Rosas

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jueves, 28 de junio de 2018

La Guerra de Malvinas


Por Martín Balza
La guerra no es una obra de Dios. A principios de 1982 la Junta Militar tomó la decisión de ocupar las islas Malvinas, sobre la base de análisis y asesoramientos efectuados por personas incompetentes que creían que nuestro país podría invocar y sostener, ante la comunidad internacional, la “teoría del hecho consumado”, como reiteradamente lo hizo Israel en el Cercano Oriente. La Argentina contaba con la capacidad para ocupar las islas pero nunca para mantenerlas; la operación, pues, no era ni factible ni aceptable. La obnubilada conducción política y militar superior basó sus decisiones en dos supuestos: 
 
• Gran Bretaña no reaccionaría por unas desoladas islas, pobladas por menos de 2.000 súbditos, aceptaría la situación militar una vez consumada su recuperación, y negociaría una solución definitiva sobre la soberanía.
• Estados Unidos apoyaría a la Argentina o adoptaría una posición neutral en el conflicto. Algunos tontos hasta hablaban de “un guiño de los gringos”. En marzo de 1982 ambos bandos habían alcanzado sus  objetivos. El gobierno británico logró:
• Romper las negociaciones sobre la soberanía de las Malvinas impuestas por la ONU.
• Levantar el prestigio de una gestión alicaída tratando de lograr la reelección de la Primer Ministro.  • Impedir una reestructuración que disminuyera el poderío de la Armada Real, a fin de lograr mantener una flota integral por oposición a los planes de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).
• Satisfacer a los grupos de presión del lobby de los isleños en el Parlamento, principalmente el de la Falkland Islands Company.
El gobierno argentino, por su parte, intentó revitalizar y profundizar una exhausta y desprestigiada dictadura, jugando bastardamente con una causa aglutinante de nuestro pueblo: el sentimiento Malvinas Ante el cariz de los acontecimientos se pusieron en ejecución, en forma casi simultánea, la Operación Georgias (ocupación de los puertos Grytviken y Leith) y la Operación Azul (ocupación de las Malvinas). Posteriormente, a esta última se le dio el nombre de Operación Rosario.
La Junta Militar había dispuesto poner en ejecución la Operación Rosario el 26 de marzo; fijó como el “Día D” el 1° de abril, en horas de la noche, con la posibilidad de postergarlo veinticuatro horas. Para ello se constituyó la Fuerza de Tareas Anfibia 40, a las órdenes del contraalmirante Walter O. Allara, integrada básicamente de la siguiente forma: • Batallón de Infantería de Marina 2 (BIM 2), Agrupación de Comandos Anfibios, una sección de tiradores del Ejército pertenecientes al Regimiento de Infantería 25 y una pequeña reserva.
• Un grupo de transporte integrado por el buque de desembarco de tropas Cabo San Antonio, el rompehielos Almirante Irizar y el buque de transporte Isla de los Estados.
• Un grupo de apoyo, escolta y desembarco, formado por las fragatas tipo T-42 Hércules y Santísima Trinidad y las corbetas Drumond y Granville.
• Un grupo de tareas especiales constituido por el submarino Santa Fe.
La recuperación de la capital de las islas se inició la noche del 1º al 2 de abril y se consolidó en pocas horas; la guarnición local fue rápidamente reducida; el aeropuerto –vital objetivo– fue habilitado, y el gobernador británico, Rex Hunt, detenido. Las tratativas para su evacuación y la del personal militar británico a Montevideo se iniciaron de inmediato. El resto de los isleños permaneció en las islas. Pronto se completó el control de los establecimientos Darwin, Pradera del Ganso y otros.
Situación de las Fuerzas Armadas en 1982
No estábamos preparados para una guerra en Malvinas por las siguientes razones: • Durante la década de 1970 las Fuerzas Armadas estuvieron afectadas a la lucha contra la subversión y alejadas de su adiestramiento para un conflicto convencional. La incursión en gobiernos de facto las había alejado, desde 1955, del profesionalismo que todos deseábamos.   • Nuestro enemigo era un miembro de la Organización de Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y una potencia nuclear de segundo orden que contaría –como contó– con el apoyo de una de las dos superpotencias del mundo –Estados Unidos– y de otros miembros de la citada alianza.
• Se carecía de preparación y adiestramiento para la acción militar conjunta.
• Soportábamos una grave crisis socioeconómica y política, y el gobierno nacional era sometido a durísimas críticas de los principales países del mundo por violación de los derechos humanos.
