Rosas

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sábado, 31 de julio de 2010

“Dos amigos y un destino”

por el Licenciado José Luis Muñoz Azpiri (h)
Arturo Germán Frers
(1900-1924)
Héctor Ambrosetti
(1900-1918)
José Babini comenta, acertadamente, que “las primeras ciencias que en la Argentina se organizaron definitivamente fueron las ciencias naturales y la astronomía” Es interesante observar cómo ese desarrollo respondió, en los que a las ciencias naturales respecta, no sólo al desarrollo intrínseco de ese conjunto de disciplinas científicas, sino también a la fuerte impronta ideológica que de ellas de desprendía: la ideología del progreso indefinido que legitimaba los impulsos culturales de la llamada “Generación del Ochenta”. Una Ideología que busca sustentación a través de la biología transformista para consagrar la validación de los intereses políticos, que en Europa, representa una nueva “burguesía conquistadora” al decir de Charles Morazé.
Es que uno de los mitos colectivos más arraigados de la época de 1880, era aquel que otorgaba a la ciencia la categoría de piedra filosofal que liberaría al género humano de las tinieblas de la irracionalidad y el dogmatismo religioso. Dicha convicción – que los acontecimientos de principios del siglo XXI parecería haber desestimado (hambrunas, guerras tribales, fundamentalismo religioso, etc.) fue asumida fervorosamente por los sectores dirigentes que se aprestaban a conmemorar el primer centenario. Así, tanto el Estado como muchos particulares y asociaciones se esforzaron por promover la investigación científica. Holmberg escribe con irrefrenable optimismo: “Nuestra generación es la destinada a dar impulso a la siguiente, porque realizaremos una opinión manifestada por Alberdi hace unos treinta años: “Naturalistas, ingenieros, mecánicos… eso es lo que necesita la República Argentina”. En ese momento histórico, el positivismo había alcanzado una validez universal y sus categorías abarcaban todas las disciplinas. A partir de 1860 las ciencias biológicas ganaron terreno sobre los estudios físicos y matemáticos, porque todo indicaba que los biólogos estaban en posesión de las leyes que regían la vida, así como los sociólogos detentaban los mecanismos que regulaban el organismo social. En ese contexto, de desenfrenado optimismo, de fe profunda en los mecanismos que gobernaban el desarrollo evolutivo que conducía inexorablemente al progreso indefinido, en 1872 se constituye la Sociedad Científica Argentina en el Departamento de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires, por inspiración de un estudiante: Estanislao S. Zeballos ante la necesidad de “fundar una sociedad que sirviera de centro de unión y de trabajo para las personas que desearan servir al desarrollo de las ciencias y las instituciones”. Este clima favoreció el desarrollo de las personalidades y realizaciones de la década de 1880. José Babini llama “los tres grandes”, a Florentino Ameghino, Francisco P. Moreno y Eduardo Ladislao Holmberg, figuras tutelares de la ciencia argentina y verdaderos pioneros en sus respectivos campos, pero además de estos tres arcontes, hubo muchos otros hombres que impulsaron y difundieron la ciencia argentina. Algunos, de sorprendente precocidad, como Arturo G. Frers y Héctor Ambrosetti.
Holmberg, figura polifacética, fue entre otras labores, el precursor de nuestra literatura fantástica, pero también un activo promotor de revistas científicas como El Naturalista Argentino, la Revista Argentina de Historia Natural y la Revista del Jardín Zoológico, dado que desde 1888 dirigió el Jardín Zoológico, de quien fue primer director. Holmberg era médico, aunque nunca ejerció como tal, pero incursionó con competencia en temas relacionados con mineralogía, botánica y zoología. Sus iniciativas editoriales se reconocen como el antecedente directo de Physis, órgano científico de la Asociación Argentina de Ciencias Naturales, nacida a principios del siglo XX y que continúa hasta nuestros días. Babini recuerda una particularidad del naturalista: su sentido del humor. En 1915, al retirarse de la docencia, se le tributó un brillante homenaje. Rodeado de las personalidades más encumbradas del país, Holmberg inició un discurso de agradecimiento con estas palabras: “Más feliz que el emperador Carlos V, escucho de pie mis honras fúnebres sin que ningún tornillo flojo las haya decretado…”, cabe apuntar que sus actividades relacionadas con las ciencias naturales no le impidieron ser también un excelente traductor de Dickens, Wells y Conan Doyle. Pero fue, ante todo, un formador de discípulos, a quienes atraía por su erudición y su formidable imaginación que cautivó, entre otros, a su sobrino Héctor Ambrosetti y su amigo Arturo G. Frers.
