Rosas

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domingo, 31 de enero de 2016

Todo es historia

Mario Rapoport

En un libro de lectura indispensable para nuestros intelectuales, incluidos los historiadores, Gustav Flaubert recorre irónicamente, a través de dos personajes inolvidables, Bouvard e Pécuchet, dos ignorantes que reciben una herencia y pretenden transformarse en sabios, los límites de la historia. “Un profesor al que van a ver para que les brinde sus conocimientos les confiesa que estaba desconcertado en cuanto a historia. –cambia todos los días, ¡se ataca a Belisario, a Guillermo Tell y hasta al Cid, convertido, merced a los últimos descubrimientos, en un simple bandido–. Es de desear que no se hagan más descubrimientos y el mismo Instituto debería establecer una especie de canon que prescribiera lo que hay que creer... La mayor parte de los historiadores trabajaron para servir a una causa especial, una religión, un nación, un partido, un sistema o para reprender a los reyes, aconsejar al pueblo u ofrecer ejemplos morales. Los otros, los que sólo pretenden narrar, no valen más, pues no puede decirse todo, siempre hay que elegir. Pero en la selección de documentos no podrá dejar de actuar un cierto criterio y como este varía según las condiciones del escritor, la historia nunca será fijada.”
La historia, sin embargo, puede servir para ilustrar sobre nuestro pasado y poner mejor los pies sobre el presente, siempre que se tengan en cuenta algunos de sus principios epistemológicos. Y voy a hacer referencia aquí más explícitamente a la historia económica y social, porque los hombres que la protagonizan o protagonizaron están inmersos en ella, en el contexto en que viven o vivieron. Al igual que aquellos que la pretenden estudiar.
“El historiador es prisionero de su tiempo” dijo René Girault, uno de los principales historiadores europeos. Las preguntas que nos hacemos tienen que ver con nuestra propia vida personal, con la problemática de la sociedad en la que estamos inmersos. No es casual que en nuestras interrogaciones de hoy día miremos al pasado para preguntarnos sobre la naturaleza de las crisis económicas o sobre las distintas formas de dominación imperial o de dependencia económica, procurando extraer de ese pasado algunas lecciones, o al menos señales, para poder guiarnos mejor en los laberintos del presente. Las tendencias historiográficas no son neutras, responden a las ideologías y a las presiones de la época. La exaltación de la globalización, el pretendido triunfo del neoliberalismo, llevó a muchos a soñar que éramos de nuevo una especie de colonia informal próspera del mundo civilizado, como alguna vez lo habíamos sido, y a creer que nuestro destino manifiesto era el de ser un foco cultural y material europeo (ahora americanizado) en medio de la barbarie de nuestro continente.
Esto se reflejó en numerosos libros y artículos donde se glorificaba la época del modelo agroexportador y del conservadurismo preindustrial y prepopulista. En ese marco se inscribieron las llamadas teorías “de la decadencia nacional” y del “realismo periférico”, no por casualidad basadas en el análisis histórico. Así quisieron convencernos de que la Argentina se hundió cuando pretendió transformarse en una sociedad industrializada, cuando sectores medios y bajos lograron acceder a derechos políticos y sociales que antes se les habían negado (a través del populismo yrigoyenista o peronista) o cuando algunos gobiernos trataron de tener posiciones más autónomas y dignas en el escenario internacional.
Todo lo que suponía la defensa de intereses nacionales era atacado, bajo el supuesto de que ese había sido el pecado por el cual nos habían presuntamente excluido del mundo. La historia nos enseñaba, según estos corifeos, que tratar de imitar el camino de los poderosos era inútil y peligroso pero, sobre todo, no era funcional a las elites de poder internas, de cultura económica rentística y nada afectas a convertirse en empresarios innovadores ni a repartir los frutos del crecimiento.
Ahora, que hace pocos años vivimos la peor crisis de nuestra historia, nos damos cuenta de que no sólo nos habían vendido un presente falso sino también un pasado falso. La Argentina pudo haber tenido en algún momento un Producto Bruto Interno mayor que el de algunos países europeos, o pudo haberse parecido a Canadá o Australia, pero si esos países progresaron o crecieron mucho más que el nuestro fue porque hicieron lo que nosotros no hicimos: transformarse plenamente en sociedades modernas e industrializadas, con un más justo reparto de los ingresos, al menos hasta la actual crisis mundial.
En cambio, se creyó volver a la gloria de un supuesto pasado de país rico, que amparado en un sistema internacional favorable a los intereses agroexportadores exhibió un aceptable crecimiento pero a costa de crisis económicas y notorias desigualdades sociales. Así, nos terminaron por convertir en un país pobre para la mayoría de los ciudadanos, en un inédito “granero del mundo” que no pudo alimentar a todos sus habitantes y que pasó de ser un “niño mimado” de los organismos internacionales a un marginado de la comunidad mundial. Esto como resultado, en parte, del peligroso uso de la historia para explicar o justificar las políticas presentes.
Desde vertientes diferentes y en distinto grado, historiadores y analistas en el mundo y en la Argentina empezaron a plantearse hacia las décadas de 1930 y 1940, y no es casual porque coincide con la caída del imperio británico, la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial, formas diferentes de encarar la historia. Manifestaban, sobre todo, que la historia política y la historia económica y social estaban profundamente entrelazadas; que la sociedad tiene diversos niveles de análisis estructurales y supraestructurales (en los que interactúan el Estado y las clases sociales); que los factores internos y externos en un capitalismo globalizado se hallan cada vez más vinculados y aparecen nuevos actores no estatales con los que hay que negociar, como los organismos financieros internacionales; y que los tiempos históricos también juegan para explicar nuestra sociedad actual. Por ejemplo, que la coyuntura se explica no sólo por las circunstancias del momento sino por factores que vienen de lejos, de mediana o larga duración, como señala Braudel. Por último, que no pueden separarse los fenómenos políticos, económicos y sociales ni ignorarse los contextos históricos. Tampoco soslayar el rol decisivo de las personalidades o del azar.
Es posible y necesario, por la vastedad de los temas y conocimientos que se abordan, privilegiar algún aspecto: una biografía, un período determinado, una temática institucional, hasta una novela histórica, pero siempre articulando el conjunto de aspectos estructurales y coyunturales y teniendo en cuenta críticamente las principales corrientes de ideas que los explican.
Un ejemplo propio, el del endeudamiento externo, nos viene al caso. Qué duda cabe de que estamos hablando aquí de un aspecto fundamental de nuestra historia económica; que al mismo tiempo revela una manera dramática de vincularse con el mundo, o sea que forma parte de la historia de nuestras relaciones internacionales. Pero también tuvo que ver con decisiones de nuestros gobernantes y corresponde a la historia política, mientras que sus efectos negativos sobre nuestra sociedad lo hacen objeto de estudio de nuestra historia social. No se discute tampoco el rol que tuvo el Estado, en sus distintas instancias, ni la presión de intereses económicos y políticos de turno internos y externos. Hubo así responsables y corresponsables de ese endeudamiento.
Existieron, por otro lado, coyunturas decisivas. La primera de ellas estuvo vinculada al Golpe de Estado militar de marzo de 1976, que se planteó arrasar con las estructuras productivas y políticas existentes y construir otro tipo de país con predominio de los sectores financieros, mientras se violaban groseramente todos los derechos humanos y las libertades públicas. Y personajes nefastos que implementaron esas políticas y arrastraban sus propias historias de vida y de los sectores sociales a los que pertenecían. La “perversa deuda externa”, como se la llegó a llamar, surgió del interés de economistas neoliberales que creían en la “magia” de las finanzas para engrosar sus fortunas personales, dañando el funcionamiento del aparato productivo y comprometiendo a generaciones presentes y futuras.
Una segunda coyuntura fue la conjunción de la hiperinflación del ’89, el predominio ideológico del Consenso de Washington y la caída del Muro de Berlín. Aquí, otro gobierno, vestido con un ropaje populista del que se desembarazó rápidamente mostrando seductores contornos neoliberales, aprovechó a fondo la incertidumbre de nuestra sociedad para completar el trabajo de los militares. El endeudamiento tuvo el agravante ahora de que fue acompañado de una trasnochada convertibilidad, una irresponsable venta de nuestros activos públicos y una política exterior vergonzosa, basada en presuntas “relaciones carnales” que se revelaron inocuas a la hora en que la Argentina entró en la vorágine de la crisis.
juraban que millones de argentinos “economizarían hasta sobre su hambre y su sed” para responder a los compromisos externos de la deuda pública; si por algo desde más lejos aún nos resuenan los ecos del inútil empréstito Baring de 1824, que terminó de pagarse casi un siglo más tarde. ¿Cuánto del despilfarro y de la corrupción que vivimos recientemente estaba inscripto así en esas etapas de nuestra vida pública?    Sin embargo, no todo se explica por las coyunturas. El largo plazo también juega. Por algo se intentó volver a revalorizar el modelo agroexportador que se había basado también, en gran medida, en el endeudamiento externo. Si hasta hubo presidentes que, hacia fines del siglo XIX, frente a las primeras crisis financieras de magnitud, Un filósofo, Edgard Morin, señala: “A fenómenos simples les corresponde una teoría simple; pero no se debe aplicar una teoría simple a fenómenos complicados, ambiguos, inciertos, porque haríamos una simplificación... hay que tener en cuenta que lo simple excluye a lo complicado, a lo incierto, a lo ambiguo, a lo contradictorio”. Esto vale para el análisis histórico.
En todo caso, es necesario poder realizar múltiples lecturas de ese complejo pasado, que no tiene dueño. Todos quieren construir una historia oficial y utilizan para ello el poder del conocimiento, que es un poder como los otros; como el poder político o el económico. Lo que importa es que el saber histórico no es neutro, ni para los que lo escriben ni para los que lo leen. La política se cimenta en él. La historia de cada nación fue construida con ese fin

La camiseta de la memoria (Fusilados de José León Suárez)

Por Nicolás Diana
El 3 de mayo de 1808, en Madrid, las tropas francesas de Napoleón fusilan a los españoles sublevados ante la ocupación de su territorio.


