Rosas

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domingo, 16 de enero de 2022

El regreso de los soldados al continente después de Malvinas

Por  Matías Bauso

Los soldados argentinos llegaron al continente en el Canberra, el 19 de junio de 1982. La guerra había terminado. El 14 de junio se firmó el acta de rendición. El general Mario Benjamín Menéndez tachó la palabra “incondicional” que acompañaba al término “rendición” y suscribió. El punto 7 de ese acta determinaba que las tropas argentinas volverían al continentes en buques y aeronaves argentinas. Pero ese punto no pudo cumplirse. Miles de soldados argentinos salieron de las Islas Malvinas en buques británicos.  Los ingleses estaban deseosos de que las tropas de su enemigo dejaran el lugar del conflicto cuanto antes. Y ante la imposibilidad de su contendiente de hacerlo, dispusieron las medidas para llevar adelante su voluntad.    El Canberra, un enorme trasatlántico, fue la nave que más soldados trajo de regreso. El 19 de junio de 1982, 4.136 soldados argentinos arribaron a Puerto Madryn. Los recibió la oscuridad y el silencio. Pero en el camino, mientras eran trasladados en camiones, apareció una pequeña multitud local que hacía flamear banderas. Hubo cantos, llantos, besos al aire y gritos de agradecimiento. Los jóvenes soldados sonreían y devolvían el cariño lanzando al público algunos objetos que traían con ellos y que los habían acompañado en Malvinas. Recibían a cambio bebidas calientes, chocolates, pan y facturas.

 
Con el cese del fuego, a los soldados los invadió una mezcla de sensaciones. Por un lado el abatimiento por la derrota, por el esfuerzo inmenso, al límite pero inútil. Por el otro, el alivio. Estaban a salvo, ya nada les podría pasar. Con firmeza, los ingleses los desarmaron y los alojaron en distintos galpones y depósitos. Les dieron de comer. Al regresar a Puerto Argentino, muchos soldados descubrieron que había galpones repletos de comida y de prendas de abrigo que no habían llegado hasta ellos. Otra manifestación de esos graves problemas logísticos fue que la organización del regreso al continente se demoraba.   El Canberra era un trasatlántico que había funcionado durante décadas como crucero comercial y había servido para trasladar tropas inglesas hasta Malvinas   los argentinos fueron llevados en grupo hacia lanchas que los dejaron en el inmenso Canberra.  Al subir al barco a cada uno se le asignó un sector determinado del que no podrían moverse. Les dieron unas tarjetas de cartón como las que sirven para identificar el equipaje que tenían escrita una letra mayúscula enorme que señalaba la sección del barco en la que debía permanecer. A algunos les tocó estar en camarotes individuales o dobles; a otros en colchones en el piso alfombrado del gran salón de baile del barco. De cualquier manera, el piso mullido, el calor de la calefacción, la posibilidad de una ducha caliente y las comidas balanceadas conformaban un panorama infinitamente mejor al que atravesaban unas escasas horas antes, en las trincheras húmedas y heladas y bajo el fuego enemigo.  Más de 4.000 soldados pisaron tierra firme en el Canberra. Se trataba de uno de los más asombrosos casos de resurrección naval de la historia. Menos de un mes antes, el 25 de mayo, la prensa nacional a instancias de la Junta Militar había informado que el buque inglés había sido gravemente dañado en un ataque aéreo. El Canberra pasó del naufragio seguro a transportar a miles de argentinos. Los ingleses no se privaron de recordarles a los argentinos la situación cuando preguntaban dónde eran llevados: “Al barco que ustedes no hundieron”, respondían con sarcasmo.

 
La organización en el barco era absoluta. Los turnos estaban determinados con precisión. La comida era abundante y venía acompañada por un cigarrillo por persona para ser fumado luego de la ingesta. Cada turno duraba media hora. Puntualmente, había que desalojar el lugar para que ingresara la siguiente tanda.  En las primeras horas reinaba el silencio y el recelo. Los ingleses daban secas órdenes en su idioma. Pero con el correr de los días, la tensión fue desapareciendo. Y los argentinos les iban enseñando algunas palabras en español que ellos repetían con esfuerzo. La orden era que los argentinos en los pasillos debían transitar por la izquierda. Como esa palabra no les salía -la conjunción de la z con la q les resultaba imposible- alguien les enseñó un sinónimo: “Zurda”. Así se los escuchaba a los ingleses gritar por los pasillos cuando se cruzaban con un grupo de argentinos: “Por zurdau, por zurdau”.   En el menú siempre había una gran taza de café con leche caliente. Los argentinos luego llegaron a la conclusión que la infusión debía tener somníferos porque una vez que llegaban a sus camas dormían profundamente. El cansancio acumulado y la tensión que había aflojado también pueden justificar esos sueños prolongados.  Los argentinos coinciden en que en el Canberra (y en los otros barcos que los trasladaron hasta el continente) fueron bien tratados por los ingleses. Se brindó atención médica a quienes necesitaban, se los alimentó y se los trató dignamente.  Además de carteles con escritos en un castellano tropezado en el que estaban las normas y órdenes que debían respetar como prisioneros de guerra, también había otros en los que se consignaban los resultados diario del Mundial de Fútbol en España.   El Canberra no fue el único barco que sacó a los más de 11 mil combatientes de las Islas Malvinas. El ARA Bahía Paraíso trasladó 1661 hombres; El Northland 1992; El Almirante Irízar casi mil; y el Saint Edmund otros 700 hombres.   Entre los comandantes de la Junta Militar, que estaba a punto de caer (hubo unos días en que las distintas armas pelearon por quién debía ser el sucesor de Leopoldo Fortunato Galtieri), hubo muchas dudas en permitir que un barco inglés tocara un puerto en el país por más que trajera más de cuatro mil compatriotas. Finalmente, primó la cordura y el Canberra fue autorizado.

 
Después de cuatro días de navegación, el barco llegó a Puerto Madryn. “Bajamos del barco y entre las filas de soldados vi dos chicos que habían estado en mi compañía y que yo pensé que estaban muertos. Ellos creían lo mismo sobre mí. Habíamos viajado juntos y no nos habíamos enterado. Fue algo impresionante, como encontrarse entre fantasmas, entre gente que volvía de la muerte. Nos mirábamos sin poder creerlo, nos revolcábamos por el piso, abrazados, llorando. Nos subieron a los camiones y vi por primera vez la ciudad de Puerto Madryn: me pareció la ciudad más linda del mundo”. "Venían a vernos todos, nos pedían algo, un recuerdo, lo que fuere: yo entregué el sombrero y un rosario a una familia que me había invitado a su casa", recordó un soldado argentino  dos aseguran que los oficiales argentinos les dijeron que la población tal vez los iba a apedrear por volver derrotados. Del barco fueron de inmediato a camiones con las lonas bajas cubriendo todo el interior. No se avisó a la población local del arribo del contingente. Pero en una ciudad no tan grande y extremadamente sensibilizada, el movimiento de soldados y la actividad frenética en el puerto puso a sus habitantes en alerta. Espontáneamente salieron de sus casas y al costado de las calles vivaban a los soldados. Estos empezaron a asomarse por detrás de las lonas, incumpliendo con las órdenes recibidas. Los oficiales se habían equivocado. La gente los recibía con afecto. Se abalanzaban sobre los camiones para darle pan a esos jóvenes que apenas alcanzaban los veinte años.   Las lonas ya no se bajarían. Esa jornada es conocida como “El día que Puerto Madryn se quedó sin pan”. Sus habitantes agotaron las existencias en las panaderías y se las ofrecieron a los soldados que regresaban de Malvinas. “La gente nos recibió como si hubiésemos ganado. Se acercaban, nos daban comida, pan, nos tiraban chocolates a los camiones. Paramos en un club, nos daban sandwiches y mate cocido. Venían a vernos todos, nos pedían algo, un recuerdo, lo que fuere: yo entregué el sombrero y un rosario a una familia que me había invitado a su casa. No sé quiénes eran, vivían en la esquina del club”, le contó Luis Daniel Bigot, soldado del Regimiento 7, oriundo de La Plata a Infobae.   “La gente nos recibió como si hubiésemos ganado. Se acercaban, nos daban comida, pan, nos tiraban chocolates a los camiones", contó Luis Bigot   El contingente estuvo unas horas en la ciudad y de nuevo en camiones fue trasladado a Trelew. Allí en aviones de Austral volaron hacia Buenos Aires. Arribaron en medio de la noche a Palomar. El procedimiento fue similar al del Sur. Silencio, sin medios periodísticos, ni ninguna información oficial. Los soldados rápidamente subidos a un camión y las lonas bajadas de prisa. Un largo convoy atravesó la noche con destino a Campo de Mayo.   De todas maneras el movimiento, tanto en Palomar como en la ruta, alertó a varias personas. “Me acuerdo que en un momento paramos en una barrera y, desde una parada de taxis, los taxistas nos preguntaron de dónde veníamos. Les dijimos que volvíamos de Malvinas. En medio de la noche, ahí estábamos, parados en una barrera suburbana, una columna de micros con soldados que volvían de la guerra. Los taxistas no lo podían creer. Y después, cuando entramos a Campo de Mayo, recorrimos un tramo indefinido en completo silencio, hasta que empezamos a escuchar, a lo lejos, una marcha, una marcha hermosa, La avenida de las camelias. Era una noche oscurísima y no sabíamos de dónde venía esa música, hasta que de pronto, cuando la música ya era estridente, vimos una banda tocando en medio de la nada, debajo de una lamparita de no más de veinticinco vatios, en pleno descampado. Y ahí los dejamos, porque los micros nunca pararon y ahora se me ocurre pensar que todavía siguen ahí, en el mismo lugar, tocando La avenida de las camelias para nadie. Nunca supe muy bien qué fue eso, pero me quedó grabado como una visión. Supongo que fue un gesto de la gente de la banda, que cuando se enteraron de que estaban llegando los soldados de Malvinas decidieron salir por lo menos ellos a recibirnos. Porque de hecho, ése fue todo el recibimiento del Ejército Argentino a los veteranos”, recordó Daniel Terzano, clase 55, que había pedido prórroga y debió ir a Malvinas.  Los soldados estaban sorprendidos y, una vez más, desilusionados. Pensaban que apenas arribaran podrían encontrarse con sus familiares. Querían, necesitaban abrazar a sus padres, a sus novias, a sus hermanos.  