Este último, nacido en el albor del siglo XX, fue un precoz entomólogo capaz de permanecer inmóvil durante horas trepado en la rama de un árbol o echado cuerpo a tierra observando un insecto pese a padecer, más teniendo en cuenta la época, un difícil mal: la epilepsia. Pese a ello completó con esfuerzo su bachillerato, adquirió el dominio del francés, alemán y latín y emprendió sus incursiones en el campo de la botánica y la zoología con el entusiasta apoyo de su familia. Su madre, Lucía Lynch de Frers era prima de los hermanos Félix y Enrique Arribálzaga, quienes junto a Holmberg formaron un trío de mosqueteros que cruzaron aceros con el intransigente prusiano Burmeister, que no veía con buenos ojos los aires de renovación que portaban los jóvenes investigadores. Desgraciadamente, señala Néstor J. Cazzaniga (*), Félix Lynch Arribálzaga, el primer entomólogo argentino, especialista en mosquitos y otros dípteros, se había suicidado en 1894; pero su íntimo amigo Eduardo Holmberg, contribuyó con su experiencia al novel naturalista. Había escrito en 1905 un librito de lectura aún imprescindible: El joven coleccionista de historia natural de la República Argentina. Una suerte de guía práctica para recolectar piezas y organizarlas en colecciones y la forma de estudiar científicamente la diversidad de plantas, animales y rocas, que seguramente contribuyó a la formación de Frers, a tal punto que, a los 14 años, se asoció a la Sociedad Physis – hoy la Asociación Argentina de Ciencias naturales – fundada dos años antes.
El 15 de julio de 1916, cuando apenas tenía 16 años, los principales naturalistas del país lo convocaron para que comunicara sus investigaciones, referidas a las variaciones de color que presenta un cascarudo (el crisomélido Lema orbignyi). Aparecen publicadas en tres páginas del número 12 de Physis. Ese mismo año se funda en Buenos Aires la Sociedad Ornitológica del Plata con la presencia de distinguidos estudiosos, entre los que se encuentra otro jovencito, Héctor T. Ambrosetti inclinado al estudio de las aves, que es distinguido como integrante de la comisión directiva. Frers continúa dedicado a los insectos y en 1917 describe observaciones de campo sobre unas avispitas que parasitan a otras avispas, resultando la identificación de dos especies nuevas, una de las cuales (Coelothorax frersi) es bautizada en su honor. Ese mismo año describió a la hembra de un arácnido del que sólo eran conocidas hasta ese momento las características del macho. A partir de ese momento la continuidad de publicaciones en Physis se hace permanente. Dice Cazzaniga: “En 1918 aparece publicado su estudio sobre la metamorfosis de un coleóptero doméstico, habitante de los troncos caídos y comedor de madera, y también una investigación sobre la nidificación y metamorfosis de una avispa procedente de la estancia de su padre ubicada en San Pedro, que confirma datos suyos de un trabajo del año anterior. Tanto las descripciones como las ilustraciones – que, en general, están firmadas con sus iniciales – demuestran un perfeccionamiento técnico y una particular capacidad para l dibujo”.
Pero el 12 de diciembre de 1918 fue una fecha desgraciada para Frers, su amigo y compañero de aficiones fallecía de cáncer. Era estudiante de medicina y tenía 18 años, la misma edad de Arturo, con quien compartía trabajos de campo. Fue un golpe demoledor, perdía no solo un camarada, sino al único colega de su edad. Éste era hijo del padre de la antropología argentina, “el Schliemann de Tilcara”, que también había fallecido un año antes y que en su juventud, a su vez, había compartido afanes de naturalista. A los 16 años, Héctor había firmado el acta fundacional de la principal Asociación argentina dedicada al estudio de las aves y había reunido una gran colección de pieles de pájaros, con más de 1.500 ejemplares de 350 especies. Esta y su biblioteca, con 115 libros y 440 folletos y revistas científicas fueron donadas por su madre, quien a partir de ese momento dedicó su vida a los enfermos oncológicos. Como homenaje póstumo, El Hornero publicó un trabajo en el que se compilan observaciones sobre aves rapaces, entre ellas, las que realizó en el campo de su amigo en San Pedro. Para Holmberg, la muerte de su sobrino, “fue un golpe sin consuelo, Héctor representaba una ilusión, pues surgían en ese cerebro de 18 años los mismos gustos y una tendencia manifiesta hacia la continuidad” asevera un autor.
Arturo estudió la metamorfosis de distintos coleópteros (cascarudos, vaquitas, etc.). Sus trabajos sobre este tema aparecieron en 1919, 1922, 1923 y 1925; aunque también publicó otra nota sobre biología de avispas en 1921.
En uno de esos trabajos, resumió las características de 75 variedades morfológicas de Lema dorsalis, utilizando un novedoso método de comparación gráfica de las que podrían haberse tomado como especies diferentes. Sin embargo, por observarlas en vivo, Frers sabía que cada una de esas variaciones individuales, no merecía diferenciarse con un nombre propio, lo que habría significado la creación de un sistema clasificatorio artificial. A los 24 años murió ahogado en el Tigre, víctima de un ataque de epilepsia, al caer del bote en el que había salido a remar solo. Al igual que su mejor amigo, las Moiras de los griegos decidieron ejecutar un fin cruel. Todavía sentimos sus ausencias.
(*)Cazzaniga, Néstor J. “Los bichos de Arturo Frers, su familia y sus amigos”. En: “Todo es Historia” Nº 301. Agosto 1992