Con ambas manos al cielo, la víctima expone su pecho fuerte bajo su camisa blanca, que pronto, cuando el verdugo lo decida, se teñirá de rojo. Un desgraciado tapa sus ojos por no ver, y sus oídos para atenuar el trueno del fusil, el ruido a muerte. Esconde lo que le queda, que no es mucho, para no ver el sangriento hecho en las montañas del Pío. Pronto, el apuntado caerá junto al resto de los asesinados.
Desde una ventana, se supone, el artista lo observa todo y proyecta su próxima obra. En 1814 conoce el mundo el óleo sobre lienzo, que el pintor español Francisco de Goya titula “Los fusilamientos del 3 de mayo”.
La misma es una de las más importantes y reconocidas de la historia del arte, y ha sido inspiración de numerosos pintores. En el año 1989, en Argentina, el artista plástico Ricardo “Mono” Cohen, más conocido como Rocambole, ilustra la tapa de “Bang Bang Bang… estás liquidado” , tercer disco de estudio de “Patricio rey y sus redonditos de ricota”. En ella se ve la escena de Goya, con una sustancial modificación. Esta vez, los fusileros visten el ropaje de la Cruz Roja. Idea que acompaña a la intención de la última canción del disco “Nuestro amo juega al esclavo”, en la que el “Indio” Solari expresa una fuerte contraposición a las ideas imperialistas y sus procedimientos engañosos y perversos. La Cruz Roja en este caso, viene a ser quien tiene la apariencia de un rescatador, pero que acaba por fusilarte.
Aquella imagen, la de Francisco Goya, fue usada en la portada del libro “Operación Masacre”, publicado en 1957, y adelantándose 9 años a la edición de “A sangre fría”, el exitoso título de Truman Capote, al que muchos señalan el precursor de una literatura policial periodística basada en hechos reales. Rodolfo Walsh, periodista, escritor, y militante político argentino, escribió esta novela basado en sus propias investigaciones. El destino del autor de esta obra culminó con una forzada desaparición el 25 de marzo de 1977 luego de publicar un día antes, la “Carta abierta de un escritor a las juntas militares argentinas”. Integra la lista de desaparecidos de la última dictadura cívico-militar de nuestro país.
“Operación masacre” es una novela. Pero también es un trabajo de investigación, que expone un crimen real, y se realizó a los pocos meses de sucedido el hecho.
En Junio de 1956, los generales Tanco y Valle se sublevaron contra el ejército de facto de Aramburu, quién destituyó a Juan Domingo Perón en 1955 bajo el lema de “Revolución Libertadora”. El levantamiento fue reprimido brutal e ilegalmente y no prosperó.
La madrugada del 10 de Junio de 1956, en un basural de José León Suárez, son fusilados 12 hombres, de los cuales, con el tiempo se confirman 5 muertos y 7 sobrevivientes. Eran un grupo de civiles, algunos militantes peronistas relacionados vagamente con la conspiración, otros ajenos por completo. Se los detuvo en una casa de Florida por la Policía Bonaerense, tras llevar a cabo un allanamiento que intentaba dar con el general Tanco.
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Cuando Rodolfo Walsh se entera que hay sobrevivientes comienza una investigación que incluye la búsqueda de los mismos, investigaciones y documentos originales sobre la detención y el procedimiento realizado. El libro, fue reeditado en varias ocasiones, a medida que se conseguían nuevos datos y conclusiones del autor. El hecho fue real, resultó mitificado. Se esclareció sin conseguir aval en la justicia civil. Las páginas exponen todo tipo de atropello a los métodos legales de detención. Ejecuciones clandestinas, y alteración de documentos y registros con el fin de brindar impunidad al crimen.
La intención de hacer eco a esta historia, nace de la cabeza de Ezequiel Rodríguez, dirigente de Central Ballester que se encargó de crear un diseño que imprima en la tela una imagen que es patrimonio cultural y social del barrio.
Una idea que no hace más que ser un pleno a la memoria, un gran guiño a la historia del barrio en el que hoy reside el “canalla”, donde está construyendo su nuevo estadio y donde finalmente parece estar bien cómodo y asentado, y una excelente muestra de ingenio y creatividad. Claro que todo esto fue posible gracias al incansable trabajo que el “Zeque” le dedica a su querido “canalla”, y al resto de la comisión directiva aportando sudor para llevar a cabo serias tareas de resurgimiento de un club que tiene un valor cultural y sentimental muy importante.
Una alegría para todos los que creemos que el fútbol es fútbol. Pero también, que es un espejo donde vernos, un pasado donde buscarnos, un presente donde vivir, y un futuro para armar.


Antonino Reyes (1813-1897)


Por el Profesor Jbismarck
Nació en Buenos Aires en 1813.  Empleado en la Inspección de Campaña acompañó a Juan Manuel de Rosas en su famosa expedición al desierto, figurando como “ciudadano” en la Plana Mayor de la “División Izquierda”.   Posteriormente estuvo  bajo el mando del Dr. Manuel Vicente Maza y seguidamente con los después coroneles Garretón y Pedro Rosas y Belgrano.  
Se cree que fue el escribiente de la “Carta de la Hacienda de Figueroa”, dirigida al Brigadier General Juan Facundo Quiroga y que resumía las ideas del Restaurador respecto de la organización política de país.    En mayo de 1836 fue incorporado a la Secretaría de S. E. el Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, revistando en la Plana Mayor de Edecanes, en la que figuró hasta la batalla de Caseros.   
 El 16 de noviembre de 1838 le fue conferido el grado de sargento mayor de caballería de línea.  Desde 1840 fue Jefe de la Secretaría establecida en el campamento de Santos Lugares, pero conservando la calidad de edecán de Juan Manuel de Rosas; causa ésta por la cual el último se dirigía directamente a Reyes para dar órdenes, que éste las transmitía al Jefe del campamento, que era el general Agustín de Pinedo en su carácter de Inspector y Comandante General de Armas.   El 3 de marzo de 1840 fue nombrado Juez de Paz de San Fernando.  
 
Durante el gobierno de Rosas, el territorio de los Santos Lugares fue asiento de varias dependencias de su administración: el Cuartel General y Arsenal, que llegó a contar con 5.000 hombres, la cárcel de La Crujía, donde entre otros fueron fusilados Camila O´Gorman y el padre Uladislao Gutiérrez,  y la Secretaría General,  establecida en Santos Lugares desde 1840.; desde allí y de acuerdo a las circunstancias imperantes, salían para los distintos frentes de batalla que se libraban. Desde Santos Lugares partieron, por ejemplo, los ‘Patricios’ de Buenos Aires el 31 de octubre de 1845 con rumbo a Vuelta de Obligado, para defender la soberanía nacional contra los anglo-franceses.A Don Antonino Reyes, que poseía una chacra en Santos Lugares, fue, con el cargo de Sargento Mayor de Caballería, Jefe de la Secretaría y Despacho en el Cuartel General de Santos Lugares, con amplias facultades. Tanto es así que se señala en un escrito del 3-11-1843 que “en sus funciones representa a la persona misma de S. E. (el General Rosas) en su ausencia, en cuya virtud las órdenes que comunicase por disposición de S. E. deben ser tan respetadas y cumplidas como si S.E. las diera en persona o bajo su firma”.
 Reyes acompañó a Rosas en la noche del 2 de febrero, cuando personalmente revistó la ubicación de sus tropas.  Asistió a la traición de Caseros combatiendo con decisión, y pronunciada la derrota, debió retirarse del lugar de la batalla.  Fue Reyes el hombre en el cual Rosas depositó su mayor confianza, y aquél le mantuvo su lealtad hasta el último instante de su gobierno.
Tiene un breve exilio en Montevideo de donde regresa para tomar parte en la rebelión del coronel Hilario Lagos en diciembre de 1852.  Posteriormente fue detenido en Luján y procesado como “criminal famoso” por su actuación en Santos Lugares. Las innumerables irregularidades de forma y de fondo en el proceso concluyeron en su condena a muerte en mayo de 1854. Nada se encontraba en el sumario que autorizase la acusación y los procedimientos irregulares que se seguían; y sin embargo, en aquella época de “garantías y libertades” que reemplazaba la “tiranía” de Rosas, los miembros del gobierno, los jueces y otros funcionarios, acompañados por la prensa, querían a todo tranco infamar y fusilar a un hombre, sin encontrarle culpa. 
 
Un mes más tarde Reyes logra fugar de prisión auxiliado por varios oficiales y soldados de su custodia que habían sido subordinados suyos y conservaban de él el mejor recuerdo. Con su familia se expatrió definitivamente en Montevideo. En junio de 1855, la Cámara de Justicia de Buenos Aires absuelve a Reyes declarando su inocencia y desembargando sus bienes.
Falleció en Montevideo el 6 de febrero de 1897.
Fue un hombre honesto, patriota, fiel a sus convicciones y sobre todo leal.

Ramón S. Castillo (20-10-1873/ 12-10-1944)

Por Miguel Angel Scenna
Menudo, pequeño, de ademanes reposados y hablar pausado, cabellos blancos como nieve, Castillo tenía el aspecto del jurista y profesor que en verdad era. Típico provinciano, procedía de una antigua familia catamarqueña que vivía pobre y dignamente. De sus primeros años de estrechez económica y del ejemplo familiar, le quedó una austeridad de costumbres y una sobriedad personal que no habría de perder jamás.

Tras brillantes estudios de abogacía, inició una carrera forense que lo llevó de “meritorio” en los tribunales porteños a juez en varias localidades bonaerenses, juez de Comercio en la Capital Federal, vocal en la Cámara Apelaciones en lo Criminal y Correccional primero y luego en la Comercial, al tiempo que desarrollaba una fecunda labor docente de más de veinte años en las Universidades de Buenos Aires y La Plata, donde ganó el incondicional respeto de los alumnos por su calidad de hombre y maestro.  De esa etapa de su vida quedó el Tratado de Derecho Comercial, verdadero clásico en el tema, magníficamente escrito y elaborado.  Pasados los cincuenta años de edad, todo parecía indicar que culminaría su vida apaciblemente jubilado, rodeado de general consideración, en la penumbra del semianonimato.  Aunque conservador y adversario del radicalismo nunca se había metido en política militante y es posible que jamás pensara hacerlo. Pero sobrevino la revolución del treinta y a Uriburu le recomendaron este profesor y jurisconsulto de excelentes antecedentes, que indudablemente prestigiaría al movimiento. Y el general lo mandó de interventor a Tucumán.  Castillo tenía 57 años cuando inicia inapropiadamente, una carrera que lo llevaría a los más altos honores. Primero al Senado, donde cumplió una destacada actuación.  Después Justo lo llamó como ministro de Instrucción Pública, para luego entregarle la cartera de Interior, cuando llegó la hora de las fórmulas presidenciales, su prestigio y la fuerza de los conservadores lo llevaron a segundo término de la fórmula que encabezó el antipersonalista Roberto M. Ortiz.  Nunca se llevó bien con el presidente, Había un abismo ente ambos, que se ensanchó cuando Ortiz quiso reimplantar la “pureza del sufragio”.   Para Castillo, el regreso de los radicales implicaba un verdadero desastre nacional. Entonces, jugó la suerte a través de la salud de Ortiz, que debió delegar el mando en el vice. En ejercicio de la presidencia, Castillo mostró nuevas facetas de su carácter.  El aspecto reposado y los modales suaves escondían un carácter firme, duro, autoritario. La ruptura con Ortíz fue total e irreversible, pero el enfermo mandatario ya no habría de volver y Castillo quedó como titular de la primera magistratura. Conservador convencido Don Ramón jamás estuvo mezclado con los negociados que matizaron la Década Infame, ni fue abogado de empresas extranjeras, ni estuvo ligado al capital foráneo. Su honestidad era plena, cabal, limpia. Como su nacionalismo, esencial, robusto, inconmovible. Y por eso su gobierno fue francamente nacional. 
Mantuvo la neutralidad argentina contra todas las presiones, inició el proceso de nacionalizaciones, dio un vigoroso impulso a la Marina Mercante del Estado. Pero su apego al liberalismo en el que se había educado lo perdió políticamente.   No comprendió que su poder estaba manchado de ilegitimidad, puesto que no provenía del consenso popular sino de la imposición del fraude.  No alcanzó a ver el aparato político en que se sustentaba, la Concordancia, era más una ficción que una realidad, y que en último término. El arbitro de su poder era el Ejército.  Un Ejército que ya toleraría más faudes. Ese fue el error de Castillo. Cuandi quiso imponer sucesor por fraude el ejército lo desalojó del poder y asumió directamente el gobierno. Ya depuesto, fue tratado con una consideración y el respeto que, como persona merecía. Falleció en el silencio del retiro en 1944, a los 70 años de edad

