Rosas

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sábado, 31 de agosto de 2013

Julio Irazusta, según la mirada de una investigadora japonesa

Por Marcelo Lorenzo

Este 6 de mayo se conmemoró un nuevo aniversario de quien fuera la cabeza fundamental del movimiento historiográfico denominado “revisionismo” y uno de los iniciadores del movimiento político “nacionalista”. Aunque parezca increíble, los escritos y la acción del gualeguaychuense han llamado la atención de una investigadora japonesa, Noriko Mutsuki, quien escribió un libro sobre él.o

¿Cómo encasillar a Julio Irazusta (1899-1982)? No sólo por la multifacética personalidad de quien nació y murió en Gualeguaychú: filósofo político, historiador revisionista, crítico literario, militante nacionalista, o ensayista de temas universales.
Más bien porque el personaje no es fácil de asir. El gualeguaychuense fue todo menos un repetidor de ideas ajenas. Fue un creador en sentido pleno de la palabra. Se podrá o no estar de acuerdo con sus planteos, pero son tan originales que a veces las hermenéuticas fallan por no estar a la altura.
Sus ideas y actuación pública pueden desconcertar a quien no está habituado a los matices, o no es capaz de disolver las aparentes paradojas para hallar las sutiles continuidades.
Veamos algunas de estas paradojas.
El que admiraba la tradición política empírica de Inglaterra, y de hecho había estudiado en Oxford, donde quedó fascinado por Edmund Burke, fue no obstante el implacable censor argentino del imperialismo británico en el Río de la Plata.
Quien pudiendo catalogarse de “conservador”, al punto de ser influenciado por un Charles Maurras, por un Antonio de Rivarol o el citado Burke, hacía un planteo “revolucionario” en Argentina, a la que consideraba subordinada política y económicamente.
Alguien que por su origen y posición -pertenecía a una familia terrateniente provinciana- pudiera ser asimilado a la oligarquía vacuna que gobernaba el país, devino en un “des-clasado” al criticar la deserción política de la élite dirigente tradicional, a la que acusaba de “anglófila”.
El soberbio historiador de Juan Manuel de Rosas, a quien revindicó por la defensa de la soberanía nacional frente a la leyenda negra de la historiografía liberal, nunca se enamoró de la dictadura ni la aconsejó para el país.
El que pudiera ser considerado como un pensador “economicista”, como algunos de hecho lo tacharon, al escandalizarse por la importancia que le dio al factor económico en toda su obra, profesaba empero admiración por la doctrina del bien común de Tomás de Aquino.
Ese realismo, justamente, le hacía suscribir la frase de su hermano, Rodolfo Irazusta, quien decía: “Es evidente que el espíritu está primero… pero nadie duda que las actividades materiales, que están en el tercero o cuarto lugar, ocupan el primero cuando se trata de vivir; y el espíritu no marcha si el cuerpo no se alimenta”.
Perteneció a una generación que buscaba la “liberación nacional”,  pero mientras la mayoría de sus intelectuales abrazó en masa al movimiento peronista -desde un Manuel Gálvez, pasando por un Arturo Jauretche hasta un Raúl Scalabrini Ortiz-, Irazusta sin embargo no sólo no se plegó al régimen, sino que lo acusó de seudo-nacionalismo, al afirmar que era la cara fascista del viejo régimen subordinado.
Con ojos asiáticos
Como se ve, el personaje y su ideario tienen la impronta de la complejidad. De hecho adentrarse a su vasta obra escrita, acobarda al más osado. Pero aparentemente nada de esto ha detenido a Noriko Mutsuki, una investigadora japonesa que en 2004 escribió “Julio Irazusta -Treinta años de nacionalismo argentino-” (editorial Biblos).
Esta biografía intelectual de Irazusta como hombre público sorprende por el carácter de la autora. No sólo se trata de una estudiosa extranjera, lo que en sí mismo ya es un hecho significativo (aunque no es la primera vez que la mirada escrutadora sobre lo nuestro viene de fuera). Lo realmente llamativo es que provenga de una cultura no occidental. Una pregunta se impone: ¿qué sabemos nosotros de la historiografía japonesa?
Según relata la propia Mutsuki, al comienzo del ensayo, llegó a Irazusta porque su interés como investigadora de la Universidad de Hiroshima -donde estudió Relaciones Internacionales e Historia Diplomática- fue averiguar el porqué de la “neutralidad argentina” durante la Segunda Guerra.
“Me interesó este hecho que había pasado casi desapercibido en Japón aun hacia fines de la década del 80, salvo por una tesis de maestría presentada por el profesor Hiroshi Matsushita en 1970 para la Universidad de Tokio, y deseé saber las razones que explican esa política exterior argentina y qué ventajas o qué desventajas tuvo para el país”, comenta.
Pero pronto se dio cuenta de que más importante que esa política gubernamental -el neutralismo en sí- fueron las ideologías y los motivos que la sustentaron, asociados al nacionalismo. “Así que, después de concluida la tesis de maestría, mis preocupaciones se orientaron hacia el nacionalismo argentino”, señala.
Mutsuki relata que en 1993 tuvo la suerte de viajar a Argentina por primera, oportunidad en la que conoció a Fernando Devoto, miembro del Instituto Ravignani, de la Universidad de Buenos Aires (UBA), quien le sugirió la posibilidad de estudiar el tema, como base para una tesis doctoral a presentar en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.
“Así, a lo largo de diez meses, con la orientación de Devoto fue concretando un plan de tesis titulado ‘Dos nacionalistas argentinos’ y reuniendo los materiales necesarios para llevar adelante la investigación”, explica la historiadora.
Esos dos nacionalistas eran Julio Irazusta y Raúl Scalabrini Ortiz. Sin embargo Mutsuki refiere que finalmente se inclina por centrar su estudio en Irazusta, ante el hecho de que Scalabrini Ortiz no dejó una autobiografía sistemática. Esta carencia conspiraría, dice, “contra un balance equilibrado en la comparación de ambas figuras”.
¿Cuál es el enfoque, finalmente, que adopta la investigadora japonesa? “Abordé centralmente a Irazusta, para desde allí intentar esclarecer sus relaciones con otros nacionalistas y la de los nacionalistas con los gobiernos argentinos, lo que serviría para entender continuidades y cambios del nacionalismo. Luego de cursar seminarios y como resultado de casi dos años de trabajo pude concluir la presente tesis”, refiera Mutsuki.
Como se ve, la investigadora asiática aborda el nacionalismo argentino a través de Irazusta. No es un panegírico al gualeguaychuense ni mucho menos -de hecho detecta algunas tensiones en la evolución de su pensamiento, fraguado en la actividad política- pero tampoco es un ensayo demonizador.
Es interesante, en realidad, la puesta en escena del “republicanismo” que encabezaba Irazusta, en el conjunto de la constelación nacionalista, donde dominaban personalidades políticas e intelectuales muy fuertes.
Devoto, que escribe el prólogo del libro, destaca la importancia de la “distancia” que aporta Mutsuki, que como extranjera en todo sentido, no está contaminada a priori por las polémicas culturales y políticas que despierta el nacionalismo en Argentina. De hecho, resalta “el tono mesurado, distendido y sin adjetivos que domina en el libro”.
Y aunque la reconstrucción que realiza la historiadora oriental podrá discutirse -decimos nosotros-, su libro renueva la visión sobre un intelectual de fuste como Julio Irazusta, al tiempo que aporta una mirada original a la comprensión del polémico movimiento nacionalista.

viernes, 30 de agosto de 2013

LA REVOLUCION DE 1943.


