Rosas

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lunes, 26 de mayo de 2014

Golpe de Estado de 1955.- Fusilamientos- ley Marcial

Por el Dr. Carlos Alberto De Santis)
       En el año 1955 los factores de poder mundial, representados por personeros nacionales, derrocaron al gobierno constitucional del Gral. Juan Domingo Perón, terminando un proceso socio político revolucionario que permitió al pueblo obtener en forma real y efectiva sus derechos largamente postergado, basados fundamentalmente en los principios plasmados en la ejemplar constitución dictada en el año 1949.-
            Perón convencido sobre el “derecho de las bestias”,  eligió el tiempo al derramamiento de sangre del pueblo.-
           En septiembre de 1955, asumía una junta militar que había usurpado el poder por la fuerza, pero ello no era suficiente, y para continuar su plan debieron cometer atroces crímenes, en lo económico, legal y humano.-
        La reacción de diversos sectores no se demora, y entre ellos encontramos los levantamientos del mes de  9 de junio de 1956.-
Dicho gobierno de facto establece a las 0:32 del 10 de junio de 1956, la Ley Marcial por el decreto de Aramburu, Rojas, los ministros de Ejército, Arturo Ossorio Arana, de Marina; Teodoro Hartung; de Aeronáutica, Julio César Krause y de Justicia, Laureano Landaburu. Es decir, que para aplicar la ley marcial a los sublevados ésta debía ser aplicada con retroactividad al delito cometido, violando el principio legal de la irretroactividad de la ley penal. Pocas horas después, firman el decreto 10.363 que ordena fusilar a quienes violen la Ley Marcial. La masacre por fusilamiento estaba decidida por el gobierno de Aramburu. Entre las 2 y las 4, se asesina a los detenidos en Lanús. Horas más tarde, en los basurales de José León Súarez, la policía bonaerense, a cargo del teniente coronel Desiderio Fernández Súarez le ordena al jefe de la Regional San Martín, comisario Rodolfo Rodríguez Moreno, que ejecute, con armas cortas, a 12 civiles, de los cuales siete logran huir pero cinco mueren. Uno de los sobrevivientes, Juan Carlos Livraga, será el "fusilado que vive" que permite reconstruir la historia.
Lista de los muertos-asesinados-fusilados
En Lanús,  10 de Junio de 1956
• Tte. Coronel José Albino Yrigoyen, • Capitán Jorge Miguel Costales,• Dante Hipólito Lugo, • Clemente Braulio Ros,• Norberto Ros y • Osvaldo Alberto Albedro.
Los basurales de José León Suárez,Fusilados por la espalda:
Nicolás Carranza, Francisco Garibotti, Carlos Alberto Lizaso, Mario Brión y Vicente Damían Rodríguez. Sobrevivientes: Además de Livraga, habían logrado huir 6 civiles más: Horacio Di Chiano, Miguel Angel Giunta, Rogelio Díaz, Norberto Gavino, Julio Troxler y Reinaldo Benavidez.
Muertos por la represión en La Plata 10 de junio de 1956
• Carlos Irigoyen, • Ramón R. Videla y • Rolando Zanetta.
Fusilados en La Plata 11 y 12 de junio de 1956
• Teniente Coronel Oscar Lorenzo Cogorno,
• Subteniente de Reserva Alberto Abadie
Fusilados en Campo de Mayo 11 de junio de 1956
• Coronel Eduardo Alcibíades Cortines, • Capitán Néstor Dardo Cano, • Coronel Ricardo Salomón Ibazeta, • Capitán Eloy Luis Caro, • Teniente Primero Jorge Leopoldo Noriega y   • Suboficial Néstor Marcelo Videla.-
Asesinados en la Escuela de Mecánica del Ejercito 11 de junio      • Sub Oficial Principal Ernesto Gareca;  • Sub Oficial Principal Miguel Ángel Paolini; • Cabo Músico José Miguel Rodríguez; y  Sargento Hugo Eladio Quiroga.
Ametrallado en el Automóvil Club Argentino 11 de junio de 1956
(falleció el 13 de junio de 1956 en el Hospital Fernández)
• Miguel Ángel Maurino
Fusilados  En la Penitenciaria Nac.  de la Av. Las Heras 11 de junio
• Sargento ayudante Isauro Costa
• Sargento carpintero Luis Pugnetti y
• Sargento músico Luciano Isaías Rojas
Fusilado en la Penitenciaria Nacional de la Av.Las Heras 12 de junio
• Gral. De División Juan José Valle.-
Entre otros encarcelados, torturados y fusilados (ley marcial, Dec. 4161, etc.)
El 12 de junio, a las 22:20, Valle fue fusilado con fusil Máuser 7,65 mm Mod. Arg. 1909, por un pelotón cuyos nombres se clandestinizaron como secreto de Estado.- No hubo orden escrita ni decreto de fusilamiento, ni registro de los responsables.
El saldo de esas 72 horas de junio de 1956 fue trágico y premonitorio: 18 militares y 13 civiles asesinados.-

Los pueblos que olvidan su historia tienen un futuro sin paz y sin gloria.-
Las naciones se edifican sobre las tumbas de sus muertos.-

