Rosas

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martes, 19 de julio de 2016

PEDRO FERRE

Por José María Rosa
¡Hombre difícil el calafate.' Llevaba gravados en su sangre catalana la independencia y el amor propio de los suyos. Se llevó mal con todo el mundo y su vida fue un continuo deshacer amistades. No hubo hombre con quien el testarudo Ferré no acertara a encontrar rozamientos o descubrir enconos : toda su larga carrera pública —de 1821 hasta su muerte en 1867— fue una polémica contra alguien: Rivadavia, Rosas, Lavalle, Paz, Rivera, Madariaga, Urquiza, Derqui o Mitre

Su terquedad era imbatible. Sería el único diputado echado del Congreso, por intemperante, a pesar de sus años y de sus grandes servicios a la causa antirrosista.
Corrientes no fue en la primera mitad del siglo XIX —como Santa Fe, Entre Ríos, Buenos Aires y el resto de la Confederación— una tierra propicia para caudillos. Su autonomía había sido la obra de los vecinos afincados de la ciudad, y las resistencias a Rosas preparadas en las casonas urbanas o en las estancias de la clase señorial. En Corrientes no hubo “pueblo” hasta bien entrada la mitad del siglo XIX, y por lo tanto faltó el caudillo que se hiciera intérprete del espíritu popular, seguido fanáticamente por los suyos y con igual exaltación odiado por los adversarios. Corrientes fue una oligarquía, porque no podía ser otra cosa dado el bajo estado económico y cultural de sus clases inferiores; y por eso resultó la, excepción en el mapa político de la Argentina.
Pedro Ferré fue el jefe de esa oligarquía. No el señor feudal a lo López o Ramírez sino el preboste entre sus iguales los demás señores de la sala capitular. Y eso que no era de familia con abolengo en la fundación de San Juan de Vera de las Siete Corrientes como los Lagraña o los Cossío, pues sus padres fueron catalanes modestos e industriosos. Pero en el medio enervado por la molicie de los hijos de familia que se quedaban en la ciudad, y la rudeza de aquellos que vivían en el campo, Pedro Ferré, dueño de un astillero y con inteligencia y hábitos de trabajo, debía necesariamente imponerse. La clase aristocrática correntina encontró en la honestidad del calafate la mejor conducción para la defensa de sus intereses.
Cinco veces gobernador de Corrientes, su jefatura no entusiasmaba a nadie; pero era la única posible. Había laboriosidad, firmeza y sobre todo amor a la tierra en los actos del gobernante. Desgraciadamente este “primus ínter pares” tenía terquedades y enconos que sólo pueden permitirse los auténticos caudillos. Sus paisanos lo deponían, lo expatriaban, confiscaban sus bienes; pero a la larga volvían a llamarlo. Retomaba sin modificar uno solo de sus puntos de vista. Era una gran verdad que no había otro como Ferré: el viejo Atienza, con su bonhomía e ingenuidad, había sido envuelto en las habilidades de Rosas; y la falta de tino del joven Berón de Astrada traído el desastre de Pago Largo. Solamente el desconfiado Ferré era el hombre para Corrientes. ¡Pero qué inaguantable era! Paz cuenta la paciencia que debía acumular para su trato con él. Siempre quería salirse con la suya y la menor disposición del Manco encontraba los reparos más imprevisibles: sobre un reparto de aguardiente a la tropa anduvo rezongando días y días. Menos mal que las necesidades del gobierno no le dejaban pasarse la vida en el campamento pero entonces la polémica se hacía epistolar: “Nunca he escrito tanto en mi vida y sobre tantas minucias”, dice resignado el general.
No era hombre de confesarse vencido.  A Derqui, su asesor de gobierno, le sostuvo cotidianamente durante meses que el tratado con Inglaterra de 1825 no obligaba a Corrientes: al anochecer los argumentos de Derqui parecían abrumarlo y agachaba la cabeza, pero a la mañana siguiente volvía a la carga con nuevos bríos y los mismos argumentos. El calmoso Derqui acabó por ponerse en tal estado de nervios que la sola presencia del gobernador lo crispaba.  Las animosidades e intemperancias de Ferré quedaron famosas: a Lavalle, por cruzar el Paraná después de Sauce Grande lo calificará de traidor, desertor, malvado, cuyo nombre no manchará más a Corrientes, etc., en proclama que hizo repartir por toda la provincia; a Paz por haberse hecho gobernador de Entre Ríos, lo acusará de desertor retirándole el comando del ejército de Caaguazú.  A Rosas, Quiroga, López, Madariaga, a todos fustiga con duros términos cuando media un punto de amor propio rozado.   Hasta a Manuel Leiva, el más consecuente de sus amigos —que andando el tiempo lo haría elegir constituyente— trata en su Memoria, por haberle dado la razón a Paz en una discusión sin importancia, de traidor y de ingrato.
