Rosas

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domingo, 31 de mayo de 2015

RECORDANDO AL "PEPE" ROSA

Por Francisco José Pestanha
 
La resultante de los antagonismos y convulsiones que naturalmente acontecen en el devenir histórico de los pueblos, no suele manifestarse únicamente a través de cambios institucionales o modificaciones en las orientaciones políticas y geopolíticas de una comunidad o Estado determinado.
 
Acostumbra, además, inmiscuirse en otros campos como la cultura y las ciencias; en especial en aquellas cuyo objetivo es el abordaje de la sociedad en alguno de sus aspectos.
 
Tal es el caso de la derivación de las disputas entre unitarios y federales durante las primeras décadas del siglo XIX (aunque en rigor de verdad, algunos unitarios no fueron del todo unitarios; y ciertos federales, lo fueron tampoco).
 
Así las cosas, bien vale señalar que las contiendas de Caseros (1852) primero y luego de Pavón (1861) marcaron a fuego el transcurrir de una Argentina que visiblemente, y a partir del pensar y el obrar de una facción triunfante impregnada de una doctrina importada acríticamente —el iluminismo—  y de un liberalismo que se presentaba como “el motor conceptual del progreso”, imprimió al Estado surgente una cosmovisión que presuponía un modo específico de concebir e interpretar la historia y la ciencia histórica.
 
El triunfo de la entente heterogénea que enfrentó sucesivamente a Juan Manuel de Rosas y luego a Justo José de Urquiza, condujo inmediatamente hacia la consolidación de Bartolomé Mitre al frente de un Estado centralista, cuya matriz económica se fundó en el protagonismo de una oligarquía de base terrateniente, exclusiva beneficiaria de las pingües mercedes obtenidas de la renta de la tierra y cuya garantía principal estaba anudada a los términos de un intercambio determinado, casi exclusivamente, por el Imperio inglés.
 
La impronta fundacional impulsó un Estado que aspiraba a constituirse en el motor de la modernidad, lamentablemente condicionado por una falsa antítesis —Civilización vs. Barbarie— donde lo bárbaro representaba “lo propio” y lo civilizado, “lo ajeno”.
 
Conscientes de la importancia que el relato histórico posee en la construcción de rasgos identitarios comunes y dueños absolutos del poder político, los vencedores de las guerras civiles, conducidos por un estadista de dotes singulares, fueron concibiendo e integrando con científicos, intelectuales, y ensayistas una superestructura simbólica funcional al proyecto modernizador triunfante.
 
En forma paralela, a través de las instituciones educativas y académicas del país fue puesto en circulación un relato histórico acompañado por un “olimpo” de próceres a la medida de un modelo de Estado que se proponía —entre otros desafíos— repoblar el país a partir de la idea fuerza “gobernar es poblar”, rudimento que a la vez convocaría a nuestras costas millares de extranjeros empapados del “espíritu de la modernidad y del progreso”.
 
Si bien el régimen fundado hábilmente por el mitrismo pudo gozar de algunas décadas de estabilidad, ya a fines del mismo siglo XIX comenzaron a manifestarse las primeras expresiones críticas al orden instituido.
 
Algunas surgieron de los mismos inmigrantes que, junto a sus valijas cargadas de esperanzas, trajeron nociones e ideas que venían a cuestionar el régimen capitalista emergido a partir de la revolución burguesa.
 
En consecuencia, antes de concluir la centuria, comenzaron a brotar instancias de organización obrera bajo doctrinas anarquistas, socialistas, clasistas y, desde estas corrientes, fuertes impugnaciones al orden establecido.
 
Pero a la vez, desde lo más recóndito de la diáspora federal de los sectores criollos, de los contingentes desplazados por el orden oligárquico, comenzó a germinar un movimiento que —aunque contradictorio e inconexo— apelaría a estrategias insurreccionales y que, ya bajo la conducción de Hipólito Yrigoyen, obtendría en 1912 una reforma electoral de consecuencias impredecibles, para el régimen imperante.
 
El siglo XX encuentra a nuestro país inmerso en una serie de contradicciones dentro del mismo orden instituido y, además, nutrido de los antagonismos generados por los cuestionamientos mencionados, a los que se le irá adosando una creciente prédica anticolonialista que intentará desnudar los lazos ocultos que sujetaban a la Argentina a un régimen de dependencia consentida con la metrópoli inglesa.
 
Además, una profunda reacción antipositivista pondrá en cuestión los basamentos conceptuales e ideológicos sobre los que se sustentaba el régimen instituido y se irá generando una nueva escuela histórica a partir de profundas impugnaciones al relato difundido masivamente.
 
José María “Pepe” Rosa formó parte de una generación de la cual emergieron persistentes y perspicaces objeciones a dicho régimen: la historia fue el rudimento batallador elegido por este criollo nacido el 20 de agosto de 1906.
 
Nieto del Dr. José María Rosa, ministro de Hacienda del general Julio A. Roca en su segunda presidencia, Pepe se recibió muy joven de abogado, profesión que lo llevó a desempeñarse como juez de instrucción de la provincia de Santa Fe.
 
Ya en 1933 editó su primer libro, “Más allá del Código”, obra a partir de la cual describe sus vivencias como magistrado y donde, además, formula soslayadas criticas al orden normativo y judicial de la época.
 
Tres años después publica “Interpretación religiosa de la Historia”, texto recogido luego en su tesis doctoral y que recibe numerosas críticas por parte de los intelectuales alineados en el positivismo.
 
Con respecto a este texto señalamos que, según el autor, las posiciones encuadradas en el materialismo histórico creyeron encontrar en la economía el espíritu de la sociedad, así como muchos etnógrafos creían haberlo encontrado en las razas.
 
Para Pepe, este espíritu había que rastrearlo en la historia de las religiones; allí se encontraba el lenguaje ignorado en el que se escribió la historia: “La Nación es siempre un culto religioso.Un culto supone la dirección del misticismo social hacia un objeto, una idea o un hombre” .
 
La caída de Hipólito Yrigoyen, la crisis del 30, la prédica anticolonialista de legendarios autores, la reacción antipositivista y, fundamentalmente, el Pacto Roca-Runciman que pone al desnudo el régimen asimétrico en el que se encontraba nuestro país respecto a la Gran Bretaña, son hitos que van marcando un derrotero intelectual y que lo encuentran militando en el Partido Demócrata Progresista (estructura política comprometida con el orden instituido) hacia las filas del campo nacional.
 
Junto a otros prestigiosos pensadores, 1938, funda el Instituto de Estudios Federalistas, el cual comienza a constituirse en un centro de producción historiográfica como crítica a las corrientes oficializadas institucionalmente.
 
Ya para 1943, su orientación nacional quedará plasmada en el libro “Defensa y pérdida de nuestra independencia económica”.
 
Las posiciones asumidas por Rosa le causan permanentes conflictos con la intelligentzia santafesina y lo llevan a radicarse en Buenos Aires.
 
Durante la década correspondiente al primer peronismo publica legendarios textos: “Artigas, prócer de la nacionalidad”, “Nos los representantes del pueblo”, “La Misión García ante Lord Strangford”, “El cóndor ciego”, entre otros.
 
La “Revolución libertadora” que desplazó ilegítimamente al peronismo del gobierno, lo priva de sus cátedras y lo encarcela por dar refugio a John W. Cooke.
 
Una vez liberado, apoya el levantamiento del general Valle en junio de 1956.
 
Fracasado el intento y perseguido por la tiranía, huye a Uruguay para luego radicarse en España, donde ejerce el periodismo y da conferencias.
 
Respecto al exilio, sostuvo Pepe: “Me he dado cuenta ahora lo que es el exilio. Es una sensación de ausencia definitiva, de muerte, de no ser nada, de estar olvidado” . 
 
De su correspondencia de la época surge nítidamente el espíritu de un hombre que “[…] no podía estar ausente de las circunstancias de su país.
 
Dedica hojas enteras, a veces hasta los márgenes, a especular sobre la situación política argentina.
 
También se intuyen los miedos de este memorioso: ‘Me choca que se me haya olvidado así.
 
Nunca mencionan mis libros’" , le confiesa a su entrañable amigo y discípulo Fermín Chávez.
 Vuelto al país en 1958, prosigue con su enorme producción: “El pronunciamiento de Urquiza” (1960), “El revisionismo responde” (1964), “Rivadavia y el imperialismo financiero” (1964), “La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas” (1965), “Rosas nuestro contemporáneo” (1979), “El fetiche de nuestra Constitución” (1984), “Análisis histórico de la dependencia argentina”.

 
En forma paralela, sus aportes a la resistencia peronista lo hacen respetado y querido por las bases peronistas y sus obras son difundidas de manera extraordinaria dentro del movimiento.
 
El 17 de noviembre de 1972 acompaña a Juan Domingo Perón en su regreso definitivo, integrando el chárter que lo trajo de vuelta al país.
 