• El equipamiento moderno de las Fuerzas Armadas no se había completado (armamento antiaéreo en el Ejército, material de aviones Super Etendart-Exocet para la Armada, etc.).
• No se disponía del tiempo mínimo para preparar y adiestrar los medios en forma aceptable, salvo en casos especiales y sólo en aquellas unidades conformadas masivamente por oficiales y suboficiales. En el Ejército recién se había incorporado la clase 1963 y sólo algunas unidades –entre ellas la mía– contaban con soldados adiestrados, como consecuencia de tener un sistema de incorporación cuatrimestral.
• Era la peor época para permitir operar en forma adecuada a la Aviación, debido a las pocas horas de luz diurna, nieblas, lluvias, etcétera, en Malvinas.   En la aventura de 1982 nadie pensó que, en las grandes decisiones en que se involucró el poder militar, el éxito correspondió –en la mayoría de los casos– a los que respondieron como reacción frente a quien tomó la iniciativa en las acciones. Permitir que el adversario actúe y se manifieste para sólo después tomar la iniciativa, requiere ágil concepción estratégica, inteligencia, liderazgo, voluntad y medios disponibles. El Reino Unido estaba habituado a responder de esa forma. La dictadura militar no apreció algunos aspectos muy simples: Aceptar la resolución 502 no era una decisión totalmente negativa, ya que se habría logrado llamar la atención internacional y podría haberse negociado tratando de optimizar los réditos.
• De continuar con la ocupación, con seguridad se nos consideraría agresores ante la opinión pública mundial (como sucedió a la postre).
• En caso de una confrontación contábamos con escasas o nulas posibilidades de éxito. 
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Pacto secreto entre Gran Bretaña y Chile
Días después del 2 de abril, el embajador británico en Chile, John Heath, inició conversaciones para arribar a “entendimientos” con los chilenos y lograr su apoyo en el conflicto. Inicialmente intervino su Fuerza Aérea, cuyo comandante en jefe y miembro de la Junta Militar entre 1977 y 1989, general Fernando Matthei, recibió en Santiago al capitán de la Real Fuerza Aérea (RAF) David L. Edwards (jefe de Inteligencia en el cuartel de la RAF
 en High Wycombe, Gran Bretaña), quien le entregó una carta de su comandante en jefe, sir David Great, en la cual le solicitaba apoyo.
El general Matthei informó al entonces presidente Augusto Pinochet, quien prestó su consentimiento y dispuso la más estricta confidencialidad sobre el tema. Sergio Onofre Jarpa, embajador chileno en nuestro país en 1982, declaró: “En lo que se refiere a Chile, la Argentina tiene las espaldas cubiertas”. ¿Cubiertas? Veamos, bajo los términos del pacto, Gran Bretaña obtuvo: • El uso de la base aérea chilena de Punta Arenas, en el extremo sur del país, para los aviones y acciones de inteligencia y espionaje de la RAF, que utilizó en sus máquinas colores y distintivos chilenos, cosa especialmente prohibida por los usos y leyes de la guerra.
• El uso de Punta Arenas y otras áreas para infiltrar fuerzas especiales (Special Air Service –SAS– y Special Boat Service –SBS–) dentro de nuestro país, con fines de inteligencia y sabotaje de aviones y material argentino en tierra, con prioridad sobre Río Grande y Río Gallegos.
• Intercambio de información e inteligencia, incluyendo el monitoreo y descriptado de códigos y señales argentinos, que les proporcionó el servcio de Inteligencia de la Armada Chilena. Por su parte, Chile obtuvo: • Aviones de bombardeo Canberra, usados en operaciones secretas durante el conflicto. Al término de éste recibió, por lo menos, seis de ellos. • Un escuadrón de aviones de caza-bombardeo Hawker de la RAF, que fueron entregados una vez finalizada la guerra.
• Parte del armamento argentino que quedó en Malvinas y el crucero liviano Glamorgan, de la Armada Británica.
• La derogación de las restricciones británicas a la venta de armas a Chile, la provisión de uranio enriquecido y la oferta de un reactor nuclear inglés tipo Magnox.  • El apoyo político y diplomático para neutralizar las investigaciones realizadas por las Naciones Unidas (ONU) con relación a la violación a los derechos humanos por parte del régimen dictatorial chileno, oponiéndose a un nuevo tratamiento de investigadores de la ONU.   Chile realizó una intensa campaña de acción psicológica, principalmente radial, con comentarios adversos a nuestra recuperación de las islas, calificándola de “reivindicaciones territoriales argentinas en desmedro de intereses chilenos”. ¿Lo hizo para cubrir las espaldas de la Argentina, como expresó el embajador chileno en Buenos Aires? Ciertamente que no.