Durante dos días, estuvieron en la Escuela de Apoyo de Combate General Lemos, dentro de Campo de Mayo. Mientras los oficiales intentaban mantener el orden, muchos de los jóvenes se rebelaban y exigían que los dejaran salir.   Apenas se supo del regreso, una ola de gente se agolpó en las inmediaciones de Campo de Mayo. En pocas horas eran miles de personas intentando saber si sus hijos estaban vivos o no. Las escenas se repetían en miles de casos, eran idénticas entre sí y se producían en simultáneo: madres y padres tratando de ver si alguno de esos chicos con pelo corto, muy flaco y vestido todo de verde que estaba a casi doscientos metros de distancia era su hijo.  Los soldados llegaban con un doble sentimiento: la angustia por la derrota y el alivio por estar vivios  Los gritos desde las afueras de la guarnición eran incesantes y desgarradores. El nombre y apellido de su hijo. Era un llamado, una invocación para saber si su hijo había vuelto. No se sabía quien había logrado sobrevivir y quién no. Uno de los soldados creyó reconocer que una mujer gritaba el nombre de su amigo. Se lo dijo y aguzaron el oído. Tenían terminantemente prohibido acercarse a los alambrados perimetrales. Al final los dos soldados se convencieron que sí, que la madre de uno de ellos lo estaba llamando. El otro diseñó un plan perfecto para que la mujer se quedara tranquila. Hizo que el resto de sus compañeros se retirara a un costado y quedó parado sólo el que era invocado por su madre. Así, la señora supo que su hijo tenía unos cuantos kilos menos, pero había sobrevivido.  Durante más de dos días no hubo información oficial. Luego los soldados fueron llevados a sus unidades de origen. Allí tenían pensado dejarlos otros dos días, pero la presión de los familiares consiguió que fueran saliendo de inmediato.  Era el tercer domingo de junio, era el Día del Padre. Hubo lágrimas de alegría y de dolor. “Nunca vi llorar tanto a mi papá como ese día en que nos reencontramos. Mi mamá me apretaba tanto que un momento pensé que había sobrevivido a la guerra pero no lo iba a hacer al reencuentro con mi vieja”, contó un soldado.  Los que pudieron se dieron, ese día, los abrazos más largos del mundo.

viernes, 14 de enero de 2022

Julio Irazusta y la condición antinacional de la oligarquía

 Andrés Kozel

No es excesivo sostener que La Argentina y el imperialismo británico, libro publicado por Rodolfo y Julio Irazusta en 1934, contribuyó de un modo decisivo a la fijación de una nueva clave para interpretar la historia argentina.  Afirmar esto significa reconocer el rol fundamental de Rodolfo en la formación de las ideas de Julio; interrogarse sobre cómo fue que ambos llegaron al “momento 1934” -para lo cual será necesario considerar su origen social y su utillaje intelectual y cultural, así como la cambiante coyuntura política en torno a 1930—; y entender la obra posterior de Julio, mayormente historiográfica, como una extensa variación del argumento expuesto en aquel libro liminar.  Desde una perspectiva sociológica, es importante atender al hecho de que, contrariamente a lo que los Irazusta podrían haber deseado en su juventud, en cierto momento que cabe fijar justo en tomo a la coyuntura en que fue concebido La Argentina y el imperialismo británico quedaron descolocados en el campo político, y no les resultó posible recentrarse después. Historia de un historiador a la fuerza es el subtítulo de las Memorias dadas a conocer por Julio. Hay, desde luego, una pista importante en esa fórmula. Quien por origen social, preparación intelectual y disposición vocacional pudo haberse sentido preparado para ser, por ejemplo, canciller de un gobierno “a la altura de las circunstancias”, debió aceptar como destino personal la “condena” de volverse historiador. No cualquier historiador, sino uno consagrado a mostrar a sus compatriotas el camino recto para un país que, en una fase determinable de su pasado, había comenzado a recorrer la senda que eventualmente lo llevaría a la grandeza y que luego, por razones que los Irazusta buscaron desentrañar, extravió el camino.  Este entramado hipotético no aspira a ser original ni mucho menos definitivo. Se ha dicho, y es cierto, que la Argentina es un país que está abundantemente “escrito”; desde luego, también lo está su historia ideológico-cultural. Ocupando un lugar central en dicha historia, la figura de Julio Irazusta, y las corrientes ideológico-intelectuales con las que usualmente se la asocia -el nacionalismo, el revisionismo histórico-, han sido visitadas con recurrencia por analistas de distinta orientación, varios de los cuales serán mencionados en lo que sigue.

 Así, al “Irazusta histórico” se le han ido sobreponiendo otros, emergentes de sucesivos asedios, que no necesariamente componen una figura única, ni siquiera una galería armoniosa de retratos. En esa dinámica se han ido desplegando, como una galería de espejos a la que periódicamente se le van agregando secciones, renovados afanes de actualización, bajo los signos distintos de la admiración, el rechazo, la recuperación parcial, a veces inconfesa. En tales condiciones, sería ingenuo pretender ofrecer una imagen despojada de toda mediación, y ahora sí “verdadera”, de un pensador como Irazusta. 

Rodolfo y Julio Irazusta nacieron en Gualeguaychú, Entre Ríos, en el seno de una familia ganadera tradicional. No por consabidas estas coordenadas dejan de tener importancia, enseguida veremos por qué. Rodolfo vivió entre 1897 y 1967; Julio, entre 1899 y 1982. En el tramo final de la década del diez, ambos comenzaron estudios de derecho en Buenos Aires. Más atraídos por la literatura, la filosofía y -sobre todo Rodolfo- por “la política práctica”, ninguno llegó a concluir dichos estudios. En los años veinte ambos estuvieron en Europa. Según deja saber Julio en sus Memorias, fue Rodolfo quien lo puso en contacto con la obra de Charles Maurras. Además de seducirlo estéticamente, la prosa de Maurras despertó en Julio “un interés por las cosas de la práctica” que hasta ese momento no había experimentado. Julio aclara, sin embargo, que su acuerdo con las ideas políticas de Maurras nunca fue total. Siempre tendió a pensar que era más lo que les debía a las enseñanzas de Benedetto Croce y de Jorge Santayana: desde temprano, estas lecturas lo situaron en la tradición del realismo político, a distancia de la ideología liberal.

Más acá del autodeslinde con respecto a Maurras, no deja de ser cierto que el “sentido” de la empresa historiográfica de Julio guarda una profunda relación de analogía con la orientación general de la empresa maurrasiana. En la sección que sigue veremos en qué sentido y cuán hondamente. Los autores mencionados no agotan las lecturas juveniles de Julio. En su evocación de aquella etapa nombra a “los clásicos”, a Walter Pater y a Charles Gide; también, a los “hispanistas extranjeros” Francisco García Calderón y Carlos Pereyra.  Habiendo sido, al igual que su padre, simpatizantes de la Unión Cívica Radical, en el tercio final de la década de 1920 los Irazusta fueron animadores de la campaña favorable al derrocamiento del presidente Hipólito Yrigoyen, caudillo de aquella agrupación política. Esta paradójica disposición se vehiculizó en las páginas de La Nueva República, periódico publicado entre fines de 1927 y principios de 1932. Según refiere Julio, su participación en aquella aventura tuvo algo de inesperado; hasta entonces, daba la impresión de que sus inquietudes lo llevarían a transitar terrenos más relacionados con la cultura que con la política. La Nueva República cultivó una prédica tradicionalista, conservadora e incipientemente nacionalista. Como ha establecido Enrique Zuleta Alvarez, las principales referencias del periódico eran varios pensadores clásicos y modernos leídos en clave tradicionalista y contrarrevolucionaria, los conservadores españoles decimonónicos, la también española generación del 98 y Maurras y sus seguidores.   Dentro de la experiencia neorrepublicana, cabe distinguir dos grandes etapas, separadas entre sí por una breve fase transicional ubicable en torno al golpe de Estado de septiembre de 1930. Tal como ha indicado Fernando Devoto, si hasta mediados del año 1930 la prédica incipientemente nacionalista parecía una variante específica dentro de la más amplia sensibilidad conservadora antiyrigoyenista, a partir de ese momento se constata su radicalización, consonante con la creciente efervescencia del campo político, aunque con particularidades.6 Consideremos esto con algún detalle.  Antes del golpe, los neorrepublicanos reivindicaban la tradición liberal y la Constitución de 1853. Sin embargo, no sucedía lo mismo con la democracia; de hecho, exigían la reforma de la Ley Sáenz Peña. El matiz liberalizante distinguía al grupo de prédicas afines aunque más exaltadas, como las de Leopoldo Lugones y Benjamín Villafañe.

