Rosas

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miércoles, 9 de mayo de 2012

El Fraile Aldao


Por Rogelio Alaniz
 
Murió el 19 de enero de 1845 después de una larga y dolorosa agonía que no pudo ser atenuada ni siquiera por quien era considerado el mejor médico de la Confederación, Miguel Rivera, cuñado de Juan Manuel de Rosas.
Durante casi un año Rivera se instaló en Mendoza para lidiar contra una enfermedad que hasta el día de hoy es incurable. Las crónicas aseguran que Aldao sufrió horrores con ese tumor que le salió a la altura de la frente. Sus enemigos dicen que se merecía esos sufrimientos por los crímenes perpetrados y, sobre todo, por los pecados cometidos por alguien que se había iniciado en la vida pública como sacerdote y al momento de morir convivía con tres mujeres y un pequeño regimiento de hijos.
Quebrado por la enfermedad, nunca perdió la lucidez y la capacidad para hacerse temer por sus subordinados. Él mismo organizó su entierro y ordenó que su cuerpo fuera vestido con los hábitos dominicos y el uniforme guerrero, uno arriba del otro. El propio obispo de Mendoza le prestó los servicios religiosos, y su cuerpo fue depositado en una de las bóvedas de la Iglesia Matriz de Mendoza. Un terremoto en 1869 hizo desaparecer el templo y todos los cadáveres que allí estaban enterrados, incluido el de Aldao.
Durante casi veinte años fue el caudillo fuerte de Cuyo. Su poder se extendía a San Juan y San Luis. Ponía y sacaba gobernadores a su gusto y quienes intentaron discutir su autoridad pagaron muy caro el atrevimiento. Para los historiadores y para sus contemporáneos, Aldao fue un personaje controvertido e incómodo. Los unitarios no lo querían porque los había perseguido, expropiado y matado cuantas veces pudo. Pero tampoco los federales estaban tranquilos con un caudillo demasiado independiente, demasiado habituado a excesos injustificables. Por supuesto, la Iglesia Católica no decía una palabra de quien se ordenara de sacerdote en 1806 y se doctorara con todos los honores en Santiago de Chile unos años después.
Su afición por las mujeres no era menos intensa que su afición por el juego y a la bebida. Eso, por lo menos, era lo que decían sus enemigos y, muy en particular, su primer biógrafo, un joven de apenas treinta que se llamaba Domingo Faustino Sarmiento. El joven exiliado en Chile no tratará bien al fraile. Con su prosa inflamada enumera todos sus vicios y patologías. Hasta el último capítulo, la evaluación que hace de Aldao no es diferente a la que luego hará de Facundo. Se trataba de caudillos bárbaros y primitivos.
Sin embargo, en los últimos párrafos, Sarmiento se permite una licencia. El sanjuanino no solía ser generoso en las alabanzas, mucho menos con un personaje que además había estado a punto de matarlo, pero el párrafo escrito al final del libro demuestra, una vez más, que Sarmiento vale entre otras cosas por las contradicciones que era capaz de asumir, incluso a pesar de él mismo.
Félix Esquivel y Aldao había nacido en Mendoza en octubre de 1785. Se dice que su familia, los Aldao, provenían de Santa Fe. Es lo que se dice. Su padre era militar y sus dos hermanos, José y Francisco, también siguieron la carrera de las armas. El destino quiso que quien en el futuro habría de ser el más guerrero, el más cruel y, seguramente, el más valiente de la familia, fuera destinado a la carrera eclesiástica.
A partir de 1816, el fraile Aldao se sumó al Ejército de los Andes. Lo hizo en su condición de capellán, pero pronto el destino lo colocará ante el dilema de elegir entre la Biblia y el sable y, por supuesto, elegirá el sable. Los hechos ocurrieron en una pequeña escaramuza militar en Chile, conocida como el combate de Guardia Vieja. No se saben bien los detalles de la refriega, pero sí se sabe que en cierto momento el padrecito Aldao ocupó el centro del combate repartiendo mandobles a diestra y siniestra. Era un hombre alto, bien plantado, musculoso y la expresión de su rostro estaba muy lejos de ser angelical. Con su túnica blanca, su figura se distinguía en el campo de batalla como un espectro o como un enviado de la muerte.
