Rosas

Rosas

sábado, 21 de septiembre de 2019

El Proyecto Colonial de Bartolomé Mitre

Por el Prof. Jbismarck
Durante la presidencia de Mitre se instalan las bases fundamentales del proyecto agroexportador:
a) Bancos: en 1862 se instala el Banco de Londres y Río de la Plata. También en 1862, la sucursal del Banco de Londres y Brasil. En 1863, se funda el Banco Británico de la América del Sud.
b) Ferrocarriles: en 1862, se inicia la construcción del F.0 del Sur. En 1863, del F.C. Argentino yen 1864, del Ferrocarril del Este. El Ferrocarril del Pacifico se aprueba bajo el gobierno de Sarmiento en 1872. La red de ferrocarriles en abanico, trazada por el capital inglés, se constituirá -como diría Scalabrini Ortiz- «en la telaraña metálica que aprisiona a la mosca de la República», sellando su destino agroexportador, con punta en el puerto de Buenos Aires. Es decir: una economía complementaria, subordinada, destinada a producir carnes y cereales baratos y a importar manufactura europea, especialmente inglesa; un país donde impere «el primitivismo agrario», sin industrias, sin hidroelectricidad, sin explotación minera, ni pesquera, circunscripto al litoral.
Resultado de imagen para bartolome mitre
El historiador inglés Ferns afirma: «... La presidencia del general Mitre fue la señal de una fundamental decisión política de toda la sociedad argentina. Una vez tomada la decisión política primaria a favor de la expansión económica y de la integración del país en la comunidad y los mercados internacionales, era posible la adopción de múltiples decisiones secundarias... La nueva época fue una época de inversión de capital y de libre comercio... y venía a responder a un ritmo acelerado de desarrollo que se estaba verificando al otro lado del Atlántico... La respuesta que recibió fue casi instantánea. Al cabo de tres años, hombres de negocios e ingenieros británicos habían establecido bancos y compañías ferroviarias y tranviarias en la Argentina...» 
En la Historia de la Academia, se reconoce que: «...Vélez Sársfield como ministro de Hacienda, enunció otros proyectos y la declaración terminante según la cual era necesario producir un cambio completo, acabar con el sistema protector de las leyes de nuestra aduana, acabar con las industrias preferidas, traer los capitales, sean de la naturaleza que fuesen, a iguales condiciones y a iguales contribuciones...»  
La consolidación de la oligarquía porteña y de su proyecto semicolonial se compaginó necesariamente con una política exterior, por sobre todo, antilatinoamericana, expresada en la guerra de la Triple Alianza que destruyó al Paraguay progresista de los López. Esta tendencia se manifiesta de manera permanente en el mitrismo.
En 1856 se firmó un tratado entre Chile, Perú y Ecuador, de sentido latinoamericano. Perú intenta después la posterior adhesión de otros países latinoamericanos. Entonces, el 22 de noviembre de 1862, Mitre y su canciller Elizalde manifiestan su rechazo a la idea: «... La Unión Americana con los propósitos y en la forma que se pretendía crear hasta entonces era imposible e inconveniente según el gobierno argentino...»  
Poco después al reunirse en Lima un congreso de países del Pacífico, Sarmiento concurre aceptando una invitación dirigida a asegurar la unión con Chile. Mitre lo desaprueba el 10 de diciembre de 1864. Allí dice Mitre que una de las bases fundamentales de la política argentina consiste en no tomar parte de un congreso Americano como el reunido en Lima... Hernández sostiene que Mitre y Elizalde rechazan la invitación al tratado afirmando «... que la República Argentina está identificada con la Europa hasta lo más que es posible...» y que «... la América independiente no puede nunca formar una sola entidad política...»  Así, mientras nos liga económicamente, como apéndice, al Imperio Británico, la clase dominante se vuelve hacia Europa, rechazando la bandera de la Unión Americana levantada por Felipe Varela. 

jueves, 19 de septiembre de 2019

Tupac-Amaru.

Por el Prof. Jbismarck
Era cacique por derecho hereditario de Tinta (Bajo Perú) y rico propietario. Había recibido buena instrucción en su villa natal, completada por los jesuitas en el Colegio de Cuzco. Dedicado al negocio de las arrias, había recorrido el Bajo y el Alto Perú, logrando fortuna y amigos. Vivía, al decir de sus historiadores, como un príncipe, rodeado de servidores y un capellán a su servicio. Vestía lujosamente, a la española: terciopelo negro, medias de seda, hebillas de oro, camisa bordada, chaleco de tisú de oro, sombrero de castor; sobre el traje llevaba bordados de oro, insignia de su condición caciquil.  Su rebeldía fue súbita. Una noche —el 4 de septiembre de 1780— encuentra en una fiesta de cumpleaños del rey al corregidor de Tinta, Antonio Arriaga, con quien discute por la represión de Cochabamba y cobro de los “repartimientos”. Tupac-Amaru lo espera a la salida con sus parciales, lo apresa y hace escribir una carta a su cajero pidiendo dinero que  distribuye a los indios. Sin misericordia ahorca al infeliz en la plaza de Tungasuca. 
Al grito de Tinta responden los pueblos cercanos del Bajo Perú. José Gabriel no puede controlar el movimiento que se extiende al Cuzco. Cada “corregimiento” lo interpreta a su manera: en San Pedro de Bella Vista los indios pasan a degüello a los blancos, hombres, mujeres y niños; en Calca agregan a los mestizos. El grito, que había sido la rebelión contra los malos administradores, toma tonalidades raciales. Se habla del Inca redivivo. 
Aquello es desordenado y absurdo, y Tupac-Amaru ve cómo los excesos van a desvirtuar su pronunciamiento y llevarlo a una derrota segura. El 15 de noviembre quiere poner orden asumiendo la jefatura. Dará satisfacción a los suyos proclamándose Rey Inca. 
Resultado de imagen para tupac amaru
Un ejército de quince mil hombres sale de Lima al mando de Gaspar de Avilés (luego virrey en Buenos Aires y Perú). El Inca ordena el ataque a Cuzco, perola acción es apresurada, y aunque cuenta más hombres, no tienen éstos el armamento ni la instrucción suficiente: se estrella contra las fortificaciones y artillería de la ciudad, y debe retirarse en desastre. Se entrega en Tinta a Areche, escribiéndole el 5 de marzo: le dice que ha obrado “en alivio de los pobres provincianos, españoles e indios, buscando el sosiego de este reino, el adelantamiento de los reales tributos y que no tenga en ningún momento opción de entregarse a otras naciones infieles”; espera se modifique el régimen tributario, y se ofrece como único responsable de la rebelión: “Aquí estoy para que me castiguen solo, al fin de que otros queden con vida y yo solo con el castigo”.
El visitador le pregunta el nombre de los demás conspiradores. Contesta con gallardía: “Nosotros somos los únicos conspiradores; Vuestra Merced por haber agobiado al país con exacciones insoportables, y yo por haber querido libertar al pueblo de semejante tiranía”.
El 15 de marzo el visitador dicta sentencia. No se limita a la pena de muerte por degüello, con espada, como hubiera correspondido a un noble; ni la reduce al jefe que se ha declarado único responsable. Areche es absurdamente  cruel: a Tupac-Amaru le arrancarán la lengua “por los vituperios contra los ministros del Rey”, después será atado vivo por cada pie y mano a cuatro potros que tirarán en opuestas direcciones hasta despedazarlo; sus miembros serán exhibidos en la picota de los pueblos rebelados. A su mujer, Micaela Bastida, también le arrancarían la lengua, dándole garrote vil a ella y a la cacica de Acós; seis compañeros serían ahorcados. Fernando, hijo del cacique, de doce año, debía contemplar la tortura del padre y permanecer el resto de la vida en presidio. Lo mismo, harán con los hermanos del cacique, a pesar de no haber tomado parte en la rebelión.
No pudo cumplirse la sentencia al pie de la letra; los potros no consiguieron despedazar a Tupac-Amaru, que debió ser decapitado; a Micaela Bastida no pudo cortársele la lengua, y fue al garrote con ella. Fernando morirá de privaciones en la prisión.
La rebelión se extiende al Alto Perú. Sucesos de Jujuy y La Rioja.
Al tiempo de capturarse al jefe, la rebelión se ha extendido al Alto Perú. En Oruro los criollos se han apoderado en ero del cabildo, unidos con los indios contra los españoles; pero las masacres del Bajo Perú contra los blancos, han hecho que el jefe de la rebelión, el criollo Jacinto Rodríguez, que al hacerse cargo del gobierno el 10 de febrero ha vestido ropas indias y reconocido a Tupac-Amaru como monarca, atemorizado se pase a los españoles y coopere en luchar contra los indios. 
El estado de conmoción del Alto Perú mueve al virrey Vértiz a mandar tropas de línea. No lo hace con las milicias porque tiene dudas de su fidelidad, como escribe José de Gálvez el 30-4-1781:
… en estos parajes reconozco, si no una adhesión a las turbulencias que hoy agitan al Perú, a lo menos una frialdad e indiferencia… (las milicias se muestran) disgustadas, y vacilante su obediencia por imitar a las gentes del Perú”. 
Tras las tremendas represiones, tanto Vértiz como el virrey del Perú obran con prudencia. Obtienen de Madrid la cesantía de Areche y que se deje sin efecto el alza de las alcabalas. “No era brillante ganancia —dice un comentarista— cobrar unos pesos más a cambio de tales revoluciones”.
La conmoción se tranquiliza y diluye. Los indios quedaron escarmentados, y no se moverían más. Pero los criollos, blancos y mestizos, añorarán el breve y turbulento gobierno del Rey Inca que no pudo estabilizarse por el desenfreno popular y el cariz racial; treinta y cinco años más tarde —en el Congreso de Tucumán de 1816— Belgrano con el apoyo de los diputados altoperuanos propondría la coronación con Rey Inca al hermano de Tupac-Amaru, que envejecido y enfermo permanecía prisionero en las casamatas de Cádiz. 

