Rosas

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lunes, 2 de enero de 2017

El sentido de la historia argentina y el Peronismo. (1950)

por Vicente D. Sierra
Sí toda historia es, por consiguiente, algo contemporáneo, no es extraño que la historia de Argentina tenga para nosotros, hombres de hoy, los que hemos vivido dos guerras y con ellas visto entrar en crisis al sistema capitalista que parecía tan inconmovible que, en un país como los Estados Unidos, nada se había escrito en su gran bibliografía en materia económica, sobre crisis, cuando la de 1929 se presentó aplastando millares de bancos; los que hemos vivido tales circunstancias, no podemos tener para el «progresismo» de tipo individualista y mercantil, positivista y antitradicionalista, con que la historia de Argentina fue escrita, el mismo respeto que nuestros compatriotas de ayer. Nuestra angustia ya no se satisface con Alberdi. En medio del tembladeral que vive la humanidad en esta mitad del siglo XX  Argentina procura encontrar en su pasado la otra punta de la solución de continuidad a que se le condenó, y comprende -¡al fin!- la verdad del aforismo sanmartiniano: serás lo que debas ser…y no se puede ser nada fuera de la historia, fuera de los lazos tradicionales, como no sea plagiando, o sea, renunciado a ser lo que se debe ser,” que es aceptar no ser nada.  
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Para aquellos hombres del 80 todo el país es bárbaro. Quieren cambiarlo. Viven las ilusiones del progresismo y su fe en la Patria es relativa si no reciben apoyo exterior. Nadie cree en los elementos puramente nacionales, y menos en el pueblo. Pero hoy la conciencia no vibra más al compás del «progresismo», que lo ha conducido a una posición inestable, sin sostenes en el pasado ni conciencia del futuro, y entonces, como en todas las horas de encrucijada, se interroga. Como lo hizo el mundo antiguo ante la caída del Imperio Romano; como lo hizo ante la caída de la Edad Media; como lo hizo a raíz de la Revolución Francesa. Un gran sentido historicista agita a las mentalidades contemporáneas. Cada pueblo busca en sí mismo el eslabón perdido en las rutas del positivismo, y a eso obedece el movimiento de fortalecimiento de las nacionalidades a que asistimos en todo el mundo, que no tiene ya el sentido autonomista que caracteriza al movimiento semejante que se produce después de la Reforma, sino que adquiere un contenido ecuménico extraordinario, porque, simultáneamente, es agitado por un renacimiento del sentimiento religioso que vivía asfixiado por el positivismo. Se vuelve a adquirir conciencia de la importancia de conocer la posición del hombre en el cosmos, todo lo cual determina que los valores humanistas resurjan de nuevo, y el «hombre», que había desaparecido para ser un número en los registros electorales o una ficha en los tableros de las fábricas, comienza a readquirir la categoría que le corresponde, por ser la obra más perfecta del Señor. En tal posición volvemos a la historia de Argentina, y la vemos abrirse en iluminaciones inesperadas. La verdad estaba en ella. Comprendemos lo que ha pasado porque esa comprensión nos permite entender lo que ocurre, y de ese examen surge la realidad del sentido profundo del hecho «peronista».   La mentira histórica al servicio de la antipatria
El liberalismo se basa en una gran estafa intelectual de tipo histórico: afirmar que en el pasado todo fueron sombras, ignorancia, absolutismo y falta de libertad. La Edad Media, para cierto tipo de pensador liberal, es un largo período de obscurantismo y esclavitud, del cual se salva a los hombres en las jornadas heroicas de la Revolución Francesa. Y bien, ya no se puede decir tamaño disparate porque, dejando de lado la opinión de los tantos Voltaires, centenares de ilustres estudiosos resolvieron conocer el medioevo por su cuenta, y esta es la hora en que todo estudioso de los problemas políticos sabe que los principios de la libertad política estaban altamente desarrollados en la Edad Media, especialmente a consecuencia de la supremacía del derecho sobre el gobernante; derecho que era la expresión, no de la voluntad del gobernante, sino de los hábitos de vida de la comunidad política. Durante la Edad Media no se concibe la existencia de un monarca absoluto. ¿Cómo es que esa concepción llegó a desaparecer casi totalmente en gran parte de Europa en los siglos XVII y XVIII y ser reemplazada por la teoría de la soberanía absoluta del príncipe? No nos corresponde averiguarlo, pero sí destacar que el último de los países europeos en aceptarlo fue España, que dió en el absolutismo cuando entró a ser gobernada por un príncipe francés, Felipe V, que actuó en la península disminuyendo, cercenando las viejas libertades provinciales y municipales que constituían la personalidad política española.  En América el medioevo se extiende hasta mediados del siglo XVIII, pues las tendencias centralizadoras que terminan en el absolutismo ilustrado recién comenzaron a sentirse en el Nuevo Mundo en la segunda mitad del siglo XVIII, a pocos años de iniciarse el proceso independizador. Cuando se producen los sucesos de Mayo el pueblo responde en toda la extensión del virreinato a un llamado que se le hace a nombre de grandes valores tradicionales: defensa de la monarquía; defensa de ideas extrañas, traídas en la punta de las bayonetas por Napoleón; organización del gobierno del virreinato por la voluntad de todos los Cabildos. El absolutismo no tuvo tiempo para influir sobre el país, salvo en lo necesario para que fuera general en 1810 el repudio a los funcionarios peninsulares que lo representaban. Pero hay en la Junta de Mayo hombres que no tienen vinculación con lo tradicional auténtico porque han sido captados por las nuevas ideologías en boga en el mundo, y son los que se oponen a la formación de la Junta Grande. Ocurre, entonces, un hecho concreto. Buenos Aires, ciudad portuaria, de economía comercial y no industrial, no productora, reúne en su seno a una minoría mercantil, enriquecida con las medidas comerciales tomadas en 1809 por Cisneros. Esa minoría de ciudad portuaria, cuyos intereses se vinculan al comercio exterior, mira hacia afuera y da la espalda al interior: ya no tiene fe religiosa y pende de la última moda de París; llama «forasteros» a los diputados del interior; defiende la libertad de comercio que enriquece a Buenos Aires y arruina a los productores provincianos; lo cual produce el primer movimiento de masas que registra la historia de Argentina, el 5 y 6 de abril de 1811. Son los hombres de las quintas, el bajo pueblo, peones y jornaleros, los que reclaman aquel día contra la minoría que trata de sacar al país de sus lazos tradicionales. La minoría dominante llama despectivamente «plebe» y «chusma» a aquel pueblo que salva, en aquella jornada, el destino de la Revolución de Mayo. 
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Desde entonces la historia argentina es una simple lucha entre el pueblo y esa minoría mercantil que trata de someter al país al juego de sus intereses económicos y a la influencia de sus ideas antinacionales. Así es cómo vemos al pueblo imponerse en 1815 y en 1820, siempre derrotado hasta que, con el correr de los años, surgen, al frente de las masas, las figuras de los caudillos. La Patria pierde la Banda Oriental y el Alto Perú, porque esa minoría oligárquica, que desprecia a la «chusma», no tiene de la Patria un sentido que no se encuentre ligado a sus ideas en materia económica, religiosa y política. Cuando en 1820 se ha hecho conciencia de que los hombres de Buenos Aires no encuentran solución a los problemas del país fuera de entregarlo al gobierno de un príncipe extranjero; cuando se advierte que las tendencias centralizadoras no ceden en el afán de someter todo al juego de intereses de la economía del litoral, las masas se entregan a los caudillos. Surgen como encarnación del alma popular, como expresión auténtica de lo nacional, dispuestos a no negociar con Buenos Aires ni entregarse a su oligarquía gobernante. Porque los caudillos encarnan un movimiento típicamente nacionalista contra las tendencias metecas de cosmopolitizar la cultura y el sentido de la nacionalidad. Son, además, consecuencia del espíritu democrático que por herencia predominaba en las masas enfrentadas a las minorías aristocratizantes, que viven dentro de meridianos intelectuales foráneos. No es la guerra entre la civilización y la barbarie, como la bautizara uno de los próceres de la oligarquía, sino la guerra social entre la nueva economía individualista y la vieja economía social; entre una clase que se siente destinada a mandar porque es rica y un pueblo que sabe que no ha entregado a nadie la exclusividad de esa función; entre los resabios del absolutismo y el viejo sentido autonómico de la raza; guerra entre los que procuran imitar