Después del golpe, los neorrepublicanos no sólo intensificaron su antiyrigoyenismo -disposición pronto rectificada-, sino también la ruptura con el mundo liberal-conservador. Si esta propensión era clara en el momento del golpe, se profundizó poco después, al tomarse evidente que el gobierno de José Félix Uriburu no estaba dispuesto a enfrentarse a aquel mundo -el mundo de la oligarquía- con la radicalidad solicitada por los neorrepublicanos.  Sobre ese telón de fondo ha de situarse el “viraje” de Rodolfo Irazusta, protagonista central de la experiencia neorrepublicana. Oportunamente destacado por Zuleta, dicho viraje es clave para comprender la gestación y el sentido del libro de 1934.  El hito puede fijarse en octubre de 1931, cuando en las páginas de La Nueva República apareció el artículo titulado “La filiación histórica”. Todo aparece ahí “patas arriba”. Llaman la atención el encono con Uriburu, la recuperación de la figura de Yrigoyen, la condena del liberalismo y de la Constitución de 1853. Sobresale asimismo la incitación dirigida a los dirigentes radicales para que asuman frontalmente su verdadera tradición política. Zuleta tuvo razón en destacar la hondura del viraje, aun si quizá -como lo advirtió Cristian Buchrucker- tendió a sobreestimar su significación desde el punto de vista de la historia ideológico- cultural general. Como sea, antes del viraje de Rodolfo, y más allá de alguna excepción específica recordada por Zuleta, no se aprecia en la prédica neorrepublicana huella alguna de que se estuviera fraguando una reivindicación de la figura de Juan Manuel de Rosas ni, todavía menos, una nueva mirada sobre el pasado nacional. Todo sería diferente después de “La filiación histórica”.

TEMA PRINCIPAL. EN EL NOMBRE DEL PADRE  En sus Memorias, Julio Irazusta inscribe la aparición de La Argentina y el imperialismo británico en un clima más amplio, “especie de eclosión de conciencia nueva sobre la realidad nacional”. Se creaba la comisión para repatriar los restos de Rosas; Ernesto Palacio daba a conocer Catilina. La revolución contra la plutocracia en Roma; se gestaba la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA); tenía lugar la investigación sobre el comercio de carnes que acabaría en la tragedia de julio de 1935. Así, junto con otras fuentes, el testimonio retrospectivo de Julio ha alimentado una imagen generalmente aceptada por los especialistas, según la cual la emergencia del revisionismo histórico argentino ha de inscribirse en el clima de desazón e incertidumbre que siguió a la crisis económica y política de 1929-1932.  Julio recuerda que el proceso concreto de gestación del libro se inició en el Café Royal de Gualeguaychú, en una de cuyas mesas, la noche del 3 de mayo de 1933, Luis Doello Jurado, Rodolfo y él mismo conversaron animadamente sobre las estipulaciones del acuerdo angloargentino conocido como “Pacto Roca-Runciman”.  Había transcurrido apenas un año y medio entre el viraje de Rodolfo y la ideación del libro. Varias cosas se movieron en ese lapso. Una tiene que ver con los avatares del Frigorífico Gualeguaychú. Esa experiencia, vivida con intensidad dado el origen social de los Irazusta, les permitió advertir que, si “los dos radicalismos” -el de Alvear y el de Yrigoyen- habían favorecido a aquella entidad con el crédito oficial, los conservadores no hicieron lo mismo: enemigos del monopolio extranjero cuando eran oposición, terminaron sirviéndolo abyectamente desde el gobierno. Los nombres de Mariano Fragueiro y Raúl Scalabrini Ortiz se daban cita en esos pasajes: “A la luz de estas comprobaciones se nos aclaró el pasado local y nacional”.

Otro cambio alude a lecturas y ajustes interpretativos. Al parecer, fue en ese mismo lapso que los Irazusta tomaron contacto con la obra de Adolfo Saldías sobre Rosas, así como con la correspondencia de José de San Martín. Enriquecidos por la experiencia del frigorífico y provistos de este instrumental interpretativo, pudieron ajustar su apropiación de las ideas de Charles Maurras, tomándola más consistente. No porque se volviesen monárquicos como el ideólogo de la Action Frangaise, sino porque, aplicando el criterio maurrasiano de la “grandeza nacional” para juzgar la experiencia histórica, quedaron “listos” para identificar el tramo histórico en el cual el país había estado más cerca de realizarse cabalmente: la “experiencia feliz” de la Argentina había sido la época de Rosas. Otros temas clásicamente maurrasianos pasaron a integrar el ensamblaje: destacan entre ellos el rechazo de la plutocracia y el énfasis en la soberanía del Estado.

La Argentina y el imperialismo británico recibió elogios de Manuel Gálvez, Ramón Dolí, Enrique Larreta, Eduardo Mallea y Emilio Ravignani. Ramiro de Maeztu le dedicó un comentario en España. Según Julio Irazusta, no alcanzó a obtener el premio municipal de 1934 debido a la intervención directa del intendente Mariano de Vedia y Mitre, quien lo consideró “potencialmente subversivo”.

El libro se divide en tres partes. Una está dedicada a la misión Roca; otra, al tratado; la última, a la oligarquía argentina vista en perspectiva histórica. De acuerdo con los Irazusta, el resultado de la misión Roca había sido reforzar la dependencia del país respecto de Gran Bretaña. Varias eran las razones por las cuales los autores diferían del criterio seguido por los enviados argentinos en la negociación. En primer lugar, consideraban que el país podía haber negociado no como lo hizo, sino desde una posición de relativa fortaleza. En segundo, intuían que Gran Bretaña no estaba en condiciones de prescindir de las carnes argentinas. Finalmente, juzgaban innecesarias las concesiones discursivas que se realizaron (ejemplo conspicuo fue el de la sobrevaloración del papel desempeñado por Gran Bretaña en la independencia hispanoamericana) . Para los Irazusta, el acuerdo obturaba el único camino disponible para contrarrestar la dependencia. Ese camino era la industrialización, un motivo que venían cultivando, desde la década anterior, entre otros, Alejandro Bunge y Leopoldo Lugones. De este modo, el pacto resultó ser un arreglo contrario al interés nacional.

A los ojos de los Irazusta, las causas de los errores, del miedo y de la frustración de los enviados debían buscarse no en alguna deficiencia personal, sino en la historia de la oligarquía argentina. ¿Qué enseña la versión irazustiana de esa historia, concebida, en lo primordial, por Rodolfo? Ante todo, tematiza el carácter antinacional de la oligarquía argentina. Sin embargo, esto no se vincula a un cuestionamiento a la dominación oligárquica en tanto tal. Para los Irazusta hay, conviene recordarlo, “oligarquías benéficas”. La objeción es de carácter histórico: el problema es esta oligarquía en particular, tal como quedó conformada a lo largo de un proceso concreto. De acuerdo con los Irazusta, la oligarquía argentina se constituyó ‘como tal” tras el triunfo de una de las facciones del viejo partido de la independencia sobre la otra. Si en el origen ese triunfo fue provisional (1826), un cuarto de siglo después resultó definitivo (1852):

[Rivadavia] pertenecía [...] a la facción que podría llamarse del progreso, en oposición a la que podría llamarse de la independencia. El principio de esta era “patriotismo sobre todo”; el de aquella, “habilidad o riqueza”. Admitamos que motivos personales movieron a López (el del “Himno”), que llega a hablar de revolución y contrarrevolución, a establecer aquella nomenclatura de los partidos argentinos de 1810 a 1830. Los hechos la confirman.  Este crucial pasaje muestra de qué manera los Irazusta se apropiaron de la interpretación del siglo XIX argentino que late en una carta de Vicente López y Planes a San Martín, fechada el 4 de enero de 1831. La tributación es evidente; también lo es que los corresponsales de 1831 concordaban en que la causa del partido del patriotismo era cualitativamente superior a la de la riqueza. Más allá, la puesta de relieve de la disposición favorable del Libertador hacia Rosas formaría parte del corazón de la economía discursiva del Julio Irazusta historiador; en esta línea, la cuestión de la cesión testamentaria del sable jugaría un papel central. Toda la empresa de revisión de la experiencia nacional quedó fundada, así, bajo la mirada aprobatoria del Padre de la Patria.

“Complicidad en el error”, “complicidad en el crimen”, “traición a la patria”, tales los cargos que los Irazusta le dirigen a la oligarquía. La era de Rosas fue, a su juicio, un paréntesis afortunado. Sus triunfos delinearon el espectro, insoportable para Inglaterra, de “una gran potencia sudamericana”, y dejaron al país en una situación auspiciosa. Sin embargo, todo se perdió con la caída del dictador. El desenlace de 1852 fue trágico, pero no definitivo: “Nos quedaría lo suficiente para libertarnos del todo cuando lo queramos”.