domingo, 18 de julio de 2010

Bosquejo Histórico del General Don Manuel Belgrano escrito en el año 1839, por un contemporáneo Don Ignacio Alvarez Thomas.

Por el Profesor Marcelo Alvarez Herrera

Belgrano no esciste! Y este nombre Venerable a todo corazón Argentino reclama a los ojos de sus conciudadanos algunos rasgos que recogerá la historia para adornarse con el recuerdo de uno de los hombres más ilustres que han figurado en la grande escena del continente Americano. La familia Belgrano una de las más distinguidas y acomodadas en Buenos Aires, tiene origen en su padre, natural de Italia, casado con una Señora oriunda de Santiago del Estero, cuyo afortunado enlace produjo una numerosa prole de que Don Manuel es el tercer hijo nacido en 1770, baja el dominio de la Corona de España. Como en el sistema co­lonial de aquel tiempo, la educación elemental era prohibida, te­nían los jóvenes americanos que atravesar el Océano para adqui­rirla en las Universidades de la Península. Allí fue en donde Bel­grano completó sus estudios hasta el grado de Bachiller, y regreso a su Patria con el empleo de Secretario del Tribunal de Comercio. Su talento ya perfeccionado, la dulzura de su carácter, sus co­nocimientos en la música, y su bella figura le dieron en La So­ciedad un lugar muy distinguido, y las mejores relaciones. El fue uno de los promovedores y colaboradores del Semanario Científico, que la mezquina política del Gobierno Español, mandó suspender después.
Cuando en 1806 la Guerra con los Ingleses se hizo sentir en el Río de la Plata, voló al llamamiento de la Autoridad que formó Cuerpos de Voluntarios para la defensa, enrolándose en el más numeroso que llevaba el nombre de Patricios, condecorado con el rango de Mayor, en cuya clase asistió a la espléndida Victoria­ alcanzada sobre el Ejercito Británico al mando del general Waitelock (sic) en 807. Los varios acontecimientos de aquella época, empezaron a despertar en los naturales del país el espíritu guerrero; y el conocimiento de sus fuerzas, que los disponía para entrar después en una lucha que a costa de sangre y sacrificios generosos. los elevaría a la condición de hombres Libres.
Belgrano hacía parte del movimiento popular que se agitaba en las sociedades patrióticas, aunque secretas, en el tiempo en que derribada del trono la dinastía reinante de España por el poder de Napoleón, empezaba la Nación a armarse para resistir al Conquistador de media Europa. Un bastago (sic) de aquella (la Señora Carlota Joaquina de Borbón) que los mismos sucesos habían trasplantado con la Corte de Portugal a sus dominios del Brasil, entablo relaciones privadas para abrirse un camino a la Regencia de los países de su cautivo hermano; y fue entonces que así Belgrano, como muchos otros patriotas estimables, juzgaron oportuno el alimentar tales esperanzas, para comenzar por este medio, la grande obra de la regeneración Americana. Algunos sin buen criterio, han pretendido hallar poco Republicanos estos primeros pasos de la infancia revolucionaria.
No tardaron los sucesos políticos en amontonarse para poner en acción al partido demócrata. La dispersión del Gobierno Cen­tral por los franceses en principios de 810 que se trasladó eléctricamente al Nuevo Mundo, dió la señal del Combate. En Buenos Aires, la Asamblea de notables declaró caduca la representación del Virrey Cisneros, asociándole en el mando dos ciudadanos, en cuya forma mixta de Gobierno ocupó Belgrano la Secretaría General. Mas la desconfianza de los patriotas era inmensa y esta armazón gubernativa, solo contó horas de existencia, y tuvo que ceder el puesto el memorable 25 de Mayo, a una Junta de nueve individuos, presidida por Saavedra, entre cuyos Vocales fue contado Belgrano. Las tareas de este Cuerpo, aunque llevando por escudo el nombre del Monarca destronado, eran encaminadas a uniformar la opinión de todas las provincias comprendidas en la demarcación del Virreinato, hacia un punto de vista de que bien pronto se apercibieron los mandatarios españoles, oponiéndose al reconocimiento del nuevo Gobierno.
Entonces fue que empezaron a tomarse medidas enérgicas para sofocar la resistencia, que consagran los actos públicos de aquella época. Los más marcados son: el cambio de tropas auxiliares para favorecer el libre pronunciamiento de los pueblos, tanto al Oeste, como al Norte de la Capital. Las que tomaron es­ta dirección eran mandadas por Belgrano, nombrado Coronel, y revestido del alto carácter de Representante. Su marcha fue triunfal hasta pisar el territorio del Paraguay en donde le espera­ban peligros y dificultades que vencer. El Jefe español puso sobre las armas un número prodigioso de hombres que Belgrano deshizo en los primeros encuentros con su pequeño Ejército de bravos, casi a las puertas de la misma Capital. Más forzado a reconcentrar sus recursos para acometer de nuevo, se halló cortado en su retirada, en el preciso paso del Río Tacuarí por fuerzas todavía mayores, y que se aumentaban por instantes. Tuvo que combatirse sin tardanza de un modo heroico para obtener el tratado que salvando al Ejército entero, cubrió su nombre de una gloria que lo asemeja a Carlos XII, no solo en valor y pericia, sino también en afrontar las duras privaciones de que dió repetidas pruebas en esta memorable Campaña, la primera en que se ensayaba un hombre acostumbrado a los goces de la vida pasiva1 a quien sostenía el mas noble patriotismo. No fueron efímeras las ventajas que se reportaron, porque la sagacidad de Belgrano supo al tiempo de combatir, abrirse comunicaciones, con los jefes y personas influyentes del país, que más tarde derrocaron al Partido Europeo sirviendo así a la causa pública.
Llamado a la Capital, se le confirió el mando del Regimiento I de Línea, que era el antiguo Cuerpo de Patricios en que sirvió, y como el estado de su disciplina pidiese mejoras, Belgrano las emprendió con el tezón infatigable en llenar sus deberes que tanto le distinguía, más cuando se lisonjeaba de haberlas alcanzado, un tumulto inesperado en la mayor parte de estos valientes soldados, puso en alarma toda la población (Diciembre 811) que la autoridad, con acuerdo del mismo Jefe, reprimió pronto y severamente. Ya entonces, la forma de la Administración había cambiado en un Poder Ejecutivo de tres personas que se encontraba envuelto en dificu1tades para atender a la defensa común del territorio de la Unión. La plaza de Montevideo, enarbolaba el pendón de Castilla mientras que un Ejército portugués penetraba hasta la margen izquierda del Uruguay, en ademán hostil.