Estas reacciones violentas de su temperamento guiaron más la conducta pública de Ferré que sus propios ideales políticos. De ahí la paradoja de que sus actos tendieran precisamente a impedir el cumplimiento de sus propósitos. Patriota de noble integridad, tanto que en su  Memoria —escrita en su época de más fervoroso antirrosismo— reconoce a Rosas “la firmeza de su carácter en sostener los derechos de la Nación contra miras extrañas”; pero andaría (por estar contra Rosas) aliado a esas miras y extrañas de las que llegará a solicitar y recibir dinero.   Partidario de la protección industrial hasta el extremo de negarse a suscribir el Pacto de 1831 porque nada decía de la defensa de les talleres artesanales, su alianza con Rivera y con Francia fue precisamente la causa de la ruina de los obrajes correntínos, pues debió abrir la provincia a la producción extranjera mientras el resto de la confederación vivía un extraordinario florecimiento industrial por la ley proteccionista de Rosas.   Líder de la libre navegación de los ríos en 1830 y 1842, cuando Rosas no la quería, fue expulsado del Congreso por sus palabras contra los tratados de San José de Flores que la establecieron definitivamente. Partidario de una constitución en 1831, tal vez porque Rosas la tenía por inoportuna; se opuso a ella en 1852, quizá porque Urquiza la creía oportuna. Y provinciano, el más localista de nuestra historia —su Patria, con mayúscula, era Corrientes—, llegó por oposición a Derqui a colaborar en 1861 con la hegemonía porteña de Mitre que terminaría con las autonomías provincianas. Toda su vida anduvo a contramano, haciendo, por impulso de amor propio, lo opuesto a sus íntimas convicciones.
Hijo de catalanes establecidos en Corrientes, Pedro Ferré nace en 1780: su niñez transcurre entre los maderos de la carpintería de ribera de su padre y la escuela del convento' de San Francisco, donde aprende primeras letras.
Como todos los jóvenes sienta plaza en las milicias urbanas, que después de llevar Belgrano los veteranos al Paraguay, suplieron el orden en la ciudad y la vigilancia en las fincas rurales. Su carrera militar íntegra transcurriría en las milicias de reserva: será capitán en 1819, coronel en 1825 y brigadier general en 1833.    Defiende el orden contra las incursiones de los misioneros de Andresito y toma una parte decisiva en la revolución que quiebra la República Federal Entrerriana de que es parte Corrientes.  Su compañía de milicias es la mejor y más disciplinada y  poco después de la muerte del Supremo ocupará en 1821, en premio a su actuación, un escaño en el restablecido y señorial Cabildo de Corrientes. El hijo del calafate podía codearse con los hidalgos de sangre noble y actividad nula, que custodiaban los propios y distribuían justicia en la ciudad de las Siete Corrientes.
En diciembre de 1824 lo hacen gobernador. El orgulloso. Congreso Provincial, nombre oficial de la legislatura, lo ha designado por las excelentes prendas de inteligencia y laboriosidad acreditadas en el cabildo. Reunía las dos condiciones de la carta de 1821 para el cargo: correntino de nación e “hijo de legítimo matrimonio ’ Pero es su incansable actividad y desinterés total, lo que mueve a los aristócratas a llevarlo al gobierno. Y gran laboriosidad fue la suya: funda Mercedes, Bella Vista, Empedrado, San Luis, San Cosme y veinte pueblos más.  Construye escuelas, trae una imprenta, impone disciplina en las anarquizadas milicias y díscolos cuerpos veteranos. No se contenta con los límites comunes de Corrientes y se anexa Misiones “donde no hay pueblos ni autoridades”. Con sobrada razón podrá decir años después: “¡Yo formé esta provincia!”.
Al tiempo de asumir Ferré el gobierno de Corrientes, en Buenos Aires se abrían las sesiones del Congreso Nacional. A Comentes la representa el doctor José Francisco de Acosta, nativo, pero vecino de vieja data de Buenos Aires y miembro importante del partido de los principios o de las luces que dentro de poco se llamará “unitario”.
Las “'luces” son las luces del siglo, los resplandores intermitentes que alumbraron en el siglo XVII las postrimerías del antiguo régimen en París y habían vuelto con los emigrados en las primeras horas de la Restauración, la fracción iluminada descreía de oscurantismo y esperaba todo de una Ciencia, escrita con mayuscula, elaborada entre las probetas de Fausto y los sortilegios de Cagliostro.   Los principios eran la Ciencia de la política  y tenían su nombre mágico de alquimia: se llamaban contituciones y harían la felicidad de los pueblos como el elixir de Bálsami la felicidad de los hombres.
