Rosas

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viernes, 21 de diciembre de 2018

San Roque González de Santa Cruz

Por Dr. Jorge Mario Bergoglio, S.J.
Dice el P. Del Valle, uno de los tantos que trabajan con ellos: “Todo en esta reducción: iglesia y baptisterio, es construcción hecha por los mismos misioneros. Todo esto se ha levantado mediante los  increíbles trabajos del P. Roque González. Él mismo en persona es carpintero, arquitecto y albañil; maneja el hacha y labra la madera, y la acarrea al sitio de construcción, enganchando él mismo, por falta de otro capaz, la yunta de bueyes. Él hace todo solo”. Aparece aquí el genio organizador de estos hombres orientado hacia la promoción humana, y ésta llevada hasta la última consecuencia: la afirmación consciente de la dignidad del indio como hijo de Dios. Y, si con la energía de la denuncia y el coraje de poner límites, pudo librarlos de manos de encomenderos inescrupulosos, su actividad no se queda en esto, corriendo el riesgo de un cierto nominalismo de denuncia. Va al indio, a su persona, a su dignidad: se inserta, pero sin jugar a la inserción. Y así los vemos, metidos en las mil y una dificultades creadas por la pobreza, las sequías, las enfermedades. Leemos en una carta del P. Provincial Diego de Torres: “Fue servido Nuestro Señor que la enfermedad de las viruelas viniese al Paraguay y su comarca, tan apresurada y de golpe, que fue forzoso que el P. Roque fuese a ayudar... y fue la enfermedad tan grande en nuestra reducción, que las casas de los indios eran hospitales; y lo que más afligía y con razón era el no tener qué darles de comer, porque el mayor regalo que había era una espiga o dos de maíz, que ni aun para nosotros lo tenemos. No parábamos de noche ni de día, visitándolos y ayudándolos como podíamos, y porque la pobreza de estos indios es grande, y por marzo estaba la enfermedad en su punto, y el frío es grande, nosotros les buscábamos leña para que hiciesen lumbre y se calentasen de noche; y a los más necesitados prestábamos nuestras frazadas. Hemos bautizado hasta ahora de los que han muerto hasta cincuenta”. Y también el hambre: “Redújose luego mucha gente, a la cual afligió Nuestro Señor con un hambre tan cruel, que decía el P. Roque no la haber visto jamás tan grande” cuenta el P. Provincial Nicolás Durán Mastrilli. Allí estaban: junto al hambre y a la peste. Ayudando con la propia pobreza... “porque es preciso -dice el Provincial en las Anuas- no sólo ser el maestro de los indios, sino también su padre”.   Aquí, y con palabras anacrónicas, podríamos planteamos el problema pastoral llamado del asistencialismo. 


