Rosas

Rosas

domingo, 29 de marzo de 2020

Fallecimiento de Don Ale Fandi, Ciudadano Ilustre de Gral San Martín

por Julio R. Otaño
Un día muy triste, hoy 28 de marzo de 2020, ya que se fueron dos compañeros Aldo Ambrosino y un prócer del Peronismo Don Ale Fandi. Aldo, joven aún, se fue después de pelearla durante 34 días y dejando un vacío imposible de cubrir; Don Ale Fandi fue un ejemplo de dirigente y de hombre. Dos veces concejal por el PJ de Gral San Martín, adhirio desde muy joven al peronismo y fue partícipe de la resistencia (estuvo detenido durante el Plan Conintes) que logró el retorno definitivo de Perón. Siempre considerado modelo de militante fue declarado Ciudadano Ilustre del Partido de Gral. San Martín en el año 2013. 
La imagen puede contener: 2 personas, incluido Hector Rey, personas de pie y calzado Padrino de nuestros Héroes de la Guerra de Malvinas lo he visto todos estos años acompañando las causas y actos patrióticos (junto con su hija Eva) jamás faltaba a los actos en Homenaje al General San Martín, al Gral Belgrano, a Perón y Evita. a los veteranos de Malvinas y desde luego a Don Juan Manuel de Rosas. Siempre amable, modesto, con una palabra moderada y un espíritu juvenil, narrando acontecimientos que hicieron historia. Gracias por ser modelo de hombre político y de hombre de bien. Compañeros Ale y Aldo, descansen en paz. Bien viaje de retorno a la casa del Padre.
La imagen puede contener: 4 personas, incluido Hector Rey, personas de pie  La imagen puede contener: 10 personas, incluido Nestor Raimundo Güichal, personas sentadas, multitud y exteriorLa imagen puede contener: 13 personas, calzado y exteriorLa imagen puede contener: 3 personas, incluido Carlos Isla, personas sentadasLa imagen puede contener: 4 personas, incluidos Carlos De Santis, Juan Carlos Paoletta y Orsini Pablo, trajeLa imagen puede contener: 6 personas, incluidos Pina Poggi y Orsini Pablo, personas de pie y exterior La imagen puede contener: 4 personas, incluido Carlos De Santis, personas de pie

