Rosas

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domingo, 1 de diciembre de 2013

Dia del trabajo

La revolución industrial (en sus dos etapas, la primera tras la máquina de vapor y la lanzadera volante de las fábricas textiles, y la segunda tras la energía a base de petróleo y electricidad) generó el sistema capitalista y un nuevo grupo social: el proletariado o clase obrera. Las condiciones laborales del naciente grupo social eran realmente deplorables: niños, mujeres y hombres cubrían jornadas de hasta dieciocho horas diarias sin descanso semanal, sin asistencia médica y con unos salarios menos que miserables.
A fines del siglo XIX Chicago era la segunda ciudad norteamericana. Del oeste y del sudeste llegaban cada año por ferrocarril miles de trabajadores rurales desocupados, asentando las primeras villas miseria que albergaban a cientos de miles de familias. A ellos se agregaron numerosos inmigrantes europeos que arribaban literalmente sin nada. Existía una ley que prohibía “trabajar más de 18 horas diarias, salvo caso de necesidad”. La mayoría de los obreros estaba afiliada a la Noble Orden de los Caballeros del Trabajo, pero tenía más preponderancia política y gremial la American Federation of Labor, de origen anarquista.
En 1886, el presidente Andrew Johnson, como medida para combatir la desesperante desocupación, promulgó la llamada Ley Ingersoll, que establecía el máximo de ocho horas de trabajo diarias. Pero la ley no se cumplió en ningún lado y varios Estados la reglamentaron permitiendo jornadas de catorce a dieciocho horas. La AFL convocó a la huelga nacional para el 1º de mayo de 1866 en defensa del cumplimiento de la “Ley de las Ocho horas”. También se sumaron las organizaciones de la Unión Americana y se organizaron entonces cinco mil paros en todo el país. La prensa calificó al movimiento como “indignante e irrespetuoso, delirio de lunáticos poco patriotas”. La mayoritaria Noble Orden de los Caballeros del Trabajo remitió una circular a todas las organizaciones adheridas donde manifestaba: “Ningún trabajador adherido a esta central debe hacer huelga el 1° de mayo, ya que no hemos dado ninguna orden al respecto”. El New York Times dijo: “Las huelgas para obligar al cumplimiento de las ocho horas pueden hacer mucho para paralizar nuestra industria, disminuir el comercio y frenar la renaciente prosperidad de nuestra nación, pero no lograrán su objetivo”. Por su parte, el Filadelfia Telegram agregaba: “El elemento laboral ha sido picado por una especie de tarántula universal y se ha vuelto loco de remate: piensa precisamente en estos momentos en iniciar una huelga por el logro del sistema de ocho horas”. El Indianápolis Journal informaba: “Los desfiles callejeros, las banderas rojas, las fogosas arengas de truhanes y demagogos que viven de los impuestos de hombres honestos pero engañados, las huelgas y amenazas de violencia, señalan la iniciación del movimiento”. Pero el premio lo llevaría el Chicago Tribune, que osó decir: “El plomo es el mejor alimento para los huelguistas… La prisión y los trabajos forzados son la única solución posible a la cuestión social. Es de esperar que su uso se extienda”.

El 1° de mayo de 1886 cientos de miles de obreros iniciaron la huelga en todo el país. En Chicago, en la fábrica McCormick surgieron algunas fricciones que generaron violencia entre los trabajadores que se negaban a entrar a laborar y la policía local; la fuerza pública acometió con armas de fuego contra los obreros, lo que dejó como resultado numerosos heridos y varios muertos. En esa misma ciudad, los obreros habían conseguido un permiso para hacer un acto a las 19.30 en el parque Haymarket. A las 21.30 el alcalde Harrison, quien estuvo presente en el acto para garantizar la seguridad de los obreros, lo dio por terminado. Pero el mismo siguió su desarrollo, con la presencia de más de veinte mil obreros. El inspector de la policía John Bonfield consideró que, habiendo terminado el acto según la manifestación del alcalde, no debía permitir que los obreros siguieran en ese lugar, y junto a ciento ochenta policías uniformados avanzó hacia el parque y empezó a reprimir. De repente estalló entre los policías un artefacto explosivo que mató a un oficial de nombre Degan y produjo heridas en otros. La policía abrió fuego sobre la multitud, matando e hiriendo a un número desconocido de obreros. Se declaró el estado de sitio y el toque de queda, y en los días siguientes se detuvo a centenares de obreros, los cuales fueron golpeados y torturados, acusados del asesinato del policía. Se realizaron cantidad de allanamientos y se “fabricaron” descubrimientos de arsenales de armas, municiones, escondites secretos y hasta “un molde para fabricar torpedos navales”.
La prensa, en general se plegó a esta caza de brujas: “¿Qué mejores sospechosos que la plana mayor de los anarquistas? ¡A la horca los brutos asesinos, rufianes rojos, monstruos sanguinarios, fabricantes de bombas, gentuza que no son otra cosa que el rezago de Europa que buscó nuestras costas para abusar de nuestra hospitalidad y desafiar a la autoridad de nuestra nación, y que en todos estos años no han hecho otra cosa que proclamar doctrinas sediciosas y peligrosas!”. Los diarios reclamaron un juicio sumario por parte de la Corte Suprema responsabilizando a los anarquistas y a todas las figuras prominentes del movimiento obrero.
Se continuó con la detención de cientos de trabajadores en calidad de sospechosos. El 21 de junio de 1886 se inició la causa contra treinta y un responsables, siendo luego reducido el número a ocho. El juicio fue una farsa del principio al fin, violándose todas las normas procesales de forma y de fondo, mientras la prensa hacía sensacionalismo urgiendo a ahorcar a los extranjeros. A pesar de no haberse probado nada en su contra, los ocho de Chicago fueron declarados culpables, acusados de ser enemigos de la sociedad y el orden establecido. Tres de ellos fueron condenados a prisión y cinco a la horca.
Samuel Fielden (inglés, 39 años, pastor metodista y obrero textil, condenado a cadena perpetua); Oscar Neebe (estadounidense, 36 años, vendedor, condenado a 15 años de trabajos forzados); y Michael Swabb (alemán, 33 años, tipógrafo, condenado a cadena perpetua; dijo :“Hablaré poco, y seguramente no despegaría los labios si mi silencio no pudiera interpretarse como un cobarde asentimiento a la comedia que se acaba de desarrollar. Lo que aquí se ha procesado es a la anarquía, y la anarquía es una doctrina hostil opuesta a la fuerza bruta, al sistema de producción criminal y a la distribución injusta de la riqueza. Ustedes y sólo ustedes son los agitadores y los conspiradores”).