viernes, 23 de mayo de 2014

Para juzgar a Hugo Wast hay que conocerlo

Por Prudencio Martínez Zuviría


Con asombro he tomado conocimiento que gente del Inadi, junto a miembros de la Daia, intentan cambiar el nombre de la calle Hugo Wast de esa ciudad, seudónimo del Dr. Gustavo Martínez Zuviría, mi abuelo.  El año pasado vivimos en las ciudad de Córdoba una historia parecida y con los mismos protagonistas. Tal vez ahora cambien los nombres pero no los grupos. En aquella oportunidad no tuvieron éxito, ya que se pudieron aportar fundamentos que dieron por tierra con las mentiras dichas contra el querido novelista. Lamentablemente esta gente ataca y demoniza la figura de Hugo Wast sin, por lo general, haber leído su obra ni conocer su persona.  Nuestra familia siente y vive a Santa Fe como algo propio, ya que llevamos en nuestras venas sangre de antiguas familias que protagonizaron la historia vieja de Santa Fe. Vayan pues algunos datos.  Gustavo Martínez Zuviría nació en la ciudad de Córdoba el 23 de Octubre de 1883, siendo su padre el prestigioso jurisconsulto Zenón Martínez Cabanillas, de larga trayectoria en su querida provincia mediterránea y que de niño estudiara en el prestigioso colegio jesuítico de la Inmaculada Concepción, en la ciudad de Santa Fe. Allí trabará amistad con otros jóvenes estudiantes que luego alcanzarán notoriedad como escritores y políticos; entre ellos, Juan Zorrilla de San Martín, Miguel Ángel Cárcano y José Gálvez, quien siendo gobernador de Santa Fe invitará a don Zenón a su provincia para que se incorpore a la flamante Universidad de Santa Fe. Martínez aceptará el convite; llegará a viudo y con dos pequeños hijos, y se afincará allí hasta su muerte.  Durante esos años, el conocido jurisconsulto ejercerá tres veces el rectorado de la universidad provincial, y será decano de su Facultad de Derecho. También ocupará los cargos de Defensor de Menores en Rosario y Santa Fe, juez del Crimen, juez en lo Civil y Comercial, camarista, convencional constituyente, diputado, senador y presidente del Superior Tribunal de Justicia de Santa Fe. En ese tramo de su vida, volverá a contraer nupcias con la joven santafesina Margarita Gálvez, hermana de su viejo amigo.
 A su vez, la madre de Hugo Wast era doña Carolina de Zuviría, nieta de un ilustre abogado y tribuno salteño, el Dr. Facundo de Zuviría, bisabuelo de Hugo Wast, redactor de la primera Constitución de Salta, senador, canciller, ministro de Justicia e Instrucción Pública y presidente del Congreso General Constituyente que en 1853 sancionó la Constitución Nacional en la ciudad de Santa Fe.
El joven Hugo Wast ingresó al Colegio de la Inmaculada Concepción, como antes lo había hecho su padre. Allí se educó y formó, recibiéndose de bachiller en 1901. Fue designado primer bibliotecario de la Universidad de Santa Fe y, al año siguiente, inició en esa casa la carrera de Derecho. Se recibió de abogado en 1907 y ese mismo año actuó como secretario de la Asamblea Constituyente de Santa Fe. Al año siguiente contrajo matrimonio con la joven santafesina Matilde de Iriondo Iturraspe, y también obtuvo una plaza de profesor en el Colegio Nacional Simón de Iriondo de Santa Fe. Más adelante enseñará la asignatura de Sociología, de reciente creación, en la Universidad de Santa Fe.
Fue uno de los fundadores del Partido Demócrata Progresista en 1914 y al año siguiente integró la fórmula Thedy-Martínez Zuviría que perdió las elecciones provinciales.
En 1916 obtuvo por oposición la cátedra de Economía Política en la Universidad de Santa Fe y fue elegido diputado nacional por esta provincia. Ese mismo año su novela “La Casa de los Cuervos”, que habla de la historia santafesina, ganó el primer premio del Ateneo Nacional.
En 1922 renunció al partido Demócrata Progresista por el carácter anticatólico que había tomado la agrupación, pero manteniendo la gran amistad que lo unió siempre a don Lisandro de la Torre.
En 1923 la Real Academia Española premió con medalla de oro (el máximo premio en lengua española) a su obra “Valle Negro”. Y tres años después el gobierno argentino le otorgó el Gran Premio Nacional de Literatura por su obra “Desierto de Piedra”. Un lustro más tarde, la Real Academia Española lo designó académico correspondiente. También fue nombrado miembro de número de la Academia Argentina de Letras. Su vasta obra literaria lo convierte en uno de los escritores argentinos más premiados, como asimismo el que más libros escribió y vendió en la historia de las letras argentinas. Sólo en nuestro país vendió más de 3 millones de ejemplares, y otro tanto en los 15 idiomas a los que fue traducido, además de haber sido en su tiempo el escritor más leído en el mundo de habla hispana.  Este abogado católico, que tenía dos doctorados y hablaba varios idiomas, integró muchas instituciones, entre ellas la Academia Colombiana de Letras, fue miembro de número del prestigioso Instituto de Investigaciones Científicas de Madrid, presidente de la Comisión Nacional de Cultura, director de la Biblioteca Nacional durante 24 años (1931-1955). Durante su dirección -que fue la segunda más larga después de la de Paul Groussac-, el acervo literario y documental creció de poco más de 200.000 libros a más de 700.000, con las mejores colecciones. Fue el creador de su hemeroteca.   La gente del Inadi y la Daia lo ataca diciendo que Hugo Wast fue antisemita y nazi por dos de sus novelas: “El Kahal” y “Oro”. Nada más lejos de la verdad y tan próximo a la mentira.  Dichas novelas fueron “prohibidas en la Alemania nazi”, por que sus autoridades no aceptaban que Hugo Wast tratase en sus obras la cuestión judía desde una óptica católica. Es decir, desde un punto de vista bíblico y no racial, como ellos pretendían. La consecuencia de su rotunda negación como católico a aceptar ese planteo, fue su prohibición por los nazis bajo la acusación de que mentía en sus obras. Esto es importante saberlo y decirlo.
Desde Berlín se le informaba el día 3 de Mayo de 1939 lo siguiente (textual): “La obra del Sr. G. Martínez Zuviría “Oro” traducida por el Dr.Wurschmith ha sido objetada por las autoridades. En consecuencia es imposible editar el libro en Alemania con su actual redacción. Sobre todo la última parte del libro, es contraria a las formas alemanas del problema del judaísmo, que únicamente ha sido contemplado desde el punto de vista de las razas”.  Ante esa situación, el escritor les escribió diciéndoles que no aceptaba bajo ningún concepto que el tema de los judíos fuera tratado como algo racial, ya que él como católico jamás lo podría aceptar de esa forma.
Las autoridades nazis le contestaron otra carta. Allí, entre otras cosas, le decían, (textual): “Berlin, 27 de junio de 1939. Hemos recibido su carta del 3 de junio...Como hilo rojo corre a través de todo el libro la cuestión judía tratada como un problema religioso. Este modo de ver se lo considera actualmente en Alemania como una ‘falsificación’. Nos veríamos obligados a cambiar el libro en todos esos lugares en que se considera al judaísmo una secta religiosa y no como una raza con características indelebles...”.
Gustavo Martínez Zuviría fue condenado y perseguido por haber escrito “El Kahal” y “Oro” bajo el pseudónimo de Hugo Wast, pero lo realmente imperdonable en Hugo Wast a los ojos de sus perseguidores consiste en que el protagonista de esta novela, de origen judío, se convierte al catolicismo.
Hugo Wast no profesaba enemistad hacia los judíos -como sus detractores señalan-, porque eso era inaceptable para un católico practicante como él, sino que combatió a los enemigos de la Iglesia sin temer las consecuencias, porque su fe era fuerte, su amor grande y su coraje admirable.
Lo llamativo es que los que pretenden quitar su nombre de la calle Hugo Wast no mencionan su inmensa obra literaria, ni todo lo que hizo y dio por ésta su querida Santa Fe, ciudad a la que amó y en donde encontró su primer y único amor, una santafesina que le daría trece hijos y casi sesenta nietos

lunes, 19 de mayo de 2014

LAS FALACIAS DE ROBERTO AZARETTO SOBRE LA VUELTA DE OBLIGADO

Por el Dr. Edgardo Atilio Moreno 


En el Nº 45 de la revista “La Fundación Cultural”, se publicó un articulo titulado “La batalla de la Vuelta de Obligado y la supremacía porteña”. Su autor, el recientemente incorporado a la Academia Argentina de Historia, Roberto Azaretto, tiene editados varios libros; entre los cuales se destacan “Historia de las fuerzas conservadoras”; “Ni década, ni infame” y  “Federico Pinedo, político y economista”. Obras estas que, por sus títulos nomás, nos dan una idea del pensamiento político de dicho escritor y de la escuela historiográfica a la que adhiere.En efecto, Azaretto es un historiador tributario de la llamada Historia Oficial. Aunque a decir verdad trata de disimular su filiación siguiendo la línea inaugurada por Emilio Ravigniani con su Nueva Escuela Histórica. Es decir,  toma distancia de los liberales mas extremos y de la historiografía canónica que nos legara Mitre, Levene y compañía, sin dejar de lado su ideología y su aversión por el revisionismo.Esta estrategia, que le permite a los autores liberales pretender ser mas ecuánimes, honestos y abiertos, los habilita también para abordar temas que hoy por hoy resultan imposible seguir ocultando. La trampa esta en que al hacerlo conservan intacto el mismo enfoque antinacional de siempre; por lo que en definitiva la postura es la misma, solo que matizada y camuflada.   Ciertamente, en estos relatos ya no campean las mentiras más groseras de antaño, ni el odio desembozado a la figura de Rosas; no obstante ello la historia que se nos cuenta sigue estando al servicio de intereses foráneos y partidarios ajenos al bien de la Nación. Y es que el eje de esta historiografía se ha desplazado. Ya no descansa tanto sobre el ocultamiento o falseamiento de los hechos, sino más bien sobre los sofismas y los razonamientos falaces. Es decir –y hablando más “científicamente”- las falencias más notorias que ahora exhiben son más de índole hermenéutico que heurístico.  Así entonces, en el articulo de marras, Azaretto nos advierte que “comparar, como lo hace Pacho O Donnell, los sucesos de 1845 con la gesta de San Martín y el cruce de los Andes es ridículo”. Es mas,  considera que la decisión de Rosas de hacer frente a las incursiones extranjeras fue un “disparate”, y que el general Mansilla solo aceptó ponerse al mando de las tropas de la Confederación por “el gran amor a su esposa”; Agustina Rosas, la hermana menor del Restaurador.  Para mayores antecedentes agrega que Rosas ya había demostrado su “ineptitud” militar cuando hizo la campaña al desierto, pues en la misma “solo se cumplió la parte que le interesó a su provincia, dejando a las provincias cuyanas y a Córdoba con la indiada amenazando las estancias y poblados como antes.”  Luego -y dejando de lado estos detalles menores-, Azaretto pasa a lo que más les importa a los liberales, es decir, a cuestionar la política económica que llevó adelante don Juan Manuel. 
Así sostiene que Rosas “montó un aparato militar para someter a los pueblos del interior a la hegemonía porteña, financiado con las rentas del monopolio portuario porteño”, y que  “La famosa Ley de Aduana no tuvo efectos en el interior y los aportes a las provincias fueron mezquinos…” 

