Rosas

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jueves, 30 de mayo de 2013

“Pacho” O'Donnell y Monteagudo


Mario “Pacho” O'Donnell es psicoanalista, escritor de ficción e historiador. Actualmente preside el Instituto Nacional de Revisionismo Histórco Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego. Entre sus múltiples tareas, se dedica a rescatar figuras fundamentales del pasado argentino que la historia oficial dejó de lado. Monteagudo. Pionero y mártir de la unión americana es su último libro. En él aborda nuevamente un personaje que define como "fascinante" y sobre el que viene investigando  desde hace tiempo. En diálogo con Tiempo Argentino no sólo se refirió a este trabajo, sino también a su concepción de la historia y a la forma en que el relato del pasado irradia sobre el presente.
 
–No es la primera vez que trabaja sobre la figura de Monteagudo.
–Sí, porque es una figura excepcional. Mitre habla de él  como un aventurero, como el hombre que le hacía cometer errores a San Martín. Lo cierto es que fue un personaje civil muy importante en un momento de la historia en que los protagonistas eran militares. Era, además, una pluma extraordinaria. Por eso he puesto en mi libro un apéndice con algunas obras. El se expresó sobre diferentes temas desde una gran actualidad como el rol de las mujeres en el proceso revolucionario. Era un hombre de origen humilde, se quedó huérfano muy pequeño y fue enviado a Chuquisaca al cuidado de un sacerdote que era pariente de él. Allí estaba la famosa universidad donde estudió la gran mayoría de los próceres independentistas no sólo de Argentina  sino de varios países. Había ahí un gran fermento revolucionario. La de Córdoba y la de Chuquisaca eran las dos grandes universidades del Cono Sur, con la diferencia de que la de Córdoba era fundamentalmente religiosa. En la de Chuquisaca, en cambio, se enseñaban leyes que era la carrera que elegían los jóvenes "progres" de la época. 
–En el primer capítulo de su libro, donde se narra el asesinato de Monteagudo en un callejón, podría ser también el primer capítulo de una novela.
–Sí, porque considero que la historia es un relato y que particularmente la historia argentina es un relato maravilloso, de una riqueza y de una imaginación cuasi delirante, con personajes y circunstancias extraordinarias. Por eso nunca practiqué la novela histórica. Hay grandes novelistas históricos como Marguerite Yourcenar, Robert Graves, incluso Tomás Eloy Martínez con Santa Evita. Pero considero que la realidad histórica puede ser mucho más fascinante que lo que pueda inventar alguien. La novela histórica tiene algo de pereza, la pereza de ese escritor que si realmente se hubiera ocupado de investigar cómo fueron los hechos y quiénes fueron los personajes habría escrito un relato mucho más interesante que el surgido de su imaginación. En esto mi concepción de la historia difiere de la que tienen quienes han tratado de hacer de ella una ciencia dura transformándola en algo plagado de contraseñas, de lecturas entendibles sólo para los iniciados, de escrituras para el colega, textos que la gente no compra ni lee. Soy un gran partidario de la divulgación que muchos otros denigran. 
–¿Por qué?
–La divulgación es algo democrático, es compartir un conocimiento con los demás, hacer que lo que uno sabe lo sepan también otros. En este sentido siempre reivindico a un maestro con el cual teníamos pocas coincidencias ideológicas e incluso apasionadas discusiones, como fue Félix Luna. Tenía una concepción liberal de la historia, pero con una gran apertura. Puso la historia al alcance de la gente. Curiosamente, hoy no es reivindicado por los sectores más liberales y conservadores de la historia cuyos númenes son más bien historiadores que hacen investigaciones de circunstancias pequeñas y puntuales como el comercio de la caña de azúcar en el siglo XV o el número de llamas que había en la Patagonia del siglo XVII. 
–Lo suyo no es la novela histórica pero utiliza recursos novelescos que hacen que el lector quiera saber qué pasó.
–Sí, porque hoy, el lector, en cuanto uno se lo permite, trata de escaparse del libro. La relación actual entre el lector y el libro es muy lábil. En cuanto una deja de tenerlo agarrado del cuello, se va. El libro ha dejado de ser favorecido por las circunstancias necesarias, la atención es flotante, no hay mucho tiempo para leer, se lee en situaciones no muy favorables como un colectivo o una cola. Por eso escribo capítulos cortos. Mi libro sobre Rosas tiene cerca de 120 capítulos porque para mí mismo hoy es difícil leer un mamotreto, esos libros gruesos de letra pequeña y frases y capítulos largos. 
–Volviendo a Monteagudo, también la investigación acerca de esa muerte que hace Bolívar tiene aristas novelescas relacionadas con el cuchillo que le atravesó el corazón. 
–Sí, la cuchillada fue muy profesional. Bolívar constata que el cuchillo estaba recién afilado. Los afiladores eran pocos, era un trabajo que hacían los barberos. Entonces convoca a los barberos y les pregunta quién ha afilado ese cuchillo. Se entera así de que quien lo hizo afilar era un negro fornido. Con un pretexto convoca a los negros mediante un bando y ahí es reconocido Candelario Espinosa, el sicario contratado para matarlo. Bolívar lo lleva a su despacho y tiene una entrevista privada con él en la que le dice que no  morirá ahorcado si le dice quién le ha encargado el crimen. Evidentemente se lo dice porque Candelario permanece en prisión pero no es ahorcado. Bolívar no comparte con nadie esa revelación, pero uno puede concatenar una serie de hechos y sacar conclusiones. Sánchez Carrión que era un hombre de extrema confianza del libertador venezolano muere misteriosamente al poco tiempo. Luego de muerto Bolívar, uno de sus secretarios confiesa que el nombre que le había dado Espinosa era el de Sánchez Carrión. También se hicieron muchas especulaciones sobre un asunto de faldas.
–¿Y usted qué cree?
