Rosas

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viernes, 17 de abril de 2020

Rosas frente al Imperio Francés y sus aliados Santa Cruz y Fructuoso Rivera

Por Julio Irazusta
Con motivo de las incesantes intrigas del gobierno boliviano para anarquizar el norte argentino y favorecer a los unitarios separatistas partidarios de anexar la región a la Confederación Peruano-Boliviana creada por el general Santa Cruz, el Restaurador, Encargado de las Relaciones Exteriores decidió aprovechar la ocasión que le ofrecía un conflicto chileno-peruano-boliviano para cortar el peligro de una nueva desmembración. Firmó una alianza con el gobierno trasandino y le declaró la guerra a Santa Cruz en magnifico manifiesto que enrostraba al caudillo del Altiplano su tardía incorporación a la causa de la independencia americana y la violación de los principios del derecho público establecido por los libertadores. 
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En la oportunidad, pasó una circular a las provincias diciendo a sus colegas que si ya tenía por su encargo las facultades necesidades para declarar la guerra y hacer la paz, convenía que ellos le refirmaran la delegación de poderes, para hacer patente ante el mundo la unidad argentina consolidada definitivamente al cabo de tanto desorden institucional. Y su pedido fue satisfecho por todos los gobiernos provinciales. 
Entonces fue cuando asumió otra función de la soberanía nacional, al dictar un decreto prohibiendo la exportación del oro y la plata, facultad que hasta entonces había ejercido en su jurisdicción provincial, pero que en adelante se incorporaba al Encargo de las Relaciones Exteriores. Y más adelante, en respuesta a una mediación ofrecida por la Gran Bretaña, que como Francia apoyaba al caudillo boliviano (por su condescendencia con los capitales europeos) estableció una doctrina argentina de derecho internacional, admirablemente expresada por su redactor, el general Guido, según la cual pugnaría con el buen sentido que la renuncia hecha en 1824 a una parte opulenta del territorio patrio fuese a engrosar el poderío de un ambicioso cuyas usurpaciones podían alterar el equilibrio del continente.
La guerra entre la Confederación Peruano- Boliviana y la Argentina y Chile, ofreció a los europeos una ocasión dorada para el cumplimiento de sus designios sobre la América Hispana. Los desafueros cometidos por los agentes de todo el cuerpo diplomático contra los Estados de la América Austral a favor de Santa Cruz fueron enormes e hicieron todo lo posible para estorbar la acción chileno-argentina. Uno de ellos llegó a acusar a los soldados chilenos de asesinos y ladrones. 
Las escuadras europeas estaban al servicio de las fuerzas de Santa Cruz como si le obedecieran legalmente. Así le pagaban todas las concesiones que el Protector de Bolivia concedía a los capitalistas extranjeros y el increíble vasallaje con que el triste personaje negó a sus hermanas de América la cláusula de la nación más favorecida mientras, beneficiaba al comercio europeo con la exclusividad de ese derecho
Fue asimismo entonces cuando Inglaterra propuso a la Argentina negociar sobre la trata de negros:  Inglaterra sufría las consecuencias de la revolución industrial, creadora de la desocupación y el empobrecimiento de las clases obreras, según lo expuso Federico Engels en un libro publicado en 1844 sobre la situación social de las islas británicas en aquel año, enjuiciamiento confirmado por Carlyle cuando escribió: “A mi ver, rara vez se mostró bajo el sol un país en estado más lamentable que el nuestro en la actualidad. Me parece que estamos cerca de la anarquía, de cosas sin nombre…”. Movido por ese horror, redactó su obra Pasado y presente, en la que comentó los asilos de pobres, en donde se albergaban millones de seres humanos, prisiones: según el autor donde se desarrollaban “escenas de amargura, abandono y desolación, tales como seguramente nunca vio el sol en las más bárbaras regiones del orbe”. Como la ley de pobres se votó cuando se limitaba la trata de negros, Chesterton dijo, en su libro sobre Cobbett, que se libertaba a los negros mientras se encarcelaba a los blancos. Por eso desplegaba Inglaterra una acción expansionista que le dio un imperio colosal, que vimos desaparecer en nuestro tiempo.
La situación era más acuciante para Francia. Al mismo fenómeno social, aunque en menor escala, debíase sumar un belicismo reprimido desde la derrota de Napoleón l.