Fundamentando su concepción económica afirma que el progreso requiere la apertura de los mercados y la incorporación del mundo a la producción”; y se pregunta si ¿es nacional prohibirle a las provincias que utilicen sus puertos para exportar e importar sus productos?   Finalmente, y para rematar su crítica afirma maliciosamente que los intereses del Restaurador “están vinculados a los ingleses” y que “en su momento negoció el pago de la deuda por territorio, ofreciendo el reconocimiento de la soberanía inglesa en las Malvinas a cambio de la cancelación del empréstito contraído con Barings Brothers”.  Con las citas hasta aquí transcriptas basta ya para mostrar que este artículo no es más que una repetición de los viejos lugares comunes del antirosismo,  y de los caducos sofismas del liberalismo; más algún otro de renovado cuño. En consecuencia todo lo dicho ya fue refutado prolijamente por los historiadores revisionistas. No obstante ello, y a riesgo de ser tediosos, digamos lo siguiente:  En primer lugar, no nos sorprende para nada que el autor, al igual que todos los adalides de la “Civilización” y el “Progreso”, insista en hacernos creer que la acción del imperialismo -que se encubre con el eufemismo de la apertura al mundo-, es en realidad una influencia benéfica para nuestra Patria; lo que si indigna es que se sugiera que la defensa de la soberanía que llevó adelante el Ilustre Restaurador fuera en realidad una impostura, atento a que este tenia negocios con las potencias en cuestión. Incalificable acusación formulada en contra un hombre que no solo no se enriqueció en la función publica sino que por el contrario se empobreció merced a ella. Ejemplos de cómo sacrificó su peculio por el Bien Común los hay a montones; aunque la mentalidad crematística y egoísta de los liberales no los comprenda.  Para colmo Azaretto -en una concesión al marxismo- pretende adscribir a Rosas a la oligarquía; entendiendo por oligarquía a la clase terrateniente; sin percibir que la oligarquía mas que una clase social, es un estado espiritual y mental producto de la adhesión a una ideología antinacional, que trae consecuencias de distinta índole.   Además no se entiende como desde el liberalismo se puede criticar las negociaciones por el pago de la deuda externa, cuando son sus representantes los principales gestores del sometimiento a la usura internacional. Por otro lado, si bien Rosas se ocupó del tema, sin embargo no pagó un solo peso a los usureros y es bien sabido que la oferta de vender las islas Malvinas era al solo efecto de que el usurpador reconociera que no era el legitimo propietario de ese territorio irredento.  La otra cuestión, es decir, la del supuesto sometimiento de las provincias al gobierno porteño, realmente es antojadiza. Rosas, a diferencia de los unitarios y los liberales, siempre respetó las autonomías provinciales y nunca impuso por la fuerza gobernadores ilegítimos que le  fueran adictos. Si así hubiera obrado, los pueblos del interior no lo habrían respaldado cuando se enfrentó a la agresión externa. Actitud esta que no solo se explica por el patriotismo de aquello hombres sino también por que la política proteccionista de Rosas con su ley de aduanas les garantizaba la prosperidad económica.   Además el Restaurador permitió a las provincias que  manejen sus propias economías, que recauden sus propios impuestos, y  que dispongan de sus propios recursos financieros; acudiendo en su ayuda cada vez que fuera menester. Todo ello en armonía con el Bien Común de la nación; al cual también se subordinaban los intereses legítimos de la provincia de Buenos Aires; no como los unitarios que aprovecharon los recursos aduaneros en exclusivo provecho propio.  Pero yendo a la hipótesis del articulo, es decir, a la peregrina idea de que la batalla de Vuelta de Obligado carece de importancia alguna; seamos honestos, no es Pacho O Donnell quien compara este hecho histórico con la gesta de San Martín; es el propio San Martín quien lo hace cuando en carta a Guido expresa que dicha contienda es “de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de España”, manifestando además su deseo de ponerse al servicio de la Confederación que presidía don Juan Manuel. Y esto lo sabe cualquier aficionado a la historia desde que el revisionismo difundió sus hallazgos historiográficos. Y decimos desde entonces por que no es como dice Azaretto que siempre se enseñó en las aulas la batalla de Vuelta de Obligado; eso es falso, nunca –antes del accionar revisionista- escolar alguno escuchó hablar de aquella gesta y de su valor; por el contrario solo se les inculcó dogmáticamente una retahíla de mentiras sobre aquella época gloriosa. Sin embargo este autor, en su afán de escamotear meritos a Rosas aborda el tema obviando la postura que nuestro máximo héroe, el gral. San Martín, tenía al respecto. Es mas tiene la osadía de calificar de disparate a la decisión de hacer la guerra al invasor. Da la impresión que ignora que la política y la guerra van de la mano, parece que desconoce el viejo axioma según el cual la guerra es la continuación de la política por otros medios. Si su hermenéutica fuera correcta comprendería que la decisión guerrera del Restaurador, en el marco de su estrategia política, fue acertadísima. Pero claro, el animus injuriandi  nubla la visión. Por eso pretende abonar su falacia trayendo a colación una supuesta ineptitud de Rosas, demostrada ya en  ocasión de organizar la Campaña al Desierto. Como si no fuera sabido que aquella empresa tan necesaria, en la que don Juan Manuel puso tanto esfuerzo, quedó incompleta no por su culpa sino por el sabotaje de sus enemigos políticos. Y de esta crítica denigratoria no se salva ni el bravo Mansilla. Azaretto lo hace marchar a la guerra por “obediencia debida” a su esposa, cual si fuera un pobre “varón domado”. Por poco no dice que la vibrante arenga que este pronunció al comenzar la batalla se la obligaron a decir. A estos extremos se llega en el afán de ocultar que la batalla de Obligado marca un hito en el empeño de los argentinos de ser una nación soberana. Y aunque el resultado final de aquella gesta demuestra que el plan de Rosas fue un éxito, nuestro historiador liberal no se amedrenta y atribuye el fracaso de la expedición pirata a otras causas. Sostiene que se debió a las dificultades en la navegación del Paraná, “pues es un río sin obras de dragado ni señalización”, y a que las poblaciones tenían “poco poder de compra”. Concluyendo  que la batalla fue “un derroche de heroísmo”, es decir que se luchó al cuete, igual que en Malvinas, esa aventura absurda  hija del nacionalismo fascista, según sus palabras.  Y aquí mostró ya la hilacha Azaretto. Efectivamente, como se sabe impugnado y refutado de antemano arremete contra el revisionismo con el gastado pero siempre efectivo recurso de vincularlo al nacionalismo fascista. Y así dice que “el crimen del viejo revisionismo es que dio sustento intelectual a las corrientes antidemocraticas, pro militaristas y clericales que admiraban a países atrasados como la España y el Portugal de Franco y Salazar”.  Ya Antonio Caponnetto en su monumental obra “Los críticos del revisionismo histórico” refutó magistralmente este lugar común, así como todas las acusaciones que lanzaron los enemigos del revisionismo; y probó mas allá de toda duda que el revisionismo histórico argentino no necesariamente se identifica con el nacionalismo, y menos con el fascismo, el cual es anterior e independiente a el. Además el nacionalismo católico jamás se manifestó contrario a la verdadera libertad, o a la forma republicana de gobierno. Nunca apostó al totalitarismo, y ni siquiera de la dictadura como forma permanente de gobierno. Todo esto debería saber Azaretto si conociera los textos de los autores revisionistas o al menos si se hubiera tomado el trabajo de leer la silenciada obra de Caponnetto.Pero no queremos terminar estas líneas con un autor favorable sino con uno más del agrado de los liberales que sorpresivamente hecha por tierra las pretensiones escamoteadoras de la verdad histórica de la Historia Oficial, cosa que Azaretto niega. El mismo Juan Bautista Alberdi en sus “Escritos Póstumos”, dirá: “En nombre de la libertad y con pretensiones de servirla, nuestros liberales, Mitre, Sarmiento o Cía, han establecido un despotismo turco en la historia, en la política abstracta, en la leyenda, en la biografía de los argentinos. Sobre la Revolución de Mayo, sobre la guerra de la independencia, sobre sus batallas, sobre sus guerras, ellos tienen un alcorán que es de ley aceptar, creer, profesar, so pena de excomunión por el crimen de barbarie y caudillaje”. Y ese despotismo turco en nuestra historia aun sigue vigente.