sábado, 14 de marzo de 2020

La Fiebre Amarilla de 1871: actitud del Presidente Domingo Faustino Sarmiento

Por el Prof. Jbismarck
La fiebre amarilla había llegado anteriormente a Buenos Aires en los barcos que arribaban desde la costa del Brasil, donde era endémica. ​ No obstante, la epidemia de 1871 se cree que habría provenido de Asunción del Paraguay, portada por los soldados argentinos que regresaban de la Guerra de la Triple Alianza;​ ya que previamente se había propagado en la ciudad de Corrientes. ​ Algunas de las principales causas de propagación de esta enfermedad, transmitida por el mosquito Aedes aegypti,: la provisión insuficiente de agua potable; la contaminación de las napas de agua por los desechos humanos; el clima cálido y húmedo en el verano; el hacinamiento en que vivían en los conventillos los inmigrantes europeos, los saladeros que contaminaban el Riachuelo -límite sur de la ciudad-, el relleno de terrenos bajos con residuos y los riachos -denominados «zanjones»- que recorrían la urbe infectados por lo que la población arrojaba en ellos.  La plaga de 1871 hizo tomar conciencia a las autoridades de la urgente necesidad de mejorar las condiciones de higiene de la ciudad, de establecer una red de distribución de agua potable y de construir cloacas y desagües.  En 1871 convivían en la ciudad de Buenos Aires el Gobierno Nacional, presidido por Domingo Faustino Sarmiento, el de la Provincia de Buenos Aires, con el gobernador Emilio Castro, y el municipal, presidido por Narciso Martínez de Hoz.  Situada sobre una llanura, la ciudad no tenía sistema de drenaje, la situación era muy precaria en lo sanitario y existían muchos focos infecciosos como el Riachuelo convertido en sumidero de aguas servidas y de desperdicios arrojados por los saladeros y mataderos situados en sus costas. 
Un episodio de fiebre amarilla en Buenos Aires. Juan Manuel Blanes ...
Dado que se carecía de un sistema de cloacas, los desechos humanos acababan en los pozos negros, que contaminaban las napas de agua y en consecuencia los pozos, que constituían una de las dos principales fuentes del vital elemento para la mayoría de la población.​ La otra fuente era el Río de La Plata, de donde el agua se extraía cerca de la ribera contaminada y se distribuía por medio de carros aguateros, sin ningún saneamiento previo.  La ciudad crecía vertiginosamente debido principalmente a la gran inmigración extranjera: para esa época vivían tantos argentinos como extranjeros, y estos últimos sobrepasarían a los criollos pocos años más tarde. El primer censo argentino de 1869 registró en la Ciudad de Buenos Aires 177 787 habitantes, de los cuales 88126  eran extranjeros; de estos, 44 233 -la mitad de los extranjeros- eran italianos y 14 609 españoles.   Desde principios del año 1870 se había tenido noticias en Buenos Aires de un recrudecimiento de la fiebre amarilla en Río de Janeiro. En el mes de febrero —y nuevamente en marzo— se logró evitar el desembarco de pasajeros infectados que llegaron en dos vapores desde esa ciudad. No obstante, el presidente Sarmiento vetó el proyecto de extender la cuarentena a todos los buques procedentes de esa ciudad y en una oportunidad ordenó autorizar el desembarco de los pasajeros de dos buques provenientes de Río de Janeiro y la prisión del médico del puerto de Buenos Aires por haberlo impedido.  
Durante la guerra, la ciudad de Corrientes había sido el centro de comunicación y abastecimiento de las tropas aliadas, incluidas las brasileñas, de modo que no es seguro que la enfermedad haya llegado desde el Paraguay. En esta ciudad de 11 000 habitantes, murieron de fiebre amarilla alrededor de 2 000 personas entre diciembre de 1870 y junio del año siguiente.  Soldados que regresaron de la guerra transportaron el virus; se da como fecha de iniciación de la epidemia en Buenos Aires el 27 de enero de 1871 con tres casos identificados por el Consejo de Higiene Pública de San Telmo Las mismas tuvieron lugar en dos manzanas del barrio de San Telmo, lugar que agrupaba a numerosos conventillos. La epidemia prosperó en los conventillos humildes de los barrios del sur, muy poblados y poco higiénicos.  Recién el 2 de marzo de 1871, cuando el carnaval llegaba a su fin, las autoridades encabezadas por Martínez de Hoz prohibieron su festejo: la peste ahora azotaba también a los barrios aristocráticos. Se prohibieron los bailes y más de la tercera parte de los ciudadanos decidió abandonar la ciudad. 
Otra fiebre amarilla, la de 1871, tuvo al presidente Sarmiento en ...
Los hospitales no dieron abasto y se alquilaron otros privados.  El puerto fue puesto en cuarentena y las provincias limítrofes impidieron el ingreso de personas y mercaderías procedentes de Buenos Aires.  Miles de vecinos se congregaron, en la Plaza de la Victoria para designar una «Comisión Popular de Salud Pública». Al día siguiente, tal agrupación nombró como presidente al abogado José Roque Pérez y como vicepresidente al periodista Héctor Varela; además, la conformaron, entre otros, el vicepresidente de la Nación Adolfo Alsina, Adolfo Argerich, el poeta Carlos Guido y Spano, el sacerdote irlandés Patricio Dillon.   La población negra, vivir en condiciones miserables los transformó en uno de los grupos poblacionales con mayor tasa de contagio. Según crónicas de la época, el ejército cercó las zonas donde residían y no les permitió emigrar hacia el Barrio Norte, donde la población blanca se estableció y escapó de la calamidad. Murieron masivamente y fueron sepultados en fosas comunes.  Entre las víctimas, estuvieron Luis José de la Peña, el ex diputado Juan Agustín García, el doctor Ventura Bosch y también murieron los doctores Francisco Javier Muñiz, Carlos Keen y Adolfo Argerich. El 24 de marzo, falleció el presidente de la Comisión Popular, José Roque Pérez, quien ya había escrito su testamento cuando asumió el cargo ante la certidumbre de que moriría contagiado.  Mientras tanto Sarmiento decidió huir. No sólo eso, sino que además empezó a promulgar la necesidad del éxodo: no debía quedar alma en la Buenos Aires infectada, todo el mundo debía marcharse hasta que desapareciera la peste.
Para dar el ejemplo, se subió a un tren puesto especialmente para él y la comitiva oficial de 70 autoridades, tanto del Gobierno como del Poder Judicial y del Congreso, incluido el vicepresidente Adolfo Alsina. Y se fue a Mercedes, a poco más de 100 kilómetros del delirio de tanta mortandad.   Fue una decisión que al Maestro de América no sólo le costó tomar, sino que además a partir de entonces le acarreó un precio altísimo, y de la que se arrepintió poco tiempo después, cuando volvió a la ciudad infectada todavía en medio de las críticas, pero cuando el pico epidémico ya había pasado.   Los ecos de mayor resonancia por la partida de Sarmiento y de buena parte de la dirigencia nacional aparecieron en el diario La Prensa, propiedad de José C. Paz, un rico estanciero y encumbrado diplomático que enarbolaba a ultranza los valores del conservadurismo de la época. Los dardos al sanjuanino se volvieron muletilla. "Hay ciertos rasgos de cobardía que dan la medida de lo que es un magistrado y de lo que podrá dar de sí en adelante, en el alto ejercicio que le confiaron los pueblos", decía el diario en su edición del 21 de marzo de 1871.
Cuando la fiebre amarilla castigó a Buenos Aires y el presidente ...
El progreso de la epidemia, el abandono de la ciudad de unos 62.000 habitantes, que habían huido presas del terror, la feria declarada a las actividades administrativas, con excepción de los indispensables organismos del estado, la clausura de las escuelas y de las iglesias, el cierre del puerto, transformaron a Buenos Aires en una gran aldea silenciosa. Los médicos no sabían que el mosquito era el vector de la enfermedad, algo que no sería descubierto hasta una década más tarde.​  De modo que, aparte de expulsar a los habitantes de los conventillos, tarea de la que se encargaba la Comisión Popular, los médicos sólo podían actuar sobre los síntomas. ​ Estos se desarrollaban en dos períodos: en el primero el paciente tenía repentinos dolores de cabeza con escalofríos y decaimiento general. Luego seguía el calor y el sudor, la sed se intensificaba y el paciente se debilitaba,  sus miembros se agitaban fuertemente. En este punto la enfermedad a veces podía ser vencida naturalmente y el paciente se hallaba mejor al día siguiente con tan solo dolores de cabeza y debilidad en el cuerpo, y al poco tiempo se recuperaba. Pero si los síntomas y signos se agravaban, se llegaba entonces al segundo período de la enfermedad: la piel del paciente tomaba color amarillo, los vómitos se volvían sanguinolentos y finalmente negros. La orina disminuía hasta suprimirse completamente. Se producían hemorragias en las encías, lengua, nariz y ano. El paciente carecía de sed y a veces tenía hipo, su pulso se debilitaba. Llegaba entonces el delirio, seguido de la muerte.  El clero secular y regular permaneció en sus puestos, asistiendo en sus domicilios a enfermos y moribundos. Las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, también conocidas como Hermanitas de la Caridad, cerraron sus establecimientos de enseñanza para poder dedicarse a trabajar en los hospitales.  El cura Eduardo O'Gorman,​ párroco de San Nicolás de Bari, se preocupó por las necesidades de numerosos niños desamparados y huérfanos y en abril fundó el Asilo de Huérfanos, del que se hizo cargo personalmente.  Fallecieron durante la epidemia más de 50 sacerdotes y el propio arzobispo Federico Aneiros estuvo muy grave.  La ciudad contaba solamente 40 coches fúnebres, de modo que los ataúdes se apilaban en las esquinas a la espera de que coches con recorrido fijo los transportasen. Como eran cada vez más los muertos, y entre ellos se contaban los carpinteros, dejaron de fabricarse los ataúdes de madera para comenzar a envolverse los cadáveres en trapos. Por otra parte, los carros de basura se incorporaron al servicio fúnebre y se inauguraron fosas colectivas.  El gobierno municipal adquirió entonces siete hectáreas en la Chacarita de los Colegiales  y lo llamó Cementerio del Oeste. Los decesos disminuyeron en mayo, y a mediados de ese mes la ciudad recuperó su actividad normal; el día 20 la comisión dio por finalizada su misión. El 2 de junio, por primera vez, ya no se registró ningún caso. 
El diario inglés The Standard publicó una cifra de víctimas fatales por la fiebre que se consideró exagerada y provocó indignación a los porteños: 26 000 muertos. Es difícil establecer con exactitud la cantidad correcta, pero los datos de las fuentes más serias la cifran entre los 14000 y los 15000.  La mayor parte de las víctimas vivían en los barrios de San Telmo y Monserrat (el centro de Buenos Aires) y en los barrios situados en proximidades del Riachuelo, bajos y húmedos, aptos para la proliferación de mosquitos.​
 Del total de muertos, un 75 % del total fueron inmigrantes, especialmente italianos.
A partir de la epidemia, las autoridades y la población de la ciudad tomaron conciencia de la urgencia de establecer una solución integral al problema de la obtención y distribución de agua potable. El Ingeniero Bateman dirigió —a partir de 1874— la construcción de la red de aguas corrientes, que hacia 1880 proveyó de agua a la cuarta parte de la ciudad. En 1873 se inició la construcción de obras cloacales. En 1875 se centralizó la recolección de residuos al crear vaciaderos específicos para depositarlos.  En 1884, temiendo la aparición de un nuevo brote, los doctores José María Ramos Mejía, director de la asistencia pública, y José Penna, director de la Casa de Aislamiento (actual Hospital Muñiz), se decidieron por cremar el cuerpo de un tal Pedro Doime, que había sido afectado de fiebre amarilla. Esta se convirtió en la primera cremación realizada en Buenos Aires.  ​ La sociedad fue dejada a su suerte por sus dirigentes políticos encabezados por el Presidente de la Nación, quienes tenían la responsabilidad de sostener la función indelegable del Estado ante una emergencia como la de 1871. Quizás, no se hubiera logrado, por la ausencia del conocimiento científico de entonces, salvar más vidas. Pero sí, la tragedia hubiese tenido menos ribetes inhumanos.   Nunca tuvo tanta pertinencia el pensamiento del Dr. Ramón Carrillo al afirmar que “Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son unas pobres causas.”

