Rosas

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sábado, 30 de noviembre de 2019

Tiempo y espacio en el Facundo II


Por Alberto JUlián Pérez
Para Sarmiento no había conciliación posible entre dos tiempos y dos modos de vida: la civilización tenía que destruir a la barbarie, es decir al gaucho y lo que él representaba. Podemos leer el Facundo como una profecía (y una elegía) de lo que habría de pasar en la lucha de predominio entre las distintas fuerzas sociales a la caída de Rosas, y como una obra de propaganda política en que el autor propone (en el último capítulo del libro) un programa de gobierno, que comparte con muchos de los proscriptos que  Rosas, aunque no fue escritor de ensayos doctrinarios, más allá de sus opiniones diseminadas en documentos y cartas, escribió sin embargo una gramática y un diccionario de la lengua de los indios pampas, con quienes alternó en sus estancias ganaderas. 
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Así lo indica Valentín Alsina en la nota 26 al Facundo en que hace una semblanza de Dorrego.  En La vida de Dominguito, por ejemplo, publicado en 1886, Sarmiento firma: “D. F. Sarmiento General de División”. Gálvez refiere el poco aprecio que sienten los militares durante la campaña del Ejército Grande contra Rosas ante las supuestas dotes militares que Sarmiento cree que posee. El General Urquiza lo nombra Boletinero del Ejército pero no requiere su consejo militar, lo cual ofende a Sarmiento.  Pertenecía a la Asociación de Mayo, y cuyos puntos fundamentales eran: la libre navegación de los ríos, la inmigración europea, la educación popular, el libre comercio, la sanción de una constitución nacional. Sarmiento no supo (no pudo) concebir el mundo como una unidad posible de instinto y razón, civilización y “barbarie”, yo y los otros. Para Sarmiento el Otro, el diferente, era un enemigo que amenazaba la subsistencia del yo. Y esto justificaba su guerra a muerte contra el otro, contra el “bárbaro”, defendiéndose de la presunta agresión del otro contra su yo. Para el político “gaucho” de su época, para un Estanislao López, un Quiroga, un Rosas, el sector letrado que representaba Sarmiento, que quería marginarlos de la política nacional, tenía que recordarles otra situación anterior la muy reducida participación de los criollos en la administración económica y política española durante la colonia . Debido a esto, la “sociabilidad democrática”, componente ideológico fundamental en las luchas independentistas, como nos lo indica José Luis Romero, no se había desarrollado en las ciudades, centros administrativos del poder colonial, sino en la campaña, donde los criollos se habían visto libres de la tutela directa de la corona española. Esto explicaba la desconfianza de la campaña hacia los criollos comerciantes y profesionales, que habían sido colaboradores directos o indirectos de la administración colonial y querían adjudicarse la dirección de la Revolución con prescindencia de la campaña gaucha. Para los representantes de este último sector, con intereses bien definidos, el núcleo urbano de elite reproducía la odiosa división social que había existido durante la colonia entre los que tenían acceso al poder y los cargos públicos y los que, por un problema de origen y nacimiento, no lo tenían. ¿No estaban los unitarios opositores tratando de repetir aquella dolorosa exclusión, marginando de las decisiones y el poder político a la campaña y al gaucho, representantes de un modo de vida local original y americana? Especialmente J. B. Alberdi, Vicente F. López, J. M. Gutiérrez y Bartolomé Mitre.  Sarmiento mismo reconoce en el Facundo que Rosas representaba un modo de ser y de sentir americano, y acusaba su posición “civilizadora” como extranjerizante y enemiga de la soberanía nacional. De hecho que así pareció cuando los emigrados argentinos enemigos del tirano apoyaron el bloqueo de Francia al puerto de Buenos Aires y la eventual invasión del territorio argentino.  Para Sarmiento, y los jóvenes escritores y pensadores que integraron la Generación argentina del 37: Echeverría, Mármol, V. F. López, Gutiérrez, Alberdi, la etapa del rosismo significó un itsmo histórico, tiempo muerto que ellos usaron muy bien para proyectar el país deseado, la nación que querían tener; en cambio, para Quiroga, Estanislao López y Rosas, representantes de una democracia gaucha que culminó desgraciadamente en la tiranía de este último una vez desaparecidos los anteriores de la escena política (Quiroga fue asesinado en 1835, y Estanislao López murió de muerte natural en 1838), ése fue su tiempo histórico, el momento en que las masas rurales y los sectores populares se sintieron partícipes del poder político. A eso se debió seguramente el que esas masas dieran tanto apoyo al régimen rosista, al que defendieron con denuedo, como lo reconoció Sarmiento (Facundo 311). Sarmiento, en su crítica, se sentía animado por un sentimiento de superioridad política: no reconocía la ley del Otro, la ley del gaucho, la ley de Facundo. Por eso justificó que el General Lavalle hubiera fusilado al Gobernador Dorrego (Facundo 212- 4), en una situación de abierta insurrección militar contra el poder