Ayuda de Estados Unidos
Washington apoyó al Reino Unido, proporcionando amplia, actualizada y eficaz información satelital, permitiendo el uso de las islas Ascensión –vital e indispensable base de apoyo logístico para la flota y la aviación inglesas– y proveer lo misiles aire-aire Sidewinder y los misiles antirradar Shrike. Además, reemplazó en Europa a los británicos encargados de operaciones de reabastecimiento aéreo de combustible en el marco de la OTAN. El secretario de Defensa británico durante el conflicto, John Nott, en sus memorias, cuyos extractos fueron publicados por el diario londinense The Daily Telegraph el 13 de mayo de 2002 dijo:  De muchas maneras [el presidente François Mitterrand y los franceses] fueron nuestros grandes aliados; cuando el Presidente de los Estados Unidos [Ronald Reagan] presionaba a Thatcher a que resolviera la
disputa a través de la negociación, la Dama de Hierro se enfrentaba a Mitterrand por la futura dirección de Europa, pero el galo salió inmediatamente en ayuda de Gran Bretaña después de que las fuerzas argentinas ocuparon las islas, el 2 de abril de 1982. […] Cuando comenzó el conflicto, Francia facilitó al Reino Unido aeronaves Super Etendard y Mirage –que había suministrado antes a la Argentina– para que los pilotos británicos de los aviones Harrier pudieran entrenarse para luchar contra ellos.   Además, Francia canceló el envío de diez misiles Exocet que la Armada Argentina había comprado meses antes de la iniciación del conflicto.
Ayuda de la OTAN
Además de los Estados Unidos y Francia, el resto de los países de la OTAN no tardaron en sumar su apoyo, y para obtenerlo la diplomacia británica actuó con su reconocida sagacidad:  En la         OTAN había que convencer a los socios de Gran Bretaña de que el envío de un considerable contingente naval al Atlántico Sur, con el inevitable debilitamiento de las defensas de la OTAN en Europa, era, sin embargo, la reacción esencial ante la agresión. El argumento no tardó en aceptarse y, a pesar de algunas preocupaciones,  en particular ante el aumento del tamaño del contingente naval, la OTAN nunca dudó en respaldar públicamente la campaña militar británica.1
Comandos operativos
Los principales Comandos que proliferaron durante todo el conflicto fueron:  • Comité Militar y Comandantes en Jefe de las Fuerzas Armadas (Anaya, Galtieri y Lami Dozo).
• Jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas (vicealmirante Leopoldo Suárez del Cerro). • Comandante del Teatro de Operaciones del Atlántico Sur (vicealmirante Juan José Lombardo).
• Comandante del Teatro de Operaciones Sur (general de división Osvaldo J. García).
• Comandante de la Fuerza Aérea Sur (brigadier Ernesto Crespo).
• Comandante de la Guarnición Militar Malvinas (general Mario Benjamín Menéndez). De este Comando –el único instalado en las islas– dependían:
• Comandante Agrupación “Ejército” Malvinas (general Oscar Jofre).
• Comandante Agrupación “Aérea” Malvinas (brigadier Luis Castellanos).
• Comandante Agrupación “Armada” Malvinas (contraalmirante Edgardo Otero).
• Comandante de la Flota de Mar (contraalmirante Walter Allara).
• Centro de Operaciones Conjuntas en Comodoro Rivadavia, a partir del 24 de mayo (general García, vicealmirante Lombardo, brigadier Helmut Weber).
• Comando de las Fuerzas Terrestres del Teatro de Operaciones (creado y disuelto a los pocos días).  • Centro de Operaciones Conjuntas.  • Comando Aéreo de Defensa.
• Comando Aéreo Estratégico. • Comando Aéreo de Transporte.
• Comando de Defensa Aérea Sur. • Centro de Operaciones Conjuntas. El principio estratégico, vigente a través de la historia de las guerras, el de “unidad de comando”, en este caso brilló por su ausencia.
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Estrategia y táctica
La estrategia es el arte de la lucha de voluntades para resolver un conflicto, y, más precisamente, el arte y la ciencia de la conducción y el empleo del potencial nacional por el gobierno de la Nación, durante la paz
y la guerra, para concretar la obtención de sus objetivos políticos. La táctica es la conducción que se realiza en los niveles de mando inferiores al nivel estratégico, que se sintetiza en las reglas y los procedimientos a los que deben ajustarse las operaciones de combate. La estrategia implica disponer libremente de todas las fuerzas, en amplio dominio de espacio-tiempo, con miras a un fin lejano que es precisamente una situación táctica. La táctica por su parte, presume que las tropas están en contacto, en una situación definida en el espacio y en el tiempo.  
