Rosas

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jueves, 25 de junio de 2015

"Cómo y quiénes me derrocaron" Juan D. Perón

  Por Juan D. Perón



Primera Parte
Capítulo I
INTERESES FORÁNEOS
El golpe de Estado que ha derribado a mi Gobierno, elegido con una mayoría de votos aplastante, después de elecciones claras y libres, no ha estado inspirado en sentimientos nacionales, pero sí financiado por fuerzas que se agitan dentro y fuera de la Argentina. Se trata de una verdadera traición consumada en perjuicio del pueblo y, como todas las traiciones, también ésta ha sido comprada con dinero. No existen cien acciones de ese género sostenidas o motivadas por ideales.
La conclusión de esos sucesos es que hemos sido objeto de un verdadero ataque armado, no muy distinto de aquel que hizo posible la caída de Mossadegh; como el premier persa, también nosotros fuimos víctimas de la sorda lucha por el petróleo. El consejero comercial inglés en Buenos Aires declaró un día, con desusada franqueza, que cualquier esfuerzo realizado por quienquiera para asegurarse la producción petrolífera argentina sería considerado en Londres como un atentado a los intereses británicos. La Armada Argentina, que presume de haber sido la protagonista número uno de esta “victoria”, no parece querer darse cuenta de haber jugado, en cambio, el simple y absurdo rol de “caballo de Troya”. El objetivo era impedir que los recursos petrolíferos argentinos fuesen explotados, de manera de concurrir al desarrollo industrial del país y la lucha era principalmente contra los Estados Unidos que, según nuestros adversarios, habían tenido la “culpa” de proporcionarnos una operación sobre bases sólidas y concretas.
No es necesario retroceder mucho en el tiempo para hallar la prueba de lo que digo. Basta con leer el contenido de un documento que en estos días y bajo la forma de publicación clandestina circula por Buenos Aires.
I. Instrucciones de la masonería
La importancia de las publicaciones clandestinas es enorme en mi país. Son ellas las que preparan a la opinión pública y forman los grandes movimientos de opinión de los que nacen después las insurrecciones. Con esas mismas armas fui combatido yo, y muchos que en un tiempo lucharon en mi contra hoy están de nuevo en contra de mis adversarios que fueron sus aliados de ayer. Apenas una situación de emergencia frena la libertad de prensa, aparecen los panfletos para inundar las calles. Dice uno: “Masones y traidores”. Gracias a las revelaciones de un masón que ocupa un alto cargo, y cuyo testimonio es de una seriedad indudable, ha sido posible tomar conocimiento de una ceremonia secreta realizada tiempo atrás con la participación de los miembros del Gran Oriente Argentino. La información está dirigida a todos, sean o no católicos. El Gran Maestro, abriendo la sesión, dio lectura a un mensaje recibido de la Real y Soberana Logia de Londres, con la firma del Gran Maestro Hermano 33.
Tal Hermano 33 es un conocido príncipe inglés. Así prosigue el manifiesto clandestino:
La Real y Soberana Logia de Londres, por medio de su Gran Maestro, ordena a los hermanos argentinos del Gran Oriente de Buenos Aires adoptar una línea de conducta particular en el debate de la ley sobre la enseñanza religiosa y de la no menos importante sobre el divorcio. Es indispensable insistir en la campaña contra la Iglesia Católica y sus prelados, con el fin de llegar cuanto antes a la total separación entre el organismo religioso y el Estado. Es necesario, por otra parte, evitar que las fuerzas trabajadoras se alíen con los católicos y es necesario, asimismo, que aparezcan instituciones religiosas de carácter privado. Toda tendencia nacionalista debe ser combatida y sofocada y también en el seno del Ejército es indispensable que se formen corrientes de opinión similares a las que existen en la Marina.
Se señala luego que, en la cuestión del petróleo, la fuerza masónica debe actuar de manera de sustraer la administración de los yacimientos al Estado; que debe ser rechazada toda participación en el desarrollo de nuestra industria y que, contra la radicación de capitales americanos, conviene facilitar la intervención de los capitales europeos.
No es difícil comprender que en materia de petróleo, los capitales definidos como “europeos” son esencialmente británicos.
II. Ascensos “patriotas”

Foto de los Golpistas y  traidores a la patria:  Isaac Rojas - Pedro Eugenio Aramburu
Prosigue el manifiesto:
Por su actividad personal y por los grandes servicios prestados al Gran Oriente, los hermanos son informados de la siguiente disposición: el capitán de navío Arturo Rial es nombrado Gran Inquisidor y Supremo Maestro del Gran Oriente de Buenos Aires. El contralmirante Rojas es honrado Gran Arquitecto; el capitán de navío Mario Robbio, Gran Inspector; el capitán Alberto Patrón Laplacette, el capitán de fragata Aldo Molinari, el general Emilio de Vedia y Mitre y el general Osorio Arana son investidos del título de Guardianes del Gran Secreto. El capitán de navío José Dellepiane es designado Gran Custodio de la Libertad y de la Fraternidad.
III. Antecedentes de algunos “Hermanos”
Es oportuno ahora echar un vistazo a esta lista de nombres. Muchos lectores se preguntarán por qué Arturo Rial en la jerarquía masónica es más importante que el contralmirante Rojas. Es simplísimo. El verdadero inspirador y jefe de la Revolución, conducida desde la Marina, fue Rial y no Rojas. Se debe a Rial la organización de las células de los opositores y es él, hoy, quien dirige la política del Gobierno, quien impone las depuraciones y quien firma secretamente los decretos en base a los cuales tanta gente es enviada a poblar las provincias del sur argentino. Desde hace seis meses, por si alguien no lo sabía, la Argentina tiene también su Siberia, y la Siberia
argentina es la Patagonia, una tierra desolada, batida por los vientos polares. El almirante Rojas habla por boca de Rial, y Rial es aconsejado en lo referente a cuestiones políticas por dos hombres que se han instalado en el Ministerio de Marina, en calidad de miembros civiles del grupo militar que controla la vida del país. Son dos radicales unionistas:
Santander y Zavala Ortiz, los cuales tienen un solo programa: combatir a los peronistas, por un lado, y a los católicos, por el otro. En el momento de la Revolución, el almirante Rojas era el jefe de la flota fluvial, y sólo posteriormente unió sus buques a las unidades de la flota de mar.
De Rojas diré algo más. Mal puede adoptar la pose de depurador del país desde el momento en que él, como tantos otros oficiales, resultó beneficiado con los famosos permisos de importación, con los que se podrá adquirir un automóvil a precio de costo. Rojas, como tantos otros, importó su automóvil y lo revendió de inmediato obteniendo una ganancia de algunos centenares de miles de pesos. Pero sigamos adelante en la lectura de los nombres.
Se habla del capitán Alberto Patrón Laplacette. Constituye, en la actualidad, el interventor o comisario del Gobierno en la CGT. Segundo en el orden que se menciona en el folleto clandestino, Patrón Laplacette ha desmantelado la central obrera, desplazando a sus dirigentes, muchos de los cuales han estado y están encarcelados. Luego viene el general Osorio Arana, uno de los pocos que queda en servicio. Osorio Arana es el ministro de Ejército, sucesor de Bengoa, que presentara su dimisión pocos días después de la Revolución. Antes aun de la caída de Lonardi, Bengoa se dio cuenta del verdadero programa de la Revolución, y para no sumar su nombre al de numerosos revanchistas que están actuando en la Argentina, saludó a sus compañeros de Revolución y antes de retirarse advirtió, en su propia casa, a Lonardi del peligro que lo acechaba.




Eran las 08.00 de la mañana y empezaba a amanecer cuando los destructores de la Escuadra de Ríos, ARA“Cervantes” (D-1) a las órdenes del capitán Pedro J. Gnavi y ARA “La Rioja” (D-4), bajo el mando del capitán Rafael Palomeque, soltaron amarras y abandonaron las radas de la gran base naval para internarse en Río de la Plata.
Mientras eso ocurría, varias lanchas cruzaban el canal desde los astilleros hasta la Escuela, transportando efectivos de Infantería de Marina para que tomasen posiciones de combate en ese sector. Hacía mucho frío y la creciente humedad empapaba las cubiertas de las embarcaciones dificultando los movimientos del personal.
Mientras los destructores se alejaban separados 1000 metros uno del otro con el “La Rioja” delante y el “Cervantes”detrás, sus tripulaciones, a viva voz, recibieron la orden de colocarse sus cascos y salvavidas y adoptar zafarrancho de combate. La tranquilidad reinaba a bordo, en parte por la buena preparación de los cuadros y en parte porque nadie esperaba problemas porque la misión asignada parecía sencilla: había que bloquear la navegación en el Plata y evitar la llegada de buques a los puertos bonaerenses, algo que, a simple vista, no representaba riesgos de magnitud.
Los destructores navegaban lentamente, para dar potencia a sus motores una vez en aguas abiertas, debido a que sus calderas eran bastante vetustas. Lo hacían bajo estricto silencio de radio y con buen tiempo pese a que a lo lejos se percibía el avance de un frente de tormenta.
Había mucho viento y el frío calaba los huesos cuando el sol emergía lentamente por el horizonte provocando en las tripulaciones una sensación de agrado, no así en sus comandantes ya que, de persistir esas condiciones, la aviación enemiga podría actuar con facilidad.
Las naves llagaron a la boya de Punta Indio y de allí viraron hacia la costa uruguaya, frente a la cual navegaron lentamente en dirección oeste.
De los dos comandantes, el más preocupado era Palomeque, que en su celo profesional, había recomendado la máxima atención en espera de un posible ataque aéreo. Enfundado en su gabán, con las manos en los bolsillos y la gorra calada hasta las orejas, el veterano marino observaba los movimientos con sus anteojos de gran aumento (era corto de vista), sin decir nada.
La alegría y emoción inicial de los marineros más jóvenes fue desapareciendo ante las permanentes indicaciones de alerta que, en ambas embarcaciones, dieron lugar a sentimientos de seriedad y preocupación.
A estribor, sobre el puente de señales del “La Rioja”, se encontraban los cadetes Juan Angel Maañón y Jorge Augusto Fiorentino, atentos ambos a todos lo que ocurría. Los artilleros, por su parte, se hallaban en sus puestos, listos para accionar sus cuatro cañones de 120 mm, dos a proa y dos a popa, más dos montajes de ametralladoras Bofors de 40 mm, uno entre las chimeneas y otro en la popa, armamento poco adecuado para enfrentar un ataque aéreo.

Por el lado leal, la Fuerza Aérea ya estaba en alerta cuando las primeras luces del 16 de septiembre asomaban por el horizonte. El alto mando había llamado a sus miembros a una reunión urgente y poco después, desde la sede de Lavalle 2540, su titular, el brigadier Juan Ignacio San Martín, partió hacia el Ministerio de Guerra para ponerse a disposición de Perón y explicarle la situación.
Mientras San Martín se dirigía al Ministerio, su segundo, el brigadier Juan Fabri se trasladaba al Aeroparque para abordar un DC-3 del Comando en Jefe, decidido a volar inmediatamente a la Base Aérea de Morón.
Aquella mañana, temprano, el capitán de fragata Hugo Crexell, de la Aviación Naval, se presentó en el Ministerio de Ejército, expresamente convocado por las altas autoridades de Gobierno, para hablar personalmente con Perón. El valeroso piloto fue conducido por los pasillos del edificio hasta la oficina en la que el primer mandatario se hallaba reunido con miembros de su gabinete. Venía de realizar un importante programa de instrucción en el extremo sur del país, que incluía ejercicios de ataque a embarcaciones desde aeronaves que habían causado muy buena impresión en el Alto Mando. Y aunque todavía no lo sabía, en esos cruciales momentos, le esperaba una tarea de importancia, es decir, una verdadera misión de guerra.
Mientras caminaba por los pasillos, guiado por un oficial del Ejército, Crexell ignoraba que se le iba a encomendar una misión de guerra y que estaba a punto dirigir la primera batalla aeronaval de la historia argentina.
Junto a su guía, se detuvieron frente a una de las puertas de la dependencia e inmediatamente después, ingresó a un amplio salón donde lo recibió el ministro de Marina en persona, almirante Luis J. Cornes, quien lo condujo hasta la oficina donde se encontraba Perón en compañía de varios funcionarios.

-Este, mi general, es el piloto que se mantuvo leal el 16 de junio y que comandó los ejercicios aeronavales con gran pericia en el sur – le dijo Cornes al presidente después de cuadrarse y hacer la venia– Es quien está a cargo del Comando de Aviación Naval.

Nervioso e incluso perturbado, por hallarse ante una de las personalidades más poderosas de la historia de América, Crexell se cuadró y permaneció firme.
Perón se veía preocupado cuando le estrechó la mano y le dijo que debía “limpiar” de elementos rebeldes el Río de la Plata. Le dio algunas explicaciones y acto seguido, ordenó a San Martín que lo condujese personalmente hasta Morón, con la expresa indicación de “hacer lo que él creyera conveniente”; en una palabra, debían cumplirse todas sus directivas (las de Crexell) sin cuestionamientos de ninguna índole.

-Vaya usted con él y póngalo al mando – le ordenó a San Martín y dirigiéndose nuevamente a Crexell agregó – ¡Dele leña a esos traidores! ¡Adopte las medidas que crea necesarias!

Crexell hizo el saludo militar y junto a San Martín abandonó presurosamente el Ministerio en dirección al Aeroparque, donde lo aguardaba un helicóptero con los motores en marcha, listo para despegar.
La aeronave se elevó e inició su viaje hacia Morón, atravesando la Capital Federal hacia el oeste. Una vez en la base, el piloto naval saltó a tierra pensando que San Martín lo seguiría pero grande fue su sorpresa al ver que el alto oficial permanecía en su asiento, sin moverse.
Crexell volvió sobre sus pasos para preguntarle que ocurría y quedó absorto al escuchar del propio jefe aeronáutico que como no era bien visto en el lugar, regresaba inmediatamente a Buenos Aires.
Todavía absorto, Crexell retrocedió unos pasos y se quedó parado en la pista viendo como el helicóptero levantaba vuelo y se alejaba, sin comprender todavía cual era la situación. 
Una vez frente al brigadier Fabri, el recién llegado hizo saber las órdenes que le había dado Perón y enseguida dispuso un vuelo de reconocimiento para familiarizarse con el área de operaciones y adoptar las primeras medidas. Subordinado a sus órdenes, Fabri mandó alistar un De Havilland que, al comando de un alférez, llevaría al mismo Crexell como navegante.
El avión partió sin inconvenientes y al cabo de media hora detectó a las unidades rebeldes navegando en aguas próximas a Colonia. El aviador naval ordenó el regreso y una vez en tierra, se encaminó a la central de operaciones para notificar la novedad a Fabri y a su segundo, el capitán Daniel de Marrote, ex colega suyo de la Armada pasado ahora a la Fuerza Aérea. Inmediatamente después, ordenó el primer ataque.
En un clima de gran excitación fue alistada una escuadrilla de cuatro Gloster Meteor a las órdenes del vicecomodoro Carlos A. Síster, el mismo que había ametrallado la Base Roja de Ezeiza el 16 de junio, a quien se le encomendó hostilizar y poner fuera de combate a las unidades de la Escuadra de Ríos.
Crexell en persona impartió las indicaciones en la sala de prevuelo y una vez finalizadas, los pilotos se pusieron de pie y se dirigieron a sus aviones para efectuar los controles correspondientes, trepar a sus cabinas y esperar que los mecánicos terminasen de cargar combustible.
Cuando todo estuvo listo, Síster comunicó a la torre que despegaban y después de recibir la autorización, comenzó a rodar por el pavimento hacia la pista principal, seguido por sus escoltas. Una vez en la cabecera, se detuvo y menos de un minuto después, dio máxima potencia a sus turbinas y comenzó a carretear a gran velocidad, para decolar en primer lugar, seguido por sus tres numerales con una diferencia de quince segundos entre uno y otro.
Mientras los aparatos remontaban vuelo y enfilaban hacia el sudeste, a varios kilómetros de allí, en dirección a la Banda Oriental, los destructores rebeldes continuaban el bloqueo con sus tripulaciones en permanente estado de alerta.
Los relojes a bordo daban las 09.18 cuando la escuadrilla peronista fue detectada.

-¡¡¡Cuatro aviones a proa!!! – gritó uno de los vigías en el “La Rioja”.

Era el anuncio de alerta; el temido momento había llegado.
El capitán Carlos F. Peralta, segundo de a bordo, observaba con sus prismáticos desde el puente de mando cuando sonó la alarma. Intentaba ubicar a los aparatos pero como no lo logró, le pidió al cadete Maañón que lo hiciera:

-¡Avanzan desde las destilerías de Dock Sud, mi capitán! - respondió aquel.

Peralta enfocó sus binoculares en esa dirección y enseguida distinguió cuatro puntos pequeños que se acercaban a gran velocidad.