 Ellos no hacían dicotomías, no separaban el trabajo de ‘reforma de las estructuras’ del trabajo manual, del trabajo de la predicación, e incluso, del trabajo de andar haciendo de enfermeros, sirvientes de los indios. Desde el corazón habían comprendido que el proyecto exigía inserción, y bajo esa luz descubren la trascendencia a la que está orientado el simple curar una llaga de viruelas. Para ellos, lo que hoy algunos -despectivamente- llaman ‘asistencialismo’ era parte orgánica de un todo en su misión, im-plicaba un “estar junto” a los indios, un “adstare” como María al pie de la Cruz. En la misma llaga que curaban descubrían la del despojado que bajó de Jerusalén a Jericó… y esa misma llaga, y el trabajo que dedicaban a ello -por la concepción católica que los inspiraba- les señalaba el camino de la trascendencia. Curar un enfermo, darle de comer, bautizarlo y catequizarlo, enseñarle a labrar, danzar o tallar... todo era trascendente: en primer lugar, de la acción misma hacia la dignidad de la persona; en segundo lugar, hacia Dios. Realzar la dignidad del indio también lleva a Roque a edificar chozas para cada familiar: se crea conciencia de familia como base sólida de la sociedad, frente a la costumbre concubinaria.  En el trabajo de promoción humana hay una “ceremonia” curiosa: estos Padres procuraban cuidadosamente expresar ceremonialmente (no necesariamente en ceremonia religiosa) hechos que significarían progresos en esta promoción. Es, p. ej. el caso de las “cuñas”. La señal de que un indio o una tribu se reducía era la entrega de las cuñas. La cuña era una herramienta de hierro, parte hacha y parte pala. Ellos eran nómades y si sembraban algo lo hacían en algún claro del bosque, y luego -al andar de los meses- volvían por la cosecha. No tenían herramientas como para talar y hacer claros aptos para la siembra. Sus instrumentos de guerra o de labranza eran de madera pasada por el fuego, piedra o hueso tallado. Con la entrega de las cuñas, los Padres introducen a estos hombres en la edad de hierro: ellos vivían en la edad de piedra. Bien hace notar un historiador contemporáneo que, cuando los jesuitas fueron expulsados, los indios no vuelven al monte, no podían volver, porque “quien ha sido vacunado por el hierro no puede volver a la selva”.   La dignidad del indio alcanzaba su expresión más acabada en el bautismo. Oigamos una de las tantas descripciones del mismo San Roque al Provincial Diego de Torres: “Para nuestro servicio se construye la habitación y el templo.  Muy cómodo todo, cerrado con tapia, los edificios con viguería de cedro, muy abundantes en estas regiones. Mucho hemos trabajado en el arreglo de todo esto, pero con mucho más entusiasmo y aplicación, y con todas nuestras fuerzas en construir a Dios nuestro Señor, templos, no hechos a mano, sino espirituales, cuales son las almas de estos indígenas. Los domingos y en las fiestas se predica durante la santa misa, precediendo a ella la explicación del catecismo.  No mucho después del almuerzo... se les enseña por espacio de dos horas a leer y escribir. Asisten los catecúmenos, los cuales después de la salida de los muchachos reciben su instrucción por una hora más sobre todo lo que se refiere al bautismo ... Por lo tanto se escogen cada mes los más preparados para el bautismo y siempre queda un buen número de atrasados. Entre los que han sido bautizados este año, unos 120, estaban unos antiguos hechiceros”.  No siempre se podía preparar con cuidado el bautismo: a veces urgía la necesidad. Leemos en una de las Anuas: “Pero aún más raro caso fue el de cuatro niños que iban enfermos en una canoa que el P. Roque topó, pasando por un pantano grande... y al pasar la canoa bautizó los dichos cuatro niños, que iban muy enfermos, con las aguas del Paraná donde estaban, que fue para ellos el Jordán de su bautismo; y uno de ellos expiró en bautizándole; y de estos lances se ofrecieron muchos... “ La ceremonia del bautismo era central en toda la vida de una Reducción, pero no se trataba de algo separado, como ajeno. Todo iba unido, y sin embargo- no se confundía. Estos hombres habían sentido a fondo el misterio de la Encarnación del Verbo, lo contemplaban “ansí nuevamente encarnado”:  labraban, embarraban, construían, daban de comer, enseñaban oficios, cuidaban enfermos, adoctrinaban, bautizaban... En todo buscando hacer salir a luz la dignidad del indio. Todas estas actividades iban juntas, pero no las confunden: en el bautismo hay algo cualitativamente distinto: “Cuando se trata de bautizar a algunos y su desnudez pudiera ser obstáculo para ello -dice el Provincial en una Anua- es necesario que de parte de los nuestros se les dé gustosamente hasta la camisa”. La ceremonia del bautismo, por su misma importancia, es narrada de manera singular: “Entraron los catecúmenos en la iglesia con palmas en las manos y señales de gran regocijo... Nuestra pobre Iglesia estaba profusamente adornada con flores y ramos, en especial el baptisterio... Duró la solemnidad toda la tarde, hasta anochecer. Estaban colocados los catecúmenos en dos filas, y yo con los ornamentos sagrados en medio de ellos. Apenas comencé... cuando me sobrevino tal emoción que a duras penas y entre lágrimas podía proseguir las ceremonias. Terminados los bautismos arreglé el orden de la procesión del siguiente modo: delante marchaban los niños, siguiendo a ellos los hombres, después las mujeres y al fin los recién bautizados. Salió afuera la procesión, dio una vuelta por el pueblo y volvió a la iglesia, donde se concluyó la solemnidad con el Te Deum”, cuenta el P. del Valle.   El bautismo es, para todos ellos, realidad. Para el enemigo, será el símbolo que habrá de destruir con más celeridad. Por ello, el único rito que el cacique Ñezú practica en la conjura contra los tres santos es el “desbautizar”, como lo veremos enseguida. El P. Roque sabe que está sembrando para Cristo, que está liberando para Cristo... y no puede eludir de su conciencia la clave de interpretación de la historia que le ofrece la meditación de las Dos Banderas, que tantas veces rumió su corazón jesuita. Y, en medio de estos acontecimientos, sabe descubrir la presencia de Satanás. Sigamos su propio relato: “pero el demonio, temeroso de salir de su antigua posesión, procuraba todos los estorbos posibles, moviendo los ánimos de los indios contra mí...”, “... y así porque no quedase parte alguna por donde no intentase romper portillo, para desencasillar aquel tirano que tantos siglos había sin contradicción gozado de aquella provincia...” Llama la atención el verbo que usa: desencasillar, es decir, sacar de su castillo, romper la fortaleza. Hay todo un talante bélico en el proyecto de libertad, pero Roque, en esta guerra, no confunde al enemigo: sabe bien quién es. En otra parte dice: “pues con haber hecho todo lo que pude, y haber arriesgado mi vida por dos veces, por no desamparar aquellas pobres almas, todo cuanto yo trazaba se deshacía, y se armó todo el infierno contra mí, de tal suerte que puedo decir con verdad que mis trabajuelos y peregrinaciones nunca han sido tan apretados como en ésta del Ibicuité y Tapé”. Expresiones del estilo aparecen continuamente en sus escritos. Más todavía, la batalla se da dentro de su corazón mismo. Roque era, temperalmente, un depresivo. Escribe a su Provincial Diego de Torres, e1 26 de noviembre de 1614: “Yo he quedado con mis afligimientos del corazón tan continuos ... y me aprietan tanto, que me veo y deseo y tan apique de perder la vida, o dar en algún disparate ... y así digo, que puesto que vivo muriendo aquí y temo perder el juicio, según tengo la cabeza cansada y quebrada con la continua guerra que siempre tengo con tantos escrúpulos y tanta soledad y melancolías: con todo digo estar resuelto a estarme aquí, aunque muera mil muertes y pierda mil vidas, que no serán para mí pérdidas sino ganancias...”.  Siempre que una empresa de promoción y libertad humanas es bien llevada, provoca conflicto. El signo, para distinguir si el conf1icto está enfrentado según Dios o según el mal espíritu, hay que buscarlo en el corazón del apóstol: cuando un conflicto es fruto de una guerra contra Satanás, ese conflicto pasa necesariamente por el corazón del apóstol, lo crucifica. Y esto, porque así se dio la Encarnación del Verbo, porque “el Verbo es venido en carne”, porque se quiere llevar -hasta las últimas consecuencias de dignidad- todo el trabajo de promoción y libertad integral del hombre. Los conflictos que no son crucificantes del corazón del apóstol son conflictos sin corazón, sin ternura, son cruz sin carne, redención sin Madre, Bandera de combate sin los estandartes inclaudicables de la Cruz y de La Virgen.  Roque y los suyos van a la guerra, y lo hacen con estos estandartes. La cruz como victoria y promesa de nuevas victorias. Así nos cuenta él mismo la fiesta de San Ignacio de 1615: “En el cual día dijimos la primera misa, procurando celebrar aquella santa fiesta con la renovación de votos y con otros regocijos exteriores, según los pocos posibles de la tierra.... Y lo que fue de mucha devoción es que los indios levantaron una cruz delante de la Iglesia y habiéndoles dicho la razón porque los cristianos la adoramos, nosotros y ellos la adoramos todos de rodillas; y aunque es la última que hay en estas partes, espero en Nuestro Señor ha de ser principio de que se levanten otras muchas... “Resultado de imagen para roque gonzalez de santa cruz