Las fuerzas enviadas al interior de las Provincias Peruanas habían arrollado al principio todas las resistencias que los jefes españoles le opusieron hasta situarse en los confines. Más las organizadas al otro lado del Desaguadero, las asaltaron alevosamente, y desbarataron. Los restos se concentraron en Tucumán, mientras que el enemigo ocupando hasta Salta amenazaba caer sobre ellos. Jamás el peligro de la Patria se mostró tan de cerca. La misma Capital inspiraba cuidados, en donde acababa de sofocarse una terrible conspiración de los Europeos domiciliados en ella.
En tan difíciles circunstancias, Belgrano fue mandado a hacerse cargo de las reliquias del Ejército en Tucumán, llevando consigo algunos destacamentos. Su ya restablecida reputación, su celo y constancia, reanimaron el espíritu marcial como por encanto, y cuando todos esperaban con temor el éxito de una acción tan desigual, la admiración sucedió al común abatimiento, al recibir la noticia del triunfo alcanzado sobre el enemigo el 24 de Septiembre de 812, en los arrabales de la misma Ciudad. Tan luego como remontó el Ejército llamado Auxiliar del Perú, bus­co al enemigo, que reforzado con nuevas tropas le aguardaba or­gulloso en Salta. A La vista de sus Torres se dió la famosa batalla que lleva aquel nombre, en donde el Mayor General Tristán, dobló el cuello a la espada de Belgrano, después de un combate sangriento (Febrero 20 de 813) a quien por respeto a su calidad de Americano, como lo eran la mayor parte de sus oficiales y tropa, concedió los honores militares para rendir las armas, y el restituirse a sus hogares, a condición expresa, de no tomarlas du­rante La Guerra de Independencia, promesa que violaron tan pronto como reentraron en Perú por mandato de las autorida­des Españolas, que reputaban no obligatorios los pactos con aque­llos a quienes denominaban “Insurgentes”. Desde que fue cono­cido este acto de perfidia, la rivalidad quiso asestar sus tiros contra el General Belgrano, acusándole de “imprevisión”, reproche que juzgaba por solo el resultado, una política que prometía al vencedor las más alagüeñas esperanzas, según los datos en cuya po­sesión estaba, y que otros incidentes vinieron a malograr por entonces. En el desenlace de la porfiada lucha con la España, se ha conocido cuanto influjo produjo en los Peruanos tal gene­rosidad.
Mientras que el General Belgrano se aparejaba para penetrar al Alto Perú (hoy Bolivia), con su victorioso Ejército, en Buenos Aires, se celebraban sus triunfos con entusiasmo. El Ejecutivo presentó al Congreso, en gran ceremonia, las Banderas y Estan­dartes arrancados L enemigo que hoy adornan los Templos para su eterna gloria. La Soberanía Nacional declaró que el General Belgrano había merecido la gratitud de la Patria, y le decretó un premio de “cuarenta” mil pesos sobre el Tesoro, además de los honores acordados al Ejército. Empero este, con un despren­dimiento sin ejemplo, a pesar de su escasa fortuna, los adjudicó por entero al establecimiento de Escuelas de educación en las Ciu­dades de Tarija, Jujuy, y Santiago del Estero, que llevan su nom­bre. La Municipalidad también le ofreció un magnifico bastón, y dos riquísimas pistolas con los emblemas e inscripciones que real­zan su mérito. La autoridad del General Belgrano era tan marcada era todos sus actos, que jamás quiso emplear su influjo para me­jorar la condición de sus deudos. Así fue que, despojados de sus empleos dos de sus cuñados, en consecuencia de la Ley que exigía a los Españoles la Carta de Naturaleza pan continuarlos, se negó a los clamores de ambas hermanas, aunque bien conven­cido del carácter pacífico y honrado de sus esposos.
Al emprender su nueva Campaña Belgrano, vióse con cuanto anhelo recibían los Peruanos a sus libertadores auxiliares. El ene­migo abandonó la mayor parte de las Provincias, concentrándose en Oruro, mientras que el Ejército patriota disciplinaba nume­rosos cuadros para atacarlo. El orden y la conducta de los Vencedores, era admirable. Belgrano incansable, velaba personalmente en todos los detalles. Era el ídolo del Soldado, y el amor de los Pueblos. Aún el fanatismo respetó su persona, porque supo aco­modar las prácticas religiosas con el deber de la espada. Quizá antes de tiempo se vio precisado a arriesgar un combate. La impaciencia democrática ha malogrado muchas empresas. Ce­diendo a ellas, el General Belgrano buscó y atacó a los Realistas en la Pampa de Vilcapujio (Octubre 1º 813). Había éste ya aban­donado el campo de batalla, cuando un accidente inútil de re­ferir, arrancoles el laurel de la victoria que empezaban a reco­ger, después de la más sangrienta pelea. impertérrito Belgrano tomó á dar frente al enemigo a los “43” días, en los altos de Vilhuma, en donde, aunque se combatió con el mismo denuedo, la fortuna le volvió a ser adversa. El elogio de ambas acciones lo consignaron en sus partes oficiales los Jefes realistas. Siendo impo­sible ya el mantenerse en el Alto Perú, sin arriesgar los restos y el material del Ejército, que había de contribuir algún día a sacarle de extraña dominación, fue necesario evacuarlo, trayendo en pos de sí una numerosa emigración comprometida, y dejando organi­zados Cuerpos francos que hostilizasen al enemigo. Las gargantas del Perú se guarnecieron debidamente, y para remontarse el Ejército, se estableció el cuartel general en Tucumán. El Poder Ejecutivo, a solicitud de Belgrano, nombró un nuevo General en Jefe, baja cuyas órdenes, tuvo la modestia de ponerse a la Ca­beza de su Regimiento de Patricios, y presidir á su instrucción como un simple Coronel.
Al año siguiente (814) fue llamado a la Capital, y enviado á Inglaterra con carácter público, en consorcio de Rivadavia, de donde regresó en principios de 816. Esta misión diplomática le causó grandes y penosos sinsabores.
