran largas y no había mucha acción. Los paraguayos tenían pocas municiones y casi no disparaban. Era una guerra de nervios. Estaban siempre observando al enemigo y esperando.
Mansilla les propuso cargar a la bayoneta, pero el Mando superior se opuso. El Capitán regresó a su puesto furioso y se subió encima de los terraplenes. Empezó a agitar los brazos. Los paraguayos le gritaban cosas. Los argentinos respondieron. Algunas balas paraguayas picaron sobre las fortificaciones. Le pidieron a Mansilla que bajara, antes que lo hirieran. El empezó a reírse a carcajadas. Se bajó los pantalones y les mostró el culo a los paraguayos. Los soldados empezaron todos a reírse. Esa tarde terminó sin mayores incidentes. Mansilla había sido el héroe del campamento.
Días después avanzaron y desalojaron a los paraguayos de su posición. Tuvieron que cargar de frente contra el enemigo. Hubo muchos muertos. El Gauchito vio como un soldado paraguayo se le venía encima. Logró hacerse a un lado y lo atravesó con la bayoneta. Mientras estaba expirando el paraguayo lo miró a los ojos. Era un muchachito de no más de quince años. El Gauchito le sostuvo la cabeza y el otro murió en sus brazos. Siguió peleando, pero esa noche no pudo olvidarse de la mirada del joven soldado moribundo.
La guerra siguió su curso. A su Regimiento de a poco lo fueron diezmando. Ya no quedaban ni la mitad de los hombres. Lo hirieron en un hombro y lo mandaron a la retaguardia. Lo atendieron y lo vendaron unas mujeres que hacían de enfermeras, hasta que recuperó las fuerzas. Cuando volvió al frente ya Mansilla no estaba, lo habían hecho regresar a Buenos Aires.
Al mes siguiente enviaron a su Regimiento a Corrientes y lo acuartelaron. Su unidad permaneció allí durante varios meses, hasta que terminó la guerra. Licenciaron a todos y les dieron unos pocos pesos para que volvieran a sus pagos. Cuando el Gauchito llegó a Pay Ubre se enteró que Doña Estrella, la patrona, se había casado con el Capitán Alvarado. Este se había retirado de la policía y ahora administraba la estancia. El Capitán recibió con desagrado la noticia del regreso del Gauchito. Sospechaba lo que había pasado entre él y su mujer.
El Gauchito consiguió trabajo en un campo. Atendía a los animales. Los llevaba a las pasturas y las aguadas. Tenía un buen caballo y salía a galopar por las tardes después del trabajo. Sintió tentación de acercarse a la estancia de Doña Estrella, pero no lo hizo. Le costó mucho adaptarse otra vez a la vida de peón. La guerra lo había cambiado. Tenía pesadillas por las noches. Veía los ojos del muchachito que había atravesado con la bayoneta y había muerto en sus brazos. Se despertaba angustiado.
Un día lo vino a buscar la policía al campo donde trabajaba. Era el año 1871. Le dijeron que no lo querían en el pago. Las cosas estaban difíciles, había muchos cuatreros y le convenía irse de allí. El Gauchito entendió, pero no hizo caso. Al tiempo se enteró de que en Corrientes se habían levantado contra el gobierno. El Jefe de la policía se presentó en la estancia y dijo que pronto llegaría un Comandante a buscar soldados para la guerra civil, y que se prepararan para luchar. El Gauchito sintió que no tenía nada que ganar y que realmente no quería pelear en otra guerra. Para él los hombres eran todos hermanos, aunque vivieran en distintas provincias o países. Esa noche tuvo un sueño. Se le apareció Cristo, rodeado de una luz blanca. Tenía un rostro de aspecto adolescente. El reconoció los ojos del soldado paraguayo muerto. Dios le habló en guaraní y le dijo que el hombre no debe derramar la sangre del hombre. Le pidió que rezara a San La Muerte para que lo protegiera.
Al otro día llegó una partida de soldados. El Comandante explicó que ellos eran azules liberales y estaban en contra de los autonomistas. Les ordenó que se alistaran, se los llevaban a todos a pelear. Tuvieron que seguirlos. Hicieron una gran redada en varias estancias sin preguntar a los peones de qué parte estaban. Los obligaron a ir con ellos. Los gauchos eran todos federales y colorados. Siempre habían visto a los liberales como enemigos. Dos compañeros le vinieron a hablar. Quedaron en huir esa noche y escapar hacia los esteros. No los encontrarían. El Gauchito conocía muy bien el terreno y sabía como vivir allí.
Se fugó con los otros dos. Eran desertores y tendrían que andar como gauchos fugitivos. Se perdieron en los Esteros del Iberá. En una isleta hicieron una choza y se quedaron a vivir allí. Uno de los gauchos, Francisco Gonçalves, era mestizo, hijo de padre brasileño y madre correntina, y el otro, Ramiro Pardo, criollo. Se pasaron muchos meses pescando y cazando en los esteros, esperando que terminara la guerra civil y hubiera paz.
 Francisco llevaba en su montura una Biblia. No sabía leer. Cuando se enteró que el Gauchito sí sabía, le pidió que le leyera los Evangelios. Todos los días por la tarde leía un rato en voz alta y los otros escuchaban. Les interesaba sobre todo el relato de la pasión, cuando entregan a Cristo y lo crucifican. Decían que el mundo estaba lleno de traidores.
Había transcurrido un año por los menos, y el Gauchito se atrevió a dejar su escondite para buscar noticias. Enfiló hacia una zona poblada y se detuvo en una pulpería. El dueño le dijo que la guerra había terminado. Compró yerba y ginebra. Vio encima de unas barricas unos cuadernos impresos. Tomó uno y lo hojeó. El cuaderno decía El gaucho Martín Fierro. Estaba en verso. El pulpero le explicó que lo había escrito un periodista de Buenos Aires y lo vendía por unos pocos centavos. Se llevó uno. Le dijo al pulpero que era cazador y quería vender pieles y plumas. Le preguntó si se las compraba. Este mostró interés. El Gauchito prometió volver con una carga.
Regresó a los esteros. Sus compañeros de aventura quedaron encantados con la noticia del fin de la guerra. Podían dedicarse tranquilamente a cazar nutrias y garzas. Les gustó mucho el libro que trajo el Gauchito. De ahí en más lo preferían a la Biblia. Todas las tardes les leía unas estrofas del Martín Fierro. Ellos habían escuchado a los cantores payar en los fogones y en las pulperías. En las estancias siempre había una guitarra para el que quisiera improvisar. Pero nunca habían oído versos tan lindos. Le pedían que les leyera las estrofas una y otra vez. También discutían lo que el libro decía y se hacían preguntas.
Estaban de acuerdo que en el pasado los gauchos habían sido más felices que en esos momentos. Muchos paisanos tenían su campito, sus vacas y su tropilla. Trabajaban en las estancias y nadie los molestaba ni los perseguía. “Eran otras épocas - dijo Francisco - Eran tiempos de Rosas”. El Gauchito recordó que el Capitán Mansilla siempre le decía que ya no quedaban criollos, y que por culpa del gobierno iban a desaparecer los gauchos. Después de la caída de Rosas habían venido malos tiempos. Francisco dijo que a su padre un Comandante le quitó la tierra. Al de Ramiro lo habían perseguido para sacarle la mujer. Lo mandaron a la frontera de Córdoba, a luchar en los fortines. Su madre se había ido a vivir con un Sargento y a él lo enviaron lejos a trabajar de boyero. Ya no volvió a ver a su madre.
A todos les gustó que Martín Fierro se defendiera. Era muy hombre. El ejército era una desgracia. Los oficiales eran unos ladrones que dejaban al gaucho en la miseria. Cuando el Gauchito les leyó los versos en que Martín Fierro desertaba todos se identificaron con él. Celebraron también la parte en que luchaba con la partida y el Sargento Cruz se ponía de su lado. Para ellos la amistad era algo sagrado, un gaucho no debía abandonar a otro gaucho, mucho menos si estaba en peligro.
