Rosas

Rosas

sábado, 30 de abril de 2016

Obra imprescindible en toda Biblioteca Argentina

Presentación del libro: "Se levanta a la Faz de la tierra".  Ultima obra del Historiador José Luis Muñoz Azpiri (H).  Obra imprescindible en toda Biblioteca Argentina.




 

Andrés Rivera: EL FARMER

Por Fernando García Della Costa
El gusano se perdió en las verijas
El que escribió eso tiene motivo para saber que Fidel llamaba “gusanos” a los que no le caían bien. Pero hay gusanos y gusanos. Algunos viven de los despojos de los muertos. Generalmente escriben biografías noveladas. Total, los interesados ya no se pueden quejar.
“El farmer” no alcanza a ser una biografía novelada. Es algo así como la Imaginación de un gusano que entró por la calavera y se perdió en las verijas. Es un gusano verijero. Más bien, escatológico.
Buen pasatiempo para una tarde de lluvia en un día sandwich. Parece haberse entretenido escribiendo a la siesta pero le debe haber costado muchos días pensarlo y escribirlo.
Le tenía mala voluntad al personaje.
Pero para escribir sobre él, tenía que esforzarse en conocerlo.
Empacharse de Rosas y de los biógrafos de Rosas, desde aquel Ramos Mejía que se enfrascó en la patología siquiátrica para pintarlo loco, hasta Saldías, Gálvez, Ibarguren, Pepe Rosa, que lo fueron rescatando para la historia y destruyendo el falso bárbaro que nos pintaba Sarmiento y el tirano pervertido y sádico con que las maestras envenenaban inocentemente el subconsciente de los chicos de primaria, que aunque después siguieran leyendo a Marx, se seguían masturbando con las memorias de una princesa rusa trasladadas a la pampa gaucha o a San Benito de Palermo.
¡Vaya a saber cuanto leyó, cuantos días, cuantas tardes, con un gusto cada vez más amargo en la boca, como si regurgitara la acidez de un mate mal cebado!
A! cabo se le iba metiendo en la cabeza el señor de las pampas, entrándose en la sesera en un galope bruto, en medio del sueño, cuando ya no quería ni pensar en él. ¡Pobre Rivera!
Su compromiso con el pasado marxista-leninista no le podía perdonar esa debilidad.
El Rosas prototipo marxista de los terratenientes vendedores de tasajo no merecía tanta dedicación. Cuando más, unas líneas, acercándolo al boyardo ruso o al atamán de cosacos.
Pero nada más.
Y empezó a escribir a desgano.
Como quien escupe el mal regusto.
Le salió un libro chiquito.
Con tipografía “cuerpo 12” como para ciegos, no llegó a las 124 páginas en octava, de telegráfico e inmejorable estilo.
Para novela, corto.
Para cuento, largo.
Parece un breviario.
Es algo así como la penitencia solitaria de un ex-zurdo flagelante.
Por todos lados, página por página, Rosas crece y desborda su prejuicio de pequeño burgués.
Y el biografiado y novelado se lo compra al literato.
Le va ganando la boca con mano firme pero suave como a bagual mal amansado.
Quiso gritar ¡muera Rosas! y le salió un ¡viva Rosas aunque no me guste!
Quiso retratar un viejo Vizcacha y se le fue perfilando el gaucho de los Cerrillos.
Por su origen y por su edad podría haberse enterado que a otros ya les había pasado lo mismo.
No se miró en Juan B. Justo, cuando el honesto socialista se encontró con un Rosas distinto del que le habían pintado sus maestros liberales.
No se fijó, ahi no más, en el colorado Ramos, que después acabo plagiando media biblioteca rosista, cuando se dio cuenta que el liberalismo echa a perder hasta a un marxista.
El aburguesamiento intelectual le juega una mala pasada.
¿Cómo hacer para bajarlo del caballo al gaucho magnífico que se le iba escapando de las manos al literato de moda?
Adosarle un culebrón de telenovela de tierras calientes.
Describir imaginarias calenturas que nunca salieron de sus labios.
Deslumbrarlo frente a la literatura de Shakespeare, como si fuera el paisano inventado por Ascasubi, expectador del “Fausto” incapaz de advertir que la función del Colón era una pura ficción”porque el criollismo de la oligarquía nunca superó el costumbrismo pintoresco y presumido que hace del gaucho un palurdo campesino sin inteligencia.
Cae en la ingenuidad de creer que enredándolo a Rosas en imaginarias desviaciones, oscuros incestos, infidelidades y fornicaciones lo va a llenar de oprobio.
Ese trabajo sucio ya lo cumplieron los grupos de tareas de los literatos cursillones de la Nueva Troya montevideana y los pedagogos masones divulgadores de fantásticas historietas de alcoba.
Ya pasó la figura de Rosas por todo eso y nada.
Tiene que regalarles el oído a sus antiguos compañeros y presenta a Rosas, haciéndoles un autoelogio que conmovería a Ghioldi y Codovilla: “No hay en el mundo enemigo más esforzado de las asociaciones clandestinas (Rivera no se anima a decir masonería) de la anarquía y del comunismo que el general Rosas
Y cierra el libreto con un patético y conmovedor:
¡Patria no te olvides de mí!
Y hasta en eso llega tarde. La Patria no sólo no lo olvidó. Le rindió los honores que reclamó en su testamento, por los sevicios prestados, como condición para que sus restos descansaran en nuestra tierra, su tierra.,
Y se le rindieron.
Rivera podía haberse ahorrado su culebrón.
El farmer ya está entre nosotros.
 

