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martes, 6 de enero de 2015

Alexis de Tocqueville [1805-1859]

Por David CARRIÓN MORILLO

Tocqueville es uno de los más brillantes pensadores políticos de todos los tiempos, hecho que se reconoció ya en vida del autor. Sus ideas han deparado análisis de los más conspicuos filósofos, sociólogos y politólogos del siglo XX. Son legión los autores que se declaran influidos por sus ideas, cobrando vida propia en estos comienzos del siglo XXI. Sin embargo, aunque uno no sea admirador de Tocqueville, no puede dejar de reconocer sus aciertos, sus proféticas afirmaciones y su visión ilimitada sobre la sociedad democrática. Este ilustre autor francés, más allá de la pasión por la libertad que, explícitamente, iluminaba las mejores páginas de sus obras, tuvo en su vida una coherencia ejemplar. Pese al contexto histórico que le tocó vivir, en su ánimo palpitaba el deseo de desempeñar la libertad política como un aristócrata de la mejor especie. Precisamente, en este artículo se desarrollará con brevedad su trayectoria personal y política que, no debemos olvidarlo, fue completamente consecuente con su finísimo pensamiento político. El 29 de julio de este mismo año [2005] habrán transcurrido doscientos años desde que nació, pero su influencia y pensamiento durará mucho más. Alexis-Charles-Henri Clérel de Tocqueville nació el 29 de julio de 1805 en la calle Ville-l’Évêque de París, en el seno de una familia normanda muy antigua de “un profundo y arraigado catolicismo y una gran altivez aristocrática” dice J. Peter Mayer (1). Era el tercer hijo de Hervé-Louis-François-Jean-Bonaventure Clérel y de Louise-Madeleine Le Peletier Rosanbo, ambos de treinta y tres años, y casados en el departamento de Loiret del municipio de Malesherbes. Su padre, Hervé de Tocqueville, descendía de un linaje de la noblesse d’épée, los Clérel de Tocqueville, que se dedicaban a la carrera militar o a la eclesiástica hasta la Revolución. Su madre, la señora Hervé de Tocqueville, descendía de una de las primeras familias de la noblesse de robe; era nieta de Malesherbes, que había ejercido de abogado defensor de Luis XVI ante el tribunal revolucionario. El padre y la madre de Alexis de Tocqueville estuvieron encarcelados en París bajo el Terror, salvando la vida gracias a la caída de Robespierrre. Tras diez meses de cautiverio, Hervé de Tocqueville, salió de la prisión con el pelo blanco a los veintidós años, siendo aún más dramática esta experiencia para su mujer, cuyos nervios quedaron destrozados para el resto de su vida. Aunque sea difícil delimitarla, la influencia de su padre sobre Alexis ha sido muy grande. Para André Jardin, “en primer lugar, en la concepción fundamental de la existencia: la vida del conde Hervé estuvo dedicada al servicio público; se desvivió por él (y gastó por él sin medida). Para su hijo, ésta es la verdadera virtud heredada de los tiempos aristocráticos, sin la que la vida está mancillada por una especie de decadencia” (2). La educación de Alexis, al igual que la de sus hermanos, fue confiada al abate Lesueur, antiguo preceptor de su padre, Hervé de Tocqueville. La competencia intelectual del viejo sacerdote era muy limitada, pese a que escribía un francés elegante, sabía griego y había viajado por Europa. Resultado de ese limitado horizonte cultural es que Alexis no tuviera una escritura y ortografía perfectas. Por otra parte, el abate Lesueur imprimió una profunda huella en el carácter de Alexis, enseñándole las virtudes cristianas y ejerciendo de director de su alma, por lo que Alexis siempre le tuvo un enorme afecto, no exento de gratitud. En 1817, el padre de Tocqueville es trasladado a Metz, de donde fue nombrado prefecto. Alexis irá a vivir junto a él completando sus estudios secundarios en el Collège Royal de Metz, obteniendo un premio de honor en Retórica, materia en la que fue fundamental para la formación intelectual del joven Tocqueville la labor de su profesor, monsieur Mougin, quien le enseñó a escribir sus propias reflexiones y conclusiones mientras leía un libro, en lugar de limitarse a tomar notas literales del mismo. Por lo demás, la enseñanza en el colegio de Metz contenía algunas lagunas, sobre todo, comparado con la de los liceos parisienses de la época. Son años en los que Alexis sentirá una gran soledad, al no tener a sus hermanos y su madre junto a él, mientras su padre, con las obligaciones de la prefectura, tampoco le podía dedicar mucho tiempo. El joven Tocqueville intentó aliviar la soledad que le angustiaba con incontables