Rosas

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sábado, 31 de enero de 2015

Las tierras del Sur del Salado II

Por José Luis Muñoz Azpiri (H)

En 1828 se fundaron los fuertes de Federación, en Junín y los de 25 de mayo y Bahía Blanca. En 1833 se realizó la expedición de Rosas que permitió poblar Azul, asegurar Carmen de Patagones y ocupar la isla de Choele-Choele, 70 leguas más arriba de la desembocadura del río Negro. Sin embargo, los efectos de la expedición se estimaron como momentáneos porque se logró el repliegue de los aborígenes pero no se afirmó la posición, determinando que frenado el avance y tras el regreso a Buenos Aires, los territorios nuevamente desguarnecidos, fueron tomados otra vez por los salvajes sin que el anterior esfuerzo tuviera resultados duraderos.
            Caído el gobierno unitario, durante el de Manuel Dorrego, que le siguió, y bajo la inspiración del Comandante de Campaña, Juan Manuel de Rosas, la frontera pudo expandirse, finalmente, hasta el centro de la provincia de Buenos Aires, llegándose hasta la fundación de Bahía Blanca en 1828. Con posterioridad al motín de Juan Lavalle, el 1º de diciembre de ese año, y luego del fusilamiento de Manuel Dorrego, los araucanos volvieron a la ofensiva, acompañando a los gauchos que seguían a Rosas, y podría decirse que por primera vez existieron montoneras en la Pampa bonaerense, así como, por primera vez, los indios araucanos participaron en nuestras luchas civiles, actitud que más tarde habría de ser norma, casi hasta la total conquista del Desierto.

            Llegado al gobierno en 1829, Juan Manuel de Rosas mantuvo su política de “negocio pacífico con los indios”, proporcionándoles sueldos militares y raciones, con tal de mantenerlos en actitud amistosa…Sin embargo, no todos la aceptaban; en primer término los ranqueles y los que habitaban las regiones cordilleranas, así como muchas tribus llegadas de la Araucanía, especialmente las que acompañaban a los famosos hermanos Pincheira, caudillos chilenos que enarbolaban el pendón del rey de España y por largos años fueron el azote tanto del sur de Chile como de las fronteras del desierto argentino.

            Durante el año 1831, los indios atacaron poblaciones de las provincias de Cuyo - Mendoza, San Luis y San Juan - y del sur de buenos aires. La peligrosidad y frecuencia de estos malones decidieron a varios gobernadores a una acción conjunta. Juan Manuel de Rosas, comandante general de las milicias bonaerenses, obtuvo la aprobación de la Cámara de Representantes provincial para organizar y dirigir una expedición al Desierto. El plan general era ambicioso: llegar hasta el último reducto de los indígenas para destruirlos u obligarlos a  rendirse.

            La expedición se organizó sobre la base de tres columnas: la de la izquierda, a las órdenes de Rosas, operaría en la zona de los ríos Negro y Colorado, hasta Neuquén; la del centro, a las órdenes de Pascual Ruiz Huidobro, partiría del sur de Córdoba; y la de la derecha, comandada por Félix Aldao, actuaría en la región andina, para unirse con Rosas en Neuquén, luego de pasar los ríos Diamante y Atuel.

            Jefe de la expedición fue nombrado el caudillo riojano Juan Facundo Quiroga, pero se excusó de participar en la misma alegando que “no conocía la guerra con los indios” y que si no se nombraba a Rosas al mando de la misma, la operación estaría condenada al fracaso. Se solicitó, a su vez, la cooperación del gobierno del Chile, pero afortunadamente el estallido de la revolución dirigida por el comandante general de Armas de aquel país, Don José S. Centeno, impidió su participación en la campaña. Y decimos afortunadamente, porque la ocupación - definitiva, sin duda - de Neuquén por parte de Chile hubiera significado a la Argentina la pérdida posterior de toda la franja de cordillera sureña, que siempre fue pretendida por nuestros vecinos. El hecho fortuito de este conflicto político trasandino impidió que Chile tomara intervención activa en esta campaña, con resultados imprevisibles en el futuro conflicto diplomático de límites, como demostrara la ocupación chilena de “Puerto Hambre” que le permitió posesionarse en el estrecho de Magallanes y la Tierra del Fuego.

            El 22 de marzo de 1833, Rosas partió con 2.000 hombres desde aquí, de la Guardia del Monte; incorporó, a poco de andar, a 500 indios de pelea, los de Catriel y Cachul y llegó a Bahía Blanca. En el río Colorado estableció, luego, un campo fortificado donde recibió la visita de un personaje peculiar: el naturalista Charles Darwin, recién desembarcado de la fragata “Beagle”, la que sin duda cumplía funciones de espionaje tras la mascarada de inocentes tareas hidrográficas. Rosas fue sumamente amable con él - tal como se destaca en el “Diario” del propio viajero - pero un funcionario argentino de ese entonces, el coronel Crespo, opuso reparos fundados a las investigaciones patagónicas y fueguinas de Fitz Roy, y el joven naturalista fue celosamente vigilado por nuestras autoridades, según se halla expreso en un documento que conserva nuestra Cancillería. No fue el único. Hombres como Pacheco, Guido y Rosas miraron con desconfianza esta expedición que supuestamente llegaba al culo del mundo solamente para ver pajaritos. El viaje del “Beagle” fue un eficaz instrumento para los objetivos geopolíticos británicos, según se desprende de las memorias del propio Darwin. Ese mismo año se consumó el despojo de nuestras Malvinas.

            Rosas envió al general Ángel Pacheco al río Negro y a la isla de Choele Choel, donde sorprendió a la tribu del cacique Chocory. Otros destacamentos fueron enviados a Valcheta y a las nacientes del Colorado.

            La expedición no dio los frutos previstos debido a que no hubo una real coordinación de fuerzas. Aldao llegó hasta Malargüe donde se detuvo por falta de caballos; Ruiz Huidobro derrotó al cacique Yanquetruz en el lugar denominado Las Acollaradas y también debió detenerse, por falta de víveres. La columna de Rosas obtuvo los mejores frutos: fueron puestos  fuera de combate más de 6.000 indios y rescatados 2.000 cautivos; en un año se conquistó un extenso territorio hasta la cordillera de los Andes, y se instalaron varios fortines y guarniciones en el sur: Río Negro, Colorado, Bahía Blanca, Torquinst, Cnel. Suárez, Gral. Lamadrid, Laprida, Olavarría, Tapalqué, Gral. Alvear, 25 de Mayo, 9 de julio, Gral. Viamonte, Junín y Gral. Arenales.


            Además, se efectuaron observaciones astronómicas y meteorológicas de la zona, se levantaron cartas náuticas y se reconocieron los ríos Negro y Colorado; estas últimas operaciones estuvieron a cargo de la goleta San Martín al mando del capitán Juan B. Thorne, el que posteriormente se cubriría de gloria en la Vuelta de Obligado, a cuyo bordo viajaban el astrónomo Nicolás Descalzi y el agrimensor Feliciano Chiclana. Desgraciadamente, la trascendencia de la campaña de 1833 ha sido relegada a un segundo plano por muchos escritores de historia; otros sólo han destacado su aspecto militar que era notable desde el punto de vista estratégico y táctico. Pero en la faz científica tan solo los trabajos pioneros de S. Fernández Arlaud, a quién tuve el honor de tener de profesor en el secundario, y algunos pocos más han escrito algunas líneas para destacar el trabajo realizado por quienes acompañaron la expedición. (10)

            El 25 de Mayo de 1834 Rosas licenció a sus tropas, quienes habían cumplido su misión tras indecibles padecimientos, mal equipados y abrigados, siempre al borde de la sed o el hambre. Temporalmente los indígenas dejaron de ser un problema: sobrevivieron los sometidos, a quienes Rosas mantuvo en el negocio pacífico de intercambio de artículos elementales e, incluso, sometió a una campaña de vacunación masiva contra la viruela, que hacía estragos en las tolderías, lo que le aportó la distinción de la Sociedad Jenneriana. Dato sospechosamente escamoteado, aún hoy, en las páginas de ciertos escritores que presumen de libertad de criterio.