y los que aspiran a que el país logre sus propias finalidades dentro del estilo que le pertenece por legítima herencia. España había civilizado al Nuevo Mundo en base a un gran respeto por la dignidad del hombre y por las características locales, y si bien, como hemos dicho, los últimos años de absolutismo borbónico, que tendió a una unificación, estancó la administración central, no .alcanzó a influir en la local, y fue la vitalidad municipal la que permitió a América la afirmación de su personalidad en 1810. Pero en 1810 si el pueblo está contra el absolutismo, en 1820 demuestra que lo está contra el de España o contra el de la oligarquía porteña. Los caudillos aparecen afirmando los principios nacionales y repudiando todo lo que no responda a los lazos tradicionales. No son conservadores, como lo demuestran repudiando la entrega del país a un monarca. Son tradicionalistas, es decir, hombres que quieren el progreso del país, pero dentro del estilo propio de la raza. Buenos Aires procura, es evidente, la organización; los caudillos buscan la organización y la libertad. Por eso las luchas civiles alcanzan un profundo significado social y político, como que, en muchos casos, son determinados por el sentimiento religioso herido por reformas inconvenientes, y tienden a buscar un gobierno eficaz, que no obligue a sacrificar a su eficiencia más de lo que el alma de la raza está dispuesta en aras de beneficios materiales que no busca, que no desea, que no admira. La oligarquía porteña cree que el progreso es la explotación del hombre por el hombre, en aras a una economía individualista; considera que lo propio es bárbaro y debe ser substituido, y el país no quiere ni proletarizarse ni perder su fe. 
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Se habla de una democracia que otorga el voto, pero no deja elegir gobernantes, porque el liberalismo no fue otra cosa que un movimiento de la burguesía para librarse del absolutismo real, problema que no interesaba a las masas en cuanto veían de cómo se trataba de hacerlas caer bajo el absolutismo de aquella burguesía. 
Derrotada la oligarquía en 1820 resurge, con Rivadavia a la cabeza, para caer de nuevo cuando el país tuvo conciencia de que Manuel García había traicionado a la Patria en el tratado de paz con Brasil. En magnífico levantamiento el pueblo saca del gobierno a quienes han tratado de imponer un régimen que facilite entregar las minas riojanas a capitales ingleses, cuando estaban explotadas por capitales argentinos, y llega Dorrego -uno de los pocos demócratas efectivos del pasado argentino- impuesto por el pueblo. Pero el 10 de diciembre de 1828 se produce un movimiento militar, del que se vale la oligarquía extranjerizante para imponerse de nuevo. Nada justifica el derrocamiento de Dorrego, pero quienes se creen destinados a dirigir el país son liberales en materia religiosa y económica, no en materia electoral. Desprecian al pueblo. Salvador M. del Carril le escribe a Lavalle: «Si usted pudiera en un instante volar al Salto, Areco, Rojas, San Nicolás y Lujan, dar la mano a todos los paisanos y rascarles la espalda con el lomo del cuchillo, haría usted una gran cosa…». Refiriéndose a la concurrencia a los funerales de Dorrego, dice que fue mucha «gentuza». La aparición de Juan Manuel de Rosas se hizo defendiendo, en 1820, la legalidad, o sea, la causa de la oligarquía, a pesar de lo cual los componentes de ésta lo consideraron con desconfianza, simplemente porque su fuerza estaba en el apoyo que le prestaban sus peones y los hombres de la campaña. Con Rosas se produjo el caso curioso de que sus iguales de clase iniciaran contra él, simplemente porque su legalismo lo condujo a apoyar a Dorrego, como antes a Martín Rodríguez, acusaciones de inexistentes crímenes. El crimen de Rosas era apoyarse en el pueblo. En 1830, el triunfo del pueblo está de nuevo a punto de perderse, y se produce la «Revolución de los Restauradores». ¿Qué fue ese hecho? No otra cosa que un 17 de octubre de 1945, es decir, el pueblo que se levanta, sin que nadie pueda decir quién lo ha movido, y que, en un gesto magnífico, salva de nuevo la dignidad de la Patria. 
No vamos a formular juicio alguno sobre Rosas. Que fue el suyo un gobierno apoyado por el pueblo lo han dicho hasta sus mayores enemigos, como Sarmiento, para los cuales ese hecho demostraba que lo que se necesitaba era eliminar al pueblo argentino. Pero durante el gobierno de Rosas los representantes de la oligarquía, refugiados en Montevideo, piden y apoyan la intervención de potencias extranjeras para resolver el drama de su ostracismo político. Lo mismo hicieron los oligarcas de 1943, 1944 y 1945. Razón tenía Rosas cuando, contestando a Estanislao López, que le pedía alguien que le sirviera de amanuense para escribir pliegos, le decía que cualquier paisano servía para eso, porque lo importante era que fuera buen federal, es decir, buen argentino, en el sentido que Rosas daba a la palabra federal. La lealtad se ponía sobre la capacidad.  Después de Caseros el pueblo se duerme en la esperanza de la Constitución, pero poco tarda en comprender de que las libertades están escritas en el papel, pero no existen en los hechos. El fraude surge como base del gobierno. Primero, «Liga de Gobernadores»; después, «unicato», hasta llegar al «Fraude Patriótico», de 1932. Los viejos caudillos han desaparecido. Las tacuaras de López Jordán nada pudieron contra las ametralladoras de Sarmiento. En 1890 se levanta el pueblo de Buenos Aires, y Alem denuncia el comportamiento de la oligarquía, que ya ha comenzado a entregar la patria al capital extranjero, que vende los ferrocarriles y hasta llega a mercar a Baring Brothers las Obras Sanitarias. Las esperanzas de la ley electoral no se realizan porque el problema argentino no era puramente político. En 1930 la angustia económica lleva al país a la revolución, que es hurtada por la oligarquía, con habilidad extrema, haciendo fracasar un nobilísimo esfuerzo del ejército. Pero éste, que vela sus armas, vela también la defensa de los lazos tradicionales. ¡El ejército no ha sido captado por la oligarquía! Y en 1943 lo demuestra. Lo que viene es conocido. La oligarquía juega su última carta cuando en octubre logra sacar del gobierno al líder de la revolución, y entonces surge el «peronismo», surge ese 17 de octubre, que es el nuevo 5 y 6 de abril, que es la revolución de 1815, que es el levantamiento de las masas de 1820, que es el gauchaje que se levanta en el interior gritando: «¡Religión o muerte!», que es la nueva Revolución de los Restauradores, es decir, de los que quieren restaurar la patria a punto de perderse en las encrucijadas de ideologías extranjerizantes; que es el 90, el 93 y 1904, aumentados, porque esta vez la conciencia del mal ha llegado hasta las últimas capas sociales. Y entonces, como antes, la oligarquía es la misma. Ayer dijo: ¡Plebe!, ¡chusma!, ¡gentuza!, como ahora: !descamisados! Gritos con que concretan su desprecio por el pueblo, con que gritan su espíritu de clase, con que dicen de cómo tiene seco el corazón para las altas emociones del patriotismo puro.
  El «peronismo»
Y bien, vindicación del hombre, amor al pueblo, resurrección de la fe de nuestros mayores, independencia económica, elevación del nivel de vida popular, defensa de la soberanía; cada uno de estos principios integra la doctrina «peronista», y todas ellas son reivindicaciones históricas; todas ellas integran la realidad de la esencia misma del destino histórico de Argentina. Es lo que desde 1810 pide el pueblo. Lo había demostrado en las jornadas de 1806 y 1807. Lo demostró luego en las guerras civiles, muriendo por esa causa, y el 17 de octubre de 1945 se pudo ver de cómo, a pesar de medio siglo de mentira histórica, de escuela desnacionalizada, de periodismo entreguista, de literatura extranjerizante y de gobiernos de acomodos, el pueblo, en su pureza virginal, no había sido pervertido. Por eso pudo hacerse la revolución. Porque lo falseado eran las instituciones y los dirigentes, no el pueblo. El de 1945 era el de 1811, el de 1820, el de 1830, el de 1840, el de 1890; el pueblo argentino incontaminado que, en gesto viril, había logrado encaminar la historia de la Patria por sus vías propias. El «peronismo» aparece así con la jerarquía de un reencuentro de la Patria consigo misma. Quienes no ven en él más que un hecho político viven ciegos. Quienes crean posible esquivarlo de nuevo, como tantas veces, con habilidades electorales, están equivocados. La historia nos dice que es la verdad de la Patria, y su fortaleza -pese a los teorizadores de lo abstracto- consiste en que tiene, además, lo que es esencial para que esa verdad no apague sus luces: tiene un Jefe

miércoles, 28 de diciembre de 2016

"Es preciso acabar con tanta falsía en la enseñanza de la Historia" (1972)

Por Guillermo Furlong S. J.

