Rosas

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lunes, 31 de marzo de 2014

El “Pacifismo”: ¿Es pecado?

 Por Federico Ibarguren

  ¿Paz en la tierra? Histéricamente diríase una utopía pocas veces realizada; ni siquiera en beneficio de "los hombres de buena volun­tad": promesa angélica repetida cada domingo en el canto del “Gloria in excelsis Deo” de nuestra Misa. De consiguiente, en este amargo "valle de lágrimas", la paz se nos mezquina y sólo es un medio incompleto para lograr cierto grado de bienestar humano en deter­minadas épocas y nada más. La paz es, así, un  lujo caro, mundano. Supone prosperidad y riqueza en los pueblos que se ufanan de ella; y son los menos. No debe ser considerada en si misma, por tanto, como valor absoluto que soluciona todos los conflictos o   problemas político-sociales de una humanidad agnós­tica, descreída. No. Inalcanzable casi siempre en este controvertido mundo "subdesarrollado" en que vivimos, Dios nos pone a prueba todos los días, habida cuenta de la imperfecta condición de pecadores que cargamos, castigándonos a menudo con.....la guerra. ¡Castigo ejemplar! Para que por la victoria conquistemos aunque sea una precaria paz entre mortales, de duración efímera, por cierto. Con sacrificios, sí. Jugándonos la vida siempre.      
                    