El 11 de noviembre de 1987, por fin, se consumó la ejecución de Georg Engel (alemán, 50 años, tipógrafo); Adolf Fischer (alemán, 30 años, periodista; dijo: “Solamente tengo que protestar contra la pena de muerte que me imponen porque no he cometido crimen alguno… pero si he de ser ahorcado por profesar mis ideas anarquistas, por mi amor a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad, entonces no tengo inconveniente. Lo digo bien alto: dispongan de mi vida”); Albert Parsons (estadounidense, 39 años, periodista, esposo de la mejicana Lucy González, aunque se probó que no estuvo presente en el lugar, se entregó para estar con sus compañeros y fue igualmente condenado; dijo: “El principio fundamental de la anarquía es la abolición del salario y la sustitución del actual sistema industrial y autoritario por un sistema de libre cooperación universal, el único que puede resolver el conflicto que se prepara. La sociedad actual sólo vive por medio de la represión, y nosotros hemos aconsejado una revolución social de los trabajadores contra este sistema de fuerza. Si voy a ser ahorcado por mis ideas anarquistas, está bien: mátenme”); y Hessois Auguste Spies (alemán, 31 años, periodista; dijo: “Si creéis que ahorcándonos podéis acabar con el movimiento obrero… el movimiento del cual los millones de oprimidos, los millones que laboran en la miseria y la necesidad esperan su salvación, si ésta es vuestra opinión, ¡entonces ahórcanos! Aquí pisoteáis una chispa, pero allí y allá, detrás de vosotros, frente a vosotros, y por todas partes, las llamas surgirán. Es un fuego subterráneo. No lo podréis apagar”); Louis Linng (alemán, ¡22 años!, carpintero, para no ser ejecutado se suicidó en su propia celda).
A todos ellos se los recuerda desde entonces como “Los mártires de Chicago”.
El corresponsal de La Nación de Buenos Aires en Chicago, nada menos que el apóstol cubano José Martí, escribió el relato de la ejecución: “…salen de sus celdas. Se dan la mano, sonríen. Les leen la sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos. Abajo está la concurrencia, sentada en hilera de sillas delante del cadalso como en un teatro… Firmeza en el rostro de Fischer, plegaria en el de Spies, orgullo en el del Parsons, Engel hace un chiste a propósito de su capucha, Spies grita: “¡La voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora!”. Les bajan las capuchas, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen y se balancean en una danza espantable…”.
Finalmente varios sectores patronales accedieron a otorgar la jornada de ocho horas. Sin embargo, Estados Unidos es el único país importante del mundo que no recuerda el 1º de mayo: al día de hoy tampoco hay ninguna placa ni monumento recordatorio en el Haymarket Square de Chicago.

En nuestro país, el 1º de mayo ha sido en el pasado una jornada de lucha; y hasta hemos conocido períodos en los que la fecha se pudo transformar en alegres y fantásticas fiestas del Trabajo que convocaban a millones.
Pero la ciega perversión del proceso histórico contemporáneo (aquí y en todo el mundo) ha terminado produciendo una curiosa involución del sentido, haciendo aparecer al trabajo como un recurso escaso producto de la riqueza, cuando resulta que precisamente el trabajo es el origen de todas las riquezas. Lo cierto es que los bienaventurados que aún trabajan lo hacen en condiciones cada vez peores que, en lugar de otorgar dignidad, la quitan. Y comparten con los que son expulsados del mundo laboral el hambre de todos los días y la vieja injusticia que hace décadas se creía superada. Por todo ello, los pocos que disfrutan plenamente de un empleo y de un ingreso digno van de a poco reemplazando la sana esperanza popular heredada de su comunidad, por un especie de ruego laico de patas cortas, alienado y alienante: “que a mí no me toque…”.
Tal vez sea oportuno recordar hoy la advertencia del recién desaparecido Juan Pablo II en su encíclica Laborem Exercens, de principios de su pontificado: “El error del capitalismo primitivo –concebir el trabajo como mercancía o insumo- puede repetirse dondequiera que el hombre sea tratado de alguna manera a la par de todo el complejo de los medios materiales de producción, como un instrumento y no según la verdadera dignidad de su trabajo, o sea como sujeto y autor y, por consiguiente, como verdadero fin de todo el proceso productivo”.

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