Se quedaron juntos varios meses más. Cazaban aves acuáticas y guardaban las plumas; también atrapaban nutrias y otros animales salvajes y conservaban los cueros. Cada tanto el Gauchito iba a la pulpería con los tres caballos cargados. Volvía con dinero y con noticias. Se repartían el dinero y lo guardaban en el cinturón. En 1874 hubo una nueva guerra civil. Las aguas estaban revueltas. Sus dos compañeros pensaron que era un buen momento para tratar de regresar, mezclarse con la población y abrirse camino. La policía estaba entretenida y ocupada con la leva. El Gauchito prefirió quedarse un poco más y le pidió a Francisco que le dejara la Biblia. El otro accedió. De todos modos, no sabía leer. Se despidieron. Los dos enfilaron hacia el sur de la provincia.
Antes que los gauchos Gonçalves y Pardo llegaran a Goya una partida los detuvo. Los acusaron de ser ladrones y cuatreros. No los juzgaron. Cuando supieron que eran desertores decidieron ajusticiarlos. Uno dijo que los llevaran a Goya y los mataran allá. Pero no quisieron tomarse el trabajo de llevarlos prisioneros. Los fusilaron al costado del camino. El Gauchito nunca supo que sus amigos habían muerto. Se quedó viviendo en su isleta, en los esteros. Se sentía bien solo. Desarrolló una intensa vida espiritual. Leía El gaucho Martín Fierro y la Biblia. Pasaba mucho tiempo meditando.
Por las tardes, cuando caía el sol y el cielo se teñía de rojo, se tendía en el suelo y se concentraba en un punto en el centro de su frente. Empezó a tener visiones. Conversaba con San La Muerte. Se le aparecía su esqueleto y le decía que lo protegía y velaba por él. El Gauchito contestaba que no tenía miedo de morir. El quería ver a Dios un día. Sintió que todo eso que pasaba era una preparación para otra cosa. En algún momento tenía que volver al pago que había dejado, y para ese entonces él sería otra persona. También se le apareció el adolescente paraguayo que había matado en la guerra. El Gauchito le prometió que ya no iba a derramar más la sangre del hombre. Finalmente, en 1875 se decidió a dejar su refugio.
Llevaba una cierta cantidad de dinero que había ahorrado con la venta de plumas y cueros. Iba muy prolijo. Se afeitó la barba con su facón y se dejó el bigote. Tenía un facón con mango de asta de ciervo, muy valorado. Iba con sus boleadoras atadas al pecho. Era un cazador consumado y no moriría de hambre mientras tuviera sus bolas. Se mantuvo alejado de los lugares en que había vivido o que antes frecuentaba. Cuando se sentía convencido de que no había pasado por esos pagos, se animaba a acercarse a los caseríos. Se detenía en el rancho de algún paisano y le pedía hospitalidad. Encontró que el campo estaba menos poblado que antes, había muchas taperas. No eran buenos tiempos para los gauchos. Llevaba con él su poncho rojo y cuando le preguntaban si era federal no lo desmentía. Decía que era, como todos los pobres, defensor de los gauchos.
Una vez se paró en un rancho y encontró una situación desoladora. Vivían en él un gaucho, su china y sus dos hijos. Un hijo estaba muy enfermo. Tenía una fiebre que lo consumía. Su cuerpo estaba lleno de llagas y bubones. Hacía días que estaba inconsciente, y esperaban que muriera esa noche. Movido por la compasión, el Gauchito se arrodilló frente a su catre y le tocó la frente. Luego dirigió su mano hacia las llagas y los bubones. Sacó la Biblia y se puso a leer el capítulo 9 del Evangelio de San Mateo. Cuando llegó a la parte en que Jesús sana a los enfermos, el niño moribundo abrió los ojos y se incorporó en el lecho. Los padres retrocedieron con miedo. El niño se puso de pie y pidió agua. Le trajeron agua, la bebió y dijo que tenía hambre. El padre carneó un cordero e hicieron un asado. Le pidieron al Gauchito que se quedara a pasar la noche en el rancho. A la mañana el niño tenía la piel bien, no quedaban rastros de las llagas y estaba sonriendo. El Gauchito anunció que seguía viaje. No lo querían dejar ir. No sabían qué darle. El hombre le dijo que se llevara un caballo ladero. El Gauchito andaba en un tordillo. Dijo que no le hacía falta, que se sentía contento de que el chico estuviera bien.
Se fue. No entendía bien lo que había pasado. Dios había intervenido. Había curado por su intermedio. Lo había aceptado como vehículo suyo. Le había dado un poder. Quedó obnubilado. Llegó hasta un bosquecito. Decidió quedarse allí por varios días. No cazó ni comió. Sólo bebió agua de un arroyo. Hizo ayuno por una semana. Se pasaba el día tumbado bajo los árboles, meditando. Leía la Biblia. Al atardecer salía a caminar. Espiritualmente fortalecido decidió seguir viaje. Pidió trabajo en una estancia. Le dieron una tropilla de potros jóvenes, algunos redomones y algunos sin domar, para que los amansara. Era buen domador. Escuchó una voz que le dijo que no los golpeara. Eran criaturas de dios, le entenderían si les hablaba. Decidió obedecer a la voz. No castigó a los animales. Les hablaba. Los caballos parecían entenderle. Les fue quitando las cosquillas y los miedos. Los abrazaba. Los animales se restregaban contra su pecho. Luego los montaba y los potrillos se comportaban como caballos mansos que hubieran sufrido la montura por mucho tiempo. Los hacía andar sin ponerles el freno. Les aplicaba una presión con las piernas en el costado y los animales obedecían. Un gaucho le preguntó dónde había aprendido eso, que si había vivido con los indios. Respondió que no, que él solo había aprendido. Después les puso el freno y dejó que los montaran otros. Los animales respondieron bien.
Siguió viaje y fue a otra estancia. Le ofrecieron trabajo de peón. Aceptó. Volvió a tener visiones. Una vez, junto a una aguada, se le apareció Cristo. Le dijo al Gauchito que era, como él, un cordero. Le pidió que no tuviera miedo, que él lo iba a recibir en su reino. El cordero estaba en el mundo para lavar los pecados y redimir al hombre.
Un día cuando llegó a la casa del patrón vio un carruaje que había venido de la ciudad. Preguntó a los otros peones qué pasaba. Había llegado el médico. La mujer del patrón estaba muy enferma, le dolía el costado. Tenía un ataque de apendicitis. A la mañana la sacaron al corredor de la casa. Todos se acercaron a verla. Tenía la tez amarilla. El médico dijo que no se podía hacer nada. Al llegar la tarde la mujer no hablaba, no podía tragar. El médico dijo que buscaran a un cura porque iba a morirse, que le dieran la extremaunción. Mandaron a buscar al pueblo a un vecino que se hacía pasar por cura y a veces celebraba misa. Mientras pasaba esto, el Gauchito quiso probar si Dios le concedía un favor. Se acercó a la mujer y empezó a rezar en silencio. Los demás no se dieron cuenta. Le pidió a Cristo que la salvara, y a San La Muerte que no se la llevara. Después de diez minutos la mujer abrió los ojos. Les dijo que había tenido una visión. Había venido del cielo una paloma blanca y había depositado gotas de rocío en su boca. Pensaron que deliraba. La mujer se incorporó en el lecho. Le preguntaron si le dolía algo. Dijo que no, que estaba bien, que no le dolía nada. Preguntó que por qué estaban todos reunidos allí y se levantó. El Gauchito se retiró al galpón donde dormía y le agradeció a Dios. Nadie entendió lo que había pasado, pero el Gauchito supo que había sido Cristo, que había intercedido y le había concedido su súplica.
