Rosas

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miércoles, 31 de diciembre de 2014

Carta de Jorge Oscar Sulé a Norberto Galasso

Por Jorge Oscar Sulé
Buenos Aires, Septiembre de 2005.-
Sr. Norberto Galasso
De mi mayor consideración:
Una gran amiga, Ana Lorenzo, me acercó su libro “La larga lucha de los argentinos” con un subtítulo “Y como la cuentan las diversas corrientes historiográficas”.
Su libro, en medio del retroceso historiográfico que se registra, es un paréntesis que nos permite asegurar que nuestra lucha no ha sido del todo en vano y que nos alienta a seguir en la misma, no obstante los silencios, las aparcerías monopólicas dominantes y la farándula mediática y editorialista que persigue el escándalo para llegar al mercado consumista de nuestras clases medias “bobas”.
Esta es una primera reflexión. A continuación van otras que me atreveré a explicitar en el transcurso de estas líneas. Porque Ud. es un hombre del Pensamiento Nacional por lo que sabrá evaluarlas dentro del mismo encuadramiento axiológico, aunque con frecuencia sean decididamente críticas.
El Revisionismo Histórico nació por la necesidad de efectuar una revalorización sobre la figura y trayectoria de Rosas: éste fue su inicio y su signo (y sigue siéndolo en gran parte dada la obstinación antirrosista que perdura y que tiene todas las ventajas mediáticas y docentes).
Todavía no se ha llegado al “igualá y largamos como en las carreras cuadreras”, genial y pedagógica expresión de Jauretche.
El Revisionismo Histórico nunca fue un pensamiento ideológico homogéneo. Antes bien, en él se expresan tendencias que suelen ser en algunos aspectos antitéticas pero coincidentes en un punto: la resistencia al imperialismo como potencia disgregadora de lo propio.
Y esto lo vio el mismo Hernández Arregui en su notable libro “Imperialismo y Cultura” en el que señala lo difícil que resulta en la Argentina “hacer justicia por la rivalidades de campanario, o por la pasión de la lucha, a todos los que han bregado por el país. Estos hombres -continúa Hernández Arregui-, aunque no les guste verse en la misma lista, representan por igual la conciencia histórica de la comunidad nacional”. Y a continuación hace desfilar los nombres de Scalabrini Ortiz y de FORJA en la que destaca el talento de Jauretche, con prédicas paralelas en la labor intelectual de Torres, Doll, Cooke; listado en el que no excluye y por el contrario señala por sus aportes esclarecedores a Julio y Rodolfo Irazusta, Carlos Ibarguren, Ernesto Palacio, Alberto Baldrich, Federico Ibarguren, José María Rosa, Castellani, Anzoátegui y otros nacionalistas como Soler Cañas, Fermín Chávez y Giménez Vega, sin olvidar los procedentes de la izquierda marxista o no marxista como M. Ugarte, Puiggros, Astesano y Abelardo Ramos, entre otros. La lista es larga y excelsa y en ese listado (aunque no esté escrito dado los espacios cronológicos) está Ud. mismo aunque no le guste verse en la misma lista.
Muchos de los nombrados pertenecieron al Instituto de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas” y otros se acercaron e intimaron con la institución o con sus integrantes, tal el caso de Jauretche como el de Scalabrini Ortiz.
Es que la figura y trayectoria de Rosas puede unificar a las LLAMADAS izquierdas-centro-derechas (categorías o axiologías equívocas en nuestro universo político argentino).
Es por esta conjunción heteróclita que el Revisionismo rosista condensa toda su vitalidad y Rosas sigue siendo la LLAVE DE BÓVEDA para la interpretación de la historia argentina del siglo XIX. El liberalismo decimonónico y sus epígonos historiográficos no nos han dado las claves de la interpretación de la historia y por el contrario cambiaron los naipes en el juego hermenéutico, llevándolos, con frecuencia adrede, a la confusión y a la incomprensión. Ud. lo analiza correctamente. Tampoco lo ha hecho la interpretación dialéctica hegeliana o marxista de la historia. También Ud. ha sido claro. Al respecto, Spilimbergo también esclareció este punto. A la corriente nueva llamada “Historia Social” Ud. le ha puntualizado sus devaneos y sus falsas posturas pseudocientiíficas, aunque ha sido bastante indulgente con ella: esta corriente que incluye a los llamados “progresistas” y que monopolizan las cátedras y los instrumentos mediáticos, expresa en su mayoría los desechos marxistas en extinción, o marxistas domesticados por las “leyes del mercado”, o como los calificaría don Arturo son “mitromarxistas”, que por esa conjunción pueden ser parte del “régimen”. En cuanto a los otros enfoques de análisis que Ud. hace me expediré más adelante.
Pero por lo que vengo reseñando ya le estoy adelantando algo, y avizorando mis disidencias.
Yo milité en el peronismo de joven. Cuando quise darle racionalidad a mis nacientes intuiciones políticas me encontré con el Revisionismo Rosista que dio luces y sustentación definitiva a mis emociones peronistas.
He aquí una de mis conclusiones: al Pensamiento Nacional, en mi caso a través del Peronismo, se llegó a través del Revisionismo Rosista.
Y hago otra afirmación: se ha exagerado bastante el papel que el nacionalismo conservador ha tenido en la configuración del Revisionismo Histórico (y acá usted vislumbrará otra crítica a su trabajo).
Aquel agitador estudiantil entre anarco y socialista que se llamó Lugones, abandonó ese camino cuando ya esclarecido por el Revisionismo y después de la imbecilidad uriburista comprobó la significación de la “década infame”, que no la completó porque no pudo digerirla del todo al suicidarse en 1938. Aquel Gálvez que vino apoyando al grupo literario de Boedo, en el que se dieron cita Elías Castelnuovo, Leónidas Barleta y el mundo ácrata, cuando encontró las claves de una interpretación nacional contribuyó a la configuración del Revisionismo Rosista y una vez volcado en él dio al género historiográfico sus insuperables biografías de Irigoyen, Rosas y Sarmiento: ninguna pluma partidaria (Gabriel del Mazo, Luna, etc) ha podido ni siquiera acercarse al nivel de excelencia histórico-literiaria que atesora la biografía del líder radical escrita por Gálvez.
Brown Arnold, Corvalán Mendilaharzu, Diego Luis Molinari, los Oyhanarte, y Ricardo Caballero, entre otros, proceden de ese tronco radical que enaltecieron a Rosas antes de la caída de Irigoyen; y hasta Ravignani, alvearista no yrigoyenista, empezó a comprender la historia argentina cuando encontró a Rosas y no completó su ciclo como Molinari, por el corsé de su propio partido que no se supo o no quiso sacarse. De él son estas expresiones “Rosas fue una personalidad que se acrecentó firmemente merced a su vinculación con los intereses y necesidades del país. Llegó un momento en que dominó por completo el escenario del país y su acción trascendió los límites de la Argentina. Negarlo o ignorarlo sería absurdo...Rosas tuvo amigos entre gente importante y entre los humildes. Mas su prestigio, como hombre, lo afirmó en estos últimos; entre los importantes se incubaron sus enemigos como Maza y los estancieros del sur....A los federales del interior (sic) los envolvió en una trama amistosa, tan fuerte y tan sutil que sin su conocimiento, haría inexplicable la acción política desplegada. Con Estanislao López y Juan Facundo Quiroga estructuró la Confederación a partir de 1831 sobre la base de un íntimo entendimiento..... Supo ser, así, un político práctico. En la correspondencia sostenida con uno y con otro y los respectivos actos de conducta, aparenta dos ecuaciones personales diferentes, fruto de una conciencia política proteiforme. Es un príncipe criollo”. (Aconsejo la lectura de “La Vuelta de Juan Manuel” de F. Chávez).
La procedencia de José María Rosa es demoprogresista, Vicente Sierra y hasta Jordán Bruno Genta se iniciaron en el marxismo: Recordemos los posteriores acercamientos de Puiggros, Astesano, Ramos y otros.
El rosismo fue un lugar de encuentro y el Revisionismo Histórico obtendrá la adhesión intelectual de muchos hombres de “izquierda”. Este singular triunfo no será el primero ni el último de su larga historia.
Arturo Jauretche le señaló a Félix Luna este triunfo del Revisionismo Histórico en el campo académico y su proyección en el campo de la conciencia popular y el Director de “Todo es Historia” tuvo que admitirlo, aunque a regañadientes.
A fines del siglo XIX, Saldías iniciaba la valorización de Rosas. Algunos fogonazos habían partido de Alberdi. Quesada dio el erudito enmarque sociológico. Distintos historiadores radicales y nacionalistas de distinto signo siguieron iluminando más intensamente el camino antes de la caída de Irigoyen. Luego el Revisionismo Histórico tomó vertiginosidad porque había que explicarse tantas frustraciones y en 1934 salió un libro con el título “La Argentina y el imperialismo británico”, cuyos autores, Julio y Rodolfo Irazusta, aceleraron la marcha del esclarecimiento país-colonia. Dos años después Scalabrini Ortiz daba a luz su “Política británica en el Río de la Plata”. En 1938 se creaba el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, semillero de historiadores e investigadores que continúa dando sus frutos.