Antes de responder voy a recordar un hecho personal. Fue en 1913 que comencé a enseñar historia argentina a nivel secundario, y me valí de un texto entonces bastante generalizado, el de Cánepa-Larrouy; más adelante utilicé otros varios. Como tenía por seguro que tales textos eran fidedignos, enseñé esa asignatura con gusto y hasta con entusiasmo. Pero fue en ese mismo año que empecé a frecuentar el Archivo General de la Nación y con el correr de los años fui viendo lo poco verídico que eran los textos que usaba en clase con mis alumnos, ya que, cada dos por tres, tenía que decirles: "esto es inexacto", "es todo al revés", "nada hubo de prócer" en este hombre", "tachen todo lo que sigue porque es falso", etc. Hacia 1935 reconocí que ese obrar era desmoralizador, para mí como para mis alumnos, y pedí que me quitaran esa asignatura. A los pocos años me vi libre, por fin, de esa pesadilla, pues pude dejar la historia argentina por la literatura de 4° y 5° años.

Como entre esos años de 1913 y 1935 fui haciéndome amigo de no pocos hombres que se dedicaban a los estudios históricos -Enrique Peña, Rórmulo Carbia, Luis María Torres, José Juan Biedma, Enrique Udaondo y otros-, fui observando que también ellos disentían de las doctrinas, ideas y juicios consignados por los libros de texto y tenían por los mismos un desprecio nada común. Algunos de ellos, sin embargo, opinaban que era necesario hacer "patriotismo", aunque esto implicara tolerar que, en vez de historia, se propinara a los jóvenes una historia "mejorada" con figuras esplendorosas, con hechos impactantes, para corregir después los pequeños que se hubiesen enseñado. Pero, decía yo a uno de ellos, "a base de mentiras, ¿se puede establecer algo firme y sólido? ¿Cree usted que nuestros jóvenes son tan dormidos que no ven la mentira?" Tal vez entonces no pasaba, pero hoy pasa: un niño oye al maestro que pone por la nubes a un Monteagudo y en casa lo dice a su padre, y oye de éste que el tal era un degenerado; oye maravillas de Castelli y, al llegar a casa, oye que era un disoluto, un blasfemo, un burlón de todo lo sagrado y brazo derecho de Moreno en el asesinato múltiple de Cabeza del Tigre. 
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Si hoy no vivimos de la mentira, cierto es que durante décadas hemos vivido de ella. Recuerdo que allá por 1940 el Dr. Ricardo Levene escribió que a raíz de los sucesos de mayo de 1810 la cultura adquirió un auge repentino y colosal. "Pero, doctor, si fue todo lo contrario; hasta la instrucción pública sufrió un eclipse total o casi total." A lo cual respondió: "Reconozco que ésa es la realidad, pero nos acribillan si lo decimos". ¡Mentir para no ser acribillados! Hace pocos años fue acribillado un noble estudioso, Blas Barisani, por haber dicho la verdad sobre aquel homo animalis, que es como Goyena calificó a Sarmiento. Jamás vio el país de los argentinos un mentiroso del calibre de este "prócer".
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Lo que hasta ayer enseñaban nuestros textos escolares acerca de lo que fue la colonización española en América y, sobre todo, en el Río de la Plata, era algo indignante. Los autores se habían inspirado en la literatura bélica posterior a 1815, principalmente en el falsísimo Manifiesto de las Naciones que dio al público el Congreso de Tucumán. Se decía que aquella fue una época de barbarie y esclavitud. ¡Pobres gentes aquellas! Hoy sabemos que fueron gentes felicísimas, en cuanto cabe a los mortales en este mundo, y que desde 1536 hasta 1810 la ola cultural, además de seria y profunda, fue cada vez más amplia y luminosa, y que mayor libertad jamás la hubo en el país. A esa época corresponde también una democracia sincera y sin careta, donde los gobernantes no miraban por los intereses de algunos ciudadanos sino de la masa de la población. El amor al Rey y el orgullo de pertenecer a España perduró hasta que fueron desapareciendo los nacidos en aquellos tiempos y los hijos de éstos.
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La Revolución de Mayo no tuvo el carácter de "revolución" que le dan los libros de texto. Fue una "evolución", nada más, y si en 1815 se convirtió en "revolución", fue Fernando VII quien dio a la "evolución" ese carácter. No en vano, en una discusión habida en la Sala de Representantes en la época de Rivadavia, hubo quien manifestó que el prócer máximo de la Argentina era Fernando VII. La primera clarinada de guerra la dio Francisco de Paula Castañeda desde el púlpito de la Catedral de Buenos Aires, el 25 de mayo de 1815, cuando dijo: "Ya que Fernando VII no ha sabido apreciar nuestra felicidad y se ha negado a premiarnos por haberle sido fieles, antes nos declara la guerra, aceptemos el reto y combatamos contra él". Es posible que hubiese algunos hombres que pensaran en la independencia política con respecto a España, y que este número fuera en aumento en los años sucesivos, pero no la era la idea matriz en 1810. Por otra parte, tanto Belgrano como Rivadavia, en el memorial que presentaron al Rey en ese mismo año de 1815, manifestaban que habían acabado con la vida de Álzaga y la de sus compañeros por haberse levantado contra Su Majestad. Y sin duda que Moreno habría dicho lo mismo con respecto a Liniers y los caballeros de Córdoba por haber conspirado contra los derechos de Fernando VII. Digamos que si no fue ése el caso, los hombres de mayo fueron unos perjuros, falsarios y mentirosos, ya que una y otra vez juraron solemnemente conservar intactos estos dominios para Fernando VII.
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Para muchos la proceridad de Mariano Moreno va amenguando sensiblemente. Es un globo que día a día se desinfla. Además de patriota de la segunda hora, entró en las filas de los patriotas contra su voluntad, ya que, si votó en el Cabildo Abierto del 22 de mayo, fue por "la insistencia majadera" de Martín Rodríguez. Sea cual fuere el motivo para arcabucear a los hombres de Córdoba, ello fue sin proceso alguno, ni el más rudimentario, lo que es explicable en los bárbaros del Congo pero no en personas cultas y que se aprecian. Envenenó las mentes de sus contemporáneos al publicar el Contrato Social de Rousseau, obra de la cual dijo Jules Lemaître que era "la más oscura de las publicaciones del ginebrino y, a la postre, la más nefasta"; tan nefasta que los hombres que la leyeron sacaron la gran lección: todos los hombres son soberanos y, por ende, todos tienen derecho a mandar y nadie tiene el deber de obedecer. Así se explica el que, entre 1811 y 1820, llegaran a ser 32 (así: treinta y dos) los gobernantes que hubo en Buenos Aires. Felizmente los maestros de escuela abominaron el Contrato Social como texto, que Moreno quiso imponer, y lo dejaron. Una de dos: o Moreno no había leído lo que quiso que fuera texto escolar, o tenía una idea disparatadísima de lo que era una escuela o colegio.
La Asamblea del Año XIII, que no pasó de ser una farsa y cuyo fin no parece haber sido otro que el de enaltecer a Carlos de Alvear, sigue siendo objeto de admiración por los valientes pasos que dio hacia la independencia, dicen, siendo así que ni asomo hubo de esa índole. El haber aprobado un escudo y una marcha patriótica nada prueba. Desde hacía siglos toda ciudad europea contaba con su escudo y con su himno o marcha. Por el contrario, tan españolista era esa Asamblea que hasta copió, sin cambio alguno sustancial, e hizo suyos los decretos de las cortes de Cádiz. Elegidos los componentes de esa Asamblea en la forma más antidemocrática imaginable, ningún afán mostraron por los intereses del país, pero declaró benemérito de la patria en grado heroico a Carlos de Alvear y le nombró Director Supremo.
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Felizmente ese gobierno duró sólo tres meses y seis días, ya que Álvarez Thomas acabó con aquella bufonada, pero para instalar otra, aunque mejorada. Circense eximio fue Alvear, además de deshonesto. La caída de Montevideo era una realidad gracias a los esfuerzos de Rondeau, cuando obtuvo reemplazar a ese buen soldado y atribuirse una gloria ajena. En la batalla de Ituzaingó, perplejo y boquiabierto, nada hizo sino ser el causante de la inútil muerte del bravo Brandsen. José Juan Biedma comenzó a publicar un magno diccionario biográfico, pero al llegar a Carlos de Alvear suspendió su trabajo. "O digo la verdad de que fue el único traidor a la Revolución de Mayo o dejo de publicar la obra; pero no puedo ni debo mentir; luego, ceso de publicar este diccionario." También en Estados Unidos hubo un traidor y fue ahorcado en pública plaza; al nuestro se le ha levantado un magnífico monumento en otra plaza.
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Si en Alvear todo fue vanidad, en Rivadavia todo fue engreimiento. Aun más, fue pedantismo. Lo asegura uno que era gran amigo suyo, el general Tomás Iriarte, quien nos dice que don Bernardino importó el pedantismo, esto es, la vana ostentación, el bluff, la falsía y la mentira organizadas. Por eso creó y financió generosamente a varios periódicos cuya misión era exaltar todos y cada uno de los actos de ese mandarín infatuado. Recuérdese que ya Mariano Moreno había destacado esa fanfarronería de Rivadavia, cuando escribió que hacía ostentación de saberlo todo siendo verdad que nada sabía y era una nulidad. Toda su vida fue un simulador, un embaucador, un engañador. Mediante medios nada dignos supo rodearse de un grupito de aduladores que le cantaron loas tan entusiastas como falsas. El auri sacra fames era su ideal y, a fin de tener recursos para seguir engañando, robó los bienes de la iglesia, aun los del santuario de Luján, y a eso llamó "reforma eclesiástica". Aminoró de tal suerte los sueldos de los soldados que habían peleado en Tucumán y Salta, que tuvieron que pedir limosna por las calles a fin de poder subsistir, y a eso se llamó "reforma militar". Fundó la Sociedad de Beneficencia, es decir, cambió el nombre a la Hermandad de la Caridad y puso a su frente, en vez de unas mujeres modestas que trabajaban eficientemente, a damas aristocráticas que no hicieron ni la mitad de lo que aquellas hacían. Los decretos eran a diario, pero no para Buenos Aires sino para París, ya que aquí eran irrealizables. Aquí la "presidencia permanente" era de lo más pintoresco que hasta entonces había visto el país, pero en Europa hizo ver, aun a los ciegos, el maravilloso esplendor de la política argentina. Presidencia sin Constitución era como mate sin yerba, era silla sin patas, era tinta sin negrura o de algún color. De Don Bernardino se ha podido decir, con toda exactitud: "Hizo algunas cosas buenas pero pésimamente, y muchas malas excelentemente". Hizo construir la fachada de la Catedral, es verdad, pero tan mal que desentona con el interior. Estableció el Cementerio de la Recoleta, pero usurpando cínicamente y criminalmente lo que era el Convento de los Padres Franciscanos. ¡Bluff y pedantismo!
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Desde hace más de medio siglo estamos en que el juicio justo de este gran circense es el que emitió San Martín: "Sería cosa de nunca acabar si se enumerasen las locuras de aquel visionario de Rivadavia ... me cercó de espías, mi correspondencia era abierta con grosería. Los autores del movimiento del 1º de diciembre [con el asesinato de Dorrego] son Rivadavia y sus satélites... y consta los inmensos males que estos hombres han hecho, no solamente a este país sino al resto de América con su conducta infernal..." Nada más exacto.
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Si se tiene presente cómo el que esto escribe se vio forzado a dejar la enseñanza de la historia patria para no estar corrigiendo y enmendando día a día, y si se tiene presente que nuestros niños son demasiados listos y despiertos para no captar la mentira, es preciso acabar con tanta falsía. Carlyle lo dijo: "La mentira sólo existe para ser aplastada y ella pide y suplica que sea aplastada y descuartizada."