Días después dejó su trabajo y se internó en el monte. Se detuvo bajo un árbol e hizo ayuno por una semana. Se preguntó qué significaba todo eso, que qué iba a hacer con su vida. Que por qué lo había elegido Dios y qué quería de él. Le dijo a Cristo que si él servía para lavar la sangre del pecado que se lo llevara, que él estaba en sus manos. Era 1877 y el gauchito estaba por cumplir treinta y tres años. Había vivido mucho tiempo escapando. El único amor que había conocido era el de la viuda. Había ido a algunas fiestas y bailes, pero raramente se acercaba a una mujer. En cada una veía algo de la que había sido su amada y retrocedía.
Finalmente decidió que era tiempo de volver a sus pagos. Quería visitar la tumba de su madre. Sabía que era peligroso, pero rezó, y pensó que Dios iba a decidir cuando fuera su hora. El 6 de enero de 1878 fue a Mercedes a las celebraciones de Reyes. Se dijo que quería ver a la gente, pero realmente lo que quería era saber algo de Estrella. Pensó que ella estaría ya grande, pero él la seguía queriendo. Fue a la misa, y después a la fiesta. Había empanadas y vino. Al rato empezó la guitarreada. El pueblo estaba animado.
Al atardecer fue al cementerio a visitar la tumba de su madre. Por la noche durmió en el camposanto, tapado con su poncho. A la mañana siguiente regresó al pueblo y se acercó a un almacén a tomar una caña. Quería enterarse de las novedades. De pronto sintió una mano que le sostenía el brazo. Se volvió y se encontró con la mirada del antiguo Jefe de policía y esposo de Estrella. “Sabía que iba a volver”, le dijo. Le apuntó con una pistola y le ordenó que marchara con él. Fueron a la comisaría. “Enciérrelo”, le dijo al Comisario. “Es un ladrón y un desertor”. Pasó la noche en el calabozo. Pensó  que esa quizá era la última noche de su vida.
La mañana del 8 de enero el Comisario lo sacó del calabozo y lo entregó a una partida que lo esperaba. “Llévenselo - le dijo al Sargento - Es un ladrón, un cuatrero y un desertor. Ya saben lo que tienen que hacer”. El Juez de Paz estaba en la Comisaría en esos momentos y quiso interceder. “Si cometió un delito, hay que juzgarlo – dijo - Debemos someternos a la ley”. El Comisario lo miró con sorna. “Si se creerá que es Avellaneda - se burló - Hay demasiado gaucho bandido en esta tierra”. “Iré al Gobernador - respondió el otro - Basta ya de derramar sangre inocente. Los delitos hay que probarlos”.
Los policías le ataron las manos y se lo llevaron. Cuando habían andado dos leguas el Sargento detuvo la partida. Desensillaron junto a un algarrobo. El Sargento lo hizo bajar y lo paró junto al árbol. Les dijo a sus hombres que prepararan los fusiles. “¿Por qué me vas a matar, Sargento? - preguntó el Gauchito – No he cometido delitos. Me persiguen injustamente. Vas a derramar sangre inocente”. El Sargento le quitó la camisa y dejó su pecho desnudo. Apareció en su lado izquierdo tatuada la imagen de San La Muerte. Le apuntaron. El Gauchito los miró. Los policías bajaron las armas. Dijeron que no podían disparar contra San La Muerte, porque se condenarían. El Sargento, con rabia, tiró un lazo por encima de una de las ramas del algarrobo, le ató los pies y lo colgó, cabeza abajo. “No me mates Sargento, soy inocente – repitió - No le creas al Comisario. Hazle caso al Juez”.
En ese momento el Gauchito tuvo una visión. Se le apareció un niño cubierto de vendas, que venía del cielo. Tenía los mismos ojos que el Sargento. Comprendió que era su hijo. El Sargento sacó el cuchillo de asta de ciervo que le había quitado al Gauchito Gil y se preparó. El Gauchito se dio cuenta que había llegado su hora. Pensó en su visión. Dios quería decirle algo, le había mandado un mensaje. Al fin entendió. “Sargento – dijo - tu hijo se ha enfermado y se está por morir. Después que me hayas matado reza por mi alma. La sangre de un inocente sirve para lavar los pecados. Reza por mí y tu hijo se salvará. Invoca mi nombre y yo lo curaré. También te perdonaré a vos por derramar mi sangre, porque así lo quiere Dios. Invoca mi nombre y se hará el milagro”.
El Sargento lo miró con burla y le dijo que no se preocupara, que su hijo estaba bien. Después de un tajo le abrió la yugular. El Gauchito se desangró rápidamente y expiró. Lo bajaron del árbol y lo dejaron a un costado. El Sargento no quiso perder tiempo en enterrarlo. Estaba preocupado por lo que éste había dicho sobre su hijo. Lo cubrieron con hojas y ramas. El Sargento ordenó a sus hombres que regresaran a la comisaría, que él tenía algo importante que hacer. Salió al galope hacia su rancho. Al llegar ya se olía la tragedia. Su mujer lo recibió llorando. Su hijo menor, de diez años, estaba muy grave. No podía respirar. Le dijo que se estaba muriendo. El Sargento comprendió todo. Se hincó de rodillas ante el lecho donde yacía el niño y se puso a rezar. Invocó al Gauchito Gil, y le pidió al difunto que le perdonara su crimen, y que su sangre inocente lavara sus pecados. Cuando se levantó, su hijo abrió los ojos y empezó a respirar normalmente. Llamó a la madre y le pidió que le trajera algo de comer. El Sargento agarró su caballo y volvió al galope hasta el algarrobo donde había quedado el cuerpo del Gauchito. Quitó las ramas que cubrían su cadáver y se abrazó a su cuerpo. Tomó el poncho rojo que le había sacado y cubrió el cadáver. Se arrodilló ante él y le pidió perdón. Con su facón empezó a cavar una sepultura al pie del algarrobo. Cortó una rama de espinillo e hizo una cruz. Besó la frente del Gauchito y depositó su cuerpo en la tumba. Colocó sobre su pecho los dos libros que había encontrado en su apero: la Biblia y el Martín Fierro, y cruzó sus manos sobre ellos. Ayudarían a su alma en el viaje. Lo cubrió de tierra, colocó la cruz y ató el poncho rojo en sus brazos. Hizo un fuego y con carbón escribió: “Gauchito Gil”. Se persignó, montó en su caballo y regresó a su rancho.
Al llegar le confesó a su mujer lo que había ocurrido. Le dijo que había derramado la sangre de un inocente. Que Dios lo había castigado y enfermado mortalmente a su hijo. Que invocó la sangre del Gauchito y Dios lo perdonó y lo salvó. El Gauchito había hecho el milagro. La mujer le creyó. Era muy religiosa. Decidieron hacer una peregrinación a pie a la tumba del Gauchito. Trescientos metros antes de llegar al algarrobo, el Sargento empezó a andar sobre sus rodillas y a rezar. Su mujer caminaba a su lado, agradeciéndole al alma del difunto. Encendieron una fogata y se quedaron toda la noche junto a la tumba.
El Sargento regresó al día siguiente a su trabajo y les contó a sus hombres lo sucedido. Era gente de una fe profunda. Pensaron que si el Gauchito había hecho un milagro, podía hacer otros. Uno de ellos tenía a su madre enferma con manchas en la piel.  Creía que era lepra. El agente fue con su madre a la tumba del Gauchito y se puso a rezar. Le pidió que la sanara. Dos meses después habían desaparecido las manchas. El Gauchito había hecho otro milagro. En Mercedes se corrió la voz de lo que había pasado.
El 8 de enero del año siguiente, al cumplirse un año de su muerte, el agente y su esposa decidieron visitar su tumba. No eran los únicos. Allí estaba también la familia del Sargento. Al rato empezaron a llegar otros. Se juntaron como unas treinta personas. Llevaban flores rojas y las depositaron sobre la tumba. El poncho rojo del Gauchito estaba todo desteñido y deteriorado por el agua y el sol. El Sargento clavó otro poncho rojo sobre el tronco del algarrobo, frente a la tumba. Después dirigió las plegarias. Le pidió perdón por haber derramado su sangre, y le rogó para que los protegiera. Pidió que su sangre inocente lavara sus pecados. Después de eso comieron y bebieron, y esa noche regresaron a Mercedes, fortalecidos.