La opinión ilustrada quería una guerra en Europa. El rey Luis Felipe –“el Napoleón de la paz” lo llamó Heine– no deseaba, en el aislamiento de sus primeros años de reinado, alarmar a Europa con bravatas para evitar que se coaligara de nuevo ante la recuperación francesa, lograda por Borbones y Orleáns en las dos décadas transcurridas desde 1815.  Luis Felipe era demasiado listo para no comprender que aquel belicismo de los súbditos haría explosión en el interior si no se le daba alguna válvula de escape en una acción hacia ultramar. Distrajo a la opinión europea con la promesa de expediciones de conquista en tierras lejanas. Mignet, historiador y vocero oficioso de esa política, decía que para afianzar el establecimiento de los franceses “en la costa opuesta del Atlántico” y su “inmenso desarrollo útil para nuestros intereses y ventajoso a la vez para nuestra gloria”, convendría “una ostentación más frecuente de nuestras fuerzas navales que nos eximirá en muchos casos de tener que emprender una acción efectiva”.   Añadía creer que Hispanoamérica era civilizable, pese al retroceso de esos “gauchos que viven a caballo y sin camisa, hijos degenerados de los héroes de la conquista española, que casi ya no tienen de cristianos sino el nombre y de hombres, la forma únicamente”; para esa regeneración, nuestro continente necesitaba “una continua infusión de las luces y de la actividad de la vieja Europa”, que Francia se prestaba generosamente a procuramos. Por las buenas, si nos allanábamos a sus menores exigencias, o a cañonazos, si tomábamos en serio la independencia que los europeos nos habían reconocido.
Con instrucciones escritas en tal sentido llegó a Buenos Aires Aimé Roger, sucesor como cónsul de Vins de Payssac, en momentos en que el dictador Rosas se hallaba rodeado de dificultades: guerra con Bolivia, rozamientos con Brasil, divergencias entre los aliados contra Santa Cruz, sorda disconformidad de los constitucionales del partido federal contra el Encargado de las Relaciones Exteriores por su política dilatoria de una convocatoria a constituyente.  En su protesta reclama por el juicio seguido a algunos compatriotas por la justicia bonaerense, con la evidente pretensión de sustraerlos a su fuero y llevarlos a tales efectos al consulado francés. El propio Vicente Fidel López, nada sospechoso de parcialidad hacia el régimen dictatorial, dice que ninguno de los casos por los que reclamaba Roger era defendible.
La respuesta argentina no sólo rechazaba esas pretensiones, sino que se negaba, además, a tratar una cuestión diplomática con un simple agente consular, no facultado especialmente por su gobierno para tal negociación. Roger, frente a la negativa, recurrió al almirante Leblanc, jefe de la estación naval en el Atlántico sur, quien no tardó en apoyar esas demandas con medidas de fuerza. El éxito debió parecerle aún más fácil debido a las gestiones del cónsul inglés MandevilIe, quien hizo lo posible para que Rosas cediera a las exigencias de Roger. El bloqueo del puerto de Buenos Aires y de todo el litoral argentino fue decretado el 28 de marzo de 1838. Sin ceder un ápice en su posición, el caudillo aceptó entablar correspondencia con Leblanc. En una de las numerosas cartas que Rosas escribió a Berón de Astrada para retenerlo al borde del abismo, decía: “Ya debe usted reconocer la firme resolución en que estoy de no retrogradar una sola línea de lo que ya se ha visto en mi correspondencia. Más fácil será que perezca, que suscribir a la ignominia y baldón que recibiría nuestra cara Patria después de tan heroicos esfuerzos en la honrosa lucha de nuestra independencia”. Y se manifiesta encantado de que el cónsul y el almirante franceses le den al país la ocasión “de inmortalizar el nombre argentino”.
Así ocurrió y la Argentina demostró su fuerza durante la larga década siguiente de conflicto con las potencias marítimas. Para hacer pie en el Plata y tener un punto desde el cual continuar el bloqueo (según lo confesó más tarde Thiers en el parlamento francés), los agresores hostilizaron al presidente uruguayo Oribe y, en combinación con el rebelde Rivera, lo derrocaron para sustituirlo por el aventurero que después de figurar en las filas de los libertadores de su país, no le molestó en lo más mínimo sentarse en el senado imperial brasilero y recibir de Pedro I el título de barón de Tacuarembó. Desde ese cuartel general en Montevideo, tramaron en el litoral y en el interior de la Argentina una vasta sublevación que levantó a medio país. Cullen, ministro de Estanislao López y pariente político de la esposa del caudillo, se hizo dar por su jefe una misión en Buenos Aires, en la que trató con los bloqueadores, pasando por encima del Encargado de las Relaciones Exteriores. Que sobrepasó sus instrucciones quedó hace poco probado por una investigación de Guillermo Saraví, de la que resulta que el caudillo santafesino, pese a lo que lo preocupaba el conflicto franco-argentino, nunca pensó separar la Causa de su provincia de la causa nacional, representada por Rosas.
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En suma, la intromisión francesa, que en un comienzo alarmó a todos los emigrados en el Uruguay -Lavalle y los hermanos Juan Cruz y Florencio Varela, entre otros-, los arrastró a todos. Para anarquizar a la Confederación, contaban con una carta de triunfo: un tratado uruguayo-correntino por el cual Berón de Astrada, gobernador de Corrientes, se comprometió a pronunciarse contra Rosas en cuanto Rivera le declarase la guerra a la Confederación Argentina. Y así, a poco de instalado Rivera en su presidencia usurpada, decreta aquella declaración que precipitará al correntino a la lucha que le resultó fatal. Entretanto, Rosas había reconocido a Oribe como presidente legal del Uruguay, no sólo como protesta al atentado al derecho internacional, sino por lo que él afectaba los intereses de la Confederación. Berón de Astrada es derrotado por Echagüe, gobernador de Entre Ríos, en Pago Largo y muere peleando el 31 de marzo de 1839. Cullen, entregado por Ibarra, es fusilado en junio siguiente, después de una fugaz gobernación en Santa Fe, a la muerte de López.