martes, 10 de marzo de 2020

JUAN MANUEL DE ROSAS Y LA VACUNA CONTRA LA VIRUELA

Por Alberto Gelly Cantilo.
Juan Manuel de Rosas siempre se interesó en combatir la enfermedad epidémica de la viruela por ser tan mortal mediante la aplicación de la vacuna y extenderla fundamentalmente entre las tribus indígenas que tanto sufrían por este flagelo que producía miles de víctimas. Por ello realizó una importante acción para que los pueblos originarios confiaran en los médicos y no en los curanderos y hechiceros aprovechando sus estrechas relaciones con los diversos caciques fundamentalmente con Pincén, Cachul y Catriel a quienes convence ante la grave epidemia de viruela que atacaba a los indígenas en el año 1836. Finalmente esos caciques se trasladan a la ciudad de Buenos Aires a solicitarle un remedio contra la viruela sobre el que tanto les había hablado Rosas. Esa medicina tan famosa era la vacuna antivariólica. Sin embargo el Restaurador los convence primero en consultar a los médicos y de ese modo logra que además de vacunarlos los médicos los atiendan con medidas de higiene y además los traten de otras enfermedades dejando paulatinamente olvidada la influencia de curanderos y hechiceros. 
También concurre en numerosas ocasiones a reuniones con los integrantes de los pueblos indígenas donde se hace vacunar en presencia de todos ellos diciéndoles “ Ustedes son los que deben ver lo que mejor les convenga. Entre nosotros los cristianos, este remedio es muy bueno, porque nos priva de la enfermedad terrible de la viruela; pero es necesario para administrar la vacuna que el médico la aplique con mucho cuidado, y que la vacuna sea buena, que el médico la reconozca. También es necesario, que aún cuando a una persona le prenda la vacuna bien, y sea buena, a los cinco años después, se vuelva a vacunar porque en esto nada se pierde, y puede aventajarse mucho. Después de esto si quieren ustedes que se vacune la gente puede el médico empezar a hacerlo poco a poco, para que pueda hacerlo con provecho, y bien hecho, y para que tiempo tiempo también, para reconocer prolijamente a los vacunados".   Rosas les hablaba en forma breve, clara y simple y les da el ejemplo haciéndose vacunar él mismo. Era un profundo conocedor de los medios primitivos de curación que tenían los indígenas y de su preocupación ante la terrible enfermedad.  Sin embargo siempre les demuestra que respeta su libertad y ante sus consultas les responde señalándoles la ventaja de la aplicación de la vacuna, su forma de aplicación, la ventaja que tiene y por último les señala que es fundamental e indispensable la intervención del médico para el éxito de este remedio. No obstante siempre les dice que son ellos los que libremente deben decidir que hacer. No impone sólo informa y sugiere.  Es interesante señalar la preocupación de Rosas por el avance y el desarrollo de la medicina en nuestro país fundamentalmente en lo que se refiere a la población indígena. No sólo el médico debe ingresar en la comunidad de las tribus de indios para vacunar sino que luego deberá ser consultado para el tratamiento de las otras enfermedades y de esa forma esos pueblos irán saliendo de la ignorancia y el atraso para ir integrándolos al resto del país.  Incluso en sus tratos con los indios Rosas antes de entregarles yerba o tabaco les pedía que se vacunasen en las épocas de epidemias de viruela. El cacique Pincén decía "Juan Manuel muy bueno pero muy loco. No podíamos recibir sus regalos sin que un gringo nos tajeara el brazo, que decía que era un gran gualicho contra la viruela".   Rosas difundió la aplicación de la vacuna contra la viruela a todos los habitantes la Confederación Argentina y en reconocimiento a su labor fue designado Miembro Honorario de la Real Sociedad Jenneriana para la Exterminación de la Viruela de Londres, creada cinco años después de que Edward Jenner descubriera la vacuna antivariólica.