–Aunque no tengo ningún elemento probatorio, planteo una hipótesis. Monteagudo tiene una gran insistencia en la convocatoria del Congreso Afictiónico en Panamá. El anfictionismo era la tradición griega según la cual las ciudades en conflicto se reunían y trataban de dirimir sus dificultades a través del diálogo para no llegar a la guerra. Fíjese en la precocidad de Bolívar que en la carta de Jamaica, que escribe en 1815, cuando había fracasado en su primera expedición revolucionaria y estaba exiliado en Kingston, ya hablaba de la necesidad de que las naciones surgidas de la dominación española conformaran  una unidad para defenderse entre sí. Esto se hace carne en Monteagudo, lo mismo que en San Martín. Por su parte, Sánchez Carrión era la máxima autoridad de una logia muy ligada a sectores del absolutismo europeo. En esa época se había constituido la Santa Alianza que bajo pretextos religiosos estaba integrada inicialmente por tres monarquías absolutistas que eran la rusa, la alemana y la austríaca. Luego se incorporan la Francia napoleónica y España. Era una unión muy poderosa cuyo objetivo era retrotraer el mundo al tiempo anterior a la Revolución Francesa, es decir, terminar con las ideas republicanas y recuperar las colonias perdidas en América. Como lo explicaba Monteagudo en su ensayo sobre la unión americana, era muy importante que las naciones pudieran unirse para enfrentar los nuevos peligros que las acechaban luego de haberse independizado de España. Y Monteagudo aboga por una unión que no sea retórica, sino que tenga un ejército aportado por los distintos países que, a su vez, deben financiar y abastecer esa fuerza porque de producirse una invasión de la Santa Alianza, no habría tiempo para coordinar los esfuerzos, por lo que debía haber un dispositivo de respuesta. También tenía en cuenta la amenaza británica. Por eso Bolívar  tiene  una discusión muy fuerte con Rivadavia porque éste petardeó la reunión de Panamá, no tanto por la Santa Alianza, sino por su anglofilia. Esa unión americana podía ser usada también contra Gran Bretaña, que independientemente de la Santa Alianza aspiraba a adueñarse de aquello que había dejado España. Soy un convencido de que Candelario Espinosa fue un sicario contratado por Sánchez Carrión en cumplimiento de una orden del absolutismo para terminar con este tipo que fastidiaba. Esa fue una de las causas del fracaso de  la reunión de Panamá que se hizo en 1826. Pero entre la ausencia de Monteagudo asesinado en 1825, el saboteo de los imperios y de los países que seguían las instrucciones de éstos y las diferencias internas, la reunión fracasa.  No es difícil pensar que, lamentablemente, el asesinato de Monteagudo haya sido una solución política eficaz porque la Santa Alianza logra conjurar un régimen liberal en España, que había obligado a Fernando VII a jurar una constitución republicana o una monarquía constitucional. Lo hace con la famosa invasión de los Cien mil  hijos de San Luis, una expedición organizada y gobernada por la Santa Alianza que termina con este ímpetu de monarquía constitucional en España. De modo, imagínese, que les resultaba muy fácil eliminar a un tipo que en Lima estaba haciendo cosas que podían ir en su contra. 
–¿Más que un hombre de acción Monteagudo era un ideólogo?
–Sí, fue un personaje principal en la Asamblea del año XIII. En ese momento colaboraba con Alvear, por lo que seguramente no fue el momento más feliz de su vida. A su llegada a Buenos Aires ya era una figura muy importante en la ciudad, era columnista de los diarios, editorialista. Luego del exilio vuelve y O'Higgins lo toma a su lado. La proclama independentista de Chile está escrita por Monteagudo. Luego San Martín lo toma como su primer ministro. Prácticamente él gobierna Lima mientras San Martín se ocupa de las acciones bélicas. Fue un gran ideólogo,  un hombre con una gran capacidad de explicar, de interpretar los sucesos. Era un gran generador de ideas. Estaba convencido de su utilidad en la causa revolucionaria y por eso lo va a buscar a Bolívar y lo hace a través de la amante de éste, Manuela Sáez. Llega al campamento acompañado por ella, lo que en principio despierta los celos de Don Simón. Recordemos que se lo describe como una persona de muy buen aspecto. Tan es así que yo tomo una descripción que hace Vicente Fidel López casi en estado de excitación erótica cuando habla, por ejemplo, de las pantorrillas bien torneadas de Monteagudo. 
–¿Monteagudo era un hijo de la Revolución Francesa?
–Eso tiene que ver con su formación en Chuquisaca. Pero  yo le hago una crítica a la historia que nos cuentan. Se supone que los antecedentes de Mayo son las ideas de la Revolución Francesa, pero no se toman en cuenta las sublevaciones indígenas. Entre nosotros hay una larga tradición de resistencia. Monteagudo tiene una participación muy activa en la sublevación de los criollos y originarios del 25 de Mayo de 1809, la rebelión del Alto Perú Potosí, La Paz, Chuquisaca. Fue reprimida salvajemente por Goyeneche. A raíz de esta sublevación Monteagudo queda preso y luego se escapa. El inauguró la guerra psicológica, es el creador de la Guerra de Zapa que consistía en hacer publicaciones con noticias falsas que engañaran al enemigo. Es tal la desmoralización que esto produce, que San Martín entra en Lima sin disparar un tiro. 
–Usted preside el Instituto Dorrego que desde el revisionismo propone  otra forma de narrar la historia. ¿De qué modo influye el relato del pasado en el presente?
–Yo defino la corriente nacional, popular y federalista –me gusta más llamarla así que revisionista– como la que mira la historia desde la perspectiva de los sectores populares. La historia oficial, la que ha sido el pensamiento único, la que ha escrito los programas educativos de escuelas, colegios y universidades, la que ha bautizado parques, calles y avenidas, es la historia vista desde los sectores dominantes. Humorísticamente podríamos definir esta historia como un boliche con un patovica en la puerta que decide quién entra y quién no. Es la  historia de los grandes hombres. Para mí, en cambio, la historia es una consecuencia de movimientos sociales en los que los sectores populares siempre son protagonistas.  «
 