Aún no había descansado en su Patria, de la que casi siempre estuvo ausente, cuando el Directorio le nombró General de las fuerzas de Observasión en Santa Fé, que en aquella sazón eran atacadas por instigación del Caudillo Artigas, que en disidencia del Gobierno Central, despotizaba las Provincias, al otro lado del Paraná.
La repugnancia de Belgrano en tomar parte en la guerra civil, se templó con la esperanza de contribuir a un advenimien­to que cortase este escándalo, que tantos males aparejaba á la causa del orden, y para lo que iba ampliamente autorizado. Cuando se ocupaba de esto, un cambio en la Administración Nacional y un desaire á su persona, retiraron sus benéficos oficios.
Por este mismo tiempo se reunía en la Ciudad del Tucumán, el Segundo Congreso de las Provincias Unidas, que firmó el 9 de Julio la siempre inmortal Acta de la Independencia de España y de todo poder extranjero, llenando así, los votos de los buenos patriotas que por un sentimiento uniforme habían ya adoptado las armas y colores, que los diferenciaban de sus antiguos Señores. Aun antes de este paso Varonil, los Diputados sentían la urgencia con que el bien público pedía que el General Belgrano reasu­miese de nuevo el mando en Jefe del Ejército Auxiliar, á que el Directorio subscribió convencido de su importancia. Tomaba á su cargo esta responsabilidad, en circunstancias de que en el año anterior, había sido dehecho aquél en la desgraciada jornada de Sipe-Sipe dirigido por otro General. Empeñado Belgrano en co­rresponder, á tal muestra de estimación, puso en ejercicio su celo para remontarlo, mientras que su nombre inspiraba temores al enemigo, y alentaba á las “montoneras” que le hostilizaban en el mismo país que ocupaba. A favor de la disposición de los naturales, Belgrano destacando Jefes hábiles con fuerzas volantes, y proclamaciones enérgicas, obligaba a los realistas á no desmembrar sus tropas para operaciones en que estaban empeñados por Chile, y el Ecuador; y aún hizo circular la idea de que se trataba de establecer una Monarquía en los vástagos dispersos de los Incas. Esto tendía, evidentemente á propagar la deserción en las filas enemigas, cuya gran mayoría era compuesta de infelices Indígenas arrancados con violencia de sus hogares.
En el año 819 estaba ya el Ejército en aptitud de empreender la restauración del Perú, por su moral y disciplina, más el gen­io del mal había renovado la discordia intestina, y la Provincia de Santa Fé era el teatro de nuevos escándalos. Para reprimirlos, el Directorio, quizá indiscretamente, mandó bajar un Ejército que tenía que llenar una misión más elevada. Verdad es que él sirvió para sofocar, aunque momentáneamente, la rebelión administrativa, Belgrano, incapaz de plegarse á ninguno de los parti­dos políticos, era poco favorecido de ellos. Así fué que, al contra­marchar se detuvo en la Cruz Alta para esperar los auxilios que la Autoridad Suprema le tenía prometidos. El tiempo pasaba sin re­cibirlos, y tan beneméritos Soldados, se encontraban desnudos, impagos, y muchas veces, sin alimento. En vano los reclamaba con instancia, y aún despachó para apresurarlos, á su Mayor General. Los padecimientos del Ejército que Belgrano miraba con el cariño de Padre, debilitaron su físico, harto delicado ya con las penurias de una existencia tan agitada, hasta el punto de postrarle. Los facultativos, sus oficiales, y desde la Capital, su familia, sus amigos, le rogaron para que viniese a reparar su salud, antes de que el mal tomase mayor incremento. Todo fue en vano. Miraba Belgrano como una fé de su creencia política, el no apartarse de sus Soldados en la hora de la común amargura. Este es el más bello episodio de una vida tan pura. En tal estado de cosas, el Congreso, y el Poder Ejecutivo, fueron disueltos por el vértigo revolucionario que extendió su maléfico influjo hasta el mismo Ejército, dechado de tantas virtudes. Los principales Jefes conspiraron para apropiar­se las tropas y parques, bajo pretextos especiosos (año 820). Así quedaron rotos los vínculos de la subordinación militar, mientras que la República ofrecía los fragmentos de un cuerpo despedazado. El espectáculo de tamaños males agravó los que ya sufría el General Belgrano, física y moralmente. Prefirió en tal desventura, hacerse transportar a la Ciudad del Tucumán, que presenciar la hu­millación en que estaba sumida su Patria. Más allí mismo, lugar de su fama, le esperaban disgustos preparados por hombres que lleva­ron después al sepulcro, la execración de sus Compatriotas. En fuerza de ellos, se arrastró al seno de su familia casi moribundo, en donde a pesar de los esfuerzos del Arte, y de los cuidados afano­sos de sus deudos y amigos, expiró con la serenidad del Justo, el 20 de Junio en la casa paterna que lo vio nacer, á los 50 años de edad.
Así desapareció de entre los mortales, un nombre inmacula­do que es la admiración del Suelo Argentino, y el ornamento de la República por sus virtudes cívicas, por su moral severa, y por el desinterés más patriótico. De Belgrano no queda sino un Vástago ilustre, en una virgen educada en el seno de su familia, que lleva sus facciones y que tanto recomendó en su agonía. Sus restos fueron depositados, sin pompa, baja sencilla loza, en el atrio de la Iglesia más cercana á su morada. Allí reposan como en depósito sagrado, hasta que llegue el día en que la gratitud de su patria los coloque en el Panteón destinado para los grandes hombres. Desde su celestial descanso. mira con ternura la suerte desastrosa de la Ciudad - Cautiva, que gime bajo el peso de la más brutal tiranía, e interpone sus ruegos para que sus buenos hijos la saquen de la desolación en que está sumergida por tan largo tiempo; y éstos entonan en sus fervorosos anhelos, la estrofa con que lloró la muerte del héroe, el malogrado Poeta Don Juan Cruz Varela, a quien recientemente ha arrebatado también la Parca.
“¡Ven ó grande Belgrano!”
“¡Ven ó Sombra Sublime!”
“Del llanto nos redime”
“Del luto y del dolor”
Ofrecido a la Señorita Doña Manuela Belgrano como presente de familia, su afectísimo Primo, el Redactor.
I.Az. (Ignacio Alvarez)
Quiritón, Setiembre 12/1839. En la República Oriental del Uruguay.