Durante la presidencia peronista es designado embajador en Paraguay en reconocimiento por su contribución a la relación entre ambos Estados. Fallecido Perón —y a raíz de profundas diferencias con el canciller Vignes— es destinado a prestar servicios en Grecia.
 
En 1976 regresa a la Argentina y el bravío Pepe comienza a dirigir la revista “Línea” (“la voz de los que no tienen voz”).
 
La publicación se constituye en una verdadera tribuna de resistencia del pensamiento nacional contra la dictadura, y Rosa debe enfrentar el secuestro de las publicaciones, allanamientos y procesos en su contra.
 
Los chacales no se atrevieron a desaparecerlo.
 
Así como Pepe se había jugado la vida con Valle en el legendario levantamiento, sigue poniéndose en la línea de fuego mientras algunos dirigentes políticos actúan con una prudencia a veces rayana con la complicidad.
 
Cuenta Alberto González Arzac, su abogado: “…íbamos a las audiencias como quien va a la guerra, [lo recibía] un juez del Proceso que presentaba en todas sus paredes fotos de él codeándose con almirantes, generales y brigadieres. …
 
Y, ¿cuál era la reacción de Don Pepe? …no perdía el humor y decía ‘El gobierno del Partido Militar’ …
 
A mí me corría frío por la espalda y él ni se inmutaba… todavía desaparecían personas… y ¡Don Pepe, con ese par de pelotas que tenía, manifestándose allí de esa manera!” .
 
Su vida se apaga el 2 de julio de 1991. Al decir de Enrique Manson, su discípulo y biógrafo hasta el fin de sus días: “el Maestro continuó entregándose en cuerpo y alma a la causa de la felicidad del pueblo y la independencia de la Patria.
 
Así, ya viejo, no vaciló en los aciagos días del llamado Proceso en dirigir una revista de oposición, cuya lectura esperaban regularmente muchos que luchaban contra el desaliento que imponía el discurso único y la certeza de las mazmorras ocultas” .
 
Desde el punto de vista filosófico, el historicismo de Rosa lo llevó a compartir la idea de que un acontecimiento del pasado puede ser, desde el punto de vista histórico, más actual y más trascendente que uno del presente.
 
Para dar cuenta del historicismo en el que abrevó Pepe, puede coincidirse con el  filósofo Saúl Taborda en que para Rosa “…la vida de un pueblo es una realidad tejida de historia y de cultura.
 
La cultura acusa las direcciones espirituales al destino particular.
 
La elabora todo individuo tocado de la conciencia de la vida y del mundo y es, por eso mismo, personal e intransferible.
 
Personal e intransferible por más que sus productos necesiten verterse en la comunidad para aspirar la vigencia en el soporte que les asegura la perpetuidad con que el creador de valores supera existencialmente con ellos la finitud de sus días.
 
La historia se refiere a la voluntad de ser inherente a toda comunidad política.
 
Se expresa en hechos —en los hechos históricos, conviene recalcarlo—, pues es en ellos donde se exterioriza la dirección que ella asume y la continuidad que es su esencia” .
 
En forma coincidente, Ana Jaramillo sostendrá que “la verdadera historia es historia contemporánea” .
 
A partir de esta perspectiva, Rosa se inmiscuyó de lleno en los temas nacionales, hecho que, entre otros grandes temas, lo llevó a indagar profundamente en el período rosista.
 
Los historiadores clásicos de tradición liberal —según su criterio— habían indagado este proceso con anteojeras eurocéntricas.
 
Para Pepe, la historia en manos de escritores europeizantes había sido guionada sobre los acontecimientos operados en el Viejo Mundo y, aplicación analógica mediante, ubicaba a tal o cual personaje en el campo reaccionario o en el progresista, sin darse cuenta de que más allá de las influencias exteriores, la historia de cada comunidad posee su propio flujo y reflujo.
 
Pepe Rosa asigna a Rosas una sensibilidad territorial que, a su criterio, compuso un tipo de estadista siempre alerta y celoso de las fronteras de su Patria.
 
Todo el gobierno de Rosas resultó, de esta forma, una adecuación  constante de la política a la estrategia.
 
No inventó enemigos: sus enemigos fueron los naturales.
 
Para Pepe, Rosas representó un tipo de jefatura política adaptada a la naturaleza, al terreno del país, a las fuerzas reales que operaban sobre la Patria.
 
En ese sentido, hablando de las cualidades estratégicas de Rosas, Pepe coincide con Raúl Scalabrini Ortiz en que: “Rosas usa los mismos métodos británicos: soborna, corrompe, atrae, ultima y extingue en una política incansablemente dirigida a la unidad, a la fuerza, al bienestar de la Nación.
 
Rosas tiene enfrente al político británico más cínico y más diestro.
 
Tiene enfrente a Lord Palmerston.
 
Pero todo lo que imagina, planea y arguye  Palmerston es anulado y contrarrestado por Rosas.
 
Por eso, este hombre que reunió lo que había disgregado la diplomacia británica; que procuró reaglutinar los fragmentos dispersos del viejo Virreinato, que desunidos eran presa fácil para la diplomacia británica; este hombre, a quien jamás la diplomacia británica pudo vencer ni doblegar, en la historia oficial, que enaltece solamente a los agentes británicos disfrazados de gobernadores y presidentes argentinos, pasa como un tirano sanguinario y egoísta.
 
La reconstrucción de la historia documental de las luchas francas y de las luchas encubiertas e invisibles que Rosas debió sostener con la diplomacia británica para defender al país, será uno de los puntos de apoyo más firmes para toda acción futura” .
 
Otra de sus grandes obsesiones fue la figura de Francisco Solano López.
 
Para analizar su postura bien vale recurrir al prólogo de la primera edición de “La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas”.
 
Plantea allí Pepe que la guerra del Paraguay fue un epílogo: “… el final de un drama cuyo primer acto está en Caseros en el año 1852, el segundo en Cepeda en el 59 con sus ribetes de comedia por el pacto de San José de Flores el 11 de noviembre de ese año, el tercero en Pavón en 1861 y las ‘expediciones punitivas’ al interior, el cuarto en la invasión brasileña y mitrista del Estado Oriental con la epopeya de la heroica Paysandú, y el quinto y desenlace en la larga agonía de Paraguay entre 1865 y 1870 y la guerra de montoneras en la Argentina de 1866 a 1868.
 
El ocaso de la nacionalidad podría llamarse, con reminiscencias wagnerianas, a esa tragedia de veinte años, que descuajó la América española y le quitó la posibilidad de integrarse en una nación; por lo menos durante un largo siglo que aún no hemos transcurrido.
 
Fue la última tentativa de una gran causa empezada por Artigas en las horas iniciales de la Revolución, continuada por San Martín y Bolívar al cristalizarse la independencia, restaurada por la habilidad y férrea energía de Rosas en los años del sistema americano, y que tendría en Francisco Solano López su adalid postrero.
 
Causa de la Federación de los Pueblos Libres contra la oligarquía directorial, de una masa nacionalista que busca su unidad, y su razón de ser frente a minorías extranjerizantes que ganaban con mantener a América débil y dividida; de la propia determinación oponiéndose a la injerencia foránea; de la patria contra la antipatria, en fin, que la historiografía colonial que padecemos deforma para que los pueblos hispanos no despierten del impuesto letargo.
 
Causa tan vieja como América.
 
Narrarla es escribir la historia de nuestra tierra, es separar a los grandes americanos de las pequeñas figuras de las antologías escolares” .
 
Con respecto de la obra de nuestro querido maestro, bien vale citar una referencia de un autor que si bien no compartió gran parte de las posiciones de Rosa, ponderó muy favorablemente su labor.
 
Para Félix Luna: “…no puede invalidarse el saldo general de la obra de Rosa, nutrida de una honda pasión nacional y estructurada con seductora coherencia.
 
Es el último ‘revisionista puro’… Rosa ha cumplido con su rol de vocero de la antítesis indispensable: aquella que debía enfrentar la tesis liberal ya indefendible.
 
Su obra significa una apertura hacia una nueva conciencia histórica del país, mantenida a través de una firme consecuencia ideológica” .
 
Conocí personalmente al Pepe en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, en una conferencia vinculada al plebiscito convocado con motivo del conflicto sobre el canal de Beagle durante la gestión de Raúl Alfonsín. Posteriormente concurrí a algunas de sus conferencias.
 
Desde hace casi una década conozco a sus hijos y nietos —en especial a Eduardo—, quienes me consta, no solamente realizan aún patrióticos esfuerzos para reivindicar la obra de su antecesor, sino que ellos mismos constituyen un ejemplo de compromiso con las cuestiones del país.
 
El presente volumen incluye cuatro obras: “Defensa y pérdida de nuestra independencia económica” (1954), “Rivadavia y el imperialismo financiero” (1964), “Rosas, nuestro contemporáneo” (1970) y “Análisis histórico de la dependencia argentina” (1974).
 