            Esta expedición consolidó definitivamente el dominio de un territorio sometido a la permanente incursión de los nómades del desierto y lo incorporó al sistema productivo nacional, un territorio perteneciente en el plano del derecho pero en dominio político mera ficción hasta 1833. Debe tenerse en cuenta que en la llanuras pampeanas, a la natural e irreversible hostilidad inicial del entorno geográfico debe sumarse el carácter irreductible de sus habitante quienes - si tomamos en cuenta la tipología de Lewis H. Morgan - aún transitaban la etapa de "salvajismo" (11) y otros factores tales como:

- La pugna en torno a la tenencia de los bienes surgidos a raíz del arribo de los españoles tales como el ganado cimarrón.

- El ansia de venganza de los grupos humanos precedentes a la colonización y las pautas culturales inherentes al nomadismo (vida de caza y recolección).

- Arrinconamiento de estos grupos en áreas cada vez más inhóspitas y marginales.

            Es frecuente leer, sobre todo en los autores de los tiempos iniciales de la Escuela del Revisionismo Histórico, que en 1810 el territorio argentino tenía una superficie de 4.800.000 km2 y que al segregarse varias naciones que ahora son nuestras vecinas, esa extensión se redujo a 2.800.000 Km2 En consecuencia, los protagonistas de la emancipación tendrían la responsabilidad y la negligencia de haber perdido nada menos que 2.000.000 de km2. Sin embargo, otros autores consideran que los 2.800.000 km 2 que componen el actual territorio continental (hacemos hincapié en la característica de continental refiriéndonos a la porción austral de América, dado que la Argentina fue declarada país bicontinental por Ley N° 26.651) fueron conquistados partiendo de la nada a través de una continua lucha armada de más de siglo y medio enfrentando todo tipo de enemigos y adversidades.

            La construcción de los estados nacionales en América se basó en la ocupación efectiva del territorio y en la necesidad de pensar una identidad nacional que sustentara ideológicamente al estado en formación. La anexión de tierras bajo control estatal significaba por un lado, potenciar la estructura productiva en un momento de fuerte demanda de los mercados internacionales; por otro, el avance sobre las fronteras indígenas en un estado evolutivo "diferente" (y somos bondadosos, dado que el atraso de estos grupos era indiscutible más allá de cierta leyendas bellas en lo poético, pero descontextualizadas o inexistentes en lo histórico) representaba la eliminación de esa diferencia en pos de la cohesión nacional. En países poseedores de grandes extensiones territoriales interiores, como son los casos de Estados Unidos, Brasil y la Argentina, uno de los acontecimientos más importantes de ese período fue la ocupación de las mismas en vistas de su incorporación al mercado exterior. Ese movimiento en dirección a áreas de poca densidad demográfica y su integración a la economía exportadora se hizo nítido a partir de 1850, cuando se incrementó notablemente el área geográfica económicamente productiva. En Estados Unidos esta ocupación del espacio fue central, no solo desde el punto de vista económico, sino también porque la imagen de la frontera sirvió de mito fundador de la nacionalidad norteamericana. En el Brasil el imaginario geográfico de esta ocupación, dividida en el litoral atlántico y el Sertao, sirvió para la conformación de una originalísima literatura de raíces profundamente nacionales, originales e integradoras de los territorios fronterizos. En nuestro país, por razones que habría que indagar en una sociología de la cultura o directamente en tratados de psiquiatría, el meollo de las políticas culturales dominantes - sobre todo a partir de la traumática experiencia de Malvinas, pero aún antes - se fue estructurando, en muchos casos, en torno a ideologías desvalorizadoras del territorio - nación y el espacio geográfico. Así, es frecuente escuchar definiciones como "Nacionalismo territorialista" o directamente "Nacionalismo patológico" por parte de ciertos integrantes de ONGs y lo que es peor, de académicos de organismos públicos como la UBA y el CONICET.

            Por cierto, son declaraciones que carecen de inocencia y más en un momento de alta vulnerabilidad tanto en el plano económico-social y defensivo y en pleno debate respecto a nuestra política hacia los territorios insulares y la Antártida. El avance hacia la frontera Sur que ahora se cuestiona desde un "indigenismo de mercado" fue una epopeya signada por la tenacidad y la abnegación, en condiciones de penuria inenarrable y mezquindad suprema, como lo relatan los partes militares y nuestro poema nacional, similar a la ocupación de la regiones más inhóspitas del orbe, como en su momento lo fue Siberia, Alaska o la Manchuria, de la cual destacamos algunas de su más importantes dificultades:

1- La extensión del frente de operaciones. Al estallar la Revolución de Mayo, se estiraba a lo largo de 1.100 km., desde la boca del Salado hasta las faldas de la cordillera de Mendoza. Esta línea dejaba, al sur de la misma, 1.400.000 km2 del actual territorio argentino, dominada exclusivamente por tolderías y grandes caballadas.

2- La extremada escasez de milicias protectoras de la frontera. Apoyada en fortines considerablemente alejados unos de otros, ese frente se asemejaba a una muralla de papel; el indígena, sin ningún inconveniente, podía reunir sus fuerzas en un punto cualquiera y cruzarlo velozmente en pos de su objetivo o botín.

3- La dificultad de las milicias afectadas al servicio de la frontera  para emprender persecuciones exitosas. La profundidad enorme de los dominios del indio y su acabado cono cimiento del terreno, le permitían distanciarse prestamente sobre el lomo de sus excelentes equinos. El "huinca" tenía que alejarse de las poblaciones - sus puntos de apoyo - dificultando así las posibilidades de abastecimiento y de reemplazos de personal y cabalgaduras; internarse en lo desconocido, exponiéndose a contraataques sorpresivos; y, en fin, sufrir los rigores del clima y mechas veces la falta de agua, persiguiendo a un adversario escurridizo que le resultaba poco menos que inasible.

4- La constante política de apaciguamiento, expediente al que recurrieron generalmente los gobiernos, en razón de la escasez de medios para emprender operaciones militares de envergadura.

5- La participación frecuente de las tribus en las guerras interprovinciales, ora conducida por sus propios caciques o bien, ocasionalmente, por caudillos blancos.

6- La intervención - en numerosas oportunidades - de caciques o indios amigos como aliados de los blancos en la lucha contra sus congéneres étnicos.

7- La existencia de caudillos inteligentes que, en el siglo XIX, dieron probadas muestras de audacia y capacidad. El caso más notable fue el de Calfucurá, que llegó a erigirse como un auténtico monarca del territorio pampeano.(12)
           
            Tras la caída del Restaurador, y reforzados por los araucanos que provenían de Chile, los habitantes del Desierto volvieron a convertirse en una amenaza para los estancieros y hacendados y las poblaciones fronterizas, razón por la cual, sumada a los imperativos del esquema económico internacional en el que la Argentina se había insertado, se decidió la Campaña de 1879. Entonces sí, quienes después de Caseros enterraron a Rosas en una fosa de tinta, atribuyéndole crímenes que ni la Biblia se atrevería a nombrar, no trepidaron en proclamar el exterminio liso y llano del aborigen esgrimiendo la religión profana del positivismo. “Inmoral e inicuo era proclamar el extermino de los indios” - decía Vicente G. Quesada en la “Revista de Buenos Aires” en la época en que aún el problema de la frontera no había sido resuelto (1870) - “¡Los indios son al fin hombres y no puede impunemente proclamarse que es preciso destruirlos porque codiciemos sus tierras“.