miércoles, 14 de mayo de 2014

CIVILIZACIÓN O BARBARIE

Por Rubén Calderón Bouchet
La historia es vida y su persistencia en el presente desde el cual se la evoca es tanto más patente cuanto más vital la recepción hecha por el historiador. No obstante conviene distinguir entre la continuación de un discurso partidario y la exposición hecha por un analista capaz de descubrir el sesgo pasional de los protagonistas y ofrecer sus puestas con la vivacidad del que puede ponerse en todas o casi todas las situaciones que el complejo ámbito de la historia permite vivir. Sarmiento, en sus “Recuerdos de Provincia”, narra la impresión que le produjo la entrada en San Juan de las tropas de Facundo Quiroga. Podríamos preguntarnos si este recurso, escrito en su madurez, refleja con exactitud la auténtica emoción sufrida por el joven Sarmiento o es el producto elaborado y consciente de una imagen forjada por el ideólogo liberal que llegó a ser en el curso de sus rumias reflexivas y sus lecturas. No olvidemos que Quiroga era primo de su padre y que por muy extraña que haya sido la indumentaria de sus soldados y la rusticidad improvisada de sus armas, no había en ello nada que pudiera alarmar la experiencia cotidiana de un sanjuanino de su tiempo. Conocí San Juan antes que fuera reconstruida de nuevo a partir del terremoto de 1944 y no me extraña en absoluto la polvareda levantada por los duros caballitos riojanos del ejército de Facundo. ¿Podría asustar esto a gente acostumbrada a aguantar los embates del viento zonda que dejaban la población metida en una nube de tierra? La idea de que esos jinetes encarnaban la barbarie, es una noción totalmente libresca y el hijo de la muy cristiana Doña Paula Albarracín de Sarmiento sabía muy bien a qué atenerse con respecto a la educación que habían recibido aquellos guerreros armados “a la que te criaste” por su tío segundo Don Juan Facundo Quiroga. El denuesto “bárbaros” hará eco al de “salvajes” aplicado con igual pasión por sus enemigos federales a las tropas que entraron a sangre y fuego en las provincias y dejaron los rezagos de una civilización sembrada con metralla.
Sarmiento reunía todas las condiciones requeridas para hacer vivir un trozo de la historia de nuestro país. No escribía muy bien pero, como dice Borges, es fácil corregirlo pero no escribir con la vivacidad y la fuerza con que lo hacía. Desgraciadamente era un ideólogo y alguien que continuaba el discurso de Rivadavia y convertía el combate librado contra los caudillos federales en el símbolo de una gigantomaquia en la que luchaban dos fuerzas míticas: la civilización contra la barbarie.

Como los que combatían en la realidad eran hombres y no entelequias, el discurso de Sarmiento podía ejercer un fuerte influjo en los que todavía estaban bajo la sugestión de ese mito, pero nos deja completamente fríos a los que queremos, más allá de las consignas publicitarias, penetrar en el espíritu que animaba a quienes sostenían la batalla. Sí, entiendo: la civilización en contra de la barbarie ¿pero quiénes representaban a una y a otra? ¿Los caudillos que encarnaban los usos y las costumbres cristianas sembradas por España o los ideólogos formados en los principios de la ilustración?
No ve quien quiere si no quien puede y esta afirmación que se impone por el peso de la evidencia, se complica un poco pero no pierde veracidad, cuando trasladamos nuestra visión al campo de los hechos históricos. A primera vista los acontecimientos que ofrecen los datos existentes, pocos o muchos, no difieren esencialmente de aquellos que nos toca presenciar en nuestra vida cotidiana: hombres y mujeres movidos por sus ambiciones, sus orgullos, sus apetitos o sus temores debatiéndose en un ámbito cuyo decorado puede diferir del que habitualmente frecuentamos, pero cuyas preferencias valorativas, si son afines a las nuestras, nos permiten ver con más acuidad la secreta presencia de sus almas y penetrar más fácilmente en la hondura de sus sentimientos.
Las dos figuras que se imponen en la tajante dicotomía planteada por Don Domingo Faustino Sarmiento son las del “Chacho” Peñaloza y del propio Sarmiento que la planteó en los dos libros dedicados a Facundo Quiroga y al “Chacho”, y si hemos elegido la segunda, es porque Peñaloza representaba ante sus ojos la verdadera fisonomía del bárbaro con su pintoresco acento riojano y la ostentosa gallardía de su noble talante gaucho.
Se llamó Ángel Vicente Peñaloza, pero como al presbítero que fue su tutor y tío le parecía demasiado largo llamarlo muchacho, pronunciaba únicamente las dos últimas sílabas: “¡Chacho!” y la contracción le quedó como un mote que la admiración y el amor de sus seguidores convirtió en un verdadero título de gloria. Nació en la provincia de La Rioja, en un lugar llamado Huaja que por las condiciones de su tierra, árida, arenosa y seca, era una de las regiones más pobres de ese territorio que nunca se distinguió por su riqueza, aunque sí por la fuerte gradación alcohólica de sus aguardientes y el enjuto vigor de sus combativos habitantes.

