Rosas

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viernes, 15 de enero de 2021

Gran Malvina 1982. (IV). Muerte en el estrecho de San Carlos.

Por Jorge Enrique Deniri  

En aquel decisivo abril de 1982, el Regimiento 5 de Infantería de Paso de los Libres abandonó su guarnición para ir a luchar a las islas Malvinas, y a fines del mes ya estaba apostado en Puerto Mitre (Howard) para los británicos, dando frente al Estrecho de San Carlos, un cuerpo de agua de 80 km de extensión, que separa a la Gran Malvina de la isla Soledad.
Como dije, estaba reforzado con elementos de otras unidades y subunidades de Corrientes, sufriendo graves carencias por las dificultades en el abastecimiento, y aguardando al enemigo en esa “horrible clase de espera que sólo conocen los prófugos y los soldados de infantería”, como ha escrito, precisamente, un autor inglés.
La noche del 10 de mayo del año 1982, una nave argentina cargada hasta el tope con pertrechos bélicos y alimentos para la Fuerza de Tareas Yapeyú (El RI 5 et al) navegaba en procura de amarrar en Puerto Mitre para alijar sus bodegas, vaciándolas lo antes posible. El fosco clima que se vivía lo sobrecargaba la inminencia de entrar en contacto con el enemigo, que ya el 1 de mayo había bombardeado la pista de Puerto Argentino, al tiempo que las naves de su flota cañoneaban la capital de las islas.
El Isla de los Estados, era un buque mercante con tripulantes civiles, que hacía la carrera entre Puerto Deseado y las islas. Tenía 81 metros de eslora, desplazaba 3.900 toneladas, alcanzaba una velocidad de 14 nudos, y, además de sus bodegas y cubierta de carga, contaba con dos grúas de gran capacidad.
El comandante, era el Capitán de Ultramar Tulio Néstor Panigadi, y contaba con una dotación de 14 tripulantes, algunos españoles. A bordo, navegaba además personal del Ejército, de la Armada, de la Fuerza Aérea, de la Prefectura Naval Argentina y, en cabeza, el Capitán de Corbeta Alois Esteban Payarola, quien ejercía la conducción militar. En total 22 hombres.
Sobre la actitud de los tripulantes civiles, el principal autor que sigo, Arias Malatesta, afirma que “pese a ser advertidos de los peligros, se ofrecieron a seguir operando la embarcación”.
Habiendo sido el primer buque mercante que arribó a Puerto Argentino, el Ejército lo había empleado para trasbordar a tierra cargas desde naves de mayor calado, sembrar minas frente al puerto y trasportar armas y municiones, víveres, combustible y efectivos a diferentes puntos donde establecieran sus posiciones las guarniciones lejanas.
Como carecía de defensa antiaérea, se resolvió su traslado al Estrecho de San Carlos donde el 8 de mayo, en la caleta de Puerto Rey, trasegó a su bordo desde un buque de mayor porte, el “Río Carcarañá”, cocinas y el gasoil para operarlas, víveres, combustible de aviación y otros pertrechos destinados a la Fuerza de Tareas Yapeyú. Con las primeras luces del día 9, embarcó con esfuerzo un camión Fiat – Iveco con un lanzacohetes múltiple de 127 mm, prototipo desarrollado por el Instituto de Investigaciones Científicas y Técnicas de las Fuerzas Armadas (CITEFA), que operaría un equipo liderado por el Ingeniero Militar, Capitán Marcelo Sergio Novoa. Transportaba además camiones Unimog, jeeps Land Rover, Mercedes Benz y uno Volkswagen destinado al enlace de la Fuerza Aérea con los efectivos terrestres. Los vehículos habían sido embarcados en Puerto Argentino.
La carga de la cohetera y el completamiento de las tareas, finalizó casi al anochecer. Durante la cena a bordo del Río Carcarañá, su capitán, sugirió que dadas las condiciones meteorológicas el Isla de los Estados hiciera noche en ese fondeadero, pero el Capitán Panigadi decidió continuar hacia Puerto Mitre (Howard), para llegar antes del amanecer y realizar la descarga con la menor exposición posible. Una embarcación menor, el “Forrest”, zarpó primero para servirle de guía a la hora de entrar en la bahía en Howard. Habiendo amainado la lluvia, el buque soltó amarras hacia las 21 horas.
Al mismo tiempo, navegaba ya el Estrecho de San Carlos en sentido contrario, viniendo desde el sur, la fragata inglesa “Alacrity”, bajo el comando del Capitán de Fragata Christopher Craig.
La Alacrity (“diligente” – “presurosa” – “apurada”, mi inglés de diccionario vacila en identificar el significado del nombre), desplazaba 3.400 toneladas, daba 32 nudos de velocidad, montaba un cañón semiautomático Vickers de 114 mm y llevaba un helicóptero Lynx de reconocimiento.