jueves, 12 de septiembre de 2019

Rosas, el nacionalista


Por Julio Irazusta (1977)
Hace cien años moría en Southampton, Inglaterra, don Juan Manuel de Rosas, derrocado un cuarto de siglo antes, luego de una larga dictadura, más corta sin embargo que su prolongado destierro en el extranjero. Este primer hecho que salta a la vista, en el momento de recordar un centenario que sin duda será tan controvertido como con todo lo que se refiere al personaje, es un primer indicio acerca del hombre. Raros son los gobernantes despuestos del más alto rango temporal que hayan solvevivido tan largo tiempo a la pérdida del poder, con sus tremendas dificultades y sus indudables granjerías. Entre sus contemporáneos, Luis Felipe —su adversario— y Napoleón III —su imitador— no soportaron más de dos años la pérdida de sus coronas. Cierto, ambos murieron septuagenarios, y alguno de los dos, como Napoleón el Pequeño, bastante enfermo desde antes de su caída. Pero el gran Napoleón cayó joven, a los 46 años; y si tuvo desde temprano una enfermedad al hígado, mucho más grave fue la repugnancia por la especie humana que le causaron dos abdicaciones. ¡Qué diferencia con la actitud de Rosas en circunstancias similares! En vez del odio y la execración a sus vencedores, a sus parientes, a sus más fieles seguidores y al mundo entero, demostró una benevolencia pocas veces vista en un vencido, respecto de quienes le habían sucedido en el poder. 
Resultado de imagen para juan manuel de rosas
Constante preocupación por la suerte de la humanidad, por la necesidad de organizar una sociedad de naciones. Utopía. Sin duda. Pero cuán superior esa actitud a la del gran corso, dedicado exclusivamente, durante los seis años de prisión en Santa Elena, a transformar el sentido de su experiencia, a sublimar su figura de Dios de la guerra en el arcángel de la paz, a persuadir —como lo pudo— que el mayor déspota de todos los tiempos merecía ser el paradigma de la libertad. Pero en esta oportunidad, más que esos fuegos turnantes de la opinión acerca de los personajes históricos, nos interesa apreciar la obra positiva del que nos ocupa en este momento. Ella fue, según consenso casi universal de panegiristas y detractores, la unidad del país
Resultado de imagen para juan manuel de rosas
Tal resultado pudo ser el fruto de la resistencia obstinada opuesta a las agresiones externas e internas —por lo general combinadas unas con otras—, por un hombre dotado del más elemental sentido de responsabilidad para conservar intacta la carga que un pueblo le había confiado. Pero en Rosas hubo algo más que ese empirismo del gobernante más mediocre. Desde muy temprano, al verse enredado en los compromisos de la política, mostró un sentido del Estado, rarísimo entre sus contemporáneos, y más aún en sus próximos y remotos sucesores. La carta del 10 de agosto de 1831 a Vicente González, sobre las facultades extraordinarias, revela neta superioridad, en la materia específica a que se refiere, sobre los pseudo intelectuales de la época.  Pero más valioso que eso fue la temprana comprensión de los intereses fundamentales de la nación en el concierto del mundo. En el arreo de las vacas a Santa Fe para compensar a la provincia hermana las pérdidas que le habían ocasionado los atracos de los directoriales, el joven Rosas asiste a las                   negociaciones de Estanislao López con los representantes del Cabildo de Montevideo, que pedían ayuda argentina para sacudirse el yugo portugués. Su comprensión del problema es inmediata. Desde entonces se ocupa en preparar la liberación de la Banda Oriental, ayudando a los patriotas uruguayos que, pese a las negativas de los rivadavianos y a las vacilaciones del caudillo santafesino, preparan la insurrección que había de estallar triunfante en 1825 con los famosos 33 Orientales.   No se ha investigado debidamente cómo encaraba la clase dirigente rioplatense, que había tenido fija la mirada en la frontera del Atlántico, que había recuperado varias veces la Colonia del Sacramento —para perderla otras tantas por culpa de la Corona—, que arrancó a ésta la fundación del virreinato, las renuncias de los porteños netos a los territorios de las provincias que no se les sometían incondicionalmente. Pero es de suponer que no toda esa clase que había acaudillado la revolución por el gobierno propio y la independencia estaba conforme con_ las desmembraciones territoriales. La abdicación ante Bolívar en el Alto Perú después de Ayacucho había dejado estupefacto al propio Libertador del Norte. La renuncia a la Banda Oriental amenazaba repetir los garrafales errores de los comisionados Alvear y Díaz Vélez en el Altiplano. Las voluntades particulares, en el caso de los 33 Orientales, se impusieron a la apatía de los poderes públicos y provocaron la guerra con el Brasil, que por lo menos evitó la incorporación de lo que los portugueses llamaban provincia cisplatina al flamante imperio fundado en Río de Janeiro. La amistad que Rosas trabó con Lavalleja desde aquella época fue entrañable, y no habrá ejercido poca influencia en la que luego de varias dificultades había de ligarlo con Manuel Oribe. Aunque en ninguno de los dos casos, el caudillo porteño dejó que sus sentimientos personales se sobrepusieran a las exigencias de sus deberes públicos. En los conflictos iniciales del Estado oriental, no influyó a favor de don Juan Antonio en contra de Rivera. Al producirse la ruptura entre Rivera y Oribe en 1837 tampoco se dejó guiar por sus inclinaciones personales en favor de uno u otro de los dos rivales. Pero al intervenir Francia en el Uruguay, para asegurarse una base contra Rosas en su conflicto de 1838, el encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina reconoció a Oribe, derrocado por los marinos galos, como presidente legal del Uruguay. No sólo por el atentado a la justicia internacional sino además —como lo dijo en su declaración oficial— porque dicho atentado afectaba la soberanía argentina. Sobrevino la guerra grande del Plata, provocada por el extranjero; los partidos  los partidos internos de ambos estados del Plata se volvieron internacionales. Y derrotados los unitarios en nuestro país, la guerra va a pasar al Uruguay. Se interponen esta vez, no únicamente los franceses, sino también los ingleses. La reacción de la fuerza argentina no era consentida por las potencias marítimas europeas. Rosas hace caso omiso de la intimación que le formulan los agentes anglofranceses. Y el conflicto se encamina a la intervención anglo-francesa conjunta contra la República Argentina. Esa intervención no había sido resistida por ningún Estado. en ninguna parte del mundo. Ocurrió aquí lo único, lo insólito. Las fuerzas anglo-francesas que se repartieron el globo en el siglo XIX, y crearon dos de los mayores imperios conocidos, fracasaron ante Rosas.  Vencedores argentinos y orientales en Arroyo Grande, en 1842, pasaron al Uruguay, contra la voluntad europea; y desde entonces Oribe se reinstaló en su presidencia legal, al frente del ejército oriental, auxiliado por 10 mil soldados argentinos.
Resultado de imagen para juan manuel de rosas
Imposible seguir en poco espacio las interminables negociaciones de los Estados rio-platenses con los poderes europeos, y el afán de éstos porque dichos auxiliares argentina; se retirasen de la Banda Oriental. Nada lograron, hasta el pronunciamiento de Urquiza.  Sin duda, la agresión exterior es el mejor aglutinante para un país en trance de unificación nacional. Pero Rosas agregó a ese factor que debió enfrentar, luego de hacer lo imposible por evitarlo, una habilidad política que ya había mostrado desde el comienzo de su carrera en el manejo del partido que le tocó acaudillar, y de la empresa que le permitió crear la Confederación Argentina. La recomposición del poder central, por medio de precedentes consentidos por las provincias, es una obra maestra práctica. La letra de los decretos por los cuales recreó las facultades de un Poder Ejecutivo nacional, deshecho en la guerra civil, se puede rastrear en la constitución de 1853. Algunos de sus detractores suponen que debió vivir sus últimos años atormentado por los remordimientos que debieron causarle las tremendas responsabilidades que asumió. Pero es porque olvidan que ellas le fueron impuestas, y no buscadas por él. Otros de sus contemporáneos, como Cavour o Bismarck, se hallaron en casos peores: el primero no tuvo tiempo de sufrir remordimientos, porque murió apenas logrado el éxito, pero estuvo a punto de suicidarse, cuando no lograba que Austria le declarase la guerra; el segundo, sí —según su propio testimonio—, pues perdía el sueño al recordar que con sus procedimientos arteros había mandado centenares de miles de jóvenes a la muerte. Su tranquilidad de espíritu en la vejez queda explicada en la entrevista con los Quesada, padre e hijo, en 1873. Esa visión de sí mismo, como un condenado a galeras, que el anciano Dictador les dio a los dos porteños adversarios suyos, será siempre aceptable para todo investigador que haya compulsado en los repositorios documentales del país la masa de papeles manuscritos que Rosas dejó en los archivos públicos, como prueba de que ningún otro primer mandatario dedicó tanto de su tiempo como él al examen de los asuntos que le tocó dirigir. El Estado argentino está aún en deuda con el gobernante que desarrolló esa extraordinaria labor. La derogación de la ley que lo había condenado como traidor y ladrón, no basta. Todavía no se ha producido un hecho equivalente al que produjo Luis XVIII a poco de restaurarse en el trono, cuando ordenó a uno de sus ministros, el señor De Serre, declarar en el Parlamento que la convención que había decretado la muerte de su hermano había salvado a la nación en Valmy.  El combate de Obligado y el rechazo de la intervención anglo-francesa conjunta no desmerecen en nada, en comparación con aquel hecho que Goethe dijo trascendente en la historia universal, la noche en que ocurrió. Ningún otro país del mundo aceptó con éxito semejante desafío. El país ganaría mucho agredeciéndoselo a quien tuvo la osadía de tomar aquella decisión. ¿Podría volver a encontrar el camino de las grandes empresas, que no se halla tanto en lo material como en lo espiritual y, en política, en la voluntad esclarecida? Cuando en 1916 Zeballos dijo en el Congreso que al resistir la intervención anglo-francesa toda la fuerza del país residía en la voluntad, no ignoraba la fuerza argentina de entonces. Quiso decir que la mayor fuerza mundial, mal manejada, nada significa, pero que, en cambio, bien manejada, puede aspirar a lo más alto.

