Rosas

Rosas

viernes, 26 de octubre de 2012

La letra con sangre entra

Por Eduardo Galeano Mientras Estados Unidos y Japón llevaban adelante sus independencias,otro país, Paraguay, fue aniquilado por hacer eso mismo. Paraguay era el único país latinoamericano que se negaba a comprar salvavidas de plomo a los mercaderes y banqueros ingleses. Sus tres vecinos, Argentina, Brasil y Uruguay, tuvieron que dictarle, a sangre y fuego, un curso sobre los usos de las naciones civilizadas, como explicó el diario inglés «Standard», que se publicaba en Buenos Aires. Todos acabaron mal. Los alumnos, exterminados. Los profesores, fundidos.
Se había anunciado que en tres meses Paraguay recibiría su merecida lección, pero las clases duraron cinco años. La banca británica financió esa misión pedagógica, y la cobró muy cara. Los países vencedores terminaron debiendo el doble de lo que debían cinco años antes, y el país vencido, que no debía un centavo a nadie, fue obligado a inaugurar su deuda externa: Paraguay recibió un préstamo de un millón de libras esterlinas. El préstamo estaba destinado al pago de indemnización a los países vencedores. El país asesinado pagaba a los países asesinos, por lo mucho que les había costado asesinarlo. De Paraguay desaparecieron las tarifas aduaneras que protegían a la industria nacional; desaparecieron las empresas del estado, las tierras públicas, los hornos siderúrgicos, el ferrocarril que había sido uno de los primeros de América del Sur; desapareció el archivo nacional, quemado con todos sus tres siglos de historia; y desaparecieron los hombres. El presidente argentino, Domingo Faustino Sarmiento, educado educador,comprobó en 1870: —Se acabó la guerra. Ya no queda ningún paraguayo mayor de diez años. Y celebró: —Era preciso purgar la tierra de toda esa excrecencia humana.

Las exequias de Don Juan Manuel..

Por Pablo Rohr
Según sus disposiciones. el cadáver de Rozas fue transportado de la chacra de Swaltkling á la capilla de católica de Southampton. y al día siguiente conducido sin pompa alguna al cementerio de esa ciudad. El féretro de roble, llevaba en la parte anterior, y como un trofeo, una bandera argentina y el sable que el Libertador San Martín uso en sus campañas de la Independencia de América fue regalado , al general Rosas. Un solo coche acompañaba al féretro. La prensa de Inglaterra y de Francia se ocupo de la muerte Rozas, recordando los actos internacionales que llevo á cabo con las grandes potencias durante su gobierno, y encomiando su resolución y su fortaleza para seguir en su avanzada ancianidad la vida del trabajo diario, en el silencio de un retiro que él se lo hizo agradable, y en el que muy amado y respetado de cuantos lo conocían.
En Buenos Aires la prensa se limita a dar como noticia del día la de la muerte del tirano Juan Manuel de Rosas. Sus deudos pretendieron hacerle un funeral en la iglesia de San Ignacio de esa ciudad; pero simultáneamente aparecía en los diarios una invitación en la que varios ciudadanos pedían al pueblo asistiese á la Catedral á unas exequias fúnebres por las víctimas de la tiranía de Rosas. El gobierno prohibió aquel funeral, celebrándose sin embargo este último con asistencia de las autoridades nacionales y provinciales, y prevaleciéndose' de este hecho la política partidaria para celebrar la reconciliación de los partidos la cual, desbaratando la oposición se resolvió tres años después en una reacción y represión sangrienta que cimentó una nueva era de gobiernos salidos fuera de la orbita constitucional.
Así terminó su vida del Brigadier general Juan Manuel Ortiz de Rozas, ex-jefe supremo de la Confederación Argentina por el voto reiteradamente manifestado de los gobiernos y de los pueblos que la constituían.
Su gobierno comprendió una época de reacción, de represión, de descenso y de reconstrucción, á través de la cual siguió desarrollándose la revolución social argentina iniciada en mayo de 1810.
El gobierno de Rozas fué la expresión lógica de los elementos constitutivos de la sociedad nueva y revolucionaria en que se desenvolvía. Rosas fue el representante genuino de una época que no se había sucedido todavía y que debía marcarse para las provincias argentinas, como se marca para el hombre la época de su desarrollo con todos los excesos y ligerezas de la robustez y de la juventud. Fue la encarnación viva de los sentimientos, de las ideas, de las aspiraciones de las campañas argentinas, la cabeza se impusieron por la primera vez en el gobierno y en la política. La existencia del pueblo argentino proclamado por la revolución del año 10.