Sobre el período post-Rosas, el libro perfila una valoración global negativa. Sin embargo, dentro de lo ominoso del cuadro despuntan matices, algunos importantes: Urquiza, Mitre, Roca no salen tan mal parados del juicio. La crisis de 1890 y los gobiernos radicales son vistos como reacciones de la sociedad o como pasos espontáneos hacia la liberación. El golpe de Estado de 1930, al que ellos habían apoyado y promovido poco antes, es redefinido ahora como “lo más parecido que darse pudiera a una restauración de la oligarquía” —que, habría que agregar, es, en el caso argentino, una oligarquía antinacional—. Así fue como, del procesamiento franco de una decepción política -con Uriburu, con lo que le siguió, con la experiencia del frigorífico- y de la incorporación de nuevas referencias y de los ajustes interpretativos derivados, surgió, un par de años después del “viraje” de Rodolfo, una clave nueva para interpretar la historia del país. Se trata además, como vemos, de una clave que se “sobrelegitima” al hallar respaldo en la voz y en los gestos del Libertador.

En 1935 Julio Irazusta dio a conocer su Ensayo sobre Rosas y la suma del poder. Prolongación directa de aristas ya comentadas, el Ensayo presenta tres ideas principales.

La primera señala que la dictadura de Rosas no fue una aberración, sino una consecuencia de las circunstancias. La segunda consigna que, en su tiempo, Rosas vino a llenar el ideal del buen gobierno: su política restauradora y empírica habría asegurado la unidad del país en un trance delicadísimo. La tercera sostiene que la caída de Rosas acarreó consecuencias nefastas para el país, sumiéndolo en una concatenación de desgracias que evitaron que se convirtiera en potencia mundial. El punto de fuga abierto por la tematización explícita de lo contrafáctico desempeña un papel crucial aquí. Aunque objetable, esta propensión, sumada a la no menos objetable disposición a enjuiciar a todos los actores históricos en clave moral, otorga a los desarrollos irazustianos un vuelo interpretativo que es a la vez singular y clásico.  Señala Irazusta que la caída de Rosas se explica primordialmente por la “soledad intelectual” del dictador. La imagen empalma con la del carácter antinacional de la prédica de dos generaciones de intelectuales emigrados. Argumentalmente se combina con otros motivos, como el de la falta de genio militar del dictador y el del carácter desfavorable del espíritu del siglo -nacionalista en Europa, extranjerizante en Sudamérica, liberal en todas partes—. No todo es completamente nuevo aquí. Varios de los elementos mencionados habían aparecido en las obras de Adolfo Saldías y de Ernesto Quesada, así como en las elaboraciones de Carlos Ibarguren y Emilio Ravignani. Por lo demás, zonas fundamentales de la argumentación enlazan con el “Discurso sobre la dictadura”, de Juan Donoso Cortés, lectura irazustiana predilecta.

Recuerda Julio que, tras leer su Ensayo sobre Rosas, Manuel Gálvez lo instó a escribir una obra de mayor aliento sobre Rosas y su época.19 En 1938 Julio participó, junto a Ernesto Palacio, Ramón Dolí, Manuel Gálvez, José María Rosa, Vicente Sierra y otros, de la fundación del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas (IIHJMR), que acabaría siendo, por largos años, el “cuartel general” del revisionismo histórico argentino. El caso de un país con dos grandes versiones de la historia, cada una con variantes y subvariantes, quedó así formalizado institucionalmente: ¿es excesivo pensar que se expresa allí un imaginario escindido, fracturado?

En los primeros números de la Revista del IIHJMR se publicó el ensayo de Julio Irazusta sobre Alberdi. En sus páginas se profundiza el tratamiento asignado en 1934 y 1935 a la coyuntura de 1838, en particular, al papel jugado en ella por los jóvenes intelectuales. Para Irazusta, el viraje alberdiano de 1838 prefiguró la coalición definitiva de 1851-1852.

Noriko Mutsuki puso de relieve que, en algunas contribuciones breves dadas a conocer por Julio iniciada la Segunda Guerra Mundial, aparecen dos elementos novedosos. El primero es la idea según la cual había que ver en el eventual colapso británico una oportunidad emancipatoria. El segundo es el perfilamiento de la contraposición entre los orbes protestante y católico, motivo que, üempo después, le sería útil para asignarle mayor densidad a la reivindicación de la figura de Rosas. Poco después, elementos tomados de la obra de Amold J. Toynbee se integrarían a la trama hispanizante. Julio Irazusta se detuvo en el tratamiento de estos temas en su ensayo sobre Tomás Manuel de Anchorena, pieza clave. Frente al golpe de Estado de 1943, la actitud de los Irazusta fue análoga a la que manifestaron en 1930 y a la que desplegarían en 1955: transcurrido un tiempo, su entusiasmo inicial se trocó en decepción. Enseguida, y a diferencia de varios de sus compañeros revisionistas, no se sintieron atraídos por el peronismo.

La obra mayor de Julio Irazusta es Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia, compuesta por ocho volúmenes publicados entre 1941 y 1969. Desconozco si Vida política colmó las expectativas de Gálvez, aunque es, sin duda y por múltiples razones, una obra notable. En términos generales, puede caracterizarse como un largo contrapunteo polémico con la “leyenda roja antirrosista”. Según Irazusta, dicha leyenda fue foijada por los antirrosistas contemporáneos del dictador (Florencio Varela, Sarmiento, Alberdi, Echeverría, Rivera Indarte, Lamas, etc.), para ser desarrollada luego por la “historiografía oficial subvencionada de cuño liberal” (en parte, Vicente Fidel López; más nítidamente, José María Ramos Mejía y Paul Groussac; más cerca, el doctor Celesia). A lo largo de miles de páginas, Irazusta dispone rigurosamente, enhebrándolas con lúcidos comentarios, incontables voces rescatadas de los archivos. El coro es numeroso, y varios “solistas” van alternándose para acompañar la voz principal, que es, obviamente, la del propio Rosas. Pero en el ensamblado es crucial el papel desempeñado por San Martín. El constante apoyo que el dictador recibiera del Padre de la Patria, en aquellos años radicado en Francia, es ilustrado y puesto de relieve con resolución. Sin ser demasiadas, las intervenciones de San Martín poseen un “peso específico” muy considerable desde el punto de vista retórico.

Se aprecia en ello, sin duda, un explícito afán de robustecimiento del gesto de invocación al Padre que habíamos detectado al analizar el libro de 1934. La voz del Libertador es una “carta” de valor especialísimo; esgrimiéndola, parece que el autor puede sobreponerse a las vacilaciones, puede superar las escabrosidades, puede, en suma, salir victorioso en todos los contrapunteos polémicos.  Vida política es el aporte mayor de Julio Irazusta, aunque no es el único. En estudios de menor extensión abordó otras figuras y momentos de la historia del país. Ya mencionamos la importancia de su ensayo sobre Anchorena. Insistamos en que, vistos de cerca, sus juicios sobre las etapas que siguieron a la caída de Rosas no constituyen una “condena en bloque”, sino que dejan apreciar matices.

En 1950 Julio dejó de pertenecer al IIHJMR. De acuerdo con Quattrocchi, el paso se explica por su disgusto frente a la “creciente peronización” de la entidad, así como por su desacuerdo con la adopción de ciertos “métodos de divulgación popular” del conocimiento. En 1956, Julio dio a conocer Perón y la crisis argentina, áspero enjuiciamiento de la década y del caudillo.

La mirada de Julio Irazusta sobre la historia del país desarrolla en múltiples planos el boceto delineado por su hermano Rodolfo a fines de 1931 y reafirmado por ambos en el libro seminal de 1934. Sus ejes vertebradores son el de la “condición antinacional de la oligarquía” (condición debida, a sus ojos, al triunfo de una facción sobre otra y, en última instancia, a la deficiencia cultural de la facción triunfante), y el de la época de Rosas como “edad feliz” de la historia argentina.

Un razonamiento simple aunque atendible indicaría que, al ser la deficiencia de índole cultural, asociada, en particular, a un déficit de comprensión histórica, es natural que la propuesta de remediación busque situarse precisamente en ese registro, el de la (re) escritura de la historia. El propósito último de la empresa sería no tanto ganar voluntades mayoritarias (para que se movilicen o sufraguen de una determinada manera) cuanto crear las condiciones de aparición, ascenso y perduración de un gran estadista de visión preclara. Se trataría, en suma, de producir algo así como un nuevo Rosas.

De inspiración primordialmente maurrasiana, la labor de reescritura emprendida por Julio Irazusta sólo en principio quedó circunscripta al ámbito de la historia nacional. Pronto, el tópico del fracaso argentino se expandió y pasó a abarcar nuevas esferas. Interpretado desde una clave hispanista, no desprovista de algún matiz toynbeeano incorporado más tarde, el fracaso del país pasó a ser pensado como la causa eventual de un fracaso civilizatorio global que, conceptuado de manera algo borrosa, es punto de fuga y, a la vez, non plus ultra de sus planteamientos. Por esta vía, las deficiencias de la oligarquía argentina figurarían entre las razones de los desbalances geopolíticos del mundo de mediados del siglo XX. En virtud de este tipo de remisiones, autores como Irazusta, o como el mencionado Carlos Pereyra, pueden ser leídos, no sólo como prototípicos o ilustrativos de una sensibilidad iberoamericanista derechizante, sino además en clave “civilizacional”.