Por Vicente D. Sierra

Un día el país supo quien iba a ser el sucesor del Dr. Castillo en la presidencia de la nación. El viejo dilema de libertad y eficiencia volvió a plantearse en la: conciencia nacional. Perder la libertad ¿Para qué? ¿Qué garantías ofrecía el continuador elegido? La revolución tenía que ser y se produjo el 4 de junio de 1943 por un levantamiento del ejército. No podía ser obra de ningún partido político porque ninguno representaba nada. En los mismos momentos que el liberalismo entraba en crisis en todo el mundo, los partidos políticos argentinos agudizaban su ideario liberal y, de acuerdo a la lógica, quien imita va siempre atrasado. Cuando en todos los grandes países el idealismo filosófico entrara a destruir al positivismo, los políticos y los universitarios enquistados en la Universidad Argentina, persistían en un ideario muerto, al margen, no sólo de la realidad nacional, sino del propio movimiento mundial de las ideas, del que se sentían celosos sacerdotes. Profesores había que, en 1943 considerándose espíritus libres, enseñaban economía a lo Leroy Beaulieu, psiquiatría a lo Lombroso, psicología a lo Condillac, filosofía a lo Spencer, y estudiantes que consideraban las obras de José Ingenieros, como, un dechado de saber científico y filosófico. El sacudimiento que en la Universidad produjo un Ortega y Gasset o un Eugenio D'Ors no salió del campo literario y de algunos privilegiados. La revolución no podía ser, por consiguiente, ni obra de los políticos -comprometidos con el capitalismo internacional- ni de una Universidad anquilosada, cuyo ‘reformismo’ olía a naftalina, y fue así como estuvieron contra ella políticos y universitarios. Sólo el clero o el ejército podían ser la fuente de la revolución, y como el clero no tiene armas ni vocación guerrera, la tarea correspondió a quien la realizó. Lo mismo que en 1930. Los ejércitos permanentes son los que evitan que el mundo caiga en la barbarie, pues la verdad de hoy, vista por Donoso Cortés a mediados del siglo pasado, es que se va a la civilización por las armas y a la barbarie por las ideas por lo menos, en nuestros días a la barbarie marxista.

Hemos dicho que, lo mismo ocurrió en 1930 porque consideramos importante repetir que es un absurdo ver en la revolución del 6 de septiembre un movimiento contra el radicalismo, pues entonces ya no queda de él sino el nombre y su jefe, pero éste envejecido y enfermo, enfrentando una crisis económica mundial y una crisis moral en su partido. Durante el gobierno del general Agustín P. Justo, que sucedió, al revolucionario ‘de facto’, como durante el de sus continuadores, los partidos políticos perdieron toda influencia sobre las masas, porque todos, más o menos directamente, actuaron en colaboración, en complicidad o en compadrazgos. Por otra parte sus elencos directivos quedaron estacionados. Puede decirse que los argentinos que alcanzaron la ciudadanía después de 1930 no ingresan en los partidos, parte por peligroso desinterés por la cosa pública, parte -los mejor dotados- por repugnancia a los entretelones de los mismos. Ninguno es capaz de crear una idea argentina que dinamice al pueblo. Si el ejército no toma la iniciativa, ningún grupo organizado se encontraba en condiciones de hacerlo, y en el ejército, la conciencia de que la revolución de 1930 había sido desvirtuada había forjado el imperativo de cumplir con el deber de salvar los errores de entonces. No creemos en el fracaso del movimiento de 1930, porque en historia los hechos son siempre positivos, en cuanto a sus fines. Sin la elaboración ideológica que la de 1930 provoca en el país, que da lugar a un movimiento que esboza doctrinas nacionalistas que las masas hacen suyas en la jornada del 17 de Octubre de 1945, cuando salen a la calle a imponer la personalidad de Perón, éste no habría podido crear el denominado ‘movimiento peronista’ basado en los grandes principios políticos de la raza. Y no es ésta una afirmación caprichosa. Hasta 1767 se enseñó en las Universidades de América, entre otras la de Córdoba, por medio de las obras del P. Francisco Suárez, lo que era doctrina común de los teólogos españoles, que la razón de ser del Estado era el bien común, y es el bien común lo que importa un cambio de la política liberal individualista hacia las formas propias de la democracia social la base del sistema doctrinario de Perón. La historia de estos hechos es harto conocida.
 Durante la actuación del gobierno militar revolucionario se crea, entré otras cosas, la ‘Secretaría de Trabajo y Previsión’, desde la que se comienza a encarar la cuestión social con un espíritu nuevo, que gana, poco a poco, el favor, de las masas sindicalistas, socialistas, comunistas y anarquistas, en que se dividía el movimiento obrero organizado argentino; porque los trabajadores, que creen en la eficacia, siguen a quien en dicho organismo comienza a realizar una acción de elevación vertical del nivel de vida del proletariado. No nos corresponde analizar esa acción fuera de su sentido social, ni si ella fue bien o mal orientada, ni si sus resultados serán éstos o aquellos. Lo importante, desde nuestro ángulo, es que dicho hombre, que se trueca en breve tiempo en caudillo de las masas nacionales en forma tal que a la hora que escribimos lleva ganadas tres elecciones; por márgenes de votos que han ido creciendo de un comicio a otro, formula una doctrina política que se diferencia de cuantas se lanzaron en el país desde 1910, porque, siendo muy moderna, es muy antigua. Es el triunfo de la democracia social. En efecto, el general Perón ha lanzado un ideario de tipo social-cristiano que comienza por considerar que lo esencial es el hombre, y que, por consiguiente, la sociedad no puede tener finalidades que vayan en contra de la libertad de la persona humana para realizar sus fines personales terrenos y eternos. La riqueza deja de tener finalidades propias para adquirir finalidades sociales. El Estado deja de ser un organismo indiferente para pasar a ser un medio, a los fines de que; la sociedad pueda realizar su fin, y ese fin, lo repite Perón,  es el BIEN COMUN.
 Perón ve el problema social y lo encara, primero, del punto de vista material, porque la realidad así lo impone, pero luego del punto de vista ético. El bien común exige la dignidad, pero sin medios de sustento no hay dignidad posible en el hombre. Así lo expresa y así procede. Afirma, además, conceptos nacionalistas sin apoyarlos en la raza como concepción biológica, para Perón la raza ‘constituye una suma de imponderables que hace que nosotros seamos lo que somos, y nos impulsa a ser lo que debemos ser, por nuestro origen y nuestro destino’. Su nacionalismo es una postura espiritual. ‘Ella es -agrega- la que nos aparta de caer en el remedio de otras comunidades, cuyas esencias son extrañas a las nuestras, pero a las que con cristiana caridad aspiramos a comprender y respetamos’. En síntesis, nos encontramos de vuelta, es decir, la Argentina afirma una posición que no es sino descubrirse a si misma. No es sorprendente que las masas la hayan comprendido de inmediato y que la oligarquía liberal no la comprenda. Es que se trata de la vieja doctrina político-social, que nos viene del fondo de la historia en un reconocimiento extraordinario.

Cabecita negra

Por Arturo Jauretche

Al hombre que no es un intelectual, y por eso razona según el orden de la naturaleza, se le ocurre que en el orden de las demandas humanas, que es él mismo, están primero las alpargatas que los libros. El fuego debe calentar de abajo dice Fierro, y la cultura debe ir precedida de zapatos, ropa, frazadas y pan. Pero la tradición de la “intelligentzia” argentina es al revés, porque su amo imperial es vendedor de ideas y lo que quiere comprar barato es lo que los “cabecitas negras” pretenden consumir.
Al principio a ese hombre, al que la miseria consuetudinaria había privado de otras necesidades que las elementales, le sobró el dinero y lo dilapidó en pañuelos de seda, en perfume o en discos fonográficos: varias generaciones de criollos, a través del nieto de Martín Fierro, compraban sueños cuando compraban chiches (…) después (…) fue vistiendo mejor, introduciendo mejoras en su hogar, alimentándose racionalmente, graduando sus diversiones a medida que las nuevas necesidades a satisfacer crecían con su cultura de consumo, que sólo puede lograrse sobre bases económicas.
Paulatinamente fue entrando en los consumos de la cultura (…) posiblemente ignorará a Goethe, Toynbee o Plutarco o a Jung (…) pero conocerá mucho mejor los problemas del sindicato y los de la sociedad en que vive, las incidencias en la modificación de los cambios en su economía familiar y en la de la Nación, y sobre todo quines son y donde están sus enemigos.