sábado, 30 de enero de 2016

La Herida abierta: Nuestras Malvinas

Por José Luis Muñoz Azpiri (h)
A la memoria de Enrique Oliva (François Lepot)
El continente de América se llama así a propuesta de Juan Basin de Sandocourt, quien en 1507 editó la “Cosmograpiae introductio” creyendo que el Nuevo Mundo había sido descubierto por Américo Vespuccio. Hubo quienes sostuvieron que fue también descubridor de las Islas Malvinas, ya que en 1520 un mapa de Apiano presentó unas islas de enorme dimensión que podría considerarse una exagerada carta de aquellas. Ocurre que Vespuccio en 1502 había realizado un viaje por cuenta de Portugal, alejándose de la costa en las latitudes australes para no interferir en dominios concedidos a España. Podría ser que por esa razón avistara las islas que dibujó Apiano, aunque todo ello sólo fueron dudosas suposiciones.
Sostuvo Ratto que una nave que integraba la Armada de Armando de Magallanes, descubrió en 1520 las islas Malvinas cuando viajaba desde el Estrecho que conecta los dos océanos hacia el Cabo de Buena Esperanza y a la misma conclusión llegó de Gandía, aunque las versiones hayan diferido en el detalle.
Las bulas pontificias de Alejandro VI, Inter Coetera, Examinae devotionis y Dudum siquidem de 1493 y el Tratado de Tordesillas de 1494 habían otorgado a España el área donde están ubicadas esas islas. Precisamente en 1534 la corona española encargó a Simón de Alcazaba conquistar y poblar Nueva León en esas latitudes y en 1540 otorgó capitulación al segundo Adelantado del Río de la Plata, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, que se extendía hasta “el Mar del Sur” (como se llamaba al Océano Pacífico). Los derechos españoles fueron reconocidos en los tratados de Madrid de 1670 y de Utrech de 1713.

 
Las Bulas Papales pueden llamar a una sonrisa en estos tiempos de pretendido racionalismo, pero en aquella época constituían decisiones indiscutibles debido a que desde el descubrimiento de América por Cristóbal Colón al servicio de España, nació el deseo de emprender viajes y conquistar tierras, lo que motivó una gran rivalidad política y naval entre Portugal y España. La primera ostentando sus descubrimientos de muchas islas y costas del África; España por su parte, se engrandecía con el descubrimiento del Nuevo Mundo.
Ante estos acontecimientos, el Papa Alejandro VI, que en esa época era árbitro por las dos naciones expidió las Bulas precitadas: Inter Coetera, Examinae devotionis (3 y 4 de mayo: donación y demarcación) y la Dudum Siquidem (extiende poder otorgado a los reyes de España a las islas y tierra firme) dada el 26 de septiembre del mismo año. En ambos documentos, se considera la división del mundo terrestre en dos mitades, mediante una línea divisoria marcada imaginariamente de polo a polo, distante a 100 leguas al oeste de la Isla San Antonio (a 360 de Lisboa), perteneciente al grupo de las Azores. Según derechos en vigencia en aquella época, las bulas enunciadas eran atribuidas a territorios descubiertos o por descubrirse por cualquiera de las potencias colonizadoras, a la cual correspondiere el territorio asignado por el Sumo Pontífice.
La línea demarcatoria mencionada, debió ser anulada ante los reclamos formulados por el Rey Juan II, soberano portugués; por lo que el 7 de junio de 1494, el Papa extendió la línea a 370 leguas al oeste de las Azores y Cabo Verde. Este documento llevó el nombre de Tratado de Tordesillas, en el cual, las Islas Malvinas quedaron ubicadas al occidente de la línea trazada por el Papa. Esto indica que, las islas, aún ignoradas, pertenecían al reinado de España. Cabe señalar que en las Bulas anteriores al tratado de Tordesillas, las islas Malvinas también quedaban encuadradas dentro del sector asignado a los españoles por el Sumo Pontífice.
En definitiva, el Tratado del 7 de junio de 1494, fue considerado como determinación final por las dos potencias, punto de vista que fue apoyado por juristas y autoridades. Años después, en 1506, el Pontífice Julio II, expidió la Bula Ea Quae Pro Bono Pacis, por intermedio de la cual se confirmaba el Tratado de Tordesillas.
La concesión que otorgaban las Bulas a cada potencia abarcaba toda la tierra firme y todas las islas descubiertas o por descubrirse, concediendo el “completo y libre poder, autoridad y jurisdicción de toda índole” a los países a que corresponda la región asignada, advirtiendo a las personas de otros estados, que estaba completamente prohibido dirigirse hacia la región que no le fuere concedida.
En nuestra primera nota de protesta, en 1833, presentada por Manuel Moreno (hermano de Mariano Moreno), ministro argentino en Londres, se sostuvo la idea del descubrimiento de las islas por Magallanes. En ella insistieron Saldías, Calvo y otros autores nuestros. Pero Paul Groussac (“Les Iles Mulouines”, 1910) menospreció esta tesis y atribuyó el descubrimiento al holandés Sebald de Weert. Y esto fue lo que se enseñó en las escuelas desde entonces.
Fue una escuadra preparada por los Estados Generales de Holanda, conocida con el nombre de “Los cinco navíos de Rótterdam”. La expedición, que contaba con 500 hombres, había partido de un puerto del Canal de Goree, al sur de Holanda, el 27 de junio de 1598. El 21 de enero de 1600, la nave “Geloof”, comandada por de Weert, salió del Estrecho de Magallanes, navegando Atlántico arriba; el 24 del mismo mes, por la mañana, el vigía de la nave señala a estribor Noroeste, una tierra desconocida, un grupo de tres islas pequeñas, distantes a unas 60 leguas al este del continente, en cuyas costas había gran cantidad de pingüinos. Dado el caso que durante un temporal, habían perdido las canoas, no pudieron desembarcar. No obstante, Weert ubicó las islas astronómicamente, dándoles el nombre de Islas Sebaldinas.
La descripción de las tierras mencionadas por William Adams, relator del viaje, se consideró exacta desde el primer momento, ya que la latitud de las islas es de 15º y 51 o 50 minutos, y éste dio a conocer que se encontraban a 60 leguas del continente, hacia el S/O y a los 50º40º de latitud, tal es así que se considera que el punto de recalada de la “Geloof”, fue probablemente en las islas situadas al Noroeste de la Malvina del Oeste – Isla Gran Malvina.
Desde entonces las Sebaldinas, también llamadas Sebaldes, comienzan a aparecer en los mapas, por cuanto los cartógrafos holandeses aceptaron como real la existencia de las islas, merced a los relatos del diario de Sebald de Weert, cuyo arribo al puerto de partida se produjo el 13 de julio de 1600.

La historiografía moderna, sin embargo, ha demostrado la verdad de la primitiva afirmación. Si no precisamente Magallanes, el descubrimiento es de todos modos de un español. Y la prueba está en que antes, muchísimo antes de que apareciera el primer extranjero por el mar austral (que fue Drake, inglés, en 1577) ya las Malvinas, con otro nombre, desde luego, o simplemente sin denominación alguna, figuraban en multitud de mapas y portulanos y, por copia, en gran cantidad de mapas europeos. Es suficientemente conocida la carta de Diego Ribero, fechada en 1529, donde aparecen con el nombre de Sansón un par de islas que no pueden ser sino las Malvinas, dada su ubicación geográfica. El historiador norteamericano Julius Goebel, que ha escrito un libro fundamental sobre este asunto (“The Struggle for the Falkland Islands”, 1927) atribuye gran importancia al islario de Alonso de Santa Cruz, de 1541, donde también figuran las Sansón y se atribuye su descubrimiento a Magallanes. Pero nuestro compatriota Enrique Ruiz Guiñazú, en su “Proas de España en el mar Magallánico” (1945) el libro más documentado que se ha escrito entre nosotros a propósito de la cartografía malvinera ha sacado a relucir muchos mapas más, anteriores y posteriores a aquellos, y no solo españoles, sino portugueses, italianos, franceses y hasta ingleses, que demuestran cómo ya figuraban las Malvinas en la cartografía del siglo XVI antes del supuesto descubrimiento inglés.
Si bien no hay una prueba fehaciente de quién descubrió las Malvinas y cuándo, si es cierto, y se halla documentado, que existe un mapa de las islas realizado en 1520 por la expedición de Magallanes, por su cartógrafo Andrés de San Martín. El mapa se encuentra en la Biblioteca Nacional de Paris, en el Département des Manuscrits, en el manuscrito francés 15.452 “Le Grand Insulaire et Pilotage d´André Thevet, Angoumoisin, cosmographe du Roy, dans lequel sont contenus plusiers plants d´isles habitées et deshabitées et Description d´icelles”, en 1586. En el manuscrito “Les isles de Sansón ou de Geantz” se describen las Malvinas en los folios 269-271, y el mapa se encuentra en el folio 268.
Ese mapa ha sido reproducido e identificado como de las islas Malvinas en la obra de Roger Hervé, conservador de la Biblioteca Nacional de París, en su estudio “Découverte fortuite de l´Australie et de la Nouvelle Zelande par des navigateurs portugais et espagnols entre 1521 el 1528”. Biblioteca Nacional, París, 1982.
Monique de la Ronciere y Michel Mollat du Jourdin, en su obra “Les Portulans: Cartes marines du XIII au XVIII siécles”, Fribourg, 1984, pág. 34 reproducen el mapa de las Malvinas que obtuvo Thevet en Lisboa y señalan: “André Thevet, en su Gran Insulaire, ha dado una descripción de esta carta que refleja el conocimiento preciso que ya se tenía entonces, en 1586, del archipiélago hoy llamado de las islas Falkland o Malvinas”.
El mapa y la relación de Thevet confirman la exploración y la precisa realización del mapa de las Malvinas por la expedición de Magallanes en 1520, lo que ya conocíamos por la información del cosmógrafo Alonso de Santa Cruz, contenida en su “Islario” de 1541.
Existe un informe de la Academia Nacional de la Historia de la Argentina, del 13 de diciembre de 1983, que confirma que el mapa de 1520 corresponde a las Malvinas.
Cuando Christian Maisch se refiere a que existen mapas de 1522 “que muestran un archipiélago en la ubicación aproximada en donde se hallan las Malvinas”, seguramente se trata del portulano del portugués Pedro Reinal, de 1521-1522, que se encuentra en la Biblioteca del Museo Topkapi, en Estambul, identificado bajo el Nº H.1825, en donde figuran las Malvinas.
Entre el 1520 y 1590 se han identificado, sin pretender que ello sea una nómina exhaustiva, 42 mapas en que bajo distintos nombres, aparecen nuestras islas Malvinas.