lecturas. Entre los libros que pudo leer, se encuentran autores como Descartes, Voltaire y Rousseau, que produjeron en la mente de Alexis una gran conmoción, concretada en una duda universal -elemento que distorsionará su mundo de valores aristocráticos- y, sobre todo, sus creencias religiosas casi hasta el final de su vida, en cuyo ocaso recuperó totalmente su fe cristiana, disipando las dudas que le atormentaron durante tantos años. A diferencia de otros grandes intelectuales, autores y pensadores liberales de su tiempo, como John Stuart Mill, por ejemplo, el joven Alexis no tuvo una educación amplia y sistemática. El gran crítico de las letras francesas, Sainte-Beuve, reconoció posteriormente que “Tocqueville había leído relativamente poco” (3). Este importante dato, en lugar de perjudicar la valoración de la obra de Alexis de Tocqueville, aún le otorga un mayor mérito, al constatar que, con un ligero andamiaje, el “semiautodidacta” Tocqueville (4) llegó a las cotas más elevadas del pensamiento político universal. El joven Alexis continuó la tradición jurídica de su familia materna cursando la carrera de Derecho en París entre 1823 y 1826. Aunque al principio se aplicó al estudio con entusiasmo, terminó su licenciatura con mediocres resultados. Emprendió luego un viaje a Italia y Sicilia con su hermano Eduardo, regresando para aceptar su nombramiento como juez auditor del Tribunal de Versalles, lugar donde su padre residía en calidad de prefecto del departamento de Seine-et-Oise. El nuevo magistrado Alexis de Tocqueville tomó posesión de su cargo en Junio de 1827. Cediendo a los consejos de su familia, desempeñará este cargo, pero sin mucho entusiasmo. La revolución de julio de 1830 supuso la culminación de una transformación en Francia, donde la aristocracia pasó de ser dominadora a dominada por la apabullante victoria de la burguesía, en rigor, de la gran burguesía, que llegó al poder por primera vez. Su cargo de juez auditor le convirtió en juez suplente, exigiéndosele un juramento de fidelidad a Luis Felipe. Tocqueville prestó el juramento, produciéndole una de las sensaciones más dolorosas de su vida y un indescriptible horror, porque repudiaba completamente la monarquía burguesa de Luis Felipe, “el rey burgués”. En efecto, los acontecimientos de 1830 en Francia le produjeron tal desazón, que no encontró otra salida que poner tierra de por medio. Fue así como emprendió el viaje, junto a su amigo y colega Gustave de Beaumont, que, a la postre, sería crucial en su vida y en su obra: el viaje a los Estados Unidos de América. Para poder llevarlo a cabo, Tocqueville y Beaumont obtuvieron del ministro de Interior el encargo de una misión oficial para investigar in situ el sistema penitenciario norteamericano. Para Tocqueville, tal encargo, era en realidad un mero pretexto que le permitiría cumplir con un deseo que guardaba en lo más profundo de su corazón: conocer una auténtica democracia, la única que existía en aquella fecha, los Estados Unidos de América. Alexis se daba ya perfecta cuenta, según André Jardin, de que los Estados Unidos era el “prototipo del porvenir para Francia” (5). Pensaba que estudiando las instituciones, leyes y costumbres de los Estados Unidos comprendería mejor las transformaciones sociales y políticas que por mor de la democracia se estaban produciendo en Francia e incluso podría llegar a prever su futuro. En abril de 1831, Tocqueville y Beaumont embarcaron juntos rumbo a Nueva York. Sin desatender el cumplimiento de su misión oficial, Tocqueville además tomó toda clase de copiosas notas, acerca de lo que veía y lo que las gentes le contaban. Desafortunadamente para ambos investigadores, su estancia en los Estados Unidos no duró más que nueve meses, al ser presionados por el gobierno francés para que concluyeran su misión y regresaran a Francia. En marzo de 1832 desembarcaron en Francia urgidos para que realizaran el informe sobre las prisiones norteamericanas lo antes posible. Al ser revocado Beaumont de sus funciones como magistrado, Tocqueville decidió solidarizarse con él, y, consecuentemente, renunció a su cargo, abandonando la magistratura a los veintisiete años, sin haber recibido ni un solo salario en los cinco años que perteneció a la carrera judicial francesa. En enero de 1833, Alexis de Tocqueville y Gustave de Beaumont publican Du système pénitentiaire aux États-Unis et de son application en France que ganó el premio Monthyon de la Academia francesa. El libro obtuvo un gran éxito de crítica y no escaso de público, pues será reeditado en dos