sábado, 7 de septiembre de 2019

El rencor unitario

Por Julio Irazusta   
Las MEMORIAS de Paz es uno de los libros más atrayentes de la Historiografía nacional. Está admirablemente escrito, pese a ligeros defectos de forma, muy explicables en quien no aspiraba a ser considerado experto en el oficio de literato, y sin duda no lo redactó pensando en la posteridad, sino en restablecer verdades que creyó desfiguradas por otros. Nadie escribió con más espontaneidad ni con menos preocupación por el estilo. De haber tenido conciencia de las dotes que tenía para la tarea que emprendió en sus MEMORIAS, y  sospechado que el éxito le daría la fama que alcanzó su libro, no es improbable que antes de escribirlas habría producido algún trabajo notable sobre la cosa pública, en una época en que tantos incapaces se creían autorizados a fatigar las prensas con sus inepcias. 
Resultado de imagen para Jose maria paz
Pese a dicha espontaneidad, o tal vez a causa de ella, y sobre todo al inmenso talento que reveló el libro, sumado a la cultura recibida en los institutos educacionales de Córdoba, las MEMORIAS son de un interés prodigioso. Es sabido que Paz fue sorprendido por el 25 de Mayo cuando estudiaba para recibirse de doctor, y que su carrera militar debióse a la circunstancia histórica: la movilización general decretada por la Primera junta, y la reiterada insistencia de Pueyrredón  —enviado por el nuevo gobierno a la capital del interior, como el hombre de encargo para neutralizar la influencia de Liniers— en que abandonara los estudios civiles por la milicia; para que, cambiara la instituta por la espada. Ciudadano hasta la medula, nada de lo que vio en las variadas regiones adonde lo llevaron las necesidades del servicio, según las vicisitudes de la guerra, escapó a su aguda observación. Al punto de que sus observaciones parecen las de un campesino, cuando se refiere a las cosas de la campaña. Lo mismo ocurre cuando habla de la alta sociedad que agasajó a los vencedores, cuando lo fueron; y en muchos casos, aun después. Una de las observaciones más agudas formuladas en las MEMORIAS del general Paz es la que atribuye el desapego permanente del Alto Perú hacia la metrópoli que era capital de una gran parte de su país, al jacobinismo de Castelli, con sus aires de convencional en misión, quien miraba impasible a sus oficiales enlazar de los frentes de los templos, para arrastrarlas por las calles de la ciudad que atravesaban, las imágenes religiosas, en un estúpido despliegue de extemporáneo anticlericalismo. Otro pasaje de las MEMORIAS, aporte fundamental como el anterior a la hermenéutica de los sucesos, es lo que refiere sobre los prolegómenos de la revolución de diciembre de 1828: la injustificada jactancia de Lavalle, diciéndole a su colega cordobés en la Banda Oriental: "Con un escuadrón de coraceros, meteré a los caudillos en un zapato, y los taparé con otro". El autor del libro que comentamos dice no haber compartido tan descabellada ilusión. Y le podemos creer, puesto que él, con su soberana libertad de juicio, pese a su admiración por Belgrano y por todos los patriotas que habían contribuido a darnos primero libertad o gobierno propio, y luego una patria, no dejó de ver sus errores. Y había compartido el descontento de la oficialidad joven que se sublevó en Arequito en 1820, al ver que los dirigentes nacionales desguarnecían las fronteras del norte para meter a las fuerzas armadas en la guerra civil. Movimiento parecido al de San Martín en su famosa desobediencia. Para terminar, me permito citar una página que escribí sobre el general hace varias décadas: "Joven de veinte años al dejar sus estudios universitarios y tomar las armas en 1810, Paz fue contemporáneo de los hombres de la independencia y de las 'guerras civiles. Su inteligencia superior hace sumamente valioso el testimonio que nos da su libro sobre dos épocas decisivas de nuestra historia.
El mérito artístico de su narración nos apasiona por los hechos del pasado, los revive en nosotros. Su ecuanimidad nos ofrece un hilo conductor para el laberinto de natural complicación. La narración es en las MEMORIAS amenísima. Se las lee como una novela. El escritor elige bien los detalles, reparte equitativamente el espacio entre los mayores, los medianos y los menores, y a todos los sitúa diestramente en la amplia perspectiva de reflexiones generales, pasando siempre a tiempo de la representación concreta de los hechos a su interpretación causal, y de ésta a aquélla, sin jamás perder el hilo de la narración. Las MEMORIAS es uno de los libros más desprovistos de egotismo con que cuenta el género, egotista por excelencia. 
El autor apenas da noticias sobre su familia, su formación, sus gustos. Y los datos personales que no podían menos que aparecer en el libro no están destinados a explicar a Paz en cuanto tal, como personalidad de excepción, sino para explicar  a Paz en cuanto protagonista de los sucesos que narra. Lo autobiográfico en las MEMORIAS es hermenéutica antes que panegírico". 
Fue irreparable desgracia para su carrera, y para el porvenir nacional, que su participación en Arequito sellara su destino.  Los directoriales, y sus herederos los unitarios, jamás se lo perdonaron. Habiéndose iniciado políticamente con los futuros caudillos, no supo perseverar en esa actitud. Los unitarios los arrastraron a la aventura de diciembre en 1828. Pero cuando Rosas, después de haber pensado que habría sido necesario ejecutarlo en 1831, y de tenerlo cinco años en la cárcel, lo dejó en libertad, lo incorporó a la plana mayor del Ejército, y después de su fuga, le mandó ofrecer una embajada cuando ya estaba refugiado en Montevideo; no supo aprovechar el momento estelar que se le ofrecía. Su alta estrategia, sumada a la política de Rosas, habría cambiado el destino de la nación. Tal vez Dios no lo quiso. Nosotros pagamos las consecuencias.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

El Senador "Martín Fierro"; a 185 años de su nacimiento.