Consideraciones estratégicas
La Operación Rosario podría haberse explotado de manera muy positiva si después del 2 de abril se hubiera mantenido una guarnición de alrededor de 400 hombres, lo que habría evidenciado una seria actitud
negociadora por parte de la Argentina. Difícilmente el Reino Unido hubiera movilizado la fuerza expedicionaria más importante desde la Segunda Guerra Mundial (28.000 hombres y más de 100 buques) ni recibido el apoyo de otros países. Los principales países del mundo hubieran conocido la legitimidad de nuestros derechos, y de este modo se habrían originado discusiones, publicaciones y –muy probablemente– pronunciamientos favorables para terminar con un anacrónico colonialismo. Hasta ese momento habíamos exhibido profesionalidad y eficiencia, sin derramamiento de sangre británica, pero, como dice el Talmud,2 “la ambición destruye a su poseedor” y, si bien destruyó la dictadura militar, lamentablemente dejó en la turba malvinera y en las gélidas aguas del Atlántico Sur a jóvenes vidas cuya pérdida podría haberse evitado.  El Planeamiento estratégico –en lo político y lo militar– no se basó seriamente en lo que el Reino Unido se hallaba en capacidad de hacer como respuesta a la ocupación de las islas. En ningún documento se encontraron “los supuestos”3 para encarar la confección de un plan o una directiva. Sin embargo, resulta claro que la Junta Militar aceptó, erróneamente, dos suposiciones que afectaron todo tipo de decisiones posteriores al 2 de abril. Éstas fueron: • El Reino Unido sólo reaccionaría por la vía diplomática ante la ocupación de las islas. En caso de recurrir al uso de su poder militar, lo haría en forma disuasiva, sin llegar a un empleo real.
• Estados Unidos ayudaría a la Argentina o permanecería neutral. Nunca permitiría una escalada militar del conflicto y obligaría a las partes a negociar. El proceder de la Junta marginó las más elementales normas de planificación contenidas en los reglamentos para el trabajo de los Estados Mayores; ello se puso en evidencia antes, durante y después del conflicto,
y fue condicionante para que los Comandos subordinados confeccionaran planes superficiales, incompletos y, más aun, incumplibles.
La Inteligencia estratégica –nacional y militar– careció de solidez, pues desde décadas anteriores, y particularmente a partir de la década de 1970, estuvo orientada al “caso Chile” en lo externo y, prioritariamente, a la subversión en el marco interno. Los jefes de inteligencia de las Fuerzas Armadas sólo tomaron conocimiento de la Operación Rosario cuando ésta se inició. Un ejemplo de esto es que el jefe de inteligencia del Ejército, general Alfredo Sotera, que se encontraba en Estados Unidos, fue alertado de los acontecimientos por nuestro agregado militar en Washington, general Miguel A. Mallea Gil. La contrainteligencia –que es la acción que consiste en negar información al enemigo– fue desatendida, lo que posibilitó que los británicos dispusieran de información útil y oportuna a sus propósitos durante todo el conflicto.
Consideraciones tácticas
• La batalla tuvo dos fases: la primera, predominantemente aeronaval, entre el 1° y el 20 de mayo; y la segunda, predominantemente terrestre, entre el 21 de mayo y el 14 de junio. Durante la fase aeronaval los efectivos en tierra fuimos sometidos a un desgaste psicofísico en las húmedas y frías trincheras, esperando el desembarco británico. La fase terrestre la iniciamos conscientes de nuestras propias limitaciones, de haber cedido totalmente la iniciativa al enemigo y de la incapacidad de recibir apoyo del continente.
• Nuestras Fuerzas fueron eliminadas por partes: primero, nuestra flota, que se automarginó del conflicto sin siquiera intentar disputar el espacio marítimo; segundo, la Fuerza Aérea y la Aviación Naval, debido a las importantes pérdidas sufridas, a pesar de los reconocidos éxitos iníciales y la excelente profesionalidad evidenciada; por último, los efectivos terrestres del Ejército y de la Infantería de Marina, cuando el estrangulamiento terrestre cerró definitivamente el previsible cerco total que condujo a la inevitable rendición.
• El primer conflicto de la era misilística. Así calificaron algunos autores a la guerra, pero es muy importante destacar que, pese a los adelantos tecnológicos, en el combate se puso de manifiesto el rol decisivo de la infantería de todos los tiempos.