“Entre los objetos sagrados, había yo traído -dice el Provincial- una imagen de la Virgen Santísima, pintada, para que fuera colocada en el templo. Al saber esto los indios resolvieron en su alegría, recibirla con la mayor solemnidad posible ... Todavía no habíamos llegado al pueblo, cuando todos en solemne procesión salieron al encuentro de la imagen, saludándola los niños y las niñas cantando, los demás a son de música, tocando flautas y timbales a su usanza y el sacerdote recitando las preces del ritual; puesta la imagen bajo palio de seda la sostuvieron cuatro caciques hasta llegar al pueblo... “. Esa imagen de la Limpia Concepción acompañó desde entonces a San Roque quien, por atribuirle todos sus triunfos, la llamaba “La Conquistadora”. A este cuadro “lo harán jirones” los conjurados de Ñezú minutos después del martirio de los PP. Roque y Alonso; y el Provincial Vázquez Trujillo relata así cómo termina la historia de esta imagen: “Recogieron los indios todas las cenizas y con grande veneración las trajeron a la Candelaria: pero el principal tesoro que allí se halló fue el lienzo de la devotísima imagen de Nuestra Señora, la Conquistadora, rasgada por medio en aquellos campos. Juntaron los dos lienzos y por triunfo del buen suceso de la victoria, los pusieron en la bandera del ejército... “  Roque va a la guerra: ve el conf1icto, lo siente en su corazón y no se amilana. Sabe leer los signos de los tiempos, así como supo entender “las intenciones de Dios”. Sabe que Satanás está encaramado en una “cátedra de fuego y humo”, en la persona de los hechiceros, y desde allí domina a ese pueblo que quiere liberar. Todo gobierno despótico (ilegítimo no sólo por su origen sino aún siendo legítimo su origen- porque no cuida de su pueblo) fomenta sus bajos instintos. Los hechiceros les permitían vivir como quisieran porque sabían que así los iban a tener sojuzgados. No les solucionaban el problema del hambre ni de la peste porque no los querían. Tampoco les exigían trabajar. Toda autoridad que no enmarca, que no conduce, sino que deja librado todo a sus pasiones es una autoridad criminal. Con este crimen paga el que no se ponga en tela de juicio el hecho de su autoridad. Es una autoridad que se autoref1eja en un narcisismo contemplativo: es una autoridad fundamentalmente vanidosa, y de ahí que no sea paternal sino permisiva, disgregante.Disolvente, des-edificante. Y así era la autoridad de los hechiceros. Roque quiere liberar a sus hijos de esta esclavitud, y con los estandartes de la Cruz y de la Virgen toma su decisión.   El Capitán Santiago Guarecupí, testigo, cuenta así los antecedentes del desenlace: “... y la verdad del caso fue que los indios hechiceros que se hacían dioses entre aquellos indios siempre tuvieron odio mortal a aquellos Padres,  por ver que les quitaban ser adorados y sus muchas mujeres y vicios carnales; y que lo que le predicaban era contrario a sus malas costumbres, diciendo que no era bien dejar el ser de sus pasados y el dios que ellos sabían ser verdadero, por el que los Padres predicaban que era dios de los españoles y no más: y que siempre procuraban estorbar se extendiese la predicación evangélica. Hasta que un indio hechicero llamado Ñezú, que era tenido por dios, y le temían mucho los demás indios, caciques y hechiceros, hizo junta en el pueblo de Yjuhí donde él asistía y estaba el Padre Castillo doctrinando a los indios de él: y allí junto a los demás indios que convenía matasen a aquellos Padres todos y quemasen y consumiesen aquellas cruces e imágenes que traían; y los que se habían bautizado se volviesen a su ser antiguo y gentilidad, porque él lo quería y mandaba así. Y para que viesen el modo que había de tener para borrar el bautismo, llamó a unos niños bautizados y con una agua que sacaba de debajo de sí, diciendo que era sudor o licor que él destilaba de su cuerpo, les lavó la cabeza, pecho y espaldas y rayó la lengua diciendo que así se quitaba el bautismo, y lo haría quitar a los demás cristianos del Uruguay: y a los dichos niños los bautizó y puso nombres gentiles diciendo: ésta, sí, es nuestra ley perfecta; y no la que estos Padres enseñan... Y les mandó que no temiesen; que él, como dios que era, les favorecería y pondría tinieblas muy oscuras a los que quisiesen defender a los Padres, y les enviaría tigres que los comiesen; que si ellos no hacían aquello que les mandaba, los haría comer por los tigres, y enviaría diluvio de aguas que los anegase, y criaría cerros sobre sus pueblos, y se subiría al cielo y volvería la tierra lo de abajo arriba. Con que todos los indios creyeron y temieron, como temían siempre”. Al proyecto de libertad integral de los tres Santos se oponía éste, grandilocuente, fascinante  porque -como todo proyecto inhumano- tenía una apoyatura ideológica que lo justificaba: el mantenerse en el ser de los mayores.  El final ya lo conocemos. El martirio fue un paso más en el camino de amplios horizontes que se habían impuesto estos hombres. Se animaron a superar los límites en busca de la libertad cristiana, de la justicia evangélica, para esos indios que amaban como hijos; soportaban con paciencia mil y una  contradicciones... pero ellos estaban más allá, convencidos íntimamente de que el tiempo era de ellos. Hombres de tiempo, con la sabiduría de superar coyunturas.  El P. Durán Mastrilli, en una Anua, indica esta direccionalidad de grandeza: “...Sólo el P. Roque osó emprender esta hazaña de colocar el estandarte de nuestra salud donde no llegaron las banderas de España, fundando en una parte de esta Provincia la reducción de la Concepción... Mas aunque estuvo el P. Roque con el P. Alonso de Aragona, siete años enteros con increíble paciencia aguardando sazón de penetrar más adentro, nunca lo pudieron tener, antes parece mostraba Dios no haber llegado la hora de su misericordia para esta provincia, pues afligió por tres años continuos los nuevamente reducidos en el dicho lugar, con una cruelísima peste, que hizo tal estrago que apenas quedaron sesenta familias pasado el azote, y mientras duró no se oía otra cosa en todo el pueblo, de día y de noche, que miserables lamentos y alaridos. Estuvo el Padre tentado de desistir de la empresa, pues veía tan poca medra de sus grandes trabajos, y cometer alguna otra, digna de su apostólico celo en las demás naciones no convertidas... “. Sin embargo, Roque no se deja vencer por esta tentación: su corazón sabía que en el tiempo se maduran las cosas, y que el sólo esperar, aguantar, mirando más allá de la coyuntura, es lo que posibilita transformar el límite en horizonte. Para Roque, la constancia en la espera significaba ya poner fundamento a un pueblo. Esto sólo lo entiende quien tiene corazón de padre.   Dije, al comenzar, que inspirando el trabajo de estos tres santos estaba el proyecto de un corazón: el de Ignacio de Loyola, Isabel de Castilla... había una concepción de dignidad del indio. Esto hace comprender mejor el modo que tienen de manejarse frente a las dificultades, la “pietas” que empapaba la actitud misionera. Era una guerra, lo dije, pero una guerra peculiar. Las grandes guerras de conquista y anexión las ganaron siempre quienes dominaron el mar; las grandes guerras en pro de la consolidación de los pueblos las ganaron -en cambio- quienes se atrevieron a dejar las costas y se adentraron en la tierra, aquellos hombres de alma mediterránea. Contemporáneo al proyecto de Roque había otros que no se preocupaban por dar fuerza de pueblo, p. ej. a sus posesiones asiáticas, sino que -de modo fenicio- establecían una serie de fortalezas y factorías en lugares estratégicos sin penetrar en el interior. Estos tres hombres se adentraron en el monte y en el alma del indio, por eso consolidaron pueblos.  El martirio es -humanamente hablando- una derrota. Y. en este caso, también una suerte de profecía sobre derrotas futuras, que la Providencia de Dios fue permitiendo. Un año después de la glorificación de estos tres hombres, en 1629, se da la primera gran maloca en la zona de Guayrá, y en 1639 en la zona de Tapé. Las bandeiras destruirían progresivamente esas fronteras vivas buscando llegar al “mineral de Bolivia” (llámase la plata del Potosí o el hierro del Mutún). España, debilitada en ese entonces, no podía hacer fortificaciones... y poco más de un siglo después, en 1750, se llega así al ‘Tratado de Permuta”, en el que el príncipe se olvida de su pueblo, y España entrega lo suyo a cambio de lo que ya era suyo. Las cortes ilustradas borbónicas culminan su proceso de consolidación en Europa. El Codicilo de Isabel I sería suplido por las instrucciones de S.M. Don Carlos III al visitador José Galvez: “responder a la noble intención de organizar este gran reino y uniformar su sistema político y económico con el de la metrópoli, de lo cual resultaría, entre otras muchas ventajas reveladas por el tiempo, que su gobierno estaría calibrado según el interior gobierno residente en España, y que aquellos que vinieren a desempeñar cargos no tendrían que aprender reglas contrarias, o. al menos muy diferentes a las observadas en su país de origen...”. La universalidad fecunda que integra y respeta las diferencias e idiosincrasias es suplida por una hegemonía metropolitana absorbente, de tipo dominador. Estas tierras, que eran “Provincias” del Reino pasan a ser “Colonias”. Aquí no cabía lugar para proyectos de corazones: era la época de la ilustración de la mente. En 1767 (ciento cuarenta años después del martirio), inspirado por el Conde de Aranda, se da el extrañamiento de los jesuitas de estas tierras, y ya en 1773 las cortes borbónicas logran, gracias a la habilidad diplomática del embajador Moñino y a la codicia y ambición desmedida de Bontempi, la disolución de la Compañía. Podríamos completar la tríada con el hechicero Ñezú. Para el caso es lo mismo. Se destruía el proyecto de un corazón.  Los testimonios de la época nos dicen que -al día siguiente del martiriolos indios “volvieron sobre sus pasos” y “acercándose a contemplar los restos del incendio, escucharon voces que les hablaban y distinguieron con claridad ser la del Padre Roque González que, después de muerto les anunciaba su propia suerte... y les decía: ‘Aunque me matáis, no muero; porque mi alma va al cielo, y yo me apartaré de vosotros, pero volveré; mas no tardará el castigo’.  Se acercaron a los cuerpos que no se habían quemado, y arrastrando fuera de las cenizas al Padre Roque, del cual salían aquellas proféticas palabras, viendo que sus labios deshechos no podían proferirlas, mandó Caarupé a Maranguá, que le abriera el pecho, y le arrancara el corazón, pues con él evidentemente les hablaba. El mismo Maranguá confesó después cómo ejecutó este mandato. Abrióle el pecho, arrancóle el corazón, atravesólo con una saeta, y viéndole entonces callar, lo arrojó de nuevo a las llamas avivadas, para que se consumiera con los cuerpos”. Y el corazón no se consumió. Lo hemos venerado aquí, en la Iglesia del Salvador, hasta 1960, en que fue llevado a Asunción, donde está ahora. Consta la pericia médica que se hizo en 1928, a los 300 años del martirio.  El corazón habló... y lo hizo en guaraní. La lengua imperial de Nebrija no se sintió ofendida por ello, más bien creo que -orgullosa- habrá saltado de gozo por haber posibilitado que la santa fe fuera proclamada en otra lengua.  Al comenzar hablé de una gesta nacida del proyecto de un corazón. Nos hemos introducido en la maraña de aventuras y acontecimientos, un poco como lo harían estos santos, en una canoa, por los riachos del Guayrá y del Tapé. Han pasado 55 minutos... y han pasado los siglos. De aquella gesta, un positivista podría decimos que quedan ruinas, y si además es liberal, que queda consignada una utopía... Para un marxista quizá quedaría la frustración de una clase social... Para nosotros, ha permanecido la dignidad de un pueblo, que profesa su fe, que bautiza a sus hijos, que confiesa sus pecados y se alimenta con el Cuerpo de Cristo. Un pueblo que aprendió a ser digno de su trabajo. Existió el proyecto de un corazón... ahora nos habla el Corazón de un proyecto, que todavía tiene vigencia y nos despierta a la memoria... y “tener memoria” es la garantía de que se puede ser fecundo yy tener descendencia “como las estrellas del cielo y las arenas del mar”.