Guillermo Brown y su Familia

Por el Prof. Jbismarck

Guillermo Brown nació en junio de 1777 en Foxford, un pueblo al noroeste de Irlanda. La persecución religiosa contra los católicos, el hambre y la pobreza lo llevaron con su padre al destierro, con la ilusión de que su madre y sus hermanos viajaran después. Pero al tiempo de llegar a Filadelfia, en 1787, su padre murió de fiebre amarilla.  No existen referencias a la madre de Guillermo Brown en sus biografías, ni siquiera alguna hecha por él mismo cuando narró su vida, ya en la madurez.  Debió entonces el adolescente Brown, embarcar de grumete un buque mercante yanqui, iniciando así su carrera naval. Se casó el 29 de julio de 1809 en la Parroquia de la Iglesia Anglicana de Saint George in the East, condado de Middlesex, Londres, ubicada en las actuales Cannon St. Road y Cable St., con Elizabeth Chitty, ella cumplía los 22 años. Elizabeth era hija, nieta y hermana de marinos, por lo que no extraña que se casara con un hombre de mar. Si bien Elizabeth pertenecía a una tradicional familia inglesa sus recursos económicos no eran muchos.  Debido a que Elizabeth era protestante y Guillermo católico, llegaron a un acuerdo por el cual las hijas que tuvieran serían educadas en la religión de la madre y los varones en la del padre.  Tuvo tres hijos: Guillermo, Ignacio Estanislao y Eduardo y dos hijas, Eliza y Martina.  Ese año, desembarcó en Montevideo a bordo de la fragata Belmond. "Al llegar al Río de la Plata Guillermo Brown se comprometió en cuerpo y alma con el proceso de emancipación. Desde el primer momento fue un gran patriota".  Tanto es así que en 1814 un decreto del director Gervasio Posadas lo nombró responsable de la Escuadra. "Ante la falta de marinos, los hombres de Mayo se enteraron de la experiencia de Guillermo Brown y le ofrecieron la dirección de la escuálida escuadra de Buenos Aires", agrega el historiador.   En tres meses, liberó Martín García y Montevideo, y terminó con la presencia española en el Río de la Plata. Un año más tarde inició una campaña de corso por las costas americanas del Pacífico y, en 1822, regresó a sus tareas de agricultura en "la kinta" -así llamaba a su casa-, sus actividades comerciales y la vida en familia.   "Pero fue durante la guerra con el Brasil, en 1826, cuando el prestigio del almirante llegó a su esplendor. Enfrentaba con unos pocos barcos a la escuadra más grande de Sudamérica", dice el historiador Miguel Angel de Marco. "Las naves brasileñas terminaron por retirarse, en tanto Brown era objeto del entusiasmo y de la admiración del vecindario", completa.  Por cinco meses, se hizo cargo del gobierno de Buenos Aires (1828-1829). "Hasta ese momento no se metía en disputas políticas. Pero cuando Lavalle hizo el golpe contra Dorrego, Brown lo apoyó. Su alto prestigio militar hizo que muchos opositores a Lavalle no se rebelaran, hasta que Dorrego fue asesinado, en contra de la voluntad de Brown, desencadenando la guerra civil", expone el historiador Gabriel Di Meglio.     

En oportunidad de casarse Elizabeth Chitty con Guillermo Brown, el futuro almirante le regala un anillo que debía ser heredado por las mujeres de la familia. Era  un hermoso anillo de compromiso de oro blanco con un importante diamante en forma de corazón, secundado por otros dos diamantes más pequeños a los lados. Este anillo respondía a la moda de la época.   A principios del siglo XIX, cuando una mujer se casaba, recibía de su prometido un anillo. Eran muy apreciados aquellos que simbolizaban el amor, como los corazones, las coronas o las flores, tradición que se había iniciado en el siglo XVIII, entre las familias de abolengo.  Elizabeth usó el anillo por 59 años, hasta 1868 año en que falleció. Siendo Elizabeth protestante,  fue sepultada en el cementerio de los Disidentes, que estaba ubicado Suipacha y Juncal, frente a la Iglesia del Socorro. Luego de una mudanza sus huesos nunca pudieron ser hallados. Hoy, en la plaza Primero de Mayo, una placa de bronce recuerda “a la virtuosa compañera de nuestro máximo prócer naval, cuyos restos hoy perdidos reposan en este solar”.  Dado que Elisa había fallecido en un drama de amor la  fatalidad hizo que el anillo de su madre lo heredara su hermana menor Martina García Brown, luego pasó a su sobrina Corina Brown de Caravia, después a Corina Brown de Morel.  Hoy el anillo lo tiene en custodia María Cristina Brown, hija de la bisnieta en primer grado del Almirante Guillermo Brown, quien lo uso sólo una vez en su vida. 

miércoles, 20 de abril de 2016

La historia no se puede cambiar...