Pero antes de concluir cabe enfatizar que la obra de José María Rosa no se limita a los textos publicados ni tampoco a los citados en este prólogo.
 
Se extiende a más de una treintena de libros entre los que se incluyen sus ya épicos tomos de Historia Argentina y una infinidad de artículos y conferencias que aún hoy, a pesar del ostensible ocultamiento de su producción, siguen enriqueciendo a nuevas generaciones de argentinos.

Gunga Din, el perfecto cipayo. El Pacto Roca-Runciman de la década infame

Por Alejandro Pandra

En 1939 se estrenó Gunga Din, uno de los grandes clásicos del cine de aventuras de todos los tiempos, inspirado en el famoso relato de Rudyard Kipling, dirigido por George Stevens e interpretado por Cary Grant, Víctor McLaglen, Douglas Fairbanks Jr. y Joan Fontaine. La historia se trata de tres sargentos del ejército británico, buenos camaradas, de espíritu bromista, destacados en misión especial en una zona montañosa de la India colonial del siglo XIX. Los acompañaba un muchacho nativo, una especie de aguatero y guía baqueano llamado Gunga Din, que resultó ser el perfecto cipayo: se diría que disfrutaba viendo matar como moscas a sus compatriotas en nombre de los intereses del imperio y de la corona.

Pero digamos que la vocación del cipayo colonial no fue exclusiva del siglo XIX ni de la India exótica. El 27 de abril de 1933 se firmó la convención y protocolo que pasó a la historia como una de sus páginas más negras: el tristemente célebre -Pacto Roca-Runciman-. Un año antes, los representantes de los dominios integrantes del Commonwealth se habían reunido en la conferencia de Ottawa. En esa reunión el imperio británico firmó acuerdos con Australia y Canadá con el fin de otorgar preferencia a la compra de carnes. A partir de entonces la exportación de carnes argentinas a Inglaterra comenzó a decaer. La oligarquía y la Sociedad Rural argentinas presionaron entonces al presidente Agustín Pedro Justo y su gobierno derivado del llamado fraude patriótico para enviar una misión a Londres y arribar a un acuerdo. Las escasas condiciones miserables que pudo imponer a su principal cliente puso en evidencia el abrumador grado de dependencia del mercado exterior que tenía nuestra economía. Pero también el cipayismo vendepatria del gobierno y de nuestra clase dominante durante la década infame. Gran Bretaña, por su parte, tenía entonces vastos intereses en nuestro país: los ferrocarriles, los frigoríficos, el reaseguro y los enormes negocios derivados de éstos.

Por ese pacto, se permitió a nuestro país enviar al mercado inglés una cantidad de su mejor producción de chilled beef (carne enfriada), bien barata y ¡libre de gravámenes! A cambio, la Argentina aseguró, en condiciones de claro privilegio, la importación de carbón británico (sobre todo para abastecer a las locomotoras a vapor ¡también británicas!) y de toda una serie de productos manufacturados de ese origen. Se eliminaron medidas -proteccionistas- contra las importaciones inglesas, favorecidas además por regulaciones cambiarias. Al mismo tiempo, el gobierno argentino se comprometió a alentar la inserción de las empresas del Reino Unido en el terreno de las obras públicas.

El vergonzoso pacto fue firmado (paradójicamente el mismo año en que moriría don Hipólito Yrigoyen) en Londres por el ministro de comercio británico Walter Runciman y el vicepresidente conservador argentino Julio A. Roca (hijo del presidente homónimo). En esa oportunidad, Julito Roca tuvo el mal tino de decir que -Argentina, por su interdependencia recíproca, es, desde el punto de vista económico, una parte integrante del imperio británico-. El lacayismo llegaría a la cúspide en las palabras del agente financiero de los intereses británicos y miembro de la delegación argentina Guillermo Leguizamón, Sir de la corte de St James: -La Argentina es una de las joyas más preciadas de la corona de su Graciosa Majestad-.

La representación se completaba con el ministro de hacienda, el socialista independiente Federico Pinedo, siempre asesorado por el economista inglés Otto Niemeyer en las medidas adoptadas en el sistema de transporte con la fundación de ferrocarriles y tranvías de Buenos Aires, en la fundación del Banco Central y en la creación de la Junta Nacional de Granos. La oligarquía intentaba, por todos los medios, seguir en la órbita de Inglaterra, porque era la única manera de mantener sus privilegios. La pujante economía de Estados Unidos, fuerte productor de granos y criador de ganado de primer nivel, la estaba amenazando de muerte. En definitiva, el empréstito inglés fue de 13 millones de libras esterlinas, pero el 70 % de esa cifra fue destinado para pagar a la metrópoli ¡utilidades de los ferrocarriles!

Claro, ni el pacto ni aquellas declaraciones de la delegación fueron bien recibidas en los círculos nacionales, tanto entre las fuerzas armadas como entre los civiles como los hermanos Rodolfo y Julio Irazusta –autores de La Argentina y el imperialismo británico- y el grupo de intelectuales nucleados en FORJA. Se empezó así a cocinar un caldo de cultivo que prepararía finalmente las condiciones para la revolución del 4 de junio de 1943. El empréstito terminó pagándose (varias veces, como es de rigor) durante el gobierno del general Perón, cuando nacionalizó los ferrocarriles y el Banco Central, y derrotó a la coalición antinacional y antipopular de la oligarquía y el imperialismo.

El último domingo 24 se cumplieron cinco años de la muerte del gran patriota contemporáneo Alejandro Olmos, que supo denunciar la gran estafa de la deuda externa argentina y la complicidad de sus gerentes internos. Pero, como se ve, no hay nada nuevo bajo el sol: siempre existe disponible un Gunga Din.

Agenda de Reflexión, 27 de abril de 2005.

sábado, 30 de mayo de 2015

MURIERON POR LA CAUSA DEL PUEBLO: Los Mártires del 9 de Junio de 1956

por Julio R. Otaño

El 5 de marzo de 1956, el decreto 4161 de la autoproclamada “Revolución Libertadora” o   "fusiladora” decide que "en su existencia política, el Partido Peronista ofende el sentimiento democrático del pueblo argentino". La medida prohíbe en todo el país "la utilización de la fotografía, retrato o escultura de los funcionarios peronistas o de sus parientes, el escudo y la bandera peronista, el nombre propio del presidente depuesto, el de sus parientes, las expresiones peronismo, peronista, justicialismo, justicialista, tercera posición". La prohibición se extiende a "las fechas exaltadas por el régimen depuesto, las marchas Los muchachos peronistas y Evita capitana, los discursos del presidente depuesto y su esposa".  El nuevo régimen castiga con cárcel el hecho de nombrar a Juan Domingo Perón y a María Eva Duarte, y de exhibir los símbolos partidarios "creados y por crearse". Durante años, el periodismo escrito y radial se referirá al general derrocado como "el dictador depuesto" y "el tirano prófugo".
Se destruyen monumentos y se queman libros escolares. La Ciudad Infantil Evita es arrasada y se clausura la Fundación de Ayuda Social Eva Perón. El cadáver de Evita, que aguardaba en el segundo piso de la CGT, en Azopardo al 800, la construcción de un mausoleo, es vejado por un grupo de militares, escondido en diversos lugares y, finalmente, sacado furtivamente fuera del país.  El motivo: evitar que su sepultura se convierta en un lugar de peregrinación peronista. Los profanadores mantendrán el cuerpo oculto en Europa durante 16 años. En la noche del sábado 9 de junio de 1956, a nueve meses del derrocamiento del presidente constitucional Juan Domingo Perón por la autodenominada "Revolución Libertadora" O “Revolución Fusiladora”, militares y civiles peronistas intentan recuperar el poder por las armas. Los generales Juan José Valle y Raúl Tanco, junto con el teniente coronel Oscar Lorenzo Cogorno, encabezan una dispersa rebelión cívico-militar que tiene sus focos aislados en Buenos Aires, La Plata y Santa Rosa, capital de La Pampa.
El intento es abortado en unas cuantas horas y concluye en un baño de sangre.   
 Sus planes han sido descubiertos desde semanas antes por el servicio de inteligencia militar, están infiltrados y, en síntesis, no tienen ninguna posibilidad de triunfar. El régimen de la Revolución Libertadora, sin embargo, los deja actuar para poder aplicarles una medida "ejemplificadora".  
El domingo 10 de junio, a menos de veinticuatro horas del levantamiento peronista y cuando ya no existen focos de resistencia, el gobierno de facto encabezado por el general Pedro Eugenio Aramburu y el almirante Isaac Rojas lanza el decreto Nº 10.364, que impone la ley marcial. La pena de muerte debía hacerse efectiva a partir de entonces. Sin embargo, se aplica reatroactivamente a quienes se habían sublevado el sábado 9 y ya se han rendido y están prisioneros. 
Los pelotones de ejecución gastan más cartuchos que los que alcanzaron a disparar los rebeldes condenados
.  Lo real es que salvo excepciones la denuncia de los fusilamientos no conmovió demasiado al universo no peronista.  Aramburu, un católico a ultranza, no tuvo la más mínima piedad cristiana con sus camaradas de armas alzados.   En junio de 1956, Susana Valle es una adolescente de 17 años. Esa noche, le permiten ver a su padre durante unos instantes en el patio gris de la Penitenciaría Nacional.
Mientras ella llora, lo ve llegar erguido, "entero y sonriente", rodeado por un grupo de Infantería de Marina que lleva puestos cascos de acero y porta ametralladoras.   En esos días, el socialista de derecha Américo Ghioldi afirma eufórico en las páginas del periódico La Vanguardia: "Se acabó la leche de la clemencia". El político, apodado popularmente Norteamérico, también es autor de otra frase elocuente: "La letra con sangre entra". A partir de entonces, los peronistas rebautizan al régimen militar subversivo de septiembre de 1955 como la "Revolución Fusiladora". Pero la historia tiene sus vueltas. Cuando 18 años más tarde, en junio de 1970, Susana se enteró de la muerte de Aramburu a manos del Comando Juan José Valle, de los Montoneros, según declaró al semanario La causa peronista el 20 de agosto de 1974 sintió que "sólo la cirugía estética le podría borrar de su cara la alegría".
Asesinados en Lanús, simulando fusilamiento, 10 de Junio de 1956
Tte. Coronel José Albino Yrigoyen,
Capitán Jorge Miguel Costales,
Dante Hipólito Lugo,
Clemente Braulio Ros,
Norberto Ros y
Osvaldo Alberto Albedro.

