Rosas

Rosas

viernes, 23 de noviembre de 2012

Fermín Chávez

 Por Lic. Roberto Baschetti.

 “Contra esta maquinaria del FMI lo único que se puede hacer es aguantar, resistir. Pero ya van a venir otros momentos de la historia. No las tienen todas consigo y el capitalismo tiene sus propias crisis. El capitalismo es deshumanizador y tarde o temprano tiene que estallar. El mercado no alcanza, contagia a muchos, compra voluntades, pero con eso no le alcanza.... Y las crisis tienen dos caras: la mala es el sufrimiento de la gente; la buena, es que crea conciencia nacional clara”. (Fermín Chávez. 13 de abril de 2000). 
El 28 de mayo pasado falleció a la edad de 81 años el historiador de la causa nacional y popular Fermín Chávez. Había nacido en Nogoyá, Entre Ríos, el 13 de julio de 1924. El saber que había acumulado desde muy jovencito era tan fascinante como heterogéneo, si se recuerda que estudió Humanidades en Córdoba, Filosofía en Buenos Aires y nada menos que Teología en Cuzco. Ese bagaje intelectual bien podría haberlo depositado en una torre de cristal, recompensado por el sistema, y al mismo tiempo alejado de la realidad y de la gente. Por el contrario, sus conocimientos lo llevaron a cuestionar la historia oficial, que condena y oculta las luchas de liberación nacional en nuestra patria y el permanente y consuetudinario enfrentamiento entre la oligarquía y el pueblo, entre el imperio y la nación. Sobre este tema supo decir por ejemplo que caudillos federales como el “Chacho” Angel Vicente Peñaloza y Ricardo López Jordán fueron víctimas del odio, ya que tanto Sarmiento como Mitre manipularon la historia para presentar como bandidos y forajidos a quienes representaban a las masas del interior, para luego identificar a las mismas con la Barbarie, en tanto que paradójicamente, el capital extranjero y sus agentes nativos eran la Civilización.  
Muchos intelectuales de la década del ‘60 en adelante, entre los que me incluyo, le debemos a él, a Pepe Rosa, a Rodolfo Puiggrós y a Hernández Arregui, casi la totalidad de nuestra formación política e histórica. Ellos fueron de esos pensadores que escribieron verdades ocultas y que con su cuerpo sostuvieron, lo que dejaba leer su pluma esclarecedora. Por eso nunca arrugaron y fueron parte de la Resistencia Peronista, se sumaron a la sublevación de Valle, fueron perseguidos por el Conintes de Frondizi y brindaron siempre desinteresado apoyo a los miles de jóvenes que se sumaron con el “Luche y Vuelve” a la epopeya más grande que protagonizó el pueblo argentino en toda su historia: el regreso de Perón a la Patria. 
Fermín escribió a lo largo de su vida más de 40 libros entre los cuales se pueden citar a riesgo de ser injusto con los otros: Civilización y barbarie, Perón y el peronismo en la historia contemporánea, Eva Perón sin mitos, El diputado y el político (John William Cooke) y La chispa de Perón; este último sobre anécdotas graciosas que tuvieron como protagonista al Líder justicialista, a lo largo de su vida. También brilló como recopilador: en el año 2004, publicó Historia y antología de la poesía gauchesca donde reúne la prosa de más de 80 poetas olvidados. Al respecto, contra lo que se podía esperar de un hombre de su edad, siempre estuvo abierto a los cambios y no se refugió en lo tradicional; por el contrario, supo amalgamar lo mejor de las diferentes épocas: “Debemos releer la gauchesca para comprobar como su espíritu reaparece en el tango –cuando el gaucho de las orillas urbanas se transforma en el compadrito-, pero también en la música joven hecha aquí. El rocanrol retoma la tradición gauchesca ligada a la denuncia social y política, además de las historias de amor, la picardía, el humor ácido y la crítica de la vida cotidiana”. Por mi trabajo en la Biblioteca Nacional tuve oportunidad de entrevistar para un documental fílmico al maestro Fermín Chávez. Con la calidez y la humildad que lo caracterizaba me contó que cuando tenía 26 años la conoció a Evita, porque todos los viernes a la noche, la primera dama, concurría a una peña de poetas que llevaba su nombre y que se reunía en “El Hogar de la Empleada”, en Avenida de Mayo 869, edificación que hoy aún subsiste tal cual era por entonces. Allí cenaban y recitaban para los comensales, sus escritos en rima. Fermín me contaba que esa mujer era única y que transmitía una fuerza y una fe en la causa que defendía, sin parangón, sin igual, sin equivalencias, en el resto de los mortales. Es decir, me confirmaba de primera mano lo que yo intuí desde siempre y gritaba a voz de cuello con millares de semejantes, en las manifestaciones de la J.P setentistas, cuando el Brujo López Rega y sus secuaces me querían hacer pasar gato por liebre: “¡No rompan más las bolas, Evita hay una sola!” Se nos fue Fermín Chávez. Su lucidez ya por momentos lo abandonaba a lo largo del día y su corazón sufrió un grave desgarro cuando dos meses atrás perdió un hijo en un accidente de aviación. Pensó que era hora de partir, de volver a las fuentes, de reencontrarse con tantos compañeros que lo precedieron en un camino eterno, pero que para él además, será lleno de gloria. Hago mías las palabras con las que lo despidió de éste mundo mi amiga Ana Lorenzo, una intelectual y educadora brillante: “Nosotros los peronistas y los compañeros del campo nacional, hemos perdido al último maestro. El país, a uno de sus grandes pensadores y a uno de sus más rigurosos desmitificadores de la historia oficial”. Descanse en paz compañero, seguiremos su tarea.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Sarmiento

Por Norberto Galasso Más allá de que Sarmiento haya sido consciente o no, él le entrega a la clase dominante una herramienta poderosísima para hegemonizar ideológicamente al resto del país, especialmente a la clase media. En este sentido, sin ninguna duda, es un reaccionario, porque su concepción ideológica y política permite legitimar el orden semicolonial. A través de sus ideas, la oligarquía azonza a los argentinos, implanta la colonización pedagógica (en el idioma usado por Jauretche) es decir, logra el consenso, impone, como diría Gramsci, el sentido común de la sociedad argentina o, como decía Marx, logra que las ideas de la clase dominante sean las ideas dominantes en la sociedad.
1. Por esta razón, la Historia Oficial lo celebra junto a Rivadavia y Mitre, no por su gestión presidencial, ni por su literatura, sino por su ideología. 2. Por la misma razón, la Historia Social lo respeta y evita criticarlo. (Más bien prefiere dedicarse a denostar a José Hernández, su reverso ideológico, o a Felipe Varela, una alternativa latinoamericana o a Raúl Scalabrini Ortiz por desnudar el andamiaje de opresión semicolonial montado por el Imperio Británico). 3. A su vez, el nacionalismo de derecha lo juzga un enemigo, no por darle ideología a la clase dominante, sino por haber sido abanderado de la ley 1420 de enseñanza laica, en detrimento de la escuela confesional. Las bombas de alquitrán con que tradicionalmente Tacuara y otros grupos nacionalistas festejaban los 11 de septiembre haciendo puntería en los bustos de Sarmiento, tienen ese sentido de defensa de la religión y de lo tradicional, y no sentido antiimperialista. 4. Jauretche formula la crítica más profunda a Sarmiento en cuanto a la función cumplida como ideólogo, reconociéndole algunas virtudes en otros terrenos, como el literario, pero insistiendo en que lo grave es el sarmientismo, como religión o concepción de la oligarquía y los sarmientudos, peores que Sarmiento. Más allá de esta función negativa, lo reconoce como un bárbaro, como un primitivo, como un Facundo que agarró pa' los libros.

Mitre y el revisionismo histórico

Por Carlos A. Manus Suele decirse que la historia liberal fue escrita por los triunfadores en Caseros. Sin embargo, ni Bartolomé Mitre ni los historiadores que lo precedieron ni los que fueron sus contemporáneos participaron en esa batalla. Domingo Faustino Sarmiento –que no era historiador sino ensayista– si bien participó, lo hizo vistiendo su uniforme de mariscal francés como “boletinero” del Ejército Grande. Mitre escribió una historia parcializada o maniqueísta en la que, al estilo de los “western”, los unitarios eran los buenos y los federales los malos de la película.
Manuel Ricardo Trelles, no obstante ser liberal y antirrosista, por su incondicional respeto a la verdad histórica se opuso a la condena en masa a Juan Manuel de Rosas y a su gobierno. Puede afirmarse que con Trelles se inicia el revisionismo histórico. La carrera diplomática le facilitó a Vicente Gregorio Quesada acceder a archivos extranjeros por lo que llegó a la conclusión que Rosas fue notablemente hábil en la conducción de las relaciones exteriores. En su Historia diplomática latinoamericana denunciaba la política imperialista de Brasil, gran aliado de los unitarios. En 1887, en cuanto apareció su Historia de Rosas, Adolfo Saldías le llevó un ejemplar a Mitre diciéndole que Rosas había sido también un gran hombre, a lo que éste replicó diciéndole “¿qué queda entonces de los nobles odios?”. Saldías no intentó polemizar con Mitre al que consideraba su maestro, y cuando reeditó su trabajo lo hizo con el nombre de Historia de la Confederación Argentina. La época de Rosas. Su verdadero carácter histórico fue la obra fundamental de Ernesto Quesada, hijo de Vicente Gregorio en la que criticaba la condena sin apelación al período de la Confederación. Ernesto Quesada fue ignorado a simple título de “rosista”, lo que habría influido en su decisión de expatriarse a Alemania resuelto a no volver. En su deseo de que su biblioteca y archivo quedaran en Buenos Aires los ofreció al gobierno de Marcelo T. de Alvear. Ante el desinterés del gobierno argentino, ese invalorable repositorio fue adquirido por el gobierno alemán para crear el Instituto Ibero Americano de Berlín. En 1906 apareció Juan Facundo Quiroga de David Peña, primera reivindicación del caudillo riojano hasta entonces considerado símbolo de barbarie, atraso y crueldad. En defensa de Juan Bautista Alberdi publicó posteriormente Alberdi, los mitristas y la guerra de la Triple Alianza. Carlos Ibarguren publicó en 1922 Juan Manuel de Rosas. Su historia, su vida, su drama en el que lo justificaba y revalorizaba, al que más tarde agregó Juan Manuel de Rosas, su reivindicación. Dardo Corvalán Mendilaharzu, de extracción radical, publicó Sombras históricas (1923) y Rosas (1929). En 1925 apareció la Historia de la historiografía argentina de Rómulo Carbia, iniciador del revisionismo hispanocatólico. Diego Luis Molinari publicó Prolegómenos de Caseros. En 1938 apareció Historia falsificada de Ernesto Palacio y en 1953 publicó Historia de la Argentina. En 1941 se publicó Vida política de don Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia de Julio Irazusta quien con su hermano Rodolfo publicó en 1934 La Argentina y el imperialismo británico. En 1940 vio la luz Vida de Juan Manuel de Rosas de Manuel Gálvez. José María Rosa escribió: Defensa y pérdida de nuestra soberanía económica (1941) El cóndor ciego. La extraña muerte de Lavalle (1952) Nos los representantes del pueblo (1955) La caída de Rosas (1958) El pronunciamiento de Urquiza (1960) La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas (1965) En 1956 apareció el primero de los diez tomos de la Historia de la Argentina, obra cumbre de Vicente D. Sierra. Raúl Scalabrini Ortiz publicó Historia de los ferrocarriles argentinos y Política británica en el Río de la Plata. José Luis Busaniche fue el autor de Estanislao López y el federalismo y de Historia Argentina que dejó inconclusa a su fallecimiento en 1959. Si don Bartolo hubiera escrito una historia imparcial no habría surgido el revisionismo histórico..