Ud. es un hombre de ese Pensamiento, un revisionista: su bagaje cultural y la fuente de sus conocimientos los ha tomado de publicaciones de autores revisionistas. No importa quien ha llegado primero al esclarecimiento, lo que importa es que la prédica haya germinado, es por ello que cuando Ud. ensaya determinados enfoques para diferenciarse del revisionismo rosista, o directamente lo descalifica, resulta desconcertante. No creo que lo haga como táctica política para ingresar al purgatorio de donde se saldrá para percibir los beneficios del paraíso de la publicidad editorialista o en la repartija de las cátedras universitarias digitadas por el “progresismo”. No lo veo de esa catadura. También me cuesta creer que lo haga como una alarde de imparcialidad o como parte de aquella pose o gesto de “ecuanimidad” que F. Luna le reclamó “zonzeramente” a Jauretche.
Me inclino a creer que tironeado por algunos residuos metodológicos que quedan de viejos enfoques economicistas, incurre en algunos desaciertos en cuanto alguna interpretación en sí, y en errores o carencias de información histórica concreta que deslucen su emprendimiento historiográfico.
Iré al grano. En pág. 14 cuando se intenta categorizar al “revisionismo histórico rosista” se afirma que “aparece hacia 1930”. Por lo que he desarrollado en páginas anteriores se advierte que estamos en presencia de un error. Saldías, no obstante ser un liberal, es uno de los primeros historiadores rosistas que se sublevó contra esa visión totalitaria liberal que como una lápida pesaba sobre la conciencia de los argentinos. En su obra abundan los adjetivos ponderativos hacia Rosas: remarcó el entusiasmo y la devoción que despertó en el pueblo, señaló la energía y la inteligencia de su persona, el insobornable patriotismo al enfrentar gallardamente las agresiones imperialistas y descalificó a sus enemigos llamándolos “traidores” varias veces ¿Esto no es rosismo? Su tono descriptivo, nada estrepitoso, amortiguó la apología y enmascaró la denuncia.
Bernardo de Irigoyen, que guardaba veneración por el Restaurador, lo puso en la pista del archivo de Rosas. Se trasladó a Londres y Manuelita le dio acceso a los cajones llenos de documentos oficiales, todos cuidadosamente clasificados por año y por materia en sus correspondientes legajos y así cambió fundamentalmente el concepto de una época y de un hombre.
La publicación de su obra produjo un escándalo, luego el silencio: la reprimenda de Mitre, la afonía del periodismo, el enmudecimiento de los críticos y el distanciamiento de los amigos fueron las consecuencias de haber enaltecido a Rosas. Un profesor en la Biblioteca de Groussac lo llamó directamente “panegirista” del tirano: era lo que todos pensaban.
Es ilustrativo el hecho de que la obra se llamó originariamente “Historia de Rosas” pero por sugerencia del prudente Don Bernardo y para aligerar la presentación y hacer digerible su recepción y lectura el título se cambió por el de “Historia de la Confederación Argentina”.
Manuel Bilbao en su libro “Vindicación y Memorias de Antonino Reyes”, no solamente escribe la vindicación del secretario personal de Rosas sino del mismo Rosas, y todavía estamos en el siglo XIX.
El enmarcamiento histórico-sociológico de lujo lo realizó Ernesto Quesada, casado en primeras nupcias con una nieta de Angel Pacheco, confidente y primera espada de Rosas hasta horas antes de Caseros.
Por ella Quesada heredó muchos papeles del jefe rosista y del mismo Rosas: esa documentación, más el copioso archivo de su padre y los documentos que fue reuniendo durante gran parte de su vida, le permitió poseer uno de los más importantes repositorios particulares que luego trasladó a Europa.
Sus aportes son más importantes que los de Saldías, siendo “La Época de Rosas. Su verdadero carácter histórico” su obra fundamental.
Además de sus trabajos siempre eruditos, no se cansó de enjuiciar a la historiografía liberal. “Varias generaciones se han educado oyendo repetir la misma leyenda y han concluido por creer en ella a pie juntillas, jurando “in verba magistri”....“Pero esta mistificación histórica desaparece ya...”. Le fue peor que a Saldías. El mundo culto sabía de la erudición de Quesada, pero lo silenció y lo desplazó a simple título de rosista. Casado en segundas nupcias con una dama alemana y viéndose marginado en su patria, resolvió exilarse y en Berlín se ligó a la Universidad donde su talento y erudición fueron reconocidos. Hace unos años Fermín Chávez se trasladó a Europa haciendo un valioso relevamiento del Instituto Iberoamericano de Berlín, formado por el repositorio llevado por Quesada y que aquí anteriormente ofreció a Alvear: éste se negó a incorporarlo a la Facultad de Filosofía y Letras, destino solicitado por Quesada, perdiendo el país por este sectarismo antirosista una impresionante masa documental.
La pléyade rosista antes de 1930 es larga y excelsa y en su mayoría de origen radical: es evidente que la han ocultado pero Ud. no la puede ignorar: van algunos: Dermidio T. González (nació circa 1875 y falleció en 1940) escribió “Rosas y la posteridad” (1894), “El hombre” (1906); Dardo Corvalán Mendilaharzu (1888-1959) escribió “De la época de Rosas” (1913), “El Chacho” (1914), “Sombra Histórica” (1923), “Rosas” (1929); Adolfo Korn Villafañe (1894-1954), “Irigoyen y Rosas” (1922); Prudencio Arnold (1809-1896); “El soldado argentino” (1893). Este último fundador del radicalismo santafecino, se llegó a cartear con Rosas durante los últimos días del exilado. En una carta escrita en octubre de 1875 desde San Nicolás le dice “Su retrato de bulto (grande) es el único que hay en la salita de mi casa en esta ciudad frente a las ventanas de la calle” y en su libro expresa con orgullo “...fui el último de los capitanes que mandaba fuerzas de los ejércitos argentinos (en Caseros) que obedecían a este Señor General (Rosas) y el único que no presentó armas al general vencedor” (Urquiza). A estos se suman los Oyhanarte, Diego Luis Molinari (1889-1966) y otros.
Desde Saldías, pasando por Quesada y siguiendo por la línea radical mencionada (hay otros), llegando a José María Rosa y Fermín Chávez (por supuesto me incluyo) todos vindican a Rosas aunque haya distintos grados, temperatura o modalidad en la vindicación rosista: son matices de la misma melodía (por supuesto que en la actualidad con mayor documentación).
El otro error que se advierte en pag. 15 referido al Revisionismo Rosista es que sería de “concepción reaccionaria que aspira a resucitar la época colonial, son sobre todo hispanófilos” (Por supuesto de la España de Primo de Rivera y de F. Franco y no de la España anarquista).
No fue necesario Franco para hacer dicha revalorización. Y cuando alguien idealizó la conquista española; es el caso de Sierra; no lo hizo por la España de Primo de Rivera sino por la catolicidad de la empresa española en el siglo XV y XVI. Por otra parte, otro revisionista como Ernesto Palacio aclaró que si bien hay que descartar la “leyenda negra” no hay que caer en la “leyenda rosa o celeste”. Tan zafio es su cargo que no pudiera ubicar a Saúl Taborda: reformista en 1918, defensor de la república española y defensor de la hispanidad enraizada en lo latinoamericano.
Usted puede aborrecer el catolicismo, es un problema suyo: pero lo que no puede negar es que el catolicismo es un elementos esencial y fundante junto con otros, de la nacionalidad argentina. Es el elemento tradicional que junto a la lengua y las razas predominantes y confluyentes, constituyó el trípode generador de la Argentina.
El tomar al catolicismo como elemento básico de la Nación no implica necesariamente ir a misa todos los domingos ni ser chupacirios sino aceptar las normas y la concepción cristiana de la que el catolicismo es custodio. El declararse católico implicaba hacerse sospechoso de fanatismo, de cerrazón mental, de oscurantista, como lo afirmaban los liberales positivistas propulsores teóricos de la oligarquía, concepción que han heredado los llamados “progresistas” contemporáneos en sus dos versiones: la de Juan José Sebreli que tiene columna editorial en “La Nación” y la de Felipe Pigna, figurita mediática con recepción abierta en las editoriales plutocráticas. No deseo para Ud. este destino: me decepcionaría.
En las páginas 39/40 se expresa que el “revisionismo socialista o federal provinciano ofrece una versión totalmente distinta de las otras corrientes historiográficas”. Para ello Ud. tiene que hacer simplificaciones, generalizaciones y hasta deformaciones para intentar ofrecer un producto distinto. No todos los liberales juzgan a Mayo como movimiento separatista, ni todos los que participan de la llamada Historia Social omiten la consideración del “Plan de Operaciones” ni mucho menos -y esto es una inexactitud de bulto, que “el revisionismo rosista juzga a Mayo como expresión de la Revolución Francesa”. Justamente el aporte del revisionismo histórico consistió en liquidar el viejo concepto que hacía de Mayo un flatus de la revolución francesa.