Si había sanción no se podría estudiar más Historia.

La Cámara Civil rechazó un amparo impulsado por los nietos del ex ministro de Economía de la última dictadura militar, José Alfredo Martínez de Hoz, contra un documental que involucra a un miembro de su familia en la usurpación ilegítima de territorios pertenecientes a los pueblos originarios en el siglo XIX.
Cámara video
 Diario Judicial

Por: Diario Judicial



La Sala “M” de la Cámara Civil confirmó el pronunciamiento apelado en cuanto desestimó las excepciones de falta de legitimación opuestas y rechazó la demanda promovida por los nietos del ex ministro de Economía de la última dictadura-militar, José Alfredo Martínez de Hoz, contra el documental Awka-Liwen (2010). 
En los autos “Martínez de Hoz, J. y otro c/ M. F. y otros s/Amparo”, los actores afirmaron que “en la película falsamente, se endilga a su familia el haber usurpado ilegítimamente territorios pertenecientes a los pueblos originarios, como consecuencia de haber financiado la llamada campaña del desierto a través de la suscripción de un bono público emitido por el Gobierno Nacional bajo la ley 947 del 5 de octubre de 1878, que fue reglamentado el 17 de octubre de ese año”.
Expresaron que estas afirmaciones resultan “objetiva e intrínsecamente falsas” y, en consecuencia, solicitaron su “supresión pues hieren, agravian injusta e ilegítimamente sus sentimientos”.
Asimismo alegaron que en “la película se atribuye a la figura de José Alfredo Martínez de Hoz (padre) una serie de imágenes que no pertenecen a ningún miembro de su familia y su inclusión en el largometraje tiene por único objeto parodiar, desprestigiar y mortificar a la familia Martínez de Hoz”.
En este marco, el Tribunal explicó que los actores sostienen que “ciertas afirmaciones que consideran falsas y lesivas de su honor, proferidas en relación a sus ascendientes se proyectan a través del vínculo familiar hasta alcanzarlos personalmente -más allá de lo lejano del parentesco invocado-, de manera que la cuestión adquiere una cierta actualidad suficiente, (…) para reconocerles legitimación para promover esta acción”.
Respecto al pedido, los jueces consignaron que “los actores pretenden la supresión y modificación de ciertos fragmentos de la película realizada por los demandados, el caso compromete el ejercicio de facultades cuyo ejercicio tutela de manera expresa nuestra Constitución Nacional”.
“Según los accionantes la mayoría de las fuentes confirman su versión y los demandados se basan tan solo en la posición de unos pocos historiadores. En cualquier caso, las aseveraciones volcadas en la película no constituyen una cuestión novedosa sino que fueron extraídas de otras obras, incluso de un libro editado hace 45 años”, indicó el fallo.
Por ello, los magistrados entendieron que “no parece razonable que sea este Tribunal quien dirima aquí y ahora, una contienda de esa naturaleza respecto de hechos acontecidos hace alrededor de ciento cincuenta años”, y concluyeron: “La pretensión de los accionantes implica el cercenamiento de derechos tutelados por nuestra Constitución Nacional y por la Convención Americana de Derechos Humanos con el máximo alcance que se desprende de la doctrina y jurisprudencia citados”.

lunes, 18 de abril de 2016

"El General Eduardo Lonardi y la Revolución Libertadora", de Julio Horacio Rubé

Por Rosendo Fraga


El autor es un reconocido historiador que ha actuado tanto en la investigación como en la docencia. En mi opinión, su libro sobre el Plan de Pacificación del General Lonardi en el derrocamiento de Perón entra en el género de lo que puede llamarse el personaje y su tiempo, al analizarse la interacción entre un hombre y la época en la que actúa.
Si bien la historia es inagotable en cuanto a que siempre pueden surgir nuevos elementos para reinterpretarla o conocerla mejor -razón por la cual nunca puede decirse que una obra agotó un tema-, sí puede afirmarse que este libro de Rubé es lo más completo que se ha escrito sobre esta temática.
Habiendo realizado una minuciosa tarea de investigación, no sólo revisando todo lo escrito y publicado sino también tomando numerosos testimonios de sus protagonistas o familiares directos, se ha logrado un libro muy completo y fundamentado, sin que por ello pierda amenidad el relato, que lo hace accesible al lector común interesado por la historia de divulgación.
Hay pasajes muy interesantes como en el primer capítulo, en el cual relata el incidente que en los años treinta involucra a Perón y Lonardi en la Agregaduría Militar en Chile, donde el segundo es expulsado al ser descubierto en una operación de espionaje que había iniciado el primero. Para algunos este fue el origen del enfrentamiento entre ambos, que después potencia y proyecta la diferencia política que los alcanza en los años cuarenta.
El libro muestra como Lonardi, un hombre ideológicamente afín a lo que suele denominarse nacionalismo católico, asume una posición crítica y rápidamente opositora al peronismo desde sus inicios, cuando todavía esta corriente político-ideológica tenía un apoyo mayoritario, y se intensifica con la ruptura de Perón con la Iglesia en 1954 (llegará a su máximo nivel el año siguiente, con la quema de las Iglesias en la ciudad de Buenos Aires). 
 
