Rosas

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viernes, 28 de febrero de 2014

Bernardino Rivadavia

Por Manuel Gálvez
El 20 de mayo de 1780 nació en Buenos Aires, de padres españoles, Bernardino Rivadavia. Estudió en el Real Colegio de San Carlos y más tarde se casó con la hija del virrey Joaquín del Pino. Luchó como oficial voluntario en el Tercio de Gallegos durante la invasión inglesa. Intervino en la Revolución de Mayo apoyando las ideas “liberales” de Mariano Moreno contra las más “conservadoras” de los partidarios de Cornelio Saavedra; después del pronunciamiento del 5 y 6 de abril de 1811, en la que estos últimos obtuvieron el dominio del gobierno, Rivadavia fue enviado en misión diplomática a Europa a conseguir ayuda para la independencia argentina; regresó a tiempo para ser nombrado secretario de Guerra del primer triunvirato; influyó en la promulgación del estatuto que liberaba al poder ejecutivo de la autoridad de la Junta –disolviendo el Cabildo y el poder legislativo en el que estaban representados los delegados provinciales-, demostrando así desde la primera hora su compromiso con un gobierno centralizado y la dominación porteña que caracterizarían sus futuras políticas y las de los unitarios, y que trajo la inmediata oposición de los federales y las provincias, lo que resultó en las encarnizadas guerras civiles. Sofocó con exagerada firmeza y sin ahorrar sangre la rebelión de los Patricios (la “rebelión de las trenzas” de ese regimiento) y luego la del arrogante potentado Martín de Alzaga, fusilándolo junto a otros treinta y dos, incluido un sacerdote muy querido. Volteado el primer triunvirato por el pronunciamiento del 8 de octubre de 1812, Rivadavia pasa algunos años lejos del poder.  Era un liberal; pero no al modo francés, jacobino: era un liberal señoril y cortesano, pomposo y fatuo; una especie de Floridablanca criollo. Y, por supuesto, un francmasón empedernido. Monárquico, en 1815 el director supremo Gervasio Posadas lo envió con Belgrano a Europa para buscarnos un rey. Intentó traer a Carlos IV que, destronado por su hijo Fernando VII, pasaba miseria en Roma. Presentó “a los pies de Su Majestad las más sinceras protestas de reconocimiento de su vasallaje”. Rivadavia era considerado ilustradísimo, talentoso, hombre de grandes ideas y de vastos proyectos, un gran señor y una poderosa personalidad. Mestizo, feo, petiso, mal formado, trompudo; sus brazos son tan chicos que parecen de otro cuerpo; el vientre abultado con exageración; y sus ojos, demasiado redondos y abiertos, surgen como al ras de las cejas. Viste de cortesano, la casaca redonda, el calzón con hebillas. Es un personaje del siglo anterior. A sus méritos intelectuales y de carácter se le atribuye el arte de conversar y convencer. Y viene de Europa, ¡de París, nada menos!, en los años siguientes a Waterloo, los de Luis XVIII y la segunda Restauración.
Rivadavia es el fundador del partido unitario. El espíritu unitario ya alboreaba desde 1810 con su desprecio a los demás pueblos del país, con el europeísmo y el doctrinarismo extranjerizante, aristócratas enemigos de la plebe dedicados a fundar institutos políticos y culturales para la clase elevada, hombres de salones y de bufetes despreocupados del campo, de los gauchos y de los indios. Ese espíritu comienza con el gobierno central y nacional del Directorio: los “directoriales” son los futuros unitarios. Que se constituyen en partido cuando llega Rivadavia y en él encuentran a un verdadero jefe.
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La aristocracia y la ilustración no impiden a los unitarios expresarse sobre sus enemigos con inaudita violencia. Por los días del regreso a la patria de Rivadavia en 1821, La Gaceta de Buenos Aires llama al partido federal “monstruo horrendo” y habla de la “ferocidad de sus maldades”, de que “se encarniza contra las leyes y reglas sociales” y de que “no sufre la luz de la razón y del convencimiento, alimentándose solamente de la maldad y de la ignorancia”. Así, los unitarios inauguran los grandes odios de partido, de los que más tarde serán víctima, y que ensangrentarán trágicamente tantas décadas de nuestra historia.
“El señor Rivadavia”, como el decían con admiración, fue designado inmediatamente de arribado ministro de Gobierno y figura predominante y excluyente en el gabinete del gobernador Martín Rodríguez. En menos de tres años de su ministerio produce una fabulosa cantidad de decretos, en prosa afectada. Muchos son útiles y excelentes, pero la mayoría absurdos. Por ejemplo, imagina otorgar a España, amenazada por una agresión francesa, nada menos que veinte millones de pesos que no se tenían para que, agradecida, reconozca la independencia americana. En realidad, es un mediocre infatuado. Sus largos años en Europa le han hecho mal. Insensible a nuestras realidades, pretende implantar aquí lo que ha visto allá. No advierte que los indios están a treinta leguas de la ciudad. San Martín le juzgará severamente en su carta al chileno Palazuelos de 1847: “Sería cosa de no acabar si se enumerasen las locuras de aquel visionario, y la admiración de un gran número de mis compatriotas, creyendo improvisar en Buenos Aires la civilización europea con sólo los decretos que diariamente llenaba lo que se llamaba archivo oficial”.
Al año de gobierno, Rivadavia impone su reforma eclesiástica: supresión de conventos, secularización de cementerios (incluida la confiscación y conversión del de los Recoletos), supresión de derechos y privilegios del clero. Arroja de su convento a los franciscanos, que carecen de rentas, viven de la caridad, cuidan enfermos y tiene escuelas gratuitas; a los dominicos, que predican y enseñan; a los betlehemitas, que sostienen un hospital; despoja al santuario de Luján de las propiedades anexas; deja un convento de monjas pero limita el número de las enclaustradas; prohibe enterrar a los muertos en las iglesias “por razones de higiene”; promueve y favorece la entrada al país de maestros protestantes y las actividades de la masonería; se inmiscuye en pormenores ajenos al Estado y desconoce la autoridad de la jerarquía romana sobre las casas de religión que deja subsistir.
En ese mismo 1822 declara la autoridad del Estado sobre las transacciones de propiedad privada y tierras públicas; implanta el sistema de enfiteusis de distribución y uso de la tierra; crea el Banco Nacional que gestionaría el tristemente célebre préstamo de la Baring Brothers; estimula las operaciones bancarias, la cría de ovejas para proveer los telares ingleses y el comercio y la navegación británicas; utiliza los préstamos para el programa de obras públicas para modernizar la ciudad de Buenos Aries; inicia la construcción del puerto en Ensenada; mientras tanto, se funda la Universidad de Buenos Aires y estimula la enseñanza de las nuevas doctrinas económicas y filosóficas metropolitanas en el colegio de San Carlos; para acelerar todos los procesos de cambio, trae a tantos expertos europeos (generalmente contratados) como le fue posible, desde técnicos hasta profesores.
En el año 23 el Cabildo de Montevideo a través de Domingo Cullen y otros delegados viaja a pedir ayuda al santafecino Estanislao López a favor de la Banda Oriental, desde hace seis años en poder de los portugueses (brasileños desde hace unos meses en que se declaró la independencia carioca), acompañados por Juan Manuel de Rosas. ¡Rivadavia acaba de declararles que Buenos Aires no auxiliará en modo alguno el proyecto de liberar la provincia hermana! Es lógico: los unitarios han sido siempre enemigos de los orientales y han sido ellos quienes entregaron esa provincia a los portugueses. Mientras, en Buenos Aires se produce una asonada supuestamente conducida por Gregorio Tagle: grupos armados que se autodenominan “tropas de la fe”, bajo el mando de varios coroneles, han entrado en la plaza de la Victoria gritando “¡Viva la religión! ¡Mueran los herejes!”, al par que numerosos sacerdotes repartían escapularios. Fácilmente vencidos, también se fusila a los responsables de la chirinada.
En un día de noviembre de ese mismo año de 1823 llega a Buenos Aires el general José de San Martín. Viene cansado y amargado; y pobre, pues no cobra sueldo alguno. Acaba de liberar a varios países. Pero los hombres de la clase dirigente, pequeños, mediocres y viles, le han combatido con saña. En Mendoza ha sabido de las infamias que contra él cometen los gobernantes de Buenos Aires. ¡Hasta le han suspendido a su hija la modesta pensión que le acordaron después de Chacabuco! En mayo, ¿no apostaron partidas en el camino para prenderle como a un facineroso, según años más tarde dirá él mismo? Le acusan de haber desobedecido al gobierno tiempo atrás, cuando en vez de venir a Buenos Aires para defender a las autoridades contra las montoneras, se fue a liberar a medio continente. Acaba de morir en Buenos Aires su mujer, tuberculosa. Se dice que va a ser procesado, pero nada ocurre. Y después de dos meses y medio, un día de febrero de 1824 se embarca para Europa, solitario y triste.
Ese mismo año termina el gobierno de Rodríguez y Rivadavia deja de ser ministro. La legislatura elige gobernador al general Juan Gregorio de Las Heras, compañero del Libertador en las campañas de Chile y de Perú. Rivadavia aspiraba al cargo, pero su exagerado afán de innovaciones, sus fantasías, lo absoluto de sus ideas, le han derrotado. Y en su desengaño, no acepta el ministerio que le ofrece Las Heras y parte nuevamente para Europa.
