Rosas

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miércoles, 30 de septiembre de 2015

La muerte de Moreno



  "A esto siguió una terrible convulsión -relatará su hermano Manuel, acompañante en la fatal travesía- que apenas le dio tiempo para despedirse de su patria, de su familia y de sus amigos".  
 Cornelio Saavedra, moderado y conciliador con las ex autoridades coloniales, había logrado imponerse sobre Mariano Moreno, jacobino y rabiosamente antigodo. Para desembarazarse de él lo envía a Europa con una misión relacionada con la compra de armamento.  More­no acepta, quizás con la intención de dar tiempo a sus partidarios para revertir la situación y también para sal­var su vida. Un oficial de su secretaría en la Junta, Pedro Jimenez, declarará en la correspondiente investigación abierta años después por la Asamblea General Constitu­yente, que le había aconsejado que se alejase o se ocul­tase "pues corrían voces de que se le quería asesinar".
El encono de los saavedristas lo acompaña hasta el embarque. Los acompañantes de don Mariano, su her­mano Manuel y Tomás Guido, secretarios de la misión, lo escuchan susurrar: "Algo funesto se anuncia en mi via­je...”
La fragata inglesa "Fama" soltó amarras el 24 de ene­ro de 1811. A poco de partir Moreno, que nunca había gozado de fortaleza en su salud, se siente enfermo. Segu­ramente como consecuencia de las desazones políticas sufridas durante las últimas semanas.
Para paliar sus males el capitán le administra una pócima, “imprudentemente y sin nuestro conocimiento", apunta Manuel Moreno, quien añade: "Aunque quisimos estorbarlo desamparó su cama ya en este estado, y con visos de mucha agitación, acostado sobre el piso de la cámara, se esforzó en hacernos una exhortación admira­ble de nuestros deberes en el país en que íbamos a entrar, y nos dio instrucciones del modo que debíamos cumplir los encargos de la comisión, en su falta. Pidió perdón a sus amigos y enemigos de todas sus faltas; lla­mó al capitán y le recomendó, con el más vivo encareci­miento, el cuidado de su esposa inocente -con este dic­tado la llamó muchas veces-."
La historia ha inmortalizado sus últimas palabras: "¡Viva mi patria aunque yo perezca!". Luego se sumergió en la inconsciencia.
Mariano Moreno murió luego de una horrible agonía de tres días. Era el amanecer del 4 de marzo de 1811. Tenía 32 años.
"Su cuerpo fue puesto en el mar, a las cinco de aque­lla misma tarde, después de haberle tributado las demos­traciones compatibles con nuestra situación. La bandera inglesa, a media asta, y las descargas de fusilería anun­ciaron a las otras fragatas del convoy la desgracia sucedida en la nuestra, y el cadáver estuvo expuesto todo aquel día sobre la cubierta, envuelto también en la bandera inglesa".
Al poco tiempo de partir don Mariano hacia su nunca alcanzado destino londinense, su esposa -María Gua­dalupe Cuenca- recibió anónimamente un abanico de luto, un velo y un par de guantes negros. "Era el anuncio de su próxima viudez", señala Enrique de Gandia en su Historia del 25 de Mayo.
Otro dato muy sugerente fue que el gobierno porteño haya firmado contrato con un tal Mr. Curtís, el 9 de fe­brero, es decir quince días después de la partida del ex secretario cae la Junta de  Mayo y sin conocer, por lo tanto la noticia de su muerte, aunque "para el caso de que falleciera"., adjudicándole una misión idéntica a la de Moreno para el equipamiento del incipiente ejército nacional. El artículo 11 de este llamativo documento aclara "que si el. señor doctor don Mariano Moreno hubiere fa­llecido, o por algún accidente imprevisto no se hallare en Inglaterra, deberá entenderse Mr. Curtís con don Aniceto Padilla en los mismos términos que lo habría hecho el doctor Moreno."
En el navío "Fama" no había médico, función que cumplió el misterioso capitán, quien se negó al pedido de Guído y de Manuel Moreno para que desviara la nave a algún puerto cercano a fin de tratar al enfermo. Además la marcha del barco, y sin justificación evidente, se retra­só notoriamente.
Dicho oficial, cuyo nombre nuestra historia no regis­tra, jamás volvió a pisar Buenos Aires aunque sí regresó el buque.
Como es sabido, anoticiado, don Cornelio exclamó: "Hacía falta tanta agua para apagar tanto fuego". Efecti­vamente, el arsénico quema las entrañas... (2, 63, 67).


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