La figura retórica que tal vez mejor condensa la “naturaleza última” de la ecuación irazustiana es la de la proliferación de encrucijadas mal resueltas en el pasado. En efecto, en la obra de Julio, los dirigentes argentinos desaprovechan, vez tras vez, las oportunidades doradas que se les presentan, optando ineludiblemente por seguir las alternativas más distantes del verdadero interés nacional. El acento en la proliferación y en los matices no debe conducir a perder de vista que, para Irazusta, el fracaso argentino es, en lo fundamental, consecuencia de las resoluciones desfavorables de las encrucijadas de 1838 y 1852.

Intelectuales más o menos contemporáneos a los Irazusta, como Benjamín Villafañe o Leopoldo Lugones, también cultivaron la figura de la encrucijada. Sin embargo, las disyunciones tematizadas en sus elaboraciones no se situaban en el pasado, sino en el presente de la enunciación e, incluso, en ese momento, tan difícil de apresar, en que el presente se desgrana para tomarse futuro. La disposición de Julio Irazusta a hacer visibles encrucijadas mal resueltas en el pasado singulariza sus elaboraciones, dotándolas de una definida coloración decadentista y melancólica

Es, como mínimo, tentador postular una conexión entre la experiencia de descentramiento político y la disposición decadentista/melancólica. Sin embargo, y pese a ostentar tan marcadas disposiciones pesimistas, Julio Irazusta no permitió que su pluma se deslizase hacia planteamientos fatalistas. Lejos de ello, en ningún momento dejó de concebir el futuro como algo dependiente de la voluntad y de la actividad humanas y, en consecuencia, como algo abierto. Tampoco llegó a abandonar del todo la imagen del “destino de grandeza” que supuestamente le aguardaría a la Argentina. Esto obliga a matizar, o a pensar más a fondo, la conexión postulada, así como las imputaciones de inhistoricidad y de clausura que hemos insinuado.

En casos como este, el sentido de evocar una imagen como la del destino de grandeza es ambivalente: por una parte, permite que discurran ciertas filtraciones optimistas en un cuerpo de pensamiento que es característicamente de signo contrario; por la otra, al operar más como un “deber ser” de muy difícil acceso que como un desenlace necesario y tranquilizador, contribuye a poner de relieve, por la vía del doble contraste -con la época valorada y con el futuro deseable (que, pese a todo, no es descartado como posibilidad)-, las tremendas insuficiencias del presente. Establecer los efectos que una operación así puede tener sobre unos lectores más o menos empáticos es difícil y rebasa los alcances de este aporte; no deja de constituir, sin embargo, un fascinante horizonte de indagación.

martes, 11 de enero de 2022

Leandro N. Alem

Por Miguel Angel De Marco

El nombre de Leandro Alem, conocido antes por la mayoría de los argentinos, hoy parece poco menos que ausente de la memoria colectiva, incluso entre una franja de los que simpatizan con el partido que el caudillo de Balvanera pensó como instrumento destinado a sostener los principios republicanos y democráticos en su patria. No es que se carezca de lúcidos estudios sobre sus ideas políticas y su influencia entre los argentinos, pero, insisto, en la versión acotada y a veces maniquea de nuestra historia que llega al gran público, parece no existir espacio para aquel hombre valiente y desafortunado que clamaba por la pureza electoral y no vacilaba en empuñar el remington en su afán de imponerla aun por la fuerza.  Como su mentor y guía Adolfo Alsina, Leandro Alem cultivaba una oratoria sencilla y viril, grata a un pueblo que solía moverse más por sentimientos espontáneos y generosos que por los mandatos de la perseverancia y la razón
Caudillo de compadritos y orilleros, pero también de "gente decente" que aspiraba a un vuelco en las costumbres ciudadanas, aquel hombre de temprana barba blanca despertaba con su presencia una especie de mística entre los que lo seguían por las calles y en los mítines. Alem era temperamento y acción. Apelaba al corazón y convocaba a dar batalla en favor de una nación republicana, legalista, honesta, en la que no tuvieran lugar las alianzas de notables sin la participación del pueblo. Por eso contó con el incondicional apoyo de la juventud, que lo reconoció como un cruzado de la decencia cívica.
Al igual que Roca y Pellegrini, a los que fustigó como representantes de un "régimen nefasto", había tenido su bautismo de fuego en los campos de batalla de Paraguay. Toda una generación despertó a la vida entre fogonazos de cañones y fusiles, a la vez que riñó por sus ideas en los campamentos con la misma crudeza con que lo hacían sus líderes en los diarios y el Congreso.
Se conocían íntimamente y se alineaban según su percepción del camino que les parecía viable para la construcción del país. Roca, metódico, paciente, tan acostumbrado a alinear los "chinos" del Ejército de Línea como los hombres con los que pensaba contar en el futuro, se preparaba para ser un estadista eficaz y pragmático. Pellegrini, "el Gringo", encerraba en su cuerpo poderoso un alma capaz de explosiones temperamentales tan inesperadas como temibles, pero poseía una mente organizada y una envidiable claridad para detectar y resolver los problemas del país. Alem, en cambio, parecía más apto para poner el pecho en los entreveros que para entregarse disciplinadamente a cumplir con la meta anhelada. Había sufrido y padecía grandes tormentas personales: era una criatura cuando su padre, miembro de la temible Sociedad Popular Restauradora en tiempos de Rosas, fue ajusticiado con otros "mazorqueros". Su niñez fue tan triste como su juventud, signada por las privaciones. Sin embargo, halló fuerzas para sumarse al Ejército Argentino en la primera etapa de la lucha contra los paraguayos, y para concluir su carrera de derecho. La pobreza lo mordió sin piedad. Sus dietas de legislador no alcanzaban para cubrir los gastos de sus familiares desvalidos. Quizá por eso no formó hogar y permaneció soltero. Casi siempre lo atenacearon las deudas, y sus vencimientos impagos en los bancos fueron esgrimidos como filosa arma destructiva en los días iniciales del radicalismo.Su coraje lo llevó a enfrentarse al Unicato de Miguel Juárez Celman en la revolución del 26 de julio de 1890, después de hacer oír su voz en las grandes asambleas populares junto a políticos que no apreciaba, en aras de unir a la oposición en un solo haz. Pero si logró la escisión de la Unión Cívica y la formación de la Unión Cívica Radical, donde su liderazgo no tardó en ser cuestionado a pesar de la devoción de buena parte de sus correligionarios, no consiguió poner en práctica un programa. Si se conjugaron en su contra poderosos intereses y adversarios externos -por ejemplo, Mitre y Roca, que llegaron al célebre acuerdo para evitar que terminara de remontar vuelo político-, también soportó larvadas oposiciones internas que terminaron por quebrar su voluntad.
Era diputado nacional cuando optó por el camino de una nueva revolución que estalló en varios puntos del país en 1893 y fue derrotada. Prófugo y preso en la cárcel de Rosario, dirigió a sus correligionarios la conocida carta: "Aquí nadie se ha rendido y nada se ha perdido. Cada uno a su casa, guardando bien las armas". Se había perdido, y mucho, como ocurre en las convulsiones donde mueren personas y se agotan bienes y energías.
Rechazado su diploma de senador, fue elegido diputado por la Capital ante el Congreso de la Nación. Lo envolvía una depresión profunda pues veía que su propio sobrino Hipólito Yrigoyen cuestionaba su manera de conducir el radicalismo. La intransigencia en la lucha contra sus adversarios, que llevaría a su partido a una prolongada ausencia de la vida cívica mediante la abstención, se proyectaba hacia adentro, con los suyos. Se había encerrado en su propio bastión. Y el 1° de julio de 1896, puso fin a su vida de un balazo, a los 54 años, dentro del coche que lo conducía hacia el Club del Progreso.
Cada vez más se acentúa en mí la idea de que, con su creciente incapacidad para el diálogo, expresada en la sentencia "que se rompa pero que no se doble" con que encabezó su última carta, Alem, de quien estoy escribiendo una biografía, contribuyó a demorar el largo proceso que concluyó con la ley Sáenz Peña y el propio triunfo de su partido. La evocación de esa frase también aumenta mi convicción de que sin buscar coincidencias de fondo será imposible superar las actuales y crecientes dificultades de la Argentina.