Es una particularidad que he señalado muchas veces que en los países de inmigración, los hijos educan a los padres, porque éstos se crían en un medio más propicio al desarrollo cultural en razón de la mejor base económica y social que encuentran en su infancia. Lo que sucede con población procedente del interior o de los países limítrofes americanos, sucedió respecto de la inmigración masiva procedente del mediodía de Europa. Los hijos nacidos y criados en un standard de vida traían de la escuela y de la convivencia con sus compañeros, normas, ejemplos que iban transformando a los padres; éstos, por sus hijos, iban paulatinamente adquiriendo necesidades y gustos propios de un nivel de cultura distinto al que sus padres habían conocido. En este sentido hay que carecer de capacidad de observación para no percibir, aunque mas no sea en el ambiente de los “cabecitas negras” que ya llevan años de asentamiento, en las vestimentas de las criaturas, el contraste con que a la misma edad llevaban los padres en sus lugares de origen. Es que no es “moco de pavo” afrontar el problema de sociedades enteras en las que durante más de cien años la miseria absoluta fue el signo, y se creyó que curarla era un simple problema de alfabeto, invirtiendo el orden natural que es pan, techo, ropa y después alfabeto.
“… es horrible hacer el sacrificio de llevar la familia a Mar del Plata para encontrar que la habitación de al lado la ocupa la mecanógrafa, el peluquero o el repartidor de leche; que el restaurante no hay mesa por lo desbordan gentes que antes no tenían acceso a él; que los camarotes el tren le son disputados por la multitud en fiesta; que cualquiera ocupa un taxímetro y que hay que hacer cola para comprar “allo spiedo” que antes ofrecía reverente el rotisero sin clientela al grave caballero de fláccido bolsillo que lo tutea paternalmente al protegerlo con la compra.”
La prosperidad de los de abajo, ¿ha molestado a los de arriba? No a los de muy arriba, porque el empresario sabe que esa prosperidad general es condición necesaria de las buenas ventas, es mercado comprador para sus productos. Molesta solamente al escalón inmediato superior, a esa clase de quiero y no puedo de pobreza vergonzante, a quien parece disminuir socialmente el ascenso de los que estaban un poco más abajo, porque alteran sus jerarquías rutinarias de la importancia social.

viernes, 23 de agosto de 2013

LOS CUMPAS JUAN Y OSCAR GÁLVEZ

Por Alfredo Parga

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En ese año en que el Turismo Carretera (TC), la actividad automovilística más popular de la Argentina, cumplia 70 años de vida era imposible no recordar a quienes fueran sus máximos exponentes en la década del ‘50 y ’60: los hermanos Oscar y Juan Gálvez.

Está claro que la política y el deporte van de la mano.
 

Desde su nacimiento, allá por el año 1937, el TC siempre estuvo relacionado de manera directa o indirecta con los distintos gobiernos que se fueron sucediendo hasta el día de hoy.

Con algunos más y con otros menos.


Con la primera presidencia del General Juan Domingo Perón (1946-1952) el automovilismo y el deporte en general se habían convertido en política de estado, para uno de los gobiernos que más apoyo le brindó a la actividad deportiva en la historia de la República Argentina.


A pesar de no haber logrado sus máximos objetivos durante el gobierno justicialista, los Gálvez siempre fueron un símbolo para Perón.
 

De ahí todos los inconvenientes que tuvieron que sortear con el movimiento Revolución Libertadora, que derrocó al peronismo en el año 1955.


La familia Gálvez
pertenecía a un estrato económico social medio. Marcelino, el padre, era dueño de un taller mecánico, lugar donde se criaron Juan y Oscar.
 

El primero en enamorarse de los fierros fue Oscar, quien reacio para el estudio, se convirtió en la mano derecha de su progenitor.
 Oscar y Juan formaron una gran sociedad deportiva que con los autos Ford y con el tiempo se convirtió en dueña de gran parte del automovilismo interno.

En el Gran Premio de 1937 comenzó todo para Oscar.

Ganó una carrera en Santa Fe y dio el primer paso a la gloria.
 

Gracias a sus 13 victorias en el TC y cinco campeonatos ganados sigue hoy en la retina de todos los amantes de la segunda actividad deportiva en Argentina, en cuanto a concurrencia de público.


Entre sus logros, El Aguilucho cuenta con el de ser el primero en vencer a los pilotos europeos en la Fórmula 1, cuando el 6 de febrero de 1949 -al mando de un Alfa Romeo 3.800cc- se impuso en el circuito porteño de Palermo. 


De visitante tampoco le fue mal: en el Viejo Continente, Oscar venció en nueve oportunidades.

Por su parte, Juan se alzó nueve veces con la presea de la máxima competencia y con todos sus triunfos lidera las estadísticas de los primeros 70 años del Turismo Carretera.


En 1962 logró su último triunfo con su Ford. en Laboulaye, antes de su fatal accidente.


Sin contar el tiempo en que acompañó a su hermano Oscar fue corredor durante 13 años y 4 meses.

Consiguió el récord no igualado del 38,8% de efectividad.
 

También 8 triunfos en dos temporadas (en 1953 y 1960).
 Totalizó 59 victorias en el turismo de Carretera y corrió 153 competencias.185 km/h.

Además los Gálvez fueron campeón y subcampeón de la máxima categoría en siete oportunidades: Con Juan como protagonista se lucieron en 1949/1956/1957/1958 y 1960; mientras que con el Aguilucho delante en 1953 y 1954.

Como buenos héroes del deporte dejaron la vida para satisfacer sus necesidades deportivas y las de sus seguidores.
 

El 3 de marzo de 1963 en la vuelta de Olavaria, y tras un grave accidente muere Juan Gálvez, quien es considerado hasta hoy como uno de los mejores pilotos argentinos de todos los tiempos.


De allí en adelante todo cambió. Oscar nunca pudo superar la ausencia de su hermano y decidió retirase en 1964.


El 16 de diciembre de 1989, algunos meses después de que el Autódromo Municipal de la Ciudad de Buenos Aires fuera bautizado con su nombre, Oscar Alfredo Gálvez falleció a los 76 años, y pasó a ocupar un lugar entre las leyendas, junto a su hermano Juan (ganador de nueve títulos de TC) y a su rival y amigo Juan Manuel Fangio (quíntuple campeón mundial de F-1).


Las muertes de estos grandes corredores dejaron vacíos de gloria y triunfo los ojos de miles de fanáticos que los han seguido por todo el país, pero a su vez han llenado de orgullo al corazón del automovilismo y el pueblo argentinos.

LA ESTRATEGIA DE SAN MARTIN

Por Martin Cerri

Frente a este difícil cuadro de situación, San Martín identificó los objetivos que se debían lograr para vencer a los colonialistas y estableció la estrategia a seguir para conquistarlos.


En lo político, debía asegurarse un mínimo de respaldo en el seno del gobierno de Buenos Aires, sin lo cual no tendría marco apropiado para el resto de las tareas que debía cumplir.


Así, intervino directamente en la destitución del Primer Triunvirato y su reemplazo por otro, más cercano a sus proyectos, y presionó para imponer la Declaración de Independencia a todos esos sujetos calculadores e indecisos que ocupaban el gobierno.


En lo militar, la importante victoria en
"San Lorenzo" eliminó definitivamente el peligro de las incursiones españolas por la cuenca del Río de la Plata; además, habló con Martín Miguel de Güemes y con Manuel Belgrano para que se hicieran responsables ante él de impedir como fuera necesaria la penetración de los ejércitos enemigos por el norte argentino.

Contenidas las tropas colonialistas que presionaban por llegar desde el Alto Perú (Bolivia), San Martín se podría dedicar a organizar el "Ejército de Los Andes" para cruzar la cordillera y dirigirse a Lima, centro del poder español en América.
Solucionados estos dos aspectos, le faltaba uno que era, tal vez, el más complicado: consolidar el frente interno de la Revolución en el Río de la Plata, poniendo fin o por lo menos obligando a postergar la guerra civil entre Buenos Aires y los caudillos de las provincias.

Para ello, estableció contacto directo con José Artigas y con Estanislao López (los principales caudillos federales) para convencerlos de la necesidad de no pelear entre hermanos y de ocuparse del enemigo español.


San Martín escribió a Estanislao López lo siguiente:
"Paisano y muy señor mío: el que escribe a usted no tiene más interés que la felicidad de la Patria. Unámonos paisano mío, para batir a los maturrangos que nos amenazan; divididos seremos esclavos, unidos estoy seguro que los batiremos. Hagamos un esfuerzo de patriotismo, depongamos resentimientos particulares y concluyamos nuestra obra con honor. La sangre americana que se vierte es muy preciosa, y debía emplearse contra los enemigos que quieren subyugarnos. Unámonos, repito, paisano mío. El verdadero patriotismo en mi opinión consiste en hacer sacrificios; hagámoslos, y la Patria sin duda alguna es libre, de lo contrario seremos amarrados al carro de la esclavitud. Mi sable jamás saldrá de la vaina por opiniones políticas.En fin paisano, transemos nuestras diferencias; unámonos para batir a los maturrangos que nos amenazan, y después nos queda tiempo para concluir de cualquier modo nuestros disgustos, en los términos que hallemos por convenientes, sin que haya un tercero en discordia que nos esclavice...". (José de San Martín).