            Hoy, una suerte de revisionismo de kiosco, de indigenismo de mercado, condena la campaña de Rosas identificándola acríticamente con la de Roca, de la misma forma que se mimetiza al Imperio Español con el imperialismo norteamericano. En estos tiempos posmodernos de consignas vacías y del “sé igual”, no se hace distingo de mentalidades, concepciones ideológicas o tiempos históricos.

            “Huincas” y “Aucas” no escamotearon coraje ni ferocidad en un enfrentamiento varias veces centenario. Hubo en ambos una idéntica necesidad de vencer; en uno, para ganar todo, en otros para conservar su libertad y su mundo. Ambos lucharon con lo que podían, sin desdeñar recursos ni crueldades, sin límites ni regateos en el esfuerzo. Es fácil hacer juicios morales desde la poltrona de un gabinete universitario o desde la exaltación de la tribuna política, pero difícil imaginar con juicio sereno las peripecias de una época signada por un continuo estado de peligrosidad y zozobra.

             "El mal que cometen los hombres les sobrevive; el bien, a menudo queda enterrado con sus huesos"



(1) Muñoz Azpiri (h), José Luis "La comisión científica de exploración al Río Negro de 1879" Buenos Aires. Revista "Vida Silvestre" N°112. Julio-septiembre 2010

(2) Triviño, Luis "Antropología del Desierto" Buenos Aires. FECIC. 1977

(3) Fernández Carrión, Miguel Héctor "Incidencia de la frontera entre las poblaciones autóctonas americanas: el caso de Argentina y Chile" Madrid. Universidad Nacional de Educación a Distancia de España (UNDEP).2006.

(4) Johan Rudolf Kjellén ( Torsö, 13 de junio de 1864 - Upsala, 14 de noviembre de 1922) fue un geógrafo, politólogo y político sueco. Acuñó el término Geopolítica, en 1899.
Su trabajo fue influido por el afamado geógrafo Friedrich Ratzel. Con Alexander von Humboldt, Karl Ritter y Friedrich Ratzel, Kjellén lanzó las bases de la geopolítica alemana, que más tarde serían aprovechadas por Karl Haushofer.
Siendo un político conservador, fue miembro de la segunda cámara del parlamento sueco, entre 1905 y 1908, y de la primera cámara, entre 1911 y 1917.
Kjellén fundó una nueva ciencia política, dedicada a describir el Estado: «el Estado en toda su totalidad, tal como se manifiesta en la vida real». Enumeró, así, los atributos del poder:
La geografía -analizada por la geopolítica-, establece la relación entre el Estado y su territorio;
La economía - analizada por la geoeconomía-, establece la relación entre el Estado y la economía;
La sociología - analizada por la sociopolítica-, establece la relación entre el Estado y la sociedad nacional;
La política define la forma, el poder y la vida del Estado.
Se trata de un desarrollo muy próximo al determinismo. Afirmó que: «Los Estados son seres sensibles y razonables, como los hombres»

(5) Clementi, Hebe "La frontera en América. Una clave interpretativa de la historia americana" Buenos Aires. Editorial Leviatán. 1987

(6) Sulé, Jorge Oscar "Rosas y sus relaciones con los indios" Buenos Aires Colección Estrella Federal. Instituto Nacional de Investigaciones Históricas "Juan Manuel de Rosas". 2003

(7) Villar, Daniel Jiménez, Juan Francisco "Rebelión y poder en la Araucanía y las Pampas (segunda mitad del siglo XVIII)" En: "Ciencia Hoy" volumen 13 N° 75 junio-julio. Buenos Aires. 2003

(8) Palermo, Miguel Angel "Reflexiones sobre el llamado complejo ecuestre en la Argentina" En: "Runa" volumen XVI. Buenos Aires 1086

(9) Pico, José María "Francisco Ramos Mexía. El confinado de Los Tapiales" En: "Fundación. Política y Letras" Año II N° 2 Buenos Aires abril 1994.

(10 )Fernández Arlaud, S. "Aspectos científicos de la Campaña de Rosas al Sur (1833-1834)" En: "Nuestra Historia. Revista del Centro de Estudios de Historia Argentina" N° 1 Buenos Aires. Enero 1968

(11) Morgan, Lewis Henry (1818-1882) Etnógrafo, autor de tres importantes obras: The League of the Iriquois (Liga de los Iroqueses, 1851).Systems of Consanguinity and Affinity of the Human Family (Sistemas de consanguinidad y afinidad de la familia humana, 1864)Ancient Society of Research in the Lines of Human Progress from Savagery through Barbarium to Civilization (1881; existe traducción al español: La sociedad antigua).

(12)Menéndez, Romualdo Félix "Las conquistas territoriales argentinas" Buenos Aires. Círculo Militar. 1982


(*) Comunicación presentada el 23 de abril de 2015 en el "15° Congreso de Historia de los Pueblos" organizado por el Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires y realizado en el Teatro Argentino de la Ciudad de La Plata.

(**) Coordinador Académico del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas "Juan Manuel de Rosas". Miembro de Número