-¡¡Carguen cañones!!- ordenó, directiva que fue pasada a viva voz por los jefes de baterías.

-¡¡Artillería lista, señor!! – fue la respuesta.

En esos momentos, el comandante le ordenó al teniente de navío Ríos, que izase la bandera de guerra, indicación que aquel se apresuró a retransmitir.

-¡¡¡Que nadie dispare hasta que de la orden!!! – gritó el capitán Palomeque cuando la aviación peronista avanzaba formada en “V”, tal como se los había enseñado en los cursos de entrenamiento Adolf Galland, el as de la Segunda Guerra Mundial contratado por Perón.
A bordo del “La Rioja” la tripulación vio a los aparatos efectuar un amplio giro en dirección a Montevideo y colocarse en línea, uno detrás de otro, con el vicecomodoro Síster a la cabeza.
Al ver eso, el teniente Ríos no tuvo más dudas.

-¡¡¡Nos van a atacar, señor!!!

Palomeque permaneció incólume en el puente de mando, observando con las manos en los bolsillos de su gabán a los aviones que se le venían encima; Peralta, por su parte, se apresuró a tomar ubicación en su puesto de combate dando directivas a los gritos mientras el personal corría por la cubierta.
Con el sol de frente, las piezas de estribor apuntaron a las aeronaves y esperaron mientras los constantes alertas anunciaban el inicio de las hostilidades.
Los dos primeros cazas se descolgaron de las nubes disparando sus cañones furiosamente, elevando gruesas columnas de agua a medida que se aproximaban. El capitán Palomeque ordenó abrir fuego y la pieza Nº 1 comenzó a tronar, accionada por el guardiamarina Julio César Ayala Torales, a quien asistían los cadetes Edgardo Guillochón y Washington Bárcena.

-¡¡Viva la Patria, carajo!! – gritaron los oficiales en medio del ensordecedor estruendo.

El avión de Síster, pasó en primer lugar ametrallando la cubierta; inmediatamente después lo hizo el segundo, que volaba 1500 metros detrás, perforando con sus proyectiles la estructura del buque. Sus impactos destrozaron el foco de señales, varios termómetros y algunos instrumentos del cuarto de navegación, aunque no causaron bajas.
La tripulación experimentó estupor y admiración al ver a su comandante de pie en una saliente del puente, recibiendo el ataque sin buscar protección. Ninguna bala lo alcanzó.
Palomeque le ordenó al teniente Federico Ríos que informase al almirante Rojas que había comenzado el combate y que se estaba respondiendo el fuego. Y cuando las máquinas atacantes se alejaban hacia el oeste, ordenó el “alto el fuego”.

-¡¿Averías o heridos?! – preguntaban los suboficiales en medio de la excitación.

-¡Sin novedad! – fue la respuesta.

Segundos después volvieron a sonar las alarmas anunciando un segundo ataque.
Se trataba de las otras dos aeronaves que llegaban a vuelo rasante, accionando sus cañones. Las antiaéreas devolvieron el fuego llenando la cubierta de olor a pólvora y ensordeciendo a sus servidores con los estampidos en tanto oficiales y marineros, en su necesidad de aflojar tensiones, lanzaban vivas a la patria y duros epítetos contra un régimen al que, a esa altura, identificaban como su enemigo. Los aviones pasaron sobre el destructor disparando de manera implacable e inmediatamente después tomaron altura y se alejaron, siguiendo a Sister y su compañero. El que volaba en último lugar fue el que más daños causó ya que alcanzó diversos puntos de la estructura, hiriendo gravemente al cadete Maañón. Un proyectil de 20 mm le había volado el maxilar inferior, provocándole una espantosa herida que lo dejó sin boca y con varias de sus piezas dentales perdidas.
Sangrando en abundancia, el marino se sujetaba el mentón intentando mantener en su sitio la lengua que le colgaba monstruosamente, sin reparar en los restos de dientes, sangre y trozos de carne que cubrían su gabán. Un sentimiento de horror estremeció a sus compañeros al ver su rostro desfigurado.

-¡¡¡Hijo mío!!! – gritó el capitán Palomeque tomando al marino por los hombros y de manera inmediata, ordenó su traslado a la enfermería.

El “La Rioja” presentaba serios daños en su estructura, los más graves, seis orificios de 20 mm bajo la línea de flotación a través de los cuales penetraba el agua inconteniblemente.
La escuadrilla del vicecomodoro Síster retornó a Morón, aterrizando a las 10.00 horas, sin inconvenientes. Su jefe exteriorizaba euforia cuando descendió de su aparato y refirió a sus superiores los pormenores de la incursión, solicitando inmediatamente un nuevo ataque. Se dispuso entonces, el envío de una segunda formación al mando del vicecomodoro Orlando Pérez Laborda con la expresa indicación de dejar fuera de combate a la escuadra.
La nueva formación despegó quince minutos después y una vez en el aire, enfiló directamente hacia el objetivo, en momentos en que un frente de tormenta se aproximaba por el noreste.
Las embarcaciones se encontraban en medio del estuario cuando la Fuerza Aérea volvió a atacar.
El cadete José L. Cortés, del “La Rioja”, fue herido en el rostro. En el “Cervantes”, el cadete Juan Pieretti, recibió un disparo en la cadera y el capitán de corbeta Rodolfo de Elizalde resultó levemente quemado por una trazadora que le rozó su pierna derecha. Los marinos se encontraban en el puente de mando cuando se produjo el ataque y su rápida reacción, al arrojarse al suelo, los salvó de una muerte segura. Sin embargo, en esta nueva incursión, uno de los Gloster pareció ser alcanzado porque al alejarse hacia el oeste comenzó a perder velocidad al tiempo que efectuaba un brusco viraje antes de alcanzar la vertical del “La Rioja”. Pese a ello, cuando casi tocaba el agua se estabilizó y se alejó en dirección a Morón.

Mientras se llevaba a cabo la segunda incursión, el capitán Crexell explicaba al vicecomodoro Síster y al oficial Islas, la forma en la que debían hacerse los siguientes ataques, modificando el ángulo de disparos con corridas de popa a proa y no de costado como lo habían hecho en la incursión anterior. Eso facilitaría la acción de los pilotos y los pondría a cubierto detrás de las densas columnas de humo que despedían las chimeneas de los destructores.
Los pilotos seguían las explicaciones con atención mientras Crexell las graficaba en el pizarrón de la sala de comando y cuando su superior terminó de hablar, corrieron de regreso a los Gloster, para llevar a cabo una nueva embestida.


Destructor ARA "Cervantes" navegando en aguas del Plata (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima)

Siguiendo esas indicaciones, el tercer ataque al mando de Síster, fue demoledor.
Los relojes señalaban las 11.00 cuando el “La Rioja” volvió a ser ametrallado con ferocidad.
La escuadrilla sobrevoló su cubierta en cuatro oportunidades, acribillándola con sus cañones, desafiando valerosamente a las antiaéreas y ametralladoras de a bordo, que intentaban rechazarla. Poco fue lo que pudieron hacer porque la velocidad de los cazas era su mejor defensa.
En una de las pasadas, los aviones le ocasionaron al “Cervantes” numerosas bajas, algunas de ellas fatales.
Una bala atravesó la cabeza de Carlos Cejas, cadete de 4º año que servía una pieza Bofors a popa. El muchacho cayó sin sentido sobre cubierta, muriendo minutos después. Cerca de ahí, el ayudante Raúl Machado recibió una profunda herida en el brazo derecho que obligó su inmediata evacuación a la enfermería, donde el Dr. Luis Emilio Bachini, médico odontólogo de a bordo, intentaba hacer lo mejor que podía. Machado falleció en la camilla, cuando el facultativo se disponía a amputarle el brazo. La metralla alcanzó también al teniente de navío Alejandro Sahortes cuando intentaba introducir en el cuarto de máquinas al cabo principal Juan Carlos Berezoski, presa de una crisis nerviosa. Berezoski murió en el acto y Sahores cayó bajo los botes salvavidas con el estómago perforado y la arteria femoral despedazada.
Fue, sin ninguna duda, una tremenda incursión que dejó un saldo de 21 bajas, cinco de ellas fatales.
La labor del Dr. Bachini fue encomiable. Con la asistencia del capitán Rodolfo de Elizalde, armó en la sala de personal un improvisado hospital de sangre y asistido por el mencionado oficial y un cadete, hizo todo lo que estuvo a su alcance para aliviar el sufrimiento de los heridos.
La situación en el “La Rioja” era peor. Los cazas peronistas arrasaron su cubierta y perforando su estructura en varios sectores, destruyendo completamente el cañón Nº 1. El cadete de 2º año Edgardo Guillochón fue alcanzado por los proyectiles y cayó muerto, sobre la pieza que servía. Su compañero, Washington Barcena, recibió una esquirla en la pierna izquierda, que le hizo perder el equilibrio y caer al suelo pesadamente.
En la enfermería el cabo principal Araujo, que tenía nociones de primeros auxilios, se ocupaba de los heridos, atendiendo con esmero a Maañón y Cortés. Se trataba de un lugar reducido bajo el puente de mando, con dos camillas superpuestas y un pequeño ropero. En esas condiciones, el abnegado suboficial también realizó una labor excepcional, pese al escaso instrumental del que disponía.
Mientras sujetaba la lengua de Maañón para evitar que se la tragase, quitó con una gasa los restos dentales y las esquirlas del maxilar, lo mismo un pedazo de metal incrustado muy cerca de su ojo izquierdo. Finalizada esa tarea, le suministró uno de los pocos calmantes que había en el botiquín y le pidió que permaneciese quieto.
Sobre la camilla superior se hallaba el cadete José Luis Cortés con una grave herida en la cabeza. El bravo Araujo se la vendaba cuando los proyectiles del tercer ataque perforaron la estructura metálica del habitáculo, atravesándolo de lado a lado.
Una bala de cañón se incrustó bajo del omóplato derecho de Maañón, provocándole una nueva lesión. Otro marinero herido que se hallaba parado junto a la entrada, recibió impactos en las piernas al tiempo que la puerta en la que estaba apoyado saltaba de su marco. Araujo inyectó una dosis de morfina a Maañón y le practicó torniquetes al otro marinero, doloridos ambos por las nuevas lesiones.
Debido al duro castigo soportado por su embarcación, el capitán Palomeque se comunicó con el “Cervantes” para decirle que lo más conveniente era alejarse del área en dirección a la desembocadura del río, fuera del radio de alcance de los aviones peronistas.
Después de escuchar la propuesta, el comandante Gnavi manifestó estar de acuerdo y accedió, ya que de esa manera, podrían seguir cumpliendo con la misión de bloqueo sin arriesgar al personal de a bordo.   
Palomeque llamó al almirante Rojas para informarle que las embarcaciones habían sido sometidas a violentos ataques y que tenían muertos y heridos a bordo. Y cuando pidió autorización para el repliegue, esta le fue concedida de manera inmediata.
Los viejos destructores viraron hacia el este y se dirigieron hacia el océano mientras a bordo se repartía el rancho a la tripulación. En esos momentos, cuando nadie lo sospechaba, se produjo un cuarto ataque.
Los buques navegaban hacia la desembocadura del Río de la Plata cuando por entre las nubes aparecieron cuatro Gloster Meteor que se abalanzaron sobre ellos.
Las cubiertas volvieron a ser ametralladas en tanto la tropa intentaba ponerse a cubierto. Y una vez más, el cadete Maañón fue alcanzado, esta vez en el pie derecho, cuando un proyectil perforó su borceguí y le rompió varios huesos del empeine y el talón. Sobre él se precipitó una vez más el valeroso cabo Araujo, aplicándole un nuevo torniquete y una nueva inyección de morfina que lo dejó completamente inconsciente.
Tras esta nueva incursión, los destructores dieron mayor potencia a sus motores y se alejaron de la zona a gran velocidad mientras las aeronaves de la Fuerza Aérea se retiraban hacia Morón. Las viejas embarcaciones estaban maltrechas pero salieron indemnes de la acometida. Habían disparado más de 1000 proyectiles y recibido 250 impactos y perdido algunas de sus piezas de artillería, dos el “Cervantes” y una el “La Rioja”.   
Los buques navegaban escorados debido a los impactos que habían recibido bajo la línea de flotación y sobre esas vías de agua, trabajaban los equipos de reparaciones provistos de tacos de madera y alquitrán.

A la última incursión de los Gloster Meteor, le siguió un período de tensa calma en el que los ataques parecieron cesar.
Pese a los daños, el “Cervantes” aprovechó la oportunidad para detener un carguero estadounidense cargado de frutas, al que solicitó un médico. Lamentablemente los norteamericanos no tenían ninguno porque su tripulación era mínima y no lo necesitaban.
En esa tarea se hallaba ocupada la tripulación del destructor cuando repentinamente apareció en el aire una escuadrilla de bombarderos livianos Calquin que se dirigía directamente a los buques, procedente de Morón.
El hecho de que la nave de guerra se hallara en esos momentos junto a un mercante extranjero la salvó de lo que pudo haber sido un ataque demoledor. Las bombas cayeron a 50 metros, levantando altas columnas de agua sin provocar daños. Sin embargo, fueron motivo suficiente como para que el carguero virase y se alejase presurosamente hacia las bocas del río, al mismo tiempo que el buque de guerra se preparaba para repeler la agresión. Inmediatamente después de los Claquin apareció un Avro Lincoln a gran velocidad, con sus copuertas inferiores abiertas.
En un desesperado intento por evitar el ataque, el “Cervantes”  se aproximó al mercante pensando que el aviador no se atrevería a dañarlo, pero el Avro Lincoln lanzó su bomba provocando un tremendo estallido que sacudió las estructuras de ambos buques.
Los destructores intentaron evitar las cargas virando continuamente de derecha a izquierda mientras abrían fuego y estremecían el aire con sus cañones.
El avión se alejó dejando a sus espaldas a los maltrechos buques bajo la lluvia, apuntando sus proas en dirección al Uruguay.
De las dos embarcaciones, el “Cervantes” fue la que peores condiciones presentaba. Escorado, con pérdida de velocidad y una turbina dañada, se hallaba prácticamente fuera de combate porque sus piezas de artillería casi no operaban.
Frente a la capital uruguaya el capitán Gnavi contactó a su par del “La Rioja” para notificarle que necesitaba imperiosamente entrar en puerto. Palomeque estuvo de acuerdo por lo que el “Cervantes”, colocando su artillería en crujía, puso proa a la vecina orilla y se alejó. A esa altura, la atención de los heridos era más que urgente.


El ARA "La Rioja" gravemente dañado se dirige a Montevideo  seguido por el "Cervantes" 
 (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima)


Eran las 18.30 cuando, a la vista de Montevideo, se aproximó el remolcador “Capella y Pons”, de la marina de guerra uruguaya se situó junto al “La Rioja” para solicitar amarras.
Su comandante, el capitán Diego Culachín, estableció contacto con el destructor y
Palomeque le informó que había un muerto y varios heridos a bordo y que necesitaba transferir inmediatamente para regresar a la batalla.
La operación de traspaso no se hizo esperar. Los marineros colocaron el cadáver del cadete Guillochon sobre una camilla, lo cubrieron con la bandera argentina y lo pasaron con sumo cuidado al buque uruguayo. Tras él hicieron lo propio, también en camillas, los cadetes Maañón y Bárcena y el suboficial artillero Ángel Stamati, que pese a sus graves heridas, pedía permanecer a bordo.
Cuando el último herido se hallaba en el “Capella y Pons” y el temporal comenzaba a agitar las aguas, la voz del cadete Ferrotto, a cargo de las señales, puso a todo el mundo en estado de alerta.

-¡¡Aviones enemigos!! – gritó – ¡¡Aviones enemigos!!

Cumpliendo directivas, la tripulación corrió a sus puestos tal como tantas veces lo había hecho durante los ejercicios y maniobras, mientras el remolcador uruguayo desenganchaba presurosamente y se alejaba.
A lo lejos, se recortó contra el gris plomizo del cielo, una formación de cuatro cazas que se acercaban velozmente hacia los destructores.

-¡¡¡Suelten amarras, carajo!!! – tronó la voz de un oficial.

-¡¡¡Preparen artillería!!! – ordenó otro.

-¡¡Alto!! - gritó alguien repentinamente - ¡¡Son aviones uruguayos!!

A través de sus prismáticos, el capitán Palomeque y sus oficiales pudieron distinguir a los cuatro aparatos Mustang P-51D de la Fuerza Aérea Uruguaya cuando se aproximaban velozmente en la misión de cobertura, dispuestos a brindar protección a las naves argentinas en caso de ser hostigadas.

-¡¡Son aviones que se preparan para atacar! - volvió a gritar el cadete Ferrotto - ¡¡Nos atacan!!