sábado, 10 de julio de 2010

Juan Francisco Borges

Por el Dr. Sandro Olaza Pallero

Nació este militar y caudillo en Santiago del Estero, el 24 de junio de 1766. Sus padres fueron María Josefa Urrejola y Peñaloza y Manuel Pedro Borges, un oficial de distinguida familia del ejército real. Su esposa fue Catalina de Medina y Montalvo, con la que tuvo un hijo: Juan Francisco Segundo Borges, que años más tarde llegaría a ser gobernador de su provincia. En 1781, Borges era ayudante mayor de infantería de los ejércitos del rey y estaba a las órdenes de su padre en la ciudad de La Paz cuando fue asaltada dos veces por las fuerzas rebeldes de Túpac Catari. Herido al tratar de romper el sitio, fue tomado prisionero pero logró evadirse. Su padre murió en combate contra los insurgentes. El 15 de febrero de 1783 fue ascendido a capitán del ejército real y en 1790 se asoció en La Paz con José María de Iriondo y Benito Blas de Abarlega para exportar la cascarilla o quina que curaba las fiebres. Debido a un problema con el intendente de esa ciudad, fue procesado y enviado a Buenos Aires en 1796. Por intervención del virrey marqués Rafael de Sobremonte fue absuelto y dejado en libertad en 1798. Pero al año siguiente tuvo un conflicto con Domingo A. Achával, por lo que nuevamente fue arrestado y después de ser liberado regresó a Santiago del Estero. En 1801 hizo una campaña al Chaco, buscando el casi mítico "mesón de fierro", un enorme meteorito muy conocido por los indígenas, pero cuya ubicación se había perdido. Viajó en 1802 a España, donde fue seleccionado como miembro de la “guardia de corps” de Carlos IV y le fue conferido el título de caballero cruzado de la Orden de Santiago, mérito singular para un criollo que tuvo el honor de nacer en la provincia cuyo santo patrono era precisamente el apóstol Santiago. En 1807 el rey le otorgó un privilegio económico por sus servicios a la Corona. En la madre patria conoció a otro futuro revolucionario argentino, el salteño José Moldes. Retornó al virreinato del Río de la Plata en 1808 y se dirigió a su tierra natal. Al año siguiente apoyó las conspiraciones independentistas de Moldes. El gobernador de Salta del Tucumán le confirió el mando militar de la ciudad de Santiago del Estero en 1810, aún cuando sabía que formaba parte de los independentistas. Producida la Revolución de Mayo, la noticia de la misma llegó a Santiago del Estero el 10 de junio de 1810. Adhirió inmediatamente a ella y, junto con Lorenzo Lugones, presionó al cabildo local para que reconociera la autoridad de la Primera Junta, lo que recién ocurriría el día 29 de junio. Esto impidió que el ex virrey Santiago de Liniers tuviera el apoyo santiagueño a la contrarrevolución y que fracasara su plan contra la Junta de Buenos Aires. Borges ascendido a teniente coronel, se le encargó la formación de un regimiento de patricios santiagueños, integrado por tres compañías, al frente del cual se incorporó al Ejército del Norte. A causa de un incidente que tuvo en Jujuy con Francisco Ortiz de Ocampo, Juan José Castelli lo despidió del ejército el 28 de noviembre en Potosí y Borges retornó a Santiago del Estero. Se enfrentó al cabildo de su provincia por la elección del diputado Juan José Lami, a la Junta Grande hecha el 2 de julio, que no se había hecho por un cabildo abierto. El 15 de julio se dirigió a la Junta, pidiendo la anulación de la elección y solicitando armas. Fue el primer reclamo de representatividad de los cuerpos colegiados que se conoce en la historia de la Revolución. La Primera Junta ordenó practicar una nueva elección. No obstante, el 20 de diciembre, Castelli y Ortiz de Ocampo lograron imponer sus candidatos en la elección de capitulares. El Cabildo protestó y nombró a Borges el 4 de febrero de 1811, como su apoderado ante la Junta para reclamar sus derechos electivos. Una nueva elección fue realizada el 15 de marzo de 1811, resultando elegido Pedro Francisco de Uriarte, a lo cual Borges nuevamente presentó una protesta. Ante estos gestos, al caer la Junta y ser elegido el Primer Triunvirato, su secretario Bernardino