Rosas

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miércoles, 31 de julio de 2013

Manuelita Rosas

Prof. Julio R. Otaño
Nació en Buenos Aires el 24 de mayo de 1817 hija de Juan Manuel de Rosas y Encarnación Ezcurra y fue bautizada con los nombres de Manuela Robustiana, ese mismo día, por el doctor José María Terrero. Se educó en la ciudad, en la calle de la Biblioteca (hoy Moreno y Bolívar) pero iba con frecuencia a las estancias de su padre del Pino (o San Martín) y Los Cerrillos.
Manuela jugaba con sus primas, vigilada por negras fieles e indias mansas, que era el personal domestico de las familias porteñas. Además se rodeo de amigas que le fueron fieles toda su vida
La «princesa de las pampas» Manuela tenía apenas 18 años, cuando su padre subió al poder por segunda vez. Y desde entonces vivió en compañía suya, hora por hora; cosa que jamás le había acontecido antes de esa época, en que la vida de Rosas cambia completamente en su modo de ser doméstico.
Al fallecer Encarnación, la madre, Manuelita pasó a desempeñar funciones de anfitriona y colaboradora del padre, aunque su papel político fue diferente al cumplido por su madre. «Tampoco es cierto que yo tomase parte alguna oficialmente de asuntos públicos o políticos durante la Administración de mi querido padre, cuando creo, que hice cuanto me fue dado para desempeñarme en los actos privados y sociales con la dignidad que correspondía a nuestra posición.»
Por su simpatía y bondad conquistó la adhesión de cuantos la trataban y conoció la adulación y el halago interesado. El escenario natural de la vida pública de Manuelita fue Palermo. En esa mansión levantada por el Restaurador sobre terrenos pantanosos y que el convirtió en jardines tuvo Manuelita el marco para sus deberes sociales.
Un enemigo político de su padre el escritor José Mármol la describe así: “el nombre de Manuela Rosas es ya una propiedad de la historia. Manuela oye a todos; recibe a todos con afabilidad y dulzura. El plebeyo encuentra en ella bondad en las palabras y en el rostro. El hombre de clase halla cortesía, educación y talento. Manuela no es una mujer bella, propiamente hablando; pero su fisonomía es agradable y simpática, con ese sello indefinible, pero elocuente, que estampa sobre el rostro la inteligencia, cuando sus facultades están en acción continua. Su frente no tiene nada de notable, pero la raíz de su cabello castaño oscuro, borda perfectamente en ella, esa curva fina, constante, y bien marcada, que comúnmente distingue a las personas de buena raza y de espíritu. Sus ojos, algo más oscuros que su cabello, son pequeños, límpidos, y constantemente inquietos. Se fija apenas en los objetos, pero se fija con fuerza. Y sus ojos, como su cabeza, parece que estuvieran siempre movidos por el movimiento de sus ideas. El color de su tez es pálido, y muy a menudo con ese tinte enfermizo de los temperamentos nerviosos. Agregad a esto un figura esbelta; una cintura leve, flexible, y con todos esos movimientos llenos de gracia y voluptuosidad que son peculiares a las hijas del Plata, y tendréis una idea aproximada de Manuela Rosas, hoy a los 33 años de su vida; edad en que una mujer es dos veces mujer”.
