Rosas

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viernes, 28 de febrero de 2014

ROSAS Y LOS TREINTA Y TRES ORIENTALES

Escribe: Juan Carlos Serqueiros
El suceso histórico conocido como la Revolución o Cruzada Libertadora de los Treinta y Tres Orientales, se originó en Buenos Aires, cuando corría el año 1825.
En apretadísima síntesis, el contexto era el siguiente: Había un marcado desapego (y en algunos casos deplorables, algo peor que el desapego: la traición lisa y llana) por parte de los sucesivos gobiernos porteños a la hora de ocuparse del asunto (por entonces urgente y estratégico) de la Provincia Oriental (a la sazón invadida por las fuerzas imperialistas del Brasil, al mando del general portugués Carlos Lecor).
No es el objeto de estas líneas el puntualizar y analizar las causas por las cuales ese cuadro de situación se producía, ni de quiénes eran los responsables de que las cosas se dieran de ese modo; baste por ahora con fijar a grandes rasgos el escenario general en el cual se estaba por desarrollar el acontecimiento.
Residía en Buenos Aires un grupo de emigrados orientales, que no cejaba en su empeño de cambiar ese status quo, para poder liberar su tierra, tan cara a los sentimientos de todos los patriotas, expulsando al invasor luso-brasilero. Todo lo tenían en contra: el general Artigas, después de las muchas traiciones e ingratitudes que había sufrido (Rondeau, Hereñú, Ramírez, Rivera, y una larguísima lista de lamentables etcéteras más); ya se encontraba asilado en el Paraguay del doctor Francia. Del Comandante Andresito, nada se sabía (ni se sabría nunca), desaparecido misteriosamente (con fuertes indicios en el sentido de que lo habrían asesinado por envenenamiento) luego de la terrible prisión que soportó en Ilha das Cobras (y dicho sea de paso y ya que estamos, señor Canciller, si lee esto, en medio del fárrago de su actividad y sus altas responsabilidades, por lo que más quiera encuentre un tiempito para indagar respecto del pedido de informes que nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores cursó oportunamente -tengo entendido que van para 4 años o algo así; si la información que manejo es inexacta en cuanto al tiempo transcurrido, sepa disculpar, soy un ciudadano común y corriente nomás-; a su similar brasilero de Itamaraty, acerca de qué ocurrió con el general indio Andrés Guacurarí y Artigas, en qué circunstancias se ocasionó su muerte, y dónde se hallan sus restos).
 
Pero si bien ya no estaba Don José Artigas, la pródiga tierra charrúa, fecunda y siempre generosa en héroes, proveería otro jefe: Juan Antonio Lavalleja (que también había estado prisionero de los portugueses en Ilha das Cobras, junto a Leonardo Olivera, su hermano Manuel Artigas, Bernabé Rivera y otros; y que había logrado su liberación, cometido este para el cual no escasa importancia habían tenido esos últimos 4.000 pesos que el general José Artigas llevaba en sus alforjas hasta el último instante previo a su ingreso al Paraguay; y que con su habitual magnanimidad, ordenó le fueran enviados a Lavalleja por medio del soldado Francisco de los Santos, para paliar en parte la desgraciada situación de sus compañeros presos ¡Oh, Artigas, qué grande eras y cuánta nobleza había en tu alma! Cuando se dan, en nuestra riquísima historia latinoamericana, hechos como ese; uno no puede menos que preguntarse: ¿Habrá tenido Don José, además de su genio inmenso, una percepción extraordinaria de lo que vendría, y que lo llevó a mandarle esos 4.000 pesos a Lavalleja?).
Ahora lo tenemos a Juan Antonio Lavalleja reunido en Buenos Aires con otros oficiales orientales emigrados: su propio hermano Manuel Lavalleja; Pablo Zufriategui, Manuel Oribe, Simón del Pino, y Manuel Meléndez. Todos ellos, más el comerciante Luis Ceferino de la Torre, fueron los iniciadores de la empresa que culminaría en la gesta heroica de la Cruzada Libertadora de los Treinta y Tres Orientales, firmando un juramento escrito de sacrificar sus vidas, por lograr la libertad de su patria.
Si bien los sucesivos gobiernos se habían desentendido de la cuestión oriental, entre otros motivos, por oposición a lo que consideraban la “infección” del artiguismo; sí había en los sectores populares de la población (las capas bajas de la sociedad: orilleros, quinteros, etc.; los afectos al partido del coronel Manuel Dorrego) una marcada adhesión a la idea de recuperar la Banda Oriental para las Provincias Unidas del Río de la Plata. Asimismo, los ganaderos y los industriales saladeros, apoyaban dicha idea. En ese contexto, a principios de enero de 1825, llegó a Buenos Aires la noticia de la gran victoria patriota del mariscal Sucre en la batalla de Ayacucho, ocurrida el 9 de diciembre de 1824; que marcaría el fin de las guerras independentistas hispanoamericanas. La ciudad fue una apoteosis, y el entusiasmo popular alcanzó el climax. Los festejos públicos fueron grandiosos, y se producían entre vivas a Sucre y a Bolívar. Lavalleja y los suyos, adoptaron entonces la firme decisión de invadir la Provincia Oriental, contasen o no con el apoyo del gobierno porteño.
Una añeja amistad unía a Lavalleja con Don Juan Manuel de Rosas, que ya figuraba entre los hombres más influyentes de Buenos Aires, y que después alcanzaría la gobernación de su provincia, y con ella, la primera magistratura del país, al crear la Confederación Argentina y encargarse de sus relaciones exteriores. Los dos amigos convinieron en reunirse en la casa de Nicolás de Anchorena, con una serie de ganaderos y saladeristas, y allí se resolvió llevar adelante el plan; aportando Rosas la mayor parte del dinero necesario, y sus amigos el resto. Ahora bien ¿en qué consistía dicho plan? A grandes rasgos, lo que se perseguía era la intención de poner al gobierno del general Las Heras frente a un hecho consumado, que lo forzara a decidirse por la guerra contra el Imperio del Brasil. Por ello, la empresa debía aparecer como una iniciativa exclusivamente particular, y de ninguna manera oficial. Y así se hizo, en efecto.
Pero restaba aún una dificultad por vencer: alguien debía trasladarse a la Banda Oriental, para recabar la opinión de los patriotas que allí habían quedado, para calibrar el número y estado de las tropas brasileras y para movilizar a la campaña en favor de los emigrados, de tal modo que cuando éstos desembarcasen, encontraran apoyo. Ese alguien, debía tener una excepcional templanza de carácter, un coraje a toda prueba y óptimas condiciones en cuanto a tacto y prudencia; es decir, debía ser un agente secreto consumado, un espía. Y obviamente, ese alguien no podía salir de entre Lavalleja y los suyos, ya que todos eran vastamente conocidos en su tierra. Todas las miradas se volvieron entonces hacia el futuro Restaurador de las Leyes: ese alguien no podía ser otro que él. Y de esa manera, allá fue Don Juan Manuel de Rosas. Con la astucia criolla que lo caracterizaba, Rosas declaró públicamente y por distintos conductos, que se disponía a emprender un viaje por las provincias de Santa Fé, Entre Ríos y la Banda Oriental, con el propósito de adquirir campos; despejando con ese ardid, cualquier sospecha que pudiera abrigar el invasor brasilero (que tenía espías en Buenos Aires, el principal de ellos, de nombre –falso, por supuesto- Guillermo Gil), originada en el hecho de que se dirigiese a tierra charrúa, lo cual se disimulaba con la incursión por Santa Fé y Entre Ríos. Llegado a la Banda Oriental, Rosas se entrevistó en Durazno con Fructuoso Rivera, a quien le entregó una carta procedente de Lavalleja (algunos historiadores uruguayos afirman –erróneamente, en mi humilde opinión- que en realidad, con quien se entrevistó Rosas fue con la esposa de Rivera, Doña Bernardina Fragoso).
 
El propio Rosas, de su puño y letra, redactaría en 1868, en su exilio de Southampton, un manuscrito que añadiría a su archivo, y que luego reproduciría Adolfo Saldías en su Historia de la Confederación Argentina. El mismo rezaba:

“Recuerdo, al fijarme en los sucesos de la República Oriental, la parte que tuve en la empresa de los 33 patriotas ... Ello creó una trampa armada a las autoridades brasileras en esa Provincia, para que no sospecharan el verdadero importante objeto de mi viaje, que era conocer personalmente la opinión de los patriotas, comprometerlos a que apoyasen la empresa, y a ver el estado y numero de las fuerzas brasileras. Así procedí de acuerdo en un todo con el ilustre general Don Juan Antonio Lavalleja; y fui también quien facilitó una gran parte del dinero necesario para la empresa de los 33...".

Tal fue la activa, arriesgada, patriótica y desinteresada participación que en ese acontecimiento histórico le cupo a Don Juan Manuel de Rosas.
En la medianoche del 15 de abril de 1825, Lavalleja y los suyos, se embarcaron en un alejado paraje de la costa de San Isidro, conocido como Puerto Sánchez, en razón del apellido del propietario de las tierras de esa zona, Cecilio Sánchez (punto situado en lo que es hoy el Club Naútico San Isidro). Desde allí partieron los gloriosos cruzados, los Treinta y Tres Orientales (que no eran 33, ni tampoco eran todos orientales; pero esa es otra parte de la historia).