Por Julio R. Otaño
En un proceso histórico juegan tanto las ideas, como los hombres que las encarnan, como los intereses que los mueven, y todos ellos son abrazados como por círculos concéntricos por un tiempo y un lugar dados. Si no se lo ve en esa integridad, en esta complejidad, el fenómeno histórico se escamotea o se estereotipa. Es claro que si uno atiende a ciertos personajes típicos, un Bartolomé Mi­tre o un Facundo Quiroga por ejemplo, puede encontrar entre ellos tan marcadas diferencias de concepción del país y del mundo que le permitan sostener válidamente la existencia de dos líneas enfrentadas en la historia­argentina.  Pero otros hombres son más complejos, más atípicos, más incoherentes con sus ideas o menos conse­cuentes con sus intereses. Por eso el afán esquematizan­te pasado como un brasero no deja sino una historia tan simplificada, tan elemental e ingenua, que no puede ser cierta.
Resultado de imagen para chacra perdriel
Esto es lo que ha pasado, en buena medida, con el caso de José Hernández.
Hay quienes leyendo alguno de sus escritos lo han visto como el abanderado del federalismo a ultranza (Manuel Gálvez, de Paoli y quienes lo siguen), mientras que otros utilizando artículos periodísticos distintos, lo juzgan como un progresista alberdiano-liberal (Beatriz Bosch, Pagés Larraya, etcétera). Y aún existe un criterio más o menos ecléctico, de situarlo como un federal tibio, re­formista (Martínez Estrada). Es claro que si solo se atiende a lo que Hernández expuso en sus artículos del "Eco de Corrientes" ("Candidaturas"), de "La Capi­tal" ("De mal en peor"), de "El Argentino" ("Biografía de Peñaloza"), o de "La Libertad" ("¿Por qué mataron Sr. Sarmiento?"), uno se enfrenta a un Hernández ene­migo decidido de la persona y de la política de Sarmiento. Lo mismo puede verificarse con respecto a Mitre (ver: artículo "La Oligarquía" de "El Río de la Plata o los artícu­los de "El Río de la Plata" que transcribe Pagés Larraya, o la mayoría de sus discursos legislativos del 80 (recopi­lados en La Actuación Parlamentaria) en especial el famoso sobre la "Capitalización de Buenos Aires", uno tiene que llegar a la conclusión opuesta. Si a su vez se admite que colaboró en "La Reforma Pacífica", o se leen los suel­tos de "El Río de la Plata" dedicados a simples cuestiones de administración provincial, la idea a formarse resulta la del eclecticismo político.  
¿Pero qué pasa si se leen todos esos escritos?
Lo mismo sucede con las obras mayores. La sola lectura de La vida del Chacho (en particular el capítulo de "La política del puñal"), unida a la del Gaucho Martín Fierro, nos deja la convicción de estar ante un Hernán­dez federal entero y de una sola pieza. Pero quienes glo­san la Instrucción del Estanciero o La vuelta de Martín Fierro, tienen derecho a sostener todo lo contrario.
Entonces tiene que preguntarse el historiador: ¿Es imposible establecer la filiación política de nuestro per­sonaje? El remedio aparente se presenta declarando en forma lisa y llana que existe una variación —defección o traición si se quiere— dentro de los ideales políticos sustentados por Hernández.
En cierta medida esta es la conclusión lógica a la que arriban Martínez Estrada y Fermín Chávez. Martínez Estrada, en su gran estudio se aproximó al problema. "vo­cación política activa", como homo políticus específico.
Es decir, que ubicamos a Hernández dentro de aquella cate­goría de los apasionados por la política, de los mordidos por el virus de la cosa pública.
Por eso también cuando se menciona el habitual curriculum, con las expresiones: "periodista, legislador, convencional, taquígrafo, etcétera" y se incluye al pasar "político", se escamotea la médula del asunto. Hernández fue todo aquello y mucho más, pero su definición —exceptuando la de "Poeta"— es una sola: Político.
Y orientó su invicta pluma poética —que antes había sido acerada arma de combate— hacia la de­fensa del sistema de opresión del gaucho, en La Vuelta de Martín Fierro. Como lo ha dicho de manera incom­parable Martínez Estrada: "En la primera parte Hernán­dez era Martín Fierro, en la segunda Martín Fierro es Hernández".
Adolfo Alsina, conciliador, brindando el puente necesario para que el proceso no se fracture.
Lo que se fractura definitivamente, y queda arrum­bado en el desván de los trastos viejos es la Argentina anterior: la Argentina patriarcal, guerrera, rural, sin  alambrados, confesional, latina, hispana, mediterránea, autárquica; "gaucha", en la palabra-síntesis en la que vienen a coincidir sus amigos y enemigos.
Su última posibilidad de sobrevivir se desvaneció en Ñaembé, el 26 de enero de 1871 (aunque luego agonice en Don Gonzalo y Alcaracito). Es notable cómo el sistema de medición por décadas, utilizado arbitrariamente por la pedagogía histórica, En 1851, el pronunciamiento de Urquiza, en 1861, Pavón; en 1871 Ñaembé, en 1881 Roca en la Presidencia de la República, treinta años se ha dado vuelta como a un guante
Pero en el momento en que la Argentina criolla muere enciende en su apoteosis el más maravilloso poema hayan producido los argentinos: El Gaucho Martín Fierro.  
En la tarde del 22 de enero de 1853 el niño inglés William Henry Hudson presintió pasar los restos de una tropa derrotada, "dispersados hacia el sur como flor de cardo que se lleva el viento". Eran los hombres de don Pedro Rosas y Belgrano, que vencidos en el "Rincón de San Gregorio", se desbandaban para evitar la muerte que venía montada en los caballos de sus perseguidores.
Tenían buen motivo para apurar a sus cansadas ca­balgaduras. Allí, sobre la orilla izquierda del Salado en la estancia de Miguens, habían quedado los infantes, el parque y la artillería apresados por el ejército federal de Lagos, al mando de su jefe de estado mayor, general Gre­gorio Paz.  El 15 de diciembre de 1852 el ex juez de paz de Azul y fuerte hacendado sureño, hijo natural de Manuel Bel­grano y adoptivo de Juan Manuel de Rosas, en cumpli­miento de instrucciones del gobierno secesionista de Pinto del comandante del departamento, Rosas y Belgrano consiguió totalizar unos 2.300 hombres de las tres ar­mas, tropa bisoña en su mayor parte, que reforzó con 300 lanceros indígenas colocados a sus órdenes por el cacique Catriel  se aven­turaron no obstante a cruzar el Salado, que venía muy crecido, y allí fueron envueltos por las veteranas tropas de Gregorio Paz, quien les infligió la aniquiladora derro­ta de San Gregorio.
El autor de esos recuerdos era entonces un mozo de 18 años, a quien —de grado o por fuerza— se había incorporado a la milicia, e iba entre los que a uña de caballo escapaban de la persecución.
Aunque la vida de José Hernández —puesto que él era el joven miliciano— ha sido exhaustivamente estu­diada, con prolijos y cada vez más menudos detalles, nos­otros tenemos que proporcionar al lector una rápida sem­blanza biográfica. Como ya su hermano Rafael en el libro Pehuajó, dio los datos más trascendentes de su vida, sólo insistiremos en los aspectos que más interesan a nuestro asunto.
José Rafael Hernández Pueyrredón había nacido el 10 de noviembre de 1834, en la chacra de Perdriel, partido de San Isidro, luego de San Martín, Provincia de Buenos Aires, propiedad de los esposos Mariano y Victoria Pueyrredón.  Sus padres eran Pedro Rafael Hernández e Isabel Pueyrredón; sus abuelos paternos, José Gregorio Hernández Plata y María Antonia Venancia de los Sanios, y sus abuelos maternos, Teniente Coronel José Cipriano Pueyrredón y Manuela Caamuño. Fue bautizado el 27 de julio de 1835 en la Iglesia de la Merced de Buenos Aires y habían sido sus padrinos el abuelo Hernández Plata y la propia Virgen, tomada a ese efecto por el sacerdote. Entre sus familiares más conocidos se contaban sus tíos paternos, los coroneles Eugenio y Juan José Hernández (héroe de Ituzaingó, miembro del estado mayor de la Campaña del Desierto y muerto en combate en las filas rosistas en Caseros), y el materno, coronel de la guerra de la Independencia, Manuel Alejandro Pueyrredón. El después famoso pintor Prilidiano Pueyrredón, es su primo por vía materna y a esa misma familia pertenece su más conspicuo pariente, su tío abuelo el ex Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, el Brigadier Juan Martín de Pueyrredón.
Como sus padres trabajaban en el campo, él ha vivido hasta 1840 con su tía Victoria (apodada "Mamá Totó"), año en que los Pueyrredón, tenidos por unitarios, se exi­lian y lo dejan en la casa de su abuelo y padrino en Ba­rracas. Desde allí concurrirá al Liceo Argentino de San Telmo, que dirige Pedro Sánchez, hasta que en 1846 (ya fallecida su madre el 11 de julio de 1843), el padre se lo lleve a las estancias del sur, donde se desempeña como ca­pataz de Juan Manuel de Rosas.  En la ciudad quedará su único hermano varón, Rafael Hernández, nacido el 1 de diciembre de 1840, y en la es­tancia "La Primavera", de Baradero, su hermana mayor Magdalena, casada con Gregorio Castro.
"Allá en Camarones y en Laguna de los Padres se hizo gaucho, aprendió a jinetear, tomó parte en varios entre­veros, rechazando malones de los indios pampas y pre­senció aquellos grandes trabajos que su padre ejecutaba y de que hoy no se tiene idea. Esta es la base de los pro­fundos conocimientos de la vida gaucha y amor al paisano que desplegó en todos sus actos".
De tales ocupaciones lo sacaron las convulsiones de la Provincia después de Caseros. Así se incorporó a las tro­pas de Rosas y Belgrano, y luego en busca de la revancha, el 8 de noviembre de ese mismo año entrará en un nuevo entrevero bélico. Ese día las tropas del general Manuel Hornos, la más prestigiosa espada del septembrismo, de­rrotan en "El Tala" a las partidas de federales porteños que manda el coronel Gerónimo Costa y que han invadido a la Provincia bajo el mando del ahora exiliado coronel Hilario Lagos, buscando cambiar la situación. Hernández ha entrado en batalla formando en el primer escuadrón de la caballería liberal a las órdenes del famoso rengo Sotelo.
¿Existe alguna razón política para explicar ese doble bautismo de fuego en las filas liberales?
Pagés Larraya cree que sí y lo atribuye a la suerte corrida por la familia Pueyrredón durante la dictadura de Rosas, lo que explica "por qué en 1853, a los 19 años, Her­nández tomó las armas contra las fuerzas de Hilario La­gos, que estaban integradas por fieles del rosismo. Pero se olvida que el padre del joven miliciano era un hombre de confianza, capataz y adicto fervoroso de don Juan Manuel; que "Isabel Pueyrredón simpatizaba con la causa de los federales, circunstancia que ahondó la divergencia con sus parientes"; que la misma "mamá Totó vuelve en 1849, viuda, se supone que al amparo de la amnistía que se concede al general Puey­rredón"; que él ha recibido con profunda aflicción la noticia de la muerte de su tío, el coronel Juan José Hernández, y que los niños Hernández han recibido educación federal.
La época es confusa para muchos de sus actores y Her­nández, por otra parte, no ha comenzado a formarse polí­ticamente y tomar posición". La edad del personaje avala este juicio, y quizás se podría añadir algo que no tiene nada que ver con la "ideología" del futuro poeta: son los probables lazos amistosos que lo ligan con Don Pedro Rosas y Belgrano, quien ha convocado al paisa­naje sureño más que contra Lagos, contra Urquiza, que lo auxilia. Cuando el caudillo del sur advierta la mendacidad de la argumentación con que Lorenzo Torres lo ha inducido a la empresa y queden en claro los verdaderos objetivos de la Revolución del Once, se pasará al bando de Urquiza e intervendrá en las sucesivas campañas contra Buenos Aires. Para entonces también Hernández habrá cambiado de colores.