Eran pocos los alumbrados argentinos que refractaban directamente las luces de París: el señor Rivadavia, por haber pasado seis años allí, entre ellos. Los demás fulguraban por reflejo oblicuo: destellaban las lumbres españolas de los últimos Carlos que, pese a Fernando VII, refulgieron nuevamente en las jornadas de Riego y la reverberación constitucional. Pero radiación directa o indirecta del resplandor ilustrado, los luminares criollos de 1824, como las lumbreras del XVIII, sólo sabían de palabras y de fórmulas para exorcizar la realidad.   Más tarde se llamaron “unitarios”: la palabra no significaba unión sino exclusividad; gobierno por un mayorazgo que no por una cabeza. No había luces en todas partes: de allí el predominio de los hombres de Buenos Aires o de algunas aldeas que refulgían con menor opacidad: San Juan, Salta, tal vez Tucumán. De ninguna manera Córdoba, foco de luz negra, o las conventuales Rioja o Catamarca. Menos, mucho menos, los aduares del litoral, como Corrientes, donde persistía el espíritu nativo de Artigas.
Ferré era el jefe de la oligarquía de Corrientes pero no se lo puede considerar un hombre de luces. Su espíritu era más dado a la reflexión que a las lecturas.
Contrastaba con Ferré, el diputado José Francisco de Acosta. Correntino de alto nacimiento, se había ido a vivir a Buenos Aires para rozarse con hombres, como dice en sus cartas, menguando el medio selvático donde naciera. Era el unitario típico del año 25, que Sarmiento sabía distinguir “entre cien argentinos”. Vestido severamente de negro, marchaba derecho, la cabeza alta sin darla vuelta “aunque se desplomara un edificio”, hablaba con desdén y sus gestos eran concluyentes. Razonaba, pero no oía razones. Leía a Voltaire y creía en el porvenir maravilloso. Se consideraba el “luminar” por antonomasia, aunque nacido en Corrientes, y tenía por gran mérito “vivir en Buenos Aires”.
De ahí que chocara con Ferré —discípulo del franciscano José de la Quintana, y testarudo en todas sus convicciones— para quien la Patria era Corrientes, y amaba el medio donde naciera. El motivo de la ruptura fue la designación de diputado por Corrientes del presbítero Pedro Ignacio Castro Barros, cuya elocuencia admiraba Ferré desde los días del congreso de Tucumán. El presbítero era enemigo de la logia gobernante en Buenos Aires: su elección, por supuesto, disgustó al partido de los principios; Narciso Laprida lo hace notar a Acosta:
“...¡Qué dolor, mi amigo, yo casi no lo creo! jEs cierto que Corrientes ha nombrado al doctor Castro Barros?... Prescindo del carácter fanático, aspirante, faccioso y turbulento del doctor Castro... sin duda en Corrientes no tienen el menor conocimiento de un hombre tan desacreditado... sin duda en Corrientes no saben que el doctor Castro es un enemigo declarado de los principios ... Hasta se ha atrevido con una insensatez maligna y ridícula a calumniar a don Bernardino Rivadavia, el hombre más acreditado de todas las provincias unidas...”.
Acosta retiene el diploma de Castro Barros. Envía a Ferré la carta del ex colega de Castro en Tucumán, y sin gramática pero gráficamente da orden al gobernador: “Hay que c... esa elección por inoperante”  Lo instruye en la manera de modificar el acta “teniendo la H. Representación en cuenta circunstancias que no tuvo presente al tiempo de la elección del doctor Pedro Ignacio de Castro Barros...”. Le pide reserva “para no comprometerlo”.  No sabía de la testarudez de Ferré; lo supo en seguida: “Es demasiado grande el interés que deben tener allí en desacreditar la elección del Doctor Castro Barros... Siento por esta vez el disgusto de no haber contribuido al mejor éxito de su ideal"  Mantiene al electo aun cuando no le guste a Acosta ni a Laprida, ni a los Cossío o Bedoya de Corrientes. 
No obstante la Ley Fundamental, proyectada por Acosta, el 7 de febrero de 1826 Rivadavia es elegido presidente “permanente” de las Provincias Unidas. Ferré aplaude el nombramiento del “benemérito y digno ciudadano que reanima las esperanzas de la patria”.