viernes, 19 de octubre de 2012

Las mujeres de Don Juan Manuel

Por: Oscar Sule Antes de referirnos al tema en cuestión y para contribuir mejor a su entendimiento, creemos pertinente primero hacer una breve descripción de la personalidad física y psicológica de don Juan Manuel de Rosas. Nos valdremos o apelaremos a los testimonios de sus parientes, de los extranjeros, particularmente de los embajadores o diplomáticos que lo alternaron, los de sus amigos y de sus enemigos políticos y los testimonios de sus historiadores más enjundiosos. Para ello es necesario parar la historia en un año; yo elegí estimativamente 1835, Rosas tiene 42 años. “Es un hombre de llamativa presencia, da la impresión de salud y vigor físico” . Su estatura apenas sobrepasa la media (1,76; 1,78 mts), su cabeza siempre erguida de dimensión proporcionada a su cuerpo, de cabello rubio dorado con dos ondas negligentemente alborotadas. Su frente cae como un acantilado, sus cejas rubias y despobladas, con párpados encapotados y en el fondo sus ojos celestes de mirada penetrante y dominadora. Nariz fina y labios apretados. De espaldas anchas y abiertas y busto prominente que barruntan un desarrollo importante de sus vías respiratorias profundas, los que delatan el ejercicio hípico a la que estuvo sometida su larga vida rural. Tiene manos pulcras a pesar de haberlas usado tantos años en los menesteres del campo. Sus gestos son medidos aunque a veces se exprese con un histrionismo calculado. Su vocabulario es amplio o mejor dicho variado. Es distinto el que emplea para comunicarse con los indios del que estampa en su correspondencia con Guido o Anchorena: es distinto el lenguaje familiar al lenguaje protocolar o el que emplea para discutir con los diplomáticos extranjeros. De vez en cuando alguna mala palabra o una expresión grosera. Cuenta el historiador Manuel Gálvez en su libro ya citado que habiendo concurrido a una tertulia, evento social que no solía frecuentar, una niña de la sociedad porteña amenizaba la reunión entonando al parecer con dulce voz una canción de la época. Rosas inclinándose hacia un contertulio que estaba a su lado le preguntó “¿A qué manada pertenece esta yeguita que relincha tan lindo”? . Siguiendo un esquema psicologista, la personalidad cuenta con tres esferas: la intelectual, la volitiva y la afectiva. La facultad dominante en Rosas es la volitiva, particularmente la voluntad, el carácter, el tesón: su voluntad es indoblegable y dominante. Es de una tenacidad descomunal y su fuerza es pura potencialidad. No hay objetivo que se proponga que no lo logre a largo o corto plazo. Sabe esperar y no se precipita. Rosas nació para mandar. Ese carácter dominante lo heredó de su madre. Su sobrino Lucio V. Mansilla, hijo del general y futuro escritor cuenta que cuando volvió de París trajeado a la moda europea y visto por toda la gente al cruzar la Plaza de la Victoria camino de regreso a su casa, su madre, Agustina Rosas, hermana del Restaurador, le recomendó ir a saludar a su tío pero con otro traje. Después de recibirlo cariñosamente su prima Manuelita fue a buscar a su padre. Rosas tardó bastante y cuando llegó a la habitación donde esperaba Lucio el tío lo abrazó pero le espetó “Me imagino que no viniste agringado” (le habrían pasado el dato de la vestimenta) y mirándolo inquisitorialmente le dijo, “estás muy flaco ¿no te dieron de comer en las europas?” e inmediatamente sin consultarlo ordenó “Manuelita un plato de arroz con leche para Lucio” y después de haberlo comido, Rosas ordenó otro plato de arroz con leche y así sucesivamente mientras simultáneamente le leía el Mensaje que días después Rosas iba a leer en la Legislatura. Y así siguieron, plato tras plato: cuanta Mansilla “yo comía maquinalmente, obedecía a una fuerza superior a mi voluntad…la lectura continuaba yo ya tenía la cabeza como un bombo…mientras que mi cinturón también se seguía estirando. Rosas posee una inteligencia natural; analiza una cuestión con precisión minuciosa: es detallista al exceso. Aborda un tema y lo agota en profundidad sin matices: no tiene semitonos: o es bueno o es malo, blanco o negro, celeste o colorado, unitario o federal. Es esquemático y maniqueo. En su inteligencia lo que sobresale o lo que más se presenta es el sentido común, un sólido pedestre y abrumador sentido común, como se desprende de estos hechos. Hacia 1831, primer gobierno de Rosas, lo pasó mucho tiempo en la campaña norte bonaerense: se hacía necesario enviar recursos y armas a López y Quiroga para combatir a la liga militar unitaria de Paz, ayudar a las localidades desvastadas por las incursiones de Lavalle y parlamentar con los indios. En esa circunstancia recibió una carta del Ministro de Guerra don Marcos Balcarce protestando porque los indios habían robado la hacienda de sus estancias. Rosas le contesta que hace lo que puede y que de Buenos Aires no ha recibido “recursos para tapar el hambre de una multitud de huéspedes que han pasado la cordillera” y en otra carta de nuevo a Balcarce le manifiesta que no hay que matarlos a los indios sino “que era necesario matarles el hambre” Rosas ha cursado los estudios primarios en el establecimiento de Francisco Javier de Argerich. Su adolescencia y juventud fueron modelados por el trabajo. Cuando los jóvenes de su edad concurren a estudios superiores o frecuentan el café de Marcos discurriendo sobre política o filosofía o en las tertulias en las que la música, la poesía y las polleras amplias y perfumadas de las niñas penetraban por primera vez en los sentidos y los corazones de los jóvenes de la ciudad, Juan Manuel tuvo como pedagogía a la naturaleza y como maestras a las escarchas amanecidas del invierno, a los calores y secas brutales del estío y los vientos huracanados del sur. Si a este magisterio le agregamos el ejercicio cotidiano en la conducción de una peonada compuesta por gauchos chúcaros e indios levantiscos a los que disciplinó a través del trabajo rudo de todos los días, podemos barruntar los perfiles temperamentales de su personalidad. Efectivamente, su universidad fue el trabajo y la naturaleza: de ellos indujo sus propios razonamientos que combinó con su carácter, herencia de madre. En cuanto a la esfera afectiva, la que guarda los sentimientos, el placer, el cariño, la tristeza, Rosas también los registró. No fue frío ni indiferente a los más tiernos sentidos del alma como algunos unitarios lo pintaron. Expresó su amor filial, fue fiel y amante esposo, cultivó su amor paternal y de viudo tuvo una amante. DOÑA AGUSTINA TERESA LÓPEZ DE OSORNIO La madre doña Agustina Teresa López de Osornio, hija de Clemente López de Osornio y Manuela Rubio y Gámiz, heredó de su padre don Clemente no solamente la estancia sino sus cualidades psicológicas y morales. Doña Agustina fue de carácter fuerte, posesiva y lista para la acción y el predominio. Era caritativa pero severa e inflexible en sus decisiones. En la estancia de su padre, en el rincón de López, cuando se lo permitía su naturaleza siempre henchida de fecundidad (tuvo 20 hijos) “mandaba parar rodeo, ordenaba los apartes, contaba la hacienda, montaba y a galope tendido inspeccionaba las manadas y rebaños” . De su carácter habla la siguiente anécdota contada por su nieto Lucio V. Mansilla. “Eran los tiempos en que Lavalle derrocó a Dorrego y éste se dirigió hacia Cañuelas buscando el apoyo de Rosas. En Buenos Aires el nuevo gobierno ordenó la requisa de todos los caballos que se encontraran en las casas de la ciudad. Los milicos policías llegaron a la casa de los Rozas atendiéndolos doña Agustina que les contestó que ella no tenía opinión política pero que siendo las bestias para combatir a su hijo no podía facilitarlas. Los policías volvieron pero no los atendió. Por tercera vez, hablando por la ventana con el comisario le dijo que si quería echar abajo las puertas que lo hiciera. Las órdenes eran perentorias y así lo hicieron: fueron a las caballerizas y doña Agustina les dijo, “ahí los tienen”: los caballos habían sido degollados y les expresó “mande Ud. sacar eso, yo pagaré la multa por tener inmundicias en mi casa: yo no lo haré”. No es extraño que entre la madre y el hijo hayan tenido algunos entredichos. Efectivamente se sabe que terminada la escuela primaria, Juan Manuel fue ubicado por su madre como dependiente de una de las tiendas más importantes de Buenos Aires. No era un trabajo desdoroso: la tienda era el centro de reunión de las clases pudientes de la ciudad, en donde se alternaba con lo más granado de la sociedad porteña y se establecían relaciones sociales de todo tipo, desde una simple amistad hasta una relación sentimental más profunda, desde el encuentro fortuito hasta el vínculo político buscado. El dependiente de tienda ya estaba involucrado necesariamente en la alta clase social. Ocurrió que el dueño de la tienda le ordenó al adolescente Juan Manuel que lavara los pisos, orden que no cumplió retirándose de la tienda. Doña Agustina lo reprendió y le ordenó volver a la tienda pero su hijo se negó y la madre lo encerró en una pieza por su desobediencia. Juan Manuel se sacó la ropa, forzó la cerradura y dejó una nota que decía “dejo todo lo que no es mío” y firmaba Juan Manuel Rosas, dejando también la “z” reemplazada por la “s”. Se llegó hasta las casas de sus primos los Anchorena a quienes les pidió ropa y trabajo. Ya reconciliado con los padres, don León Ortiz de Rozas, advirtiendo el carácter y la vocación por el campo que demostraba su hijo, lo autorizó a administrar la estancia de la familia (ya había sido muerto por los indios don Clemente y su hijo en un malón). Juan Manuel apenas tenía entre 17 y 18 años y ya empezaba a cargarse de responsabilidades grandes y peligrosas y a vivir fuera de su casa paterna. No obstante las visitas que hace a su hogar, escribe cartas a su madre “Mucho tiempo hace que no llevo a mis labios la mano de la que me dio el ser y esto amarga mi vida, le pido la bendición” . Rosas decide contraer matrimonio en 1813, con Encarnación Ezcurra y Arguibel: el tenía 20 años, ella 18. Agustina se opone al casorio, lo considera a su hijo aún muy jóven. Conociéndola a su madre, Juan Manuel instrumenta una treta. Le hizo escribir una carta a Encarnación en la que ella sugiere estar embarazada. Juan Manuel dejó la carta engañosamente en su mesa sabiendo que su madre la leería. Efectivamente doña Agustina leyó la carta y para evitar el escándalo social consiguiente, accedió al casamiento de su hijo. Todo ese temperamento posesivo e imperioso, doña Agustina se lo transmitirá a su hijo.
ENCARNACIÓN EZCURRA Y ARGUIBEL Rosas como cónyuge fue fiel esposo de Encarnación. No hubiera encontrado en todo el mundo una compañera como su esposa, que completara con tanta eficacia su personalidad. Doña Encarnación fue una mujer de armas llevar, mujer también de acción y de alto voltaje temperamental. No era bella, pero sus rasgos faciales eran armoniosos. Su cabello era castaño y recogido en forma de rodete. Su hablar era expresivo, a veces tumultuoso. Medio hombruna en su aspecto con momentos de exaltación y apasionamiento. Su personalidad se muestra en todo su vigor en los acontecimientos del año 1833. Rosas está en el sur y ella le comunica por carta los vaivenes de la política despotricando siempre contra los federales cismáticos. El gobierno de Balcarce apoyaba a los cismáticos por lo que Encarnación le hizo la guerra. En carta a Rosas le dice “las masas están cada día más dispuestas a trabajar de firme veremos que hacen los figurones” y ante la proximidad de las elecciones en las que se presentan dos listas, la de los apostólicos y la de los cismáticos, Encarnación le comunica a Rosas “no la hemos de perder, pues en caso de debilidad de los nuestros en algunas parroquias se armará bochinche y se los llevará al diablo a los cismáticos. Lo mismo me peleo con los cismáticos que con los apostólicos débiles pues los que me gustan son los de hacha y tiza” . Así sobreviene la revolución de los restauradores con la consiguiente caída de Balcarce. Encarnación ha sido protagonista contribuyendo decididamente a esta revolución. Tal fue el carácter de la esposa de Juan Manuel que fallece en 1838 a los 43 años afectada por una enfermedad mortal, quizás cáncer en la zona ginecológica.
MANUELITA ROSAS Es en este momento que aparece como protagonista Manuelita; tenía 21 años y era la antítesis de su madre. Nació el 24 de mayo de 1817 y fue bautizada con el nombre de Manuela Robustiana. Fue el hada buena que le faltaba a Rosas. Su estatura es la media, 1.70, 1.72 mts que es buena estatura para una mujer. Cabeza proporcionada al cuerpo con un magnífico cabello castaño que cuidaba con esmero y coquetería; ojos y nariz pequeños. No fue una belleza como sus tías Agustina o Mercedes Rosas pero repasando las memorias de sus contemporáneos, la ven atractiva, de bonito cuerpo, cintura leve y flexible y por sobre todas las cosas se la ve como una figura esbelta que con sus movimientos transmite gracia y voluptuosidad. A la muerte de su madre, Manuelita comenzó a desempeñar las comisiones oficiales de representación que le indicaba su padre. Rosas le encargó incluso el cuidado de los papeles públicos y hasta los secretos de los problemas políticos de estado y ejecutaba muchas de las acciones sugeridas por su padre. Originó sentimientos amorosos en más de un diplomático importante que cayeron rendidos ante su gracia femenina. Tal el caso de Lord Howden, embajador inglés que junto con el francés Walesky vinieron a negociar el fracaso que experimentaron en la guerra del Paraná. En una oportunidad Manuelita invitó a Lord Howden a una excursión a caballo desde Palermo hasta Santos Lugares. En el trayecto el inglés se le declaró pero Manuelita le manifestó que su corazón ya tenía dueño pero que a él lo consideraría con el afecto que se siente a un hermano. El inglés a los pocos días de ese año 1847 ordenó unilateralmente levantar el bloqueo de los buques ingleses ante el estupor desagradable del conde Walesky. El embajador Southern que firmó el tratado de paz en 1848, alzándose la Confederación con otro triunfo diplomático, también se dijo que cortejó a Manuelita. La “niña”, como le decía Rosas, tenía un salón en lo que es hoy estimativamente Bolívar y Moreno en el que se hacían tertulias sociales en donde Manuelita demostraba su inalterable amabilidad y gracia femenina. La rodeaban muchas niñas como Josefa Gómez, Juanita Sosa, Dolores Merced, Sofía Frank, Telésfora Sánchez, Petronila Villegas, Marica Mariño y otras amigas que con los mozos de su edad bailaban despreocupadamente mientras gustaban algún bocadito. Una noche, el 25 de mayo de 1841, Manuelita recibió de manos del edecán del almirante francés Dupotet, una caja con una carta escrita por el cónsul de Portugal con sede en Montevideo en la que le decía que la caja portaba un diploma y una medalla de la Sociedad de Anticuarios de Copenhague como obsequio a Rosas. La niña dejó la caja en una mesa en el centro de la sala y al otro día se la llevó a su padre quien le pidió que la abriera. Manuelita se la llevó a su dormitorio acompañada por una amiga, Telésfora Sánchez. Dejemos que el hecho lo cuente la misma protagonista. “la llevé a mi dormitorio y sentada en una silla al lado de la ventana, llamé a una jóven amiga mía, Telésfora Sánchez, que entonces me acompañaba, para que me ayudase a descocer los forros…Puse a un lado los forros y papeles, y al abrir la caja con la llave, saltó la tapa de un modo tan violento haciendo tan fuerte ruido que Telésfora y yo dimos un grito…Telésfora me dijo: Manuelita: fíjate, parecen cañones los tubos que la forman…Esa misma mañana la llevé a mi padre, y él, al mirar la máquina comprendió la terrible realidad. Guardó silencio un momento, y después mostrándosela al primer escribiente de la secretaría, don Pedro R. Rodríguez, le dijo: “es ésta una máquina infernal enviada por mis enemigos para matarme, pero Dios es justo. Vaya Vd inmediatamente a llamar al señor Ministro Arana”. No tardó en llegar dicho señor, quien quedó doblemente aterrado al saber si hubiera sido yo la víctima de tan espantosa trama. Tanto mi padre como él me abrazaron y besaron tiernamente, felicitándome por la protección que el Todopoderoso me había dispensado, y al decirme mi padre: “hija