El revisionismo histórico ha demostrado que todos los protagonistas de mayo explicitaron no querer ser súbditos de la Nación francesa. Tanto el grupo carlotino de Castelli y Belgrano que quisieron una salida monárquico-constitucional con Carlota Joaquina de Borbón de Braganza, como el grupo alzaguista que tuvieron como referente al poderoso comerciante y a sus pares pero también a criollos como Mariano Moreno y Julián de Leiva que quisieron “Junta”, tal es así que fue llamado el “partido de las Juntas”. Como el otro que se reunía en el Regimiento de Patricios de Saavedra que hablaban en nombre del pueblo (ninguno habló de democracia que es un concepto posterior), todos estos grupos previos a la Revolución de Mayo conspiraron para evitar el afrancesamiento que una España dominada por Francia proyectaría inevitablemente, y estalló cuando fue evidente que las tropas napoleónicas barrían con los últimos vestigios de la resistencia española. Este proceso lo han explicado detalladamente Diego Luis Molinari (varios libros), Enrique Corbellini (2 tomos), Roberto Marfany (varios libros), Federico Ibarguren (varios tomos), José María Ramallo (varios....), Fermín Chávez y Enrique Mayocchi entre otros. De allí que haya sido el Revisionismo Histórico el primero que sostuvo que Mayo no fue una ruptura, ni mucho menos una expresión antihispanista.
En los últimos renglones de la pag. 40 de su libro hace suyo conceptos tomados del Revisionismo Histórico, y como dije antes no importa quien ha llegado antes. Para aclarar bien el punto le informamos que el Cabildo Abierto del 22 de mayo, para fundamentar la ilegitimidad del virrey Cisneros, o la carencia de legalidad (Disolución de la Junta Central de Sevilla y dispersión del Consejo de Regencia) y disponer de la vacancia que ello significaba, se recurrió a un propio argumento español esgrimido por Francisco Suárez en su tratado “De Legibus” (Tratado de las Leyes), traducido por Castelli en aquella expresión feliz “reversión de los derechos de soberanía al pueblo” en ausencia de príncipe, concepto suareciano, no iluminista ni contractualista rousseoniano.
Con el afán de singularizarse Ud. comete otro error al afirmar que el Revisionismo Rosista al referirse a San Martín “prevalece la idea de que el caudillo o el gran político nace de las Fuerzas Armadas y rechaza...” etc, etc.
Su afirmación no se encuentra en ningún texto del Revisionismo Rosista ni directa ni indirectamente.
Rosas, como Quiroga, Ramírez y casi todos los caudillos vienen de la clase de estancieros que administran personalmente sus estancias: trabajan a la par de sus gauchos-peones, visten igual, usan su lenguaje y vocabularios: no será extraño entonces su identificación con la masa de la que son jefes naturales.
El instrumento de la llegada al poder fue la Milicia Rural , no las Fuerzas Armadas, o sea, el ejército de línea que había fracasado como factor de dominación interna en Arequito, en Cepeda, en Puente Márquez y Vizcacheras. La mayoría de los caudillos no proceden de las Fuerzas Armadas. Después se les otorgaba el grado militar ya que de todas maneras tenían don de mando y consenso popular.
No se confunda Galasso. La “crema militar” fue antirrosista ¿y sabe porqué? No solamente por su formación liberal sino porque Rosas, al que se le otorgó el grado de Brigadier General, no fue militar y valido de su grado hizo entrar al escalafón militar a muchos “cabecitas negras” de su época, mestizos e indios de sus estancias y de los fortines que hicieron carrera escalafonaria en el ejército, y esto era un hecho revulsivo en lo más granado de nuestras F.F.A.A.
Tampoco es exacto que el Revisionismo Rosista no haya manifestado interés por lo caudillos del interior. Si ha llegado el interés por el estudio de los caudillos es justamente porque el Revisionismo, al revalorar a Rosas, hizo advertir la presencia de esta categoría de liderazgo y abrió la tranquera. Ud. adjudica a una corriente historiográfica llamada “Revisionismo Socialista Federal Provinciano” este mérito.
Confieso desconocer a dicha corriente. Ignoro sinceramente a sus integrantes y sus trabajos. Lo que no ignoro es que Diego Luis Molinari fue el primero que estudió a Ramírez y lo plasmó en su ¡Viva Ramírez! Allá por la década de 1930: después se lo repitió.
Antes, el entrerriano, Dardo Corvalán Mendilaharzu, en el cuarenta aniversario del asesinato de Angel Vicente Peñaloza, daba a luz un opúsculo que tituló “El Chacho: Gral. Angel Vicente Pañaloza”, después de Hernández era la segunda vindicación del llanero riojano: y estamos en 1914.
Alen Lascano, investigador santiagueño, fue el máximo reivindicador de Felipe Ibarra. Después de sus trabajos se lo incorporó definitivamente a dicho caudillo en el procerato santiagueño y nacional, no antes: después se lo repitió. Es de hacer notar que este autor santiagueño dio a luz un esclarecedor trabajo que tituló “El General San Martín y sus relaciones con los gobernantes provinciales”. No conozco de la corriente a la que Ud. alude y dice pertenecer, algo semejante.
El historiador tucumano Orlando Lázaro fue el primero y más importante historiador de Alejandro Heredia rescatándolo definitivamente: después se lo repitió. El Presbístero Rosas Olmos, catamarqueño, ha hecho lo mismo con Felipe Varela, quien demostró la falsía de la letra de la zamba conocida: después se lo repitió. A Quiroga, si bien lo encontró David Peña, la máxima reivindicación fue la del rosarino Pedro de Paolis en su magnífico, “Facundo. Víctima suprema de la impostura”: después se lo repitió. Fermín Chávez con documentación más actualizada rescató definitivamente al Chacho Peñaloza. También es de Chávez una erudita biografía de López Jordán no superada. Norberto D’Atri, también se dedicó a la revalorización de Peñaloza: después se los repitió a ambos. Usted señaló con cierta fruición que el Chacho “fue enemigo de Rosas”. No explica la causa por la que un edecán de Facundo se enredó con los unitarios asesinos de Dorrego en la Coalición del Norte y omite decir que el Chacho, al poco tiempo de su exilio en Chile, pidió autorización a Benavidez para regresar y este dio vista a Rosas autorizando su regreso, cosa que el Chacho hace (le recomiendo la carta de la viuda de Quiroga, doña Dolores Fernández que le envía al zarco Brizuela y por él a sus amigos en la que le enrostró sus inexplicables alianzas con los unitarios de dicha Coalición).
González Arzac tiene un estupendo trabajo que tituló “Caudillos y Constituciones” y Carlos Tagle Achával hizo la reivindicación de Bustos y Atilio García Mellid escribió un estupendo libro que tituló “Caudillos y Montoneras en la Historia Argentina”.
¿Y sabe una cosa Galasso?: Molinari, Corvalán Mendilaharzu, Alen Lascano, Lázaro, Olmos, de Paolis, Fermín Chávez, D`Atri, González Arzac, Tagle Achával son rosistas. Los que aún viven, de ésta nómina, se han incorporado como académicos al actual Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas.
Y se da el caso que el máximo reivindicador de Estanislao López, fue el santafecino Busaniche que siendo de extracción liberal terminó por acercarse al revisionismo rosista: después se lo repitió.
La afirmación de que el Revisionismo Rosista no manifestó interés por los caudillos del interior no resiste el menor análisis.
Este es uno de los momentos menos felices de su trabajo.
Hay otros errores, por ejemplo cuando se afirma que el Revisionismo Rosista ignoró a Artigas. Dejando de lado la “Historia Argentina” de Palacios, de José María Rosa, Sierra, Chávez y otros en la que se trata con claridad meridiana la actuación de Artigas, Ud. parece desconocer el formidable trabajo de René Orsi “La desmembración del Río de la Plata” (Orsi, hombre de FORJA trabajó codo a codo con los rosistas de la Cámara de Diputados de 1973 de la Provincia de Buenos Aires cuando el cuerpo legislativo de esa provincia derogó la ley 134 y por ley 8134 reivindicó totalmente a Rosas). También parece desconocer los trabajos de Matías de la Cruz, especialmente su último libro “Los reinos de Indias”.
Vuelve a equivocarse cuando afirma que el rosismo no ha prestado atención a Dorrego. Al margen de las grandes “Historias” mencionadas ¿no recuerda el Dorrego de J. B Tonelli o el de Pavón Pereyra, por no citar solamente a dos rosistas?. Sigue malgastando pólvora cuando afirma que el Revisionismo Rosista no ha prestado atención al período posterior a Caseros: ¿desconoce el “Urquiza y Rosas. Su correspondencia” de César Grass, “Del 80 al 90” de Norberto D’Atri, “Un Proyecto olvidado” de Chávez y sus biografías sobre personajes históricos post-Caseros, el “Mariano Fragueiro” de Díaz Araujo o los “Heterodoxos del 80” -perdone que me incluya- como así también la “Vida de Andrade”? y también perdón por seguir hurgando en mi cosecha.