Pero a los dos años se produce un nuevo golpe de estado. El congreso convocado para dictar una constitución resuelve sorpresivamente que se duplique el número de los diputados. Ahora habrá uno por cada siete mil habitantes. Con esto, Buenos Aires tendrá una representación que podrá decidir cualquier asunto: es decir, el Congreso será unitario. Apenas comienzan a llegar los nuevos diputados, antes de dictar constitución alguna, y a pesar que la mayoría de las provincias, al ser consultadas, se han decidido por el sistema federal, el congreso, sin poderes suficientes, sin esperar a que las delegaciones estén completas, crea un poder ejecutivo permanente y, en la sesión solemne del 7 de febrero de 1826, ¡elige presidente de la república al señor Bernardino Rivadavia, que hace unas semanas ha regresado nuevamente de Europa!, bajo queja de Las Heras (quien, disgustado, se irá a Chile, desde donde nunca volverá) y el escándalo de todos. Esta decisión arbitraria, opuesta a los deseos y los intereses de las provincias, constituye un acto gravísimo. La “asamblea facciosa” –como dirán los federales- no ha tenido atribuciones para semejante nombramiento. Es un auténtico golpe de estado, un atropello a los derechos de las provincias y del pueblo en general.
Pero Rivadavia asume al día siguiente y pronuncia un discurso de lugares comunes y de frases incomprensibles y ridículas. Nombra ministro de Gobierno a Julián Segundo de Agüero que será, años después, uno de los principales enemigos de Rosas. Hombre de talento y saber, ex cura de la catedral que colgó los hábitos en apoyo a la reforma antirreligiosa del 22, adusto, sombrío y antipático. Es el primer desacierto en la carrera de desaciertos que comienza entonces.
Al día siguiente el presidente envía al Congreso un proyecto de capitalización de Buenos Aires, que quedará bajo la dirección exclusiva del poder nacional, decapitando la provincia y además partiéndola en dos. Como siempre, Rivadavia gobierna para la clase elevada, prescindiendo del pueblo y de la campaña. La ganadería y la agricultura, por ese tiempo nuestras solas riquezas, le interesan poco. Y los paisanos lo desprecian: ese señorón encorbatado y amanerado, de voz engolada y ademanes cortesanos, formado en Europa y en los libros, empapado de cualquier doctrina extranjera de moda, ¡que anda mal a caballo!, les resulta el colmo de lo ridículo.
Además, divididos, pobres, dirigidos por un gobierno impopular, ¡estamos en guerra con el Imperio de los Braganza! Y para que nada falte en estas horas turbias, los indios invaden la provincia. A una legua de Toldos Viejos, relativamente cerca del pueblo de Dolores, un millar de indios y de desertores chilenos han atacado y aniquilado a los escuadrones que defendían Caquel. La ciudad se pregunta, con terror, si se renovarán los malones, si llegarán los indios a las puertas de la capital desguarnecida.
Mientras, todos saben que las provincias rechazarán la constitución unitaria que se les quiere imponer, igual que los proyectos descabellados y delirantes que propone el “partido de principios”, como gustan denominarse. La Rioja resuelve no reconocer al presidente ni las leyes que dicte el Congreso, y declara “la guerra a toda provincia o individuo que atentase contra la religión católica apostólica romana”. Todo el norte del país arde en guerra. Juan Facundo Quiroga es el héroe del federalismo. Genial, valiente como ninguno, dotado de un extraño poder de fascinación, se ha levantado en armas en los llanos riojanos en donde es invencible y poderoso, aunque no ocupe el gobierno. Ha invadido Catamarca y derrocado a las autoridades. Lleva en su bandera el lema “¡Religión o muerte!”. Ahora marcha hacia Tucumán y derrota al usurpador unitario Gregorio Aráoz de Lamadrid. Luego depone los gobiernos de San Juan y Mendoza. En pocos meses, el Tigre de los Llanos –como lo llaman sus enemigos- ha legado a dominar seis provincias, pues hay que agregar San Luis; y son sus aliadas Córdoba y Santiago del Estero. El prodigioso huracán de Facundo, conquistando pueblos y provincias con una rapidez y una violencia inusitada, causa pánico entre los unitarios porteños.
Sin embargo, la constitución es aprobada el 24 de diciembre. Un pensador de tradición y militancia unitaria, José Manuel Estrada, dice que su partido, prescindiendo de nuestras realidades, formuló “una constitución académica, no política, porque era contraindicada: destinada a perecer mortalmente porque era antipática para las muchedumbres y mala en sí misma”. Pero el Floridablanca criollo siempre actuaba como si ignorase el enorme disgusto del pueblo. Y manda comisionados a todas las provincias, constitución en mano. El que manda a San Juan, cuando llega a Mendoza se entera de que allí domina Quiroga. Le remite al general una nota y un ejemplar de la constitución. Facundo se la devuelve sin abrirla y con unas líneas donde dice que él no abre comunicaciones de quienes dependen de una autoridad que le hace la guerra, pero que contestará con los hechos, pues “no conoce peligros que le arredren y se halla muy distante de rendirse a las cadenas con que se pretende ligarlo al pomposo carro del despotismo”.
A los demás comisionados les va más o menos lo mismo. Más de un mes dura un viaje de ida a Mendoza. Como los comisionados han salido a principios de enero, Rivadavia no conocerá hasta fines de marzo o principios de abril el tamaño de su desgracia y de su desprestigio.
A pesar de las excelentes novedades de la victoria de nuestras armas por tierra y por mar en la guerra del Brasil, el padre de la oligarquía ha comprendido que no es posible continuar la guerra. No hay hombres para mandar ni dinero para adquirir ropa y pertrechos. Aunque se acerca el invierno los soldados visten de verano. Ya comienzan a andar andrajosos. Y no se puede continuar una guerra sin armas ni balas. Ituzaingó y Juncal no han resuelto nada. Montevideo y Colonia siguen en poder de los brasileños. Rivadavia, que pretende tropas para derrotar las montoneras de Facundo, manda como plenipotenciario a Río de Janeiro al prestigioso diplomático liberal doctor Manuel García. Quiere la paz a cualquier precio. Y el precio es la entrega de la provincia Cisplatina al Imperio. Paz más que deshonrosa, después de haber ganado todas las batallas. En todo caso, en un primer momento se atiende a la sugerencia de la independencia de la Banda Oriental formulada por Lord Ponsonby, el ministro inglés en Río –elegido como mediador-, quien perseguía la vieja aspiración británica de obtener un puerto franco en el Plata. Pero ante la negativa del emperador, inmediatamente se firma “la paz a cualquier precio”, aceptando la incorporación al Brasil de la provincia Cisplatina. ¡Vencedores en la guerra, aceptábamos una bochornosa capitulación incondicional de derrota en la paz!
Felizmente, la reacción pública es violenta y unánime. En Buenos Aires el pueblo se levanta contra el presidente. Pueblada. Grupos de descontentos apedrean la casa de Rivadavia; otros exaltados asaltan la de García. El presidente acusa hipócritamente al plenipotenciario de excederse en sus atribuciones y rechaza el convenio por ofensivo al honor nacional. Pero no es suficiente: ya es tarde y Rivadavia debe renunciar. Ha caído tristemente, entre la unánime rechifla de los pueblos de las Provincias Unidas. Muy caro ha costado el empeño de intentar imponerles un régimen de gobierno que detestaban. Hemos perdido la mejor de nuestras provincias, y el país ha quedado dividido en dos partes que se odian a muerte. Días luctuosos vendrán para la patria argentina. El general José de San Martín, el primero entre los argentinos, le escribe al general Bernardo O’Higgins, el más grande de los chilenos, en forma lapidaria: “Ya habrá sabido usted la renuncia de Rivadavia. Su administración ha sido desastrosa y sólo ha contribuido a dividir los ánimos. El me ha hecho una guerra de zapa, sin otro objeto que minar mi opinión [quiere decir,” mi prestigio”], suponiendo que mi viaje a Europa no ha tenido otro propósito que el de establecer gobiernos en América. Yo he despreciado tanto sus groseras imposturas como su innoble persona”. Así juzga a Rivadavia el padre de la patria, un hombre que es todo nobleza, serenidad y patriotismo.
El Congreso elige un presidente provisional en la persona de Vicente López, el unitario autor del himno nacional que se había resistido a acompañar la aventura del manotazo rivadaviano. López designó a Rosas comandante general de la campaña y convocó a elecciones en el plazo de un mes de representantes a la legislatura de Buenos Aires, resultando una gran mayoría federal. Fue electo gobernador el valiente coronel don Manuel Dorrego.
Pero el partido unitario, después del trágico error del crimen de Lavalle, volverá al poder después de la caída de Rosas y exaltará e impondrá a Rivadavia como el más ilustre de nuestros gobernantes y héroes civiles. De este modo se ha falsificado la historia entre nosotros.
Rivadavia se retiró a su finca en el campo y luego, ya alejado definitivamente de la política, partió hacia España. Hizo en 1834 una fugaz visita a Buenos Aires aprovechando la confusión de la revolución de los restauradores durante el gobierno de Viamonte en la que ni siquiera pudo desembarcar. En Cádiz vivió modestamente y murió en la pobreza en 1845.
En 1857 sus restos fueron repatriados y enterrados en el cementerio de la Recoleta con gran ceremonia, de la que participaron Mitre, Sarmiento y Mármol; luego, en 1932, se trasladaron sus cenizas al mausoleo construido en su honor en la plaza Once (antes llamada Miserere) de Buenos Aires.