domingo, 1 de diciembre de 2019

Sarmiento y Alberdi: Romanticismo e Ilustración


Por Bernardino del Carril
Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento crearon cada uno un plan para diseñar cómo sería la nación, esos proyectos iban a disentir aunque también en muchas cosas estaban de acuerdo, los dos querían dotar al país de una constitución liberal y una organización republicana del poder político, esto es una constitución que garantizara un puñado de derechos y obligaciones para sus ciudadanos y un gobierno con división de poderes y algún tipo de legitimación popular. Los dos confiaban en el aporte de la inmigración europea, depreciaban a las clases populares locales, ya sea indígena, mestiza o española, y compartían una misma mirada sobre el progreso económico y civilizatorio.
La matriz filosófica racionalista y liberal que animará la pasión constitucional de Alberdi y la romántica pasión política liberal que anima a Sarmiento.  Alberdi consideraba que para que exista una nación moderna se debía transformar las costumbres y los hábitos locales. Nada se podía hacer con los nativos indios o gauchos. Argentina debía convertirse en la prolongación de Europa en América. Había que traer de los países que él consideraba civilizados hombres y mujeres con las costumbres que el pretendía adoptar; “Gobernar es poblar…” era su idea principal. En su visión gobernar no significaba solamente reunir a un grupo de personas en el suelo nacional, sino transformar al territorio argentino al que pensaba como un desierto con el tipo de prácticas virtuosas y laboriosas que según él detentaban los inmigrantes europeos. La transformación nacional se operaria con la otorgación de grandes parcelas (los latifundios) a pocos propietarios nativos o del exterior, ellos con la ayuda de las inversiones extranjeras y la mano de obra de los inmigrantes serían los promotores y los privilegiados de la renta nacional.
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Sólo transitando por la república posible se llegaría a la república verdadera, o sea que el camino no puede ser apresurado sino que tiene que ser realista en el sentido de tener en cuenta cuales son las posibilidades del sentido del momento y no aspirar a utopías para los cuales el lugar no estaba todavía preparado sino más bien eso se iba a lograr alcanzando algunas metas que la Constitución del 53 luego se estaba proponiendo. Esas metas fueron dos, una es estabilizar el país logrando una forma de gobierno estable y dos la gran obsesión de la época que esta expresada en otro termino alberdiano “poblar el desierto”.  Para Alberdi “La Europa nos ha traído la noción de orden, la ciencia de la libertad, el arte de la riqueza, los principios de la civilización cristiana. Europa, pues, nos ha traído la patria…”
Sarmiento reclamó que las causas de las guerras civiles y del régimen rosista eran las formas que primaban en la campaña pastoril, asociación entre los hombres como la pulpería y la estancia, había que sustituirlas por otras instancias de socialización como la prensa y el parlamento. Al igual que Alberdi también creía que era necesario traer bastos contingentes de inmigrantes, “No es posible decir cómo se trasmite de padres a hijos la aptitud intelectual, la moralidad, y la capacidad industrial, aún en aquellos hombres que carecen de toda instrucción ordenadamente adquirida; pero es un hecho fatal que los hijos sigan las tradiciones de sus padres, y que el cambio de civilización, de instintos y de ideas no se haga sino por cambio de razas”, sin embargo a diferencia del tucumano ni la inmigración ni el crecimiento económico constituía para él las únicas herramientas de una nación moderna.
Él pensaba que el pasaje de la barbarie a la civilización exigía acción política con destacada presencia estatal, de allí la importancia de la escuela pública. La escuela haría de la barbarie una cuestión del pasado al mostrarle a las masas la posibilidad del ascenso social, a la vez formaría ciudadanos generando hábitos de respeto a las leyes. La recompensa de los ciudadanos que obedecieran las leyes seria la distribución de tierras en pequeñas parcelas, así se lograría la participación del pequeño productor en la política en la escala municipal, de ahí que muchas veces Sarmiento despotricara contra la oligarquía vacuna que distaba mucho de compartir ese proyecto
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Propuestas educativas de Alberdi y Sarmiento
Tanto Alberdi como Sarmiento confían en la educación, ellos creen que la educación es la mejor forma de construir los mejores futuros posibles. Alcanzar el bienestar general era la categoría que va a quedar en la Constitución Nacional.
Al encontrarnos con las propuestas educativas de Alberdi y Sarmiento, podemos encontrar claras diferencias en las mismas, sobre cuál es la mejor forma educativa, a su vez, se puede observar en ambos autores una hibridación de posturas románticas e ilustradas.
Sarmiento tiene la concepción de que la educación constituye la llave de la transformación social. En un sentido amplio es la herramienta con la cual se puede construir una sociedad justa democrática y civilizada, Y además también es clave para la construcción del ciudadano. Para el sanjuanino un pueblo no educado seguirá escogiendo a Rosas, en consecuencia es una obligación para el Estado educar al soberano.   El gran espejo es la sociedad norteamericana y de los modelos que Sarmiento observo allí por un lado desarrollaron sus ideas educativas que se simplificaron en la frase "La escuela para todos, el Colegio para los que pueden y la Universidad para los que quieran". Por otro lado desarrolló la idea de incorporar pequeñas comunidades agrícolas a la Argentina ya que consideraba que estas y su capacidad de auto gestión son la base de la democracia en Estados Unidos y ese ejemplo debe imitarse. “(…) La instrucción derramada con tenacidad, con profusión, con generalidad entre las clases trabajadoras, sólo puede obviar a la insuperable dificultad que a los progresos de la industria oponen la incapacidad natural de nuestra jente…”
Por otra parte el tucumano va a plantear como dos prácticas educativas que serían por un lado las leyes y el cumplimiento estricto de las leyes, una suerte de establecer un modelo legal y que la gente aprenda que la ley se cumple porque si no las cumplen se los castigara con un sistema muy duro ya que consideraba que se debía cumplir las leyes para poder lograr el modelo de sociedad esperable, y por otro lado la inmigración ya que de esta manera se establecerían cambios estructurales a nivel de los hábitos y las costumbres, y esto se lograría a partir del trasplante de población.
Él dice que haya escuelas pero que en todo caso que se actualicen, menos latín y más inglés, El idioma inglés, como idioma de la libertad de la industria y del orden, debe ser aún más obligatorio que el latín; no debiera darse diploma ni título universitario al joven que no lo hable y escriba. Esa sola innovación obraría un cambio fundamental en la educación de la juventud. ¿Cómo recibir el ejemplo y la acción civilizante de la raza anglosajona sin la posesión general de su lengua? menos teólogos y abogados y más ingenieros y agrimensores “Estos países necesitan más de ingenieros, de geólogos y naturalistas, que de abogados y publicistas. Su mejora se hará con caminos, con pozos artesianos, y no con periódicos agitadores o serviles.”
De esta manera vemos como Alberdi se distancia del Romanticismo ya que va a cuestionar un poco el modelo enciclopedista o humanista de la educación previa, él va a plantear una educación de índole práctico, no es que este en desacuerdo de la educación pero si está en contra de la educación obligatoria. Esta va a ser una gran diferencia con Sarmiento ya que por el contrario el sanjuanino en su estrategia educativa está a favor de la inmigración y de las leyes, pero sobresale como su gran estrategia la escuela obligatoria. Él consideraba que a la escuela desde la infancia todo el mundo debe concurrir. Sarmiento apuesta al futuro, en cambio Alberdi apuesta al ahora.
Sarmiento va a ser el gran guía de lo que llamamos el proceso de escolarización, va a creer que la mejor forma educativa es la escuela y por ende va a plantear la obligatoriedad, difusión, masividad, formación docente de esta. Él tenía la idea de cambiar todo, contra maestros grandes, maestras jóvenes; contra maestros sacerdotes, maestras laicas; contra hombres, mujeres; contra europeos, norteamericanas; contra católicos, protestantes, en fin las llamadas 65 valientes plantean este nuevo modelo de Sarmiento.
Para Alberdi “gobernar es poblar”, en cambio para Sarmiento “gobernar es educar”. 