Estas precisiones resultan esclarecedoras dado que durante mucho tiempo se consideró a Américo Vespuccio como el descubridor, no ya de las Malvinas, sino también, antes de Solís, de la desembocadura del Río de la Plata. Esta hipótesis fue terminantemente refutada por Jorge A. Taiana (padre del actual Canciller) en su obra “La gran aventura del Atlántico Sur”: “No existen documentos fidedignos ni comprobaciones irrefutables que sustenten el descubrimiento por parte de Vespuccio del Río de la Plata, de la costa Patagónica o de las islas Malvinas. Pero la historia lo recordará como un cosmógrafo hábil y primoroso, que describió la tierra tropical del Brasil, que reconoció la existencia de un Mundo Nuevo, de un verdadero y hasta entonces ignorado continente”.
También es probable que Esteban Gómez, piloto de Magallanes que desertó de la expedición a la Entrada del Estrecho y, según el capitán Héctor R. Ratto autor de “Hombres de mar en la historia Argentina” enfiló derechamente desde ahí al Cabo de Buena Esperanza, por lo que debió haber tropezado necesariamente con las islas, fuera a fin de cuentas el verdadero descubridor.
Hubo todavía más viajes, todos de españoles, en la primera mitad del siglo XVI: el de Loayza en 1526, el de Alcazaba en 1535 y el de Camargo en 1540, cuyos cronistas respectivos anotan datos que muchos han tomado como claras referencias a las islas Malvinas, en otros tantos redescubrimientos, todos anteriores a la aparición del primer “descubridor” inglés.
Pero nuestra posición es lo bastante fuerte como para conceder el descubrimiento a los ingleses sin que por ello desmerezcan nuestros títulos. Sería un regalo extremadamente generoso, desde luego. Nadie a superado a Paul Groussac en eficacia, en contundencia y en galanura, al demostrar que ya no descubrir, en su sentido jurídico, sino ni siquiera avistar las islas pudieron Drake (1577), de cuya aproximación a ellas no hay la mínima constancia en documento alguno, ni John Davis (1592), desertor de cuyo viaje se publicó un relato absurdo, seguramente encaminado a hacer perdonar su falta adjudicándole un descubrimiento por demás vago impreciso; ni Richard Hawkins (1594), que salió atribuyéndose la hazaña treinta años después de regresado de su viaje y aseguró haber visto las fogatas encendidas por los habitantes, con lo que demuestra que si algo descubrió no pudieron ser de ningún modo las Malvinas, que no tenían población; ni descubrirlas tampoco los demás navegantes ingleses que por ahí anduvieron cuando ya los holandeses de Sebald de Weert habían llegado, sin desembarcar como hemos visto, en 1600.
Pasemos, no obstante, por sobre todo esto y supongamos generosamente que el descubridor fue inglés ¿Nace de aquí algún derecho a favor de Gran Bretaña?
“No puede considerarse título bastante para la adquisición de soberanía sobre un territorio el simple descubrimiento de él. Requiriéndose para su validez jurídica una toma de posesión, una ocupación real, efectiva”.
Este concepto pertenece a una autoridad que los ingleses no discuten nunca: nada menos que la reina Isabel I, fundadora del imperio naval de Gran Bretaña. Lo dijo en respuesta al Embajador de España cuando éste se quejó por las incursiones de Drake en los mares de América. Y Américo de Wáter, tratadista inglés, autoridad mundial en su época, cuya obra inspiró confesadamente la posición oficial británica en materia de derecho internacional, decía:
“El derecho de gentes no reconocerá la propiedad y la sobreañade una nación más que sobre las tierras que haya realmente ocupado de hecho, en las que ha constituido un establecimiento y de las que hace un uso natural”.
Y esto es, por otra parte, lo que todos los grandes tratadistas sostuvieron, y lo que se admite hace siglos, incluso en nuestros días.  ¿Fueron los ingleses los primeros en la ocupación real, efectiva de las Malvinas? No, tampoco. La prioridad fue de los franceses. Aunque el inglés Tronga, en 1690, recorrió el canal central del archipiélago y hasta llegó a enviar un bote a tierra a buscar agua (exclusivamente agua, sin hacer ni intentar nada que pudiera dar una idea de una voluntad de ocupación), fue Luis Antonio de Bougainville, francés, en enero-febrero de 1764, el primer ocupante efectivo. Traía mandato expreso de su Rey de tomar posesión del archipiélago y fundar una colonia. Y así lo hizo, estableciendo en la isla que hoy llamamos Soledad (una de las dos mayores) el pequeño fuerte y la colonia de Port Louis.
Es casi exactamente que un año después que el comodoro inglés John Byron (abuelo del gran poeta) aparece frente a la pequeña islita marginal que llamó Saunders (de la Cridase la denominaban los franceses) y “tomó posesión del archipiélago (¡de todo el archipiélago!), en nombre de Su Majestad Británica”. Pero ni fundó una colonia ni dejó habitantes. Se limitó a declarar la posesión, se embarca de nuevo y siguió tranquilamente viaje, seguro sin duda que ya se encargarían sus compatriotas en los siglos venideros de convencer muy seriamente al mundo de que esa simple declaración de pasada, en un islote marginal, equivale al establecimiento formal y solemne, con hechos y con ocupación efectiva de lo principal del archipiélago (ya ocupado, además, en este caso, por los franceses) que exige el derecho internacional.
Solamente a fines del año siguiente, en 1776, el capitán Mc Bride se estableció permanentemente en la islita Saunders, en el punto que llamó Puerto Egmont, a sabiendas de que hacía casi tres años que los franceses estaban establecidos en la gran isla Soledad.
Francia, como veremos, fue la primera ocupante. Más cuando España se enteró de la presencia de Bouganville en sus islas, protestó y Luis XV, reconociendo sin discusión la soberanía española, dispuso que se entregara la colonia a Su Majestad Católica. Esto ocurrió el 1º de abril de 1767 y desde entonces Port Louis (en adelante Puerto Soledad) quedó guarnecido por destacamentos dependientes de la Capitanía General de Buenos Aires.
¿No tiene, acaso, una alta significación jurídica y moral este reconocimiento que hizo Francia, primera ocupante de las islas, de la preeminencia de los derechos españoles sobre las Malvinas? ¿Y en qué consistían, por lo demás, tales derechos? Nuestro compatriota Jorge Cabral Texo en su Prólogo al libro de Alfredo L. Palacios “Las islas Malvinas, archipiélago argentino” (1934) les dedica un breve estudio. Mayor fue el que les consagró Julius Goebel en su obra citada, y definitivo y concluyente el publicado en dos obras fundamentales sobre el pleito malvinero, debido a los españoles: “El problema de las islas Malvinas” (Madrid, 1943) de Camilo Barcia Trelles, y sobre todo “La cuestión de las Malvinas” (Madrid, 1947) de Manuel Hidalgo Nieto. Ellos demuestran el definitivo argumento: las Malvinas, no importa quien las descubriera ni quien fuese su primer ocupante, eran españolas desde antes que se conociera su existencia, españolas desde el instante mismo en el que el primer español puso sus pies, el 12 de octubre de 1492, allá en las Antillas lejanas. Y esto por un título eminentísimo que en la época nadie discutía: las famosas Bulas del Papa Alejandro VI, en las cuales el Pontífice decía: “Os damos, concedemos y asignamos a perpetuidad a vosotros y a vuestros herederos y sucesores –los reyes de Castilla y de León-… todas aquellas islas y tierras firmes encontradas y que se descubran hacia el Occidente y al Mediodía…”, a partir de una determinada línea.
¿Qué valor tiene esta declaración papal? Todavía no había acontecido la Reforma. La autoridad del Papa como vicario universal de Cristo era aceptada sin discusión en todos los países de Occidente. Y más aún, éstos entendían que dicha autoridad abarcaba también las tierras ocupadas por infieles, de los cuales, en nombre de Dios, podía disponer el Pontífice, revestido de este modo de una especie de poder temporal de derecho sobre toda la humanidad. Por eso Eduardo IV de Inglaterra disconforme en el siglo XV, con la jurisdicción territorial y marítima que el papa Nicolás V había asignado a Portugal, lejos de desconocer la autoridad papal, la afirmó implícitamente al solicitar que se introdujeran ciertas modificaciones favorables a Inglaterra. Ese era el derecho de la época, y como tal se lo observaba.

“Malvinas” es una palabra de origen francés trasladada incorrectamente al español, como ha sucedido con algunas otras, como el clásico “chófer”. Es el tipo de adaptación o traslación que Sarmiento justipreciaba, un poco injustamente, “con olor a chorizo”. Las islas se llamaban, en francés, de los “malouins” o “malouines”: correspondía, entonces, traducir de los “maloneses” o “malonesas”, prefiriéndose, en cambio, el híbrido “Malvinas”. Se trata de un adjetivo y no de un sustantivo como sucede con el vocablo “Argentina”. Pero ¿por qué “Malouins”?.
El grupo insular fue colonizado primeramente por habitantes del puerto francés de Saint-Maló o San Maló. Las islas se hallan bajo la advocación de un santo francés, al igual que Buenos Aires, acogida al celestial patronato de San Martín de Tours, “Maló” es corrupción de Maclovius, nombre latino de un santo del siglo V que predicó y fundó conventos en Bretaña, especialmente en la región donde hoy se alza la ciudad que lleva su nombre. 