Pero inmediatamente después de "El Tala" seguirá en el ejército porteño con el grado de capitán ayudante (teniente).  En 1857 muere su padre, fulminado por un rayo, en medio del campo. Y se cree que él participa en la guerra de fortines contra los indios y que se retira del ejército por causa de cierto duelo que tiene en 1857. Mientras tanto, su opinión políti­ca ha cambiado. No se ha vuelto precisamente urquicista, pero simpatiza con el partido, en cierto modo interme­dio, entre el Federal y el Liberal, llamado 'reformismo'... Este cambio de opinión del joven Hernández es perfecta­mente lógico. El amigo de los gauchos, el criollo de ley, tiene que estar en contra de los gobernantes liberales, que persiguen a los gauchos y que han hecho que la vida tran­quila en la campaña sea imposible. Ya no hay trabajo para el paisano. Los malones de los indios se suceden con frecuencia. Las estancias están arrasadas y uno de los perjudicados fue el padre del joven Hernández, quien, al morir, sentíase derrotado y desesperado.
Aún se podría agregar otra causa de orden psico­lógico a las ya apuntadas para explicar su cambio político. Es la que trae Pedro De Paoli: luego del combate de Villamayor se ha producido el fusilamiento de sus jefes y el día 4 de febrero de 1856 Hernández se encuentra con el ca­dáver del general Gerónimo Costa que es llevado en una volanta por su amiga y pariente, doña Mercedes Rosas de Rivera, hermana del Restaurador. Hernández colabora en obtener la autorización del gobierno para poder dar cris­tiana sepultura a los restos del héroe de Martín García y solo, junto a su amiga, acompaña hasta el cementerio los despojos mortales. Tal encuentro habría producido en su ánimo un shock que lo impulsó inmediatamente a afiliarse al partido "chupandino". El mismo Rafael Hernández nos mostrará qué pasó después. En el aludido discurso del Senado (del 17-XII-91), destaca Rafael el luctuoso hecho de Villamayor y añade: "A consecuencia de aquel hecho nefando, ocurrieron nue­vas revoluciones en la provincia de Buenos Aires. Se ha­llaba siempre revolucionada porque las proscripciones no nos dejaron vivir un momento y tuvimos que emigrar mi­llares de porteños para peregrinar veinticinco años fuera de nuestro país.  Concluyamos el itinerario de la mano del biógrafo fraterno. En la sesión del 26 de setiembre de 1892 en el Senado provincial, Rafael retoma el tema y dice: "Así resulta que íbamos a la provincia de Entre Ríos, a donde emigramos como dos mil porteños el año 57, y durante el tiempo que allí permanecimos, los porteños éramos el ele­mento más repudiado. Eran recibidos los alemanes, los rusos, los turcos, los judíos, pero los porteños, no". E in­sistiendo en la suerte corrida agrega: Pues bien; en la provincia de Entre Ríos durante muchos años yo no he visto más que a un porteño desempeñar un puesto público, lira el doctor Victorica, que ocupaba el puesto de secreta­rio del general Urquiza, y hasta puede decirse que no era funcionario público. Pero fuera de esa excepción yo no he visto que se haya nombrado ni para alcalde a un por­teño ..
En Santa Fe.. . ¡ qué diré! Con referirles a los Menores senadores que reinaba este refrán: '¡Porteño y víbora de la cruz no se pueden dejar vivos!' ¡Por ahí pueden calcular cuál era nuestra situación.  Entre tantos porteños emigrados, Hernández se rodeó de los hermanos González del Solar, Andrés, Nicanor y Melitón, de Martínez Fontes y de su inseparable más que hermano, ahijado, Rafael.
Resultado de imagen para jose hernandez
Instalado en la Capital de la Confederación, consigue trabajo, como tenedor de libros, en el negocio del comer­ciante catalán don Ramón Puig (suegro de Ricardo López Jordán). A poco, y de seguro por las relaciones de su tío el coronel Pueyrredón residente en Rosario, es nombrado como oficial segundo de la teneduría de libros de la Con­taduría Nacional (el 1-1-1859, D. en Registro Nacional, t. IV, p. 180). Y luego de rendir un examen ingresa como taquígrafo a la Cámara de Senadores.
Mientras tanto, los sucesos de San Juan han caldeado el ambiente y el ejército de la Confederación se apresta a lograr "la integridad nacional" en los campos de Cepeda. En la batalla —junto a Rafael y a Leandro Alem— participa José Hernández como capitán.
Al volver de la guerra se reincorpora a sus tareas del Senado y empieza a desempeñarse como secretario pri­vado del vicepresidente, general Juan Esteban Pedernera, después de la incomprensible para ellos, derrota de Pavón, no cruzan el Paraná, sino que siguen la lucha a las órdenes del Presidente Derqui y bajo el mando in­mediato del General Virasoro y del coronel Laprida. Así concurre al encuentro de Cañada de Gómez con las tropas de Venancio Flores. Hernández y su hermano se salvaron entonces de entrar en la extensa lista de degollados
En esos fines del año 61 retorna a Paraná, para prestar servicios junto al vicepresidente a cargo de la Presidencia. "Pedernera recuerda al joven taquígrafo. Designa a José Hernández secretario de la presidencia. Esa es una verdadera definición política que señala la gravitación de Hernández en las filas federales.    No puede lle­gar a creer que Urquiza traicione a las provincias y a sus amigos. Junto con su secretario Hernández planea una serie de medidas para bloquear la expansión de las fuer­zas porteñas.  Ahí concluye la Confederación. "Puede decirse. que en este año de 1862" —anota Gálvez— "comienza para J. Hernández otra época de su vida. Su trabajo es única­mente el periodismo. Ha perdido el puesto de taquígrafo porque el Congreso Nacional ya no existe; y el de secre­tario del Presidente porque Pedernera ha disuelto el Poder Ejecutivo de la Nación en diciembre del año pasado. Hernández es ahora, tal vez desde hace un tiempo, un federal ferviente. Redactará 'El Argentino', en cuyas columnas ataca con tremenda violencia a Mitre, Presiden­te de la República, y a Domingo Sarmiento, Gobernador de San Juan".
En realidad el federalismo de Hernández, como diría Martínez Estrada, está "censurado", sometido a la vigilante tutela de Urquiza.
Pero es cierto que su actividad principal es el perio­dismo. Cuando a fines de 1863, cierre "El Argentino", colaborará en "El Paraná". Este diario lo dirige Manuel Martínez Fontes, con quien tiene íntima amistad. Viven juntos en la misma casa  y se casan casi a un tiempo con las dos hermanas González del Solar, Teresa y Carolina.   De esta última hará Hernández "su novia, esposa y compañera, niña dulce y de singular belleza, con quien había contraído enlace en la Iglesia Catedral de Paraná, el 8 de junio de 1863.
Se instalan a vivir en la misma cuadra, acera opuesta, que los Martínez Fontes. Esta felicidad privada lo compensa de los infortunios públicos.  Él, es de todas maneras un hombre alegre; "chispeante, oportuno, rápido y original", cuyos "chistes epigramáticos" ponían "la nota! bulliciosa", con sus "ocurrencias felices y siempre criollas".  Por su tendencia a la conversación demasiado fluida y sonora, de seguro ampliada en la enorme caja de resonancia de su voluminoso tórax, recibir' el apodo de "Matraca" y el de "Pepe Lata" después.
Nacen también sus prime­ros hijos: Isabel (el 1S-V-64) y_Manuel Alejandro (el 6-XI-65).
Pero esa época se corresponde asimismo con circuns­tancias políticas nacionales de trascendencia: la resisten­cia del Chacho, la caída de Paysandú y la guerra del Pa­raguay. Por el primero Hernández publicará en "El Ar­gentino", los artículos que reúne bajo el título de Rasgos biográficos del General D. Ángel Vicente Peñaloza, que en el mismo año 1863 reeditará en forma de folleto. A fines del 64, Rafael se traslada a Paysandú, donde el jefe de la ciudad sitiada, Leandro Gómez, le otorga el grado de Ayudante. En la insostenible defensa cae herido en una pierna por una bala de cañón; pese a lo cual consigue evadir el sitio y llegar hasta la isla Ca­ridad, donde funciona un hospital de campaña. Ello permite a José Hernández y a Carlos Guido Spano atender a otros refugiados, hasta que en el mes de febrero de 1865 se embarcan rumbo a Paysandú, aban­donada ya por el enemigo. El estado de la pequeña ciudad es realmente deplorable y deprimente. Por todas partes hay pruebas de lo que ha sido el sitio y la invasión.. . Pocos días permanecen en Paysandú que abandonan des­pués en compañía de Guido Spano, dirigiéndose nuevamen­te a Paraná, donde tiene José su mujer y sus hijos" .
"Esta época" —asegura Leumann— "fue de lucha di­fícil y de grandes sufrimientos morales para José Her­nández. La miseria y las vicisitudes tormentosas le des­truyen la felicidad doméstica. Contempla con pesar los acontecimientos que llevan insensible y fatalmente a la guerra contra el Paraguay. Con su amigo Carlos Guido Spano consideró luego que la triple alianza favorecía sólo al partido colorado del general Flores y al Imperio". Indudablemente que ya se habría formado la opinión que luego virtió en las páginas de "El Río de la Plata", cuando atacó a esa guerra "única en los anales de Sudamérica" que "paseó por todas partes sus estandartes malditos, y las combinaciones clandestinas, y las suges­tiones diplomáticas (que), dieron origen a la funesta alianza de intereses repulsivos" (ER, ps. 96, 88).
Por eso quizás permanece en Paraná, sin intervenir en el conflicto. Viene después la etapa correntina en la vida de José Hernández. Desde febrero de 1867 a noviembre de 1868, con algunos pequeños intervalos permanece en Corrien­tes. Es el clan de Hernández el que se traslada a aquella ciudad. Primero va su cuñado Melitón, en su carácter de médico para atender una peste. Luego Nicanor González del Solar es designado Juez del Crimen, y después es José, quien el 7 de marzo es nombrado Fiscal General de Estado (interino), el que se traslada con su mujer, hijos (allí nacerá su hija Mercedes el 24-XI-67) y hermano. Evaristo López, que está falto de personal administrativo de con­fianza, se rodea de estos foráneos que le vienen recomen­dados por Urquiza. Hernández acepta también (el 31 de marzo) ser secretario de la Legislatura, pero en junio renuncia por incompatibilidad. En octubre pasa al Mi­nisterio de Hacienda. También tiene una cátedra de gra­mática en la Escuela de San Agustín.  En un vapor con el sugestivo nombre de "Río de la Plata", Hernández se aleja de la escena correntina hacia Buenos Aires. Con amargura en el alma cree que ha de­jado atrás para siempre a Urquiza y con él al litoral.
Al amparo de la amnistía, por el fin de la Presiden­cia Mitre, regresa a su familia y a su chacra de Perdriel.
Pero él no estaba hecho para la vida recoleta o para los simples gozos familiares. Enseguida entabla contacto con los amigos de la generación de Paysandú. "Hernán­dez, entusiasmado ya por la presencia de sus amigos y las perspectivas de librar nuevas batallas de la inteligen­cia en una ardorosa lucha de cerebros, lanza la iniciativa de editar un nuevo diario. Y así el 6 de agosto de 1869, nace en Buenos Aires, con la dirección y propiedad de José Hernández, y la colaboración de José y Carlos Guido Spano, Miguel Navarro Viola, Agustín de Vedia, Maria­no A. Pelliza, Vicente Quesada y un mocito de Rosario, Estanislao Zeballos, el diario "El Río de la Plata"
El partido político restos de unitarismo, que había dominado 25 años, empezaba a dividirse en dos bandos. La figura de Alsina acentuaba sus perfiles federalistas y trazaba su propio rumbo. Incorporando a la vida pública los señores Vicente F. López, Bernardo de Irigoyen, Luis Sáenz Peña, Alvear, Lahitte, Gutiérrez, Vicente G. Quesada, Navarro Viola y Tomás Guido.
Estos tres últimos se conservaron siempre finí­simos amigos y muy consecuentes y cariñosos con Hernán­dez ... Ya estamos, pues, frente a la "evolución", que lo iba a apartar del federalismo.
En eso estaba, por aquellos años de 1869 y 1870, cuando la Revolución de López Jordán lo conmueve, lo saca de su proyecto reformista y lo lleva de nuevo a En­tre Ríos y a la causa federal. La decisión que se manifies­ta en las palabras del cierre del diario (22-IV-70) es personal; pero sin duda que Sarmiento le ha ayudado para tomar esa determinación.