El Libertador escribió a José Artigas en estos términos:
"Mi más apreciable paisano y señor: no puedo ni debo analizar las causas de esta guerra entre hermanos. Y lo más sensible es que siendo todos de iguales opiniones en sus principios, es decir, de la emancipación e independencia absoluta de la España. Pero sean cuales fueran las causas, creo que debemos cortar toda diferencia y dedicarnos a la destrucción de nuestros enemigos, los españoles, quedándonos tiempo para transar nuestras desavenencias como nos acomode, sin que haya un tercero en discordia que pueda aprovecharse de estas críticas circunstancias. Cada gota de sangre americana que se vierte por nuestros disgustos me llega al corazón. No tengo más pretensión que la felicidad de la Patria; en el momento en que ésta se vea libre renunciaré el empleo que obtenga para retirarme, teniendo el consuelo de ver a mis conciudadanos libres e independientes...". (José de San Martín).

En cuanto a la actitud de San Martín frente a la elite porteña, fue clara y contundente: los hombres de Buenos Aires estaban más preocupados por lograr imponerse a las provincias, en una cuestión de disputa doméstica, que de contribuir a la Emancipación del continente.


Por ello, cuando se vieron en dificultades para alcanzar sus objetivos, tuvieron el atrevimiento de pretender ordenarle al Libertador que retornara de Chile y utilizara el Ejército de los Andes para sus propios fines en la vergonzosa guerra civil, en lugar de que siguiera al Perú y enfrentara a los españoles.


El Gran Capitán directamente desobedeció la orden y desvinculó al Ejército Libertador del gobierno de Buenos Aires, tras lo cual marchó al Perú, pasando por encima de las pretendidas órdenes de un grupo de traidores que le hacía el juego a los intereses de España y también de Inglaterra. 

JOSÉ MARÍA PEPE ROSA : EL HOMBRE QUE NOS ENSEÑO A REPENSAR LA HISTORIA

Por Brion, Daniel 

  
José María Rosa, “Pepe”, nació en Buenos Aires el 20 de agosto de 1906 Hijo de Lucila Cano y  José María Rosa.   
Fue la suya una familia tradicional, de inmigrantes, Vicente Rosa, llegado al país en 1829 era hijo de un relojero Veneciano que había naufragado allá por 1795 cerca de Barcelona, donde se casó con Ventura Carim, de lejana ascendencia mora.
Su abuelo, José María Rosa (padre), se desempeñó dos veces como Ministro de Hacienda de los presidentes Julio A. Roca (1898-1904) y Roque Sáenz Peña (1910-1914) y su padre, José María Rosa (hijo), se desempeñó como interventor federal de Mendoza..     En 1931 Pepe Rosa contrae matrimonio con Delfina Bunge, con quien tuvieron tres hijos y una hija: José María, Eduardo Manuel, Juan Ignacio y Lucila.   En 1954 contrae matrimonio con Ana María Rocca, con quien tuvieron un hijo llamado Vicente, que nació en Madrid y regresó a la Argentina luego del exilio de su padre.    Cuenta Eduardo, su hijo: “El nombre PEPE tiene su historia: 1807. En la esquina de Perú y Alsina,  hay un feroz combate.  Un cuerpo de Miñones, al mando de un marino de río llamado José Pons, al que le decían “Pepe el Mahonés”, peleaba en ese sitio y consigue sacarle un cañón a los ingleses.  Como o no supieron manejarlo o no tuvieron balas lo clavan y lo esconden.  Finalizado el combate los Miñones van a buscar su cañón ¡Y no estaba!  Se lo habían llevado los Patricios.  Hubo un juicio y finalmente lo recuperaron, pero al poco tiempo se produce la revolución de mayo y ¿Quién era el Jefe? ¡Nada menos que el odiado jefe de los Patricios!     Pepe, que tenía pequeños barcos con los que hacía el traslado de mercaderías de Colonia a Buenos Aires, arma dos de sus barcos con un cañón cada uno y a uno de ellos, una chalupa que se que se impulsaba  a remo lo bautiza “La Podrida” y se va a Montevideo a ponerse a las órdenes de Elío y en contra de la junta de Buenos Aires.
  Mientras espera entrar en acción, Pepe saca patente de corso y según consta en el puerto de Montevideo captura algunos buques “de Buenos Aires” (de algo había que vivir…)   Se produce la batalla naval de Montevideo y en ella el único barco patriota hundido es el San Luis, que lo hunde “la movediza Podrida”, según se describe en los anales de la historia naval Argentina. Unos años después, llega a la casa de comercio de José Pons, un joven españolito llamado Vicente Rosa, bis abuelo de mi padre, que se casa con la hija de Pepe el Mahonés.  Por eso siempre decimos que armar la podrida es cosas de familia.... El segundo hijo de Vicente, se llamará José por su suegro y le dirán Pepe.  Ese será el abuelo de mi padre.
 Mi padre siempre contaba que la historia se vivía en su casa como chismes de vecinos.
 Solía ir los domingos a la casa de su abuelo, que se reunía con señores que hablaban con familiaridad de gente con nombres de calles y se sentía fascinado con esos viejos que dominaban un arte hoy casi olvidado: “El arte de conversar”. 
 
La familia descendía más bien de unitarios, una de sus abuelas era hija del General Pacheco y recordaba de las viejas de la familia haber oído el relato de la batalla de Rodeo del Medio “Entre el Tío Goyo y el Tío Ángel” (Entre Lamadrid y Pacheco). 
Cuatro años tenía Pepe Rosa cuando el centenario. En sus primeros recuerdos está una noche de mayo de 1910 en que su madre lo llevó a la azotea para que viera el cometa Halley. Siempre contaba que su madre rezaba en silencio ¿Por qué rezas, mamá? – Rezo para que Dios te dé vida suficiente y puedas ver al cometa otra vez. En el año 86 apunté –continúa relatando Eduardo- mi telescopio al cometa, invisible a simple vista, se veía una pequeña bola naranja que se desplazaba lentamente entre las estrellas del fondo.  Lo hice ver a mi padre y este se quedó callado.... estaba enojado. ¿Qué te pasa?  ¡Me pasa que esperé 76 años para volver a ver al comenta y el cometa no me quiso ver a mi!”
  Ya desde  pequeño, José María Rosa era un gran observador y lector, hay una anécdota de aquellos años que lo pinta de cuerpo entero, como pensador y como sostenedor de sus propias teorías más allá de los costos que eso le implicara. El siempre quería saber el origen y finalidad de las cosas.  A los 11 años leyó “El origen de las Espacies” -de Darwin- , eso le costó un disgusto con su profesor de religión, quién decía a sus alumnos que Darwin había sido rebatido por Cuvier[1], demostrándose así la tesis bíblica de la creación divina.  Pepe Rosa, respetuosamente se calló, buscó datos en la nutrida biblioteca de su casa y al día siguiente le dijo a su profesor: “Cuvier es del siglo XVIII y ya había muerto cuando Darwin publicó su libro, de manera que mal pudo haberlo rebatido”… resultado: una mala nota, la primera - según él – y una reprimenda por pensar.  Luego vendrían muchas más por el mismo motivo, siempre por pensar y exponer sus pensamientos, más allá de cualquier especulación.
  A los 20 años se recibe de Abogado.
  Comienza en Santa Fe su verdadera vocación, la de Profesor, ejerciendo en la Universidad del Litoral y (ad-honorem) en La Plata.
  Una vez por semana viajaba en la dura segunda clase de los trenes desde Santa Fe a La Plata y en una ocasión que alguien le dijo que hacer eso era una locura, el le replicó: “¿Acaso los pescadores no hacen sacrificios mayores por su pasión? Bueno, mi alegría es dar clase y tal vez me cueste menos plata que la que gastan los pescadores.”
En esos viajes de tren, solía encontrase con Alfredo Palacios en la Estación Constitución que también viajaba a La Plata, ya que tenía clases más temprano que Pepe Rosa, pero no era excesivamente puntual, tanto que Pepe a veces lo cubría dando la clase de Palacios, quien lo estimaba mucho y, sabiendo que se había presentado para la titularidad de su cátedra, le dijo que lo iba a apoyar, ya que lo consideraba mejor que otros aspirantes pero que debía prometerle doctorarse, ya que mi padre -por su traslado a Santa Fé- no lo había hecho.  Cumpliendo con su promesa se doctoró con la tesis de “Origen místico del estado”.
En Junio de 1938, junto a un grupo de entusiastas fundan el Instituto de Estudios Federalistas[2].
  Solía decir que “aunque algunos pensaban que éramos un peligro; la prensa unánimemente calló nuestros boletines, manifiestos y conferencias”.   Empezó la "conspiración del silencio", fase primera de la lucha contra la verdad histórica, más tarde vendrán la tergiversación, la calumnia, la cesantía de profesores revisionistas, y hasta la cárcel. 
Ocurrió después de una conferencia de Rosa, donde los concurrentes apenas pasaban de una docena.  
  "No.   A esta gente, no - dijo don Alfredo Bello presidente del Instituto e iniciador del grupo -   eso mismo que usted ha dicho sobre Rosas repítalo en un asado popular que le voy a organizar en Coronda".  
  -¿Qué saben de historia argentina quienes asistirán al asado?".  
  -Nada, ni siquiera les ha quedado lo que se les enseñó en la escuela.   Pero son criollos y tienen corazón".  
  Organizaron el asado, y fue un estruendoso éxito, la policía debió intervenir porque los concurrentes salieron “a matar salvajes unitarios”, y tirarle piedras a los bustos de Sarmiento.
  Tiempo más tarde La llamada "Revolución Libertadora" lo deja cesante y lo encarcela en ocasión de la detención de su amigo John W. Cooke, a quién había dado refugio en su casa. Aunque parezca demencial, la acusación que le imputan es de corromper a la juventud con su "rosismo".  Luego de tenerlo una semana incomunicado, una noche lo llevan ante un extraño tribunal que lo interrogó sobre el gobierno de Rosas.
 -¡Pero esto es una locura! – le dice a su interrogador que se presentaba como “El Capitán Ghandi”[3]
  - Si usted quería saber mi opinión sobre Historia Argentina me hubiese invitado a su barco y no necesitaba traerme a punta de ametralladora; o al menos hubiese comprado mis libros así yo ganaba algo -dijo consternado Rosa.
  -¡Usted es un mercader de la Historia!, -acusa el interrogador.
  -¿Y usted de que vive? Porque supongo que será mercader de algo.
  Continúa el demencial interrogatorio hasta que se toca el teme de los bloqueos anglo/franceses.
  -El Capitán Ghandi no debe ignorar que un bloqueo es un acto de guerra, que hubo combates en Martín García, en Obligado....
  -Pero no bombardearon Buenos Aires – minimizó Ghandi
  Rosa – polemista de alma – no se pudo contener.
  -Es cierto, Buenos Aires nunca fue bombardeada por marinos... extranjeros.
  Eso le costó meses de cárcel. 
 La copia de este diálogo lo sacó la familia dentro de un termo y fue publicado tiempo más tarde, luego de varios meses de prisión sale para militar, ahora más activa y decididamente, enrolándose en el fallido y trágico intento del General Valle el 9 de junio de 1956.
 La asustada reacción del gobierno "gorila" de entonces lo buscó para fusilarlo pero consigue pasar a Montevideo, de allí viaja a España donde permanece hasta 1958, ejerciendo el periodismo y dando conferencias en distintos ámbitos.
  Desarrolla, entonces, su actividad en el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, entidad de la que fue presidente en varias oportunidades, pasa a ser muy conocido en el Paraguay, donde es invitado permanentemente a dar conferencias o asistir a eventos relacionados con el prócer máximo paraguayo. Mientras tanto participa activamente en lo que se llamó la Resistencia Peronista convirtiéndose en uno de sus referentes más respetados y queridos.
 