sábado, 30 de noviembre de 2019

Tiempo y espacio en el Facundo II


Por Alberto JUlián Pérez
Para Sarmiento no había conciliación posible entre dos tiempos y dos modos de vida: la civilización tenía que destruir a la barbarie, es decir al gaucho y lo que él representaba. Podemos leer el Facundo como una profecía (y una elegía) de lo que habría de pasar en la lucha de predominio entre las distintas fuerzas sociales a la caída de Rosas, y como una obra de propaganda política en que el autor propone (en el último capítulo del libro) un programa de gobierno, que comparte con muchos de los proscriptos que  Rosas, aunque no fue escritor de ensayos doctrinarios, más allá de sus opiniones diseminadas en documentos y cartas, escribió sin embargo una gramática y un diccionario de la lengua de los indios pampas, con quienes alternó en sus estancias ganaderas. 
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Así lo indica Valentín Alsina en la nota 26 al Facundo en que hace una semblanza de Dorrego.  En La vida de Dominguito, por ejemplo, publicado en 1886, Sarmiento firma: “D. F. Sarmiento General de División”. Gálvez refiere el poco aprecio que sienten los militares durante la campaña del Ejército Grande contra Rosas ante las supuestas dotes militares que Sarmiento cree que posee. El General Urquiza lo nombra Boletinero del Ejército pero no requiere su consejo militar, lo cual ofende a Sarmiento.  Pertenecía a la Asociación de Mayo, y cuyos puntos fundamentales eran: la libre navegación de los ríos, la inmigración europea, la educación popular, el libre comercio, la sanción de una constitución nacional. Sarmiento no supo (no pudo) concebir el mundo como una unidad posible de instinto y razón, civilización y “barbarie”, yo y los otros. Para Sarmiento el Otro, el diferente, era un enemigo que amenazaba la subsistencia del yo. Y esto justificaba su guerra a muerte contra el otro, contra el “bárbaro”, defendiéndose de la presunta agresión del otro contra su yo. Para el político “gaucho” de su época, para un Estanislao López, un Quiroga, un Rosas, el sector letrado que representaba Sarmiento, que quería marginarlos de la política nacional, tenía que recordarles otra situación anterior la muy reducida participación de los criollos en la administración económica y política española durante la colonia . Debido a esto, la “sociabilidad democrática”, componente ideológico fundamental en las luchas independentistas, como nos lo indica José Luis Romero, no se había desarrollado en las ciudades, centros administrativos del poder colonial, sino en la campaña, donde los criollos se habían visto libres de la tutela directa de la corona española. Esto explicaba la desconfianza de la campaña hacia los criollos comerciantes y profesionales, que habían sido colaboradores directos o indirectos de la administración colonial y querían adjudicarse la dirección de la Revolución con prescindencia de la campaña gaucha. Para los representantes de este último sector, con intereses bien definidos, el núcleo urbano de elite reproducía la odiosa división social que había existido durante la colonia entre los que tenían acceso al poder y los cargos públicos y los que, por un problema de origen y nacimiento, no lo tenían. ¿No estaban los unitarios opositores tratando de repetir aquella dolorosa exclusión, marginando de las decisiones y el poder político a la campaña y al gaucho, representantes de un modo de vida local original y americana? Especialmente J. B. Alberdi, Vicente F. López, J. M. Gutiérrez y Bartolomé Mitre.  Sarmiento mismo reconoce en el Facundo que Rosas representaba un modo de ser y de sentir americano, y acusaba su posición “civilizadora” como extranjerizante y enemiga de la soberanía nacional. De hecho que así pareció cuando los emigrados argentinos enemigos del tirano apoyaron el bloqueo de Francia al puerto de Buenos Aires y la eventual invasión del territorio argentino.  Para Sarmiento, y los jóvenes escritores y pensadores que integraron la Generación argentina del 37: Echeverría, Mármol, V. F. López, Gutiérrez, Alberdi, la etapa del rosismo significó un itsmo histórico, tiempo muerto que ellos usaron muy bien para proyectar el país deseado, la nación que querían tener; en cambio, para Quiroga, Estanislao López y Rosas, representantes de una democracia gaucha que culminó desgraciadamente en la tiranía de este último una vez desaparecidos los anteriores de la escena política (Quiroga fue asesinado en 1835, y Estanislao López murió de muerte natural en 1838), ése fue su tiempo histórico, el momento en que las masas rurales y los sectores populares se sintieron partícipes del poder político. A eso se debió seguramente el que esas masas dieran tanto apoyo al régimen rosista, al que defendieron con denuedo, como lo reconoció Sarmiento (Facundo 311). Sarmiento, en su crítica, se sentía animado por un sentimiento de superioridad política: no reconocía la ley del Otro, la ley del gaucho, la ley de Facundo. Por eso justificó que el General Lavalle hubiera fusilado al Gobernador Dorrego (Facundo 212- 4), en una situación de abierta insurrección militar contra el poder civil legítimamente constituido, uso de la fuerza que tantas veces se repetiría en la historia argentina y en otras sociedades de América Latina situadas ante disyuntivas similares. Para Sarmiento el caudillismo no tenía legitimidad política ninguna, a pesar de haber sido los caudillos auténticos líderes populares. En cambio, un gobierno de las elites ilustradas, que marginara a los sectores populares, que él consideraba incapaces de una elección política acertada, y aún apoyara la extinción del gaucho, por lo que éste significaba, como representante de un tipo de vida bárbara, le parecían procederes perfectamente legítimos y de justo sentido moral. Justificó así mismo la intervención de poderes extranjeros en su país para destruir la tiranía de Rosas, aún cuando esto pudiera implicar un peligroso precio político a pagar a los países aliados una vez obtenido el triunfo (Facundo 347-8). La visión de mundo de Sarmiento se apoya en la necesidad de la exclusión del Otro para salvar a la patria y juega con la idea de “sacrificio”. Para él, Facundo termina siendo el caudillo sacrificado por Rosas en beneficio de su poder personal. Si se deseaba alumbrar la sociedad liberal futura, consideraba Sarmiento, era indispensable, así mismo, sacrificar la organización social vigente en las campañas pastoras. Además del gaucho, también había que sacrificar al indio, y se alegra de que las guerras civiles hubieran ya acabado con los negros, que apoyaban incondicionalmente el régimen de Rosas (334-5). Evidentemente, para Sarmiento, había tipos humanos superiores e inferiores: superiores eran su “yo” y los “doctores”, los hombres ilustrados, los europeos (con excepción de los españoles) y los norteamericanos; inferiores, los gauchos ignorantes, los hijos “naturales”, no educados, del suelo y los españoles, su civilización y cultura. El autor de Facundo nos legó una imagen singularmente dramática y violenta de su sociedad (no por nada lo publicó originalmente en la sección de “Folletín” del periódico chileno El progreso). Valentín Alsina le indicó la “exageración” de su visión de mundo (Facundo 381-2), exageración, claro, que hace a la esencia de la literatura, y es parte integral de la noticia sensacionalista periodística.  Si nuestro escritor luchó tanto por separar la civilización de la barbarie es porque íntimamente sabía que en su sociedad y en él mismo ambas estaban demasiado cerca. La conciencia que tenía de su defectuosa formación autodidacta, su sentimiento de inferioridad por su falta de títulos académicos, su sentido de la improvisación, la tiranía de su temperamento fogoso y dogmático, su manera vehemente y atropellada de escribir, nos muestran a un hombre que, comparado a aquellos intelectuales europeos que él trataba de emular y que confrontó personalmente en sus Viajes, fue irremisiblemente y por fatalidad de su destino el Otro americano. La enérgica condena sarmientina de la barbarie se une a la fascinación ante el personaje de Quiroga, el hijo de las llanuras salvajes de América, al que elevan los vientos de la historia. La misma ambigüedad siente en ocasiones frente a la sociedad casi colonial en que se crió: el rechazo de la barbarie primitiva y medieval de su región se transforma en amor cuando tiene que hablar de la etapa colonial de su familia, de su madre y sus tíos eclesiásticos. Sarmiento vivió desgarrado entre dos sociedades y dos tiempos. Su escritura, paradójicamente, fundó el presente político de la literatura argentina. Como periodista, habló a los nuevos lectores de un mundo en transición, de un hecho actual inédito y contemporáneo: el caudillismo y las guerras civiles de su patria. En el Facundo, su primer libro, encontramos al país, su geografía, su gente, el arte gauchesco, la sicología del hombre rural, el cuadro de las ideas de los hombres ilustrados, los ideales europeístas de las elites educadas argentinas. Y encontramos al escritor Sarmiento como espectador y personaje hablándole directamente al lector de su presente político, en el que participa como militante. Precisamente porque habla desde un interregno, temporal, espacial y también literario (la nueva literatura de su patria estaba en formación en esos años ), Sarmiento debe crear su propio tiempo “poético”, apropiarse de un espacio literario inédito: está explicando una situación social y humana absolutamente original y tratando de describir al Otro. Es el mundo del Otro americano el que emerge del texto: el mundo de Facundo, el caudillo bárbaro, y el discurso y la voz del argentino Sarmiento, el escritor nuevo, que está forjando su literatura. Como dice en Recuerdos de provincia: “A mi progenie, me sucedo yo.” (254). Es éste el momento en que Sarmiento da substantividad a su yo y lo sitúa en el presente político, ante un mundo aún por hacerse: ese yo y esa voz fundan una conciencia político-literaria nuestra (que se parece a nosotros). Por eso la seguimos escuchando, aún nos habla. Desgarrados hoy por muchas de las dicotomías que angustiaban a Sarmiento, todavía percibimos en la sociedad en que vivimos esa simultaneidad de atraso y de progreso que describía el sanjuanino. 