viernes, 7 de enero de 2022

Los Padres del Restaurador

Por Ricardo Geraci Del Campo Ríos


Un 12 de diciembre de 1845 partía hacia latitudes celestiales doña Agustina López de Osornio, madre de J. M de Rosas. En este caso y como hechos anécdoticos, repasaré algunos elementos de la vida cotidiana del matrimonio que dará al país a uno de los hombres más determinantes de la historia. Aclarar la fuente en este caso me parece importante debido a que el sobrino de Rosas, Lucio V. Mansilla, hijo de Agustina Rozas y Mansilla y el gran general patriota Lucio N Mansilla fue en definitiva un hombre más de la <<Generación del 80>> que hacia 1898 escribe un ensayo histórico-psicológico sobre su tio Juan Manuel con un tipo de narrativa coloquial, breve y plagada de interpretaciones de tinte psicológico , absolutamente exageradas y errantes. Tuvo de hecho critícas por esta osada forma de escribir de los intelectuales de su tiempo. Como hombre de esa generación de rosistas arrepentidos o liberales conspicuos, Lucio fue polifacético: militar, gobernador, escritor, Presidente de la Cámara de Diputados, orador, etc. Aún asi fue un hombre inflado por su propio ego y era un dandy de modos un tanto teatrales.
Su conocimiento de la familia a la cual pertenecía no se sirvieron tanto de sus propias experiencias sino del relato de familiares y supo conocer algunas cuestiones del andar cotidiano de los padres de su madre, es decir sus abuelos ( Don León Ortiz de Rozas y Doña Agustina López de Osornio ) y hacer una breve semblanza de lo que allí en Rincón de López acontecía.
Su madre le habrá contado- como aquellas historias que se le cuentan a los niños- muchisímas anécdotas y cuestiones que le dieron a Lucio una idea que después definitivamente deforma con sus elocuentes interpretaciones psicológicas. De todos modos, aquello que cuenta en su obra sobre Rosas lo interpretaré bajo mi criterio, pero solo aquello en lo que puede uno percibir como descriptivamente importante, para disfrutar de una semblanza sobre los progenitores de Juan Manuel y sus hábitos cotidianos.
LOS PADRES DE J. M DE ROSAS, SU LINAJE Y HÁBITOS ALIMENTICIOS
"LA CULTURA DEL COMER ABUNDANTE" : Don León Ortiz de Rozas descendía de una familia de nobiliarios y linajes distintos al de su amada esposa Agustina. La naturaleza de estos apellidos, su composición e historia también lo serían. Doña Agustina solía referirse al linaje del esposo como plebeyo de origen y en alguna disputa por el estilo llegó a decirle: "Y tú quién eres? , un aventurero ennoblecido, por otro que tal (se refería a don Gonzalo de Córdoba, del cual fue soldado el primer Ortiz, don León había sido capitán del Rey) mientras que yo desciendo de los duques de Normandía; y, mira, Rozas, si me apuras mucho, he de probarte que soy pariente de María Santísima" ¹
En los modos orgullosos de abolengo de la madre del Restaurador, hay una diferencia importante con otros apellidos de alcurnia del país. Por ejemplo las tertulias que ofrecía doña Agustina a sus parientes o amigos ( todas familias patricias ) se desenvolvían en un ambiente de decoración austera y hábitos católicos, asistían los Pueyrredón, Necochea, Las Heras, Olavarría, Guido, Alvear, Balcarce, Saavedra, Olaguer y Feliú, los Azcuénaga y los Álzaga, pero claramente distaba el matrimonio Ortiz de Rozas y López de Osornio de aquellas costumbres nuevas que las uniones de parentesco tradicionales adoptaban en relación a la comida francesa y los hábitos de consumo:
"El pan cotidiano era siempre abundante y suculento. Aunque llegaran de improviso los parientes y amigos que llegaren, siempre sobraba lo suficiente para la numerosa servidumbre de tan larga familia. No había muchos adornos en la mesa, de cuando en cuando algunas flores. Vino se tomaba poco. Los niños no lo probaron. El lujo de doña Agustina consistía en la pulcritud del mantel y limpieza de los cubiertos de plata maciza. Nada de fuentes con tapa, todo estaba a la vista; “pocos platos, pero sanos, era su divisa, y que el que quiera repita”. Así solía decir: “Déjame, hija, de comer en casa de Marica (se refería a la célebre misia María Thompson de Mandeville), que allí todo se vuelven tapas lustrosas y cuatro papas a la inglesa, siendo lo único abundante su amabilidad. La quiero mucho; pero más quiero el estómago de Rozas". ²
RELACIÓN DEL MATRIMONIO
Asi como expuse que pensaba doña Agustina sobre su posición de alcurnia superior a la de su marido, es correcto precisar que la relación entre ambos fue de mucha cordialidad y respeto. Se llevaban bien en un hogar muy austero, de modos cristianos y costumbres criollas. Según Lucio, Doña Agustina se ocupaba de su marido y lo cuidaba con esmero, pero hay que comprender que estuvo más ocupada en la crianza de sus hijos ya que por año lograba con precisa fecundidad dar a luz a un niño o niña, ( 20 hijos ). Juan Manuel de Rosas es el segundo y primer varón del matrimonio. Doña Gregoria fue la unica hermana mayor de Rosas y ambos lograron enlazarze con otra familia de abolengo de Buenos Aires; los Ezcurra.
En esta relación de familia laboriosa, numerosa y de tradiciones bien criollas, don León era el hombre tranquilo, bondadoso, paciente, aunque de vez en cuando tenía sus arranques como suele describir Lucio V Mansilla en su obra.
El padre de Rosas, vivía sano, contento, leía poco y jugaba al truco, presidiendo la mesa con solemnidad y solía en medio de la partida recitar algunos versos que él mismo inventaba:
"Tienes un grande barreno
En jugar al truquiflor;
Yo te he de bajar al talle
Y has de quedar de mirón" ³
Se puede llegar a confundir uno, en creer, como suele decirse ,en que la madre de Rosas llevaba los pantalones en la casa. No fue asi, o por lo menos, no del todo. "Atendía al marido como los de su época, ella misma le hacía el moño de los zapatos de paño negro, de lo más fino, y el nudo de la ancha blanca corbata; y después de mirarse en la reluciente pechera de la camisa brillante como un espejo, le ponía con gracia el sombrero alto de copa, y le presentaba el bastón de caña de junco con puño de oro". ⁴
El carácter dominante de dóna Agustina contrastaba con cierta pasividad de don León, de allí da claramente la sensación del poder adjudicado a la madre de Rosas en la relación. Otro factor importante, es que el aporte de la ampulosidad económica la dio absolutamente la López de Osornio , y el poder laborioso del conocimiento en el trabajo rural pasado de generación en generación, sobre todo desde Rincón de López y la fortuna del padre don Clemente López. Dicho esto es necesario aunque ello implique caer en repeticiones, que más allá de lo dicho arriba, no debe deducirse que don León Ortiz de Rozas fuera un hombre debil o adocenado como describe Lucio...su aparente docilidad eran condescendencia y amor. Agustina de cualidades sólidas era la cara más activa y altiva de la pareja; "diligente, activa, movediza, trabajadora, ordenada, económica, caritativa , y a la vez imperiosa" ⁵
Una anécdota de indiscutible autenticidad para Lucio V Mansilla, es aquella que a continuación se podrá leer.
" Una noche, viviendo en la calle de la Defensa ahora, la casa está intacta , serían así como las dos de la mañana, se sintió ruido en las azoteas. Es de advertir que don León y doña Agustina tenían aposentos separados; criando ella casi siempre, no quería que su marido fuera turbado en su sueño. Sentir el ruido, poner el oído, pensar ¡ladrones! y llamar a una huérfana que la acompañaba, diciéndole "anda y cierra la puerta de Rozas no sea que oiga y que se moleste", fue todo uno. Encarnación, que así se llamaba la muchacha, obedeció callandito. Y doña Agustina se levantó, tomó de un rincón la vara de medir (en casi todas las casas la había), y, sin más armas, subió por una escalera del fondo y puso en fuga a dos pájaros que, en efecto, parecían dispuestos a descolgarse. Sólo al día siguiente se supo lo acontecido. He ahi un rasgo caracteristico de doña Agustina, que todos los viernes hacía enganchar el coche grande, guiado por un alto cochero mulato, excelente hombre, llamado Francisco, para irse por los suburbios a distribuir limosna entre los menesterosos reales y traerse a su casa, donde había una sala hospital, alguna enferma de lo más asqueroso, que colocaba en el coche al lado mismo de una de sus hijas, la que estaba de turno, y a la cual le incumbía el cuidado de la desgraciada hasta el momento en que sanaba o el cielo disponía otra cosa" ⁶
En conclusión es un tema largo donde desde la pluma de Lucio se desprenden un sin fín de historias, algunas de las cuales pasaron por el modo exagerado del sobrino de Rosas de teatralizar todo. Quizas eventualmente desde sentido práctico que se debe tener si se quiere relatar aquello que encumbre a personajes históricos relevantes, me pregunto yo a estas alturas ¿no será que todo lo és?. En la historia una cosa siempre lleva a la otra, y eh aquí un pequeñisimo aporte de hábitos y costumbres de personajes que vivieron hace unos doscientos años atrás, como si ello no fuera relevante. Doña Agustina Lopez de Osornio a 176 años de su desaparición física, son de esos personajes importantísimos de nuestra historia que explican aunque sea desde una referencia, ¿que sucedía?, ¿como se vivía?, ¿en que se pensaba? y ¿como se actuaba? en aquellos tiempos coloniales. De este modo coloquial espero haberles hecho llegar una pequeña descripción de lo que a muchos amantes de la historia nos importa; los usos y costumbres de nuestros antepasados.
Finalmente, doña Agustina se vale por si misma en el plano del analisis histórico, dejando de lado su condición de madre de J.M de Rosas, para ganar protagonismo como ejemplo de criollismo y laboriosidad.
Bibliografía: Lucio V. Mansilla / Rozas, Ensayo Histórico- Psicológico
AZ editora.
¹ ² ³ ⁴ ⁵ ⁶ (*)
(*) Textual de la obra de Lucio V. Mansilla

domingo, 2 de enero de 2022

Aspectos aclaratorios de «Historia de la historiografía»