-¡¡¡Pero cadete pel...!!! ¡¡¿No se da cuenta que son uruguayos?!! – gritó furioso el capitán Peralta.

Los aviones pasaron junto a los buques, volando a baja altura, luciendo en su cola los colores de su país, hecho que tranquilizó a los combatientes a bordo, devolviéndoles la serenidad.
Mientras el “Cervantes” era remolcado hacia Montevideo, el “La Rioja” metió presión a sus máquinas y se alejó aguas adentro dispuesto a proseguir la lucha, eludiendo legalmente la internación que el derecho internacional establece para las fuerzas beligerantes que llegan a países neutrales.
Tanto el “Cervantes” como el “Capella y Pons”, ingresaron lentamente en el puerto de Montevideo y amarraron junto a los diques, maniobra que presenció una multitud de ciudadanos uruguayos, hombres y mujeres, que se habían dado cita desde temprano para seguir de cerca las acciones de guerra1.
El desembarco de los muertos y los heridos impactó profundamente en el ánimo de quienes se habían acercado hasta allí y el descenso de los cadetes del “Cervantes” fue saludado con vivas y aplausos recordando a más de un uruguayo, hechos similares acaecidos dieciséis años atrás cuando los tripulantes del “Graf Spee” echaron pie a tierra en ese mismo lugar.
Según relatan diez periodistas en Así Cayó Perón. Crónica del movimiento revolucionario triunfante, cerca de la Aduana y frente a los accesos al puerto se había congregado una verdadera muchedumbre que pugnaba por acercarse al “Cervantes” en procura de novedades. Entre el público, había familiares y amigos de los tripulantes que intentaban averiguar si sus allegados se encontraban entre las víctimas.
A las 20.45 las radios uruguayas efectuaron un dramático pedido de sangre destinada a los marinos heridos, interrumpiendo sus programas habituales para hacer efectiva la solicitud. Decenas de personas se acercaron al Hospital Militar y al Hospital Maciel para ingresar de a dos por vez.
Los combatientes argentinos fueron alojados en barracones especialmente acondicionados en la zona portuaria donde fueron alimentados y asistidos con solicitud, al tiempo que se les prodigaba todo tipo de atenciones. También recibieron visitas, la mayoría de importantes personalidades del vecino país, una de ellas, la señora Matilde Ibáñez Tálice, esposa de quien fuera presidente del Uruguay hasta 1951, Luis Batlle Berres. La dama, nacida en Buenos Aires, se ocupó personalmente de muchas de las necesidades de los cadetes.
A poco de desembarcar, falleció el cadete Cejas y dos días después se produjo el deceso del cadete Vega, elevando el número de muertos a ocho. Maañón fue operado y atendido por el Dr. Vecchi, destacado facultativos uruguayo, quien advirtió al soldado que podía morir en la intervención. Maañón dio su consentimiento para ser intervenido pero antes escribió una carta de despedida a su padre, explicando las alternativas que había vivido2.

En horas de la noche se montó una guardia de honor en dependencias de la Armada Uruguaya, donde los caídos en combate fueron velados. La misma fue puesta a cargo del teniente de fragata Fernando Nis que durante el segundo ataque de los Gloster Meteor, se encontraba en la sala de máquinas junto a su jefe, el teniente de navío Alejandro Sahores, abatido por los proyectiles enemigos. El cadete de 4º año Luis Bayá, formó parte de la guardia.
Mucha más gente se acercó hasta el lugar para hacer llegar sus condolencias o, simplemente, curiosear, mientras decenas de periodistas pugnaban por obtener información. Y mientras eso sucedía, las radios seguían brindando amplia cobertura de los acontecimientos, lo mismo los periódicos, que a la mañana siguiente anunciaban las noticias con grandes titulares.
Tanto el “La Rioja” como el “Cervantes” tuvieron una brillante actuación. Con ellos, la Armada Argentina protagonizó la primera batalla aeronaval de su historia, pagando con sangre la experiencia vivida. Sus comandantes y las tripulaciones estuvieron a la altura de los acontecimientos, destacando muy especialmente el capitán Rafael Palomeque por su brillante accionar en cumplimiento del deber. Habían operado más allá de lo exigido y se habían desempeñado heroicamente, poniendo a resguardo el honor nacional. El almirante Rojas tenía motivos de sobra para enorgullecerse de su gente3.



Imágenes
Vicecomodoro Carlos A. Sister
Jefe de la sección de Gloster Meteor 
que atacó a la Escuadra de Ríos (Fotografía: Isidoro Ruiz Moreno, La Revolución del 55, Tomo II)

El "Cervantes" intenta cubrirse y hacer lo propio con el "La Rioja"  desprendiendo una columna de humo
 (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima)

La contienda ha finalizado. El "La Rioja" muestra los daños que ha sufrido
 (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima)

El puente del "La Rioja" acribillado por los cañones de 20 mm de los Gloster Meteor
 (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima)
Plana Mayor del "La Rioja". Sentado en primera fila, al centro,  su comandante, capitán Rafael Palomeque
 (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima)
Tripulación del "La Rioja" junto a su comandante,  Cap. Rafael Palomeque detrás del salvavidas
 (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima)
El "La Rioja" en el dique seco de los Astilleros Tandanor de Buenos Aires, después de la batalla  (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima)



Notas
1 Pueblo y autoridades demostrarían una altura digna de su tradición al momento de ofrecer ayuda y atención a combatientes extranjeros.
2 Afortunadamente el Dr. Vecchi era una eminencia y el valeroso cadete sobrevivió y una vez finalizada la contienda regresó a su país para reincorporarse a la Marina, retirándose años después, con el grado de capitán de fragata.
3 Los detalles del enfrentamiento fueron extraídos de “El torpedero 'La Rioja' y su intervención en la batalla aeronaval del Río de la Plata”, de Juan Manuel Jiménez Baliani, aparecido en el Boletín del Centro Naval Nº 773 de Febrero de 1994; La Revolución del 55, Tomo II, de Isidoro Ruiz Moreno, Puerto Belgrano. Hora 0. La Marina se subleva, de Miguel Ángel Cavallo y Así Cayó Perón. Crónica del movimiento revolucionario triunfante, de diez periodistas argentinos.



El crucero "9 de Julio" bombardea posiciones en Mar del Plata


Hasta la noche del día 18, nadie sabía donde se encontraba la Flota de Mar. La misma, que al momento del estallido se hallaba fondeada en Puerto Madryn, estaba formada por los cruceros “17 de Octubre” y “La Argentina”, los destructores “Buenos Aires”, “San Luis”, “ Entre Ríos” y “San Juan”; las fragatas “Hércules” , “Heroína”  y “Sarandí”, el buque de salvamento “Charrúa” y el buque taller “Ingeniero Iribas”, de los que eran comandantes los capitanes de navío Fermín Eleta y Adolfo Videla; los capitanes de fragata Eladio Vázquez, Benigno Varela, Aldo Abelardo Pantín, Mario Pensotti, Pedro Arhancet, Leartes Santucci y César Goria, el capitán de corbeta Marco Bence y el capitán de fragata Jorge Mezzadra respectivamente.
El vicealmirante Juan C. Basso comandaba la Flota desde su nave insignia, el “17 de Octubre”, asistido por el contralmirante Néstor Gabrielli, comandante de la Fuerza de Cruceros, a bordo de “La Argentina”, el capitán de navío Raimundo Palau, comandante de la Escuadrilla de Destructores, a bordo del “Entre Ríos” y el capitán de navío Agustín Lariño, comandante de la División de Fragatas, a bordo del “Hércules”. En el “17 de Octubre”, viajaban también el jefe de Operaciones, capitán de fragata Enrique Gunwaldt y el capitán de navío Raúl Elsegood, jefe del Estado Mayor.
La primera señal del alzamiento llegó a la Flota a las 08.22 del 16 de septiembre, cuando el vicealmirante Basso recibió un comunicado del Comando de Operaciones Navales imponiéndolo de los últimos acontecimientos. Dos horas y media después (11.00), oficiales rebeldes encabezados por el capitán de navío Agustín P. Lariño y el capitán de fragata Aldo Pantín, se reunieron a bordo del “Hércules” para iniciar el amotinamiento y hacerse cargo de la Flota.

De acuerdo a lo planeado, Grunwaldt, secundado por el capitán Manuel Rodríguez, el jefe de Comunicaciones, capitán Félix E. Fitte y el teniente de navío Rodolfo Fasce, se trasladó hasta el “17 de Octubre” con la misión de reducir a su comandante y a los capitanes Raúl Elsewood y Fermín Eleta, quienes a punta de pistola, fueron encerrados en un camarote, bajo la custodia del teniente Ricardo Bustamante. Refiere Ruiz Moreno que en esos momentos, el teniente de navío José A. Lagomarsino procedió a arrancar los cables de los teléfonos internos, incomunicando de ese modo a los elementos leales que se encontraban a bordo.
Minutos después, el capitán de fragata Carlos A. Borzone informaba desde “La Argentina” que la situación en el buque se hallaba bajo control, al igual que en el “Buenos Aires”, el “Entre Ríos” y el resto de las unidades. En el primero, el contralmirante Gabrielli fue reducido por el capitán Videla; en el “Entre Ríos” su comandante, el capitán Vázquez detuvo a su segundo y a un teniente y en el último, el capitán Pantín hizo lo propio con el capitán Palau, jefe de la Escuadrilla de Destructores.
Un hecho confuso se produjo en la nave insignia cuando se hizo presente el capitán Lariño procedente del “Hércules”. Sospechando de su persona, el capitán Grunwaldt mandó detenerlo, ignorando que se trataba de un declarado partidario de la revolución y lo hizo encerrar en el camarote del comandante. El capitán Alberto Tarelli debió interceder para aclarar el asunto, logrando su inmediata liberación. Como explica Ruiz Moreno, Lariño permaneció a bordo del “17 de Octubre”, como oficial de comando táctico y ya no regresó al “Hércules”.

Antes de zarpar, Lariño ordenó trasladar a los oficiales detenidos al “Ingeniero Iribas”, que en esos momentos se hallaba amarrado en el muelle de Puerto Madryn y sumamente apenado por la situación de su superior, el vicealmirante Basso, a quien estimaba y respetaba profundamente ordenó que, al momento de abandonar la nave, le fueran rendidos honores de comandante.
Basso era un hombre leal, un verdadero caballero, esclavo del reglamento y de las disposiciones superiores, razón por la cual, mantuvo su lealtad al gobierno pese a que discrepaba con él en muchos aspectos. Fueron numerosos los oficiales que se conmovieron cuando lo vieron abandonar la embarcación, entre ellos el propio Lariño, que se quedó observando de lejos cuando el vicealmirante ordenó arriar su insignia1.
Poco después de sublevada la flota, aterrizó en Puerto Madryn el avión Catalina que transportaba a los oficiales que los comandantes Perren y Rial habían enviado para hacerse cargo: capitanes de navío Carlos Bruzzone, Mario Robbio y Luis Mallea; capitanes de fragata Raúl González Vergara y Recaredo Vázquez y teniente de navío Benjamín Oscar Cosentino. Una vez en tierra, fueron llevado a bordo y allí se los impuso de los últimos acontecimientos.
Robbio fue designado jefe del Estado Mayor, Vázquez y González Vergara sus asistentes, Mallea, jefe de la Escuadrilla de Destructores y Bruzzone comandante del “17 de Octubre”. Como comandante de la Armada continuó al mando Lariño y el resto de la oficialidad siguió ocupando sus cargos.

Tras ordenar a la Escuadra de Destructores su inmediato regreso a Puerto Madryn, el comando de la flota procedió a informar a las tripulaciones que todo aquel que se sintiera obligado a mantener su lealtad al gobierno nacional y no quisiera luchar en su contra, podía desembarcar con la tranquilidad de que no se tomarían medidas en su contra. De 6000 efectivos embarcados, solo 85 lo hicieron, la mayoría de ellos conscriptos. Dos oficiales, Félix Darquier y Alcides Cardozo, siete cabos y dos marineros, se hallaban entre ellos y en esa postura abandonaron la flota, cuando un remolcador especialmente designado para esa tarea, pasó a recogerlos por cada una de las unidades navales.
La Flota estaba sublevada y en tales condiciones, levó anclas y zarpó hacia el norte, dividida en dos grupos. El grueso de la misma enfiló hacia el Río de la Plata con el “17 de Octubre” a la cabeza y el resto, los destructores “San Luis”, “Entre Ríos”, “Buenos Aires” y “San Juan”, rumbo a Puerto Belgrano.

Pasado el medio día del 18 de septiembre, la Armada navegaba hacia el norte a máxima velocidad y en silencio de radio. Sus tripulantes experimentaban una emoción indescriptible y mucha confusión también. La Marina de Guerra se hacía a la mar para entrar en conflicto por primera vez en lo que iba del siglo, ya que no lo hacía desde la revolución de 1893, cuando el combate de “El Espinillo” y eso tenía su significado. Era el momento esperado por todos, pese a que había algo que no los terminaba de convencer: el conflicto era entre hermanos y eso repercutía en el ánimo de los marinos. Había muerto mucha gente a esa altura y muchos se preguntaban cuantos más sucumbirían.

Hasta la noche del día 18, nadie sabía donde se encontraba la Flota de Mar. La misma, que al momento del estallido se hallaba fondeada en Puerto Madryn, estaba formada por los cruceros “17 de Octubre” y “La Argentina”, los destructores “Buenos Aires”, “San Luis”, “ Entre Ríos” y “San Juan”; las fragatas “Hércules”, “Heroína” y “Sarandí”, el buque de salvamento “Charrúa” y el buque taller “Ingeniero Iribas”, de los que eran comandantes los capitanes de navío Fermín Eleta y Adolfo Videla; los capitanes de fragata Eladio Vázquez, Benigno Varela, Aldo Abelardo Pantín, Mario Pensotti, Pedro Arhancet, Leartes Santucci y César Goria, el capitán de corbeta Marco Bence y el capitán de fragata Jorge Mezzadra respectivamente.

El vicealmirante Juan C. Basso comandaba la Flota desde su nave insignia, el “17 de Octubre”, asistido por el contralmirante Néstor Gabrielli, comandante de la Fuerza de Cruceros, a bordo de “La Argentina”, el capitán de navío Raimundo Palau, comandante de la Escuadrilla de Destructores, a bordo del “Entre Ríos” y el capitán de navío Agustín Lariño, comandante de la División de Fragatas, a bordo del “Hércules”. En el “17 de Octubre”, viajaban también el jefe de Operaciones, capitán de fragata Enrique Gunwaldt y el capitán de navío Raúl Elsegood, jefe del Estado Mayor.
La primera señal del alzamiento llegó a la Flota a las 08.22 del 16 de septiembre, cuando el vicealmirante Basso recibió un comunicado del Comando de Operaciones Navales imponiéndolo de los últimos acontecimientos. Dos horas y media después (11.00), oficiales rebeldes encabezados por el capitán de navío Agustín P. Lariño y el capitán de fragata Aldo Pantín, se reunieron a bordo del “Hércules” para iniciar el amotinamiento y hacerse cargo de la Flota.

De acuerdo a lo planeado, Grunwaldt, secundado por el capitán Manuel Rodríguez, el jefe de Comunicaciones, capitán Félix E. Fitte y el teniente de navío Rodolfo Fasce, se trasladó hasta el “17 de Octubre” con la misión de reducir a su comandante y a los capitanes Raúl Elsewood y Fermín Eleta, quienes a punta de pistola, fueron encerrados en un camarote, bajo la custodia del teniente Ricardo Bustamante. Refiere Ruiz Moreno que en esos momentos, el teniente de navío José A. Lagomarsino procedió a arrancar los cables de los teléfonos internos, incomunicando de ese modo a los elementos leales que se encontraban a bordo.
Minutos después, el capitán de fragata Carlos A. Borzone informaba desde “La Argentina” que la situación en el buque se hallaba bajo control, al igual que en el “Buenos Aires”, el “Entre Ríos” y el resto de las unidades. En el primero, el contralmirante Gabrielli fue reducido por el capitán Videla; en el “Entre Ríos” su comandante, el capitán Vázquez detuvo a su segundo y a un teniente y en el último, el capitán Pantín hizo lo propio con el capitán Palau, jefe de la Escuadrilla de Destructores.

Un hecho confuso se produjo en la nave insignia cuando se hizo presente el capitán Lariño procedente del “Hércules”. Sospechando de su persona, el capitán Grunwaldt mandó detenerlo, ignorando que se trataba de un declarado partidario de la revolución y lo hizo encerrar en el camarote del comandante. El capitán Alberto Tarelli debió interceder para aclarar el asunto, logrando su inmediata liberación. Como explica Ruiz Moreno, Lariño permaneció a bordo del “17 de Octubre”, como oficial de comando táctico y ya no regresó al “Hércules”.
Antes de zarpar, Lariño ordenó trasladar a los oficiales detenidos al “Ingeniero Iribas”, que en esos momentos se hallaba amarrado en el muelle de Puerto Madryn y sumamente apenado por la situación de su superior, el vicealmirante Basso, a quien estimaba y respetaba profundamente ordenó que, al momento de abandonar la nave, le fueran rendidos honores de comandante.