ocasiones. El 9 de marzo de 1833, Tocqueville ejercerá como abogado, por primera y única vez, ante la sala de lo criminal de Montbrison, defendiendo a su gran amigo de la infancia Louis de Kergolay, que había sido acusado de deslealtad. El ingenio y la elocuencia de Tocqueville conseguirán un fallo exculpatorio. Después de este nuevo éxito, realiza un breve viaje a Inglaterra (del 3 de agosto al 7 de septiembre), donde esperaba encontrar “algunas raíces de Norteamérica, así como una comparación de excepcional valor con lo que había visto en los Estados Unidos” (6). Su estancia en Inglaterra fue muy provechosa al madurar las ideas que Alexis tenía sobre Norteamérica. Dieciocho meses después de su regreso de Norteamérica, en octubre de 1833, por fin se dedicó plenamente a la redacción de su inmortal obra. Entonces Tocqueville se dio perfecta cuenta de la cantidad ingente e inabarcable de información que había reunido, por lo que resolvió buscar ayudantes que pudieran resumirle textos, escribir informes e intercambiar opiniones sobre política, instituciones y costumbres norteamericanas. Théodore Sedgwick III y Francis J. Lippit fueron los elegidos en la encomiable tarea de ayudar al ilustre autor francés en la elaboración de su obra más universal, aunque no participaron de la misma manera. Lippit desempeñó la poco estimulante pero esencial función de amanuense, traduciendo y resumiendo libros y folletos sobre las instituciones norteamericanas, no obteniendo jamás la confianza de Tocqueville. Sedgwick, en cambio, además de conseguirle libros norteamericanos, contestaba a las preguntas que le planteaba Alexis sobre las costumbres norteamericanas o el federalismo de tal forma, que Tocqueville tenía muy en cuenta su opinión, entablando con él una amistad duradera (7). El 23 de enero de 1835 (menos de tres años después de su regreso de los Estados Unidos), aparecieron los tomos I y II de La democracia en América, consiguiendo de inmediato un éxito inconmensurable y procurando a su autor fama universal. Según A. Jardin, “La verdadera causa del éxito fue el gran reconocimiento del talento del autor por parte de la prensa, y, sin duda, sobre todo, el gran elogio que de él hicieron las voces a las cuales el público cultivado estaba atento” (8). Pese a ello, “Tocqueville no quedó deslumbrado por el éxito de su libro y comprendió los motivos del mismo: los conservadores aplaudían porque había prevenido a los liberales contra los peligros de la democracia, mientras los liberales lo hacían porque había mostrado a los conservadores la legitimidad providencial del nuevo orden social democrático” (9). Como prueba del reconocimiento que obtuvo su obra, se le concedió un premio de la Academia francesa. En mayo de 1835, viajó nuevamente a Inglaterra, y, por primera vez, a Irlanda, acompañado de Gustave de Beaumont. Tocqueville quería conocer con mayor profundidad las instituciones y leyes inglesas, pues pensaba utilizar más el recurso comparativo entre las sociedades inglesa, norteamericana y francesa en la redacción de los siguientes tomos de La democracia en América. No fue esta la única razón que le impulsó a viajar a Inglaterra; pues también tenía motivos personales. En 1828, había conocido en Versalles a una joven inglesa, Mary Mottley, nueve años mayor que él, pero de la que estaba enamorado. Ella fue determinante para el futuro bienestar emocional de Tocqueville, logrando apaciguar su carácter atormentado. Su estancia en Inglaterra le permitió conocer a su familia y poco después, pese a la opinión contraria de la de Alexis, Tocqueville se casó con Mary Mottley. También se produjo otro hecho muy relevante en la biografía de Tocqueville en el transcurso de su segundo viaje a Inglaterra, durante el verano de 1835: el encuentro con John Stuart Mill, que marcó su vida de forma indeleble y que supuso una profunda influencia recíproca (10). La lectura de los dos primeros tomos de La democracia en América fascinó de tal manera a John Stuart Mill que no dudó en publicar dos recensiones de los mismos, que aún hoy en día, continúa siendo uno de los mejores análisis que se han hecho de la inmortal obra (11). Asimismo pidió a Tocqueville que publicara algún artículo para la revista que el propio Mill había creado. De este modo, el autor francés publicó en 1836 el artículo titulado “L’état social et politique de la France avant et depuis 1789” en la London and Westminster Review. El verano de 1836 lo pasó en Suiza descansando junto a su mujer, que se recuperaba de una enfermedad. Fueron unos meses de tregua en medio del