En el ínterin, Santa Cruz había sido derrotado a principios de 1839. Pero la noticia no llegó a la capital argentina sino hacia la misma época de Pago Largo. La derrota del protector boliviano en Yungay y la de los correntinos en Pago Largo afianzaron la posición de Rosas, aunque sus enemigos en el Norte incubaban otra liga, a raíz del asesinato de Heredia, gobernador de Tucumán y de la instalación en esa provincia y en Salta de gobiernos que trataron con Bolivia, dejando de lado al Encargado de las Relaciones Exteriores.
 Por su parte Lavalle desconcierta a los conspiradores porteños y a los conjurados del sur de Buenos Aires, pues, vacilante, opta por embarcarse con la escuadra francesa e intentar una campaña en Entre Ríos. Esa diversión mesopotámica de Lavalle resultó fatal para el coronel Maza (del círculo íntimo del dictador) descubierto y ejecutado el 28 de junio de 1839, mientras su padre era asesinado; y para los estancieros del sur, derrotados el 7 de noviembre siguiente en Chascomús. Lavalle es obligado, después de Sauce Grande, a partir hacia Buenos Aires, y desembarcado por los franceses en San Pedro. Este acto de la nueva escuadra francesa cuyos objetivos podían considerarse hostiles, crea una situación que pudo ser la más crítica para Rosas; el caudillo exclama al enterarse de la entrada de Lavalle: “el hombre se nos viene y lo peor es que se nos viene sin que podamos detenerlo”, pero no se amilana. Organiza la resistencia, apelando a medidas extremas. Es entonces que se desencadena el “terror”, el que según Manuel Gálvez no cobró más de veinte víctimas, pero que para sus detractores sirvió de base a una leyenda roja, sobre una tiranía sanguinaria que habría durado tres lustros largos por mero impulso de locura homicida en el gobernante, tolerada por un pueblo salvaje.
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Ante la sorpresa de los unitarios de adentro y de afuera, Lavalle se había retirado a Santa Fe un mes antes de estos sucesos. Tal vez dudó del éxito, ante el descabezamiento de las conspiraciones que lo aguardaban el año anterior, o tal vez abrigaba el propósito de unir sus fuerzas con las de la Liga del Norte, que ya para entonces habían llegado hasta Córdoba. Días más tarde, el almirante Mackau, que mandaba la escuadra recién llegada al Plata, traía poderes para tratar diplomáticamente el asunto promovido por Roger y Leblanc, que no los tenían. El 19 de octubre se firmaba con nuestro ministro Arana el tratado que lleva su nombre y el de Mackau, ministros contratantes. Ambos cedían parte de sus pretensiones. El francés lograba compensaciones económicas y la cláusula de la nación más favorecida, antes negada, pero abandonaba la pretensión de un fuero especial para sus compatriotas, residentes o transeúntes. El argentino cedía en tales puntos, pero retaceaba la concesión más importante, logrando que la citada cláusula no se extendiera a las ventajas que el gobierno argentino otorgara a algunos o a todos los países hermanos de América. Por lo demás, en términos generales, las ventajas que se concedían ambas naciones para el futuro eran de reciprocidad perfecta. Un historiador norteamericano nada favorable al caudillo comenta: “Aunque Mackau estaba entusiasmado con su obra, es perfectamente evidente que el arreglo fue una victoria de Rosas. El gobernador había desafiado durante más de dos años a una potencia europea y hecho la paz voluntariamente en términos considerablemente menos desfavorables que las exigencias originales de Roger” Por otra parte, sus enemigos locales quedaban desacreditados por su alianza con el extranjero y “él en libertad de acción para determinar hasta qué punto intervendría en el Uruguay. El art. 6º sugería una intención definida por su parte de atraer a aquel Estado a una relación política más o menos directa con la República Argentina. Era algo más: el derecho a esbozar una especie de Zollverein de la América Austral. La paz con Francia no puso término a la guerra civil desencadenada por la intervención de ese país, ya que no resultó más que una tregua. 
Lavalle fue derrotado en Quebracho Herrado antes de reunirse con sus correligionarios del interior y los unitarios no pudieron sostenerse en Córdoba; desencontrados los jefes, se retiraron, los unos hacia el oeste y los otros hacia el norte. Los primeros, dirigidos por Lamadrid, fueron perseguidos por Pacheco y los segundos, comandados por Lavalle, lo fueron por Oribe, el que, como aliado de la Argentina, fue designado por Rosas general en jefe interino del ejército unido de vanguardia. Ambos jefes unitarios fueron derrotados a fines de 1841, en las batallas de Rodeo del Medio y de Famaillá, respectivamente. 

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