jueves, 20 de diciembre de 2018

Proyección cultural y evangelizadora de los mártires rioplatenses

Por Dr. Jorge Mario Bergoglio, S.J. (Obispo auxiliar de Buenos Aires) Hoy Papa Francisco
"Los campos del Paraguay serán testigos de tres plantas de gloriosísimos mártires (primer fruto de aquellas vegas) se presentan ante V.M. como ante su Señor natural, esperando que se dignará de que lleguen a sus manos, a la manera que gusta V.M. alguna mañana tomar por su mano propia las primeras flores del verano de sus reales jardines. Guarde Nuestro Señor la católica y real persona de V.M. como la cristiandad ha menester”.  Así escribía el P. Juan Bautista Ferrufino, Procurador General de la Provincia del Paraguay, al Rey de España, para informarle sobre el martirio de los Padres Roque González de Santa Cruz, Alonso Rodríguez y Juan del Castillo.
La carta del P. Ferrufino al Rey aflora la memoria de un encuadramiento histórico: no resulta difícil leer entre líneas el texto del Codicilo de Isabel I de Castilla: ..... nuestra principal intención fue ... de procurar inducir e traer los pueblos dellas e los convertir a nuestra Santa Fe Cathólica, e enviar a las dichas Islas e Tierra Firme, Prelados e Religiosos e otras personas doctas e temerosas de Dios, para instruir los vezinos e moradores dellas en la Fe Cathólica, e los enseñar e doctrinar buenas costumbres, e poner en ello la diligencia de vida: ... por ende suplico al Rey mi Señor muy afectuosamente, y encargo y mando a la dicha Princesa mi fija e al dicho Príncipe su marido, que ansí lo fagan e cumplan e que este sea su principal fin, e que en ello pongan mucha diligencia, e no consientan ni den lugar que los indios vezinos e moradores de las dichas Indias e Tierra Firme, ganadas e por ganar, resciban agravio alguno en sus personas ni bienes, mas manden que sean bien e justamente tratados, e si alguno agravio han rescevido lo remedien e provean por manera que no se exceda en cosa alguna... “.
Lucha espiritual embebida del espíritu de los Ejercicios, y fiesta de gloria en el anonadamiento de estas tres espigas cargadas de fruto... proyecto de dignidad. Se trata del proyecto de un corazón, no sólo del de Ignacio de Loyola, Isabel de Castilla, o del de su nieto Don Carlos I;  Es también el proyecto del corazón de un pueblo que lleva el Evangelio y sabe abrirse -porque es justicia- a la cultura de los pueblos a quienes evangeliza ... y -a la vez- el proyecto del corazón de otro pueblo que -por su parte- abre su cultura a la semilla del Evangelio, el cual -en esas latitudes- florecerá igual y distinta: será trigo ... pero de tierra rojiza. 
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 El asunceño Roque González de Santa Cruz como los dos españoles, Juan del Castillo y Alonso Rodríguez (estos dos, ex alumnos de nuestro Colegio Máximo), evocan proyecto.  El proyecto se encuadra en la realidad y en la misión de estos hombres. Reina Felipe III. Hernandarias, el hijo de la tierra, y el Provincial Diego de Torres, avalados por el oidor Alfaro (padre del jesuita Diego de Alfaro que morirá mártir de los bandeirantes en 1639) se ponen de acuerdo en tres puntos:  fundar pueblos (fronteras vivas: no olvidemos que ésta era la interpretación que de facto daba Portugal al Tratado de Tordesillas): salvar a esas gentes para devolverles la dignidad de hijos de Dios (quienes, con otros colonizadores serían esclavos); mandar los seis primeros misioneros, entre los que va Roque González, todavía novicio: “Llegando a la Asunción me pidió el Gobernador
Hernando Arias, con parecer del Obispo, que enviase seis padres a las provincias del Guayrá, Paraná y Guaycurúes ... Yo los envié luego ... Los seis religiosos son siervos de Dios ... y han ido con grande celo ... “ escribe el Provincial Diego de Torres a Felipe III
. El Provincial conocía el sistema de las Reducciones porque había estado en la misión del Julí, en Perú. Allí se hizo la primera experiencia de hacer un pueblo exclusivamente de indios. Al hablar del proyecto tampoco olvidemos que estamos en el gran momento de Suárez, y probablemente alguno de esos jesuitas haya sido alumno de él.... y todo el derecho de gentes de Suárez y Vitoria pondrá su cuota de inspiración a esta experiencia: el poder viene de Dios. El problema se plantea en el depositario del poder. Ellos sostienen que es el pueblo quien lo delega en el príncipe (en cuanto princeps, principal). Más adelante América, en el Tratado de Permuta, será testigo del trastoque de este derecho: el príncipe no buscará el bien común, y -desde las esferas de la ilustración- quedará traicionada la vida y la cultura del pueblo.   Roque González entra en este proyecto de manera natural. Se había criado allí, era un lenguaraz, poseía la lengua guaraní como la suya nativa. Se había criado entre españoles e indios, y el trato con el indio lo llevó a penetrar tan hondamente en su alma, que aprendió “su admiración por lo maravilloso (fundamento de la autoridad de sus hechiceros), el influjo que sobre sus imaginaciones
tenía la audacia y elocuencia, resorte autoritario de sus caciques; sus supersticiones, causa de las depresiones y levantamiento de sus espíritus veleidosos; y su egoísmo pueril, que con tanta frecuencia los seducía con bagatelas.  El corazón del indio, tímido, receloso, aparentemente sumiso, pero que con frecuencia oculta bajo las aguas tranquilas de esa sumisión, verdaderas tormentas de odios y de pasiones, cuando le parece que se encuentra bajo la tiranía de los vejámenes; abierto y dado hasta el heroísmo, cuando se siente prendado por la bondad que ha engendrado en su pecho el amor...Llegó a amarlos como hermanos y ellos le correspondieron con la sinceridad del amor de los hijos para con su padre”. (P. Blanco). Esta última afirmación
no es retórica: entraña el núcleo mismo de la actitud de estos tres hombres.  Sabían de ternura y de cariño para conocer el alma de un pueblo ... Hacia el fin de la historia sonará desgarradora la respuesta de los indios al P. Romero, quien fue a cerciorarse del martirio y les preguntó por los Padres: “ya no tenemos padres, que los han muerto” ... un sentimiento del corazón filial de esos
hombres y mujeres que revolvían entre los restos de la hoguera buscando reliquias mientras decían a quienes se mostraban aprensivos: “¿Cómo siendo nuestros padres habremos de tener asco?”.  García Céspedes lo expresa así: “Se ordenó de sacerdote: y luego subió a la Provincia del río arriba del Paraguay, a predicar y enseñar el Santo Evangelio en la Provincia del Maracayú, adonde estuvo algún tiempo convirtiendo aquellos indios a nuestra santa fe, y ocupándose en obras de caridad entre ellos, que le amaban tanto que hasta hoy día vive en ellos la memoria de dicho Padre”. Estoy convencido que para comprender la proyección cultural y evangelizadora de los Santos Mártires, es necesario adentrarse en esta actitud de su corazón: la paternidad. Si quisiéramos decirlo en lenguaje corriente
afirmaríamos que se jugaron a tener hijos, y eso implica cariño, ternura, capacidad de dar la propia vida. Son los Santos Mártires, porque fueron (y son) los padres de un pueblo. Todo proyecto de paternidad entraña necesariamente una dimensión de grandeza, cuya raíz es la aceptación del autotrascenderse. El proyecto de estos hombres es un proyecto de grandeza, distinto de cualquier
proyecto de tipo inmanente, mezquino en sí mismo. Partiendo de esta realidad: la paternidad que les confiere grandeza; tiende necesariamente a dar vida, a hacer crecer en libertad. Es un proyecto de libertad, de liberación cristiana... y no creo falsear la historia si -anacrónicamente- digo que es un proyecto de liberación. La pregunta viene sola: ¿qué teología de libertad, y qué teología de liberación,
subyacen en este proyecto? Puesto que la médula es la paternidad, se trata de un proyecto definitivamente opuesto a los proyectos ilustrados de cualquier signo, los cuales, prescinden del calor popular, del sentimiento, y de la organización y trabajo del pueblo. No implementaron un proceso de repliegue sobre la propia cultura (en este caso la de los indios) olvidando el destino de universalidad de todo proyecto cultural: éste sería, p. ej., el papel jugado por los marxismos indigenistas que reniegan de la importancia de la fe en el sentido trascendente de la cultura de los pueblos, y reducen la cultura a un campo de confrontación y lucha, en el cual, la dimensión manifiesta del ser, adquiere un valor meramente mundano y materialista, desprovisto de todo sentido de
integración y trascendencia.
Tampoco se trata de un proyecto que facilite la absorción fácil de estilos de vida ajenos, y que por tanto rechaza el conf1icto tan fundamental de ser uno mismo y -a la vez- confirmar las diferencias. Este tipo de proyecto marca una postura claudicante que niega la riqueza de lo diverso. El proyecto de los tres Mártires es un proyecto de libertad cristiana, de
hacer libres a los hombres, y que tendrá su centro en las Reducciones. Estas llegarán a ser 30. De ellas, 15 caían en el actual territorio argentino, 7 en Brasil y 8 en Paraguay.
Libertad que implica crecer en capacidad de librarse, zafarse, de todo tipo de esclavitud. El pecado no mira al color de la piel sino al color del alma, y en este caso era tan opresor un bandeirante, un encomendero venal o un hechicero. Esclavizaba tanto el yugo de una servidumbre humillante, como la superstición de una brujería o el hambre o la peste de viruelas. En todas estas direcciones se movió el trabajo de liberación.   Roque, siendo cura en Asunción, atiende tanto a indios como a españoles.
Y no le faltará coraje para -luego ya en sus correrías por el monte- detener una guerra de indios como frenar la ambición de los encomenderos (recuérdese el incidente con el Gobernador Céspedes). Ruiz de Montoya se refiere al problema de los encomenderos, e indicaba: “los efectos de estos agravios... El uno no querer los naturales recibir el Evangelio... El otro sea, los ya cristianos detestarlo; porque si por el oído oyen la justificación de la ley divina, por los ojos ven la contradicción humana ejercitada en obras. En muchas Provincias hemos oído a los naturales este argumento, y visto retirarse de nuestra predicación, infamada por los malos cristianos”. Roque no era un revoltoso, y -si bien debía enfrentar conflictos muy serios- no se dejaba enredar en ellos. Sabía decir las verdades como padre cuando se refiere a la defensa de sus hijos.  Roque libera al indio de la usura de los encomenderos. Escribe a su hermano, Don Francisco González de Santa Cruz, Gobernador interino de Asunción: “No es de ayer sino muy antiguo a esos señores encomenderos y soldados quejarse contra la Compañía (de Jesús) por volver por los indios y por la justicia que tienen de ser libres. Y estos debates crecieron más después que los de la Compañía como vasallos de Su Majestad apoyaron lo que justísimamente mandó por su visitador (Alfaro), que los indios fuesen libres de la servidumbre. Y como los indios fuesen entendiendo la libertad en que el Rey les ponía, pagando su tributo, temiéronse los encomenderos que les habíamos de ser de graves daños los de la Compañía. Nuestro Señor, que lo sabe todo, enviara remedio, y no está lejos el día en que se castigarán agravios, particularmente hechos contra los pobres. Verá V.M. cómo se han informado mal los encomenderos (quizás engañados de su pasión) diciendo que no tienen los indios con qué pagarles los muchos años de tributos que les deben. Lo cual no ha causado en mí pequeña admiración, porque sé cierto que con cuanto tienen, aunque se queden en camisa, no pudieran satisfacer lo mucho que deben a los indios. Y el estar en esta ceguedad tan grande los encomenderos, es la causa de que no los quiere confesar gente que sabe, y de mí digo que no confesaré ninguno, porque han hecho el mal y aún reconocerlo no quieren, cuanto más restituir y enmendarse. Allá lo verán por su mal, si no se componen antes con los indios, delante del que, por ser infinitamente sabio, no hay (caso de) echarle dado falso”. Expresiones fuertes, una teología de la confesión sólida y  una referencia al juicio de Dios. Llama la atención cómo San Roque da vuelta el argumento: no son los indios quienes deben a los encomenderos, sino éstos a aquéllos. La exigencia de conversión del corazón es el momento espiritual de liberación del pecado propio y liberación del mal que sufren los indios. A través de esa conversión, se da el cambio de estructura pecaminosa de la relación económica: no son los indios los que deben pagar lo que han trabajado, sino el encomendero valorar el sujeto trabajador que acrecienta su riqueza.  El endeudamiento no puede ser mirado en relación al producto objetivo en juego, sino a los sujetos afectados. Es la misma paternidad quien le inspira este camino distinto, la paternidad que atiende las heridas de la injusticia
tanto para los que la sufren como para el que las comete, la paternidad que induce a los indios a asumir en su cultura la conciencia de justicia y libertad. Desde su corazón sacerdotal, celoso de la conversión de las almas, cambia las estructuras mismas de la injusticia e incultura los valores evangélicos.  Y junto a esta re-pristinación de la justicia, los tres santos trabajan incansablemente
en un proyecto de promoción humana. Porque conocían el alma del indio sentían sus necesidades. De ahí que pongan manos a la obra en la construcción de las Reducciones.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Eduarda Damasia Mansilla, la hija del Héroe de Obligado

Por el Prof. Jbismarck
 Eduarda Damasia Mansilla Ortiz de Rozas fue la segunda hija del matrimonio formado por el general Lucio Norberto Mansilla (1792-1871) y doña Agustina Ortiz de Rozas (1816-1898). Nació en la ciudad de Buenos Aires el 11 de diciembre de 1834 y falleció, en la misma ciudad, el 20 de diciembre de 1892.  En 1855 se casa con Manuel Rafael García Aguirre (1826-1887), quien desarrolló una destacada carrera diplomática. Construyeron un proyecto familiar que años más tarde, y por la profesión del esposo, los llevaría a otras latitudes. Conocer, someramente, el periplo y las vicisitudes que la familia vivió a partir de 1861 es fundamental por lo que significó para Eduarda Mansilla el contacto con otros ámbitos sociales y culturales. Gran parte de su producción literaria y periodística estará signada por estas experiencias.  Comisionado por el Presidente Santiago Derqui para estudiar los Tribunales Federales de los Estados Unidos. Esto motiva que el matrimonio, que ya había tenido a sus primeros dos hijos –Eduarda Nicolasa, a la que familiarmente llamaban Eda (1855-1945) y Manuel José (1859-1910) –, tenga que partir del país.  Bartolomé Mitre fue designar a García como Secretario de la Legación Argentina en Francia, Italia y España; allí traban amistad con el Ministro Plenipotenciario Mariano Balcarce y su esposa, Mercedes de San Martín y Escalada; relación que será evocada por Eduarda Mansilla en su artículo “Desde la Patria” (El Nacional, 26 de mayo de 1880). Este nuevo destino determina que durante esos años viajen, en especial, a París, Florencia y Madrid. En los escritos periodísticos de Eduarda, el ámbito parisino será el más evocado. 
 Agustina Ortiz de Rozas de Mansilla con su hija Eduarda Mansilla.
Domingo Faustino Sarmiento designa a Manuel Rafael García, en octubre de 1868, Ministro Plenipotenciario ante los Estados Unidos de Norteamérica, con residencia en Washington.  Esto ocasiona un nuevo desplazamiento de la familia, que ya contaba con otros dos nuevos integrantes, Rafael (1865-1894) y Daniel (1866-1957). Una de las primeras tareas que realiza García, junto con la ayuda de Mary Peabody Mann, por decisión del presidente y del Ministro de Educación Nicolás Avellaneda, es la selección de maestras que luego viajan a la Argentina, base del sistema educativo argentino. También en esta actividad tendrá un rol importante Eduarda Mansilla.  Eduardo Antonio (1871-1930),nace en Washington, el 7 de enero y 2 años más tarde en París, nace Carlos (1875-1944), el último de los hijos del matrimonio. García, en su extensa carrera diplomática ocupa, en 1886, el cargo de ministro plenipotenciario ante el Imperio Austro-Húngaro, con sede en Viena, donde fallece.  En cuanto a Eduarda, habría regresado a Europa desde Buenos Aires hacia finales de 1885 o comienzos de 1886. Acompaña a su esposo en sus últimos momentos y queda luego con su hijo Daniel, que había seguido la carrera diplomática.