Alvaro Alsogaray

Por José Natanson
Descendiente de un vasco que llegó a la Argentina en el siglo XIX, de una familia imbricada con el poder económico y militar, el capitán-ingeniero, reivindicador del terrorismo de Estado, vivió su último momento de gloria con Menem. Falleció de cáncer, a los 92 años, con su hija María Julia en prisión.  Alvaro Alsogaray vivió su primer gran momento político en 1959, cuando Arturo Frondizi quiso subrayar su conversión al librecambismo y lo designó ministro de Hacienda. Treinta años y unas cuantas dictaduras después, otro líder de origen popular decidió imprimirle un giro inesperado a su programa y lo convocó al gobierno: era Carlos Menem, que recurrió a la figura del capitán-ingeniero como emblema de su reconversión al neoliberalismo. Durante décadas símbolo de la amalgama entre poder militar, político y económico, Alvaro Alsogaray murió a los 92 años.
Como sucede con las buenas familias, para contar la biografía de Alsogaray hay que comenzar por sus antepasados. De origen vasco, el primer Alsogaray llegó a estas pampas en 1810 y fundó una larga dinastía de militares, con una cláusula que se repetiría hasta hoy: el hijo varón mayor se llamaría, siempre, Alvaro. El Alvaro bisabuelo fue colaborador de Guillermo Brown, el Alvaro abuelo participó en la guerra de la Triple Alianza y el Alvaro padre fue jefe de operaciones de José Uriburu.  El Alvaro que murió ayer nació el 22 de junio de 1913 en la ciudad de Esperanza, en Santa Fe. Las tareas de su padre en el Ejército lo obligaban a una mudanza continua: la familia pasó por Bahía Blanca, donde era vecina de los Massot, y por otras provincias, hasta que Alvaro ingresó al Colegio Nacional Mariano Moreno y, después, al Colegio Militar, casi una extensión de la casa familiar. Practicó tenis y esgrima, fue abanderado de su promoción y desfiló junto a los cadetes para festejar el golpe de 1930.  El Ejército era un lugar cómodo, pero Alsogaray era un hombre inquieto, que se interesaba por los negocios y la política. Retirado con el grado de capitán, se dedicó a rastrear oportunidades para las empresas extranjeras que buscaban sortear las restricciones del primer peronismo. Por esos años asumió su primer cargo público: aunque era un antiperonista nato, ocupó la jefatura de la Flota Aérea Mercante durante la primera presidencia de Perón. Se retiró seis meses después, más convencido que nunca de que Perón era el enemigo a vencer y esperó pacientemente el golpe.  En 1955, Alsogaray fue designado funcionario de la Revolución Libertadora, pero su primera aparición en la gran escena nacional se produjo en 1959. Cercado por los militares y jaqueado por la crisis económica, Frondizi intentó un golpe desesperado y decidió cambiar radicalmente la orientación de su gobierno. Para los peronistas y los desarrollistas que lo habían votado fue una traición a sus promesas de campaña, traición que encontró su figura ideal en la persona del capitán-ingeniero, que fue nombrado ministro de Hacienda. Alsogaray asumió como símbolo de la nueva política y diseñó un plan antiinflacionario que le granjearía cierta fama en los sectores liberales. Los argentinos descubrirían asombrados a ese ex militar de oratoria clara y despiadada, que en el discurso por televisión exhibiría por primera vez sus tics imborrables y pronunciaría una frase que lo acompañaría para siempre: “hay que pasar el invierno”.
Admirador de los grandes teóricos neoliberales, de Ludwing Erhard, Charles Rueff y Milton Friedman, Alsogaray comenzó a machacar con su programa neoliberal antes que Thatcher y Reagan. Durante toda su vida ejerció una simplificación absurda de la discusión ideológica, que para él se divide en sólo dos corrientes: de un lado los “dirigistas” y “socialistas”, entre los que ubica a los nazis, comunistas, peronistas, socialdemócratas y fascistas, y del otro los liberales, entre los que se ubicaba a él mismo y unos pocos más. Su rígido esquema ideológico le alcanzó para ser convocado por el gobierno de José María Guido, que lo designó ministro de Economía, y por la dictadura de Onganía, que lo nombró embajador en Estados Unidos. Mientras, Alsogaray seguía con los negocios y la política: fue candidato en 1965 y en 1973, cuando su partido, Nueva Fuerza, encabezó una gigantesca campaña publicitaria que no alcanzó para superar el 2,07 por ciento de los votos.
Alsogaray vivió con alegría la llegada de la última dictadura. No ocupó cargos, cuestionó a Martínez de Hoz y criticó Malvinas, pero aprovechó la patria financiera y defendió como nadie el terrorismo de Estado: dijo que “no hubo torturas en la ESMA” y que “Astiz no es un asesino, es casi un héroe”. En 1991 presentó un proyecto de ley para que se construya un monumento a Jorge Rafael Videla.
Cuando llegó la democracia, Alsogaray ya era un hombre famoso, conocido popularmente como “El Chancho”, casado con Edith Ana Gay, con tres hijos que le darían, en total, once nietos. Vivía en el elegante departamento de Riobamba y solía pasar los fines de semana en la quinta de Tortuguitas y los veranos en Punta del Este.
Decidido (o resignado) a jugar en democracia, en 1983 fundó la UCeDé y encaró una campaña diferente: se sacó fotos adentro de un barril para demostrar que “el Estado no es un barril sin fondo” y se candidateó como diputado, el primer cargo público que obtuvo por el voto popular. La UCeDé siguió creciendo: en 1989 consiguió el 6,7 por ciento de los votos y se consagró como la tercera fuerza del país.   A pesar de los avances, su destino estaba sellado desde el momento en que Menem dejó de lado el salariazo y la revolución productiva y produjo un giro más abrupto y más exitoso que el de Frondizi. Como el viejo líder desarrollista, el riojano encontró en Alsogaray el hombre ideal para subrayar su súbita transformación. El capitán-ingeniero fue designado asesor para la deuda externa, dio mensajes por televisión y se volcó de lleno a un proyecto faraónico y frustrado: la aeroísla. Acusado de trabajar para el grupo holandés que quería llevar adelante la obra y peleado con medio gabinete, en 1991 Alsogaray decidió abandonar el gobierno, aunque no la lucha: su hija María Julia, la luz de sus ojos, comenzaba a escalar posiciones como funcionaria multifunción.
En los años siguientes, Alsogaray optó por un retiro progresivo. Casi no salía del departamento familiar y sufrió como nadie la condena de María Julia por enriquecimiento ilícito. Tenía cáncer, y en el último tiempo fue asistido por un respirador. Murió ayer, poco después de las 18.
 

Roca segun Jauretche

Por Arturo Jauretche
[Fragmento de su libro Ejército y Política, 1958]
En la revolución del 74, el Ejército Nacional liquida definitivamente los restos del ejército de facción de (Bartolomé) Mitre y en la Revolución del 80, la oligarquía porteña es derrotada y el Ejército Nacional impone, conjuntamente con la capitalización de Buenos Aires, un concepto de unidad del país frente a la hegemonía porteña. Con la presidencia de (Nicolás) Avellaneda se insinúa la formación de la oligarquía nacional que sustituirá a aquélla; ésta tendrá la misma adhesión que los vencedores de Caseros al liberalismo de importación, a las doctrinas económicas detrás de las cuales avanza el interés británico, y tal vez una mayor venalidad caracteriza su gestión.
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Pero representando en cierta manera la unidad del país, no puede estar del todo ajena a los intereses del interior y a las tentativas industrialistas que comienzan a recobrarse, y de una manera imprecisa y discontinua comienzan a aparecer las primeras tentativas defensoras de un posible desarrollo nacional autónomo. (…)
La gravitación ejercida por el ejército trae de nuevo una preocupación de Política Nacional incompleta y parcial, pero que es ya algo: la preocupación de las fronteras. La conquista del desierto, la integración de la Patagonia, la formación de la marina, las contingencias limítrofes con Chile y la ocupación militar de los chacos y Formosa aseguran los límites a que nos ha reducido la “victoria” de Caseros.
(…) En los esteros del Paraguay se hundió la conducción mitrista del ejército, con la estrategia y la táctica de las guerras policiales y punitivas de los generales brasileristas uruguayos, hechas al desprecio de la vida humana, que empieza por las del adversario y termina por las del propio cuadro.
Casi todos los “orientales” de Mitre fueron sacados del frente y pasaron a seguir las guerras interiores contra las provincias sublevadas; ¡eran sólo expertos en degollar gauchos desarmados! En esa desastrosa experiencia se aprendió de nuevo la ciencia de la guerra, y un nuevo ejército comenzó a surgir de entre las ruinas. La esterilidad del sacrificio y la convicción de haber servido a una política extranjera, en perjuicio de la nacional, se hizo carne en los nuevos jefes, y se perfiló una figura que habría de restaurar el sentido de la política nacional de la milicia.
Su constructor fue el general (Julio Argentino) Roca -que perdió allí a su padre, guerrero de la independencia, y a un hermano-, cuyas primeras armas se habían hecho en el ejército de la Confederación.
(…) La revolución del 74 es decisiva; enfrenta por fin al ejército de fracción con el nuevo ejército nacional. En Roca se define el Ejército Nacional que ya tiene un conductor y una Política Nacional que aún falta en el gobierno. La aventura revolucionaria de Buenos Aires termina ridículamente en La Verde con la rendición de Mitre, que agrega una más a la cadena de sus batallas perdidas. (La única que ganó fue Pavón y ya se sabe cómo).
Roca caudillo del ejército
El ejército de Mitre termina como había vivido, matando indefensos; el asesinato del general (Teófilo) Ivanowski, por las fuerzas sublevadas de (José Miguel) Arredondo, representa la última demostración de una técnica. La campaña de Roca, ganando tiempo, ante las urgencias de Sarmiento que lo apremia, ignorante de que el general construye su ejercito sobre la marcha, disciplinándolo y acondicionándolo como un ejército moderno, termina en la batalla de Santa Rosa donde el ejército nacional entierra definitivamente al ejército de facción.
Hay ahora en el ejército un sentido elemental de la política nacional que se irá perfilando con la marcha de su conductor. También hay otro estilo que no es el de los degolladores. El general Francisco Vélez refiere cómo el general Roca hizo fusilar, bajo la presión de sus consejeros, a un supuesto espía, que después resultó que era verdaderamente agente de enlace de su amigo (Francisco) Civit.
Agrega Vélez: “Es fama que Roca sintió entonces profundo horror y que formo el propósito de no firmar otra pena de muerte, propósito cumplido religiosamente durante su larga actuación en la jefatura del ejército y del Estado… imputándose tal vez debilidad al haber cedido ante incitaciones de algunos de esos irresponsables que alardean energía aconsejando el sacrificio de seres humanos que otros han de ejecutar”.
(…) Sólo Avellaneda, con la modificación de la tarifa de avalúos, reinicia la política proteccionista. Allí están los dos Hernández, el autor de Martín Fierro y su hermano; Vicente Fidel López, Roque Sáenz Peña, Estanislao Zeballos, Nicasio Oroño, Carlos Pellegrini, Amancio Alcorta, Lucio V. Mansilla, según enumera (Jorge Abelardo) Ramos.
Es Pellegrini el que dice: “No hay en el mundo un solo estadista serio que sea librecambista, en el sentido que aquí entienden esta teoría. Hoy todas las naciones son proteccionistas y diré algo más, siempre lo han sido y tienen fatalmente que serlo para mantener su importancia económica y política. El proteccionismo industrial puede hacerse práctico de muchas maneras, de las cuales las leyes de aduana son sólo una, aunque sin duda, la más eficaz, la más generalizada y la más importante. Es necesario que en la República se trabaje y se produzca algo más que pasto”.
No es todavía política nacional en lo económico, pero es una rectificación, una atenuación del pensamiento de Caseros. Compárense esas palabras de Pellegrini con las que siguen de (Faustino) Sarmiento: “La grandeza del Estado está en la Pampa pastora, en las producciones del norte y en el gran sistema de los ríos navegables cuya aorta es el Plata”. (De paso perdieron la soberanía hasta en la aorta). “Por otra parte los españoles no somos ni industriales ni navegantes y la Europa nos proveerá por largos siglos de sus artefactos a cambio de nuestras materias primas”.
¿Ignoraba el señor Sarmiento eso que el señor (Raúl) Prebisch llama los términos del intercambio y que consiste en que año por año aumenta el valor de las manufacturas con relación a las materias primas y que en esa carrera hay que entregar cada vez más carne y más cereales por menos máquinas y menos artículos? ¿Ignoraba también que lo que aumenta el valor de la materia prima es la técnica y la mano de obra ante cuyo precio el valor de esta última representa un por ciento insignificante? ¿Sospechaba siquiera que la lana de un traje no representa ni el dos por ciento del valor del tejido? ¿Sospechaba acaso que sin industrias el mayor valor de la mercadería queda en el exterior, es poder de compra restado al propio país e incorporado al país importador?