Violencia es mentir..

por Juan Carlos Serqueiros  "Violencia es mentir", dice el Indio Solari, y tiene razón... Se ejerce violencia cuando se miente, pero esa violencia sube exponencialmente, cuando se miente en algo de tan capital importancia, cual lo es la Historia Argentina, nuestra propia Historia. En su edición del 16 de agosto de 2009, el diario "La Gaceta", de Tucumán (que tanto en lo que se refiere a su formato en papel, como en lo "ideológico"; calza los mismos puntos que su colega de pasquinazgo, el libelo infame "La Nación"); le realizó una "nota" (bueno che, de algún modo hay que llamarla ¿qué querés que le haga?) al historiador Carlos Páez de la Torre (y aquí hay que decir que en realidad, con esa "nota", lo que está haciendo "La Gaceta" es editorializar por dos, o sea, agregar a la editorial del día; otra más, de manera de seguir lavando cerebros; porque hete aquí que Páez de la Torre, es parte... del staff del diario!!!). Si tenés a mano Dramamine para combatir el vómito que te va a sobrevenir, sos un cacho masoquista y tenés mucho de valiente y arrojad@, aquí tenés el enlace al artículo ese (guarda, es tóxico..., después no digas que no te avisé, eh!): Nota en La Gaceta 16.08.2009 La "nota" en cuestión (que no firma nadie, con lo cual si yo fuese malpensado, podría inferir que las "preguntas" a Páez de la Torre; se las hace él mismo), pretenciosamente titulada "El libro, finalmente, es lo único que queda" (que lo parió..., qué pensamiento profundo!... me dejó anonadado, "groggy sin destilar"), tiene en su encabezado una serie de "flores" intercambiadas entre el diario y su empleado, abundando en consideraciones sobre los méritos profesionales de Páez de la Torre, a quien sindica como "el mayor historiador vivo de nuestra provincia" (no aclara si lo de "mayor" es por la edad, o si está referido a la estatura intelectual del quía, pero bueno... ojalá fuese por lo de la edad, porque si es por lo otro; entonces nos tapó el agua), y a continuación, invita al lector a dejarse llevar por el "mejor guía" (que para "La Gaceta" vendría a ser Páez de la Torre, obvio), en un trip al que pomposamente llama "un recorrido por la historia tucumana" (ah!, mirá vos... para qué te vas a tragar enormes libracos y consultar miles y miles de amarillentos papeles para aprender casi cuatro siglos y medio de historia tucumana; si "La Gaceta" te la cuenta en los pocos renglones de una nota pedorrísima... vendría a ser algo así como los "Resúmenes Lerú" ¿te acordás?). Y trascartón nomás, vienen los ganchos para atraer la atención del lector (pobre lector!... mamaderaaaa), en la forma de "ingeniosísimos" y "sesudos" interrogantes, como por ejemplo: "¿Cómo es posible que el pacífico Nicolás Avellaneda haya sido el hijo de un hombre degollado?". Bueno, parece que para "La Gaceta", un hijo tiene necesariamente que resultar un clon del padre: si el padre fue un hijo de puta, el hijo debe ser asimismo otro hijo de puta; y si el padre era buenito, ergo, el hijo tiene que ser un santo; y encima, todo eso suponiendo que uno coincida con "La Gaceta" en lo de que Nicolás Avellaneda era "pacífico", lo cual en mi humildísima opinión, es bastante discutible; porque no alcanzo muy bien a discernir qué carajo tiene de "pacífico", cederle a la provincia de Santa Fé todas las tierras hasta el paralelo 28 que pertenecían al por entonces Territorio Nacional del Chaco, para que Santa Fé pagara con ellas la deuda externa que mantenía con prestamistas ingleses; como hizo Avellaneda durante su presidencia... "La Forestal", ¿te suena?
O este otro uppercut al mentón: "¿Por qué inauguramos los golpes de estado en nuestro país?" (aclaro: lo de "inauguramos" en leguaje gaceteril, debe leerse como "los tucumanos inauguramos los golpes de estado"). Ignoro de dónde mierda habrán sacado en "La Gaceta" que "los golpes de estado", se "inauguraron" en Tucumán; porque también pueden entenderse como "golpes de estado" el de Vergara and company contra Hernandarias, el de Liniers reemplazando a Sobremonte después de la primera invasión inglesa; el del 25 de Mayo de 1810 contra Cisneros o el de San Martín contra el llamado Primer Triunvirato, por ejemplo y entre otros...; o sea, hay golpes de estado y golpes de estado, algunos buenos, otros no tanto y otros decididamente malos; todo depende de la perspectiva que tenga quien los analice y bajo qué paradigmas lo haga; pero me parece que lo de "La Gaceta", al arrogarse el dudoso privilegio de que en Tucumán se "inauguraron" los "golpes de estado", refiriéndose a Bernabé Aráoz y la creación de la "República del Tucumán" -y te prometo que en alguna próxima vez me voy a ocupar de eso de la "República del Tucumán"-, suena medio fanfarrón ¿no?; sobre todo cuando algunos renglones antes, "La Gaceta" se queja de una supuesta historiografía "porteñocéntrica" (así como también se quejó de otra supuesta historiografía "salteñocéntrica"), o sea que en suma, se quejó, se queja y se quejará de cualquier historiografía que no sea "tucumanocéntrica". En fin, vendría a ser algo así como "los demás son unos turros, porque quieren imponer su centrismo, en lugar de subordinarse al mío". Capaz que en "La Gaceta" tengan algún mambo tipo complejo de inferioridad, viste, y se lo estén trasladando a la gente e instalándolo en eso que llaman inconsciente colectivo. Y además es una chiquilinada caprichosa, porque si hay una historiografía "porteñocentrista" (y desde ya, sí la hay), esa es precisamente la liberal, la de Mitre, López y la larguísima fila de émulos y discípulos que desgraciadamente esos dos supieron cosechar hasta nuestros días; historiografía esta a la cual "La Gaceta" y Páez de la Torre, "casualmente" son adherentes (y adherentes fervorosos, además). La verdad es que al igual que en Tucumán, en otras provincias, muchos de sus historiadores, también anduvieron a las puteadas contra la historiografía "porteñocéntrica"; pero también (y otra vez, al igual que en Tucumán) a la hora de los bifes, fueron (y son) tributarios de esa misma interpretación liberaloide mentirosa y amañada de la Historia Argentina; lo cual ocurre sencillamente porque desde siempre las oligarquías provincianas anduvieron del brazo con la oligarquía porteña, fueron socias de ésta en la entrega del país a los intereses extranjeros; entonces se unieron y se siguen uniendo frente al "enemigo común", o sea, la verdadera Historia Argentina, la nacional, popular e iberoamericana. Confunden (algunos por ingenuidad y otros por interés) federalismo con localismos mezquinos y otras pelotudeces varias, perdiendo de vista que más allá de matices y personajes, la Historia Argentina es una e indivisible; y que eso de porteños vs. provincianos es sólo una más de las tantas zonceras criollas con que nos embotaron los sentidos. O si no, este otro: "¿Qué valor tiene la novela histórica?". Y... qué sé yo qué valor tiene la "novela histórica"... habría que preguntarle al librero el precio de tapa ¿no? jajaja... No, la verdad es que no sé a qué libros "La Gaceta" llamará "novela histórica"; porque que yo sepa, no existe tal cosa. Lo de "novela histórica" es un verso; a lo sumo habrá novelas que incluyan personajes o circunstancias históricas, lo cual no significa en modo alguno, que esas novelas sean "históricas" . Si es novela, es novela y punto, es decir, imaginación, creación del autor; y si es historia, entonces es Historia, esto es, la narración de hechos reales, la crónica de los mismos, su interpretación, etc. Y por supuesto, todo eso lo sabe hasta un chico, pero bueno, "La Gaceta" se lo "pregunta" al bueno de Páez de la Torre, para darle a éste pie para poder explayarse sobre la "culpa" de los historiadores de escribir de un modo "innecesariamente críptico" (¡¿?!), incurrir en la pedantería de subestimar a lo que él llama "lector común" (o sea que para el "democrático" Páez de la Torre, existen varias categorías de lectores, entre las cuales no ubica precisamente en un sitial de privilegio a ese "lector común" al que peyorativamente alude y al que implícitamente considera incapaz de comprender) y bla bla bla... Eso sí, de autocrítica sobre las mentiras de la historiografía oficial mitrista y liberaloide, nada, niente... Y claro, se entiende..., Páez de la Torre es miembro de número de la Academia Nacional de Historia; y entre gitanos, no nos vamos a andar adivinando la suerte ¿no, Páez? Y la "nota" trae además, de yapa, una especie de "edición extra" del programa de Rial, es decir, puteríos, conventilleos y afines sobre Lola Mora, Paul Groussac, Iturri, etc.; con los cuales no quiero contaminarte, para qué, ahorremos otro mal trago, "mejor no hablar de ciertas cosas"... Seamos buenos y dejemos de lado también, la profecía incumplida (por suerte) de este verdadero anticipador del futuro, cuando se refiere a sus "dudas" sobre la celebración del Bicentenario en 2010 (recordar que la "nota" de "La Gaceta" es de 2009), para concluir con un rotundo y despectivo "a las celebraciones se las lleva el viento". Espero que los cientos de miles de argentinos festejando apoteóticamente en las calles, le habrán despejado sus "dudas" ¿O no, don Páez? Mire, mejor dedíquese a otra cosa, porque se ve que eso de la predicción, no es lo suyo... Lo que sí es dañino y nefasto, es el tratamiento que Páez de la Torre le da a temas como por ejemplo, el de considerar a... ¡Belgrano, nada menos!, como alguien que "ya había concluído su ciclo, como todos los hombres", o que "la gente se cansa de sus héroes". Y es lógico..., Páez de la Torre está metido en un berenjenal: si dice la verdad de lo ocurrido en torno a Belgrano y las maldades que contra él cometieron Bernabé Aráoz y la oligarquía tucumana (no el pueblo tucumano, que es otra cosa... "La Gaceta" y su lacayo Páez de la Torre, quieren meterle en la marota a la gente, que la ingratitud hacia el general Belgrano fue de todo el pueblo tucumano; cuando la verdad es que fue exclusiva de la élite que manejaba -y maneja- la provincia), se tira en contra a toda la tilinguería y paquetería tucumana que constituye su público; así que ante eso, opta por obviar esos "pequeños detalles", dejando en pie las zonceras que ese segmento de la sociedad ha adoptado como credo irrenunciable. O eso de atribuir el magnicidio del general Alejandro Heredia a "motivaciones personales" de su asesino, Gabino Robles; y endilgarle de paso el crimen a Rosas, quien vendría a convertirse así (según la teoría policial del "quién se beneficia", que Páez de la Torre hace suya, por lo visto), en el verdadero asesino del Indio Heredia. Todo lo cual es lisa y llanamente UNA GRAN MENTIRA, porque este muchacho Páez de la Torre se "olvida" (se ve que es tan desmemoriado el pobre...) de "cositas sin mayor importancia", como por ejemplo que las muertes de Heredia (y de otros jefes federales) habían sido pergeñadas en el "Plan de sangre y escándalo" concebido por los unitarios en alianza con la masonería y los poderes foráneos (Santa Cruz y los ingleses), y denunciado por Manuel Moreno, y que el autor material del hecho, Gabino Robles, había sido instigado, contratado, equipado y pagado por Marco Avellaneda (ver mi nota al respecto, en este enlace: EL INDIO HEREDIA ). Páez, no hay que macanear eh!, te va a crecer la nariz, guarda, ojo al piojo... Acordate: VIOLENCIA ES MENTIR.

