Rosas

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miércoles, 29 de marzo de 2017

Ceferino Namuncurá (1886-1905)

Por Patricios de Vuelta de Obligado
Nació en Chimpay, en el Alto Valle, a orillas del Río Negro, en la toldería de su padre, el 26 de agosto de 1886. Fue hijo del cacique araucano Manuel Namuncurá, quien depuso sus armas ante el general Nicolás Levalle, por lo que se le dio el grado de coronel de ejército y vastas extensiones de tierra, y de Rosario Burgos, natural del país. Siendo pequeño, la providencia le salvó la vida a orillas del caudaloso Río Negro. Fue bautizado por el sacerdote salesiano Domingo Milanesio, en una de sus giras misioneras, el 24 de diciembre de 1888.
En 1897, viajó con su padre a Buenos Aires, y recomendado por el entonces Ministro de Guerra y Marina, teniente general Luis María Campos, se desempeñó como carpintero en el taller de la Armada nacional, con asiento en la localidad de Tigre. Luego por gestiones del ex presidente Luis Sáenz Peña, se lo aceptó en el Colegio Pío IX de la Obra de Don Bosco. Allí realizó sus estudios, demostrando notable contracción, y se dice que sus superiores y compañeros lo admiraron como un verdadero ejemplo de virtudes.
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Como su salud se resintiese por el clima de Bueno Aires, y ya atraído por la vocación sacerdotal, el vicario apostólico de la Patagonia, y más tarde, cardenal de la Iglesia, Monseñor Juan Cagliero, lo llevó a Viedma (Río Negro), en 1903, para iniciar sus estudios de latín en el colegio salesiano de aquella región. Dadas sus naturales condiciones se le confió el oficio de sacristán en la Parroquia de Nuestra Señora de las Mercedes, siendo además un diligente emanuense, ya que se aprovechó su elegante caligrafía, prolijidad, exactitud y espíritu dócil y maleable que le eran peculiares. Al año siguiente, hacia el mes de julio, Monseñor Cagliero lo llevó consigo a Italia confiando que un cambio radical de clima lograría reponerle en salud y permitirle proseguir sus estudios eclesiásticos.
Llegaron a Turín, el 13 de agosto de 1904, en momentos en que debía celebrarse el X Capítulo General Salesiano. En la Ciudad Eterna, fue recibido en audiencia especial, el 27 de setiembre de 1904, por San Pío X, a quien le obsequió un auténtico quillango tejido con lana de guanaco, oportunidad en que el Padre Santo lo retribuyó con un rico estuche que contenía una medalla de plata.
La Reina Madre, Margarita de Saboya invitada a visitar la exposición de trabajos profesionales de las Escuelas Salesianas de Turín, quiso conocerlo, ofreciéndose Ceferino para mostrarle los objetos de los diversos pabellones. Así tuvo oportunidad de platicar con él, admirando lo despejado de su inteligencia, la serenidad de su porte, y la gentileza de sus modales, todo lo cual se sumó para expresar la Reina Madre, a los que la rodeaban: “Nada le falta a este joven; es un verdadero caballero”.
En Roma, Ceferino Namuncurá visitó las Basílicas de San Pedro y San Pablo, Santa María la Mayor, y mucho otros monumentos de la antigüedad, como coliseos, templos paganos y jardines antiguos. Después de una gira por Florencia, Milán y Turín continuó los estudios en el Colegio Salesiano de Villa Sora, Frascati, localidad cercana de Roma, destacándose por su contracción y los rápidos progresos que hacía, en quien no existía tradición literaria alguna.
Quebrantada su salud por la tuberculosis que iba minando su organismo, así como por las disciplinas en que se aplicaba, fue asistido por el médico del Santo Padre en el Hospital de San Bartolomé de la capital de Italia, donde falleció “con fama de santidad”, el 11 de mayo de 1905, a los 19 años de edad, asistido por Monseñor Cagliero. La Iglesia Católica había perdido a un valiente misionero que soñaba con ser sacerdote salesiano, y volver a su patria para evangelizar a los indígenas de la Patagonia.
Era de cabeza de proporcionado tamaño, cabellos muy negros, abundantes y duros, y el rostro en un óvalo de líneas delicadas; frente estrecha y baja, piel muy bronceada. Pómulos algo salientes y ojos grandes y un poco almendrados, con una mirada de insistente dulzura. Todas sus facciones eran de líneas blandas y armoniosas. De carácter expresivo y alegre, en sus familiares entretenimientos ejecutaba canciones al son de la flauta, teniendo preferencias por las arias dedicadas a la Virgen María.
Este indio arrancado a las pampas ha dejado sus memorias para la posteridad, conservándose alrededor de 54 cartas originales, inspiradas en nobles y elevados sentimientos hacia sus padres y parientes como hacia sus superiores y compañeros.
Sus restos fueron exhumados del Cementerio del Campo Verano de Roma, y repatriados en 1924, para descansar en una capilla construida sobre el antiguo Fortín Mercedes, a orillas del río Colorado, donde la congregación salesiana posee la casa de formación para sus misioneros de la Patagonia. Diez años más tarde, una colosal estatua marmórea, obra del gran artista Canónica, fue colocada en el templo máximo de la cristiandad, San Pedro de Roma. En ella se reproduce a Don Bosco que estrecha sobre su corazón a dos jovencitos, mirando hacia la sede del Sumo Pontífice, y a quienes se reconocen con los nombres de Domingo Savio y Ceferino Namuncurá, emblemas de la santidad de los Colegios Salesianos y de la obra misionera de los hijos de Don Bosco en nuestras tierras australes.
San Pío X llamó a Ceferino, “el más válido protector de las misiones salesianas de la Patagonia”; el Cardenal Cagliero “lirio precioso y raro de las pampas patagónicas”, y otros: “El Santito de la Toldería”, “El Domingo Savio de color”. Una granja para menores indígenas de Neuquén, lleva su nombre, como una calle de nuestra ciudad evoca a la estirpe de los Namuncurá.
El 2 de mayo de 1944 se inició la Causa de Beatificación de Ceferino Namuncurá y el 3 de marzo de 1957 el papa Pío XII aprobó la introducción de la causa. Quince años más tarde, el 22 de junio de 1972, el papa Pablo VI lo declaró Venerable por sus virtudes cristianas. Fue el primer argentino que llegó a esa altura de santidad. El 6 de julio de 2007 el papa Benedicto XVI firmó el decreto con el cual lo declara beato. El 11 de noviembre de 2007 el enviado papal, cardenal Tarcisio Bertone, proclamó beato a Ceferino Namuncurá, ante más de 100.000 personas en una ceremonia de beatificación en Chimpay, Río Negro, solar natal del joven salesiano. Se convirtió así en el primer beato netamente argentino y también en el primer indígena en alcanzar esa condición en el país.