(…) Martín de Moussy señalaba los electos de la libertad de comercio que Mitre había inscripto en las banderas del ejército según su arenga: “La industria disminuye día a día a consecuencia de la abundancia y baratura de los tejidos de origen extranjero que inundan el país y con los cuales la industria indígena, operando a mano y con útiles simples no puede luchar de manera alguna”.

Dice José María Rosa: “Los algodonales y arrozales del norte se extinguieron por completo. En 1869 el primer censo nacional revelaba que provincias enteras apenas si mal vivían madurando aceitunas o cambalacheando pelos de cabras” (Defensa y pérdida de nuestra Independencia Económica).

Ramos, de quien extraigo esta cita (Revolución y contrarrevolución), nos informa que en 1869 había 90.030 tejedores sobre una población de 1.769.000 habitantes y en 1895 sólo quedaban 30.380 tejedores en una población de 3.857.000. Lejos de importar máquinas de producción, el capitalismo europeo en expansión nos enviaba productos de consumo. No venía a contribuir, a nuestro desarrollo capitalista sino a frenarlo.

Primeros pasos hacia una economía nacional

Esa nueva promoción que tiene a Roca como conductor careció de una teoría nacional de la política y de la economía. Sólo le fueron dados atisbos parciales de la realidad; no así liberarse de las supersticiones ideológicas, pero con todo, su carácter nacional la hizo contrabalancear a los agiotistas y especuladores del puerto de Buenos Aires y posibilitar algún desarrollo industrial.

A ellos debemos la modernización y crecimiento de las industrias azucareras y vitivinícolas, a las que por cierto la metrópoli británica no opuso mayores dificultades, porque el azúcar significaba un golpe al comercio rival de carnes, el saladero, que abastecía a los mercados azucareros del Brasil y Cuba, y la industria vitivinícola contribuía a eliminar otro competidor del mercado de exportación: Francia, abastecedora de vinos.

Pero de todos modos se tonificaron las economías de dos centros fronterizos -Cuyo y el Norte-, y se paró la emigración de sus habitantes al litoral pastoril. Esta época y la de sus continuadores fue también de enajenación de los ferrocarriles nacionales y de concesiones leoninas al capital privado. Pero cumplió, en cambio, una política ferroviaria de sacrificio a cargo del Estado, que tuvo en cuenta las fronteras y estabilizó el norte argentino y la conexión con Bolivia.

(…) Pero lo fundamental es que con Roca vuelve al país el concepto de una política del espacio. Vuelve con un auténtico hombre de armas y vuelve porque ya hay un ejército nacional y la demanda mínima de este, la elemental, es la frontera.

Política nacional de las fronteras

Está la frontera con el indio, abandonada desde Caseros, cuando éste vuelve a rebalsar y hasta interviene en nuestras luchas civiles: Mitre ha traído a los indios a La Verde como los llevó a Pavón seguramente para replantear el dilema de Civilización y Barbarie a favor de la civilización, del mismo modo que Brasil llevó sus esclavos a la lucha por la libertad de los paraguayos.

La primera tarea que realiza el ejército nacional es la conquista del desierto. El plan de operaciones repite el de la Confederación, con medios más modernos pero con la misma visión nacional. Lleva implícita la ocupación de la Patagonia -que se realiza- y la definición de la frontera con Chile que obtiene solución favorable, salvo en el estrecho de Magallanes, y definitiva por la Política Nacional de las fuerzas armadas que representa el fundador del nuevo Ejército Nacional.

Ella no hubiera sido posible sin la construcción del mismo, por encima de las facciones y sometimiento al mitrismo; la extensión vuelve a formar parte de la Política Nacional que se irá complementando hacia el norte, con los expedicionarios del desierto que en Chaco y Formosa consolidan, con la ocupación hasta la frontera del Pilcomayo.

Toca también al ejército nacional resolver la cuestión Capital que algo aliviará al gobierno argentino de la presión constante del círculo de la oligarquía porteña. Frente a Avellaneda vacilante ante la insolencia de (Carlos) Tejedor y los demás mitristas, Roca expresa la posición firme de lo nacional y la decisión del Ejército Nacional de no aceptar más retaceos a la República.

Este es el momento decisivo y es bueno señalar lo que destaca Ramos: al lado de Roca está Hipólito Yrigoyen, jefe del futuro gran movimiento nacional. En cambio, (Leandro) Alem, está del otro lado. Los clásicos al lado de los clásicos, los concretos al lado de los concretos, los realistas al lado de los realistas. Del otro lado los declamadores, románticos arrastrados por el influjo de las palabras huecas, y las ideologías.

Es confusa la historia como que es cosa de hombres. Digamos glosando a (Georges Louis Leclerc, conde de) Buffon que el estilo define las corrientes históricas mejor que las palabras.

Hasta 1916 el pueblo es ajeno a todo el drama histórico desde Caseros. Desde entonces hemos carecido de una verdadera política nacional; pero señalemos los grados: durante el período del mitrismo no fue carencia: hubo política antinacional consciente y deliberada, que se sostuvo en la inexistencia del Ejército Nacional, reemplazado por una milicia de facción.