Cuando concluyó el combate, Aldao se dedicó a atender a los heridos. Su sotana estaba manchada de sangre y barro. El general Gregorio de las Heras, que miraba asombrado ese espectáculo imponente, le dijo: “Padre, cada uno en su oficio; a Su Paternidad el Breviario, a nosotros la espada”. La observación debe haber sido una humorada, porque en el mismo campo de batalla, Aldao se integró al cuerpo de Granaderos con el grado de teniente.
Durante casi siete años el fraile Aldao acompañará a San Martín en sus campañas militares. Participará en las batallas de Chacabuco, Cancha Rayada y Maipú; en Perú, será guerrillero. Las Heras y San Martín respetarán su coraje. El mismo respeto le tenía Lavalle, quien lo había visto matar a un oficial español en Maipú, un gigante que barría patriotas con su sable. Aldao fue el único que se animó a enfrentarlo. Con agilidad y elegancia esquivó un furioso sablazo de su enemigo y acto seguido lo atravesó con la espada. No conforme con ello, bajó del caballo y lo decapitó. La escena de Aldao exhibiendo a la soldadesca la cabeza del enemigo debe de haber sido estremecedora, sobre todo porque quien se jactaba de esa hazaña, unos meses antes había ingresado al ejército como capellán.
Todos sus ascensos militares Aldao los ganó en el campo de batalla. Ese fue siempre su orgullo. Unos años después, metido de lleno en las guerras civiles, fue tomado prisionero por los tropas de Paz quien ordenó trasladarlo con otros oficiales a Córdoba. Mientras los prisioneros desfilaban por la plaza, eran insultados por la chusma. Los insultos más ofensivos eran contra Aldao. “Has cubierto de luto a tu patria”, le gritó un hombre, tal vez recordando la masacre de Pilar, el ajusticiamiento de los prisioneros y la orden de degollar a Laprida. La respuesta de Aldao fue tan veloz como su sable: “Y también le he dado días de gloria”.
En 1823 Aldao vivía en Lima. No se ganaba la vida como militar sino como tahúr. Tahúr y mujeriego. Se dice que en las mesas de juego acumuló una interesante fortuna y en algún momento pidió autorización para regresar a su patria. Se la dieron, pero de Perú se fue acompañado por una hermosa mujer que decidió entregarse a él sabiendo que para la época se trataba de una unión maldita.
Para 1825 Aldao ya estaba instalado con su mujer y sus hijos en Mendoza. Se dedicaba a la actividad privada y a su familia. Pero por poco tiempo, porque sus hermanos lo alentaron para lanzarse a la política. Y él supuso que los tres unidos eran invencibles. No estaban del todo equivocados. A partir de 1826 será el hombre fuerte de la región. Curiosamente, el hombre que antes de morir dirá “fui débil pero nunca unitario”, se inició en las guerras civiles protegiendo al gobernador unitario de San Juan, Salvador María del Carril, y a su Constitución liberal y anticlerical. Después, los avatares de la política lo irán volcando hacia la causa federal de la mano de Facundo Quiroga.
Cuando en 1829 Paz derrotó al Tigre de los Llanos en Oncativo, uno de sus prisioneros fue Aldao. A pesar de las presiones que recibió para fusilarlo, Paz se negó a hacerlo y finalmente lo desterró a Bolivia. Regresó a Mendoza en 1832. En 1841 enfrentó a los ejércitos de Lavalle y Lamadrid. Participó en la batalla de Angaco, considerada la batalla más sanguinaria de nuestras guerras civiles y fue uno de los testigos de la victoria federal en Rodeo del Medio, la batalla “donde tío Angel (Pacheco) le ganó a tío Goyo (Lamadrid)”, como dirá consternada muchos años después Mariquita Sánchez de Thompson.
La leyenda insistirá en remarcar los vicios del fraile. Como toda leyenda, hay en ella algo de verdad y mucho de mentira. Aldao no debe haber sido mejor ni peor que otros caudillos que debieron asumir responsabilidades en un tiempo donde las diferencias se resolvían con sangre. Sin embargo, Sarmiento, su enemigo declarado, le reconoció virtudes que jamás les reconoció a Quiroga o a Rosas: “ En medio de tantas cualidades malas, este hombre tenía algunas virtudes recomendables. Ha tenido amigos que lo han estimado entrañablemente y cuyo afecto lo ha sobrevivido a la distancia y a la muerte. Sabía hacerse amar por sus soldados. Solía distribuir granos en gran cantidad entre los pobres y muchos infelices le deben su subsistencia. Personas que lo han conocido de cerca aseguran que tenía un amor entrañable a sus hijos. Toda Mendoza acompañó su cadáver a la iglesia...”.

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