mía, demos fervientes gracias al Divino Ser que con tanta bondad nos ha salvado con su suprema protección”, mi llanto, sin desprenderme de sus brazos, no le permitió continuar…” Como lo explica Manuelita, la caja estaba dispuesta para que al abrirse los cañoncitos ubicados en un círculo hicieran fuego. La suerte quiso que la máquina, ya sea por humedad o por algún desperfecto no funcionó. Después del atentado se desató el torrente de felicitaciones y alabanzas a Manuelita. Hubo manifestaciones y fiestas en las parroquias. Pero el hecho suscitó otra iniciativa: se empezó a pensar en la sucesión de Rosas por si éste falleciera víctima de otro atentado o por razones naturales y los más encumbrados hombres del Partido Federal señalaron a Manuelita como sucesora de su padre. La iniciativa fue comunicada a Rosas por carta de José María Rojas y Patrón. Rosas rechazó el petitorio por improcedente e inapropiado de la idea. Manuelita siguió siendo el hada buena que dulcificó aquellos años tormentosos de la política. Ya en el exilio y liberada de las responsabilidades a la que estaba sujeta en Palermo esperó a su novio Máximo Terrero que dejó su patria y su familia y fue al encuentro de su amada; Manuelita contrajo matrimonio en octubre de 1852, ya tenía 35 años. “¡Petronita! –dice Manuelita el 26 de noviembre de 1852 en carta a su amiga- El 23 del pasado octubre recibimos en la iglesia católica de este pueblo la santa bendición nupcial que nuestros amantes corazones han esperado tantos años. Tu, que conoces a mi Máximo, puedes tener la certidumbre de que me hará completamente feliz. Las bondades y la ventura de pertenecerle me han hecho olvidar ya los malos momentos y todas las contrariedades que he sufrido en mi vida. Abrázame muy fuerte, amiga mía, y gózate en la felicidad de tu amiga”. La pareja se instaló en Londres, mientras, su padre arrendó o alquiló una especie de granja en Southampton de 148 acres, unas 100 Hs que Rosas la trabajó personalmente. Manuelita con su familia lo visitaban en las fiestas tradicionales, en los cumpleaños, en las vacaciones de sus hijos y en las pascuas. En carta a Josefa Gómez le comenta “Te aseguro que los días que paso a su lado pasan como por encanto, no tan sólo por lo que me encanta estar cerca de él y verlo tan entretenido con los nietos, sino como me gusta tanto el campo, sus ranchos son para mí un palacio”. En marzo de 1877, recibe noticias preocupantes de la salud de su padre. Se dispone ir a Southampton en donde encuentra a Rosas ya moribundo. Padre e hija intercambian algunas palabras cariñosas y Rosas fallece a dos días de la llegada de su hija. Manuelita siguió con su vida en Londres rodeada de Máximo Terrero y sus dos hijos Manuel Máximo, y Rodrigo a los que dedicó su vida aunque siempre añoró su vida en Buenos Aires, lo demuestra su copiosa correspondencia a sus amigas porteñas: más de cuarenta cartas a Josefa Gómez, nueve cartas o quizás más a Petrona Villegas, otras tantas a otras. A su padre que lo visitaba con su marido e hijos también le escribía desde Londres: se han detectado por lo menos siete cartas escritas a su padre. Jamás en boca de Manuelita se escuchó una palabra de resentimiento o reproche para con él. Por el contrario siempre fueron expresiones de cariño y admiración. Lo sobrevivió 21 años. Falleció en 1898, tenía 81 años.
EUGENIA CASTRO En este recorrido sentimental hubo otra mujer en la vida de Rosas, una mujer que durante más de diez años compartió la vida del rubio dictador en sus años de viudez: se llamó Eugenia Castro. El comandante Juan Gregorio Castro, poco antes de su muerte nombró a Rosas tutor de sus dos hijos Eugenia y Vicente. Eugenia llegó a la casa de Rosas (actual calle Moreno y Bolívar) ya declarada la enfermedad de Encarnación que fallece como ya recordamos el 19 de octubre de 1838. Hacia 1840 Rosas se va a ir trasladando paulatinamente al caserón de Palermo cuya construcción ya estaba en sus finales. Se muda con su familia, los empleados de su secretaría, sus edecanes y ordenanzas, peones y personal de servicio y con ellos Eugenia Castro. Los pocos que se han ocupado del tema la describen como una muchachita de “criollos encantos” “una de esas chinitas calladas que parece que no rompen un plato” de ojos negros vivaces y coqueteadores. Cuando entró al servicio de Rosas y antes que falleciaera Encarnación en 1838 a quien cuidó solícitamente, ya venía embarazada dando a luz ese mismo año a su primera hija Mercedes que llevó el apellido Costa “porque fue engendrada por Sotero Costa Arguibel” , un sobrino de Encarnación Ezcurra. Algunos historiadores se han equivocado al adjudicarle a Rosas esta primera paternidad. Poco tiempo después de fallecida Encarnación, Eugenia empezó a endulzar la viudez de Rosas con quien tuvo varios hijos; la primera fue Angela, la preferida de Rosas a la que llamaba “soldadito”. El censo de 1855 consigna la edad de Eugenia en 35 años y la de Angelita 14 años por lo que se deduce que Eugenia contaba entre 19 o 20 años cuando inició sus relaciones con Rosas, habiendo nacido su primera hija con Rosas en 1841. Luego vinieron cinco hijos más, Nicanora, Emilio o Armilio, Justina, Joaquín y Adrián este último que nace según dicho censo en 1852. El 3 de febrero de 1852 en Caseros, Rosas es derrocado y enseguida se embarca en el Conflict. No hemos realizado la investigación sobre el día y el mes de nacimiento de Adrián para confirmar o desechar la paternidad de Rosas, de este hijo de Eugenia que enseguida formó pareja con otro hombre con quien engendró dos hijos más. Ya en Southampton don Juan Manuel recibe cartas de Eugenia, el 4 de diciembre de 1852, el 13 de marzo de 1853, el 7 de marzo de 1853, el 7 de mayo de 1854 y el 6 de febrero de 1855, incluso cuando ya vivía con otro hombre. Rosas le contesta el 5 de junio de 1855. Se excusa por no haber escrito antes. Le notifica que en la escribanía conocida por Nepomuceno Terrero están las escrituras de la casa y el terreno que le corresponden. Le comenta sus apremios económicos, le reitera su llamado para venir a vivir con él en Inglaterra junto con “tus hijos”, “si cuando quise traerte conmigo”, según te lo propuse con tanto interés en dos muy expresivas y tiernas cartas hubieras venido no habrías sido tan desgraciada”. Como se advierte, Rosas le ha escrito en varias oportunidades antes de 1855. Se agradece “el envío como obsequio de los escapularios de Nuestra Señora de las Mercedes que me enviaste”. Le pide que le mande el apero que quedó en la casa después de algún otro comentario se despide: “Adiós querida Eugenia. Memorias a Juanita Sosa si es que aún sigue soltera. Te bendigo como a tus queridos hijos. Bendigo también a Antuca (Mercedes) y te deseo todo bien como tu afectísimo paisano. Juan Manuel de Rosas”. Como se aprecia en la despedida, bendice a sus hijos y aparte, separadamente, a Antuca, seudónimo de Mercedes, la primera hija de Eugenia, porque no es hija suya. Seguirá la correspondencia con Eugenia y Angelita, “La soldadito”, su preferida, con intercambio de presentes, pañuelitos, alguna que otra libranza por parte de Rosas. La última carta de Rosas está fechada en 1870. En su testamento redactado en 1862 que consta de 24 cláusulas; la 12, la 13, 14 y 15 están referidas a Eugenia haciendo alusión a su casa y un terreno, regalado por Rosas, que le corresponden cuyas escrituras según el texto del testamento ya habrían sido entregadas por Nepomuceno Terrero. También se le adjudica una cierta cantidad de dinero cuando le sean devueltos a Rosas los bienes confiscados según la esperanzada cláusula Nº 12.
UNA INVESTIGACIÓN PERIODÍSTICA Hacia 1928, el 28 de enero, el diario “Crítica” de Natalio Botana publicó un reportaje extenso a Nicanora Rosas de Galíndez, que dijo tener 82 años, pero por el censo de 1855 ya tendría 84 años, por otra parte, en el reportaje ella misma manifiesta haber nacido en 1844, la única hija sobreviviente de Rosas y Eugenia localizada por un periodista en una casita de la localidad de Glew (antes perteneciente al distrito de Lomas de Zamora) en donde vivía con una de sus hijas. El reportaje publicado en el diario “Crítica” llegó a la redacción de “Todo es Historia” por gentileza del Profesor Juan Palazzolo y publicado nuevamente en dicha revista con un título que dice entonces “La Mujer” y un subtítulo “Los recuerdos de una hija de Rosas”. La anciana le relata al periodista lo que recuerda de su niñez viviendo en la casona de Palermo, las relaciones de su madre Eugenia con Rosas, algunos caracteres de la personalidad de su padre al que denomina “el viejo”, las actividades de Manuelita, los regalos a los pobres y su noviazgo con Máximo Terrero, pero especialmente el comportamiento del “viejo” para con sus hijos tenidos con Eugenia. El periodista de “Crítica” entre otras cosas le preguntó “Y a ustedes ¿los quería Rosas?” la anciana le contestó “Era loco por los chiquillos. Vivía rodeado de sus hijos…” El periodista insiste “por ahí se dice que era tirano hasta con los chicos” – “¡Mentira!” Replicó la anciana “A nosotros nos salvaba de ir muchas veces a la escuela. Nos daba lecciones el capellán de Palermo. No nos gustaban y sin embargo mi madre nos mandaba ¡Salgan de aquí demonios! ¡vayan a la escuela!” “Entonces íbamos a ver al viejo y le decíamos, hoy no queremos ir a la escuela”. “Bueno. Vuélvanse. Concedía con alegría. Hoy es el día de San Vacanuto decía Rosas”- “¿Y qué santo es ese? inquirió el periodista a Nicanora, “El Santo de la Rabona debía ser y nos poníamos a jugar todos juntos”. Rosas se refería jocosamente a las vacaciones (San Vacanuto) y así la anciana Nicanora Rosas fue desgrananado sus recuerdos de la infancia en la casona de Palermo como la etapa más feliz de su vida. ¿Tuvo Rosas otros amores carnales además de Encarnación y Eugenia? Sus largas temporadas en el campo – Encarnación lo acompañaba en primavera y verano volviendo a la ciudad en temporada invernal – y más de veinte años en los que tuvo todo el poder político en sus manos, pareciera probable que haya tenido otras oportunidades. Pero es totalmente indemostrable. Ni siquiera sus enemigos políticos tan recurrentes a las habladurías y chimentos y tan sensibles a las irregularidades que pudiere cometer Rosas, detectaron los amores clandestinos que tuvo con Eugenia. Todo parece convenir que Encarnación y Eugenia fueron sus únicos amores carnales. En esta materia debemos admitir que fue extremadamente sobrio. Resulta aún más cuando lo comparamos con un Urquiza que tuvo un centenar de hijos o con un Fructuoso Rivera que no perdonó a ningún rancho en la Banda Oriental, ganándose el sobrenombre que Rosas le endilgó “el padrejón Rivera” por lo de padrillo, y años después los cuantiosos amores de un Roca y otros personajes encumbrados de la política. La gran pasión de Rosas sin lugar a dudas fue el mando, el poder, finalmente la política que lo absorbió en cuerpo y alma por lo que tenemos que desechar ante la luz de los hechos y más aún ante la documentación cuantiosa que se conoce la existencia de alguna otra relación erótica. MANUELITA ASISTE A ROSAS En el año 1876, Rosas le escribió a Manuelita informándole de algo que para el viejo exilado habrá sido desgarrador. “Triste siento decirte que las vacas ya no están en este Farm. Dios sabe lo que dispone y el placer que sentía al verlas en el field, llamarme, irme a mi carruaje a recibir alguna ración cariñosa por mis manos, y al enviar a ustedes la manteca. Las he vendido por veintisiete libras y si más hubiera esperado, menos hubieran ofrecido…” . El hombre que en su patria tuvo rodeos de miles de cabezas de ganado, vendía sus últimas tres vacas para poder sobrevivir en el exilio por veintisiete libras. Seguramente de esas libras salieran las requeridas para su sepelio. Efectivamente meses después, en marzo de 1877, al finalizar una jornada fría de trabajo en el campo Rosas contrajo pulmonía que derivó en neumonía. En la tarde del 12 de marzo de 1877. Manuelita fue llamada con urgencia por un telegrama del médico de su tatita. Dr. Wibling. Llegó a la granja antes de la medianoche. El 13 Rosas permaneció estable pero al otro día muy temprano se descompuso definitivamente. Manuelita en carta a su esposo le informó “Salté de la cama y cuando llegué a él lo besé tantas veces como tu sabes lo hacía siempre y al besarle la mano la sentí ya fría. Le pregunté ¿cómo te va tatita? Su contestación fue mirándome con la mayor ternura”. No sé niña, no es nada…”. Así se clausuraba la historia de Juan Manuel de Rosas. Su hija en la misma carta a Máximo Terrero concluyó “Así, tú vez, Máximo mío, que sus últimas palabras y miradas fueron para mí, para su hija…”. Leonardo Castellani allá por 1960 versificó. Sintiese en una ventolera de la pampa infinita Hollando en un potro la gramilla helada Oyó como una voz de lejos “Como anda tatita” Y se oyó a sí mismo muy lejos: “Niña no es nada”. BIBLIOGRAFÍA GÁLVEZ, Manuel: “Vida de Juan Manuel de Rosas” Edit. Tor, 5ª edic, 1950. SULÉ, Jorge Oscar: “Rosas y sus relaciones con los indios”. Colección Estrella Federal. Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas. Bs. As. 2003. BONURA, Lina y Elena: “El sentido común en el poder”. Edic. propia. Bs. As. 1986. IBARGUREN, Carlos: “Juan Manuel de Rosas. Su vida, su drama, su tiempo”. Edit. Frontispicio. Bs. As. 1959. IBARGUREN, Carlos: “Manuelita Rosas”. Edit. Carlos y Roberto Nalé. 1953. BROSSARD. A de: “Rosas visto por un diplomático inglés”. Hist. Argentina de José María Rosa. T IV. LYNCH, John: “Juan Manuel de Rosas” EMECÉ Bs. As 1984. ROTJER, Aníbal A.: “Rosas prócer argentino” Teoría 1992. DARWIN, Carlos: “Diario de un naturalista alrededor del mundo”. Traducción de Juan Mateos. Edit. Calpe. Madrid 1921. CÁRDENAS, Felipe (h): “Las tres mujeres de Juan Manuel”. “Todo es historia”. Mayo 1967. LOJO, María Rosa: “La Princesa federal”. Edit. Planeta Bs. As. 2000 CENSO DE 1855. Proporcionado por gentileza de la Sra. Verónica Galletti. CALZADA, Rafael: “Cincuenta años en América”. Citado por Felipe Cárdenas (h). “TODO ES HISTORIA”. “La mujer”. Los recuerdos de una hija de Rosas. Reproducción de un reportaje hecho por un periodista a Nicanora Rosa de Galíndez publicado en “Crítica” el 28 de enero de 1828. CHÁVEZ, Fermín: Proemio a “Instrucciones a los capataces de estancia” de Juan Manuel de Rosas. Edit. Teoría. ROSA, José María: “Historia Argentina” TOMO IV. Edit. Oriente. Bs. As. 1969. O´ DONNELL, Mario: “Juan Manuel de Rosas: el maldito de nuestra historia oficial”. Edic. Planeta. Bs. As. 2001. PICCINALI, Héctor: “San Martín y Rosas”. Colección Estrella Federal 1998. MANSILLA, Lucio V. “Rozas”. Edit. Garnier Hermanos. París 1898. GÁLVEZ, Manuel: “Vida de Juan Manuel de Rosas”. Edit. Tor 5ª edic, 1950. GÁLVEZ, Manuel: Op. Cit. MANSILLA, Lucio: “Rozas” Ed. Garnier Hermanos. París. 1898. SULÉ, Jorge “Rosas y sus relaciones con los indios”. Colección Estrella Federal 2003. Inst. Hist. Juan Manuel de Rosas BONURA, Lina y Elena “El sentido común en el poder”, editado por Inst. Bibliográfico Zinny s.f. IBARGUREN, Carlos: “Juan Manuel de Rosas. Su vida, su drama, su tiempo” Edit. Frontispicio 1959. IBARGUREN, Carlos: Op. cit ROSA, José María: “Historia Argentina” T IV. Edit. Oriente 1964. Ibidem. IBARGUREN, Carlos: “Manuelita Rosas”, pág 45. Edit. Carlos y Roberto Nalé. 1953. Ibidem. Pág 54. IBARGUREN, Carlos: Op. cit. Pág 62. CÁRDENAS, Felipe (h): “Las tres mujeres de Juan Manuel”. “Todo es Historia”, mayo de 1967. LOJO, María Rosa: “La Princesa Federal” Ibidem Censo de 1855 proporcionado por gentileza de la Sra. Verónica Galletti. CALZADA, Rafael “Cincuenta años en América”, citado por Felipe Cárdenas (h) en “Todo es Historia” mayo 1967. El Dr. Rafael Calzada inició juicio a Manuela Rosas de Terrero en 1886 por petición de herencia. En esa demanda están las cartas de Rosas a Eugenia para demostrar el vínculo. La demanda fue desestimada por razones de jurisdicción. Copia de dicho reportaje obra en mi biblioteca obsequiado por el historiador Fermín Chávez. Lamentablemente la copia obsequiada no registra el número o mes de la Revista “Todo es Historia” que lo reprodujo. CHÁVEZ, Fermín. Proemio a “Instrucciones a los capataces de estancias” de Juan Manuel de Rosas. Edit. Theoría. 1999 IBARGUREN, Carlos: Op. Cit. CHÁVEZ, Fermín: Op. Cit.