Tras detallar el rol de Lonardi en la conducción del movimiento revolucionario que derroca a Perón en septiembre de 1955, el autor se centra en el núcleo de su trabajo, el llamado Plan de Pacificación con el cual Lonardi pensaba restablecer la paz interior y la concordia política, integrando al peronismo y los sindicatos que habían sido el sustento más importante de Perón.
El autor muestra cómo esta idea política central no es una improvisación frente a las circunstancias, sino una idea política meditada y madurada por Lonardi. Los dos meses que dura su breve gobierno de facto lo muestran moviéndose con un objetivo político claro en este sentido.
Rubé, con acierto y precisión de historiador, logra recrear la época y sus fuertes conflictos y odios políticos, sin lo cual resulta incomprensible entender en su verdadera dimensión los fenómenos políticos del pasado. 
En mi opinión, quizás el error de Lonardi fue no advertir que su altura moral no era la del común y, en consecuencia, no pudo entender los resentimientos, egoísmos, rencores y pequeñeces de los seres humanos, que la política y el poder suelen potenciar y no atenuar.
Pienso que el plan de Lonardi tenía fuertes puntos de contacto con el de Urquiza un siglo antes. Pero éste, mejor conocedor de la esencia del alma humana, supo conducirse con más habilidad y, tras generar sanciones muy circunscriptas sobre miembros del régimen rosista, incorpora a sus personajes y estructuras más relevantes y plasma en el Acuerdo de San Nicolás, la conciliación con los gobernadores de Rosas que al año siguiente permite la sanción de la Constitución Nacional.
Con gran equilibrio, Rubé explica las diferentes corrientes internas que existen en esos momentos en el movimiento revolucionario, del cual, como precisa, el General Aramburu -que sucede a Lonardi en la Presidencia a consecuencia de una suerte de golpe dentro del régimen de facto- no era la vertiente más extrema.
La lectura de este libro permite comprender que las corrientes dentro de las Fuerzas Armadas en realidad eran tres: la de Lonardi, que proponía integrar al peronismo; la de Aramburu, que quería hacerlo en forma limitada y condicionada a través de lo que después fueron expresiones neoperonistas; y la sustentada por la Marina, que proponía excluir al peronismo de toda expresión y participación política.
Como sucedió en otros acontecimientos político-militares de la época, la división dentro del Ejército termina haciendo que finalmente se imponga en las elecciones de 1958 el proyecto de la Marina, que actúa como una Fuerza cohesionada.
Rubé reconoce que en realidad Aramburu termina encarnando, entre 1968 y 1970, el proyecto original de Lonardi cuando emprende negociaciones con el peronismo, que llegan incluso más allá del Plan de Pacificación de su predecesor al incluir el diálogo con el propio Perón, que en trece años ha pasado de ser un líder exilado sin capacidad de conducción efectiva a transformarse en la figura política más importante. 
 
Se trata de un libro de historia, pero que induce un mensaje hacia el presente, al mostrar cómo desechar los caminos de pacificación, optando por los del conflicto, no conducen al país hacia el mejor de los futuros posibles.