Eso es lo que dice Rafael: "este diario de complexión robusta, que la administración Sarmiento mató de un golpe, escapando a la cárcel su re­dactor-propietario gracias a sus numerosos amigos"
Empieza acá su "intermedio insurgente en los en­treveros jordanistas".
El 7 de octubre se pone en comunicación con Jordán para darle valiosísimos consejos. El caudillo, ya sea por táctica para evitar la intervención federal, o por la limi­tación de su horizonte litoraleño, ha presentado la revo­lución como algo concerniente a Entre Ríos. Hernández le hace ver el grave error de su planteo:  "Ud. quiere, le dice, la felicidad de Entre Ríos, su prosperidad, su progreso, su engrandecimiento moral y material.. . esta aspiración es noble y legítima de parte suya; pero no puede realizarse, sino armonizan­do su suerte con la de las demás Provincias Argenti­nas, y haciendo que todas ellas participen de los mis­mos beneficios...".
Como ya hemos visto, en esta misma notable carta, justifica sin reatos de lenguaje la muerte de Urquiza, "el Jefe Traidor del Gran Partido Federal".
Después de esto se une físicamente al ejército de López Jordán y asiste a la batalla de don Cristóbal (12-XI-70) contra las tropas del general Gelly y Obes.
Y el 26 de enero de 1871 participa de la batalla de Ñaembé. Jordán ha seguido quizás su consejo, y se dispone a dar batalla a los correntinos de Baibiene; pero éstos auxilia­dos por la artillería nacional de Viejobueno y la infantería de Roca, vencen terminantemente al jordanismo  
También Hernández iría echando llamas por sus ojos mientras con sus compañeros galopaban hacia Federación ' y cruzaban el Uruguay, burlando la persecución del ejér­cito sarmientino del General Campos.
Casi un año va a permanecer en Santa Ana do Livramento, pequeña población brasileña (de abril de 1871 a enero de 1872). Pasa luego a Paysandú donde toma| contacto con el "Comité de emigrados entrerrianos", que representaba a más de 6.000 jordanistas exiliados en el Uruguay, el que lo propone como ministro al interventor Echagüe de Entre Ríos, para entablar una negociación, basado en la confianza "en su lealtad política", sin que su candidatura prospere. De allí sigue a Montevideo y por último regresa a Buenos Aires.
¿Cuáles son las condiciones de este regreso?
El primero es un viaje clandestino dictado por la des­esperación de ver a su familia, al enterarse del azote de la peste, la fiebre amarilla, que pesa sobre la ciudad por­tería. En el balandro del capitán Magnasco consigue atra­vesar el río y llegar hasta la chacra de Perdriel donde se reúne con los suyos. Breve encuentro con su mujer, sus hijos (está ahora la pequeña Margarita, nacida en su ausencia), su hermano y su vieja "Mamá Totó". Y regresa, para intentar una y otra vez el mismo itinerario. "Y nuevamente en el balandro unas veces, o en un simple bote, otras, Hernández toma el camino de las costas de Belgrano. Viajes furtivos, peligrosos porque Sarmiento ya conoce las incursiones del exiliado y ha ordenado a la policía vigilar la costa y el caserón con orden de prender al hombre, vivo o muerto".  Como la epidemia sigue haciendo estragos, la familia se traslada a la estancia "Cañada Honda" de Baradero, donde vive su hermana, Magdalena de Castro.
Entonces se produce la vuelta pública de José Her­nández. Se pregunta De Paoli: "¿Magnasco lo arregló con Sarmiento? ¿Mediaron influencias políticas? ¿Sar­miento se olvidó del periodista enemigo de su gobierno? Hernández llega en el mes de marzo a Buenos Aires y se aloja en el 'Hotel Argentino'.. . Más que hospedado, está escondido en el Hotel... ¿Es la condición del arreglo con Sarmiento'? ¿Le han impuesto que viva en Bue­nos Aires a condición que no escriba?  En ese encierro fructificará, según su propia confe­sión el 28 de noviembre de 1872, el "pobre Martín Fierro, que me ha ayudado algunos momentos a alejar el fastidio de la vida del hotel" Rafael le trae algunas comisiones de compra y venta de campos, con lo que lo ayuda económicamente. Pero la situación en lujar de mejorar, empeora... Hasta que la vigilancia policial se hace más estricta y el poeta de Martín Fierro debe abandonar una noche precipitadamen­te su casa ante la presencia policial que irrumpe en ella. Así, José Hernández ayudado por su hermano, Guido Spano y otros amigos, emprende otra vez el camino del des­tierro. Ya no hay nada que hacer, sino esperar a que concluya el período presidencial de Sarmiento. Pero la anunciada vuelta mon­tonera de López Jordán a Entre Ríos, lo obliga a radicar­se en Montevideo. Entre julio de 1873 a enero de 1875 vivirá en la capital oriental.
El l9 de enero de 1873 las fuerzas gauchas de López Jordán han invadido a Entre Ríos; saben de las diferencias de armas y de hombres con sus enemigos, pero ellos igual van cantando:
La represión la dirige personalmente el ministro Ge­neral Martín Gainza, el "Don Ganza" del Martín Fierro.  A pesar del éxito inicial de "Yuquerí" (28 de junio), las tropas jordanistas son vencidas el 8 de diciembre en "El Talita" y luego, al día siguiente, destrozadas por el uruguayo Juan Ayala en "Don Gonzalo". Nuevamente Jordán tiene que exiliarse en Santa Ana do Livramento.
Desde Montevideo, sirve de enlace a los jordanistas, y el l9 de noviembre saca con Héctor Soto el periódico "La Patria" para secundar más activamente el proyecto federal. De seguro que Sarmiento, con su in­transigencia total, ha colaborado a decidir la actitud del poeta. Precisamente el 28 de mayo de 1873 el presidente ha remitido al Congreso un proyecto de ley poniendo pre­cio a la cabeza de los jordanistas. Ofrece 100.000 pesos fuertes por la cabeza del Jefe; 10.000 por la del Dr. Ma­riano Querencio y 1.000 por la de los otros dirigentes.  
Era la ley de Lynch, trasladada directamente del far west. "López Jordán cuya cabeza quiso Sar­miento poner a precio, si bien el Congreso rechazó con honrada independencia la monstruosa ley, era un ciuda­dano argentino amparado en su propio extravío por la constitución que prohibe la muerte por delito político"
La importancia de Hernández se acentúa después del fracaso de la invasión. La derrota apareja, como es fre­cuente en estos casos, la división de los vencidos. Carlos María Querencio, que después de Don Gonzalo ha excla­mado "¡Que baraje otro!", se recupera de su desilusión y en Montevideo forma el "Comité Central" del jordanismo que repudia a su jefe natural. El suceso es grave para los exiliados, pues los Querencios cuentan con gran sim­patía en el Partido Blanco uruguayo (es conveniente re­cordar que ambos partidos usan igual divisa y que incluso han coordinado sus esfuerzos para hacer coincidir la revolución de Jordán con la de Timoteo Aparicio en el Uruguay) y llegaron a ser "protegidos del presidente Latorre
Si al Chacho lo abatieron los fusiles Ensfield y a Varela los Sharp, a López Jordán lo derrotarán los cañones Krupp y los fu­siles y ametralladoras Remington.
El presidente Sarmien­to probará su mortífera acción contra las paredes de una Escuela y luego enviará al Congreso un proyecto de ley poniendo precio a la cabeza de López Jordán y de sus se­guidores, con lo que justificaba el mote que le colgara el periodista mitrista Gutiérrez de ser "un Sandes del pensamiento".
El jordanista Carlos María Querencio le devolverá la gentileza, alquilando los servicios "profesionales" de unos pistoleros, los italianos Güerri, para que ma­ten al Presidente. Por fortuna ninguna de las dos salvajadas se consuma íntegramente.
Pero en su consecuencia, al ser vencido Jordan en Don Gonzalo (el 9-XII-1873), el interventor Gral. Ayala desata una feroz persecución, una de cuyas víctimas es el coronel Cecilio Berón de Astrada, cuyos despojos son entregados a los perros.
José Hernández, que desde el diario montevideano "La Patria" ha apoyado la revuelta, le prepara entonces (el 30 de mayo de 1874) al exiliado López Jordán el Me­morándum para el Barón de Río Branco, alegato éste que-es la verdadera capitulación moral de un partido, que desde Artigas, triunfante en Cepeda o derrotado en la Vuelta de Obligado, lo había hecho siempre envuelto en la bandera argentina. Aunque el pedido de protectorado extranjero no se concrete, su sola formulación escrita bas­ta para sellar la defunción de una causa.
Por entonces ha llegado Avellaneda a la Presidencia de la República, no obstante los esfuerzos revolucionarios del mitrismo en 1874 por impedirlo.  Con Avellaneda contará Adolfo Alsina con el hom­bre adecuado para concretar su proyecto pacificador. De­rrotados el federalismo y el mitrismo intransigentes, podrá él integrarse al establishment liberal.
Con la conciliación de los intereses de los ganaderos de su partido y los de los comerciantes porteños de filia­ción mitrista, ahora ligados por la relación agroexportadora-mercantil-importadora; con el modelo anglosajón de bipartidismo; con el espectro de Rosas agitado en los "funerales por las víctimas de la tiranía", para resucitar la tradición única unitaria y con la enorme fuerza unificadora de la masonería, en la que todos militan, Alsina propondrá a Mitre "la conciliación". En ella también los ex-federales, que renieguen de su pasado, tendrán un lugar.
Hernández, que desde "La Patria" ha ayudado al as­censo de Avellaneda, atacando a la revolución mitrista del 74, vuelve definitivamente a Buenos Aires a comienzos de 1875, para incorporarse al autonomismo. donde va están ubicados casi todos sus viejos amigos de la generación del 65. La "conciliación" lo inclinará al sector "republica­no" de ese partido. En él están también los jóvenes uni­versitarios, futura "generación del 80", que "quedaron colgados" con el arreglo, como gráficamente lo expresa Lucio V. López en La Gran Aldea. Detrás de Alem y Del Valle por algún tiempo, alternarán, como un partido di­ferenciado, en las elecciones provinciales.
Pero contra Alsina no se puede. La "gran muñeca" de los "crudos" (por oposición a los "cocidos" mitristas) tiene demasiado prestigio.
"Más que Mitre" —anota Al­varo Yunque— "por supuesto, hombre de acción compli­cado de intelectual y lleno de preocupaciones de superior jerarquía, Adolfo Alsina era 'el caudillo'. Y aún: _el cau­dillo porteño. Todas las características del porteñismo es­taban en él, aumentadas, que si no, no hubiese sido el caudillo de los porteños: bravo, elegante, cordial, simpá-tico, ruidoso, conversador, impulsivo, inteligente, vanido­so, altanero, brillante más que culto. Más astucia que sabiduría".
La imprevista muerte de Adolfo Alsina (el 29-XII-1877), destruye toda esa paciente labor de años, y sus seguidores quedan a la deriva de los caudillos menores hasta la disolución del partido.
Mientras los primates del autonomismo se disputan el favor del presidente Avellaneda, probándose anticipada­mente la banda presidencial, en forma silenciosa y cauta —como cuadra a un "zorro"— se alza la nueva estrella de la constelación política, que viene a cubrir el vacío de poderLo que sigue es su historia en el Autonomismo. Pri­mero se inscribe en la lista "mixta" del partido, para las elecciones de marzo del 77; que trata de zanjar las dife­rencias entre los sectores de del Valle y de Cambaceres.
Pe­ro viene la "conciliación", y él, en agosto del 78, se une al grupo "republicano", de Alem y del Valle. La razón de este cambio la dará en junio del 79 al decir: "Yo estaba en contra de la conciliación entonces y estoy en contra de la conciliación ahora, porque no creo que es ésa la política sobre la cual pueda fundarse el porvenir del país".
Así es elegido diputado provincial por esa fracción "y de este modo se incorporará al sistema entendido como la legalidad sostenida por sus antiguos enemigos". La adhesión a Alsina "nuestro ilustre jefe de partido", él la puso de ma­nifiesto en la carta de "Un Patagón" publi­cada en "La Patria", al anotar: "los elementos oficiales, significan Avellaneda. El personalismo es Mitre. Alsina era él pueblo".
El 30 de marzo del 79 es reelecto por la 3ra sección elec­toral y desde ese cargo le toca presenciar la crisis del 80.