Arbolito, el justiciero

Por Doc9 - Usted será encarcelado en una cárcel de mujeres, porque además de injuriar la memoria de un héroe de la Patria, usted no es suficientemente hombre... ¿Qué había hecho Osvaldo para que lo manden a encerrar casi 2 meses; a que Prócer había ofendido?... la historia cuenta que en marzo de 1829 el entonces Presidente de las Provincias Unidas, Bernardino Rivadavia, priorizando los intereses de los estancieros sobre tierras vírgenes, designó por decreto a un mercenario oriundo de Prusia, llamado Federico Rauch; su misión exterminar: a los indios ranqueles, personas naturales de estas pampas americanas. Los métodos de este matador que años atrás había servido a Napoleón Bonaparte, eran bastante sanguinarios; Rauch se ufanaba de su practicidad: "ahorremos balas, degollemos a los salvajes ranqueles, porque estos no tienen salvación sino no tienen sentido de la propiedad".
El prusiano había llegado a Buenos Aires y de movida arrasó con todo aquello que olía a aborigen nativo, mandando a violar a sus mujeres, destrozando su arte y cultura, arrebatando miles de cabezas de ganado. Rauch contaba entre sus hombres a los soldados que años atrás habían aprendido a asesinar en la Guerra librada contra el Brasil por la adquisición del territorio de la Banda Oriental (hoy Uruguay). El futuro golpista y -verdugo de Manuel Dorrego-, el general Juan Lavalle era uno de sus soldados preferidos. Lo que no intuía el prusiano Rauch es que alguien estaba observando su modus operandi de la muerte. Sucede que una vez que el genocida terminaba su obra de destrucción, arengaba para donde haya arbustos y campo cerrado. Por semanas alguien, lo estaba mirando. Era un muchacho delgado pero robusto, alto y bien melenudo. De lejos, con su larga cabellera parecía un pino, su nombre Nicasio Maciel, más conocido como Arbolito. Los días se sucedieron, Arbolito observaba, esperaba, y cuando pudo, tal un tigre esperando su víctima, boleó el caballo del prusiano genocida y degolló al General europeo. La poderosa provincia de Buenos Aires lamentó la muerte del prusiano como nunca lo hizo con los miles de nativos que se exterminaron por sus órdenes. Hasta homenajeó al militar muerto denominando Ciudad de Coronel Rauch a una porción del territorio bonaerense. Pasaron casi 180 años del ajusticiamiento del genocida europeo. Pero en 1960, Osvaldo, que estaba investigando la matanza de cientos de obreros en la Patagonia a manos del gobierno del radical Hipólito Irigoyen casi 40 años atrás, comenzó a hurgar en la identidad perdida del justiciero Arbolito. Aunque muy poco se sabía de él, Osvaldo descubrió que su nombre era Nicasio Maciel, a quien Rauch le había asesinado a muchos familiares y amigos. Osvaldo comprendió que con Rivadavia y el prusiano comenzaba la “limpieza” de los verdaderos dueños de las tierras que cincuenta años después culminaría el dos veces presidente de la Nación, Julio Argentino Roca con su Campaña del Desierto. Se avecinaba otro golpe de Estado en esa Argentina de 1962. En poco tiempo, la militar Revolución Argentina se iba a ser cargo del timón del Ejecutivo. Pero Osvaldo siguió su lucha, viajó a Coronel Rauch y contó la historia de Arbolito. Apenas llegó a la Capital Federal fue detenido y enviado a la cárcel de mujeres. Al salir, la lucha por revindicar a Arbolito continuó. A Osvaldo siquiera pudo frenarlo los sucesivos golpes militares. Hace menos de un mes, en este 2008, vecinos de la ciudad de Azul, en Buenos Aires, impulsaron el cambio de denominación de una de sus calles, llamada Coronel Rauch, por el nombre de Arbolito. Osvaldo estuvo presente allí, junto al grupo musical de nombre Arbolito en reconocimiento al justiciero. Este Apunte quiere ser un reconocimiento de la pelea que esta llevando el gran escritor Osvaldo Bayer, el autor de la Patagonia Rebelde, mentor de la campaña Awka Liwen que propone erradicar de todos los espacios públicos del país a los monumentos que homenajean al general Roca y denominar Arbolito a la localidad Coronel Rauch. “Es increíble la forma como se repartió la tierra después de la Campaña del Desierto; alcanza con ver el resultado que sacamos del Boletín de la Sociedad Rural Argentina fundada en 1868, que entre 1876 y 1903, pasó a tener 41.787.000 hectáreas de terratenientes, principalmente de la familia Roca y la familia y la familia Martínez de Hoz, del clan del que iba a ser ministro de Economía de la dictadura militar de 1976”, dijo alguna vez Osvaldo.
Nada es casualidad. Osvaldo Bayer es un luchador, un revolucionario…esta historia de Osvaldo fue primordial para el nacimiento de la banda de rock/folclore: Arbolito, esa que escucha Verónica. Pero por ahora, gracias Osvaldo, el alemán¡¡ uno de mis maestros en periodismo.

jueves, 18 de octubre de 2012

Jorge Abelardo Ramos (1921-1994)