martes, 28 de marzo de 2017

La Revista "Todo es Historia"

Por Norberto Galasso
Luis A. Romero -al referirse a “La historiografía: de la Historia Social al Revisionismo”- otorga gran importancia a la revista, nacida en 1967 y la emparenta con la Historia Social de esta manera: “Siempre me ha parecido ver en el título mismo de la revista, un eco lejano de la apelación de la escuela francesa (hoy convertida en un lugar común) a sacar a la historia de los estrechos límites de lo político, lo militar, lodiplomático” 
Reconoce, entonces, que ella podría incurrir en el defecto de “astillar la realidad, reducirla a minúsculos fragmentos...tras los cuales no se advierte una similar preocupación por reconstruir una imagen de conjunto compleja y consistente a la vez..., cargo similar al que se le ha hecho y se le sigue haciendo a la escuela de Annales”, pero agrega que esto constituiría “una reacción local contra la preocupación, tan fuerte, de reducir la realidad a algunos únicos y sencillos esquemas”. Reconoce Romero que al principio, en la revista “campeaba un cierto revisionismo genérico que ha ido variando con el tiempo” y “un tono de denuncia, de reivindicación nacional y popular”, que luego fue quedando atrás al definirse una posición en favor del eclecticismo, “traducida en una desconfianza quizás excesiva por la teoría o lo que solía denominarse el ensayo y una fe quizás exagerada en los hechos, los hards fats del empirismo anglosajón que, sin embargo, resultaba favorable en el contexto cada vez más simplificador de nuestro medio intelectual de fines de los ‘60”

Después de 12 años de su aparición, a partir de 1979, Todo es Historia pasó a ser editada por Emilio Perina, seudónimo detrás del cual se escudaba Moisés Constantinosvsky. Luna y Constantinosvsky participaron del fervor por el frondifrigerismo  y algunas malas lenguas sostuvieron, en aquella época, que Constantinosvsky participó también de algunas importantes comisiones en los negocios petroleros de aquella época.
De sinuosa vida política, autor de varios libros, entre ellos, La máquina de impedir, Las cuatro confesiones, La Mary y Detrás de la crisis, Perina se constituyó en el asesor directo del presidente Menem en los últimos años y en estrecho amigo de Roberto Alemann.
No extraña este recorrido político y su correlato historiográfico, si se tiene en cuenta que el frondizismo intentó, a través de Marcos Menchensky, una síntesis histórica que culminaba en la tesis del “imperialismo progresista y civilizador”, según la teoría de Rogelio Frigerio.
No sorprende, entonces, que si la Historia Social mira de reojo a las fundaciones prodigadoras de becas, la revista Todo es Historia reciba anuncios publicitarios de grandes empresas y grandes bancos locales y extranjeros (Ford, Bank of America, Banco de Galicia, Sevel, Acindar, Sanatorio Güemes, Gillette, IBM, Argencard, etc.) 
El eclecticismo de la Historia Social es llevado por Luna a sus últimas consecuencias. Ello le vale una polémica con Arturo Jauretche en 1972. con motivo de la exhibición de la película Juan Manuel de Rosas, de Manuel Antín, Luna sostiene que “el mismo primitivismo con que la historia de Grosso dividía a los argentinos en buenos y malos es el que campea en esta película.

La diferencia consiste en que los malos de Grosso son los buenos de Antín y viceversa... Aquí se revive aquel viejo esquematismo con el más elemental maniqueísmo”. 
Jauretche le refuta sosteniendo que Luna se coloca “en esa posición de ‘bendigo a tutti’ que desde un púlpito neutral le permite distribuir justicia mitad por mitad, eclécticamente”.
Luna recoge el guante y sostiene “Creo en la ecuanimidad”...y con una estocada antiperonista agrega: “no soy de los que postulan ‘Al enemigo, ni justicia’”... y teoriza: “El país lo han hecho todos, con sus errores y con sus aciertos, y usted mismo, le guste o no, está viviendo en un país estructurado por los hombres que detesta.Podrá intentar modificarlo, pero no puede renunciar a él, ni puede pretender que el país se desprenda de toda una mitad de su historia para asumir solamente la otra mitad...”.
Desde la revista Dinamis  llega, poco después, la respuesta de Jauretche: “... Es que el doctor Luna supone que la posición revisionista en que estamos es una posición de jueces.

El que se coloca en juez, puede ser ecuánime, nosotros no somos jueces, somos fiscales. Estamos construyendo el proceso a la falsificación de la historia y develando cómo se la falsificó, por qué y qué objeto actual y futuro tiene esa falsificación.

No somos jueces porque la historia falsificada no está sentada en el banquillo de los acusados para que nosotros la juzguemos.

Lo que queremos es sentarla en el banquillo para acusarla ante los jueces, que son las generaciones que vendrán... no puede haber ecuanimidad hasta que no esté demolido el edificio de la mentira.