El robo de las manos del general Juan Domingo Perón

Por Investigación periodística de Damián Nabot y David Cox

En la calle, la multitud se hacía cada vez más densa. Un hormiguero de cabezas bajas, ojos lagrimeantes y gargantas acongojadas rodeaba el Congreso. Tres días después del aciago 1º de julio de 1974 se ordenó cerrar las puertas. Afuera todavía quedaban muchos miles que deseaban ver por última vez a Juan Domingo Perón y esperaron en vano que los dejaran entrar. El destino del cuerpo era ya un asunto de Estado.
Había comenzado a llover. Las gotas golpeaban sobre la cúpula y un delgado hilo de agua se filtró entre los vidrios. Dos médicos se acercaron al cadáver con un maletín: “somos de la funeraria, tenemos que aplicarle unas inyecciones al cuerpo”, informaron a la guardia. Trabajosamente, los médicos sacaron el cuerpo del ataúd, recogieron una manga de su camisa y comenzaron a inyectarle el compuesto a base de formol.
El cuerpo del General había sido exhibido de uniforme, con sus dedos entrelazados sobre el pecho y sujetando un rosario de piedras color jade bendecido por el Papa. Pero cuando los médicos devolvieron el cadáver al ataúd descubrieron que era imposible entrelazar nuevamente los dedos. Entonces los brazos fueron acomodados a los costados del cajón y cerraron la tapa. El ataúd se llenó de oscuridad. El formol congelaría el proceso de la muerte. En el hermetismo de su nuevo recinto de cedro, ¿podría finalmente descansar el viejo general veterano de mil batallas?
Nueve años después, su viuda bajó la estrecha escalera de mármol blanco hasta el último subsuelo húmedo de la tumba del cementerio de Chacarita. Isabelita sacó de su cartera el portarretratos con el poema manuscrito y lo apoyó sobre la base de cemento que protegía el féretro. Había escrito esos versos durante los primeros tiempos de su largo período en prisión en la cárcel de Azul: el papel terminaba con su firma y con la fecha 8 de octubre de 1977.
Pronto la social-democracia se extendía como la nueva ideología dominante en Europa y buena parte de América Latina. Raúl Alfonsín era el presidente de la República, Antonio Tróccoli su ministro del Interior, Facundo Suárez el secretario de Inteligencia, José Caridi el jefe del ejército y Juan Angel Pirker el jefe de policía. El país estaba convulsionado por la serie de atentados y bombas en locales partidarios, los cuarteles eran un hervidero y la amenaza del estado de sitio sobrevolaba la realidad.
Era precisamente el momento en que la Argentina pretendía infructuosamente enterrar a sus muertos. Pero el nuestro es un país generoso. Incluso en sorpresas.
Un día como hoy, el 10 de junio de 1987, un grupo de desconocidos profanaron la tumba del tres veces presidente constitucional Juan Domingo Perón, amputaron con una sierra quirúrgica y robaron las manos del cadáver, con anillo incluido, un portarretratos con un poema sin mayor valor literario y el sable de teniente general, es decir, sus atributos militares. Como para dejar claro que su objetivo era político, dejaron en el lugar el valioso rosario.
Días después, Julio Dentone, yerno del senador Vicente Leónidas Saadi, cuñado de Ramón Saadi –gobernador de Catamarca- y esposo de la senadora Alicia Saadi –entre otra treintena de parientes políticos en cargos públicos-, recibió en su despacho del Banco Nación una extraña carta anónima tipeada en una máquina de escribir firmada por “Hermes Iai y los 13” confesando el hecho y pidiendo un rescate de ocho millones de dólares. Otra carta idéntica recibió el diputado Carlos Grosso. Como prueba de veracidad, ambos anónimos iban acompañados del tosco poema.
El senador Saadi, de 73 años y un tumor con ganas de acabar su vida, le comunicó por teléfono la infausta nueva a Juan Gabriel Labaké, apoderado legal de Isabel, quien a su vez la llamó a Madrid a su exilio y encierro en el cuarto piso de Moreto 3. También lo anotició al abogado Atilio Neira, su asesor en derecho penal.
Paradójicamente, en la mañana del 1º de julio de 1987, décimo tercer aniversario de la muerte del general, todo el país se enteraba y quedaba asqueado, indignado, lacerado, estremecido, conmocionado. El fantasma de Evita atravesó todos los recuerdos.
La investigación quedó en manos del juez Jaime Far Suau del juzgado 27 y del comisario de la Federal Zunino, de la comisaría 29 de la calle Loyola. Esa misma noche ambos bajaban a la tumba entre un nido de policías y funcionarios del juzgado para verificar el episodio. Al desoldar la tapa del ataúd, confirmaron que el cuerpo se hallaba intacto, distendido y humano, imperturbable como si un poder sobrenatural lo preservara del paso de los años, ¡sólo que sus brazos terminaban en la nada!
Desde el primer momento el juez y su familia recibieron llamados anónimos, amenazas, atentados fallidos, intentos de secuestro, mientras una caravana de autos sospechosos recorrían siempre la cuadra de su casa. Incluso se atentó con disparos contra el domicilio de Susana, una amante secreta que tenía el juez en la localidad de Moreno. Todas las patrañas y estupideces gorilas sobre la fortuna de Perón, el oro de los nazis y sus cuentas en Suiza (claro, ¡movilizadas por huellas digitales!) se reactivaron inmediatamente. Se desató una guerra descontrolada entre los servicios de inteligencia. Pronto se supo que un par de meses antes de la profanación un grupo de hombres aguerridos y musculosos atacó a un sereno del cementerio hasta matarlo a golpes de puños para robarle la combinación de las llaves de la bóveda de la familia Perón. Otras misteriosas muertes quedaron vinculadas al caso. La investigación tuvo mil idas y vueltas, y cuando parecía afirmarse en suelo seco de pronto patinaba sobre un terreno embarrado; el juzgado se llenó de videntes, delirantes y falsos informantes ávidos de dinero.
Hasta que un año y pico después de la profanación, durante un viaje por el sur de la provincia de Buenos Aires, el juez Far Suau volcó cuando conducía su automóvil, acompañado por su amante. Ambos murieron. Se comprobó que no fue un accidente, porque sus neumáticos estaban llenos de gas.
La investigación de la profanación siguió a cargo de otros jueces, que muy poco pudieron avanzar, incluso luego de que el partido justicialista ganara las elecciones presidenciales en 1989. Por momentos las sospechas se orientaron hacia diversos servicios de inteligencia, internos y externos, pero lo cierto es que el robo de las manos de Perón pasó a integrar la interminable lista de los delitos sin resolución. Y de los interminables crímenes sin castigo que han terminado de minar la voluntad y la confianza del pueblo argentino. Como símbolo de nuestra sociedad contemporánea, sin manos, sin huellas dactilares, Juan Domingo Perón fue convertido en un NN más. Ya antes había ocurrido con los vivos.
Cuando se hizo público el terrible acto de necrofilia, un pequeño pero fervoroso grupo de militancia juvenil del peronismo lanzó una campaña de pintadas en los muros de las principales ciudades del país. La consigna fue propuesta por una joven compañera, apenas una adolescente. La frase que se pintó en decenas de miles de paredes decía:
Mis manos son tus manos

Atanasio Duarte

Por José María Rosa

Noche del 5 de diciembre de 1810. En el cuartel de las Temporalidades –Perú entre Alsina y Moreno, donde hoy está la manzana de las luces-, el regimiento de Patricios ofrece un sarao por la victoria de Suipacha.
En el sitio de honor está el jefe del cuerpo, a su vez presidente de la Junta de Gobierno. En un momento, el capitán retirado de húsares Atanasio Duarte, veterano de cuarenta años de guerras, ofrece un postre a doña Saturnina Otárola, esposa del presidente, en el cual la fantasía del repostero había dibujado un cetro y una corona: “La América espera que VV. EE. empuñen el cetro y ciñan la corona”. No dicen las crónicas qué ocurrió a continuación, pero seguramente hubo un aplauso de los concurrentes y un asentimiento halagado de Cornelio Saavedra. Este dice en sus Memorias que no dio importancia a esa bobada, pero la trascendencia del brindis debió ser mucha porque alguien corrió a informarle al secretario de Gobierno y Guerra –el doctor Mariano Moreno–, que de inmediato tomó medidas contra Duarte, contra Saavedra y contra las señoras que recibían agasajos por la posición política de sus maridos.
La condena de Duarte fue tremenda. El gobierno entendió que debía perecer en el cadalso por esas palabras, pero como debió pronunciarlas mareado por el carlón le perdonó la vida, conmutándole la pena por destierro perpetuo de la ciudad, porque un habitante de Buenos Aires, ni ebrio ni dormido, debe tener impresiones contra la libertad de su país. El veterano se aguantó el castigo en silencio y, que se sepa, nunca pudo volver a su querido Buenos Aires: transcurrió sus últimos años en el exilio, donde algún historiador ha rastreado sus continuas reyertas con los gallegos dependientes de tabernas, sus acérrimos enemigos por españoles y tal vez por no fiarle las copas.
¿Cuál fue el crimen del capitán retirado Duarte, que a juicio de un hombre de leyes como Mariano Moreno mereciera la pena del cadalso? Se repite en los textos escolares (que también sirven para aprender historia en las academias) que era proclamar la monarquía, pero la conjetura debe rechazarse: ni aun para un revolucionario de la índole de Moreno un delito de opinión pudo reprimirse con la muerte en un cadalso. Pero, además, Duarte no había postulado un cambio de la forma de gobierno existente: en diciembre de 1810 se vivía bajo el régimen monárquico: el retrato de Fernando VII debió encontrarse, como era de rigor, colgado en lugar visible durante el sarao, y el mismo decreto que castigaba al capitán era un decreto monárquico encabezado con la fórmula corriente: La Junta Soberana a nombre del Señor Don Fernando VII.
Al veterano no se lo penaba, pues, por proclamar la monarquía en un medio republicano. Sin embargo, había cometido un delito gravísimo y nadie, ni siquiera Saavedra, se atrevió a defenderlo. Un delito castigado en la legislación española, precisamente, con los términos usados por Moreno en su decreto: perecer en un cadalso. El secretario de Guerra no quiso disimular el hecho ni omitir el castigo, seguramente porque el brindis encontró eco entre los asistentes de las Temporalidades y era conveniente un escarmiento ejemplar para que no se repitieran cosas semejantes. El delito de Duarte era de lesa majestad contra los derechos de Fernando VII, a quien quitaba el cetro y la corona ofertándolos a Saavedra. Sus palabras imprudentes revelaban impresiones contra la libertad de su país porque el país entero (en 1810 el país era aún España) sostenía y luchaba por los derechos del rey Fernando.
El crimen de Duarte, esa noche del 5 de diciembre, había sido proclamar en voz alta la independencia de América.
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Cuitiño y Alén