trabajo que tendría que emprender. Alexis de Tocqueville había recibido a la muerte de su madre la propiedad del castillo de Tocqueville sito en la península de Cotentin. Alexis comenzó a pensar en ser diputado, para desempeñar una de las antiguas tareas de la aristocracia: la función pública. Decidió presentarse por el Cotentin, y no por Versalles o por París, que se consideraban entrar por la puerta grande a la Cámara de los Diputados, y que podría pensarse que fueran más apropiadas para los méritos del eminente autor de La democracia en América. En 1837, presentó su candidatura a las elecciones legislativas, pero al haber rechazado el apoyo oficial que le había ofrecido su pariente, el conde Molé, sufrió una dura derrota. Sin embargo, dos años después se presentó de nuevo, obteniendo una mayoría aplastante. Los electores, en el transcurso de ese tiempo, habían conocido las ideas de Alexis que había tenido múltiples reuniones con ellos. A partir de 1839, fue reelegido constantemente hasta el final de su carrera política en 1851. Tocqueville, durante todo el tiempo que desempeñó la actividad política tuvo contacto asiduamente tanto con sus electores como con su tierra natal, Normandía. Y este detalle no careció de importancia para sus votantes: “Los aldeanos de Tocqueville tuvieron siempre para con él el afecto que se siente hacia un buen padre” (12). En 1838, es elegido miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, aunque no recibió su nombramiento con mucha ilusión. En realidad, aspiraba a entrar en la Academia francesa, de la que fue elegido miembro en 1841, a la edad de treinta y seis años. Tras la publicación de los dos primeros tomos de La democracia en América, se volcó en la preparación de la continuación de su obra inmortal. Para ello, realizó muchísimas lecturas, en esta ocasión, no sólo relacionadas con Norteamérica, sino centradas muchas de ellas, en el estudio de los grandes filósofos. Por todo ello, se vislumbraba que la continuación de La democracia en América podía tener un carácter más abstracto, como así fue. Además de las lecturas y la publicación del ya mencionado artículo en la London and Westminster Review, escribió algunos artículos o informes más, concretamente, Mémoire sur le paupérisme (13) publicado en las Mémoires de la Société académique de Cherbourg cuyo objeto era la ley de los pobres aprobada por el Parlamento inglés el 15 de febrero de 1834 y Deux Lettres sur l’Algérie publicadas el 23 de junio y el 22 de agosto de 1837 en La Presse de Seine-et-Oise. Ninguno de estos artículos, más o menos extensos, tiene la altura de sus obras capitales, en las que parece haber concentrado Tocqueville toda su sabiduría. En abril de 1840, se publicaron los tomos III y IV de La democracia en América. Esta segunda parte de su obra inmortal se considera muy superior a la primera –más descriptiva- y se encuentra entre las mejores obras de pensamiento político de todos los tiempos. “El pensamiento –escribe J.P.Mayer- es más conciso y más profundo, el estilo más pulido y mejor logrado. El horizonte del escritor se ha ensanchado, se ha hecho más universal” (14). Es este el momento crucial en su carrera como escritor; había conseguido tener un estilo brillante y propio, muy influenciado por Pascal, uniendo razón y corazón, siendo el primer pensador político en la historia que procede de esa manera (15). Sin embargo, al contrario de lo que se podría pensar, la segunda parte de la obra fue recibida muy fríamente por el público francés; el nivel de ventas fue similar pero resultó ser mucho menos leída. Era un trabajo absolutamente original, que, por primera vez, había ampliado el círculo de influencia de la democracia, que se restringía al sistema de gobierno, llevándola hasta las regiones de las costumbres, ideas y sentimientos, que entonces se creía estaban fuera de su influencia. Si a todo esto, le unimos la ya mencionada abstracción de la segunda parte de la obra en búsqueda de conclusiones generales válidas universalmente, convendremos que resultaba demasiado complicado para el gusto del público francés de la época. En cambio, en Inglaterra el éxito de la segunda parte superó al de la primera; incluso fue el principio de una larga influencia de este autor en las ideas políticas de las islas británicas (16). Fue precisamente en este período de su vida, cuando empezó a tomar cierta importancia la actividad política de Tocqueville. Así, su debut oficial en la Cámara, tuvo lugar el 2 de julio de 1839, cuando subió por primera vez a la tribuna, para intervenir a propósito de