Nació en 1921, en el barrio porteño de Flores. Fue político, historiador y escritor, creador de la corriente política e ideológica llamada “Izquierda Nacional” de notable influencia intelectual en América Latina especialmente en Argentina, Uruguay, Bolivia y Chile.
El Colorado Ramos, como fue conocido, disponía de un admirable sentido del humor, una fulminante respuesta irónica y una capacidad oratoria inigualable. Su enorme creatividad para elaborar síntesis sorprendentes –especie de epigramas- enriquecían los apasionados debates.
Encabeza a mediados de la década del treinta una importante huelga de estudiantes secundarios que le vale la expulsión del Colegio Nacional Buenos Aires. A poco de estos acontecimientos Jorge Abelardo Ramos comenzó a integrarse a los pequeños grupos revolucionarios que se formaron bajo la influencia de la Revolución Rusa y de León Trotsky y crea la revista “Octubre”.
Uno de los grandes aportes intelectuales de Jorge Abelardo Ramos al pensamiento político argentino es su caracterización del peronismo como movimiento revolucionario antiimperialista y su brillante explicación sobre cómo y por qué los trabajadores argentinos se encolumnaron detrás de un coronel nacionalista y llevaron adelante un programa, que no era la socialización de los medios de producción sino la creación de un capitalismo autárquico e independiente.
A los veintiocho años publica su primer libro: “América Latina: un país” que es secuestrado por la policía federal por orden de la Comisión de Actividades Anti Argentinas, dirigida por el diputado conservador Emilio Visca. Este libro marcará su camino: la consigna de unidad latinoamericana lo acompañará toda su vida.
Es columnista del diario “Democracia”, con el seudónimo de “Víctor Almagro”. Con la contrarrevolución de 1955, Ramos, junto a la CGT y desde la revista “Izquierda”, llama a conformar las “milicias obreras” para defender el gobierno popular. Durante los 18 años de gobiernos militares y civiles proscriptivos sufrió persecuciones, detenciones y atentados, entre ellos la voladura de la librería y editorial Mar Dulce que dirigía y donde publicó centenares de libros de todos los escritores nacionales comprometidos con la causa nacional y el retorno de Perón al país.
En 1954 publica “Crisis y resurrección de la literatura argentina”. El libro causó un efecto explosivo en los ambientes intelectuales y literarios porteños, ya que lanzó una crítica inédita e implacable sobre dos popes de la cultura oficial argentina: Jorge Luis Borges y Ezequiel Martínez Estrada.
Publica, en 1957, “Revolución y contrarrevolución en la Argentina” que se vende en múltiples ediciones, cumpliendo un papel fundamental en la nacionalización de las clases medias en las décadas del 60 y 70. Con esta obra imprescindible, Jorge Abelardo Ramos contribuye decisivamente a consolidar la corriente del revisionismo histórico en la Argentina.
Con “Historia de la Nación Latinoamericana” sorprende nuevamente, en 1968, al presentar la primera historia común de la Patria Grande. Reivindica los movimientos nacionales revolucionarios de los países coloniales y semi-coloniales y los hermana con el peronismo. En este libro también polemiza duramente con Regis Debray y las tesis foquistas del Che Guevara.
Viaja innumerables veces a Bolivia, Perú, Uruguay y Paraguay para difundir el pensamiento de la izquierda nacional y la unificación latinoamericana.
En 1961 junto a Jorge Enea Spilimbergo destacado intelectual de la Izquierda Nacional, Manuel Carpio, fundador de la Unión Obrera Metalúrgica, y militantes provenientes del peronismo y el socialismo funda el Partido Socialista de la Izquierda Nacional (PSIN), al que se suman entre otros, Blas Alberti, Alberto Guerberof e innumerables jóvenes de las décadas del 60 y del 70.
En 1970, la Izquierda Nacional logra la conducción de la Federación Universitaria Argentina (FUA), que por primera vez en su historia reivindica el 17 de Octubre de 1945 y el derecho del General Perón a volver a la patria, a la vez que exige a la dictadura militar “elecciones sin fraudes ni proscripciones”.
Con nuevos aliados, la Izquierda Nacional conforma el Frente de Izquierda Popular (FIP), que el 11 de marzo de 1973 lleva a Jorge Abelardo Ramos como candidato a Presidente de la Nación. Luego, en la elecciones del 23 de setiembre de ese mismo año, el FIP lleva en su boleta presidencial la fórmula Juan Domingo Perón – Isabel Perón y logra 900.000 votos para sumar al triunfo popular.
En 1975, la Triple A pone dos bombas en el local del FIP. A partir del golpe de 1976 Jorge Abelardo Ramos sufre atentados contra su vida, varias detenciones e intento de secuestro en la provincia de Córdoba. Una decena de compañeros del FIP son asesinados o “desaparecidos”, varios partieron al exilio y otros fueron detenidos varios años. En la clandestinidad y por correo, la Izquierda Nacional debate, en un inédito congreso, los destinos del país, el peronismo y la clase obrera. La militancia se repliega en la lucha sindical y social.
Durante la Guerra de las Malvinas, pudo desplegar su teoría de “los dos ejércitos” (el nacional y el cipayo) apoyando claramente la postura argentina. Viajó a las islas durante el conflicto, acompañado por Saúl Ubaldini, secretario general de la CGT y Deolindo Bittel, presidente del Partido Justicialista.

Con el Movimiento Patriótico de Liberación (MPL) integró el FREJUPO redactando su acta constitutiva, en las elecciones de 1989 que llevaron a la presidencia a Carlos Menem. Fue nombrado embajador de la Argentina en México, cargo que ejerció hasta 1992. Las constantes críticas a la política de los EE.UU, su apoyo al presidente Noriega de Panamá y las intrigas del embajador norteamericano en México, John Negroponte, movieron a la Cancillería a quitarle la representación diplomática. A su regreso al país, se propuso desarrollar el Área Cultural del Mercosur, tarea en la que estaba empeñado.

Finalmente impulsó la integración de los cuadros políticos y militantes del MPL al Partido Justicialista. “Hemos resuelto dejar de ser aliados del peronismo para ser parte de él”, propuso.
Falleció en Buenos Aires el 2 de octubre 1994.

http://www.ellospensaron.com.ar

lunes, 15 de octubre de 2012

LA TRANSFORMACIÓN QUE HIZO PERON EN ARGENTINA.

Por Walter Moore Una vez en el gobierno, Juan Domingo Perón, que conocía perfectamente la organización que el Imperio Angloamericano sostenía para controlar a los países más débiles, diseñó e instaló un dispositivo estratégico para oponerse tanto a los recursos y fuentes de poder del Imperio como al crecimiento de sus aliados internos. Perón apoya su poder en la movilización del Pueblo argentino, y así mantiene a todos sus enemigos y aliados controlados mediante un dispositivo capilar que llegaba a todas las instituciones de la República. Con este gran poder se dedica a realizar una obra, destinada a transformar la Argentina, en la cual su primer objetivo fue retomar el control de la economía nacional, cuyos principales mecanismos estaban en manos británicas. Ellos manejaban prácticamente a todos los bancos, inclusive al Banco Central, y todas las otras instituciones financieras, y de seguros. Perón, con decisión y energía recuperó para el Estado Argentino el manejo del sistema financiero. En 1943 se nacionalizó el Banco Central, controlado hasta entonces por los británicos, y dio un gran impulso a la creación de los bancos estatales, provinciales y municipales, y creó el sistema nacional de seguros. Perón, sabiendo el poder destructor del sistema financiero colonialista, definió una política totalmente contraria a recibir préstamos externos, asegurando que se cortaría la mano antes de firmar un empréstito, pagando todas las deudas que el Estado argentino tenía con los acreedores de la banca internacional.
Cuando fue desalojado del poder en 1955, el Estado Argentino no tenía deuda externa. También debilitó el poder de los grupos importadores del puerto de Buenos Aires, tradicionalmente vinculados a los intereses británicos, colocando a todas las importaciones bajo el control del Estado, para lo cual creó el IAPI (Instituto Argentino de Promoción del Intercambio), destinado a controlar el comercio exterior, sustrayéndolo del control de tradicionales aliados de los intereses imperiales siempre dispuestos a destruir toda la industria que compitiera con sus proveedores extranjeros. Cuando Perón llegó al poder, las empresas británicas tenían el control de todos los sistemas de transportes, la provisión y distribución de fluido eléctrico, y de las empresas telefónicas lo que generaba un enorme drenaje de divisas provenientes de los bolsillos de los argentinos hacia las arcas inglesas. Para revertir esta situación, Perón reorganizó prácticamente toda la estructura productiva y de servicios públicos. Ante la certeza de que Inglaterra no pagaría nunca la deuda que tenía con la Argentina, la canceló nacionalizando los ferrocarriles británicos, con una red hábilmente diseñada para extraer la riqueza del campo argentino y llevarla a Europa a través del puerto de Buenos Aires, pero con trochas diferentes que impedían que se integraran las diferentes regiones argentinas. Entre muchas otras medidas, crea las Juntas Nacionales de Carnes y de Granos, así puso la riqueza del campo argentino en manos de sus productores, gracias a la regulación de ese comercio por el Estado, quitándole los beneficios y el control de nuestros productores a los intermediarios de las multinacionales que hasta entonces manejaban toda la exportación de granos y carnes argentinas. Luchó, además, contra los grandes latifundios improductivos, una de sus primeras leyes fue para poner en marcha un Estatuto del Peón de Campo, que dignificaba laboral y salarialmente este trabajo, al mismo tiempo que fomentó desde el Estado el desarrollo de una agroindustria que incrementó notablemente la productividad del campo. El impulso para industrializar el país incluye la creación de la industria pesada (altos hornos, impulsó a la siderurgia y el crecimiento de la empresa petrolera estatal, YPF), genera centros de investigación y desarrollo, impulsando la organización de lo que luego sería la Comisión Nacional de Energía Atómica y el Instituto Balseiro de investigación.
Al mismo tiempo impulsa el desarrollo de una industria de defensa nacional para independizarnos de los proveedores imperiales, creando, entre otras, una industria aeronáutica capaz de crear los aviones a reacción Pulqui 1 y 2, de los más avanzados de su época, desarrollados por ingenieros alemanes emigrados a la Argentina después de la Segunda Guerra Mundial, inaugurando una tradición que sólo sería destruida durante el gobierno de Carlos Menem, en el cual los norteamericanos, impusieron la desbaratamiento del proyecto del misil Cóndor II, un prodigio técnico que desarrollaba un cohete capaz de instalar satélites propios y llegar a otros continentes, al mismo tiempo que ese gobierno implementó la eliminación de la fábrica militar de aviones y de toda la industria militar argentina, siguiendo las instrucciones de nuestros enemigos británicos. También impulsa la instalación de industrias automotrices y de autopartes, produciendo dos vehículos íntegramente diseñados en Argentina, impulsa el desarrollo de astilleros navales para apoyar la recién creada flota marítima del Estado, destinada a dejar en las arcas nacionales los costos de transporte de las exportaciones e importaciones argentinas. A estas políticas se suma un permanente crecimiento de la infraestructura productiva del país, mediante el apoyo permanente a las pequeñas y medianas empresas y el estricto control desde el Estado a la competencia desleal generada por las grandes empresas monopólicas, a las que opone una miríada de cooperativas, y pequeñas y medianas empresas de capitales nacionales apoyadas por el Estado dando gran impulso a la cooperativas de crédito para que los productores se financien lejos de la usura bancaria. Genera un fuerte sistema para reprimir el mercado negro y general una legislación contra los especuladores y agiotistas que es una de las primeras medidas derogadas por el golpe de la masonería pro británica en 1955. Al mismo tiempo que se generaba esta gigantesca revolución productiva, se producía un incremento del consumo interno gracias a la nueva distribución de la renta nacional, que llevó a los bolsillos de la clase trabajadora el 50 por ciento del Producto Bruto Nacional. El pleno empleo, la institución del aguinaldo y el doble aguinaldo, las vacaciones pagas y obligatorias, la jornada de ocho horas, la financiación estatal de las viviendas populares a través del Banco Hipotecario, que se hicieron accesibles gracias a los salarios dignos y a las prioridades de consumo que auspiciaba el gobierno. Todas estas medidas, que en gran medida favorecieron el crecimiento de una poderosa clase media y configuraron un nuevo país social, en el cual nadie estaba excluido, en consecuencia, nunca estuvieron más despobladas las cárceles argentinas, ni fue menor el porcentaje de delitos. Las políticas del peronismo dieron origen a millares de instituciones de servicios sociales destinadas a asegurar mejores condiciones de vida a los trabajadores y a las clases más humildes. El sistema de salud pública impulsado por el Dr. Ramón Carrillo, creó un salto cualitativo en las condiciones sanitarias para todas las clases sociales en el país, que tuvieron como resultado un notable descenso del porcentaje de la morbimortalidad infantil y el incremento de la expectativas de vida de gran parte de la población. Los ancianos, protegidos económicamente por un sistema de jubilaciones y pensiones estatales que les aseguraba la seguridad económica dándoles un verdadero júbilo después de toda una vida de trabajo. Los derechos de la Ancianidad y de la Infancia, dos políticas centrales destinadas a oponerse a los designios genocidas del Imperio, no sólo garantizaron jubilaciones dignas, sino una educación, alimentación, cuidado y participación social a través de los deportes a los niños y jóvenes de todos los grupos sociales, lo que permitió crear una sociedad poderosa y crecientemente justa.
Perón organizó y auspició el fortalecimiento de los sindicatos y la creación de una fuerte central única de trabajadores, la Confederación General del Trabajo que les daba un poder de negociación real al movimiento obrero organizado ante la voracidad capitalista, organizada en cámaras empresarias únicas mientras propiciaban la atomización sindical. Para oponerse a los ataques de la feroz Guerra Psicológica emprendida por el Imperio desde todos los medios internacionales, Perón estatizó gran parte de los medios de comunicación social, creó el primer canal de televisión, le dio gran envergadura a las radios del Estado, desarrolló y compró diarios y revistas que difundieran sus políticas, para oponer su información a la de los otros medios, casi todos copados por la ideología liberal, que consciente o inconscientemente, apoyan las políticas imperiales en contra de los intereses de su propio país, partiendo de información generada por las agencias de noticias que dependen del Foreign Office británico o de los servicios de inteligencia norteamericanos. El modelo político de Perón, ni socialista, ni liberal, (que se expresaba en el campo internacional como Tercera Posición) se basó en un nuevo concepto de organización política: La creación de una Comunidad Organizada que funcionara armoniosamente, sustentada fundamentalmente en el poder de las Organizaciones Libres del Pueblo[1][1]. Para lograr este objetivo estratégico de largo plazo, organizó una estructura política muy especial, que conservaba algunas instituciones liberales como los partidos políticos con representación parlamentaria, y tomaba otras del socialismo como la economía semi-planificada contenida en los Planes Quinquenales. Pero su mayor originalidad consiste en el desarrollo de lo que denominó Movimiento Peronista, en la cual el Partido Peronista era solamente un instrumento electoral que se armaba antes de cada elección, y prácticamente desaparecía después de ellas. El Movimiento comprendía el Partido Peronista Femenino, de enorme vigor, desatado porque por primera vez en la historia argentina el peronismo les otorgó a las mujeres iguales derechos cívicos que los hombres. El Movimiento Peronista tenía su columna vertebral en la movilización de la totalidad del pueblo trabajador a través del Movimiento Obrero Organizado, las instituciones de la Confederación General del Trabajo, a la cual debían asociarse las Federaciones de Gremios únicos por cada rama de actividad, que tenían sus propios sistemas de obras sociales que incluían sanatorios y servicios de salud, proveedurías para abastecimiento popular a precios muy bajos, hoteles de vacaciones, provisión de viviendas, sistemas de recreación, y hasta servicios de sepelios. Por otra parte organizó la Confederación General Económica, donde agrupó las fuerzas de las pequeñas y medianas empresas nacionales, que no se encontraban representadas en las organizaciones como la Unión Industrial, la Bolsa de Comercio, la Cámara de Comercio y la Bolsa de Cereales que tradicionalmente presionaban a los gobiernos para imponerles política favorables a las grandes empresas nacionales y multinacionales asentadas aquí. La Comunidad Organizada también comprendía a la Unión de Estudiantes Secundarios y la Confederación General Universitaria, como apoyo a una nueva estructura de democratización de la educación gracias a la cual todos los jóvenes, hasta los más humildes, tenían acceso a una educación completamente gratuita y de alta calidad académica, a los deportes, las vacaciones y la facilidad para obtener los elementos que todos los jóvenes desean, tales como ropa deportiva, la posibilidad de adquirir una bicicleta o una moto pequeña, todo un lujo en aquellos años, y de aprender, desde la escuela primaria, cuales eran sus derechos como ciudadanos argentinos. Los Derechos de la Mujer, de la Infancia y de la Ancianidad fueron instituidos en la nueva Constitución redactada en 1949, que también garantizaba la propiedad del Estado sobre el subsuelo y los recursos existentes en la Plataforma Continental Argentina, siempre codiciados por las empresas imperiales, de la misma manera que establecía que los servicios públicos deberían ser prestados directamente por el Estado. Dicha constitución fue derogada en forma ilegal con una proclama militar, emitida por un régimen de facto, motivo por el cual numerosos juristas sostienen que es la única vigente en Argentina, lo que coloca los actos de entrega de los gobiernos posteriores en una situación de fragilidad jurídica. En el campo de la política exterior, el gobierno de Perón estableció políticas que tendrían profunda repercusión mundial.
Creó la doctrina de la Tercera Posición tomando distancia del reparto del mundo organizado en Yalta por Estados Unidos, Inglaterra y la Unión Soviética, que luego diera origen al Movimiento de Países No Alineados que integraron la mayor parte de los grandes países del Tercer Mundo. Las consignas principales que elaboró el peronismo son: Justicia Social, Independencia Económica, Soberanía Política, Cultura Nacional, Defensa Ambiental, Continentalismo y Universalismo. En base a estos grandes objetivos Juan Domingo Perón encaró la construcción de un Estado y la organización política, social, económica y cultural capaz de oponerse a los designios del Imperio y sus aliados internos. La lucha contra la oligarquía local, y la consecuente defensa de los grupos más humildes y vulnerables de nuestra sociedad eran conducidos por Eva Perón, infatigable en su tarea por aliviar el dolor y las penurias de los más pobres y en su denuncia del comportamiento genocida de los grupos de poder tradicionales en la Argentina y de sus aliados ingleses y norteamericanos. La tendencia naturalmente negociadora de Perón, acostumbrado al regateo político sin claudicar de sus objetivos, era contrapesada por la intransigencia militante de Evita, que no soportaba el menor atisbo de traición ni de corrupción por parte de sus partidarios, motivo por el cual era escandalosamente condenada por la sociedad gorila, opositora desaforada a un régimen político que había posibilitado una participación igualitaria de los grupos más humildes, los cabecitas negras, dentro de una sociedad de la cual se sentían propietarios. La doctrina que, luego de la Actualización Doctrinaria de la década de 1970, Perón llamaría Continentalismo, tuvo su expresión política durante su primer gobierno con la propuesta de un pacto llamado ABC, para constituir una alianza estratégica entre Argentina, Chile y Brasil, pactada con el presidente de Chile, General Ibañez y con el de Brasil, Getulio Vargas, proyecto que no pudo concretarse porque todos fueron derrotados por los intereses imperiales. También en la misma actualización doctrinaria propuso Perón el concepto de Universalismo, basado en la idea de la confluencia de los distintos continentes con iguales derechos y atribuciones, doctrina desarrollada veinte años antes de que se inventara la Globalización, propuesta imperial que implica el sometimiento de todos los países a los deseos del Directorio Global.