Resultado de imagen para eduarda mansillaEn 1890 regresa definitivamente a la Argentina, donde fallece el 20 de diciembre de 1892. Un dato relevante en lo familiar es que por pedido de Manuel Rafael y de Eduarda, los hijos del matrimonio llevaron el apellido García-Mansilla unido por un guión, que simbolizó el deseo de consolidar la hermandad entre los argentinos.  
Eduarda Mansilla, comienza su labor literaria, en el año de 1860, en el que escribe sus dos primeras novelas: El médico de San Luis, publicada en formato libro, y Lucía. Novela sacada de la Historia Argentina, editada en el Folletín del diario La Tribuna. Aunque en ese mismo año se publicó también como libro, no volvió a reeditarse hasta 1882, con el título Lucía Miranda.  Su siguiente novela, Pablo ou La vie dans les Pampas, escrita en francés –que la convirtió en la primera escritora argentina en emplear esa lengua para su producción narrativa– vio la luz en el folletín de L’Artiste, en 1868; se publicó como libro al año siguiente, y se conoció en nuestro país entre el 28 y 29 de noviembre (número único) y el 30 de diciembre de 1870, en veinte entregas, gracias a la traducción de su hermano Lucio V. Mansilla, aparecida en el folletín de La Tribuna con el título de Pablo o la vida en las pampas. El escribir en francés, algo no frecuente en la época, es ejemplo de un nuevo paradigma literario, basado en la pluriculturalidad y el plurilingüismo, que la posiciona, al decir de Steiner (1971), como una escritora extraterritorial: ello implica tomar distancia de la propia cultura, pero en el caso de Eduarda no significa un desarraigo ya que la temática de la novela gira en torno a la problemática política entre unitarios y federales, en un espacio exótico para la cultura europea, la pampa argentina. Después de esta publicación, su actividad literaria continúa en Europa, desde donde envía varios trabajos para la revista literaria argentina La Ondina del Plata.

Resultado de imagen para eduarda mansillaSe sospecha que uno de los objetivos que se había propuesto Mansilla al volver a suelo argentino era reunir su producción literaria, lo que se concretó en esos años al editarse las siguientes obras: en narrativa breve, Cuentos entre ellos figuran “La jaulita dorada”, relato publicado en La Ondina del Plata, en noviembre de 1879, y “La Pascua”, texto escrito originalmente para el diario La Tribuna y allí publicado el 24 de diciembre de 1879. Años después aparece una segunda colección de relatos, Creaciones (1883)7, volumen en el que recobra dos cuentos aparecidos en La Ondina del Plata que habían sido publicados antes de su regreso: “El ramito de romero”, de 1877, y “Kate”, de 1877, y añade otro texto escrito en diciembre de 1879, para el folletín de El Nacional: “Dos cuerpos para un alma”.  Por los comentarios aparecidos en distintos diarios se sabe de la existencia de otras dos obras, Los Carpani (1883) y Ajenas culpas (1883); no obstante estos datos, no hay referencias a su edición.
En 1882, publica un texto de gran valor por la ductilidad de la narradora para tratar temas de la vida cotidiana. Se trata de Recuerdos de viaje, en el que recobra parte de las experiencias vividas en los Estados Unidos, de sumo interés por las apreciaciones que realiza en torno a las costumbres en ese país, así como sobre las representaciones de los sujetos que conforman esa sociedad.
La última novela editada de la autora es Un amor (1885), se trata de un texto breve en el que se destaca la situación de la protagonista, escindida entre dos amores, uno americano y otro europeo.
Por los comentarios aparecidos en la prensa, en El Nacional del 8 de agosto de 1885, se pudo saber que estaba escribiendo una nueva novela, La Trágica y la Gran Señora, aunque se adelantaba que por encontrarse afectada de la vista no podía continuar con su redacción.
En síntesis, cuatro novelas, diecisiete cuentos en dos colecciones, tres obras de teatro (aunque una sola se conserva publicada) y un libro de relatos de viaje constituyen el legado literario hasta ahora recuperado de la autora.  Los viajes y el conocimiento que demuestra haber aprehendido de las sociedades norteamericana y europea, gracias al manejo del idioma inglés y francés, son puntos de inflexión que determinaron la producción literaria y periodística de la autora. La curiosidad, la descripción de las ciudades y las costumbres de quienes las habitan –desde lo cotidiano hasta una salida al teatro o a la Ópera–, el análisis de las tradiciones, la religión, la educación, la arquitectura, la música y los encuentros sociales le permitieron realizar agudos comentarios sobre esos entornos desde un óptica personal y transcultural.
Otro de los aspectos que puede rastrearse en el periodismo de Mansilla es la presencia de marcas de clase social y de género. Bourdieu (1995) afirma que las prácticas culturales están vinculadas con la estratificación social, con el habitus que caracteriza a una clase o grupo social en relación con otros con los que no comparte las mismas condiciones sociales. Los miembros de una misma clase actúan de manera semejante: “el habitus funciona como la materialización de la memoria colectiva que reproduce en los sucesores lo que se adquirió de los antecesores”. Sin embargo, Eduarda Mansilla rompe con los parámetros de su clase, se muestra mucho más cercana a la problemática de quienes estaban excluidos del sistema social, como se evidencia en su crónica “Una limosna”   Otro aspecto se relaciona con la presencia explícita o implícita de la familia, en especial la de los padres ya que son ellos quienes han dado origen a esa historia de vida. En los artículos de la periodista prima la figura del padre, Lucio Norberto Mansilla, quien desde muy joven había sobresalido por su valor en combate. El rol político de su padre y algunos hitos de su carrera marcaron el futuro de la familia Mansilla, entre ellos, su destacada actuación bajo las órdenes de Santiago de Liniers al momento de repeler las invasiones inglesas de 1806, y luego, su participación en la lucha contra los portugueses que habían invadido el territorio patrio, en esa oportunidad sirviendo en el ejército comandado por el general José de Artigas.  Lucio N. Mansilla fue, además, un importante político, gobernador de Entre Ríos en 1821 y  representante por esa provincia, al finalizar su mandato, en la Convención Constituyente; posteriormente fue diputado por la provincia de La Rioja. Viudo, contrajo segundas nupcias con doña Agustina Ortiz de Rozas, hermana menor de Juan Manuel de Rosas. Es recordado por sus hijos y por los argentinos por su actuación como comandante de las fuerzas defensoras de la Confederación Argentina, en la batalla de la Vuelta de Obligado, el 20 noviembre de 1845, acción heroica en la que fue herido. La memoria de Eduarda rescata aquellas acciones para traerlas al presente y asíponer énfasis en los valores, en la defensa de las tradiciones y en la conducta cívica de su padre y de los valientes soldados que dieron la vida por la patria.Es de destacar que la figura del Libertador es una de las más evocadas en sus escritos, así se observa en la crónica “Desde la Patria” . En ella el «yo» evoca el pasado y se remonta al momento en que su esposo, Manuel García, había sido designado, en 1863, secretario de la Legación Argentina en Francia, Italia y España. Este hecho factual permite ubicar en ese año el episodio que es evocado en el artículo de 1880, el de su presente. A partir de esa rememoración plantea a los lectores el tema de la identidad nacional. Los protagonistas son los dos matrimonios jóvenes, que se conocen en aquel ámbito –el formado por Eduarda Mansilla y Manuel Rafael García, y el de Mercedes de San Martín y Escalada y Mariano Balcarce–, que luego cultivarán una entrañable amistad.   Otra referencia al general San Martín se encuentra en “Una limosna”. En esa crónica Mansilla describe las situaciones que observa a la salida de la Catedral cuando un soldado le pide una ayuda; esa escena vivida en el presente actúa como disparador de sus recuerdos, al evocar la figura de un soldado negro del ejército de San Martín al que había dado una limosna, en el mismo lugar, cuando era una niña. Se trata de un texto de opinión en el que reflexiona sobre el merecido lugar que debía ocupar don José Francisco de San Martín en el panteón nacional.  Mansilla se ocupa de recrear la atmósfera que se vivía y utiliza su memoria, aflora al recordar su propia historia familiar que la retrotrae a los recuerdos de la infancia, para subrayar la relación que su padre, Lucio Norberto, había establecido con el militar al participar en el Ejército de los Andes, así como el reconocimiento que el líder le había brindado por su accionar en los enfrentamientos de Chacabuco y Talcahuano: “Aquel suntuoso carro contenía los despojos mortales del héroe por excelencia, del guerrero que en mis tempranos años aprendí a respetar y admirar, sentada en las rodillas de mi padre, su compañero de armas”. En segundo término, y desde el presente de la enunciación, la cronista puntualiza otro dato que le incumbe directamente: su hijo, “mi Manuel amado, rodeado ya del prestijio del militar afortunado” , es uno de los destacados oficiales del Villarino, la nave que ha custodiado los restos del prócer en su viaje desde Francia hacia la Argentina. Las dos referencias a elementos biográficos permiten recuperar el «yo» de Eduarda y observarla como protagonista de los sucesos narrados, a la par que analizar la manera en que, al recobrar parte de su historia familiar –de la niñez y del presente– reconstruye su propia identidad.
El patriotismo es exaltado no solo en la figura de San Martín sino que la autora, hace referencia a otros anónimos héroes argentinos, soldados marginados que, tras dejar su vida en el campo de batalla, habían caído en el olvido, sin reconocimiento ni riquezas, como lo sintetiza al decir: “Pobre como un guerrero de la Independencia. Esta triste verdad no necesita de prueba, es un hecho de todos conocidos” . Pasa así de lo individual a lo colectivo; arma una red de relaciones que equipara la función del prócer y de las instituciones que representaba a la del conjunto de soldados que defendieron la patria.  Como representante de la cultura letrada porteña, Eduarda Mansilla, tras largos años de ausencia de la Argentina, se inserta en la prensa periódica para hacer conocer y difundir sus opiniones sobre muy variadas temáticas.  En ellas da muestras de su confianza en la fuerza de la justicia, la democracia, la verdad, la libertad, la generosidad, el honor, el patriotismo, el amor, la caridad, la sensibilidad, la tolerancia, la templanza y la unión de los argentinos.

domingo, 9 de diciembre de 2018

"Perón no tenía afinidad con el fascismo"

Por Ignacio Cloppet 

Es autor de varios libros sobre el ex presidente argentino y está por estrenar otro: Perón íntimo, que reúne más de cien documentos inéditos, cartas y fotos. Habla sobre la estadía de Perón en Chile y Europa y sobre sus amistades.