Que el revisionismo rosista embistió contra Sarmiento solamente por su laicismo es otro error: ¿también desconoce la monumental obra del mercedino Roberto Tamango en su “Sarmiento los liberales y el imperialismo inglés” o el “Sarmiento” de Marcos Rivas o el de Pedro de Paolis y el de otros que en sus críticas no toman ese enfoque? El mismo Hernández Arregui en su notable libro “Que es el ser nacional” afirmó del sanjuanino que “fue antiamericano por definición”. Como me resisto a creer que Ud. ensaye un escamoteo deliberado de ese monumental aporte del revisionismo para adjudicárselo a otra corriente historiográfica (sería una deshonestidad intelectual), me queda una sola alternativa: advertir en Ud. una gran desinformación historiográfica.
Pero hay otras consideraciones no menos desafortunadas en su trabajo; juzgarlo a Rosas como un simple hacendado y su gobierno como expresión de los intereses de su clase. Esta equivocada caracterización de Rosas coincide con la que hace el elemento “progre” de nuestra historiografía. Que ellos la hagan por ignorancia o por razones ideológicas, allá ellos, pero Ud. no puede repetirlos, o por su conocimiento o por simplemente haberlo leído a Jauretche que se expidió sobre el tema. Rosas como hacendado que trabaja personalmente sus tierras es PRODUCTOR. En otras palabras debe “hacer la hacienda” trabajando sistemáticamente. Hay que saber en que momento destetar el ternero, en que época del año cambiar los animales de potrero, saber que porcentaje de cojudos debe haber en una manada, y por lo tanto saber capar a los restantes, en tiempo y momento oportuno, saber marcar, sobre las diferencias de talaje que hay entre una vaca y un caballo para disponer mejor de los potreros etc, etc.
Y en la agricultura saber manejar el arado convertir un novillo en buey, saber que profundidad debe tener el surco en la primera pasada, saber manejar el rastrojo.
Pero no solamente es PRODUCTOR. Como saladerista es empresario industrial ya que transforma la materia prima en charqui o tasajo y el producto resultante sirve para el mercado interno de entonces y para la exportación como alimento en los países con población esclava (Brasil, Jamaica, Cuba). A esto hay que agregar que dicha exportación la hizo con flete propio eludiendo el flete inglés. Ningún país ha crecido sin exportaciones que significa en el nuestro, ingreso de divisas. Recordemos que todos estos trabajos requieren mucha mano de obra, por lo que incorporó a sectores indigentes y menos calificados de la sociedad acercándoles la escalera por la que se asciende a través de la cultura del trabajo, adquiriendo los conocimientos que ella trae aparejada. Y está claro que en toda escalera se asciende por el primer escalón y se puede llegar al más alto. Pero hay segmentos sociales que miran con anteojeras y ven a la escalera medio desprolija y enclenque y tampoco les gusta quien se las alcanza y terminan por patear la escalera derribándola: entonces no sube nadie. Es lo que ha pasado en materia de pensamiento y acción política en nuestro país, en el siglo XIX y en el siglo XX. Ud. lo sabe. Le recuerdo, y acá me entrometo en sus reglas interpretativas, que el factor dinámico de la economía en el siglo XIX, por lo menos en su primera mitad fue la estancia y el saladero, como la industria manufacturera lo fue para el siglo XX. Si Ud. se queda con la simple explicación de que Rosas es estanciero y representa solamente a esos intereses deja como el iceberg, las ¾ partes de la explicación por debajo de la línea de flotación.
¿Porqué Rosas estanciero reprimió a los estancieros del sur? ¿Porqué no arregló inmediatamente con los franceses y con éstos y los ingleses coaligados para desembarazarse de una guerra y un bloqueo que perjudicaba sus intereses exportadores? ¿Porqué dictó una ley de Aduana proteccionista si era más redituable el libre comercio y que por el contrario beneficiaba a industriales, artesanos y agricultores que no eran de su clase?
Un amigo marxista exclamó azorado que Rosas en esos aspectos era un “verdadero enigma” marxísticamente hablando. Le resultaba incomprensible.
Y su importancia para explicarlo era fundada: no podía decir que Rosas actuaba por “patriotismo” porque la expresión lo remitía a un factor espiritual o si se quiere psicológico y ese factor no estaba registrado como determinante en la axiología marxista. Cubría el bache con la expresión “enigma”.
Jauretche, que no tuvo prejuicio, se metió en la metodología marxista sin serlo, y les dio una lección de marxismo cuando explicó que Rosas era la expresión de la nueva etapa del capitalismo que se asomaba y no era el retardatario de los liberales y marxistas, dejando desubicados a los primeros y segundos y a los que calificaban al Restaurador y sus seguidores de “reaccionarios”, “feudalistas”, “anacrónicos”, oscurantistas, etc, etc. Usted que conoce algo de Jauretche no puede aceptar el retroceso historiográfico de los “mitromarxistas” contemporáneos que lo requieren a Ud. en la medida que no explique a Rosas conrrectamente.
Con Ud. pasa algo parecido a lo de mi amigo marxista. Con un agravante. Mi amigo hacía funcionar su ideología, pero cuando el hecho histórico se le aparecía con su abrumadora presencia, no encajando en el esquema, se detenía, paraba cautelosamente sus mecanismos de explicación y se refugiaba en su expresión “Rosas acá es un enigma”.
Ud. parece que no tiene tanta preocupación como mi amigo marxista que prefería detenerse y ampararse en “el enigma”. Ud. ahoga el hecho histórico en una exagerada simplificación reduccionista que termina por hacerlo inexacto al hecho histórico o por lo menos deformado, para que prevalezca la ideología.
Me estoy refiriendo a la explicación que Ud. hace en pag. 48 cuando se reduce a la problemática a los siguientes términos: Buenos Aires que monopoliza la aduana estableciendo el libre comercio permitiendo la introducción de manufactura origina la quiebra de las provincias artesanales cuyos talleres cerrados arrojarán a la calle a los desocupados originando el fenómeno de la montonera y los caudillos que se enfrentarán en conflicto dialéctico con Buenos Aires. ¡Perdón Galasso! Si nos hubiese leído más detenidamente habría advertido que las provincias artesanales como Catamarca, Tucumán o Salta no produjeron montoneras ni caudillos contra Buenos Aires. Incluso Corrientes, la única provincia del litoral con industrias y artesanías tampoco tuvo montonera y Ferré, su gobernador, que era carpintero de rivera no fue caudillo sino primus inter pares de una oligarquía provinciana. Por el contrario los caudillos y montoneras salen de La Rioja , Santa Fé, Entre Ríos, Banda Oriental y la provincia de Buenos Aires, provincia que no tuvo talleres artesanales de consideración, prevaleciendo en ellos una base agropecuaria. Ni Artigas, ni Quiroga, ni Ramírez, ni López, ni Rosas son jefes artesanales desocupados. Surgen de las estancias de las milicia rural o de los ejércitos en disolución.
También simplifica cuando uniformiza el manejo de la aduana.
Fue centralista y absorbente durante la época de las luchas por la independencia y, terminada ésta, durante el período directorial y unitario. Si en el primer caso hubo una explicación obviamente justificable, ya que Buenos Aires sobrellevó el peso de esa lucha, no lo fue cuando terminada ésta en nuestro territorio, la aduana se puso al servicio de los intereses mercantiles porteños. Y acá se advierte la diferencia con el período rosista. Excluyendo la significación integradora del proteccionismo aduanero a partir de 1835, los mecanismos administrativos de la aduana también cambiaron sustancialmente con respecto a etapas anteriores. El homme colonial estableció el sistema llamado de “devolución de derechos”. Una nave mercante con mercaderías importadas dirigidas en “tránsito” al interior por vía del Litoral de los ríos al pasar por Buenos Aires pagaba un gravamen y se anotaba en una Guía que acompañaba a la mercadería en tránsito. Desembarcada la mercadería y habiendo pagado los correspondientes derechos de aduana en la provincia de destino, se anotaba para su comprobación en la Tornaguía y así en todos los puertos del litoral donde iba consignada la mercadería. Esa Tornaguía en la que demostraba haber pagado los impuestos aduaneros provinciales, presentada en Buenos Aires al regreso de esas naves de cabotaje interno, se procedía a la devolución de los derechos retenidos en ésta. De este modo la mercadería en tránsito hacia el interior a través de los ríos no pagaba impuesto en la ciudad-puerto y la provincia en la que era descargada obtenía ingresos de acuerdo a su propia ley de aduana.
Cuando no se conocen estos y otros mecanismos porque no se ha estudiado la legislación y los sistemas de administración, el atajo lo dan las frases altisonantes, muletillas y clichés que vienen del liberalismo sin mayor exámen y repetidos por los ideólogos progresistas. Y ahora Ud. cuando en la pag. 53 afirma que Rosas controló las rentas aduaneras, o que se negó a distribuir las rentas aduaneras. ¡Actualícese Galasso! siga leyendo a los autores revisionistas y no se pliegue al coro “progresista”.