Por el Dr. Julio Horacio Rubé

Este trabajo es una Historia de la Historiografía y un panorama de la Ciencia Histórica en sus principales momentos, con sus planteos metodológicos, con sus debates y con sus Combates por la Historia, como los denominó Lucien Febvre (1878-1956) en una de sus conocidas obras. Se parte de la afirmación de que la Historia es una ciencia, peculiar, pero ciencia al fin, y tal aserto proviene de su propia naturaleza. Tiene un método, resultado de un lapso prolongado de especulaciones y de debates acerca de cómo debería abordarse la investigación científica, un objeto y también un propósito: alcanzar o aproximarse a la verdad, con ese carácter y al igual que otras ramas del conocimiento. Pero no siempre se la tuvo como ciencia. Por eso, antes que cualquier otra cuestión y en este sentido, es esencial que se recuerde cómo se la valoró desde Heródoto, Tucídides, Jenofonte, Polibio, Tito Livio, Plutarco, etc., la especial concepción con la que se la concibió en la Antigüedad y bajo la influencia del cristianismo, en la Edad Media, en la Ilustración, durante el romanticismo, etc., hasta la contemporaneidad. Y es aquí, en la contemporaneidad, en donde debemos detenernos un poco más por la enorme gravitación que tuvieron el positivismo, el historicismo, el marxismo y la Escuela de Annales (Escuela de Estrasburgo), esta última se inició con toda su fuerza y hasta logró deslumbrarnos con sus destacadísimos representantes.  En nuestro medio y en otros, todavía gravita con bastante efectividad, pese a las críticas que desde hace tiempo se han levantado contra ella desde el viejo continente y desde otras geografías. Y, finalmente, las últimas décadas, en donde Clío estuvo por demás solicitada como consecuencia de la aparición de numerosos y sucesivos movimientos. 

  

Cabe recordar al Grupo de historiadores del Partido Comunista de Gran Bretaña, que comenzó tempranamente con sus planteos, a los propulsores del estructuralismo, del posmodernismo, de la Cliometría estadounidense, aquel planteo sobre el supuesto “fin de la historia”, etc.; y en los tiempos más próximos: el deconstructivismo, las historias alternativas: la nueva historia cultural, la nueva historia narrativa, la nueva microhistoria, la nueva historia política, la historia de la religiosidad, la historia social del lenguaje, la historia de la vida cotidiana, la historia de género, los estudios subalternos y poscoloniales, la historia del medio ambiente, la nueva historia mundial y la historia global, la historia comparada y la memoria, la historia inmediata o la historia del presente, los regresos conceptuales, etc. Acompañados estos movimientos, sumamente sorpresivos o inesperados, por autores realmente notables quienes procedían de la propia disciplina y de las ajenas, y que se creyeron con autoridad y con mérito suficiente como para intervenir con sus planteos y observaciones en el campo histórico y aventurarse incluso con diagnósticos y pronósticos. Hubiera defraudado a los lectores si no los hubiera incluido en este trabajo, entre otros, a los siguientes: a Jean W. F. Piaget, Jacques Lacan, Michel Foucault, Louis Althusser, a Ferdinand de Saussure y a Claude Lévi-Strauss, Jean-Paul Sartre, Giovanni Levi, Carlo Ginzburg, Edoardo Grendi, Carlo Poni, Theodor Ludwig Wiesengrund Adorno, Pierre Bourdieu, Alain Touraine, Walter Benjamin, Jean-François Lyotard, Jacques Derrida, Jürgen Habermas, Francis Fukuyama, Paul Veyne, Elizabeth Deeds Ermarth, Dominick LaCapra, Frank Ankersmit, Hayden White, Keith Jenkins, Michel de Certeau, Alun Munslow, Joan Wallach Scott, y algunos más. La imprescindible referencia a las recientes tendencias, las de hoy, que ya se insinúan en el campo de la Historia, los evidentes retornos pero con matices a posturas de ayer, lo que tal vez nadie imaginó, etc. Dichos aspectos constituyen una parte esencial de lo que he denominado: “el estado actual de la ciencia histórica”. La exposición destinada a recordar temas que ya conocemos y otros no tan difundidos, fue condensada en dieciséis capítulos con sus respectivos títulos y parágrafos. Se le dedicó un espacio especial, específico y puntual, a cada uno de los iniciadores de la Historia Científica, por ser tales, para luego abordar en las etapas siguientes a otros autores y también el tema exclusivo de la metodología empleada en los distintos momentos. Respecto a ciertos historiadores, por su modalidad, resultó dificultoso ubicarlos en una corriente histórica determinada, por eso se utilizó el recurso de reunirlos en general en Historiadores coincidentes y concordantes con la Escuela de Annales, Historiadores y pensadores que no podrían obviarse, e Historiadores y pensadores que también hicieron su aporte, correspondientes a los capítulos XI, XII y XIII. Los lectores que deseen eludir los antecedentes de la cuestión, pueden bien comenzar directamente la lectura con los tiempos contemporáneos, a partir del Capítulo VIII: En el umbral de la verdadera Historia Científica, o por cualquier otro. En este recorrido consta una necesaria referencia biográfica de los importantes historiadores aludidos, con la implicancia de los años en que vivieron y también en que adquirieron protagonismo, con mención a sus orígenes sociales, formación, trayectoria académica, sus obras y pensamiento, en pocas palabras: sus vidas. La evocación de autores fue circunscripta a lo más significativo, la mayoría forma parte del texto y otros están referidos en las citas como un apéndice. Este último criterio se siguió especialmente en los capítulos III y IV que abarcan la Antigüedad y el Medievo. Algunos personajes, especialmente los Padres de la Iglesia, fueron ubicados a pie de página para no abrumar al lector y, como en otros casos, es necesario aclararlo, no todos tuvieron trascendencia en el campo historiográfico, pero resultaron importantes por su prédica, porque contribuyeron para cambiar o ratificar el pensamiento de la época. Vale también para los que incursionaron en nuestra ciencia desde otros ámbitos, referidos en pasajes con cierta extensión, aunque no pertenecieron directamente al campo de lo histórico, su pensamiento marcó rumbos para la época, y por lo tanto no se los podía obviar. Aunque lo más correcto sería indicar los nombres de los autores en su idioma original, en ciertos casos he preferido mantener la versión castellanizada con la que son conocidos en nuestro medio. En cuanto a las obras, a la producción bibliográfica, se mencionan las más conocidas o las de mayor trascendencia en la lengua original, y en otros idiomas, según cómo se difundieron, y también en español. A pie de página se han enunciado numerosas fuentes, la mayoría forma parte de mi biblioteca. En algunos pasajes de obras antiguas, se ha respetado la grafía de época del autor o de su traductor, como corresponde, sin el agregado del adverbio latino: sic, a diferencia de otros de mis trabajos. Varios lectores me han expresado que la tradicional fórmula entorpece la lectura, accedí entonces a este pedido. Las palabras ídem e ibíden que aparecen a pie de página en el aparato erudito, cuando se las emplea en itálica (cursiva), no llevan tilde, así y de esta forma constan en este trabajo. Por último, en el Capítulo XV, aparecen las denominadas historias alternativas que representan lo más reciente de las tendencias, sin que tenga la seguridad de que esta clasificación haya hecho fortuna y, en el Capítulo XVI, se reproduce Un diálogo radiofónico entre un historiador y un sociólogo acreditado, ante el panorama aún no del todo resuelto de la delimitación de ambos campos de estudio, que en la práctica suele replantearse por momentos. Algunos autores con la intención de evitar confusiones, emplean la palabra Historia (rerum gestarum) con mayúscula, para referirse a la ciencia, la misma modalidad se utiliza para designar a la asignatura, que también se escribe con mayúscula; y enuncian con minúscula, historia (res gestae), cuando la referencia es sobre lo acontecido. Una cosa es la ciencia que estudia el pasado: Historia, y otra lo que ocurrió: historia. El lector descubrirá a lo largo de este trabajo cuándo se trata de una o de la otra. El tema historiográfico es de por sí, inagotable, ésta es una interpretación, un planteo más y tal vez una contribución; tengo la esperanza y hago público, el ferviente deseo de que el presente trabajo resulte útil para los estudiantes de Historia, para los colegas y para todos los que abrevan a este campo impulsados por su interés en el pasado. Toda obra, por definitiva que parezca, es perfectible, por eso recibiré agradecido y con toda humildad, las sugerencias que sobre la presente investigación deseen hacerme los lectores: jrub23@yahoo.com. Finalmente, una mención a Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), por lo que tan oportunamente expresó: que “lo mejor que obtenemos de la historia es el entusiasmo que suscita”. 