lunes, 26 de diciembre de 2016

ROSAS: A LA VUELTA DE LOS PUEBLOS (1974)

Por Fermín Chávez
Los primeros argentinos que lo glorificaron, aparte de sus federales, fueron dos de las figuras mayores que dio el país en el siglo pasado: José de San Martín y Juan Bautista Alberdi. El primero, como es sabido, legó su sable a Rosas, tras la segunda guerra de la independencia. Alberdi, en cartas de 1864 menos conocidas, hizo llegar a don Juan Manuel un plan para su autodefensa frente a los ataques de la prensa liberal de Buenos Aires. En carta a Máximo Terrero, del 14 de agosto del año citado, Alberdi le aconsejaba cómo debía encarar la memoria-alegato y, entre otras cosas, le indicaba: "Debe reducirse a tres cosas: "cifras documentos, hechos", y también: "No hay que olvidar el testamento de San Martín". El 20 de setiembre le decía al propio Rosas: "El ejemplo de moderación y dignidad que Ud. está dando a nuestra América despedazada por la anarquía, es para mi, una prenda segura de que le esperan días más felices que los actuales".

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Esos días felices han llegado y el Restaurador los vive, retirado no ya en Southampton, ni en la Guardia del Monte, ni en Río Colorado, sino en el corazón de su pueblo, descolonizado y autoconsciente. La sanción derogatoria cumplida por las Cámaras no hace otra cosa que oficializar una reivindicación que empieza antes de 1877. El mismo don Juan Manuel entrevió lo que ocurría con el juicio de la posteridad sobre su persona, cuando, en marzo de 1869, escribió a su más fiel amiga Josefa Gómez: "No pueden escribir la historia de Rosas, ni ser jueces, los amigos, ni los enemigos, las mismas víctimas que se dicen, ni los que puedan ser tachados de complicidad. En cuanto al Juicio, corresponde solamente a Dios, y a la Historia verdadera, pueden juzgar a los pueblos, que facultaron a Rosas con la suma del poder por la Ley, y porque así lo conservaron esos pueblos (teniendo las armas en sus manos) a pesar de sus constantes y reiteradas renuncias continuas". La referencia del Restaurador a "los pueblos" que lo facultaron, concierne al reconocimiento de la soberanía del pueblo, tesis central del historicismo federal. Y hoy, la vuelta de Rosas es el símbolo más terminante de la descolonización mental de los argentinos.