"La cucaracha"

Por Juan Carlos Serqueiros Contrariamente a la creencia generalizada, "La Cucaracha" no es en realidad una canción mexicana; sino española. Y es antiquísima, ya que su origen se pierde en la noche de los tiempos, siendo imposible determinar fehacientemente de qué época data; incluso hay quien dice que es de la época de la guerra de España por liberarse de la ocupación de los moros. Posteriormente, los mexicanos la adoptaron como propia, le pusieron ritmo de rumba, de corrido y de varios otros géneros; y le fueron introduciendo variantes en la letra (“La Cucaracha” no tiene una letra determinada que pueda considerarse la "original", sino cientos de ellas), adaptando la misma a las circunstancias sociopolíticas que iba viviendo México, y mutándola en función de lo que se le ocurría a cada uno de los bandos que luchaban entre sí. En la revolución mexicana de 1913, el pueblo partidario de Villa y Zapata, “bautizó” a un general mexicano llamado Victoriano Huerta -un tipejo sucio, sanguinario, ladrón, corrupto y despreciable; famoso por sus tropelías y también por su afición a la marihuana- con el mote de "la cucaracha". O sea, buscaron un insecto que represente lo más sucio y deleznable, y por eso le pusieron “cucaracha" a Huerta. Y ahí las tropas zapatistas cambiaron el estribillo, por uno que decía: "La cucaracha / La cucaracha/ ya no puede caminar / porque no tiene / porque le falta / la marihuana que fumar".
Pobrecito de Madero casi todos le han fallado Huerta el viejo bandolero es un buey para el arado La cucaracha, la cucaracha ya no puede caminar, porque no tiene, porque le falta, marihuana que fumar El que persevera alcanza dice un dicho verdadero yo lo que quiero es venganza por la muerte de Madero La cucaracha, la cucaracha ya no puede caminar, porque no tiene, porque le falta, marihuana que fumar Todos se pelean la silla que les deja mucha plata en el norte viva Villa y en el sur viva Zapata La cucaracha, la cucaracha ya no puede caminar, porque no tiene, porque le falta, marihuana que fumar Con las barbas de Carranza voy a hacer una toquilla pa’ ponérselo al sombrero de su padre, Pancho Villa La cucaracha, la cucaracha ya no puede caminar, porque no tiene, porque le falta, marihuana que fumar Que bonita soldadera cuando bailan el fandango viva Pánfilo Natera el orgullo de Durango La cucaracha, la cucaracha ya no puede caminar, porque no tiene, porque le falta, marihuana que fumar En la mina todo brilla asi son sus minerales ya murió Francisco Villa general de generales La cucaracha, la cucaracha ya no puede caminar, porque no tiene, porque le falta, marihuana que fumar

miércoles, 14 de noviembre de 2012

La Historia Oficial, Clarín y un plumífero

Por el Dr. Jorge Sulé

Cuando ya creíamos apagadas las grotescas alucinaciones contra Rosas, fruto del acalorado partidismo político post Caseros, vemos aparecer entre las cenizas de la historia oficial algunos rescoldos mortecinos que ya no pueden dar luz sobre las generalidades de una interpretación genuina y leal de la historia argentina.
Estos rescoldos anacrónicos han sido sacados de sus cenizas por el diario “Clarín” en su edición del domingo 28 de noviembre alentados por el soplo denigratorio de un tal Marcelo Moreno, su autor firmante.
No nos referiremos al cargo “pecaminoso” de estanciero que el autor le endilga a Rosas, ni tampoco nos referiremos al “impiadoso masacrador de indios” que también le prodiga. Sobre la extracción sociológica de Rosas y la direccionalidad de su gestión política y económica ya se ha escrito mucho por lo que el autor de la nota debería estar actualizado, en cuanto a las relaciones de Rosas con los indios le recomendamos que consulte los propios testimonios de los indios de la época, aunque sabemos que las obras revisionistas fueron y son en gran parte silenciadas antes que refutadas o calumniadas antes que leídas. Por lo que vamos a detenernos en una perla que el autor cree encontrar para denigrar a Rosas y de paso pretende politiquear con la historia intentando un patético paralelismo entre Videla y Galtieri con Rosas.
Se trata del juicio que se les efectuó a los Reinafé –gobernador federal de Córdoba- y sus hermanos, acusados del asesinato de Quiroga ocurrido en Córdoba el 16 de febrero de 1835.
El contexto histórico es el siguiente: fusilamiento de Dorrego y sus oficiales en Buenos Aires, asesinato del gobernador Latorre de Salta, asesinato de Quiroga en Córdoba, conspiraciones de los unitarios para retornar al poder etc., anarquía en suma. La Sala de Representantes sin vacilar y unánimemente designa a Rosas gobernador de Buenos Aires con la Suma del Poder Público, contexto que el autor omite. Omite también decir que Rosas exigió el juicio de los criminales en Córdoba. Omite decir que José Vicente Reinafe, el gobernador, un día antes del asesinato, se trasladó a la Villa del Rosario preparando su coartada, delegando el mando en su ministro Domingo Aguirre. Omite decir que Aguirre nombra una comisión investigadora integrada por dos empleados del mismo gobierno, uno de ellos sobrino de Francisco Reinafe. Omite decir que la comisión designada da largas al asunto y finalmente acusa a una partida santiagueña. Omite decir que, vuelto José Vicente, sigue dando largas al asunto expresando “esperemos el bostezo de los pueblos sobre el acontecimiento del finado Quiroga el que creo que quede en los papeles” en carta a su hermano Francisco. Se suceden los meses; la impresión era que se echaba tierra y todo quedaría en el olvido. El 7 de agosto a José Vicente en la gobernación le sucede Pedro Nolasco Rodríguez, suegro de José Antonio Reinafé. Ya habían pasado seis meses sin decisión. Rosas entra en cólera y exige el enjuiciamiento de los responsables. Finalmente, ante las presiones de Rosas, Rodríguez anuncia la captura de los hermanos Reinafé, dejándolos escapar previamente.
Francisco escapa a Montevideo, José Antonio a Antofagasta, Guillermo se esconde en las sierras. Los únicos detenidos son José Vicente, que cuenta con la coartada de haber delegado el gobierno, y Santos Pérez, el jefe de la partida asesina.
Rodríguez, en un último intento en salvar a sus parientes, dispone la confección de un tercer sumario; nueva dilación. Rosas, con la anuencia de Estanislao López pide derechamente al congreso provincial que se elija gobernador a Manuel López. Después de otras dilaciones a cargo de Santiago Derqui, presidente del congreso cordobés, es nombrado Manuel López y éste remite a los presos que han sido recapturados a Buenos Aires.
Por resolución de las provincias, cosa que también omite decir el plumífero a sueldo; Buenos Aires a través de Rosas debe juzgarlos.
Rosas delega el sumario y la sentencia en Manuel Vicente Maza, detalle que también omite decir el plumífero de marras. Santos Pérez confiesa haber seguido directivas de sus superiores, Guillermo como José Vicente y José Antonio culpan a Francisco fugado a Montevideo. Los procesados nombran a sus defensores. Uno de ellos Marcelo Gamboa presenta un escrito. No hace una defensa de fondo sino una requisitoria contra la falta de una constitución escrita. A su entender, los Reinafe no podían ser juzgados por una delegación de los gobernadores provinciales por Buenos Aires y pide publicar su defensa. Rosas se molesta con duro lenguaje “solo un atrevido insolente, pícaro legista…etc” ha podido presentarse bajo la apariencia de ejercer un derecho de defensa “un pedido de publicar un escrito de propaganda política”. Rosas lo condena a subrayar “uno a uno los renglones de su atrevida presentación”, no salir a más distancia de veinte cuadras de la Plaza de la Victoria, no ejercer su profesión de abogado. “No cargar la divisa federal” si no cumpliese sería “paseado por las calles en un burro celeste”. No se sabe si Gamboa cumplió la pena de subrayar “los renglones”…ni de alejarse más de veinte cuadras, posiblemente cumplida por tratarse de una ciudad cuyo radio urbano no pasaba de quince cuadras. Pero no fue cumplida la de no ejercer su profesión porque ese mismo año firmaba escritos profesionales, incluso siguió el proceso de los Reinafé. Todo esto lo omite el turiferario de turno. Gamboa no fue perseguido ni paseado en el burro celeste ni sufrió arrestos ni visitas de la policía en los tiempos difíciles de 1840 y 1843. Ni tampoco Gamboa después de Caseros reclamó por alguna persecución en épocas de Rosas. Maza se pronuncia finalmente aconsejando el fusilamiento de Santos Pérez, los Reinafé que quedan y 17 de los 28 efectivos de la partida. Pasó la sentencia a Rosas que pide dictamen al asesor de Estado Dr. Lahitte quien solicita su confirmación. Los defensores, entre ellos Gamboa a quien se le ha levantado la inhibición, piden que se conmuten las penas. Rosas solicita informes a Maza y Lahitte que se pronuncian por el cumplimiento de la sentencia pero aconsejan se rebajen la de los soldados.