Basso era un hombre leal, un verdadero caballero, esclavo del reglamento y de las disposiciones superiores, razón por la cual, mantuvo su lealtad al gobierno pese a que discrepaba con él en muchos aspectos. Fueron numerosos los oficiales que se conmovieron cuando lo vieron abandonar la embarcación, entre ellos el propio Lariño, que se quedó observando de lejos cuando el vicealmirante ordenó arriar su insignia1.
Poco después de sublevada la flota, aterrizó en Puerto Madryn el avión Catalina que transportaba a los oficiales que los comandantes Perren y Rial habían enviado para hacerse cargo: capitanes de navío Carlos Bruzzone, Mario Robbio y Luis Mallea; capitanes de fragata Raúl González Vergara y Recaredo Vázquez y teniente de navío Benjamín Oscar Cosentino. Una vez en tierra, fueron llevado a bordo y allí se los impuso de los últimos acontecimientos.
Robbio fue designado jefe del Estado Mayor, Vázquez y González Vergara sus asistentes, Mallea, jefe de la Escuadrilla de Destructores y Bruzzone comandante del “17 de Octubre”. Como comandante de la Armada continuó al mando Lariño y el resto de la oficialidad siguió ocupando sus cargos.

Tras ordenar a la Escuadra de Destructores su inmediato regreso a Puerto Madryn, el comando de la flota procedió a informar a las tripulaciones que todo aquel que se sintiera obligado a mantener su lealtad al gobierno nacional y no quisiera luchar en su contra, podía desembarcar con la tranquilidad de que no se tomarían medidas en su contra. De 6000 efectivos embarcados, solo 85 lo hicieron, la mayoría de ellos conscriptos. Dos oficiales, Félix Darquier y Alcides Cardozo, siete cabos y dos marineros, se hallaban entre ellos y en esa postura abandonaron la flota, cuando un remolcador especialmente designado para esa tarea, pasó a recogerlos por cada una de las unidades navales.
La Flota estaba sublevada y en tales condiciones, levó anclas y zarpó hacia el norte, dividida en dos grupos. El grueso de la misma enfiló hacia el Río de la Plata con el “17 de Octubre” a la cabeza y el resto, los destructores “San Luis”, “Entre Ríos”, “Buenos Aires” y “San Juan”, rumbo a Puerto Belgrano.

Pasado el medio día del 18 de septiembre, la Armada navegaba hacia el norte a máxima velocidad y en silencio de radio. Sus tripulantes experimentaban una emoción indescriptible y mucha confusión también. La Marina de Guerra se hacía a la mar para entrar en conflicto por primera vez en lo que iba del siglo, ya que no lo hacía desde la revolución de 1893, cuando el combate de “El Espinillo” y eso tenía su significado. Era el momento esperado por todos, pese a que había algo que no los terminaba de convencer: el conflicto era entre hermanos y eso repercutía en el ánimo de los marinos. Había muerto mucha gente a esa altura y muchos se preguntaban cuantos más sucumbirían.
Para no ser detectada, la flota navegó en el más completo silencio de radio en tanto a bordo, más de un marino especulaba con varias hipótesis, le peor que al pasar de largo por Puerto Belgrano, se decidiese un ataque masivo sobre Bahía Blanca, Punta Alta y las bases rebeldes.



Puente de mando del crucero "17 de Octubre" (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima)

Lo que preocupaba a sus mandos era la imposibilidad de establecer contacto con la Escuadra de Ríos debido a que los códigos se habían extraviado y sin ellos, las comunicaciones iban a ser descifradas y el plan de operaciones descubierto.
Dos días después, la Flota de Mar llegaba al pontón “Recalada”, y se unía a la Escuadra de Ríos.
Una vez dentro del estuario, el rastreador “Robinson” se aproximó al “17 de Octubre” llevando a bordo al capitán de navío Carlos Sánchez Sañudo quien se apresuró a pasar a su cubierta, para saludar alborozado a su comandante, el capitán Bruzzone. Desde el puente de mando, Sánchez Sañudo llamó al almirante Rojas y minutos después, el gran crucero, nave insignia de la Armada Argentina, pasó frente al “Murature” con su tripulación formada en cubierta, disparando las diecisiete salvas de saludo en honor a quien, a partir de ese momento, asumía el mando total de la Flota unificada. Detrás del gran crucero hizo lo propio “La Argentina”, también con sus tripulantes en cubierta, mientras arrojaba gruesas columnas de humo, por sus chimeneas.

Como relata Ruiz Moreno, “…17 secos estampidos de cañón afirmaban la subordinación de la Flota a su nuevo comandante”.
Rojas, emocionado, contemplaba la escena desde el patrullero, acompañado por el general Uranga y su plana mayor de oficiales de Marina y Ejército, viviendo lo que, según sus palabras, fue el momento más sublime de su vida y el punto más alto de su carrera. El orgullo lo embargaba y la emoción insuflaba nuevos bríos a su persona.
Esa misma mañana, con el viento azotando las cubiertas de las embarcaciones, el almirante Rojas pasó al “17 de Octubre”, izando su insignia en el palo mayor y a las 11.45, emitió el siguiente comunicado: “Se ha efectuado reunión de la Flota de Mar con la Escuadra de Ríos. Asumo comando en Jefe”. Quince minutos después, anunció por radio el bloqueo de los puertos y el estado de beligerancia de la escuadra.

Eran las 18.00 del 16 de septiembre, los destructores “San Luis” y “Entre Ríos” entraron en Puerto Belgrano y atracaron junto al muelle principal. Muy cerca, el “9 de Julio” terminaba su alistamiento para zarpar al día siguiente y unirse a la Flota. A las 22.00 hicieron su arribo el “Buenos Aires” y el “San Juan” y poco después hicieron lo propio otras unidades.
En el “Entre Ríos” viajaba detenido el capitán Palau, que una vez en puerto, fue conducido al “Moreno” junto al cabo principal Aníbal López, de conocida filiación peronista, quedando ambos encerrados junto al resto de los prisioneros.
De los destructores mencionados se descargaron torpedos y cargas de profundidad y, acto seguido, se los proveyó de munición adecuada y víveres. En plena noche, después de seis horas de intenso trabajo, los operarios navales finalizaron la provisión de combustible, mientras el “9 de Julio” era dotado de la munición necesaria para abastecer a cada una de las unidades de la Flota. Puesta a prueba su maquinaria, la central de tiro y la antena del palo, todo estuvo listo para partir. El comando de la unidad quedó a cargo del capitán de navío Bernardo Benesch, con el capitán de fragata Alberto M. de Marotte como su segundo y el capitán de fragata Raúl Francos como jefe de Artillería.

Enterado el gobierno de la reunión de la Armada en el Río de la Plata, se dispuso un ataque a cargo de la Fuerza Aérea, dado su exitosa acción sobre la Escuadra de Ríos el día 16. Por ese motivo, almirante Luis J.
Cornes, ministro de Marina, tomó contacto con el capitán de fragata Crexell, imponiéndolo de la decisión. El ministro ordenó al aviador se dirigiese inmediatamente a la Base Aérea de Morón desde la que operaban los Avro Lincoln, donde un amigo suyo, el comodoro Luis A. Lapuente, lo esperaba para planificar la misión.
Se le propusieron a Crexell dos alternativas: atacar la Base Espora, neutralizando de ese modo a la Aviación Naval que operaba desde allí sobre unidades del Ejército o hacer lo propio contra la Flota, todo un símbolo en manos rebeldes. Crexell no lo dudó, porque creía que la Escuadra representaba un peligro mucho mayor, con su poder de fuego amenazando a la misma Buenos Aires. Según su opinión, era mucho más conveniente preservar intacta la base del sur y hostigar a los buques que amenazaban a la capital.
Crexell y Lapuente se encontraron en la base, donde el segundo estudiaba un plan de ataque y se pusieron de acuerdo en que lo más acertado era incursionar sobre la flota. Estaban seguros del éxito porque los buques de gran calado se habían internado demasiado en aguas del Plata y ello les impediría maniobrar adecuadamente cuando estuviesen bajo ataque. Un hecho de importancia vino a confirmar que las unidades de mar eran el blanco adecuado cuando el Servicio de Informaciones Navales descifró las claves de Puerto Belgrano poniendo al tanto al Comando de Represión al tanto de las comunicaciones rebeldes.
Por entonces, las radios insurrectas propalaban la noticia de que a las 12.00 de ese día, la Armada iba a bombardear Buenos Aires, y eso obligó a las emisoras estatales a desmentir apresuradamente la noticia, minimizando el poder de las fuerzas enemigas.

El 17 por la mañana, el crucero “9 de Julio” y los destructores “Buenos Aires”, “San Luis”, “San Juan” y “Entre Ríos” se hicieron a la mar, poniendo proa directamente hacia el Río de la Plata. A la mañana siguiente, el almirante Rojas dialogaba en la sala de mando con el capitán de corbeta Andrés Tropea, cuando un comunicado urgente del general Lonardi lo impuso de la difícil situación que atravesaban las tropas revolucionarias en Córdoba.
Comprendiendo la gravedad, Rojas convocó a su Estado Mayor y después de ponerlo al tanto de lo que acontecía, dispuso llevar a cabo una medida de fuerza tendiente a aliviar la presión sobre las posiciones rebeldes. Se decidió bombardear los tanques de combustible de Mar del Plata, la Base de Submarinos y el Regimiento de Artillería Antiaérea de Camet si aquellas unidades no aceptaban plegarse a la revolución, medida solicitada oportunamente por Puerto Belgrano.
A las 17.11 del 18 de septiembre el crucero “17 de Octubre” cursó la siguiente directiva a su gemelo, el “9 de Julio”: “Destruir depósitos de petróleo y nafta de Mar del Plata, previo aviso a la población”. Dos horas después (19.02), la Escuadra de Destructores recibió un nuevo despacho: “… destruir tanques de petróleo de Mar del Plata y bombardear Regimiento antiaéreo”.
Encabezando al grupo de destructores, el “9 de Julio” desvió su rumbo y enfiló hacia los objetivos.

A poco de recibida la orden, ocurrió un hecho inesperado que vino a tensionar los ánimos en el “9 de Julio”. El cabo principal Miguel Spera, sabiendo que la flota atacaría Mar del Plata, intentó amotinar a la tripulación, atacando a un oficial. Fue muerto de un disparo cuando el reloj de a bordo daba las 22.30 y mientras su cuerpo era sacado de la Sala de Máquinas, diez efectivos sospechosos fueron arrestados y encerrados en un camarote, severamente custodiados por una guardia armada.
Casi enseguida, otro hecho descabellado desconcertó a los integrantes del  alto mando: el capitán Bernardo Benesch se negaba a abrir fuego sobre Mar del Plata demostrando con su actitud que todavía había gente que no asumía que estaba en guerra.
Benesch manifestó que no pensaba disparar y se encerró en su camarote. Si esa era su postura, debió haberse pronunciado antes, descendiendo en Puerto Belgrano cuando el comando dispuso que aquel que no estuviese de acuerdo con la revolución. El que hubiera permanecido embarcado para finalmente, obrar de esa manera, fue una clara señal de que su actitud fue de mera especulación debía abandonar las unidades ahí mismo.
Lo cierto es que el capitán Alberto de Marotte se hizo cargo del mando y la misión de ataque siguió su marcha.

Para ese momento, la escuadra encabezada por el “9 de Julio”, se hallaba frente a Mar del Plata. A las 21.15, el destructor “Entre Ríos” cursó un despacho a la Base de Submarinos, notificando que de no pronunciarse por la revolución, al amanecer sería bombardeada; en su cable indicó también que se debía dar aviso a la población civil y que se atacaría a todas aquellas tropas que opusieran resistencia. En el comunicado se especificaba evacuar la zona de la explanada, desde Paya Bristol hasta Playa Grande, con una profundidad mínima de cinco cuadras de fondo, “Para evitar mayor destrucción exijo presentación a bordo de inmediato del director de la Escuela Antiaérea y comandante de la Fuerza de Submarinos. Si antes de la medianoche no se ha escuchado a las emisoras locales propalar la orden de evacuación, se incluirá entre los objetivos a bombardear a esa Base Naval”.

Mientras se desarrollaban estos acontecimientos, navegaban hacia el Río de la Plata el buque taller “Ingeniero Gadda” y el submarino “Santiago del Estero”, este último al mando del capitán Juan Bonomi después de abandonar sublevado la Base de Mar del Plata.
Estas dos embarcaciones cumplieron con eficiencia tareas de bloqueo y vigilancia, e incluso el segundo, entró en acción ante la amenaza de aviones no identificados.
Los hechos acontecieron a primeras horas de la tarde cuando el sumergible y el buque taller cumplían la orden de iniciar aproximación a Montevideo, impartida por el almirante Rojas a las 08.50 de la mañana. El “Ingeniero Gadda” ocupó posiciones en Cabo Polonio mientras el submarino se aproximaba aún más al punto indicado. A las 13.10 el radar del “Santiago del Estero” detectó aviones no identificados, razón por la cual, el capitán Bonomi mandó sonar las alarmas y cinco minutos después ordenó a sus artilleros abrir fuego con su cañón Bofor 40 mm, abrir fuego. “He repelido ataques de aviones enemigos” fue el escueto mensaje que irradió a las 13.20. Imposibilitado de sumergirse por la poca profundidad del río, el submarino, que de ese modo ofrecía un blanco sumamente vulnerable, no tuvo más remedio que disparar.
El “Santiago del Estero” fue sobrevolado, primeramente por dos aviones de la Fuerza Aérea Uruguaya que se le aproximaron en misión de patrullaje y en segundo lugar por un aparato de la aviación leal que pasó sobre su posición a baja altura. Fue entonces que disparó, sin alcanzar a ninguno, aunque obligó a los primeros a mantener distancia y al segundo a alejarse rumbo a Buenos Aires sin perpetrar ningún ataque. De ese modo, por primera vez en la historia argentina, los submarinos de la Armada entraban en acción.
“Los submarinos son buques especialmente vulnerables en superficie; su protección reside en tomar profundidad y, cualquier avería de poca importancia en su casco, puede impedirle sumergirse y, dejarlo sin defensa ante ataques aéreos. La audacia y valor eran condiciones conocidas del Capitán de Corbeta Bonomi, comandante del ‘Santiago del Estero’, y una vez más lo demostraba, internándose, bajo la amenaza de los aviones del gobierno, en las aguas poco profundas del Río de la Plata, donde resultaba imposible tomar inmersión. Repeler los ataques aéreos con su único cañón Bofors 40 mm. implicaba una serie de condiciones que todo oficial de marina podía valorar debidamente, y pude apreciar con claridad los sentimientos que animaban a quienes estaban conmigo, cuando me trajeron el escueto mensaje de referencia”, refiere en su obra el contralmirante Jorge E. Perren2.

En la mañana del 18, el capitán de fragata Enrique Plater, comandante de la Base de Submarinos, embarcó en una lancha para dirigirse a la corbeta “República”, a bordo de la cual, mantuvo una entrevista con el capitán Miguel Mauro Gamenara. Aquel intentó convencerlo de que se plegase a las fuerzas rebeldes, pero Plater mantuvo su postura y se retiró para entrevistarse secretamente con el coronel Francisco Martos, jefe del Regimiento Antiaéreo de Camet, a quien intentó convencer de no ofrecer resistencia.
Las alternativas de ese encuentro y otro posterior que tuvo lugar en la rotonda de acceso a la ciudad, muy cerca del cuartel de Bomberos, están muy bien relatadas en la obra de Ruiz Moreno. Lo cierto es que Martos, argumentando que la amenaza de bombardeo eran puras patrañas, se negó a anunciar a la población que debía evacuar la zona y suponiendo a Plater partidario de la revolución, intentó detenerlo.