Sarmiento & Aurelia Vélez: contra viento y marea

Por Juan Sasturain
Una mañana del verano de 1865, mientras descifraba laboriosa-mente la desas-trosa letra de supadre, Aurelia Vé-lez, La Petisa, se sacó con gesto rápido los bucles oscuros de la cara, mojó otra vez la pluma en el tintero, y suspiró con leve sonrisa. A los 28 años, Aurelia no sólo era la hija menor y preferida de Dalmacio Vélez Sarsfield, sino su secretaria, su mano derecha. Aunque no era jurista, como el hombre que en la habitación contigua escribía los principios que regirían las relaciones entre los argentinos de los próximos siglos, la interesada copista comprendió que el artículo del Código Civil que reescribía de algún modo la implicaba. Así, La Petisa fue hasta el atestado escritorio paterno para confirmar lo que entendía. Y había entendido bien: "Pérdida de la vocación hereditaria por separación de hecho sin vocación de unirse", el inciso agregado por Tatita a los artículos referidos al matrimonio civil liberaba a Aurelia de la tutela de su fugaz marido de una década atrás e inhibía al desgraciado médico Pedro Ortiz de heredar algo de la hija de aquél. Una vez más, su padre no la había abandonado. Antes de volver a su trabajo salió a la galería de la quinta de Almagro donde estaban recluidos desde hacía meses -trabajando en ese texto él, lidiando con su letra ella- y repasó una vez más la nueva carta de Nueva York que conservaba en el bolsillo, perturbadora, pero mucho más fácil de leer. La letra de Sarmiento era decidida como sus ideas, clara como sus deseos. Le hablaba de Brooklyn, de Broadway, del juicio a los asesinos de Lin­coln, de las mujeres yanquis que viajaban solas; jugaba con sus celos, la invitaba a embarcarse, a convencer al "doctor cordobés a darse un paseo de cuatro meses por este país encantado". Esa misma tarde le contestaría: le haría saber que no deseaba otra cosa que estar con él, claro que sí, pero que el Código la retenía en Buenos Aires.
Venían de tiempos, lugares y mundos diferentes. Domingo Faustino Sarmiento había nacido en San Juan en 1811, apenas un año después de la Revolución. Aurelia Vélez, en el corazón de Buenos Aires, en 1836. En ese cuarto de siglo habían pasado muchas cosas -las guerras de la independencia, las luchas entre unitarios y federales-, pero al final había quedado uno solo, alguien alrededor de quien giraba todo: Rosas.
Sarmiento, desde su juventud, iba y venía de Chile empujado por la política. El doctor Vélez Sarsfield, un cordobés ya famoso, unitario de corazón y sin embargo abogado de la familia del muerto de Barranca Yaco, había quedado demasiado cerca del poder para estar cómodo. Cuando Lavalle se levantó en el cuarenta, todos pensaron que ganaba. La derrota los uniformó en las rutinas del exilio mientras Rosas seguía ahí, imperturbable. En 1845, Sarmiento venía de Chile y, camino de Europa, quiso juntarse con los que se iban amontonando en la cercada Montevideo: Echeverría, Mitre, también Vélez Sarsfield. Y fue entonces cuando se cruzaron por primera vez: él tenía 34 años, pelo, barba y un libro reciente que lo haría famoso, aunque aún no lo era: el Facundo. Aurelia tenía nueve y asistía a las reuniones de su padre con otros señores, sin soltarle la mano y con los ojos así. Siempre recordaría a ese hombre algo tosco y menos elegante que los otros, pero enfático y persuasivo: el ruido y la furia. El 3 de febrero de 1852, la batalla de Caseros partió el siglo. Todo sería antes y después de Rosas. Los perseguidos y postergados de antes eran los protagonistas de lo que se venía. Pero tras la euforia, las diferencias volvieron, y llegó la ruptura: Buenos Aires y la Confederación, Urquiza y Mitre.
En ese clima, en el invierno de 1855, Domingo Faustino Sarmiento arribó a la ciudad de los sueños y las pesadillas. Esta vez venía a quedarse y a trabajar, a hacer política en El Nacional, el diario de Vélez Sarsfield.
Una fría tarde de julio llegó a la casa del director del periódico, y al entrar en el escritorio de su viejo amigo la vio. Tardó un instante en darse cuenta. Habían pasado diez años y la pequeña Aurelia que lo saludaba con leve sonrisa ya era una mujer. Y le gustó esa mujer como le gustaban en general las mujeres. El tenía cuarenta y cuatro años; ella, diecinueve. Y todo empieza ahí.Cuando se conocieron y convirtieron en amantes -tal vez ese mismo invierno del 55- ninguno de los dos era libre.
El ya era el Sarmiento escritor y periodista acabado, pero no aún el político que sería. Estaba casado, y a disgusto con la amenazante Benita Martínez Pastoriza, pero había un hijo de diez años entre ambos, aquel famoso Dominguito, adoptado y propio a la vez. A la joven Aurelia Vélez le faltaba casi todo. Apenas salida de la adolescencia y ya (mal) casada, era la hija mayor y secretaria del doctor Vélez Sarsfield, político de primera plana, funcionario habitual de gobierno, autoridad jurídica y moral. Aurelia vivía y trabajaba con su padre de regreso de una historia reciente, escandalosa y sórdida, que incluía casamiento fugaz con desenlace trágico y vuelta de ella a casa, sola. Demasiado para la hija mimada de un hombre público.
En esas circunstancias personales se encontraron: los dos se sentían observados y en los límites de la baja tolerancia de la sociedad porteña.
Aurelia Vélez era la hija mayor de la segunda mujer de un hombre grande y luchó desde la adolescencia para no quedar atrapada en esa sombra o para hacerse un lugar reconocible allí. Que la jovencita se enamorara o le apuntara a los amigos, a los preferidos de su padre, no parece raro. Pero sí de qué manera lo hizo. Lo desafió a los límites de lo socialmente aceptable y hasta los traspasó para conseguir su atención, su cuidado, su dedicación absoluta.
No de otra manera se puede leer el episodio de su fugaz matrimonio con el primo Pedro Ortiz Vélez, médico brillante, sobrino predilecto de Vélez Sarsfield, diputado como él y compañero en la Legislatura. ¿Fue Aurelia una víctima de la intolerancia de su tiempo? No lo parece. A los diecisiete -con permiso o sin él- se había casado, acaso enamorada y sin duda embarazada; pero abortó, no se sabe si espontáneamente. Poco después, el atribulado Pedro Ortiz la sorprendió con su secretario, Cayetano Echenique, y pese a que el joven se escondió dentro de un ropero, lo mató de un pistoletazo. A continuación, el marido tomó a su mujer del brazo y la llevó de vuelta a casa de su padre. Se arguyó estado de demencia del asesino -que salvó la vida, pero perdió su cargo, su reputación-, pero se confinaron los sucesos a una tradición maledicente. Aurelia convivió desde entonces con ese estigma; su relación con Sarmiento -ese mujeriego, ese otro amigo cercano de su padre- no haría sino confirmar las certezas del escarnio público.Cuando Sarmiento llegó a Buenos Aires, en principio solo, la relación con Benita Martínez Pastoriza tras siete años de matrimonio no daba para más.
La apasionada y vehemente Benita era una celosa feroz, y muchas veces con motivo. Diez años menor, siempre peleó por él: por retenerlo primero; para destruirlo después. Los acontecimientos se precipitaron cuando, a principios de 1857, Benita también desembarcó en Buenos Aires, con su hijo. No es raro que, tras poner casa y familia ­reunida en la misma cuadra y vereda que los Vélez Sarsfield, en seguida descubriera las complicidades, los pretextos, las argucias de los amantes para estar juntos con cualquier motivo. Y no se calló: "¿Recuerda usted haber oído un suceso muy sonado que ocurrió aquí (de la hija de uno de los hombres que figuran en este momento) que se casó embarazada de cuatro o cinco meses con un médico y que éste mató a los dos meses de casada al que creyó autor de semejante infamia? -le cuenta en una carta a un amigo santiaguino, Hilarión Moreno-. Pues bien, mi amigo, ésta es la escoria que ocasiona mi desgracia. No puedo contar a usted detalles, pero bástele decir que empecé por sospechar y concluí con las pruebas. ¿A qué tiempo cree usted que las obtuve? A los tres meses dos días de llegada". Y agrega pormenores: "Para que se forme idea de lo exquisito de mi vida. Vivo una casa de por medio de la de mi rival y viendo las señas que esa infame hace a mi marido y viéndolo a él entrar a la casa de ella; sólo viene a mi casa en el momento de comer".
Con semejantes evidencias, no vaciló en enfrentar la situación: apartar a su marido de la escoria. Acosado, Sarmiento en principio negó todo, luego admitió a medias y pidió evitar el escándalo. Finalmente, terminó también él fuera de sí: "Primero quiso persuadirme de que todo se había concluido, pero que era preciso guardar ciertas apariencias por la amistad del Papá (se refiere a Dalmacio) -cuenta Benita en la misma carta a Hilarión Moreno- pero como se pasa de amistad porque más interés tiene en esa casa que por la suya propia, ha concluido por hacerse el guapo y decirme que irá aunque me muera, aunque nuestro matrimonio se rompa, después que se ha cansado de intentar que me vuelva a Chile". Ella está a punto entonces de desatar el escándalo público, pero las razones de interés público -y personal, claro- hacen que en principio los hechos queden en el ámbito privado, espacio de la extorsión. Así, Benita no denuncia a su marido, pero sí presiona a Aurelia, el eslabón más débil y expuesto al escándalo. Se teje entonces toda una sorda historia de amenazas que obliga a los amantes a optar, en principio, por el renunciamiento:
"He debido meditar mucho antes de responder a su sentida carta de usted, como he necesitado tenerme el corazón a dos manos para no ceder a sus impulsos -dice un Sarmiento retórico pero elocuente en respuesta a una carta de Aurelia que no se ha conservado-. No obedecerlo era decir adiós para siempre a los afectos tiernos y cerrar la última página de un libro que sólo contiene dos historias interesantes. La que a usted se liga era la más fresca y es la última de mi vida. Desde hoy soy viejo (.) Acepto de todo corazón su amistad que será más feliz que no pudo serlo nunca un amor contra el cual han pugnado la más inexplicables contrariedades -continúa, con evidente alivio- (...) Los que tanto la aman no me perdonarían haberla expuesto a males que no me es dado reparar. Ante esta responsabilidad, todo sentimiento egoísta debe enmudecer de mi parte, y con orgullo puedo decírselo, han enmudecido."
Parecía un asunto concluido. Pero no lo estaba.
En la relación de Aurelia y Sarmiento se alternan períodos de cercanía e intimidad con largos lapsos de separación. Así, vivieron los múltiples sobresaltos de la pasión en esos primeros y accidentados seis años de Sarmiento en Buenos Aires. Cuando se separaron por primera vez, él ya tenía cincuenta y ella, veinticinco; y con ese primer desgarrón saltó el escándalo.
En 1861, Sarmiento fue designado por Mitre interventor en San Juan y partió solo. Para alivio paradójico de Benita, para angustia de Aurelia. Las cartas que se conservan de ese momento son las más reveladoras de hasta dónde había llegado esa relación honda y contrariada a la vez: "Estoy pasando días horribles con tu retiro, es preciso que esto acabe -dice Aurelia en una carta de fines de ese año, y tras otras consideraciones sigue la declaración de amor más explícita y hermosa que se ha conservado-. Te amo con todas las timideces de una niña, y con toda la pasión de que es capaz una mujer. Te amo como no he amado nunca, como no creí que era posible amar. He aceptado tu amor porque estoy segura de merecerlo. Sólo tengo en mi vista una falta, y es mi amor por ti. ¿Serás tú el encargado de cas- tigarla? Te he dicho la verdadÛ en todo. ¿Me perdonarás mi tonta timidez? Perdóname, encanto mío, pero no puedo vivir sin tu amor. Escríbeme, dime que me amas, que no estás enojado con tu amiga que tanto te quiere. ¿Me escribirás, no es cierto?". Y él le escribió, claro. Y muchas cartas fueron y vinieron por canales cada vez más oblicuos y menos confiables, usando a terceros como destinatarios: "He recibido tu recelosa carta extrañando mi silencio y recordándome posición y deberes que no he olvidado -le dice él desde Mendoza, en el verano del 62-. Tus reproches inmotivados me han consolado, sin embargo; como tú, padezco por la ausencia y el olvido posible, la tibieza de las afecciones me alarman. Tanto, tanto hemos comprometido que temo que una nube, una preocupación, un error momentáneo haga inútiles tantos sacrificios (...) La verdad es que tu amiga me alarmó con las prevenciones que me hicieron temer un accidente, pues ella anda muy cerca de las personas en cuyas manos una carta a ti, o tuya, sería una prenda tomada". Y luego, como en ningún otro testimonio que se conserve, Sarmiento le abre su orgulloso corazón y le muestra el lugar que ocupa en él: "No te olvidaré porque eres parte de mi existencia; porque cuento contigo ahora y siempre. Mi vida futura está basada exclusivamente sobre tu solemne promesa de amarme y pertenecerme a despecho de todo; y yo te agrego, a pesar de mi ausencia, aunque se prolongue, a pesar de la falta de cartas cuando no las reciba (...) Necesito tus cariños, tus ideas, tus sentimientos blandos para vivir... Atravieso una gran crisis en mi vida. Créemelo. Padezco horriblemente y tú envenenas heridas que debieras curar. Al partir para San Juan, te envío mil besos y te prometo eterna constancia. Tuyo."
En mayo de ese mismo año, una de esas cartas de amor cayó en las manos no debidas, y de la peor manera. Dominguito fue a buscar correspondencia de su padre y encontró una carta dirigida a una de ésas destinatarias falsas, una vieja -dicen- que apenas si sabía leer: es que era para Aurelia, claro.
Benita, que era amiga personal y confidente de las mujeres de Mitre, de Avellaneda, desató una tormenta que, aunque no llegó a la prensa, sí alcanzó a San Juan. Sarmiento se sintió traicionado, definitivamente herido, y el escándalo acabó con un matrimonio muerto hacía rato.
Lo que siguió fue un largo período de más de una década en que el vínculo se afirmó sobre otras bases. Primero fueron seis largos años de separación, pero denso contacto epistolar. Sarmiento, concluido su gobierno en San Juan, partía de embajador a Estados Unidos, país del que sólo regresaría en 1868 para asumir la presidencia.
A partir de ese momento -él tiene 57 años y Aurelia treinta y dos-, Sarmiento podrá vivir y compartir a pleno con ella la tan demorada apoteosis del poder. Aurelia estará en todo junto a él y a su padre -será el primer ministro del Interior de Sarmiento- como ayudante, consejera, y como posibilidad de reposo para el hombre que, de regreso a su hogar, pasa cada noche por su casa tras la jornada de gobierno.
Cuando termina su mandato Sarmiento tiene sesenta y tres años y su carrera política está de algún modo acabada.
En los años siguientes fue Aurelia la que, por primera vez, necesitó que él la acompañara. En 1875 murió el viejo Vélez, y en pocos meses de 1880, en Córdoba y mientras las cuidaba, su hermana y su madre. Siempre estuvo Sarmiento con ella. Hay en esos últimos años compartidos gestos conmovedores, como cuando él, ya al borde del retiro, la incita a escribir y le publica sus excelentes notas de viaje desde Europa, primero en El Nacional y después en El Censor, su propio diario.
Por eso, cuando Sarmiento muere, familiero, entre nietos, discutido, y prócer en Paraguay, a los 77 años, Aurelia, la compañera de siempre que había llegado a visitarlo una semana antes -y que no lo vio morir acaso porque ya había enterrado a toda su familia- se quedó definitivamente sola. Asistió, oscura y lateral, a las consabidas, populosas, reparadoras exequias, y comprendió que ya nada tenía que hacer allí. Aurelia Vélez quedó sola y rica. Entonces se fue a Europa, y no volvió definitivamente hasta veinte años después. Es probable que, de regreso, haya visitado y mirado de soslayo, no sin ironía, la estatua de Sarmiento en Palermo, y es seguro que habrá hojeado la biografía de Lugones, en la que brilla por su ausencia. No le habrá importado demasiado. Había vivido mucho, y acaso apostara más al olvido que a una memoria torpe o malintencionada. Murió a los 88 años, en 1924. Como hubiera especulado Borges, con esa vieja dama indigna que pese a todo recibió la típica, adocenada necrológica de la dama patricia, morían muchas cosas más. Esa mujer había nacido y crecido en una aldea con calles de barro y moría en otra ciudad, en otro mundo: la Buenos Aires de Marcelo T. de Alvear, ya con subte, cines y fútbol para "los últimos porteños felices". Llegó demasiado temprano para los duros códigos de la primera; demasiado tarde para aprovechar la segunda.
Como el del hombre del que se llevaba las últimas imágenes íntimas, el suyo había sido también, a su manera, un raro destino sudamericano.
Escritor, periodista y guionista de historietas
Domingo Faustino Sarmiento (1881-1888). Presidente de la República Argentina de 1868 a 1874. Escritor, historiador, estadista, diplomático y educador.
Aurelia Vélez Sarsfield (1836-1924). Hija del jurista Dalmacio Vélez Sarsfield -autor del Código Civil- y de Manuela Velásquez. .