Es en ese período que el movimiento Peronista, antes indiferente toma con entusiasmo las banderas revisionistas y las hace suyas. Rosa integraría la comitiva de notables que van a buscar a Perón en el famoso vuelo chárter del 17 de noviembre de 1972.
 
Para entonces ya se había publicado su HISTORIA ARGENTINA, obra en 13 tomos a los que luego de su muerte se le agregaron cuatro más, con la inestimable colaboración de uno de sus discípulos y amigos Enrique Manson quien, conjuntamente con Fermín Chávez, Juan Carlos Cantoni y Jorge Sulé, finalizó la obra con los tomos 14 a 17 (1946/1976).
 
El General Perón, dispone que se haga cargo de la embajada en Asunción, considerando que su prestigio en Paraguay pudiese ser positivo para los intereses nacionales dado que en ese tiempo se jugaban en las cotas de altura de la represa de Corpus, la factibilidad de construir Yaciretá.
 
Muerto Perón, tuvo desinteligencias con el canciller Vignes y optó por aceptar la embajada en Atenas, donde permaneció hasta el golpe militar de 1976.
 
Regresó a Buenos Aires, donde sus libros eran retirados de las bibliotecas y su nombre puesto en un "cono de silencio". Entonces fundó la revista "Línea" (por pretender abarcar a todo el pensamiento de la línea nacional), "la voz de los que no tienen voz".
 
El propósito fue mantener viva la llama del pensamiento nacional y mostrar que subyacía otra Argentina llamada a renacer.
  No pudieron los militares acusar a Pepe Rosa de ser guerrillero solo porque su figura era demasiado visible y conocida. Pero buscaron todos los medios para acallarlo, desde el secuestro de la revista hasta los innumerables juicios entablados en su contra.
  Definamos un poco más el pensamiento de Pepe Rosa:
 Llega el siglo s.XX, que se ha definido como “el siglo de los pueblos”. El imperialismo se bate en retirada y el liberalismo no convence a muchos. Surgen en la Argentina nuevos movimientos populares (el Irigoyenismo de 1916 a 1932, el Peronismo de 1945 en adelante), que por ser populares son naturalmente nacionalistas. Se interrogó a la historia “oficial”, para saber por que no éramos dueños de nuestros destinos, y no se encontró respuesta.
 De ese impulso – a la vez académico y político – surgió el revisionismo histórico.
 Solía repetir que un auténtico nacionalista no es un anti: su verdadera posición es afirmativa y no negativa. En cambio un cipayo puede ser un anti: empieza por ser antipatriota, y sigue por oponerse a todo imperialismo que no sea el de sus preferencias. En tiempo de Rosas había unitarios anti británicos por pro franceses, o anti franceses por pro ingleses. Como hoy encontramos anti soviéticos, anti yanquis o anti británicos, por ser defensores de otro imperialismo foráneo.
  Un verdadero argentino no entiende esas oposiciones: combatirá con uñas y dientes al imperialismo que quiera mandar en nuestra tierra, exclusivamente por ese hecho y sin llevar la lucha más allá.
En “Rivadavia y el Imperialismo Financiero”, Pepe Rosa afirma con una actualidad casi visionaria: “Hay sus graduaciones: odian más los débiles, porque odiar es propio de impotentes; los fuertes no puede decirse que odian sino que ignoran. El que ignora al pueblo todavía está fuerte en su "patria" colonial; cuando empieza a odiarlo es que se sabe débil.
Y entonces - cuando se odia al pueblo - es que la oligarquía se sabe débil, y está cercana la hora de la liberación nacional.”
 Finalmente también hicieron llegar la consigna, decía Pepe Rosa, nos decían “hay que negar a Juan Manuel de Rosas”. La oligarquía no condenó a Rosas por tirano, lo condenó por la defensa de la soberanía, y porque representó auténticamente a las clases populares. Todo lo demás fue una leyenda mentida para cohonestar este odio; la leyenda de la mazorca, la de las ejecuciones, la del cierre de la universidad. Había que presentar a las futuras generaciones el peligro de los gobiernos populares: mostrar el oscurantismo y el terror que advendrían si volvían los gauchos y orilleros conducidos por un gran caudillo a regir los destinos de la Patria.
 No bastaba con la caída de Rosas, ni con las masacres de Pavón. Era necesario, imprescindible, dotar a la nueva Argentina de una idea de patria que no fuera la tierra, los hombres, la tradición, ... se enseñó que la Argentina eran las “instituciones” (las instituciones copiadas), la libertad, la civilización, o cualquier abstracción universal. Los argentinos tendrían al “amor a la libertad” (libertad para pocos) como el fundamento único de la argentinidad.
 Para finalizar reproduzco la respuesta que José María Rosa río a la pregunta sobre su opinión del “progresismo”[4]:
 Pregunta: Generalmente usted no responde cuando se le pregunta si es hombre de derecha o de izquierda porque considera – según lo declaró más de una vez – que esas son categorías propias de un liberalismo que rechaza. Veremos si tenemos la suerte de hacerle contestar mediante un camouflage. Para Mannheim, progresista es el que ve el presente como el comienzo del futuro, y reaccionario el que lo ve como la continuación del pasado. De acuerdo a este esquema, ¿cómo ve usted el presente?
 Respuesta: La gran dificultad de un reportaje consiste en que, a veces, reporteado y reporteador no hablan el mismo lenguaje, y las respuestas de aquél deben encogerse o estirarse a la medida de las ideas políticas o filosóficas de éste, cuando no adaptarse, simplemente, al valor que el reporteador da a las palabras. Hecha esta aclaración de que me someto voluntariamente a un lecho de Procusto, empiezo. Eso de progresista o reaccionario, dicho en términos absolutos, lo usan quienes creen en el avance de las sociedades hacia una meta determinada, como los liberales o los marxistas. Para mí, “progreso” y “reacción” son términos de física, que pueden aplicarse a la historia de las sociedades en relación con algo: el bienestar individual, el de una clase social, el de una comunidad nacional, o mi concepto personal del arte, del confort, de la moral, del derecho, etc. Entonces, sólo así podría decirle si hay progreso o regreso: en relación a ese “algo”. Y usted me podría catalogar, con Mannheim, según creyese que comienzo el futuro o continúo el pasado.
 José María Rosa pasó a integrar el comando celestial el 2 de julio de 1991.
 Recordémoslo con sus propias palabras como homenaje a una vida de convicción:
“…Tal vez no sea tan difícil la obra, en esta hora del despertar de los Pueblos. Porque llegará un momento en que los intelectuales, como grupo social, entiendan cuál es su misión y piensen, escriban y actúen en función de la sociedad, sin sentirse atados a extranjerismos ni divorciados de su Comunidad. Entonces se logrará la Liberación Nacional…”.[5]
 