Esa buena concordia no podía durar mucho. Rivadavia llegaba poseído de la importancia de su cargo, y Ferré no-cedía en lo que respecta al suyo. “Aún no había calentado la silla” (la frase es de Ferré) cuando se produjo un grave rozamiento: el 11 de febrero Rivadavia delega en Ferré la comandancia de las milicias y fuerzas veteranas de la provincia, pero Ferré no acepta que le deleguen lo que él entiende es suyo.  No hubo arreglo. Tanto Rivadavia y Ferré estaban de acuerdo en que las tropas correntinas deberían estar bajo el mando del gobernador, pero la formalidad de que fuera por delegación o por derecho propio produjo el conflicto.
La ruptura final la hizo Acosta. Tuvo la poco feliz ocurrencia de tomar a Corrientes como ejemplo de la imposibilidad de las provincias para gobernar con sus hombres: dijo en el Congreso que el gobernador apenas si entendía de maderas, el cura asesoraba jurídicamente a los alcaldes del cabildo, el congreso provincial no estaba formado por gente instruida: “si no tiene hombres, démoselos” clamaba el ex correntino en el Congreso nacional... Con unos cuantos porteños de luces se alumbraría todo.    La indignación de Ferré fue apocalíptica. De un plumazo dejó cesante a Acosta: “Es deber de todo diputado —rugía el decreto— defender al pueblo que representa con la energía, la firmeza, el carácter y más que nada la integridad que requiere una comisión tan delicada. Habiendo faltado a estos compromisos sagrados el señor Acosta, olvidándose de su tierra natal, sofocando en su corazón todo sentimiento de honor, patriotismo, gratitud y lealtad... ha tenido la osadía de insultar groseramente a sus propios conciudadanos por quienes fue llamado a defenderlos...
Desde ese momento abandonó el partido de las luces y se adhirió al federalismo. Es cierto que la bandera punzó recordaba los años plebeyos de Andresito y Perrugorría, pero era preferible la hermandad con la chusma que el tutelaje presuntuoso de Rivadavia o Acosta. El 28 de noviembre (1826) Ferré llamó a plebiscito para rectificar el voto sobre sistema de gobierno: resultó casi unanimidad en favor de que ‘ ‘ Corrientes no admitía forma alguna de gobierno nacional que no fuera republicana federal”. Hubo solamente tres votos en disidencia: Angel Rolón, que reservó el suyo, Angel Mariano Bedoya que “lo subrogó al pronunciamiento del Congreso de Corrientes”, y José Ignacio Rolón, el único partidario de la unidad. Hasta el Dr. García de Cossío votó ahora por la forma federal “porque la solución en contrario sentido es impolítica y peligrosa en ocasión de la presente guerra”.
Corrientes retiró sus diputados del Congreso y no aceptó la Constitución de 1826. El 17 de mayo (1827) se. adhiere al convenio iniciado por Bustos (y apoyado por ledas las provincias) para:
“Desechar la constitución” (art. IV).
“Poner todos sus recursos para destruir las autoridades nacionales que están causando los males de que todo el país se resiente” (4’).
“Formar un nuevo congreso que constituyera el país bajo la forma federal”.
“Seguir la guerra contra el Imperio de Brasil”.
“Repartir entre las provincias los impuestos de aduana” (20)9.
En 1827 la nación apenas si existía como voluntad latente. Al Congreso y al presidente no los obedece nadie. Ferré asume el título de Gobernador, Intendente y Capitán General de Corrientes para expresar la totalidad de poderes de su cargo, y se maneja solo en la guerra con Brasil.   Rechaza la invasión que Bentos Manuel lleva a las Misiones Occidentales y se sitúa en Curuzú-Cuatiá a la expectativa de la reconquista de las Misiones Orientales que está haciendo Fructuoso Rivera. En julio le lleva la noticia de la paz a “todo trance” concluida por Manuel José García a nombre del Congreso y presidente in partibus. Hace declarar por la legislatura que el Congreso nacional (el presidente ya había sido desconocido):

“...no ha hecho otra cosa que activar el fuego devorador de la discordia, ha dado la lección terrible de la desorganización o insubordinación a las autoridades legítimamente constituidas (las provincias) para sostener el capricho o el engrandecimiento de una facción entronizada con ruina y menosprecio del bien público... no coopera sino autorizando los pasos rastreros, y anárquicos del presidente nominado de la república...” y no reconocerá por lo tanto ‘ ‘ acto alguno del congreso titulado nacional contraído con otro Estado o que contraiga en lo futuro Ya para entonces Rivadavia se había dado cuenta de que sus “servicios no pueden en lo sucesivo ser de utilidad alguna” y el 27 de junio renunciaba la Presidencia lamentando “no poder satisfacer al mundo los motivos irresistibles que justifican esta decidida resolución”. El Congreso la acepta obligado, por “el poder de acontecimientos singulares y la combinación extraordinaria de circunstancias”.

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