Bernardino Rivadavia

Por Manuel Gálvez

El 20 de mayo de 1780 nació en Buenos Aires, de padres españoles, Bernardino Rivadavia. Estudió en el Real Colegio de San Carlos y más tarde se casó con la hija del virrey Joaquín del Pino. Luchó como oficial voluntario en el Tercio de Gallegos durante la invasión inglesa. Intervino en la Revolución de Mayo apoyando las ideas “liberales” de Mariano Moreno contra las más “conservadoras” de los partidarios de Cornelio Saavedra; después del pronunciamiento del 5 y 6 de abril de 1811, en la que estos últimos obtuvieron el dominio del gobierno, Rivadavia fue enviado en misión diplomática a Europa a conseguir ayuda para la independencia argentina; regresó a tiempo para ser nombrado secretario de Guerra del primer triunvirato; influyó en la promulgación del estatuto que liberaba al poder ejecutivo de la autoridad de la Junta –disolviendo el Cabildo y el poder legislativo en el que estaban representados los delegados provinciales-, demostrando así desde la primera hora su compromiso con un gobierno centralizado y la dominación porteña que caracterizarían sus futuras políticas y las de los unitarios, y que trajo la inmediata oposición de los federales y las provincias, lo que resultó en las encarnizadas guerras civiles. Sofocó con exagerada firmeza y sin ahorrar sangre la rebelión de los Patricios (la “rebelión de las trenzas” de ese regimiento) y luego la del arrogante potentado Martín de Alzaga, fusilándolo junto a otros treinta y dos, incluido un sacerdote muy querido. Volteado el primer triunvirato por el pronunciamiento del 8 de octubre de 1812, Rivadavia pasa algunos años lejos del poder.

Era un liberal; pero no al modo francés, jacobino: era un liberal señoril y cortesano, pomposo y fatuo; una especie de Floridablanca criollo. Y, por supuesto, un francmasón empedernido. Monárquico, en 1815 el director supremo Gervasio Posadas lo envió con Belgrano a Europa para buscarnos un rey. Intentó traer a Carlos IV que, destronado por su hijo Fernando VII, pasaba miseria en Roma. Presentó “a los pies de Su Majestad las más sinceras protestas de reconocimiento de su vasallaje”. Rivadavia era considerado ilustradísimo, talentoso, hombre de grandes ideas y de vastos proyectos, un gran señor y una poderosa personalidad. Mestizo, feo, petiso, mal formado, trompudo; sus brazos son tan chicos que parecen de otro cuerpo; el vientre abultado con exageración; y sus ojos, demasiado redondos y abiertos, surgen como al ras de las cejas. Viste de cortesano, la casaca redonda, el calzón con hebillas. Es un personaje del siglo anterior. A sus méritos intelectuales y de carácter se le atribuye el arte de conversar y convencer. Y viene de Europa, ¡de París, nada menos!, en los años siguientes a Waterloo, los de Luis XVIII y la segunda Restauración.
Rivadavia es el fundador del partido unitario. El espíritu unitario ya alboreaba desde 1810 con su desprecio a los demás pueblos del país, con el europeísmo y el doctrinarismo extranjerizante, aristócratas enemigos de la plebe dedicados a fundar institutos políticos y culturales para la clase elevada, hombres de salones y de bufetes despreocupados del campo, de los gauchos y de los indios. Ese espíritu comienza con el gobierno central y nacional del Directorio: los “directoriales” son los futuros unitarios. Que se constituyen en partido cuando llega Rivadavia y en él encuentran a un verdadero jefe.

La aristocracia y la ilustración no impiden a los unitarios expresarse sobre sus enemigos con inaudita violencia. Por los días del regreso a la patria de Rivadavia en 1821, La Gaceta de Buenos Aires llama al partido federal “monstruo horrendo” y habla de la “ferocidad de sus maldades”, de que “se encarniza contra las leyes y reglas sociales” y de que “no sufre la luz de la razón y del convencimiento, alimentándose solamente de la maldad y de la ignorancia”. Así, los unitarios inauguran los grandes odios de partido, de los que más tarde serán víctima, y que ensangrentarán trágicamente tantas décadas de nuestra historia.
“El señor Rivadavia”, como el decían con admiración, fue designado inmediatamente de arribado ministro de Gobierno y figura predominante y excluyente en el gabinete del gobernador Martín Rodríguez. En menos de tres años de su ministerio produce una fabulosa cantidad de decretos, en prosa afectada. Muchos son útiles y excelentes, pero la mayoría absurdos. Por ejemplo, imagina otorgar a España, amenazada por una agresión francesa, nada menos que veinte millones de pesos que no se tenían para que, agradecida, reconozca la independencia americana. En realidad, es un mediocre infatuado. Sus largos años en Europa le han hecho mal. Insensible a nuestras realidades, pretende implantar aquí lo que ha visto allá. No advierte que los indios están a treinta leguas de la ciudad. San Martín le juzgará severamente en su carta al chileno Palazuelos de 1847: “Sería cosa de no acabar si se enumerasen las locuras de aquel visionario, y la admiración de un gran número de mis compatriotas, creyendo improvisar en Buenos Aires la civilización europea con sólo los decretos que diariamente llenaba lo que se llamaba archivo oficial”.

Al año de gobierno, Rivadavia impone su reforma eclesiástica: supresión de conventos, secularización de cementerios (incluida la confiscación y conversión del de los Recoletos), supresión de derechos y privilegios del clero. Arroja de su convento a los franciscanos, que carecen de rentas, viven de la caridad, cuidan enfermos y tiene escuelas gratuitas; a los dominicos, que predican y enseñan; a los betlehemitas, que sostienen un hospital; despoja al santuario de Luján de las propiedades anexas; deja un convento de monjas pero limita el número de las enclaustradas; prohibe enterrar a los muertos en las iglesias “por razones de higiene”; promueve y favorece la entrada al país de maestros protestantes y las actividades de la masonería; se inmiscuye en pormenores ajenos al Estado y desconoce la autoridad de la jerarquía romana sobre las casas de religión que deja subsistir.
En ese mismo 1822 declara la autoridad del Estado sobre las transacciones de propiedad privada y tierras públicas; implanta el sistema de enfiteusis de distribución y uso de la tierra; crea el Banco Nacional que gestionaría el tristemente célebre préstamo de la Baring Brothers; estimula las operaciones bancarias, la cría de ovejas para proveer los telares ingleses y el comercio y la navegación británicas; utiliza los préstamos para el programa de obras públicas para modernizar la ciudad de Buenos Aries; inicia la construcción del puerto en Ensenada; mientras tanto, se funda la Universidad de Buenos Aires y estimula la enseñanza de las nuevas doctrinas económicas y filosóficas metropolitanas en el colegio de San Carlos; para acelerar todos los procesos de cambio, trae a tantos expertos europeos (generalmente contratados) como le fue posible, desde técnicos hasta profesores.
En el año 23 el Cabildo de Montevideo a través de Domingo Cullen y otros delegados viaja a pedir ayuda al santafecino Estanislao López a favor de la Banda Oriental, desde hace seis años en poder de los portugueses (brasileños desde hace unos meses en que se declaró la independencia carioca), acompañados por Juan Manuel de Rosas. ¡Rivadavia acaba de declararles que Buenos Aires no auxiliará en modo alguno el proyecto de liberar la provincia hermana! Es lógico: los unitarios han sido siempre enemigos de los orientales y han sido ellos quienes entregaron esa provincia a los portugueses. Mientras, en Buenos Aires se produce una asonada supuestamente conducida por Gregorio Tagle: grupos armados que se autodenominan “tropas de la fe”, bajo el mando de varios coroneles, han entrado en la plaza de la Victoria gritando “¡Viva la religión! ¡Mueran los herejes!”, al par que numerosos sacerdotes repartían escapularios. Fácilmente vencidos, también se fusila a los responsables de la chirinada.
En un día de noviembre de ese mismo año de 1823 llega a Buenos Aires el general José de San Martín. Viene cansado y amargado; y pobre, pues no cobra sueldo alguno. Acaba de liberar a varios países. Pero los hombres de la clase dirigente, pequeños, mediocres y viles, le han combatido con saña. En Mendoza ha sabido de las infamias que contra él cometen los gobernantes de Buenos Aires. ¡Hasta le han suspendido a su hija la modesta pensión que le acordaron después de Chacabuco! En mayo, ¿no apostaron partidas en el camino para prenderle como a un facineroso, según años más tarde dirá él mismo? Le acusan de haber desobedecido al gobierno tiempo atrás, cuando en vez de venir a Buenos Aires para defender a las autoridades contra las montoneras, se fue a liberar a medio continente. Acaba de morir en Buenos Aires su mujer, tuberculosa. Se dice que va a ser procesado, pero nada ocurre. Y después de dos meses y medio, un día de febrero de 1824 se embarca para Europa, solitario y triste.