martes, 12 de abril de 2016

UNA AFRENTA A JUAN MANUEL DE ROSAS

Pacho O´Donnell

Hay un proyecto en la Legislatura capitalina de modificar el nombre de Juan Manuel de Rosas impuesto a una estación de subtes por el de “Juan Manuel de Rosas/ Villa Urquiza”. Se trata, claro está, de una afrenta a la memoria del Restaurador. Una más. Como si el paso de más de un siglo y medio de nuestra historia no hubiera sido suficiente para paliar el odio contra quien propuso una organización nacional antagónica a la liberal finalmente triunfante por las armas.
Lo que no puede discutírsele a Rosas es que él fue el formador del estado argentino. Tanto fue así que es durante su gobierno que comienza a hablarse de “República Argentina”. Y estos procesos históricos, a nivel mundial, han sido inevitablemente violentos y crueles. Para crear estado (“state-making”) siempre y en todas partes fue necesario arrasar con la autonomía de entidades feudales, de ciudades, de órdenes religiosas o, simplemente, de otras organizaciones políticas de base territorial que perdieron guerras con los “centros” que acabaron por imponer su dominio integrador en unidades mayores. 
Los Estados Unidos de Norteamérica solo logrará su constitución como estado luego de la sangrienta Guerra Civil.
Durante su gobierno las elites europeizadas del puerto, en parte emigrados a la Banda Oriental, no toleraban que a raíz del bloqueo de la armada francesa a Buenos Aires en 1838 estuviera en guerra nada menos que contra “su” Francia y que las calles porteñas ya no fueran testigo de sus paseos y de sus apasionadas discusiones sino que ahora las transitaban los plebeyos, los bárbaros mal entrazados, de apellidos sin relieve ni historia, de barbas desprolijas y vestimentas no “a la page”.
Unitarios y “cismáticos”  llevaron su oposición a Rosas hasta extremos inconcebibles: “Los que cometieron aquel delito de leso americanismo” –confesará años después uno de ellos, con su habitual franqueza, Domingo Sarmiento-, “los que se echaron en brazos de la Francia para salvar la civilización europea, sus instituciones, hábitos e ideas en las orillas del Plata fueron los jóvenes; en una palabra, ¡fuimos nosotros!”. Está claro: de lo que se trataba era de salvar, en Argentina, “la civilización europea”  y no la soberanía nacional.
Nuestra historia oficial nunca logró digerir la cláusula tercera del testamento del general don José de San Martín: “El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la independencia de la América del Sur le será entregado al general de la república Argentina don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”. Es que San Martín, como militar de alma que era, aborrecía el desorden y la indisciplina. Estaba seguro de que la anarquía en que se había sumido su patria terminaría por derrumbarla y hacer fracasar la lucha por su independencia, en la que él había invertido tantos esfuerzos y sacrificios. Una de las últimas cartas que escribe el Libertador tres meses antes de su muerte, con letra dificultosa, fue justamente a Juan Manuel de Rosas: “(...) como argentino me llena de un verdadero orgullo, el ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor establecido en nuestra querida  Patria, y todos estos progresos efectuados en medio de circunstancias tan difíciles en que pocos estados se habrán hallado”.
 Las potencias europeas necesitaban buenos pretextos para la “intervención” rioplatense. Por ejemplo  algún documento que impusiera mundialmente una imagen sanguinaria de Rosas. Florencio Varela encargó  su confección al antes fanático rosista José Rivera Indarte. Según esas imaginativas “Tablas de sangre” los procedimientos para matar eran escalofriantes: “las cabezas de las víctimas son puestas en el mercado público adornadas con cintas celestes”, los degüellos se hacían “con sierras de carpintero desafiladas”. También se “revela” que Manuelita “ha presentado en un plato a sus convidados, como manjar delicioso, las orejas saladas de un prisionero”. También Rosas “ha ido hasta el lecho en que yacía moribundo su padre a insultarlo”. Y como si todo esto no fuera suficiente: “Es culpable de torpe y escandaloso incesto con su hija Manuelita a quien ha corrompido”.
Es ese el catecismo que siguen recitando quienes se niegan a aceptar que, con sus claroscuros, Rosas es una figura fundamental en nuestra historia y por lo tanto merece el debate y no la denostación.

Luego de rechazar la invasión de las armadas de las mayores potencias de su época, Gran Bretaña y Francia,  Rosas tenía en 1848 una preocupación y una obsesión: el expansionismo del imperio del Brasil, por cuya hostilidad habíamos perdido el Paraguay y el Uruguay.  Tampoco olvidaba su colaboración con los invasores europeos, que fuera enfatizada por el primer ministro británico Peel cuando confesó que “en 1844 el gobierno brasilero pidió un esfuerzo por parte de Inglaterra y de Francia para intervenir”.
Pero entonces, insólitamente, se producirá la defección del jefe del ejército argentino, Justo José de Urquiza, quien buscará una alianza con el país en beligerancia con su patria. Nuestra historia oficial argumentará que el entrerriano lo hizo para defenestrar al tirano y dictar una constitución y que ello justificaba cualquier pacto con el diablo. Sin embargo uno de sus secretarios privados, Nicanor Molinas, lo explicará años después y sin ánimo de crítica, por móviles económicos: “Al pronunciamiento se fue porque Rosas no permitía el comercio del oro por Entre Ríos”. También el brasileño Duarte da Ponte Ribeiro, delegado ante la Confederación, escribe en el mismo sentido a su primer Ministro Paulino el 23 de octubre de 1850: “Urquiza no solamente es el gobernador (de Entre Ríos) sino también el primer negociante de su provincia y las negativas de Rosas lo perjudicaban enormemente como negociante”.
En los fogones de la pampa bonaerense se cantaría:
“¡Al arma, argentinos, cartucho al cañón!
Que el Brasil regenta
la negra traición.
Por la callejuela,
Por el callejón, que a Urquiza compraron
por un patacón.
¡El sable a la mano
al brazo el fusil,
sangre quiere Urquiza,
balas el Brasil!”.