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Si años ha fue Rosas la figura elegida para librar batalla contra la alienación espiritual de la Argentina colonizada, es porque ella constituía el nudo del teorema iluminista que dio sustento a nuestra República liberal y mercantil. Fue Rosas el gran antiiluminista de nuestra historia. Si no lo entendemos así no podemos dar en el clavo. Rosas, es decir un estanciero pampeano, que se aferra a un historicismo de medios, cuando la Europa salida del siglo XVIII y de la revolución europea reclamaba en el Río de la Plata una política de medios iluminista: que se volcase de golpe a la Europa "civilizada" sobre la "barbarie", como decían no solamente los redactores de la Revue des Deux Mondes, sino también en buen castellano, un genial autor sanjuanino que terminó sus días en el Paraguay.  Cuando Juan Bautista Alberdi, en su poco estudiado Fragmento preliminar, de 1837, planteó la vigencia y la legitimidad del historicismo rosista (y en esto coincidía con Marco Manuel de Avellaneda, Marcos Paz y aún Esteban Echeverría), no hizo otra cosa que reelaborar las ideas esenciales de la memorable "Carta de la Hacienda de Figueroa", que Facundo recibió en las vísperas de su sacrificio en Barranca Yaco. Por supuesto que don Juan Manuel no estaba solo en esa Argentina de la década 1830-1840, recién salida de dos ciclos de anarquía, cuales habían sido los iniciados por la Constitución rivadaviana de 1819 y con la inmolación de la primera víctima del iluminismo, el coronel Manuel Dorrego.
"Los pueblos, como los hombres, no tienen alas; hacen sus jornadas a pie, y paso a paso. Como todo en la creación, los pueblos tienen su ley de progreso y desarrollo, y este desarrollo se opera por una serie indestructible de transiciones y transformaciones sucesivas". No son conceptos de Rosas, ni de Pedro de Angelis (el traductor de Vico), ni del padre Castañeda. Son de Alberdi; del mismo que enseñaba que la democracia "es el fin, no el principio de los pueblos". Es decir, de alguien que planteaba un iluminismo de fines pero no de medios. El doctor Juan Pujol, en un escrito inédito o poco menos que tituló Introducción a la historia de los partidos políticos de la República Argentina, observa que Rivadavia "ha demostrado palpablemente que no tenía la más mínima idea de la estructura real de la nación; sus errores todos provienen de que el médico ignoraba la anatomía del cuerpo que quería poner en estado de robustez y desarrollo". Nadie podrá decir que Pujol era rosista. El pensador mendocino Manuel A. Sáez, en un texto de 1880 sobre federalismo y unitarismo, interpreta el surgimiento de la Dictadura con estas palabras: "Para evitar ensayos ruinosos de organización, las provincias apoyan la dictadura. La dictadura se ejerció y las provincias todas la sostuvieron para evitar la repetición de ensayos ruinosos de organización, y para destruir los gérmenes de la discordia que la postergaba por tiempo indefinido, habiéndose empleado un cuarto de siglo que forma una época luctuosa en nuestra historia; para restablecer las cosas al estado en que se encontraban cuando se abusó de la buena disposición de los pueblos para constituirse en nación".   Pocos tienen hoy en la memoria lo dicho por Lucio V. Mansilla cuando, en sus Rosas, señala la debilidad "de todo plan orgánico que pecando por el lado de la ideología científica no toma en cuenta el modo de ser nativo, los antecedentes históricos, la doble esencia del hombre, carne y espíritu, substancia y materia, atavismos, preocupaciones, hábitos como una segunda naturaleza, raíces hondas que no se pueden arrancar de cuajo sin que la fuerza que se creía centrípeta se vuelva centrífuga". Así era el programa unitario que hizo posible y necesario a Rosas, el historicista y político realista que condujo a la Nación en medio del torbellino centrifugante. Ahora, el regreso oficial de Rosas, que se inicia con la derogación de la ley que lo condenó sin defensa en el juicio, viene a recalcar que la lucha por una autoconciencia nacional no se agota con él, pero que él es protagonista primordial en la parábola de lo nacional, y que ésta no es inteligible sin su presencia.
Quien no entienda que la primera batalla rioplatense entre la patria y las fuerzas coloniales se libra entre el iluminismo y el historicismo (entre Rivadavia y San Martín, por ejemplo), no podrá entender nada de lo que sucede en el país a partir de 1815, hasta el clamoroso advenimiento de don Juan Manuel, al galope de los Colorados del Monte, que eran la tierra enardecida. Por el contrario, quien tenga bien en claro las razones disyuntivas que separaron a San Martín de Rivadavia, comprenderá sin esfuerzo qué es lo que Rosas representa a lo largo de la historia argentina.  El sable de San Martín se desenvainó contra Rivadavia antes que en San Lorenzo o Chacabuco, y su destino final no fue la mano de ningún prócer iluminista, sino la del político gaucho que afirmó la autoconciencia nacional en la Vuelta de Obligado.
No pudieron equivocarse tan feo dos grandes y queridos hombres de la Argentina autoconsciente: el Libertador y su amigo Tomás Guido, quienes jamás titubearon en hacer suyas la causa y las banderas de la Confederación. Los dos celebran ahora, desde la casa sin tiempo, la vuelta del paisano Juan Manuel.

domingo, 25 de diciembre de 2016

RECUERDO DEL HISTORIADOR ERNESTO PALACIO

Por Carlos Pachá
En este enero del 2015 quiero resaltar el talento de quien considero, a través de la distancia y el tiempo como mi gran maestro de historia argentina, me refiero a Don Ernesto Palacio, intelectual, docente, historiador, un genio de elevado talento. A modo de presentación diré que fue uno de los grandes precursores del autentico revisionismo histórico. Quien en muchas oportunidades compartió trabajos y luchas en defensa de los intereses del nacionalismo y por ende de la Patria con otro emblemático hacedor de nuestra historia, Don José María Rosa (h). Para justificar su recuerdo en enero debo acudir a su biografía ya que   el Dr. Ernesto Palacio nació en San Martín (Provincia de Buenos Aires el 4 de enero de 1900, hijo de Alberto C. Palacio y de Ana Calandrelli. Fue abogado, docente, escritor y periodista. Ingresó en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires en 1919 y egresó como abogado en 1926.

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Como docente fue profesor de Historia Antigua y de Historia Argentina en la Escuela Comercial de Mujeres (1931-1938), de Geografía en el Colegio “Justo José de Urquiza” hasta 1942 y de Historia de la Edad Media en el Colegio Nacional “Bernardino Rivadavia” (1931-1955).Fue ministro de Gobierno e Instrucción Pública de la Intervención Nacional en San Juan (1930-1931). Se desempeñó como diputado nacional entre 1946 y 1952, donde fue presidente de la Comisión de Cultura (1946-1947). Codirector junto a Rodolfo Irazusta de La Nueva República (1929-1931). Fundador en 1938 del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, donde dirigió y colaboró en su revista y fue miembro de la comisión directiva. Palacio fue uno de los escasos intelectuales que evitó caer bajo la influencia materialista y fue descripto por Leopoldo Marechal como un “triunfante al haber impuesto su mentalidad a todo un mundo”.
Falleció a los 79 años el 3 de enero de 1979.

Autor de las siguientes obras: 
- La Inspiración y la Gracia (Buenos Aires, Editorial Gleizer, 1929).
- El Espíritu y la Letra (Buenos Aires, Editorial Serviam, 1936).
- Historia de Roma (Buenos Aires, Editorial Albatros, 1939).
- Catilina. La revolución contra la plutocracia en Roma (Buenos Aires, Editorial Claridad, 1946).
- Teoría del Estado (Buenos Aires, Editorial Política, 1949).
- La historia falsificada (Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor, 1960).
- Historia de la Argentina 1515-1938 (Buenos Aires, Ediciones Alpe, 1954). Precisamente esta última obra me obsequió la gracia de conocer sus inconmensurables atributos. Dicha obra llegó a mis manos por vía de mi primera esposa quien había cursado sus estudios en la ciudad de Buenos Aires y usaban dicha obra en la escuela secundaria  en el Liceo Nacional de Señoritas Nº 7 sita entonces en calles Callao esq. Corrientes. (Deseo agregar que esta me parece su obra cumbre porque así lo atestigua el hecho que hacia 1977 ya se habían publicado diez ediciones de dicha obra)
Corría la década de los años sesenta y estaba publicada por la editorial Peña Lillo. A pesar que yo ya militaba en el nacionalismo argentino y por ende en el revisionismo histórico, leer esta obra (cosa que realicé en varias oportunidades,) me clarificó el camino por donde desande el trayecto del conocimiento de la verdadera historia.   Permanentemente me llenó de sorpresas y de satisfacciones, siendo docente en la Universidad Nacional de Córdoba, la impuse como libro de texto de los cursos de ingresos a la U.N.C., grande fue mi sorpresa cuando me pidieron que usara otro material más simple ya que era una obra demasiada elevada! Y en otros lares se usaba para los estudios secundarios! Pero donde logré sostenerla como lectura obligatoria fue en la Escuela Provincial de Turismo “Montes Pacheco”, de la Ciudad de Córdoba. Luego de esta breve apostilla personal, retornemos al personaje biografiado.
Don Ernesto refiriéndose a la historia oficial y a la revisionista, escribía lo siguiente:

Los profesores de historia argentina en los establecimientos oficiales advierten desde hace años, un fenómeno perturbador: la indiferencia cada vez mayor de los alumnos ante las nociones que se le imparten.”

  Ernesto Palacio

“Es inútil que aquellos engolen la voz, es inútil que apelen al patriotismo y pretendan comunicar a los oyentes un entusiasmo que juzgan saludable por las virtudes de Rivadavia y de Sarmiento: consiguen, a los sumo, un “succés d’ estime”.

La historia que dictan NO INTERESA, importa cada vez menos a la población escolar. Este es el hecho indiscutible, que suele atribuirse corrientemente a la influencia de doctrinas exóticas o al origen extranjero de gran parte de los estudiantes. “¡Hay que apretarles las clavijas a estos hijos de gringos!” he oído exclamar de buena fe a un pedagogo, mientras aplicaba la represalia del aplazo. Esto no mejora las cosas.