El estanque de Rosas y el baño de Manuelita en Palermo

por Jorge Ramos y Daniel Schávelzon

Las obras del Caserón de Rosas y de su entorno han sido descritas en muchas oportunidades: han habido críticos, apologistas, historiadores, curiosos e interesados que echaron una ojeada más o menos minuciosa; pese a eso y a todo lo que se ha avanzado desde el inicio de su excavación arqueológica en 1985, aún quedan temas poco comprendidos, lagunas de conocimiento que nos indican lo complejo de la urbanización en su época y sus transformaciones posteriores. Es objeto de este artículo aportar mayor información sobre el estanque o lago artificial -el primero de Palermo y de la ciudad-, y de su ubicación actual. Este último tema resulta importante en la medida en que han habido artículos de divulgación que difundieron información errónea, la que ha cobrado estado público. Ya hemos descrito en artículos anteriores la historia del área ocupada por el Caserón de Rosas y la planificación de sus alrededores, y para este lago artificial nos han sido de utilidad algunas fotografías ya conocidas como las de Witcomb, algunas no publicadas como las que aquí incluimos y en especial las acuarelas de Sívori de 1850 y la de Caamaña de 1852. El sitio fue un lugar de esparcimiento y solaz, un hito importante en el conjunto y eje compositivo de la urbanización de la zona.

 
La obra se hizo aprovechando una depresión en el terreno original incrementada por excavaciones para el relleno del sector donde se construyó el Caserón mismo y que servía de colector natural para el escurrimiento del agua de superficie de la zona. Quedó ubicado en un extenso prado limitado por el camino carretero público, los edificios de La Maestranza -actual plaza Intendente Seeber-, el edificio del Caserón y la calle que llevaba al Camino del Alto. Estaba dispuesto a lo largo el frente suroeste del Caserón y doblando a éste en longitud. Sin embargo es común observar en la cartografía urbana del siglo XIX que el largo del estanque coincide con el edificio, es decir casi 53 metros y así se lo ve en !as fotos de Witcomb. Esto lo atribuimos a que en la época de la creación del Parque 3 de Febrero, al trazarse la Avenida de las Palmeras -actual Sarmiento, se suprimió la mitad del piletón o lago artificial para continuar con la avenida hacia la actual Plaza Italia.  
 Tanto la acuarela de Sívori citada como el Plano del Departamento Topográfico de 1867 despejan la dudas sobre la ubicación, dimensiones y forma de ese estanque, determinada por la precisión con que ese plano fue trazado y por el realismo del pintor. Según ese plano medía 150 por 25 metros con lo que coincide Horacio Pando en sus escritos4 que lo estima en 150 por 30 metros. En cambio Miguel Angel Scenna5 le atribuye 100 varas con lo cual parece referirse al achicamiento tardío. En los planos más modernos como en el de Sarmiento las medidas son de 115 por 17 metros (1875), Pedro Uzal lo dibuja de 80 por 20 metros (1879) y Armando Saint­Yves le da 110 por 20 metros (1887). Por supuesto en esos casos debe tenerse en cuenta pequeñas variaciones debidas al error lógico el dibujo y de las escalas.

El conjunto del estanque estaba formado por: 1) el espejo de agua, 2) la terraza-mirador, 3) el muelle, 4) el balneario, 5) el baño de Manuelita y 6) el prado de paseo. Esta variedad de instalaciones aseguraba diversos usos y actividades como la natación, el baño, el paseo, el descanso, la navegación a remo y a vapor; es decir que estamos frente a un planteo de diseño no habitual en nuestro país hasta esa fecha. Desde el extremo del muelle que penetraba casi 40 metros en el estanque descendía una escalera hacia un mini-balneario que era “un recinto cerrado con varillas de madera que servían para semiocultar al bañista”6, a tono con el recato de la época, en especial para las mujeres.   Parte del conjunto era el llamado baño de Manuelita, que conectado por un pequeño canal aparecía como un apéndice del conjunto principal. Allí el follaje trepaba por la estructura de madera rematada en cúpula que cubría ese estanque circular pequeño, rodeado de gradas. Debió tener unos 20 metros de diámetro aproximadamente. En realidad se trata de una interesante solución arquitectónica que permitía una relación indirecta, aunque no diferencial, con las personas que usaban el resto del conjunto.

  
La navegación del estanque fue descrita por varios viajeros: se extendía por el canal central del Camino de Palermo hasta su encuentro con el arroyo Manso (actual Austria). Para ello existían unos botes de remo y un pequeño buque de vapor -novedad absoluta en su época- con su tripulación incluida. Parece haber sido éste uno de los paseos preferidos de Don Juan Manuel. El muelle al igual que las paredes de contención eran de mampostería de ladrillos sin revocar y tenía el largo suficiente para que varias embarcaciones amarraran al mismo tiempo, ofreciendo a su vez un excelente punto panorámico sobre el conjunto. Aun Witcomb, eligió ese lugar para varias de sus fotografías.

La terraza – mirador era un área reservada, dispuesta sobre el costado orientada hacia el río, lo suficientemente ancha como para un paseo a pie sombreada por una hilera de sauces llorones que la separaba del camino y del edificio y el pretil formado por muretes de mampostería y verjas de hierro dispuestas en forma alternada, detalle típico en la arquitectura de la época. A lo largo había bancos con apoyabrazos en forma de voluta probablemente de mármol. Debía por cierto ser magnífica la vista contemplada desde esa amplia terraza, extendida por sobre el espejo de agua con su fauna acuática. En cierta forma se mantenía el diseño adaptado por Felipe Senillosa para la Alameda en el centro de la ciudad, construida en la misma época que el estanque.

Otro uso que algunos autores le atribuyeron al estanque fue el de ser un decantador para purificar agua. De ésto no estamos seguros y, si bien es cierto que el agua decantaba por sí sola, no había procesos técnicos más complejos como purificación o decantación química, o filtración. Lo que sí es factible es su uso como jagüel o reserva de agua relativamente limpia y reciclada con un sistema de compuertas; éstas permitían contener el líquido en las bajantes y desaguar en las lluvias. Eso se lograba mediante el control del afluente principal (arroyo Manso) y los zanjones trabajando como reguladores. Aun hoy esa función la cumple el arroyo Manuelita respecto al lago ubicado en esa plaza, que desagua parte en superficie y cruza la avenida Alcorta y de alli hasta el río mediante un canal entubado. Desconocemos la profundidad del fondo. Lamentablemente el estanque y todos sus anexos quedaron destruidos con la campaña edilicia de la modernización de fin de siglo, existiendo la posibilidad que parte de todo eso se halle aún bajo los terrenos del Jardín Zoológico, cerca de la reja perimetral, y bajo la calle y las veredas de avenida Libertador. Por lo menos la experiencia de haber encontrado los restos del Caserón en tan buen estado así lo indican.

 Referencias

1.     Las excavaciones que permitieron encontrar los restos del Caserón fueron iniciadas en junio de 1985, a partir de allí una larga serie de publicaciones diversas hicieron aportes reviviendo así el tema en la historia de la arquitectura. Véase como ejemplo a Daniel Schávelzon y Jorge Ramos, “Excavaciones arqueológicas en el Caserón de Rosas en Palermo: informe de la segunda temporada de excavación (1983)”, Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas no. 26, pp. 71-92, Buenos Aires 1991; “El Caserón de Rosas en Palermo, las primeras excavaciones”, Historia no. 20, pp. 13-29, Buenos Aires, 1985; “El Estanque de Rosas, primer lago de Palermo”, La Gaceta de Palermo no. 14, pp. 16-20, Buenos Aires, 1988, etc.

 2.     Existe un cartel en el zoológico, de grandes dimensiones, que indica que el Baño de Manuelita coincidiría con el estanque de los cocodrilos, lo que confunde al público y es a todas luces erróneo. Esto surge de una nota sin sustento científico divulgada por Carlos Fresco, “Un caimán en la pileta de Manuelita”, la Gaceta de Palermo no. 11, Buenos Aires, 1987. Al respecto véase nuestra nota 11 más adelante.

 3.     Daniel Schávelzon y Santiago Aguirre Saravia, “Descubrimiento de un fusil de 1866 en el Caserón de Rosas”, Historia no. 29, pp. 77-79, Buenos Aires, 1988; Jorge Ramos y Daniel Schávelzon, “Arqueología Argentina, las excavaciones en Palermo”, Historia no. 29, pp. 59-77, Buenos Aires, 1988; “Palermo de San Benito, vindicación y rescate”, Revista de Arquitectura no. 141, pp. 30-33, Buenos Aires, 1988.

 7.     Benjamín Vicuña Mackenna, La Argentina en el año 1855, edición de la Revista Americana, Buenos Aires, 1936. Con bastante imaginación decía: “se bañaban Rosas y su hija a la gran luz del día y delante de los centinelas, porque Manuelita Rosas, la emperatriz del Plata, podía decir como aquella de Roma al entrar al baño en presencia de su esclavo ¡Este no es un hombre!”.

 8.     El detalle de los bancos se ve muy bien en la acuarela de Caamaña y el pretil aparece con claridad en la de Sívori así como en algunas fotos de fin de siglo.

 12.   Las rejas encontradas en el zoológico durante las remodelaciones hechas en el año 1987 fueron medidas, fotografiadas y comparadas con las del Caserón, tanto las dos existentes como con las fotos ampliadas, no coincidiendo ni en forma ni en tamaño, incluso la tecnología es muy posterior (ca. 1880). Se trata de rejas diversas e incluso rotas en su época usadas como soporte de estructuras de contención en los lagos y canales. Esto también indica que el articulo de Fresco citado en nota 1 no tiene visos de ser verdadero.