jueves, 11 de octubre de 2012

12 de octubre, el "descubrimiento" de América y la historia oficial...

Por: Eduardo Galeano. ¿Cristóbal Colón descubrió América en 1492? ¿O antes que él la descubrieron los vikingos? ¿Y antes que los vikingos? Los que allí vivían, ¿no existían? Cuenta la historia oficial que Vasco Núñez de Balboa fue el primer hombre que vio, desde una cumbre de Panamá, los dos océanos. Los que allí vivían, ¿eran ciegos? ¿Quiénes pusieron sus primeros nombres al maíz y a la papa y al tomate y al chocolate y a las montañas y a los ríos de América? ¿Hernán Cortés, Francisco Pizarro? Los que allí vivían, ¿eran mudos? Nos han dicho, y nos siguen diciendo, que los peregrinos del Mayflower fueron a poblar América. ¿América estaba vacía? Como Colón no entendía lo que decían, creyó que no sabían hablar. Como andaban desnudos, eran mansos y daban todo a cambio de nada, creyó que no eran gentes de razón. Y como estaba seguro de haber entrado al Oriente por la puerta de atrás, creyó que eran indios de la India. Después, durante su segundo viaje, el almirante dictó un acta estableciendo que Cuba era parte del Asia. El documento del 14 de junio de 1494 dejó constancia de que los tripulantes de sus tres naves lo reconocían así; y a quien dijera lo contrario se le darían cien azotes, se le cobraría una pena de diez mil maravedíes y se le cortaría la lengua. El notario, Hernán Pérez de Luna, dio fe. Y al pie firmaron los marinos que sabían firmar. Los conquistadores exigían que América fuera lo que no era. No veían lo que veían, sino lo que querían ver: la fuente de la juventud, la ciudad del oro, el reino de las esmeraldas, el país de la canela. Y retrataron a los americanos tal como antes habían imaginado a los paganos de Oriente. Cristóbal Colón vio en las costas de Cuba sirenas con caras de hombre y plumas de gallo, y supo que no lejos de allí los hombres y las mujeres tenían rabos. En la Guayana, según sir Walter Raleigh, había gente con los ojos en los hombros y la boca en el pecho. En Venezuela, según fray Pedro Simón, había indios de orejas tan grandes que las arrastraban por los suelos. En el río Amazonas, según Cristóbal de Acuña, los nativos tenían los pies al revés, con los talones adelante y los dedos atrás, y según Pedro Martín de Anglería las mujeres se mutilaban un seno para el mejor disparo de sus flechas. Anglería, que escribió la primera historia de América pero nunca estuvo allí, afirmó también que en el Nuevo Mundo había gente con rabos, como había contado Colón, y sus rabos eran tan largos que sólo podían sentarse en asientos con agujeros. El Código Negro prohibía la tortura de los esclavos en las colonias francesas. Pero no era por torturar, sino por educar, que los amos azotaban a sus negros y cuando huían les cortaban los tendones. Eran conmovedoras las leyes de Indias, que protegían a los indios en las colonias españolas. Pero más conmovedoras eran la picota y la horca clavadas en el centro de cada Plaza Mayor. Muy convincente resultaba la lectura del Requerimiento, que en vísperas del asalto a cada aldea explicaba a los indios que Dios había venido al mundo y que había dejado en su lugar a San Pedro y que San Pedro tenía por sucesor al Santo Padre y que el Santo Padre había hecho merced a la reina de Castilla de toda esta tierra y que por eso debían irse de aquí o pagar tributo en oro y que en caso de negativa o demora se les haría la guerra y ellos serían convertidos en esclavos y también sus mujeres y sus hijos. Pero este Requerimiento de obediencia se leía en el monte, en plena noche, en lengua castellana y sin intérprete, en presencia del notario y de ningún indio, porque los indios dormían, a algunas leguas de distancia, y no tenían la menor idea de lo que se les venía encima. Hasta no hace mucho, el 12 de octubre era el Día de la Raza. Pero, ¿acaso existe semejante cosa? ¿Qué es la raza, además de una mentira útil para exprimir y exterminar al prójimo? En el año 1942, cuando Estados Unidos entró en la guerra mundial, la Cruz Roja de ese país decidió que la sangre negra no sería admitida en sus bancos de plasma. Así se evitaba que la mezcla de razas, prohibida en la cama, se hiciera por inyección. ¿Alguien ha visto, alguna vez, sangre negra? Después, el Día de la Raza pasó a ser el Día del Encuentro. ¿Son encuentros las invasiones coloniales? ¿Las de ayer, y las de hoy, encuentros? ¿No habría que llamarlas, más bien, violaciones? Quizás el episodio más revelador de la historia de América ocurrió en el año 1563, en Chile. El fortín de Arauco estaba sitiado por los indios, sin agua ni comida, pero el capitán Lorenzo Bernal se negó a rendirse. Desde la empalizada, gritó: —¡Nosotros seremos cada vez más! —¿Con qué mujeres? –preguntó el jefe indio. —Con las vuestras. Nosotros les haremos hijos que serán vuestros amos. Los invasores llamaron caníbales a los antiguos americanos, pero más caníbal era el Cerro Rico de Potosí, cuyas bocas comían carne de indios para alimentar el desarrollo capitalista de Europa. Y los llamaron idólatras, porque creían que la naturaleza es sagrada y que somos hermanos de todo lo que tiene piernas, patas, alas o raíces. Y los llamaron salvajes. En eso, al menos, no se equivocaron. Tan brutos eran los indios que ignoraban que debían exigir visa, certificado de buena conducta y permiso de trabajo a Colón, Cabral, Cortés, Alvarado, Pizarro y los peregrinos del Mayflower.

UN PROCER IMPUESTO POR LA MASONERIA

Por Alberto Triana El "condottiero" italiano José Garibaldi llegó al Río de la Plata en 1836, y el gobierno del Brasil inmediatamente lo declaró pirata. Fué un aventurero audaz que sólo dejó en estas tierras el recuerdo imborrable de los excesos inhumanos y bestiales permitidos por él a los hombres que capitaneaba. Llegó a hacerse célebre desde Río Grande y Santa Catalina del Brasil hasta la provincia argentina de Entre Ríos, como jefe de una chusma cosmopolita y una turba de carbonarios expatriados; y vinculó su nombre a los saqueos de Santa Catalina. Imeriú, Salto, Martín García, Colonia y Gualeguaychú, llevados a cabo con extraordinaria crueldad, propia de hombres a los que sólo atraía el botín del pillaje. En sus "Memorias", al recordar sus "hazañas" en América del Sur, no tiene reparos en escribir lo siguiente: "Como no recuerdo los detalles de todos aquellos atropellos, me es imposible narrar minuciosamente las infamias cometidas...Nadie era capaz de detener a esos insolentes salteadores...Todos vivían permanentemente alcoholizados...Me dan ganas de reír cuando pienso en el honor del soldado..." El gobierno del Uruguay le confió el mando de la marina de guerra, pero debió quitárselo después de la derrota de Costa Brava, que le infligiera el almirante Brown el 16 de junio de 1842. El mismo Garibaldi confiesa que era jefe de una legión de borrachos, homicidas, desertores y canallas desenfrenados. ¡Y ésos eran sus "famosos legionarios"!
En el parte de la victoria decía Brown: "La conducta de estos hombres ha sido más bien de piratas, pues que han saqueado y destruído cuanta casa o criatura caía en su poder, sin recordar que hay un Poder que todo lo ve y que, tarde o temprano, nos premia o castiga según nuestras acciones". Protegido por la escuadra anglofrancesa pudo realizar los inicuos e infames saqueos de Colonia y Gualeguaychú en el mes de setiembre de 1845; porque el botín fué siempre el supremo ideal de las tropas garibaldinas. Inscripto en la masonería de Nápoles, si afilió a la masonería del Brasil en Río Grande y a la masonería del Uruguay en Montenideo. El Gran Oriente de Egipto lo honró con el pomposo título de "El Gran Masón de Ambos Mundos", otorgándole el último grado del rito de Menfis. Halagado en su vanidad, fué durante toda su vida, junto con Mazzini, el instrumento de las logias masónicas para sus siniestros fines. A pesar de ser enemigo implacable de la Iglesia y del Papado se ofreció hipócritamente a Pío IX, el 12 de octubre de 1847, para sostenerlo en su trono; pero al mismo tiempo se hallaba al servicio de las logias para consumar el robo sacrílego de los estados pontificios. En sus "Memorias" dejó escrito: "Siempre he tratado de atacar al clericalismo; he ahí el verdadero azote de Dios". Y a este hombre, hijo predilecto de las logias, los masones argentinos han logrado erigirle una estatua en medio de la plaza dedicada a la nación italiana. El general Roca, desde los balcones de la casa rosada, presidió el homenaje que los masones le ofrecieron en Buenos Aires el 25 de junio de 1882, año de su muerte; el diputado nacional, Emilio Gouchón, Gran Maestre de la masonería argentina, defendió en el Congreso el proyecto del emplazamiento de la estatua ecuestre en la plaza de Palermo; y la inauguración del monumento, efectuada el 18 de junio de 1904, contó con la presencia del presidente de la nación, general Julio Roca y del general Bartolomé Mitre; y con el repudio unánime de la ciudadanía herida en su fibra más íntima de argentinidad y catolicidas. Si no hubiera sido por la masonería, a estas horas no existiría en la Argentina ni el recuerdo de su nombre.