El destructor "Entre Ríos" fue uno de los buques que atacó Camet
(Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima)



Desde el puente de mando del “Entre Ríos” se estableció comunicación con la base para exigir la presencia de Plater y la de su segundo, el capitán de corbeta Francisco Panzeri, bajo pena de iniciar acciones en caso de no hacerlo. El hecho dejó bien claro que ninguno de los dos oficiales estaba con los sublevados y por ese motivo, Martos los liberó.
Plater y Panzeri regresaron a la base, a la vista de numerosos efectivos de la Policía Federal que Martos había desplegado a lo largo de la costa reforzados por civiles armados del partido justicialista.
A las 03.10 Plater se dirigió nuevamente al “Entre Ríos”, acompañado por el capitán de corbeta Rafael González Aldalur y media hora después, abandonó la nave, sumamente acongojado por no haber logrado un acuerdo. Había discutido acaloradamente con el capitán Pantín, quien le recriminó duramente no haber evitado el derramamiento de sangre y regresaba confundido, sin saber que actitud adoptar.
La Base Naval de Mar del Plata se hallaba en grave situación, amenazada desde el mar por la flota rebelde y cercada en tierra por el Ejército leal. Con su ánimo sumamente abatido, Plater solicitó a Panzeri que enarbolase un género blanco en señal de rendición y se aprestase a deponer las armas, pero aquel se negó.
A las 05.30 de la mañana, Plater llamó a reunión e impuso a sus oficiales la situación imperante. Su estado de ánimo era tal, que su segundo, el capitán de fragata Mario Peralta, lo recriminó enérgicamente y le exigió adoptar la actitud correspondiente a un oficial de su rango, instándolo además, a decidiese por uno u otro bando. Como no lo logró, el mismo Peralta tomó el mando, se pronunció a favor del alzamiento y llamó al Regimiento de Artillería Antiaérea y a la Policía Federal para que alertaran a la población civil sobre la inminencia del ataque. Diez minutos después, el “9 de Julio” tocaba a zafarrancho de combate y apuntaba sus cañones hacia el objetivo.

Eran las 06.10 del 19 de septiembre cuando un avión Martín Mariner que regresaba a Puerto Belgrano tras una frustrada misión de ataque a las destilerías de Dock Sud, estableció contacto con el “9 de Julio”, solicitando autorización para bombardear los depósitos de combustible del puerto de Mar del Plata. Concedida la misma, el avión naval se aproximó a los grandes tanques y aún de noche arrojó sus bombas, alejándose inmediatamente en dirección sur.
Si bien ninguno de los proyectiles alcanzó el blanco, la maniobra sirvió para demostrar a las fuerzas locales, que la cosa iba en serio.
Las detonaciones sobresaltaron a la población que a esa hora, todavía dormía y muchas fueron las personas que saltaron de sus camas para observar lo que ocurría a través de sus ventanas. La obscuridad de la noche impedía ver algo aunque el resplandor de las llamas iluminaba fantasmagóricamente el techo de nubes que cubría la ciudad.
En el “9 de Julio”, las órdenes iban y venían. En el Centro de Control de Tiro, el jefe de Artillería, capitán de fragata Raúl Francos, se aprestaba a abrir fuego mientras la embarcación se sacudía  por el intenso oleaje.
Eran las 06.15, cuando el comandante De Marotte, comunicó por los altavoces que, cumpliendo las directivas del Comando de la Flota en Operaciones, se aprestaba a abrir fuego sobre el primer objetivo: los depósitos de combustible de Mar del Plata. Anunció también que los destructores harían lo propio sobre las instalaciones del Regimiento de Artillería Antiaérea en Camet y llevando tranquilidad a los tripulantes, aclaró que esos objetivos eran puramente militares y que en esos momentos, la población civil abandonaba el sector, alertada por las autoridades de la ciudad. “El objeto de estas acciones es demostrar a aquellos que han envilecido al país, pisoteando la libertad, las leyes y los más caros sentimientos argentinos”. Inmediatamente después, agregó que las fuerzas de la revolución estaban decididas a hacer desaparecer a los autores de tales infamias y que si era necesario, también se atacaría el puerto de Buenos Aires. Sus últimas palabras sirvieron para inflamar los ánimos y levantar la moral. “Como argentinos nos duele inmensamente el tener que hacer fuego sobre lo nuestro, pero la ceguera de los que han injuriado la justicia y nos han llevado a la ruina moral nos obliga a tomar esta determinación extrema. La Nación lo espera todo de nuestro valor y del estricto cumplimiento del deber. Dotación del crucero ‘9 de Julio’: ¡a sus puestos de combate!”.
Además de la arenga, Ruiz Moreno reproduce las órdenes transmitidas desde el puente a la central de informaciones. Con rumbo 180, velocidad 5, revoluciones 0-5-1 y una distancia de 9-1, 9-1, el crucero entró en sector y a las 07.14 comenzó el ataque.
Los tres cañones de cada una de las cinco torres de artillería, dispararon una primera descarga sacudiendo a la embarcación. Le siguieron cuatro salvas más, disparando cada torre un cañón por vez y los tres al mismo tiempo a  partir de la cuarta.
El blanco fue alcanzado de lleno. Tres tanques volaron envueltos en llamas, desprendiendo gruesas lenguas de fuego que iluminaron tenebrosamente la noche. Pese a la obscuridad, los vigías de a bordo distinguieron varios depósitos sin destruir, por lo que el cañoneo se reanudó. Otra andanada de proyectiles cayeron sobre el sector, transformo la zona en un infierno. Los estallidos provocaron una gruesa nube de humo que comenzó a desplazarse en línea horizontal hacia Miramar, impulsada pos los vientos a gran velocidad.
Todavía de noche, la población civil abandonaba el área presurosamente, bajo una persistente lluvia.

Los depósitos de combustible del puerto de Mar del Plata arden tras el bombardeo naval
Llegado a una distancia de 289 grados y 9700 yardas, el “9 de Julio” efectuó su último ataque, disparando nuevamente sobre los depósitos (07.23). Se dispararon en total 68 granadas de 6 pulgadas cada una, que destruyeron nueve de los once tanques de petróleo, averiando de consideración el décimo. Los proyectiles cayeron con impresionante precisión, dentro de un área de 200 metros de largo por 75 de ancho, impactando fuera de ella solo cinco, no más allá de 200 metros de su límite. Ningún civil resultó herido.
Tras 10 minutos de cañoneo, el “9 de Julio” se retiró, a los efectos de brindar protección antiaérea a los destructores que entraban en operaciones.

En momentos en que la Flota atacaba los depósitos de petróleo, la Base de Submarinos era rodeada por efectivos leales de la Policía Federal, por efectivos del Regimiento de Artillería Antiaérea que había instalado sus cañones Bofors de 40 mm en las lomas que rodeaban al Campo de Golf y civiles peronistas fuertemente armados. Por ese motivo, el capitán Peralta, comandante interino de la base, solicitó auxilio urgente a la Escuadra de Destructores para que aquella le proveyera cobertura: “Estimo que estoy a punto de ser atacado. Solicito apoyo artillero”. La respuesta no tardó en llegar.

-Daré apoyo de fuego inmediatamente. Debe designar spotter terrestre y establecer ligazón en el canal GAS-1.

Los destructores “Entre Ríos”, “Buenos Aires” y “San Luis”, apoyados por la corbeta “República”, iniciaron su aproximación a 12 nudos, en el preciso momento en que el “9 de Julio” dejaba de disparar.
En el “Buenos Aires”, su comandante, Eladio Vázquez, ordenó al jefe de Artillería, teniente de navío Gonzalo Bustamante, abrir fuego.
Orientado desde tierra por el teniente de navío Jorge A. Fraga, el “Buenos Aires” hizo un primer disparó que se fue largo, por encima del objetivo. Sus proyectiles sobrevolaron el cementerio e impactaron en plena avenida Juan B. Justo (frente a un negocio de pesca), provocando serios daños en las edificaciones del sector.
Fraga indicó bajar 500 milímetros las bocas de fuego y la segunda andanada dio de lleno en un de los cañones que amenazaban la Base Naval desde las alturas de la cancha de golf. El spotter (teniente Fraga), notificó por radio que los proyectiles habían hecho blanco e incentivado por el éxito, indicó bajar las piezas todavía más, para lanzar una nueva descarga. La misma arrasó las posiciones sobre las barrancas del campo de juego, disparando intermitentemente cada 10 segundos.
Soldados y milicianos se alejaron a todo correr, dejando a sus espaldas varios muertos y heridos. Los que se mantuvieron firmes en sus puestos, fueron los milicianos de la CGT, que una vez más demostraban estar dispuestos a vender caras sus vidas. En otro punto, sobre Playa Grande, partidarios a la revolución agitaban banderas, vivando a la Marina y la Patria sin saber exactamente, el peligro que corrían.
Detrás del “Buenos Aires” llegaron el “Entre Ríos” y el “San Luis”, los dos navegando en línea y disparando sobre las posiciones peronistas. Eso no impidió que tropas del Ejército y elementos sindicales abrieran fuego contra las instalaciones de la base y que el mismo continuase, aún después de finalizado el cañoneo (09.30).
Se produjo entonces un desordenado desbande cuando oficiales y efectivos de la Base Naval corrieron hacia las lanchas y los botes amarrados en los muelles y hacia tres barcos pesqueros que el capitán Panzeri había hecho traer especialmente. Y mientras algunos marinos arrojaban las armas al agua para evitar que cayesen en manos del enemigo, la gran mayoría trepó a bordo y se hizo a la mar, mientras era tiroteada desde tierra por las fuerzas peronistas. Desde las lanchas y los pesqueros se respondió el ataque, generándose un intercambio de disparos que se prolongó por espacio de varios minutos.
En pleno enfrentamiento a varios de los botes, que eran remolcados por las lanchas, se les cortaron las cuerdas quedando a la deriva, a merced de los disparos y el sacudir de las aguas.
Fue en medio de ese pandemonium que un oficial del Cuerpo Técnico, siguiendo instrucciones del capitán Peralta, izó bandera de parlamento y el intercambio de disparos comenzó a disminuir. Minutos después, el cónsul uruguayo en Mar del Plata, que había sido expresamente convocado, envió un comunicado a la Flota a través de la Base Naval, informando que la ciudad capitulaba. Hubo júbilo y algarabía a bordo, momento que aprovechó el capitán De Marotte, para hablar por los altavoces.
El comandante felicitó a la tripulación por el éxito obtenido y agregó que el mismo se debió al esfuerzo y el entusiasmo en el cumplimiento del deber que habían demostrado las tripulaciones y a continuación exhortó a seguir adelante, hasta la victoria final. La Marina no había sufrido bajas, a excepción del suboficial amotinado horas antes de las acciones pero sí el Ejército, cuando un proyectil del “9 de Julio”, impactó de lleno en el cañón sobre el campo de golf, referido anteriormente.




El comandante de la Escuadrilla de Destructores, capitán Luis Mallea, no se confiaba demasiado de la rendición de las fuerzas leales y por esa razón, mandó llamar a los comandantes del Regimiento de Artillería Antiaérea de Camet y del Destacamento de Aeronáutica, aclarando que, de no hacerlo, abriría fuego sobre sus instalaciones, de acuerdo a las instrucciones impartidas el día anterior por el almirante Rojas.
En espera de tales resoluciones, dispuso el desembarco de un pelotón de Infantería de Marina con la misión de ocupar la Base de Submarinos para reforzar sus defensas, al mando del capitán de fragata Carlos López.
Destacado para apoyar la operación, el destructor “Buenos Aires” entró lentamente en el puerto, rumbo a la dársena de submarinos, mientras civiles partidarios de la revolución saludaban desde tierra, bajo la intensa lluvia, saltando y agitando banderas patrias.
En el sector norte, frente a las costas de Camet, los destructores “Entre Ríos” y “San Luis” con la corbeta “República”, se aprestaban a entrar en acción ante el total silencio que mantenían los jefes del Ejército convocados a dialogar y por el temor que infundía el Regimiento de Artillería de Tandil que, según versiones, avanzaba en esos momentos sobre la ciudad.
A las 11.00 de aquel agitado 19 de septiembre, los buques de la Armada tomaron posiciones y abrieron fuego desde6000 metros de distancia, lanzando 175 proyectiles que destruyeron las instalaciones del regimiento, entre ellas el tanque de agua que sostenía la antena del radar. Varios edificios quedaron en llamas pero afortunadamente, no hubo que lamentar víctimas porque menos de una hora antes, sus tropas habían sido evacuadas hacia la vecina localidad de Cobo, dejando vacías las dependencias.
El ataque finalizó a las 11.30 y a continuación, los buques enfilaron hacia el puerto, encabezados por el “San Luis”, navegando bajo un cielo plomizo y sobre aguas agitadas. Cuando se disponían a ingresar, la base era atacada por civiles peronistas que habían llegado al lugar en varios camiones.

Se generó entonces, un violento tiroteo que finalizó cuando a la altura de Playa Grande, los destructores dispararon sus Bofors 40 mm, apoyados por el fuego de armas de repetición de los efectivos navales en tierra. Los civiles, duramente hostigados, se retiraron en diversas direcciones llevando a la rastra a algunos heridos.
Los destructores solicitaron refuerzos al “9 de Julio”, para reforzar las posiciones de quienes defendían la base. Su comandante retransmitió el pedido al almirante Rojas y este lo autorizó, agregando que una vez concluida la operación y se hubiese establecido la calma, partiese de inmediato hacia el norte para reunirse con el grueso de las unidades en el Río de la Plata3.
Con el “San Luis” frente a Playa Grande y el “Buenos Aires” patrullando los accesos al puerto, el “9 de Julio” se aproximó a la costa mientras aún se escuchaban disparos aislados. Dos de los pesqueros requisados se le acercaron por babor para recibir una compañía de infantes de Marina compuesta por 5 oficiales y 120 efectivos, que fue conducida inmediatamente a tierra, para ocupar la base y sus alrededores.
Reducidos y rechazados los milicianos peronistas, Mar del Plata fue ocupada sin mayores inconvenientes y una hora después los cuatros destructores junto al “9 de Julio” pusieron proa hacia el norte con el objeto de reunirse a la Flotade Mar, pronta a entrar en acción contra La Plata y la misma Buenos Aires.

Para entonces, en las bocas del gran estuario, el almirante Rojas, el general Uranga y su Estado Mayor pasaban a “La Argentina”, fondeada en el pontón “Recalada” frente a Punta Indio. La nave insignia, el “17 de Octubre”, fue enviada a encabezar la denominada Fuerza de Tareas Nº 7 que debía llevar a cabo el ataque a las destilerías de Dock Sud. Pese a que lo bajo de las nubes, la lluvia y los vientos dificultaban cualquier tipo de operaciones, el comando de la flota temía que de un momento a otro la Fuerza Aérea iniciase incursiones de hostigamiento desde Morón y por esa razón, era imperioso iniciar las acciones lo antes posible.
Bajo una lluvia torrencial, en un día de truenos y relámpagos, sacudidas las aguas por los fuertes vientos de fines de invierno, la Fuerza de Tareas Nº 7 puso proa al objetivo con órdenes precisas de iniciar acciones a las 13.00 horas en punto.
A las 11.26, el capitán de navío Carlos Sánchez Sañudo cursó a las autoridades leales un comunicado en el que se instaba al gobierno a advertir a la población, a través de las radios oficiales, que estaba pronto a comenzar el ataque y que se debían adoptar los recaudos necesarios para poner la misma a cubierto. Aquel funcionario que no cumpliese con la directiva, sería juzgado como criminal de guerra al finalizar el conflicto.
Según cuenta Ruiz Moreno, el Comando de Operaciones Navales en tierra, acusó recibo del mensaje, pero las radios gubernamentales mantuvieron un hermetismo absoluto.




Imágenes
Puerto Belgrano. Escalón de Comunicaciones
 (Fotografías: Miguel Ángel Cavallo: Puerto Belgrano. Hora Cero. La Marina se subleva)

Central de Comando. Puerto Belgrano
 (Fotografías: Miguel Ángel Cavallo: Puerto Belgrano. Hora Cero. La Marina se subleva)

Control de Radares. Base Naval Puerto Belgrano
 (Fotografías: Miguel Ángel Cavallo: Puerto Belgrano. Hora Cero. La Marina se subleva)

Crucero "17 de Octubre", (luego "General Belgrano"), nave insignia del almirante Rojas (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima)


El crucero "9 de Julio" abandona Puerto Belgrano
 (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima)

Crucero "9 de Julio", gemelo del "17 de Octubre" navegando en aguas abiertas (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima)
Cuarto de máquinas del "17 de Octubre"
 (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima)




Madrugada del 19 de septiembre. El crucero "9 de Julio"  abre fuego sobre los depósitos de combustible  del puerto de Mar del Plata (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima)



La Base Naval de Mar del Plata también fue blanco de la flota rebelde  (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima)
Fragata "Sarandí"
 (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima)

Fragata "Hércules" (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima)



Destructor "San Juan" (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima)
Destructor "San Luis" (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima)
Crucero "La Argentina", nave insignia del almirante Rojas  hasta su trasbordo al "17 de Octubre" la madrugada  del 19 de septiembre (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima)


Destructor "Buenos Aires" (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima)
Buque taller "Ingeniero Iribas" (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima)

Mar del Plata. Depósítos de combustible en llamas
(Fotografía: Isidoro Ruiz Moreno, La Revolución del 55, Tomo II)

Comercio del barrio portuario en Mar del Plata  alcanzado por un proyectil naval 
 (Imágen: Nair Miño, Diario "La Capital" de Mar del Plata, Album de Familia 
http://www.lacapitalmdp.com/contenidos/fotosfamilia/fotos/8054)
Regimiento de Artillería Antiaérea de Camet blanco del fuego naval
(Imágen: Diario "La Capital" de Mar del Plata, Album de Familia
http://www.lacapitalmdp.com/contenidos/fotosfamilia/fotos/8054)



Submarino ARA "Santiago del Estero" (S-2)
 (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima)

Destructor "Juan de Garay" (Imagen: gentileza Fundación Histarmar Historia y Arqueología Marítima)

Notas
1 El vicealmirante consideraba una humillación que la misma flameara en el mástil de un buque sublevado.
2 Jorge E. Perren, Puesto Belgrano y la Revolución Libertadora, p. 197.
3 Ese fue el momento en que desembarcaron los efectivos de Infantería





Perón aborda el PBY Catalina de la Fuerza Aérea Paraguaya
 rumbo a su exilio. A su lado el flamante canciller Mario Amadeo

Eran las 05.00 de la madrugada del 20 de septiembre de 1955 cuando el mayor Alfredo Renner se presentó sumamente agitado en la residencia presidencial, para comunicarle a Perón que la Junta Militar había dispuesto su arresto. Perón, que dormía vestido en su habitación, se incorporó confundido y después de escuchar al mensajero, decidió buscar asilo. Poniéndose de pie, llamó rápidamente al encargado de la residencia, suboficial Atilio Renzi y le ordenó preparar una valija con sus pertenencias al tiempo que le entregaba de $2.000.000 en efectivo y $70.000 en dólares, producto de la venta de una propiedad (ex embajada de Chile en Montevideo), que le había obsequiado el magnate uruguayo Alberto Dodero.