• La guerra tuvo casi la misma duración que la del Golfo, en 1991, en la cual la campaña aérea estadounidense duró 38 días y la terrestre sólo 4 días –en total, 42 días–, con un saldo de 144 estadounidenses muertos en combate. En Malvinas, la campaña aérea y naval británica duró alrededor de 20 días y la terrestre 24 días –en total, 44–, con un saldo de alrededor de 300 ingleses muertos en acciones bélicas, y 650 argentinos.
El adversario empleó simultáneamente una estrategia de desgaste y de estrangulamiento. La primera, a partir del 7 de abril, consistió en la amenaza marítima, sanciones económicas junto con sus aliados
de la OTAN, gestiones diplomáticas y un efectivo empleo de la acción psicológica. La segunda buscó la batalla decisiva mediante un cerco completo. En una entrevista en Londres con el general británico
Jeremy Moore le pregunt é por qué atacaron Pradera del Ganso (28 y 29 de mayo) y realizaron un segundo desembarco en Bahía Agradable (8 de junio) sin protección antiaérea, teniendo en ambos casos importantes bajas, cuando esas acciones no eran necesarias. Sin hesitarse me contestó: “Fue un gran error”.  • La batalla de cerco que condujo al aniquilamiento perfecto se vio facilitada por la ejecución de una defensa lineal carente de profundidad, movilidad y reservas. Ésta fracasó históricamente, aun en los casos de fortificaciones sólidas y consideradas infranqueables, como la famosa línea Maginot.4 En junio de 1982 no disponíamos de nada para golpear seriamente a los ingleses; a pesar de la amenaza que significó nuestra aviación, el agotamiento de las fuerzas era más que evidente.  • La organización para el combate de la Guarnición Militar Malvinas –a las órdenes del general Mario B. Menéndez– evidenció dispersión de esfuerzos, unidades asignadas en forma no proporcional, poco correcto aprovechamiento del terreno, superposición del mando e inadecuada acción conjunta de las Fuerzas. De los nueve regimientos de infantería disponibles en las islas, sólo cuatro combatieron en forma efectiva (RI 4, RI 7, RI 12 y BIM 5) y parcialmente sólo dos (RI 6 y RI 25); y no participaron en las acciones el RI 3, RI 5 y RI 8 (los dos últimos aislados en la isla Gran Malvina). Esto facilitó a los británicos aplicar su táctica metódica y doctrinaria: “concentración del ataque en el punto más débil”,
aprovechando su mayor poder de combate, movilidad y libertad de acción.
• El ritmo de las operaciones, durante la guerra demostró la inutilidad de la burocracia papelera a la cual son tan adictos algunos Estados Mayores. En el combate, muchas órdenes de operaciones y administrativas “duraban menos que un huevo en una canasta”, antes de que las circunstancias las tornaran obsoletas. Se aprendió a trabajar en forma expeditiva, sin máquinas de escribir y con órdenes verbales, marginando lo superfluo y retardatario. Valoramos por qué el mariscal Von Manstein5 conducía Grupos de Ejércitos, durante la Segunda Guerra Mundial, con órdenes que no superaban una hoja de papel.
La Junta Militar
Los miembros de la Junta Militar y otros altos mandos que visitaron las islas y se fotografiaron en ellas antes de que se iniciara la guerra se “borraron” cuando comenzó el ruido de combate y silbó la metralla. No asumieron su responsabilidad ante la derrota, iniciaron un proceso de “desmalvinización” y no rescataron los valores de la gesta. Buscaron chivos expiatorios entre los jefes que combatieron; muchos generales olvidaron que no podían justificarse y eludir sus responsabilidades por la batalla perdida, e invocaron estériles argumentos, como decir que, contrariamente a su voluntad, tuvieron que “cumplir órdenes” de Galtieri. En ese caso, les quedaba el camino de la “desobediencia debida”, que no se produjo.
El Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas (EMC)
El EMC evidenció, tanto antes de las operaciones como durante ellas, ser un organismo inoperante y burocrático. Tuvo la responsabilidad primaria de planificar y coordinar los esfuerzos de las Fuerzas Armadas, así como la de instrumentar el planeamiento, la dirección, la ejecución y la evaluación de la Acción Sicológica (AS); en ninguno de estos casos estuvo al margen de la incompetencia que se evidenció en otros niveles.  Desconoció la importancia que tiene en la guerra moderna un sensible recurso de la conducción como es la AS, que incide no sólo sobre las tropas que combaten, sino también sobre otros países y el propio enemigo, que, por el contrario, hizo un por demás efectivo empleo del citado recurso. En tal sentido, el Estado Mayor no utilizó la aceptable organización y equipamiento de que disponía la Secretaría de nformación Pública, a cargodel embajador Rodolfo Baltiérrez. Como en otras áreas, en ésta se trabajó en compartimientos estancos, lo que impidió la coordinación entre los pocos especialistas existentes que, al igual que todos los organismos a que pertenecían, habían acentuado la desnaturalización de su misión desde el inicio de la dictadura, al priorizar todo lo relacionado con el marco interno.  La guerra moderna exige la integración a nivel conjunto de las Fuerzas Armadas, para lo cual es necesario un desarrollo armónico, racional y balanceado de dichas fuerzas. De nada sirve que alguna de ellas prevalezca sobre las otras. La cohesión se logrará eliminando disputas estériles, desarrollando una doctrina militar conjunta y un sistema logístico compatibilizado, delimitando ámbitos de competencia y efectuando ejecuciones conjuntas en el gabinete y en el terreno.  Es imprescindible –para lograr esta transformación– modificar disposiciones legales para dotar al EMC
de facultades para comandar las Fuerzas Armadas, y prestigiarlo con la asignación de los medios humanos y materiales necesarios.
El Síndrome del estrés postraumático
Este síndrome es también conocido como “neurosis de guerra” o “fatiga de combate”. Se manifiesta en forma de psicosis, neurosis, ansiedad, depresión, alucinaciones, angustia, insomnio, disfunciones sexuales y
otros síntomas; puede aparecer durante la guerra y después. Cientos de veteranos –oficiales, suboficiales y soldados– lo padecieron, y muchos aún hoy continúan sufriéndolo. Alrededor de 250 ex combatientes en Malvinas han llegado al suicidio. Un número similar se ha detectado entre los veteranos británicos del conflicto.  Como antecedente comparativo, Estados Unidos tuvo los siguientes índices de afecciones psiquiátricas en sus Fuerzas Armadas: en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), 23%; en Corea (1950-1953), 6%; en Vietnam (1965-1975), 5% (que llegó al 60% al incrementarse la drogadicción entre sus soldados, en 1972).
En Malvinas, nosotros tuvimos aproximadamente el 3% –los ingleses, el 2%– de combatientes afectados por traumas similares. En nuestro caso, ello guarda directa relación con la ausencia de la correspondiente, e
imprescindible, revisión psicosomática, que debió haberse practicado, sin excepción, a todos los combatientes a nuestro regreso al continente. También influyó la carencia de médicos psiquiatras en la zona de operaciones.  La Comisión Rattembach
El 2 de diciembre de 1982 la nueva Junta Militar –general Cristino Nicolaides, brigadier Omar R. Graffigna y almirante Rubén O. Franco– conformó una Comisión de Análisis y Evaluación de las Responsabilidades Políticas y Estratégico-Militares en el conflicto del Atlántico Sur (CAERCAS) para evaluar el comportamiento de los miembros de la Junta Militar y otros jefes militares y miembros del Gabinete Nacional durante la Guerra de Malvinas. Dicha Comisión estuvo integrada por dos oficiales superiores de cada Fuerza, en situación de retiro: por el Ejército, el teniente general Benjamín Rattembach y el general de división Tomás A. Sánchez de Bustamante; por la Armada, el almirante Alberto P. Vago y el vicealmirante Jorge A. Boffi; por la Fuerza Aérea, el brigadier general Carlos A. Rey y el brigadier mayor Francisco Cabrera.
Opinión de la Comisión Rattembach sobre decisiones y responsabilidades de la Junta Militar (Galtieri, Anaya y Lami Dozo):
• No realizó una apreciación completa y acertada de la reacción británica, de Estados Unidos, del Consejo de Seguridad de la ONU, de la Comunidad Económica Europea y de la OEA. Máxime teniendo en cuenta que el gobierno estaba seriamente desprestigiado en la comunidad internacional, que Estados Unidos nos había embargado e impedido importar armamento, que no teníamos buena relación
con los países No Alineados y que el conflicto con Chile estaba vigente.
• Trató de condicionar el acatamiento de la Resolución 502 –de la ONU– y con ello renunció a las negociaciones impuestas por el Consejo de Seguridad.  • Como máximo órgano del Estado, condujo a la Nación a una guerra con Gran Bretaña, sin estar debidamente preparada para un enfrentamiento de semejante magnitud, pues se trataba de una
potencia del “Primer Mundo” que recibiría apoyo de los más importantes países. No logró el objetivo y llevó a nuestro país a una crítica situación política, social y económica.