Ese mismo año termina el gobierno de Rodríguez y Rivadavia deja de ser ministro. La legislatura elige gobernador al general Juan Gregorio de Las Heras, compañero del Libertador en las campañas de Chile y de Perú. Rivadavia aspiraba al cargo, pero su exagerado afán de innovaciones, sus fantasías, lo absoluto de sus ideas, le han derrotado. Y en su desengaño, no acepta el ministerio que le ofrece Las Heras y parte nuevamente para Europa.
Pero a los dos años se produce un nuevo golpe de estado. El congreso convocado para dictar una constitución resuelve sorpresivamente que se duplique el número de los diputados. Ahora habrá uno por cada siete mil habitantes. Con esto, Buenos Aires tendrá una representación que podrá decidir cualquier asunto: es decir, el Congreso será unitario. Apenas comienzan a llegar los nuevos diputados, antes de dictar constitución alguna, y a pesar que la mayoría de las provincias, al ser consultadas, se han decidido por el sistema federal, el congreso, sin poderes suficientes, sin esperar a que las delegaciones estén completas, crea un poder ejecutivo permanente y, en la sesión solemne del 7 de febrero de 1826, ¡elige presidente de la república al señor Bernardino Rivadavia, que hace unas semanas ha regresado nuevamente de Europa!, bajo queja de Las Heras (quien, disgustado, se irá a Chile, desde donde nunca volverá) y el escándalo de todos. Esta decisión arbitraria, opuesta a los deseos y los intereses de las provincias, constituye un acto gravísimo. La “asamblea facciosa” –como dirán los federales- no ha tenido atribuciones para semejante nombramiento. Es un auténtico golpe de estado, un atropello a los derechos de las provincias y del pueblo en general.
Pero Rivadavia asume al día siguiente y pronuncia un discurso de lugares comunes y de frases incomprensibles y ridículas. Nombra ministro de Gobierno a Julián Segundo de Agüero que será, años después, uno de los principales enemigos de Rosas. Hombre de talento y saber, ex cura de la catedral que colgó los hábitos en apoyo a la reforma antirreligiosa del 22, adusto, sombrío y antipático. Es el primer desacierto en la carrera de desaciertos que comienza entonces.
Al día siguiente el presidente envía al Congreso un proyecto de capitalización de Buenos Aires, que quedará bajo la dirección exclusiva del poder nacional, decapitando la provincia y además partiéndola en dos. Como siempre, Rivadavia gobierna para la clase elevada, prescindiendo del pueblo y de la campaña. La ganadería y la agricultura, por ese tiempo nuestras solas riquezas, le interesan poco. Y los paisanos lo desprecian: ese señorón encorbatado y amanerado, de voz engolada y ademanes cortesanos, formado en Europa y en los libros, empapado de cualquier doctrina extranjera de moda, ¡que anda mal a caballo!, les resulta el colmo de lo ridículo.

Además, divididos, pobres, dirigidos por un gobierno impopular, ¡estamos en guerra con el Imperio de los Braganza! Y para que nada falte en estas horas turbias, los indios invaden la provincia. A una legua de Toldos Viejos, relativamente cerca del pueblo de Dolores, un millar de indios y de desertores chilenos han atacado y aniquilado a los escuadrones que defendían Caquel. La ciudad se pregunta, con terror, si se renovarán los malones, si llegarán los indios a las puertas de la capital desguarnecida.
Mientras, todos saben que las provincias rechazarán la constitución unitaria que se les quiere imponer, igual que los proyectos descabellados y delirantes que propone el “partido de principios”, como gustan denominarse. La Rioja resuelve no reconocer al presidente ni las leyes que dicte el Congreso, y declara “la guerra a toda provincia o individuo que atentase contra la religión católica apostólica romana”. Todo el norte del país arde en guerra. Juan Facundo Quiroga es el héroe del federalismo. Genial, valiente como ninguno, dotado de un extraño poder de fascinación, se ha levantado en armas en los llanos riojanos en donde es invencible y poderoso, aunque no ocupe el gobierno. Ha invadido Catamarca y derrocado a las autoridades. Lleva en su bandera el lema “¡Religión o muerte!”. Ahora marcha hacia Tucumán y derrota al usurpador unitario Gregorio Aráoz de Lamadrid. Luego depone los gobiernos de San Juan y Mendoza. En pocos meses, el Tigre de los Llanos –como lo llaman sus enemigos- ha legado a dominar seis provincias, pues hay que agregar San Luis; y son sus aliadas Córdoba y Santiago del Estero. El prodigioso huracán de Facundo, conquistando pueblos y provincias con una rapidez y una violencia inusitada, causa pánico entre los unitarios porteños.
Sin embargo, la constitución es aprobada el 24 de diciembre. Un pensador de tradición y militancia unitaria, José Manuel Estrada, dice que su partido, prescindiendo de nuestras realidades, formuló “una constitución académica, no política, porque era contraindicada: destinada a perecer mortalmente porque era antipática para las muchedumbres y mala en sí misma”. Pero el Floridablanca criollo siempre actuaba como si ignorase el enorme disgusto del pueblo. Y manda comisionados a todas las provincias, constitución en mano. El que manda a San Juan, cuando llega a Mendoza se entera de que allí domina Quiroga. Le remite al general una nota y un ejemplar de la constitución. Facundo se la devuelve sin abrirla y con unas líneas donde dice que él no abre comunicaciones de quienes dependen de una autoridad que le hace la guerra, pero que contestará con los hechos, pues “no conoce peligros que le arredren y se halla muy distante de rendirse a las cadenas con que se pretende ligarlo al pomposo carro del despotismo”.
A los demás comisionados les va más o menos lo mismo. Más de un mes dura un viaje de ida a Mendoza. Como los comisionados han salido a principios de enero, Rivadavia no conocerá hasta fines de marzo o principios de abril el tamaño de su desgracia y de su desprestigio.
A pesar de las excelentes novedades de la victoria de nuestras armas por tierra y por mar en la guerra del Brasil, el padre de la oligarquía ha comprendido que no es posible continuar la guerra. No hay hombres para mandar ni dinero para adquirir ropa y pertrechos. Aunque se acerca el invierno los soldados visten de verano. Ya comienzan a andar andrajosos. Y no se puede continuar una guerra sin armas ni balas. Ituzaingó y Juncal no han resuelto nada. Montevideo y Colonia siguen en poder de los brasileños. Rivadavia, que pretende tropas para derrotar las montoneras de Facundo, manda como plenipotenciario a Río de Janeiro al prestigioso diplomático liberal doctor Manuel García. Quiere la paz a cualquier precio. Y el precio es la entrega de la provincia Cisplatina al Imperio. Paz más que deshonrosa, después de haber ganado todas las batallas. En todo caso, en un primer momento se atiende a la sugerencia de la independencia de la Banda Oriental formulada por Lord Ponsonby, el ministro inglés en Río –elegido como mediador-, quien perseguía la vieja aspiración británica de obtener un puerto franco en el Plata. Pero ante la negativa del emperador, inmediatamente se firma “la paz a cualquier precio”, aceptando la incorporación al Brasil de la provincia Cisplatina. ¡Vencedores en la guerra, aceptábamos una bochornosa capitulación incondicional de derrota en la paz!
Felizmente, la reacción pública es violenta y unánime. En Buenos Aires el pueblo se levanta contra el presidente. Pueblada. Grupos de descontentos apedrean la casa de Rivadavia; otros exaltados asaltan la de García. El presidente acusa hipócritamente al plenipotenciario de excederse en sus atribuciones y rechaza el convenio por ofensivo al honor nacional. Pero no es suficiente: ya es tarde y Rivadavia debe renunciar. Ha caído tristemente, entre la unánime rechifla de los pueblos de las Provincias Unidas. Muy caro ha costado el empeño de intentar imponerles un régimen de gobierno que detestaban. Hemos perdido la mejor de nuestras provincias, y el país ha quedado dividido en dos partes que se odian a muerte. Días luctuosos vendrán para la patria argentina. El general José de San Martín, el primero entre los argentinos, le escribe al general Bernardo O’Higgins, el más grande de los chilenos, en forma lapidaria: “Ya habrá sabido usted la renuncia de Rivadavia. Su administración ha sido desastrosa y sólo ha contribuido a dividir los ánimos. El me ha hecho una guerra de zapa, sin otro objeto que minar mi opinión [quiere decir,” mi prestigio”], suponiendo que mi viaje a Europa no ha tenido otro propósito que el de establecer gobiernos en América. Yo he despreciado tanto sus groseras imposturas como su innoble persona”. Así juzga a Rivadavia el padre de la patria, un hombre que es todo nobleza, serenidad y patriotismo.
El Congreso elige un presidente provisional en la persona de Vicente López, el unitario autor del himno nacional que se había resistido a acompañar la aventura del manotazo rivadaviano. López designó a Rosas comandante general de la campaña y convocó a elecciones en el plazo de un mes de representantes a la legislatura de Buenos Aires, resultando una gran mayoría federal. Fue electo gobernador el valiente coronel don Manuel Dorrego.
Pero el partido unitario, después del trágico error del crimen de Lavalle, volverá al poder después de la caída de Rosas y exaltará e impondrá a Rivadavia como el más ilustre de nuestros gobernantes y héroes civiles. De este modo se ha falsificado la historia entre nosotros.
Rivadavia se retiró a su finca en el campo y luego, ya alejado definitivamente de la política, partió hacia España. Hizo en 1834 una fugaz visita a Buenos Aires aprovechando la confusión de la revolución de los restauradores durante el gobierno de Viamonte en la que ni siquiera pudo desembarcar. En Cádiz vivió modestamente y murió en la pobreza en 1845.
En 1857 sus restos fueron repatriados y enterrados en el cementerio de la Recoleta con gran ceremonia, de la que participaron Mitre, Sarmiento y Mármol; luego, en 1932, se trasladaron sus cenizas al mausoleo construido en su honor en la plaza Once (antes llamada Miserere) de Buenos Aires.

