Rosas

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sábado, 7 de septiembre de 2019

El rencor unitario

Por Julio Irazusta   
Las MEMORIAS de Paz es uno de los libros más atrayentes de la Historiografía nacional. Está admirablemente escrito, pese a ligeros defectos de forma, muy explicables en quien no aspiraba a ser considerado experto en el oficio de literato, y sin duda no lo redactó pensando en la posteridad, sino en restablecer verdades que creyó desfiguradas por otros. Nadie escribió con más espontaneidad ni con menos preocupación por el estilo. De haber tenido conciencia de las dotes que tenía para la tarea que emprendió en sus MEMORIAS, y  sospechado que el éxito le daría la fama que alcanzó su libro, no es improbable que antes de escribirlas habría producido algún trabajo notable sobre la cosa pública, en una época en que tantos incapaces se creían autorizados a fatigar las prensas con sus inepcias. 
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Pese a dicha espontaneidad, o tal vez a causa de ella, y sobre todo al inmenso talento que reveló el libro, sumado a la cultura recibida en los institutos educacionales de Córdoba, las MEMORIAS son de un interés prodigioso. Es sabido que Paz fue sorprendido por el 25 de Mayo cuando estudiaba para recibirse de doctor, y que su carrera militar debióse a la circunstancia histórica: la movilización general decretada por la Primera junta, y la reiterada insistencia de Pueyrredón  —enviado por el nuevo gobierno a la capital del interior, como el hombre de encargo para neutralizar la influencia de Liniers— en que abandonara los estudios civiles por la milicia; para que, cambiara la instituta por la espada. Ciudadano hasta la medula, nada de lo que vio en las variadas regiones adonde lo llevaron las necesidades del servicio, según las vicisitudes de la guerra, escapó a su aguda observación. Al punto de que sus observaciones parecen las de un campesino, cuando se refiere a las cosas de la campaña. Lo mismo ocurre cuando habla de la alta sociedad que agasajó a los vencedores, cuando lo fueron; y en muchos casos, aun después. Una de las observaciones más agudas formuladas en las MEMORIAS del general Paz es la que atribuye el desapego permanente del Alto Perú hacia la metrópoli que era capital de una gran parte de su país, al jacobinismo de Castelli, con sus aires de convencional en misión, quien miraba impasible a sus oficiales enlazar de los frentes de los templos, para arrastrarlas por las calles de la ciudad que atravesaban, las imágenes religiosas, en un estúpido despliegue de extemporáneo anticlericalismo. Otro pasaje de las MEMORIAS, aporte fundamental como el anterior a la hermenéutica de los sucesos, es lo que refiere sobre los prolegómenos de la revolución de diciembre de 1828: la injustificada jactancia de Lavalle, diciéndole a su colega cordobés en la Banda Oriental: "Con un escuadrón de coraceros, meteré a los caudillos en un zapato, y los taparé con otro". El autor del libro que comentamos dice no haber compartido tan descabellada ilusión. Y le podemos creer, puesto que él, con su soberana libertad de juicio, pese a su admiración por Belgrano y por todos los patriotas que habían contribuido a darnos primero libertad o gobierno propio, y luego una patria, no dejó de ver sus errores. Y había compartido el descontento de la oficialidad joven que se sublevó en Arequito en 1820, al ver que los dirigentes nacionales desguarnecían las fronteras del norte para meter a las fuerzas armadas en la guerra civil. Movimiento parecido al de San Martín en su famosa desobediencia. Para terminar, me permito citar una página que escribí sobre el general hace varias décadas: "Joven de veinte años al dejar sus estudios universitarios y tomar las armas en 1810, Paz fue contemporáneo de los hombres de la independencia y de las 'guerras civiles. Su inteligencia superior hace sumamente valioso el testimonio que nos da su libro sobre dos épocas decisivas de nuestra historia.
El mérito artístico de su narración nos apasiona por los hechos del pasado, los revive en nosotros. Su ecuanimidad nos ofrece un hilo conductor para el laberinto de natural complicación. La narración es en las MEMORIAS amenísima. Se las lee como una novela. El escritor elige bien los detalles, reparte equitativamente el espacio entre los mayores, los medianos y los menores, y a todos los sitúa diestramente en la amplia perspectiva de reflexiones generales, pasando siempre a tiempo de la representación concreta de los hechos a su interpretación causal, y de ésta a aquélla, sin jamás perder el hilo de la narración. Las MEMORIAS es uno de los libros más desprovistos de egotismo con que cuenta el género, egotista por excelencia. 
El autor apenas da noticias sobre su familia, su formación, sus gustos. Y los datos personales que no podían menos que aparecer en el libro no están destinados a explicar a Paz en cuanto tal, como personalidad de excepción, sino para explicar  a Paz en cuanto protagonista de los sucesos que narra. Lo autobiográfico en las MEMORIAS es hermenéutica antes que panegírico". 
Fue irreparable desgracia para su carrera, y para el porvenir nacional, que su participación en Arequito sellara su destino.  Los directoriales, y sus herederos los unitarios, jamás se lo perdonaron. Habiéndose iniciado políticamente con los futuros caudillos, no supo perseverar en esa actitud. Los unitarios los arrastraron a la aventura de diciembre en 1828. Pero cuando Rosas, después de haber pensado que habría sido necesario ejecutarlo en 1831, y de tenerlo cinco años en la cárcel, lo dejó en libertad, lo incorporó a la plana mayor del Ejército, y después de su fuga, le mandó ofrecer una embajada cuando ya estaba refugiado en Montevideo; no supo aprovechar el momento estelar que se le ofrecía. Su alta estrategia, sumada a la política de Rosas, habría cambiado el destino de la nación. Tal vez Dios no lo quiso. Nosotros pagamos las consecuencias.

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