En la sentencia definitiva del 9 de octubre de 1836, de 17 soldados sentenciados se reducen a 3. El 26 de ese mes se efectúa la ejecución de los asesinos de Quiroga.



El Sr. Moreno en su nota en Clarín alijeró las cosas, silenció hechos y circunstancias, descontextualizó el relato, se valió de gazapos repetidos y descalificados por la investigación y quiso politiquear con la historia.



Esto último un escritor que estime su oficio no lo debe hacer y es definitivamente imposible cuando no se sabe historia ni se interpreta medianamente la política.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Pepe Rosa nos enseña quien fue Mitre....

"Cuando empieza a actuar en el año 52 en Buenos Aires, lo va a seguir esa juventud que ha si­do rosista y que se entusiasma­rá con Mitre". Se pregunta Ro­sa, ¿qué nacionalidad tiene Mi­tre? Ha nacido en Buenos Aires, sin duda, pero es hijo de padres montevideanos, venidos a raíz de la invasión y él se siente uruguayo hasta el año 52.
"En todas las cartas que yo co­nozco de Mitre, él habla de "mi Patria" como la República Oriental, hasta Caseros. Más: en cierto momento integra el Go­bierno del Uruguay —cosa que parece nos hemos olvidado—, pues durante el Sitio de Monte­video, en el 45, forma parte de la Asamblea de Notables, que se compone de uruguayos. Y además, defiende Martín García cuando el tratado de Mackau entrega la isla a la Argentina —que habían tomado los fran­ceses y luego transferido a los montevideanos porque los ingle­ses no querían que hubiera con­quistas territoriales—, oportuni­dad en que Mitre escribe unos versos que "La Nación" olvida, donde dice:
"El pabellón de Austerlitz lucía en Martín Gar­cía /
y a su lado relucía del Oriente el pabellón, /
y hoy por el suelo se ven, porque el in­mundo tirano /
los arrancó con su mano ¡gracias, Sr. de Mackau!".
Nosotros tenemos la desgra­cia de que nuestros dos Presi­dentes próceres, uno, Sarmiento, dice que la Patagonia y el Es­trecho de Magallanes son chile­nos; y el otro, Mitre, dice que Martín García es uruguayo".
A juicio de Rosa el único apor­te de Mitre a la Argentina ac­tual es el diario La Nación. "No veo otra cosa". Y agrega: "Mitre para. mí constituye un enigma. «Uno lo analiza como militar y como político y encuentra un hombre que no tiene visión, que no tiene ningún alcance Como militar es algo peor que un mal militar, es un desastre, i Es el único oficial que perdió hasta un desfile! el famoso desfile en la calle Florida que dispuso en "orden oblicuo" y nadie enten­dió nada... Cuando quiso utili­zar el mismo "orden" en la ba­talla de Cepeda salió derrota­do. Porque Mitre es el hombre teórico, de libros, que no ve la realidad. Todas sus campañas son objetables. En la batalla de Pavón donde no diré que triun­fa, es la única en que se cree derrotado y se retira...
Y sin embargo lo apoya una cantidad de gente muy capaz y tiene, si no una popularidad mayoritaria en Buenos Aires, al menos un grupo de cierto valor que cree en Mitre —universitarios, intelectuales— cosa que no me la explico. A no ser que el medio intelectual argentino en el año 80 fuera muy bajo; única explicación posible".
¿Tenía Mitre condiciones es­peciales de caudillo?
"No, responde categóricamen­te Rosa. No se le puede llamar caudillo porque no es un hom­bre de pueblo. La condición que tiene Mitre es un gran optimis­mo; es optimista siempre. Y ade­más es un hombre honesto, aunque en aquella época, (agre­ga nostálgico nuestro entrevista­do) la norma era la honradez. Ese aspecto romántico a lo garibaldino que tenía, lo hacía un poco el ídolo de la juventud, que se dejaba arrastrar algo por el chambergo y la melena, como en el caso de Alfredo Palacios".
"No le veo condiciones porque Mitre es un eterno engañado en política. Lo engañan en la Con­ciliación del 77, lo engañan en la revolución del 80, lo engañan en el 91 cuando el pacto con Ro­ca. Carece pues de viveza políti­ca. Pero debe haber tenido algún carisma ya que hay gente arras­trada por él. Con el tiempo, Mi­tre se convierte en el patriarca de la calle San Martín. Es un hombre respetado sin enemigos a la puerta; se lo llama «Don Bartolo»"...
—¿Ese carisma sería el opti­mismo?
—-sí, la honestidad, el opti­mismo, la vida austera; pero por sobre todo el optimismo: en sus derrotas, Mitre siempre cree que ha triunfado. Únicamente pier­de su optimismo en Pavón, que es la única batalla que gana. Después de Cepeda (1859) sale gritando victoria y manda tocar el himno y aunque está derrota­do consigue hacer algunos pri­sioneros urquicistas que al oírlo en la noche se van a su campa­mento convencidos de que es el campamento de Urquiza.
¿Qué le parece Mitre como historiador?
—En verdad, es el único valor que le reconozco. Es el primero entre nosotros que trae el méto­do histórico, o sea la historia ceñida a documentos, ceñida a la verdad. Especialmente en su libro sobre Belgrano y la inde­pendencia argentina en que es­tudia la época de la emancipa­ción con bastante base docu­mental. Mitre perfecciona pro­gresivamente su método: la primera y la segunda edición de Belgrano son antologías escola­res, no hay documentos; pero tal vez porque lo atacaron —entre ellos Vélez Sársfield— preparó ese repertorio impresionante que después fue el Archivo Mitre. Sin embargo le faltan las condiciones esenciales del historiador, es decir, saber distinguir lo im­portante de lo que no es impor­tante, cosa que le criticaron mucho. Al proceso argentino no lo ve a pesar de tenerlo docu­mentado. Y sobre esto contaría algo muy importante. Mitre fue el iniciador del revisionismo histórico.
—¿Mitre?, exclamamos con asombro.
—Mitre, afirma Rosa. No por que él fuera "revisionista", sino porque el revisionismo histórico es la historia documentada, in­terpretada con sentido argenti­no. Uno de los discípulos de Mi­tre, gran admirador suyo, Adol­fo Saldías, le sugiere continuar la historia argentina que termi­naba en el año 20 con la muerte de Belgrano. El nuevo libro se iba a llamar "Historia de Rosas y la tiranía argentina". Como Mitre, muy ocupado con los prolegómenos de la revolución del 80 no podía realizar la obra, le encarga a Saldías que le es­criba en base de documentos. El joven investigador va a las fuentes y encuentra lo que era Ro­sas. Termina su libro y lo envía a Mitre diciendo, según supone­mos: "Fíjese qué equivocación hemos hecho con Rosas, resulta que Rosas es tan grande como usted". Mitre indignado le con­testaba: "¡Cuidado! El método histórico está muy bien, pero no tanto, porque cuando se estudia una tiranía no hay que olvidar los nobles odios"... Ya no es historiador, ya es el político...
—¿A qué se debe esa postura?
—No la atribuyo a mala fe, sino a que Mitre no sabe dife­renciar entre historiador y político Y como político es un his­toriador, como historiador es un político, como militar es un poe­ta, como poeta es un militar; es una mezcla de muchas cosas...
—¿Hay responsabilidad de Mi­tre en los orígenes de la guerra del Paraguay?
—La responsabilidad absoluta de su comienzo la tiene Mitre y la conducción fue desastrosa. Nos lleva y nos arrastra a la guerra por palabras, nada más. Es un orador, un hombre de fra­ses, que se embriaga con ellas. No le gusta el Paraguay porque es una dictadura; en cambio Brasil es una democracia coro­nada... Algunos años después de empezada la guerra, en 1869, hay una famosa polémica entre Juan Carlos Gómez, uruguayo, y Mitre sobre como se inició. Ahí se ve que ninguno de los dos lo sabe. A don Bartolo lo envolvie­ron políticos de mucha más capacidad que la suya, como era Silva Paranhos —después viz­conde de Río Branco— y mi to­cayo Octaviano de Almeida Rosa, dos grandes diplomáticos. Mitre en cambio es un tonto de una tontería tremenda. Después de la guerra, Brasil saca todo el pro­vecho posible y se constituye en defensor del Paraguay, de lo que resta de ese país, por supuesto con el tácito visto bueno de In­glaterra a la que no interesa el Paraguay destruido. Brasil hace su tratado por separado apar­tándose del de la Triple Alianza y entonces sí casi vamos a una guerra, para la cual no estába­mos en condiciones. Mitre es en­viado por el presidente Sarmien­to a Río de Janeiro en el año 72 para solucionar el problema. Allí sufre un verdadero "Curupaytí diplomático". Esa corres­pondencia de Mitre desde Río de Janeiro demuestra que es completamente ingenuo: está discutiendo con uno de los hom­bres más capaces del Brasil, Jo­sé Antonio Pimenta Bueno, mar­qués de San Vicente, y en sus cartas se ve que Mitre no hace más que "tiradas" en el terreno oratorio para que se lo aplauda.
—¿Qué le parece la actuación de Mitre en el interior del país?
—Su manera de hacer la unión nacional en el 61 después de Pavón me parece nefasta, por­que esa unión no se forma por la unión de todas las provincias con Buenos Aires sino mediante el apoderamiento del interior, claro que con la complicidad de Urquiza que está entregando el partido federal —él se queda en Entre Ríos—. Entonces va el ejército de línea y masacra; la idea de acabar con los criollos, los criollos producían caudillos, y viene esa guerra tremenda que es la página más negra de la historia argentina: la ocupación del interior que provocará el levantamiento del Chacho. Todas esas guerras causan hasta 50.000 muertos. Y ¡fíjese qué curiosa es la historia! Mitre pasa por un hombre bondadoso y es bonda­doso, no me cabe la menor duda.
—¿Podía hacerse la unión nacional de otra forma?
—Sí, como se había hecho en el 59, Mitre pudo haber seguido la unión del 59, no haber llegado a aporteñar todo el interior. Cla­ro que allí estaba Urquiza y yo no estoy muy de acuerdo con el Pacto de San José de Plores porque Urquiza debió dejar que el partido Federal tomara el go­bierno de Buenos Aires donde era mayoría. El mantuvo a los liberales temiendo que viniera un gobernador federal que le hiciera sombra.
La presidencia de Mitre es otro desastre. Después de ella, en la presidencia de Sarmiento, hace la revolución del 74 cuya conducción militar es una cala­midad: es la única revolución de toda la historia del ejército que la pierde el ejército frente a milicias. ¡Y esto le ocurre a Mitre! Porque él se levantó con casi todo el ejército, que era mitrista salvo algunas divisio­nes que quedaron a la expecta­tiva como siempre pasa y des­pués de la derrota de La Verde se pliegan al gobierno.
—¿Qué piensa de la conduc­ción económica de Mitre?
—Nunca entendió de economía según él mismo lo dice.
Casi nos parece innecesario formular al doctor Rosa la últi­ma pregunta del cuestionario : ¿Merece Mitre la jerarquía que tiene entre nuestros proceres?
Desgraciadamente, afirma Rosa, es prócer, pero el antiprócer, el hombre que nos ha hecho muchísimo mal porque su actuación, sin querer ser volun­tariamente antiargentina, perjudicó al país. Hasta último mo­mento, cuando los Pactos de Mayo con Chile en 1902, de­muestra ser un europeizante. Es cierto que estaba muy viejo y no tenía la cabeza bien, pero todo su entourage —La Nación, Emilio Mitre— están con una política que va a ser aplaudida por Roca y Pellegrini: quieren una política de paz que signifi­caba para la Argentina abando­nar a Bolivia y al Perú acaban­do así la política americana. En cambio La Prensa, con Estanis­lao Zeballos, Roque Sáenz Peña e Indalecio Gómez y muchos más pedían una posición más firme. Desde entonces nuestro país miró definitivamente ha­cía Europa sin importarle los asuntos americanos.
Yo creo que Mitre no muere por el apoyo del diario La Na­ción. Pero en realidad no nos ha dejado nada ¿Qué herencia hay de Mitre? No creo que sea una figura para recordar sino como una personalidad menor.