El robo de las manos del general Juan Domingo Perón

Por Investigación periodística de Damián Nabot y David Cox

En la calle, la multitud se hacía cada vez más densa. Un hormiguero de cabezas bajas, ojos lagrimeantes y gargantas acongojadas rodeaba el Congreso. Tres días después del aciago 1º de julio de 1974 se ordenó cerrar las puertas. Afuera todavía quedaban muchos miles que deseaban ver por última vez a Juan Domingo Perón y esperaron en vano que los dejaran entrar. El destino del cuerpo era ya un asunto de Estado.
Había comenzado a llover. Las gotas golpeaban sobre la cúpula y un delgado hilo de agua se filtró entre los vidrios. Dos médicos se acercaron al cadáver con un maletín: “somos de la funeraria, tenemos que aplicarle unas inyecciones al cuerpo”, informaron a la guardia. Trabajosamente, los médicos sacaron el cuerpo del ataúd, recogieron una manga de su camisa y comenzaron a inyectarle el compuesto a base de formol.
El cuerpo del General había sido exhibido de uniforme, con sus dedos entrelazados sobre el pecho y sujetando un rosario de piedras color jade bendecido por el Papa. Pero cuando los médicos devolvieron el cadáver al ataúd descubrieron que era imposible entrelazar nuevamente los dedos. Entonces los brazos fueron acomodados a los costados del cajón y cerraron la tapa. El ataúd se llenó de oscuridad. El formol congelaría el proceso de la muerte. En el hermetismo de su nuevo recinto de cedro, ¿podría finalmente descansar el viejo general veterano de mil batallas?
Nueve años después, su viuda bajó la estrecha escalera de mármol blanco hasta el último subsuelo húmedo de la tumba del cementerio de Chacarita. Isabelita sacó de su cartera el portarretratos con el poema manuscrito y lo apoyó sobre la base de cemento que protegía el féretro. Había escrito esos versos durante los primeros tiempos de su largo período en prisión en la cárcel de Azul: el papel terminaba con su firma y con la fecha 8 de octubre de 1977.
Pronto la social-democracia se extendía como la nueva ideología dominante en Europa y buena parte de América Latina. Raúl Alfonsín era el presidente de la República, Antonio Tróccoli su ministro del Interior, Facundo Suárez el secretario de Inteligencia, José Caridi el jefe del ejército y Juan Angel Pirker el jefe de policía. El país estaba convulsionado por la serie de atentados y bombas en locales partidarios, los cuarteles eran un hervidero y la amenaza del estado de sitio sobrevolaba la realidad.
Era precisamente el momento en que la Argentina pretendía infructuosamente enterrar a sus muertos. Pero el nuestro es un país generoso. Incluso en sorpresas.
Un día como hoy, el 10 de junio de 1987, un grupo de desconocidos profanaron la tumba del tres veces presidente constitucional Juan Domingo Perón, amputaron con una sierra quirúrgica y robaron las manos del cadáver, con anillo incluido, un portarretratos con un poema sin mayor valor literario y el sable de teniente general, es decir, sus atributos militares. Como para dejar claro que su objetivo era político, dejaron en el lugar el valioso rosario.
Días después, Julio Dentone, yerno del senador Vicente Leónidas Saadi, cuñado de Ramón Saadi –gobernador de Catamarca- y esposo de la senadora Alicia Saadi –entre otra treintena de parientes políticos en cargos públicos-, recibió en su despacho del Banco Nación una extraña carta anónima tipeada en una máquina de escribir firmada por “Hermes Iai y los 13” confesando el hecho y pidiendo un rescate de ocho millones de dólares. Otra carta idéntica recibió el diputado Carlos Grosso. Como prueba de veracidad, ambos anónimos iban acompañados del tosco poema.
El senador Saadi, de 73 años y un tumor con ganas de acabar su vida, le comunicó por teléfono la infausta nueva a Juan Gabriel Labaké, apoderado legal de Isabel, quien a su vez la llamó a Madrid a su exilio y encierro en el cuarto piso de Moreto 3. También lo anotició al abogado Atilio Neira, su asesor en derecho penal.
Paradójicamente, en la mañana del 1º de julio de 1987, décimo tercer aniversario de la muerte del general, todo el país se enteraba y quedaba asqueado, indignado, lacerado, estremecido, conmocionado. El fantasma de Evita atravesó todos los recuerdos.
La investigación quedó en manos del juez Jaime Far Suau del juzgado 27 y del comisario de la Federal Zunino, de la comisaría 29 de la calle Loyola. Esa misma noche ambos bajaban a la tumba entre un nido de policías y funcionarios del juzgado para verificar el episodio. Al desoldar la tapa del ataúd, confirmaron que el cuerpo se hallaba intacto, distendido y humano, imperturbable como si un poder sobrenatural lo preservara del paso de los años, ¡sólo que sus brazos terminaban en la nada!
Desde el primer momento el juez y su familia recibieron llamados anónimos, amenazas, atentados fallidos, intentos de secuestro, mientras una caravana de autos sospechosos recorrían siempre la cuadra de su casa. Incluso se atentó con disparos contra el domicilio de Susana, una amante secreta que tenía el juez en la localidad de Moreno. Todas las patrañas y estupideces gorilas sobre la fortuna de Perón, el oro de los nazis y sus cuentas en Suiza (claro, ¡movilizadas por huellas digitales!) se reactivaron inmediatamente. Se desató una guerra descontrolada entre los servicios de inteligencia. Pronto se supo que un par de meses antes de la profanación un grupo de hombres aguerridos y musculosos atacó a un sereno del cementerio hasta matarlo a golpes de puños para robarle la combinación de las llaves de la bóveda de la familia Perón. Otras misteriosas muertes quedaron vinculadas al caso. La investigación tuvo mil idas y vueltas, y cuando parecía afirmarse en suelo seco de pronto patinaba sobre un terreno embarrado; el juzgado se llenó de videntes, delirantes y falsos informantes ávidos de dinero.
Hasta que un año y pico después de la profanación, durante un viaje por el sur de la provincia de Buenos Aires, el juez Far Suau volcó cuando conducía su automóvil, acompañado por su amante. Ambos murieron. Se comprobó que no fue un accidente, porque sus neumáticos estaban llenos de gas.
La investigación de la profanación siguió a cargo de otros jueces, que muy poco pudieron avanzar, incluso luego de que el partido justicialista ganara las elecciones presidenciales en 1989. Por momentos las sospechas se orientaron hacia diversos servicios de inteligencia, internos y externos, pero lo cierto es que el robo de las manos de Perón pasó a integrar la interminable lista de los delitos sin resolución. Y de los interminables crímenes sin castigo que han terminado de minar la voluntad y la confianza del pueblo argentino. Como símbolo de nuestra sociedad contemporánea, sin manos, sin huellas dactilares, Juan Domingo Perón fue convertido en un NN más. Ya antes había ocurrido con los vivos.
Cuando se hizo público el terrible acto de necrofilia, un pequeño pero fervoroso grupo de militancia juvenil del peronismo lanzó una campaña de pintadas en los muros de las principales ciudades del país. La consigna fue propuesta por una joven compañera, apenas una adolescente. La frase que se pintó en decenas de miles de paredes decía:
Mis manos son tus manos

Atanasio Duarte

Por José María Rosa

Noche del 5 de diciembre de 1810. En el cuartel de las Temporalidades –Perú entre Alsina y Moreno, donde hoy está la manzana de las luces-, el regimiento de Patricios ofrece un sarao por la victoria de Suipacha.
En el sitio de honor está el jefe del cuerpo, a su vez presidente de la Junta de Gobierno. En un momento, el capitán retirado de húsares Atanasio Duarte, veterano de cuarenta años de guerras, ofrece un postre a doña Saturnina Otárola, esposa del presidente, en el cual la fantasía del repostero había dibujado un cetro y una corona: “La América espera que VV. EE. empuñen el cetro y ciñan la corona”. No dicen las crónicas qué ocurrió a continuación, pero seguramente hubo un aplauso de los concurrentes y un asentimiento halagado de Cornelio Saavedra. Este dice en sus Memorias que no dio importancia a esa bobada, pero la trascendencia del brindis debió ser mucha porque alguien corrió a informarle al secretario de Gobierno y Guerra –el doctor Mariano Moreno–, que de inmediato tomó medidas contra Duarte, contra Saavedra y contra las señoras que recibían agasajos por la posición política de sus maridos.
La condena de Duarte fue tremenda. El gobierno entendió que debía perecer en el cadalso por esas palabras, pero como debió pronunciarlas mareado por el carlón le perdonó la vida, conmutándole la pena por destierro perpetuo de la ciudad, porque un habitante de Buenos Aires, ni ebrio ni dormido, debe tener impresiones contra la libertad de su país. El veterano se aguantó el castigo en silencio y, que se sepa, nunca pudo volver a su querido Buenos Aires: transcurrió sus últimos años en el exilio, donde algún historiador ha rastreado sus continuas reyertas con los gallegos dependientes de tabernas, sus acérrimos enemigos por españoles y tal vez por no fiarle las copas.
¿Cuál fue el crimen del capitán retirado Duarte, que a juicio de un hombre de leyes como Mariano Moreno mereciera la pena del cadalso? Se repite en los textos escolares (que también sirven para aprender historia en las academias) que era proclamar la monarquía, pero la conjetura debe rechazarse: ni aun para un revolucionario de la índole de Moreno un delito de opinión pudo reprimirse con la muerte en un cadalso. Pero, además, Duarte no había postulado un cambio de la forma de gobierno existente: en diciembre de 1810 se vivía bajo el régimen monárquico: el retrato de Fernando VII debió encontrarse, como era de rigor, colgado en lugar visible durante el sarao, y el mismo decreto que castigaba al capitán era un decreto monárquico encabezado con la fórmula corriente: La Junta Soberana a nombre del Señor Don Fernando VII.
Al veterano no se lo penaba, pues, por proclamar la monarquía en un medio republicano. Sin embargo, había cometido un delito gravísimo y nadie, ni siquiera Saavedra, se atrevió a defenderlo. Un delito castigado en la legislación española, precisamente, con los términos usados por Moreno en su decreto: perecer en un cadalso. El secretario de Guerra no quiso disimular el hecho ni omitir el castigo, seguramente porque el brindis encontró eco entre los asistentes de las Temporalidades y era conveniente un escarmiento ejemplar para que no se repitieran cosas semejantes. El delito de Duarte era de lesa majestad contra los derechos de Fernando VII, a quien quitaba el cetro y la corona ofertándolos a Saavedra. Sus palabras imprudentes revelaban impresiones contra la libertad de su país porque el país entero (en 1810 el país era aún España) sostenía y luchaba por los derechos del rey Fernando.
El crimen de Duarte, esa noche del 5 de diciembre, había sido proclamar en voz alta la independencia de América.
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Cuitiño y Alén

Por Manuel Gálvez 

Desde el alba del 29 de diciembre de 1853 ha ido reuniéndose un pueblo numeroso, que abarrota la plaza de la Concepción: señores, negros, gauchos, compadritos. Son seis mil según un diario del día siguiente: gran multitud para aquella Buenos Aires de ochenta mil habitantes. Y a pesar de lo abigarrado del gentío y de la ansiedad que lo inquieta, un silencio unánime, solemne, permanece en el ámbito del lugar. ¿Qué espera esta multitud? A las nueve, dos hombres, temibles elementos de acción de don Juan Manuel de Rosas, van a ser fusilados. El gran caudillo hermoso y rubio, el bienamado de las plebes porteñas y de los gauchos de la pampa, dueño absoluto del país por dos décadas, había sido arrojado del poder un par de años antes.
Cuando sacaron a los reos de la cárcel a fin de conducirlos al lugar donde serían puestos en capilla, uno de ello salió resueltamente del calabozo, se despidió de los demás presos y, en voz alta, afirmó haber servido a un gobierno legítimo. Al otro, el terror y la insensibilidad del lado derecho de su cuerpo le impedían salir del calabozo. Dos soldados le ayudaron y, lloroso, temblando, fue incorporado a la comitiva. Como se derrumbaba, su compañero le animó: “No tenga miedo, párese, alce la cabeza, que no se muere más que una vez”. El pobre hombre, casi desmayado, alargó una mano, despidiéndose. Los condujeron en una carreta de bueyes, engrillados, acompañados por un franciscano y custodiados por un piquete. Una multitud los siguió. Durante el trayecto, el condenado de la larga barba blanca, flaco y alto, permaneció abatido y semidesmayado. El otro, arrogante, fornido, vigoroso, con una cerrada y corta barba negra, saludaba a los que esperaban su paso para darle el último adiós y contestaba con palabras y gestos de desprecio a los que arrojaban insultos. Y en alguna ocasión gritaba: “¡Viva la santa Federación! ¡Mueran los salvajes unitarios! ¡Viva el brigadier general don Juan Manuel de Rosas!”. Ambos habían sido no sólo jefe y empleado de la policía, sino federales exaltados, hombres de acción de la Sociedad Popular Restauradora, llamada “la mazorca” por los unitarios. Ambos habían participado del sitio a Buenos Aires del coronel rosista Hilario Lagos. Cuando se levantó el sitio hacía unos meses, descontentos con el ejército de Lagos, volvieron a la ciudad y se presentaron a las autoridades. Los mazorqueros cruzaron las calles armados y llevando en sus chambergos el cintillo punzó. Los rodeó un gentío que pedía a gritos su muerte. El gobierno quería que se los condenase, y fueron condenados.
La comitiva viene llegando. Avanza lentamente, por entre el gentío que se hacina para ver de cerca a los reos. Suben al patíbulo. Al de la barba blanca, que venía con sus ojos azules vendados, le envuelven la cabeza con un poncho y lo sientan en el banquillo. El otro se niega a ser vendado, protesta de su inocencia, habla y gesticula con exaltación y se rebela contra los consejos del fraile. Entre tanto, el silencio de la multitud se hace más unido y más hierático.
Han muerto tras los tiros del pelotón de soldados. Los cadáveres van a ser colgados por cuatro horas, de acuerdo con la sentencia judicial, pero pasado ese tiempo nadie se anima a retirarlos. La multitud se apretuja por verlos de cerca. Cuando ya cuelgan de la horca, fray Olegario Correa, de la orden de Predicadores, pronuncia su sermón expiatorio. Cumple la disposición del gobierno. Condena el crimen y la tiranía, invoca la misericordia divina e invita al olvido y al perdón. La voz del sacerdote gime, al concluir: “Antes de separarnos de este lugar, mostrad con el dedo a vuestros hijos esos cadáveres, compendio abreviado de los errores de una época aciaga, y decidles y repetid unos a otros: ésos son los hijos que produce la tiranía”.
El ajusticiado que murió valerosamente era el coronel Ciriaco Cuitiño, uno de los jefes de policía del Restaurador de las Leyes. El ajusticiado de los ojos azules y la larga barba blanca era apenas “vigilante a caballo”, padecía trastornos mentales y se llamaba Leandro Antonio Alén. Era el abuelo materno del niño de un año y medio de edad Juan Hipólito del Sagrado Corazón de Jesús Yrigoyen –que llegaría a ser por dos veces presidente de la República- y el padre del futuro caudillo y fundador de la Unión Cívica Radical, el “tribuno de la plebe” Leandro Nicéforo Alem, de apenas once años entonces, que presenció la ignominiosa muerte y que seguramente le dejó una impresión imborrable. La visión de su padre deshonrado, colgado de una horca, sirviendo de espectáculo, lo transformó en un taciturno, amargado y triste durante toda su vida, siempre perseguido por un sino trágico. Pronto hasta habría de cambiarse el apellido: ya no será Alén sino Alem.
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El fusilamiento de los prisioneros ha sido ley en la guerra a muerte del siglo XIX. Durante las guerras por la emancipación americana, los jefes españoles han sido crueles con los prisioneros criollos, y los generales criollos les pagaron con la misma moneda: Bolívar fusiló a ochocientos españoles. Claro que fue una bicoca comparados por los varios miles de infelices que mandó al otro mundo Napoleón Bonaparte en Europa. Sabemos que Castelli y Belgrano, próceres de Mayo, fusilaron prisioneros. Igual que Lavalle y Lamadrid. Y que fueron degollados todos los prisioneros que le hicieron a las montoneras del Chacho.
La verdad es que el siglo XX no anduvo mucho mejor. Baste recordar los hechos del 9 de junio de 1956. Vamos a ver si nos esmeramos mejor en el XXI…