martes, 9 de octubre de 2012

El tambor de Tacuarí

por Quiroga Micheo, Ernesto La campaña libertadora del Paraguay tocaba a su fin. Emprendida la retirada hasta el río Tacuarí, en cuyas cercanías las fuerzas de Belgrano sostuvieron en el transcurso del día 9 de marzo de 1.811 diversos encuentros, una de las intrépidas columnas, compuesta de 235 soldados, se puso en movimiento sobre su enemigo, que en número de cerca de 2000 hombres con seis piezas de artillería, avanzaba con la arrogancia que le inspiraba la superioridad numéricay su reciente triunfo. La infantería, formada en pelotones en ala,marchaba gallardamente con las armas a discreción, al son del paso de ataque que batía con vigor sobre el parche un tamborcillo de doce años de edad, que era al mismo tiempo lazarillo del comandante Vidal, que apenas veía; pues hata los niños y los ciegos fueron héroes en aquella jornada. La caballería, dividida en dos pelotones de 50 hombres cada uno, marchaba sobre los flancos sable en mano, haciendo enarbolar la última enseña del ejército expedicionario al Paraguay. Los cañones con bocas ennegrecidas por un fuego de cerca de seis horas, eran arrastrados a brazo por los artilleros. Ibañez conducía el ataque, y el General Belgrano, observando con atención al enemigo, dirigía los movimientos de aquel puñado de soldados. Repentinamente cesó el fuego y disipándose las nubes de humo que oscurecían el campo de batalla, se vio a la línea paraguaya recogerse sobre sus costados, guarneciéndose en el bosque y abandonando, en el medio del campo, los cañones con que hacía fuego.
La fuerza moral había triunfado sobre la fuerza numérica. El General Belgrano habiendo conseguido imponerse al enemigo, había obtenido la única victoria que era de esperarse; y aprovechándose del asombro causado por el valor de sus tropas, envió a su vez un parlamento al jefe paraguayo, quien lejos de pensar en hacer efectiva su arrogante amenaza de la mañana, sólo pensaba en precaverse de la derrota. Así consta en el mismo testimonio del enemigo. Mientras el parlamento se dirigía al campo adversario, los soldados patriotas descansaban orgullosamente sobre sus armas, Belgrano, de pie en lo alto del "Cerro de los Porteños", pudo entregarse a la satisfacción viril de haber salvado con su fortaleza de ánimo la gloria de las armas revolucionarias, y con ellas, las últimas reliquias de su pequeño ejército. ¿Existió el Tambor de Tacuarí? En la historia escrita del Tamborcito se deben analizar tres aspectos: a) el valiente comportamiento de un niño en la batalla de Tacuarí, b) su presunta muerte en acción, y c) su individualización como Pedro Ríos. a) El valiente comportamiento de un niño Mitre fue el primero que divulgó esta tradición. En su Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina editada por primera vez en 1857, unas escuetas líneas relatan el episodio: «La infantería, formada en pelotones de ala, marchaba gallardamente con las armas a discreción, al son de paso de ataque que batía con vigor un tamborcillo de doce años que era, al mismo tiempo, el lazarillo del comandante Vidal, que apenas veía: pues hasta los niños y los ciegos fueron héroes en aquella jornada". En ningún párrafo narra su muerte en acción. La segunda persona que aparentemente se ocupó de esta historia fue Rafael Obligado. El vate era muy amigo de don Carlos Miguel Vega Belgrano, con quien se carteaba. Este señor era nieto del prócer, por lo que es posible que el poeta oyera de sus labios esta tradición. Además, Obligado recorrió el país con el fin de recoger cuentos, leyendas y tradiciones para usar como temas en sus poesías. Estuvo en Corrientes en 1897, y con motivo de ese viaje escribió A Corrientes, cuyos versos finales son muy significativos: “¡Corrientes Tierra natal de los héroes sin historia de los mártires sin gloria, de los dolientes hogares! Dame sol, dame azahares, dame asilo en tus memorias. La poesía El Tambor de Tacuarí está fechada en 1909. Obligado, y especialmente Mitre, conocieron a muchos guerreros de la Independencia, alternaron con ellos, y escucharon de sus labios, o de los de sus familiares, numerosos episodios históricos. Mitre, al referirse a Falucho, dejó constancia que conoció cómo murió, gracias a un relato escrito y a varios orales, por lo que se debe aceptar que escuchó de alguien lo ocurrido en Tacuarí. En base a esto, considero que se debe admitir como cierto que allí un tamborcito se comportó heroicamente a pesar del fragor de la batalla. Es evidente que durante varios años no se habló de que el muchachito hubiera muerto en acción. Podría ser una prueba de ello la resolución del Consejo Nacional de Educación del 8 de marzo de 19 1 2, que fijó las fechas para la conmemoración de los niños heroicos. En sus considerandos se dice lo siguiente: “Con el propósito de fijar dos fechas del año para que se recuerde en la escuela á los niños que merecieron por sus actos heroicos la gratitud de la patria, y considerando que entre los pequeños héroes argentinos cuya abnegación y valor exalta la historia, se destacan el "Tambor de Tacuarí" y las "Niñas de Ayohuma", por sus acciones gloriosas realizadas el 9 de marzo de 1811 y el 14 de noviembre de 1813, respectivamente...” b) Presunta muerte La primera referencia escrita que se encontró sobre la muerte del niño está datada el 9 de julio de 1924. Ese día, el historiador Gómez, en su discurso pro- nunciado en la plaza 25 de Mayo de Corrientes, dijo: “ ... cuando Belgrano cruzó la provincia (... ) en su marcha hacia el norte, cruzó el pueblo de Concepción, se enroló un niño, sereno como nuestro cielo y fervoroso en sus pasiones como la roja flor de los ceibales. Su nombre se ha perdido en el horror de la trajedia para inmortalizarse por el poeta, como el "Tambor de Tacuary" y su figura surge en el recuerdo entre el hierro del coraje y la metralla ( ... ), sino el redoblado jadeante y épico del heroico tamborcillo, recostado en la cureña doblada de un cañón, en el repecho ardiente de la colina, su ropa en harapos flamea como una bandera, su pecho abierto, sus cabellos revueltos por el beso de la gloria, su rostro jubiloso de heroísmo, ponen en la tarde la nota más grande del heroísmo. Y es recién cuando la metralla enemiga quiebra su vida como un lirio y cesa el redoblado estupendo de los parches ..." . Curiosamente, en el tratado de historia de su provincia natal no menciona el episodio, a pesar de que su obra se publicó cuatro años después de que el mismo Gómez gestionara el emplazamiento de un monumento al niño héroe en 1929.
Tampoco refiere el episodio otro autorizado comprovinciano, Manuel Florencio Mantilla, en su Croníca histórica de la provincia de Corrientes. Fue autor de numerosos trabajos históricos, algunos relacionados con conocidas tradiciones, como la del sargento Cabral y la de Falucho, y, sin embargo, en su vasta bibliografía no hay referencia alguna sobre el Tamborcito. La segunda mención que se encontró sobre la muerte del niño está fechada en 1929, y pertenece a Francisco Atenodoro Benitez, autor del que nos ocuparemos más adelante. Dice textualmente: “El Tambor de Tacuarí redoblaba sin cesar el paso de ataque que le habían ordenado sus superiores, hasta que cayó en el puesto de honor y sacrificios...”. Posiblemente todas las referencias posteriores estén basadas directa o indirectamente en las afirmaciones de Gómez y Benitez. La nota de Enrique M. Mayochi, publicada en la revista de La Nación, es una mera versión resumida del trabajo del señor Díaz Ocanto sin verificación de las fuentes, según referencias verbales de los mismos Mayochi y Diaz Ocanto. El 9 de marzo de 1974 apareció en el diario Época, de Corrientes, una nota de Ramón Juan Blaneo en la que se dice: “no obstante, años después, cuando era conducido enfermo desde Tucumán a Buenos Aires, en un descanso en suelo cordobés Manuel Belgrano recordó que a la fecha del combate librado en Tacuarí el niño había adquirido aceptable destreza en el Tambor. De otro modo no se justificaba el valiosísimo papel que asumió en la batalla final”. En otra parte agrega: “Lo recuerdo y me estremezco -decía el general Celestino Vidal hacia el mina¡ de su vida-; me parece estar viéndolo avanzar impasible a mi lado. Y lo he visto caer y abandoné la lucha para socorrerlo. Murió de dos disparos en el pecho. Estoy seguro de que su muerte fue mi salvación, porque al detenerme, no caí como cayeron casi todos los del ala donde estábamos nosotros”. Las afirmaciones atribuidas a Belgrano documentarían su presencia en la batalla, las de Vidal, su muerte. Blanco me dijo que vio lo afirmado por Belgrano en una fotocopia que le mostró otro historiador, de una tradición relatada por Pastor Servando Obligado y publicada en una revista. En ella, Obligado contaba que un soldado, que acompañó a Belgrano en su último viaje a Buenos Aires, le oyó narrar eso al prócer. La revisión que se efectuó de los diez tomos de las tradiciones de Obligado no reveló la existencia de una narración semejante (ver notas 27 a 36), ni tampoco se encontró un tema vinculado en el índice de la segunda serie que nunca se editó. Cabe destacar que dicho autor publicó además sus escritos en revistas como Caras y Caretas, por lo que es posible que exista ese relato aunque no se lo haya podido encontrar. Con respecto a lo afirmado por Vidal, esto surgiría de papeles que conservarían descendientes del general. En el Archivo General de la Nación existe un legajo con documentos de este militar, pero en el mismo no había nada relacionado con el Tamborcito. El parte elevado por Belgrano, ya mencionado, dice textualmente: “sólo cuento once muertos y doce heridos”. En el mismo no hay referencia al acto heroico del Tamborcito, pero cabe admitir que Belgrano no debió de informarlo a la Junta por considerarlo, quizá, uno de los tantos héroes de esa memorable jornada. El autor tiene la impresión de que una mala interpretación de algunos versos de la poesía de Obligado contribuyeron a la leyenda de su muerte en acción. Se basa para decir esto en la explicación que le daban sus maestros a algunas estrofas. Decían que el niño habla dejado de reir porque había sido herido; y que la frase “echa su alma sobre el parche” significaba que habla expirado porque su espíritu se había separado de su cuerpito. Como bien se puede apreciar, la lectura de esas líneas indica algo completamente distinto: “ya no ríe, porque ve a sus compañeros caer muertos o heridos o, sim- plemente, porque está impresionado por el fragor de la batalla, pero el niño se sobrepo ne al temor o a la tristeza, y bate el parche con tal energía que lo lace hervir. Solamente las últimas estrofas podrían interpretarse forzadamente como indicando su muerte: Y se cuenta que de ahí por América cundieron hasta en Maipó, hasta en Junín los redobles inmortales del Tambor de Tacuarí. Lo antedicho es solamente una impresión personal sin ningún valor histórico. Sería interesante que si algún lector conociese algo más al respecto o supiese donde se puede consultar la tradición de Pastor S. Obligado, que trata sobre este episodio, o los documentos del general Celestino Vidal, lo comunique a la escuela. c) Su individualización como Pedro Ríos El doctor Francisco Benitez escribió(refiriéndose a la entrada de Belgrano en Yaguareté Corá, actual Concepción): «...Por esas tradiciones se sabe: que después de rezar sus oraciones, el general Belgrano, al salir del templo, se encontró en el atrio de la iglesia con algunos paisanos que solicitaron su incorporación a la campaña libertadora, y que entre estos apareció un niño de 12 años, lleno de decisiones, que pedía insistentemente ir con el ejército, para poner al servicio de la revolución el fervor de sus entusiasmos juveniles. Otras crónicas agregan que el general Belgrano dudó al principio de la conveniencia de llevar a este niño a sufrir los peligros y los azares de una expedición tan ardua, cuando el padre del valiente paisanito, allí presente (de apellido Ríos, y que en otros tiempos habla sido maestro de una escuela rural), dijo que no sólo prestaba su consentimiento, sino que rogaba que se lo aceptara, y que al entregar este hijo, era la única ofrenda que él como hombre ya anciano y enfermo podía ofrecer a la patria. Entonces el Comandante Don Celestino Vida¡, que llegó a ser más tarde general, hombre cegatón, que veía a muy corta distancia, pidió al general que se lo aceptara al niño para servirle de compañero y de guía en la campaña, y el futuro héroe fue incorporado a las filas del ejército». Decía además Benitez que el héroe ensayó en aprender el redoble del tambor, y que el pueblo de Yaguareté Corá «sólo tenía unas 40 o 50 casas». Evidentemente, fue Benitez el que recogió la tradición de la muerte en acción del niño y su individualización como Pedro Ríos. Vale la pena hacer algunos comentarios sobre el relato de Benitez. La incorporación de muchachos y aun niños como tambores y pífanos era común en los ejércitos de la época, así como el ingreso de muchachitos como grumetes en los buques de guerra o mercantes. Gesualdo cita un decreto de la Comandancia General de Armas de 1814, por el cual se disponía que la policía recogiera a los muchachos que vagaban por las calles para que reemplazaran la falta de músicos en los regimientos recientemente formados. Ya en las invasiones inglesas los niños fueron regimentados, y muchos de ellos fueron tambores. En 1851, por un decreto de Rosas, los niños de 12 años eran incorporados como tambores al ejército. El pedido del padre -un hombre viejo y enfenno que quizás ve próxima su muerte y con ella la posibilidad de dejar huérfano a su hijo, orfandad que generalmente se acompañaba de indigencia- es perfectamente lógico. El pobre hombre ve en el ingreso al ejército la posibilidad de que su hijo inicie una carrera, sin imaginar el desgraciado final.
A esto cabe agregar lo que se afirma en la nota de Epoca “la falta de constancia sobre la época de su nacimiento. Yaguareté Corá (que así se llamó Concepción) contaba con una capilla, de reciente construcción, que dependía del curato de San Roque. Es tradición que los bautizados allí durante mucho tiempo no fueron anotados. Por ello tampoco figura en los libros parroquiales de San Roque. La única referencia existente sobre su nacimiento fue la que dejó el general Celestino Vidal, el militar que más conversó con el niño, quien, a poco de incorporado, le recordó que hacia 2 meses había cumplido doce años. De modo que el nacimiento debe ubicarse en septiembre de 1799”. Belgrano había entrado a Yaguareté Corá el 26 de noviembre de 1810. En el mismo periódico se afirma que es tradición que el niño se llamaba Pedro, y el padre, Antonio, y que el tambor cumplió un papel relevante en el ataque al campamento enemigo de Yuquerí, el 19 de enero de 1811, que desembocó en el drama conocido como batalla de Paraguarí. El pequeño tuvo la misión junto a setenta soldados y catorce peones de fortificar las carretas del parque de armas y el hospital de campaña. Esta noticia la habría dado, en 1816, el mismísimo Vidal. La falta de constancia del nacimiento del niño es otro hecho habitual de esos años. Es que en los medios rurales de antaño era frecuente esto, ya por haraganería de los sacerdotes o por ignorancia o incapacidad de los mismos. Según Blanco, el historiador Federico Palma encontró en Concepción, en el censo de 1859, un Pedro Ríos que, de acuerdo a la edad declarada, habría nacido en 1799. Si bien puede tratarse de un homónimo, especialmente si se considera que Ríos es un apellido relativamente común, este hallazgo arroja serias dudas a la individualización como Pedro Ríos del Tamborcito de Tacuarí. La tradición oral Como se dijo antes, los historiadores contemporáneos omiten las referencias al acto heroico del muchachito, basados en la falta de información documental, información que a lo mejor existe, pero que no se ha podido confirmar. Esa actitud es errónea. Los que ya estamos entrados en años hemos recibido de nuestros mayores una riquísima tradición oral que hoy día casi se ha perdido. Antes era frecuente --en las veladas o durante las comidas-- escuchar cuentos, anécdotas y viejas historias. Personalmente recogí de ese modo valiosos datos que me han permitido orientarme en algunas de mis investigaciones. ................................................................................................................................................... Toda la información existente sobre el Tamborcito de Tacuarí proviene aparentemente de una tradición oral. No debe haber dudas sobre la presencia del niño en el combate. Surge de Mitre y Obligado, personas que recibieron información directade guerreros de a independencia o de sus familiares. Su presunto deceso surge de una fuerte tradición correntina; es perfectamente lógico admitir que si un niño se encuentra en medio de un combate pueda caer herido de muerte por una bala. ..................................................................................................................................................... Con respecto a la individualización como Pedro Ríos, el hallazgo de Federico Palma plantea serias dudas. Creo que es un error despreciar una tradición porque no se la pueda confirmar con pruebas documentales que, por otra parte, tal vez existían. Como resultado de esta investigación se puede llegar a las siguientes conclusiones: a) Que el conocimiento del valiente comportamiento de un niño en Tacuarí proviene de una transmisión oral recogida por Mitre y, tal vez, Rafael Obligado; b) Que no pudieron encontrarse pruebas documentales sobre el episodio, pero existen referencias de ellas en la bibliografía consultada; c) Que la información sobre su muerte en acción y su individualización como Pedro Ríos proviene de un autor correntino, Francisco Benitez, quien la recogió de sus ancestros. d) Que cabe admitir su muerte en Tacuarí, pero existen dudas de que el Tamborcito haya sido Pedro Ríos; e) Que la tradición oral es una importante fuente histórica que no debe ser despreciada, pero que, dentro de lo posible, debe confirmarse con pruebas documentales, y f) Que la tradición del Tamborcito de Tacuarí no es un mito que se haya abierto paso en la maraña de los orígenes históricos sin partida de nacimiento. Legitima las tradiciones el investigar recuperando pruebas documentales y la historia oral. Así, este personaje heroico -que muchos conocimos a temprana edad, en el paso por la escuela primaria- confirma su existencia desde el lugar de los mitos de aquella etapa fundacional de la Nación. AUTOR: Quiroga Micheo, Ernesto, Revista “Todo es Historia” N° 368, pag. 20 a 28. BIBLIOGRAFIA: Mitre, Bartolomé, Obras Completas, Honorable Congreso de la Nación, Buenos Aires, 1940. Obligado, Rafael, Poesías, Espasa Calpe Argentina S.A. Buenos Aires-México, 1941. Consejo Nacional de Ecucación, Conmemoración de la Niños Heroicos, Monitor de la Educación Común, año XXX, Tomo XL. N° 471 del 31 de marzo de 1912. Díaz Ocanto, Juan Carlos, El niño héroe era correntino, Instituto Belgraniano, Corrientes, 1991