Extraido de un reportaje al genial historiador en la revista "Todo es Historia";

Prof. Julio Otaño

domingo, 4 de noviembre de 2012

Los restos del mariscal Solano López



Por Efrain Cardozo

Alta y blanca cruz se levanta en el sitio, cercano al río Aquidabán, en que, según los documentos oficiales publicados en 1936 fueron exhumados el 2 de diciembre de dicho año los restos del mariscal Francisco Solano López para su inmediata traslación al Panteón Nacional de los Héroes, en Asunción  Un viaje efectuado en 1970 al grandioso escenario de la última batalla de la guerra de 1864-1870 renovó algunas dudas que ya en aquella época, hace más de setenta años, se tuvo acerca de la suficiencia de los métodos empleados para autenticar la sepultura e identificar los huesos atribuidos al mariscal López.
 Hasta el entonces ministro de Relaciones Exteriores, doctor Juan Stefanich, a fin de disipar recelos y desconfianzas, se vio obligado a publicar en “La Nación” de Asunción, el 23 de setiembre de 1936, una extensa información acerca del procedimiento seguido para llegar al importante descubrimiento.
 “La noticia del hallazgo de los restos del Mariscal”, comenzaba diciendo el doctor Stefanich, “después de sesenta y siete años de haber sido sepultados, produjo cierta actitud de sorpresa e incredulidad en la población.  Era necesario saber con certeza la relación exacta de los hechos y conocer con fidelidad la descripción de los restos hallados para ofrecer a la opinión nacional el testimonio auténtico y veraz de un hecho de profundo alcance histórico.  Un viaje interesante que acabamos de realizar a la ciudad de Concepción, acompañado del primer magistrado de la Nación (coronel Rafael Franco), nos facilitó los medios de cerciorarnos personalmente de todas las circunstancias y antecedentes que el público debe conocer en una exposición ajustada estrictamente a la verdad”.
 Y he aquí la exposición del Dr. Stefanich: “Es un hecho indudable que los restos del mariscal López y los de su hijo Pancho, coronel de la Nación, muerto también en Cerro Corá, fueron sepultados en dos fosas, próximas una de otra, a orillas del río Aquidabán cerca del sitio donde cayeron.  Los testimonios recogidos por la Comisión encargada de la exhumación y traslado de los restos se fundan en el conocimiento que de ellos ha ofrecido el anciano veterano don Bonifacio Obando, quien hace la siguiente relación de los antecedentes, ratificada últimamente ante el primer mandatario y sus acompañantes”.
 “Al terminar a guerra –dice Obando- tenía más o menos dieciocho años.  Eran mis conocidos y amigos en Asunción el teniente Benigno Frutos, encargado de la caballada del Mariscal y de su Estado Mayor, y Victoriano López, sirviente de madama Lynch.  Ambos me informaron en los primeros tiempos después de la guerra que sobre el paso del río Aquidabán, en la margen izquierda, a una distancia de cien metros aproximadamente, por orden de madame Lynch, quien pidió permiso a dicho efecto a los jefes brasileros, sepultaron los restos del Mariscal y los de su hijo, en dos fosas paralelas al río.  Y que construyeron dos cruces de madera, las que fueron colocadas sobre las dos sepulturas”.
 “Los dos actores nombrados aludían con frecuencia a tales antecedentes –dice Obando- relatando hechos y circunstancias minuciosas de los sucesos históricos de Cerro Corá, en conversaciones frecuentes y habituales conmigo”.
 “Diez años después de la guerra, es decir en el año 1880, y en ocasión de viajar hacia los yerbales, Obando se encontró accidentalmente de paso por Cerro Corá, en compañía de un amigo ya fallecido, de nombre Gabriel Marín.  Descansando ambos en el paso de Aquidabán, encontraron las dos cruces expresadas, una de ellas sin brazo y la otra casi destruida ya por los viajeros que la desmenuzaban para llevarlas como reliquias.  Particularmente interesado por el conocimiento que tenía de los antecedentes, Obando se dedicó a localizar con algunas señales el lugar exacto de las tumbas.  Tomando como punto de referencia unos “arrecifes” –dice el relator- es decir, algunas piedras en el curso del Aquidabán, dirigí la visual hacia las cruces y me fijé en un árbol situado a unos cuarenta metros más allá de las sepulturas.  Con un machete me aproximé a pelar el árbol, sacándole una gran parte de la corteza”.
 “En el año 1897 –prosigue Obando- estuve por segunda vez en el mismo sitio, siendo mi compañero entonces Genaro Jiménez, no encontrando ya las cruces, aunque si el árbol marcado a machete”.
“En fecha 28 de agosto último (1936) se trasladó a Cerro Corá la Comisión Especial destacada desde Concepción, compuesta por Romualdo Irigoyen, del coronel y Jefe de la División de Concepción, don Higinio Morínigo, y de don Marcial Roig Bernal.  Acompañaban a la Comisión, los veteranos Bonifacio Obando y Genaro Jiménez y numerosos vecinos y familias de los viajeros”.
 “A las nueve de la mañana, del día 30 de agosto, la Comisión acampó en Cerro Corá, sobre la ribera del Aquidabán.  Desde allí y sobre la base de los informes suministrados por los nombrados veteranos, se practicaron las primeras exploraciones en busca de las dos tumbas.
 “El aspecto del lugar había cambiado.  Lo que en 1880 había sido un campo, estaba cubierto ahora de una selva espesa.  Los trabajos de exploraciones fueron, por consiguiente, dificultosos.  A raíz de las observaciones de ese día se resolvió trasladar el campamento en la proximidad del lugar denominado “Tapé Tuyá” sobre el río Aquidabán nigüí”.
 “El día 2 de setiembre fueron hallados los “arrecifes” en el curso del río citado.  Se abrió desde allí una picada en la dirección indicada por el veterano Obando, yendo ello a terminar sobre un árbol de Curupay, revisado el cual se hallaron a bastante altura señales de haber sufrido descascaduras antiguas”.
 “Se examinó detenidamente el sitio, hallándose a unos ochenta metros de la ribera del río dos hundimientos rectangulares del terreno a una distancia de un metro del otro, con la apariencia de sepulturas antiguas”.
 “En tal situación se procedió a invitar a las autoridades y vecinos de la población de Pedro Juan Caballero, quienes llegaron al sitio en corporación, tomando parte en la tarea de contribuir a la exhumación de los restos”.
 “Procediose a cavar las tumbas señaladas.  Se extrajeron algunos restos de madera, piedras mezcladas con tierra negra y colorada.  Y a la profundidad de un metro se encontraron algunos pocos y menudos fragmentos de huesos humanos que fueron cuidadosamente recogidos.  Era todo lo que restaba en las dos tumbas.  No había más”.
 “En medio de una emoción silenciosa se llenó una pequeña urna de madera con un poco de tierra extraída de las dos tumbas y en un pañuelo blanco se reunieron los pequeños fragmentos óseos, que fueron depositados en la caja”.
 “Presa de un hondo fervor, la multitud agrupada en el solitario lugar elevó sus oraciones en sufragio de los muertos por la patria.  Las sagradas reliquias del más grande defensor de la patria paraguaya vinieron a abandonar su soledad de más de medio siglo para venir a descansar en el corazón de su pueblo.”.
 “Una cruz de hierro será levantada en aquel lugar, santificado por el sacrificio, señalando el sitio de las dos tumbas al recuerdo de la posteridad”. Hasta aquí el relato del doctor Stefanich, a lo que parece, no fueron fuerza para desvanecer las dudas que expresamente se mencionaron.  Anunciada para el 12 de octubre siguiente la solemne traslación de la urna funeraria al Panteón de los Héroes, “La Nación”, en editorial del 7 del mismo mes, se refirió a “algo que parece preocupar a algunas personas y que incluso podría –de no aclarárselo anticipadamente-  restar parte de la grandiosidad que corresponde a las ceremonias del próximo 12 de octubre: la autenticidad de los restos del Mariscal”. 
 Y agregaba el vocero oficialista de entonces: “Las crónicas periodísticas dando los detalles prolijos de cómo la comisión especial destacada desde Concepción dio con la sepultura que guardaba los restos del Mariscal y de cómo se pudo todavía rescatar el polvo de algunas partículas materiales del héroe, no había sido, a lo que parece, parte para despejar algunas dudas.  Tampoco lo fue la relación de los antecedentes y testimonios relativos a la exhumación de tales restos dada a publicidad por el Dr. Juan Stefanich después de su regreso de Concepción a fin del mes pasado”.  Y finalmente: “Después de todo, nos preguntamos; ¿qué significación tendrían estas dudas frente al simbolismo del gran acto proyectado por el gobierno de la revolución y con el cual se va a dar satisfacción al auténtico y unánime sentimiento popular?”.
