Rosas

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jueves, 3 de agosto de 2017

Ernesto Palacio

Por César Tiempo
Formado como Jorge Luis Borges o Leopoldo Marechal en la incubadora literaria de la revista Martín Fierro de los años 20, Ernesto Palacio (1900-1979) abandonó el espíritu socarrón y malcriado de la publicación para volcarse a la búsqueda de la identidad nacional. Impulso éste que lo llevó desde el nacionalismo hispanista y católico hasta las filas del primer peronismo, del que llegó a ser diputado nacional entre 1949 y 1955.  Su sorprendente prosa produjo algunos textos muy recomendables, entre los que se cuentan La historia falsificada (1939), Catilina contra la oligarquía(1945), Teoría del Estado (1973) o Historia de la Argentina (1954).Cosa curiosa: son muy pocas las fotos que registran las reuniones del grupo Martín Fierro en las que aparece Ernesto Palacio. ¿Indiferencia a la notoriedad, a la promiscuidad del catálogo, a la poesía de lo inservible? Todavía no lo sé. Palacio era el más chisporroteante, el más alegre y desaprensivo de todos, doctor en sornas y facecias, y además dueño de un pintón de latín lover o de paseante distinguido de la Ring Strasse de Viena, cuya presencia en los chitones literarios ayudaba a rasgar las horas forradas de tedio, mientras otros se empeñaban en fabricarse una soledad de consumo para afrontar la obra maestra que no llegaría nunca. Creo haberlo visto de bastón y polainas tomarse a trompadas con Juan de Dios Filiberto en la puerta del Tortoni después de haberse reído de un actor de la compañía de Pirandello que había recitado macarrónicamente estrofas del Martín Fierro. ¿Lo estaré soñando? Su agudeza era deslumbrante, como lo recordó hace poco Petit de Murat, el más joven pero no el de menos agallas del plantel. Ernesto Palacio, que nunca le dio importancia a su importancia, a la importancia de llamarse Ernesto, prefirió en sus primeras escaramuzas ser Héctor Castillo(un castillo es siempre un palacio más moderado) y con ese nombre escribió páginas agudas y divertidas sobre las que el tiempo quiere pasar su esponja y no puede. Por supuesto que el Ernesto Palacio de Catilina y de la Historia Argentina, se reveló sin disputa maestro mayor de obras maestras, demostrando que entendía como pocos el mundo en que se movía y en el que se movieron otros congéneres —ilustres o no— antes que el.  La madurez le enseñó que ya no había necesidad de tomarle el pelo a nadie, si bien en su Historia se mete con alguna gente empingorotada cuyos apellidos ilustran difundidas calles de nuestra ciudad, actitud que le valió algunos pleitos memorables Por otra parte, cuando publicó Catilina un humorista de reata dijo no sé dónde, glosando al tango No te aflijas, Catilina— ya vendrán tiempos mejores, que nos hizo recordar la inclinación de Ernesto a la dicacidad y que en sus buenos tiempos de sagitario lanzó rehiletes punzantes a diestra y siniestra desde las columnas de Martín Fierro como éste dedicado al poeta Alfredo R. Bufano, nacido en la bella Nápoles: Vengo de Mantecón y voy en casa 
donde me espera mi adorada esposa, 
rodeada de los nenes, sonrosada, 
propio como una rosa. 
O este comentario dedicado a Ricardo Rojas, después de asistir a una conferencia suya:
Teatralmente leíste tu grave Infundio, 
y entre música y ripios de la comparsa, 
acabóse la triste, solemne farsa 
de tus bodas de plata con el gerundio. 
También le dedicó un epitafio a Manuel Gálvez:
Bajo esta losa pesada 
libre de malos momentos 
tiene Gálvez su morada. 
Sus versos no fueron nada, 
sus novelas fueron cuentos. 
Gálvez, que ya había tratado a Ernesto en Amigos del Arte y de quien anduvo distanciado precisamente por los chistes que le hacía desde las troneras de Martín Fierro, terminó haciéndose muy amigo suyo. Gálvez, a quien hacíamos bromas estúpidas sobre su sordera, sobre sus accesos de autosobrevaloración, perfectamente justificados, anduvo siempre sobre pistas seguras y quería a quien merecía su afecto.
Ernesto se reía de los escritores envarados y de los poetas moquillentos, pero llegó un momento en que supo amainar sus burletas y respetar a quien merecía ser respetado. Ya se dijo que el humorista verdadero llorará en silencio por las desgracias que no puede evitar pero será generoso llegado el momento de enjugar los déficit de justicia.
Cierta vez que Gálvez nos invitó a compartir un té en el Jockey Club a Blombergy a mí, nos contó que Ernesto Palacio, siendo diputado nacional, presentó aManuel Ugarte a Perón, que acababa de asumir la Presidencia. Ugarte, que estaba pasando serias dificultades, después de haber recorrido el Continente en tren de conferencias defendiendo el sagrado derecho de América a su autodeterminación, fue designado Embajador en Nicaragua, donde le cupo en suerte inaugurar la estatua de Rubén Darío, su fraternal amigo, donada por el gobierno argentino a iniciativa suya.