la posición de Francia en la cuestión de Oriente, reclamando una política de presencia francesa en la zona. En 1840, fue elegido como relator por la Comisión nombrada por la Cámara para tratar el problema de la reforma de las prisiones. El 20 de junio, último día de la sesión, presentó su informe, pronunciándose a favor del sistema de Filadelfia, que consistía en el encarcelamiento celular y solitario como castigo severo, pero según se concluía, efectivo. Elegido Tocqueville consejero general de la Mancha como representante de los cantones de Montebourg y de Sainte-Mère Église, le dedicó un gran esfuerzo al cargo que desempeñará hasta 1848, siendo consecuente con sus ideas descentralizadoras. En este período de tiempo tuvo gran actividad parlamentaria. En 1843 se nombró una nueva comisión para la reforma de las prisiones, cuyo relator fue de nuevo Tocqueville, quien sostendrá ante la Cámara la discusión de mayo de 1844, adoptándose el sistema de encarcelamiento individual que él había recomendado en su informe. También participó activamente en muchas otras discusiones, señalándose entre las principales, su oposición a la alianza con Inglaterra. Tocqueville nunca llegó a ser un gran jefe político por carecer de los atributos para serlo; se le achacaba por sus detractores ser demasiado frío, orgulloso, incapaz de improvisar y con discursos planos, carentes del más mínimo mordiente. En su acción política en la Cámara, tuvo grandes enemigos, o, más bien, sentía una enorme antipatía por los líderes políticos Guizot y Thiers. Había modificado su opinión y sus sensaciones en torno a Guizot. Toqueville había asistido al curso que impartió Guizot entre 1828 y 1830 sobre la Histoire de la civilisation en France. Muchas ideas de este curso de historia influyeron en la redacción de la primera parte de La democracia en América, lo que demuestra una gran admiración de Tocqueville, por entonces, a la faceta de historiador de Guizot. Pero el papel que desempeñó Guizot como uno de los principales gobernantes en el reinado de Luis Felipe, provocó la antipatía de Alexis. Antipatía que degenerará en profundo desprecio por haber corrompido Guizot a la Cámara de la que Tocqueville era miembro (17). Respecto a Thiers, Alexis siempre mantuvo la misma opinión: le parecía que este jefe de la oposición constitucional, en lugar de plasmar las virtudes del político que preconizaba Platón, más bien, representaba sus más abyectos vicios. Era hipócrita, intrigante y embaucador. Las relaciones que mantuvo con Thiers fueron siempre tormentosas. Desde 1842 hasta 1846 fijó su actitud en la Cámara oponiéndose a la política de Guizot, para lo que se alió con Odilon Barrot, jefe de la izquierda dinástica, al que consideraba un auténtico liberal. Sin embargo, Tocqueville siempre mantuvo su independencia de criterio y su honorabilidad intachable. En 1842 Tocqueville fue nombrado miembro de la comisión extraparlamentaria para los asuntos de África, presentando, en 1847, un informe acerca del problema de Argelia (a la que había viajado), una de sus grandes pasiones políticas, en el que reclamaba al gobierno francés que alentase todo lo posible la colonización, respetando a los indígenas musulmanes y procurando su bienestar. La Revolución de febrero acabó con la monarquía burguesa de Luis Felipe, que huyó a Inglaterra. Se constituyó, entonces, un gobierno provisional del que formaron parte por primera vez jefes socialistas como Louis Blanc, se proclamó la República y se disolvió la Cámara, convocándose elecciones legislativas con sufragio universal masculino para abril de 1848. El 23 de abril de 1848 se eligieron los miembros de la Asamblea Constituyente que elaboraría una Constitución para la nueva República. Tocqueville volvió al Parlamento. El cambio del sufragio censitario al sufragio universal masculino deparó empero que los nuevos electores se inclinaran mayoritariamente por unos miembros de la Asamblea más conservadores, con lo que la sensación de inestabilidad social no desapareció completamente. En junio de 1848, se sublevaron los obreros parisienses. Esta Revolución fue reprimida en tan solo tres días por el general Cavaignac tras una sangrienta lucha. Mientras, Tocqueville había sido elegido miembro de la comisión encargada de elaborar la nueva constitución. Sin embargo, las tesis principales de Tocqueville no triunfaron, pues no se modificó la tradicional administración centralizada francesa y tampoco se instauró el sistema de dos cámaras que propugnaba. En diciembre se convocaron elecciones presidenciales. Tocqueville