 
 
* Miembro de Número del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego
 
 
 


[1] Georges Léopold Chrétien Frédéric Dagobert Cuvier (también llevó el apodo de Chrétien)1 barón de Cuvier, (Montbéliard, Francia, 23 de agosto de 1769 – París, Francia, 13 de mayo de 1832) fue un naturalista francés.
Fue el primer gran promotor de la anatomía comparada y de la paleontología. Ocupó diferentes puestos de importancia en la educación nacional francesa en la época de Napoleón y tras la restauración de los Borbones. Fue nombrado profesor de anatomía comparada del Museo Nacional de Historia Natural de Francia, en París.
[2] El Instituto fue presidido por el docente santafesino y presidente del Consejo de Educación local Alfredo M. Bello –a quien José María Rosa atribuyó su conversión al rosismo-, quien en ese carácter suscribió el diploma de miembro correspondiente en Salta del citado profesor Romero Sosa, investigador que participó por entonces -1938-, en representación de la Unión Salteña –Sociedad Provincial de Fomento fundada por Cristian Nelson y Agustín Usandivaras-, de las Jornadas de Estudios Históricos sobre el Brigadier General Estanislao López celebradas en Santa Fe y organizadas por la Junta de Estudios Históricos de aquella provincia que presidía el historiador, académico, profesor universitario y hombre público bonaerense radicado en Santa Fe, doctor Manuel M. Cervera, y cuya vicepresidencia desempeñaba Monseñor Nicolás Fasolino, después cardenal. Lo hizo con un extenso trabajo sobre “Relaciones políticas entre Salta y Santa Fe durante la administración del Brigadier General Don Estanislao López”, publicado en 1942, en el tomo II de los anales de dichas Jornadas.-
 
[3] Prospero German Fernandez Alvariño, sin ser militar se hacía llamar Capitán Ghandi, mientras los presos eran torturados en su lugar de detención, él junto a Perazzo y Naón, tras el golpe de 1955, exhibían en su escritorio dentro de un frasco con formol y durante los interrogatorios, la cabeza de Juan Duarte, también el comando civil –antecedente inmediato anterior de los “grupos de tareas”-  José María Rosa, lo sufrió en dos interrogatorios de la Revolución Libertadora, lo recordaba como un petiso paranoico medio ridículo, sólo famoso por haber profanado la tumba de Juan Duarte para cortarle la cabeza.
[4] Del libro “Historia del revisionismo y otros ensayos”) 1968
[5] El Revisionismo Histórico y la Liberación Nacional, José María rosa

miércoles, 21 de agosto de 2013

JUAN BAUTISTA BUSTOS

por Carlos Pachá
 
Juan Bautista Bustos nació en Punilla, provincia de Córdoba, el 29 de agosto de 1779, hijo de Don Pedro León Bustos de Lara y de Tomasa Puebla y Vélez, oriundos de Castilla La Vieja.

Llegó a Buenos Aires en clase de capitán de milicias, del contingente tercio de Arribeños, con el que contribuyó su provincia natal para rechazar la invasión inglesa de 1806.
 
 
En 1809, el general Francisco Ortiz de Ocampo lo asciende a teniente coronel efectivo y entre los argumentos de tal mención hace referencia a lo actuado por Bustos en la campaña de reconquista de Buenos Aires y rechazo de la segunda invasión de 1807.
 

Como ejemplo de su valor, Ortiz de Ocampo describe un enfrentamiento producido el 5 de julio de 1807 en el cual Bustos, al mando de 30 hombres del cuerpo de arribeños, enfrenta una columna inglesa de 240 efectivos a la que con valor y pericia logra rendirla y tomar prisioneros a 214 soldados y 13 oficiales.
 

Bustos siempre estuvo al servicio de la patria y fue recogiendo ascensos y medallas en base a su actuación personal: se adhiere a la Revolución de Mayo ni bien producida.

En 1811, Belgrano lo asciende a coronel y lo incorpora al regimiento 1 de Patricios.
 
En 1815, partió de Buenos Aires al mando de mil hombres para integrarse al Ejército del Norte que venía de sufrir la derrota de Sipe-Sipe. Rondeau fue reemplazado por Belgrano, quien restableció la disciplina en Tucumán donde contó con el invalorable apoyo de Bustos, que mandaba el cuerpo de soldados del 2 de Infantería Patricios.
 

Bustos pacificó Santiago del Estero de la sublevación comandada por el teniente coronel Juan Francisco Borges.
 

En 1817 vino a nuestra ciudad con 300 hombres para frenar la avanzada santafesina, acción que concluyó exitosamente derrotando a Estanislao López en Fraile Muerto el 8 de noviembre.
 

Sublevación de la Posta de Arequito.
 

En enero de 1820, el Ejército del Norte es enviado hacia Buenos Aires por Belgrano, a pedido de Rondeau y para que lo auxilie contra el avance de los caudillos del litoral (López y Ramírez).

Pero al llegar a la Posta de Arequito (7 de enero), Bustos, Paz y Heredia se sublevan contra su jefe, dividiendo al ejército. Posteriormente se pusieron todos al mando de Bustos.
 
Marchó hacia Córdoba, donde el 21 de marzo de 1820 será elegido gobernador. Se reconcilia con López y culmina el enfrentamiento con los santafesinos y se alinean ambos con Buenos Aires.
 
Gobernador de Córdoba. Sostuvo el cargo de gobernador de Córdoba por 9 años y se puede afirmar que su gobierno fue fecundo, sin exagerar, el mejor gobernador de Córdoba de todo el siglo XIX: organizó la política y la Justicia.
 
Se ocupó del progreso de la educación; renovó los planes de estudios universitarios y de la instrucción pública en general, creó la Junta Protectora de Escuelas; desarrolló la imprenta y la libertad de prensa.
 
El 20 de febrero de 1821 promulgó la primera Constitución cordobesa, adelantándose al resto del país.
 
Propendió, en lo económico, a la libertad de comercio interior, pero protegiendo las industrias nacionales.
 
Estableció un plan de administración de correos; fijó impuestos y tasas de Aduana; construyó obras de defensa y desagüe sobre el río Primero; levantó un puente sobre la Cañada a la altura de la calle 9 de Julio.
 
Durante su gobierno se organizó el servicio de fronteras y el 31 de diciembre de 1824 se suprimieron los Cabildos de Córdoba, Río Cuarto y La Carlota.
 
En la lucha independentista.
 
En el ámbito nacional en destacada participación cultivó la amistad y el afecto de San Martín y de Güemes, a los que apoyó con hombres, armas, caballada y dinero.
 
Incluso, trató de interceder ante Buenos Aires para que le procuren al Libertador apoyo económico para su magna empresa.
 