civil legítimamente constituido, uso de la fuerza que tantas veces se repetiría en la historia argentina y en otras sociedades de América Latina situadas ante disyuntivas similares. Para Sarmiento el caudillismo no tenía legitimidad política ninguna, a pesar de haber sido los caudillos auténticos líderes populares. En cambio, un gobierno de las elites ilustradas, que marginara a los sectores populares, que él consideraba incapaces de una elección política acertada, y aún apoyara la extinción del gaucho, por lo que éste significaba, como representante de un tipo de vida bárbara, le parecían procederes perfectamente legítimos y de justo sentido moral. Justificó así mismo la intervención de poderes extranjeros en su país para destruir la tiranía de Rosas, aún cuando esto pudiera implicar un peligroso precio político a pagar a los países aliados una vez obtenido el triunfo (Facundo 347-8). La visión de mundo de Sarmiento se apoya en la necesidad de la exclusión del Otro para salvar a la patria y juega con la idea de “sacrificio”. Para él, Facundo termina siendo el caudillo sacrificado por Rosas en beneficio de su poder personal. Si se deseaba alumbrar la sociedad liberal futura, consideraba Sarmiento, era indispensable, así mismo, sacrificar la organización social vigente en las campañas pastoras. Además del gaucho, también había que sacrificar al indio, y se alegra de que las guerras civiles hubieran ya acabado con los negros, que apoyaban incondicionalmente el régimen de Rosas (334-5). Evidentemente, para Sarmiento, había tipos humanos superiores e inferiores: superiores eran su “yo” y los “doctores”, los hombres ilustrados, los europeos (con excepción de los españoles) y los norteamericanos; inferiores, los gauchos ignorantes, los hijos “naturales”, no educados, del suelo y los españoles, su civilización y cultura. El autor de Facundo nos legó una imagen singularmente dramática y violenta de su sociedad (no por nada lo publicó originalmente en la sección de “Folletín” del periódico chileno El progreso). Valentín Alsina le indicó la “exageración” de su visión de mundo (Facundo 381-2), exageración, claro, que hace a la esencia de la literatura, y es parte integral de la noticia sensacionalista periodística.  Si nuestro escritor luchó tanto por separar la civilización de la barbarie es porque íntimamente sabía que en su sociedad y en él mismo ambas estaban demasiado cerca. La conciencia que tenía de su defectuosa formación autodidacta, su sentimiento de inferioridad por su falta de títulos académicos, su sentido de la improvisación, la tiranía de su temperamento fogoso y dogmático, su manera vehemente y atropellada de escribir, nos muestran a un hombre que, comparado a aquellos intelectuales europeos que él trataba de emular y que confrontó personalmente en sus Viajes, fue irremisiblemente y por fatalidad de su destino el Otro americano. La enérgica condena sarmientina de la barbarie se une a la fascinación ante el personaje de Quiroga, el hijo de las llanuras salvajes de América, al que elevan los vientos de la historia. La misma ambigüedad siente en ocasiones frente a la sociedad casi colonial en que se crió: el rechazo de la barbarie primitiva y medieval de su región se transforma en amor cuando tiene que hablar de la etapa colonial de su familia, de su madre y sus tíos eclesiásticos. Sarmiento vivió desgarrado entre dos sociedades y dos tiempos. Su escritura, paradójicamente, fundó el presente político de la literatura argentina. Como periodista, habló a los nuevos lectores de un mundo en transición, de un hecho actual inédito y contemporáneo: el caudillismo y las guerras civiles de su patria. En el Facundo, su primer libro, encontramos al país, su geografía, su gente, el arte gauchesco, la sicología del hombre rural, el cuadro de las ideas de los hombres ilustrados, los ideales europeístas de las elites educadas argentinas. Y encontramos al escritor Sarmiento como espectador y personaje hablándole directamente al lector de su presente político, en el que participa como militante. Precisamente porque habla desde un interregno, temporal, espacial y también literario (la nueva literatura de su patria estaba en formación en esos años ), Sarmiento debe crear su propio tiempo “poético”, apropiarse de un espacio literario inédito: está explicando una situación social y humana absolutamente original y tratando de describir al Otro. Es el mundo del Otro americano el que emerge del texto: el mundo de Facundo, el caudillo bárbaro, y el discurso y la voz del argentino Sarmiento, el escritor nuevo, que está forjando su literatura. Como dice en Recuerdos de provincia: “A mi progenie, me sucedo yo.” (254). Es éste el momento en que Sarmiento da substantividad a su yo y lo sitúa en el presente político, ante un mundo aún por hacerse: ese yo y esa voz fundan una conciencia político-literaria nuestra (que se parece a nosotros). Por eso la seguimos escuchando, aún nos habla. Desgarrados hoy por muchas de las dicotomías que angustiaban a Sarmiento, todavía percibimos en la sociedad en que vivimos esa simultaneidad de atraso y de progreso que describía el sanjuanino. 

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