Con Roca y la reconstrucción del Ejército Nacional empieza a definirse una Política Nacional, zigzagueante entre la comprensión parcial de los hechos y el adoctrinamiento antinacional de los ideólogos (…) hay por lo menos una Política Nacional, la del Ejército, expresada por su fundador, el general Roca, que tiene una Política Nacional de las fronteras y una política económica a la que falta mucho para ser nacional, pero ya retacea el librecambio impuesto por los vencedores de Caseros en obsequio de los “apóstoles del comercio libre”.

No llega con todo a constituir sino un mero atisbo de Política Nacional: ella sólo se integrará por la presencia del pueblo en el Estado.

Arturo Jauretche.

viernes, 30 de enero de 2015

Combate de Punta del Quebracho

Por el Prof. JBismarck
Corría el año 1846, hacía algo más de seis meses que la escuadra anglofrancesa había pasado por la Vuelta de Obligado. La expedición, cuya rentabilidad se daba por segura, había fracasado. Corrientes, empobrecida por tantos años de guerra, no había resultado un buen mercado. Tampoco Paraguay, ya que su líder, Carlos Antonio López, no se dejaba engañar con promesas de “libre comercio” y exigía, antes de cualquier acuerdo comercial, el reconocimiento de la independencia paraguaya por parte de los interventores. Nada se consiguió entonces, gran parte de los buques mercantes que remontaron el Paraná, protegidos por varios de guerra, volvían tan llenos como habían salido de Montevideo hacía ya varios meses. A la realidad del total fracaso comercial se unía la oscura perspectiva del regreso. La ida había sido dura, asechada la flota en todo lugar oportuno (Acevedo, San Lorenzo, Tonelero, etc.) por la artillería volante, primero al mando de Thorne, luego, una vez restablecido de las heridas de Obligado, Lucio Norberto Mansilla ocupó su lugar de jefe de la defensa del río. Por lo tanto, la vuelta del convoy no se presentaba como una travesía agradable.
 
El día 4 de junio de 1846, alrededor de medio año después del Combate de la Vuelta de Obligado, en la angostura o punta del Quebracho, esperaba Mansilla a la flota intrusa. Contaba con 17 cañones, defendidos por 600 infantes, 150 carabineros, además de algunos hombres de Patricios. En el centro, se instalaron dos baterías y algunas fuerzas de infantería, al mando se hallaba Juan Bautista Thorne. Mientras, en el otro extremo se ubico el batallón Santa Coloma, al mando de este jefe.
¡Viva la soberana independencia argentina!  Cuando los buques de guerra estuvieron a tiro, Mansilla dio la orden de fuego, antes gritó: “¡Viva la soberana independencia argentina!”. Los cañones patrios se mostraron inaccesibles para la artillería enemiga dada la altura a la que estaban emplazados. El caos se apoderó de las embarcaciones, en su tentativa de huir algunas vararon y sufrieron duramente el fuego criollo. El capitán inglés Hotham confesará al informar sobre las bajas del Quebracho: “Los buques han sufrido mucho”. Escapar con la mayor velocidad posible se convirtió en el único objetivo de las escuadras combinadas de las dos mayores potencias de la época.
Francisco Hipólito Uzal dirá: “El encuentro del Quebracho, aparte de su enorme importancia militar y política, fue el sello definitivo del desastre económico-comercial de una empresa de injusta prepotencia, llevada a cabo por quienes, seguros de su enorme superioridad material, y atropellando sin consideraciones humanas ni jurídicas todos los derechos de la Confederación Argentina, se proponían un cuantioso dividendo”.
Visto desde hoy hechos como los del Quebracho nos llenan de orgullo, refuerzan nuestro honor de ser argentinos. En el Quebracho, como en Obligado, como en Malvinas, es donde los argentinos demostraron que el acta firmada en Tucumán en 1816 fue verdaderamente el acta de la Independencia, acciones como estas son simplemente independencia en acción. Eso es ciertamente la lucha por la soberanía nacional.

viernes, 23 de enero de 2015

JUAN MANUEL DE ROSAS

Por Manuel Gálvez
Creo que ya podemos afirmar, sin ser ilusos o demasiado optimistas, que don Juan Manuel de Rosas ha sido rehabilitado en casi todos los aspectos de su obra y personalidad. Salvo algunos descendientes de unitarios, y algunos demócratas sin sentido histórico que juzgan el pasado con el criterio del presente, apenas hay persona culta que ignore cómo Rosas salvo al país de la anarquía, lo unió y lo organizó y lo defendió, con patriotismo ejemplar, contra las potencias extranjeras que lo atacaron. Nadie ignora, igualmente, y por haberlo leído en un libro escrito por un enemigo –me refiero a “Rosas y su tiempo”, de José María Ramos Mejía-, que en los años de su gobierno la provincia de Buenos Aires conoció la verdadera prosperidad, pues había trabajo para todos, no existía la miseria y el pueblo era feliz.
Pasó la época en que a Rosas se le consideraba un gaucho bruto, incapaz, como creía Groussac, que no podía comprenderle, de escribir un discurso; o gobernante ladrón como decían los unitarios. Todos reconocen hoy su enorme talento; su honradez, su capacidad de dirección y organización.
¿Qué falta, pues, para la rehabilitación completa de Rosas? Sólo esto: demostrar que no fue el sanguinario que se cree. Algún día se convencerá el país de que sus enemigos fueron más sanguinarios que él. En las memorias del General Iriarte, aún inéditas, se relatan las bárbaras matanzas de paisanos realizadas durante la dictadura de Lavalle. El General Paz, según cuenta King, hacía fusilar todas las noches a varios individuos. El jóven historiador Alberto Ezcurra Medrano tiene que ampliar sus interesantes “tablas de sangre” de los unitarios.
Pero para rehabilitar a Rosas en este asunto, es preciso revelar las traiciones de los unitarios, que se unían con el extranjero contra su patria. En este sentido el espléndido libro de Font Ezcurra, documentado, serio, austeramente escrito, es de la mayor eficacia. Falta insistir en que los “asesinatos” de que lo acusan a Rosas no fueron sino actos de guerra. La casi totalidad de esos “asesinatos” se produjeron en los años 40 y 41, mientras Buenos Aires debía luchar contra los traidores que se habían unido al extranjero. Hay un documento que lo prueba: e1 proceso a Cuitiño y a los demás mazorqueros. El decreto ordena procesarlos por los crímenes cometidos durante los años 40 y 42. No habla ese decreto de crímenes anteriores ni posteriores.
¿Eran crímenes? No. Eran actos de guerra. Los hombres de la policía de Rosas entraban en las casas a buscar pruebas de la comp1icidad de los unitarios con los traidores de Montevideo. A veces, alguien se resistía o se insolentaba con la autoridad. Y entonces no faltaba un bofetón, cuya réplica atraía el balazo o la puñalada, el que hizo justicia en los traidores.
Y si pensamos en 1a magnitud de las traiciones de Florencio Varela, de Lavalle, de Sarmiento, de casi todos los unitarios, nos es preciso reconocer que Rosas fue demasiado benigno. Clemenceau, por simples sospechas, llenó las cárceles de Francia durante la Gran Guerra y fusiló a mucha gente. ¿Qué no habría hecho si los enemigos de su política se hubieran abiertamente aliado con Alemania?
*Artículo publicado en la Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Año I, Número I, enero de 1939.

miércoles, 21 de enero de 2015

Homenaje al maestro Julio Irazusta

1982 -5 de mayo- 2015  por Enrique Díaz Araujo

Desde lejos, a destiempo, vengo a despedirte maestro querido, “hermano de la luz del alba”.
Con la tinta ensombrecida por el dolor irrestañable, pero también, con la alegre tinta del dolor triunfante.
El Señor de la Historia te brindó una merecida, rilkeana, muerte propia, a ti, el amante no correspondido de la Argentina (…)
Has muerto saludado por las salvas de los fuegos antiaéreos y de los misiles, levantados hasta el cielo por los atletas de la juventud heroica que a esa hora morían en Malvinas, en el campo de la batalla atlantica (…)