Asesinados en los basurales de José León Suárez, disparando por la espalda, 10 de junio de 1956
Carlos Lizaso,
Nicolás Carranza,
Francisco Garibotti,
Vicente Rodríguez,
Mario Brión.


Muertos por la represión en La Plata, 10 de junio de 1956
Carlos Irigoyen,
Ramón R. Videla,
Rolando Zanetta.

Fusilados en La Plata, 11 y 12 de junio de 1956
Teniente Coronel Oscar Lorenzo Cogorno,
Subteniente de Reserva Alberto Abadie.

Fusilados en Campo de Mayo, 11 de junio de 1956
Coronel Eduardo Alcibíades Cortines,
Capitán Néstor Dardo Cano,
Coronel Ricardo Salomón Ibazeta,
Capitán Eloy Luis Caro,
Teniente Primero Jorge Leopoldo Noriega,
Teniente Primero Maestro de Banda de la Escuela de Suboficiales Néstor Marcelo Videla.

Asesinados en la Escuela de Mecánica del Ejército, 11 de junio de 1956
Sub Oficial Principal Ernesto Gareca,
Sub Oficial Principal Miguel Ángel Paolini,
Cabo Músico José Miguel Rodríguez,
Sargento Hugo Eladio Quiroga.
Ametrallado en el Automóvil Club Argentino, 11 de junio de 1956
Miguel Ángel Maurino
(falleció el 13 de junio de 1956 en el Hospital Fernández)

Fusilados en la Penitenciaria Nacional de la Av.Heras, el 11 de junio de 1956
Sargento ayudante Isauro Costa,
Sargento carpintero Luis Pugnetti,
Sargento músico Luciano Isaías Rojas.

Fusilado en la Penitenciaria Nacional de la Av.Las Heras, el 12 de junio de 1956
Gral. De División Juan José Valle.

Asesinado, simulando suicidio por ahorcamiento, en la Divisional de Lanús el 28 de junio de 1956, donde estuvo detenido desde el 9 de junio de 1956
Aldo Emil Jofré.
Dijo el Gral. Perón: ‘El peronismo se ha llenado de mártires y entre ellos no hay un solo hombre que, como nuestros enemigos, pueda ser tildado de asesino con fundamento, como podemos llamarlos a ellos con razón. La sangre generosa de estos compañeros cados por la infamia "libertadora" ser siempre el pedestal de Abel, que los seguir hasta su tumba, llenándolos de remordimiento y de vergüenza ’ “Sin Aramburu, Rojas y Presbich, seguramente no hubiéramos sufrido a Videla, Massera y Martínez de Hoz  

El bombardeo sobre Plaza de Mayo de junio de 1955: la antesala del terrorismo de Estado en Argentina

Por Salvador Ferla
Hace apenas 60 años hubo un Buenos Aires muy distinto del actual. La cabeza de un hombre muerto que cuelga por la abertura sin vidrio de la puerta del trolebús de la línea 305 y los cadáveres de dos mujeres tendidas en el empedrado, conforman una de las fotos más terribles de aquel 16 de junio de 1955, cuando oficiales de la Aviación Naval bombardearon Plaza de Mayo en un intento por terminar con el gobierno del presidente constitucional Juan Domingo Perón que había sido reelegido sólo tres años atrás con el 68% de los votos. Hasta hoy nunca se conocieron cifras precisas sobre el número de masacrados por la metralla y las bombas lanzadas desde los aparatos de la aviación naval. El propio Perón, según algunos de los que vivieron aquella circunstancia trágica para la Argentina y su gente, se negó a que se diera a conocer el balance de muertos y heridos. 
El día había amanecido lluvioso; la temperatura no superaba los 4 grados y la rutina de la ciudad era la normal. A las 12.40 se arrojaron 10 toneladas de bombas que provocaron más de 350 muertos entre mujeres, trabajadores y niños. 
Muchos más de 50 fueron reconocidos en las morgues por sus delantales blancos. Entre quienes allí cayeron había peronistas, antiperonistas, católicos, creyentes de todo credo, ateos, todos argentinos asesinados en nombre de Cristo, de la libertad y de la democracia.
Cuarenta minutos pasado el mediodía de aquel jueves encapotado y laborable, 20 aviones de la armada (14 cazabombarderos monomotores biplaza North American y 6 bombarderos bimotores Beechcraft, que llevaban más de dos horas y media en el aire, sobrevolando el Río de la Plata, mientras esperaban un plafond más alto), iniciaron el bombardeo y ametrallamiento por sorpresa de la Plaza de Mayo, con epicentro en la Casa Rosada.

Estaba programado un acto de homenaje a San Martín y desagravio a la bandera en la Catedral, e incluía un desfile aéreo, por lo que el ruido de las naves en formación no alarmó a nadie hasta los estampidos de las dos primeras bombas arrojadas por el entonces teniente de navío Néstor Noriega, jefe de la flotilla.
Esas bombas cayeron sobre la hilera de autos estacionados sobre Hipólito Irigoyen, entre Balcarce y Paseo Colón, y mataron entre tres y cuatro personas; las primeras de alrededor de 350 muertes, casi todas de civiles, en que resultó la jornada: casi enseguida otra atravesó el techo de un trolebús repleto, en el Bajo entre Irigoyen y Rivadavia, y aunque su carga incendiaria no deflagró -solo, en apariencia, el detonante -el desplazamiento de aire de sus cien kilos de peso alcanzó para matar a 58 de 60 personas a bordo, muchos de ellos chicos de escuela.