Y para terminar de desnudar la insolvencia de los cargos contra Rosas en esta materia ¿será necesario recordarle que sancionada la constitución de 1853, argumento utilizado por Urquiza para derrocar a Rosas, ni esa constitución, ni las sucesivas reformas constitucionales del siglo XIX y posteriores determinó la redistribución de los ingresos aduaneros a las provincias? Y por el contrario anularon las disposiciones y normativas que lo habían permitido durante Rosas.
Ud. en la página 54 admite que Rosas sancionó la ley de aduana; pero omite decir que fue para favorecer a las artesanías e industrias del interior o sea a sectores ajenos a su clase social; agrega inmediatamente después -no sea cosa de elogiar mucho Rosas- “de aplicación temporaria”, recortando la intención integradora y nacional de la medida, omitiendo explicar que:
1º) La supresión temporaria de la ley fue consecuencia del bloqueo imperialista,
2º) Cuando ésta concluyó se restableció la norma,
3º) La ley no solamente favoreció los intereses del interior y argentinos en general, sino que también favoreció -conforme a la política de solidaridad hispanoamericana práctica de mucha normativa rosista de la época- a las producciones de la Banda Oriental y Chile no considerándolas extranjeras.
A renglón seguido admite mezquinamente que dicha medida “modera algunas penurias del interior” (no sea que resulte muy enaltecido Rosas) y remata diciendo que de todos modos “al no otorgarle recursos (¿subsidios?) se reinician los reclamos provinciales (“el Chacho” se levanta tres veces contra Rosas...)”.
Entre mezquindades y tendencionalidades concluye con otra inexactitud. En cuanto a las primeras, confieso mi impotencia en desvanecerlas; en cuanto a la inexactitud que se afirma al final le daré la información exacta para que no reincida.
Todas las provincias, unas antes, otras después, acusaron la benéfica política de Rosas. Salta votó una ley de homenaje a Rosas “...ningún gobierno de los que han precedido al actual de Buenos Aires, ni nacional ni provincial han contribuido su atención a consideración tan benéfica y útil a las provincias interiores”.
Tucumán dictó una ley análoga de gratitud hacia Rosas por haber “destruido ese erróneo sistema económico...”.
Catamarca hizo los mismo al igual que Mendoza y el Zarco Brizuela de la Rioja rebautizó al Famatina con el nombre de “Cerro del gran Rosas” y hasta llegó acuñar monedas con la efigie de Rosas. Ningún gobernador federal llegó a tanta obsecuencia.
Cuando la embestida imperialista de Francia que equipó al ejército de Lavalle en su intentona de derribar a Rosas prometiendo el desembarco de 3.000 efectivos franceses, pareció a muchos que la estrella del Restaurador se apagaba para siempre. Alberdi, hombre de enlace en Montevideo del Almirante francés, escribía a Tucumán el 28 de febrero de 1839 “...Aquí hay de todo: plata, hombres, buques... pidan lo que necesiten y se les mandará...”.
Con el bloqueo francés ahogando la economía, con 2.000 efectivos de Lavalle, 3.000 efectivos franceses que serían llevados por el almirante Baudín y el oro francés empujando, Rosas no podría resistir. Marco Avellaneda sedujo a Brizuela designándolo Jefe de la Coalición del Norte que reunió a las milicias provinciales para luchar contra López de Córdoba, contra Ibarra de Santiago, Benavides de San Juan, el fraile Aldao de Mendoza refractarios a la penetración foránea.
Brizuela arrastró consigo a muchos riojanos entre ellos al Chacho, uno de los tantos subordinados suyos, sin significación política entonces. Ninguno sabía los entretelones: tampoco el Zarco.
En octubre de 1840, los franceses, hartos de los excesivos gastos de esa guerra colonial, incluso de la inoperancia de Lavalle y las debilidades de la Coalición del Norte, en vez de mandar a Baudín con 3.000 infantes de desembarco, mandaron a René de Mackau para que en nombre de rey de Francia firmase una paz honrosa: y así se hizo. Las cosas se pusieron definitivamente feas para los coaligados. No llegó ni la plata, ni los infantes y para colmo Lavalle con un ejército diezmado huyó hacia el norte: se hospedó en la estancia de Brizuela en Hualfin y no encontró nada más gracioso que tomarle la novia. Durante cinco días y cinco noches se encamó con Solanita Sotomayor y además expulsó al jefe de la Coalición del Norte.
El Zarco, perdida la honra y la hacienda se hizo quitar la vida en un entrevero en Sañogasta. Como el resto de su gente, el Chacho, entre idas y venidas acabaría en Chile desengañado, derrotado y pobre. Y tras otra invasión quijotesca, no le costó comprender que no era ese su lugar entre los “intelectuales” exilados. Gestionó de Benavides el regreso y éste dándole vista a Rosas lo autorizaron a regresar para poder volver a servir a la causa federal. En 1863, sus antiguos compañeros de emigración en Chile (Mitre, Sarmiento) lo sacrificaron en holocausto de la libertad. De lo que resulta:
1º) Ninguna provincia se levantó por “no otorgarle recursos”,
2º) La Rioja con Brizuela se levantó, no por alguna desilusión económica, sino conquistado por los unitarios que le otorgaron grado y jefatura de un ejército prácticamente inexistente, arrastrando a muchos riojanos, entre ellos al Chacho, por entonces sin significación política, a una aventura cuyas motivaciones desconocían.
En la pág. 52 nos acusa de que hemos invertido la historia oficial; parecido argumento que utilizó Luna para intentar desacreditar a Jauretche en nombre de la “ecuanimidad”. Ud., que conoce la polémica y es uno de los más importantes apologistas (y en buena hora) del fundador de FORJA, se lo ve en esos párrafos de la pag. 52 emulando lastimosamente los parecidos argumentos plañideros de Luna ¡Lamentable Galasso!
¡Explíquelo bien a Rosas! Es claro, corre el riesgo de que lo silencien como a Jauretche o como a Fermín Chávez. Pero además de ser un honor el ser marginado por la escoria mediática, advertiría que Rosas es la LLAVE DE BOVEDA de la interpretación de la Historia Argentina, particularmente del siglo XIX. Por él se descubren los factores que permanentemente “dialectizan” o “polialectizan” en el tramado de su desarrollo:
a) el factor externo que se proyecta sobre el país y generalmente no con fines benéficos,
b) Los pueblos que defienden el patrimonio nacional: económico, cultural, geográfico, etc; encontrando en los momentos extremos a aquellos jefes que los interpretan,
c) minorías que con poder económico, político, cultural y social juegan siempre de espaldas al provenir argentino.
Rosas pone al descubierto estos tres factores, de allí el inagotable odio que origina su esclarecimiento y reivindicación.
Quizás Carlyle haya exagerado cuando afirmó que la “historia del mundo no es más que la biografía de los grandes hombres” y es cierto que sin los jefes, sin los líderes, sin los santos, sin los héroes y sin los reyes la historia puede resultar ininteligible. Hay otros pensadores que advierten que las cosas vienen de “abajo” hacia arriba como el fuego que va caldeando la atmósfera: José María Rosa era de esa opinión y llegaba a afirmar que hasta el lenguaje y la religión en sus evoluciones son productos de la acción anónima de los pueblos. Yo creo que no hay incompatibilidad. Los procesos históricos pueden proceder “de arriba” o “de abajo”. Lo indudable es que alguien en un momento dado se constituye en referente válido, en intérprete y creador, en representante y generador, en escuchante y en escuchado.
El desempeñarse como verdadero Jefe es el papel más difícil: recoge las fuerzas que proceden del haz comunitario, la intención directriz de la comunidad y le da direccionalidad correcta: es el caso de Rosas. Argentina conoció su mejor momento ascencional en el siglo XIX. Sólo una conjura internacional con cabecera de puente interno (y acá se ven los tres factores) pudo interrumpir su marcha.
Que Rosas como Jefe estaba agotado: puede ser: el poder político es el más desgastante. Pero admitido el hecho, no nos exime de analizar la verdadera significación del período rosista y lo que vino después.
Reitero: Rosas es LA LLAVE DE BOVEDA de la interpretación de la Historia Argentina , particularmente del siglo XIX. Sin Rosas, Argentina hubiera sido otra cosa. De la misma manera que sin Napoleón, otra hubiera sido la historia de Europa, particularmente de Francia. Sin Lenin y Stalin, Rusia hubiera sido distinta. La Argentina del siglo XX no se comprendería sin Perón. Cambiando de materia ¿Qué sería la matemática moderna sin Einstein? Y cambiando el género sin De Caro, Troilo y Piazzolla, el tango hubiera sido otro o desaparecido en los cuartetos mistongos de la recova.
No seguiré adelante con otras observaciones. Es tiempo de un balance.
1) El análisis que hace sobre la historia oficial-liberal es correcto. La nueva Escuela Histórica de principios del siglo XX y uno de sus desprendimientos, el Revisionismo Histórico, le han dado a usted material más que suficiente para el enjuiciamiento que hace.
2) El análisis que hace sobre la historiografía de la izquierda, marxistas o no, acoplada al liberalismo y que Eneas Spilimbergo llamó el “socialismo cipayo” y en el que Ud. coincide me parece correcto, crítica que también ya había efectuado el revisionismo histórico.