El brío y el emprendimiento marineros han caracterizado siempre a los hijos de este retazo bretón. La verdadera patria de los maloneses es el mar; su vocación, el espíritu de aventura. Las corrientes oceánicas se enlazaban antiguamente con “travesuras” inevitables como la piratería, el contrabando y la trata de esclavos, comercio éste en que participaban los mismos reyes, y si queremos ver las cosas por el lado en que ofrecen prolijidad, con las patentes de corso, que repudian hoy los códigos militares y civiles. No emitimos aquí ningún juicio de valor. Guillermo Brown e Hipólito Bouchard, eran también corsarios.
La villa de San Maló se enorgullece del temor que sus marinos infundieron a los ingleses durante casi cuatro siglos, desde el XVI al XIX. François-René de Chateubriand, el aristócrata artífice que enseñó a escribir a Europa, era nativo de San Maló e hijo de un pirata y tratante de negros. Se han documentado 175 viajes realizados al Mar Magallánico, entre 1695 y 1749, por capitanes maloneses. Casi todas ellas fueron aventuras piráticas.
En 1764 los maloneses comienzan la colonización del archipiélago. Diez años antes, los ingleses habían publicado una carta del territorio donde la gran Malvina aparecía coloreada en rojo como signo de soberanía británica. La expedición es emprendida personalmente por el caballero Luis Antonio de Bougainville, uno de esos personajes que quiebran las estaturas y los estándares humanos. Dedicarle tan solo un párrafo es impropio de sus merecimientos. Pero debemos decir que fue diplomático, militar, marino, matemático, escritor, político, geógrafo, naturalista, parlamentario y, por sobre todo, hombre de mundo y primera figura en cuanta actividad emprendiera. Su compostura era proverbial y una de las pocas veces en que la perdió fue cuando en Versalles se le negó permiso para descubrir el Polo Norte. Visitó a Buenos Aires en 1767. En el Plata se sorprendió por la bondad del clima y de la existencia de hombres que no conocen otra dicha “que la de no hacer nada”. Varios marineros de su expedición desertaron entonces y consideró filosóficamente que era difícil evitarlo cuando se comprueba que en nuestras tierras, “se vive casi sin trabajar”.
La expedición de Bougainville de partió de Saint- Maló el 8 de septiembre de 1763, llegó a las Malvinas el 2 de febrero de 1764 y se estableció en el punto que posteriormente se denominaría Puerto de la Soledad. Marineros, agricultores y artesanos maloneses y también algunos “acadios” del Canadá -que se establecieron por tres años – comenzaron a domeñar la inhóspita geografía. Los “acadios” (no confundir con el pueblo de la Antigüedad) eran descendientes de los primeros colonos franceses en América del Norte, que se radicaron en lo que es hoy la costa este en el siglo XVII. Acadia es el nombre dado a las antiguas colonias de Nueva Francia en las tres provincias marítimas del Canadá: Nueva Escocia, Nuevo Brunswick e Isla del Príncipe Eduardo, así como una parte del Quebec.
No obstante, todavía hoy no está muy en claro las razones por las cuales pudo haber pensado Bouganville que es este feudo isleño era “res nullius”, un bien mostrenco como el aire y el agua, no perteneciente a nadie, por cuanto el Pacto de familia, que unía a los Borbones de Francia y España tenía vigor tan solo en Europa y no habilitaba a los súbditos franceses a aposentarse en tierras españolas. Es más, la documentación asequible prueba que tanto Bouganville como Choisseul sabían que el archipiélago formaba parte de los de Carlos III, como adyacencia geográfica que era del continente hispanoamericano, a más de otras razones históricas y jurídicas.
España presentó enérgico reclamo ante Luis XV, que no fue desoído por la corte de Francia. Bougainville debió abandonar Puerto de la Soledad llamado entonces Puerto Luis, en homenaje a San Luis, patrono bautismal del rey francés y del propio colonizador el día 1 de abril de 1767, previo reembolso de todos los gastos hechos en el establecimiento y la expedición, suma que fue pagada parte en Paris y parte en Buenos Aires (no olvidemos que Bougainville se inició en la vida pública como diplomático). La transacción se fijó en 603.000 libras tornesas, sin que ningún delegado español discutiera suma alguna de las que presentara el marino.
Mientras tanto, los ingleses se habían establecido en el islote Saunders, al noroeste de la Gran Malvina, en un punto que denominaron Puerto Egmont, en homenaje al primer lord del Almirantazgo. Esto acontecía el 23 de enero de 1765, un año después que los maloneses colonizaran Puerto Luis y la Malvina oriental, y 68 antes del atentado de 1833. Hasta este momento ningún intento estable de colonización se había realizado por parte de España o de habitantes del Río de la Plata. El héroe de este intento fue el navegante John Byron, abuelo de George Gordon, el célebre poeta, quién había descubierto varias islas australes y pensaba transformar las Malvinas en trampolín hacia el Mar del Sur, como se llamaba entonces, con nombre español – no en inglés, como se cree – al Océano Pacífico. Este Océano, desde el estrecho de Magallanes hasta México y Filipinas era un lago de España. Todos los tesoros apetecibles para las naciones de Europa se encontraban en este paraíso líquido, verdadero jardín de la Hespérides, desde el siglo XVI al XIX. La puerta del tesoro eran nuestras islas y la piratería del “sésamo, ábrete”. El camino había sido señalado por Francis Drake, quién recorrió esta superficie saqueando y destruyendo, valido de la superioridad de navegar con barcos de varios puentes en un mar donde las naves eran frágiles y construidas “in situ”.
El imperio británico fue, básicamente, costero e insular. Por eso se lo ha caracterizado como puntiforme, diferenciándolo de la expansión rusa o norteamericana que fue del tipo uniforme. La talasocracia inglesa, esto es un imperio asentado en el dominio de los mares, se fundó en el control de innumerables puntos, sean islas o costas separados entre si. Todos estos puntos tuvieron un común denominador: su carácter estratégico, que cimentaban el dominio de las grandes rutas marítimas, a través de las cuales Inglaterra se enseñoreó en el comercio mundial, tanto lícito como corsario.
Al conocerse en Madrid la aventura de Byron, se ordenó al príncipe Masserano, embajador en Londres, protestar ante el gobierno inglés. Con dicho reclamo, elevado en 1766, se inicia la discusión internacional del problema que todavía hoy subsiste. El establecimiento del islote Saunders – nunca hubo colonización ni pretensiones inglesas sobre todo el archipiélago – pone en pie de guerra a España, Gran Bretaña y Francia. El dominio del islote provoca, por poco, una conflagración europea. Pero no se trataba por supuesto de este peñasco marino sino de la llave del Pacífico. Saunders era el Panamá del Sur.
Para entonces, el gobernador de Buenos Aires, Francisco de Paula Bucarelli, hombre expeditivo, enviaba una expedición al mando de Madariaga para desalojar a los ingleses del archipiélago. Los intrusos se rinden a las fuerzas atacantes en forma tan pacífica como lo haría el capitán argentino de Soledad, en 1833, con la diferencia a favor de éste de que es sometido a consejo de guerra por su decisión de interpretar con sentido muy elástico la virtud de la prudencia.
La noticia de la expulsión es recibida con estupor e incontenible cólera en Londres. El Parlamento, dominado por el verbo poderoso del gran Pitt, vencedor de la guerra de los Siete Años, recomienda una y otra vez la ruptura de hostilidades. La prensa arroja combustible a la hoguera. El memorialista “Junius” censura la “pusilanimidad” del gobierno, en tanto Samuel Johnson, la más ilustre pluma del siglo, sostiene el punto de vista del primer ministro. La guerra parecía inevitable, pero como España y Francia no estaban bien preparadas para afrontarla hubo que hacer una transacción de carácter diplomática que fue para Inglaterra un triunfo más aparente que real.
Se devolvió a los ingleses Port Egmont con todos los enseres y se desagravió el pabellón británico. Los ingleses tomaron posesión de nuevo en 1774. Esto fue hecho para acallar a la oposición en Inglaterra, tanto en el Parlamento como en la tribuna. Pero en el Pacto Secreto, cuya existencia ha sido completamente demostrada y confirmada por la actitud posterior de aquel país, se establecía que luego sería abandonado ese puerto y toda otra posesión en las islas, como así se realizó. Los españoles habían permanecido y siguieron en Puerto Luis o Puerto Soledad.
En un pequeño opúsculo fechado en 1964, “El problema de las Islas Malvinas” cuya autoría se debe a Carlos González Costa, nos informamos que desde el abandono inglés hasta 1810 hubo 43 gobernadores españoles y los colonos debieron afrontar con suerte diversa un medio ambiente hostil y la permanente rivalidad con las tripulaciones de los pequeros y barcos loberos, generalmente reclutados en los bajos fondos y las tabernas de los puertos de Europa, que realizaban estragos en las poblaciones de focas, lobos marinos y ballenas, aún en épocas de veda. Cuando hubo ganado en las Malvinas lo trataron de la misma forma. Se sucedieron, además, conflictos de jurisdicción con Inglaterra y Estados Unidos, con respecto a los derechos de pesca y caza.