jueves, 28 de noviembre de 2019

Tiempo y espacio en el Facundo I

Por Alberto Julián Pérez 
Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) se describió a sí mismo, y describió a su país, Argentina (en su pensamiento ambos se parecen), como un sujeto, y una sociedad, que pertenecían a dos tiempos distintos. El individuo Sarmiento vivió en el tiempo demorado de su provincia natal, San Juan, donde obtuvo su primera formación y experiencia política, y luego en el tiempo moderno de la sociedad chilena estabilizada y progresista, que le abrió las puertas al periodismo. El tiempo de las ciudades reflejaba, según su propia descripción, la organización social y el modo de pensar europeo; el tiempo de la campaña, la vida del pasado colonial, “medieval” (Facundo 91). A cada tiempo le correspondía un espacio propio. La campaña era la heredera de los vicios morales y de la mentalidad del mundo colonial español, al que consideraba responsable directo por el atraso de su patria y la falta de actitud positiva en el habitante de su suelo hacia el comercio y la industria. 
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Cuando escribió Facundo, 1845, y Recuerdos de provincia, 1850, Sarmiento estaba en Chile, en un interregno, una otredad desde la que observaba su país y su propia vida. Fue la biografía, la historia de una vida, la que dio unidad a su observación; la imagen del héroe romántico, preso de su destino trágico, dominaba su imaginario. Presentó un tipo de héroe americano, y más específicamente argentino: Facundo, el bárbaro, el caudillo, el gaucho. Y frente a Facundo, Sarmiento, el civilizado, el autodidacto, el periodista, el ilustrado. Ambos eran fenómenos humanos nuevos en la América postcolonial. Facundo y Sarmiento eran hijos de la Revolución. Los dos eran héroes políticos. Sarmiento describió a Facundo como un producto de la sociedad pastoril que había hecho posible un modo de vida gaucha original. El gaucho poseía una sicología peculiar, un tipo de sociabilidad diferente, una expresión artística propia, una relación especial con su entorno semisalvaje. La lucha con el medio desarrolló en él una gran confianza en sí mismo, la tenacidad para sobreponerse a las dificultades; lo llevó a ser 2 audaz y creativo, a actuar y emplear la violencia y aún el terror (Facundo 140-41). El gaucho argentino posee una personalidad fuerte e imponente, que otras naciones le echan en cara. Pero, ¡ay!, dice Sarmiento, que se declara orgulloso de este carácter agresivo (y antipático) del gaucho, “¿Cuánto no habrá podido contribuir a la independencia de una parte de la América la arrogancia de estos gauchos argentinos que nada han visto bajo el sol, mejor que ellos...?” (Facundo 73). Nosotros comprobamos, al leer los testimonios personales de Sarmiento diseminados en Facundo y Recuerdos de provincia, que el medio inculto y las demandas insatisfechas de su sociedad, la falta de educación institucionalizada adecuada, el vacío de las leyes, la violencia militar, la crisis política, tuvieron un papel crucial en el desarrollo de su personalidad. Sarmiento era representante original de un estrato social que no disfrutó de las ventajas de las clases más acomodadas e ilustradas de Argentina. Era provinciano y pobre, con un padre irresponsable poco adicto al trabajo, y una madre que se tenía que ocupar de la manutención de la familia. Sus ascendientes familiares más valorados no pertenecían a la sociedad civil: eran sacerdotes, que habían tenido un lugar relativamente destacado en la sociedad de su época; eran hombres ilustrados, patriotas, y disfrutaban de cierto poder político dentro de la Iglesia, como el caso del Obispo de Cuyo Fray Justo Santa María de Oro, y el del Deán Funes, historiador y Cancelario de la Universidad de Córdoba, que contaba con una trayectoria meritoria en la educación. Sarmiento logró autoeducarse gracias a su voluntad tenaz, a un apetito salvaje de lectura y a una enorme fe en sí mismo. Era hijo del suelo, de su ego, de su voluntad; era un carácter indómito, tal como el gaucho. Como dice en Recuerdos de provincia, “A mi progenie, me sucedo yo...”(254). El yo de Sarmiento, el yo absorbente y absoluto (Albarracín Sarmiento 399), el yo de ideas fijas y predeterminadas que le recrimina Valentín Alsina en sus cartas, donde le critica la interpretación que hace de la historia argentina en Facundo (381-2), se parece mucho al yo que Sarmiento le atribuye al jefe montonero.1 Pero Sarmiento no podía reconocer esto: hacerlo hubiera implicado aceptar que en él convivían el civilizado y el bárbaro
Alberdi, en la primera de sus Cartas Quillotanas, le dice a Sarmiento, refiriéndose a la agresiva Carta de Yungay que este último publicara contra el General Urquiza: “La prensa sudamericana tiene sus caudillos, sus gauchos malos, como los tiene la vida pública en los otros ramos. Y no por ser rivales de los caudillos de sable, dejan de serlo los de pluma. Los semejantes se repelen muchas veces por el hecho de serlo. El caudillo de pluma es planta que da el suelo desierto y la ciudad pequeña: producto natural de la América despoblada.” (Rojas Paz 140) La visión crítica de Alberdi era insoslayable y su agudeza desató la agresión abierta del sanjuanino. Sarmiento nos presenta un mundo dicotómico: o se es civilizado o se es bárbaro. No pudo ver integradamente los aspectos enfrentados de la personalidad: lo destructivo y lo creativo, lo vital y lo tanático, lo instintivo y lo intelectual. La realidad social que muestra es la de un país en lucha intestina entre dos fuerzas que buscan destruirse: la civilización y la barbarie. Su libro es un argumento contra, y una explicación de la barbarie, así como una justificación de la civilización. Y tal como explica la barbarie en Facundo, apelando a la polémica figura del jefe montonero, explicará cinco años después la civilización en Recuerdos de provincia, tomándose a sí mismo como ejemplo: la civilización es él. El y su familia la representan. Esta civilización tiene dos etapas, como la historia de su país: la del mundo colonial hispano y su viejo saber absolutista y teocrático, y la de la Revolución independentista y su ideario enciclopedista y liberal eurocéntrico (España y su cultura para él quedaban relegadas de la Europa progresista y moderna). Sarmiento se percibió escindido, y vio a su sociedad en lucha y agonía, y este sentido de separación propio de su visión, a más de tener, creo, una base sicológica, tuvo también en su medio un fundamento social e intelectual.  Alberdi le demuestra a Sarmiento que lo que él caracteriza como fuerzas homogéneas enfrentadas, son en realidad tendencias heterogéneas y ambiguas. Dice Alberdi: “El autor se opone a la moderna de Francia e Inglaterra. Y a América: el mundo primitivo de la Argentina de su época vs. el civilizado de Estados Unidos moderno. Africa salvaje y España africanizada se enfrentan también al mundo modelo europeo. Los árabes, los tártaros, son otros “bárbaros” comparables al gaucho. (Facundo 61-2). Su demostración es global. Mientras escribía Facundo, Sarmiento “hablaba” a su lector desde un interregno espacial: Chile (y en particular al público chileno del periódico El Progreso donde apareció Facundo en la sección “Folletín”) y acerca de un interregno temporal: los casi veinte años transcurridos en su patria desde el inicio del gobierno presidencial ilustrado de Rivadavia hasta la instauración del dominio, de la tiranía de la campaña, de los gauchos, de Rosas. Este último interregno amenazaba hacer retroceder al país infaliblemente al tiempo feudal, a la barbarie. Los hechos económicos, culturales, militares y políticos que él describe lo demuestran. Su objetivo era lograr que su país, como él, autoeducándose, aprendiera y progresara. Había que educar y abrir nuevos espacios en la pampa para la agricultura y la inmigración. Y había que mejorar la sangre. Porque para Sarmiento había buena y mala sangre: sangre bárbara, de gaucho (que convenía derramar sin ahorro, como escribió a Mitre) (Gálvez 351) y sangre civilizada, europea, que convenía importar y difundir para salvar la patria y la civilización. Si el Facundo y Recuerdos de provincia parecen recorrer con distinta tesitura estas ideas fijas de Sarmiento, sus Viajes no hacen más que corroborar su visión de mundo: España es primitiva, salvaje, bárbara; Estados Unidos, civilizado, trabajador, superior; Francia, el centro de la civilización; Africa, primitiva, como la pampa, sus tipos humanos salvajes como el gaucho (Verdevoye 402-16). 
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Sarmiento deseaba literalmente cambiar el mundo con su voluntad, con la misma audacia que le atribuye a Facundo, y conocidas son sus desavenencias con el General Urquiza como Boletinero del Ejército Grande que iba a luchar contra Rosas, pues para él quien lo había ya casi derrocado en realidad, más que la espada, era su pluma, su fuerza mental, su Facundo (Gálvez 237).  Sarmiento no podía aceptar que Rosas buscara su legitimación política apoyándose en el pueblo bajo, incluyendo, además de los gauchos, a los negros, y aún grupos de indios (Facundo 63- 4).3 Rosas no era un tipo de héroe bárbaro “puro” como Facundo Quiroga. Facundo había sido un héroe trágico, valiente, instintivo, que triunfaba recurriendo al terror y la violencia; Rosas era un tirano hipócrita, frío y calculador, que mataba a través de su policía secreta, la Mazorca, y unía los instintos del “gaucho pícaro” (como le llamaba Dorrego4 ) con la astucia del hombre de Buenos Aires, que se sabía poseedor de una posición nacional de privilegio. También Sarmiento era, a su modo, un “héroe impuro”: provinciano pero intelectual y autodidacto; escritor pero hombre de acción política y aún militar (o al menos así él lo creía, ostentando cada vez que tenía ocasión sus títulos militares ); civilizado y europeísta, pero de carácter violento, intolerante. 