• Desaprovechó las contadas y concretas oportunidades que se tuvieron para lograr una solución honorable del conflicto.
• Confundió –con premeditada intencionalidad– un objetivo circunstancial, subalterno y bastardo, como la necesidad de revitalizar la alicaída dictadura militar, con una gesta aglutinadora y legítima de
reivindicación de algo incuestionablemente argentino.
• Subestimó la reacción de Chile, que, al desplegar efectivos importantes en nuestra frontera sur, obligó a que las Brigadas de Montaña VI (Neuquén) y VIII (Mendoza) fueran a su vez desplazadas en el sector
cordillerano central y sur, lo que impidió que tropas especialmente aptas para el ambiente geográfico de Malvinas concurrieran a las islas.
• No evaluó que tras la reacción británica y la amenaza de Chile nos encontraríamos en una guerra de dos frentes, imposible de sostener. Lo sensato hubiera sido postergar cualquier enfrentamiento con Gran Bretaña, dejando una pequeña guarnición de 300 a 400 hombres, y aceptar negociar, o haber resuelto con anterioridad el conflicto con Chile, sin subestimar o ignorar su probable proceder en apoyo al Reino Unido. Encuadramiento normativo de la Comisión Rattembach
La Comisión Rattembach evaluó que la conducta de los responsables era susceptible de ser examinada en distintos campos: político, penal, penal militar, disciplinario militar y en el de honor.  • En lo político: porque la Junta Militar determinó, en un acta del 18 de junio de 1976, que “tomaba
para sí la responsabilidad de considerar la conducta de aquellas personas que hubieran ocasionado perjuicio a los superiores intereses de la Nación o lo hicieran en lo futuro”. Y todos conocemos el perjuicio que ocasionó la Junta a la Nación.
• En lo penal, no se observó la existencia de conductas que pudieran configurar delito alguno contemplado en el Código Penal de la Nación.
• En lo penal político, recomendó que los delitos tipificados en el Código de Justicia Militar (ley 14.029) “deberán ser sometidos al órgano jurisdiccional competente, a fin de que sea sustanciada la pertinente causa penal”. Este órgano era el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CONSUFA) –presidido por el general de división Horacio A. Rivera–, lo que se concretó en su oportunidad.
• En lo disciplinario militar, se recomendó que las sanciones deberían ser evaluadas y sancionadas por la Junta Militar. En el Ejército esto sólo se aplicó en algunos niveles medios e inferiores.  • En lo relacionado con el honor, la Comisión no apreció transgresiones pero dejó una vía abierta por si surgían en el futuro, con posterioridad a la intervención en los ámbitos penal y disciplinario militar.  Nadie fue juzgado en este aspecto a Comisión Rattembach evaluó, entre otros, el comportamiento de todos los citados, con excepción
de los generales Nicolaides y Trimarco (Juan Carlos); elevó su informe a distintas instancias y al Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CONSUFA).
De todos los juzgados, los máximos responsables –la Junta Militar– fueron los únicos condenados. El Consejo Supremo impuso al almirante Jorge I. Anaya la pena de catorce años de reclusión con la accesoria de destitución y baja; al general Leopoldo Fortunato Galtieri, y al brigadier general Basilio Lami Dozo, la pena de ocho años de reclusión más la accesoria de destitución y baja. La sentencia impuesta en primera instancia fue apelada ante la entonces Cámara Criminal y Correccional Federal de la Capital Federal, que modificó parcialmente la sentencia de CONSUFA y condenó a los tres ex comandantes a cumplir la misma pena: “doce años de reclusión, más la accesoria de destitución y baja”.  Ante esa decisión los causantes interpusieron un recurso extraordinario ante la Corte Suprema de Justicia de la Nación (CSJ), que fue concedido por la Cámara Federal. En las circunstancias procesales aludidas, antes de que la CSJ se expidiera, el Poder Ejecutivo Nacional, emitió el decreto 1.005, del 6 de octubre de 1989, que, entre otras cosas, disponía: “indultar al teniente general (retirado) Leopoldo Fortunato Galtieri, al almirante (retirado) Jorge Isaac Anaya y al brigadier general (retirado) Basilio Ignacio Lami Dozo”. Entre otros “considerados”, el decreto expresaba: “es menester adoptar aquellas medidas que, suavizando la rigurosidad legal, generen las condiciones
propicias que permitan la mayor colaboración de los habitantes en la reconstrucción y el progreso de la Nación”. Todos ellos conservaron –indulto mediante– sus grados y su estado militar. Ello fue una bofetada para los veteranos de Malvinas.