  Porque la verdadera paz no se da fácilmente en la humana conviven­cia de este planeta, a partir con seguridad -para ser exactos- de Adán y Eva. Acaso la consigamos al fin pero mediante la Gracia de Dios y allá Arriba (en el Cielo): superando la muerte física. Aquí» abajo no, aún cuando en ocasiones obtengamos algunas treguas pasajeras. Pues reina soberano entre los mortales el PRINCIPE DE ESTE MUN­DO así llamado reiteradas veces en los Evangelios por Nuestro Señor Jesucristo. Y contra el Maligno estamos todos los cristianos obligados a luchar ascéticamente y a no bajar nunca la guardia. Guerreando sin descanso. No negociando jamás con el Diablo –a lo Fausto- ni vendiéndole por anticipado nuestra alma al bajo precio de no disparar un solo tiro frente al agresor, por cuidar ante los poderosos –haciendo buena letra- nuestra “imagen” internacional(?). Y los poderosos —se sabe— pisotean, en su provecho exclusivo, el natural patriotismo de las naciones.
  Mientras Satán exista, en consecuencia (dogma teologal puro), habrá "guerra y rumor de guerras" entre los hombres, como nos lo enseña la Sagrada Escritura que es de aplicación actual y para todos los tiempos. "Arcángel San Miguel defiéndenos en la batalla —reza la última oración del Ordinario de la Misa de San Pío V—: se nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio.....".
  Pero entendámoslo bien: guerras LEGITIMAS, de  supervivencia, deberán ser las nuestras. Guerras AUTODEFENSIVAS y JUSTAS, nunca imperialistas por principio. A saber: cuando exista un inminente peligro que comprometa la Fe de nuestro pueblo o se pretenda conculcar los derechos inalienables que siempre poseyó la Nación con referencia a mantener su integridad espiritual,  moral... Y también territorial y marítima. ¿Por qué no? Negarse a portar las armas para guerrear en los casos señalados; ya sea por la libertad amenazaba de la Iglesia Católica en nuestro suelo o contra el  avasallamiento de la soberanía y bien común de la Patria en peligro, importa grave apostasía o traición cobarde.
  Todo "pacifismo" a ultranza sostenido como dogma en política, esconde, las más de las veces, una claudicación casi siempre inconfesada. Ante un enemigo que no es "pacifista", significa ni más ni menos la rendición incondicional sin siquiera ofrecer batalla. Indudable pecado de omisión éste, en el orden individual; pero gravísimo PECADO MORTAL si el "pacifismo se vuelve doctrina en los gobernantes. Bien lo dijo Papini, cuando con verdad sentenció: “El hombre está hecho de tal modo, que la guerra demasiado larga lo embrutece, pero LA PAZ A TODA COSTA LO PUDRE”.
  El “Pacifismo” es derrota, hoy lo sabemos. El “pacifismo” es decadencia. No fueron “pacifistas” ni mucho menos Liniers en 1806-1807 y Cornelio Saavedra en 1810. Ni lo podía ser San Martin en 1816-1820. No fueron “pacifistas” los heroicos 33 Orientales en 1825 –dignos herederos de Artigas- peleando contra el poderoso Imperio del Brasil; tampoco lo fue Rosas al ser agredido por Francia e Inglaterra unidas, en 1838-1845. Ni Juan Lavalle, ni Paz, ni Facundo Quiroga al dirimir las rivalidades políticas de su tiempo. En aquella gloriosa epopeya por nuestra Independencia Nacional y luchas civiles subsiguientes, a los criollos de ley —prescindiendo de las distintas ideologías que los separaban: buenas o malas—, la actual mentalidad pacifista todavía no los había castrado con el remanido pretexto izquierdista de la "democracia” y los "derechos humanos". En ningún momento practicó el ''pacifismo" ni el "diálogo constructivo” -como se dice ahora aquí—, el ponderado General Bartolomé Mitre después de Pavón; y mucho menos ante el Paraguay en 1865. Ni lo hicieron en instante alguno Urquiza y el energúmeno de Sarmiento con sus adversarios políticos o meramente ideológicos. ¡Qué esperanza! Mal o bien, así se hizo históricamente (entre cruentas victorias y derrotas) la Patria que nos vio nacer.
  No fueron “pacifistas” —entonces-  nuestros  tan admirados  próceres Rioplatense del siglo pasado, anteriores al famoso "no te metas" típico de la partidocracia demo-liberal cuya pronta restauración hoy se procura. De haberlo sido, la Republica Argentina estaría balcanizada en veinte o más republiquetas anarquizadas ("pluralismo" democrático mediante). Y en la actualidad, solo las apátridas masas consumidoras: turbamulta cosmopolita de la metrópoli porteña transformada en próspera factoría mercantil, gobernada incluso por extranjeros; sólo ellas lograrían el pleno "consenso” —el aplauso— de la UN, de la OEA y de la "Trilateral Comission”.
  ¡Paz, paz, paz a toda costa! ¡Dólares y bienestar son las dos oficiales del momento! ¿A eso hemos llegado? "Cuando un pueblo manifiesta ese horror civilizador por la sangre –es una cita del gran Donoso Cortés, repudiando el “pacifismo” masónico de los liberales españoles en 1849-; luego al punto recibe el castigo de su culpa; Dios muda su sexo, le despoja del signo público de la virilidad, le con vierte en pueblo hembra y le envía conquistadores para que le quiten la honra”.
  Y concluyo reproduciendo en epitome este profético pació de Oswald Spengler publicado en la Europa de 1936, pocos meses antes de su muerte: “Las razas fuertes e inexhaustas no son “pacifistas”. Seria renunciar al futuro porque el ideal "pacifista" significa una condición final que contradice un hecho de la vida. Mientras haya desarrollo humano, habrá guerras. Pero si los pueblos blancos llegaran a cansarse de la guerra en tal forma que sus gobiernos no pudieran en ninguna circunstancia persuadirlos a que fuesen a ella, entonces el mundo sería presa de las razas de color, como el Imperio Romano se convirtió en presa de los germanos. El "pacifismo" significa abandonar el poder a los no pacifistas natos (entre los cuales había siempre también hombres blancos), a los aventureros, los conquistadores, los Herrenmenschen, que siempre encuentran partidarios en cuanto logran el éxito. Si estallara hoy en Asia la gran revolución contra las razas blancas, muchos  hombres  blancos se unirán a sus filas porque  están cansados de la vida pacífica. El "pacifismo” seguirá siendo UN IDEAL y la guerra UN HECHO: y si los pueblos blancos están decididos a no hacer más guerras; las razas de color las harán y se convertirán en las dueñas del mundo”.
Si queremos paz preparémonos para la guerra (sentencia un conocido proverbio latino olvidado).
"Todos los que militáis
Debajo de esta bandera
Ya no durmáis no duermas
"Que no hay paz sobre la tierra"
 poetizaba virilmente Santa Teresa de Avila en el siglo XVI
  Que el  Anticristo –es muy probable- necesitará de un clima “pacifista” total (mediante la irresistible prédica de los medios masivos de comunicación de hoy existen) para reinar sin reacción legitima alguna, en la más absoluta impunidad corruptora. A este respecto, el glorioso pensador francés Charles Pegüy (muerto por la patria guerreando) hace decir a Juana de Arco en su “Mystere de la Charite de Jeanne D´Arc"   -obra teatral paradójica escrita a principios de este siglo- lo siguiente: “Siempre es lo mismo, la partida no es igual. La guerra hace la guerra a la paz. Y la paz, naturalmente, no hace la guerra a la guerra. La paz, deja la paz a merced de la guerra. La paz es muerta por la guerra. Y la guerra nunca lo es por la paz. Puesto que aquella no ha sido matada por la paz de Dios, por la paz de Jesucristo, ¿cómo se matará la guerra por la paz de los hombres? ¿Por una paz de hombre?  A lo que Hauviette –compañera inseparable de la heroína protagonista del drama-  le responde sensatamente a Juana con este estupendo razonamiento ANTIPACIFISTA: “Tienes razón… Lo mejor, si se pudiera, sería notar la guerra como tú dices. Pero para matar la guerra es necesario hacer la guerra; para matar la guerra hace falta un jefe de guerra…”. Y todo jefe de guerra debe reunir, a juicio de Pegüy —"para matar la guerra" precisamente- estas tres condiciones previas que dan importancia trascendental a su acción represiva: la de ser buen CRISTIANO, buen MILITAR y buen PATRIOTA (como lo fue en grado eminente la extraordinaria Santa Juana de Arco en la Francia de su tiempo, invadida por los ingleses). No lo olvidemos nunca: “Una buena guerra —la irrefutable frase de Chesterton- es mejor que una mala paz”. Ciertamente: la “buena guerra” a la larga o a la corta nos conducirá a la ansiada victoria final (o sea: a la buena paz); mientras que una “mala paz” desemboca siempre en fatales derrotas humillantes.
  Ahora bien, con nostálgicas letras de tango, implorando amor y perdón (sin contar el decadente folklore barato para el turismo que es pingüe negocio de los judios avivados), no se  solucionarán jamás nuestros conflictos   fronterizos provocados por agresores oportunistas que no dan cuartel; ni tampoco las catástrofes nacionales provenientes del renunciamiento a combatir en tiempo oportuno,  en defensa de históricos  límites argentinos ocupados por ambiciosos intrusos, serán resueltas a favor por los gobiernos de turno que se sucedan.  Aunque dichos intrusos -¿acaso para despistar?- se proclamen  “hermanos nuestros" de toda la vida. Porque digan lo que digan en 1980 nuestros   “expertos”  internacionalista    -gobernantes,  liberales y políticos de la línea blanda-,  el    “pacifismo”  ideológico elevado a la categoría de permanente conducta nacional… ES PECADO.

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