 Si persistían las preocupaciones acerca de la autenticidad de los restos, el gobierno no parecía mostrar mucha firmeza en sus convicciones como se desprende de estas últimas palabras que tienden a configurarlo todo –la exhumación y el depósito de los “pequeños fragmentos óseos” en el Panteón Nacional- como un simple simbolismo.  De todos modos, la versión oficial ofrecía demasiadas rendijas por donde pudieran colarse toda clase de incertidumbres.  En todo lo publicado no había nada que ayudara a generar certezas acerca de la autenticidad de los restos que se decían eran los del mariscal López. La información que se utilizó para ubicar la tumba provenía de una sola persona, el veterano Bonifacio Obando, que no había estado en la batalla de Cerro Corá, y que la obtuvo más de medio siglo atrás de otros veteranos, el teniente Frutos y Victoriano López, a cuyo cargo habría estado la inhumación de los restos el mismo 1º de marzo de 1870.
 No fueron consultados para verificar esos datos ni los historiadores nacionales especializados –Juan E. O’Leary estaba entonces en la plenitud de su vigor intelectual- ni la abundante bibliografía, documentación y cartografía existente acerca de la muerte del mariscal López.   Tampoco fue consultado un paraguayo eminente que poseía, según era notorio, información fidedigna acerca del lugar del entierro del mariscal López y que incluso lo conocía “de visu”, por testimonio del general Patricios Escobar que le señaló exactamente el sitio y que quiso ponerse de rodillas para jurarle que allí estaba la sepultura.  Nos referimos al venerable Arzobispo de Asunción, monseñor Juan Sinforiano Bogarín cuya declaración, signada por la Cruz, obra en poder, en copia fotográfica, del autor de esta nota, obsequiada por el Dr. Victor I. Franco.
 En cuanto a los huesos recogidos, tampoco se buscó el peritaje de los especialistas en osteología, que había entonces muchos y muy buenos, sobre todo en la Sanidad Militar, como efecto de la experiencia de la guerra del Chaco donde se pusieron a prueba las enseñanzas de nuestra Facultad de Ciencias Médicas.  Un somero examen científico de los restos hubiera determinado fácilmente si ellos correspondían a un ser humano y de las características anatómicas muy conocidas del mariscal López.   Solamente se tuvo en cuenta el testimonio de segunda mano del anciano veterano Obando, según el cual:  1º- Los restos del Mariscal y de su hijo Pancho fueron sepultados sobre el paso del Aquidabán, en la margen izquierda, a una distancia de cien metros aproximadamente.
 2º- Ambos fueron enterrados en dos fosas distintas paralelas al río sobre las cuales se erigieron cruces.
 3º- Un arrecife del río y un árbol descascarado a machetazos en 1880 eran los puntos de referencia para la localización de las tumbas.
 Sin hacer hincapié en los procedimientos de la comisión exploradora de 1936 señalamos solamente algunos hechos.  Un arrecife como punto de referencia es sumamente impreciso porque en ese trecho del río Aquidabán no hay uno sino varios arrecifes, que aparecen, desaparecen, disminuyen o aumentan de número, según las crecidas o estiajes del río.  ¿Cómo pudo conservar el veterano Obando en su memoria el preciso arrecife que eligió en 1880 como punto de referencia?.
 Los exploradores de 1936 no buscaron las tumbas a cien metros como indicaba Obando, sino a ochenta, una vez localizado el curupay.  Ya no había rastros de cruces, sino dos “hundimientos rectangulares del terreno a una distancia de un metro del otro, con la apariencia de sepulturas antiguas”.  Se hace muy difícil creer que al cabo de sesenta y seis años –el tiempo transcurrido entre 1870 y 1936- el terreno aún mostrara rastros de las excavaciones, en forma de hundimientos de formas geométricas.  Nociones elementales de geología indican que la doble acción de la erosión y de la sedimentación, por efecto de lluvias, vientos, inundaciones, sequías, follajes, ramas secas, etc., alteran permanentemente la faz de cualquier superficie terrestre, y más aún en las inmediaciones de los cursos de agua, como es el caso.
 Que donde fuera efectuada la excavación se hubiera encontrado huesos humanos, no tiene nada de extraño.  Esa zona fue escenario de batalla.  Allí el grueso del pequeño ejército paraguayo al mando de los coroneles Juan de la Cruz Avalos y Angel Moreno defendió hasta la muerte el paso del río Aquidabán.  Según el relato del general Resquín las fuerzas paraguayas fueron exterminadas al avance del ejército brasileño, inconmensurablemente mayor en número y en armas.  Seguramente en ese sector no se ha de dar un paso sin encontrar el sitio de una muerte gloriosa.  Pero allí no estuvo el mariscal López, quien se encontraba en su cuartel general, y luego marchó en dirección al paso pero sin ir más allá de la mitad del camino, detenido ya por el incontenible avance del enemigo.
 La búsqueda fue de “dos tumbas rectangulares y paralelas al río”, según la referencia del veterano Obando.  “Es un hecho indudable”, dice el doctor Stefanich, que los restos del Mariscal y de su hijo Panchito fueron sepultados “en dos fosas, próximas una de otra, a orillas del río Aquidabán, cerca de donde cayeron”.  Ese “hecho indudable” no es corroborado por ningún testimonio, salvo el del veterano Obando.  En cambio todos cuantos relataron la dramática escena del entierro, están contestes en que padre e hijo fueron sepultados en una sola fosa.
 Dice el coronel Juan Crisóstomo Centurión: “Los dos cadáveres, padre e hijo, fueron colocados en la fosa que se había mandado cavar al efecto; pero en vista de que no había sido suficientemente profunda, a solicitud de la señora Lynch, se volvieron a sacar aquéllos, y ahondándola, fueron enterrados los dos juntos el uno al lado del otro, separados por una camada de tierra”.
 Juan Silvano Godoy reproduce el testimonio de Enrique Solano López, uno de los hijos sobrevivientes del Mariscal y dice: “Se desenterró el cadáver, se ahondó y ensanchó la fosa, tomando parte material en el trabajo el mismo Peixoto.  La señora Lynch compró en tres onzas de oro una sábana blanca, con la cual envolvió cuidadosamente el cuerpo del mariscal López que estaba completamente desnudo, y depositaron a su lado izquierdo el del malogrado joven Juan Francisco.  Cuando hubo quedado bien rellena la sepultura, continuaron la marcha emprendida”.
 Veamos ahora testimonios brasileños.  El vizconde de Taunay, que, aunque no estuvo en la batalla de Cerro Corá, escribió sus crónicas apelando a los protagonistas, relata: “El Supremo venía cargado en unos varapalo, sustentándole la cabeza un soldado de caballería…  Nuestros soldados contemplaron ese cadáver con curiosidad; las mujeres paraguayas danzaron alrededor.  El coronel Paranhos mandó apartar aquellas furias, y ordenó el entierro, siendo el cuerpo sepultado a pedido de la Lynch, en la misma sepultura que la del hijo Pancho”.panteon-nacional1
 J. Arthur Montenegro, en las anotaciones a la edición brasileña de las “Monografías Históricas” de Juan Silvano Godoy, publicada en 1895, dice: “Fue encargado de dar sepultura a los cadáveres el alférez Duarte P. de Oliveira, ayudante de campo del coronel Paranhos.  Este oficial, por descuido o a propósito, no hizo caso de los dichos jocosos de los soldados que cavaban la sepultura.  El cadáver fue traído al lugar de la inhumación acostado sobre cuatro varas y colocado dentro de la sepultura.  Mme. Lynch, que asistía a la escena, se quejó al general Cámara de las palabras impropias que oía de los soldados.  Entonces el general, reprendiendo severamente al citado oficial, ordenó que se hiciese cargo de ese servicio el entonces alférez Miguel Vieira de Novaes, ayudante de órdenes del coronel Paranhos.  Este oficial, condolido por la escena dolorosa a que asistía, y por mero sentimiento de delicadeza y humanidad, se presentó a Mme. Lynch que lloraba junto a la sepultura, pidiendo que ordenase lo que deseaba.  Los cadáveres estaban ya siendo enterrados, pero en vista del deseo de Mme. Lynch, el oficial los desenterró, mandó profundizar la fosa y reunió en una sola sepultura los cadáveres del mariscal López y del coronel Panchito, padre e hijo separados por una camada de tierra”.  (Montenegro afirma ser poseedor de los apuntes íntimos de madame Lynch).
 No hay discrepancias en los testimonios.  Una sola fosa reunió los cadáveres, apenas separados por una tenue capa de tierra.  Lo de las dos sepulturas rectangulares, cavadas a una distancia de un metro la una de la otra, como aseveró Obando, y que fue el dato básico para la excavación de 1936, no corresponde, por cierto, al modo como fueron enterrados los dos caídos en Cerro Corá.