La historia sirve muchas veces, si está bien contada, sustentada en documentos y testimonios, para derribar mitos. En Perón íntimo. Historias desconocidas (Areté Grupo Editor), Ignacio Martín Cloppet, abogado e historiador, reconstruye el entorno de Juan Domingo Perón durante su estancia en Europa y en Chile, previa a su llegada al poder, y revela datos inéditos vinculados a su matrimonio con Eva Perón. El libro, que será publicado entre marzo y abril, contiene más de 100 documentos hasta ahora secretos y refleja con precisión las ideas del líder del movimiento político más trascendente de la Argentina reciente. Perón íntimo lleva prólogo de Raanan Rein, vicepresidente de la Universidad de Tel Aviv.    Cloppet, durante un reportaje con  El Intransigente, descartó que Perón haya adherido al fascismo o al nazismo. “No tuvo casi ningún amigo fascista (cuando estaba en Italia). Sus amigos eran todos partisanos o no fascistas. Tampoco le abrió la puerta a los nazis, le abrió la puerta a todos. No se puede hacer responsable a Perón de la presencia de nazis en Argentina. Tenía cero afinidad con el nazismo. No existe ningún documento firmado por él ni ninguna orden escrita que les haya abierto la puerta o les haya dado protección”, explicó Cloppet




"No se puede hacer responsable a Perón de la presencia de nazis en la Argentina", explicó el escritor  

¿Cuáles eran las amistades de Perón? El militar había ido a Italia como oficial alpino y cultivó relación con un marqués que fue muy importante en el entorno de Perón, Luigi Incisa di Camerana. La llegada de varios empresarios italianos a la Argentina tras la guerra, entre ellos, Agostino Rocca, forman parte de este interesante libro que hizo Cloppet como continuidad de su obra anterior, Perón en Roma, que también tiene cartas inéditas del expresidente argentino. Además se detiene en la figura del escribano Hernán Ordiales y en la del Fray Pedro Errecart.   El autor también hace mención importante a Aurelia Tizón (y su familia), la primera esposa de Perón.  Cloppet consideró que asociar a Perón con el nazismo o el fascismo es un camino vacío y lejano a la realidad. 

“El mismo Perón dice que no se enamoró del fascismo. El observó el fascismo durante su estancia en Europa, pero tampoco es que Perón se instaló en la Roma de la guerra. Estuvo un año y medio como oficial alpino y solo seis meses en Roma”, indicó.
Antes de ir a Europa, Perón va como agregado militar a Chile, y allí, contó Cloppet, “ya trasciende la frontera del militar. Perón da discursos en la radio, inaugura monumentos, tiene actividades con los argentinos que vivían en Chile. Y siempre sensibilizado con la inclusión”, explicó  El autor de Perón íntimo cuenta, entre documentos y cartas, que desde chico Perón desarrolla un espíritu de sensibilidad por los que están excluidos. “La familia de Perón era una familia acomodada, de la oligarquía. El le reclama a su padre, siendo pequeño, por qué los peones no se sentaban a la mesa con ellos. No vive mucho tiempo con sus padres y se cría con su abuela y con sus tías, que le enseñan las letras, el catecismo y le inculcan la fe cristiana. Ahí desarrolla la sensibilidad social”, manifestó. 
¿Perón era populista? “Rouquié es muy crítico con los que califican a Perón de populista. Rouquié dice que Perón no era populista. Lo que Perón hace es interpretar las necesidades del pueblo", precisó Cloppet.
Argentina discute hoy la grieta. Y la pregunta es si la grieta estaba desde antes. “Tenemos grieta desde la época de la conquista, de Austrias y Borbones, Criollos y Realistas, Federales y Unitarios, Patriotas y Liberales. Y en la época de Perón se generó una grieta porque en esa Argentina había pocos que vivían cómodamente. Perón llegó para decirle a ellos que la torta se iba a distribuir de otra manera”, contó. 
Cloppet, reconocido en el ámbito de la academia, es autor, entre otros títulos, de “Perón en Roma. Cartas inéditas (1939-1940); Los orígenes de Juan Perón y Eva Duarte. Mitos y verdades de sus nacimientos“; Juan Duarte (Uhart) y su hija Evita: vascos con grandeza” ; Eva Duarte y Juan Perón: la cuna materna"