Fundación del Fuerte de Buenos Aires 1536

El 2 de febrero de 1536 don Pedro de Mendoza funda la ciudad de la Santísima Trinidad y el puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires.
Como América con Colón, Argentina también nació de una confusión: la expedición de Sebastián Gaboto en 1527 organizó una “entrada a la tierra” desde el fuerte de Sancti Spiritu al mando del capitán Francisco César, que escuchó hablar a unos indios de “la Sierra de Plata” (que finalmente resultó siendo el cerro del Potosí en el Alto Perú). Las exageraciones fantasiosas de las mentes mercantilistas de los descubridores, después de las riquezas fabulosas llegadas a la metrópoli desde México y Perú, junto a la obvia confusión derivada del apellido del capitán, pronto iban a generar la leyenda de la Ciudad de los Césares, de tenaz persistencia durante largas décadas en aquellas cabezas. Presuntamente estaría ubicada cerca del río de Solís, y es lo que vino en realidad a intentar conquistar el primer Adelantado del Río de la Plata, don Pedro de Mendoza, de una de las más nobles familias de la península, aunque atacado por una sífilis bastante avanzada.
Se alistó así a la juventud dorada de España en la expedición más pretenciosa organizada hasta esa fecha, financiada por el propio Mendoza a cambio de una parte de los tesoros conquistados: 14 navíos, 1.500 hombres y unas pocas mujeres; se cargaron provisiones para 6 meses, 250 caballos de guerra ¡y ninguna vaca ni oveja!
El desencanto resultó terrible. Esta sería la Cenicienta de la conquista. Buscaban oro y encontraron barro, barro y más barro. Pero para colmo los constantes ataques de los indios querandíes, la falta de alimentos y la aparición de enfermedades obligaron a los orgullosos conquistadores a abandonar el lugar. Sólo quedaron unas pocas vacas, toros y caballos que con el tiempo se transformarían en la principal riqueza de estas tierras.
Escribió el soldado sobreviviente Ulrico Schmidl en su famoso Viaje al Río de la Plata de 1567: “La gente no tenía qué comer y se moría de hambre y padecía gran escasez. Fue tal la pena y el desastre del hambre que no bastaron ni ratas ni ratones, víboras ni otras sabandijas; hasta sus zapatos y cueros, todo hubo que ser comido. También ocurrió entonces que un español se comió a su propio hermano que había muerto”.
Isabel de Guevara fue una de las pocas mujeres que participaron de la fracasada expedición y tal vez la primera feminista de América. Así le escribía a la reina de España veinte años después: “Vinieron los hombres en tanta flaqueza que todos los trabajos cargaban a las pobres mujeres, así en lavarles las ropas como en curarles, hacerles de comer lo poco que tenían, a limpiarlos, hacer centinela, rondar los fuegos, armar las ballestas y sargentear y poner en orden a los soldados. Porque en este tiempo –como las mujeres nos sustentamos con poca comida -, no habíamos caído en tanta flaqueza como los hombres”.
Finalmente, algunos miembros de la expedición de Mendoza decidieron volver a España con el Adelantado (que murió de su enfermedad venérea en el viaje), y otros remontaron el río Paraná y fundaron en 1537 la ciudad de Asunción, que iba a tener la indiscutida preeminencia regional por más de un siglo. Allí fueron bien recibidos por los guaraníes. Los españoles lograron establecerse y formaron parejas con las indias, a discreción, dando lugar a la fenomenal experiencia del mestizaje intensivo.
Desde aquel “Paraíso de Mahoma” partió la expedición de don Juan de Garay que re-fundaría Buenos Aires en 1580, convirtiéndola en una de las pocas ciudades del mundo que fue fundada dos veces. Como no pudo prometerle a sus hombres ni oro ni indios mansos, porque no los había en el Plata, se comprometió entonces a entregarles tierra y ganado que sí abundaban en la región. Sesenta y dos hombres y una mujer acompañaron a Garay. Sólo diez eran españoles, el resto eran “hijos de la tierra” o “mancebos”, como se llamaba entonces a los criollos americanos. Poco y pobre comparado con la poderosa expedición de Mendoza.
Sin embargo, hay quien reniega de esta historia, y tiene su propia interpretación.
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Fundación Mítica de Buenos Aires
de Jorge Luis Borges
¿Y fue por este río de sueñera y de barro
que las proas vinieron a fundarme la patria?
Irían a los tumbos los barquitos pintados
entre los camalotes de la corriente zaina.
Pensando bien la cosa, supondremos que el río
era azulejo entonces como oriundo del cielo
con su estrellita roja para marcar el sitio
en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron.
Lo cierto es que mil hombres y otros mil arribaron
por un mar que tenía cinco lunas de anchura
y aún estaba poblado de sirenas y endriagos
y de piedras imanes que enloquecen la brújula.
Prendieron unos ranchos trémulos en la costa,
durmieron extrañados. Dicen que en el Riachuelo,
pero son embelecos fraguados en la Boca.
Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo.
Una manzana entera pero en mitá del campo
expuesta a las auroras y lluvias y sudestadas.
La manzana pareja que persiste en mi barrio:
Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga.
Un almacén rosado como revés de naipe
brilló y en la trastienda conversaron un truco;
el almacén rosado floreció en un compadre,
ya patrón de la esquina, ya resentido y duro.
El primer organito salvaba el horizonte
con su achacoso porte, su habanera y su gringo.
El corralón seguro ya opinaba YRIGOYEN,
algún piano mandaba tangos de Saborido.
Una cigarrería sahumó como una rosa
el desierto. La tarde se había ahondado en ayeres,
los hombres compartieron un pasado ilusorio.
Sólo faltó una cosa: la vereda de enfrente.
A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:
La juzgo tan eterna como el agua y el aire.
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Alejandro Olmos