lunes, 25 de noviembre de 2019

Amalia: espías, amantes y monstruos II


Por Alberto Julián Pérez
Las situaciones que narra Mármol tienen toda la viveza de la crónica, son sucesos que el autor cuenta azorado, llevado por la urgencia de su situación: él es un liberal antirrosista, un joven avergonzado del fracaso político de sus padres unitarios, y que tiene que pagar un alto precio por sus errores, por la inconsistencia y por las claudicaciones de sus mayores frente al régimen rosista (Rivadavia había renunciado a la Presidencia y el General Lavalle abandonaría el ataque a la ciudad de Buenos Aires, que en la opinión del ensayista-narrador, lo hubiera llevado a la victoria, volviendo sobre sus pasos y acabando derrotado). Podemos preguntarnos por qué Mármol imita la presentación genérica de la novela histórica, si sólo nos está dando una crónica contemporánea vista desde la perspectiva parcial e interesada de su grupo político: en parte, creo, porque había en esa época una urgencia evidente en registrar la historia nacional que aún no había sido escrita (varias décadas después la escribirían Bartolomé Mitre y Vicente F. López), a la que Mármol aporta sus propios ensayos interpretativos, y porque el autor tiene en esta novela el propósito ambicioso de fundar la novela nacional con un criterio político, romántico e histórico 
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Amalia es la resultante de las ideas y las luchas políticas de la Generación del 37 y Mármol se presenta en su novela como un vocero de las aspiraciones de su grupo. No se identifica con el pueblo como tal (que era rosista), sino con las elites cultas que participaban en las actividades políticas. 
Es entonces el vocero de una élite política, con militancia partidaria, a la que también pertenecían Echeverría, Sarmiento, Alberdi y Mitre. Notamos en la novela cómo Mármol hace depender la resolución de los conflictos del saber de los personajes y de la conciencia que éstos tienen de sí y de la situación en la que viven. Sus personajes procuran controlar su subjetividad, su conciencia (y la de los otros, actividad del ideólogo y del espía) y el mundo objetivo, el mundo material. Pero puesto que no tienen el suficiente poder para controlar el mundo que desean controlar, los personajes viven en situación de inestabilidad. En Amalia asistimos a una verdadera puesta en escena del complejo mundo social y político de la época. Amalia es una novela de estructura “dramática”. Su acción progresa a través de numerosas escenas y los personajes desarrollan sus intrigas, literarias y políticas, mediante extensos diálogos. Están dramatizando el mundo social del rosismo, pero también las aspiraciones y los deseos de los intelectuales pequeño-burgueses antirrosistas. El mundo de los románticos personajes antirrosistas: Amalia y Eduardo, Daniel y Florencia, es bello, sofisticado, juvenil, idealista, rico. El autor va preparando a sus héroes para el sacrificio del amor romántico: los amantes, al final de la novela, sólo concretarán su amor en un tálamo nupcial que es también el sitio mortuorio. Su amor está  hecho para el sufrimiento, y no para el goce físico. Es un amor patético, sublime. Se consuela en la contemplación del ser amado. Mientras la pareja sentimental de Amalia y Eduardo vive su relación amorosa romántica, en un mundo extraño y ajeno al ambiente local, que es grosero e inculto, Daniel se entrega al mundo realista y cruel de la política: el engaño y el ocultamiento, el cálculo y el riesgo hacen a su labor de espía. Si Eduardo es por sobre todo un héroe sentimental (aunque lo sentimental y lo privado no puede quedar totalmente escindido de los conflictos políticos de la hora), Daniel es un héroe político, un hombre que piensa en el destino de su nación primero, y en su vida y seguridad personal después. Es el típico héroe altruista, capaz de salvar a su comunidad. Su objetivo final es la emancipación de su patria de la tiranía y la liberación de sus amigos. Daniel es un fiel exponente del grupo de jóvenes intelectuales, y defiende sus principios de justicia y verdad, denuncia la corrupción y desafía con éxito a la autoridad opresiva. Este mundo de Buenos Aires durante la dictadura, tal como lo presenta Mármol, es un mundo dominado por el cinismo, las apariencias y el miedo. Puesto que no se admite la disidencia política legal, todo opositor debe vivir encubierto y actuar de manera encubierta. Esto crea una situación de desconfianza, por cuanto los opositores viven tratando de ocultar su identidad, operando en las sombras para escapar a la persecución. Esa Buenos Aires bajo el rosismo no es una ciudad en la que puedan vivir los liberales, aunque no por eso deje de ser una ciudad moderna. El excesivo control policial, y la Mazorca, la falta de prensa libre, el bloqueo francés del puerto de Buenos Aires desde marzo de1838 a octubre de 1840, crean un ambiente político de tensión. Es una ciudad dominada por el enfrentamiento político entre unitarios y federales, fragmentada por la lucha ideológica. Una ciudad en que una clase social, la alta burguesía ganadera e industrial, que organiza el negocio de los saladeros y la venta de cueros, dirigida por Rosas, mantiene un claro liderazgo político. Sus aliados naturales son los sectores populares y proletarios urbanos y rurales: los sirvientes y empleados urbanos, los gauchos y peones rurales, y los obreros de los saladeros y la industria del cuero. El Buenos Aires de Amalia es una ciudad relativamente moderna, con movilidad social, en que impera el “mal gusto” de los nuevos grupos sociales en ascenso. Racialmente integrada, los peones rurales y los sirvientes negros parecen tener asegurado 8 un papel político activo como partidarios del régimen. Rosas moviliza a las masas con habilidad, como queda demostrado en “las parroquiales”, cuando sus partidarios organizan demostraciones, llevando el retrato de Rosas por las calles en un carro, al que muchas veces, luego de desenganchar los caballos, arrastran ellos mismos, demostrando su devoción al dictador, y exhibiendo el retrato de éste en las parroquias, para que sea adorado por el pueblo (249-53). En el desenlace final de la novela el grupo de jóvenes liberales estaba contra todos y todos estaban contra ellos. Dispuestos todos a escapar, menos Daniel, y ante la resistencia de Amalia que no quiere abandonar su país, aunque al final acepta hacerlo, para poder vivir su romance con Eduardo en Montevideo, la tragedia se cierne sobre ellos. Finalmente tienen que entregarse a su sino romántico aquellos que viven en un mundo sentimental patético: Eduardo y Amalia. Van a casarse en el momento de máximo peligro, sellando su amor ante la muerte, desafiando al mundo con su amor auténtico. Eduardo y Amalia eligen cuidadosamente las ropas de casamiento, en medio de trágicos presagios que les anuncian un fin desdichado. Luego de desposarse y casarse tienen que enfrentar el fin inevitable. La policía entra en la casa y allí la pareja, secundada por sus amigos, da su lucha final. En la lucha Eduardo cae muerto y Amalia se desmaya a sus pies y, cuando ya Daniel, el héroe político, estaba por morir a manos de la partida policial, aparece de pronto su padre para salvarle la vida. Recordemos que la novela había empezado con una situación de peligro en que Daniel salvaba la vida a su amigo Eduardo; en el final, el padre de Daniel, partidario del régimen rosista, aparece para salvar a su hijo. La defensa del mundo político continua: Daniel ha sobrevivido. Daniel el traidor, Daniel el espía, a quien todos tienen por agente de la Mazorca, y que es en realidad un agente unitario opositor a Rosas. Daniel, el conspirador liberal que habrá de continuar la lucha sin cuartel para defender a su patria de la tiranía. El lema dice: libertad o muerte. La lucha era a muerte y había que continuarla hasta el fin. Concluye la trama trágica romántica con la muerte de Eduardo Belgrano y se interrumpe la trama abierta política cuando el padre salva a Daniel. Los jóvenes liberales, a través de él, y gracias a su habilidad intelectual y a su astucia, seguirán luchando.  Ha terminado la novela y empezado la Novela. Puesto que Mármol se había propuesto fundar la gran novela nacional de su grupo social. Liberal, idealista. Defendiendo esos valores que no podían entender las masas: la educación, el progreso, la libertad individual, la libertad de comercio, la libertad de prensa. La superioridad intelectual y cultural de la pequeña burguesía frente a las masas. La superioridad de la vida urbana cosmopolita frente a los valores del mundo rural, dominado por la superstición y la ignorancia. Amalia complementa la visión de la barbarie que había dado Sarmiento pocos años atrás en Facundo: Mármol exhibía el mundo íntimo del dictador, su casa, sus satélites y colaboradores, les hacía hablar, mostrar su cobardía, su insidia, su crueldad, su falta de proyectos políticos. Había también, como el sanjuanino, explayado su pluma en ensayos políticos, interpretando, desde su perspectiva liberal, la barbarie y la dictadura rosista, el papel de la religión, la relación entre las masas y el tirano. Pero la fascinación de Mármol no se había limitado a mostrar el mundo monstruoso de la barbarie del caudillismo: había llevado a sus personajes, bellos y jóvenes, al espacio progresista de la novela europea, el género más prestigioso y representativo de la nueva clase en el poder: la burguesía urbana. Urbanos, eurocéntricos, hipercultos, intelectuales, progresistas, luchadores, estos jóvenes inquietos de la Generación del 37 crean modelos originales para todo: el periodismo, el ensayo, la literatura. Pero la novela era un género especial: era capaz de describir lo que no podía describir ni el ensayo ni la poesía, géneros que habían alcanzado un buen desarrollo independiente desde la Revolución de 1810. La novela podía describir, sin grandilocuencia ni examen excesivo, las aspiraciones de su clase, y representarlas, en un espacio urbano, que el rosismo trataba de escamotearles, con su escasa sensibilidad cultural. Con el indiscutible logro de esta novela, ya en el marco del fin de la dictadura (que cae en 1852, un año después de la primera edición de Amalia), la literatura argentina se afianza en la modernidad cultural marcada por la pauta literaria europea culta. Esta novela de tema nacional romántico y político, de base histórica, sabe representar para sus lectores el drama de la patria: la dictadura de Rosas. Su forma literaria “madura” ha logrado introducir a sus tipos locales y entendido y explicado la dinámica política de su sociedad, con sus propios personajes. Amalia funda la gran novela (grande tanto por su mérito como por su extensión) nacional argentina, con su ciudad, Buenos Aires, como centro de la vida cultural y política del país, con sus jóvenes intelectuales como líderes de la nación, con su vilipendiado pueblo, incomprendido aún, para quien, según ellos, no había llegado aún la hora, ni podía llegar mientras no se educaran y se transformaran en una clase media culta y responsable. Novela de una nación, literatura de una nación, proyecto político de una clase revolucionaria que no podía ir más allá de su visión de mundo, marcada por sus intereses, sus valores y su utopía de futuro, en la que habían asignado a su grupo: los jóvenes intelectuales eurocéntricos, un papel rector en la dirección del nuevo estado nacional