Por Manuel Gálvez 

Desde el alba del 29 de diciembre de 1853 ha ido reuniéndose un pueblo numeroso, que abarrota la plaza de la Concepción: señores, negros, gauchos, compadritos. Son seis mil según un diario del día siguiente: gran multitud para aquella Buenos Aires de ochenta mil habitantes. Y a pesar de lo abigarrado del gentío y de la ansiedad que lo inquieta, un silencio unánime, solemne, permanece en el ámbito del lugar. ¿Qué espera esta multitud? A las nueve, dos hombres, temibles elementos de acción de don Juan Manuel de Rosas, van a ser fusilados. El gran caudillo hermoso y rubio, el bienamado de las plebes porteñas y de los gauchos de la pampa, dueño absoluto del país por dos décadas, había sido arrojado del poder un par de años antes.
Cuando sacaron a los reos de la cárcel a fin de conducirlos al lugar donde serían puestos en capilla, uno de ello salió resueltamente del calabozo, se despidió de los demás presos y, en voz alta, afirmó haber servido a un gobierno legítimo. Al otro, el terror y la insensibilidad del lado derecho de su cuerpo le impedían salir del calabozo. Dos soldados le ayudaron y, lloroso, temblando, fue incorporado a la comitiva. Como se derrumbaba, su compañero le animó: “No tenga miedo, párese, alce la cabeza, que no se muere más que una vez”. El pobre hombre, casi desmayado, alargó una mano, despidiéndose. Los condujeron en una carreta de bueyes, engrillados, acompañados por un franciscano y custodiados por un piquete. Una multitud los siguió. Durante el trayecto, el condenado de la larga barba blanca, flaco y alto, permaneció abatido y semidesmayado. El otro, arrogante, fornido, vigoroso, con una cerrada y corta barba negra, saludaba a los que esperaban su paso para darle el último adiós y contestaba con palabras y gestos de desprecio a los que arrojaban insultos. Y en alguna ocasión gritaba: “¡Viva la santa Federación! ¡Mueran los salvajes unitarios! ¡Viva el brigadier general don Juan Manuel de Rosas!”. Ambos habían sido no sólo jefe y empleado de la policía, sino federales exaltados, hombres de acción de la Sociedad Popular Restauradora, llamada “la mazorca” por los unitarios. Ambos habían participado del sitio a Buenos Aires del coronel rosista Hilario Lagos. Cuando se levantó el sitio hacía unos meses, descontentos con el ejército de Lagos, volvieron a la ciudad y se presentaron a las autoridades. Los mazorqueros cruzaron las calles armados y llevando en sus chambergos el cintillo punzó. Los rodeó un gentío que pedía a gritos su muerte. El gobierno quería que se los condenase, y fueron condenados.
La comitiva viene llegando. Avanza lentamente, por entre el gentío que se hacina para ver de cerca a los reos. Suben al patíbulo. Al de la barba blanca, que venía con sus ojos azules vendados, le envuelven la cabeza con un poncho y lo sientan en el banquillo. El otro se niega a ser vendado, protesta de su inocencia, habla y gesticula con exaltación y se rebela contra los consejos del fraile. Entre tanto, el silencio de la multitud se hace más unido y más hierático.
Han muerto tras los tiros del pelotón de soldados. Los cadáveres van a ser colgados por cuatro horas, de acuerdo con la sentencia judicial, pero pasado ese tiempo nadie se anima a retirarlos. La multitud se apretuja por verlos de cerca. Cuando ya cuelgan de la horca, fray Olegario Correa, de la orden de Predicadores, pronuncia su sermón expiatorio. Cumple la disposición del gobierno. Condena el crimen y la tiranía, invoca la misericordia divina e invita al olvido y al perdón. La voz del sacerdote gime, al concluir: “Antes de separarnos de este lugar, mostrad con el dedo a vuestros hijos esos cadáveres, compendio abreviado de los errores de una época aciaga, y decidles y repetid unos a otros: ésos son los hijos que produce la tiranía”.
El ajusticiado que murió valerosamente era el coronel Ciriaco Cuitiño, uno de los jefes de policía del Restaurador de las Leyes. El ajusticiado de los ojos azules y la larga barba blanca era apenas “vigilante a caballo”, padecía trastornos mentales y se llamaba Leandro Antonio Alén. Era el abuelo materno del niño de un año y medio de edad Juan Hipólito del Sagrado Corazón de Jesús Yrigoyen –que llegaría a ser por dos veces presidente de la República- y el padre del futuro caudillo y fundador de la Unión Cívica Radical, el “tribuno de la plebe” Leandro Nicéforo Alem, de apenas once años entonces, que presenció la ignominiosa muerte y que seguramente le dejó una impresión imborrable. La visión de su padre deshonrado, colgado de una horca, sirviendo de espectáculo, lo transformó en un taciturno, amargado y triste durante toda su vida, siempre perseguido por un sino trágico. Pronto hasta habría de cambiarse el apellido: ya no será Alén sino Alem.
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El fusilamiento de los prisioneros ha sido ley en la guerra a muerte del siglo XIX. Durante las guerras por la emancipación americana, los jefes españoles han sido crueles con los prisioneros criollos, y los generales criollos les pagaron con la misma moneda: Bolívar fusiló a ochocientos españoles. Claro que fue una bicoca comparados por los varios miles de infelices que mandó al otro mundo Napoleón Bonaparte en Europa. Sabemos que Castelli y Belgrano, próceres de Mayo, fusilaron prisioneros. Igual que Lavalle y Lamadrid. Y que fueron degollados todos los prisioneros que le hicieron a las montoneras del Chacho.
La verdad es que el siglo XX no anduvo mucho mejor. Baste recordar los hechos del 9 de junio de 1956. Vamos a ver si nos esmeramos mejor en el XXI…

Fundación del Fuerte de Buenos Aires 1536

El 2 de febrero de 1536 don Pedro de Mendoza funda la ciudad de la Santísima Trinidad y el puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires.
Como América con Colón, Argentina también nació de una confusión: la expedición de Sebastián Gaboto en 1527 organizó una “entrada a la tierra” desde el fuerte de Sancti Spiritu al mando del capitán Francisco César, que escuchó hablar a unos indios de “la Sierra de Plata” (que finalmente resultó siendo el cerro del Potosí en el Alto Perú). Las exageraciones fantasiosas de las mentes mercantilistas de los descubridores, después de las riquezas fabulosas llegadas a la metrópoli desde México y Perú, junto a la obvia confusión derivada del apellido del capitán, pronto iban a generar la leyenda de la Ciudad de los Césares, de tenaz persistencia durante largas décadas en aquellas cabezas. Presuntamente estaría ubicada cerca del río de Solís, y es lo que vino en realidad a intentar conquistar el primer Adelantado del Río de la Plata, don Pedro de Mendoza, de una de las más nobles familias de la península, aunque atacado por una sífilis bastante avanzada.
Se alistó así a la juventud dorada de España en la expedición más pretenciosa organizada hasta esa fecha, financiada por el propio Mendoza a cambio de una parte de los tesoros conquistados: 14 navíos, 1.500 hombres y unas pocas mujeres; se cargaron provisiones para 6 meses, 250 caballos de guerra ¡y ninguna vaca ni oveja!
El desencanto resultó terrible. Esta sería la Cenicienta de la conquista. Buscaban oro y encontraron barro, barro y más barro. Pero para colmo los constantes ataques de los indios querandíes, la falta de alimentos y la aparición de enfermedades obligaron a los orgullosos conquistadores a abandonar el lugar. Sólo quedaron unas pocas vacas, toros y caballos que con el tiempo se transformarían en la principal riqueza de estas tierras.
Escribió el soldado sobreviviente Ulrico Schmidl en su famoso Viaje al Río de la Plata de 1567: “La gente no tenía qué comer y se moría de hambre y padecía gran escasez. Fue tal la pena y el desastre del hambre que no bastaron ni ratas ni ratones, víboras ni otras sabandijas; hasta sus zapatos y cueros, todo hubo que ser comido. También ocurrió entonces que un español se comió a su propio hermano que había muerto”.
Isabel de Guevara fue una de las pocas mujeres que participaron de la fracasada expedición y tal vez la primera feminista de América. Así le escribía a la reina de España veinte años después: “Vinieron los hombres en tanta flaqueza que todos los trabajos cargaban a las pobres mujeres, así en lavarles las ropas como en curarles, hacerles de comer lo poco que tenían, a limpiarlos, hacer centinela, rondar los fuegos, armar las ballestas y sargentear y poner en orden a los soldados. Porque en este tiempo –como las mujeres nos sustentamos con poca comida -, no habíamos caído en tanta flaqueza como los hombres”.
Finalmente, algunos miembros de la expedición de Mendoza decidieron volver a España con el Adelantado (que murió de su enfermedad venérea en el viaje), y otros remontaron el río Paraná y fundaron en 1537 la ciudad de Asunción, que iba a tener la indiscutida preeminencia regional por más de un siglo. Allí fueron bien recibidos por los guaraníes. Los españoles lograron establecerse y formaron parejas con las indias, a discreción, dando lugar a la fenomenal experiencia del mestizaje intensivo.
Desde aquel “Paraíso de Mahoma” partió la expedición de don Juan de Garay que re-fundaría Buenos Aires en 1580, convirtiéndola en una de las pocas ciudades del mundo que fue fundada dos veces. Como no pudo prometerle a sus hombres ni oro ni indios mansos, porque no los había en el Plata, se comprometió entonces a entregarles tierra y ganado que sí abundaban en la región. Sesenta y dos hombres y una mujer acompañaron a Garay. Sólo diez eran españoles, el resto eran “hijos de la tierra” o “mancebos”, como se llamaba entonces a los criollos americanos. Poco y pobre comparado con la poderosa expedición de Mendoza.
Sin embargo, hay quien reniega de esta historia, y tiene su propia interpretación.
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Fundación Mítica de Buenos Aires
de Jorge Luis Borges
¿Y fue por este río de sueñera y de barro
que las proas vinieron a fundarme la patria?
Irían a los tumbos los barquitos pintados
entre los camalotes de la corriente zaina.
Pensando bien la cosa, supondremos que el río
era azulejo entonces como oriundo del cielo
con su estrellita roja para marcar el sitio
en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron.
Lo cierto es que mil hombres y otros mil arribaron
por un mar que tenía cinco lunas de anchura
y aún estaba poblado de sirenas y endriagos
y de piedras imanes que enloquecen la brújula.
Prendieron unos ranchos trémulos en la costa,
durmieron extrañados. Dicen que en el Riachuelo,
pero son embelecos fraguados en la Boca.
Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo.
Una manzana entera pero en mitá del campo
expuesta a las auroras y lluvias y sudestadas.
La manzana pareja que persiste en mi barrio:
Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga.
Un almacén rosado como revés de naipe
brilló y en la trastienda conversaron un truco;
el almacén rosado floreció en un compadre,
ya patrón de la esquina, ya resentido y duro.
El primer organito salvaba el horizonte
con su achacoso porte, su habanera y su gringo.
El corralón seguro ya opinaba YRIGOYEN,
algún piano mandaba tangos de Saborido.
Una cigarrería sahumó como una rosa
el desierto. La tarde se había ahondado en ayeres,
los hombres compartieron un pasado ilusorio.
Sólo faltó una cosa: la vereda de enfrente.
A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:
La juzgo tan eterna como el agua y el aire.
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Alejandro Olmos