 Con ser insalvable la divergencia, no es sin embargo la fundamental para la completa dilucidación de la autenticidad del hallazgo de 1836.  Según la información proporcionada por Obando, en que se basó la búsqueda, el enterramiento fue “sobre el paso del Aquidabán, en la margen izquierda, a una distancia de cien metros aproximadamente”.  Es verdad que el descubrimiento de las tumbas, en 1936, no fue a cien sino a ochenta metros de la ribera, pero esa diferencia cabe dentro de la estimación aproximativa hecha por el veterano Obando.  Demos por sentado que se excavó en el mismo sitio donde en 1880 Obando creyó localizar las sepulturas conforme a los datos que le proporcionaron dos veteranos que dijeron haber sido quienes las habían cavado el 1º de marzo de 1870.  También admitamos, como un supuesto, que efectivamente fueron dos tumbas, en vez de una.  ¿Podría ser, una de ellas, la del mariscal López?.
 El veterano Obando pudo haber transmitido fielmente, punto por punto, los datos que había recogido poco tiempo después de terminada la guerra y en 1880 tuvo ocasión de trasladar en el terreno, dejando señales para una posible localización del lugar de la inhumación en el futuro.  La comisión exploradora pudo haber procedido correctamente en la prospección del terreno, conforme a los datos de Obando, sin necesidad de recurrir a otras informaciones.  Pero el teniente Benigno Frutos, encargado de la caballada del Mariscal y de su Estado Mayor, y el sirviente de madama Lynch, Victoriano López, ¿le dieron a Obando una relación ajustada de la verdad? ¿Es verdaderamente cierto que el mariscal López y su hijo el coronel Juan Francisco López fueron enterrados a escasa distancia del río Aquidabán, a ochenta metros de la ribera, según el relato de Benigno Frutos y de Victoriano López?.
 Corresponde abordar el punto central de este análisis.  ¿Qué dicen los testimonios acerca del lugar donde fueron sepultados los restos del mariscal López?  Ni Centurión ni Resquín aclaran el punto, pero nada dicen, como tampoco O’Leary, que la tumba fuera cavada cerca del río Aquidabán.  Godoy, que utilizó los datos de Enrique Solano López, escribe que madama Lynch se encontró con el cadáver del Mariscal, “cuando regresaba a pie al antiguo cuartel general paraguayo”, y que allí fue cavada la sepultura.  Tampoco la ubica cerca del río Aquidabán, y no podría hacerlo puesto que madama Lynch al aproximarse al cuartel general, desde el lugar donde estaba refugiada durante la batalla en su coche (ver mapa del coronel Aveiro), se alejaba del río.
 Si solamente por inferencias puede deducirse de estos testimonios paraguayos que el entierro no fue en las cercanías del río Aquidabán, hay otro de mayor valor, proveniente del general Patricios Escobar, que si no pudo participar en la batalla de Cerro Corá llegó al campo de acción el mismo día, vio la tumba del Mariscal, y años después, visitando el lugar, señaló al Arzobispo de Asunción (entonces Obispo) monseñor Juan Sinforiano Bogarín, el sitio exacto de la inhumación.
 El ilustre prelado documentó el hecho en un notable documento autógrafo, datado “Asunción, setiembre de 1936”, es decir en la misma época, mes y año, en que el ministro Stefanich publicó sus declaraciones sobre el modo cómo había sido hecho el hallazgo.  Poco tiempo antes de su muerte, monseñor Bogarín entregó el documento a Luis Escobar, hijo del general Escobar, y es en poder de los herederos de este inolvidable caballero que hoy se encuentra la importante pieza manuscrita.
 El documento consta de dos partes.  En la primera se refiere a la visita que hizo en 1906 con el general Escobar para localizar la sepultura del Mariscal; en la segunda refiere lo que el mismo general le relató acerca de las circunstancias de la muerte del general Francisco A. Roa.  Solamente transcribimos la primera parte.  Dice así:
 “Antes de describir mi viaje a Punta Corá –hoy Pedro Juan Caballero- que lo hice en junio de 1906, quiero dejar constancia de las conversaciones que, años antes, he tenido con el general Patricio Escobar, hoy finado.
 “En más de una ocasión, me pedía el nombrado General que, si alguna vez tuviese que irme a Punta Porá, le avisase a tiempo para acompañarme hasta Cerro Corá, donde cayó prisionero al terminar la guerra –de 1865 a 1870- y deseaba volverlo a ver antes de morir, a la vez que mostrarme la sepultura del mariscal Francisco Solano López”.
 “A esto yo le replicaba que de aquel entonces a la fecha de nuestra conversación, han transcurrido cerca de 50 años, que todo habrá cambiado allá; lo que era entonces campo sería hoy monte… motivo por el cual me parecía que le sería casi imposible hallar aquella sepultura.  A mi pesimismo contestaba que él se había fijado bien donde fue sepultado el Mariscal, en medio mismo de dos árboles que tendrían de diámetro de 4 a 5 pulgadas y distante uno de otro, unas 8 o 10 varas, y que si existen dichos árboles, esperaba encontrar el lugar y mostrármelo (subrayado en el texto)”.
 “Continuaba yo mis giras pastorales por los pueblos de la República, cuando me resolví misionar en aquel lejano pueblo de Punta Porá; avisé al General comunicándole el tiempo de mi próxima visita a aquel apartado departamento y él fue a esperarme en su estancia ganadera de Aramburú-cué”.
 “Llegado a la nombrada estancia, misioné allí durante tres días al cabo de los cuales emprendí viaje para Cerro Corá junto con el General y los sacerdotes que me acompañaban quienes fueron el Dr. Narciso Palacios y José Natalicio Rojas, llegando al histórico lugar nombrado el día 12 de junio a las 12.35 p.m. y hospedándome en un rancho, depósito de alambres custodiado por un brasilero de nombre Ovidio Freire”.
 “Hecha una ligera comida, montamos todos a caballo y nos dirigimos al lugar buscado.  Llegamos allí, el General detuvo su montado, quedó un momento pensando –como haciendo una reminiscencia- dirigió su mirada a su alrededor y vio los dos árboles –a que más de una vez se refería mucho antes del viaje- que son Curupay-itá, distantes, uno de otro, unas 10 varas y teniendo cada uno de 17 a 18 pulgadas de diámetro.  El General dijo: “de aquí al Paso Tuyá del río Aquidabán-nigüí habrá de setecientos a ochocientos metros”; lo que verificamos “de visu” y lo encontramos a esa distancia”.
 “Perfectamente orientado el general Escobar, me dijo: “Monseñor, yo voy a ponerme de rodillas para jurarle que en medio mismo de estos dos árboles está la sepultura del mariscal López” (subrayado en el original).  Yo le contesté que no había necesidad de tal juramento, que me bastaba su categórica afirmación”.
 “A pocas varas del árbol que quedaba al Oeste del otro, había unas tres o cinco plantas de Tala (Yuasy-y) lugar en que estaba la carpa de mando del Mariscal y que, muerto éste fue ocupado por el Jefe brasilero, quien lo era el general Cámara.  Me mostró el montículo –distante del lugar donde nos encontramos unas 150 varas- al pie del cual había sido él (Escobar) colocado –siendo entonces coronel, promovido a general después de la guerra, acompañado de sus pocos soldados famélicos y conservando allí mismo sus fusiles empabellonados”.
 Analicemos el importante documento que por primera vez ve la luz pública.  Según el testimonio del entonces coronel Patricios Escobar, que estuvo en el campo de batalla de Cerro Corá, el mariscal López fue sepultado entre dos árboles de Curupay, a pocas varas del lugar donde se alzaba la carpa de mando o tienda de guerra del mariscal López.  Cuando el general Escobar quiso dar mayor precisión a la ubicación, indicó que desde ese sitio al Paso Tuyá del río Aquidabán-nigüí, había de setecientos a ochocientos metros.  ¿Si la tumba hubiera sido cavada a ochenta o cien metros del río Aquidabán, por qué habría omitido Bogarín, tan notorio accidente geográfico como punto de referencia mucho más cercano que el otro mencionado?.
 Y la verdad es que el mariscal López fue sepultado si no debajo de su propia tienda de campaña, por lo menos en sus proximidades.  El general Cámara en una relación que transcribe “El Pueblo” de Asunción del 1º de marzo de 1894, procedente sin duda de algún periódico brasileño que no se cita, recuerda: “… mandé conducir el cadáver para el campamento, poco antes ocupado por él.  Dispuse sobre su entierro que se verificó a la vista de su madre y dos hermanas, debajo del toldo de paño que allí existía”.
 El coronel José Bernardino Borman, en su “Historia da Guerra do Paraguay” (T. III, p. 141, Curitiba, 1897), refiere: “El cuerpo del mariscal López fue transportado para el campamento para dársele sepultura en el lugar en que tuviera poco antes su tienda de guerra”.
 J. Arthur Montenegro, otro brasileño que hizo la campaña, en sus anotaciones a las “Monografías Históricas” de Juan Silvano Godoy (edición portuguesa), dice: “La inhumación tuvo lugar en el lado izquierdo de la enramada que horas antes sirvió de cuartel general y bien próximo al lugar donde debían, en ese día, ser ejecutadas la madre y la hermana de López”.