      

jueves, 5 de marzo de 2020

En la tumba de Rosas, con nuestro embajador en Londres

Por Samuel "Chiche" Gelblung    Revista Gente OCTUBRE DE 1974
Junto a uno de los miembros más activos de la comisión pro repatriación de los restos de Juan Manuel de Rosas visitamos la tumba del discutido caudillo en Southampton. Allí pasó los últimos 20 años de su vida, administró una granja, bebió en sus tabernas y cabalgó por esa campiña que ahora es una pujante ciudad portuaria con 15.000 habitantes.  Esta fue la excusa para recomponer un tramo importante en la vida de uno de los personajes más conflictivos de la historia argentina.
Hace unas semanas George Everton, cuidador del cementerio de Southampton, comentaba: “Creo que si eso se produce voy a lamentarlo mucho… Rosas ya es casi una institución en la ciudad y especialmente aquí… pero dicen que así será y entonces, bueno…, quiero ser el último en ponerle una flor. . .”
Caminábamos hacia la tumba del brigadier general don Juan Manuel de Rosas. 
El grupo lo encabezaba Manuel de Anchorena, embajador argentino en Londres, un nombre ligado muy especialmente al revisionismo histórico que marca con Rosas un período trascendente de nuestro pasado. Rosas, uno de los hombres más discutido del siglo pasado, descansa en Southampton, donde pasó sus últimos años de vida. Anchorena hace frecuentes visitas. Instituyó un libro de visitantes donde argentinos anónimos y renombrados estampan su testimonio de visita, por curiosidad, respeto o admiración. En octubre de 1974 Anchorena dice: “Espero que éste sea el último año que vengo a la tumba de Rosas en Southampton. Creo que la repatriación de sus restos ya es un hecho”.
El 3 de febrero de 1852, a la medianoche —horas después de ser derrotado en Caseros— Juan Manuel de Rosas se embarcó en la fragata inglesa “Centaur”. Según algunos testimonios, su inglés era perfecto; según otros, Ibarguren, por ejemplo, comenzó a aprenderlo a bordo del barco. Ibarguren cuenta así esta parte del viaje: “Seis días estuvo Rosas en la fragata “Centaur” frente a la ciudad. Embarcóse también su hijo Juan con su familia. Pudo enterarse a bordo de las demostraciones con que celebraba su derrocamiento el pueblo porteño que hasta la víspera lo había glorificado. La situación no podía prolongarse por más tiempo, pues la proximidad a Buenos Aires hacía peligrosa la estadía del emigrado. 
El 8 de febrero, de acuerdo con la indicación que le formuló el almirante Henderson, Rosas dirigió a éste una nota en la que expresaba que “sin recursos para transportarse a Europa con sus amados hijos”, se ve obligado a solicitarle “se digne facilitarme en un buque de guerra de Su Majestad mi conducción a Inglaterra”.
“El almirante accedió al pedido y el 9 de febrero el buque salió río afuera, hasta Punta del Indio, donde los expatriados trasbordáronse al barco de guerra “Conflict”, de Su Majestad Británica, que zarpó al día siguiente rumbo a Inglaterra. (…). “El viaje fue largo y accidentado; la máquina del buque se descompuso, estalló una de las calderas despedazando a cuatro hombres, por lo que fue necesario navegar a vela con vientos contrarios; pero, como escribió Manuelita, todos estos inconvenientes «tuvieron sus recompensas en las consideraciones y respetos con que tan afectuosamente fuimos tratados por el señor comandante y toda a oficialidad ».
“El 23 de abril llegaron a Devonshire, donde desembarcaron. Forasteros en un mundo desconocido, ignorando el idioma inglés, que empezaron, padre e hija, a aprender a bordo; lo que más dolorosamente inquietaba el espíritu de los desterrados era la falta de recursos. Llevaban solamente setecientas cuarenta y dos onzas, doscientos pesos fuertes y veintidós reales, que habían podido juntar apresuradamente en Buenos Aires al huir, en los últimos instantes (…)”.
El Windsor Hotel de Southampton está igual que hace 100 años. Entramos con Anchorena al bar. El encargado advierte la presencia de argentinos y dispara con seguridad: “ustedes vinieron a la tumbade Rosas”. La tradición oral de esta ciudad-puerto relaciona todo lo argentino con los últimos años de vida de Rosas. El Windsor fue su primer alojamiento en la ciudad, después de enviarle una carta a la reina Victoria solicitándole autorización para alquilar una granja y poder trabajarla. Southampton tiene ahora apenas 5.000 habitantes más que en 1852. Nada quiebra sus costumbres ni sus ritos ortodoxamente ingleses. Silencio, colorido, humedad y adustez.
Sigue Ibarguren:
“Rosas se alojó en Southampton, en el Windsor Hotel, consagrándose afanosamente al estudio del idioma inglés. La ciudad y la inacción le ahogaban y deprimían. La escasez de los recursos y la incertidumbre del futuro amargaban su espíritu. Su deseo era alquilar en el campo una casita con terrenos que pudiera cultivar, ganándose así, como labrador, la vida. Para eso, decía él, es para lo que soy aparente y sirvo.
“El casamiento de Manuelita con Máximo Terrero, celebrado el 23 de octubre de 1852, le dejó solo; pues su otro hijo, Juan, regresó, después, a Buenos Aires con su familia. “Ese matrimonio le entristeció profundamente, no porque tuviera objeciones que hacer a su yerno, a quien profesaba afecto, sino por egoísmo y por celos. El había mirado a su hija como algo propio, adherido a su vida; no había querido nunca ponerse en el caso de una separación; ella era su único hogar y consuelo, el amor entrañable de su existencia…”.  Mientras tanto, en Buenos Aires, Urquiza levantaba la confiscación sobre los bienes de Rosas, lo que le daba una seguridad transitoria. Esa actitud de su anterior adversario lo conmovió y desde Southampton le envió una carta de agradecimiento-
En el Pub Red Lion hay más testimonios. Aquí solía venir Rosas a tomar su cerveza semanal, los domingos, después de misa. Sus actuales dueños, descendientes de los fundadores de la taberna, muestran con orgullo un curioso recuerdo que pende en la pared principal del negocio: una cinta federal.
En una carta a Josefa Gómez, Rosas cuenta:
“Hay en este condado una floresta completamente desierta. Abundan en ella los ciervos, liebres y pájaros. Sus campos, arroyo, pastos y árboles son deliciosos. Allí, en esas  inalterables soledades y en ese no interrumpido silencio encuentro mis únicas distracciones, como que mi vida es completamente privada. Y porque a esta clase de retiro se reducen todas mis aspiraciones, elegí para mi refugio este lugar donde admirablemente se encuentra ese campo público”.
En otra carta decía:
(…) No fumo, no tomo rapé, ni vino ni licor alguno, no hago visitas, no asisto a comidas ni a diversiones de clase alguna. Mi ropa es la de un hombre común. Mis manos y mi cara son bien quemadas y bien acreditan cuál y cómo es mi trabajo diario incesante. Mi comida es un pedazo de carne asada y mi mate. Nada más”.
Cuando Rosas vivía, desde la Burguess Farm se veía la magnífica llanura ondulada de la campiña. Granjas y establos que componían un paisaje de cuadro antiguo. Ahora cruza por la puerta una calle de doble mano y las construcciones populares avanzan sobre el paisaje. Hoy todo eso es ciudad. Ibarguren termina así su historia de Juan Manuel de Rosas:
“Un día húmedo y excepcionalmente glacial en el mes de marzo de 1877, Rosas, que llegaba a la edad de 84 años, quedó hasta muy tarde trabajando afuera, en el campo. Un enfriamiento evolucionó con rapidez en maligna neumonía. Manuelita, llamada con urgencia por el médico doctor Wibblin, llegó de Londres a Burguess Farm a la noche, encontrando a su padre moribundo. Al día siguiente, el enfermo mejoró con reacciones vitales que dieron esperanzas. Su hija le creyó salvado, estuvo acompañándole hasta las dos de la madrugada y conversando con él, quien dispuso que ella se retirara a descansar, conforme al turno que había reglamentado para los que le velaban. Pocas horas más tarde, en la mañana del miércoles 14 de marzo, una súbita agravación apuró la agonía. Manuelita se acerca al lecho de su padre y le besa «tantas veces como hacía siempre, y al besarle la mano la sentí fría. Le pregunté: ¿cómo te va, tatita? Su contestación fue mirándome con la mayor ternura: “No sé, niña”»
Octubre de 1974. Anoto en mi agenda: “Hay sol en Southampton. Acabo de visitar
la tumba de uno de los hombres más discutidos de la historia argentina”.