Por Norberto Galasso Alejandro Olmos nació en Tucumán el 1° de mayo de 1924. Allí desarrolló sus primeros estudios, que lo condujeron, luego, a la Facultad de Derecho. Eran los años de la “Década Infame” y el joven estudiante universitario trabó relación con un comprovinciano peleador e insobornable, justamente quién habría de otorgar ese rótulo a tal época de latrocinio y entrega: José Luis Torres. Si bien se adentró en el estudio de las cuestiones jurídicas, por esas vueltas de la vida, el joven no llegó a doctorarse pero, en cambio, al lado de Torres, se “doctoró” en descubrir estafas y en esa cuestión difícil de “lo nacional” –lo antiimperialista, si usted prefiere-, tema escamoteado por el liberalismo conservador difundido por la clase dominante.
En esos fines de los treinta y comienzos de los cuarenta Torres prodigaba sus esfuerzos en denunciar la ignominia del Banco Central mixto –diseñado por un director del Banco de Inglaterra-, el negociado de las tierras del Palomar, las trapisondas de Federico Pinedo y en especial de la familia Bemberg, que a la muerte de don Otto soslayó el impuesto a la herencia con una declaración de bienes tan menesterosa que casi constituía una solicitud de limosna.
Alejandro, pues, no podía tener mejor maestro para aprender a descifrar balances fraudulentos, maniobras de Bolsa y tramoyas en los empréstitos.
El año 45 lo encuentra incorporándose a la caravana popular que lidera Juan Perón. La información con que se cuenta permite suponer que Alejandro comparte con Torres una posición nacionalista y que concurre a su casa –Talcahuano 638, 7° piso de la Capital Federal-, donde arman tertulias políticas, entre otros, Raúl Scalabrini Ortiz, el padre Leonardo Castellani, Ernesto Palacio y Amancio Gonzáles Paz, un sacerdote irascible a quien apodan “Odiancio González Guerra”. Sin embargo, el joven parece colocarse más cerca de los trabajadores en la rica experiencia que están desarrollando, mientras Torres evidencia algunas reservas respecto del nuevo movimiento.
En agosto de 1946 –no obstante su adhesión al gobierno y probando, desde el principio, su independencia de criterio- Alejandro se moviliza junto a sus amigos del nacionalismo, presionando para que el gobierno argentino no adhiera, bajo la presión norteamericana, a las Actas de Chapultepec. Cuando las Actas son aprobadas por el Congreso nacional –con la oposición, entre otros, del diputado John W. Cooke-, “mi padre –testimonia Alejandro Olmos Gaona- en su obsesiva veneración por la justicia, le inició un juicio penal a Perón y a Juan Atilio Bramuglia, lo cual determinó que fuera exonerado del cargo que desempeñara en la Aduana”.
En esa misma época, el joven de veintitrés años visualiza ya a los grandes saqueadores del país y realiza una investigación sobre la empresa ARMCO, en momentos en que ésta intentaba ocupar un lugar de privilegio en el desarrollo de nuestra industria siderúrgica. De esa manera nace un informe que eleva al presidente Perón, hacia 1947. Esta batalla librada por Alejandro fue reconocida por Torres en el capítulo octavo de su libro La Patria y su destino. Allí, afirma: “Un joven comprovinciano, el señor Alejandro Olmos, dirigió al Presidente de la Nación, con antelación al debate promovido en el Congreso, una denuncia concreta y fundada, probando en forma concluyente la miserable conducta de la mencionada organización capitalista internacional en sus relaciones con el Estado… Un diputado leyó en el recinto el mencionado folleto del joven Olmos y nadie intentó allí destruir ninguno de los gravísimos cargos enunciados y probados en contra de la ARMCO. Pero algunos legisladores creyeron de su deber zaherir al autor de la denuncia imputándole culpas que no tiene. “Irresponsable” fue lo menos que de él se dijo, con absoluta falta de razón y de sentido, pues el señor Olmos es tan responsable como lo son todos los ciudadanos argentinos bien dotados y de muy limpios antecedentes. Se dijo de él que era un “comunista conocido” en los archivos policiales, con un evidente afán peyorativo. “Nazi” y “comunista” son dos definiciones ultramodernas utilizadas de ordinario y con abuso para calificar a presuntos enemigos del género humano. El joven Olmos –me consta- es tan comunista como puede serlo el Arzobispo de Buenos Aires… De mí también se dijo que era un “comunista conocido”, con igual intención peyorativa con que, diciéndole lo mismo, se trató de invalidar en el Congreso al denunciante de la sociedad mixta entre la ARMCO y el gobierno argentino. Pero, en mi caso, Braden rectificó posteriormente la versión y en su famoso Libro Azul me llamó “nazi”. Los tiempos pasan, caen los regímenes de gobierno, pero los monopolios quedan y el supercapitalismo internacional mantiene su hegemonía sobre los poderes públicos”.
Las disidencias parciales de Olmos respecto al peronismo gobernante no tuercen su lúcido análisis patriótico y en abril de 1949, en carta dirigida a Perón, sostiene que se ha concretado “el fenómeno revolucionario en la cristalización de los postulados políticos, económicos y sociales”. En otra carta, de la misma época, al coronel Bartolomé Descalzo señala que “vivimos la innegable realidad de un fenómeno revolucionario, extraordinario en su esencia y formidable en su proyección hacia el futuro […] que ha hecho trizas los viejos moldes de la política que ensombrecieron los días de la república, prostituyeron las instituciones y escarnecieran a todo un pueblo”.
Por entonces, se define a favor del revisionismo histórico y, llevado por su espíritu militante, participa en una “Comisión Popular Argentina para la Repatriación de los restos del Brigadier General Juan Manuel de Rosas”, en la cual se desempeña como Secretario General. Resulta interesante consignar que su tránsito por el revisionismo histórico adquiere perfiles singulares, diferenciándose de “los rosistas” de esa época (Anzoátegui, Irazusta, Oliver y otros), quienes adoptan una actitud de prudente respeto a la figura de Bartolomé Mitre. A éstos, Homero Manzi les criticará, en frase siempre recordada: -ustedes se meten con todos los próceres, menos con el que se dejó un diario de guardaespaldas-. En cambio Olmos, firme en su iconoclastía, no solo reivindica a Rosas sino que arremete contra Mitre y contra La Nación.
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Así sostiene, en un folleto publicado en abril de 1949: “(…) A Mitre le perdonan los sangrientos crímenes de Arroyo del Medio y su falta de patriotismo al negar los derechos de su patria a las Islas Malvinas durante el gobierno del Gral. Roca. (…) La Nación empeña su esfuerzo para evitar la exhumación histórica de Rosas, pero le tienen sin cuidado algunos antecedentes que sirvieron, tal vez, para encumbrar a Mitre en su categoría de prócer. (…) Dichos antecedentes (…) no justifican el extraordinario relieve alcanzado por su personalidad en la perspectiva del tiempo. Cabe al respecto el interrogante sobre las causas o factores determinantes de su jerarquización procérica. ¿Será por su capacidad militar? Ejemplo de ella: la fuga de Cepeda, Pavón, donde retirándose hasta San Nicolás, ignoraba que había triunfado, su huida a Azul (…) cuando en las faldas de Sierra Chica los indios armados de lanza, luego de dispersar sus fuerzas, casi lo toman prisionero; el combate de La Verde, de donde huyó con sus 9.000 milicianos, batido por los 850 hombres del coronel José Inocencio Arias. Por algo Vélez Sarsfield lo llamó “el mejor poeta entre los militares y el mejor militar entre los poetas”. Luego agrega, siempre refiriéndose a los supuestos “méritos” de Mitre para el procerato: “…¿Será por haber inventado el parte de Caseros o por haber puesto todos oficiales extranjeros, especialmente uruguayos? (…) ¿Será porque los proveedores (de la guerra de la Triple Alianza), cuyas fortunas se hicieron a la sombra de Mitre, le regalaron a éste la casa que hoy ocupa la opulenta imprenta de La Nación? ¿Será porque sustituyó el himno nacional argentino por una canción suya, que hacía cantar todos los 25 de Mayo en el Teatro Colón? ¿Será por sus virtudes cívico-democráticas que le hicieron imponer su candidatura única, basada en el irreductible argumento de la fuerza? ¿Será por lo que le hizo decir a Sarmiento respecto del gobierno de Mitre, que “obtuvo el triunfo del voto unánime” de los pueblos vencidos, aterrados y despojados de sus bienes?
Pero nada logrará La Nación aferrándose a teorías y falsos juicios que si hasta hace pocos años pudieron hacer escuela, hoy se han desvalorizado por el imperio de una nueva conciencia. El pueblo argentino no volverá a creer jamás en las imposturas amargas que educaron su infancia”. Así reparte mandobles el joven Olmos, un día al coronel Descalzo, presidente del Instituto Nacional Sanmartiniano, otro día, a La Nación, uno de los más poderosos órganos de prensa de la Argentina.
En 1953, a través de John W. Cooke, toma contacto con el presidente Perón y le entrega una propuesta de creación de una Secretaría de Asuntos Latinoamericanos, en la perspectiva del acercamiento de nuestros pueblos –que Argentina practica, por entonces, respecto de Chile y Brasil– en la estrategia de la unión latinoamericana.
Consolidada su posición nacional, apoya la experiencia peronista de esos años, aún cuando su implacable mirada crítica lo lleve a disentir con alguna medida, diferencias que, por otra parte, son naturales en todo período histórico de cambio. Carecemos, por ahora, de información acerca de si, entre 1954 y 1955, tomó cierta distancia del peronismo. (Su amigo y maestro José L. Torres se desplaza hacia la oposición y a fines de 1955 publica el periódico Política y políticos, de orientación lonardista.) De lo que no cabe duda es que cuando se produce el golpe se septiembre de 1955, Alejandro integra las huestes de la “resistencia”.