La misión de Craig, un antiguo helicopterista naval, era navegar a lo largo del Estrecho de San Carlos para verificar que no estuviera minado, y en un libro escrito a posteriori, considera errónea esa forma de operar porque “Claramente actuando como el corcho de la botella en San Carlos, disuadiendo y destruyendo, nuestros buques estaban horriblemente expuestos”.
Como sea, sin saberlo, ambas naves navegaban un rumbo de colisión.
El Isla de los Estados, con las luces apagadas y barriendo esporádicamente con su radar para no ser detectado, se desplazó aproximadamente una hora hasta dejar atrás la isla Cisne, a unos 16 km de Pto. Mitre (Howard), fue entonces que estalló a gran altura una bengala naranja de gran poder iluminando el contorno. Payarola, se comunicó por radio con el Forrest, que ya había amarrado, creyendo que la habían lanzado los efectivos del RI5, mientras se escuchaban algunos gritos de “¡No tiren, no tiren!”.
A las 2215 horas, el buque recibió por estribor (derecha) el primer impacto del cañón de la Alacrity. Luego, habiendo encajado media docena de disparos, estalló uno de los depósitos de combustible, la nave escoró más de 50 grados y se hundió en menos de 10 minutos.
En tanto el helicóptero del inglés sobrevolaba la escena, los escasos supervivientes corrieron hacia las balsas salvavidas o se arrojaron directamente a las aguas presa de la desesperación, para desaparecer sin dejar rastros.
En definitiva, sólo sobrevivirían el Capitán Payarola y el marinero López, logrando refugiarse en la isla Cisne, donde fueron rescatados por el Forrest seis días más tarde.
En la costa, los hombres del 5 acababan de vivir su primer encuentro directo con el enemigo pero a la distancia, como espectadores, y con la duda de quien era quien en la mayoría de los casos. Un oficial, el subteniente Jorge Taranto resumió los hechos diciendo: “Luego de la bengala escuchamos claramente los estampidos de boca del cañón inglés y seguidamente las explosiones sobre el buque argentino, las cuales iluminaban la noche. Era una postal de la guerra que solo podíamos contemplar ya que no teníamos medios para auxiliar a esos hombres”.
Al día siguiente, el Regimiento organizó patrullas costeras para rescatar posibles supervivientes y materiales del naufragio. Sólo recuperaron numerosos zapallos que incorporaron a su magro rancho.
La búsqueda continuó no obstante, y el 13 de mayo, horas después de zarpar, el Forrest avistó un cadáver y varios tambores de combustible. Por la incertidumbre y el clima, recién se recuperó el cuerpo al día siguiente. Se trataba del mayordomo Omar Sandoval, que fue trasladado a Puerto Mitre, donde se le rindieron los honores del caso, siendo sepultado en el cementerio local por los efectivos de Ingenieros encabezados por el Teniente Primero Calderini.
El inglés, siguió de largo a todo motor sin parar mientes en sus víctimas, navegando sin saberlo hacia una emboscada del submarino San Luis, apostado en la otra boca del estrecho, que fracasó por defecto del torpedo que logró lanzarle.
Años más tarde, Craig intercambió correspondencia con Payarola y al respecto afirmó: “Reflexioné largamente sobre la destrucción de la nave y su valiente tripulación. Tuve poca dificultad en reconciliar mi deber de interrumpir el esfuerzo de guerra argentino con la muerte y destrucción que había desatado mi artillería. Tampoco tengo ninguna duda de que tuve razón en no arriesgar mi valioso buque quedándome en la zona para intentar el rescate de supervivientes...Sin embargo, cuando sostuve la carta del Capitán Payarola en mis manos y me transporté a su puente en llamas, o su playa solitaria, sentí la intensa humildad de que Dios, o el destino, me hubiera tendido una mano amigable, y a él se la hubiera negado”.
El británico también contactó luego de la guerra, en Portsmouth, con el Capitán de Navío Fernando Azcueta, comandante del San Luis, a quien al despedirse, le dijo con humor: “Mi mujer le agradece que su torpedo no haya impactado”.
Aquella noche de fuego y muerte en el Estrecho de San Carlos, fue la única acción entre buques de superficie de toda la Guerra de Malvinas y con el hundimiento del Isla de los Estados, condenó a la Fuerza de Tareas Yapeyú, al aislamiento y al hambre.




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