El “Chacho” vivió en Huaja, o para decirlo en el resignado lenguaje de sus paisanos, duró en esa comarca hasta que Facundo lo incorporó a sus tropas y le asignó el grado de capitán, porque era aventajado en todo: en estatura, en coraje y en el claro esplendor de sus ojos azules, tan duros en el combate como risueños y amistosos en el trato cordial que el compañerismo de las armas ennoblece.
Él y el “Chico” Peralta, Juan Felipe, fueron los adalides de ese “comitatus” que constituía la escolta de Quiroga y se imponían por la gallardía de sus figuras ecuestres. El “Chico” tenía casi dos metros de alto y un valor en la batalla que sólo podía ser emulado por la ardiente acometida de ese formidable centauro que fue el “Chacho” Peñaloza.
En el famoso encuentro de La Tablada frente a la artillería del General Paz, ubicada de acuerdo con las más correctas normas de la estrategia, el “Chacho” avanza a caballo contra los cañones y enlazando uno de ellos lo arrastra a la cincha de su montado. Los soldados unitarios abren fuego contra el jinete que se desplaza con alguna dificultad y allí mismo hubiera terminado la historia de Peñaloza si Aldao no le ordena cortar el lazo y ponerse a salvo de la fusilería a uña de buen corcel.
Como dijimos era alto y musculoso, de una fuerza hercúlea y con una mirada muy suave y bondadosa cuando cedía a las solicitudes del buen trato y la amistad. Era fama que nunca se dejó llevar por arrebatos de iracundia, como le sucedía muy a menudo a su jefe, Facundo Quiroga, y sin reprochárselo abiertamente, solía no estar de acuerdo con él cuando tomaba medidas crueles con hombres que habían sido vencidos en una batalla. Matar en combate era una obligación del soldado, pero después del entrevero había que dejar lugar al perdón y la generosidad para no endurecer con gestos rencorosos el odio del enemigo.
Hay, en su relación con Quiroga, toda la lealtad y el afecto del buen vasallo con su señor al que ha prestado su homenaje. Cuando se enteró de que su jefe fue asesinado en Barranca Yaco, nació en él la sospecha de que el instigador del crimen fue Don Juan Manuel de Rosas y ya no pensó más, se puso de inmediato en contra del caudillo federal y se plegó a las órdenes de esos furiosos ideólogos que eran, en verdad, sus verdaderos adversarios.
Está en juego su fidelidad al hombre y esto, en su alma de feudal, prevalece sobre cualquier otra adhesión. No creo que sus sospechas tuvieran fundamento, pero esto es más una moción de deseo que un cabal conocimiento histórico, pero cuando penetramos en los entresijos de nuestros conflictos nacionales, es un álbum de familia lo que empezamos a revisar. Mi bisabuelo era federal, rosista y, al mismo tiempo, un poco pariente de Facundo.
No es de extrañar esta repugnancia para aceptar un crimen que impone desmedro a mis propias fidelidades. Peñaloza estaba convencido de que Rosas había maquinado la muerte de Facundo y no se lo perdonó jamás. Era la reacción lógica de la lealtad a su comitatus caballeresco y en la ruda simplicidad de su apasionado afecto, esto estaba por encima de todas las ideologías.
Cuando tratamos de comprender el panorama de nuestras guerras civiles la primera dificultad que sale a nuestro encuentro es la manía de querer meter en un esquema ideológico la complicada complejidad del momento. Rosas, el mejor servido por la inteligencia política y el que conoció con más hondura y perspicacia las necesidades y las exigencias de nuestro pueblo, sabía perfectamente que no se podía imponer en la Argentina un modelo político de factura liberal.
Se había vivido siempre de las decisiones de un gobierno paternal para que de repente nos metiéramos en los berenjenales del parlamentarismo sin estar preparados ni dispuestos para una eventualidad de esa naturaleza. Hombres acostumbrados a no respetar otra autoridad que aquella encarnada en la persona del jefe, no sentían ningún gusto por obedecer los mandamientos abstractos de una constitución o las órdenes de una ley escrita. Se confiaba en la palabra de un hombre real y concreto y se reconocía en su mandato la nobleza de una distinción justa, porque se sabía, sin haber leído a Santo Tomás, que la verdadera justicia es la que hace el justo y no las “güevadas” escritas en un papelucho.
Los unitarios se han encargado, con toda malicia, de mantener en el ánimo de Peñaloza la convicción de que Rosas había instigado el asesinado de Quiroga, así podían contar con un ejército de aguerridos riojanos y hacer frente a los caudillos federales que veían en el “Chacho” un desertor de sus propias filas. Después de unos desgraciados encuentros sostenidos en Mendoza y derrotado por sus antiguos conmilitones, el “Chacho” se vio forzado a pasar a Chile y allí, con toda probabilidad, en contacto con la flor y nata del unitarismo, haya conocido a Don Domingo Faustino, que dejó de él una semblanza en la que resplandecía su desprecio por la figura de aquel paisano analfabeto que hablaba con un golpeado acento riojano.
Escribe Sarmiento que “llamaba la atención de todos en Chile, la importancia que los argentinos, generalmente cultos, daban a este paisano semibárbaro, con su acento riojano y su chiripá y atavíos de gaucho…” Preguntado en una oportunidad cómo le iba por alguien que lo saludaba, contestó con aquella frase que tanto decía sin parecer decir nada: “¡Cómo me va a dir, amigo! ¡En Chile y de a pie!”
Hay que conocer muy bien la idiosincrasia de nuestros paisanos para comprender la trágica situación de un hombre que, alejado de sus pagos, se encuentra despojado de su tropilla. Hay una vidala que se toca acompañada con la guitarra, que termina con un verso donde se resume en pocas palabras esta lamentable condición del hombre sin caballos: “Yo, mi tropilla la tuve / quién me la saca del alma”.
Aunque no sabemos casi nada de su paradero allende la cordillera, nos explicamos fácilmente su deseo de volver a los pagos de Huaja en los llanos de La Rioja. Seis meses duró su destierro y fueron los unitarios, entre los que debía entreverarse el propio Sarmiento, los que intrigaron y pusieron el dinero necesario para que Peñaloza volviera a su tierra y tratara de levantar a sus paisanos contra el gobierno de Rosas. No es nuestro propósito narrar las vicisitudes de esta triste aventura en la que Peñaloza hizo el lamentable papel de insurrecto contra el gobierno federal. Pero impulsado siempre por rencor al que creía culpable de la muerte de Facundo, combatió varios años la dictadura de Rosas y muchas fueron las batallas que ganó con sus aguerridos llaneros sin que se sepa de dónde sacaba los recursos para mantener en pie de guerra una tropa de caballería que solía superar los cinco mil hombres. El levantamiento de Urquiza y la posterior caída de Rosas en la batalla de Caseros lo devolvieron a su auténtico bando y a partir de ese momento surgen a raudales sus enfrentamientos con el que fue su más completo, talentoso y terco difamador: Don Domingo Faustino Sarmiento.
José Hernández escribió una corta biografía sobre Ángel Vicente Peñaloza. El tiempo ha pasado y con él el furor de los insultos partidarios, pero nos resta la posibilidad de examinar con fría objetividad la consigna sarmientina: “civilización o barbarie”, donde por supuesto Sarmiento representaba a la civilización y Peñaloza la barbarie. La historia, siempre pródiga en enseñanzas ejemplares nos ha dejado un vivo testimonio de esta tajante dicotomía en el “Tratado de las Banderitas” cuando el gobierno nacional después de haberse estrellado contra los “montoneros del Chacho” comisionó al R. P. Dr. Eusebio Bedoya para arreglar con el general Peñaloza las condiciones de una paz que diera por terminada la guerra civil.
Peñaloza dirigiéndose a los coroneles Sandes, Arredondo y Rivas les dijo poco más o menos, con su pintoresco acento riojano: “Es natural que habiendo terminado la lucha entre nosotros, por el convenio que acabamos de firmar, nos devolvamos recíprocamente los prisioneros tomados en los diferentes combates que hemos sostenido, por mi parte voy a cumplir inmediatamente con este deber”.
Los jefes destacados por el General Mitre se miraron con consternación, porque en cumplimiento de las órdenes recibidas habían ejecutado sumariamente a todos los gauchos bárbaros caídos en sus manos y no tenían uno solo para ofrecer en canje a la generosa propuesta de Peñaloza.
El “Chacho” que presentía lo que había pasado insistió ante sus confusos enemigos, presentando a todos los prisioneros porteños que había capturado y a los que no les faltaba ni un solo botón del uniforme, preguntó con esa sorna criolla que el acento riojano hacía más lenta y socarrona: “¿Ande están los míos? ¿O será cierto lo que mi han dicho que han sido todos fusilados?”
El R. P. Bedoya no pudo contener sus lágrimas, avergonzado por el porte magnífico del paisano que con su noble gesto de caballerosidad cumplía con todos los honores de la ética cristiana, ante los administradores titulares de la civilización liberal.
El último episodio de esta epopeya civilizada contra los gauchos bárbaros se cumplió en la casa del propio “Chacho” Peñaloza y cuando ya nada hacia prever la reanudación de las hostilidades con el caudillo riojano.
Un comando militar al mando del comandante Ricardo Vera se presentó en el domicilio del General Peñaloza y le exigió la entrega de sus armas. El “Chacho” ofreció su daga, única arma defensiva que llevaba encima, y se constituyó prisionero de Vera. La irrupción posterior del Sargento Mayor Irrazábal y la muerte a lanzazos de un hombre desarmado, ha sido narrada por el mismo Irrazábal en una corta carta a Don Domingo Faustino Sarmiento, entonces gobernador de San Juan y reproducida por Jorge Newton en su libro “El Chacho”. Escribía Irrazábal:
“Pongo en conocimiento de su Excelencia que hoy en la madrugada sorprendí al bandido Peñaloza el cual fue inmediatamente pasado por las armas, haciéndole también algunos muertos entre los que huían despavoridos. También tengo prisionera a su mujer y a un hijo adoptivo. Tomándome gran interés en salvarlo. Dios guarde a S. E. muchos años. Pablo Irrazábal”.
Todo hace suponer que el “Chacho”, aprisionado por Vera, fue asesinado mientras dormía por el valiente Irrazábal. Lo que sucedió con su cadáver pertenece, definitivamente, al ámbito de la truculencia y da asco repetirlo en una breve nota cuyo único propósito es ilustrar una de las maneras que existen de comprender la civilización liberal y sus pródigos beneficios. Para terminar recuerdo una vidala que suele cantarse en los pagos del “Chacho” y que reza así:
“Diz que Peñaloza ha muerto,
puede ser que sea verdad.
Tengan cuidado ¡salvajes!
no vaya a resucitar”.