 
Una figura fascinante
A tal punto la figura de Bernardo Monteagudo le resulta interesante a Pacho O´Donnell que la abordó diversas veces. El primer libro referido a él   aparece en 1995, el segundo en 2011 y el tercero es muy reciente. 
Cuando se le pregunta cuáles son las diferencias entre ellos contesta: "La edición de 1995 fue editada por Planeta, la actual la publicó Aguilar. Esta última editorial  ha publicado varios libros míos, ha hecho una suerte de colección que tiene unidad visual. Ha tomado algún libro original como Artigas y también ha tomado reediciones como Juan Manuel de Rosas. El último libro sobre Monteagudo no es una reedición, sino una reescritura. El libro de 1995 se titulaba  Monteagudo. La pasión revolucionaria, mientras que éste es Monteagudo. Pionero y mártir de la Unión Americana"
"Monteagudo -explica O´Donnell la razón de su insistencia- es un personaje tan fascinante que después de publicar el primer libro seguí trabajando sobre él y se me presentó como muy relevante su extraordinaria visión de la necesidad de unión de las naciones americanas, las naciones neonatas recién salidas de la dominación española". Es imposible no relacionar  este rasgo ideológico de Monteagudo rescatado por el historiador  con la situación actual de América Latina, con la necesidad de unidad latinoamericana 
que sostienen muchos de sus países. O´Donnell señala: "Cada vez que se hable del Mercosur, de CELAC, no debe dejarse de tener en cuenta a este abogado extraordinario que fue Monteagudo".

1 comentario:

  1. Odonell un historiador mediocre! ese mismo estuvo con menem!

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