Pero su empeño naufragó ante el pérfido Rivadavia, dueño de la situación porteña. Bustos fue un acendrado defensor del federalismo y de la religión católica: su reconciliación con Estanislao López fue muy productiva, cuando éste pacifica la relación con Buenos Aires mediante el Pacto de Benegas, Bustos ofreció la garantía política del acuerdo proponiendo llamar a Congreso General Constituyente en nuestra provincia, cosa que se suscribe.
 
Este plan naufraga por imperio de la mano negra de Rivadavia quien posteriormente citará en Buenos Aires a firmar el Tratado del Cuadrilátero con las provincias del Litoral, acción que devendrá en la frustrada Constitución unitaria de 1826 que fue rechazada por todo el Interior.
 
Para colmo, el sector rivadaviano aprovechó la contingencia y sancionó la ley presidencial, su "portaestandarte" volvía de Europa de recibir las instrucciones de sus mandantes y lo entronizaron en el sillón de Rivadavia, que desde ese momento será mal llamado "Primer presidente".
 
El despropósito incoado por Rivadavia de firmar la paz a cualquier costo con Brasil (para proteger el comercio de ultramar con Gran Bretaña) luego que hubimos derrotado a los ejércitos imperiales en las gloriosas batallas de Ituzaingó y Juncal, provocaron el motín unitario del 1º de diciembre de 1828, cuyas funestas consecuencias fueron el inexplicable fusilamiento de Dorrego y el avance de Paz sobre Córdoba, que el 22 de abril de 1829 bate a Bustos en la batalla de San Roque, derrocando el gobierno federal y entronizándose de facto en dicho cargo.
 
Facundo Quiroga acude a apoyar al gobernador depuesto, pero ambos son derrotados por el eximio estratega militar que fue José María Paz, en las batallas de La Tablada y en Oncativo.
 
El salto a la gloria. Luego de las derrotas sufridas, y con varias heridas, trata de alejarse camino a Santa Fe en busca de refugio. Lo sorprendió la noche cerca del río Primero. Próximo al Molino de las Huérfanas, lo avista y persigue una patrulla enemiga que le intima la rendición, trató de resistirse pero su brazo herido no pudo blandir su espada. Para colmo, era una zona en que la barranca del río se alza a bastante altura, cortándose casi verticalmente. Pero ese valeroso criollo no se entrega, vuelve grupas, le cubre a su caballo los ojos con un poncho, clavó espuelas, lanzando el animal a la carrera, y saltó desde el abrupto barranco hasta el lecho del río.
 
El animal terminó horriblemente fracturado por el golpe y Bustos también sufrió graves consecuencias ante el impacto de su pecho contra la cabeza del equino.
 
A pesar de sus heridas, Bustos gana la orilla y se refugia en una de las quintas de la costa donde atenuaron sus dolores.
 
Luego marchó a pie y hasta en carretilla hacia su destino final, Santa Fe, adonde arribó el 10 de julio siendo recibido por López, su otrora adversario, con el rango que Bustos merecía y dándole asilo como a toda su familia, que llegó después, desterrada por el insensible Paz que los persiguió y sumió en la pobreza confiscándoles todos sus bienes.
 
Poco después, el 18 de setiembre de 1830, muere a los 51 años de edad a consecuencia de las considerables heridas sufridas. Sus restos fueron inhumados en predios del convento de Santo Domingo.
 
Este gran adalid fue olvidado por la historia perversa que pregonaron los timadores de nuestra memoria, que abrevaron en la ideología unitaria y extranjerizante.
 

martes, 13 de agosto de 2013

Aparicio Saravia

Por Jorge López
UN 16 DE AGOSTO DE 1856, EN CERRO LARGO NACÍA UNO DE LOS MAS GRANDES CAUDILLOS DE NUESTRO PARTIDO Y DE NUESTRO PAIS.
El legado de Aparicio Saravia
Saravia es mito, es héroe, es jefe, pero sobre todo es legado para todos los buenos orientales.
Aparicio es ejemplo en América, no hay caso igual, no hay revolución como la nuestra, aquí no se buscaba el poder, se buscaba que todos fueran iguales ante la ley, no existe revolución más limpia en intenciones. La Revolución de Saravia anhelaba a la democracia como forma de acceso al poder, no perseguía el acceso al poder. Saravia no soñaba desbancar a nadie para sentarse él en el sillón, Saravia fue el más limpio jefe revolucionario de todos los tiempos.
Más allá de banderías y sectores, los uruguayos todos le debemos eterno agradecimiento al jefe de barba y poncho blanco. Saravia luchó por las libertades y la democracia, en la lucha dejó el alma.
La historia dice que Saravia y los suyos perdieron pues triunfó el Gobierno. La realidad indica que el nuestro es un país con varios defectos, pero con una virtud sobresaliente, aquí los orientales somos enamorados de la democracia, entonces mal que le pese alguno, triunfó Saravia y no hay revancha. La democracia ganó para siempre en Uruguay, pues tras derramar mucha sangre, sus defensores la tatuaron en el alma del pueblo.  Dicen que una vez decidido a librar la guerra contra el despotismo “bajó” a Montevideo, se reunió con quienes conformaban el Directorio del Partido Nacional, muchos de los cuales de la boca para afuera parecían ser poco más que decididos a inmolarse sin mayor honor que servir a la Patria.
Dicen que dijo que iría a la guerra y obtuvo tímida respuesta, es sabido que delante de todos ofreció sus bienes, puesto que prefería que sus hijos nacieran pobres pero con Patria, y, no ricos y sin ella.
Es más que sabido que no se quedó en las palabras, Saravia representa lo que ha sido el Partido Nacional desde siempre, Saravia fue una actitud desafiante ante la injusticia. Saravia no fue solo idea, fue acción desinteresada.
Cuentan que Saravia vio tiritar de frío a uno de sus soldados sin oficio de tal, uno de los tantos que dejando todo y sin nada fueron tras él en busca de las libertades, se sacó su poncho y al cubrirlo le dijo, que no vería tiritar de frío a quienes no tiemblan de miedo. En aquellos campamentos el frío y el hambre eran el escenario, no había lugar para los flojos, había lugar para todo aquel que soñara con la libertad, al decir de muchos, los más jóvenes salieron hechos hombres de aquella aventura.
Aquello fue una aventura, una historia de amor, la vida de Saravia y la de nuestro Partido Nacional en sí, tiene mucho de aventura y de amor. No debiéramos jamás olvidarlo.
Nada de lo que hoy nos enorgullecemos los blancos estuvo exento de sacrificio y desinterés, si queremos que nosotros y los blancos que vendrán, sigan sintiendo orgullo, es hora de retomar el camino del desinterés.
El legado de Saravia de forma sintética, sin pompas ni magnificencias, tal como fue su vida misma, lo podríamos abreviar en una frase que quizás a los intelectuales o analistas que buscan tras los héroes las ideologías no les colme sus expectativas, pero a los que nos eriza retratar al General sabedores de todos sus sacrificios nos llena de orgullo.
EL LEGADO DE SARAVIA IBA INSCRIPTO EN LAS DIVISAS, EL LEGADO DE SARAVIA FUE GRITO DE GUERRA, FUE DESEOS DE PAZ, SARAVIA ES Y SERÁ SIEMPRE SINÓNIMO DE:” TODO POR LA PATRIA”

