Rosas

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lunes, 30 de noviembre de 2015

COCHRANE VS. SAN MARTÍN



 Por Pacho O donnell

  El almirante Cochrane era un héroe naval de Gran Bretaña, condecorado con la muy prestigiosa Orden del Baño por sus hazañas en las guerras napoleónicas. Llegó a ser también miembro de la Cámara de los Torys. Pero su codi­cia lo llevó a embarcarse en estafas financieras que lo ence­rraron en la Torre de Londres y lo despeñaron en el despres­tigio social.

Ello lo llevó a ofrecerse como mercenario, aceptando la propuesta de Álvarez Condarco para conducir la armada chilena.  Desde un principio compitió con San Martín por la comandancia de la conquista de Lima.

"El objeto de la presente expedición -consigna un ofi­cio que O'Higgins hace llegar a manos del almirante el 19 de agosto de 1820, víspera de la partida- es extraer al Perú de la odiosa servidumbre de España elevándola al rango de una potencia libre y soberana y concluir por ese medio la grandiosa obra de la independencia continental de Sud América. El capitán general del ejército, don José de San Martín, es el jefe a quien el gobierno y la república han confiado la exclusiva dirección de las operaciones de esa gran empresa..." El gobernante chileno deseaba poner coto a las intemperancias del altivo lord.

Cochrane, despechado, hace que veintitrés oficiales, ignorando la disposición de O'Higgins, se declaren exclusiva­mente subordinados a él, cuyos poderes "no pueden transferirse a otro". "O'Higgins, semejante a otros muchos buenos capitanes -escribe al dictado el secretario del al­mirante-, no desarrolló en el gabinete aquel tacto con que tan brillantemente había servido a la patria en el campo de batalla, permitiendo que el general San Martín, con su habil­idad peculiar de volver en provecho suyo las proezas de los otros, se esforzase en llevar la palma, porque la gloria era en realidad de O'Higgins".

También trata de hacer aparecer a su odiado antagoni­sta como cobarde: "El general San Martín, al llegar a Pisco, no quiso entrar en la villa, bien que las fuerzas españo­las no contasen allí más que 300 hombres escasos. Ha­ciendo desembarcar las tropas al mando del mariscal Las Heras, se marchó costa abajo en la goleta `Moctezuma'. Una conducta tal de San Martín causó gran descontento en el ejército y la escuadra, puesto que había un contraste con la primera toma que se hizo de dicha plaza el año anterior, por el teniente Charles y el mayor Miller, acompañados de un puñado de hombres".

Cuando San Martín procede a proclamar la indepen­dencia del Perú, en el marco de la más imponente solemni­dad, hace acuñar y distribuir medallas con el texto: "Lima obtuvo su independencia el 28 de Julio de 1821, bajo la Protección del general San Martín y el Ejército Liberta­dor". Ninguna mención a la flota ni a su almirante...

Cochrane quedó muy ofendido. Para hostigar al Liber­tador aprovecha que el pago de los sueldos de la escuadra se había atrasado, debido a la escasez de recursos de la expedición, para fomentar inquietud y amenazas de suble­vación por parte de los marinos.

"Al día siguiente, 4 de agosto, no sabiendo lord Cochrane que San Martín había cambiado de título -re­dacta su secretario, en un remedo de ventrilocuismo- fue a palacio y rogó al general en jefe propusiese un medio para pagar a los marineros extranjeros, que habían cumplido sus contratos." San Martín respondió a esto que "él nunca pagaría a la escuadra chilena a menos que fuese vendida al Perú, y que entonces el pago sería considerado como parte del precio de adquisición". Lord Cochrane le respondió malamente. 
 

San Martín se volvió entonces hacia el almirante y le dijo: "¿Sabe Ud., mi lord, que yo soy el Protector del Perú?" El inglés ironizó entonces sobre las veleidades nobiliarias y aristocratizantes de don José. Éste lo interrumpió, altanero, dando por terminado el diálogo: "Lo único que tengo que decir es que yo soy el Protector del Perú".