Rivadavia lo hizo arrestar y procesar en Buenos Aires. Durante su prisión, fue elegido miembro del cabildo de Santiago del Estero en 1812 y recuperó su libertad. Regresó a su ciudad natal el 8 de diciembre de ese año y fue elegido diputado a la Asamblea del año XIII, pero la Logia Lautaro vetó su nombramiento tal cual hizo con los diputados orientales. El diputado por Santiago fue electo por el cabildo de Buenos Aires. Nada de esto podía dejar contento a un autonomista como Borges, que rápidamente se fue definiendo como federal y que enfrentó a la logia que por una parte negociaba con los portugueses y por otra claudicaba con el poder realista. En 1815 era gobernador de Tucumán, Bernabé Aráoz, de la que dependía Santiago del Estero. Borges dirigió una carta al Director Supremo interino, Ignacio Álvarez Thomas, reclamando la separación de su provincia de la del Tucumán. El Director le contestó que sus conflictos serían solucionados por el Congreso que se reuniría próximamente en San Miguel de Tucumán. El 4 de septiembre de 1815, Borges arrestó al teniente de gobernador y se hizo nombrar gobernador independiente del de Tucumán, declarando a Santiago del Estero como Pueblo Libre, en sintonía con José Gervasio de Artigas. Contaba con el apoyo de la milicia provincial y de buena parte del pueblo. Pero Aráoz reaccionó rápidamente: sólo cuatro días después, un contingente de milicias tucumanas tomaba la ciudad por asalto y Borges fue herido. Lo dieron por muerto y sus hombres se dispersaron. Cuando volvió en sí fue arrestado y enviado preso a Tucumán. Fue perdonado por el Congreso y poco después escapó de la prisión domiciliaria en que se hallaba y se asiló en Salta, bajo la protección del gobernador Martín Güemes. Participó en los desórdenes que llevaron a la autonomía salteña, y firmó el tratado por el que el Director Supremo José Rondeau reconocía la autoridad de Güemes. El 10 de diciembre de 1816 regresó a Santiago del Estero y volvió a deponer al gobierno. Proclamó la autonomía absoluta de su provincia y se autoproclamó gobernador en rechazo a medidas anti-autonomistas tomadas por el Congreso de Tucumán. Por orden del Congreso, en que la influencia de los locales era decisiva (al menos en asuntos domésticos), el general Manuel Belgrano envió tres regimientos a reprimir la revolución. El coronel Lamadrid derrotó al coronel Borges en el Combate de Pitambalá. Se refugió en Guaype, en casa de los Taboada (abuelos de los futuros caudillos unitarios de Santiago), pero éstos lo entregaron a La Madrid. Fue fusilado en el cementerio del Convento de Santo Domingo, cerca de Santiago del Estero, a donde había sido llevado para confesarse, el 1° de enero de 1817, por orden de Belgrano, cumplida por Lamadrid.
Se dijo que media hora después le llegó un indulto decretado por Belgrano, ordenando no ejecutarlo. Santiago del Estero se separaría de Tucumán en 1820. Muchos años más tarde, sus habitantes lo reconocieron como el precursor de su autonomía, y lo consideraron uno de sus héroes. Dijo José María Paz en sus Memorias: “Murió con entereza al pie de un frondoso algarrobo y atado a una silla de baqueta, protestando contra la injusticia de su sentencia y la inobservancia de las formas, pero con sentimientos religiosos y cristianos”.

Fuentes:
ALÉN LASCANO, Luis C., Juan F. Ibarra y el Federalismo del Norte, Buenos Aires, Ed. Peña Lillo, 1968.
ALÉN LASCANO, Luis C., Historia de Santiago del Estero, Ed. Plus Ultra, Bs. As., 1991.
UDAONDO, Enrique, Diccionario biográfico colonial argentino, Ed. Huarpes, 1945.

viernes, 2 de julio de 2010

Orgullo Argentino: Banda Militar "Tacuari" del Regimento de Infanteria 1 "Patricios"

Por Alberto SILVA

Este festival de Bandas se realiza todos los años en distintos países, en esta oportunidad en Alemania el evento que reune a las bandas mas prestigiosas de los ejércitos del mundo, todas cargadas de prestigio, Historia y premios.
Pese a muchos inconvenientes, fundamentalmente económicos y logisticos los muchachos de Saavedra lograron alzarse con el primer premio. Felicitaciones y Viva la Patria.