Le pregunto: ¿Qué estatuas están sobre los pedestales?, ¿qué retratos presiden todos los salones de las escuelas y de los edificios públicos de a república?, ¿qué hechos se rememoran oficialmente y cuáles se silencian?, ¿qué dicen los programas escolares secundarios y hasta universitarios?, ¿qué enseñan los maestros?, ¿qué enseñan los libros de textos desde 1º grado?, ¿quiénes están en las academias?, ¿qué dicen los grandes diarios?... No, Luna, no. ‘Igualá y largamos’ como dice el jinete que se apresta a correr una carrera con otro.
No es tiempo de ecuanimidad todavía porque para ello hace falta que todos hayan sido hombres Y hechos- medidos con la misma vara y que las oportunidades sean para todos iguales. ¿No se ha dado cuenta, usted Luna, que la Plaza 11 de Setiembre recuerda un episodio indignante y es una de las plazas más importantes de Buenos Aires?”.
Finalmente sostiene: “No confunda, doctor Luna, ecuanimidad con encubrimiento. Y no crea que el revisionismo consiste en desnudar a un santo para vestir a otro. No. Los santos que nosotros defendemos hace ratos que están desnudos y lo que queremos es que los otros se saquen los ropones con que los han disfrazado -hombres y hechos- para empezar, desde allí, entonces sí, una historia con ecuanimidad. La falsificación de la historia es una política de la historia.
 La revisión también es una política de la historia y debe ser una política combatiente...Es un error frecuente confundir ecuanimidad con eclecticismo.
Es lo que le pasa a ese desarrollismo hecho sobre la base de las palabras, puestas por el país y los hechos puestos por el extranjero, que sólo es una variante de la visión crematística liberal que impera en el país después de Caseros: hacer un país en cifras.
Nosotros creemos que hacer un país es hacer hombres para que, a su vez, los hombres hagan el país” Una vez más queda al descubierto que el planteo de Luna -y de la Historia Social de la cual es su Grosso divulgador- conduce a vaciar a la historia argentina de toda pasión militante, de todo el interés vivo -de polémica ideológica y material- que le otorga la lucha de clases y que coloca al historiador como continuador de aquellas luchas, sumergido en una empresa colectiva que viene desde el pasado y aún está por concretarse.
Si la Argentina la hicieron tanto unos como otros, según los Halperín y los Luna, quedan en el mismo plano las víctimas y los represores, los incorruptibles y los entregadores, los idealistas que lucharon por un mundo mejor y quienes empujaron hacia atrás por un mundo peor.
En esta glorificación del eclecticismo y este reconocimiento de víctimas y victimarios como iguales hacedores de la argentina, Luna y Romero (h.) se abrazan, intentando legitimar su conducta con el argumento de que “las corrientes historiográficas eclécticas imperan en el mundo” o que “es preferible la tendencia al equilibrio y la conciliación, por parte de la sociedad argentina”.
Olvidan -dada su sumisión ideológica a los países centrales- que la riqueza de los mismos (intercambio desigual, exacción imperialista, intereses de la deuda externa) morigera en ellos los enfrentamientos sociales y por ende la controversia ideológica y política, y olvidan que la clase dominante de la Argentina, agotado su período de esplendor, impulsa “esa tendencia general de la sociedad argentina hacia “la armonía”, por sobre los “conflictos”, pues ese aparente empate -el eclecticismo- le sirve tanto para resguardar su pasado como para consolidar su presente.
En un país encadenado al FMI y a la deuda externa, un auténtico historiador debe privilegiar los “conflictos”, “los antagonismos” y asumir como propio el campo de lo nacional que es el de los trabajadores, aunque esa posición lo excluya de las cátedras, de las academias y de las queridas becas y así seguramente “haría” historia, no como Historia Social que según el propio Romero (h.) se desarrolla “en consciente y firme apartamiento de las incitaciones y demandas de la conciencia histórica del pueblo que -sabíamos- se nutría de otras fuentes”, sino en plena consubstanciación con esa experiencia y esa conciencia histórica.
El camino que ellos adoptan, en cambio, es someterse a la orientación general de las clases dominantes externas e internas que prefieren, por supuesto, por supuesto, un relato pleno de minuciosidades, armonías y conciliaciones o desviar la verdadera historia hacia las anécdotas de la novela histórica donde, en general, prevalece también esa concepción vaciadora y esterilizante de las grandes luchas sociales.

De esta forma -congelada la controversia y la pasión por descubrir la verdad- la historia pasa de “incitadora para la acción”, a promotora de la resignación, reemplazando los proyectos colectivos por las empresas individuales donde las batallas no se dan por grandes banderas sociales sino por becas, prestigio y cátedras.



jueves, 23 de marzo de 2017

Conferencia sobre el Cruce de los Andes

LaAsociación Sanmartiniana del Partido. de Gral. SanMartín y El Instituto de Investigaciones Juan Manuel de Rosas de Gral. San Martín, con el auspicio de la Comisión de Cultura de la Casa y Mutual Universitaria de GSM.,organizaron una conferencia audiovisual sobre el Cruce de los Andes en su Bicentenario brindada por el Cnel. Daniel Alberto D´Angelo. Pudimos vivenciar a través de los comentarios y las fotos desde lo alto de Los Andes sus experiencias en este importante y trascendental Cruce histórico del cual estamos transitando el  Bicentenario.