NOTAS

No podríamos cerrar esta breve estampa de la vida del “Chacho” Peñaloza sin un sentido recuerdo a su legítima esposa, Doña Victoria Peñaloza, que combatió siempre a su lado y como uno de sus más ásperos centauros y sin hacerle asco a los sablazos que llovían en los entreveros. En uno de ellos casi pierde la vida y si no fuera por uno de los capitanes de su marido, Ramón Ibáñez, que la sacó del combate después de dar muerte a uno de sus agresores que la había herido de un mandoble en la cabeza. Doña Victo o “La Chacha”, como solían llamarla, conservó de esta batalla una enorme cicatriz que le desfiguraba a el rostro y que ella disimulaba con el rebozo de su poncho.
Recuerdo que siendo todavía muy jovencito leí el libro “Facundo” de Don Domingo Faustino Sarmiento, libro de lectura obligatoria en las escuelas y que nadie se atrevía a censurar porque venía impuesto por el gobierno como una suerte de sagrada escritura. Uno de mis tíos, algo heterodoxo en materia de enseñanza liberal, me dijo poco más o menos: “El tejón ése escribe bien y el libro contiene pasajes que vale la pena leer, pero con respecto a Facundo, miente como un bellaco y no hay que tomar al pie de la letra todo lo que dice”.
Es ley que cuando el Diablo da malos maestros, Dios nos ofrece un buen tío que corrige las opiniones del Mandinga y como los chicos, en general, y creo que en todas partes del mundo, aceptan con gusto todo cuanto se dice contra las enseñanzas impartidas en las escuelas oficiales, la recomendación de mi tío me sirvió para construirme una coraza a prueba de balas contra los influjos liberales de esos salvajes unitarios, como repitió con mucha gracia el viejo Maurras en su carta al presidente de Francia, cuando dejó la cárcel donde purgaba su “colaboración” con el enemigo para ir a morir a un sanatorio. Maurras añadía: “como decían los viejos argentinos” lo que sumaba a su prodigiosa memoria, la comprensión de este lema que llama “salvaje” a todo pensamiento que niega las distinciones y se erige en norma monocorde de un criterio uniformante.
De cualquier modo el sueño de Sarmiento no logró concretarse del todo, la inmigración italiana no era lo que él soñaba y aunque plantó trigo y echó a perder el castellano con su “cocoliche” y su “lunfardo”, siguieron siendo católicos e introdujeron algunas supersticiones más a las muchas que ya existían. Sarmiento hubiera preferido una inmigración anglosajona con sus entrometidas féminas armadas de Biblias y prospectos para mejorar nuestras relaciones con el prójimo. Hizo todo lo que pudo y la masonería mediante libró a las escuelas de la tutoría de la Iglesia.
Desde ese momento, con el manual de historia argentina de Grosso y los de historia universal de Jules Isaac nos fuimos alejando, paulatinamente, de nuestras tradiciones ancestrales, tan poco acomodadas a las luces de la postmodernidad.

jueves, 8 de mayo de 2014

BRIGADIER GENERAL DON JUAN MANUEL DE ROZAS A 137 AÑOS DE SU MUERTE

Por Prudencio Martínez Zuviría

Querido Juan Manuel, en el día en que se cumplen 137 años de tu entrada al cielo, te recuerdo con cariño y veneración por todo lo que le has dado a nuestra querida Patria.
La patria, la tierra en que naciste y en la que descansan tus venerados y queridos restos, a pesar del mal augurio de aquel pésimo poeta unitario, siempre te recuerda.
El cielo pampeano y los verdes campos, no se olvidan de vos mi querido Restaurador, lo mismo que cuando eras Gobernador de Buenos Aires y Jefe Supremo de la Confederación Argentina.
Nuestra patria no te olvida, los hombres como vos no se olvidan, se recuerdan y se viven, con la esperanza siempre puesta en el horizonte de una Argentina mejor, como vos la soñaste y por la cual vos luchaste.
En este día te recuerdo en mi oración al Buen Dios Nuestro Señor y a su dulce y querida Madre, mi querido Juan Manuel.
Tu misma sangre te rinde hoy este querido homenaje.
Brigadier General don Juan Manuel de Rozas. Presente por Dios y por la Patria.


BRIGADIER GENERAL DON JUAN MANUEL DE ROZAS
1877 – 14 DE MARZO – 2014
Vivió librado al trabajo diario en su retiro de Sothampton; en vida modestísima, frugal y severa; resignado con suerte, sin hacer vanos alardes, pero con indómito orgullo hasta el fin de sus días. Muy pocos extraños sorprendieron su soledad; que sólo sus íntimos lo alegraban con su presencia. Y la montaña informe del tiempo que solo vierte nieve en la cabeza y plomo en las piernas, parecía que no lo abrumaba a Rozas. Octogenario, sano y activo, se ganaba su pan de cada día. Pero éste se hacía cada día más difícil. Sus ganancias las había insumido en el ensanche de su establecimiento o en mejoras de la localidad.
A su costa se acababa de construir un templo católico y una escuela. Algunos compatriotas amigos le tenían asignada una anualidad que lo ayudaba a vivir. Pero esta ayuda estaba de suyo sujeta a contingencias tan factibles como su pobreza que arreciaría. Algunos de estos ecos se registran en las cartas con que respondía las atenciones de los que lo favorecían, Y como si se culpase de ver su situación peor de lo que ella era, cuando él se sentía con fuerza y disposiciones para el trabajo., en su último tiempo redobló su actividad, atacando personalmente faenas rudas y pesadas y dirigiendo al mismo tiempo el movimiento en todos y en cada uno de los detalles de su establecimiento.
En este sentido ni perdía momento, ni lo contenía la hora ni el tiempo por malo que fuese. El invierno en Inglaterra es singularmente cruel. El sol, como en letargo estupendo, apenas vierte a intervalos su amorosa esencia en el seno de la tierra. Los vapores acuosos de la atmósfera se dilatan como arabescos sobre un inconmensurable manto gris que vela el azul del cielo. Las tardes abaten el espíritu a través de una semi claridad tejida de hilos de nieve sutil que penetra hasta los huesos.
Pero nada de ello podría contener al octogenario; que más inclemente que el tiempo era su suerte. Si alguno de su servicio se refería al frío que lo había tomado fuera, Rozas se decía que ello era prenda ganada para el verano, bien que la tarea fuese siempre la misma.
Una tarde del mes de marzo de 1877 que regresara más temprano que de costumbre, tuvo que montar nuevamente a caballo para ir a ver cómo se encerraban unos animales. Cuando volvió a casa empezó a toser.
Esa noche tuvo fiebre. Su amigo el Doctor Wibbling constató una congestión en los pulmones, gravísima en su edad. Su amorosa hija se trasladó inmediatamente a su lado. Al día siguiente, esto es el 13 de marzo, aumentó la tos, espectoró bastante sangre y lo acometió sin cesar la fatiga.
En la mañana del 14 de marzo su hija le preguntó cómo se sentía:
Rozas la miró tiernamente.. No sé niña, le dijo y murió..
Conforme en un todo a lo que dispuso Rozas, su cadáver fue transportado de su chacra de Swathling a la capilla católica de Southampton, y al día siguiente conducido sin pompa alguna al cementerio de esa ciudad.
El féretro de roble , llevaba en su parte anterior, y como trofeo, una bandera Argentina y el sable que el general San Martín usó en sus campañas de la Independencia de América y que regaló al general Rozas.
Un solo coche acompañaba al féretro.
La prensa de Inglaterra y Francia se ocupó de la muerte de Rozas
Fte: Adolfo Saldías. HISTORIA DE ROZAS Y DE SU ÉPOCA. T° III. Biblioteca Sudamericana. Félix Lajouane. Editor. Preú 51.
Buenos Aires. 1887.