A partir de 1810 las Islas Malvinas estuvieron acéfalas y prácticamente abandonadas hasta 1920, mientras nubes de balleneros asolaban la región. El gobierno de Buenos Aires encargó al capitán David Jewett, comandante del corsario “La Heroína”, para que “tomara posesión de las islas en nombre del país a que éstas pertenecían por ley natural”. A pesar del escorbuto y de la indisciplina de la tripulación, Jewett tomó posesión de las islas el 6 de noviembre de 1820 y leyó una declaración al pie de la bandera celeste y blanca enarbolada por primera vez sobre el destruido fuerte, disparando una salva de 21 cañonazos.
En medio del caos político del año 20, cuando se había disuelto el gobierno nacional, se afianzaban sin embargo los justos títulos argentinos en presencia de ciudadanos de Estados Unidos y de súbditos británicos. Numerosos diarios se ocuparon repetidamente de este episodio, la “Gaceta de Salem”, el “Redactor de Cádiz” y más tarde “El Argos”, sin que hubiera protesta inglesa o norteamericana.
En 1821 la Honorable junta de Representantes dicta un reglamento de pesca al cuál debían ajustarse los extranjeros que viniesen a realizar tareas vinculadas a la caza y pesca, de acuerdo a normas corrientes en los países civilizados y al derecho internacional.
Viene a continuación la maravillosa acción colonizadora del hamburgués Luis Vernet, de origen francés, pero educado durante ocho años en Filadelfia, verdadera fragua de emprendedores. Su biografía es fascinante, de no haber existido la usurpación es probable que los cimientos de colonización de Vernet hubieran desarrollado una Vancouver argentina en las islas. Merece destacarse la magnitud heroica y la alta jerarquía de su empresa de poblamiento, dirigiendo numerosas expediciones iniciadas como particular en 1826; y luego, por decreto del 10 de junio de 1829, a cargo de la comandancia política y militar con sede en la Isla Soledad, y con un radio de acción que comprendía a las islas adyacentes al Cabo de Hornos en el Océano Atlántico.
Con genial capacidad de organización y férrea voluntad llevó la colonia a un alto grado de prosperidad. Aplicó la ley sobre pesca en forma suave, cortes y moderada. En cierto momento se vio obligado a detener a tres pesqueros norteamericanos perfectamente notificados de las reglamentaciones vigentes que habían cometido graves violaciones al entorno, atentado contra la propiedad de los colonos y los bienes del país.
Más de 60 embarcaciones inglesas y norteamericanas repetían anualmente saqueos exterminando en orgías sangrientas de depredación las poblaciones de focas. Las goletas “Harriet”, “Superior” y “Breakwater” fueron apresadas por Vernet y en una de ellas se trasladó a Buenos Aires para platear la cuestión legal correspondiente.
El cónsul norteamericano reaccionó de la forma habitual en que actúan los norteamericanos cuando les tocan sus intereses, legales o no. Jorge W. Slacum, cónsul, y el capitán de la “Harriet”, representante de los intereses comerciales de EE.UU, intrigan y confabulan con el cónsul británico, Mr. Parisch en una suerte de tragedia de las imposturas. Al arribar a Buenos Aires la poderosa corbeta de guerra “Lexington”, al frente del capitán Duncan, suerte de Ahab encolerizado, verdadero personaje de las letras de Melville, asumen arbitrariamente la autoridad del gobierno de los Estados Unidos y deciden destruir a Puerto Luis y a la colonia en ella radicada, acusando de piratería la actuación de Vernet y sus dependientes. Cometiendo un fragante atentado contra el derecho de gentes la colonia fue arrasada con un ensañamiento brutal. El representante Baylies, designado por el temperamental presidente Jackson, considera correcta esa particular interpretación de la Doctrina Monroe. En 1982 la interpretarían de la misma forma.
Sin embargo, “El Redactor” de Nueva York alzó una voz valiente a favor del derecho argentino y al hacer el balance de la actuación de Baylies insistió en juzgar el ataque de la “Lexington” así como el comportamiento de su comandante, como una atroz infracción al derecho de gentes. El periódico exigía una reparación satisfactoria, porque tanto el cónsul Slacum como el comandante Duncan sabían muy bien que Vernet, el gobernador de las Malvinas, había sido puesto allí por el gobierno de Buenos Aires y que por consiguiente éste era en todo caso responsable de las acciones de aquel. Y añadía: “Si el presidente mismo de los EE.UU., según lo indica en su último mensaje, al dar las órdenes a la fragata que fue a las costas de Sumatra a castigar un acto de piratería cometido por habitantes contra un buque angloamericano, lo primero que encargó a aquel comandante fue que averiguase si aquellas gentes pertenecían a un gobierno capaz de mantener relaciones regulares con naciones extranjeras, y en este caso demandasen de él la satisfacción debida. Dado estos antecedentes, ¿cómo podía aprobar ahora, que sin tener siquiera esta misma consideración con un gobierno reconocido y hermanado, se tomase un comandante de una corbeta la libertad de hacerse la justicia por su mano contra una población indefensa sorprendida con engaño? Seamos justos, convengamos en que aquel acto fue un cruel abuso de la fuerza y de la amistad”.
Fueron inútiles las notas magníficamente fundadas del ministro Tomás Manuel de Anchorena, como la representación de Carlos María de Alvear en Estados Unidos. Otro tanto ocurrió – continúa González Costa – con el alegato formidable posteriormente redactado por Quesada presentado al presidente Cleveland (1885-1889) y (1893-1897) en su primer período, en el cual trató desconsideradamente al nuevo enviado argentino Don Luis L. Domínguez en 1883 y luego en su mensaje al Parlamento en 1885 “niega todo derecho a derecho a discusión y considera que la reclamación está totalmente desprovista de base”.
Recomendamos la lectura de un fallo de la Corte Federal de Massachussets en que a raíz de la presentación de Davison, el antiguo patrón de la goleta “Harriet”, dejada en Buenos Aires, sienta la jurisprudencia de que la demanda de justicia y de reparación debía ser presentada en los tribunales del país, tal como destaca Paul Groussac en su libro “Las Malvinas”.
Lo peor de este inaudito y repugnante episodio es que fue el prolegómeno del golpe de mano que con sigilo estaba preparando el ministro inglés Palmerston. Para ello no se escatimaron medios para solventar misiones de espionaje y reconocimiento que, aún hoy, son presentadas cándidamente como “viajes científicos”. En especial el del célebre navegante Robert Fitz Roy (1805-1865) que empezó sus exploraciones en 1826 en calidad de capitán del “Beagle” que acompañaba al “Adventure”.
Reconoció en 1827 los canales fueguinos. En 1830 volvió a Inglaterra con cuatro nativos que fueron presentados al rey Guillermo IV y a la reina Adelaida. Volvió en la “Beagle” en 1832 al Cabo de Hornos, con él venían Charles Darwin y un misionero. En 1834 reconoció y navegó el río Santa Cruz y en 1848 se informó en la Cámara de los Comunes que los mapas desde el Cabo de Hornos al Río de la Plata se hacían con los datos de Fitz Roy.
En 1829 se intensificaba la ocupación de Australia. Era el deseo ardiente de dominar las rutas de navegación y la llave de los dos océanos. En mapas de fecha no muy lejana a la actual aparecía la Patagonia como jurisdicción inglesa.
Palmerston ordenó en 1832 a la escuadra inglesa de Río de Janeiro despachar navíos para apoderarse de las Malvinas con el título de “Depósito de Pesquerías de ballenas del Sur” queriendo convertirlas en un nuevo Gibraltar. Palmerston aplicaba el principio de “Civis Romanus Sum” y así Inglaterra tenía el derecho de intervenir en cualquier punto en donde existiera un comerciante británico que reclamara protección, ya fuera para su persona, ya para sus intereses. Con mayor razón en las repúblicas americanas, simples clientes de Inglaterra y en continuo estado de guerras civiles. No muy diferente es el estado de cosas en nuestro Bicentenario, pero con el aditamento de argumentos novedosos como “deseos de autodeterminación”, “armas de destrucción masiva”, “santuarios del terrorismo”, “nido del narcotráfico” y otras imaginativas excusas para intervenir en territorios soberanos.
El gobierno británico reconoció la independencia argentina en 1823 y en 1825 firmó un Tratado de Amistad, Comercio y Navegación con las Provincias Unidas del Río de la Plata, que quedó ratificado ese mismo año, sin hacer reserva alguna de derechos o soberanía sobre las islas Malvinas. Así lo reconocería el historiador canadiense Ferns, quién después de estudiar la cuestión a la luz de la documentación inglesa comentó que “los británicos se habían apoderado de las islas Malvinas a pesar de un Tratado”. En efecto, una década después del reconocimiento y siendo pacíficas las relaciones dentro de un interesante marco comercial, Gran Bretaña fue el país agresor en una larga e inconclusa disputa sobre las islas Malvinas, que los ingleses dieron en llamar “Falkland Islands”. Recién en ese momento el gobierno británico, sin aludir mayormente a los orígenes históricos de sus pretensiones, invocó el convenio con España de 1771, aduciendo que “jamás ha existido una promesa formal de abandono”.
Después de los hechos provocados por la corbeta “Lexington”, el gobierno de Buenos Aires nombró en la Comandancia de Malvinas al mayor Esteban Mestivier, quién fue asesinado durante un motín de presidiarios que habían sido llevados para conformar una colonia penal.
Por entonces el embajador argentino en Londres, Manuel Moreno, en una nota reservada al Ministro de relaciones Exteriores Manuel García, advirtió el peligro de una invasión inglesa a las islas, según indicó José Luis Muñoz Azpiri en su “Historia Completa de las Malvinas”: “Se está preparando silenciosamente con mucha actividad y puede comprometer dentro de poco los derechos del país, su dignidad y sus destinos”, decía Moreno.
Tal vez por ello en octubre de 1832 arribó a Soledad la goleta argentina “Sarandí” comandada por el capitán José María Pinedo, con instrucciones públicas de sofocar el motín de los reclusos y continuar con la política pesquera en aguas argentinas, pero posiblemente tuvo instrucciones secretas respecto del peligro de una invasión británica.
El 3 de enero de 1833 una corbeta del Almirantazgo, la “Clío”, desembarca 18 soldados en Puerto Soledad y enarbola la bandera inglesa en las islas, donde – a excepción del breve interludio de la recuperación en 1982 – flamea imperturbable hasta hoy.
Ninguna resistencia se opone al invasor. El jefe argentino es sometido a un consejo de guerra, la mitad de los jueces dictamina que es culpable de la pérdida de Puerto Soledad. Salva la vida por milagro, no sabemos si aconteció lo mismo con su honor. En el sumario y en el consejo de guerra la versión que éste da, difiere de la que sostendrán luego otros testigos. Pinedo pasó revista a su tripulación y declaró que la mayoría eran ingleses, incluidos oficiales y tropa. Pero el teniente graduado Roberto Elliot afirmó que eran norteamericanos, con excepción (en la oficialidad) del piloto práctico que era inglés.
A las 4 de la tarde Pinedo reunió a todos los oficiales de guerra de la “Sarandí” y les planteó la situación. Elliot dijo que todos se inclinaron por la resistencia, excepto el práctico, que según hemos dicho era inglés, pero que se comprometía a conducir el buque con toda seguridad. Agregando: “Subimos a cubierta y Pinedo convocó a los oficiales de Mar, donde les exigió que le ayudasen con todo su esfuerzo durante 10 días, que si vencidos éstos no había ningún arribo desde Buenos Aires, lo abandonaría todo y volvería a su destino”. Aquí se produce la discrepancia más grave. Elliot sostiene que todos se pronuncian por la afirmativa. Pero Pinedo manifestó que todos eran ingleses y que no podían hacer fuego a su pabellón.
Su único ímpetu de rebeldía fue dejar izado en tierra el pabellón argentino a cargo del capataz argentino Juan Simón, hombre de la época de Vernet, a quién nombró también “Comandante político y militar de las islas”. Pinedo intentará justificar su actitud, explicando que sus fuerzas eran muy inferiores. Pero Elliot negará tal afirmación. No en vano, destaca Héctor Raúl Ratto en su “Historia de Brown”, que el almirante intentó en dos oportunidades separar a Pinedo de la Armada disconforme con su actuación. Inexplicablemente este sujeto gozó la titularidad de una calle de Buenos Aires y de una torpedera.
Cinco años después, en la isla Martín García, ante circunstancias muy similares, un puñado de argentinos, demostrarían al mundo cómo se defiende, con dignidad y heroísmo, la soberanía de la patria y el honor de su bandera.
El acta levantada el 10 de octubre de 1832 por el comandante de la goleta de guerra “Sarandí”, el coronel de marina José María Pinedo, y cuyo original se encuentra en el Archivo General de la Nación, indica que todas las fuerzas nacionales en Puerto Soledad se comprometieron a “defender y sostener hasta el último trance el pabellón de la República Argentina con arreglo a las instrucciones de la autoridad suprema de la provincia de Buenos Aires”. Este solo dato señala que se esperaba de un momento a otro el asalto inglés y que no se supo enfrentar el ataque con pericia y decisión. ¿Desproporción de fuerzas? ¿Debilidad? La generación que contaba con cuarenta y cinco años en 1833 había derrotado en 1807 en Buenos Aires a fuerzas inglesas setecientas veces superiores, marchando a través de calles “sembradas de cadáveres ingleses”, según narra Saavedra. Doce años después, en 1845, la misma generación enfrentaría heroicamente a doce barcos y un centenar de cañones británicos y franceses obligando al primer invasor a firmar una paz por separado (paz de Obligado, 1849).