El 30 de julio se cuenta entre los firmantes del ma­nifiesto de fundación del Partido Autonomista Nacional. "Allí están gran parte de los hombres representativos de las grandes fuerzas económicas criollas engarzadas con el capital europeo"    Durante ese lapso ocupa muchos otros cargos públicos de secundaria importancia. En 1880 es presidente de la Cruz Roja Argentina,..y. es incluido en la Comisión Exa­minadora del Ministerio de Educación. De 1881 a 1884 es vocal consejero consultivo del Monte de Piedad. En 1882 es vocal del Consejo General de Educación (hasta 1884); presidente de la Comisión de Provincias de la Exposición Continental, miembro de la Convención Reformadora de la Constitución Provincial (hasta 1885). En 1883 es co­misionado por el Ministerio de Educación a Corrientes; integra la comisión de la fundación de la ciudad de La Plata; es director del Banco Hipotecario y es sucesivamen­te diputado (1880) y senador provincial (1881, 1882 y 1885).  Esta trayectoria pública se compadece bien con su vida privada. En el 79 adquiere la "Librería del Plata", que mantiene un intenso movimiento de libros con Améri­ca y Europa .  También por entonces compra "una vasta quinta en Belgrano, en la extensión hoy delimitada por la calle Luis María Campos  y Cabildo, y al otro por Olleros y Esteco, esta última José Hernández actualmente, en el que "es hoy, y lo era entonces, el más hermoso de los barrios porteños". Tendrá también tres estancias; mil novillos, dos casas, dos conventillos en la ciudad... y dos terrenos en Rosario" Su profesión es, dice Manuel Gálvez, "ganar dinero y escribir versos". ..
En Belgrano vive con su familia, a la que se le han agregado nuevos hijos: María Josefa, nacida en 1877, y Carolina, en abril de 1879. Con los González del Solar de la mano, ha vuelto a la Masonería.  Por cierto que también por entonces se reconcilió con sus antiguos enemigos, Sarmiento y Mitre.   Rafael dice que su herma­no "trabajó mucho y no disfrutó nada", está aludiendo a la causa del abandono de la pelea con el libe­ralismo. Lo que siguió ya era previsible: "Y sepan que ningún vicio acaba donde comienza"
Su vida, cuyos últimos actos trascendentes fueron la publicación de La Vuelta de Martín Fierro en 1879 y la Instrucción del Estanciero en 1881, se extingue el 21 de octubre de 1886.