Los estallidos sirvieron de señal para que dos compañías de Infantes de Marina, unos 300 hombres, se desplegaron, partiendo del Ministerio del arma, en Cangallo y Madero, y del Arsenal Naval de Puerto Nuevo, hasta alcanzar Plaza Colón, a menos de 100 metros de la Casa Rosada, y desde allí la atacaron por dos flancos con fuego de ametralladoras y fusiles. Desde la sede de gobierno sostuvieron y contestaron el embate cuarenta granaderos y unos pocos empleados civiles.
Otros infantes aerotransportados habían copado el Aeropuerto Internacional de Ezeiza para garantizar el reaprovisionamiento, y un grupo de comandos civiles y marinos a cargo del teniente de navío Siro de Martín tomaron Radio Mitre, desde donde comenzó a irradiarse una "proclama revolucionaria". El primer ataque aéreo duró poco menos de una hora.
Cuando arreciaba, a las 13:12, el Secretario General Adjunto de la CGT, Hugo Di Pietro, convocó a los trabajadores de capital y conurbano con un llamado general: "Compañeros, el Golpe de Estado ha comenzado. Todos los trabajadores deben reunirse en los alrededores de la CGT, donde recibirán instrucciones. ¡Demos la vida por Perón! "
Los trabajadores, efectivamente, comenzaron a llegar a la zona poco después, en camiones fletados por los sindicatos y por la Fundación Eva Perón y en ómnibus requisados por ellos mismos, congestionando los accesos al centro. Otros resistentes espontáneos detuvieron ómnibus y troles para cruzarlos en la General Paz y sus principales intersecciones, de modo de prevenir avances terrestres.
Los primeros trabajadores en llegar a la zona recibieron unas pocas armas de puño, con las que se desparramaron por las recovas de Paseo Colón para hostigar a los infantes de marina. Otros manifestantes se dedicaron a atender a los heridos y otros, por fin, asaltaron una armería en Constitución y otra en Tucumán y San Martín.
El plan de los sublevados incluía, como objetivo central y evidente, el asesinato del presidente de la Nación, pero Perón no estaba en la Rosada; se había trasladado al Ministerio de Guerra -Edificio Libertador, actual Comando en Jefe del Ejército -alertado por el ministro, General Franklin Lucero de "ciertos rumores" y montado allí un comando centralizado.
Entre quienes lo rodeaban estaba allí el General Justo Leon Bengoa, titular de la III Brigada de Ejército con asiento en Paraná, de quien se supo después que la asonada lo había encontrado desprevenido, lejos de su comando, con el que pensaba unirse a la sublevación.  Por parecidas razones también estaba allí el Capitán Luciano Benjamín Menéndez, hijo del golpista de 1951. En cambio, el ministro de Marina, contralmirante Aníbal Olivieri, se había hecho internar en el Hospital Naval a la espera de los acontecimientos, acompañado de dos de sus tres edecanes: Eduardo Emilio Massera y Horacio Mayorga. El tercero era Oscar Montes, inhallable ese día. Los tres alcanzaron el máximo grado de su escalafón y fueron juzgados años después por crímenes contra la humanidad.
Uno de los hermanos de Massera, Carlos, piloteaba un North American. Poco después de la una de la tarde, una veintena de oficiales de la aeronaútica tomó las instalaciones de la Séptima Brigada Aérea de Morón y las fuerzas legales se quedaron sin base para operar.
La Fuerza Aérea había entrado en acción con sus cazas a reacción Gloster Meteor, rivales imbatibles para los lentos aviones navales; habían alcanzado a derribar dos aparatos en el aire y averiado otros dos o tres en tierra, al ametrallar Ezeiza mientras se reabastecían; ahora, media docena de cazas Gloster y Fiat quedaron en manos de los atacantes.
Aquel, y no Malvinas, fue el bautismo de fuego del arma. Los aparatos de la aeronaútica efectuaron varias pasadas ametrallando la Avenida de Mayo, desde Congreso hasta el puerto y a la inversa.
A las 14, la Guarnición Motorizada Buenos Aires llegó en auxilio de las tropas de la Casa de Gobierno y con el auxilio de algunos blindados empujó a los infantes de Marina hasta sitiarlos en el edificio del que habían partido.
Olivieri había tomado por fin su decisión y estaba allí dentro, con sus ayudantes. A pesar de las indicaciones de Perón a la CGT tratando de circunscribir la lucha a los militares, los militantes peronistas caminaban en masa detrás de las tanquetas.
A las 15:10, el ministerio alzó bandera blanca, pero antes de que una comisión integrada entre otros por el General Sosa Molina y el General Valle -asesinado casi exactamente un año más tarde, el 12 de junio de 1956, por los "libertadores"- llegara al edificio, se inició la segunda gran ola de bombardeos, más prolongada y nutrida que la anterior.
Mientras que los sublevados de la aeronaútica seguían su propio plan con incursiones individuales, la Marina sumó tres grandes hidroaviones Catalina.
Todos volvieron a machacar la casa de gobierno, cuyo segundo piso se derrumbó en gran parte, pero agregaron otros objetivos: el Departamento de Policía, en Belgrano y Virrey Cevallos, la CGT, en Independencia y Azopardo, y la residencia presidencial de capital, situada en Austria entre Las Heras y Libertador, en el predio que hoy ocupa la Biblioteca Nacional, en éste último caso con pésima precisión: cayeron bombas desde Pueyrredon y Las Heras hasta Plaza Vicente López y la calle Guido. Los marinos sitiados en el ministerio retiraron la bandera de rendición y ametrallaron la delegación que se acercaba, matando a varios de los civiles espontáneos que la acompañaban.
El bombardeo metódico duró hasta pasadas las 16:30, cuando los ocupantes de Ezeiza alertados por las caídas en manos el ejército de las bases navales de Punta Indio -de donde había partido el grueso de los atacantes- Puerto Belgrano y Mar del Plata, por la inmovilidad de secciones del ejército cuyo apoyo habían esperado y por la cercanía amenazante del regimiento III de La Tablada, huyeron en masa al Uruguay, en algunos aviones de transporte. Los pilotos que aún se hallaban en el aire hicieron lo propio.
Los ocupantes de Morón tomaron la misma decisión algo más tarde; 122 oficiales de ambas armas y un civil -Miguel Angel Zavala Ortiz, líder del radicalismo "unionista" y jefe de los comandos civiles que no habían llegado a entrar en acción -y 36 aparatos diversos, con los flancos pintados con una cruz sobre una "V" llegaron a la otra orilla.
En el comité de recepción estaban Carlos Suarez Mason, exiliado allí desde 1951 y futuro jefe de asesinos seriales del primer cuerpo de Ejército, y el socialista de ultraderecha Américo Ghioldi, futuro embajador de Videla, identificado con una de las supervillanas de la literatura universal, Lady Macbeth, a partir de 1956, cuando citó su línea "se acabó la leche de la clemencia" para justificar el asesinato de civiles y militares.
Entre quienes llegaban estaba Osvaldo Cacciatore, quien a partir de 1976 sería intendente "de facto" de la misma ciudad indefensa que había bombardeado. El presidente Luis Batlle Berres devolvió más tarde los aviones, pero agasajó informalmente a los hombres.
 El Ministerio de Marina volvió a rendirse a las 17:10, esta vez en serio. Como única condición Olivieri, que mantenía una actitud ambigua entre la de jerarca de los alzados y la de negociador del gobierno, pidió al ejército que "retirara a los partisanos (sic) que hacen fuego desde la recova".
El edificio moderno y muy vidriado mostraba toda clase de destrozos, pero dentro no había ni una baja mortal. La hubo enseguida; Benjamín Gargiulo, uno de los oficiales jefes del alzamiento, se disparó con su pistola reglamentaria, encerrado en un despacho.
El otro, Samuel Toranzo Calderón, no. A las 17: 40, cuando Perón llevaba unos 10 minutos hablando al país por la cadena oficial de radiodifusión y la Plaza de Mayo se había llenado nuevamente de personas, un Fiat G-6 de la Fuerza Aérea rezagado efectuó un último vuelo, rasante y disparando sobre la multitud, antes de perderse en el Río de la Plata.
En su mensaje, el Presidente no ahorró denuestos a la Armada ni elogios y agradecimiento al Ejército. Erraba por optimismo, como se vería en setiembre. El Secretario General de la CGT, Eduardo Vuletich, tuvo un fugaz regreso al rol que en la práctica desempeñaba Di Pietro, y cargó las tintas sobre la responsabilidad de la Iglesia, que por cierto apadrinaba ostensiblemente a los golpistas.
Por la noche, multitudes no identificadas quemaron una decena de templos católicos céntricos, incluyendo la curia, en un costado de la catedral, a la que se voló previo desempotrar y llevarse la caja de caudales. Pío XII, que se había negado tozudamente a excomulgar a Mussolini incluso después de su caída, lo hizo con Perón en solo tres días.
Vuletich, dirigente de la Asociación de Farmacia, fue rápidamente renunciado. Perón nunca confió plenamente en él: prefería manejarse con Di Pietro -que ocupó por fin la Secretaría General- e incluso con José Espejo, aunque este había sido empujado a la renuncia por la multitud, que le reprochaba su obsecuencia, en 1953.
 Lo cierto es que el incendio de los templos nunca estuvo del todo claro: la calle estaba llena de trabajadores autoconvocados, pero también de "comandos civiles" que no habían alcanzado a entrar en acción.
Y no hubo quema de templos en los barrios perisféricos de Buenos Aires, donde el peronismo era dominante. En cambio sí la hubo -fue el único otro lugar del país, al menos en esa proporción-en Bahía Blanca, una ciudad muy influida por la próxima base de Puerto Belgrano.
El conflicto con la iglesia derivó de la creación del Partido Demócrata Cristiano de Argentina como símil del impulsado por el Vaticano en Italia, y del desagrado de Perón, a cuyo juicio el Partido Justicialista ya ocupaba ese lugar.
El peronismo hizo votar una avanzada ley de divorcio, eliminó la enseñanza religiosa en las escuelas del Estado y promovió el debate alrededor de la separación de la Iglesia y el Estado.
La iglesia identificó crecientemente al régimen con una dictadura "inmoral" contra el que predicó desde todos los púlpitos y prohijó en declaraciones y hechos a los golpistas. Socialistas, demoprogresistas y Radicales del Pueblo vieron con agrado las medidas anticlericales -y votaron a favor de las que llegaron a legislarse- pero se hicieron los osos cuando la oposición comenzó a reunirse alrededor de la Santa Madre.
Innegablemente autoritario, el del General Perón seguía siendo el gobierno constitucional del país, su titular había sido reelecto con el 68% de los sufragios solo tres años antes, los salarios de los trabajadores seguían participando en el Producto Bruto Interno en una proporción próxima al 50%; se estaba cerca de una alfabetización del 100%, habían desaparecido enfermedades endémicas, no había déficit de viviendas, ni de escolarización, ni de camas de hospital, ni deuda externa.
El terrorismo antiperonista databa de tiempo atrás. No comenzó el 16 de junio de 1955 con el bombardeo a los manifestantes en la Plaza de Mayo. Algo más de dos años antes, el 15 de abril de 1953, con motivo de un acto oficialista, con Perón como orador, un "comando civil" hizo explotar dos bombas, una de ellas en el andén de la también estación "Plaza de Mayo" de la Línea "A" de los subterráneos porteños.
Como resultado de la misma murieron seis personas, otras 19 quedaron lisiados a perpetuidad y " más sufrieron heridas de diferentes consideraciones.
El principal responsable de ello fue el dirigente radical Roque Guillermo Carranza, quién fue detenido el 11 de mayo de ese año y sigue homenajeado llevando su nombre una estación de subte.
Los rasgos del intento de magnicidio del 16 de junio fueron tan groseros que recordaron la humorada de Chesterton respecto a que la mejor forma de ocultar un homicidio es generar una guerra en la esquina y arrojar el cadáver allí, pero interpretada por alguien que no acabó de entender la sutileza.
El odio contra la persona de Perón se había transferido con facilidad a -o había empezado por- el pueblo que, en mayoría, aún sentía ese proyecto de país como propio.
Los diarios del 17 de junio se refirieron con amplitud a los daños y publicaron listas parciales de muertos y heridos, pero comenzaron a diluir la información a partir del día siguiente; el régimen advirtió su propia debilidad y los mensajes del Presidente se volvieron tibios y conciliatorios, lo que resultó en la progresiva desaparición de los nombres de los caídos, que se completó con el golpe de Estado del 16 de setiembre.
El documento liminar de la "Revolución Libertadora" inauguró el recurso de culpabilización de la víctima: el "tirano" era responsable por las muertes -que nunca se nominaron ni enumeraron- porque habría convocado a los trabajadores, a sabiendas del riesgo.
Perón no hizo ningún llamado a la ciudadanía a lo largo de esa tarde, pero el argumento se repitió con éxito en la prensa oficial y hasta en los libros escolares durante las siguientes dos décadas.
Varias generaciones fueron informadas del vandalismo ateo de las masas peronistas con el mismo cuidado con que se nos ocultó y decrecieron bajo la oclusión oficial y el goteo clandestino de un relato tan monumental que, aún prescindiendo de su monstruosidad pareciera inocultable.
Durante medio siglo los terroristas de Plaza de Mayo gozaron de un aura romántica basada en una acción cuya infamia solo sería comparable a la destrucción de Guernica si los pilotos de la Legión Cóndor hubieran sido vascos y no alemanes