El mismo se realizó el día viernes 28 de abril de 2017 a las 18,45 hs. en el Salón del 5° piso de la Casa Universitaria de General San Martín, sita en Ayacucho 2361, entre Pueyrredón y Rivadavia
La Profesora Pina Poggi y el Dr. Carlos De Santis agradecieron al discertante y a la numerosa concurrencia su presencia.  Por parte del Instituto Rosas asistieron sus vicepresidentes Tte Cnel Horacio Morales, y Prof. Carlos Barbera y también los vocales Contador Ricardo Pousa, Dr. Roberto de la Fuente y Dr. Julio R. Otaño










martes, 7 de marzo de 2017

Rescatando al sargento Villegas

Por Jorge Fernández Díaz    Los aviones ingleses bombardeaban a toda hora o pasaban a baja altura y ametrallaban las posiciones. Los combates cuerpo a cuerpo se habían desatado a pocos kilómetros del vivac y llegaban noticias de que las refriegas eran sangrientas en San Carlos y en Darwin. Todos los días había "alerta roja", explotaban los misiles tierra-aire y la lluvia constante inundaba los pozos de zorro y los obligaba a levantar chozas con palos y chapas, enmascaradas con pasto.Resultado de imagen para TRIES Y VILLEGAS



Así y todo, hasta al horror de la guerra se acostumbra el hombre: la Compañía A del 3 de Oro dejó al soldado Esteban Tríes de cuartelero y marchó alegremente a bañarse. El cuartelero recorría el campamento vacío cuando, de repente, oyó que alguien tiraba de la corredera de una 9 milímetros reglamentaria. Dentro de un pozo de zorro, un compañero tenía apoyado el cañón de su pistola en la sien.Tríes había cumplido el servicio militar obligatorio en esa compañía del Regimiento de Infantería Mecanizado 3 de La Tablada.  Antiguamente, sus oficiales llevaban una pechera amarilla y por eso es que todavía lo llamaban, con orgullo, "el 3 de Oro". Y cuando Tríes ya estaba trabajando afuera y estudiando ingeniería, el 8 de abril de 1982 recibió, en su casa de Villa Ballester, un aviso de reincorporación. Un negrazo valiente que vivía en González Catán y que había instruido a Tríes lo quería a su lado en la guerra: el sargento Manuel Villegas, conocido por su extrema dureza y, a la vez, por su extraña sensibilidad de hombre bueno. Sesenta días después, Tríes ya no era un simple conscripto que intentaba disuadir a un soldado de que no se volara la tapa de los sesos. Era un guerrero de Villegas con la responsabilidad de que no se perdiera ni un hombre ni una bala. Estuvo una hora entera tratando de que el soldado dejara la depresión, creyera que saldrían vivos de aquella guerra, soltara la pistola y saliera del pozo de zorro. Resultado de imagen para villegas y triesAl final lo logró, y cuando Villegas regresó con el resto de la compañía no se dio cuenta de lo que había ocurrido. El soldado que había querido suicidarse en Malvinas entró luego en combate y fue herido, pero regresó entero a su casa. Y Tríes calló aquel pequeño pero grave incidente a pesar de que le debía lealtad total a su jefe, a quien había insultado por lo bajo durante la instrucción a raíz del rigor y fiereza con que Villegas los preparaba para la lucha. Pero con quien luego estableció una relación de respeto y afecto, y con el tiempo de amistad profunda. Villegas era duro pero jamás cruel ni arbitrario. Un líder nato seguido por una soldadesca capaz de acompañarlo hasta el mismísimo infierno.
La Compañía "A" acampaba en medio de la nada, a varios kilómetros de Puerto Argentino. Nevisca, frío, hambre y tristeza. Y las detonaciones de las baterías enemigas cada vez más cerca. Villegas se parecía a aquellos sargentos de los westerns de John Ford: hombres con más corazón que odio. Su debilidad era otro soldado débil a quien todos llamaban Lupin, un huérfano total apellidado Serrezuela, que desde los siete años había vivido en el campo sin familia y sin destino, y a quien nadie jamás le había enviado una carta. A Villegas le daba lástima esa carencia. Así que le ordenó a un conscripto del grupo que le pidiera a su novia un favor: debía buscar a una amiga para que ésta escribiera de su puño letra una misiva dirigida a Lupin. Cuando se hacían los corros para recibir la correspondencia, Lupin se quedaba atrás descansando o cumpliendo tareas. Sabía que en ese rito deseado no había nada para él. Pero un día el encargado del correo voceó por primera vez su apellido: "¡Serrezuela!". Y entonces Villegas vio que Lupin ni siquiera se mosqueaba. Como si no lo hubiera oído. "¡Serrezuela!", repitieron varias veces. Y nada. Lupin miraba distraídamente el horizonte. Villegas lo enfrentó: "Che, boludo, ¿usted no es Serrezuela?". Lupin pareció regresar del más allá: "Sí, pero yo no recibo cartas, mi sargento. Debe ser un Serrezuela de otra compañía". Villegas tomó el sobre y se lo entregó. La cara de Lupin se transformó como si hubiera descubierto un tesoro. Abrió lenta y cuidadosamente el sobre, leyó esas pocas líneas dirigidas a él y a nadie más, y después arrugó la carta contra el pecho y caminó mirando al cielo: "Gracias, Dios míos, gracias, gracias".