“El mundo que conocíamos, el mundo cotidiano, cambió por completo –recordaría luego César Marcos, un compañero de lucha-. La gente, los hechos, el trabajo, las calles, los diarios, el sol, la vida se dieron vuelta. De repente, entramos en un mundo de pesadilla…” En esa noche sombría de la primavera de 1955, mientras los burócratas esquivan responsabilidades, dan un paso al frente los luchadores populares: Scalabrini Ortiz desde El Líder, Jauretche desde El 45, Lagomarsino y Marcos desde El guerrillero, Esteban Rey desde Lucha Obrera y Alejandro Olmos con su Palabra Argentina, principales voceros del pueblo inerme enfrentado a la contrarrevolución oligárquica.
Alejandro inicia entonces la experiencia de la clandestinidad, del combate desigual contra una represión despiadada. A partir del 13 de noviembre, día en que aparece su periódico, se entrega con alma y vida a esa lucha, redoblando esfuerzos de todo tipo, desde conseguir el dinero hasta buscar la imprenta capaz de jugarse en la patriada, así como redactar la mayor parte de los artículos con los cuales Palabra Argentina enjuicia al gobierno de Aramburu y Rojas.
“Sumergido el pueblo en las tinieblas de la injusticia de las arbitrariedades de la revolución usurpadora, la voz saliente y arrolladora de Palabra Argentina aplicó - en aquellas dramáticas jornadas – el primer puñetazo en pleno rostro del “vencedor” envalentonado por las armas…Palabra Argentina dio el primer grito de rebeldía –recordará un orador en un acto de homenaje del 11/11/61- y fue factor aglutinante en esos momentos de espanto y amargura.”
Pero la reacción no tarda en contragolpear: secuestro de la edición, persecución policial, allanamiento de su domicilio.
El 9 y 10 de junio de 1956, ante un intenso insurreccional cívico-militar, el gobierno aplica la Ley Marcial y fusila a 27 compatriotas. Olmos sufre hondamente esta masacre no sólo por sus compañeros de lucha sino porque, además, allí muere un familiar y gran compañero, el coronel Ricardo Ibazeta, fusilado en Campo de Mayo, pues vanamente su mujer y sus hijos piden por su vida ya que, según lo registrará un poema de combate, “el presidente duerme”. Hacía mucho tiempo que en la Argentina no se aplicaba la pena de muerte. Palabra Argentina no sólo denuncia los fusilamientos sino que convoca a una marcha del silencio en homenaje a los caídos, “desafiando a los responsables de los fusilamientos de junio”.
Durante los dos años y medio que van desde el golpe militar hasta las elecciones de febrero de 1958, Alejandro vive en pleno combate, redoblando su entusiasmo y coraje para acompañar a los compañeros en esa lucha quijotesca que se da a través del “caño”, el sabotaje, la huelga o la manifestación improvisada. Las casas de los peronistas se convierten en focos de resistencia, las cocinas en centros conspirativos, los pocos periódicos que circulan van de mano en mano, leídos y releídos en el supremo intento de mantener la cohesión del movimiento y no bajar los brazos.
El padre Hernán Benítez le escribe a Perón , en esa época: “Por entonces, entre varios semanarios que le pegaban sin asco al gobierno, descollaba Qué… con Scalabrini Ortiz -¡formidable!- , Jauretche, también Güemes (El Federal). Olmos sacaba Palabra Argentina, con constancia indomable. Padeció de todo. Le secuestraron cinco números. Le allanaron la casa. Lo persiguieron y siguió en la cosa”.
En ese período sufre varias detenciones, que en modo alguno debilitan su ánimo. Cada vez que recupera la libertad, vuelve nuevamente a sus reuniones, a sus artículos y otra vez Palabra Argentina reflorece desde sus propias cenizas. “Conocemos perfectamente cuál es la línea de conducta del compañero Alejandro Olmos –testimonia Luisa Bustos Fierro de Feraud-. Insobornable hasta el extremo de haberlo perdido todo, desde la tranquilidad hasta su casa, sin contar sus encarcelamientos y las largas persecuciones. A este hombre con temple de acero nadie podrá doblegarlo ni hacerlo claudicar en su lucha titánica por la recuperación de nuestras banderas… Así como este pueblo no pudo ser doblegado por la fuerza ni el asesinato, Palabra Argentina tampoco conoció cobardías ni claudicaciones. Leal a la misión que se impuso cuando salió a desafiar a la tiranía, esta hoja panfletaria fue leal a la causa popular que levantó como bandera y como arma”.
Con “el pacto”, las elecciones y la asunción de Frondizi a la presidencia, el año 1958 ofrece un respiro de algunos meses a la militancia, hasta que resulta evidente el abandono del programa electoral por otro, antagónico: concesiones petroleras, inversiones extranjeras, “Plan de estabilización y desarrollo” acordado con el Fondo Monetario Internacional, privatización del frigorífico municipal. Alejandro vuelve, entonces, con su Palabra Argentina, y en enero de 1959 participa activamente en la lucha por los trabajadores de la carne –liderada por Sebastián Borro- y en el intento de huelga general revolucionaria. De nuevo es conducido a prisión, donde permanece varios meses.
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Al poco tiempo de salir en libertad, lanza nuevamente su semanario. Si antes había enfrentado la mordaza del decreto 4161 que prohibía mencionar todo aquello relacionado con el movimiento derrocado en 1955, ahora enfrentará a los tribunales militares del Plan Conintes, como asimismo a la permanente censura en los medios de expresión. No se arredra, sin embargo, y continúa la pelea, hasta que la inflación eleva desmesuradamente los costos y lo obliga a suspender la publicación de su periódico.
Sin embargo, no se da por vencido, y un año después, el 28 de junio de 1961, reaparece Palabra Argentina, como siempre, bajo su dirección. Allí sostiene: “Palabra Argentina no ostenta mejor aval que todas las interrupciones de su accidentada vida. Cada clausura ha sido un mojón más en esta ruta hacia los objetivos de la Liberación Nacional”.
En el mundo político ya es conocido, pero rechaza toda posibilidad de obtener algún cargo rentado de manera estable. Su independencia es la joya más preciada y no la habrá de perder, ni debilitar por compromiso alguno con nadie cercano al poder. Su austeridad es ejemplo para su familia y así como sufrió cárcel, sufrirá también estrecheces económicas, pero mantendrá siempre la plena libertad para levantar su voz, sin concesiones, frente a quienes saquean a su patria. Así rechaza varias propuestas para desempeñar puestos públicos entre 1973 y 1976, con plena conciencia –ya en los cincuenta y algo- que tampoco obtendrá jubilación alguna en el futuro, pues no ha efectuado los aportes correspondientes.
Solo en enero de 1976 asesora por unas pocas semanas al ministro del Interior, su amigo Roberto Ares, pero al poco tiempo vuelve al llano. Un amigo le sugiere que un cargo público podría derivar en un jubilación de privilegio, pero él se desinteresa del tema y continúa su camino sin importarle la propuesta.
Otras son sus preocupaciones ahora que se ha producido el golpe militar del 24 de marzo de 1976, cuando recrudece la represión hasta insospechados límites de crueldad, y cuando Martínez de Hoz pone en marcha, desde el Ministerio de Economía, un “modelo” de capitalismo financiero dependiente, centrado en el endeudamiento externo, la libertad de tasas, la apertura económica, las bicicletas financieras y la fuga de capitales. Alejandro examina atentamente las medidas adoptadas por la dictadura militar, así como sus efectos en el mercado financiero y en el movimiento de divisas.
Con enormes dificultades logra documentación acerca del endeudamiento de las empresas públicas, del ingreso de capitales extranjeros, de la variación de las tasas de interés internas y externas. Son varios años de minuciosa investigación. Aquel muchachito que había aprendido a desmenuzar balances con José Luis Torres se convierte ahora en fiscal implacable de los tejes y manejes de los “Chicago Boys” y los principales bancos de plaza. Moviéndose en esa maraña de cifras, desnuda la siniestra verdad de todas las negociaciones vinculadas a la deuda externa.
Pertrechado de datos y pruebas suficientes, a mediados de 1982, cuando aún no ha terminado la represión, este increíble Quijote aparece en el Juzgado Nacional de Primera instancia en lo criminal y correccional Federal N° 2, del Dr. Miguel del Castillo, para presentar su denuncia contra José Alfredo Martínez de Hoz y demás responsables, fundada en que “el plan económico concebido y ejecutado por el Ministro de Economía de la Nación en el período 1976-1981 se realizó con miras a producir un incalificable endeudamiento externo, que el ingreso de divisas tuvo por objeto la especulación financiera y la evasión de capitales, así como la apertura económica produjo cierre de empresas y dificultades en la capacidad exportadora y de producción y crecimiento del país”. Dicha denuncia la amplía, con fecha 13/10/83, agregando nuevos antecedentes.
De esta manera da la batalla que proseguirá hasta su muerte. Infatigable, tozudo, con increíble perseverancia, Olmos mantendrá activa esta causa, agregando nuevas pruebas y documentos. Foja sobre foja se irán conformando cuerpos que configurarán un monumento de esa vergüenza nacional. Durante esos años, multiplica esfuerzos brindando conferencias e interviniendo en mesas redondas sobre la cuestión de la deuda. Viaja incansablemente, polemiza e intenta introducir su verdad en “los medios”, sorteando los obstáculos de la aceitada maquinaria dominante. Al mismo tiempo, prosigue investigando las diversas cuestiones vinculadas a la deuda externa, como el alza de las tasas de interés aplicadas por los Estados Unidos o la estatización de la deuda externa privada, orquestada por González del Solar y Cavallo en las postrimerías de la dictadura militar, que opera –a través de los seguros de cambio- durante el gobierno de Alfonsín.