De "Mártires y verdugos", Salvador Ferla

viernes, 29 de mayo de 2015

8 DE JUNIO DE 1966: CAE ARTURO ILLIA

Por Jorge L. Devincenzi
 
Esa mañana del 28 de junio de 1966 nosotros, los jóvenes ciudadanos de la Argentina recibimos con estupor la noticia de que las fuerzas armadas habían derrocado a un gobierno constitucional y democrático.
  No, no fue así, nada fue así.
  Empezando porque hacía frío ese 28 de junio, como suele suceder en todos los inviernos, y era muy temprano cuando salía de un alojamiento media estrella que todavía existe, el Asturias, cerca de Deán Funes e Independencia, con mi amiga Aurora.
  Espigada, con esa alegría trágica de los españoles, ella tenía una piel pecosa, rosada y suave; sus rulos eran de un rojo subido, tanto como su pasión y su carnet del pecé.
  Era muy desenvuelta, con esa precisión discursiva del militante, y yo bastante tímido.
  Pero no tanto como para no animarme a aporrear cada tanto el teclado que entonces había en Chez Tatave, en ese sótano de la cortada Tres Sargentos, antes de que se mudara a la avenida Córdoba.
  Monsieur Tatave me conocía, de tanto verme por las noches, y no ocultaba su fastidio por mis incursiones al piano: no le gustaba mi repertorio, o yo era más que mediocre.
  Ella creía honradamente que lo inevitable de la historia debía decidirse en Moscú, pero a mí no me importaba. No porque fuera menos determinista que ella (que lo era, aunque prefería unas referencias más heterogéneas donde confluían Madrid, Argelia, Pekín, La Habana y Hanoi) sino porque me gustaba, toda ella, sus ojos, sus piernas y sus pechos.
  Legañosos y sin un peso, caminamos hacia Plaza Once, pasamos por La Perla vieja y, sin encontrar conocidos (los Portnoy por ejemplo, que después quedarían “pegados” en el ajusticiamiento de Aramburu), seguimos por Rivadavia hasta un bar que existe tal como era entonces, en la esquina de Saavedra.
  Las monedas que juntábamos entre los dos alcanzaban para compartir un solo vaso de leche caliente. Pero el mozo, un desconocido santo de los panes y los peces, dejó sobre la mesa dos descomunales cafés con leche con manteca, dulce y unos panes humeantes y olorosos, sin aceptar disculpas.
  -Peores cosas pasan- dijo, más o menos.
  No podría afirmar que esos gestos fueran frecuentes en aquel entonces, ni que hoy no lo sean, (al día siguiente pagué la diferencia en lugar de recurrir al “jodete, por boludo”, que, creo, ni existía) pero sí estoy seguro de algo que ni siquiera imaginábamos: esa Argentina que vivíamos estaba comenzando a desaparecer esa mañana de junio.
  Y no sólo la Argentina.
  Por la avenida Rivadavia pasaron unos camiones con tropas de fajina, y la radio trasmitía la marcha Ituzaingó.
  Habían derrocado a don Arturo Illia, el cordobés nacido en Pergamino.
  -  Dos. ¿Cómo había llegado don Arturo a la Casa Rosada?
  ¿Por qué se lo considera un arquetipo de demócrata?
  ¿Por qué nosotros, los universitarios, en lugar de apoyar esa legalidad, nos manifestábamos ruidosamente contra el Fondo Monetario y contra el gobierno, dando en cierto modo la razón al general Onganía, que veía conspiraciones comunistas en cualquier acto de protesta?
  ¿Por qué estaba vigente, a pesar de la formalidad democrática, un Plan Conintes destinado a detener a cualquiera sin ninguna garantía constitucional?
  ¿Por qué, en agosto de 1962, había sido secuestrado y asesinado por la policía el militante peronista Felipe Vallese, de 22 años? ¿Por qué esa democracia nos estaba interesando cada vez menos?
  Para saber por qué cayó Illia, hay que comprender cómo y por qué llegó a la Casa Rosada.
  El partido militar (dominante) de la Argentina post-1955 estaba dividido entre azules y colorados, denominaciones habituales en los juegos de guerra.
  Ni unos eran muy azules ni los otros tan colorados, y se identificaban en un punto: todos eran gorilas y antiperonistas.
  En los años que sucedieron a setiembre de 1955, los mandos militares habían barrido todo el disenso dentro de las fuerzas, llegando a fusilar a sus opositores internos en el 56.
  Los azules pasaban por más “profesionalistas”, la misma actitud que tendría Videla antes de 1976.