viernes, 22 de noviembre de 2019

Amalia: espías, amantes y monstruos I

Por Alberto Julián Pérez 
Amalia es la gran novela argentina de la primera parte del siglo XIX; publicada en su primera edición en 1851, y en una segunda edición aumentada y corregida en 1855, Amalia inicia oficialmente el ciclo de lo que podemos llamar “la novela nacional argentina”. Si bien hubo otros intentos novelísticos anteriores, la crítica reconoce el valor fundacional de esta novela. El mundo americano que emergía después de varios siglos de colonización europea no podía permanecer ajeno al poder de seducción de la novela. El nacimiento a la vida nacional independiente de los países de todo el hemisferio requería la creación de una cultura propia y una literatura nacional; después de largos siglos de colonialismo europeo la novela aparecía como un terreno literario aún no conquistado por los escritores criollos, a pesar del temprano y brillante desarrollo del género en España. En 1851, como en 1840, época que describe Amalia, aún estaban sin resolverse las cuestiones fundamentales que hacen a la creación de una vida nacional independiente: los límites territoriales del Estado nacional, el sistema de gobierno definitivo, su Constitución y leyes fundamentales. 
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La inminencia del futuro tiñe las ideas de todos los jóvenes intelectuales y artistas de la época con un sentido utópico y de proyección temporal, que da a sus escritos un sentido total de modernidad. Es la generación que está por fundar el Estado nacional permanente, que pelea por ocupar un lugar en esa nación por hacerse, que se rebela contra el gobierno de los caudillos regionales, a los que considera impostores, que quiere liderar una revolución cultural y política que impida la profundización de lo que consideran la contrarrevolución rosista, y restablezca los valores originales de la Revolución de 1810, simbolizados en lo que llaman los principios de Mayo (Echeverría 57-97). Ese movimiento, ese desplazamiento temporal en Amalia, entre el pasado reciente (que Mármol finge pasado más lejano, para quedar dentro de las convenciones del subgénero novelístico, la novela histórica), y el futuro inminente, que sobrevendría una vez que se realizara lo que ellos trataban de facilitar: la caída del Dictador y el establecimiento de un régimen republicano liberal, se refleja a su vez en un desplazamiento argumental y espacial de la novela entre el mundo público y político y la vida privada de los personajes. Amalia es una novela a dos voces (como gran parte de la literatura de la época, que oscila entre lo elevado y culto, y lo regional y costumbrista, cada una con su modulación lingüística reconocible): las voces de los personajes públicos (del espía unitario Daniel Bello y de los personajes políticos que éste encuentra, incluido Rosas, su hija Manuelita, el ministro Arana y otros), y las voces sentimentales del mundo privado del amor (la pareja de Eduardo Belgrano y de Amalia). Amalia se mueve entre un mundo político y público, que reconoce filiaciones épicas o neoépicas, y el mundo sentimental romántico, en que los personajes proyectan su utopía de futuro: la patria libre, la felicidad de la vida familiar en paz. Dentro del mundo romántico de la novela descubrimos el heroísmo y espíritu de sacrificio de los amantes, su nobleza, su idealismo, su belleza, su elevación social; en el mundo político, en cambio, priva el realismo, el interés personal, es un mundo grotesco, desagradable, cruel, “bárbaro”. La barbarie, en este caso, se identifica con lo feo, lo grosero, lo vulgar; tiene una connotación estética además de moral. Este modo de entender la barbarie conlleva la condenación de los valores rurales, de las costumbres del pueblo bajo, de la relación política del caudillo popular con las masas. Implica la negación de la sociedad abierta, multirracial, que había emergido al fin del período colonial, y es una proyección del deseo de lograr una sociedad selecta, culta, europeísta, de elegidos, una sociedad que representara el nuevo gusto urbano de la pequeña burguesía, sus valores cosmopolitas modernos, su nueva concepción de la economía política. La novela vincula el mundo público de la política rosista de 1840 (en momentos en que el General Lavalle se aprestaba a invadir la provincia de Buenos Aires y en que la sociedad paramilitar de la Mazorca, que reunía a los rosistas “celosos”, incrementaba su presencia represiva en defensa del régimen), y el mundo privado de los ciudadanos de Buenos Aires (la historia sentimental de dos jóvenes que encuentran el amor pasional, desinteresado, romántico). En medio de las peripecias de la resistencia política y militar a Rosas, encuentra José Mármol para cada mundo su lugar, y para cada historia su final adecuado: para la historia política, el fracaso de la insurrección pero el triunfo de los héroes, que sobreviven milagrosamente, manteniéndose el espíritu de insurrección y resistencia vivo para el futuro; para la historia sentimental, el fin romántico: la muerte del amante, Eduardo Belgrano, y el abatimiento total de Amalia, víctima del sino fatal que la lleva a perder el amor poco después de haberlo encontrado por primera vez en su vida. Ambas historias se entretejen, como se entreteje el destino nacional de la patria en la vida histórica real de la época, entre el sacrificio personal, la frustración de las ambiciones de los jóvenes proscriptos argentinos, obligados a vivir en un medio social ajeno enrarecido (en la ciudad de Montevideo en pie de guerra, sitiada, repleta de soldados de distintas nacionalidades, agitada por el periodismo partidario y la oposición a Rosas [Sarmiento, Viajes 19-58]), donde la vida pública, reprimida y deformada por las circunstancias, los lleva a convertirse en conspiradores en el exilio. Si el autor trata de manejar en su narración esa materia narrativa indócil, que se le escapa de los modelos genéricos aceptados, hasta confundir la novela de intriga política con la trama romántica sentimental, también lucha por imponer un orden al caos social que caracteriza a la época: así divide a los personajes en buenos y malos, en civilizados y bárbaros, y dentro de cada bando, en serios y cómicos. La narración aspira a un orden, a un orden que puede parecerle demasiado rígido al lector contemporáneo.  En esas circunstancias, desde el punto de vista de las elites liberales, sólo se podía ser 4 militante y defender la legitimidad de un partido: el liberal, el partido sucesor de los antiguos unitarios, pero purgado de sus errores (como lo pretendían los jóvenes de la Generación del 37), el partido que luchaba contra la tiranía, contra la “barbarie”. En el mundo dicotómico de la novela, los personajes y el narrador eligen un bando. Es una novela partidaria de lucha política, de feroz resistencia contra Rosas. Para organizar el mundo social Mármol tiene que crear su sociedad selecta ideal, pequeño-burguesa, culta, de la que queda excluida, como antes en “El matadero” de Echeverría, todo el sector inculto, marginal, proletario: los gauchos rosistas y los negros y negras que apoyan incondicionalmente al régimen, los indios de los que se vale Rosas en su política práctica y sin principios. Y dentro de las clases pudientes excluye a los propietarios rurales y ganaderos comprometidos con el rosismo (su principal base político-económica de poder), y a los sectores urbanos porteños de pequeños comerciantes que son cómplices de Rosas, voluntaria o involuntariamente. Esta sociedad está en un estado de crisis, por la guerra de invasión del ejército del General Lavalle, y priva la violencia y el terror. La sociedad educada parece estar acosada en el Buenos Aires de entonces, y a los disidentes lo único que les queda es emigrar, para luchar desde el extranjero, o luchar allí en la clandestinidad, con gran riesgo para la propia vida. 
A diferencia de lo que hicieron los jóvenes de la Generación del 37, Sarmiento, Echeverría, Mármol, Alberdi, López, Gutiérrez, que eligieron el exilio, los personajes de Mármol eligen quedarse y luchar, trayendo al texto quizá las aspiraciones frustradas del autor, o una especie de justicia poética, por la cual los personajes son lo que esos jóvenes hubieran deseado ser y no fueron: luchadores heroicos que se juegan la vida (y la pierden) luchando contra Rosas en Buenos Aires, liderando la resistencia, actuando como una vanguardia, espiando contra el régimen, saboteándolo. En el comienzo de la novela el narrador presenta a un grupo de personajes que intentan emigrar y quieren ir a la Banda Oriental del Uruguay, a unirse al ejército de Lavalle. Pone en primer plano la elección posible de esos hombres: resistir en Buenos Aires o emigrar.  El grupo es descubierto y fracasa en su intento, pagando su osadía con sangre. Sólo se salva Eduardo Belgrano, el héroe sentimental de la novela, gracias a la oportuna participación de su amigo Daniel Bello, el héroe político, el avezado espía que se mueve entre dos mundos (como Mármol mueve su novela dentro de los 5 mundos pertinentes de géneros diversos). ¿Cómo es que se había enterado la policía rosista que un grupo de unitarios emigraba? Gracias a una delación, gracias a la intriga del espía Merlo. ¿Y cómo se frustran los planes de la Mazorca? Gracias a la participación providencial del espía Daniel Bello. Los espías, los conspiradores, mueven secretamente la trama del mundo político de la novela. Es un mundo político moderno dominado por la actividad incesante de los ideólogos: Daniel Bello, Florencio Varela, Juan Manuel de Rosas, Doña María Josefa Ezcurra. 
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No es una visión objetiva ni desinteresada. Porque cada partido busca el ejercicio del poder. Si bien la novela trata de ser una novela histórica, y es una novela de hechos históricos confirmados (el gobierno de Rosas, la invasión frustrada de Lavalle), tenemos que verla como una novela política partidaria: los hechos que narra son casi contemporáneos del autor (que escribe diez años después de ocurridos los acontecimientos históricos), quien se pone voluntariamente de parte de uno de los bandos en conflicto para contar su historia: su simpatía está con los liberales unitarios (después de haberlos criticado constructivamente), o con los jóvenes liberales que continúan la defensa de los ideales liberales de sus mayores, y está en contra de los federales, en particular del tirano Rosas y de su entorno de personajes corruptos, que incluye miembros del clero, la alta burguesía y el ejército, y de las clases serviciales de la ciudad, en particular sirvientes negros y pequeños comerciantes.