Un pequeño grupo de gauchos e indios, capitaneado por Antonio Rivero, resistirá la invasión inglesa. Será derrotado poco después y enviado a Londres. Eran parte del contingente de gauchos de Carmen de Patagones, que el Gobernador Vernet llevó a Malvinas, porque, según él mismo lo expresara, eran los más aptos, los mejor dotados y preparados en todo sentido para desempeñarse allí y para, en caso de ataques externos, internarse en las Islas y contraatacar en el momento oportuno.
Fue exactamente lo que hicieron en 1833 y 1834 los gauchos Antonio Rivero, Juan Barrido, Manuel Godoy, Felipe Salazar, N. Latorre, Manuel González y Luciano Flores, hasta que superados en números y recursos debieron rendirse después de seis meses de tener enarbolada allí la enseña nacional. Se les hizo un proceso en el buque “Spartiate”, de la estación naval de América del Sur. Tan inicuo, que el almirante inglés no se atrevió a convalidarlo, y prefirió desprenderse del asunto desembarcando a Rivero y los suyos en la república oriental del Uruguay. El cabecilla fue dado de alta en el ejército argentino por Rosas, para morir, como era su ley, el 20 de noviembre de 1845 peleando contra los ingleses en la Vuelta de Obligado.
La personalidad de Antonio Rivero ha sido motivo de discusión por parte de los historiadores, a pesar de su heroica y esforzada vida. Ocurre que algunos se basaron en crónicas de origen británico sobre la sublevación gaucha, según las cuales era un criollo pendenciero. En realidad, todos lo gauchos lo eran en esa época, José María Rosa criticó el dictamen de la Academia Nacional de la Historia, donde se juzgó con documentos británicos la actitud de argentinos que quisieron vivir bajo su propio pavés, arriando la bandera inglesa en Puerto Soledad.
Demás está decir que los anglosajones, fieles a su historia, no sólo desalojaron a los pobladores, sino que también se quedaron con sus propiedades, bienes y 30.000 vacas que pertenecían a los argentinos.
Buenos Aires sufrió una conmoción similar a un terremoto al tener noticias del gravísimo atentado a la soberanía y dignidad argentina. A pesar de la anarquía política que puso en serio aprieto a las autoridades para evitar más enojosos incidentes diplomáticos que la debilidad del país no permitía afrontar con éxito.
El ministro Maza presentó de inmediato una enérgica reclamación ante el cónsul inglés y al poco tiempo lo haría en Londres nuestro representante Manuel Moreno, hermano del prócer de mayo, en una amplia nota que a pesar de sus imperfecciones, era una defensa satisfactoria de los inalienables derechos argentinos sobre las islas Malvinas. El problema fue progresivamente perdiendo su carácter agudo ante las guerras civiles y las dificultades internas.
Existe la leyenda, todavía en circulación entre los sectores recalcitrantes de la llamada “historia oficial” sobre un pretendido trueque por parte de Rosas. La entrega de las islas Malvinas al usurpador británico a cambio de la cancelación del empréstito Baring constituye otro eslabón de la cadena de difamaciones a la que fue sometido este caudillo desde su destitución. En su obra Manuel Moreno, Marcial I. Quiroga, menciona que la transacción no “tenía probabilidad de ser practicable” porque suponía el reconocimiento inglés de la soberanía siempre negada con pretextos legales y seguramente se traduciría en la necesidad de negociar las indemnizaciones que reclamaba la Confederación desde la usurpación en 1833. Ferns agrega que entre los “documentos del Foreign Office no hay ninguno que (…) pruebe” el ofrecimiento de marras. El mismo Juan Bautista Alberdi, que combatió a Rosas tanto en conspiraciones como con la pluma desde 1838, en sus conocidas críticas a la Constitución del estado de Buenos Aires de 1854, reconoció que “Rosas defendió siempre la integridad argentina, disputando las islas Malvinas y el Estrecho de Magallanes”.
Después de Caseros continuaron las mismas dificultades y se fue realizando penosamente la llamada Organización Nacional. Las constantes incursiones de indios salvajes de la pampa y la Patagonia, proveniente – y estimulada – desde Chile en verdaderas cabalgadas de saqueo, llegaban o flanqueaban el río Salado. Además, la nacionalidad estuvo a punto de disolverse en varias oportunidades.
El problema de las Malvinas fue actualizado por una magnífica carta enviada en 1869 por el Comodoro Augusto Lasserre (1826-1906) a José Hernández, el autor del Martín Fierro, que la publicó en diario de su dirección y propiedad “El Río de la Plata”, cuya imprenta y dirección estaba en la calle Victoria Nº 202. Se publicó en el Nº 86 del 19 de noviembre de 1869. A raíz del poco eco de su primera publicación en los diarios argentinos “El Nacional”, “La Tribuna”, “La Nación Argentina, “La República”, “Intereses Argentinos”, “La Verdad” y “La Prensa”, publicó Hernández un segundo artículo el día 20 que tampoco provocó reacción en el citado periodismo.
Solamente “The Standart” inglés, mencionó y tradujo en parte la carta del señor Augusto Lasserre. Por primera vez se publicó por el editor Don Joaquín Gil en un folleto de 53 páginas la carta de Lasserre y los artículos de José Hernández, el 15 de julio de 1952.
La conciencia nacional sobre las islas Malvinas superó siempre las diferencias políticas: es una causa argentina.
Caído Rosas después de la batalla de Caseros, cuando el estado de Buenos Aires se encontró escindido de la Confederación Argentina, su Constitución de 1854 dispuso en el artículo 2º que su territorio se extendía norte-sur “hasta la entrada de la cordillera y el mar”, comprendiendo las islas adyacentes a sus costas marítimas, en clara alusión a las Malvinas.
Al incorporarse la Provincia de Buenos aires a la Nación Argentina en 1860 los gobiernos nacionales continuaron reclamando los derechos argentinos. En 1878 se dictó la ley nacional 954 estableciendo una Gobernación en el Territorio Nacional de la Patagonia, con sede en Patagones. En 1884 se sancionó la ley 1592 de Territorios Nacionales. En 1943 se dictó el decreto 5626 creando la gobernación Marítima de Tierra del Fuego y en 1954 la ley 14.315 Orgánica de los territorios Nacionales, entre los que se encontró Tierra del Fuego, “con jurisdicción sobre el sector Antártico e islas del Sur Atlántico”.
Es preciso señalar que en 1946 Gran Bretaña, que amanecía victoriosa de la larga noche de la segunda guerra mundial, informó a las Naciones Unidas que las “Islas Falkland” formaban parte de sus posesiones coloniales. El presidente Juan D. Perón cuestionó esa inclusión y desde entonces en ese organismo internacional quedó trabada una disputa donde la Argentina exigió la devolución del territorio irredento.
Desde al año mismo del despojo, hasta el día de hoy las reclamaciones formales argentinas se han mantenido regular y permanente; al comienzo directamente ante Gran Bretaña y luego ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU), no bien fue creada en 1945. Pero lo que nadie imaginó fue que la convicción al derecho a esa soberanía, se había instalado tan profundamente en el inconsciente nacional argentino, como fue demostrado en 1982.
La estrategia argentina, en el seno de la ONU, fue apoyada en uno de los documentos fundacionales de esta Organización Internacional: el Acta de Descolonización. Buscaba obligar a gran Bretaña a que negocie – con algunos criterios básicos – la soberanía de las Islas Malvinas con la Nación Argentina. Fue un largo y paciente proyecto que comenzó a dar sus frutos a los 29 años, cuando en 1965, nuestros diplomáticos (Zavala Ortiz – Ruda – Del Carril) obtuvieron la promulgación por parte de la ONU, de la Resolución 2065. Este histórico y trascendente documento reiterado por la Resolución 2621 en 1970, obliga a ambos países (Argentina y Reino Unido) a negociar pacíficamente la soberanía de dicho archipiélago, teniendo en cuenta los intereses (y no los deseos) de los isleños que la habitaban. Este criterio básico anulaba las pretensiones británicas – ya entonces asumidas por el Foreign Office – de la autodeterminación de los aproximadamente 3.000 habitantes que posee dicho territorio.
Para 1968, el gobierno Laboralista británico – entonces en el poder – acordó la firma con la Argentina de un documento diplomático bilateral llamado “Memorándum de entendimiento” cumpliendo con lo que dictaba la ONU, en el cual prometía el reconocimiento de la soberanía argentina, sobre las islas Malvinas, cuando los intereses de los isleños fueran – a juicio del gobierno británico – garantizados. Pero ese acuerdo no fue oficialmente promulgado pues para entonces acababa de integrarse a la escena un nuevo – y contundente – factor.
La expedición científica británica, de Lord Shackleton, informaba secretamente a su gobierno (ahora del Partido Conservador) que existían serias probabilidades que en el subsuelo de dicha área en disputa, se encontrara la cuenca petrolífera cuyas reservas podría calcularse entre las mayores con que cuenta nuestro planeta. También informaba – en este aspecto públicamente – de las posibilidades pesqueras de esa zona y de la existencia, en el lecho oceánico, de nódulos polimetalíferos cuya futura explotación tecnológica era muy promisoria. Estas últimas posibilidades económicas no eran de decisiva importancia – al menos en lo inmediato – como las que prometían las petrolíferas.
Ante esta nueva expectativa comercial petrolífera (que se confirmaba posteriormente en la medida que crecía en el mundo la tecnología satelital para explorar el subsuelo) el gobierno británico cambió decididamente su actitud negociadora y se enfrascó en tácticas dilatorias – congelando las negociaciones sobre soberanía en curso con la Argentina desde 1965 – para ganar tiempo y poderse desligar de la tutela que sobre este asunto habían asumido las Naciones Unidas.
Así transcurrieron 17 años en que la Argentina se impacientaba por dilación en las serias y reglamentadas negociaciones sobre la soberanía que reclamaba la ONU y trataba lealmente – por su parte – de satisfacer los intereses de los isleños (Comunicaciones aéreas, Sanidad, Combustible, etc.) y ponía su máximo empeño en flexibilizar un serio acuerdo. Se producía, así, una situación paradojal: la nación usurpada financiaba al usurpador. Gesto de colaboración y amistad que jamás fue agradecido por los isleños, que nos profesan un rencor increíble desde mucho antes de la guerra. Gran Bretaña, por su lado, sólo busca ganar tiempo y espacio político internacional, para quedarse con el petróleo de esa área marítima disputada – únicamente – por nuestro país.
Existe la hipótesis, desarrollada por varios analistas de reconocido prestigio, como Pio Matassi o Mariano César Bartolomé, que para consolidar su control e influencia en el Atlántico Sur, el Reino Unido de Gran Bretaña habría fabricado junto a EE.UU. una “pequeña guerra” en el área. La alianza neoconservadora entre Ronald Reagan y Margaret Thatcher habría calculado que una victoria en esa guerra les permitiría establecer una fortaleza militar en el área, con capacidad de atacar cualquier blanco en el Cono Sur, proyectarse en el continente antártico, reclamar la condición de estado ribereño y dominar las Líneas de Control Marítimas del comercio energético del Medio Oriente, a la vez que adecuar las Islas para su inserción en la Iniciativa de Defensa Estratégica.
Pero para equipar y mantener dicha fortaleza se necesitaba una fuerte inversión gubernamental británica (difícilmente aceptable para su opinión pública interna) y sin contrariar – excepto con razón fundada – los dictados de la ONU y su imagen política internacional. El método más pragmático para obtener estos requisitos era lograr indirectamente que la Argentina se saliera del esquema diplomático negociador e iniciara lo que ellos bautizaron “una pequeña guerra” (Little War), según se desprende de las memorias del almirante Woodward.
Así estarían dadas las condiciones para iniciar los largos y costosos trabajos para instalarla. Por estas razones – a partir de mediados de la década del 70 y ya bajo el gobierno conservador de la Sra. Thatcher – se decidió en Inglaterra la planificación secreta de esta respuesta militar (naval) a la acción recuperadora argentina sobre el archipiélago, como una Hipótesis de Conflicto más dentro de las previsiones para la Defensa del Reino Unido. Por otra parte y en el momento oportuno, se instigaría con acciones políticas indirectas a la Argentina para que su gobierno perdiera la paciencia y ejecutara inicialmente la recuperación tal como ellos lo habían previsto en 1976.
Así se gestó, continúa Pio Matassi, en Gran Bretaña, la “pequeña guerra” de Malvinas para 1982. Hecho que colateralmente produciría réditos políticos internos, particularmente para el Conservadurismo británico que por entonces iniciaba la transformación de su economía hacia la “globalización, es decir, su subordinación a la esfera privada internacional que comenzaba – con la Sra. Thatcher al frente – a extender sus tentáculos materialistas por Occidente y, en consecuencia, creaba serios trastornos sociales en Gran Bretaña (huelga de los mineros, portuarios, empleados públicos, etc.) en vísperas de elecciones nacionales”
Es, evidentemente, una tesis provocativa, pero la historia contemporánea es generosa en situaciones conspirativas (el curioso hundimiento del acorazado “Maine” en la guerra hispano-yanqui de 1898, el “sorpresivo” ataque a Pearl Harbor en 1945, la supuesta existencia de “armas de destrucción masiva” en la Guerra de Irak, por citar algunos sospechosos ejemplos). Pero en este caso particular, la “pequeña guerra” se salió de su cauce previsto; no solo por la inesperada y eficaz resistencia argentina que produjo tremendas pérdidas en la flota atacante, sino por la sorprendente solidaridad de los países de Hispanoamérica, que enterraron la balcanización impuesta por la cancillería inglesa y sentaron, en ese momento, las bases constitutivas de la actual Declaración de Cancún y del UNASUR.
Resumiendo:

Las Malvinas son argentinas. Porque fueron españolas
Las Malvinas son argentinas. Porque son la prolongación de la Patagonia.
Las Malvinas son argentinas. Porque se alzan en la plataforma submarina del Atlántico Sur.
Las Malvinas son argentinas. Porque están bañadas en el Mar Epicontinental Argentino.
Las Malvinas son argentinas. Porque así lo aceptó Inglaterra en el Tratado de Paz y Amistad de 1825.
Las Malvinas son argentinas. Porque ninguna nación del mundo puede presentar mejores títulos para su posesión y dominio que la República Argentina.
Las Malvinas son argentinas. Porque Inglaterra no protestó por los actos de posesión y afirmación nacional cumplidos en Puerto Nuestra Señora de la Soledad por la Fragata “Heroína en 1820, y el bergantín “Belgrano”, en 1825.
Las Malvinas son argentinas. Porque Inglaterra no protestó por la ley de Buenos Aires de 1821 acerca de la caza de anfibios en las costas patagónicas e islas adyacentes.
Las Malvinas son argentinas. Porque Inglaterra no se opuso a los contratos de explotación y pesquería suscriptos por el gobierno argentino con Pacheco, en 1823, y Vernet, en 1828.
Las Malvinas son argentinas. Porque sobreviven importantes reliquias toponímicas y folklóricas del antiguo dominio argentino en las islas, tales como el nombre criollo de numerosos lugares y la designación, también criolla, sin excepción, de todos los aperos y pelajes del caballo, compañero inseparable del gaucho y el indio y “que fue como un asta para la bandera que anduvo sobre él”.
Las Malvinas son argentinas. Porque así lo expresa categóricamente la Constitución Nacional: “La Nación Argentina ratifica su legítima e imprescriptible soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos e insulares correspondientes, por ser parte integrante del territorio nacional”.
Las Malvinas son argentinas. Porque, tal como lo planteó el internacionalista uruguayo Héctor Gros Espiell, jamás ha existido en las islas Malvinas durante la ocupación inglesa un pueblo, en la acepción que la expresión tiene en el derecho Internacional actual. Un pueblo, en sentido jurídico internacional, es una comunidad humana con historia y una conciencia de su individualidad, que desea mantener su carácter propio, su querer vivir colectivo, mediante un status jurídico que asegure la preservación de su ser específico, que no se reconoce inmerso en la colectividad nacional de la potencia colonial y que siente como una afrenta el dominio colonial y extranjero que lo subyuga.
Las Malvinas son argentinas. Porque en vista de lo antedicho, cuando no existe un pueblo como titular del derecho a la libre determinación y cuando, además, el territorio usurpado por la potencia colonialista formaba parte del estado al que la agresión imperialista desmembró, la aplicación correcta del principio de la libre determinación exige que ese territorio sea reintegrado al del Estado del que arbitrariamente fue separado.
Las Malvinas son argentinas. Porque el principio de autodeterminación fue descaradamente desestimado en 1971 con los pobladores nativos y originarios de la isla Diego García ubicada en el Océano Indico. La población, en su totalidad, fue deportada a cientos de kilómetros para instalar una base norteamericana merced a un acuerdo secreto con el Reino Unido dada su importancia estratégica (similar a la de las Malvinas).
Las Malvinas son argentinas. Porque son las islas del tesoro negro. Según el gobierno isleño, hay el equivalente a más de 60.000 millones de barriles en las aguas adyacentes al archipiélago. Otros cálculos más conservadores hablan de 18.000 millones de barriles. En cualquier caso, es una riqueza que supera por amplísimo margen las reservas totales de crudo de la Argentina y Gran Bretaña.
Las Malvinas son argentinas. Porque ni el acta de rendición de Puerto Argentino del 14 de junio de 1982, ni los acuerdos debatidos en España a partir del 17 de octubre de 1989, ni la declaración (o tratado) de Madrid del 15 de febrero de 1990 cerraron el debate relativo a la soberanía nacional sobre las islas, dado que el 5 de noviembre de 1982 la ONU declaró que la cuestión de la soberanía debía resolverse mediante negociaciones e instó a negociar entre las partes. Es decir, las Naciones Unidas dejaron bien claro que la guerra no resolvió el diferendo territorial.
Las Malvinas son argentinas. Aunque ciertos operadores nativos del “mundialismo” y la “globalización”, intentan imputar a un supuesto “territorialismo” nacionalista la falta de “realismo periférico” y el aislamiento internacional; con el consiguiente desaliento de inversiones externas, sin aclarar los motivos de la voracidad territorial de los países centrales sobre la periferia.
Las Malvinas son argentinas. Y no un páramo helado que da pérdidas. Por eso Inglaterra no las ha devuelto ni tiene intención de hacerlo. Este criterio lo ha repetido – y continua haciéndolo – cierto sector de ignorantes que repiten una falacia hábilmente impuesta por la anglofilia y los medios de comunicación financiados desde Londres. Por el contrario, son el reservorio de alimentos y energía del futuro y la llave natural de comunicación interoceánica, en caso de inutilización del Canal de Panamá.
Las Malvinas son argentinas. Porque la Guerra del Atlántico Sur no fue una querella e privada entre dos aficionados al whisky – la Dama de hojalata y el General de charretera y moña – con el objeto de apuntalar sus respectivos frentes internos erosionados por el descontento popular. Fue la eclosión de una escalada que comenzó en el año 1975 (retiro de embajadores, disparos disuasivos del destructor Storni, etc.) cuando se dimensionaron las gigantes reservas de petróleo que podía contener el Mar adyacente a Malvinas y el Mar Epicontinental también.
Las Malvinas son argentinas. Porque constituye la mayor controversia de soberanía existente en el planeta: un enorme espacio territorial marítimo, mayor aún que la superficie territorial argentina.
Las Malvinas son argentinas. Porque quieren convertirlas en la cabecera de playa de las plataformas de los yacimientos del Mar del Norte en vías de agotamiento. Las reservas del Atlántico Sur están estimadas en 6 billones de dólares, monto que representa 40 veces nuestra ilegítima deuda externa, o el producto interno bruto de nuestro país a lo largo de treinta años.
La posesión inglesa en las Islas Malvinas, basada en la agresión injusta y en el uso de la fuerza sirve de base para reclamar en forma arbitraria y ridícula supuestos derechos sobre la zona de proyección hacia el Polo Sur de las Islas Malvinas, pretendiendo que la Antártida Argentina, comprendida en esos límites, son “dependencias de las Islas Falkland”, como ellos la llaman.
Además del fundamento deleznable del derecho invocado, se desconoce la obra admirable de descubrimiento y ocupación permanente realizada en la inhóspita región por la República Argentina, desde hace más de medio siglo.
Las Malvinas son argentinas y la Antártida de los sudamericanos.

José Luis Muñoz Azpiri (h) es periodista, escritor e investigador. Autor de numerosos ensayos sobre diversas especialidades, es egresado de la Escuela de Defensa Nacional y ha realizado estudios superiores de Ciencias Antropológicas e Historia en la Universidad de Buenos Aires y la Universidad del Salvador, respectivamente. Colaborador de diversos medios nacionales y del exterior, ha recibido numerosas distinciones, entre ellas, la máxima distinción de la Comisión Permanente de Homenaje a Juan Facundo Quiroga: la Gran Cruz “Religión o Muerte”. Miembro de la Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación, actualmente se desempeña como director del área de prensa y difusión del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas”. Coautor de “Malvinas, la otra mirada” y autor de numerosos trabajos sobre historia y antropología, su último libro es “Soledad de mis pesares. Crónica de un despojo”.