3) El análisis que hace sobre la corriente llamada “Historia Social” coincide con mi percepción, aunque lo veo algo indulgente tratándose de una corriente cuyos oráculos, Romero y Alperín Donghi, fueron instalados en la Universidad de Buenos Aires y en otras universidades nacionales por la “revolución fusiladora” de 1955. Ellos cesantearon a más de 500 profesores “flor de ceibo” (peronistas y nacionalistas) entre ellos W. Cooke, Hernández Arregui, Gabriel Puentes, José María Rosa, Atilio García Mellid y Joaquín Díaz de Vivar. Y en el Ministerio de Educación de la Nación a más de 1.000 docentes (le adjunto mi primera cesantía para que lea sus fundamentos).
4) El parcelamiento que se hace del Revisionismo Histórico me parece en algunos casos injusto, en otros, inexacto y en todos innecesario: habría un revisionismo rosista, un revisionismo nacionalista oligárquico, un revisionismo forjista, un revisionismo rosista peronista, un “revisionismo más popular” (sic), un revisionismo federal provinciano socialista o latinoamericano (sic), etc, etc.
La segmentación del revisionismo que se propicia se basa en los matices culturales que colorean el pensamiento de algunos de sus cultores. Esos particularismos no dan derecho a su atomización para descalificar a todos y rescatar a uno.
Le aseguro que si yo pusiera en práctica esa metodología encontraría muchos más: no me parece ni seria ni saludable su taxonomía clasificatoria.
Se está en el Revisionismo Histórico cuando se han detectado 3 factores mencionados en páginas anteriores:
1) El factor externo proyectándose sobre nuestro país,
2) El pueblo que defiende sus patrimonios espirituales y materiales encontrando los jefes que lo interpretan,
3) Minorías que con poder económico, político o cultural juegan de espaldas al porvenir argentino, al naipe de la traición y la entrega.
Cuando el historiador o el investigador, detecta en el decurso de nuestra historia el contrapunto de estos tres factores, indudablemente está incursionando en el Revisionismo Histórico. Que algunos pongan el acento en la identidad nacional (creencias, costumbres, religión, tradición, etc). Que otros pongan el acento en la lucha de los pueblos contra las oligarquías. Que otros señalen los aspectos económicos que dieron posibilidad al país en la toma de decisiones propias o por el contrario que fueron deprimentes o desdorosas a dicho fin. Que otros estimen el acierto de jefaturas personalistas en la defensa del honor nacional y sus patrimonios. Todos ellos y muchos más siempre y cuando, adviertan los 3 factores mencionados ya están en el Revisionismo Histórico, aunque ello no garantice un comportamiento político uniforme.
Que usted me corra por “izquierda” me tiene sin cuidado porque sé que ha detectado los 3 factores mencionados y Ud. a la recíproca no debería sectarizar el análisis historiográfico simplemente porque un historiador que también ha detectado a los 3 factores pone el acento, por ejemplo, en lo religioso.
Personalmente no creo en el uso de las palabras “izquierdas y derechas”. En otras palabras, no creo que tengan significación en nuestra cultura histórico-política.
Dichos conceptos proceden de los centros del poder mundial. Para Europa y Norteamérica el peronismo fue un movimiento de derecha. En los países “semicoloniales” o “emergentes” como el nuestro son categorías ininteligibles que han demostrado su vacuidad cuando no su fariseísmo.
Su empleo plagiario en los “progresistas” o en los “retardatarios” de la semicolonia, al par de demostrar su colonización mental, les sirve para simplificar esquemáticamente y esconder bajo la alfombra de sus análisis, las escorias de sus claudicaciones. Perón se explayó lucidamente al respecto.
Pero además las segmentaciones descalificadoras que se proponen en su trabajo cercenan la vitalidad del Revisionismo Histórico al cortar ciertas radículas y obliterar cierta capilaridad que lo han alimentado y que lo siguen nutriendo en su rica y compleja diversidad argumental. Definitivamente su taxonomía le quita convocatoria y solo rescata a un grupo que Ud. llama Revisionismo federal provinciano socialista o latinoamericano.
5) Veamos ahora que es el Revisionismo federal provinciano socialista o latinoamericano del cual Ud. nos da noticias.
Se afirma, que se ha desarrollado en las últimas décadas como consecuencia de la presencia “alcanzada por los trabajadores en nuestras luchas políticas” y se lo ha llamado “revisionismo federal provinciano” al reivindicar a los caudillos provinciales. Como ya se habrá advertido, todos los caudillos han sido rescatados por plumas rosistas. Luego se los ha repetido. Y lo han sido en distintas épocas. A Ramírez se lo ha revalorado en la “década infame” en la que la presencia de los trabajadores en el escenario político fue insignificante. A Peñaloza se lo ha comenzado a revalorar a partir de 1914, estando en vigencia el régimen oligárquico; ni que hablar de Quiroga cuya primera reivindicación es de 1906, en la época “regimentosa”, y para colmo la reivindicación viene de un historiador liberal llamado David Peña: las masas, los trabajadores, estaban aún muy lejos de tener presencia protagónica. No seguiré con otros: ni los reivindicadores de caudillos son originariamente de una supuesta corriente federal provinciana, ni la simetría política que se ensaya es aplicable.
Pero enseguida Ud. también le hace un “gambito” a esta supuesta corriente historiográfica y se diferencia de la misma diciendo que pertenece a un “revisionismo socialista o latinoamericano” que “niega la estrecha óptica de la patrias chicas”, y que “rechaza el culto a los héroes” y “explica los acontecimientos en función del enfrentamiento entre las clases sociales y considera a los sectores populares como protagonistas principales...”.
A renglón seguido, para ejemplificar el concepto ideológico coagula en San Martín y Bolívar; independientemente de lo controvertido de la simetría, Ud. termina refugiándose en los héroes, cuyo culto había rechazado en líneas anteriores. Luego habla del “artiguismo” del “morenismo” del “dorreguismo” en la que los “ismos” siempre denuncian una secuacidad elogiosa y se “exalta a figuras claves de la lucha...” etc, etc, ; por lo que el culto a los héroes que rechaza en los otros parece que también lo afecta a Ud.: no es que esté mal, lo que está mal son sus contradicciones.
Todo el resto referido a esta corriente son retazos más o menos antiguos sacados del desván revisionista con algunos aderezos y no le aconsejo a nadie que viva de los residuos acomodados a ideologías modernas porque la descontextualización exigida por ella lo impele a la simplificación del hecho histórico o a la expulsión de todo aquello que no entra en el esquema.
6) Le disgusta que veamos a Rosas como a uno de los próceres magnos de la Historia Argentina, particularmente del siglo XIX. Le informo que alguien se nos adelantó “...como argentino me llena de un verdadero orgullo al ver la PROSPERIDAD , LA PAZ INTERIOR , EL ORDEN y el HONOR restablecidos en nuestra querida patria y todos estos progresos efectuados en medio de circunstancias tan difíciles en que pocos estados se habrán hallado. Por tantos bienes realizados yo felicito a Ud. sinceramente como igualmente a toda la Confederación Argentina. Que goce usted de salud completa y que al terminar su vida pública sea colmado del justo reconocimiento de todo argentino. Son los votos que hace y hará siempre a favor de Ud. éste su apasionado amigo y compatriota. Q.B.S.M” (Que besa sus manos). Firmado. José de San Martín, última carta del Libertador a Rosas del 6 de mayo de 1850. Entre la opinión de San Martín y la opinión de las ideologías no es difícil la elección.
7) Y hablando de ideologías le haré algunas reflexiones. Marx tuvo un gran acierto cuando analizando los hechos económicos encontró la casual económica, causas materiales en la infraestructura del flujo histórico. Los marxistas ven individuos movidos por apetitos, nosotros vemos a comunidades sociales guiadas por impulsos espirituales, las ideas de PATRIA, DIOS, REY, etc, etc. ¿Qué importa si al analizar los hechos históricos encontramos motivos o causas o factores económicos? ¿Qué importa si al analizar el amor a la madre encuentran los freudianos un impulso sexual subconsciente? Pero ni el amor a la madre se manifiesta sexualmente ni los hechos históricos se exteriorizan en la forma de impulsos materiales.
“Desconocer esos móviles materiales ocultos en las infraestructura social fue el gran defecto de los historiadores anteriores a Marx. No comprender que esos móviles dejan de ser materiales cuando se exteriorizan en movimientos sociales fue a su vez el gran error de Marx. O mejor dicho de los marxistas, porque su maestro algo habló del “ENTUSIASMO CABALLERESCO” del “EXTASIS RELIGIOSO” en el Manifiesto Comunista”. José María Rosa prodigó a un amigo marxista estas acertadas observaciones que por lo que se vió después, resultaron útiles. Mis reflexiones prodigadas al enjundioso biógrafo de Jauretche puede que sean útiles.
Cordialmente.
Jorge Oscar Sulé