 El 23 de setiembre de 1962, Marianito Grondona había redactado lo que se conoció como “Comunicado 150, en el que los azules decretaban que todo el pueblo tenía derecho a votar, pero no al peronismo: se había puesto en marcha el reloj del golpe, cuando todavía Illia ni siquiera era candidato, y su primer capítulo sería proscribir al Frente Nacional que se armaba para las elecciones del año siguiente, cualquiera fuera la denominación que se le diera.
  No era una mera suposición: en las elecciones parciales de marzo de ese año se había impuesto ampliamente la fórmula peronista Framini-Anglada en la provincia de Buenos Aires, acelerando la caída de Frondizi.
  En el gobierno que le siguió (Guido era un oscuro senador al que se sacó de la cama para cumplir con las formalidades, y que sorprendió al general Poggi ya sentado en el sillón de Rivadavia) aparecen apellidos notables: Álvaro Alsogaray, José Alfredo Martínez de Hoz, Roberto Alemann, Federico Pinedo y Jorge Wehbe, último ministro de Economía de Bignone.
  Como el avance peronista es imparable, la Marina, al mando de Rojas, Rial y Sánchez Sañudo, se subleva el 2 de abril (¡?) de 1963 con el objetivo de tomar el poder para impedirlo.
   Su mascarón de proa es el decrépito general Benjamín Menéndez, padre de otros generales que luego tendrían sus diez minutos de sombría fama, y, ya con 66 años, jefe de la asonada de 1951 contra Perón.
  Un mes antes, los marinos habían pataleado porque la justicia electoral, dominada por los azules y que luego obtendrá el espaldarazo de la Corte Suprema, había otorgado personería a la Unión Popular, un rejunte heterogéneo de peronistas, neoperonistas y falsos peronistas: Tecera del Franco, el neuroperonista Raúl Matera, y los demócratas cristianos, que con Horacio Sueldo, no se decidían.
  La sublevación pretendió resolver las cosas de una vez por todas: los tanques de López Aufranc (que luego sería beneficiado con un sillón en el directorio de Acindar, la acería de los Acevedo que competía con la estatal Somisa y Propulsora, de la familia San Martín) bombardearon a los marinos levantiscos.
  Los ganadores no se la llevarían de arriba: inaugurando un método luego difundido por Massera, el general Osiris Villegas es ametrallado desde un Falcon de la Armada en su domicilio en Bella Vista, y se salva por un pelito.
  La saga de comunicados originados en Campo de Mayo, el feudo de Onganía, iniciada en las postrimerías del gobierno frondizista, no se detuvo. En el n° 179, los azules expresaron lo que deseaban los colorados: “el regreso del peronismo es imposible”.
  Aparece Aramburu como la gran esperanza “conciliadora” prefabricada por el Ministerio del Interior, mientras se suceden los decretos limitativos contra la Unión Popular, un método que repetiría Lanusse en el 72 con su famosa “cláusula de residencia” que sólo proscribía al Cuco: Perón, el tirano prófugo, el corruptor de menores, el que se robó el oro del Banco Central, que podía llegar en cualquier momento, montado sobre un avión negro.
  Mientras se alienta la candidatura de Aramburu (Udelpa) y se inventan otras, como la de Oscar Alende, la justicia autoriza la fórmula del Frente (Solano Lima - Sylvestre Begnis) pero prohíbe que tenga representantes en el Colegio Electoral.
  El 20 de junio de 1963 se emite otro decreto prohibiendo listas completas si en alguna de ellas aparece un peronista, ex peronista o futuro peronista.
  Advirtiendo que el Frente ya no es negocio seguro, Matera emigra a la democracia cristiana: no sería la UCRI de Alende, pero era algo.
  Horas antes de las elecciones de julio, una declaración firmada por el almirante Rojas y el capitán-ingeniero Álvaro Alsogaray advierte que está en marcha una “coalición peronista-marxista-frigerista”, y que “es falso que existan proscripciones”.
  En vista de las presiones, el Frente decide el voto en blanco a minutos del inicio de los comicios, y el 7 de julio la fórmula de la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP) de Illia-Perette, llega primera con el 25,2% de los votos positivos. Más de 1.700.000 ciudadanos votan en blanco.
  ¿Pretendería Illia acabar con las proscripciones o, por el contrario, operaría en sintonía con el bando azul, tratando de domesticar al neoperonismo y al “peronismo sin Perón” que ya organizaba Augusto Timoteo Vandor?
  Los actuales apologistas de Illia dicen que sí. En realidad, un colorado de ley latía dentro de cada pecho radical. Se suele dividir al radicalismo en tres sectores: el balbinismo, con pie en los medianos productores rurales de la provincia de Buenos Aires, y por ello de naturaleza guitarrera; el unionismo conservador (del que Fernando De la Rúa sería un exponente), más relacionado con el poder tradicional, y el sabbatinismo cordobés, heredero de los lomos negros conservadores.
  Los tres sectores habían aportado “comandos civiles” a la Revolución del 55: el propio Illia lo había sido, y también varios de sus colaboradores: Roque Carranza, Alconada Aramburu, Zabala Ortiz.
  Durante el gobierno de Illia hubo varios hechos auspiciosos: la ley de medicamentos (conocida como Oñativia), de defensa de los laboratorios nacionales, y que bien pudo ser la causa de su caída; la anulación de los contratos de concesión de petróleo (Banca Loeb, Pan American, Tennessee, Shell, Esso) firmados por Frondizi, que también pudo ser causa de su caída, y un sostenido crecimiento económico.
  Pero nada se hizo para redistribuir más equitativamente la riqueza, que venía siendo cada vez más recesiva, y el peronismo era reconocido sólo a medias.
  Los militares se fueron convenciendo de que el gobierno no podría con él, con el “hecho maldito del país burgués”.
  En febrero de 1964, la CGT anuncia su Plan de Lucha, que en mayo produce diez mil ocupaciones (pacíficas y breves) de establecimientos fabriles.
  Al mes siguiente, la gendarmería neutraliza a una célula del EGP que se había asentado en Orán, Salta.
  Se inicia un Operativo Retorno de Perón, que fracasa por la negociación de Vandor, Zabala Ortiz y Delia Parodi: el avión que conduce al líder proscrito es detenido en Río de Janeiro y enviado de vuelta a España.
  Unos meses antes se había producido en el mismo Brasil un primer ejemplo de lo que sería la intervención de EEUU en América Latina a través de dictaduras militares afines a la doctrina de la seguridad y la Guerra Fría: el gobierno constitucional de Joao Goulart fue derrocado por el general Castelo Branco, un ciclo que duraría hasta 1985.
  En setiembre de 1965, y con el mismo argumento de la Guerra Fría, el ejército indonesio ejecuta en una semana a 300 mil opositores.
  Tropas de EEUU desembarcan en República Dominicana, con un saldo de 3.000 civiles muertos.
  El papel argentino es ambivalente: Zabala Ortiz, en un todo de acuerdo con los militares que ya se adiestraban en la Escuela de las Américas con sede en Panamá, propicia secundar la invasión, pero Illia se opone.
  La ingerencia norteamericana desata airadas protestas, sobre todo juveniles.
  En medio de una descomunal atomización política (se presentaron 222 partidos) se producen en marzo de 1965 las elecciones para renovación parcial de las cámaras.
  Aunque el conjunto del peronismo fragmentado saca 3.400.000 votos, contra 2.600.000 de la UCRP, esta última -por aplicación del sistema proporcional- obtiene 70 bancas contra 52 de los ganadores.
  El escenario social no es propicio.
  Al frente de la FOTIA, Atilio Santillán conduce en Tucumán a los pequeños cañeros explotados por los grandes ingenios azucareros que les adeudan una zafra completa.
  Hay muertos, y Santillán es detenido por aplicación del Conintes.
  En junio, Illia firma un acuerdo con los acreedores del Club de París, por el cual se compromete a devaluar el peso, liberar el mercado cambiario y frenar la expansión monetaria.
  Mientras triunfan Accavallo y Bonavena en el Luna Park, en octubre llega a Buenos Aires Isabel Martínez, con instrucciones.
  En mayo del 66, en la confitería La Real de Avellaneda, son asesinados Rosendo García, Domingo Blajaquis y Juan Zalazar.
  Entretanto, la clase media argentina asumía como propia la cultura literaria del sufrimiento, leyendo a Ernesto Sábato en Sobre héroes y tumbas.
  Se decía que el gobierno de Illia era una tortuga. ¿Pero quién lo decía? Los medios, pero también Vandor y los empresarios, sobre todo éstos últimos, para quien la lentitud era sinónimo de pasividad frente al Plan de Lucha de la CGT.
  El 28 de junio Illia es desalojado de la Casa Rosada por una compañía de gases de la policía.
  El 2 de julio, los militares prohíben la actividad política.
  El 26 de julio, Álvaro Alsogaray, nuevo embajador argentino en EEUU, diserta en Nueva York sobre las nuevas facilidades que brinda el gobierno a los inversores extranjeros y es felicitado por dos de los distinguidos asistentes, Nelson Rockefeller y Spruille Braden.
  Luego se anuncia la devaluación del peso.
  El 29 de julio se intervienen las universidades: para el que escribe, se habían acabado los mandatos familiares y el éxito personal.
  El 7 de setiembre, el estudiante Santiago Pampillón es asesinado por la policía cordobesa.
  El 28 de setiembre, un grupo juvenil encabezado por Dardo Cabo, secuestra un avión y aterriza en Malvinas.
  El ministro de Relaciones Exteriores es el mismo Nicanor Costa Méndez que quince años después las entregará.
  El 31 de diciembre asume Adalbert Krieger Vasena el ministerio de Economía, el mismo que aplaudirá a Menem en el 93.
  También jura Guillermo Borda en Interior, y se inicia una larga noche de cursillismo católico pre-conciliar y corporativismo fascista a la criolla, muy funcional al poder económico, con el visto bueno del sindicalismo de Vandor, quien concurre personalmente a la Rosada para estrechar la mano de general con el labio hendido.
  Lo que sigue es un torbellino:
  En marzo de 68 se crea la CGT de los Argentinos.
  En setiembre cae la guerrilla de Taco Ralo.
  En abril del 69 hay varios ataques a puestos militares, en mayo mueren los estudiantes Cabral en Corrientes, y Bello en Rosario; estalla el Cordobazo.
  En junio se incendian 15 supermercados propiedad de Rockefeller, matan a Emilio Jáuregui en Plaza Once y a Vandor en Parque Patricios.
  En noviembre estallan bombas en 15 empresas extranjeras.
  En febrero del 70 matan al periodista García Ellorio.
  En mayo secuestran a Aramburu.
  En junio se impone la pena de muerte y Onganía es derrocado por sus pares, luego de devaluar el peso en ocho oportunidades.
  Los militares pretenden quedarse para siempre, y eso era un desafío.
  Sólo hacía falta animarse.
  Creo que no volví a ver a Aurora después de esa mañana fría del 28 de junio.
  Espero que se encuentre bien, que también haya logrado sobrevivir.