martes, 3 de marzo de 2020

Ramón Carrillo y nuestra salud pública

Por Ignacio Cloppet     Estamos siendo testigos de una grave situación en el mundo: un enemigo silencioso está provocando la muerte de miles de personas. Inmersos en una cuarentena que no sabemos cuanto durará, hay críticas a Perón y al Peronismo, haciendo referencia a una idea de Alberto Fernández de convocar a los militares para que presten colaboración.  No parece propicio estar buscando responsables ni culpables en la historia: de si Perón fue militar, de la relación de los militares con el peronismo, etc. Considero que esas opiniones son improcedentes, y más que sumar, nos dividen.    Nos guste o no, si hay alguien en la Argentina que valorizó al pueblo, fue Perón. Siendo secretario de Trabajo y Previsión, instauró políticas inclusivas, proclamando derechos postergados a los trabajadores que adquirieron la dignidad que les correspondía
Ramón Carrillo, precursor del sanitarismo argentino - El Historiador
Con la justicia social y sus valores inalienables que puso en práctica, se consagró presidente de la nación a través del voto popular.  La providencia quiso que en la madrugada del 17 de octubre -cuando Perón llegó al Hospital Militar luego de haber estado confinado 5 días en la Isla Martín García-, conociera al Doctor Ramón Carrillo, otrora jefe del Servicio de Neurocirugía del Hospital Militar.  En una admiración mutua, nacida de ese primer encuentro, ese día Perón le dijo al médico: “No puede ser que en este país tengamos un ministerio para las vacas, y no tengamos uno para atender la salud de la gente. ¡Cuidamos más a las vacas que a los pobres!”. Unos años más tarde, Carrillo se convertiría en el primer ministro de Salud Pública de la Nación. 
HOMENAJE AL Dr. RAMÓN CARRILLO – IDEP SALUD
Nacido en Santiago del Estero el 7/3/1906, se recibió de médico, fue neurocirujano, neurobiólogo y médico sanitarista.   Con la sensible y genial frase de Perón: “En la Argentina no hay privilegiados, salvo los niños”, Carrillo comenzó a desarrollar una política sanitaria inédita en nuestro país y en Latinoamérica. A él le debemos la campaña de alimentación brindada a la población en forma integral. También la creación de centros materno infantiles en zonas especialmente elegidas. Durante su gestión, se logró inspeccionar miles de escuelas en todo el país. Promovió los establecimientos dedicados a la educación y cuidado médico de niños físicamente débiles, llamados “hogares escuela”. No sólo ello, además creó institutos de rehabilitación especializados en readaptar a personas que sufrieron accidentes de trabajo. Fomentó las losas higiénicas para evitar los contagios de enfermedades parasitarias. Puso en funcionamiento el Instituto de Meteoropatología, que habilitó los hospitales termales de Río Hondo y Carhué. Dispuso a lo largo y ancho de todo el país la planificación y las efectivas campañas sanitarias destinadas a exterminar verdaderas plagas epidémicas. Aparte de las luchas contra la Viruela, Hidatidosis, Anquilostomiasis, Tracoma, Fiebre Amarilla, Brucelosis, Parálisis Infantil, etc. se efectuó una campaña de saneamiento integral de los pueblos originarios.
Paradójicamente, Carrillo murió pobre y enfermo, perseguido político y exiliado en Belem do Pará, en el norte de Brasil el 20/12/1956. Una vez más, la dictadura usurpaba la República. Por eso mismo para promover el cierre de la grieta, necesitamos ponderar y valorar la conducta de este hombre ejemplar, precursor del sanitarismo en la Argentina, que se supo poner la salud pública al hombro.
Extraido de Clarín