CARTA DE DOÑA MANUELITA ROZAS A SU MARIDO MÁXIMO TERRERO, FECHADA EN LONDRES EL 16 DE MARZO DE 1877, ANUNCIANDOLE LA TRISTE NOTICIA DE LA MUERTE DE SU PADRE EL BRIGADIER GENERAL DON JUAN MANUEL DE ROZAS.
Southampton, marzo 16 de 1877
Cuando recibas ésta estarás ya impuesto de que mi pobre y desgraciado padre nos dejó por mejor vida el miércoles 14 del corriente.
¡Cuál es mi amargura tú lo alcanzarás, pues sabes cuánto le amaba, y haber ocurrido esta desgracia en tu ausencia hace mi situación doblemente dolorosa! Es realmente terrible que tan pronto como nos hemos separado, desgracia semejante haya venido a aumentar el pesar de estar tan lejos uno del otro, pero queda seguro, no me abandona la energía tan necesaria en estos momentos que tanta cosa hay que disponer y atender, todo con mi consentimiento, y que sobrellevo tan severa prueba con religiosa resignación acompañándome el consuelo de haber estado a su lado en sus últimos días, sin separarme de él.
El lunes 12 fui llamada por el doctor Wibblin, quien me pedía venir sin demora. El telegrama me llegó a las cinco y media y yo estuve aquí a las diez y media, acompañada por Elizabeth. El doctor me esperaba para explicarme el estado del pobre tatita. Sin desesperar del caso, me aseguró ser muy grave, pues que, siendo una fuerte congestión al pulmón, en su avanzada edad era de temerse que le faltase la fuerza, una vez debilitado el sistema. Al día siguiente (martes) el pulso había bajado de 120 a 100 pulsaciones, pero la tos y la fatiga le molestaban mucho, a más de sufrir un fuerte dolor en el pulmón derecho. Este desapareció completamente en la tarde… La expectoración, cada vez que tosía, era con sangre, y éste, para mí, era un síntoma terrible, como también la fatiga. Esa noche del martes supliqué al doctor hablarme sin ocultarme nada, si él lo creía en peligro inmediato; me contestó que no me ocultaba su gravedad y que temía no pudiera levantarse más, pero que no creía el peligro inmediato, ni ser necesario consultar otros médicos, y como su cabeza estaba tan despejada y con una fuerza de espíritu que ocultaba su sufrimiento, embromando con el doctor, hasta la noche misma del martes, en que hablábamos, víspera de su muerte. El doctor, como yo, convinimos no ser prudente ni necesario todavía hacer venir al sacerdote, pues su presencia pudiera hacerle creer estar próximo su fin y que esperaríamos hasta ver cómo seguía el miércoles.
Esa noche estuve con él hasta las dos de la mañana con Kate, pues Mary Ann me reemplazaba con Alice haciendo turnos para no fatigarnos. Antes de retirarme, estuvo haciendo varias preguntas, entre otras cuándo recibiría tu carta de San Vicente y me recomendó irme a acostar, para que viniera a reponer a Mary en la mañana. Todo esto, Máximo, dicho con fatiga, pero con tanto despejo que, cuando lo recuerdo, creo soñarlo!
Cuando a las seis de la mañana entró Alice a llamarme porque Mary Ann creía al general muy malo, salté de la cama, y cuando me allegué a él lo besé tantas veces como tú sabes lo hacía siempre, y al besarle la mano la sentí ya fría. Le pregunté “¿cómo te va tatita?; su contestación fue, mirándome con la mayor ternura: “no se, niña”. Salí del cuarto para decir que inmediatamente fueran por el médico y el confesor; sólo tardaría un minuto, pues Atche estaba en el corredor; cuando entré al cuarto había dejado de existir!!! Así, tú ves, Máximo mío, que sus últimas palabras y miradas fueron para mí, para su hija tan amante y afectuosa. Con esta última demostración está compensado mi cariño y constante devoción. ¡Ah, Máximo, que falta me haces! ¡Si tú estuvieras aquí yo sólo me ocuparía de llorar mi pérdida, pero no te tengo, y es preciso que yo tome tu lugar, lo que hago con una fuerza de espíritu que a mi misma me sorprende, desde que he estado acostumbrada que, en mis trabajos y los de mi padre, tú hicieras todo por nosotros! Pero Dios Todopoderoso, al mismo tiempo que nos da los sufrimientos, nos acuerda fuerza y conformidad para sobrellevarlos. ¡Te aseguro que ha muerto como un justo! ¡No ha tenido agonía, exhaló su alma tan luego que me dirigió su última mirada! ¡Ni un quejido, ni un ronquido, ni más que entregar quietamente su alma grande al Divino Creador! ¡Que El lo tenga en su santa gracia! ¡Mary estaba a su lado cuando murió, y esta pobre mujer se ha conducido con él, hasta su última hora, con la fidelidad que tú conoces siempre le ha servido! ¡Pobre tatita, estuvo tan feliz cuando me vio llegar el lunes! Las dos muchachas están desoladas.
Madre e hija demuestran el cariño que tenían a su patrón. Tus predicciones y las mías se cumplieron desgraciadamente, cuando le decíamos a tatita que esas salidas con humedad en el rigor del frío le habían de traer una pulmonía. Pero su pasión por el campo ha abreviado sus días, pues por su fortaleza pudo vivir muchos años más.
En uno de los días de frío espantoso que hemos tenido, anduvo afuera, como de costumbre, hasta tarde; le tomó un resfrío y las consecuencias tú las sabes. ¡Pobre tatita! Estoy cierta que tu le sentirás como a tu mismo padre, pues tus bondades para él bien probaban cuánto le amabas! A Rodrigo que ruegue a Dios por el alma de su abuelito, que tanta predilección hacía de él, y que no le escribo porque no me siento con fuerzas, ni tengo más tiempo que el que te dedico.
El doctor Wibblin es mi paño de lágrimas en estos momentos en que necesitaba una persona, a quien encargar las diligencias del funeral. Kate, con Manuel, fueron a ver al Undertarker, al padre y demás, y todo está arreglado para que tenga lugar el martes 20 y como el pobre tatita ordenara en su testamento que sólo se diga en su funeral una misa rezada, y que sus restos sean conducidos a su última morada sin pompa ni apariencias, y que el coche fúnebre sea seguido por un fúnebre con tres o cuatro personas, los preparativos no tienen mucho que arreglar y su voluntad será cumplida, y en éste último irán el doctor, Manuel y el sacerdote, y tal vez venga el esposo de Eduardita García, pues he tenido un telegrama preguntándome cuándo tendría lugar el funeral, porque quiere asistir a él. Eduarda me ha dirigido otro, diciéndome pone a mi disposición dos mil francos, si necesito dinero. Esto es un consuelo en mi aflicción.
Por supuesto que se lo he agradecido, contestando que, si necesito algo, a ella mejor que a nadie recurriría, pero que, al presente, no lo necesito.
También ordena tatita que su cadáver sea enterrado dos días después de su muerte, pero esto ha sido imposible cumplirlo, pues el undertarker dijo que no tenía tiempo, porque siendo el pobre tatita tan alto era preciso hacer el cajón y el de plomo, donde está ya hoy colocado, mañana vendrá el de caoba, decente solamente, y aunque deseaba fuese el funeral el lunes, no puede ser, por ser día de San José, y así será el martes 20. ¡Dios nuestro Señor le acuerde descanso eterno!
En fin, no serán las cosas dispuestas como si tú estuvieras ocupado de ellas, pero haremos cuanto podamos, yo por llenar mi deber filial y el doctor el tan sagrado de amistad. Pobre Manuel no sabe lo que le pasa, ni cómo complacerme y consolarme. Tuya
Manuela de Rosas de Terrero