La Universidad de Buenos Aires en la época de Rosas

Por Jorge María Ramallo 1. — HISTORIA RETROSPECTIVA La Universidad de Buenos Aires fue erigida el 12 de agosto de 1821 —siendo Gobernador de la Provincia el general Martín Rodríguez y Ministro de Gobierno Bernardino Rivadavia-, gracias al empeño del Pbro. Dr. Antonio Sáenz, que fue su verdadero fundador y su primer Rector; y organizada por decreto del 8 de febrero de 1822 en seis Departamentos, a saber: el de Primeras Letras, que comprendía las escuelas de la ciudad, los suburbios y la campaña; el de Estudios Preparatorios, constituido en un principio por el Colegio de la Unión del Sud; y los de Cien­cias Exactas, Medicina, Jurisprudencia, y de Ciencias Sa­gradas, que eran propiamente las facultades. Sobre la dirección y organización administrativa nada se dispuso. “El decreto de erección había creado una Universidad con fuero y jurisdicción académica, dotándola de prefectos, Rector y Cancelario y Tribunal Literario, pero, las funciones no habían sido determinadas, vacío que tampoco llenó el decreto del 8 de febrero”. El Rector “quedó reducido a ser un simple canal de comunicación entre la Universidad y el Ministro, de quien dependía”. La Universidad no tuvo autonomía directiva ni económica, “pues el presupuesto de la Universidad quedó supeditado al general de la provincia, a pesar de que exis­tían propiedades y rentas afectadas al sostenimiento de los estudios”. En semejante situación, la Universidad fue una rama administrativa, que se agregó a las ya existentes, muy conforme con la tendencia centralizadora del Minis­terio de Gobierno. (1) Los Departamentos iniciaron sus funciones en marzo de 1822, pero recién en 1823 se reglamentaron las condicio­nes de ingreso en las facultades mayores. “Durante los años 1822 a 1824, el doctor Sáenz se dio a la tarea de organizar bajo su dirección el funcionamiento de las aulas, de mejorar el Departamento de primeras letras y de fundar nuevas escuelas, especialmente en la campaña, cumpliendo su misión con tanto amor y entusiasmo que la enseñanza primaria adquirió su máximo esplendor. Entre tanto el Ministro se daba a la tarea de decretar, nuevas fun­daciones, sin reparar en que las existentes necesitaban ser apuntaladas para no precipitarse en el derrumbe tan pronto como les faltase su apoyo personal”. (2) En octubre de 1824, a raíz de la situación de abandono en que se encontraban algunas cátedras, el Rector se vio obligado a elevar una extensa nota al Gobernador Las Heras, expresando que si no se arbitraban serias medidas, la Universidad amenazaba convertirse en “una reunión de farsantes”.
Esta situación se agudizó con el fallecimiento del Dr. Sáenz, acaecido el 23 de julio de 1825, que fue reemplazado por el Pbro. Dr. José Valentín Gómez, después de las su­cesivas renuncias del mismo Gómez, Diego Estanislao Zavaleta, Julián Segundo de Agüero y Mariano Zavaleta. Esto da una idea de la crisis por la que se atravesaba. El Dr. Gómez asumió el cargo con carácter provisorio, y el 10 de abril de 1826 fue confirmado. Valentín Gómez llevó a cabo, entre 1826 y 1827, una serie de reformas que modificaron parcialmente la organi­zación anterior. En el orden administrativo fueron supri­midas las prefecturas, y sus funciones concentradas en el rectorado. Se creó luego el cargo de Vicerrector y se con­fió al cuerpo de catedráticos la representación de la Uni­versidad. En el orden científico, los estudios universitarios se dividieron en generales y especiales. Los generales se subdividieron a su vez en preparatorios y de ciencias funda­mentales. Y los especiales, que comprendían a los Depar­tamentos de Ciencias Exactas, Medicina, Jurisprudencia, y Ciencias Sagradas, sufrieron algunas modificaciones sola­mente en el primero. En cuanto al gobierno interno, se fijó el período de clases entre el 19 de marzo y el 12 de diciembre, se creó el cargo de Bedel General, y los de Bedeles de aulas, con obli­gación de llevar la asistencia de profesores y alumnos. El 7 de febrero de 1828, siendo Gobernador entonces el coronel Manuel Dorrego, se produjo la separación del De­partamento de Primeras Letras, después de lo cual presentó el Rector un proyecto de reorganización total de los estudios universitarios que no pudo considerarse a causa de la situación caótica en que se encontraba la provincia pro­vocada por la revolución de Lavalle del 12 de diciembre. Pese a ello, no se dejó de lado la idea de reformar la Universidad, y el 12 de octubre de 1829, el Gobernador interino Juan José Viamonte nombró una Comisión en­cargada de estudiar el problema y proponer las medidas necesarias, que estuvo integrada por Diego Estanislao Za­valeta, José León Banegas, Mariano Andrade, Justo García Valdés y Vicente López y Planes.
2. — PRIMER GOBIERNO DE ROSAS En tal estado se encontraba la Universidad de Buenos Aires cuando se recibió del cargo de Gobernador de la Pro­vincia el coronel Juan Manuel de Rosas, el 8 de diciembre de 1829, por el término de tres años. La comisión designada por Viamonte presentó un in­forme el 10 de marzo de 1830, que lleva las firmas de Pedro Vidal, Vicente López y Planes, Avelino Díaz y Pedro de Angelis. Este último “fue a todas luces el mentor de la co­misión”. “El proyecto presentaba un vicio insanable, señalado por el Doctor Valentín Gómez como error que debía evi­tarse. Suponía la Universidad en condiciones de elevarse a la categoría de las europeas y que el país se encontraba en condiciones para hacer esa brillante equiparación. Hacía abstracción total del estado real de la Universidad y en lugar de propender al mejoramiento de la enseñanza creaba un complicado mecanismo, cuyo funcionamiento, no sin tropiezos a veces, sólo ha sido posible sobre la base de una extensa cultura universitaria y de inteligencia directiva. Es innegable que el proyecto fue aprobado por el Ministro de Gobierno. Basta para demostrarlo su asiento en el libro de acuerdos, del cual ha sido tomada la copia co­nocida, y la firma del Ministro puesta al pie del documento. Por otra parte, en el diario oficial se dio noticia de su aprobación. ¿Por qué entonces se hizo un silencio absoluto en torno al proyecto, que en principio estaba aprobado? La clave del problema no encierra para nosotros nin­gún misterio, ni es atribuible tampoco a causas fortuitas que impidieran a Rosas realizar durante su primer gobierno la reforma universitaria, La causa única por la cual el proyecto quedó archivado débese exclusivamente a la opo­sición del doctor Gómez…”. (3) Pocos meses después, el 20 de agosto de 1830, el Dr. Gómez renunció a su cargo de Rector. El Gobierno nombró en su reemplazo al Pbro. Dr. Santiago Figueredo, natural de la Banda Oriental y egresado de la Universidad de Cór­doba, quien era un gran orador y tuvo a su cargo la oración fú­nebre en la Catedral en honor de Dorrego. En calidad de Vicerrector, fue designado el Pbro. Dr. Paulino Gari; pero debido al mal estado de salud del primero, el segundo se hizo cargo de la Rectoría interinamente. Al finalizar el año 1832, Rosas deja el poder sin haber tomado ninguna medida de importancia con respecto a la Universidad durante todo el curso de su primer Gobierno. Ésta conserva su estructura anterior, tal como venía fun­cionando hasta entonces. Al año siguiente, por fallecimiento del Dr. Figueredo, el Dr. Gari es nombrado Rector de la Universidad, cargo que desempeñó durante la mayor parte de la administra­ción de Rosas. En ese año se procede a la postergada reorganización “en la forma en que subsistió hasta 1852, para lo cual fue necesario rever toda la organización administrativa y docente desde 1821″. En tanto se procedía a esta reforma, Rosas se hallaba en plena campaña del Desierto. La reforma fue realizada por una comisión que inte­graron los doctores José Valentín Gómez, Diego Estanislao Zavaleta y Vicente López y Planes, y está contenida en el “Manual o Colección de decretos orgánicos de la Universi­dad”, que fue aprobado por el Gobernador Viamonte por decreto del 17 de diciembre de 1833. Posteriormente fue pu­blicado por Pedro de Angelis. Según lo dispuesto en el “Manual”, los estudios uni­versitarios comprendían un ciclo preparatorio o de ciencias y letras, y una etapa superior que debería efectuarse en las facultades mayores. En consecuencia, la Universidad fun­cionó a partir de ese momento en base a cinco Departamen­tos: el de Estudios Preparatorios, y los de Ciencias Exactas, Medicina y Cirugía, Jurisprudencia y Ciencias Sagradas. Prácticamente mantenía su estructura, pero introducía en cambio un reordenamiento de las cátedras que integraban cada Departamento, agregando algunas y quitando otras. El gobierno de la Universidad estaría a cargo de un Consejo de la Enseñanza y Administración, integrado por el Rector y un profesor por cada Departamento, nombrados todos por el Gobierno. A este Consejo le correspondería re­solver todos los asuntos de enseñanza, administración y economía, nombrar por mayoría de votos los catedráticos y empleados mientras no pudieran realizarse concursos, for­mar el presupuesto, revisar las cuentas anuales, publicar anualmente una exposición del estado de la Universidad y representar a la institución en los actos públicos. El Rector concentraba la autoridad administrativa y ejecutiva. Como quedaba suprimido el Vicerrector, en caso de necesidad debía ser reemplazado por el catedrático del Departamento de Jurisprudencia que fuese miembro del Con­sejo. Había además un Secretario de la Universidad, que desempeñaba igual función en el Consejo. Esta reforma comenzó a regir desde el siguiente perío­do lectivo, es decir, a partir del 1º de marzo de 1834. 3. — SEGUNDO GOBIERNO DE ROSAS a) Organización: De modo que, al llegar Rosas por segunda vez al poder, el 13 de abril de 1835, la Universidad de Buenos Aires con­taba solamente con un año de experiencia en su nueva or­ganización. Al poco tiempo, por decreto del 11 de mayo de ese año, el Consejo fue suprimido a instancias del Rector, Dr. Gari, quien sostuvo que entorpecía el funcionamiento de la Uni­versidad y reducía al Rector a un simple ejecutor. Posteriormente, por decreto del 14 de diciembre, se fi­jó definitivamente la organización estructural de la Univer­sidad, cuyo personal administrativo debía ser el siguiente: un Rector, un Secretario, un Prosecretario y un Bedel Gene­ral; el docente se reducía en algunas cátedras que fueron suprimidas, y el de servicio, quedaba constituido por un por­tero y un ordenanza. Todas estas modificaciones obedecían a la necesidad de a justar el presupuesto al plan de econo­mías que había comenzado a aplicarse, para cubrir el défi­cit que afectaba a la Provincia y que se iba acumulando año tras año. Por esa época se toma una medida interesante, por la cual los graduados en Medicina que habían cursado estudios a expensas del Estado, fueron obligados a prestar servicios en el ejército durante tres años o en tres campañas, y los practicantes, empleados en servir en los hospitales durante dos años. h) Funcionamiento: En los tres primeros años del segundo Gobierno de Ro­sas la Universidad desarrolló sus actividades sin inconve­nientes, pero al llegar el año 1838, el grave conflicto a que se vio sometido el país determinó la adopción de serias me­didas que perturbaron su funcionamiento, pero sin que por ello tuviese que cerrar sus puertas un solo día. “El bloqueo francés —escribe Salvadores— paralizó en 1838 las operaciones mercantiles y la provincia perdió su única fuente de recursos, mientras era necesario defender la Capital, levantar ejércitos para sostener la guerra con­tra Bolivia, auxiliar a las provincias, cubrir los compromi­sos administrativos y aprestarse para la defensa interior. Entonces Rosas, dice un autor, (se refiere a Ernesto Quesada), acudió sin vacilar a la más estricta economía, suprimió primero lo superfluo, desprendiéndose él mismo de sus co­modidades de gobernante, después lo útil y por último lo necesario, para conservar únicamente lo indispensable. Entre lo útil y necesario estaban la instrucción pública y las instituciones de asistencia social. No existió decreto de supresión de las partidas del pre­supuesto, pero las notas que se remitieron al Rector de la Universidad, Presidenta de la Sociedad de Beneficencia e Inspector General de escuelas, fueron publicadas en el Re­gistro Oficial. Si a partir desde esa fecha los establecimientos hubie­ran quedado suprimidos, los libros de la Universidad apa­recerían en blanco y en los archivos no existiría un solo pa­pel que se refiriese a las escuelas. Por el contrario, tanto la Universidad como las escuelas para varones y para niñas continuaron abiertas”. (4) “El presupuesto de la Universidad —anota Gálvez—, fijado en más de treinta y cinco mil pesos anuales para 1838, baja a dos mil novecientos…” A partir de entonces, privada la Universidad de sufi­ciente apoyo económico, —solamente recibió pequeñas par­tidas para su sostenimiento—, los alumnos debieron abonar una cuota mensual de treinta pesos, que fue aumentando progresivamente hasta 1852, en que llegó a setenta y cinco. Aunque es preciso destacar que los alumnos notoriamente pobres podían concurrir libremente, sin cargo. Para sobrellevar esta situación algunos profesores se avinieron a dictar gratuitamente sus clases, con un despren­dimiento y abnegación que les honra. El Gobierno promovió la realización de suscripciones públicas que prosperaron merced al patriotismo de muchos hombres distinguidos. “Entre los suscriptores por fuertes cantidades —afirma Saldías— figuraban los Anchorena, Te­rrero, Suárez, Zimmerman y los capitalistas más conocidos de Buenos Aires”. De esta manera Rosas hacía contribuir a las personas más adineradas. La inscripción no disminuyó sensiblemente, y con el co­rrer de los años fue aumentando en forma progresiva hasta equilibrar y aun superar las cifras anteriores. En la Facul­tad de Jurisprudencia, por ejemplo, entre 1831 y 1837 se graduaron de 11 a 12 por año, luego fue describiendo una curva, y en 1850 se recibieron 18, y en 1852, 17. Cabe recor­dar que entre 1826 y 1830, las tesis no fueron más que 14. En la Facultad de Medicina, entre 1824 y 1837, egresó un promedio de 5 alumnos por año, en tanto que, entre 1838 y 1852, el promedio se elevó a 11. Debiéndose destacar que en 7 cursos los graduados fueron más de 11, y en 1847 lle­garon a 23. “La única facultad que dejó de existir fue la de ciencias exactas, que podía considerarse inexistente desde su funda­ción. En cuanto a la de ciencias sagradas, no produjo más de una decena de graduados hasta 1848″. Resulta interesante consignar aquí que no sólo la Uni­versidad de Buenos Aires pudo superar los inconvenientes propios de la guerra que trajeron al Plata las naciones euro­peas aliadas de los unitarios, sino que en la otra margen del Río, el brigadier general Manuel Oribe, segundo Presidente del Uruguay, funda por decreto del 27 de marzo de 1838 la Universidad Mayor de Montevideo. Esta no pudo iniciar sus actividades por la revolución de Rivera y las intrigas de los unitarios. Recién en 1850, en la Villa de la Restauración, localidad situada dentro del campo sitiador de Montevideo, se instala la Academia de Jurisprudencia, cuyas autorida­des fueron el Dr. Francisco Solano Antuña y el Dr. Joaquín Requena, este último egresado de la Universidad de Córdoba. c) Requisitos: En su primer Gobierno, Rosas había dispuesto que los que aspirasen a desempeñar empleos públicos debían ser adictos a la causa nacional de la Federación. Las propuestas para nombramientos de maestros debían acompañarse de una nota con detalle de las cualidades del aspirante y un certi­ficado de que llenaba las calidades exigidas. Igual proce­dimiento se aplicó en la Universidad para la designación de catedráticos. A partir del 3 de febrero de 1832 se impuso la divisa punzó como distintivo obligatorio para los empleados civi­les y militares, los catedráticos de la Universidad y todos los que por la naturaleza de sus ocupaciones pudiesen ser considerados empleados públicos. Ya en el segundo Gobierno se reafirmaron las anterio­res disposiciones que habían caído en desuso, a las que se agregaron luego otras. El 2 de junio de 1835, el Rector “… se dirigió al minis­tro de Gobierno manifestando encontrarse persuadido de la necesidad de inculcar a los jóvenes el sistema de gobierno adoptado, encontrando conveniente que en la fórmula de ju­ramento que se prestaba para recibir los grados, a continua­ción de la frase “bajo el régimen republicano representativo” se agregase “federal” a fin de que los que violasen fuesen tratados como traidores. Rosas mandó dar las gracias al Rector y el 20 de junio expidió un decreto, por el cual todo individuo que debiese prestar juramento en el desempeño de algún cargo, agregaría en la fórmula hasta entonces em­pleada el de ser “constantemente adicto y fiel a la causa nacional de la Federación y que no dejará de sostenerla y defenderla en todos los tiempos y circunstancias, por cuan­tos medios estén a su alcance…” Las disposiciones mencio­nadas, algunas de las cuales tuvieron sus inspiradores en los dirigentes de la instrucción pública, culminaron en el decreto del 27 de enero de 1836, por el cual se dispuso que nadie recibiría título universitario sin producir información sumaria de haber sido obediente y sumiso a las autoridades y adicto a la causa federal. Desde entonces, todos los títu­los que expidió la Universidad fueron acompañados de la in­formación correspondiente”. (5) Estas medidas se adoptaron para lograr la seguridad del Estado amenazada por la reacción unitaria. Al respecto es importante destacar, como lo hace Julio Irazusta, que: “La dictadura fue sólida y duró, porque se inició con medi­das defensivas, y las siguió adoptando cuantas veces lo con­sideró necesario”. Como veremos más adelante, estos requisitos no impi­dieron que los profesores dictasen normalmente sus clases, y que se graduasen gran número de estudiantes. Por último, completando esta serie de disposiciones, de­bemos citar el decreto del 25 de mayo de 1844, por el que se fijaron las condiciones requeridas para enseñar. “Los considerandos hablan de que la educación pública no sólo debe perfeccionar la razón, sino también garantizar el orden religioso, social y político; que ello echa los cimientos del espíritu nacional y el gobierno debe velar porque no se en­señen doctrinas contrarias a las costumbres, principios polí­ticos y tranquilidad del Estado, y porque “se formen ciuda­danos capaces de desempeñar con buen éxito los empleos públicos”; que cualquier desvío de esa línea “viene a ser más funesto por el abuso mismo de la ilustración adquirida sin la dirección conveniente”; y para eso los educacionistas debían reunir condiciones de sólida virtud, sana moral re­ligiosa, buenas costumbres y patriotismo inequívocamente acreditado”. El párrafo final daba la razón decisiva, válida ayer y hoy para explicar, si no justificar, las tentativas bien intencionadas del monopolio estatal de la enseñanza: “estas consideraciones son más importantes en el país que ha establecido su sistema político después de oscilaciones profun­das, y aún defiende con gloria la independencia nacional”. La reglamentación no imponía exigencias contrarias al derecho natural, ni nada que no fuese sensato y lógico”. (6) d) Rectores: Como hemos adelantado, fue Rector durante la mayor parte de esta época el Pbro. Dr. Paulino Gari, teólogo y ci­vilista de nota que se desempeñó desde 1833, hasta su falle­cimiento acaecido a fines de 1849, “actuó durante casi toda la administración de Rosas, de quien fue un servidor incon­dicional”. En el momento de su muerte era canónigo de la Catedral y miembro de la Junta de Representantes por la sexta sección electoral de la ciudad de Buenos Aires. A Gari le sucedió el Pbro. Dr. Miguel García, canónigo diácono de la Catedral, quien conservó el cargo hasta el 26 de junio de 1852, —cuatro meses después de Caseros—, en que fue declarado cesante —según expresa Cutolo— “ante la resistencia que le ofrecían los estudiantes derivada por la defensa del reglamento de la Universidad, y por el aumento de las cuotas y su consiguiente pago de multas”. Aunque la verdadera causa debe verse en su actuación prominente du­rante la época federal. El Dr. García actuó además como Presidente de la Junta de representantes desde 1840 hasta la caída de Rosas; y como deán de la Catedral y vicario en ejercicio después de la muerte del Obispo Medrano en 1851, hasta el año siguien­te en que se llenó la vacante con el nombramiento de Monse­ñor Escalada. En el Rectorado de la Universidad se nombró en su reemplazo al Dr. Francisco Pico, quien renunció al mes si­guiente, y luego al Dr. José Barros Pazos. Era la primera vez, desde la fundación de la Universidad, que llegaba un lai­co a cargo tan eminente. e) Profesores: Durante esta época se desempeñaron en calidad de pro­fesores, brillantes personalidades, cuyos nombres permanecen desconocidos en muchos casos, por el manto de tinieblas con que se ha pretendido cubrir este período de nuestra historia. No fueron “curanderos” y “pleitistas”, como afirma ligeramente Ramos Mejía, sino verdaderos catedráticos de enver­gadura. En el Departamento de Medicina y Cirugía fueron pro­fesores: de Materia Médica y Patología, el Dr. José Fuentes Arguibel, desde 1829 hasta 1852; de Anatomía y Fisiología, el Dr. Saturnino Pineda, desde 1835 hasta 1836, en que fue separado; el Dr. Ireneo Portela, que era miembro de la Le­gislatura, hasta 1843, en que emigró a Montevideo, y el Dr. Claudio Mamerto Cuenca, médico y poeta, hasta 1852 en que fue muerto cobardemente en la batalla de Caseros (7); de Partos, el Dr. Francisco Javier Muñiz, eminente hombre de ciencia cuyo nombre lleva hoy un policlínico de nuestra ciu­dad; de Clínica Quirúrgica, el Dr. Martín García, que “dota­do de un espíritu evangélico hizo de su profesión un verda­dero apostolado descollando por sus virtudes cristianas”; de Clínica y Nosografía, el Dr. Miguel Rivera, que estudió en Francia donde fue discípulo del célebre cirujano Guillermo Dupuytren y a su regreso a Buenos Aires se casó con Mer­cedes Rosas, hermana de Juan Manuel, fue profesor hasta 1836 en que fue reemplazado por el Dr. Francisco de Paula Almeira, que fue también Presidente del Tribunal de Medi­cina y se desempeñó como médico militar. En la Facultad de Jurisprudencia revistaron: en la cá­tedra de Derecho Civil y Derecho Natural y Público de Gen­tes, el Dr. Rafael Casagemas, desde 1832 hasta 1857, espa­ñol de origen, y en la de Derecho Canónico, el Pbro. Dr. Jo­sé León Banegas, teólogo. El Dr. Casagemas, llegado a Buenos Aires en 1825, se dedicó al ejercicio de su profesión de abogado. En 1832 fue nombrado profesor de la Universidad, por renuncia del Dr. Lorenzo Torres. Fue miembro del Consejo de la Enseñanza y Administración en 1834, y en 1844 recibió “una de las distinciones más hermosas que se le acordó en vista de sus relevantes cualidades de jurisconsulto”, y fue la designación de miembro suplente del Excelentísimo Tribunal de Recur­sos Extraordinarios por nulidad e injusticia notoria. El nom­bramiento le fue renovado anualmente, hasta 1848. Después de Caseros siguió dictando sus clases hasta 1857 en que re­nunció. En cuanto al Dr. Banegas, fue además profesor de Filo­sofía en el Departamento de Estudios Preparatorios. En el Seminario tuvo a su cargo las cátedras de Filosofía y Teo­logía. Después de la caída de Rosas renunció a sus cátedras y fue designado canónigo de la Catedral, luego fue fiscal eclesiástico y más tarde provisor y vicario general durante el obispado del Dr. Mariano José Escalada. Falleció en 1856. Fueron también profesores, en el Departamento de Es­tudios Preparatorios: Saturnino Salas, Martín Pedralves, José María Vayo, Pedro Parra, Ignacio Ferros, etc. Todos ellos fueron patriotas sinceros, que mantuvieron encendida la llama de la cultura en la Universidad, en una época difícil, en que los enemigos de afuera y las acechan­zas de adentro no hacían el clima más propicio por cierto, para que la juventud se inclinase a los estudios universi­tarios. Lamentablemente no se cuenta con una lista completa de los catedráticos de este período, pues se tropieza con la falta de constancias en los libros de la Universidad, señala­da por los investigadores.
f) Estudiantes: En torno a estos profesores se formaron los hombres que habrían de distinguirse más tarde en las distintas es­feras de la actividad pública nacional. “Educados en las escuelas que mantuvo el rosismo —es­cribe Gras— pudieron completar, sin obstáculos, su cultura universitaria, sin que los detuviera aquel juramento de fidelidad al régimen federal que no era, en el fondo, más que un mero formalismo burocrático. Esa juventud, criada y educada en Buenos Aires durante el gobierno de Rosas, se instruyó lo suficiente como para poder gravitar, después, en los destinos del país, cuando Urquiza la llamó a colabo­rar en su reorganización republicana. La dictadura no les impidió asociarse en cenáculos literarios ni coartó sus acti­vidades culturales. “De esos muchachos de entonces —ha escrito un enemigo de Rosas— (se refiere a Vicente G. Quesada), han salido muchos que se han distinguido en la ad­ministración, en la política, en las finanzas, en las letras, en la medicina, en la abogacía…”( 8) Citaremos, entre los graduados en Jurisprudencia, a Marcos Paz, Miguel Cané, Carlos Eguía, José Roque Pérez, Miguel Estévez Seguí, Vicente Fidel López, Carlos Tejedor, Santiago Viola, Pedro Parra, Rufino de Elizalde, Bernardo de Irigoyen, Federico Pinedo, Luis Sáenz Peña, José B. Gorostiaga, Pastor Obligado, Juan J. Álvarez, Miguel Nava­rro Viola, Eusebio Ocampo, José M. Vayo, Juan Agustín García, Juan F. Monguillot, Marcelino Ugarte, Benjamín Victorica, Alfredo Lahitte, Vicente G. Quesada, Juan F. Seguí, Adolfo Alsina, José Evaristo Uriburu. etc.; y entre los egresados de Medicina, a Claudio M. Cuenca, Teodoro Álvarez, Guillermo Rawson, Luis M. Drago, Carlos Durand, Federico Mayer, Manuel Láinez, José Malaver, etc. Y no sólo cursaron libremente sus estudios estos jóve­nes, sino que hasta constituyeron entidades estudiantiles, como refiere Gras, a través de las páginas de las “Memorias de un viejo”, de Vicente G. Quesada. En efecto, existió “una asociación estudiantil llamada: Sociedad de Murciélagos o de Vampiros que se reunía en el cuarto de Manuel Fluchi, sacristán de la Catedral, y en la que predominaban los es­tudiantes de medicina, alumnos de Claudio Mamerto Cuenca”. 4. — CONCLUSIONES A través del examen realizado, en base a las investiga­ciones que existen de ese período, —debidas en su mayor parte a historiadores poco afectos a la figura de Rosas—, arribamos a las siguientes conclusiones: 1. — La Universidad de Buenos Aires en la época de Rosas no dejó de funcionar un solo día, a pesar de los gra­ves inconvenientes apuntados, que no fueron provocados por el Restaurador, sino por sus enemigos. 2. — El número de estudiantes no disminuyó sino que, por el contrario, alcanzó su mayor índice en 1850. 3. — Las “fórmulas humillantes” a que aluden los de­tractores de Rosas, no impidieron que enseñaran los profe­sores y se recibieran regularmente los alumnos. 4. — Los Rectores fueron eminentes sacerdotes, que merecen el homenaje de las nuevas generaciones por el ce­lo con que mantuvieron el prestigio de la Universidad. 5. — Los profesores fueron tan ilustrados como los an­teriores, y no sufrieron persecuciones ni vejaciones porque, o fueron respetados y aun distinguidos, o se manifestaron como ardientes sostenedores del régimen federal. 6.— En la Universidad “rosista” se graduaron la mayor parte de “los hombres que actuaron en la vida pública ar­gentina después de Caseros”. (i) y (2) Antonino Salvadores, La Universidad de Buenos Aires, págs. 47-50. (3) Antonino Salvadores, ob. cit, pág. 70. (4) Antonino Salvadores, ob. cit., pág. 145. (5) Antonino Salvadores, ob. cit., pág. 138. (6) Julio Irazusta, Vida política de Juan Manuel de Rosas, t. IV, pág. 244. (7) Ante la proximidad de las fuerzas aliadas, fue nombrado Cuen­ca, Cirujano Mayor del ejército federal. “El día de la batalla instaló el hospital de sangre en el Palomar de Caseros. En momentos en que cumplía su noble y humanitaria tarea, hicieron irrupción en aquel lugar, los jefes españoles al servicio de los colorados uruguayos, Palleja y Larragoristía, los que sin respetar lo solemne de aquel sitio le inmolaron bicoloramente”. (Boletín del Instituto Juan Manuel de Rosas de Investigaciones Históricas, N° 4). (8)Mario César Gras, La cultura en la época de Rosas, pág. 52. BIBLIOGRAFÍA a) Obras fundamentales: Juan María Gutiérrez, Origen y desarrollo de la enseñanza pública y superior en Buenos Aires, Buenos Aires, 1868. Norberto Piñero y Eduardo L. Bidau, Historia de la Universidad de Buenos Aires, en Anales de la Universidad de Buenos Aires, tomo I, Buenos Aires, 1888. Antonino Salvadores, La Universidad de Buenos Aires desde su fundación hasta la caída de Rosas, en Biblioteca Humanidades, to­mo XX, La Plata, 1937. b) Obras auxiliares: José María Ramos Mejía, Rosas y su tiempo, Buenos Aires, 1907. Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina, tomo III, Buenos Aires, 1911. Emilio Ravignani, Un proyecto para organizar la instrucción pública durante el primer gobierno de Rosas, en Boletín del Instituto de Investigaciones Históricas, tomo I, Buenos Aires, 1922. Enrique Udaondo, Diccionario Biográfico Argentino, Bs. As., 1938. Julio Irazusta, Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia, tomos II y IV, Buenos Aires, 1943-50. Vicente Osvaldo Cutolo, La enseñanza del Derecho Civil del Profesor Casagemas durante un cuarto de siglo, Buenos Aires, 1947 y La Facultad de Derecho después de Caseros, Buenos Aires, 1951. Manuel Gálvez; Vida de Don Juan Manuel de Rosas, Bs. As., 1949. Carlos Alberto Acevedo, La enseñanza de la ciencia de las Finanzas en la Universidad de Buenos Aires, desde su fundación hasta 1830, en Revista del Instituto de Historia del Derecho, Nº 2, Buenos Aires, 1950. Mario César Gras, La Cultura en la época de Rosas, en Revista del Instituto Juan Manuel de Rosas de Investigaciones Históricas, Nº 15-l6, Buenos Aires, 1951. Boletín del Instituto Juan Manuel de Rosas de Investigaciones His­tóricas, Año IV, Nº 4, Buenos Aires, 1951. Juan O. Collazo, Verdadera fecha de la fundación de la Universidad Mayor, diario El Debate, Montevideo, 19 de julio de 1949. Aquiles B. Oribe, La Academia de Jurisprudencia, Montevideo