sábado, 29 de febrero de 2020

"Piojo" el legendario "Moro" de Facundo Quiroga


Por Ancafilú
La animosidad de Quiroga contra López se había extendido después de Oncativo.  Rosas consiguió apaciguar al Tigre de los Llanos y  Quiroga había aceptado el mando de la División de los Andes que lo subordinaba a López, general en jefe del ejército federal. Pero sea por recelo a sus resonantes triunfos en Río Cuarto, Río Quinto, San Luis y Rodeo del Chacón, en vez de ir contra Lamadrid con la totalidad del ejército federal, le encomendó al Tigre de los Llanos, la tarea de aniquilar a los unitarios de Lamadrid en Tucumán, lo que hizo el 4 de noviembre de 1831, pero presentó al día siguiente su renuncia del ejército.  Había otro motivo, al que Quiroga daba mucha importancia: Lamadrid se apoderó en La Rioja del famoso caballo moro de Facundo y ´ste haía caido finalmente en manos de López.  De este caballo habla Paz en sus Memorias al mencionar las creencias populares sobre Facundo: “Tenía (Quiroga) un célebre caballo moro que a semejanza de la cierva de Sertorio le revelaba las cosas más ocultas y le daba los más saludables consejos...”. 
Facundo Quiroga, Estanislao López y un caballo mágico ...
El 7 de noviembre de 1831, tres días después de Ciudadela, Huiz Huidobro escribió a Mansilla el disgusto de Quiroga por “un caballo oscuro que él estimaba mucho (que) se lo tomó Lamadrid en San Juan y ahora se halla en poder del señor López... (Quiroga) desde que le dieron la noticia no halla cómo desahogarse del disgusto: quiso retirarse en el acto del ejército, y no conformó en no hacerlo por causa de don Juan Manuel hasta dar una batalla. Ahora se dispone a hacerlo... recelo otros resultados que quizás nos pongan de peor condición que (la que) hemos estado hasta aquí porque él me dice que no quiere morir sin venganza ni darle al general López dos días de gusto, y eso debe calcular usted lo que significa”.
Se quejó Quiroga ante Rosas, quien escribió a López que devolviese el moro y tranquilizó a Quiroga: "Suponiendo fuese cierto que el general López tiene el caballo, y éste es el oscuro, ha estado muy lejos de la intención de agraviarle reteniendo al animal que sólo él puede montar y lo mira como una alhaja de un amigo recobrada del enemigo para ponerlo en sus manos en la ocasión que creyese conveniente hacerlo”.
López se extrañó por la historia de ese maldito caballo ‘‘que puedo asegurarle, compañero —la carta es a Rosas—, que doble mejores se compran a cuatro pesos donde quiera. . no puede ser el decantado caballo del general Quiroga porque éste es infame en todas sus partes”.
Sin embargo no lo devolvió. Tomás Manuel de Anchorena viendo que López no se desprendía del moro, escribió a Quiroga que desistiese de reclamarlo y no hiciera de esa cuestión minúscula un asunto que podía perturbar la marcha de la República, comprometiéndose a pagar su valor, Enfureciclo Quiroga contestó el 12 de enero: ‘‘Estoy seguro que pasarán muchos siglos de años para que salga en la República otro caballo igual, y también le protesto a usted de buena fe que no soy capaz de recibir en cambio de ese caballo el valor que contiene la República Argentina, (por eso) es que me hallo disgustado más allá de lo posible”. 
Mientras Quiroga quedaba tremendamente resentido con López. Rosas invitaba a éste a reunírsele en Rosario para ponerse de acuerdo en las emergencias del fin de la guerra. Informó a Quiroga que los dos problemas fundamentales a debatirse eran: establecer definitivamente que no se reuniría el Congreso Federativo (López había insistido) y disolver la Comisión Representativa que había empezado a convertirse en él “semillero de intrigas” como Rosas había supuesto.
Sarmiento en Facundo menciona el incidente: “Sabe (Quiroga) que López tiene en su poder su caballo moro sin mandárselo y Quiroga se enfurece con la noticia. ¡Gaucho ladrón de vacasl —exclama—, ¡caro te va a costar el montar en bueno…”

sábado, 22 de febrero de 2020

Rosas hombre de Trabajo: Orígenes del Saladero "las Higueritas" y de la Estancia "los Cerrillos"

Por Adolfo Saldías
El primer negocio de Rosas y Terrero fué el de salazón de pescado y acopio de frutos del país. Pero la actividad y el constante afán de Rozas perseguían ventajas mayores que las que le proporcionaba este negocio. Su amigo  don Luis Dorrego, que conocía sus aptitudes, le ofreció su compañía y su dinero. Con esta ayuda, de Terrero, Rozas estableció el primer saladero que hubo en la Provincia, en el lugar denominado «Las Higueritas», partido de Quilmes. Su audacia emprendedora arrancaron al negocio pingües resultados; el tal punto que, en dos años, no solo se dobló el capital, sino que la casa Rozas, Terrero y Cia. se propició relaciones de primer orden en América, debido al comercio de exportación que directamente hacía con negociantes de Río Janeiro y de la Habana en particular.