 En un documento oficial brasileño, de la mayor importancia, que el doctor R. Antonio Ramos dio a conocer en el número especial de “La Tribuna” del 1º de marzo de 1970 suscrito por el ministro de guerra del Imperio, barón de Muritiba, y dirigido al consejero José María da Silva Paranhos, entonces en Asunción, se lee: “El Emperador se admira de que Cámara no hiciese autenticar la muerte de López por medio de un examen en regla para ser debidamente publicado.  Entiende él que esto aún puede tener lugar por saberse que fue sepultado en una choza próxima a su tienda, después de habérsele sacado la levita y el chaleco de paño azul, dejando el cadáver con las botas y el pantalón también azul galoneado”.
 Aunque difieren los testimonios brasileños sobre el lugar exacto de la inhumación, ya que en ellos se afirma consecutivamente que lo fue en el propio lugar donde estaba la tienda de guerra del Mariscal, en el lado izquierdo de la enramada que servía de cuartel general, o en una choza próxima a su tienda, hay una evidencia, en que coinciden todos los documentos: al mariscal López se le enterró en la zona donde había establecido su cuartel general, ya sea bajo su propia tienda, o muy cerca de ella.
 Nosotros nos inclinamos a aceptar la versión del general Escobar: la inhumación fue a algunas varas de la carpa de mando, no debajo de ella, como lo afirma el general Cámara.  Esa tienda –“forrada de damasco de seda verde y alfombrada”, según el vizconde de Taunay- fue ocupada esa misma noche del 1º de marzo de 1870 por el general Cámara quien arrastró a su lecho a una de las hermanas de su víctima  ¡Lo habría hecho sobre la tumba recién abierta!  ¡Nos resistimos a admitir que pudiera llegar a tanto la monstruosa insensibilidad del inmolador del mariscal López!.
 De todos modos, bajo la tienda de guerra del Mariscal, o cerca de ella, bajo una enramada o en una choza o al aire libre, es evidente que la inhumación tuvo lugar en el radio del cuartel general, de que esa tienda era el punto central.  Todo, pues, se reduce a localizar el sitio, dentro del amplio circuito denominado Cerro Corá, donde al mariscal López instaló su cuartel general.
 Apelamos, en primer lugar, al testimonio del coronel Juan Crisóstomo Centurión a quien debemos la más completa y exacta descripción de Cerro Corá.  Dice así:
 “El campamento de Cerro Corá ocupaba un extenso espacio semicircular, limitado al Norte por el Aquidabán y los bosques que pueblan su orilla izquierda; al Sud por los (bosques) que pueblan la orilla derecha de uno de los brazos de aquel río, denominado Aquidabánnigüí; al Oeste también por bosques de las orillas mencionadas de ambas corrientes formando un boquerón que da entrada a un abra o potrero natural, y al este por un valle o planicie sin bosques por donde va el camino que conduce a Chirigüelo, distante unas cuatro leguas del campamento de Cerro Corá.  Más lejos al Sud del brazo del Aquidabán se ven unas elevadas montañas, con los lados cortados a pico, escarpadas y desnudas de vegetación, las cuales vistas desde la distancia parecen destacarse del centro de las inmensas selvas que la rodean.  Dichas montañas están colocadas formando un círculo; de ahí el nombre que se ha dado al paraje de que se tata.  El Mariscal estableció su cuartel general en medio del campamento, al pie de una isleta de arbustos.  Para el efecto, la hizo limpiar conservando para sombra los mejores de éstos.  Allí se agruparon los coches, carretones, y carretas cargadas de sus equipajes.  De este punto al paso del Aquidabán habrá unos 600 a 700 metros.  Al Norte a unas dos o tres cuadras del cuartel general, y también al lado de una isleta, se instaló la mayoría.  A la izquierda, a media cuadra, estuvieron acampados el batallón riflero y el escuadrón escolta.  El brazo del Aquidabán donde el Mariscal solía ir a pescar, dista del cuartel general unas cuatro cuadras”.
 La exposición del coronel Centurión es muy clara: “El Mariscal estableció su cuartel general en medio del campamento”, entendido éste como el extenso espacio semicircular situado entre el río Aquidabán y el arroyo Aquidabánnigüí, a unos 600 a 700 metros del primero y a unas cuatro cuadras del segundo.  Allí el Mariscal levantó su tienda de guerra y en torno de ella los demás locales de su Estado Mayor.  En consecuencia, mal pudo haber sido enterrados sus restos a unos 80 a 100 metros del río Aquidabán, como lo aseveró el veterano Obando en cuyos datos se basó la comisión exploradora que en 1936 buscó esos restos.  La información coincidente de fuentes paraguayas y brasileñas es que la inhumación se efectuó o debajo de la tienda de guerra o muy cerca de ella, en el centro del campamento, pero en ningún caso a más de medio kilómetro, en las proximidades de la ribera del Aquidabán, como se creyó en 1936.
 Acerca de la ubicación del Cuartel General se tiene un documento gráfico del mayor valor, por lo menos en este punto.  Se trata del “Plano de Cerro Corá según datos del coronel Silvestre Aveiro y del agrimensor Alberto Baumgart.  Por encargo de la Dirección de la Revista del Instituto Paraguayo, abril 21 de 1897”, que se publica en el número 6 de esa Revista, especialmente dedicada a la batalla de Cerro Corá.  Ese mismo plano fue incluido por Centurión en el IV tomo de sus Memorias.  Adolece de errores, algunos graves, como el curso equivocado que da al arroyo Aquidabánnigüí, al cual hace seguir dirección incorrecta, de S.E. a N.E., al oriente del Cuartel General, cuando que geográficamente su curso es del S. al N.O. del mismo cuartel.  Además las distancias aparecen distorsionadas: del cuartel general al río Aquidabán, Aveiro calculó 1.000 metros y del cuartel al Aquidabánnigüí, en el lugar donde el Mariscal fue herido, 1.500 metros, aunque por tortorales, es decir, no en línea recta.  Las distancias correctas son las que ofrece el coronel Centurión, pero de cualquier modo, este croquis confirma lo que el coronel Centurión explica en su descripción de Cerro Corá: el cuartel general, es decir, el lugar donde encontraron sepultura los restos del mariscal López, estaba en medio del anfiteatro, de 700 a 1.000 metros del Aquidabán, y nunca a 80 metros, donde ellos fueron buscados en 1936.
 Cumple a la honestidad histórica admitir una posibilidad: que hubo en Cerro Corá un segundo enterramiento (en puridad sería el tercero, pues consta que a pedido de madama Lynch el cadáver fue retirado de la primera fosa para excavarla más profundamente, y luego vuelto a ser sepultado en ella), y que esta nueva inhumación se hubiera efectuado en el lugar indicado por el teniente Frutos y el sirviente López al veterano Obando.  Mientras no aparezcan los documentos que corroboren tal hipótesis, quedan en pie los que indican como lugar de enterramiento el sitio donde estuvo instalado el último cuartel del mariscal López.
 Y por notable coincidencia, es precisamente en ese lugar donde se ha levantado el monumento nacional que perpetúa la gesta del 1º e marzo de 1870.  Allí están bajo esas lozas, las cenizas del mariscal López y no bajo la cúpula del Panteón de los Héroes.
 ¿Quiere decir que corresponde descalificar la autenticidad del puñado de tierra y de “los algunos y menudos fragmentos de huesos humanos” depositados en una urna en el Panteón el 12 de octubre de 1936 y desde entonces objeto de la reverencia nacional?  De ninguna manera.  Reproducimos aquí lo que escribimos al respecto en “La Tribuna” del 16 de agosto de 1963:
 “De todos modos, la presencia de tierra de Cerro Corá en esa urna reviste un valor representativo que justifica su guarda en el Panteón Nacional y su veneración por el pueblo.  Aunque no contenga precisamente los restos del mariscal López, ese puñado de tierra está empapado con la sangre del indomable puñado de héroes que libraron la última batalla, en el último confín de la patria, y que prefirieron morir antes que capitular.  Tiene la sangre del octogenario vice-presidente Sánchez que respondió a la intimación: “¿Rendirme, yo?  ¡Con esta espada jamás!”, y del niño Panchito López que enfrentó la muerte con un homérico: “¡Un coronel paraguayo no se rinde!”.  Y tiene, quien lo duda, la sangre del Mariscal de Hierro, de ese grandioso personaje escapado de la tragedia griega, tallado a golpes de maza en el urundey de nuestra selvas, nimbado de rayos y cataclismos, figura enorme, singular, y que purgó todos sus errores y todos sus pecados y ganó fama inmortal en la Historia, con su inmolación final y con esa frase, con que selló su apocalíptica carrera y que hasta ahora resuena en los cielos el mundo: “¡Muero con mi Patria!”.
 Por eso bien está la urna con la tierra de Cerro Corá y con el nombre del mariscal López, bajo la cúpula del Panteón Nacional y a los pies de la Virgen de la Asunción.

Fuente
Cardozo, Efraín – ¿Dónde están los restos del mariscal López? – Historia Paraguaya – Volúmen 13 – Asunción (1970)

Extraido de Revisionistas.Com.ar