El fenómeno no sólo subsiste, sino que se agrava.
Si se tiene en cuenta que los estudiantes de historia argentina cursan el cuarto año y son ya adolescentes con capacidad para razonar; si se tiene en cuenta que esa es la edad en que la personalidad se forma y se definen las vocaciones, dicha indiferencia adquiere importancia excepcional.


La interpretación xenófoba, con sus consecuencias de solapada guerra civil, no puede satisfacernos.No es verdad que nuestros muchachos, cualquiera sea su origen, se desinteresen por las cosas que atañen a la patria. Están, por el contrario, ávidos de verdades útiles y son sensibles a todas las influencias inteligentes y generosas. ¡Hay que ver la atención apasionada con que siguen, por ejemplo, cualquier explicación leal sobre nuestros problemas vitales de nuestro comercio exterior! Aquí toda indiferencia desaparece y la preocupación patriótica se advierte en la expresión reconcentrada, en la contracción de los músculos, en los gestos nerviosos, alusivos a la urgencia de los grandes remedios. Si dicha indiferencia no puede atribuirse a la causa alegada, es indudable que debe achacarse a la materia misma, tal como hoy se dicta.


Sabido es que, aparte de la guerra de la independencia, enseñada con acento antiespañolista, los motivos de exaltación que ofrecen nuestros manuales son la Asamblea del año XIII, con sus reformas ¡liberales!, el gobierno de Martín Rodríguez, la Asociación de Mayo ¡tan intelectual!, las campañas “libertadoras” de Lavalle, Caseros y –gloriosa coronación- las presidencias de Sarmiento y Avellaneda. Cuestiones de límites, no las hemos tenido; somos pacifistas. Guerra con Bolivia; pero ¿hubo tal guerra? En cuanto a la frontera oriental, es obvio que el Brasil sólo se ha ocupado de favorecernos, y que si alguna dificultad tuvimos, fue por culpa del “bárbaro” Artigas…

Los alumnos se aburren mortalmente; no “le encuentran la vuelta a todo eso”. La historia argentina, “telle qu’on la parte”, no conserva ningún elemento estimulante, ninguna enseñanza actual. Los argumentos heredados para exaltar a unos y condenar a otros han perdido toda eficacia. Nada nos dicen frente a los problemas urgentes que la actualidad nos plantea. Historia convencional, escrita para servir propósitos políticos ya perimidos, huele a cosa muerta para la inteligencia de las nuevas generaciones. El trabajo de restauración de la verdad, proseguido con entusiasmo por un grupo cada vez mayor de estudiosos, no ha llegado a conmover la versión oficial, que pronto se solemnizará en una veintena de volúmenes bajo la dirección del doctor Ricardo Levene. Será sin duda un monumento; pero un monumento sepulcral que encerrará un cadáver. No es posible obstinarse contra el espíritu de los tiempos. Ante el empeño de enseñar una historia dogmática, fundada en dogmas que ya nadie acepta, las nuevas generaciones han resuelto no estudiar historia, simplemente. Con lo que ya llevamos algo ganado. Nadie sabe historia, ni la verdadera ni la oficial. No hay un abogado, un médico, un ingeniero que (salvo casos de vocación especial) sepan historia.


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Y es porque, en las lecciones que recibieron, sospechan confusamente la existencia de una enorme mistificación. (2) No entraré a considerar las causas que dieron origen a lo que llamo versión oficial de nuestra historia ni la legitimidad de la misma, porque ello nos llevaría a enfrentarnos con los problemas fundamentales del conocimiento histórico. Diré solamente que dicha versión no se ha independizado, que sigue siendo tributaria de la escrita por los vencedores de Caseros, en una época en que se creía que el mundo marchaba, sin perturbaciones, hacia la felicidad universal bajo la égida del liberalismo y en que no sospechaban los conflictos que acarrearía la revolución industrial, ni la expansión del capitalismo, ni la lucha de clases, ni el fascismo, ni el comunismo.

Impuesta por Mitre y por Vicente Fidel López tiene ahora por paladín al arriba citado doctor Levene, lo que, en mi entender, es altamente significativo. (Hoy agregaríamos a Luis Alberto Romero).
Fraguada para servir los intereses de un partido dentro del país, llenó la misión a que se la destinaba; fue el antecedente y la justificación de la acción política de nuestras oligarquías gobernantes, o sea, el partido de la
“civilización”.

No se trataba de ser independientes, fuertes y dignos; se trataba de ser civilizados. No se trataba de hacernos, en cualquier forma, dueños de nuestro destino, sino de seguir dócilmente las huellas de Europa. No de imponernos, sino de someternos.  No de ser heroicos, sino de ser ricos. No de ser una gran nación sino una colonia próspera. No de crear una cultura propia, sino de copiar la ajena. No de poseer nuestras industrias, nuestro comercio, nuestros navíos, sino entregarlo todo al extranjero y fundar, en cambio, muchas escuelas primarias donde se enseñara, precisamente que había que recurrir a ese expediente para suplir nuestra propia incapacidad. Y muchas Universidades, donde se profesara como dogma que el capital es intangible y que el Estado (sobre todo, el argentino) es “mal administrador”.