Galasso nos habla de la "Historia Social" y de Halperín...

Por Norberto Galasso Historiador 

Dejo en claro que apoyamos la preocupación del gobierno por recuperar la conciencia nacional, por superar la interpretación liberal-conservadora de la Historia Oficial y la saludamos como una nueva expresión de la política que se viene realizando en distintos ámbitos.

La creación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego, incorporado a la Secretaría de Cultura de la Nación, continúa promoviendo polémicas que provocan gran confusión, no sólo en el lector común sino incluso en la militancia del campo popular. Justamente en estos momentos de profundos cambios, cuando necesitamos mayor claridad y transparencia, nos encontramos con declaraciones contradictorias, posiciones vagas, calificativos insólitos, etcétera. Y esto debe aclararse porque, en el fondo, no estamos discutiendo cuestiones historiográficas sino políticas ya que, como sabemos, “la historia es la política pasada y la política es la historia presente”. Como las confusiones no ayudan sino dañan, voy a intentar resumir los aspectos más importantes que estimo deben aclararse.

Tanto personalmente como en mi carácter de integrante de la Corriente Política Enrique Santos Discépolo considero que la “Historia Social” no impugna a la vieja Historia Oficial –cuyos “héroes” predominan aún en los institutos de enseñanza, los carteles de las calles, las estatuas, los cuadros de los colegios, los nombres de las plazas, etcétera–, sino, como reconoce Halperín Donghi: “Trata de ilustrar y enriquecer pero no poner en crisis, con sus aportes, a la línea tradicional”, pues “el país debe enriquecer pero también reivindicar la tradición política-ideológica legada por el siglo XIX”, es decir, el liberalismo conservador sustentado por el mitrismo. 

Asimismo, después de largos años de rendir culto al supuesto “rigor científico”, el mismo profesor ha confesado últimamente que no hay historia neutra, al referirse a su obra: “Lo que no hice, y eso evidentemente es muy objetable, pero es inevitable, es justificar la selección. Mi selección está hecha con mi criterio, es decir, lo que me parece importante. Ahora tengo una especie de adversario, el historiador nacionalista Norberto Galasso, que explica que para hacer historia hay una etapa en que se junta todo y otra en la que, desde una perspectiva militante, se explica la versión que a uno le gusta. Es una manera un poco tosca de decir lo que todos hacemos.” Y agrega: “Cuando hago una reconstrucción histórica de alguna manera, lo que es un poco desleal, es que eso lo tengo adentro, pero no lo muestro” (La Nación, suplemento Enfoques, 13/9/2008). Después de explicarle que no soy nacionalista sino que adhiero a la Izquierda Nacional, le contesté que celebraba su confesión porque, hasta ahora, “ellos, los historiadores profesionales”, eran “científicos” y nosotros, “curanderos”, y de allí en adelante, resulta que inevitablemente todos somos “curanderos”, es decir tendenciosos. (También le agregué que su referencia a mi estilo “tosco”, se entiende porque en la militancia sólo se puede ser “tosco”, y si Agustín, mejor). Pero, La Nación rindiendo culto a “su” libertad de prensa, no publicó mi respuesta.

Domingo French, el cartero.

Por León Pomer

Ya es costumbre presentarlo en yunta con Antonio Luis Beruti, pero la vida de Domingo María Cristóbal French Urreaga, o Domingo French, para decirlo más corto, tuvo enorme interés más allá de esa relación ocasional. 

Nacido en Buenos Aires un 23 de noviembre de 1774, hijo de un mercader español y una criolla, desde los quince años pasó a ser el Cartero Único de la ciudad porteña por decisión de Domingo Basavilbaso, fundador del correo: ganaba cinco reales por carta  entregada.

A él y a Beruti se atribuyó la invención de la escarapela en los movidos días de Mayo: no fue así. Pero es rigurosamente cierto que la dupla jugó un importante papel en aquella fecha iniciadora. Su esposa y a la vez prima fue una Posadas; otro primo fue el detestado Carlos María de Alvear.

En los días en que la patria comenzaba se hizo hombre de Manuel Belgrano; su compañero Beruti eligió como referente a Nicolás Rodríguez Peña.

French y Beruti fueron en Mayo típicos agitadores jacobinos: los llamaban "chisperos" por la chispa de los arcabuces que cargaban. Los más de veinte años de entregador de cartas a domicilio y una notable aptitud para granjearse amistades y simpatías entre el criollaje de pata al suelo, gente de los suburbios, con frecuencia deudora de cuentas a la justicia, lo encontraron en los días previos al 25 y el 25 mismo liderando una plebe, no muy bien entrazada ni muy pulcra de modales, categóricamente decidida a seguirlo en la aventura revolucionaria. 

Su condición de hijo de familia con "domicilio conocido", blanca de color y "aquilatada decencia", como solía decirse, no le impidió entreverarse con la chusma porteña y hacerse reconocer por ella como igual y como jefe. 

Cuando la historia habla de la multitud vociferante en la plaza, amenazante, amedrentadora de los caballeros de frac y solemnidades, y agrega que una turba circulaba por los pasillos del Cabildo y con escaso respeto por los atildados cabildantes golpeaba con machetes y rebenques las clausuradas puertas de la sala capitular queriendo saber qué estaba pasando, nos está diciendo: son los chisperos de French y del hijo de la marquesa de Alderete y un acaudalado mercader que era su amigo Beruti. 

El Cartero Único ya se había lucido cuando las invasiones de los ingleses; fue entonces que se ganó el afecto de Santiago de Liniers, con quien llegaron a tutearse.

Pocos años más tarde (misión más que penosa) mandaría el  pelotón de fusiladores del ex virrey, que por leal al detestable  Fernando VII era un peligroso enemigo de la revolución.

Como tantos otros, como su admirado Belgrano, se improvisó militar: el francés lo hizo capitán y Ayudante Mayor. Su primera satisfacción fue tomar prisionero al defenestrado virrey  Sobremonte; el momento menos placentero ocurrió cuando Pueyrredón  lo expatrió a Baltimore, Estados Unidos.

Moreno, secretario de la Primera Junta, vio en Domingo un afín a sus ideas. Por sugerencia de Azcuénaga y con aprobación de  don Mariano le ordenaron organizar un regimiento, que llamó La Estrella: una estrella de rojo vibrante lo distinguía. 

Su compañero Beruti fue el segundo jefe. El golpazo  antimorenista del 5 y 6 de abril del año 11 lo encontró enfrentado a Saavedra, promotor de aquel. Fue amigo de Artigas y se disgustó con el primo Gervasio Antonio de Posadas. 

Más tarde se hizo federal lomo negro, comprometido con Manuel  Dorrego. En 1820 Martín  Rodríguez, que por cierto no lo quería, lo nombró Comandante de Dragones y Jefe de Estado Mayor. Murió de fiera dolencia y Dorrego mandó hacer un monumento en su  homenaje.(Télam) .