sábado, 8 de diciembre de 2018

Juan Bautista Túpac Amaru, el ocultado

Por Alberto J. Lapolla
Entre los varios hechos que oculta la historia oficial argentina -una de las más mentidas del planeta- la propuesta de la restitución de la Monarquía Inca efectuada por el General Manuel Belgrano en el Congreso de Tucumán, el 6 de Julio de 1816 y aprobada por el mismo el 31 de julio del mismo año, es en general tratado como un disparate, una boutade del Gran General. A diferencia de otros aspectos de nuestra historia que permiten diferenciar claramente a liberales probritánicos de revisionistas prohispánicos, el caso del proyecto de la monarquía constitucional encabezada por un Rey Inca, constituye un escándalo para ambas corrientes en general. Todos descalifican la intención expresa de Don Manuel de devolver el poder americano a los dueños originarios y legítimos del mismo: los indios americanos y a la cultura mas importante producida en Sud América hasta hoy; los Incas, los constructores del Incario. El caso más nítido se produce con quien sería el mayor divulgador del proyecto, Don Bartolomé Mitre, quien explica minuciosamente en su Historia de Belgrano las razones y profundas convicciones que alentaban la idea en nuestros próceres. ‘Pero la monarquía incásica era todavía algo más que un ideal: era un modo convencional, y según el consenso universal, el único modelo humano digno de admirarse y de imitarse como lo es racionalmente hoy la democracia americana(..)”    Los Incas” de Marmontel, habían generalizado en el mundo que el imperio del Cuzco era la realización del sueño de la edad de oro, el asilo de la inocencia primitiva, el tipo ideal de civilización humana, y los conquistadores europeos eran los bárbaros que la habían ahogado en sangre, y este era el libro del vulgo de los lectores.   La “Historia de la Filosofía” de Raynal, haciendo la exposición aparentemente científica de sus leyes, sus costumbres y su organización política deducía de ellas reglas fundamentales para el gobierno eterno de las sociedades, y este era el libro de los sabios de la época. No es extraño que Belgrano participara de las ideas y de los sentimientos convencionales de sus contemporáneos.(..) El proyecto de restauración de la antigua monarquía de los Incas, como coronación de la revolución americana, fue promovido por Belgrano y acogido por el Congreso de Tucumán. 
Resultado de imagen para Juan Bautista de América Era una idea que estaba en la cabeza de muchos pensadores y tenía su razón de ser, sino en los hechos, por lo menos en la imaginación, que a veces gobierna a los pueblos más que el juicio. Entrañaba empero un plan político, que tenía su filiación histórica, y que encontraba eco así en las poblaciones indígenas, como en las ideas que en aquella época circulaban respecto de la identidad de causa entre los antiguos ocupantes del suelo y los nuevos revolucionarios hijos de la tierra. La revolución americana, radical en sus propósitos y orgánicamente democrática por la índole misma de los pueblos, fue no sólo una insurrección de las colonias hispanoamericanas contra su metrópoli sino principalmente de la raza criolla contra la raza española.(..) En sus proclamas en sus boletines, en sus bandos, en sus manifiestos, en los artículos de su prensa periódica, en sus cánticos guerreros, los patriotas de aquella época invocaban con entusiasmo los manes de Manco Cápac, de Moctezuma, de Guatimozín, de Atahualpa, de Siripo, de Lautaro, de Caupolicán y de Rengo, como a los padres y protectores de la raza americana. Los Incas, especialmente, constituían entonces la mitología de la revolución.   Su Olimpo había reemplazado al de la antigua Grecia: su sol simbólico, era el sagrado de Prometeo, generador de patriotismo. Manco Cápac, el Júpiter americano que fulminaba los rayos de la revolución y Mama Ocllo, la Minerva indígena que brotaba de la cabeza del padre del nuevo Mundo fulgurante de majestad y gloria.(..)     En 1816, en medio del polvo del combate y el delirio sagrado de la lucha a muerte entre dos razas, no es de extrañar que el ideal fuese la continuación o la renovación del antiguo imperio del Cuzco.’  Pese a este despliegue argumental y erudito explicando el alto valor de la propuesta de Belgrano, Mitre agrega: ‘A este plan es imposible concederle sentido práctico, ni siquiera sentido común, ni aun en su tiempo; extravagante en la forma e irrealizable en los medios, concebido sobre falsas ideas, con más inocencia que penetración política y con tanto patriotismo como falta de sentido práctico,(..)   El Congreso había perdido la noción de la realidad, en cuanto a límites y vivía en una región poco menos que fantástica, puramente fantasmágorica, respecto a la unidad territorial que representaba en teoría, hacía más vagas sus fronteras, al intentar fundir un vasto imperio sudamericano en el hecho de designar al Cuzco como capital.’ 17 Mitre abandona su rol de historiador para entrar al de ideólogo de la oligarquía porteña vencedora de la larga guerra civil iniciada en 1810 y en la cual Belgrano era uno de los derrotados por el partido de Mitre.   Se exaspera, pierde la línea, apela a su racismo habitual, habla de ‘monarquía en ojotas’, ‘este es un rey de patas sucias’ para terminar denostando al General Belgrano de la manera más ruin: ‘Era una risa homérica cuyos ecos llegaban hasta Tucumán. El nombre de Belgrano, el más puro de todos, quedó tiznado.’  Mitre no puede disimular su odio contra esta propuesta americanista y popular, que intentaba quebrar el control hegemónico de Buenos Aires, eliminando su rol balcanizador sobre la unidad continental. Rol en el que el mismo Mitre jugó un papel determinante al servicio de los imperios británico y brasileño.
Si la historia la escriben los que ganan, eso… Cosas parecidas dirán Paul Groussac, Ricardo Levenne y Vicente Fidel López. Pero no menos escribirán los revisionistas Ibarguren, Irazusta, Palacio y ni que hablar de Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría). Sólo Don Pepe Rosa verá con agrado la idea. Y es que una cosa es mirar la historia desde otra perspectiva de la construcción burguesa -fuera esta probritánica o proespañola o incluso independiente ‘pero sin los salvajes’ al estilo norteamericano como proponían el ‘demócrata’ Sarmiento o el nacionalista Palacio- y una muy distinta es mirarla desde la perspectiva de las masas oprimidas y desear que esas masas ocupen el poder en forma igualitaria como propusieron Moreno, Castelli, Belgrano Artigas y Güemes.   Como muy bien dice Eduardo Astesano fundador de la corriente historiográfica de la izquierda nacional: ‘La historiografía liberal argentina se fue fijando en sus trabajos, por imperio de los hechos políticos que le dieron vida, un límite territorial reducido: reconstruir el pasado de la nación Argentina. A su vez el revisionismo, acentuó el contenido unitario americanista del hispanismo, defendiendo el nacionalismo español en su enfrentamiento a los portugueses e ingleses. Esta saludable polémica histórica se ha venido desarrollando estrictamente dentro de los límites de la Cultura Occidental, considerando al Imperio Incaico como precivilizado. Otro panorama mental encontramos en el Perú, Bolivia y, a veces en el Norte argentino. Allí la presencia de la numerosa población indígena, más la fuerte tradición de la cultura incaica, superior en la época de la conquista a la europea que trajeron los españoles -revitalizada posteriormente por las misiones Jesuíticas- constituyen la base para una revisión indigenista que rectifique algunos de los acontecimientos pasados. El continentalismo español había sido precedido por un continentalismo quichua, que debía necesariamente pesar en el nacimiento de la nueva nación americana planteado en 1780 y en 1810.’   De allí que a Don Manuel le cayeran críticas por igual de liberales y revisionistas, acusándolo de ‘iluso’, de ‘poco serio’, de ‘propuesta disparatada’, de ‘monárquico’. De ‘conspiración de generales’ lo llamó la prensa probritánica porteña capitaneada por Manuel de Sarratea usando la pluma mercenaria de Pazos Silva -en realidad Pazos Kanki, un escriba a sueldo de los intereses porteños – dado que los involucrados en la idea eran los Generales Belgrano, San Martín y don Martín Miguel de Güemes.  El mismo ex secretario de don Manuel en el ejército del Norte, Tomás Manuel de Anchorena lo acusará de monárquico cuando Belgrano proponga la monarquía Inca, pero aceptará de muy buen grado -como el resto de los directoriales porteños- la propuesta de coronar al príncipe De Luca o a algún miembro de la familia real española. Posición que alentaba desde Londres el espantado don Bernardino, desconsolado ante la perspectiva de tener ‘un rey de la casta de los chocolates’ un ‘cuico’2
Nosotros ‘somos gente decente’  La historia oficial esconde que el Congreso aprobó esta medida ‘por aclamación’, pero por mayoría simple y no por los dos tercios necesarios, debido al fuerte boicot de los diputados porteños que no podían concebir ‘tamaño disparate: ¿Un Indio en el trono? Finalmente Buenos Aires logrará destruir el proyecto trayendo el Congreso a Buenos Aires, cambiando la voluntad de algunos diputados y reemplazando a los que no querían mudar de opinión. Tomás Manuel de Anchorena no deja dudas sobre como cayó el planteo de Belgrano sobre los hombres de Buenos Aires y qué pensaba la ‘gente decente’ al respecto. ‘Los diputados pues,… estaban en la creencia de que si juzgaban conveniente al fijar la suerte del país al proclamar y establecer una monarquía constitucional… podían hacerlo en cumplimiento de su deber.(..) Por esto fue que habiéndose llamado al General Belgrano a la sala de sesiones, para que informase cual era el juicio que él había traslucido en su viaje a Europa y tuviesen formados los gabinetes europeos sobre la clase de forma de gobierno que más conviniera los nuevos estados de América, contestó que estaban, a su vez decididos por la forma monárquica constitucional. Y habiéndole respuesto que con respecto a nosotros, ¿en quién creía él que a juicio de esos mismos gobiernos podríamos fijarnos?, contestó que a su juicio particular debíamos proclamar la monarquía de un vástago del Inca que sabía existía en el Cuzco…. Al oír esto los diputados de Buenos Aires y algunos otros nos quedamos atónitos por lo ridículo y extravagante de la idea, pero viendo que el general insistía en ella, sin embargo de varias observaciones que se le hicieron de pronto, aunque con medida, porque vimos brillar el contento en los diputados cuicos del Alto Perú, en los de su país asistentes a la barra y también en otros representantes de las provincias, tuvimos por entonces que callar y disimular el sumo desprecio con que mirábamos tal pensamiento, quedando al mismo tiempo admirados de que hubiese salido de boca del Gral. Belgrano. El resultado de esto fue que al instante se entusiasmó la cuicada y una multitud considerable de provincianos congresales y no congresales. Pero, con tal calor, que los diputados de Buenos Aires tuvimos que manifestarnos tocados de igual entusiasmo por evitar una dislocación general en toda la república’.  Anchorena ‘aclara que no le molesta la idea de la monarquía constitucional, pero sí en cambio que se pusiese “la mira en un monarca de la casta de los chocolates, cuya persona si existía, probablemente tendríamos que sacarla borracha y cubierta de andrajos de alguna chichería para colocarla en el elevado trono de un monarca’.    El Plan Inca aporta a una nueva línea fundante de un nuevo revisionismo, el de mirar a la historia americana desde la perspectiva de las masas indias, es decir de los pueblos masacrados, esclavizados y sojuzgados por el imperio español. Esta línea debía necesariamente hacer partir la emancipación americana desde la gran rebelión de Túpac Amaru. Así lo reseña Astesano y lo señalan nuestros próceres liminares en particular Castelli, Moreno y Belgrano, quienes ven en la gran revolución del Inca descuartizado, en los cien mil indios sublevados asesinados por los ‘civilizados’ españoles, el origen de nuestra gesta liberadora y no en las invasiones inglesas, como pretende el liberalismo probritánico de Rivadavia, Mitre, Sarmiento y Vicente Fidel López; pero también el nacionalismo hispánico de Palacio, Irazusta o Ibarguren. Los propios españoles tenían claro de qué se trataba y de cuándo había comenzado todo: la policía política imperial llamaba a nuestros revolucionarios de 1810-25 los tupamaros, no dejando dudas respecto de cuando España comenzó a temer la pérdida de sus colonias. Plantear la historia desde los indios es un hecho fuertemente, subversivo. Es plantear la historia desde los malditos, desde el abajo. Desde los más pobres, los mayoritarios, la plebe más plebe. Para una historia que se basa en la ‘gente decente’, al decir de los rivadavianos, directoriales, unitarios y liberales, ellos son lo maldito. Serán la chusma, los salvajes, los infieles, la negrada, los cabecitas, los grasitas, los descamisados, los negros de mierda, los piqueteros. Mirar desde allí y darle el lugar del componente mayoritario y principal de nuestro pueblo y de nuestra historia -en 1816 en Buenos Aires no había más de 60.000 habitantes. Desde Córdoba a Lima habitaban 2.5 millones de americanos, claro que mayoritariamente indios. También es negar la ‘superioridad’ europea, fuera ella hispana o franco-británica. Es negar la razón de los genocidios fundantes a través del slogan exterminador de ‘civilización o barbarie’. No por casualidad la línea que terminará difundiéndose de esta corriente francamente revolucionaria, no será la de Astesano, sino la de Abelardo Ramos, que más allá de sus grandes aportes a la historia hispanoamericana terminará reivindicando a Roca como fundador del estado nacional, negando o justificando el genocidio araucano y pampa. Astesano profundizando lo señalado por José Carlos Mariátegui, ubicará al indio como el eje central de la emancipación y al socialismo del Incario como base de una nueva sociedad en América. Así lo habían pensado nuestros próceres que soñaban en una revolución popular, india gaucha, mestiza y negra. Con el pueblo que había, no con otro traído de Europa. Si la revolución debía liberar y democratizar la vida de las masas, en primer lugar debía ser la de las masas indias, negras y mestizas. Ese era el pensamiento liminar de Moreno, de Castelli, de Belgrano, de San Martín, de Monteagudo, de Güemes y de Artigas. De allí que ellos sean los grandes derrotados de la emancipación americana, hecho por supuesto negado por la historia mitrista. De allí nuestra revolución inconclusa, vaciada de contenido, transformada en una nueva dominación imperial, primero Británica y luego norteamericana. Causa y efecto de la fragmentación de la nación hispanoamericana. 