Por eso aquel "hijo que había dado nombre a su padre", lo reivindicó para siempre en la memoria de todos los argentinos.

lunes, 2 de septiembre de 2019

ÚLTIMOS MOMENTOS DEL GENERAL JOSÉ MIGUEL CARRERA 1821

Por JOSÉ BENITO LAMAS.
El ejército que lo había vencido en el Médano, formado en la plaza, pidió a gritos su muerte. El 4 de septiembre un consejo de guerra lo sentenció a ella.  El 5 por la mañana se la notificaron, anunciándole que, en cuanto se confesase, sería pasado por las armas. Yo fui nombrado para auxiliarlo en su última hora.  Entré en el calabozo y lo hallé escribiendo. El oficial que mandaba la escolta era aquel célebre pardo Barcala, que llegó a coronel y que fué fusilado en el mismo lugar que Carrera en 1834. Según la orden que recibió, le quitó el tintero y el papel en que escribía, para que no perdiera momentos que eran muy preciosos. Carrera cedió con resignación y me suplicó que concluyera la carta. Era dirigida a don Francisco Martínez Matta [Nieto], y comenzaba poco más o menos así: «El 31 de agosto di una batalla en el Médano y fui completamente vencido. Entregado por algunos de mis propios oficiales, me van a fusilar en este mismo momento».
Resultado de imagen para el fusilamiento de carrera  Resultado de imagen para jose miguel carrera
La letra estaba trazada con pulso firme. «Agregue más, me dijo, que le recomiendo a Martínez mi mujer, y que mis hijos sean enviados al colegio de… (me nombró una ciudad de Estados Unidos) para que sean educados». Le prometí hacerlo, pero el oficial se llevó la carta que nunca volvió a mi poder, y no me fué posible, en consecuencia, cumplir mi promesa.  Se retiró el oficial con la carta comenzada y Carrera empezó a quejarse de la injusticia de sus enemigos, O’Higgins, San Martín y  luzuriaga; yo le dije que no era tiempo de eso y procuré traerlo al camino de la religión y del arrepentimiento, como era mi deber. He aquí, poco más o menos, el diálogo que sostuvimos:
Yo. —No, usted no es inocente como dice, sino muy culpado. Voy a demostrárselo a usted. No dudo que usted reconocerá la verdad de nuestra religión, la santidad de su autor, de quien el mismo Rousseau ha dicho que su Evangelio era demasiado divino para ser obra de un hombre. La oración del Padre Nuestro es una de las más bellas oraciones de ese Evangelio. ¿No dice él, perdónanos, Señor, nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores? Perdone, usted, pues, para que Dios le perdone los infinitos males que usted ha cometido. Permanezca usted un breve momento en una dolorosa contemplación de sus culpas y tendrá usted mi absolución; mire usted que los momentos son preciosos; cada uno que pasa lleva consigo un siglo de gloria.
Así lo hizo Carrera, y acabado este acto, le invité para que marchase con recogimiento cristiano al suplicio y que al sentarse en el banquillo pidiese perdón al pueblo de Mendoza por los daños que le había causado. Así me lo prometió y seguimos pocos instantes después al oficial que vino a anunciar que era tiempo de marchar. —Y ¿cómo se va a esta ceremonia? —me preguntó—, ¿Con el sombrero puesto o quitado? —Con el sombrero quitado —le dije—, porque se debe reverencia a este
crucifijo que lleva usted en la mano, imagen de su Dios.
Entonces se lo quitó con unos guantes y suplicó que se lo entregasen como una memoria a su buen amigo el coronel Benavente, que estaba preso en la misma cárcel.  Entraron en ese momento los reverendos padres mercedarios y le pusieron el escapulario de su orden.  Llegamos al umbral de la cárcel. Había que bajar unos escalones y yo le ofrecí mi brazo. «No, me dijo, dirían que tengo miedo». Y a pesar de los gruesos grillos que le oprimían los pies, de un salto los salvó; yo que tenía
desembarazados los míos no me habría atrevido a darlo. Si hubiéramos marchado directamente al sitio de la ejecución, el tránsito habría sido de pocos pasos, pero, sin duda, con el objeto de que Carrera recorriese el cuadro, hicimos un rodeo. Durante él Carrera caminaba con la vista alta y mirando con desdeñosa sonrisa a las tropas que estaban formadas. Me acerqué a él y le recordé que ése no era el modo de la contrición cristiana, que fijase la vista en el crucifijo.
—Padre —me contestó—, no se canse usted, no me ha de hacer abandonar mis principios—. No quise, en consecuencia, hacerle más observaciones sobre este punto, pero no había pasado un minuto cuando uno de los padres mercedarios de la comitiva salió de entre sus compañeros y le dijo:—
Hermano mío, clave usted los ojos en la imagen de Nuestro Señor Jesucristo.
— ¡Qué Padre tan afligido! —le replicó Carrera, y el mercedario se retiró con la cara ardiendo.
Cuando avistamos los banquillos, un joven soldado que estaba acusado de haber sido el que mató al general Morón y que, a la par que el coronel Álvarez, era vecino de Córdoba, que había encabezado una insurrección en el Fraile Muerto en favor de Carrera, debía ser fusilado con éste, no pudo resistir este espectáculo y se desmayó. Entonces Carrera dijo:
—¡Qué muchacho!… tan valiente en la guerra y se desmaya ante la sombra de la muerte.
—En la guerra —le contesté—, el que combate está libre y no engrillado como ese pobre joven, tiene la esperanza de vencer y no la horrible realidad de una muerte infalible.
Llegado al banquillo, Carrera se opuso a que le vendaran los ojos y pidió mandar él la ejecución. Nada de esto se le concedió. Entonces se quitó y doblé un rico poncho que llevaba puesto, y se limpió de las mangas de la chaqueta algunas ligeras motas de pelusa. Se acercó el alguacil como pidiéndole el poncho y Carrera le dijo: 
—No, lo destino para el hermano de mi suegra, a quien me harán el favor de entregarlo—. Se senté) en el banquillo, y en vez de demandar perdón al pueblo de Mendoza como yo se lo había aconsejado, dijo en voz altísima—:
¡Muero por la libertad de América!
Me retiraba yo de su lado cuando me llamó para entregarme su reloj y un nudo de su pelo para que se remitiese a su esposa como una memoria suya. Mal me había separado de él, cuando la escolta descargó sus armas sobre Carrera, corriendo yo gran riesgo de ser herido por las balas que iban dirigidas a él y a sus dos compañeros. Cayó sin vida y el doctor don Clemente Godoy, que estaba a mi lado, me dijo:  —Ha muerto como un filósofo.

(Revista Chilena de Historia y Geografía. Año XI, t. XL.).
JOSÉ BENITO LAMAS. — Sacerdote, profesor y político uruguayo. Nació en Montevideo en 1787
y murió en la misma ciudad en 1857. A los diez y seis años ingresó en la orden de San Francisco. Fué
expulsado de Montevideo por Elío en 1811, a causa de sus actividades en favor de la independencia. En el Colegio de Buenos Aires enseñó filosofía y latinidad, distinguiéndose por su profunda versación en el idioma del Lacio. Con Larrañaga dirigió la enseñanza en Montevideo y tomó parte en la organización de la Biblioteca Pública (1815-1816). Recorrió las provincias del interior argentino, predicando en las principales ciudades. Se hallaba en Mendoza, en 1821, cuando se produjo el fusilamiento de José Miguel Carrera. Lamas le acompañó en sus últimos momentos y le prestó auxilios espirituales. Más tarde en Montevideo fué cura de la Matriz, vicario de la República

extraido de Busaniche "Estampas del Pasado"