Tan importantes eran estas transacciones, y tan vasta la esfera que abrazaban las faenas de carnes y demás frutos beneficiados en el saladero de Rozas, que algunos hacendados de poca monta y algunos particulares, creyeron ver en estos establecimientos la causa de la disminución de los ganados en la Provincia; é interpusieron su influencia cerca del Director Supremo para que se suspendieran los saladeros — « á fin de que no escasee la hacienda para el abasto público».
Charqui y tasajo, de la subsistencia a la gran industria - LA NACION

Estas influencias nfueron vanas. El Director Pueyrredón, dando un plazo equitativo, ordenó la suspensión de los saladeros, á partir del 31 de mayo de 1817; y el de Rozas cerró en consecuencia sus trabajos, juntamente con otros dos que había en la Provincia. Con este motivo se originó una de las discusiones más singulares y prolongadas que jamás haya habido en Buenos Aires, por la clase de personas que la sostuvieron;  por el calor con que tomó parte en ella la prensa de todos los colores; y por las ideas económicas adelantadísimas que se ventilaron. En agosto de ese año, los hacendados más fuertes de la Provincia, amigos y comitentes de Rozas, representaron al Director del Estado sobre el «Restablecimiento de los saladeros, exportación libre de todos los frutos del país, arreglo del abasto de carnes, y otros puntos de economía política».    Esta Representación, redactada por el Dr. D. Mariano Zavaleta, es un documento importante en el que, con buenas razones, se alega la injusticia de privar á los hacendados el vender sus ganados con estimación á los saladeros « no dándoles otra salida que la muy mezquina del resero » ; se considera la infundada creencia de que esos establecimientos motivan la escasez de hacienda para el abasto público; y se refuta de paso un manifiesto publicado en esos días por don Antonio Millán, que fué uno de los principales agitadores contra los saladeros.  La prensa, por su parte, movida por los afanes de Terrero y Rozas, de Trápani y Capdevila (saladeristas también) tomó el partido de los hacendados; y haciendo mérito de la necesidad de dar amplitud y libertad á la industria ganadera, que era la principal de nuestro país, argumenta en contra de los ilusos: «para disuadirlos « del error económico que los llevaba á querer limitar el comercio de los frutos de esa industria, en nombre de « peligros tanto más imaginarios cuanto que era inmensa

la cantidad de ganado vacuno y yeguarizo que campeaba «en la Provincia.»  
El abandono en que estuvieron las dilatadas campañas de Buenos Aires durante dos siglos, á pesar de las grandes concesiones de tierras que se hicieron, aumentó de una manera prodigiosa los ganados.
Azara, agrega que « el espacio ocupado en aquellos tiempos por los ganados, casi todos cimarrones, pasaba de cuarenta y dos mil leguas cuadradas.» — Y multiplicando, en seguida, este número de leguas por el de 2.000 (que era. término medio, el número de cabezas de ganado que pacían cómodamente en una legua cuadrada, según los datos que le dieron ganaderos á quienes consultó al efecto). Azara deduce que había más de cuarenta y ocho millones de cabezas de ganado en el territorio de Buenos Aires.   


Estancia Los Cerrillos hacendado Ortiz de Rozas Juan Manuel de ...