Nota del Profesor Fórmica: AMIGOS NO SE ENGAÑEN CON LA FALSA INFORMACION DE UN PREMIO A LA BANDA TAMBOR DE TACUARI DEL REG DE PATRICIOS QUE ANDA CIRCULANDO EN LOS MEDIOS. LA BANDA SALIO A ALEMANIA EN ENERO DE 2003, HACE 7 AÑOS Y ALLI NO HABIA PREMIOS COMO EL QUE SE ANUNCIA, LAS OTRAS DOS SALIDAS AL EXTERIOR LA HICIERON CONMIGO Y A URUGUAY. TODO ES UNA EXTRAÑA MOVIDA DE PRENSA, NO SE ENGANCHEN

La historia de un aventurero: Ralph, el padre de Jorge Newbery.

Por Eduardo Rosa

Esta curiosa historia me la contó Alejandro Billoch Newbery, sobrino de Jorge Newbwery ya fallecido.

Su abuelo Ralph nació en Long Island, cerca de Nueva York.
A los ocho años se escapó de la casa y se unió a un circo; unos años después, unos amigos del padre lo encontraron y lo trajeron de vuelta y volvió a dispararse, esta vez para pelear en la guerra civil. A su regreso le prometió al padre estudiar y cumplió, recibiéndose de odontólogo. (supongo que en 1870 no era una carrera muy larga).
Pero no hizo más que regresar a casa, mostrarle el diploma al padre e irse a "recorrer el mundo".

En eso andaba, cuando en Buenos Aires, sin un céntimo en el bolsillo vió en Florida y (hoy) Sarmiento, un cartel de dentista y entró a ofrecer sus servicios. Era un dentista Francés de apellido Malagarie.
Como Ralph sabía técnicas de prótesis, que aquí no se aplicaban, hizo fama y algún dinerillo. Además se casó con la hija del dentista.
Alejandro – su nieto – me cuenta que la abuela, cuando llegaban "amigos" del marido - norteamericanos cow boys o lo que fuesen - los hacía dormir en la galería del patio, porque tenían un olor insoportable. (esto confirma la leyenda que los cow-boys se bañaban con los vaqueros puestos).
Un día Julio Roca, cliente de su consultorio, le dijo que en la Argentina no se hacía la plata trabajando sino que se hacía en el campo.

CON el campo, diría yo, porque todos las grandes fortunas se hicieron simplemente con influencias políticas o comprando por monedas o ganando en juegos de barajas, enormes extensiones de campo, en el club del Progreso o en el Jockey Club o por medio de los jueces de paz que despojaban a los gauchos (como se relata en el Martín Fierro).
Estas tierras, propiedad “legal” con papeles y escritura de nuevos e ilustres dueños, se las dejaban mayoritariamente inexplotadas (unas vaquitas a medias con un pobre poblador, si es posible un inmigrante, que son más mansos y agradecidos), - eso si, como arrendatarios con obligación de devolverlas mejoradas y con alfalfa sembrada – y excepcionalmente en alguno de esos campos, un "Castillo", a la imagen de una “manor” imglesa edificado en medio de la nada para darse aires de nobleza.
Ese campo espléndidamente edificado por algún arquitecto europeo, parquizado con raquíticos e incipientes arbolitos de especies exóticas por un parquista de renombre. (raquíticos porque lo único que no se podía comprar con dinero es tiempo, por eso las fotografías de aquellas estancias no pueden esconder la inmensidad de la pampa chata); esos campos, repito, servían para varias cosas. La esperada es recibir a las visitas ilustres que el dueño creía y quería deslumbrar, la segunda era para pasar largos veraneos familiares, pues era de rigor “irse a la estancia” y la tercera era para expatriar al tarambana de la familia, mandándolo a “trabajar el campo”, trabajo que se matizaba mayoritariamente con la timba o el prostíbulo del pueblo.

De estás impúdicas épocas en que una clase se repartía – literalmente – el país se cuenta esta anécdota: Un joven se había hecho de un campo (por herencia o por suerte con los dados) y en el Jockey Club, pidió consejo preguntando a un señorón: "¿Que debo echar en el campo para hacer dinero?" y la respuesta del elegante clubes fue muy sincera: Tiempo, m'hijo, tiempo. (aclaración: Tiempo esperando su valorización y la posterior e inevitable venta).
Estos eran los prohombres que hicieron la patria y este es el campo que trajo la riqueza de la nación.

Siguiendo el con el consejo de Roca Ralph se fue al campo a buscar fortuna – me imagino que llevándose algunos pesos para comprar lo que se le ofrezca; pero lo único que debió haber comprado fue wisky, porque por lo que conocemos, no encontró un campo que le gustase y seguramente fue dejando jirones de capital por el camino.
Un largo camino, ya que se sabe que llegó hasta tierra del fuego, buscando rehacer su maltrecha economía como buscador de oro. Allí murió - y allí está enterrado.
Un verdadero caballero, hecho más para la aventura que para la vida sedentaria de dentista.
Hace unos años el nombre de un dentista de apellido Newbery – George; volvió a la prensa. Este George, que era hermano de Ralph y también dentista – se ve que era la profesión de la familia – recibió tierras de Roca en Bariloche y, luego de vivir mucho tiempo en nuestro sur se las dejó a una comunidad Mapuche, quienes hace unos años debieron demostrar judicialmente su legado, ya que se los quería despojar de ellas. Ignoro cual fue el resultado del pleito.