Por Norberto Galasso Alejandro Olmos nació en Tucumán el 1° de mayo de 1924. Allí desarrolló sus primeros estudios, que lo condujeron, luego, a la Facultad de Derecho. Eran los años de la “Década Infame” y el joven estudiante universitario trabó relación con un comprovinciano peleador e insobornable, justamente quién habría de otorgar ese rótulo a tal época de latrocinio y entrega: José Luis Torres. Si bien se adentró en el estudio de las cuestiones jurídicas, por esas vueltas de la vida, el joven no llegó a doctorarse pero, en cambio, al lado de Torres, se “doctoró” en descubrir estafas y en esa cuestión difícil de “lo nacional” –lo antiimperialista, si usted prefiere-, tema escamoteado por el liberalismo conservador difundido por la clase dominante.
En esos fines de los treinta y comienzos de los cuarenta Torres prodigaba sus esfuerzos en denunciar la ignominia del Banco Central mixto –diseñado por un director del Banco de Inglaterra-, el negociado de las tierras del Palomar, las trapisondas de Federico Pinedo y en especial de la familia Bemberg, que a la muerte de don Otto soslayó el impuesto a la herencia con una declaración de bienes tan menesterosa que casi constituía una solicitud de limosna.
Alejandro, pues, no podía tener mejor maestro para aprender a descifrar balances fraudulentos, maniobras de Bolsa y tramoyas en los empréstitos.
El año 45 lo encuentra incorporándose a la caravana popular que lidera Juan Perón. La información con que se cuenta permite suponer que Alejandro comparte con Torres una posición nacionalista y que concurre a su casa –Talcahuano 638, 7° piso de la Capital Federal-, donde arman tertulias políticas, entre otros, Raúl Scalabrini Ortiz, el padre Leonardo Castellani, Ernesto Palacio y Amancio Gonzáles Paz, un sacerdote irascible a quien apodan “Odiancio González Guerra”. Sin embargo, el joven parece colocarse más cerca de los trabajadores en la rica experiencia que están desarrollando, mientras Torres evidencia algunas reservas respecto del nuevo movimiento.
En agosto de 1946 –no obstante su adhesión al gobierno y probando, desde el principio, su independencia de criterio- Alejandro se moviliza junto a sus amigos del nacionalismo, presionando para que el gobierno argentino no adhiera, bajo la presión norteamericana, a las Actas de Chapultepec. Cuando las Actas son aprobadas por el Congreso nacional –con la oposición, entre otros, del diputado John W. Cooke-, “mi padre –testimonia Alejandro Olmos Gaona- en su obsesiva veneración por la justicia, le inició un juicio penal a Perón y a Juan Atilio Bramuglia, lo cual determinó que fuera exonerado del cargo que desempeñara en la Aduana”.
En esa misma época, el joven de veintitrés años visualiza ya a los grandes saqueadores del país y realiza una investigación sobre la empresa ARMCO, en momentos en que ésta intentaba ocupar un lugar de privilegio en el desarrollo de nuestra industria siderúrgica. De esa manera nace un informe que eleva al presidente Perón, hacia 1947. Esta batalla librada por Alejandro fue reconocida por Torres en el capítulo octavo de su libro La Patria y su destino. Allí, afirma: “Un joven comprovinciano, el señor Alejandro Olmos, dirigió al Presidente de la Nación, con antelación al debate promovido en el Congreso, una denuncia concreta y fundada, probando en forma concluyente la miserable conducta de la mencionada organización capitalista internacional en sus relaciones con el Estado… Un diputado leyó en el recinto el mencionado folleto del joven Olmos y nadie intentó allí destruir ninguno de los gravísimos cargos enunciados y probados en contra de la ARMCO. Pero algunos legisladores creyeron de su deber zaherir al autor de la denuncia imputándole culpas que no tiene. “Irresponsable” fue lo menos que de él se dijo, con absoluta falta de razón y de sentido, pues el señor Olmos es tan responsable como lo son todos los ciudadanos argentinos bien dotados y de muy limpios antecedentes. Se dijo de él que era un “comunista conocido” en los archivos policiales, con un evidente afán peyorativo. “Nazi” y “comunista” son dos definiciones ultramodernas utilizadas de ordinario y con abuso para calificar a presuntos enemigos del género humano. El joven Olmos –me consta- es tan comunista como puede serlo el Arzobispo de Buenos Aires… De mí también se dijo que era un “comunista conocido”, con igual intención peyorativa con que, diciéndole lo mismo, se trató de invalidar en el Congreso al denunciante de la sociedad mixta entre la ARMCO y el gobierno argentino. Pero, en mi caso, Braden rectificó posteriormente la versión y en su famoso Libro Azul me llamó “nazi”. Los tiempos pasan, caen los regímenes de gobierno, pero los monopolios quedan y el supercapitalismo internacional mantiene su hegemonía sobre los poderes públicos”.
Las disidencias parciales de Olmos respecto al peronismo gobernante no tuercen su lúcido análisis patriótico y en abril de 1949, en carta dirigida a Perón, sostiene que se ha concretado “el fenómeno revolucionario en la cristalización de los postulados políticos, económicos y sociales”. En otra carta, de la misma época, al coronel Bartolomé Descalzo señala que “vivimos la innegable realidad de un fenómeno revolucionario, extraordinario en su esencia y formidable en su proyección hacia el futuro […] que ha hecho trizas los viejos moldes de la política que ensombrecieron los días de la república, prostituyeron las instituciones y escarnecieran a todo un pueblo”.
Por entonces, se define a favor del revisionismo histórico y, llevado por su espíritu militante, participa en una “Comisión Popular Argentina para la Repatriación de los restos del Brigadier General Juan Manuel de Rosas”, en la cual se desempeña como Secretario General. Resulta interesante consignar que su tránsito por el revisionismo histórico adquiere perfiles singulares, diferenciándose de “los rosistas” de esa época (Anzoátegui, Irazusta, Oliver y otros), quienes adoptan una actitud de prudente respeto a la figura de Bartolomé Mitre. A éstos, Homero Manzi les criticará, en frase siempre recordada: -ustedes se meten con todos los próceres, menos con el que se dejó un diario de guardaespaldas-. En cambio Olmos, firme en su iconoclastía, no solo reivindica a Rosas sino que arremete contra Mitre y contra La Nación.
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Así sostiene, en un folleto publicado en abril de 1949: “(…) A Mitre le perdonan los sangrientos crímenes de Arroyo del Medio y su falta de patriotismo al negar los derechos de su patria a las Islas Malvinas durante el gobierno del Gral. Roca. (…) La Nación empeña su esfuerzo para evitar la exhumación histórica de Rosas, pero le tienen sin cuidado algunos antecedentes que sirvieron, tal vez, para encumbrar a Mitre en su categoría de prócer. (…) Dichos antecedentes (…) no justifican el extraordinario relieve alcanzado por su personalidad en la perspectiva del tiempo. Cabe al respecto el interrogante sobre las causas o factores determinantes de su jerarquización procérica. ¿Será por su capacidad militar? Ejemplo de ella: la fuga de Cepeda, Pavón, donde retirándose hasta San Nicolás, ignoraba que había triunfado, su huida a Azul (…) cuando en las faldas de Sierra Chica los indios armados de lanza, luego de dispersar sus fuerzas, casi lo toman prisionero; el combate de La Verde, de donde huyó con sus 9.000 milicianos, batido por los 850 hombres del coronel José Inocencio Arias. Por algo Vélez Sarsfield lo llamó “el mejor poeta entre los militares y el mejor militar entre los poetas”. Luego agrega, siempre refiriéndose a los supuestos “méritos” de Mitre para el procerato: “…¿Será por haber inventado el parte de Caseros o por haber puesto todos oficiales extranjeros, especialmente uruguayos? (…) ¿Será porque los proveedores (de la guerra de la Triple Alianza), cuyas fortunas se hicieron a la sombra de Mitre, le regalaron a éste la casa que hoy ocupa la opulenta imprenta de La Nación? ¿Será porque sustituyó el himno nacional argentino por una canción suya, que hacía cantar todos los 25 de Mayo en el Teatro Colón? ¿Será por sus virtudes cívico-democráticas que le hicieron imponer su candidatura única, basada en el irreductible argumento de la fuerza? ¿Será por lo que le hizo decir a Sarmiento respecto del gobierno de Mitre, que “obtuvo el triunfo del voto unánime” de los pueblos vencidos, aterrados y despojados de sus bienes?
Pero nada logrará La Nación aferrándose a teorías y falsos juicios que si hasta hace pocos años pudieron hacer escuela, hoy se han desvalorizado por el imperio de una nueva conciencia. El pueblo argentino no volverá a creer jamás en las imposturas amargas que educaron su infancia”. Así reparte mandobles el joven Olmos, un día al coronel Descalzo, presidente del Instituto Nacional Sanmartiniano, otro día, a La Nación, uno de los más poderosos órganos de prensa de la Argentina.
En 1953, a través de John W. Cooke, toma contacto con el presidente Perón y le entrega una propuesta de creación de una Secretaría de Asuntos Latinoamericanos, en la perspectiva del acercamiento de nuestros pueblos –que Argentina practica, por entonces, respecto de Chile y Brasil– en la estrategia de la unión latinoamericana.
Consolidada su posición nacional, apoya la experiencia peronista de esos años, aún cuando su implacable mirada crítica lo lleve a disentir con alguna medida, diferencias que, por otra parte, son naturales en todo período histórico de cambio. Carecemos, por ahora, de información acerca de si, entre 1954 y 1955, tomó cierta distancia del peronismo. (Su amigo y maestro José L. Torres se desplaza hacia la oposición y a fines de 1955 publica el periódico Política y políticos, de orientación lonardista.) De lo que no cabe duda es que cuando se produce el golpe se septiembre de 1955, Alejandro integra las huestes de la “resistencia”.
“El mundo que conocíamos, el mundo cotidiano, cambió por completo –recordaría luego César Marcos, un compañero de lucha-. La gente, los hechos, el trabajo, las calles, los diarios, el sol, la vida se dieron vuelta. De repente, entramos en un mundo de pesadilla…” En esa noche sombría de la primavera de 1955, mientras los burócratas esquivan responsabilidades, dan un paso al frente los luchadores populares: Scalabrini Ortiz desde El Líder, Jauretche desde El 45, Lagomarsino y Marcos desde El guerrillero, Esteban Rey desde Lucha Obrera y Alejandro Olmos con su Palabra Argentina, principales voceros del pueblo inerme enfrentado a la contrarrevolución oligárquica.
Alejandro inicia entonces la experiencia de la clandestinidad, del combate desigual contra una represión despiadada. A partir del 13 de noviembre, día en que aparece su periódico, se entrega con alma y vida a esa lucha, redoblando esfuerzos de todo tipo, desde conseguir el dinero hasta buscar la imprenta capaz de jugarse en la patriada, así como redactar la mayor parte de los artículos con los cuales Palabra Argentina enjuicia al gobierno de Aramburu y Rojas.
“Sumergido el pueblo en las tinieblas de la injusticia de las arbitrariedades de la revolución usurpadora, la voz saliente y arrolladora de Palabra Argentina aplicó - en aquellas dramáticas jornadas – el primer puñetazo en pleno rostro del “vencedor” envalentonado por las armas…Palabra Argentina dio el primer grito de rebeldía –recordará un orador en un acto de homenaje del 11/11/61- y fue factor aglutinante en esos momentos de espanto y amargura.”
Pero la reacción no tarda en contragolpear: secuestro de la edición, persecución policial, allanamiento de su domicilio.
El 9 y 10 de junio de 1956, ante un intenso insurreccional cívico-militar, el gobierno aplica la Ley Marcial y fusila a 27 compatriotas. Olmos sufre hondamente esta masacre no sólo por sus compañeros de lucha sino porque, además, allí muere un familiar y gran compañero, el coronel Ricardo Ibazeta, fusilado en Campo de Mayo, pues vanamente su mujer y sus hijos piden por su vida ya que, según lo registrará un poema de combate, “el presidente duerme”. Hacía mucho tiempo que en la Argentina no se aplicaba la pena de muerte. Palabra Argentina no sólo denuncia los fusilamientos sino que convoca a una marcha del silencio en homenaje a los caídos, “desafiando a los responsables de los fusilamientos de junio”.
Durante los dos años y medio que van desde el golpe militar hasta las elecciones de febrero de 1958, Alejandro vive en pleno combate, redoblando su entusiasmo y coraje para acompañar a los compañeros en esa lucha quijotesca que se da a través del “caño”, el sabotaje, la huelga o la manifestación improvisada. Las casas de los peronistas se convierten en focos de resistencia, las cocinas en centros conspirativos, los pocos periódicos que circulan van de mano en mano, leídos y releídos en el supremo intento de mantener la cohesión del movimiento y no bajar los brazos.
El padre Hernán Benítez le escribe a Perón , en esa época: “Por entonces, entre varios semanarios que le pegaban sin asco al gobierno, descollaba Qué… con Scalabrini Ortiz -¡formidable!- , Jauretche, también Güemes (El Federal). Olmos sacaba Palabra Argentina, con constancia indomable. Padeció de todo. Le secuestraron cinco números. Le allanaron la casa. Lo persiguieron y siguió en la cosa”.
En ese período sufre varias detenciones, que en modo alguno debilitan su ánimo. Cada vez que recupera la libertad, vuelve nuevamente a sus reuniones, a sus artículos y otra vez Palabra Argentina reflorece desde sus propias cenizas. “Conocemos perfectamente cuál es la línea de conducta del compañero Alejandro Olmos –testimonia Luisa Bustos Fierro de Feraud-. Insobornable hasta el extremo de haberlo perdido todo, desde la tranquilidad hasta su casa, sin contar sus encarcelamientos y las largas persecuciones. A este hombre con temple de acero nadie podrá doblegarlo ni hacerlo claudicar en su lucha titánica por la recuperación de nuestras banderas… Así como este pueblo no pudo ser doblegado por la fuerza ni el asesinato, Palabra Argentina tampoco conoció cobardías ni claudicaciones. Leal a la misión que se impuso cuando salió a desafiar a la tiranía, esta hoja panfletaria fue leal a la causa popular que levantó como bandera y como arma”.