Dios te dotó, de modo impar, del eje diamantino del patriotismo, invulnerable al desaliento, inaccesible al pesimismo.
Por que disponías de una fe absoluta, sin beneficio de inventario, en el destino de la grandeza patria. Por que en ti alentaba, como en nadie, la esperanza contra toda esperanza, aunada con la caridad generosa para con los connacionales extraviados en las penumbras del ciclo agonizante (…)

Se que tus facetas eran múltiples: filósofo político, historiador revisionista, crítico literario, militante nacionalista, ensayista de temas universales.
Que tenías una inteligencia profunda, laboriosamente cultivada al estilo clásico, del humanista sereno que con lucidez develaba la realidad escondida a los profanos. Que contabas con una voluntad acerada, entusiasta, coherentemente asociada a tu mentalidad –espejo esplendido de tu celebre idea de la “Voluntad Esclarecida”, colocada sin desmayos al servicio del Bien Común. Que aliabas tu pensamiento y tu volición al sentimiento hondo, entrañable, de la amistad dispensada con nobleza, al exquisito sentido del honor y al gesto señorial, que de casta te venía.
Que todos esos meritos reunidos arrojaban el saldo lógico del hombre ejemplar, del maestro singular, de quien renunció por anticipado a los honores fáciles de la vida vana, para quedarse a la intemperie de los fastos oficiales y así mejor velar por su amada patria.

miércoles, 14 de enero de 2015

MORENO, MARIANO (1778-1811)

Por Norberto Galasso
Corno se ha señalado, la maquinaria de difusión de las ideas manejada por la clase dominante silencia, omite o "maldice" a todos aquellos cuyas ideas ponen en cuestionamiento a la ideología que quiere hacer prevalecer. Pero ocurre, a veces, que el personaje es de tanta trascendencia que resulta imposible expurgarlo de la historia. En ese caso, se procede a vaciarlo de contenido, a deformar su imagen y trayectoria, en fin, a reemplazarlo por un sosias creado al efecto, pero a favor de los intereses dominantes. Así ocurre con Mariano Moreno. La imagen que tradicionalmente ha difundido la escuela, con la apoyatura de la revista Billiken, es la siguiente: se trata de un joven enérgico, no en razón de sus ideas, sino del propio arrebato de los años mozos, que se convierte, en el proceso revolucionario, en la contracara de Saavedra, partidario de la moderación, tampoco en razón de sus ideas, sino dada la mayor experiencia que otorgan los años. El entredicho sería simplemente "generacional" y desde este punto de vista, Moreno resulta algo más simpático que el Jefe de Patricios, pero una simpatía leve, por supuesto, incapaz de generar rebeldías o sueños peligrosos. La fábula continúa señalando que este joven ardoroso fue un gran periodista y por haber fundado La Gazeta, merece unas flores en su monumento de Plaza Lorea, al conmemorarse el día del periodista. Asimismo, era altamente democrático y además, muy educado, incapaz de usar palabras groseras en su correspondencia. Su más importante ensayo sería un documento reclamando el comercio libre, conocido popularmente como "La representación de los hacendados"- programa de la Revolución de Mayo, según esta versión-, lo que permite alinearlo ideológicamente, como al resto de la Junta, en posición favorable al liberalismo económico. Por otra parte, como abogado defendió intereses de comerciantes británicos, lo cual resulta razonable en alguien que odia a todo lo español -según dicha versión- y entiende al Imperio Británico como la mayor expresión del progreso en el mundo. Por esta razón después de su renuncia como secretario de la Junta el gobierno le confió a una misión a Londres, pero desgraciadamente enfermó en el viaje y murió en alta mar. Al conocer la noticia, Saavedra habría dicho: "Se necesitaba tanta agua, para apagar tanto fuego". Pero, esta desgracia sería superada con la aparición, poco tiempo después, del continuador de su ideario: Bernardino Rivadavia. La iconografía publicada por la revista Billiken se correspon de con esta descripción: un rostroredondo y plácido, con ojos soñadores y una especie de jopo amansado sobre la frente, rasgos propios de un pequeño burgués decente, de buenas costumbres y servidor del orden constituido. Los niños, emulando a este Moreno, seguramente podrán ser asesores de empresas extranjeras o legisladores "progresistas", capaces de preservar el orden y los valores dominantes, de modo que el país adquiera prestigio en el mundo occidental y cristiano.  Sin embargo, con el transcurso del tiempo, esta imagen -ideológica y plástica- fue controvertida por datos provenientes de diverso origen. Poco a poco, la verdad se fue abriendo camino y el verdadero Moreno apareció. No era revolucionario sólo por ser joven sino por haber estudiado a los enciclopedistas franceses y a los teóricos de la revolución democrática española de 1808, así como Saavedra no era reaccionario en razón de su edad, sino por los intereses a los cuales estaba ligado. Mariano no era tampoco un periodista ingenuo, cultor de una inexistente libertad de prensa, sino que aconsejaba a la Junta editar pocas Gazetas cuando había noticias de derrotas y en cambio, aumentar notablemente el número cuando era posible difundir victorias. Tampoco era un creyente en la democracia formal, por lo cual metió a los jueces de la Audiencia en un barco junto con el virrey Cisneros y los desterró a las Canarias y luego, al enterarse de que los cabildantes también conspiraban, propuso ejecutarlos. La democracia verdadera residía -para él- en el gobierno de las mayorías populares ansiosas de una revolución, lo cual justificaba eliminar a la Audiencia y al Cabildo. Tampoco cultivaba un lenguaje educado y prudente pues a Chiclana le escribe, respecto a la decisión de Ortiz de Ocampo de no cumplir las instrucciones que mandaban fusilar a Liniers: "...pillaron nuestros hombres a los malvados, pero respetaron sus galones y cagándose en las estrechísimas órdenes de la Junta, nos los remiten presos a esta ciudad" (17/8/1810).    Tampoco era antiespañol -no podía serlo perteneciendo a una familia española- sino que luchaba  contra los españoles absolutistas, que no es lo mismo, ni era pro-británico pues  consideraba a "Inglaterra una de las más intrigantes por los respetos del señorío de los mares y dirigirse siempre todas sus relaciones bajo el principio de la extensión de miras mercantiles, cuya ambición nunca ha podido disimular su carácter... A la Corte de Inglaterra le interesa que la América o parte de ella, se desuna o divida de España y forme por sí una sociedad separada donde Inglaterra ...pueda extender más sus miras mercantiles y ser la única por el señorío de los mares". Asimismo, advertía sobre el peligro de que ocurriese con América lo que ya ocurría con Portugal:"el abatimiento en que Inglaterra lo tiene por causa de su alianza"  y que ...respecto a Brasil, "lo extenúe de tal suerte (a Portugal) que las colonias americanas se conviertan en inglesas algún día". Tampoco es partidario del liberalismo económico, pues sostenía: "Desde el gobierno del último virrey se han arruinado y destruido todos los canales de la felicidad pública por la concesión de la franquicia del comercio libre con los ingleses, el que ha ocasionado muchos quebrantos y perjuicios". Y agregaba: "Deben evitarse aquellas manufacturas que siendo como un vicio corrompido, son de un lujo excesivo  e inútil, que deben evitarse principalmente porque son extranjeras y se venden a más oro de lo que pesan". Con respecto a su muerte, existen fuertes indicios de que no falleció de muerte natural sino que fue envenenado por el capitán del barco quien le suministró un medicamento en dosis excesiva que le resultó letal (Su esposa había recibido, poco antes, un abanico de luto, un velo y un par de mitones negros. Conocido su embarque, el padre Azcurra proclama, como un triunfo: "Ya está embarcado y va a morir". En Buenos Aires circula la versión, al conocerse su muerte, de que ha sido envenenado).  Con respecto a la opinión de Saavedra, no sólo lo considera ba " fuego" sino que lo califica como "Demonio del Infierno"-carta a Chiclana, del 15/1/1811- y se refiere a "las ideas sanguinarias del morenismo". Finalmente, también en la iconografía se ha producido una deformación: el retrato de Moreno, obra del artista Juan de Dios Rivera, en el Alto Perú, lo muestra con cara angulosa, mejillas picadas de viruela y ojos amenazantes, es decir, un perfil de revolucionario que se corresponde con la imagen de quien regresaba a su casa, por las noches, con dos pistolas al cinto y no con la efigie plácidamente burguesa que se oficializó.   Este vaciamiento de Moreno se ha llevado a cabo omitiendo hechos, ignorando, por ejemplo, la correspondencia con Belgrano y fraguando un novelón sentimental sobre una vida jugada heroicamente por su patria. Pero, en especial, intenta sustentarse en el no reconocimiento del Plan de Operaciones que es, en verdad, el programa revolucionario de Mayo (y no la representación de los Hacendados).   Este plan formula, en lo político, la necesidad de liquidar toda influencia absolutista reprimiendo severamente a los enemigos del pueblo, posición que coincide con el fusilamiento de Liniers, decidido por Moreno y con el ajusticiamiento de los generales Nieto, Paula Sanz y Córdoba, en el Alto Perú, aplicado por Castelli, cumpliendo las Instrucciones de Moreno.  Además, considera imprescindible actuar severamente contra los opositores a la Revolución, aplicando destierros y expropiaciones contra los mismos, medidas que se toman contra potentados monárquicos como Beláustegui, Arroyo y Pinedo, Noguet, Pablo Villariño, el alzaguista Olaguer Reynals y otros_ Asimismo, considera necesario ampliar la revolución, para lo cual sugiere recurrir, en la Banda Oriental, a José Artigas y sus amigos, táctica que luego se aplica, como así también el envío de dos expediciones, una al Alto Perú y la otra, al Paraguay, con los mismos fines.   En lo económico, propone fundar empresas estatales de armas y pólvora, como condición para hacer la guerra al absolutismo, empresas que efectivamente se ponen en marcha durante 1810. Asimismo, se opone a la rebaja de recargos aduaneros, a modo de proteccionismo, rebaja que recién implementa el  Primer Triunvirato, gobierno de los enemigos del morenismo, en 1811.  Pero, además, el Plan de Operaciones formulado por Moreno, ante la inexistencia de capitales (o más bien, de una burguesía nacional) sostiene la necesidad de expropiar a los mineros del  Alto Perú, para permitir una inversión "poniéndose al Estado en un orden de industrias (...)  para desarrollar fábricas, artes, ingenios y demás establecimientos, como así en agricultura,navegación, etc." Es decir, postula al Estado como el único que puede realizar el rol de una
burguesía ausente, dando respuesta a una cuestión que habría de plantearse en los siglos
XIX y XX en todo proceso revolucionario tercermundista.  Asimismo, propugna una fuerte redistribución del ingreso:  "Es máxima aprobada que las fortunas agigantadas en pocos individuos, a proporción de lo grande de un Estado, no sólo son perniciosas, sino que sirven de ruina a la sociedad civil, cuando no solamente con su poder absorben el jugo de todos los ramos de un Estado, sino cuando también en nada remedian las grandes necesidades de los infinitos miembros de la sociedad, demostrándose como una reunión de aguas estancadas que no ofrecen otras producciones sino para el terreno que ocupan pero que si corriendo rápidamente su curso, bañasen todas las partes de una a otra, no habría un solo individuo que no las disfrutase, sacando la utilidad que le proporcionase la subsistencia política, sin menoscabo y perjuicio". Con esta alegoría bucólica sustenta la tesis de la expropiación de los mineros del Alto Perú, para acumular un capital para echar las bases del Estado empresario, soluciones que aún hoy estremecen a los sectores del privilegio.  Esta es la razón por la cual la historiografía oficial no puede admitir el Plan de Operaciones pues enseñado, en los colegios, sería la mejor lección para forjar ciudadanos decididos a realizar las transformaciones más profundas.  Quien quiera investigar las razones dadas para considerar apócrifo al Plan de Operaciones, puede informarse de la polémica en "La época de Mariano Moreno", de Rodolfo Puiggrós donde se comprenderá que la ardorosa impugnación de Groussac y Levene constituye la defensa a rajatabla de la versión tradicional de Moreno, sostenida por Mitre, quien, en su biografía de Belgrano, lo deforma a Moreno, vaciándolo de toda posición auténticamente revolucionaria, para fabricar así la leyenda de una revolución pro británica, sólo preocupada por el comercio libre. 