Es, insólitamente, el nombre de quien lo traicionara y lo venciera el que se desea unir al del Restaurador en la estación de subte. El mismo criterio estúpido y vengativo que erigió la estatua de Juan Lavalle en el solar de la familia Dorrego.


viernes, 8 de abril de 2016

9 DE JUNIO DE 1956, DÍA DE LA RESISTENCIA PERONISTA

Por Roberto BARDINI

En la noche del sábado 9 de junio de 1956, a nueve meses del derrocamiento del presidente constitucional Juan Domingo Perón por la autodenominada "Revolución Libertadora", militares y civiles peronistas intentan recuperar el poder por las armas. Los generales Juan José Valle y Raúl Tanco, junto con el teniente coronel Oscar Lorenzo Cogorno, encabezan una dispersa rebelión cívico-militar que tiene sus focos aislados en Buenos Aires, La Plata y Santa Rosa, capital de La Pampa.
El intento es abortado en unas cuantas horas y concluye en un baño de sangre.  No se conoce el número exacto de rebeldes que participan del levantamiento.  Se ha especulado que, como máximo, son quinientos hombres; es posible que no llegaran a los 200. Sí se sabe que les falta coordinación, actúan en forma dividida en las tres ciudades y carecen de armas pesadas. También se sabe que sus planes han sido descubiertos desde semanas antes por el servicio de inteligencia militar, están infiltrados y, en síntesis, no tienen ninguna posibilidad de triunfar. El régimen de la Revolución Libertadora, sin embargo, los deja actuar para poder aplicarles una medida "ejemplificadora".  El domingo 10 de junio, a menos de veinticuatro horas del levantamiento peronista y cuando ya no existen focos de resistencia, el gobierno de facto encabezado por el general Pedro Eugenio Aramburu y el almirante Isaac Rojas lanza el decreto Nº 10.364, que impone la ley marcial. La pena de muerte debía hacerse efectiva a partir de entonces. Sin embargo, se aplica reatroactivamente a quienes se habían sublevado el sábado 9 y ya se han rendido y están prisioneros.
El artículo 18 de la Constitución Nacional vigente hasta ese momento aseguraba: "Queda abolida para siempre la pena de muerte por motivos políticos". No obstante, con una velocidad sorprendente el régimen de la Revolución Libertadora ordena que en menos de 72 horas se efectúen 28 fusilamientos de militares y civiles en seis lugares distintos. Los pelotones de ejecución gastan más cartuchos que los que alcanzaron a disparar los rebeldes condenados.
Valle se hallaba oculto en el barrio de San Telmo. El general podría haberse asilado en una embajada pero al atardecer del 12 de junio decide entregarse para poner fin a la matanza. A pesar de que ha encabezado el levantamiento antes de la instauración de la pena de muerte, lo fusilan a las diez de la noche.  Aramburu, un católico a ultranza, no tuvo la más mínima piedad cristiana con sus camaradas de armas alzados. Se dice que lloró al firmar -junto a Rojas y otros tres militares de alta graduación- la pena de muerte de Valle, quien había sido su compañero en el Colegio Militar. No obstante, cuando la desesperada esposa del oficial condenado a morir fue a la residencia de Olivos a suplicarle que lo perdonara, le informaron que el presidente de facto no la podía recibir porque se encontraba descansando.