Con “el pacto”, las elecciones y la asunción de Frondizi a la presidencia, el año 1958 ofrece un respiro de algunos meses a la militancia, hasta que resulta evidente el abandono del programa electoral por otro, antagónico: concesiones petroleras, inversiones extranjeras, “Plan de estabilización y desarrollo” acordado con el Fondo Monetario Internacional, privatización del frigorífico municipal. Alejandro vuelve, entonces, con su Palabra Argentina, y en enero de 1959 participa activamente en la lucha por los trabajadores de la carne –liderada por Sebastián Borro- y en el intento de huelga general revolucionaria. De nuevo es conducido a prisión, donde permanece varios meses.
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Al poco tiempo de salir en libertad, lanza nuevamente su semanario. Si antes había enfrentado la mordaza del decreto 4161 que prohibía mencionar todo aquello relacionado con el movimiento derrocado en 1955, ahora enfrentará a los tribunales militares del Plan Conintes, como asimismo a la permanente censura en los medios de expresión. No se arredra, sin embargo, y continúa la pelea, hasta que la inflación eleva desmesuradamente los costos y lo obliga a suspender la publicación de su periódico.
Sin embargo, no se da por vencido, y un año después, el 28 de junio de 1961, reaparece Palabra Argentina, como siempre, bajo su dirección. Allí sostiene: “Palabra Argentina no ostenta mejor aval que todas las interrupciones de su accidentada vida. Cada clausura ha sido un mojón más en esta ruta hacia los objetivos de la Liberación Nacional”.
En el mundo político ya es conocido, pero rechaza toda posibilidad de obtener algún cargo rentado de manera estable. Su independencia es la joya más preciada y no la habrá de perder, ni debilitar por compromiso alguno con nadie cercano al poder. Su austeridad es ejemplo para su familia y así como sufrió cárcel, sufrirá también estrecheces económicas, pero mantendrá siempre la plena libertad para levantar su voz, sin concesiones, frente a quienes saquean a su patria. Así rechaza varias propuestas para desempeñar puestos públicos entre 1973 y 1976, con plena conciencia –ya en los cincuenta y algo- que tampoco obtendrá jubilación alguna en el futuro, pues no ha efectuado los aportes correspondientes.
Solo en enero de 1976 asesora por unas pocas semanas al ministro del Interior, su amigo Roberto Ares, pero al poco tiempo vuelve al llano. Un amigo le sugiere que un cargo público podría derivar en un jubilación de privilegio, pero él se desinteresa del tema y continúa su camino sin importarle la propuesta.
Otras son sus preocupaciones ahora que se ha producido el golpe militar del 24 de marzo de 1976, cuando recrudece la represión hasta insospechados límites de crueldad, y cuando Martínez de Hoz pone en marcha, desde el Ministerio de Economía, un “modelo” de capitalismo financiero dependiente, centrado en el endeudamiento externo, la libertad de tasas, la apertura económica, las bicicletas financieras y la fuga de capitales. Alejandro examina atentamente las medidas adoptadas por la dictadura militar, así como sus efectos en el mercado financiero y en el movimiento de divisas.
Con enormes dificultades logra documentación acerca del endeudamiento de las empresas públicas, del ingreso de capitales extranjeros, de la variación de las tasas de interés internas y externas. Son varios años de minuciosa investigación. Aquel muchachito que había aprendido a desmenuzar balances con José Luis Torres se convierte ahora en fiscal implacable de los tejes y manejes de los “Chicago Boys” y los principales bancos de plaza. Moviéndose en esa maraña de cifras, desnuda la siniestra verdad de todas las negociaciones vinculadas a la deuda externa.
Pertrechado de datos y pruebas suficientes, a mediados de 1982, cuando aún no ha terminado la represión, este increíble Quijote aparece en el Juzgado Nacional de Primera instancia en lo criminal y correccional Federal N° 2, del Dr. Miguel del Castillo, para presentar su denuncia contra José Alfredo Martínez de Hoz y demás responsables, fundada en que “el plan económico concebido y ejecutado por el Ministro de Economía de la Nación en el período 1976-1981 se realizó con miras a producir un incalificable endeudamiento externo, que el ingreso de divisas tuvo por objeto la especulación financiera y la evasión de capitales, así como la apertura económica produjo cierre de empresas y dificultades en la capacidad exportadora y de producción y crecimiento del país”. Dicha denuncia la amplía, con fecha 13/10/83, agregando nuevos antecedentes.
De esta manera da la batalla que proseguirá hasta su muerte. Infatigable, tozudo, con increíble perseverancia, Olmos mantendrá activa esta causa, agregando nuevas pruebas y documentos. Foja sobre foja se irán conformando cuerpos que configurarán un monumento de esa vergüenza nacional. Durante esos años, multiplica esfuerzos brindando conferencias e interviniendo en mesas redondas sobre la cuestión de la deuda. Viaja incansablemente, polemiza e intenta introducir su verdad en “los medios”, sorteando los obstáculos de la aceitada maquinaria dominante. Al mismo tiempo, prosigue investigando las diversas cuestiones vinculadas a la deuda externa, como el alza de las tasas de interés aplicadas por los Estados Unidos o la estatización de la deuda externa privada, orquestada por González del Solar y Cavallo en las postrimerías de la dictadura militar, que opera –a través de los seguros de cambio- durante el gobierno de Alfonsín.
El 5 de septiembre de 1984, la cuestión de la deuda externa adquiere estado público con el allanamiento del estudio Klein-Mairal, dispuesto por una comisión parlamentaria. “Allí –sostiene Olmos-, 200 carpetas revelaban de manera inequívoca todos los hilos de la conspiración económica que pasaban por las manos del Secretario de Estado Dr. Klein”. Con este motivo, el Congreso lo convoca y se desempeña como “asesor de hecho de la comisión investigadora y luego como asesor (oficial) de la comisión de Economía del Senado”.
Aporta allí al esclarecimiento de los aspectos ilegítimos de diversas negociaciones de deuda externa, pero finalmente el Congreso deja dormir esa valiosísima documentación. Los diputados radicales sostienen que la promesa de Alfonsín de “distinguir la deuda legítima de la deuda ilegítima” no puede cumplirse, pues ello resultaría “incompatible con la estrategia económica del gobierno”.
En esa época Alejandro redacta su libro sobre la deuda, entregado a la imprenta a fines de 1989 y cuya primera edición llega a las librerías en los primeros meses de 1990: “Todo lo que usted quiso saber sobre la deuda externa y siempre se lo ocultaron”. Si el libro resume una patriada, la edición del mismo adquiere el mismo carácter de insólita gesta: la denominada “Editorial de los Argentinos” –al margen del mundo comercial- se nutre del esfuerzo del propio Olmos y de un grupo de amigos coincidentes con la lucha antiimperialista.
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“Olmos denunció arbitrariedades, acusó privilegios y condenó sistemas- define la solapa del libro-. El proceso judicial de la deuda externa de que trata este libro es el combate que Olmos libra en circunstancias trascendentales de la política argentina. Esta obra es su aporte al conocimiento de la verdad, desafiando, como siempre, los riesgos que supone enfrentar a los poderosos”.
La aparición del libro le permite intensificar la tarea de difusión, especialmente ahora [el artículo fue escrito durante el gobierno menemista], cuando las privatizaciones de las empresas públicas y la consiguiente “capitalización de la deuda externa” anudan otro eslabón al vasallaje y acentúan la naturaleza corrupta de las negociaciones. Mientras, la acción judicial prosigue y los peritajes demuestran, paso a paso, la veracidad de sus imputaciones.
Una de las incidencias de ese proceso judicial le permite a Olmos enviar una carta abierta al ministro Domingo Cavallo, bajo el título “La indignidad de un ministro”. Allí sostiene, el 30 de junio de 1994: “El Juzgado Federal que investiga penalmente mi denuncia sobre la estafa de la deuda externa recibió del Banco Central los textos de algunos acuerdos celebrados con el FMI, pero en idioma inglés, porque el Banco no disponía de textos en castellano. Ante ello, el Juez reclamó a su Ministerio el envío de las correspondientes traducciones oficiales. En respuesta, su Ministerio comunicó que se hallaba gestionando ante el FMI (en Washington) las copias en castellano de dichos acuerdos. Vale decir: su Ministerio y el Banco Central se manejan en inglés. Y cuando se necesita volcar tales documentos al idioma del país, su Ministerio recurre a Washington para obtener traducciones al español (¡!). Fue así que, meses después del reclamo judicial, su Ministerio envió al Juzgado los textos en castellano que el FMI le remitiera. Y con membrete –por supuesto- del mismo Fondo. Este vergonzoso hecho –que los argentinos deben conocer- me obliga a señalar que su respuesta a la justicia de mi país constituye una afrenta a la dignidad nacional y una prueba de su desprecio a las instituciones y a la condición independiente de la República”. Sobre esta misma cuestión, lanza, poco mas tarde, un volante titulado “Traición se escribe en inglés”.
En esa época, con la colaboración de algunos compañeros del campo antiimperialista –entre otros, Norberto Acerbi, Luis Donikiany, Carlos Juliá-, Alejandro funda el Foro Argentino de la Deuda Externa.
Desde allí continúa la lucha infatigable: “Compatriota: te convocamos a una nueva guerra por la independencia, la lucha contra la Deuda Externa. Contra esa Deuda –fraguada y fraudulenta- donde se asienta un sistema de dominación y de injusticia… Esta no es la causa de un sector ni de un partido. Es la causa de todos… junto a los pueblos que, en la Patria Grande de la América nuestra, no se someten al poder financiero que roba y esclaviza”.
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Asimismo, viaja al exterior y participa en diversos congresos. A fines de 1998, expone, en Bruselas y Ámsterdam, acerca de “el caso argentino” –único país donde el tema de la Deuda ha sido planteado ante la justicia-, asistiendo luego al Encuentro Internacional realizado en Caracas y poco más tarde, en abril de 1999, presentando un informe ante el Tribunal Internacional de la Deuda, reunido en Río de Janeiro.
Mientras, el juicio continúa sustanciándose –lleva ya diecisiete años desde su iniciación- y acumula más de 30 cuerpos y 500 anexos. Las pericias han acreditado el carácter fraudulento de la deuda y los graves daños ocasionados al país. Su carácter delictuoso resulta evidente, llegándose al extremo de que el Banco Central reconoce carecer de registraciones sobre la deuda y para “la administración de la misma” se constituye un comité de siete bancos acreedores liderados por el Citibank, “comité que será quien determine cuánto debe el país, a quién y cuándo debe pagar”.
Cercanas las elecciones del 24 de octubre de 1999, Alejandro envía sendas cartas abiertas a los dos candidatos a presidentes –Eduardo Duhalde y Fernando de la Rúa- exhortándolos a oír el reclamo popular y “no pagar lo que no se debe, ni lo que es ilegítimo y a demandar la devolución de los pagos mal habidos, exigiendo reparaciones por los daños causados”. A Duhalde le imputa complicidad desde la función pública “al someterse a la trampa de los delincuentes internacionales”. A De la Rúa le refuta su compromiso de “honrar la deuda” y lo alerta especialmente sobre la posible designación –en el caso de triunfar- de José Luis Machinea como ministro de Economía, así como el posible nombramiento de Daniel Marx para negociar la deuda, sosteniendo que ambos ya se han desempeñado en gobiernos anteriores y no constituyen garantía alguna de desempeño en defensa de los intereses nacionales. La carta a De la Rúa termina proféticamente: “Y no olvide aquella sentencia del presidente Sarney del Brasil cuando advirtió: Deuda que se cancela con la miseria, ¡se paga con la democracia!
En esos días de noviembre o diciembre de 1999, me encontré con él por última vez. A los setenta y cinco años –no obstante la grave enfermedad que ya lo aquejaba- Alejandro Olmos mantenía plenamente sus ímpetus de luchador, así como sus proyectos. Me explicó que estaba dispuesto a remover cielo y tierra para lanzar nuevamente Palabra Argentina, pero ahora como diario. Era imprescindible –me dijo- estar todos los días junto al pueblo revelando verdades, acompañando sus experiencias… Por supuesto, le prometí mi colaboración, pero cuando le aduje que para aparecer diariamente se necesitaría una fuerte financiación, que estimaba muy difícil de lograr, hizo un gesto de contrariedad, como negándose a aceptar los obstáculos que imponía la realidad.
-Pero ¡como se le ocurre que no vamos a conseguir el apoyo financiero necesario! Pero sí, esté seguro que lo vamos a hacer… Y agregó, convencido: -Lo vamos a hacer porque es imprescindible hacerlo, ya mismo, pronto… En eso quedamos, y cuando nos despedíamos me comento con suma ansiedad: - Me informaron en el juzgado que la sentencia está por salir. Y reconoce todas mis denuncias, ¿qué le parece?.
Contó las moneditas para el colectivo –él, que hacía dos décadas que había entregado su vida a contar cómo engrosaba la deuda externa en miles de millones de dólares-, y se perdió entre el ir y venir de sus compatriotas, en el atardecer de la Plaza de los dos Congresos.
En ese verano del 2000 –apesadumbrado por la muerte de uno de sus hijos-, Alejandro da su última batalla, esta vez contra el cáncer. En la noche del 24 de abril un amigo me informó que había fallecido.
La sentencia del juicio de la Deuda fue dada a conocer recién 80 días mas tarde: el 13 de julio. Si bien los imputados quedaban sobreseídos por el transcurso del tiempo, la justicia reconocía como correctas las denuncias de Alejandro y dada la gravedad del asunto transfería el expediente –después de 18 años- al Congreso Nacional para que se informara y adoptara las medidas correspondientes.
Algunos amigos lamentaron que Alejandro no hubiese vivido un tiempo más para gratificarse al conocer esa sentencia que venía a dar razón a su larga y porfiada lucha. Seguramente le hubiese gustado leer detenidamente ese documento –como siempre, a microscopio, detectándole concesiones y sutilezas-, pero, de cualquier modo, los hombres como Alejandro Olmos no necesitan el reconocimiento de ningún juzgado, ni tampoco la necrología que le negaron casi todos los diarios. Como decía Arturo Jauretche refiriéndose a los luchadores nacionales que, como en este caso, “entran en todos los barullos, pero no en la listas de cobranza”, ellos están seguros de “ser los triunfadores, porque van a la lucha sabiendo que sólo son eslabones”.