Los indios de Chile y de Corrientes, los vecinos de Mendoza, Tucumán, Santa Fe y todos cuantos se proponían hacerlo, declararon una verdadera guerra de exterminio á esos ganados; organizándose al efecto en caravanas, provistos de chuzas afiladas con las que desgarretaban á los animales, por el interés de los cueros y del sebo, que vendían después en gruesas cantidades á los contratistas de este género de comercio. 
Estos bárbaros, estimulados por la ganancia de un real por cada res desgarretada, y de un real por cada cuero, esperaban la primavera para entregarse á las correrías, precisamente cuando tiene lugar la parición del ganado vacuno ; « de donde resulta, agrega Azara, que los terneritos, no pudiendo seguir á las madres en una corrida tan dilatada, quedaban abandonados y perecían, y que las vacas preñadas abortaban con la fatiga... »  Los datos con que Azara explica la pérdida de cuarenta millones de cabezas de ganado, sacrificados en aras de la rapacidad y de la avaricia, están acreditados por la palabra oficial de los virreyes: « Siendo los ganados el principal nervio del comercio de este vecindario  decía don Pedro de Ceballos en su Memoria de 12 de agosto de 1778 á su sucesor (Vertiz). y refiriéndose á los de la otra banda del Plata: « se recela con Justísimos fundamentos que continuando « el desorden con que se ha procedido en la matanza de estas «especies, haya de llegar el caso de arruinarse enteramente este puso de manifiesto los principios liberales que la revolución había difundido en todas las clases sociales; así como las aspiraciones al engrandecimiento industrial, que esperaban realizarlo por medio del desenvolvimiento natural de las riquezas del país, al amparo de una libertad que no tuviera más límites que la propia concurrencia de todos los que llevaran sus esfuerzos á la obra comun.
Los políticos de ese tiempo, — recelosos de la energía con que condenaban la supresión de los saladeros los poderosos y activos hacendados de Buenos Aires, quienes habían comprometido sus fortunas y su porvenir para fomentar la que será siempre la principal riqueza del país.  —trataron de paliar la dificultad, proponiendo confidencialmente á los señores Rozas y Terrero que comisionaran cerca del Gobierno á una persona de cierta respetabilidad, para arbitrar un medio honorable de cortar esta cuestión, que ya se hacía demasiado enojosa. A este efecto, Rozas y Terrero, Trápani y Capdevila dieron pleno poder al señor don León Ortiz de Rozas, quien, á pesar de todo su empeño y de sus relaciones, no pudo obtener buen suceso, porque los saladeros no se toleraron sino después de la caída del Directorio
Entre tanto. Rozas. Terrero y Dorrego. compraron los campos de don Julián del Molino Torres en la Guardia del Monte, que era entonces la extrema frontera en esa dirección; y se asociaron para explotar el negocio de pastoreo. En estas tierras del interior y exterior del Salado se poblaron los primeros establecimientos de la sociedad  O cuya cabeza de lugar se llamó Los Cerrillos. Aquí comenzó Rozas á labrarse su influencia y su fortuna. Dando el ejemplo de la severidad de sus costumbres y de su amor al trabajo, llevaba, la vida común con sus empleados. Él atacaba el primero las faenas más rudas, como que pasaba por el jinete más apuesto y por el gaucho más diestro para vencer á fuerza de habilidad y de pericia las dificultades que entonces se presentaban diariamente á los que vivían en la Pampa, fiados en su propia fortaleza.   Sus estancias se convirtieron en verdaderos centros de población, sometidos á la disciplina rigorosa del trabajo que educa y ennoblece. Los gauchos y los que no lo eran, hacían méritos para trabajar en ellas, fiados en el módico bienestar y en la esperanza de mejora que alcanzaron cuantos se distinguieron por sus aptitudes y por su constancia. 
Su reputación de hombre de empresa y de trabajo; la confianza de que gozaba entre los principales hacendados así por la invariable rectitud de sus procederes, como por la serie de negocios felices que con ellos hacía; y la simpatía que despertaba entre los sencillos campesinos un trabajador opulento descendiente de los antiguos gobernadores del país, proporcionáronle á Rozas al cabo de algunos años la dulce satisfacción de ser el poderoso señor de la grande área de tierra donde había caído su incesante sudor, y, con esto, la facilidad de acometer en el sur de Buenos Aires cualquiera empresa, por magna que fuese, con mayores probabilidades de éxito que ningún otro argentino.
Pero por eficaz que fuese la vigilancia y grandes los recursos de Rozas, sus estancias, situadas sobre la extrema frontera suroeste, no estaban á cubierto de las depredaciones de los indios; y eso que los viejos caciques le llamaban con orgullo «Juan Manuel», porque vivían gratos á don León y á su familia; y le recomendaban sus parientes para que les diese colocación en «Los Cerrillos», lo que digo, escribía D. Calixto Bravo, cincuenta y más años después (1882): «...puedo dar razón de todo lo que se ha hecho en esos establecimientos, pues yo fui en tiempo en que existían muchos de los « dependientes y capataces, de esos que hacían gala de haber asistido « á trabajos como no se han visto nunca en la República. Y es la « verdad: sesenta arados! funcionando al mismo tiempo, sólo se ha « visto en el establecimiento modelo « Los Cerrillos ». — Buenas fueron las lecciones que nos dejó el entendido y rígido administrador « (Rozas) y por eso progresaron todos los establecimientos que él « fundó. Lástima que haya muerto nuestro buen amigo el Sr. Manuel José de Guerrico, que él mejor que nadie sabía cuál era el orden que allí se observaba... » (M. S., original en mi archivo.)
Más expuestos que Rozas estaban los hacendados de las inmediaciones, que eran víctimas de robos frecuentes, ya por mano de los indios, ó por la de malhechores que vagaban por entonces en las campañas. Los principales hacendados se dirigieron á Rozas para que insistiese acerca de las medidas que éste había sometido á la consideración del Director Supremo, las cuales tendían á cortar esos males que amenazaban arruinar los grandes intereses de la Provincia.  Es de advertir que por ese tiempo se aprestaba en la Península la expedición de 25.000 soldados realistas con el objeto de ahogar la revolución en el río de la Plata; y que ante la inminencia del peligro, el Gobierno
del Directorio había nombrado á don Juan Manuel de Rozas para que en unión de don Juan José de Anchorena y el doctor Vicente Anastasio Echeverría, detallasen en una Memoria el modo y forma de realizar la internación á la campaña de los habitantes de la ciudad de Buenos Aires, á los primeros amagos de aquella invasión.  Cuando simultáneamente las Provincias Unidas luchaban por desalojar á los realistas de sus posesiones del Pacífico, para no ser invadidos nuevamente por el norte, era obra de romanos eso de dar seguridades á la campaña de Buenos Aires y de ponerla en condiciones favorables como para que prosperaran sus riquezas abundantes.
Esta fué la obra que acometió don Juan Manuel de Rozas, circunscribiendo sus ideas al límite de los recursos con que se contaba. Con tal objeto Rozas elevó en febrero de 1819 una memoria al Directorio, en la que proponía la fundación de un establecimiento denominádo Sociedad de Labradores y Hacendados para el auxilio de la policía de campaña.
Esta memoria es un documento notable en su género. A fuera de hombre práctico que ha visto de cerca los males y estudiado sus causas, Rozas comienza diciendo que para asegurar la propiedad y la vida en la campaña, es indispensable, antes de todo, poner el sur al abrigo de los ataques de los perturbadores del orden y cuantos vagabundos recorren en unión de los indios «la gran zona de tierra comprendida entre la línea exterior del Salado, frente al fortín de Lobos y la sierra; ocupando el campo vacío entre la línea de las estancias y la de las Tolderías.» ,  «El contacto con las primeras, agrega, les hace fácil el pillaje: el contacto con las segundas, les facilita protección en cualquier caso adverso. Aquí está, pues, el punto donde debe desenvolverse el plan de operaciones, y es ese campo vacío el que debe acordonar el gobierno, formando defensas sobre la verdadera línea de frontera por ahora. » Y mostrando gráficamente su plan, que se realizó con el tiempo, Rozas proponía que en el centro del gran trapecio comprendido entre la línea de las estancias y la Sierra, se formase un establecimiento para acantonar las tropas, distribuidas convenientemente en fortines, en una extensión de sesenta leguas; y fijaba como puntos más aparentes, la laguna de Caquel, á veinte leguas de los Toldos; la laguna del Sermón, á la misma distancia de éstos, ó la laguna de los Hinojales. Para defender esta línea, Rozas creía que bastaban 500 soldados; y aseguraba que en cada acantonamiento se formarían centros, los cuales se convertirían en otros planteles de defensa, á la vez que en nuevas y más fuertes poblaciones. Y para costear los gastos del establecimiento, propuso la creación de un impuesto indirecto de cuya recaudación y administración se encargaría una Junta de Hacendados, nombrada por el Director del Estado. Las diíicultades de la situación postergaron la realización del plan con que Rozas iniciaba, en 1819, la obra que consumó en 1833-1834. La borrasca revolucionaria del año 20, que ha hecho época en la historia argentina, estaba ya encima: y pueblos y gobiernos se preocupaban principalmente de conjurar como pudieran los peligros interiores y exteriores que los amenazaban.