votó a Cavaignac, pero resultó elegido Luis Napoleón como presidente de la República por una mayoría aplastante (18). El 2 de junio de 1849, pasó Tocqueville a ocupar la cartera de Asuntos Exteriores en el segundo ministerio de Odilon Barrot. Para desarrollar sus funciones con éxito, nombró gente de su entera confianza en los puestos clave; elige a Arthur de Gobineau jefe de gabinete y designa como embajadores a Corcelle en Roma y a Gustave de Beaumont en Viena. Entre los grandes asuntos que le tocó resolver, quizá el más destacable fuera la tensión ruso-turca. Habiéndose refugiado en Turquía unos revolucionarios, que habían intentado la insurrección húngara, se acogieron a la protección de la Embajada de Francia. Austria y Rusia exigieron su entrega a Turquía, pero ésta no accedió. Se rompieron, pues, las relaciones diplomáticas y Turquía obtuvo el apoyo de Inglaterra y Francia frente a la inminente guerra. Entonces, ante la constatación de esta alianza, Austria y Rusia desistieron de sus pretensiones. Este conflicto es buena prueba de las dotes de diplomático que poseía Alexis de Tocqueville y también muestra su coherencia con su capacidad intuitiva, pues había previsto el peligro de Rusia en unas archifamosas líneas, quizá las más citadas de toda la obra de Tocqueville: “Hay hoy en la tierra dos grandes pueblos que, partiendo de puntos diferentes, parecen avanzar hacia el Democratie_en_ameriquemismo fin: son los rusos y los angloamericanos. Ambos han crecido en la oscuridad, y mientras las miradas de los hombres estaban ocupadas en otras partes, ellos se han situado de repente en primera fila entre las naciones. y el mundo ha conocido casi al mismo tiempo su nacimiento y su grandeza. Todos los otros pueblos parecen haber alcanzado más o menos los limites trazados por la naturaleza y no tener más que conservarlos; pero ellos están creciendo, todos los demás están detenidos o sólo avanzan con mil esfuerzos, y sólo ellos marchan con un paso fácil y rápido en una carrera cuyo límite no puede aún percibirse. El americano lucha contra los obstáculos que le opone la naturaleza; el ruso está en pugna con los hombres. El uno combate el desierto y la barbarie; el otro, la civilización revestida de todas sus armas; las conquistas del norteamericano se hacen con el arado del labrador, las del ruso con la espada del soldado. Para alcanzar su objetivo, el primero se apoya en el interés personal y deja actuar, sin dirigirlas, la fuerza y la razón de los individuos. El segundo concentra en cierta medida todo el poder de la sociedad en un hombre. Uno tiene por principal medio de acción la libertad; el otro la servidumbre. Su punto de partida es diferente, sus caminos son diversos; sin embargo, cada uno de ellos parece llamado por un designio secreto de la Providencia a tener un día en sus manos los destinos de la mitad del mundo” (19). A fines de octubre de 1849, Tocqueville se vio obligado a presentar su dimisión, pues Luis Napoleón había decidido destituir al Gobierno de Odilon Barrot. Luis Napoleón hizo algunos esfuerzos más tarde para asegurarse la colaboración de Tocqueville, pero ambos personajes eran antagónicos, con lo que estaban condenados a no entenderse. En julio de 1850, Toqueville empieza a escribir los Souvenirs, cuya redacción acabaría en Sorrento en 185120. Tocqueville no tenía intención de publicar esta obra, que es mucho más ácida y aguda en sus críticas, y no está tan depurada como las que decidió publicar, en las cuáles vertió su pensamiento mejor y más duradero. En cualquier caso, los Souvenirs se publicaron en 1893 y constituyen una de las más agudas memorias históricas acerca de la Segunda República francesa. El golpe de Estado de Luis Napoleón el 2 de diciembre de 1851 retiró definitivamente de la política a Tocqueville. Su carrera política nunca estuvo a la altura de su obra y, por otra parte, la vida pública en su tiempo le parecía desprestigiada y corrompida en general. Díez del Corral se hace eco de ese desencanto del autor francés: “Lo que Tocqueville echaba de menos en la vida política francesa era la altura de miras, el sentido de responsabilidad y el valor institucional de una antigua aristocracia, y además el vivo latido de la vida social que quedaba pospuesto por los intereses egoístas de clase” (21). No en vano, era la burguesía quien regía su mundo político, a su pesar. Apartado de la vida pública, Tocqueville va a reencontrarse con las tareas puramente intelectuales, y llena su tiempo con lecturas e investigaciones históricas. Planea escribir una gran obra histórica