Era natural que, para imponer esas doctrinas, no bastara con falsificar los hechos históricos. Fue necesario subvertir también la jerarquía de los valores morales y políticos. Se sostuvo, con Alberdi, que no precisábamos héroes, por ser éstos un resabio de barbarie, y que nos serían más útiles los industriales y hasta los caballeros de industria; y que la libertad interna (¡sobre todo para el comercio!) era un bien superior a la independencia con respecto al extranjero.
Se exaltó al prócer de levita frente al caudillo de lanza; al civilizador frente al “bárbaro”. Y todo esto se tradujo a la larga en la veneración del abogado como tipo representativo, y en la dominación efectiva de quienes contrataban al abogado. Con este bagaje y sus consecuencias –un pacifismo sentimental y quimérico, un acentuado complejo de inferioridad nacional- nos encontramos ante un mundo en que todos estos principios han fracasado.
La solidaridad universal por el intercambio, que postulaba el liberalismo, se ha roto definitivamente. Vivimos tiempos duros.
El imperialismo del soborno ha sido suplantado por el imperialismo de presa.
Hay que ser, o perecer. ¿Cómo no van a sonar a hueco los dogmas oficiales? ¿Cómo pretender que nuestros jóvenes se entusiasmen con una “enfiteusis” u otra genialidad por el estilo, cuando les está golpeando los ojos la realidad política de una crisis mundial, con surgimiento y caída de imperios?
Es la angustia por nuestro destino inmediato lo que explica el actual renacimiento de los estudios históricos en nuestro país, con su consecuencia natural: la exaltación de Rosas. Frente a las doctrinas de descastamiento, un anhelo de autenticidad; frente a las doctrinas de entrega, una voluntad de autonomía; frente al escepticismo, que niega las propias virtudes para simular las ajenas, una gran fe en nuestro pueblo y en sus posibilidades. Las condiciones del mundo actual demuestran que Rosas tenía razón y que las soluciones de nuestro futuro se encontrarán en los principios que él defendió hasta el heroísmo, y no en los principios de sus adversarios, que nos han traído al pantano moral en que hoy estamos hundidos hasta el eje. Los hechos son conocidos y en este terreno la batalla ha sido totalmente ganada con los trabajos de Saldías, Quesada, Ibarguren, Molinari, Font Ezcurra etc., que han puesto en descubierto la mistificación unitaria. Lo más importante, reside hoy, a mi entender, en la interpretación y valorización de los hechos ciertos, en la forma realizada por algunos de los citados y, principalmente, por Julio Irazusta en su breve pero admirable “Ensayo”. Nadie niega que Rosas defendió la integridad y la independencia de la República. Nadie niega que esa lucha fue una lucha desigual y heroica y que terminó con un triunfo para la patria.
Nadie niega que durante las dos décadas de su dominación, debió resistir a la presión externa aliada con la traición interna y que, cuando cayó, había ya una nación argentina. Contra estos altos méritos sólo se invocan objeciones “ideológicas”, promovidas por los “speculatists" que, al decir de Burke, pretenden adecuar la realidad a sus teorías y cuyas objeciones son tan válidas contra el peor como contra el mejor gobierno, “porque no hacen cuestión de eficacia, sino de competencia y de título”. Frente a tal actitud, que implica -repito- una subversión de valores, se impone previamente una restauración de los valores menospreciados. Si fuera mejor, como opinaba Alberdi, la libertad interna que la independencia nacional; si fuera moralmente más sana la codicia que el heroísmo; si fuera más deseable la utilidad que el honor; si fuera más glorioso fundar escuelas que fundar una patria, tendría razón la historia oficial.
Pero la filosofía política y la experiencia secular nos enseñan que los pueblos que pierden la independencia pierden también las libertades; que los pueblos que pierden el honor pierden también el provecho. Esto lo sabemos bien los argentinos. ¿Cómo no habríamos de volver los ojos angustiados al recuerdo del Restaurador. Rosas que representa el honor, la unidad, la independencia de la patria. Mirada a la luz de principios razonables, la historia argentina nos muestra tres fechas crucia1es: 1810; el año 20 que vio la reacción armada contra la tentativa colonizadora a base del príncipe de Luca, y la resistencia de Rosas contra una empresa análoga, pero más peligrosa. Si después del 53 seguimos siendo una nación, a Rosas se lo debemos, a la unión que se remachó durante su dictadura y que la ulterior tentativa secesionista no logro quebrar. Esto lo han reconocido hasta sus peores enemigos, empezando por el mismo Sarmiento.
Siendo así ¿cómo no guardarle gratitud, cómo no admirar su grandeza? Yo creo que ésta es evidente y que quienes no la perciben padecen de incapacidad para percibir la grandeza en general y permanecerían igualmente impasibles -salvo su sometimiento pasivo al juicio heredado- ante la de un Bismarck o un Cronwell.
Prueba de ello es que no pasa inadvertida a los observadores extranjeros que se asoman a nuestra historia, como ocurre con el mejicano Carlos Pereyra y con el alemán Oswald Spengler.
La grandeza de Rosas pertenece al mismo orden que la reconocida por Carlyle a Federico II de Prusia, quien “ahorrando sus hombres y su pólvora, defendió a una pequeña Prusia contra toda Europa, año tras año durante siete años, hasta que Europa se cansó y abandonó la empresa como imposible” (5). Alemania le levanta estatuas a su héroe en todas las ciudades. Por eso es grande Alemania. Nosotros lo proscribimos al nuestro y tratamos de proscribir también su memoria, mientras les erigimos monumentos a quienes entregaron fracciones del territorio nacional y nos impusieron un estatuto de factoría. Porque era ¡un tirano!... Es decir, porque tuvo que sacrificar toda su energía y desplegar el máximo de su autoridad para salvar a la patria en el momento más crítico de su historia; porque persiguió como debía a quienes se empeñaban en fraccionar el territorio, y no obtuvo otro premio que la satisfacción de haber cumplido con su deber. Era, como dice Goethe, “el que DEBIA mandar y que en el mando mismo entra su felicidad”.  
La primera obligación de la inteligencia argentina hoy es la glorificación -no ya rehabilitación- del gran caudillo que decidió nuestro destino. Esta glorificación señalará el despertar definitivo de la conciencia nacional. Los tiempos están maduros para la restauración de la verdad, que será fecunda en consecuencias, porque entonces la historia volverá a despertar un eco en las almas, explicará los nuevos problemas y comunicará al corazón de nuestros adolescentes un legítimo orgullo patriótico. Esto es lo que hoy, trágicamente falta. Los próceres de la historia heredada, los próceres CIVILES representan y hacen amar (cuando lo consiguen) conceptos abstractos: la civilización, la instrucción pública, el régimen constitucional. Rosas, en cambio, nos hace amar la patria misma, que podría prescindir de esas ventajas, pero no de su integridad ni de su honor.
Opinión del Autor
Es asombrosa la actualidad de los conceptos desarrollados por el gran maestro Palacio, que como está señalado más arriba fueron expresados hace más de 70 años. Naturalmente adhiero fervorosamente todas y cada una de sus expresiones.
A todas estas verdades de puño se podrían agregar aspectos casi desconocidos, como que Sarmiento en su furiosa campaña de desnacionalización, no sólo importó maestras norteamericanas, para que mutaran nuestra cultura sino que llegó al paroxismo de importar flora y fauna extranjera, en detrimento de la vernácula, cometiendo algunas tropelías  infaustas como la importación del gorrión, ave considerada plaga en todo el orbe y él la trajo porque la conoció en París y pensó que adoptando ese bicho dañino nos haría un poco parisinos! Desdeño la afirmación vertida por Félix Luna, en ocasión de un reportaje que le hicieran con motivo de la filmación de un documental sobre la repatriación de los restos de Don Juan Manuel de Rosas, socarronamente dijo el “…revisionismo está agotado ya no hay más nada que decir del mismo…”.
Tampoco acepto el revisionismo impostado y veleta de Pacho O ´Donell (Presidente del Instituto Dorrego, creación kirchnerista surgido con la única finalidad de opacar y suplantar al Instituto J.M. de Rosas o al acomodaticio y mercantilista Felipe Pigna (O Pifia al decir de un cómico de la T.V. que lo remeda).
Para finalizar diré que al dueto Rosa-Palacio debemos la idea de instaurar el 20 de noviembre como “Día de la Soberanía Nacional” y el impulso de repatriar los restos del Brig. Gral. Juan Manuel de Rosas. También fueron parte de esa juventud dorada que integrando FORJA en la década infame, se desprendió de la misma junto a otros notables como José Luis Torres, Raúl Scalabrini Ortíz, Arturo Jauretche, Gabriel del Mazo y otros. Los cuales se pasaron con “armas y bagajes” al peronismo naciente de 1945.

viernes, 23 de diciembre de 2016

VERDADEROS MOTIVOS DEL “PRONUNCIAMIENTO” DE URQUIZA.

por Pablo Yurman*

Se conoce como “pronunciamiento de Urquiza” el documento firmado por el entonces gobernador de la Provincia de Entre Ríos, hecho público el 1º de mayo de 1851 (aunque sobre esta fecha existen muchas dudas) mediante el cual dicho estado aceptaba la renuncia presentada por Juan Manuel de Rosas al manejo de las relaciones exteriores de las provincias, reasumiendo su plena soberanía para entenderse con el resto de las naciones.  Para comprender el paso dado por el caudillo entrerriano como primer peldaño hacia el derrocamiento de Rosas debe mirarse el cuadro de situación general. Uruguay estaba divido en dos por su guerra civil: Montevideo se había convertido en la base de operaciones de ingleses y franceses contra la Confederación Argentina, con el apoyo explícito de los emigrados unitarios. En tanto que el resto del territorio oriental reconocía a Manuel Oribe como legítimo presidente constitucional, quien además de la adhesión de la mayoría del pueblo oriental, era apoyado de este lado del estuario, por Rosas y los federales.En ese contexto, signado por la existencia de un puerto, el de Montevideo, en donde los unitarios exiliados conspiraban diariamente contra el gobernador de Buenos Aires, con el apoyo explícito de ingleses y franceses interesados desde hacía años en forzar la apertura de los ríos interiores a sus buques mercantes, el gobierno argentino endureció hacia 1850 la prohibición de comerciar con dicho puerto, lo que afectaba significativamente la exportación –sólo a Montevideo- de carnes, cueros y finalmente oro metálico. Acá es donde entra a jugar Urquiza, o mejor dicho, sus intereses económicos, toda vez que era ya por entonces el estanciero más importante de la Mesopotamia y como tal, uno de sus principales clientes era la capital de la República Oriental del Uruguay, ciudad de la cual conviene remarcar para que se comprenda bien, su población autóctona era casi inexistente. En otras palabras, el “gobierno” de Montevideo sólo gobernaba unas pocas manzanas de lo que hoy es el casco histórico de dicha ciudad, sitio en el que abundaban los marinos y comerciantes ingleses, franceses y, en ocasiones, corsarios como Garibaldi y sus hombres. 