JORGE ABELARDO RAMOS EN MI RECUERDO

PorJosé Luis Muñoz Azpiri (h)
Conocí al "Colorado" antes de aprender a caminar. Es que diez años antes de nacer, en la antigua Roma, ya mi viejo y Jorge compartían copetines. Promediando la década del 50, mi padre,joven diplomático y a la sazón recién casado, fue destinado a Roma como agregado cultural en mérito a su excelente labor ordenando y  clasificando millares de documentos del archivo de la Cancillería. En esta tarea le cupo descubrir documentación inédita de las negociaciones diplomáticas de la Confederación Argentina frente alas potencias de la época, publicada en el libro "Rosas frente al Imperio Británico". Una vez instalado en Roma, entre otras  actividades y yendo al tema que nos ocupa, el viejo fundó el Instituto Italo-Argentino de la Farnesina, del cual fue Director general y cuya presidencia honoraria estaba ejercida por Orlando, ex presidente de Italia y constructor de la victoria de su país en la primera guerra mundial. La idea era que el instituto funcionara como una suerte de casa argentina en Italia, que le diera alojamiento y comida a los becarios argentinos y los asesorara en todo tipo de actividad académica o cultural. Es interesante observar que muchos "becarios", como María Rosa Gallo, Da Passano, Fernando Birri,  Ariel Ramírez y otros que no recuerdo, se mataron el hambre durante más de un lustro en Italia gracias al financiamiento económico del gobierno peronista, lo que, no solo no reconocieron, sino que repitieron hasta el  cansancio, tras regresar de su bohemia berreta, "las penalidades del exilio". Típica actitud del "emigré" argentino, parásito de una sobreevaluación personal que nunca mereció.  No era el caso del entonces Víctor Almagro, cuya desconfianza por el peronismo (en ese entonces)  ocultó, contrariamente al discurso sicofante de muchos posteriormente auto definidos como "perseguidos de la segunda tiranía". Tanto Abelardo como mi viejo tenían la misma edad y simpatizaron de inmediato, el látigo verbal del joven trotskista divertía a mi viejo, tanto que una vez le dijo: "mirá colorado, soy católico, vengo del nacionalismo y soy funcionario de un gobierno peronista, pero en una ciudad con tantas iglesias un poco de agnosticimo me va a despejar". Por razones obvias, mi edad y la muerte de mi padre, no puedo aportar muchos mas datos de aquella época,  pero sí puedo hablar de mis impresiones personales.  Comenzamos a tratarnos con Ramos más asiduamente tras el desastre del Malvinas y el retorno de la democracia, por entonces, contrariamente a lo que sucede ahora, el país estaba en plena ebullición y mucho más movilizado(me refiero a movilización auténtica, no la bailanta piquetera). Por ese entonces yo comenzaba mis estudios de Antropología y hete aquí que mis  primeros profesores fueron Blas Alberdi y María Laura Méndez. Además, junto con Julio César Urien habíamos fundado una agrupación político cultural y frentista denominada UALA (Unidad Argentino Latinoamericana) en la que junto con algunos compañeros de la izquierda nacional (algunos fallecidos, como mi compañero de estudios Raúl Guiñazú) coordinamos una serie de actividades. Lamentablemente, un buen día Jorge descubrió el pragmatismo de la administración menemista y permutó compañeros y amigos por una Embajada. Los acontecimientos posteriores son por demás conocidos, así que no voy a abundar en detalles. Con el correr del tiempo y por esas cosas de la vida, me puse de novio con la agregada cultural norteamericana en Bs.As. Tras un par de años en la Argentina, la ascendieron y enviaron como agregada de prensa a la Embajada yanqui en México. Yo aproveché para gestionarme una beca trucha (la "pasantía universitaria", es decir, cama y comida, la compartía con la gringa) y cursé un año de estudios en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, experiencia cardinal para mi formación personal y académica que jamás olvidaré. Debo aclarar, por otra parte, que los mejicanos fueron "groseros" en lo amables conmigo, sin necesidad de haber comentado en algún momento mi vinculación con ambas embajadas. Para ellos era el "cuate Pepe". En cuanto a Abelardo, desde el primer día, con su simpatía, cultura y capacidad de oratoria y tertulia, se metió a México en el bolsillo. Llegué con una carta de Marcelo Sánchez Sorondo para Juan Manuel Abal Medina, que en ese momento ejercía un cargo importantísimo en la Secretaría de Gobernación. Recordemos que Juan Manuel había sido Secretario de Redacción de "Azul y Blanco", se acordaba de mi viejo, pero no sabía que yo era ahijado de confirmación de Marcelo. Fui tratado con mucha amabilidad y me dijo que cuando pasara por la "Casa Argentina en México" me iba a encontrar con un amigo. No imaginaba con quién. La "Casa Argentina" no es una residencia universitaria, instituto de intercambio, ni nada que se le parezca, está ubicada en Polanco uno de los barrios más elegantes de México, cercano al bosque de Chapultepec es simplemente un boliche donde los argentinos residentes nostálgicos se encuentran a tomar mate, jugar al truco, ver fútbol, escuchar tango y hablar boludeces vino de por medio. Los fines de semana funciona como restaurante típico, y los mejicanos asisten a probar pastas, carne con corte argentino, dulce de leche (allí lo llaman dulce de "cajeta") lo que da pie a chistes pelotudos y también funciona como salón para conmemorar fechas patrias, agasajar invitados etc. No recuerdo el nombre del agregado cultural, solo recuerdo que cuando lo conocí estaba entre desconcertado e irritado por el nombramiento de José Luis Manzano como ministro. Olvidaba decir que todo esto sucedió en 1991, vísperas del quinto centenario, por lo cual había intensos debates en todos los medios.  Yo me presenté en la Embajada a los pocos días de llegar, pero entre los compromisos de Abelardo y los míos propios, al principio nos comunicábamos muy esporádicamente. Recién tuvimos oportunidad de charlar largo y tendido cuando nos invitó al boliche del barrio de Polanco.  A Jennifer le encantó de entrada, más teniendo en cuenta de lo  ceremoniosos y jodidos que son los yanquis con lo que consideran personal, raza o país subalterno. Que un Embajador extranjero la recibiera en la puerta de su casa con un ramo de flores (lo hizo por mí, el turro demagogo) la sentara a su derecha, le dijera que era igual a Kim Basinger y la homenajeara  delante de una hinchada de argentinos (ella nos quería mucho y se fue de nuestro país con una gran nostalgia) fue suficiente para que por poco no se desmayara.  Abelardo era la antítesis del diplomático engolado, braguetudo, solemne y por ello antipático y  estúpido. Debe haber enamorado centenares de mujeres en México y si no lo hizo fue por la vara de vid, justiciera y rectora, del centurión Andrea (su mujer). Doy fe, porque he compartido las conversaciones, de la habilidad política de nuestro amigo para deslumbrar a los profesionales de la política mejicana, tanto del PRI como del PAN. ¡Y que decir de sus colegas!. Jennifer era egresada de una de las mejores universidades norteamericanas, dado que la selección para personal diplomático es muy estricta, y aún así me dijo que jamás había escuchado a un profesor que conociera y explicara la historia de Estados Unidos como Ramos.  Nuestros encuentros semanales se hicieron más frecuentes, donde tuve charlas inolvidables con Abelardo sobre todos los temas relacionados con nuestra América, desde su antropología y cultura hasta la situación del momento (léase del Tratado de Libre Comercio que México más tarde firmaría). Pero sobre todo, el tema principal era el advenimiento del Quinto centenario.   Al igual que Hernández Arreghi, ni el Colorado ni yo negamos la impronta hispánica, lo que no significaba adscribir a una nostalgia por la época de los Austria ni a una tradición españolista apolillada, con olor a moho de sarcófago y orines de sacristía, simplemente no embarcarnos en un indigenismo de mercado convenientemente producido y financiado por los predicadores evangélicos de la derecha norteamericana.  Estas charlas las desarrollábamos café de por medio en el paseo de la Reforma, pero algunos  sábados nos juntábamos a comer en la Casa Argentina donde, cual no sería mi sorpresa,  me encontré con el "amigo" del que me había hablado Abal Medina.  Apareció un tipo del tamaño de una puerta, cuyas manos parecían un manojo de porongas:  "¿Vos sos el hijo de José Luis?, Te presento a mi hijo Estanislao". Era el "Mono" Grasi Susini, figura legendaria de "Tacuara" y en ese momento intensamente buscado en la Argentina por su participación en la "chirinada" de Seineldín. La mano vino así: tras el fracaso del levantamiento carapintada del Turco, todos los civiles involucrados rajaron donde pudieron y el "mono" lo hizo al Uruguay. Parece (no pude confirmarlo) que le mandaron una patota a Montevideo para reventarlo y en ese momento aterrizó un avión de Secretaría de Gobernación de México que lo rescató. Juan Manuel en ese momento era el jefe de asesores de Salinas de Gortari y estaba en condiciones de ordenar una operación encubierta de ese estilo. Se dice que jamás olvidó a sus compañeros de militancia en el nacionalismo, esta anécdota parece confirmarlo. Desde ya está decir que ni se tocó el tema de los sucesos en la Argentina, simplemente le dije al oído. "Enrique, tengo al costado las antenas de la compañía" y al presentárselo a Jennifer, le dije que era un historiador argentino que estaba estudiando las raíces del nacionalismo mejicano y su relación con la revolución agraria. Como diablos le dio cobijo el Colorado sin que, supuestamente, Bs. As. no se enterara, solo Dios lo sabe. Pero doy fe que permaneció largos meses en el Distrito Federal. Pero el recuerdo más emocionante de mi estadía, de esos recuerdos que es lo único de valor  que uno se lleva a la hora de su muerte, fue el de mi última comida en la Embajada.  Yo ya estaba a punto de regresar a la Argentina y el matrimonio Ramos quiso despedirme con una cena que, en principio, pensé que se iba a circunscribir a unas pocas personas. Así fue, en efecto, una matrimonio de argentinos, algún funcionario, mi novia y yo. Dado que andaba de despedida en despedida, llegué a la residencia "ligeramente alicorado". Es decir, con un lenguaje torvo, zafio y cuartelero. Andrea me advirtió: "Tratá de moderar el lenguaje. Mirá que Octavio es muy preciosista con el idioma". Era como si me hubieran hablado de Cacho, Tito o magoya. No le di importancia.  Olvidaba mencionar que a la izquierda del frente de la residencia hay un gigantesco pino, producto de un retoño del pino de San Lorenzo. Y que cuando llegué a la misma (no hay un cartel que la identifique como tal) el chofer del taxi, al advertir mi tonada, no quiso cobrarme el viaje pues consideraba un honor que hubiera estado en su vehículo: "Uds. Se enfrentaron a los gringos". Se lo comenté a Jorge y fue suficiente para que iniciara un enérgico discurso contra la izquierda cipaya, mientras me mostraba, encuadradas, algunas libras malvineras que habíatraído de regreso del archipiélago. A partir de ahí, gran parte de la conversación discurrió sobre el conflicto y el futuro de Malvinas hasta que sonó el timbre.
"Pepito, andá a atender que debe ser Octavio". Abro la puerta y casi me caigo de culo. Un señor con dos botellas de vino de la Baja California me sonríe: "Buenas noches, ¿me permite ingresar a la Argentina?" Era...¡Octavio Paz!".  Para que yo me quede callado es porque hay un interlocutor de envergadura, pero jamás imaginé uno como éste. Ahí comprendí por qué lo llamaban "el azteca universal". Hombre de formación renacentista, su elocuencia y simpatía rivalizaba con la de Ramos. No recuerdo de todo lo que se habló, pues era un verdadero manantial de palabras, pero jamás olvidaré que bien entrada la madrugada, en una tibia noche mejicana, tequila de por medio y recostados sobre el pino de San Lorenzo, mientras me daba clase sobre Leopoldo Lugones, Octavio Paz comenzóa recitar: "A orillas del Río Seco, donde nací...·"  "Te das cuenta por qué Andrea te dijo que cuidaras el lenguaje"me dijo, sonriendo, Abelardo.  Fue la última vez que lo vi.