Al pie de lo que atribuye a su empleado, Cochrane agrega un infundio: "Una circunstancia ha sido omitida en la presente narración. El general San Martín, al conducirme hasta la escalera, tuvo la temeridad de proponerme si­guiese su ejemplo, esto es, faltase a la fe que ambos había­mos jurado al gobierno de Chile, apropiase la escuadra a sus intereses y aceptase el grado más elevado de Primer Almirante del Perú. Es casi excusado decir que deseché proposiciones tan deshonrosas. San Martín, al ver mi nega­tiva, me declaró en un tono irritado que ni pagaría a los marineros sus atrasos ni la recompensa que les había pro­metido".

El lord estaba decidido a enajenar a San Martín el apoyo de Chile, la amistad de O'Higgins y su prestigio en la nación hermana.  

El rencoroso marino cuenta que una feliz casualidad le permitió apoderarse del tesoro del Estado peruano, que San Martín trató de poner a buen recaudo, embarcándolo, ante la posibilidad de un contraataque de los españoles. Quizás, también, al demostrar confianza en el lord británi­co deseaba disminuir el voltaje de su confrontación, dañina para el proyecto libertario.

Sin embargo, el almirante aprovechará para redoblar sus ataques de mala fe: "Este dinero -escribirá- había sido enviado a Ancón bajo el pretexto de ponerlo a salvo de cualquier ataque de las fuerzas españolas, pero con el áni­mo quizá de hacerlo servir a las miras ulteriores del Pro­tector".

Fueron inútiles los esfuerzos de San Martín y de su estrecho colaborador Monteagudo para que Cochrane resti­tuyera tan importante caudal.

Éste saca partido de las ínfulas monarquizantes de don José -flanco que también aprovecharía Bolívar para denigrarlo- para describir, cargando las tintas, la Lima de 1820: "Se había formado una casi guardia real de escolta al Protector cuando salía al público; precaución no del todo inútil, a pesar de hallarse los limeños desarmados. En una palabra, los limeños tenían una república que hormigueaba de marqueses, condes, vizcondes y otros títulos de monarca, a cuyo fin todos creían se encaminaba el Protector". Recorde­mos que sus enemigos se burlaban de San Martín apodándo­lo "el Rey José".

Al producirse el regreso de San Martín a Chile, luego de Guayaquil, escribe el almirante: "Los patriotas de Chile ansiaban que yo lo arrestase y estoy cierto que si así hubiese procedido los hombres del poder no se habrían quejado; pero yo preferí que el gobierno siguiese su propio curso".

Falta a la verdad Cochrane, en su supuesta magnanimi­dad, puesto que el 12 de octubre de 1822 ha urgido al gobier­no chileno a "formar un sumario acerca de la conducta del mencionado Dn. José de San Martín", aprovechando que "habiendo llegado hoy a Valparaíso hállase ahora bajo la jurisdicción de las leyes de Chile". Se manifiesta "pronto a probar el haberse apoderado violentamente de la autoridad suprema del Perú; el haber intentado seducir a la marina de dicho Estado; el colocar sin derecho alguno a las fragatas `Prueba' y `Venganza' bajo la bandera del Perú; y otras de­mostraciones y actos hostiles a la República de Chile".

El Libertador debió huir del país que había liberado, a toda prisa, con una escolta proporcionada por su amigo O'Higgins, con su vida pendiente de un hilo, esquivando a los tribunales de un país que había llegado a execrarlo.

Por alguna inexplicable razón nuestra historia oficial reconoce como únicos antagonistas del Libertador a los godos y a las altas cumbres andinas, ocultando que fue escarnecido y hasta amenazado de muerte por algunos de sus poderosos contemporáneos, entre ellos Alvear, Rivadavia y Cochrane. Y no fueron los únicos.
Nada más hipócrita que la explicación oficial de que nuestro Libertador emigra a Europa para “completar la educación de su hija"

1 comentario:

  1. Ahi se dio cuenta don Jose, que no se podia confiar en los ingleses, ladrones, hipocritas y cinicos desde la epoca de los Platantagenet hasta la de Cameron!!

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