Rosas

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martes, 28 de febrero de 2023

En 1967 LA REVISTA "SIETE DIAS" interroga: ¿Deben repatriarse los restos de Juan Manuel de Rosas?

AÑO 1967...PLENA DICTADURA DE ONGANÍA; Un insistente rumor rondaba la semana pasada por los pasillos de la Casa de Gobierno: las autoridades proyectarían entronizar en el Salón Blanco el busto del brigadier general Juan Manuel de Rosas, reparando un largo "olvido" histórico y produciendo sin duda una petit revolución.Sea o no cierta, la versión insinúa la posibilidad de que a breve plazo puedan repatriarse los restos del discutidísimo brigadier general. Al parecer, para que deje de ser un símbolo virulento y lejano, y se lo acepte como lo que es: un hecho irrevocablemente recortado en la historia. De paso, se clausuraría así uno de los "pro" y "anti" más dramáticos de la vida argentina. Que no es el único, a juzgar por el intencionado comentario de un parroquiano, en un café de Congreso: "¡Muy bien! Que los traigan a los dos: a Rosas muerto, y a Perón vivo. . ."   La figura de Rosas sigue siendo un mito nacional. 
Un mito cargado de pólvora. Contribuyen a ello su compleja personalidad y sus treinta y dos años de actuación política (desde 1820, en que se volcó a esas lides, hasta 1852 cuando se derrumbó en Caseros). El vapor Centaur lo llevó entonces a Inglaterra. En 1877, tras haber sido declarado "reo de lesa patria", muere en el exilio. Se abre entonces una puja insólita entre las imágenes que quieren representarlo: ¿Tirano o héroe de la ciudad y soberanía patrias? ¿Terrateniente feudal o paladín del federalismo?
SIETE DIAS recogió la versión. Y pregunta a seis destacadas personalidades: ¿Debe volver Rosas al país? (1967)
Si es así, ¿quién debe traerlo? Las que siguen son sus respuestas exclusivas, de indudable interés y actualidad.  
"En mi próximo libro 'Manual de Zonceras Argentinas' me refiero a aquella de José Mármol: . .Como hombre te perdono mi cárcel y cadenas. . .Arturo Jauretche se pone peleador de entrada; quiere diluir la imagen de Rosas como "Señor de horca y cuchillo", que degollaba a sus enemigos o los clavaba en el cepo. Y recuerda un relato de Bernardo de Irigoyen publicado en la revista del Instituto "Juan Manuel de Rosas":
"Eran los tiempos en que Rosas gobernaba. .. Mi padre me encargó fuese a interesarme ante el jefe de Policía por la suerte del poeta don José Mármol, que había sido detenido. Concurrí a entrevistarme con el jefe. Se me dijo que estaba muy ocupado.. . ¡Cuál no sería mi sorpresa cuando vi que la ocupación era un partido de ajedrez que sostenía con José Mármol!"
La anécdota se cierra con las palabras que el jefe machacó socarronamente: "Vaya, amigo, y dígale a su padre que Mármol está conmigo por calavera, pues se ha metido en amoríos con una dama y los parientes lo buscan con malas intenciones En la primera oportunidad saldrá para el extranjero, a Río de Janeiro, adonde está el señor general Guido." Los bigotes de Jauretche se agitan cuando carraspea: "Para los que saben que Mármol era hijo natural del general Guido, su condición de demorado que juega al ajedrez mientras se le prepara el viaje al lado de su padre lo explica todo, desde que Guido era el embajador del tirano en el Brasil. . ." Lo que pasa, para A. J., es que "la repatriación de los restos de Rosas es incompatible con la continuidad de los mitos de todo orden en que se apoya la pedagogía colonialista. Tenemos la obligación de repatriar sus restos, pero también la obligación de repatriar al país. Ello no será un punto de partida, sino "el remate de un triunfo, de un pensamiento nacional: Cuando esos restos hayan salido de Southampton y la bandera de la nave que los conduzca tremole en las brisas del río de la Plata, Rosas entrará por la puerta ancha de la Argentina como triunfador y no como indultado". 
En este espinoso terreno, los académicos liberales y mitristas son frecuentemente vapuleados por los activistas del libro o de la tribuna, como Jauretche. Pero ellos también tienen mucho que decir. Y "con fundamento", como quería Fierro.
José A. Oria es categórico: Juan Manuel no fue desterrado inicialmente por sus compatriotas, sino que los abandonó a su suerte cuando la fuerza de las armas no le permitió seguir gobernándolos como él mismo lo describiera: "... a este pueblo yo lo he montado, le he apretado la cincha, le he clavado las espuelas..."  "No eran estas fórmulas de gobierno groseramente gauchas las que harían desear con mayor gratitud la reaparición, en la escena nacional, del personaje que las pronunciaba. Pero alguna vez —enfatiza Oria— conviene conjurar para siempre los espectros de las contiendas fratricidas."  Por tal motivo, la justicia en torno al difícil problema radica, para el equilibrado juicio de José Oria, en estos puntos: "La cuestión planteada a propósito de la repatriación de los restos de Rosas no es puramente académica ni exclusivamente legal. Tiene alcance histórico y contornos políticos palmarios. . ." Sería responsabilidad del poder sobre el cual recayera tal decisión cuidar que ese retorno póstumo contribuyera "a la consolidación y unidad espiritual de la familia social argentina, en paz y libertad", en vez de coadyuvar a "dividirla y enconarla". Entonces, sí: "Bien venido el regreso que trajera consigo el primero de esos resultados. . ."