Eso no impidió que el sargento lo castigara con dureza por maltratar a su fusil, un pecado mortal en tiempos de batalla. El fusil es como la novia, soldado: se lo cuida, se lo mima y se lo lleva siempre consigo. No hacerlo equivale a poner en peligro a todos. Y Serrezuela no lo limpiaba y se lo olvidaba en cualquier rincón. Villegas no tenía forma de saber que Serrezuela le salvaría la vida cuando le impuso una tarea extenuante: vaciar de agua todos los días de la semana aquellos pozos de zorro. Una noche Lupin se acercó a la tienda de su jefe y pidió cruzar unas palabras con el sargento. Villegas salió al frío de mala gana, y entonces Serrezuela le dijo, en voz muy baja: "Máteme, mi sargento, yo no sirvo para esto, soy un estorbo. Pégueme un tiro; acá nadie se va a enterar que fue usted y nadie me va a extrañar". Villegas le pegó un abrazo de oso y le dijo: "Pedazo de hijo de puta, no digas eso". Se lo dijo con los dientes apretados y conteniendo las lágrimas.
No le gustaba a Villegas mostrar los sentimientos. Ni las flaquezas. A nadie había contado que cuando eran atacados el 1° de mayo por las ráfagas inglesas el sargento más bravo había empezado a temblar como una hoja. Por suerte, su tropa no lo había visto en esos renuncios, pero a partir de esa vergüenza íntima el sargento cargaba su propio calvario. Le rezaba todas las noches a Dios para que le diera temple en el combate y para que pudiera llevarse de este mundo a cuatro o cinco enemigos antes de morir. No rezaba para salvarse. Rezaba para irse al otro barrio con los honores que siempre había soñado.
A las dos de la madrugada del 14 de junio, el 3 de Oro recibió la orden de cargar armamento y municiones y avanzar sobre el cerro Tumbledown, vadeando el arroyo de Moody Brook. Se combatía en todas partes, y ese riacho no era muy ancho pero resultaba profundo y traicionero. Había luna llena y el cielo estaba lleno de rumores, bengalas, luces de misiles y toda clase de fuegos artificiales cuando Villegas y sus hombres se metieron en el agua y cruzaron dificultosamente con los fusiles en alto. Llegaron con frío y sin fuerzas a la otra orilla, pero escucharon la orden "¡A lo gaucho, carrera march! ¡Viva la Patria, carajo!". Y se pusieron de pie y empezaron a escalar el monte lleno de rocas. Villegas, contra lo aconsejable, iba delante de todos trepando por esa ladera escarpada, cuando desde arriba los haces de luz de dos fusiles M16 con mira infrarroja le resbalaron por el cuerpo. Saltó en un segundo hacia el costado y evitó un proyectil, pero el segundo le entró por el abdomen y le estalló en el hueso de la cadera.
Villegas se tomó la panza y vio que le salía sangre a borbotones y que comenzaba a arderle como si le hubieran arrojado encima dos paladas de brasas de carbón. "Tiren -les gritó a sus soldados-. Tiren que están escondidos detrás de esas rocas." Tríes no podía disparar sin correr el riesgo de balear a su propio sargento. "Córrase, que le voy a pegar", le gritó entre las piedras. "Tire igual que yo ya estoy listo." Como Tríes y Serrezuela no le hacían caso, Villegas se estiró para agarrar el fusil y entonces el francotirador le atravesó una mano de otro balazo. El inglés podía eliminarlo, pero prefería dejarlo fuera de combate. No tanto quizá por razones humanitarias sino por cuestiones estrictamente operativas: el manual indica que un herido ocupa a dos o tres soldados, y que hace más daño eso que matar lisa y llanamente a un enemigo.
Tríes le dijo a Serrezuela: "Vamos a buscarlo". El sargento se empezó a sacar el correaje y le gritó: "Tríes, quedate porque te va matar". Tríes y Serrezuela se miraron en la oscuridad. Luego se incorporaron, arrojaron ostensiblemente los fusiles al suelo y levantaron las manos. Subieron en esa posición audaz quince metros hasta su jefe, lo tomaron de los brazos y lo bajaron hasta el lugar donde se habían parapetado. El inglés que los tenía en la mira dejó que hicieran todo eso sin apretar el gatillo. Villegas pedía desesperadamente agua. Tríes le dio una botellita de whisky y le llenó la boca con trozos de nieve. Había que retroceder ya mismo. "Tríes -lo llamó Villegas-. No creas que me pongo en héroe, pero quiero que le avises a mi familia que me quedo acá. Contales de la forma que les duela lo menos posible, ¿sabés? A mí mujer decile que lamento no haberme casado con ella y a mi nena de tres años decile que, decile." En ese momento se fue en llanto. Pero se contuvo. Lo agarró a Tríes de la solapa y le dijo, en un hilo de voz: "Meteme un tiro. Son ocho kilómetros hasta el pueblo. Yo ya estoy listo. Meteme un tiro, no me dejés sufriendo".