José Maria Roxas y Patrón consideraba la idea de consolidar el régimen federal convirtiéndolo en monarquía hereditaria y nombrándola a Manuelita como “Princesa Federal” y legítima heredera. Este proyecto votado unánimemente en la legislatura fue rechazado por el Restaurador.
El óleo de Prilidiano Pueyrredón (y que se conserva en el museo de Bellas Artes) que la retrata de cuerpo entero fue pintado en la segunda mitad de 1851, y le fue obsequiado por un grupo de ciudadanos federales que la agasajaron con un baile.
Ese mismo año fue el de la gloria de Manuelita; gracias a los extranjeros y a la política internacional de Don Juan Manuel los periódicos europeos hablaban de la joven porteña. .
Luego de Caseros, Manuelita acompañó a su padre en el destierro y a pocos meses de su llegada a Inglaterra, el 23 de octubre de 1852, contrajo matrimonio con su novio Máximo Terrero, hijo de Juan Nepomuceno Terrero, amigo de Juan Manuel de Rosas. Del matrimonio nacieron dos hijos varones: Manuel Máximo Nepomuceno, nacido el 20 de mayo de 1856, y Rodrigo Tomás, que vino al mundo el 22 de setiembre de 1858. Vivieron en Hampstead, Londres. Ya Señora de Terrero y alejada de la escena pública ocupaba su atención, la contabilidad familiar, el pago de las cuentas, los trámites bancarios y los reclamos por la confiscación totalmente ilegal y arbitraria de su herencia, fueron algunos asuntos claves para ella.
Manuela sentía la responsabilidad de reivindicar la figura paterna, de combatir la historia falaz y arbitraria de los profetas del odio y de que las nuevas generaciones conozcan la verdadera Historia del Restaurador y de la “Confederación Argentina”. Comienza así una nutrida correspondencia con Don Antonino Reyes el leal ex edecán de su padre.
Fue su confidente preferido - ella misma lo llamaba «mi secretario privado y confidencial». Fue por su intermedio que comenzó a escribirle a Saldías - calificado en sus escritos como «Ángel protector» -, remitiéndole valiosos materiales para su Historia de la Confederación Argentina, obra pionera del naciente revisionismo histórico.
Nunca le pasó inadvertido, ni en los días de su vejez, el infausto aniversario de Caseros. El 3 de febrero de 1892 le manifiesta a Reyes: “Te escribo en este día, aniversario de tanta fatalidad para nosotros. Quien todo lo dispone, así lo quiso, sigamos sometidos a su divina voluntad. Se cumplen hoy 41 años, ¡Oh Reyes¡ Y estamos hoy mejor que entonces? “.“Yo Reyes, nací para sufrir por todos y con todos. Mi carácter nunca fue propicio a mi felicidad”.
Poco después y ya en Londres, le entregará a Adolfo Saldías el archivo completo de su padre. Su último aporte a los argentinos, fue la donación del sable que el general José de San Martín le había legado a Don Juan Manuel en su testamento.
Se ha dicho que Manuelita volvió a Buenos Aires en 1886, temporalmente. No fue así. Nunca regresó a su adorada patria.
Manuelita falleció en la capital británica el 17 de septiembre de 1898.
Bibliografía:

Manuelita Rosas y Antonino Reyes “El olvidado epistolario”

Mármol, José “Amalia”

Sáenz Quesada, María “Mujeres de Rosas”

Sánchez Zinny, E. F. “Manuelita de Rosas y Ezcurra”

UNA ORIGINAL INVITACIÓN A CAGARSE A TROMPADAS

Por Juan Carlos Serqueiros

El 27 de julio de 1828, Juan Antonio Lavalleja (o La Balleja), le escribía a Fructuoso Rivera (o Ribera); una carta que se conocería a través de la copia que el destinatario (o sea, Rivera), con más que dudosísima caballerosidad e hidalguía, hizo publicar en un periódico montevideano; con la indisimulable intención de perjudicar ante el imaginario colectivo al remitente (Lavalleja). Pero a ver... ¿era ese el verdadero móvil que conducía a Rivera a incurrir en un acto semejante?
Leamos primero la carta, que si bien seguramente no introducirá mayores variantes en la opinión que cada uno de nosotros se haya formado acerca de estos dos personajes de nuestra Historia; sí muy probablemente contribuirá a que comprendamos más acabadamente (si ello fuese posible) sus índoles personales:

“Señor Don Fructuoso Rivera. Cerro Largo, julio 27 de 1828.

Mi estimado compadre: Ayer he escrito a usted por mano secreta, y ahora lo hago de mi puño para decirle las cuatro verdades del barquero. Esto es hablando como amigo, y como usted mejor que nadie me conoce, y lo que usted no conoce de mi, es porque no quiere, o porque no le trae cuenta. En esta confianza voy a hablarle con la franqueza que siempre me ha caracterizado. Usted no podrá negar que ha sido mi amigo y que yo lo he sido suyo, en el extremo que los dos hemos sido una misma persona. Los acontecimientos políticos en la época desde que los portugueses tomaron posesión de la provincia, usted ha visto de un modo distinto las cosas: si su política ha sido la de gambetearles a los portugueses, yo nunca he estado por ésta y sino díganlo los acontecimientos del año 22 y 23. Seguí con mi empeño adelante hasta el 25 que la emprendí. Usted es un testigo ocular de los acontecimientos ocurridos hasta mediados del 26. Los motivos que le dieron mérito a separarse o ausentarse de la provincia para la de Buenos Aires, los ignoro; yo he seguido constantemente trabajando por la libertad de la provincia, y tendré que hacerlo sea del modo que fuese. Usted recordará que a su propartida del Durazno para el Uruguay le supliqué no lo hiciera; y sordo a la justicia y amistad, tomó el partido que mejor le agradó o le convino: resultó que fue a Buenos Aires y de allí a Santa Fe: yo no quise saber más de usted y continué en la lucha de concluir con los portugueses, y le confieso compadre que me había propuesto de nunca jamás tomar la pluma para usted. Yo le hablo con esta franqueza, porque soy incapaz de marchar contra mis sentimientos ínterin ni estoy convencido de lo contrario, y como usted mejor que nadie me conoce, se lo pongo de manifiesto. Usted sabe que soy un diablo, pero usted es con uñas, patas y astas; y desgraciadamente de nuestras incomodidades resultan males de mucha gravedad a nuestra patria: nada sería que a usted o a mi nos llevase tipa y media de diablos, sino causáramos males a nuestras compatriotas, nuestros hijos, nuestras familias, y últimamente que seamos detestados por todos los hombres sensatos.
Le confieso como amigo que el mayor deseo que he tenido en este mundo ha sido el tener una entrevista con usted pero los dos solos en un cuarto a puerta cerrada, y que nos diéramos más trompadas que mentiras ha echado usted en esta vida, y después que saliéramos de amigos, y que mientras no estuviésemos convencidos de esta justicia, nos hicieran morir emparedados allí. Yo me alegro que haya j... (Nota mía: el original debe haber dicho "jodido", de joder, como sinónimo de "coger", del acto sexual; y Rivera -o más probablemente algún escribiente del periódico-, al reproducir la carta en la prensa, queriendo aparentar una urbanidad, unas buenas maneras y melindres para utilizar "malas palabras" que jamás tuvo el "pardejón", habrá reemplazado "jodido" por "j...") bien en lo que ha rodado bien por esas provincias para que vea lo que es el mundo; y si algún día se ofrece otra, tenga más moderación y pulso en sus cosas. Yo lo he pasado primero que usted y se muy bien lo que es, C… (Nota mía: Consideraciones idem anterior. Infiero que en el original habrá estado escrito "carajo")
Ya le he hablado a usted la verdad en un tono que usted dirá lo de siempre “estas son las rabietas de mi compadre”; pero son verdades, que si fuera a hablar todo lo que debía no bastaría una resma de papel, si usted quiere volver a nuestra amistad antigua, yo le prometo bajo el nombre sagrado de amigo, que lo seré suyo, y en todas las circunstancias; y sino seremos bien hablantes. Acuérdese, C… (Nota mía: Consideraciones idem anteriores. El original debe haber dicho "carajo") los piojos que hemos muertos juntos por salvar nuestra patria. Recuerde la amistad; traiga a la memoria la noche de Arerunguá, -que Lavalleja era su amigo en los brazos de quien usted derramó lágrimas-. Tengamos más mundo, hemos padecido lo bastante y vamos a unir nuestros corazones, y que no se rían de nuestras miserias; y que otros disfruten de las glorias que hemos adquirido con nuestros esfuerzos en obsequio de la libertad de nuestra patria. Si usted conviene en esto, vamos a trabajar por conciliar todo, tanto entre amigos, como familias, y nosotros particularmente. En tanto le desea a usted toda felicidad su afectísimo compadre
Lavalleja
P.D. Mándeme una chinita linda, y le mandaré a su tuerta Juana la consabida.