sobre Francia. Pero llega a la conclusión de que para llegar a la Francia posrevolucionaria, ha de estudiar primero sus raíces, que se encuentran en el Antiguo Régimen. Para Tocqueville, como señala André Jardin: “La Revolución propiamente dicha no era sino la terminación violenta y acelerada de una evolución que de todas maneras se habría producido” (22). Tocqueville no se va a limitar a relatar los acontecimientos históricos, sino que se convertirá en historiador pero sin perder su carácter de filósofo y sociólogo, entendiendo de esta manera la historia como un ser vivo, una materia viva que influye sobre nuestros actos y decisiones, metamorfoseándose gracias a ellos. Al investigar las historias de Francia al uso, en ese período anterior a la Revolución, concluye que el simple relato de los hechos no es suficiente. No se trata tanto de relatar los hechos, como de pensarlos. Además, aunque Tocqueville vincula lo racional con la historia, pues es hijo de su tiempo, difiere del planteamiento hegeliano de la misma, al no creer que se pueda encontrar un principio último, general y definitivo del que quepa deducir nuestro devenir histórico. Las palabras del profesor Negro Pavón no ofrecen ninguna duda al respecto: “En el umbral de una época crítica de alcance universal, Tocqueville concibe, pues, la misión de la inteligencia como un intento de ordenar el caos de los acontecimientos que tan vertiginosamente se suceden ante sus ojos. No pretende, por lo tanto, suprimir la Historia a base de explicarla, sino tornarla inteligible a la manera de Montesquieu. Es, en suma, un pensador riguroso, independiente y libre, para el que la Historia es algo que hacen los hombres, y no un estrecho sendero que estemos fatalmente condenados a seguir. Lo cual no le impide, como es obvio, rastrear y desvelar, cuando cuenta con elementos para ello, las concatenaciones causales y las recurrencias que cree advertir en el curso de esa Historia” (23). Durante 1853, a pesar de un estado de salud deficiente por sufrir una de sus frecuentes infecciones pulmonares, explora muchos archivos de Paris, Tours y otras ciudades buscando documentarse a fondo para la preparación de El Antiguo Régimen y la Revolución. Entre junio y septiembre de 1854 viaja a Alemania para informarse sobre las características del sistema feudal en el país germano. Después de cinco años trabajando en su nueva obra, publicó El Antiguo Régimen y la Revolución en 1856. El libro –el primero de tres libros proyectados- tuvo tanto éxito como su obra sobre América, pero a diferencia de ésta se denota en su obra de madurez una incomparable precisión en sus ideas, un estilo completamente depurado, que destila claridad cristalina sin dejar de poseer una vestimenta perfectamente bella. La democracia en América es su obra más famosa pero El Antiguo Régimen y la Revolución quizá sea su obra más redonda. En 1957 viaja, por última vez, a Inglaterra para consultar documentos de la historia de su Revolución. Su intención era publicar una segunda parte de 7122504-LEl Antiguo Régimen y la Revolución, con lo que necesitaba recabar mayor información de la que disponía; pero lamentablemente nunca llegó a hacerlo, por lo que quedó inacabada. Para regresar a Francia, el Almirantazgo inglés puso a su disposición un destructor. No deja de resultar irónico, aunque no es infrecuente, que Inglaterra le rindiera honores de hombre de Estado, cuando Francia nunca lo hizo en vida del autor. Su precaria salud acabó prematuramente con su vida, el 16 de abril de 1859 cierra sus ojos definitivamente en Cannes. El autor de La democracia en América y El Antiguo Régimen y la Revolución, pese al éxito que tuvieron sus obras, nunca se sintió completamente feliz. En él confluían tendencias antagónicas como aristocracia y democracia o razón y corazón; esto le hizo, en muchas ocasiones, debatirse en dudas sobre ideas o situaciones que le atormentaban. La definición de Alexis de Tocqueville que ofrece Díez del Corral describe perfectamente esa características de este francés universal: “Un aristócrata de sangre y espíritu, que acepta la derrota porque no puede menos de admitir los cambios traídos por el tiempo y el ineludible empuje de las nuevas corrientes, aunque disienta de sus principios y se esfuerce por mitigar y encauzar sus efectos. Esfuerzo noble, lleno de objetividad, de inteligentes propósitos al mismo tiempo que de serena resignación, en la que influía sin duda muy humanamente el desencanto sentido por la insuficiencia que no podía menos de reconocer en sus dotes políticas” (24).