El soldado parpadeaba, anonadado por la orden. De pronto se rehizo y le dijo: "De ninguna manera, usted me debe un asado". Y entonces Lupin y Tríes agarraron al sargento, que pegaba alaridos de bronca y se resistía, le hicieron sillita de oro y lo pasaron por un pequeño puente sin que ningún inglés les disparara, mientras el combate seguía atrás y se tornaba cada vez más virulento. La marcha de esos dos soldados llevando al sargento herido en la noche de luna llena fue penosa. Caminaron y caminaron, y Villegas perdió sangre y conciencia, y al final lograron encontrar una ambulancia. Subieron los tres y el chofer trató de llevarlos hasta el hospital de campaña, pero había demasiado hielo, resbalaron y volcaron en una cuneta. Salieron como pudieron de entre los hierros y siguieron adelante. Llegaron con el último aliento a ese hospital lleno de amputados y heridos, y le entregaron el cuerpo maltrecho de Villegas a los cirujanos. El sargento escuchó a uno de ellos que decía: "Le queda poco". Villegas alcanzó a decirles que no lo amputaran, que lo durmieran para siempre. Al despertarse, varias horas después, vio a varios ingleses con fusiles en la mano. "No entiendo nada", susurró. Un enfermero le respondió: "No te preocupes, ya se arregló todo". Villegas seguía sin comprender. "Nos rendimos, macho -le aclararon-. Nos rendimos." Y Villegas se echó a llorar.Tríes y Serrezuela ayudaron a los heridos y se acoplaron a otras tropas. Tríes recuerda que iban corriendo por Puerto Argentino y que las casas explotaban a su lado. También que algunos soldados comentaban los maltratos y las defecciones y cobardías de algunos jefes. Regresaron a casa en el Camberra y se separaron para siempre en El Palomar. Eran fruto de una causa amada y luego aborrecida, venían derrotados y su karma era la marginalidad y el olvido.
El sargento regresó en un buque hospital. Tríes hizo lo que los superiores de su sargento no hicieron: lo visitó en el hospital de Campo de Mayo, donde Villegas estuvo un año y medio internado. Pero lo vio tan amargado y tan mal, que no quiso volver. Tampoco quiso hablar de Malvinas. Estuvo veinte años vendiendo autos, haciendo negocios en el nefasto sube y baja económico del país y eludiendo prolijamente las anécdotas del pasado. Un día hizo un clic y lloró por primera vez, y comenzó a reencontrarse con los veteranos y a buscar a Villegas, que después de la kinesiología y de años y años de asistencia psiquiátrica, le decretaron un 45% de incapacidad y lo borraron de la carrera. El viejo sargento estaba resentido con el Ejército: se fue a trabajar de chofer de colectivos y de remisero. Tuvo hijos y nietos. Y ya de grande quiso reencontrase con Tríes. Lo buscó por Castelar y finalmente lo encontró. Poco después los sacaron a los dos por la radio y hablaron por primera vez de lo que habían vivido en el cerro Tumbledown, en el arroyo de Moody Brook y luego en aquel monte siniestro donde los francotiradores ingleses estuvieron a punto de borrarlos del mapa.
Desde ese cruce se hicieron íntimos amigos. Asistieron juntos a escuelas a dar charlas, ayudaron a los veteranos más desvalidos, presentaron a sus familias, y comieron muchos asados. Hay un afecto especial entre ellos. Esa clase de sentimiento entre hermanos que florece solamente en la trinchera y en la solidaridad del dolor.
Un día, sin embargo, Villegas le dijo a Tríes que tenía una asignatura pendiente: encontrar a Serrezuela y explicarle por qué lo había castigado tan duramente en aquellas vísperas. Le debía esa explicación además de deberle la vida. Lo rastrearon a Lupin por toda la provincia de Buenos Aires, y sólo tuvieron una pista firme en el velatorio de un ex soldado. "Tenemos a un Serrezuela en Olivos -les dijo un veterano-. Pero apúrense porque tiene cáncer de pulmón y se está muriendo."
Hacía quince días que no se levantaba de la cama ni se afeitaba. Tríes le avisó a su esposa que él y Villegas lo visitarían esa tarde. La cita era a las dos, y Lupin hizo un terrible esfuerzo para levantarse, bañarse y pegarse una afeitada. Estuvo sentado en una silla esperándolos a los dos, que se atrasaron y recién pudieron llegar a las cuatro de la tarde. Les caían las lágrimas a los tres. Lupin lo llamaba "mi sargento", a pesar de que Villegas ya no tenía cargos ni ganas de tenerlos. "Usted va a ser siempre mi sargento -le dijo aquel huérfano congénito-. Usted ha sido mi papá." Villegas tragó saliva y le respondió: "Yo vengo a pedirte disculpas, Lupin, y a explicarte por qué te castigué aquella vez". No hacía ninguna falta, pero se quedaron hablando horas y horas de aquellos tiempos en los que fueron gloriosamente vencidos.
El viernes de la semana siguiente repitieron la visita, pero esta vez Lupin no pudo levantarse de la cama. "Esta noche me voy", les dijo, y lo sacaron carpiendo. Al día siguiente, cuando Villegas cruzaba un peaje, sonó su celular. Era la mujer de Serrezuela: acababa de morir. Dio la vuelta, llamó a Tríes y llegaron cuando el cadáver todavía estaba tibio. En el velatorio, los veteranos de la zona pedían hablar con Villegas y abrazarlo como si fuera el sargento Cabral. Lupin les había hablado durante veinte años de aquel héroe personal que los había guiado durante sesenta días de sangre y fuego. Acaban de filmar un documental con las odiseas calladas de este puñado de hombres. Su título es significativo: "14 de junio: lo que nunca se perdió". En noviembre la esposa de Villegas lo llamó a Tríes para decirle que el viejo sargento había sufrido un golpe de presión y que no podía hablar bien. El viejo soldado sacó el auto y condujo a gran velocidad por el conurbano hasta encontrar a Villegas. Lo subió de apuro y apretó el acelerador por la autopista en busca del Hospital Militar. "Otra vez llevándote a un hospital, sargento -le dijo Tríes-. La puta madre, ya me estoy cansado de andar salvándote la vida." Comenzaron a reírse.
Todavía se están riendo.