El 5 de septiembre de 1984, la cuestión de la deuda externa adquiere estado público con el allanamiento del estudio Klein-Mairal, dispuesto por una comisión parlamentaria. “Allí –sostiene Olmos-, 200 carpetas revelaban de manera inequívoca todos los hilos de la conspiración económica que pasaban por las manos del Secretario de Estado Dr. Klein”. Con este motivo, el Congreso lo convoca y se desempeña como “asesor de hecho de la comisión investigadora y luego como asesor (oficial) de la comisión de Economía del Senado”.
Aporta allí al esclarecimiento de los aspectos ilegítimos de diversas negociaciones de deuda externa, pero finalmente el Congreso deja dormir esa valiosísima documentación. Los diputados radicales sostienen que la promesa de Alfonsín de “distinguir la deuda legítima de la deuda ilegítima” no puede cumplirse, pues ello resultaría “incompatible con la estrategia económica del gobierno”.
En esa época Alejandro redacta su libro sobre la deuda, entregado a la imprenta a fines de 1989 y cuya primera edición llega a las librerías en los primeros meses de 1990: “Todo lo que usted quiso saber sobre la deuda externa y siempre se lo ocultaron”. Si el libro resume una patriada, la edición del mismo adquiere el mismo carácter de insólita gesta: la denominada “Editorial de los Argentinos” –al margen del mundo comercial- se nutre del esfuerzo del propio Olmos y de un grupo de amigos coincidentes con la lucha antiimperialista.
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“Olmos denunció arbitrariedades, acusó privilegios y condenó sistemas- define la solapa del libro-. El proceso judicial de la deuda externa de que trata este libro es el combate que Olmos libra en circunstancias trascendentales de la política argentina. Esta obra es su aporte al conocimiento de la verdad, desafiando, como siempre, los riesgos que supone enfrentar a los poderosos”.
La aparición del libro le permite intensificar la tarea de difusión, especialmente ahora [el artículo fue escrito durante el gobierno menemista], cuando las privatizaciones de las empresas públicas y la consiguiente “capitalización de la deuda externa” anudan otro eslabón al vasallaje y acentúan la naturaleza corrupta de las negociaciones. Mientras, la acción judicial prosigue y los peritajes demuestran, paso a paso, la veracidad de sus imputaciones.
Una de las incidencias de ese proceso judicial le permite a Olmos enviar una carta abierta al ministro Domingo Cavallo, bajo el título “La indignidad de un ministro”. Allí sostiene, el 30 de junio de 1994: “El Juzgado Federal que investiga penalmente mi denuncia sobre la estafa de la deuda externa recibió del Banco Central los textos de algunos acuerdos celebrados con el FMI, pero en idioma inglés, porque el Banco no disponía de textos en castellano. Ante ello, el Juez reclamó a su Ministerio el envío de las correspondientes traducciones oficiales. En respuesta, su Ministerio comunicó que se hallaba gestionando ante el FMI (en Washington) las copias en castellano de dichos acuerdos. Vale decir: su Ministerio y el Banco Central se manejan en inglés. Y cuando se necesita volcar tales documentos al idioma del país, su Ministerio recurre a Washington para obtener traducciones al español (¡!). Fue así que, meses después del reclamo judicial, su Ministerio envió al Juzgado los textos en castellano que el FMI le remitiera. Y con membrete –por supuesto- del mismo Fondo. Este vergonzoso hecho –que los argentinos deben conocer- me obliga a señalar que su respuesta a la justicia de mi país constituye una afrenta a la dignidad nacional y una prueba de su desprecio a las instituciones y a la condición independiente de la República”. Sobre esta misma cuestión, lanza, poco mas tarde, un volante titulado “Traición se escribe en inglés”.
En esa época, con la colaboración de algunos compañeros del campo antiimperialista –entre otros, Norberto Acerbi, Luis Donikiany, Carlos Juliá-, Alejandro funda el Foro Argentino de la Deuda Externa.
Desde allí continúa la lucha infatigable: “Compatriota: te convocamos a una nueva guerra por la independencia, la lucha contra la Deuda Externa. Contra esa Deuda –fraguada y fraudulenta- donde se asienta un sistema de dominación y de injusticia… Esta no es la causa de un sector ni de un partido. Es la causa de todos… junto a los pueblos que, en la Patria Grande de la América nuestra, no se someten al poder financiero que roba y esclaviza”.
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Asimismo, viaja al exterior y participa en diversos congresos. A fines de 1998, expone, en Bruselas y Ámsterdam, acerca de “el caso argentino” –único país donde el tema de la Deuda ha sido planteado ante la justicia-, asistiendo luego al Encuentro Internacional realizado en Caracas y poco más tarde, en abril de 1999, presentando un informe ante el Tribunal Internacional de la Deuda, reunido en Río de Janeiro.
Mientras, el juicio continúa sustanciándose –lleva ya diecisiete años desde su iniciación- y acumula más de 30 cuerpos y 500 anexos. Las pericias han acreditado el carácter fraudulento de la deuda y los graves daños ocasionados al país. Su carácter delictuoso resulta evidente, llegándose al extremo de que el Banco Central reconoce carecer de registraciones sobre la deuda y para “la administración de la misma” se constituye un comité de siete bancos acreedores liderados por el Citibank, “comité que será quien determine cuánto debe el país, a quién y cuándo debe pagar”.
Cercanas las elecciones del 24 de octubre de 1999, Alejandro envía sendas cartas abiertas a los dos candidatos a presidentes –Eduardo Duhalde y Fernando de la Rúa- exhortándolos a oír el reclamo popular y “no pagar lo que no se debe, ni lo que es ilegítimo y a demandar la devolución de los pagos mal habidos, exigiendo reparaciones por los daños causados”. A Duhalde le imputa complicidad desde la función pública “al someterse a la trampa de los delincuentes internacionales”. A De la Rúa le refuta su compromiso de “honrar la deuda” y lo alerta especialmente sobre la posible designación –en el caso de triunfar- de José Luis Machinea como ministro de Economía, así como el posible nombramiento de Daniel Marx para negociar la deuda, sosteniendo que ambos ya se han desempeñado en gobiernos anteriores y no constituyen garantía alguna de desempeño en defensa de los intereses nacionales. La carta a De la Rúa termina proféticamente: “Y no olvide aquella sentencia del presidente Sarney del Brasil cuando advirtió: Deuda que se cancela con la miseria, ¡se paga con la democracia!
En esos días de noviembre o diciembre de 1999, me encontré con él por última vez. A los setenta y cinco años –no obstante la grave enfermedad que ya lo aquejaba- Alejandro Olmos mantenía plenamente sus ímpetus de luchador, así como sus proyectos. Me explicó que estaba dispuesto a remover cielo y tierra para lanzar nuevamente Palabra Argentina, pero ahora como diario. Era imprescindible –me dijo- estar todos los días junto al pueblo revelando verdades, acompañando sus experiencias… Por supuesto, le prometí mi colaboración, pero cuando le aduje que para aparecer diariamente se necesitaría una fuerte financiación, que estimaba muy difícil de lograr, hizo un gesto de contrariedad, como negándose a aceptar los obstáculos que imponía la realidad.
-Pero ¡como se le ocurre que no vamos a conseguir el apoyo financiero necesario! Pero sí, esté seguro que lo vamos a hacer… Y agregó, convencido: -Lo vamos a hacer porque es imprescindible hacerlo, ya mismo, pronto… En eso quedamos, y cuando nos despedíamos me comento con suma ansiedad: - Me informaron en el juzgado que la sentencia está por salir. Y reconoce todas mis denuncias, ¿qué le parece?.
Contó las moneditas para el colectivo –él, que hacía dos décadas que había entregado su vida a contar cómo engrosaba la deuda externa en miles de millones de dólares-, y se perdió entre el ir y venir de sus compatriotas, en el atardecer de la Plaza de los dos Congresos.
En ese verano del 2000 –apesadumbrado por la muerte de uno de sus hijos-, Alejandro da su última batalla, esta vez contra el cáncer. En la noche del 24 de abril un amigo me informó que había fallecido.
La sentencia del juicio de la Deuda fue dada a conocer recién 80 días mas tarde: el 13 de julio. Si bien los imputados quedaban sobreseídos por el transcurso del tiempo, la justicia reconocía como correctas las denuncias de Alejandro y dada la gravedad del asunto transfería el expediente –después de 18 años- al Congreso Nacional para que se informara y adoptara las medidas correspondientes.
Algunos amigos lamentaron que Alejandro no hubiese vivido un tiempo más para gratificarse al conocer esa sentencia que venía a dar razón a su larga y porfiada lucha. Seguramente le hubiese gustado leer detenidamente ese documento –como siempre, a microscopio, detectándole concesiones y sutilezas-, pero, de cualquier modo, los hombres como Alejandro Olmos no necesitan el reconocimiento de ningún juzgado, ni tampoco la necrología que le negaron casi todos los diarios. Como decía Arturo Jauretche refiriéndose a los luchadores nacionales que, como en este caso, “entran en todos los barullos, pero no en la listas de cobranza”, ellos están seguros de “ser los triunfadores, porque van a la lucha sabiendo que sólo son eslabones”.