Según Ruiz Moreno, Perón actuó con serenidad, sin demostrar nerviosismo ni alteración.
Con la huida en plena marcha, quien hasta ese momento había sido el líder indiscutido de las masas proletarias de la Argentina despertó a su amante, la bella jovencita de diecisiete años, Nelly Haydée Rivas y le dijo que debía preparar sus cosas porque regresaba a la casa de sus padres, en la localidad de Vicente López (la muchacha hacía un año y medio que vivía con él). Perón se despidió de ella cariñosamente y le entregó un paquete cerrado que debería abrir al llegar a su domicilio (se trataba de $ 309.000 en efectivo).
Inmediatamente después, mandó por un auto y envió a la jovencita junto a sus progenitores y cuando el vehículo partió, regresó inmediatamente a su habitación donde lo esperaban su sobrino, Ignacio Cialcetta y el mayor Renner, con quienes ultimó los detalles de la fuga. La idea era dirigirse directamente al Aeroparque pero las condiciones meteorológicas imperantes (llovía torrencialmente) impedían el despegue de cualquier avión. Entonces decidió solicitar asilo en la embajada del Paraguay, país sobre el que había ejercido notable influencia y en ese sentido, mandó establecer contacto con la representación.
Gobernaba el país guaraní el general Alfredo Stroessner, a quien Perón había apoyado política y económicamente1.

Por esa razón, sin perder más tiempo, abordó el automóvil presidencial y en compañía de Renner, Cialcetta, el oficial Rugero Zambrano, jefe de su custodia y su chofer, partieron bajo la lluvia por las desiertas calles de Barrio Norte (07.30) en dirección a la representación diplomática del vecino país, ubicada en la calle Viamonte, entre Riobamba y Av. Callao. En la legación los esperaban su encargado administrativo, que fue quien telefoneó al embajador, Dr. Juan R. Chaves, que en esos momentos se encontraba en su domicilio para informarle que el líder justicialista había llegado. Chaves partió inmediatamente y al llegar a la sede diplomática se encontró a Perón rodeado por varios funcionarios, entre ellos su secretario (el de Chaves) Dr. Rubén Stanley.
Perón solicitó asilo político y en vista del Tratado de Montevideo de 1939 y 1949, el mismo le fue concedido. Según lo que el embajador Chaves relató a Isidoro Ruiz Moreno años después, afuera, a solo cuatro cuadras de la embajada, en la intersección de las avenidas Santa Fe y Callao, comenzaban a concentrarse manifestantes antiperonistas que vivaban a la libertad y lanzaban “mueras” al mandatario depuesto. Eso despertó los temores del embajador que temiendo acciones violentas por parte de aquellos, le dijo a Perón que no era prudente que permaneciera en el lugar y que lo más conveniente era trasladarse a su residencia particular, en el barrio de Belgrano, donde estaría más seguro. El depuesto mandatario aceptó y sin decir más, abordó el mismo auto en el que Chaves había llegado y partieron inmediatamente en dirección a su residencia.

En la casa del embajador, Perón encontró a otros asilados políticos, entre ellos la esposa del ex ministro de Relaciones Exteriores, Dr. Idelfonso Cavagna Martínez, Sra. Estela Lagos de Cavagna y la Sra. Josefa Luisa Martínez de Noguera Isler, cuyo marido, el capitán de navío Enrique Noguera Isler, se había desempeñado como adscripto en la Casa de Gobierno. Fue entonces que supieron de nuevos disturbios acaecidos en cercanías y por esa razón, resolvió alojar a Perón en la cañonera “Paraguay” que en esos momentos se hallaba amarrada en Puerto Nuevo. La situación era delicada y podían tener lugar hechos de extrema violencia.
El capitán Noguera Isler estuvo de acuerdo y así se lo hizo ver a Perón, explicándole los peligros a los que se hallaba expuesto en caso de permanecer en Buenos Aires.
La secretaria de la Embajada, Pilar Mallén, ha ofrecido testimonio de lo que ocurrió ese día en la sede diplomática del vecino país. “Desde el mismo momento de producirse el asilo del general Perón empezó el tire y afloje entre nuestra embajada y el gobierno provisional argentino. Las mismas autoridades argentinas no sabían lo que querían. Cuando las gestiones que realizábamos parecían bien encaminadas, eran de vuelta obstaculizadas por algún personero de la revolución y las diligencias entraban nuevamente en punto muerto. Parecían increíbles las contradicciones en la postura de la cancillería argentina. Algunas veces los problemas surgían por la mala fe de algunas autoridades, pero otras por el desentendimiento entre los mismos jefes de la revolución.
“En un momento la cancillería decía que se otorgaba el salvoconducto para la salida de Perón, primero que viajaría por barco, después por avión, cambiando de plan con una rapidez increíble. Y todo esto tuvimos que soportar en defensa del derecho de asilo”. Más adelante, la funcionaria diplomática agrega: “Mientras se realizaban las gestiones con el gobierno argentino, teníamos múltiples problemas paralelos con los asilados en la sede diplomática, en la residencia del embajador y en un departamento habilitado para albergar tantos refugiados. Contábamos con pocos medios y debíamos atender a toda esa gente. Las oficinas de la embajada se convirtieron de un día para otro en un verdadero hotel”2.
Respecto al general Perón, Pilar Mallén dijo: “Fue una sorpresa cuando llegó a la embajada para pedir asilo. Me impresionó su gesto caballeresco, su corrección, su serenidad, pese a la tremenda situación que atravesaba. Era amable y se reía cuando escuchaba que hablábamos en guaraní. Perón tenía un encanto especial y hasta sus adversarios políticos cuando hablaban con él salían admirados”3. Realmente, la fascinación que Perón ejercía sobre la gente era increíble.
La amenazas y el riesgo que corrió la legación guaraní quedan reflejados en las siguientes palabras: “Simpatizantes o personeros de la revolución que derrocó al general Perón se concentraban frente a la embajada - sigue relatando Pilar Mallén - Algunos grupos más fanatizados nos amenazaban de muerte. Reclamaban la presencia de Perón, querían matarlo. Intentaban incluso penetrar en el local y no teníamos como defendernos. El gobierno provisional argentino no otorgaba la debida garantía…Estábamos controladísimos, no podíamos dar un paso sin tener al lado a un ‘observador’. Nos espiaban desde los departamentos vecinos. Notábamos que se apostaban en las ventanas y las terrazas de los edificios linderos a la embajada. Seguían nuestros movimientos y tomaban fotografías con teleobjetivos. En una ocasión estábamos acomodando unos muebles, sujetos con unas sogas. Este escena apareció en la prensa de Buenos Aires, como si estuviéramos ocultando al mismísimo Perón. Las autoridades argentinas, basándose en el periodismo sensacionalista de entonces enviaron a supuestos agentes – en realidad siempre eran de cierta jerarquía del gobierno – para revisar esos cajones ‘sospechosos’…Inclusive nos reclamaban a través de la línea telefónica – siempre controlada por el gobierno – para que no hablásemos con nuestros superiores en Asunción en guaraní. Reaccionaron totalmente fuera de lugar. Recuerdo que en una oportunidad estaba pasando un informe a nuestro canciller doctor Hipólito Sánchez Quell cuando escuché del otro lado de la línea una voz prepotente que nos dijo: ‘Hablen en castellano’, y seguimos hablando en guaraní para que no captaran el informe”4.

Los funcionarios de la embajada llegaron a sufrir agresiones, como la que soportó la misma Pilar Mallén al abandonar la sede a bordo de un automóvil: “Recuerdo en una ocasión, cuando salía para mi departamento, fui reconocida por un grupo de manifestantes antiperonistas que montaban guardia en las inmediaciones de la sede. Rodearon mi vehículo y todos juntos llegaron a levantarlo…Salí algo asustada de esa situación, pero no fui agredida físicamente”5.
En esos días, la embajada paraguaya fue asilo de otros funcionarios del gobierno justicialista, entre ellos, Cialcetta y Zambrano, el ex ministro de Relaciones Exteriores Dr. Idelfonso F. Cavagna Martínez y su esposa, el mencionado capitán de navío Enrique Noguera Isler con su señora, la señorita María Antonia Méndez y los hijos de ambos matrimonios, Enrique Luis Noguera, Mariano Augusto Cavagna Martínez y Amalia Catalina Noguera.
Cuando los relojes dieron las 10.30, los allí presentes procedieron a sacar a Perón.
El mayor Cialcetta llamó a Aeroparque para ordenar el alistamiento del avión presidencial DC-4 matrícula T-42, a los efectos de “engañar” al enemigo y desviar su atención de la comitiva que debía trasladar al ex presidente hasta la embarcación paraguaya. Recién a las 11.000 salieron al exterior y una vez a bordo del automóvil de la representación, partieron hacia Puerto Nuevo, el general paraguayo Demetrio Cardozo (agregado militar) al volante, el oficial Zambrano a su derecha y Perón detrás, con el embajador Chaves y el mayor Cialcetta a cada uno de sus lados.
Durante el trayecto, el vehículo sufrió un desperfecto que lo obligó a detener la marcha. Cardozo y Zambrano debieron bajar y una vez solucionado el inconveniente, reanudaron la marcha por las calles lluviosas, bajo el cielo encapotado de esa mañana gris.
Una vez en el puerto, Perón bajó del auto y seguido por Chaves, se apresuró a cubrir el trayecto que lo separaba de la escalerilla de acceso a la embarcación. Los recibió su comandante, el teniente de navío César Cortese, que estaba al corriente de toda la operación desde hacía varias horas. Y así, desde ese momento, el dictador argentino quedó alojado en territorio extranjero, fuera del alcance de sus vencedores.
A esa misma hora, el brigadier Francisco Fabri daba en el Aeroparque la orden de despegue al DC4 presidencial, mientras el general Audelino Bergallo y el mayor Renner, simulaban despedir a Perón.
El avión decoló y tras una hora de vuelo, aterrizó en El Palomar donde su tripulación, integrada por el comodoro Luis A. Lapuente y el capitán Ignacio Weiss, fue desarmada y detenida6.

Perón fue saludado en el puente de mando por el teniente de navío César Cortese, comandante de la cañonera, e inmediatamente después pasó a su recámara. “A partir de ese momento correspondía así al comandante y tripulación del buque, la gran responsabilidad de hacer observar el estricto cumplimiento de tal derecho, respetando siempre el derecho de los demás.
“Casi al mediodía desembarcaron el embajador del Paraguay y el Agregado Militar, a los efectos de realizar por Cancillería la comunicación oficial de dicho acontecimiento y solicitar se conceda al salvoconducto correspondiente para el asilado”, recordaría el marino, años después, agregando posteriormente: “Ante la gran responsabilidad asumida por el comandante y la tripulación del buque, la decisión era firme y determinante: garantizar la seguridad de las personas asiladas, haciendo respetar el Derecho de Asilo, tal como había dispuesto el señor Presidente de la República.
“A partir del mediodía del 20 de septiembre, el muelle de la Dársena D y sus alrededores había perdido su calma habitual, ya que comenzaba a ser frecuentado por varias personas armadas, en jeeps militares y en coches, que no sacaban sus ojos del buque.
“Así mismo, desde las primeras horas de la tarde, la Policía Marítima aumentó considerablemente su vigilancia sobre el buque, teniendo sus hombres armas automáticas. Posteriormente fueron reforzados por hombres de Infantería de Marina, con sus modernos equipos y armamentos, siendo su personal y armamento el doble que los anteriores.
“Tampoco fue ajeno el hecho de que varios civiles armados, quienes presumiblemente eran de la Policía Federal, revisaban cédulas de identidad y salvoconductos y no dejaban pasar a ninguna persona que no estuviera suficientemente autorizada, entre quienes figuraba el personal de a bordo y los de la embajada paraguaya”7.
Después de tomar conocimiento de que Perón había solicitado asilo político, el gobierno provisional, encabezado por el general Lonardi, ordenó a la cañonera retirarse del muelle y fondear en el Río de la Plata (siempre en aguas jurisdiccionales argentinas), razón por la cual, se adoptaron las medidas para zarpar de manera inmediata.
El buque paraguayo abandonó la dársena a las 17.00 del 20 de septiembre, internándose lentamente en las turbias aguas del estuario, tal como se le había indicado. Después de soltar amarras, se separó lentamente del muelle y comenzó a deslizarse a media máquina por el canal de navegación hasta el kilómetro 10, pasando entre varios buques de la Armada Argentina, a la vista de la multitud que se había aglomerado en el puerto para seguir las alternativas de la huida.
La embarcación saludó a sus pares argentinas, quienes le respondieron del mismo modo, mientras sus tripulaciones se agolpaban en las cubiertas para observar su paso. De ese modo, y hasta la finalización del conflicto, la cañonera fue vigilada de cerca por los buques “Murature” y “King” y por lanchas patrulleras que navegaban en torno a ella, a distancia prudencial.
El grueso de la flota argentina, en tanto, se mantenía a distancia, impidiendo cualquier intento de fuga hacia Montevideo. Dos de sus unidades, los destructores “Buenos Aires” (comandante Eladio Vázquez) y “Entre Ríos”(comandante Aldo Abelardo Pantin), patrullaban las aguas desde las desembocaduras de los ríos Paraná y Uruguay hasta Buenos Aires y La Plata, e incluso remontando el Paraná Guazú hasta la localidad de San Pedro.
Con el paso de las horas, el embajador Chaves comenzó a experimentar cierta inquietud. Temía que el gobierno argentino organizase un operativo de tipo comando para apoderarse de la cañonera y por esa razón deseaba sacar a Perón lo antes posible. Para colmo, además de las unidades de mar, aviones PBY Catalina con asiento en la base Comandante Espora comenzaban a realizar amenazadoras pasadas a baja altura sobre la nave, llevando inquietud no solo a su capitán sino también, al resto de la tripulación.
Quien se mantenía imperturbable era el propio Perón, que hasta tuvo tiempo de escribirle dos cartas a Nelly Rivas, su amante adolescente y de congraciarse con los marineros. El comandante Cortese recordaría años después que el ex mandatario se adaptó perfectamente a la vida de a bordo y que supo congeniar con la mentalidad y el estilo de vida de la dotación. Su trato con la oficialidad y la marinería siempre fue correcto, y en todo momento se mostró sereno e incluso jovial. En lo que a las normas de a bordo se refiere, dio estricto cumplimiento a las disposiciones de asilo y jamás provocó el más mínimo contratiempo.
La tripulación paraguaya comenzó a sentir admiración y respeto por su persona. Comía, dormía, leía y escribía en un horario que él mismo se había impuesto y congenió muy bien con los jóvenes tripulantes, a quienes de tanto en tanto, solicitaba chistes que festejaba risueñamente (especialmente los del marinero José Oliste), lo mismo con las canciones que ejecutaban para él los hermanos González.
Perón sabía moverse; era un verdadero maestro en el arte de captar simpatías y así fue como a poco de abordar la nave, comenzó a ser admirado y reverenciado.
Donde no había ni chistes ni guitarreadas era las unidades de superficie que rodeaban a la nave paraguaya. Por esa razón, temiendo la ya mencionada incursión de comandos por parte de fuerzas especiales, el embajador Chaves comenzó a acelerar las gestiones para sacar al ex presidente del territorio argentino y en ese sentido, su gobierno despachó hacia Buenos Aires a la cañonera “Humaitá”, gemela de la “Paraguay”, al mando del capitán de corbeta Benito Pereira Saguier.
Todo estaba listo para que Juan Domingo Perón, figura emblemática y trascendentes de de la reciente historia americana, partiera rumbo al exilio. Se alejaba de un país al que había dirigido por espacio de una década, dejándolo en pleno estado de ebullición y guerra civil. Su actitud no estuvo a la altura de un líder de su magnitud. Perón no fue fiel a sus palabras y lejos estuvo de actuar de acuerdo a la envergadura de su persona. Por esa razón, muchos de sus seguidores experimentaron un sabor amargo al verlo partir de ese modo. “¡Apenas iniciada la lucha, Perón huía cobardemente, dejando abandonados a su suerte a tantos hombres que confiaron en él, a quienes por sus ideas, sus sentimientos, sus intereses o por simple cálculo, estaban dispuestos a luchar para apoyarlo y para defenderlo; y atento sólo a su seguridad personal, a la preocupación de eludir toda responsabilidad, buscaba el amparo de la embajada paraguaya y se refugiaba, dispuesto a exiliarse, en una cañonera de ese país!