Apuntes sobre la Revolución de Mayo


Por José Pablo Feinmann

¡Cuántos puntos de vista hemos trazado sobre la Revolución de Mayo! ¿Tendrá sentido seguir discutiendo? ¿Qué discutimos? Puedo decir qué discutía yo en 1975 cuando escribí Filosofía y Nación y fui duro y crítico con Moreno y los suyos. Durante esos días, la organización político-militar Montoneros se había trenzado en una guerra aparatista –al margen de todo apoyo de masas; al margen, también, de todo intento de recurrir a ellas– con los grupos terroristas de la derecha del peronismo, respaldada por el aparato del Estado que presidía Isabel Martínez de Perón bajo los mandatos de José López Rega. Las discusiones que sosteníamos eran de superficie. No sé si en la Orga se discutiría algo o se sometería todo a la conducción de Firmenich, Perdía y Vaca Narvaja. Años después, Perdía habría de reconocer que el “pasaje a la clandestinidad” fue el error más grande de la Orga. Fue uno de los tantos, pero determinó la militarización y el accionar violento, la criminalidad indiscriminada, el alejamiento total de las masas, de la población y, sobre todo, del sentimiento popular, que no era el de una guerra de muertes incesantes, muchas inexplicables, o de simples policías a los que –en su totalidad– se había condenado a morir donde se los encontrara. En esta coyuntura atroz se discutió la alternativa a la opción por los fierros, que, como siempre, fue la opción por la política. Pero no hay política en medio de las balas. Y tampoco hay masas ni población que se acerque a algo o que salga con cierta tranquilidad de su casa. Era, Montoneros, la vanguardia armada. No necesitaba del pueblo y el pueblo, para la vanguardia, siempre está al margen de la comprensión profunda de la historia. Puesto a escribir sobre la Revolución de Mayo no me fue difícil llegar a un trazado de historias con similitudes conceptuales, que ayudaran a la comprensión. Moreno y sus amigos eran la vanguardia ilustrada de Buenos Aires. No voy a comparar a Moreno y a Castelli con Firmenich y Perdía, pero la política se hace con los fierros o se hace con los pueblos. Moreno y Castelli no estaban extraviados y posiblemente fueran personajes trágicos, que le pedían a su tiempo algo que no podía entregarles. Grave error político. Un gran músico o un gran escritor puede –según suele decirse– “adelantarse a su tiempo”, pagará su gesto con la soledad y la incomprensión. Estos precios no los puede pagar un revolucionario. Salvo al costo de no hacer una revolución y quedar para la posteridad como un tipo bárbaro, lleno de buenas intenciones, pero fatalmente derrotado por mediocres que no volaban tan alto como él. ¿Pasó esto con Moreno?

Concedo, si quieren, que Moreno era un enemigo del Imperio Británico. Concedo que, en alta mar, según sugiere su hermano Manuel y afirman quienes hacen de Mariano un revolucionario, lo envenenó el capitán de la nave por órdenes del saavedrismo “reaccionario” o del mismísimo Imperio contra el que bravamente había luchado. Confieso que el Plan de operaciones es un gran texto político y que con gusto lo aplicaría hoy mismo en la Argentina. Imagínense: “Centralización de la economía en la esfera estatal, confiscaciones de las grandes fortunas, nacionalización de las minas, trabas a las importaciones suntuarias, control estatal sobre el crédito y las divisas, explotación por el Estado de la riqueza minera” (J. P. F., Filosofía y Nación, p. 36 de la edición de Legasa de 1986. El libro se publicó en 1982. Lo iba a publicar Amorrortu en 1976. Por supuesto no lo hizo). Y luego, en la parte económica del Plan, Moreno propone una de sus medidas más osadas: “Se verá que una cantidad de doscientos o trescientos millones de pesos, puestos en el centro del Estado para la fomentación de las artes, agricultura, navegación, etc., producirá en pocos años un continente laborioso, instruido y virtuoso, sin necesidad de buscar exteriormente nada de lo que necesite para la conservación de sus habitantes, no hablando de aquellas manufacturas que, siendo como un vicio corrompido, son de un lujo excesivo e inútil, que debe evitarse principalmente porque son extranjeras y se venden a más oro de lo que pesan”. Sería fascinante traerlo a Moreno al presente argentino. Decirle, por ejemplo, que, en 2008, un gobierno nacional, democrático, perteneciente al partido de masas más grande del país y de América latina, intentó meter levemente su mano en el bolsillo de los señores de la tierra, no confiscarles su propiedades, no controlar el crédito, no nacionalizar nada, sino meramente retenerles un 3 por ciento de la renta de la que gozan y estalló la patria indignada. Tanto, que el gobierno tambaleó y si se mantuvo aún nadie sabe bien por qué, acaso porque esos mismos que quieren tirarlo tienen, a la vez, terror de gobernar el país con la gente que cuentan entre bobos traidores y malandras pendencieros.

Moreno parecía no comprender acabadamente una regla de oro de las revoluciones: nadie hace una revolución sin una base revolucionaria. Si pretendía ser un jacobino tenía que preguntarse –ante todo– si contaba con una burguesía revolucionaria. Jacobino sin burguesía gira locamente en el aire. Tenía, en Buenos Aires, a los que buscaban comerciar libremente con Gran Bretaña (y ya lo hacían a través del contrabando). A los comerciantes españoles, cada vez menos representativos. Y a los ganaderos bonaerenses, que buscaban exportar y miraban a los países del desarrollo europeo. Esto es tan sencillo que nada les ha costado verlo a Mariátegui, Milcíades Peña o José Luis Busaniche. El país tenía que salir de la órbita española. Había que echar de América a ese imperio decadente, inútil. El Plan tiene muchas concesiones a los ingleses. Si quieren no las vemos. Pero, ¿con qué poder pensaba Moreno hacer lo que proponía ese Plan? Puede conmovernos como Guevara en Bolivia. Pero no llevarnos a decir que la de Mayo fue una Revolución. Castelli puede conmovernos a orillas del lago Tiahuanaco, lugar al que convoca a las comunidades indígenas de la provincia de La Paz, a poca distancia del Titicaca. Claro que rechazamos la broma fascista de Hugo Wast que les hace decir a los indios una burrada infame como respuesta al discurso del orador de Mayo: “¿Qué preferís? ¿El Gobierno de los déspotas o el de los pueblos? Decidme vosotros qué queréis”. Y los indios: “¡Aguardiente, señor!”. Pero aun rechazando la injuria, la tomadura de pelo racista, era cierto que los indios no entendían el idioma de Castelli ni éste el de ellos. Es como Inti Peredo aprendiendo quechua en medio de la selva boliviana. O hablándoles a los campesinos de la Revolución Cubana. Lo que lleva a Guevara a confesarse que los campesinos lo miran con una mezcla de incredulidad y temor.

Lo que hizo Moreno fue introducir en el Plata la Razón Iluminista. Esta razón se centra en Buenos Aires y se desplegará desde ahí. Desde este punto de vista (salvo el interregno “bárbaro” de Rosas) será la razón occidental, la razón del tecnocapitalismo, la razón instrumental, la que triunfará en el Plata como triunfa en todo el mundo colonial. El único sentido lateral que hubo en este país ante esa racionalidad conquistadora fue el de las masas federales. (¿Por qué no Artigas antes que Moreno? ¿Por qué regalárselo a los uruguayos, si hasta muchos de ellos dicen que fue el más grande de los caudillos argentinos? ¿Por qué no Artigas, que era un líder de pueblos, un enemigo de portugueses y británicos y partidario de repartir las tierras a los pobres?) Y las masas federales fueron aniquiladas por el poder de Buenos Aires. Poder que –según nada menos que Alberdi– fue el que vino a centralizar la Revolución de Mayo estableciendo un reemplazo del coloniaje, no su sustitución. A partir de Mayo, Buenos Aires fue la metrópoli; las Provincias, la colonia. Esa lucha duró todo el siglo XIX y concluyó en el ’80, con la conquista del desierto y la federalización de Buenos Aires. Luego de aniquilar a los negros, a los gauchos y a los indios, Buenos Aires festeja el centenario de su revolución en 1910. Ahora, el Otro absoluto es nuevo y vino de afuera: es la chusma ultramarina. La opulenta capital también sabrá castigarla siempre que intente tomar o desordenar la casa.