 Vencedores y vencidos
La "Revolución Libertadora" del 16 de septiembre de 1955 se dedica a desmontar la maquinaria justicialista y a borrar todo lo que recuerde al gobierno derrocado. El Partido Peronista es disuelto. El ejército interviene la Confederación General del Trabajo y designa como responsable al capitán de navío Alberto Patrón Lapacette. Más de cien mil dirigentes obreros son destituidos. Grupos civiles, entre los que se encuentran conservadores, radicales y comunistas, asaltan sindicatos. Se desata la cacería: funcionarios, dirigentes políticos, empleados públicos, gremialistas, militantes y simples simpatizantes son perseguidos y encarcelados; aumentan las denuncias sobre torturas brutales.
El 5 de marzo de 1956, el decreto 4161 decide que "en su existencia política, el Partido Peronista ofende el sentimiento democrático del pueblo argentino". La medida prohíbe en todo el país "la utilización de la fotografía, retrato o escultura de los funcionarios peronistas o de sus parientes, el escudo y la bandera peronista, el nombre propio del presidente depuesto, el de sus parientes, las expresiones peronismo, peronista, justicialismo, justicialista, tercera posición". La prohibición se extiende a "las fechas exaltadas por el régimen depuesto, las marchas Los muchachos peronistas y Evita capitana, los discursos del presidente depuesto y su esposa".
El nuevo régimen castiga con cárcel el hecho de nombrar a Juan Domingo Perón y a María Eva Duarte, y de exhibir los símbolos partidarios "creados y por crearse". Durante años, el periodismo escrito y radial se referirá al general derrocado como "el dictador depuesto" y "el tirano prófugo".
Se destruyen monumentos y se queman libros escolares. La Ciudad Infantil Evita es arrasada y se clausura la Fundación de Ayuda Social Eva Perón. El militar que asume como interventor elabora un informe en el que menciona el derroche peronista que significaba darles de comer carne y pescado todos los días a los chicos y, además, bañarlos y ponerles agua de colonia. El interventor contrata una cuadrilla para romper a martillazos toda la vajilla con el sello de la institución.
Se crean 50 comisiones investigadoras. Al contrario de las normas del derecho, no son los acusadores quienes tienen que probar el delito sino los acusados quienes deben demostrar su inocencia.
Durante el mandato de Aramburu y Rojas se acusa a Perón de 121 delitos, se le inicia un juicio por "traición a la patria" y se le prohíbe el uso del grado militar y el uniforme. En las Fuerzas Armadas, comienza una depuración que continuará durante varios años.
El cadáver de Evita, que aguardaba en el segundo piso de la CGT, en Azopardo al 800, la construcción de un mausoleo, es vejado por un grupo de militares, escondido en diversos lugares y, finalmente, sacado furtivamente fuera del país.
El motivo: evitar que su sepultura se convierta en un lugar de peregrinación peronista. Los profanadores mantendrán el cuerpo oculto en Europa durante 16 años. Durante esos largos años, ella también fue una desaparecida, una tumba sin nombre, una N.N.
Favores que matan
Entre 1952 y 1955, el general Juan José Valle había sido profesor en la Escuela Superior de Guerra y en sus clases explicaba a los alumnos la noción de "pueblo en armas", tomada del militar alemán Colmar von der Goltz. En junio de 1986, en una entrevista con un periódico, su hija Susana lo describió así: "Papá era de los pocos militares no nazis. Su formación era otra, en donde la izquierda no asustaba. Estudió en La Sorbona, vio de cerca el fascismo en Italia y lo rechazó sin miramientos. Era un hombre que rara vez se vestía de uniforme, no tenía custodia, ni coche propio, ni chofer, ni miedo (...). Prefería hablar con los sectores civiles del peronismo, con los trabajadores, con el pueblo, que reunirse con los militares".  En las postrimerías del gobierno peronista, cuando Valle era miembro de la Junta de Calificaciones del Ejército -en virtud de que su alto puntaje lo ubicaba como el primero de su promoción- había favorecido con el ascenso a general a su amigo Aramburu, que era uno de los últimos de esa camada. Fue entonces cuando Perón le dijo: "Este hombre le va a pagar muy mal. Estos favores siempre se pagan caros".
Luego del triunfo de los militares subversivos, Valle fue encarcelado en el buque Washington de la marina de guerra. Ahí comienza a pensar en la posibilidad de una rebelión en la que participen militares, gremialistas y sectores del pueblo, y lo comenta con algunos camaradas de armas detenidos. Algunos se suman a la idea; otros, desmoralizados por el confinamiento, se apartan del oficial.
Después, el régimen de la Revolución Libertadora le impone un arresto domiciliario y lo envía a 60 kilómetros de la Capital Federal. Susana, su única hija, relata: "Se va a la casa de mi abuela materna, con guardián en la puerta. Pero se les escapa. Nos escapamos todos. Mamá y yo por delante, porque no estábamos detenidas, y mientras hacemos esto papá escapa por la puerta de atrás, y se declara prófugo".
A partir de entonces -recuerda Susana- los tres deambulan de casa en casa, duermen y comen gracias a la solidaridad que les abre las puertas de algunos hogares, viven en villas miseria. El militar fugitivo se reúne clandestinamente con camaradas peronistas más jóvenes, como los coroneles Cortines e Irigoyen y el teniente coronel Cogorno. También entra en contacto con dirigentes sindicales como Andrés Framini y Armando Cabo.
"Ellos lo fusilaron, yo me lo llevé en el corazón"
En junio de 1956, Susana es una adolescente de 17 años. Esa noche, le permiten ver a su padre durante unos instantes en el patio gris de la Penitenciaría Nacional.
Mientras ella llora, lo ve llegar erguido, "entero y sonriente", rodeado por un grupo de Infantería de Marina que lleva puestos cascos de acero y porta ametralladoras.
Los soldados parecen más asustados que el oficial que va a morir en veinte minutos más.
Las autoridades los dejan conversar unos minutos en una sala fría, custodiados por los infantes armados. El general se sienta en una silla y ella se coloca en sus rodillas. En un cuarto contiguo, un enfermero militar tiene preparados dos chalecos de fuerza por si el padre y la hija sufren un choque emocional. Ellos no dan muestras de ningún quebranto, pero algunos de los jóvenes custodios están a punto de desmayarse y otros deben ser retirados de la sala, víctimas de crisis nerviosas.