De ello se sigue que no es en absoluto descabellado afirmar que el gobierno montevideano de entonces no sólo carecía de legitimidad constitucional sino que debía su existencia a las bayonetas y cañones de potencias europeas que le otorgaban todas las características de un enclave colonial. Pero el pueblo oriental seguía viviendo en el resto del territorio de aquél nuevo estado nacido en 1830, y por lo tanto las restricciones comerciales del gobierno de Buenos Aires no afectaban ni a la población oriental ni mucho menos al legítimo gobierno presidido por Manuel Oribe.
NEGOCIOS Y POLÍTICA
Ahora bien, volviendo a los negocios del gobernador Urquiza, el historiador Vicente Sierra nos explica que: “… el gobierno de Buenos Aires sabía perfectamente que en las maniobras especulativas del comercio entrerriano el más interesado era Urquiza. Contaba para ello con una organización comercial representada en Buenos Aires por el catalán Esteban Rams y Rubert, encargado de vender lo importado y comprar oro, y con otro representante en Montevideo, Antonio Cuyás y Sampere, encargado de adquirir mercaderías extranjeras y vender el oro adquirido en Buenos Aires, además de la carne que Urquiza enviaba desde su provincia.”  El detalle de los negocios no siempre transparentes de Urquiza; piénsese que se pudo constatar que cueros y carnes provenientes de sus estancias llegaron a alimentar y pertrechar tropas francesas e inglesas mientras la Confederación se hallaba en guerra con esos países, se conocieron, precisamente por las memorias de uno de sus agentes comerciales, Antonio Cuyás y Sampere, a quien además le tocó representar al entrerriano en algo más que negocios especulativos, como se verá. Este detalle permite colegir que las fuentes son, en torno a este punto, irrefutables.  A este panorama, se suma la vieja inquina que el Imperio del Brasil guardaba hacia la Confederación: la humillación del triunfo de Ituzaingó seguía vigente, al igual que sus apetencias por llevar la frontera sur hasta el Plata, a lo que se agregaba que para un país esclavista como el Brasil de mediados del siglo XIX, la huida masiva de negros esclavos hacia la Argentina, lugar en el que con solo pisar su suelo conseguían la anhelada libertad, había dejado de ser un tema menor.
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EL IMPERIO MUEVE SUS FICHAS
Alguien podría poner en entredicho que la caída de Rosas al frente de la Confederación Argentina fuese, hacia 1851, una prioridad en la política exterior del Imperio del Brasil, toda vez que más allá de los elementos señalados precedentemente, en realidad la guerra contra Rosas era llevada a cabo por las dos principales potencias económico-militares del momento: Inglaterra y Francia. ¿Por qué motivo habría de cambiar nuestro vecino del Norte su aparente neutralidad ante dicha contienda?
Pues bien, el motivo fue puesto sobre el papel por el propio canciller brasileño, Paulino José Soares de Souza, quien al redactar la Memoria del Ministerio por él presidido correspondiente a 1851, apuntó: “Desembarazado el general Rosas de la intervención [la intervención anglo-francesa que culminó con la firma de sendos tratados de paz] afirmado su poder en el Estado Oriental, fácil le sería comprimir el movimiento entonces en estado de embrión, de las provincias argentinas que después le derribaron; reincorporar el Paraguay a la Confederación, y venir sobre nosotros con fuerzas y recursos mayores, y que nunca tuvo, y envolvernos en una lucha en que habíamos de derramar mucha sangre …” (Vicente Quesada, citado por Sierra, en Historia de la Argentina, 1972, tomo IX, pág. 535).
Pareciera quedar en claro que para la cancillería de Brasil, el tema de fondo sería, ni más ni menos, la definición del país que habría de tener la preponderancia sobre el resto del continente. No en vano, se enviaría subrepticiamente, meses antes del “pronunciamiento” de Urquiza a un diplomático de enorme valía, Duarte Da Ponte Ribeiro, en un periplo que lo llevaría por Paraguay, Chile, Perú y Bolivia, destinos en los que intentaría garantizar una neutralidad de cada uno de dichos estados ante una eventual guerra argentino-brasileña que, a semejanza de la de 1827, decidiese el futuro de Sudamérica.
Pero para la diplomacia imperial no había que aparecer como hostilizando abiertamente a la Argentina, y para ello era preciso conseguir al hombre indicado.
Y RECLAMA UNA PRUEBA DE AMOR
Nos dice Fernando Sabsay que “el 24 de enero de 1851 Cuyás [representante comercial de Urquiza en Montevideo, como ser recordará] se apersonó al jefe de la legación brasileña en Montevideo, Rodrigo de Souza de Silva Pontes, para proponerle en nombre de Urquiza una alianza tendiente a expulsar a Oribe del Estado Oriental, propuesta que Silva elevó a su gobierno”. El receptor de dicha oferta extendería la propuesta de Urquiza a un levantamiento generalizado contra Oribe en la Banda Oriental y contra Rosas del otro lado del río. Pero la condición preliminar impuesta sería que Urquiza debería “pronunciarse” públicamente contra Rosas, disimulando como quisiera su actitud.
Para el mes de marzo de 1851 las tratativas estaban ya bastante enderezadas a la formación de un ejército “grande” que definiera la situación en el Plata, tal como da cuenta la nota enviada por el mismísimo canciller brasileño al presidente del Paraguay, Carlos Antonio López, fechada el 12 de marzo, en la que expresa: “Voy a escribirle nuevamente a V. Excia. para comunicarle una nueva ocurrencia a mi ver de gran alcance. Entiendo que V. Excia. como aliado del Brasil debe ser comunicado de todo porque mucho conviene que marchemos de acuerdo. Ha tiempo que se sospecha que el General Urquiza desea emanciparse del pesado yugo de Rosas … Rosas está furioso contra Urquiza y se habla de una manifestación en Buenos Aires en la cual sería declarado traidor. Lo muy cierto es que Urquiza procura entenderse con el gobierno de Montevideo y con el BrasilCorresponderemos a sus aperturas con la condición de que se declare y rompa con Rosas de manera clara, positiva y pública. Si este rompimiento se verificase, está Rosas perdido.” (Sierra, Vicente, op. cit. Pág. 537, el destacado es nuestro). La misiva continúa asegurándola el paraguayo que su país saldría beneficiado de la caída de Rosas. Aparentemente López se ilusionó con la anhelada independencia del Paraguay reconocida por el resto de América, cosa que lograría, pero caer tres lustros después en la ominosa Guerra de la Triple Alianza.
Señala Sierra que la invocación a la organización nacional hecha en el pronunciamiento no obedecía al genuino sentir del entrerriano, agregando: “Entre él y Rosas, quien más cerca estaba de ser constitucionalista no era el entrerriano. Aun disponiendo de la suma del poder, Rosas fue menos opresor y mas legalista que Urquiza en el gobierno de Entre Ríos. Ni en Montevideo ni en Río de Janeiro se consideró que se pronunciaría por razones constitucionalistas”, siendo su secretario privado, Juan Francisco Seguí quien en sus memorias dijo que fue él quien lo convenció de utilizar esa excusa para disimular su traición a la Confederación de la cual vestía el uniforme de General.
También la actitud de Urquiza fue severamente juzgada años más tarde por Sarmiento quien con su habitual franqueza diría en la Carta de Yungay que hablando una vez con el Emperador del Brasil, don Pedro II, éste dijo: “¡Sí, los millones con que hemos tenido que comprarlo [a Urquiza] para derrocar a Rosas! Todavía después de entrar en Buenos Aires [el llamado Ejército Grande integrado en su mayoría por tropas brasileras] quería que le diesen los cien mil duros de nuestras armas en Caseros, para atribuirse, sólo, los honores de la victoria.” 

Tras el “pronunciamiento” público contra Rosas, que fue recibido con una mezcla de desazón e incredulidad por las propias tropas entrerrianas y correntinas, Urquiza no defraudó a sus mandantes tras bambalinas y firmó a nombre de Entre Ríos dos tratados internacionales durante el resto de aquél fatídico 1851, cuyos compromisos “nacionalizó” tras hacerse cargo del manejo de las relaciones exteriores de todas las demás provincias en febrero de 1852.
El primero de ellos fue suscripto el 29 de mayo, entre el gobierno de la ciudad de Montevideo, la Provincia de Entre Ríos y el Imperio del Brasil y su objetivo explícito fue despejar a las fuerzas del general Manuel Oribe del territorio oriental. De todas formas, contaba con una cláusula secreta según la cual si a raíz de la lucha contra Oribe, Rosas declarara la guerra a alguno de los firmantes del pacto, esa alianza se transformaría automáticamente en una alianza contra el “tirano” del Plata.
Logrado el primer objetivo, esto es, unificar al Uruguay con el color del Partido Colorado, se firmó el segundo pacto, en noviembre de aquél año, suscripto ahora por Entre Ríos, Corrientes, la República Oriental del Uruguay y el Brasil, con el objetivo de declarar la guerra, no contra la Argentina, sino contra Rosas.
En Itamaraty se pudo decir con satisfacción, desde 1827: ¡jaque mate!