A su vez, podrá conocer las razones esgrimidas por Norberto Piñero y otros sustentando la veracidad de dicho plan. Comprobará asimismo que el historiador español Torrente, en 1829, ya se refería al Plan.  Finalmente, comprenderá que esta polémica ha llegado a su fin con la publicación de "Epifanía de la libertad; documentos secretos de la Revolución de Mayo", de Enrique Ruiz Guiñazú donde se transcribe la correspondencia entre Fernando VII y su hermana Carlota Joaquina, en la que se muestran horrorizados ante ese plan, "doctrina del doctor Moreno, que hicieron para el método de gobierno revolucionario", esa gente de "bocas desaforadas", verdaderos "diablos con figura humana”.   Sin Plan de Operaciones no hay programa revolucionario de Mayo, ni hay Moreno revolucionario, sino un anodino espectáculo de Plaza de Mayo con paraguas, donde un joven quiere actuar enérgicamente y un hombre con experiencia prefiere avanzar con calma. Pero, con Plan de Operaciones hay revolución y hay ejemplo a seguir, para los argentinos. Por eso, Levene confiesa el meollo de esta polémica y de esta impugnación al Plan: "para comprender la obra orgánica de la Revolución de Mayo se impone, en primer término, demostrar la apocrificidad del plan atribuido a Moreno y a la Junta". Así velaba Levene, no por la verdad histórica, sino por la custodia del orden constituido, evitando malos ejemplos en los párvulos inocentes, cuyas almas generosas podrían pretender -"demoníacamente"- un mundo mejor. A su vez, otro historiador -Guillermo Elordi- sostiene empecinadamente: "...Si en un día lejano apareciera el documento real (del Plan), escrito por Moreno y firmado por Moreno quedaría el consuelo a los que ahora no creen su realidad, de admitir, todavía, que no merece llevar la rúbrica del prócer". Pero la comparación entre las postulaciones del Plan, algunos artículos de La Gaceta, las instrucciones de Moreno a Castelli y en especial, las medidas concretas aplicadas por el Secretario de la Junta, permiten hoy aseverar que el Moreno del Plan es el Moreno verdadero, a quien French llamaba con admiración "el Sabiecito del Sur" y a quien denostaba Arroyo y Pinedo, antepasado del Federico Pinedo, en razón de las medidas adoptadas contra los grandes registreros, beneficiarios del viejo sistema comercial.Asimismo, basta informarse del enfrentamiento del Primer Triunvirato (donde influyen Rivadavia y García) con los amigos de Moreno en 1811, que culmina en la disolución del primero y su reemplazo por el segundo Triunvirato (morenistas y gente de San Martín) para comprender que precisamente Rivadavia no fue la continuación del morenismo sino precisamente su antagonista.  Sin embargo, todavía el Moreno de semblante inocente y amable aparece en los cuadros de los colegios junto a su enemigo político, don Bernardino, mientras el verdadero Moreno puja por salir de las sombras