Con Jauretche coinciden, en cambio, el cirujano Raúl Matera y el historiador José María Rosa:  Matera diagnostica: "El problema de Rosas es un problema de autoconciencia nacional: de creación de conciencia, como base espiritual para toda empresa argentina soberana. Si hoy, en 1967, las nuevas generaciones del país se vuelcan hacia los más definidos protagonistas de nuestra historia —y Rosas entre ellos—, es no sólo porque han dejado de creer en la mitología de la historia oficial, sino también porque anhelan la consolidación de esa autoconciencia a través de las lecciones máximas que nos vienen del pasado." Y agrega:
"Recientemente, el R. P. Dr. Mariano N. Castex decía: 'Negar la posibilidad del encuentro entre la inteligencia y la montonera es afirmar en forma lisa y llana la escisión del país". Por eso, para el neurocirujano Matera "la vuelta de Rosas con todos los honores sería un hecho de afirmación de necesarios valoras, políticos y culturales. Y el principio de la integración de la inteligencia argentina al ser nacional."
"Pepe" (José María) Rosa hace una aclaración inicial: no hay ninguna disposición legal que impida traer los restos de Rosas al panteón de la Recoleta, donde descansan su esposa y sus padres. No han sido traídos porque Rosas puso una cláusula en su testamento que debe cumplirse previamente: "Mi cadáver será depositado en el cementerio católico de Southampton hasta que en mi patria se reconozca, y acuerde por el gobierno, la justicia debida a mis servicios. "Entonces serán enviados a ella, y colocados en una sepultura moderada a la par de las de mi compañera Encarnación, de mi padre y mi madre".
La argumentación de "Pepe" Rosa es ésta: previo a la repatriación está el problema de la justicias. Aunque es una verdad innegable que en la patria de Rosas —llamando "patria" al pueblo— se reconocen y admiran sus servicios, el gobierno no ha producido un acto definitorio, quizá porque ello significaría una conmoción nada fácil de afrontar. Estamos madurando como nación, pero no somos aún una nacionalidad.  Estoy seguro de que Rosas retornará. Pero no para conciliar lo inconciliable. Vendrá cuando la Argentina no sea colonia. Cuando sea de los argentinos. Entonces, "los otros estarán de más".
Cuando el ex presidente Arturo Frondizi llegó a la India y visitó al entonces premier Nehru en el palacio de gobierno de Nueva Delhi, se asombró: en sus salones colgaban grandes cuadros con los retratos de los antiguos virreyes británicos. Los mismos que habían sojuzgado a la vieja nación asiática, encarcelando y persiguiendo a Gandhi y al propio Nehru. Preguntó entonces cómo no habían descolgado esos retratos. La respuesta era de las que hacen pensar: "Ellos también forman parte de la historia de la India". El recuerdo de Félix Luna (en su libro "Diálogos con Frondizi") precede a la opinión que A. F. brinda ahora a SIETE DIAS: "Los restos de Juan Manuel de Rosas deben reposar en tierra argentina. Cuando este hecho se produzca tendremos más clara conciencia de haber integrado y asumido todo nuestro pasado". Lo contrario —el olvido y la abominación— constituye un verdadero agravio al alma nacional. Vale recordar lo que ocurre en Chile con la figura de Portales, el dictador del país hermano. Su estatua se levanta en el palacio de La Moneda y no queda pueblo en toda la extensión de su patria que no lleve su nombre inscripto en una escuela o una plaza. Las pasiones que desató su vida concluyeron con el acto de su muerte; pocos lustros después, su memoria era reivindicada. La unidad espiritual del país reclama un acto de justicia póstuma para con el dictador argentino, cuya acción de gobierno obró como elemento de fusión de las fracciones y aspiraciones de las provincias y del pueblo."
Eso, aparte de un derecho "de la condición humana": vivir y morir en la propia patria. Y Frondizi instala aquí un recuerdo: durante su presidencia se preparó el decreto que ordenaba la colocación del busto de Rosas en la Casa Rosada. La repatriación vendría después. Pero aquello no pudo cumplirse: la historia dijo no. Entretanto, el problema —candente, multifacético— seguirá transitando sus instancias polémicas. Que ahora se vuelcan a un interrogante: ¿Volverá Rosas al país"?
Revista Siete Días Ilustrados
12.12.1967

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