  “La frustración de quienes confiaron en él debe haber sido tremenda. Entre nosotros su fuga vergonzosa no dio lugar a manifestaciones de alegría. Sentimos desprecio por su cobarde actitud y una sensación de amargura inexplicable. ¡Ese hombre había sido el Presidente de los argentinos, había gobernado por años nuestro país! En su caída, deshonrosa, Perón nos avergonzaba a todos los argentinos por igual” dice el contralmirante Jorge E. Perren su libro8, reflejando los sentimientos que su actitud despertó entre sus enemigos.


Imágenes
Cañonera "Paraguay"
Perón aborda la cañonera "Paraguay".  A su lado el embajador Juan R. Chaves
Otra imagen de Perón a bordo de la cañonera paraguaya
(Gentileza: Fundación Villa Manuelita)

Otra vista de la cañonera "Paraguay"
Salida hacia el hidroavión. Perón entre el embajador Chaves  y Mario Amadeo acompañados por oficiales  y marineros de la Armada Argentina (Fotografía obtenida por el subteniente Edgar Usher)
Perón aborda el hidroavión paraguayo
Última imagen de Perón antes de partir al exilio. Se distingue su figura a punto de  abordar el hidroavión paraguayo
 (Fotografía: Isidoro Ruiz Moreno: La Revolución del 55, Tomo II)



Notas
Perón había devuelto a aquel país los trofeos de guerra capturados por el ejército argentino durante la guerra de la Triple Alianza y era desde 1954 ciudadano honorario y general del ejército paraguayo.
Augusto Ocampos Caballero, La Cañonera. Símbolo del Derecho de Asilo, Editora Ricor Grafic S.A., Asunción, Paraguay, 1995, pp. 77-78.
Ídem, p. 82.
Ídem, pp. 79-80.
Ídem, p. 81.
Se la obligó a permanecer a bordo y se la trasladó a la base de Villa Reynolds, asiento de la V Brigada Aérea de Caza y Ataque, a bordo del mismo aparato en el que habían llegado.
7 Augusto Ocampos Caballero, op. cit, pp. 103-106.
8 Jorge E. Perren, op. Cit, p. 271.







Jefes victoriosos. De izquierda a derecha: CN Arturo Rial, Dr. Clemente Villada Achaval,  Gral. Julio A. Lagos, Gral. Eduardo Lonardi, Gral Dalmiro Videla Balaguer y  comodoro Julio César Krausse

Así llegó a su fin el primer conflicto armado argentino del siglo XX que en solo siete días de lucha causó la muerte de casi un millar de personas entre civiles y militares, hombres, mujeres, niños y ancianos. La mayor parte de los muertos pereció el 16 de junio durante el bombardeo a la capital, 229 de los cuales fueron identificados en hospitales, sanatorios y la Asistencia Pública. Pero ese día hubo muchos más ya que, como dice el Dr. Francisco Barbagallo en el libro de Daniel Cichero, Bombas sobre Buenos Aires, fue tal el caos ese día, que se hizo imposible llevar el registro de los cadáveres que trasladaron en cantidades ambulancias y camiones.
Para evaluar la magnitud de aquel bombardeo, baste decir que durante el ataque se arrojaron 14.000 kilogramos de explosivos (14 toneladas), la mitad de los que se utilizaron en el bombardeo a Guernica y que las cifras de muertos fueron casi las mismas que las de la ciudad española.
Cuarenta y tres aviones rebeldes operaron durante aquella jornada, veinte AT-6 North American, cinco Beechcraft AT-11, tres Catalinas, un Fiat G-55 A Centaur de exploración que voló a Rosario para establecer contacto con el general Bengoa y diez Gloster Meteor sublevados además de otros cuatro aparatos que se negaron repeler la agresión y se plegaron después. Si a ello les sumamos los de la aviación leal, la cifra supera el medio centenar.
El 16 de junio de 1955 tuvieron lugar los bautismos de fuego de la Fuerza Aérea y la Aviación Naval; se produjeron los dos primeros derribos de la historia aeronáutica nacional cuando los AT-6 de los guardiamarinas Arnaldo Román y Eduardo Bisso fueron alcanzados por el enemigo, el primero por la metralla del Gloster Meteor del teniente Ernesto Adradas sobre el Río de la Plata y el segundo por las antiaéreas del Regimiento 3 de La Tablada en la localidad bonaerense de Tristán Suárez, sin contar el Gloster que por falta de combustible se precipitó en aguas del Plata, entre Carmelo y Colonia. Ese día también se registró el primer derribo llevado a cabo por un reactor en el continente americano (el del guardiamarina Romás por el teniente Adradas) y la entrada en acción de los tanques cuando un Sherman del Regimiento Motorizado “Buenos Aires” disparó contra el Ministerio de Marina.
Buenos Aires fue la primera (y hasta ahora única) capital del continente que sufrió un bombardeo aéreo a gran escala y una de las pocas ciudades en padecerlo, triste honor que comparte con la cubana Gibara, atacada por la aviación del presidente Machado en 1931 y Puerto Casado, en Paraguay, sobre la que operó la Fuerza Aérea Boliviana en 1933, insignificantes ambos, sin desmerecer ninguno de los dos acontecimientos, si se los compara con el caso de Buenos Aires.
Durante los ataques, fueron alcanzados varios puntos de la capital, los principales, la Casa de Gobierno, Plaza de Mayo, el Banco Hipotecario Nacional, el Ministerio de Hacienda, el Ministerio de Ejército (Edificio Libertador), el Hotel Mayo, el Departamento Central de Policía, la sede de la CGT, el Ministerio de Obras Públicas, la Compañía Exportadora e Importadora de la Patagonia, los edificios ubicados sobre Av. Paseo Colón, la estación de servicio del Automóvil Club Argentino y los alrededores de la residencia presidencial (Palacio Unzué), además de los daños ocasionados en la localidad de La Tablada cuando el Regimiento 3 de Infantería fue ametrallado y bombardeado en Av. Crovara y Av. San Martín, cuando se desplazaba hacia el centro de la ciudad. Recibieron daños también el Ministerio de Marina al ser atacado por unidades del Ejército y el Banco Nación, en cuyas terrazas se habían parapetado comandos civiles revolucionarios.
El 16 de septiembre tuvo lugar la primera batalla aeronaval de la historia argentina cuando la Fuerza Aérea peronista acometió sobre la Escuadra de Ríos. También fue bombardeada Mar del Plata, primero por un solitario avión naval y luego por buques de la Armada que dispararon sobre los grandes depósitos de petróleo cercanos al litoral, la Base de Submarinos, las posiciones del Ejército en el inmediato campo de golf y el Regimiento de Artillería Antiaérea de Camet. Tres días después el submarino “Santiago del Estero” entró por primera vez en combate al abrir fuego con su cañón Bofor 40 mm contra aviones no identificados en aguas próximas a Montevideo y también sufrieron bombardeos las localidades de Saavedra y Río Colorado.
En aquella revolución se pusieron al descubierto las grandezas y miserias de toda guerra. Actos de heroísmo y decisión, acciones temerarias, hechos brutales, flaquezas y traiciones.
El 16 de junio quedó demostrado que gran parte del pueblo estaba dispuesto a pelear por Perón hasta la muerte. Ese día, miles de obreros ganaron la calle para proveerse de armas y luchar por su líder. Decenas murieron en combate, la mayoría, durante el ataque al Ministerio de Marina y otro tanto ocurrió el 21 de septiembre cuando un número no identificado de fanáticos de la Alianza Libertadora Nacionalista perecieron durante el ataque que llevaron a cabo las tropas revolucionarias contra su sede.
Hubo soldados que supieron cumplir su misión de acuerdo a la preparación que habían recibido, uno de ellos el tan criticado teniente Adradas que no hizo más que hacer lo que correspondía o el vicecomodoro Síster, firme en su determinación de defender al régimen justicialista y otros que no estuvieron a la altura de las circunstancias. Se vio a militares dejar en alto su honor como el almirante Benjamín Gargiulo que al igual que los antiguos generales romanos, prefirió quitarse la vida antes que enfrentar la ignominia y a oficiales dispuestos a morir antes que rendirse, tales los casos del general Lonardi, el coronel Arturo Ossorio Arana, los capitanes Perren y Rial, el comodoro Krausse, los mayores Montiel Forzano y Juan  Francisco Guevara, el coronel Arias Duval, el capitán Ramón Eduardo Molina y el un tanto inconsciente Dalmiro Videla Balaguer por el lado rebelde y a otros perecer en combate como el general de brigada Tomás Vergara Ruzo y tantos aviadores, soldados y marinos que combatieron con determinación en ambos bandos. Por el lado de las fuerzas leales, sorprenden aún la firmeza y profesionalismo de generales como Franklin Lucero, Miguel Ángel Iñíguez y José María Sosa Molina, el teniente coronel César Camilo Arrechea, el capitán Hugo Crexell y tantos más que honraron el arma a la que pertenecían.
En alto quedó el honor argentino a bordo de los destructores “La Rioja” y “Cervantes” y en la firmeza de los cuadros que en Bahía Blanca y Punta Alta aguardaron firmes en sus puestos el avance de fuerzas poderosas que marchaban sobre ellos.
También hubo actitudes ambiguas y titubeantes como las del almirante Olivieri, los generales Bengoa, Lagos y el mismo Aramburu, la falta de decisión y depresión del teniente coronel Barto durante el avance de los regimientos hacia el sur bonaerense y actitudes como la del primer teniente Rogelio Balado que habiendo sido uno de los pilotos emblemáticos del régimen, se pasó de bando y una vez en combate, se resistió a disparar contra un Avro Lincoln enemigo que acababa de ametrallar las posiciones leales en el aeródromo de Pajas Blancas, la del capitán Bernardo Benesch, que hizo lo propio cuando le ordenaron batir los blancos de Mar del Plata el 19 de junio (antes de zarpar se había ofrecido a oficiales y marineros que no estuviesen de acuerdo con el alzamiento abandonar las naves y regresar a tierra, cosa que él no hizo) o la del capitán Edgardo Andrew, cuando le pidió al capitán Rial que revocase la orden de bombardear al Regimiento 5 de Infantería de Bahía Blanca que se negaba a rendirse.
Durante la segunda fase de la revolución intervinieron en operaciones de combate y patrullaje más de 70 aviones SALIDAS y se movilizaron los principales regimientos y unidades militares de las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, San Luis y la Patagonia.
El 21 de septiembre de 1955, después de las últimas acciones de guerra, seguía imperando un clima expectante en todo el país y mientras los emisarios del gobierno y los representantes de las fuerzas sublevadas iban y venían en medio de las negociaciones, en Córdoba, las unidades de combate fueron retornando lentamente a sus bases.
Ese mismo día, conocida la victoria de las fuerzas revolucionarias, el pueblo de Córdoba de lanzó a las calles para festejar la caída del régimen, concentrándose primeramente en la Plaza San Martín, frente al ruinoso edificio del Cabildo, adornado especialmente con tres banderas argentinas y a la gente aclamar a los principales jefes rebeldes. Miles de hombres y mujeres se dirigieron a la contigua Catedral para agradecer al Señor y su Santa Madre el fin de la contienda y una verdadera multitud se lanzó a recorrer las calles en automóviles, motocicletas, camiones, carros, colectivos o simplemente a pie, para vivar a la revolución triunfante, a sus conductores, y a los próceres de la Patria.
Dos días antes fue Bahía Blanca la que desbordó de entusiasmo, con su población saltando, vivando y cantando en la vía pública mientras hacía flamear banderas, lucía cintas y escarapelas celestes y blancas y ostentaba retratos de San Martín, Belgrano y Nuestro Señor Jesucristo. Al llegar al edificio de la CGT, la gente entonó el Himno Nacional, por tratarse de un símbolo de la prepotencia del régimen y se ovacionó a los almirantes Toranzo Calderón y Olivieri cuando desde su prisión en La Pampa hicieron su arribo a la Municipalidad bahiense, sede del comando revolucionario. Frente a las oficinas del incendiado diario “Democracia” y la Biblioteca Popular Bernardino Rivadavia la multitud lanzó mueras a Perón y vivas a la Patria y la Libertad.
El 21 de septiembre, de regreso en sus respectivas unidades y después de un reconfortante baño caliente, cadetes y conscriptos cadetes y conscriptos de las escuelas de Aviación Militar y Tropas Aerotransportadas en Córdoba, fueron informados que al día siguiente iban a participar en los desfiles que se habían, para conmemorar la victoria.
El 22, por la mañana, muy temprano, los soldados formaron en los patios de ambas escuelas para dirigirse a la ciudad realizar la parada junto a los efectivos de Ejército y comandos civiles que habían tomado parte en la batalla. El Diario de un Cadete es gráfico al relatar los hechos. “El Cuerpo sigue en el estado de siempre…Se reunieron todos los oficiales con el General Lonardi en el Casino de Cadetes y por esa causa no podemos comunicarnos con F… para pedirle el relevo. Cuando finalmente logramos hacerlo nos dijo que quedaba solamente una carpa con un cadete y 16 soldados. Trabajamos como enanos para retirar las carpas y llevarlas al Escuadrón. Una vez que terminamos con todo, fuimos al Cuerpo, y allí, entre los tres jefes del Grupo tuvo lugar el ‘emocionante’ sorteo para ver quien se quedaba… Si me hubiera tocado, tendría que haber hecho un enorme esfuerzo de voluntad para quedarme, pero la suerte me sonrió; claro que le tocó al ‘Turco’, ¡pobre!, él no estará mejor que yo”.
De ese modo, las tropas abordaron camiones y ómnibus militares y enfilaron hacia la capital provincial donde, al llegar a la Av. Vélez Sarsfield echaron pie a tierra para iniciar la parada. Lo hicieron después de una prolongada espera, frente a la población que lanzaba vivas a su paso y les arrojaba flores mientras desde los edificios cercanos caía una lluvia de papeles al grito de “¡Libertad!, ¡Libertad que se escuchaba por todas partes.
Finalizado el desfile, las tropas regresaron a los cuarteles, para continuar las actividades propias de los tiempos de paz ignorando que la jornada siguiente se cobraría la vida de otro camarada.
Durante un vuelo de patrulla y observación, el Calquin I.Ae-24 del Grupo 2 de Ataque, piloteado por el alférez Edgardo Tercillo Panizza se precipitó a tierra en las afueras de la ciudad, al presentar inconvenientes mecánicos.
Enterados de ello, cadetes y oficiales se encaminaron hacia el lugar, atravesando, previamente el Barrio Aeronáutico, con la intención de ver los restos del aparato que aún humeaba en el campo. Una vez allí, se encontraron con los restos, observándolos en silencio mientras meditaban sobre los acontecimientos que habían tenido lugar en los días previos y el curso que tomaría la historia a partir de ese momento.
También Mar del Plata se sumó a los festejos con largas columnas humanas desfilando por sus calles hasta la Municipalidad, para entonar el Himno Nacional y hacer flamear banderas.
El 23 de septiembre, los frentes de la ciudad amanecieron adornados con los colores azul y blanco; cerca de las 10.00 hubo una nueva marcha hasta el palacio de gobierno donde se repartieron escarapelas, cintas y flores como en los días de mayo y los festejos siguieron en diferentes puntos hasta altas horas de la noche.
La Argentina iniciaba un nuevo camino; una era había finalizado y otra daba comienzo pero el desencuentro entre hermanos no iba a terminar ahí. El país no volvería a encontrar su rumbo y la sociedad continuaría resquebrajándose hasta límites insospechados.