NOTAS. (1) Alexis de Tocqueville: estudio biográfico de ciencia política, Madrid, Tecnos, 1965, pág. 19. (2) A. Jardin, Alexis de Tocqueville 1805-1859, México, Fondo de Cultura Económica, 1988, pág. 36. (3) J. Peter Mayer, op. cit.,pág. 22. (4) No duda en calificarlo de esa manera L. Díez del Corral, en El pensamiento político de Tocqueville. Formación intelectual y ambiente histórico, Madrid, Alianza Editorial, 1989, pág. 95. (5) Alexis de Tocqueville 1805-1859, México, Fondo de Cultura Económica, 1988, pág. 79. (6) James T. Schleifer, Cómo nació “la democracia en América” de Tocqueville, México, Fondo de Cultura Económica, 1984, pág. 26. (7) Para conocer más datos de la relación de Tocqueville con sus ayudantes, véase A. Jardin, op. cit., págs. 162-163. (8) A. Jardin, op. cit., pág. 181. (9) J. Peter Mayer, op. cit.,pág. 54. (10) Véase una comparación entre Mill y Tocqueville, en Dalmacio Negro Pavón, Liberalismo y Socialismo. La Encrucijada Intelectual de Stuart Mill, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1975, págs. 175-212. (11) Hay edición española de las mismas, en John Stuart Mill, Sobre la libertad y comentarios a Tocqueville, Madrid, Espasa Calpe, 1991. (12) J. Peter Mayer, op. cit., pág. 66. (13) Hay edición española, Alexis de Tocqueville, Democracia y pobreza (Memorias sobre el pauperismo), Madrid, Trotta, 2003. (14) J. Peter Mayer, op. cit., pág. 57. (15) Para esta cuestión, véase L. Díez del Corral, La mentalidad política de Tocqueville con especial referencia a Pascal, Madrid, Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, 1965. (16) “Seguramente Inglaterra fue el país en que más se mantuvo viva la autoridad de Tocqueville”. L. Díez del Corral, El pensamiento político de Tocqueville. Formación intelectual y ambiente histórico, Madrid, Alianza Editorial, 1989, pág. 395. (17) “¿Qué es la Cámara? –se preguntaba-. Un gran bazar en que cada uno vende su conciencia por un cargo”. Citado por André Maurois, Historia de Francia, Barcelona, Círculo de Lectores, 1973, pág. 400. (18) Véase una lectura clásica de los conflictos de todo este período en Karl Marx, Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850, Madrid, Espasa Calpe, 1995. (19) Alexis deTocqueville, De la Démocratie en Amérique, Paris, Libraire Philosophique J.Vrin, 1990, págs. 313-314. Quizá sea ésta la más famosa predicción de Tocqueville, pero algunos autores han restado importancia a su valor como intuición: “En el tiempo de Luis-Felipe, numerosas personas se encuentran impresionadas por el crecimiento de dos colosos (la expresión es corriente), Estados Unidos y Rusia, y se prevé que, prosiguiendo su crecimiento, los dos colosos reducirán a una importancia secundaria las viejas potencias de Europa”. Bertrand de Jouvenel, El arte de prever el futuro político, Madrid, Rialp, 1966, pág. 196. (20) Edición española de los mismos, Alexis de Tocqueville, Recuerdos de la Revolución de 1848, Madrid, Trotta, 1994. (21) L. Díez del Corral, El liberalismo doctrinario, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1973, págs. 444-445. (22) André Jardin, Historia del liberalismo político. De la crisis del absolutismo a la Constitución de 1875, México, Fondo de Cultura Económica, 1989, pág. 380. (23) Dalmacio Negro Pavón, “Introducción” en Alexis de Tocqueville, Inéditos sobre la Revolución, Madrid, Seminarios y Ediciones, 1973, pág. 13. (24) L. Díez del Corral, El liberalismo doctrinario, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1973, pág. 446.
[. “Alexis de Tocqueville (1805-1859)

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