Valle le explica a Susana por qué decidió no asilarse en una embajada y entregarse:
"¿Cómo podría mirar con honor a la cara de las esposas y madres de mis soldados asesinados? Yo no soy un revolucionario de café". Antes de enfrentar el pelotón, el oficial tiene varios gestos. Renuncia al Ejército, pide ser fusilado de civil y rechaza al confesor que le han asignado, Iñaki de Aspiazu, por ser capellán militar. En su lugar, solicita la presencia de monseñor Devoto, el popular obispo de Goya.
Cuando Devoto llega, comienza a sollozar emocionado. Valle bromea: "Ustedes son todos unos macaneadores. ¿No están proclamando que la otra vida es mejor?". Y a su hija, que tiene las mejillas llenas de lágrimas, le dice: "Si vas a llorar, andate, porque esto no es tan grave como vos suponés; vos te vas a quedar en este mundo y yo ya no tengo más problemas".
Mucho tiempo más tarde, Susana recordará otros detalles. Estaba sentada en las rodillas del general, con sus manos entrelazadas y, a pesar de que ella no fumaba en su presencia, su padre le pidió un cigarrillo. "También recuerdo la temperatura de sus manos: no era ni fría ni caliente; estaba absolutamente normal. Papá estaba convencido de lo que iba a hacer".
Un oficial dijo: "Ya es hora". Valle se quitó el anillo que llevaba y lo colocó amorosamente en manos de la muchacha. También le entregó algunas cartas: una dirigida a Aramburu, otra para "el pueblo argentino" y otra "para abuela, mamá y para mí". Le dio un abrazo, la besó y, aún más tranquilo que antes, se fue a paso firme por un largo pasillo después de hacer un despreocupado ademán de despedida. Sus custodios, en cambio, marchaban en forma vacilante, con las rodillas a punto de doblarse.
"Uno de los soldaditos salió de la fila y se me prendió llorando: «Te juro que yo no lo mato». A ese chico lo tuvieron que retirar con un ataque de nervios", relata Susana. "Después, me fui. Ellos lo fusilaron, yo me lo llevé en el corazón".
Al día siguiente, un lacónico comunicado oficial informó: "Fue ejecutado el ex general Juan José Valle, cabecilla del movimiento terrorista sofocado".
"Se acabó la leche de la clemencia"
En uno de los párrafos de la carta dirigida a Aramburu, Valle expresa:
Declaro que el grupo de marinos y militares, movidos por ustedes mismos, son los únicos responsables de lo acaecido. Para liquidar opositores les pareció digno inducirnos al levantamiento y sacrificarnos luego fríamente. Nos faltó astucia o perversidad para adivinar la treta. Así se explica que nos esperaran en los cuarteles, apuntándonos con las ametralladoras, que avanzaran los tanques de ustedes aun antes de estallar el movimiento, que capitanearan tropas de represión algunos oficiales comprometidos en nuestra revolución. Con fusilarme a mí bastaba. Pero no, han querido ustedes escarmentar al pueblo, cobrarse la impopularidad confesada por el mismo Rojas, vengarse de los sabotajes, cubrir el fracaso de las investigaciones, desvirtuadas al día siguiente en solicitadas de los diarios y desahogar una vez más su odio al pueblo. De aquí esta incontenible ola de asesinatos.
Más adelante, el oficial condenado al paredón agrega:
Conservo toda mi serenidad ante la muerte. Nuestro fracaso material es un gran triunfo moral. Nuestro levantamiento es una expresión más de la indignación incontenible de la inmensa mayoría del pueblo argentino esclavizado. Dirán de nuestro movimiento que era totalitario o comunista y que programábamos matanzas en masa. Mienten. Nuestra proclama radial comenzó por exigir respeto a las instituciones y templos y personas. En las guarniciones tomadas no sacrificamos a un solo hombre de ustedes.
El 21 de junio, el ministro consejero de la embajada de Estados Unidos, Garret G. Ackerson, envía un despacho confidencial a Washington en el que destaca: "Al principio el Presidente describió la revuelta como peronista y neoperonista, pero luego él y otros miembros del gobierno insistieron en su naturaleza esencialmente comunista y expresaron la convicción de que sus líneas de conducta apuntaban al Comunismo Internacional. (...) Las ejecuciones por rebelión han sido muy pocas en la historia argentina. Se había convertido en una especie de tradición no ser fusilado a sangre fría por participar en movimientos revolucionarios".
En esos días, el socialista de derecha Américo Ghioldi afirma eufórico en las páginas del periódico La Vanguardia: "Se acabó la leche de la clemencia". El político, apodado popularmente Norteamérico, también es autor de otra frase elocuente: "La letra con sangre entra". A partir de entonces, los peronistas rebautizan al régimen militar subversivo de septiembre de 1955 como la "Revolución Fusiladora".
"El gobierno de la Revolución Libertadora había esperado que el intento militar se realizara para provocar un mayúsculo escarmiento", escribe Ernesto Salas en La resistencia peronista: la toma del frigorífico Lisandro de la Torre. "En un país donde no existía la pena de muerte y los fusilamientos por motivos políticos parecían cosa del pasado, donde la permanente agitación golpista no había cobrado consecuencias graves en los cabecillas militares, las reglas del juego fueron súbitamente dejadas de lado. La misma noche de la conspiración varios militares y civiles fueron pasados por las armas; algunos luego de juicios sumarios, otros ametrallados por la espalda en los basurales de José León Suárez. La orden de fusilamiento partía de un decreto que no podía ser aplicable a los prisioneros, ya que se había dictado con posterioridad a su detención. El general Valle fue fusilado unos días después, pese a los pedidos de perdón lanzados por distintos sectores, contra los muros de la antigua prisión de la calle Las Heras. Lo que constituía un horroroso crimen, falto de antecedentes, no impidió que una parte de la sociedad argentina y la mayoría de los partidos políticos, siguieran rindiendo homenaje a las obras de la Revolución Libertadora".
Pero la historia tiene sus vueltas. Cuando 18 años más tarde, en junio de 1970, Susana se enteró de la muerte de Aramburu a manos del Comando Juan José Valle, de los Montoneros, según declaró al semanario La causa peronista el 20 de agosto de 1974 sintió que "sólo la cirugía estética le podría borrar de su cara la alegría".