martes, 6 de agosto de 2013

Domingo French

Por Juan Carlos Ramírez
 
Domingo María Cristóbal French y Urreaga, fue un porteño nacido el 21 de noviembre de 1774, hijo de una criolla y de un comerciante español. Se fue muy joven del hogar paterno y a los 24 años, contrajo matrimonio con su prima Juana Josefa de Posadas y Dávila, con quien tuvo dos hijos. Para dar sustento a su familia fue asalariado del Convento de la Merced y en 1802, comenzó a ganarse la vida como "cartero único".
Hombre de acción, ingresó a las milicias, luchó durante las invasiones inglesas y por su heroísmo le fue dado los grados de teniente y sargento mayor. Junto a Berutti, ambos masones, alentaron a grupos civiles como la denominada Legión Infernal y los llamados chisperos. Asistió al Cabildo Abierto y no está claro si las cintas identificativas que repartió junto a Berutti eran rojas, o celestes y blancas; lo cierto es que con esos distintivos y con arengas, movilizaron al pueblo mientras impedían el paso a los sospechosos de simpatías realistas.
Promovido a coronel, formó al regimiento de infantería "América" o "de la estrella roja”, por el color de la insignia que los soldados y oficiales llevaban en la manga del uniforme. French debió marchar a Córdoba a sofocar la insurrección realista, cumpliendo la difícil tarea de fusilar a los contrarrevolucionarios, entre ellos a Liniers, cumpliendo órdenes de la Primera Junta.
Por morenista y jacobino fue desterrado a Carmes de Patagones, pudiendo regresar cuando fueron derrocados los saavedristas; se le restituyó el mando de su regimiento --desde entonces llamado 3 de Infantería—con el cual produjo el sitio y toma de Montevideo. Por esos servicios, el Director Posadas le acordó la "medalla a los vencedores", antes de desterrarlo como venganza por ser un cuñado no querido. Rehabilitado en 1815, debió reforzar al Ejército del Norte. Cuando retornó a Buenos Aires, y como la mayor parte de los morenistas, se unió al coronel Manuel Dorrego, federal doctrinario, rebelde y crítico del partido rivadaviano. French y Dorrego se definieron como federales, republicanos y partidarios de la democracia, denunciando a Juan Martín de Pueyrredón por monarquista. Fue desterrado a los Estados Unidos donde estuvo dos años, hasta que el mismo Pueyrredón lo restituyó al país otorgándole el grado de coronel mayor, en abril de 1819. El gobernador Martín Rodríguez lo nombró "Comandante del resguardo de Mar y Tierra", pero French no aceptó el cargo meramente honorífico.
Falleció en Buenos Aires el 4 de junio de 1825, a los 51 años. El Coronel Dorrego dispuso que se le erigiera un monumento en el Cementerio de la Recoleta pero hasta hoy, se ignora el lugar donde descansan sus restos.

jueves, 1 de agosto de 2013

Camila O'Gorman

Por Dr. Julio R. Otaño
El caso de Camila O’Gorman se presta para filosofar sobre los horrores de la tiranía de Rosas. No es un hecho político, sino una sentencia dictada en uso de atribuciones legales; una estricta aplicación de la ley, a la que podrá criticarse su carácter de "estricta", pero nunca de violatoria de la legislación vigente. Camila O’Gorman y el cura del Socorro Uladislao Gutiérrez, cometieron un hecho castigado por las leyes de entonces con pena capital. Rosas no hizo otra cosa que aplicar la legislación vigente.
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Según su secretario, Antonino Reyes (QUIEN ERA EL HABITUAL MORADOR DEL HOY MUSEO REGIONAL DE GRAL SAN MARTIN BRIGADIER GRAL DON JUAN MANUEL DE ROSAS), consultó el caso con los mejores abogados de Buenos Aires; se ha dicho que entre los consultados estuvo Vélez Sársfield, hombre apreciado por el Gobernador por sus conocimientos jurídicos. Pero Rosas asumió la plena responsabilidad de la sentencia, como asumió siempre la completa responsabilidad de sus actos de gobierno.
Como después de Caseros (DERROTA Y EXILIO DE DON JUAN MANUEL) se hablara del consejo de Vélez Sársfield, en perjuicio político de éste, Rosas, desde su exilio de Southampton, escribió a Buenos Aires: “Ninguna persona me aconsejó la ejecución del cura Gutiérrez y de Camila O’Gorman, ni persona alguna me habló ni escribió en su favor. Por el contrario, todas las personas del clero me hablaron o escribieron sobre el atrevido crimen y la urgente necesidad de un castigo ejemplar para prevenir otros escándalos semejantes o parecidos. Yo creía lo mismo, y siendo mía la responsabilidad ordené la ejecución. Mientras presidí el gobierno de Buenos Aires con la suma del poder por la ley,Goberné según mi conciencia. Soy, pues, el único responsable de todos mis actos, de mis hechos buenos como de los malos, de mis errores como de mis aciertos.” (6-3-77).  
No puede llamarse asesinato, como viene repitiendo la crónica escandalosa antirrosista (aunque resulte increible en pleno siglo XXI todavia perduran los odios de los liberales), la ejecución de una sentencia cumplida por imperio de la legislación vigente: Rosas vivía a mediados del XIX, en un Buenos Aires mucho más familiar, donde las faltas de esa naturaleza cobraban un eco extraordinario, además tenía un sentido estricto de la justicia. Para Rosas la ley era pareja y debía cumplirse rigurosamente, sin excepciones. Como señala el gran historiador Pepe Rosa "Si perdonó algunas veces a sus enemigos políticos (el general Paz, el coronel Díaz, etc.), no lo hizo jamás con nadie por delitos comunes. Y menos a sus familiares, correligionarios y amigos a quienes consideraba más obligados que otros a respetar la ley." No entendía eso de parcialidades, nepotismos, injusticias, o a lo sumo debilidades. 
Rosas era recto, consideraba que la base de una sociedad organizada es el respeto a la ley, ese rígido concepto le acarreó el odio de algunos partidarios como Rivera Indarte, federal y mazorquero, que esperó que se le hiciera la vista gorda en algunos latrocinios cometidos. Como no ocurrió, se constituyó desde Montevideo en enemigo de Rosas, y le hizo la más formidable campaña de calumnias posible. Este resentido fue el autor de las famosas “Tablas de sangre.” Repugnante libelo que aun hoy dia se lo sigue leyendo como "Historia"
Camila O'Gorman, de familia federal y amiga de Manuelita, y el cura del Socorro Uladislao Gutiérrez, sobrino del gobernador de Tucumán, general Celedonio Gutiérrez, habían incurrido en algo – escándalo canónico y robo sacrílego –, que repugnaba a las costumbres severas del Buenos Aires de entonces y era castigado por las leyes vigentes con pena de muerte: "La ley ordena la pena de muerte por el "sacrilegio" dice el conocido Diccionario jurídica de Escriche, anotando las Partidas 1 4-71, I 18-6 y VII 2-3 aplicables al caso.
La filiación política, y situación social de los románticos amantes fue explotada por la prensa opositora. Florencio Varela publicaba en El Comercio del Plata de Montevideo, del 5 de enero de 1848: "El crimen escandaloso cometido por el cura Gutiérrez es asunto de todas las conversaciones. La policía de Buenos Aires aparentaba (subrayado) y no hacía realmente gran empeño por descubrir el paradero de aquel malvado y su cómplice (... ) ¿Hay en la tierra, castigo bastante severo para el hombre que así procede?”. "
Camila y Uladislao fueron apresados en Goya (Corrientes), y remitidos a Buenos Aires. Antonino Reyes secretario de Rosas (el vivia en el actual Museo Municipal Brigadier Gral Juan Manuel de Rosas de Gral San Martín), cuenta en sus Memorias la cristiana conducta de Manuelita con su amiga en desgracia y sus gestiones para salvarle la vida. Le escribió "lacerada por la doliente situación" de Camila, rogándole entereza "a fin de que yo pueda con mis esfuerzos dados la última esperanza"; compró muebles y un piano para la habitación que ésta tendría en Santos Lugares; le sugirió, por intermedio de Reyes, dijese encontrarse encinta para conmover a Rosas. No dio resultado – dicen las Memorias de Reyes – "porque no lo manifestaba en el cuerpo de la joven, ni se advertían indicios de semejante preñez". Por lo tanto debió cumplirse la sentencia. Esto fue lo que dio origen a la leyenda de encontrarse Camila próxima a dar a luz.
Por supuesto, la ejecución de Camila y Uladislao no dejó de ser aprovechada por los diarios unitarios, en sentido opuesto a lo dicho hasta entonces. Volcaron ríos de tinta contra el tirano, el monstruo “que no respetaba los fueros inviolables del amor” y "condenaba al patíbulo a una inocente madre con el fruto de sus amores en el noveno mes de su gestación”. (Comercio del Plata).
Algo semejante decía “El Mercurio” de Chile, del 3 de marzo de 1848 donde escribían Sarmiento y Alberdi: “Ha llegado a tal extremo la horrible corrupción de las costumbres bajo la tiranía espantosa del Calígula del Plata, que los impíos y sacrílegos sacerdotes de Buenos Aires huyen con las niñas de la mejor sociedad, sin que el infame sátrapa adopte medida alguna contra estas monstruosas inmoralidades la degradación que fomenta un déspota”
Así escribieron la Historia los vencedores…los enemigos de Rosas…..Faltarían unos años para el surgimiento de una Historia Revisionista ARGENTINA…donde los hombres sean de carne y hueso, con virtudes y errores y donde no “Haya héroes magníficos” y “malvados eternos”. Donde los que hicieron nuestra rica historia fueran vistos con sus errores y aciertos....La Figura del Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas fue uno de ellos....es increible que en pleno siglo XXI persistan en ensuciar su memoria.