Acciones meritorias de nuestras Fuerzas Armadas
Ejército: “La Artillería de Campaña (Grupo de Artillería 3 y Grupo de Artillería 4) y de Defensa Antiaérea, las Compañías de Comandos, el Escuadrón de Exploración de Caballería 5, los elementos de la Aviación de Ejército (helicópteros), algunos elementos de apoyo de combate y especialmente elementos del Regimiento 25 de Infantería, demostraron un elevado grado de adiestramiento y profesionalismo, así como una adecuada acción de Comando, lo que fue puesto de manifiesto especialmente en la defensa de Puerto Argentino, donde tuvieron un desempeño destacado”. (Informe Rattembach)
Armada: La Aviación Naval, con sus aviones Sky Hawk-A4Q y Super Etendard de reciente incorporación, operando desde el continente, infligió daños fuera de toda proporción con respecto a los análisis previos de poder de combate relativo (medios propios, medios británicos, influencia del Teatro de Operaciones, etcétera). El BIM 5, operando en el marco de las fuerzas terrestres en Puerto Argentino puso de manifiesto vocación por el accionar conjunto, un excelente adiestramiento, un equipamiento   Un destacado desempeño en la defensa de Puerto Argentino. • Fuerza Aérea: Desencadenado el conflicto de naturaleza aeronaval, el Comandante decidió no sustraer a sus medios de la batalla aérea y aceptó las desventajas y riesgos. Infligió a los británicos significativas pérdidas. La formación y adiestramiento de sus pilotos –de combate y de transporte– respondieron cabalmente a las exigencias impuestas. Junto con hombres del Ejército y de la Armada, conformó un adecuado Centro de Información y Control (CIC) en las islas, que coordinó todo lo relacionado con la atenuación y neutralización del enemigo aéreo británico. Finalmente, el Informe Rattembach sintetiza el comportamiento de las Fuerzas Armadas en su conjunto, en los siguientes términos:
Es importante señalar que hubo Comandos Operacionales y Unidades que fueron conducidas con eficiencia, valor y decisión. En esos casos, ya en la espera, en el combate o en sus pausas, el rendimiento fue siempre elevado. Tal el caso, por ejemplo, de la Fuerza Aérea Sur, la Aviación Naval, los medios aére os de las tres Fuerzas destacados en las islas, el Comando Aéreo de Transporte; la Artillería de Ejército y de Infantería de Marina; la Artillería de Defensa Aérea de las tres Fuerzas Armadas, correcta y eficazmente integradas, al igual que el Batallón de Infantería de Marina 5, el Escuadrón de Caballería Blindada 10, las Compañías de Comandos 601 y 602 y el Regimiento de Infantería 25. Como ha ocurrido siempre en las circunstancias críticas, el comportamiento de las tropas en combate fue función directa de la calidad de sus mandos.
Comentarios británicos y norteamericanos “No cabe duda de que los hombres que se nos opusieron eran soldados tenaces y competentes, y muchos han muerto en su puesto. Hemos perdido muchísimos hombres” (General Anthony Wilson, comandante de la Brigada 5 de Infantería).“Nos encontramos con 300 prisioneros, incluidos el jefe del RI 4 y varios oficiales. Esto muestra las mentiras de las informaciones de la prensa según los cuales los oficiales huían dejando a sus soldados conscriptos para que fueran masacrados o se rindieran como ovejas […]. Oficiales y suboficiales se batieron duramente” (General Julian Thompson, comandante de la Brigada 3 de Comandos británicos). “Las unidades argentinas que evidenciaron un alto grado de cohesión y se destacaron por su excelente desempeño en combate fueron: el Batallón de Infantería de Marina 5, el Regimiento de Infantería 25, las Compañías de Comandos 601 y 602, el Regimiento de Infantería 7, así como el Grupo de Artillería 3” (Consignado por la doctora Nora Kinzer Stewart).  Conclusiones
Toda guerra es una desgracia para cualquiera de los adversarios. ¿Quién podrá reemplazar la vida de los soldados caídos para siempre y compensar el dolor de sus seres queridos? Un militar y político israelí, Yitzak Rabin (1922-1955), señaló claramente que “el sendero de la paz es mejor que el sendero de la guerra”. Años antes, Gandhi había expresado: “No hay caminos para la paz, la paz es el camino”. Sin duda, la guerra no es una obra de Dios. Por mi parte, sigo pensando que la guerra es un renunciamiento a las escasas pretensiones de la humanidad