miércoles, 1 de marzo de 2017

6 de Septiembre de 1930

Por el Prof. Jbismarck
Para mediados de 1930 el gobierno popular de don Hipólito Yrigoyen estaba muy desprestigiado. A la feroz oposición de los conservadores y los socialistas se sumaban los “galeritas” radicales. El periodismo acusaba al ejecutivo nacional de procurar el arrasamiento de las autonomías provinciales, e invitaba a apretar filas contra “el nuevo Rosas”. En el congreso nacional un senador afirmaba que “el estandarte de Urquiza volverá a flamear victorioso en los campos de Caseros”.  El teniente general José Félix Uriburu, que había recorrido con brillo todos los grados del escalafón militar, activaba los planes revolucionarios con el apoyo decidido de los conservadores y las agrupaciones nacionalistas, envalentonadas por el ejemplo de Mussolini en Italia. El jefe militar manifestaba a sus camaradas de conspiración que se proponía “hacer una revolución verdadera, que cambie muchos aspectos de nuestro régimen institucional, modifique la constitución y evite que se repita el imperio de la demagogia que hoy nos desquicia. No haré –agregaba- un motín en beneficio de los políticos, sino un levantamiento trascendental y constructivo con prescindencia de los partidos”.   Pero otro sector de conspiradores, dirigido por el general Agustín P. Justo, sostenía por el contrario la tesis de que la revolución debía limitarse a desalojar del poder al yrigoyenismo, manteniendo el régimen institucional establecido por la constitución; este sector contaba con el apoyo de los partidos políticos opositores y el del propio antipersonalismo de la UCR. 
El 9 de agosto los diputados representantes de las fuerzas conservadoras de Salta, Tucumán, Córdoba, San Luis, Corrientes y Buenos Aires, junto con los socialistas independientes, publican una declaración -conocida como Manifiesto de los 44 por el número de firmantes- por la que “resuelven coordinar en las cámaras la acción parlamentaria para exigir al poder ejecutivo el cumplimiento de la constitución nacional y la correcta inversión de los dineros públicos”, al tiempo que declaran coordinar la acción opositora extraparlamentaria “para difundir en el pueblo y ante el electorado de los respectivos partidos el conocimiento de los actos ilegales del poder ejecutivo y del oficialismo, y crear un espíritu cívico de resistencia a esos abusos y desmanes”; no declaran abiertamente estar en connivencia con la conjura militar, pero expresan la decisión de “proyectar un plan de acción encaminado al logro de los propósitos enunciados”, invitando a la “adhesión de todos los ciudadanos que quieran para la república un gobierno constitucional y democrático”. En términos similares se pronuncian las derechas en un manifiesto publicado en La Nación el 10 de agosto, y en otro aparecido el 20 los antipersonalistas postulan la “defensa de la democracia amenazada”. El 21 Uriburu organiza la Legión de Mayo, que de inmediato se lanza a la calle y promueve disturbios, proliferando los choques con el clan radical. El último domingo de agosto se inaugura la Exposición nacional de Ganadería en las instalaciones de la Sociedad Rural Argentina, y en ese acto el ministro de Agricultura, Juan B. Fleitas, es recibido con una ensordecedora rechifla.
Hasta el momento los demócratas progresistas se mantienen a la expectativa. El 26 de agosto Uriburu visita a Lisandro de la Torre, a quien invita a participar de la revolución que prepara “con el fin de deponer al presidente, reformar la constitución, reemplazar al congreso por una entidad gremial y derogar la Ley Sáenz Peña”. Espera el general culminar la operación “sin derramar una sola gota de sangre”, y ofrece al político santafecino “una cartera en su futuro gabinete”. Los demócratas progresistas, sin embargo, postulan la consigna “votos sí, armas no”. Pero, al mismo tiempo, el diputado socialista Nicolás Repetto enjuicia muy severamente al radicalismo yrigoyenista y auspicia la tranquilidad en los espíritus ante los cada vez más vehementes rumores de revolución.  Por esos días, Yrigoyen cae enfermo de gripe y los accesos febriles le obligan a guardar cama. Su ministro de Guerra, el general Luis Dellepiane, le denuncia el inminente estallido de una revolución, pero resultan inútiles sus esfuerzos para sofocar el movimiento, pues el presidente desautoriza las medidas represivas que aquél dispone. El presidente, apoyado por su ministro del Interior, Elpidio González, considera también inoportuno decretar el estado de sitio como propone Dellepiane. La Juventud Universitaria se pronuncia contra Yrigoyen, y anuncia que “el desquicio de las instituciones ha de acabar pronto”. En todas partes se habla de revolución, y la pluma ágil y mordaz del diario opositor La Fronda incita continuamente a precipitar el fin de “la tiranía sangrienta”.  
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La enfermedad del Presidente no cede. A la fiebre se suma un ictus congestivo que aumenta su malestar y por consejo de sus partidarios el día 5 de septiembre delega el mando, por decreto, en el vicepresidente doctor Enrique Martínez, quien establece el estado de sitio. Ya los estudiantes resultan incontenibles; el decano de Derecho, doctor Alfredo Palacios, pide la renuncia del presidente, al tiempo que en toda la Universidad se suspenden las clases. El vicepresidente en ejercicio ensaya un cambio total de gabinete, y designa presidente de la Corte Suprema de Justicia al doctor José Figueroa Alcorta. Ya nadie duda que la revolución estallará de un momento a otro. Pocas horas después se producen violentísimos disturbios promovidos por los estudiantes de la facultad de Medicina, que exigen el fin del gobierno.
En la tarde del 5 se ha acordado modificar el manifiesto revolucionario redactado por Leopoldo Lugones llamando a la hora de la espada, imponiéndose el criterio de que debe asegurarse el imperio de la constitución y la vigencia de la Ley Sáenz Peña.  Al amanecer del 6 de septiembre de 1930 el general Uriburu llega al Colegio Militar con un grupo de partidarios. Pequeños destacamentos militares de la Capital se declaran en rebelión y se concentran en Colegiales, mientras en Belgrano y en Flores se reúnen grupos de civiles. Un avión, salido de El Palomar, sobrevuela la Capital y arroja propaganda revolucionaria. Muy pronto le siguen otras máquinas aéreas, que en número de 24 recorren distintas zonas de la ciudad, y amenazan con bombardear los regimientos de infantería de Palermo si no se pliegan a la revolución. La policía realiza detenciones de civiles y militares sorprendidos con armas en concentraciones. A las 10 de la mañana cruza la ciudad el estridente sonido de la sirena de Crítica, con el anuncio de la revolución. En esos momentos se pone en marcha sobre la Capital el Colegio Militar. A la cabeza va Uriburu, quien cursa el siguiente mensaje al vicepresidente Martínez: “En este momento marcho sobre la Capital a la cabeza de las tropas de la primera, segunda y tercera división de ejército. Esperamos encontrar a nuestra llegada su renuncia de vicepresidente, como también la del presidente titular. Los hacemos a los dos responsables por cualquier derramamiento de sangre para sostener un gobierno unánimemente repudiado por la opinión pública”.