Imágenes
Fotografías: Miguel Ángel Cavallo, Puerto Belgrano. Hora Cero. la Marina se subleva

El pueblo de Bahía Blanca sale a las calles a festejar
el triunfo de la Revolución

Alegría y felicidad en la población tras la renuncia de Perón
Los festejos en Bahía Blanca
Llega a Bahía Blanca el contralmirante Samuel Toranzo Calderón

El Contralmirante Toranzo Calderón al llegar  a la Municipalidad de Bahía Blanca 
La oficialidad recibe a su jefe luego de su liberación
Toranzo Calderón en la Municipalidad de Bahía Blanca 





Llegada del Crucero "17 de Octubre" al puerto de Buenos Aires.  El almirante Rojas eufórico junto a su plana mayor
A las 10.30 de la mañana del 23 de septiembre de 1955, el crucero “General Belgrano” hizo su entrada en el puerto de Buenos Aires y media hora después amarró en la Dársena C, frente a la enfervorizada multitud que esperaba en los muelles agitando banderas y lanzando vivas a la victoriosa revolución.
Desde el puente de mando el almirante Rojas, observaba la escena conmovido mientras la muchedumbre aclamaba su nombre. Entre la gente aguardaban su esposa Lía Edith “Beba” Sánchez, con un gran ramo de flores en sus manos, llorando emocionada y sus hijas, María Lía y María Teresa quienes, a su vez, agitaban sus manos en señal de saludo (su hijo Gustavo Rojas, cadete naval, se hallaba embarcado con la Escuela).
Al descender a tierra, el almirante fue saludado calurosamente por la concurrencia y al cabo de media hora se encaminó hacia Aeroparque para recibir al presidente provisional de la República, general Eduardo Lonardi, que en esos momentos viajaba desde Córdoba a bordo del DC-3 matrícula T-23 escoltado por tres Gloster Meteor.
El trayecto desde el puerto a la estación aérea fue una verdadera marcha triunfal, con la multitud agolpada a ambos lados de la Costanera, vivando y agitando banderas y símbolos patrios, entre ellos retratos del general San Martín y el Sagrado Corazón de Jesús.
En el Aeroparque se hallaban presentes los generales Aramburu, Bengoa, Uranga, Forcher y Bergallo, quienes saludaron emocionados al marino, estrechándose en efusivos abrazos.
El DC3 en el que viajaba Lonardi tocó la pista a las 12.30, precedido por un avión de transporte que conducía a un pelotón de paracaidistas y detrás hicieron lo propio los tres cazas a reacción que en los días previos, habían tomado parte en los combates.
Cuando el jefe de la revolución salió por la compuerta, un griterío ensordecedor conmovió el lugar. Rojas y los generales lo esperaban al pie de la escalerilla y todos se estrecharon en un fuerte abrazo, en medio de los vivas de la multitud.
El trayecto hasta la Casa Rosada se hizo a bordo de un vehículo descapotable y fue lo más parecido a un “triunfo romano” que viera Buenos Aires a lo largo de su historia. Al paso de los vehículos, la muchedumbre aclamaba a sus héroes, agitando banderas y arrojando flores. Y allí se vio a más personas que mostrando retratos de Nuestro Señor Jesucristo y del general San Martín, símbolos de la religión y la patria mancilladas intentaban acercarse a la caravana.
“A lo largo del trayecto, mezclados entre la concurrencia, estaban apostados marinos de diversa graduación, a los cuales el capitán de fragata de Infantería de Marina Juan García, había armado y dispuesto que vistieran de civil”explica Ruiz Moreno en su obra y luego añade: “El auto que conducía a Lonardi y Rojas, manejado por cadetes del Colegio Militar, solo podía avanzar por Paseo Colón, aproximándose a la plaza de Mayo, debido a que le abría paso un carrier del Ejército. Ocupaban el automóvil en su parte delantera los cadetes Auel, Fernández Sfeir y Lorenzo, este último, abanderado del Colegio”.
El Gral. Lonardi jura como
presidente de la Nación
Al subir la explanada de la Casa de Gobierno, el carrier que precedía al automóvil presidencial efectuó un giro brusco y aquel lo embistió, rompiendo uno de sus faros delantero. 
En la contigua Plaza de Mayo, la multitud enfervorizada reclamaba la presencia de los jefes revolucionarios, vivando a sus líderes, como en los más emblemáticos actos partidarios de la era peronista.
Lonardi, Rojas y la comitiva que los escoltaba subieron hasta el Salón Blanco que en esos momentos se hallaba colmado y allí prestaron juramento, el primero como presidente de la Nación y el segundo como vicepresidente. Acto seguido, la concurrencia entonó las estrofas del Himno Nacional e inmediatamente después prorrumpió en vivas y aplausos que las flamantes autoridades respondieron con su característica prudencia. Luciendo la banda presidencial y ostentando en su diestra el bastón de mando, el general Lonardi se asomó por el balcón de la Casa Rosadaacompañado por el almirante Rojas y el séquito de personas que los rodeaban. De ese modo, sonriendo satisfechos por el espectáculo que se veía desde lo alto, saludaron a la multitud que cubría Plaza de Mayo hasta donde alcanzaba la vista.
Un griterío ensordecedor se elevó desde el epicentro de Buenos Aires, escenario de tantos sucesos de la historia patria, al tiempo que decenas de miles de banderas argentinas (y muchas del Uruguay) flameaban aquí y allá, dando vida al lugar.
Lonardi habló a la multitud y esta respondió cada una de sus palabras con más vivas y aplausos y al finalizar, se retiró al interior del palacio de gobierno seguido por los altos jefes revolucionarios. Escenas similares se repitieron en Bahía Blanca, Córdoba, Mendoza y otros puntos de la Nación donde la ciudadanía opositora salió a las calles para expresar su júbilo y alegría.
No muy lejos de donde se desarrollaban esos acontecimientos, a bordo de la cañonera “Paraguay”, Perón vivía sus últimos días en la República Argentina.
Versiones sin fundamento dan cuenta que desde su fuga, el 19 de septiembre, se había refugiado en el mencionado bunker antinuclear que había mandado construir bajo el edificio Alas y que desde allí se había dirigido hacia la cañonera a través de túneles que comunicaban el refugio con el puerto. Nada de eso es verdad. En ningún momento utilizó Perón ese bunker sino que, como se dijo en capítulos anteriores, se apresuró a solicitar asilo en la embajada paraguaya y desde ahí se dirigió en automóvil hasta las radas para abordar la “Paraguay”, en la que estuvo alojado hasta el 2 de octubre, fecha de su partida hacia el exilio.
Desde el 25 de septiembre, tanto la “Paraguay” como su gemela, la “Humaitá”, permanecían fondeadas en el Río de la Plata, en “silencio de radio”, a una distancia de varios kilómetros de distancia una de otra, constantemente vigiladas por el “King” y el “Murature”.
Aquel 2 de octubre, los marinos paraguayos observaron en las zonas aledañas al puerto así como en aguas próximas, un gran despliegue de buques y aviones. Para entonces, la embajada guaraní había solicitado y obtenido del gobierno argentino el salvoconducto necesario para que Perón abandonase la Argentina y en ese sentido comenzaron los preparativos para concretar la operación lo más rápidamente posible.
Ese día, el gobierno de Asunción despachó hacia Buenos Aires al hidroavión PBY Catalina T-29 al comando del capitán Herbert Leo Nowak, a bordo del cual, Perón abandonaría definitivamente el país rumbo a esa capital. En él llegaron el contralmirante Gabriel Patiño, comandante de la Armada Paraguaya y el capitán de navío Horacio Barbita, agregado naval de la embajada argentina en Paraguay, quienes debían supervisar la operación.
Horas después, cerca de las 11.00, la lancha patrullera argentina P-81, se aproximó a la “Paraguay” llevando a bordo al embajador paraguayo, Dr. Juan R. Chaves, al flamante ministro de Relaciones Exteriores de la República Argentina, Dr. Mario Amadeo; al agregado militar en Paraguay, general Demetrio Cardozo; al mencionado capitán de navío Horacio Barbita; al mencionado jefe del Estado Mayor Naval, capitán de navío Mario Robbio, al comandante del crucero “9 de Julio”, capitán de navío Benjamín Moritán Colman y a los oficiales de la Armada Argentina, capitán de fragata Raúl González Vergara y capitán de corbeta Abelardo Camay.
Los recién llegados pasaron a la cañonera y una vez en la cámara de oficiales, se presentaron ante Perón. El Dr. Amadeo fue el primero en hablar. Dijo que estaba allí por expresa orden del Presidente de la Nación, general Eduardo Lonardi, para garantizar la vida y la integridad del mandatario depuesto así como también, la inviolabilidad de los fueros del embajador del Paraguay y el cumplimiento del Derecho de Asilo, agregando al mismo tiempo, que la República del Paraguay había contraído la obligación de cuidar que las futuras actividades del general Perón no alterasen las amistosas relaciones entre ambos países. A ello respondió el embajador Chaves que la República Argentina, haciendo honor a sus tradiciones, había cumplido una vez más con sus compromisos internacionales y que el Paraguay iba a respetar las normas del Derecho Internacional.
Perón se despidió de la tripulación, saludando a cada uno de los oficiales y luego bajó la escalerilla en dirección a la lancha patrullera, que abordó con la ayuda del Dr. Amadeo, que lo sostuvo del brazo para que no cayera al agua. La embarcación se separó lentamente de la cañonera y se dirigió lentamente hacia el hidroavión que se mecía lentamente sobre las aguas, cerca de la “Paraguay”.
La P-81 se desplazó lentamente, sacudida por el oleaje y a escasos metros del Catalina, se detuvo. La comitiva encabezada por Perón, Chaves y Amadeo pasó a un pequeño bote de la Armada y desde allí continuó a remo, impulsado por marineros de su dotación. Los esperaban su piloto, el capitán Nowak, el copiloto, teniente Ángel Souto y el resto de la tripulación, formada por su navegante, el subteniente Edgar Usher, los mecánicos Insfrán, Escario y Díaz y la azafata Delia González que ayudaron al ex presidente a subir a bordo. Detrás de Perón hicieron lo propio el embajador Chaves, el coronel Demetrio Cardozo, el coronel Ovando, el capitán Bolgasi de la Armada Argentina, el capitán Barbita y el mayor Cialcetta junto al equipaje del ilustre asilado.

-Bienvenido a bordo, mi General - saludó el subteniente Usher sujetando a Perón por el brazo.

El ex presidente le respondió con amabilidad y a continuación, se ubicó en el asiento que le indicaban, hasta donde fue acompañado por la azafata que, inmediatamente después le alcanzó los diarios del día.
Una vez que los pasajeros estuvieron a bordo, el bote de la Armada se retiró, llevando al Dr. Amadeo de regreso a la P-81. Mientras los marineros argentinos remaban, los motores del hidroavión paraguayo comenzaron a acelerar, agitando todavía más las aguas del estuario.
Lentamente el hidroavión se alejó de la zona, para iniciar la corrida desde una posición más segura, frente a la mirada atenta de numerosos testigos. Por un momento, se temió que por causa del oleaje no pudiese remontar vuelo pero después de dos intentos, tras deslizarse 1800 metros sobre la superficie del río, se elevó lentamente y comenzó a tomar altura, rozando los mástiles de una de las embarcaciones de guerra argentinas.
Una vez en el aire, el piloto efectuó un pronunciado giro hacia la izquierda y poco después enfiló hacia el norte, en dirección a la costa del Uruguay, escoltado por dos Gloster Meteor de la Fuerza Aérea Argentina. Eran las 12.40 horas del 2 de octubre de 1955, el último capítulo de la Revolución Libertadora, llegaba a su fin.


 

 Imágenes


General Eduardo Lonardi el día de su
juramento como presidente de la Nación

(Fotografía: Isidoro Ruiz Moreno, La Revolución del 55)

Almirante Isaac Francisco Rojas
Vicepresidente de la Nación (1955-1958)

Puerto de Buenos Aires, 23 de septiembre de 1955, el almirante Rojas desciende  del "17 de Octubre" rebautizado "General Belgrano"
(Imagen: gentileza Fundación Histarmar. Historia y Arqueología Marítima)

Las autoridades victoriosas de la revolución, encabezadas  por el general Lonardi y elalmirante Rojas, se dirigen a la  Casa de Gobierno saludados por la muchedumbre (Gentileza: Fundación Villa Manuelita)


Como en los mejores días del peronismo, una multitud  se concentra en Plaza de Mayo para presenciar la  asunción del general Eduardo Lonardi
 (Gentileza: Fundación Villa Manuelita) 


Otra vista de la multitud el 23 de septiembre de 1955

Damas partidarias de la revolución saludan  desde un balcón de Av. Callao (Gentileza: Fundación Villa Manuelita) 

Córdoba. El pueblo exterioriza su emoción (Fotografía: Jorge R. Schneider)
Los cordobeses se burlan de Aloe (Fotografía: Jorge R. Schneider)



Partidarios de la revolución destruyen  símbolos del peronismo (Gentileza: Fundación Villa Manuelita) 
El pueblo de Córdoba se congrega frente al antiguo Cabildo para celebrar la victoria (Fotografía: Jorge R. Schneider)

 

Júbilo en las calles de Córdoba (Fotografía: Jorge R. Schneider)



Desfile de la ciudadanía por las calles cordobesas (Fotografía: Jorge R. Schneider)
Júbilo popular tras la caída de Perón (Fotografía: Jorge R. Schneider)

Caravana antiperonista exterioriza su alegría en la ciudad de Córdoba (Fotografía: Jorge R. Schneider)
Personas de todos los estratos sociales exteriorizan su euforia (Fotografía: Jorge R. Schneider)
Este colectivo con la leyenda "Libres" es claro ejemplo de lo que sentía  una parte importante de la ciudadanía (Fotografía: Jorge R. Schneider)
Música y algarabía en calles y avenidas cordobesas (Fotografía: Jorge R. Schneider)
Otro transporte público con pintadas alusivas al movimiento revolucionario.  Córdoba se vistió de fiesta de la mano de un sector de la ciudadanía que repudiaba a Perón (Fotografía: Jorge R. Schneider)


Como en Buenos Aires, estos jóvenes cordobeses destruyen  símbolos del régimen depuesto (Fotografía: Jorge R. Schneider)
"A esta la compré" reza el cartel que llevan  estos motociclistas cordobeses (Fotografía: Jorge R. Schneider)
Estudiantes de Medicina que se ofrecieron como voluntarios para la atención de los heridos se suman   a los festejos en el centro de Córdoba (Fotografía: Jorge R. Schneider)
Médicos, estudiantes y enfermeros cordobeses que atendieron a los heridos  durante los enfrentamientos (Fotografía: Jorge R. Schneider)


Enfermeras y voluntarias que ofrecieron su desinteresado concurso para atender  a los heridos durante los combates en Córdoba (Fotografía: Jorge R. Schneider)
Dos Gloster Meteor junto a un Pulqui II. Los tres aparatos volaron durante el desfile de  la victoria en Córdoba
 (Imagen: Ricardo Burzaco, Alas de Perón II)

El crucero "General Belgrano" (ex "17 de Octubre") amarrado en el Puerto de Buenos Aires.  Al fondo el Ministerio de Marina
 (Imagen: gentileza Fundación Histarmar. Historia y Arqueología Marítima)




Homenaje a la memoria del capitán Eduardo Estivariz, el teniente  Miguel Irigoin y el suboficial Juan I. Rodríguez el 18 de septiembre  de 1956 en las afueras de Saavedra. En la fotografía el contralmirante  Arturo A. Rial y el Sr. Carlos A. Mey, presidente de la  comisión organizadora del acto (Imagen: gentileza Fundación Histarmar. Historia y Arqueología Marítima)



El contralmirante Rial y el Sr. Mey depositan una ofrenda floral 
 junto al monumento a los pilotos navales abatidos 
el 18 de septiembre de 1955 (Imagen: gentileza Fundación Histarmar. Historia y Arqueología Marítima)
Concurrencia que se dio cita frente al monolito inaugurado  el 18 de septiembre de 1956 en memoria  de Estivariz, Irigoin y Rodríguez (Imagen: gentileza Fundación Histarmar. Historia y Arqueología Marítima)
El contralmirante Rial descubre la placa alusiva en el  monolito inaugurado en las afueras de Saavedra  el 18 de septiembre de 1956 (Imagen: gentileza Fundación Histarmar. Historia y Arqueología Marítima)
Parte de la concurrencia que se dio cita al acto  de homenaje e inauguración del monolito alusivo. 18 de septiembre de 1956 (Imagen: gentileza Fundación Histarmar. Historia y Arqueología Marítima)



Placa conmemorativa. "Aquí recibió la Patria vuestras vidas abrasadas en el sagrado fuego de la Libertad" (Imagen: gentileza Fundación Histarmar. Historia y Arqueología Marítima)

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