Juan Bautista Túpac Amaru  ‘Parecía tener por objeto propiciar la candidatura al fantástico trono de un descendiente de José Gabriel Túpac Amaru, que con el mismo nombre hacía treinta y cuatro años yacía cautivo en las mazmorras españolas.(..) Este candidato vino a Buenos Aires en 1822 a la edad de 80 años, después de 40 años de cautiverio, donde por orden del Gobierno que le señaló una pensión, escribió una relación de sus padecimientos bajo el título “El dilatado cautiverio bajo el gobierno español de Juan Bautista Túpac Amaru, 5º nieto del último emperador del Perú.’ 18 La propuesta de Belgrano no era ociosa. En Ceuta -el África colonial española- estaba preso desde hacía casi cuarenta años el hermano menor del gran Condorcanqui, el único sobreviviente de la destrozada familia tupamara: Don Juan Bautista Túpac Amaru. Un anciano ya. Juan Bautista estaba al tanto de los avatares de la causa americana, hacía unos años había caído a su prisión africana su tocayo, nuestro héroe Don Juan Bautista Azopardo -preso de los españoles desde 1810, cuando la derrota en el primer combate naval en San Nicolás-. Azopardo alegró el corazón del anciano Inca llevándole noticias de la nueva revolución que sacudía el continente y se inspiraba en la iniciada por su hermano 30 años antes. El marino maltés tuvo más suerte: cuando estalló la revolución de Riego en 1820 y los liberales españoles tomaron el poder, decidieron que ningún preso político americano podía seguir en prisión y fue liberado volviendo a luchar a nuestro país. La excepción fue para don Juan Bautista Túpac Amaru que siguió en prisión porque si bien era un preso político, era… indio y hermano de José Gabriel. Se cumplía la profecía que el otro candidato Inca al trono de Belgrano, había estampado en las cortes españolas allá por diciembre de 1810, señalando las limitaciones de los liberales españoles: ‘ningún pueblo puede ser libre si oprime a otro pueblo’, les estampó Don Dionisio Inca Yupanqui, fundando la teoría política moderna sin saberlo. Juan Bautista llegará a Buenos Aires recién en 1822 no podrá volver al Cuzco ni a sus montañas sagradas. Morirá en Buenos Aires en 1827 y está sepultado en una tumba sin nombre, ni identificación en el cementerio de la Recoleta de Buenos Aires….
El plan de los Generales: Belgrano, San martín y Güemes  La propuesta de Belgrano era la propuesta estratégica de la Logia Lautaro luego de la derrota de Napoleón en Waterloo que dificultaba las opciones republicanas y salía al encuentro de la sublevación general de masas en armas que había encendido la Revolución Americana en el continente. La propuesta del Rey Inca encierra la idea de la nación continental que Mayo había alumbrado en el Plan Revolucionario de Moreno, que Castelli intentó con su marcha al Norte. Retomado luego por la Logia Lautaro en la Revolución de octubre de 1812 -San Martín, Guido, Manuel Moreno, Monteagudo- que depuso al contrarrevolucionario Primer Triunvirato. El Plan Continental es la piedra angular de la estrategia sanmartiniana y de su estrecha alianza con Belgrano, Güemes y O’ Higgins. El Plan se inscribe en el tono sudamericano de la Declaración de la Independencia que fue hecha a nombre de las ‘Provincias Unidas en Sud América’ y no ‘del Río de la Plata’ como tergiversará el mitrismo. (El mismo Director Supremo, fue designado Director Supremo de las Provincias Unidas en Sud América. No sólo Pueyrredón, el corrupto Rondeau también sufrirá esa designación.) El Plan de Belgrano, San Martín y Güemes está en perfecta sintonía con la Carta de Jamaica de Simón Bolívar de setiembre de 1815. No otro era el pensamiento que Miranda -preso en Cádiz- insistía en los mensajes a sus discípulos, en particular a su más querido O´Higgins, por entonces en Mendoza con el Libertador. El Precursor también insistía en la necesidad perentoria de declarar la independencia. En julio de 1816 el único territorio en América no reconquistado por España era el de la Provincias Unidas del Río de la Plata. Tucumán -lejos de Buenos Aires y más cerca del Cuzco- era el lugar donde en 1812 Belgrano había salvado la Revolución. Era lógico entonces que todo intento libertador Continental partiera de allí. Como hecho estratégico el plan del Rey Inca, permitía sublevar e incorporar a la revolución a las grandes masas del Perú y del Alto Perú -2.5 millones de personas versus el ‘desierto argentino’- demoliendo al poder español en su bastión peruano. También permitía incorporar a la nación artiguista que bajo la bandera de la federación y la república ocupaba ya la mitad del territorio de las Provincias Unidas. Por eso la Monarquía Inca propuesta era constitucional, con una cámara vitalicia de Caciques y otra de diputados electos. La propuesta del Rey Inca debía ser bien tomada por las masas indias guaraníes y charrúas que componían la mayoría de las tropas artiguistas y que estaban emparentadas desde tiempos inmemoriales con el Incario, cuya esencia solidaria habían revivido bajo los jesuitas en las misiones. La cuestión de Rey Inca resolvía también de un solo golpe el problema de todos los problemas que cargaría de manera insoluble la Revolución Americana: la distribución igualitaria y democrática de la tierra.   Pese a la opinión de Anchorena y la feroz oposición de Sarratea y el partido británico -que sería el vencedor- la idea caló hondo en el terreno concreto donde se jugaba la Revolución: el Norte argentino y el Alto Perú. El 9 de julio, Belgrano ya reasumido como jefe del Ejército del Norte por expreso pedido de San Martín, presidió en San Miguel el acto popular de celebración de la declaración de la independencia y dejó muy en claro qué se jugaba allí y que su planteo nada tenía de ilusorio. ‘Un pueblo innumerable concurrió en estos días a las inmensas llanuras de San Miguel. Más de cinco mil milicianos de la provincia se presentaron a caballo armados de lanza, sable y algunos con fusiles, todos con las armas originarias del país, lazos y boleadoras.(..) Todo se desarrolló con un orden y una disciplina que no me esperaba. Después que el gobernador de la provincia dio por terminada la ceremonia, el general Belgrano tomó la palabra y arengó al pueblo con mucha vehemencia prometiéndole el establecimiento de un gran imperio en la América meridional, gobernado por los descendientes de (que todavía existen en el Cuzco) de la familia imperial de los incas. (..) Los indios están como electrizados con este nuevo proyecto y se juntan en grupos bajo la bandera del sol. Están armándose y se cree que pronto se formará un ejército en el alto Perú de Quito a Potosí, Lima y Cuzco. Doña Inés Azurduy y Padilla, una hermosa señora de ventiséis años, que manda un grupo de mil cuatrocientos indios en la comarca de Chuquisaca, ganó el mes pasado una victoria sobre los realistas, tomando una bandera y cuatrocientos prisioneros.’   El General Güemes a cargo de cuidar la frontera Norte, que soportó y venció nueve invasiones realistas, que estaba al mando por orden de San Martín pese a la oposición de Rondeau y los directoriales, fue más claro aún. El 6 de agosto de 1816 expidió una proclama a los pueblos del Perú para incitarlos a la rebelión: ‘No lo dudéis un instante, guerreros peruanos. Los pueblos están armados en masa y enérgicamente dispuestos a contener los ambiciosos amagos de la tiranía. Si estos son los sentimientos generales que nos animan, con cuanta más razón lo serán cuando restablecida la dinastía de los Incas, veamos sentado en el trono y antigua Corte al legítimo sucesor de la corona.’ Juan Martín de Pueyrredón Director Supremo de las Provincias Unidas en Sud América a pesar de ya haber traicionado a Artigas y entregado la Banda Oriental a los portugueses, todavía en marzo de 1817 decía: ‘Yo deseo un soberano para nuestro Estado, pero lo quiero capaz de corresponder a la honra que recibió en mandarnos; es decir quiero alguno más grande que don Juan (rey de Portugal.AJL), y lo quiero para sólo nosotros.9 Para no dejar dudas respecto de la opinión del estado mayor de la revolución y la emancipación americana en ese glorioso año 1816, el General San Martín desde Cuyo -preparando el ejército libertador argentino-chileno- decía: ‘Yo le digo a Laprida lo admirable que me parece el plan de un Inca a la cabeza, las ventajas son geométricas, pero por la patria les suplico no nos metan en una regencia de personas (..) He visto el juicio que usted pasa al Cabildo sobre la dinastía de los Incas, todos los juiciosos entran en el tema(..) La masa general está por la afirmativa de las razones de usted.’ Mostrando que la propuesta en principio fue bien vista por todos los delegados y que el General no tenía un pelo de tonto, el mismo Belgrano afirmaba: ‘Yo hablé, me exalté, lloré e hice llorar a todos al considerar la situación infeliz del país. Les hablé de monarquía constitucional con la representación de los incas: todos aceptaron la idea’ No dejando dudas sobre su carácter de reparación indígena la declaración de la independencia de las Provincias Unidas en Sud América del 9 de julio de 1816 fue publicada simultáneamente en tres idiomas: Castellano, Quechua y Aymará. Hasta hubo una versión en la escritura jeroglífica de los pueblos de Tihuanako.   El Plan pensaba en la gran nación americana, la Patria Grande. Dicha nación tenía como sustrato esencial y aglutinante de la americanidad, los 1000 años del Incario. Una nación organizada en base a un socialismo de estado con propiedad estatal de la tierra, el agua, las simientes, las herramientas, los recursos y los productos. Estado que se extendió durante esos mil años entre Panamá y Mendoza abarcando el grueso de Sud América y constituyendo la mayor cultura extendida por el continente y base real de la idea de una sola nación americana. Mucho más aun, si se considera que dicha cultura fue la más justa conocida hasta hoy en la humanidad. La única que sació el hambre de todos sus miembros, destinando su organización social para atender a los ancianos, los huérfanos, las viudas y los inválidos. La única basada en la solidaridad y la propiedad común que permitió el florecimiento de una cultura que desconocía el hambre y la necesidad, que distiribuía sus recursos entre todos sus habitantes en función de sus necesidades. Cultura infinitamente superior a la precapitalista y esclavista, -luego capitalista y esclavista- que trajeron los españoles, portugueses e ingleses a América, esclavizando y exterminando a las nueve décimas partes de la población originaria. El mayor genocidio que conoce la historia.  Sobre los mil años del Incario y su extensión territorial continental construyeron nuestros próceres fundantes la idea de la gran nación americana. Una nación extendida desde México hasta el Cabo de Hornos, tal cual soñara Miranda. En particular una nación que abarcara casi toda Sud América con capital en el Cuzco, como planteó Belgrano en Tucumán. Porque la otra parte de la propuesta de Don Manuel que la tornaba insoportable para Buenos Aires, consistía en que dicha nación -que incluía las actuales Ecuador, Perú, Bolivia, Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay, podían adherir también Venezuela y Colombia- tendría por capital a la ciudad sagrada de los Incas: el Cuzco. Casi la misma propuesta de Moreno en su Plan Revolucionario. La misma de Castelli antes de marchar a Lima y ser derrotado en Huaqui por la traición saavedrista. La que propondrá San Martín desde Lima en 1822, cuando envíe infructuosamente a Antonio Gutiérrez de La Fuente a negociar con Buenos Aires, luego de entrar victorioso en el Perú. La misma propuesta que hará Simón Bolívar cuando culmine la obra iniciada por Don José. Toda América sabe que fue Rivadavia -es decir el jefe del partido probritánico porteño; el Cavallo de entonces- quien saboteó a San Martín primero y a Bolívar después, impidiendo que la América española fuera una sola nación. Es hora que los argentinos lo sepamos y lo asumamos.   Algo quedó sin embargo de tamaña epopeya y sueño tan maravilloso: el escudo nacional y nuestra bandera exhiben orgullosas -aunque lo desconozcan la mayoría de los argentinos y argentinas- el Sol de los Incas, el sol de Túpac Amaru, el sol de Manco Cápac.
Tal vez todavía puedan ser ciertas las coplas escritas en las paredes de Oruro y de la Audiencia de Charcas, cuando la rebelión del Gran Túpac, nuestro padre fúndante, en 1780:
Ya en Cuzco con empeño
quieren sacudir, y es ley,
el yugo de ajeno rey
y reponer al que es dueño.
El general Inca viva,
jurémosle por rey
porque es muy justo y de ley
que lo que es suyo reciba
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