Al mediodía la revolución está en la calle. Aviones amenazantes cortan el cielo de la ciudad, mientras una manifestación de civiles recorre la avenida de Mayo con exteriorizaciones de repudio contra el presidente y su gobierno. La policía carga contra los manifestantes en las calles céntricas, donde se producen algunos tiroteos. Las fuerzas policiales disponen allanamientos en busca de armas, entre ellos en la sede de la Liga Patriótica Argentina. Algunos piquetes de la policía desertan y se dispersan, y las autoridades encargadas de la defensa resuelven abandonar la Casa de Gobierno y establecer el comando en el regimiento 3º de Infantería, vecino al Arsenal de Guerra.
Los revolucionarios se aproximan a la Capital por Villa Urquiza y Liniers, y a su paso copan las comisarías. Se sabe que la guarnición aérea de Paraná se ha sublevado, en momentos en que el general Severo Toranzo, Inspector general del Ejército, regresa de una gira por el interior y toma el mando en jefe de las fuerzas leales para la defensa de la ciudad. Mientras los suburbios comienzan a ser ocupados por tropas sublevadas, se pliega a la revolución el regimiento de Granaderos y por vía aérea se gestiona el levantamiento de la guarnición de Mercedes. Algunos tiroteos suburbanos son el único índice de resistencia por el momento, y la aviación rebelde cobra su primera víctima al estrellarse un aparato.
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Poco después de las 3 de la tarde el almirante Abel Renard se presenta a bordo de la cañonera Rosario con el objeto de sublevar la Marina. Las tropas revolucionarias siguen su avance, engrosadas por elementos civiles armados. En el comando de las tropas leales circulan versiones confusas. La Casa de Gobierno es abandonada por los efectivos militares, y el vicepresidente ordena colocar bandera de parlamento. El edificio es parcialmente ocupado por civiles revolucionarios, al tiempo que el regimiento de Granaderos aparece en la plaza de Mayo y Uriburu, con la columna del Colegio Militar, llega a las proximidades del congreso. Desde el diario La Epoca se ataca a tiros a los revolucionarios, y otro tanto ocurre en torno del congreso, desde el café La Sonámbula. La bandera de parlamento aparece también en el Cuartel de Policía, e Yrigoyen, cediendo a instancias de sus íntimos, abandona su domicilio de la calle Brasil y, acompañado del canciller Oyhanarte, se dirige a la ciudad de La Plata.  En Campo de Mayo, sin embargo, la situación es favorable al gobierno, y todo se halla preparado para iniciar la contraofensiva asaltando El Palomar a las 4 de la mañana del día siguiente. Pero a las 6 de la tarde del día 6, por la avenida de Mayo y la calle Victoria avanzan las tropas revolucionarias, después de silenciar la resistencia en el congreso. El edificio del diario La Epoca arde en llamas. Los generales Uriburu y Justo entran en la Casa de Gobierno, donde permanece aún el vicepresidente Martínez, en el comedor de la presidencia. Allí se presentan los militares y le exigen perentoriamente la renuncia, que éste entrega a los jefes victoriosos y luego se retira. Pocos minutos después se entrega a los revolucionarios el Cuartel de Policía, mientras grupos civiles incendian el diario La Calle y tropas militares se apoderan del Correo. Una manifestación ruidosa asalta el Comité Nacional de la Unión Cívica Radical, situado en Avenida de Mayo y Santiago del Estero. En esos momentos, Yrigoyen, llegado a La Plata, y después de comprobar que los jefes militares no le responden, se presenta al cuartel del 7º de Infantería en calidad de detenido y suscribe su renuncia, concebida en los siguientes términos: “Ante los sucesos ocurridos, presento en absoluto la renuncia del cargo de Presidente de la Nación Argentina. Dios guarde a V. H. Yrigoyen. Al señor Jefe de las fuerzas militares de La Plata. La Plata, Septiembre 6 de 1930”. El reloj marca las 19:50.
Esa misma noche hay un banquete en el Círculo de Armas para festejar la victoria, donde habla el doctor Julio A. Roca: “Hoy –dice- he vivido uno de los momentos más emocionantes de mi vida, solo, en un profundo recogimiento, frente al espectro de mis mayores, que parecían vindicarse del caudillo oscuro que les infirió el agravio de su barbarie”.
En la madrugada del día 7 los diarios matutinos informan detalladamente sobre la jornada anterior: “Ayer -dice La Prensa-, en un movimiento popular, verdadera apoteosis cívica, Buenos Aires ha enterrado para siempre el régimen instaurado por el señor Yrigoyen”. El diario vespertino Crítica agota los adjetivos en la ponderación del movimiento revolucionario. En los días siguientes el periodismo se hace eco de la resonancia que la revolución triunfante ha tenido en el exterior, y reproduce comentarios del New York Times, The Sun y otros diarios estadounidenses, que declaran su satisfacción por el cambio producido en la dirección política de la Argentina. Por el contrario, el diario católico italiano Il Corriere lamenta que haya sido derrocado el único gobierno de la América del Sur “que estaba en condiciones de ponerse a la cabeza de las repúblicas latinoamericanas para contrarrestar las ambiciones de hegemonía de los Estados Unidos”.
En esos días el doctor Marcelo T. de Alvear, referente de los antipersonalistas, se halla en París, y al enterarse de los sucesos del 6 de septiembre declara: “Yrigoyen ha jugado con el país. Socavó su propia estatua y deshizo al partido Radical, lo que explica que los enemigos más encarnizados del jefe inepto sean los verdaderos radicales”; y con relación al gobierno provisional expresa: “Los argentinos deben tener eterna gratitud a los hombres que en un momento dado se jugaron para ponerse al frente de la reacción y producir lo que era un anhelo general y casi unánime”. El doctor Roberto M. Ortiz escribe a Alvear y le relata los detalles de la revolución, al tiempo que le pide su regreso para llevar a cabo la “reconstrucción nacional del radicalismo”; allí le aconseja pasar previamente por los Estados Unidos, para promover en ese país “una corriente de amistad cordial que repercutiría gradualmente entre nosotros”.
Sin embargo, la revolución del 6 de septiembre de 1930, que suscitó en un principio tanta esperanza, iba a inaugurar uno de los períodos más oscuros de la patria, que la historia recordará como la Década infame.
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