Es copia del original a que me remite.
Rivera"

(Resaltados y subrayados míos)
Entrando en materia, Lavalleja y Rivera habían sido ambos, además de amigos personales, oficiales de Artigas y compadres entre sí. Más aún: cuando en 1817 Lavalleja se casó con Ana Monterroso, lo hizo por poder, dada la férrea oposición que sus padres (los del novio, Lavalleja, digo) hacían de esa boda a la cual reputaban como inconveniente; y su apoderado en esa oportunidad fue nada menos que... Rivera, que por ese entonces era su oficial superior, su jefe inmediato en la milicia. Caracteres disímiles (frontal, exaltado, gritón, extrovertido, audaz hasta la temeridad y a menudo ingenuo el uno -Lavalleja-; taimado, ladino, astuto, calculador, pícaro, arrogante, insolente y hasta ofensivo muchas veces el otro -Rivera-) y celos profesionales (parece que frecuentemente Lavalleja actuó hacia Rivera, movido por esas emociones); no habían conseguido mellar del todo el aprecio que ambos se tenían, que siempre terminaba por imponerse y que les permitía la prolongación de una amistosa camaradería; que continuaba a despecho de la sorda rivalidad que se incubaba en sus pechos, a los distintos procederes que ambos evidenciaban y a las distintas opiniones que sustentaban. Quizá ayudaba también al sostenimiento del sentimiento fraterno entre esos dos hombres tan distintos y a la vez tan similares en algunas carencias (la intelectual era una de ellas, aunque más iletrado aún, era Rivera -cuasi analfabeto y que leía y escribía a duras penas y con enormes dificultades- que Lavalleja), la condición común que detentaban de profundos conocedores de la geografía oriental y de las gentes de la campaña, considerados ambos extraordinarios baqueanos, tal como lo dice de Rivera, Sarmiento en ese su "Facundo" tan lleno de "inexactitudes a designio", según lo afirmara el propio sincericida. Como sea que haya sido, se las arreglaron para mantener una cordial relación, hasta que el diablo metió la cola, en la forma de la invasión luso-brasilera a la Provincia Oriental; y allí todo se iría adonde Rivera -o el escribiente del periódico- no quisieron estipular lisa y llanamente, esto es, al carajo.
Lavalleja se mantuvo leal a Artigas (y hasta caería prisionero de los luso-brasileros, que lo recluyeron en Ilha das Cobras, frente a Río de Janeiro), mientras que Rivera comenzó a patentizar una cada vez más frecuente desobediencia a las órdenes del Protector, llegando en 1820 (algunos sostienen que mucho antes, lo cual es más que posible, probable) a perpetrar la traición desembozada de pasarse a las filas del invasor portugués. No obstante ello, pareciera que habría habido -si bien no constituye una disculpa a su infernal conducta- algo de calculada intención en evidenciar una actitud colaboracionista hacia el enemigo por parte de Rivera; pero con miras a algo ulterior, a sacudírselo de encima después, digamos ("su política ha sido la de gambetearles a los portugueses", le escribe Lavalleja creyéndolo así en efecto). Y en obsequio a la verdad histórica, es menester decir también que, si bien Lavalleja se mantuvo firme junto a Artigas; mucho después de la caída de éste y ya estando el Protector exilado en el Paraguay del doctor Francia, le escribiría a Alvear el 18 de junio de 1826 estas repudiables frases (que mucho mejor hubiera sido para su gloria póstuma abstenerse de volcar al papel); acerca de las tropas que comandaba: "no serán destinadas a renovar la funesta época del Caudillo Artigas... El que suscribe no puede menos que tomar en agravio personal un parangón que le degrada...". En fin, lo de siempre: las miserias que afloran en los hombres cuando se obra al calor de la pasión política desenfrenada y no se tiene una psique capaz del renunciamiento. Sin embargo, preciso es convenir en que la gaffe de Lavalleja en esa oportunidad, no es en modo alguno comparable a la flagrante traición de Rivera. Y es precisamente eso lo que le reprocha en el párrafo: "... y sino díganlo los acontecimientos del año 22 y 23. Seguí con mi empeño adelante hasta el 25 que la emprendí (Nota mía: Lavalleja se refiere aquí a la epopeya de Los Treinta y Tres Orientales). Usted es un testigo ocular de los acontecimientos ocurridos hasta mediados del 26 (Nota mía: Lavalleja tiene aquí la delicadeza para con Rivera de usar el eufemismo "usted es testigo ocular", en lugar de recordarle derechamente que tuvo que amenazarlo con el fusilamiento por traición, para que el "pardejón", aterrado y suplicando que se le conserve la vida, se decidiera por fin a tomar partido por quienes sostenían la causa patriota; lo cual la historiografía mentirosa trocaría después en un supuesto "abrazo del Monzón" que jamás existió). Los motivos que le dieron mérito a separarse o ausentarse de la provincia para la de Buenos Aires, los ignoro; yo he seguido constantemente trabajando por la libertad de la provincia, y tendré que hacerlo sea del modo que fuese. Usted recordará que a su propartida del Durazno para el Uruguay le supliqué no lo hiciera; y sordo a la justicia y amistad, tomó el partido que mejor le agradó o le convino: resultó que fue a Buenos Aires y de allí a Santa Fe: yo no quise saber más de usted y continué en la lucha de concluir con los portugueses...". 
La carta de Lavalleja rezuma sinceridad y en ella reconoce las fallas de carácter que pueda tener ("usted sabe que soy un diablo", le dice a Rivera; para a continuación espetarle un rotundo "pero usted es con uñas, patas y astas" -en lo cual por cierto, no le faltaba razón a Lavalleja-).
Seguidamente, lo invita a pelear a trompadas, encerrados ambos en un cuarto, para no salir hasta que no queden completamente zanjadas las diferencias, lo cual viene a demostrar que, a pesar de todas las trastadas que se mandó Rivera; Lavalleja, si bien enojado, no llegaba a odiarlo; por eso lo desafía a pelear a trompadas y no lo reta a un duelo a muerte; y por eso también, se empeña en arreglarse definitivamente con el antiguo amigo (y de paso, nos permite entender hasta qué punto llegaba la ingenuidad de Lavalleja; porque suponer un cambio en semejante individuo como Rivera, sólo podía hacerlo un completo crédulo -y debo decir asimismo que el candor de Lavalleja era tanto más sorprendente, cuanto que no ignoraba en modo alguno que el mote de "pardejón" le había sido endilgado a Rivera por Rosas, precisamente por ser como ciertas crías de mula que jamás se amansan y de las cuales siempre debe desconfiarse, so pena de recibir sus coces en el momento más impensado-).
Y concluye Lavalleja, expresando en la más completa y despreocupada camaradería a quien le supone -errónea e ingenuamente- iguales sentimientos que los que a él lo animan, que si le manda alguna "chinita linda"; el le enviará asimismo a "su tuerta Juana la consabida", refiriéndose a alguna geisha criolla pródiga en dispensar sus favores sexuales, de los que el "pardejón" ya había disfrutado antes, de allí el uso del pronombre posesivo "su" que hace Lavalleja. Y en este punto quisiera detenerme unos instantes, para expresar modesta y humildemente mi desacuerdo con algunos historiadores que suponen que la publicación en la prensa que dispuso Rivera de esta carta, perseguía el propósito de opacar ante la gente la imagen de Lavalleja, exhibiendo su promiscuidad en materia de mujeres. Discrepo con ese criterio, para mí, los móviles que guiaban a ese gaucho taimado que era el "pardejón", eran muy otros...; creo que lo que buscaba era, sabedor de la infamante condición de traidor a la patria a que se había hecho acreedor a través de sus muchas fechorías; instalar en sus coetáneos la idea de que su adhesión al invasor luso-brasilero era sólo una máscara que ocultaba sus móviles de "abnegado patriota". Y Lavalleja, en su infinita ingenuidad, le dió (seguramente, sin quererlo) pie para ello.
Y me gustaría terminar resaltando algo que está explícitamente indicado en la carta de Lavalleja: que éste en modo alguno buscaba por entonces la independencia de la Banda Oriental, pretendiendo erigirla en un estado separado del resto de las provincias argentinas. Habrán notado ustedes, imagino, que escribe invariablemente "provincia",  y "libertad de esta provincia", dejando en claro que no la concebía como un nacionalidad aparte de sus hermanas argentinas. Y que si después Lavalleja terminó por aceptar la independencia de su patria chica, ello se debió a que lo forzaron (a él y a otros orientales, o a la mayoría de ellos) las circunstancias (la influencia británica y especialmente el DESAPEGO DE LOS MALOS ARGENTINOS, de esos que lo son sólo de nombre). Por ellos, perdimos esa porción de territorio patrio. NO OLVIDAR.