ROZAS EN EL DESTIERRO
Copia y traducción de una Crónica de un diario ingles el “The Hmpshire Advertiser” de Southampton correspondientes al sábado 17 de marzo de 1877 y del miércoles 21 de marzo de 1877, en los que se informa el fallecimiento y funeral del General Don Juan Manuel de Rosas. Este documento realizado en Southampton por Liborio Justo hijo del Presidente Agustín P. Justo y que fue de su pertenencia lleva fecha diciembre de 1930.
Con motivo de su estadía en Inglaterra, Liborio Justo decide viajar a Southapton para visitar el cementerio donde descansaban los restos del General Juan Manuel de Rosas, su espiritu curioso e inquieto lo llevo a investigar y encontrar este diario de la época, lo copia y traduce.
THE HAMPSHIRE ADVERTISE – SOUTHAMPTON – SATURDAY MARCH 17 1877 -
MUERTE DEL GENERAL ROSAS.
Su excelencia General Juan Manuel de Rosas, ex Gobernador y Dictador de la Confederación Argentina, murió a las 7 del miércoles, en su casa-quinta en Swathling alrededor de tres millas de Southamton. Había nacido el 30 de marzo de 1793 y por consiguiente dentro de una semana hubiera alcanzado los 84 años de edad. El fallecido que había residido en y cerca de Southamton en los últimos 25 años, fue atacado por una inflamación a los pulmones el sábado pasado después de haberse expuesto imprudentemente a la inclemencia del tiempo y, no obstante lo sabia y constante atención del Dr. John Wiblin, F.R.C.S., quien había sido su medico y amigo confidencial durante todo el periodo de su residencia en este país, sucumbió al ataque a la hora nombrada. Doña Manuelita de Rosas de Terrero, la devota hija y compañera del ex Gobernador, llego de Londres el lunes y estuvo en constante cuidado de su padre durante sus últimas horas. Su esposo, Don Máximo Terrero dejo Southampton hace apenas unas semanas el 24 de febrero, en el vapor “Minho” de la Royal Mail Company, para Buenos Ayres, con documentos auténticos y todo lo necesario para recuperar las propiedades de su esposa y las del General las cuales ellos heredaron. El difunto tenía un hijo (Coronel Rosas) quien en un tiempo residió en Southampton y que murió en Buenos Ayres hace algunos años. Tenia también una hija (Doña Manuelita de Rosas de Terrero) y esta señora tiene dos hijos de 18 y 20 años respectivamente, el mayor de los cuales ha completado el miércoles sus exámenes en la Escuela de Minas de Londres. El General Rosas fue derrocado de la dictadura el 3 de Febrero de 1852, por un ejercito bajo la dirección del General Urquiza; Su ejercito fue completamente derrotado, y el general y su hija Manuelita tuvieron que refugiarse en la ciudad de Palermo de donde escaparon durante la noche llegando a bordo del H.M.S. “Locust” en seguridad, y al día siguiente fueron transbordados al H.M.S. “Centaur”, Almirante Henderson, Se dijo entonces que se trasladaría a los Estados Unidos, pero el General Rosas llego a este país en el mes de abril siguiente habiendo sido traído en un barco de guerra ingles comandado por el capitán Day miembro de una familia de Souuthanpton. Cuando llego a esta ciudad el general tomo departamento en el Windsor Hotel hasta que pudo obtener una residencia conveniente. Esta fue encontrada en Rocketone-place, Carlton-terrace, donde residió por muchos años. Mientras estuvo en la ciudad el general acostumbraba a cabalgar por las calles casi diariamente en un hermoso caballo negro y su majestuosa forma y porte militar, junto con los arneses de su cabalgadura, siempre atraía mucha atención y admiración. Más tarde se traslado a la quinta en que ha permanecido hasta su muerte. Este lugar llamado quinta de Burgués-street, de una extensión de 300 o 400 acres rentado al difunto Mr. Jhon Fleming, de Stonchan Park, y en el invirtió mucho dinero, encontrando su mayor diversión y placer en cuidarla personalmente. El general había estado enfermo de gota por algunos años pero se lo podía ver constantemente cabalgando por los campos y su mayor satisfacción parecía ser montar a caballo y dar ordenes a los que el ocupaba. Su pasión de comando era tan grande que a nadie le era permitido hablar una palabra excepto para dar a comprender que había entendido una orden dada o para hacer preguntas. El general Rosas siempre pago a los empleados y peones de su quinta alrededor de un tercio más de los salarios corrientes en el distrito pero tenía la peculiaridad de tomarlos únicamente día por día. Cada hombre era pagado diariamente e informado si se le necesitaba o no al día siguiente. Este aspecto extraño de su carácter surgía de una determinación de no encontrase atado nunca por compromisos permanentes pero en el resultado los hombres se encontraban en empleo regular y pocos cambios eran hechos. Tan estrictamente disciplinarios fueron sus hábitos que el tiempo de trabajo de cada hombre era calculado hora por hora. Tenía siempre un sereno especialmente empleado invierno y verano para que tocase cada media hora durante la noche una gran campana colocada bajo la ventana de su dormitorio. Fue siempre una característica del fallecido pagar bien el trabajo que contrataba, pero era rígido en controlar que el trabajo se cumpliera. El general Rosas huyo de su país sin nada en forma de propiedad, pero poco tiempo después de su huida, el general Urquiza, uno de los generales de Rosas y quien habiase vuelto traidor el mismo en el curso del tiempo, sitio con éxito la cuidad de Buenos Ayers y levanto entonces la confiscación sobre las propiedades de Rosas lo cual le permitió al refugiado obtener por la venta de una de sus estancias libras 16.000 o libras 20.000. Urquiza fue subsiguientemente expulsado de Buenos Ayres a las provincias y las propiedades del general Rosas fueron nuevamente confiscadas. Su mano fue en general extendida a todos los que estuvieron en contacto con el, y sus actos de generosidad fueron ilimitados mientras duro su fortuna. En los últimos años de su vida el ex Gobernador dependía enteramente de los amigos de su familia y del esposo de su hija. Por muchos años el general Rosas y el difunto Lord Palmerston cambiaron visitas frecuentemente en Rockatone-place, en la quinta de Swathling y en el “manor” de Broadlands, y la más amistosa correspondencia fue mantenida entre ellos. Por voluntad del difunto general sus estados y propiedades en la Confederación Argentina han sido dejadas a su hija y su yerno, quienes son también los ejecutores de su última voluntad y testamento. El muerto era católico romano. Su funeral será estrictamente privado, tendrá lugar en el Cementerio de Southampton en el próximo martes habiendo sido confiados los arreglos pertinentes a los Sres. Hayes e hijo, de la calle Hign.
The Hampshire Advertisr” Southampton, Wednesday March 21, 1877
FUNERAL DEL GENERAL ROSAS
El funeral de Su Excelencia General Juan Manuel de Rosas, ex Gobernador y Dictador de la Confederación Argentina, cuya muerte es su casa-quinta de Swarthling, el miércoles pasado, fue anunciada en le Advertiser del sábado, tuvo lugar ayer (martes) sus restos habiendo, sido enterrados en una bóveda en el Cementerio de Southamton. El difunto era católico romano y el lunes a la tarde entre las 7 las 8, el féretro fue trasladado de la casa-quinta a la Capilla Católica de la calle Bugle, Southampton donde se verificaron las ceremonias usuales de la Iglesia Romana y donde permaneció hasta ayer por la mañana. Al rededor de las 11 se celebro un servicio completo, conducido por el Rev. Padre Gabriel, en ausencia del Rev. Padre Mount, el párroco, quien se encuentra actualmente en el Continente. A la conclusión del servicio, el cual fue de carácter más impresionante, el féretro (cubierto con un paño negro con una gran cruz blanca) fue colocado a una carroza tirada por cuatro caballos con mantas de terciopelo. El resto del cortejo consistía en dos coches fúnebres y el carruaje del Dr. Wiblin, F.R.C.S., quien había sido el médico y amigo confidencial del General en todo el periodo de su residencia en este país. En el primer coche iba el Barón de Lagatinerie (Capitán de Estado Mayor, Agregado al Estado Mayor General del 2° Cuerpo de Ejercito, Amiens, y sobrino del fallecido), Sr. Manuel Terrero (nieto del fallecido) y el Rev. Padre Gabriel. En el segundo coche iban los sirvientes del difunto general y de la Sra. Terrero y en el carruaje del Dr. Wiblin, este y Mr Fleming, procurador de Londres. El servicio en el cementerio fue muy corto y como el funeral era de naturaleza estrictamente privada, la concurrencia a la tumba no fue tan numerosa como sin duda hubiera sido de otra manera. El féretro era de roble ingles, lustre francés y con esplendidos ornamentos de bronce. En la tapa llevaba una placa de bronce con la siguiente inscripción hermosamente iluminada
Juan Manuel de Rosas
Born 30th March 1793
Died 14th March 1877
Los arreglos del funeral fueron confiados a los Sres. E.Mayer e Hijo de la calle High y conducidos bajo vigilancia personal de una forma enteramente satisfactoria.
Fte: Documento que pertenece a la colección del Señor Diego Lo Tártaro.