jueves, 13 de febrero de 2014

General Manuel Savio

el 31 de julio de 1948 moría de un paro cardíaco el general de división Manuel Nicolás Aristóbulo Savio y por ello se instituyó, con justicia, al 31 de julio como el “Día de la Siderurgia”. Había nacido en Buenos Aires el 15 de marzo de 1893.
Savio fue el heredero de fray Luis Beltrán y el continuador de las tesis esgrimidas y materializadas –a través de YPF durante la presidencia de Yrigoyen- por el general Enrique Mosconi [1] (cf. la Agenda de Reflexión Nº 241) para transformar una economía nacional agro-pastoril exportadora en otra que tuviera a las industrias de base como motor del crecimiento. Savio fue el primero del plantel de ingenieros militares que realizaron una “movilización nacional” de carácter militar y técnica al mismo tiempo, correlacionando las posibilidades de la industria con la defensa. Afirmaba que “la industria del acero es la primera de las industrias y constituye el puntal de nuestra industrialización. Sin ella seremos vasallos”.
En 1930 el teniente coronel Manuel Savio elevó el proyecto para crear la Escuela Superior Técnica, abierta a los oficiales de todas las armas. Por una suerte de compensación histórica, el presidente Uriburu, que mandó detener e investigar a Mosconi, facilitó a su continuador el medio para realizar sus planes. En 1934 egresan los primeros ingenieros militares. El 24 de diciembre de 1936 Savio asume la dirección de Fábricas Militares. En 1938 eleva un proyecto de ley para crear la Dirección General de Fabricaciones Militares (DGFM). Actúa como un verdadero político, buscando aliados en todos los sectores, convenciéndolos de sus beneficios para el país. En 1941 se promulga dicha ley, que además lo autoriza a realizar exploraciones y explotaciones tendientes a la obtención de cobre, hierro, plomo, estaño, manganeso, wolframio, aluminio y berilio. Además del desarrollo de un programa de prospección geológico-minera en la Antártida Argentina. “Es un error el haber estructurado ‘a priori’ nuestra economía, posponiendo arbitrariamente a los metales con respecto a los cereales”, decía. Luego propuso buscar yacimientos de hierro en el país. Los encontró en las serranías de Zapla, Jujuy. Los informes corroboran que el yacimiento es una cuenca sedimentaria de hematita cuya potencia visible asegura grandes reservas y justifica sobremanera la inversión necesaria para emplazar un “Alto Horno”. Se inicia inmediatamente la “gesta Zapla” cuando el país sufre el bloqueo de los grandes consorcios. Savio intenta formar una “conciencia metalúrgica”, apelando a los industriales, y recordando que la fábrica argentina de carburo de calcio debió cerrar por el “dumping” del exterior. Por esos días, el matutino La Nación sostenía en un editorial que “no tenemos hierro ni carbón de piedra, elementos indispensables de la gran industria”, para concluir que “en realidad no nos debemos quejar de la heredad que nos ha tocado en suerte y no hemos de ser mineros mientras nos convenga y nos guste ser labradores y criadores de ganado”.
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El 11 de octubre de 1945 (en plena evolución de los episodios militares que provocaron la jornada del 17 de octubre) se produce la primera colada de hierro fundido hecha con materias primas nacionales. Poco después Savio entrega su Plan Siderúrgico Nacional (Ley 12.987 o “Ley Savio”), que es sancionada en 1947 –durante la primera presidencia de Perón-. Así se origina SOMISA (Sociedad Mixta Siderurgia Argentina), cuyos altos hornos son emplazados en terrenos elegidos por el propio Savio en los márgenes del arroyo Ramallo, en las cercanías de San Nicolás. Como presidente de su directorio renuncia a sus honorarios, pero no alcanza a ver concluidos sus sueños, debido a su temprana muerte, a los 56 años. SOMISA llegó a proveer a la nación 500.000 toneladas de productos semi-terminados de acero.
Cursó estudios en el Colegio Nacional Central de la Universidad de Buenos Aires y en el Colegio Militar de la Nación. Luego de su siempre ascendente y brillante carrera fue instructor de cadetes en el Colegio Militar y titular de la cátedra de Metalurgia y Acción de Explosivos. Organizó la Escuela Superior Técnica del Ejército y enriqueció, de manera trascendente, la industrialización castrense. En tanto la Escuela de Mecánica se dedicaba a capacitar operarios, la Escuela Superior Técnica se abocó a la tarea de formar ingenieros militares con avanzada especialización teórica y práctica. Para llevar adelante sus planes, Savio aplicó con gran lucidez las experiencias de la visita que realizó al continente europeo en 1923, como miembro de la Comisión de Adquisiciones del Ejército.
En 1933 escribió su primer obra titulada Movilización Industrial. Luego le siguieron los libros Política Argentina del Acero (1942) y Política de la Producción Metalúrgica Argentina (1942).
En su creación, Fabricaciones contaba con cinco establecimientos: Fábrica Militar de Equipos (ex taller de Arsenal), Fábrica de Material de Comunicaciones (ex laboratorio del arma de Comunicaciones), Fábrica de Aviones (transferida por la Aviación Militar), Fábrica de Acero y Pólvora y Fábrica de Explosivos de Villa María, estas dos últimas inauguradas por el propio Manuel Savio en 1937 y 1938 respectivamente.
En julio de 1943, a menos de siete años de su establecimiento como organismo autárquico y siempre bajo su conducción, Fabricaciones Militares contaba ya con doce plantas. A las nombradas se sumaron: la de Fabricaciones Militares de Armas Portátiles “Domingo Matheu”, la de Tolueno Sintético, la de Munición de Artillería Río Tercero, la de Munición de Artillería “Borghi”, hoy “Fray Luis Beltrán”, la de Vainas y Conductores Eléctricos E.C.A., la de Munición de Armas Portátiles “San Francisco”, la de Materiales Pirotécnicos y la de los Altos Hornos Zapla.
Por otro lado, con el aporte de grupos empresarios, Savio organizó las siguientes sociedades mixtas: Industrias Químicas Nacionales, Elaboración del cromo y sus derivados, Atanor, Compañía Nacional para la Industria Química, Aceros Especiales y Siderurgia Argentina.
Al elaborar los fundamentos de la DGFM, Savio incluyó un capítulo sobre exploración y explotación de minas que, como él mismo definiría un tiempo después, creó “una verdadera revolución en cuanto a la tesis que sobre la materia se sustentó, terminantemente en aquellos tiempos, de explorar y explotar minas por intermedio de la DGFM, es decir, del Estado”. Con esa misión, la DGFM se dedicó a la exploración de las riquezas minerales de la Argentina cuyos resultados no tardaron en aparecer. Entre los más importantes de esos descubrimientos estuvieron: el hierro de Puesto Viejo, al sur de Palpalá, en Zapla; las arcillas y caolines bonaerenses, el uranio de Comechingones y de la mina “Soberanía”, de Mendoza; el cobre de Los Aparejos, en Tinogasta, Catamarca; el mineral del Paramillo, de Uspallata, Mendoza; la mina de hematita La Santa, Pastos Grandes, Salta; y el cobre y la rodocrosita de Capillitas, entre otras.
Cuando por el mes de agosto de 1945 fueron arrojadas las bombas atómicas en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, Savio de inmediato reaccionó insistiendo en que “tenemos que intensificar ya, rápidamente, la búsqueda de uranio en todo el territorio argentino. No se trata de fabricar la bomba, sino de pesar en el concierto mundial con la tenencia de uranio”. Así fue como los treinta geólogos de la DGFM se lanzaron al relevamiento y la exploración del territorio nacional en busca de uranio, logrando hallazgos sorprendentes. Dos décadas después, Argentina estaba en el concierto de las pocas naciones que generaban energía nuclear.
Con el descubrimiento de los yacimientos de hierro en Zapla, la DGFM da inicio a la creación del Establecimiento Altos Hornos Zapla y la planta experimental de Palpalá, pilares de la nueva siderurgia argentina. El coronel Manuel N. Savio ya había explicado de forma excelente la importancia de formar una “conciencia metalúrgica”, en un discurso pronunciado en el salón de la Unión Industrial Argentina (UIA) en el mes de junio de 1942 que parece inspirado en la realidad contemporánea: “Puede decirse que hasta ahora hemos desechado sistemáticamente todos nuestros yacimientos de minerales… De tal manera, hemos visto tomar rumbo al extranjero a grandes cantidades de minerales en el mismo grado de concentración compatible con las tarifas de transporte; hemos anotado en nuestras estadísticas un valor que acrecentaba los ingresos ponderados en oro; pero sin dejar el efecto saludable que hubiese podido proporcionar el trabajo de su industrialización y, como saldo del balance, sólo debemos consignar un egreso de riqueza, una disminución del potencial… muy poco, pues, es lo que ha quedado como beneficio fuera de miserables jornales de extracción”.
El presidente Ramón Castillo suscribió el respectivo Decreto que mandaba crear el Establecimiento Altos Hornos Zapla. Se licitó la construcción de la planta experimental de Palpalá, obra que quedó adjudicada a la empresa sueca “Svenska Entreprenad A.B.”, asumiendo el proyecto y la supervisión de la instalación del alto horno. A cargo del capitán Enrique Lutteral, ayudado por el geólogo Victorio Angelelli, se elaboró la galería principal de la mina de Zapla, bautizada “9 de octubre” en homenaje a la fecha de la fundación de la DGFM. Construida a dos puntas sobre una longitud de 500 metros, o sea a partir de sus extremos, tratando de empalmar en su parte media. Un método inusual, contrario a todas las prácticas universales, adoptado porque los equipos de perforación –trabajando con barretas y martillos por la carencia de elementos mecánicos y automáticos- no podían avanzar más de un metro por día, mientras el plazo estricto fijado por Savio requería otro ritmo.
Había que construir un cable carril desde la sierra de Zapla a Palpalá, para asegurar la bajada del mineral. Varios técnicos recorrieron el país en su búsqueda. En una mina riojana abandonada llamada “La Mexicana” encontraron uno. Hurgando sin descanso consiguieron varios tramos. La habilidad de los técnicos permitió una instalación aérea con cables adquiridos en trozos, como si fueran géneros, que soldaron con perfección, disimulando las uniones. Una doble línea de cable carril tendida a lo largo de doce kilómetros y medio con cinco estaciones tensoras y 109 torres de hierro en forma de T, plantadas sobre basamento de hormigón, unió a Palpalá, ubicada a 1.105 metros sobre el nivel del mar, con el extremo más cercano del yacimiento, a 1.500 metros de altitud.
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El 7 de marzo de 1944, después de un año de estudios previos, comenzó la construcción de la planta industrializadora de Palpalá. Y en dieciocho meses se levantó el alto horno que, caso único en el mundo, se construyó de hormigón armado por la carencia de los materiales clásicos. Para la fábrica eléctrica y los soplantes, especie de ventiladores gigantes que hacen las veces de pulmón del alto horno, se requería un motor de 500 HP y en el país se fabricaban apenas de 80 HP. Savio reunió a los industriales argentinos y por último, el ingeniero Torcuato Di Tella se comprometió a construir seis motores de 85 HP para seis soplantes en paralelo, de manera que la presión de uno no ahogara al otro. Se debía quemar el gas del alto horno en una caldera y pasarlo a turbina. En Bahía Blanca se halló un motor viejo de 1.200 HP con dos décadas de uso, que se reacondicionó.
Mientras Chile, Brasil y México para sus emprendimientos siderúrgicos contaban con la colaboración norteamericana, Savio –condicionado por la política exterior argentina que se mantuvo neutral durante la Segunda Guerra- construía la planta piloto de Palpalá apelando a piezas en desuso recogidas a lo largo de todo el país. En un astillero viejo de San Fernando se compraron dos calderas antiguas, casi chatarra. Como no se pudieron obtener ladrillos refractarios para el interior del horno, una firma nacional los ofreció de sílice, siendo aceptados finalmente por los ingenieros suecos, pero sin ofrecer garantía.
Como combustible se utilizó carbón de leña del Chaco, Santiago del Estero y Salta. Inmediatamente, las voces de la prensa ecologista de ese entonces, clamaron “no se puede levantar la siderúrgica con carbón vegetal, vamos a quedarnos sin montes”. A lo que Savio respondió activando el Vivero de Pirané e iniciando las plantaciones de 15.000 hectáreas de eucaliptos en la zona Zapla-Palpalá, formando un bosque de 30 millones de árboles, que al día de hoy, permite todavía la realización de cortes cada siete años.
Se acercaba el día ansiado en que el horno entraría en funcionamiento. Se suscitó entonces una cuestión grave: no se contaba con los repuestos imprescindibles en caso de avería, que debían ser comprados en el exterior, y era claro que Zapla iba a ser jaqueada por el extranjero, debido a la importancia que remitía a la soberanía y defensa nacional. El riesgo a correr era inmenso, pues si se interrumpía la operación del alto horno el tiempo suficiente para que se enfriara y solidificase el material, su inutilización sería definitiva, y volarlo su destino sin remedio. Savio sopesó las circunstancias y dijo “¡Adelante!”, asumiendo toda la responsabilidad; la suerte lo acompañó pues el horno trabajó dos años sin problemas y a esa altura los repuestos ya estaban a mano.
El día 11 de octubre de 1945 surgiría el primer chorro brillante de hierro que, en palabras de Savio, “iluminará el camino ancho de la nación argentina”. Sin demora, el capitán Lutteral se tomó desquite: envió al sabio alemán Schlagimtweit, el mismo que tres años atrás sostuviera que “el mineral de Zapla no es reductible”, un trozo de lingote con una simple tarjeta: “Para que le clave los dientes”.
Así, Palpalá se fue convirtiendo, como lo quería Savio, en un centro de irradiación industrial, a la vez que elevaba el nivel económico, cultural y social de la región, transformando al pueblito que en 1940 tenía tan solo tres casas, en el tercer centro poblacional de Jujuy, con más 30.000 habitantes, viviendas espléndidas, escuelas primarias y técnicas, y centros culturales.
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Claro, soplaban otros vientos que ahora. En el ya citado discurso a la Unión Industrial Argentina, en el mes de junio de 1942, Savio definió los lineamientos de lo que sería la planificación de la nueva industria, destacando primordialmente la “necesidad de protección, por lo menos en la etapa inicial”, señalando que “Me siento en el deber de expresar, sin eufemismos, que sin una franca protección del Estado, todo este plan y cualquier otro, correrá igual suerte; porque es un secreto a voces que la producción universal de todos los productos que he enunciado está controlada por organizaciones poderosas, con medios suficientes para determinar crisis decisivas donde y cuando convengan”.
El descubrimiento casual de una mina de azufre por parte de un grupo de exploradores en el sudoeste de la provincia de Salta, a unos 5.200 metros de altura, sería el comienzo de la industria azufrera argentina. Comenzada a explotar a cielo abierto por una compañía privada, Savio tomó contacto con ella y en 1943 se organizó la Sociedad Mixta Azufrera Salta. Al año siguiente, mediante el apoyo de Savio y la DGFM, empezó a producir 31.000 toneladas de azufre, utilizadas en su mayor parte para la obtención de ácido sulfúrico, sulfuro de carbono para la pólvora negra y aspersiones contra insectos hongos, entre otros.
El 30 de enero de 1938 se inaugura la Fábrica Militar de Pólvoras y Explosivos “Villa María”, ubicada en la localidad cordobesa de igual nombre, y que Savio completara y pusiera en funcionamiento en agosto de 1942, con las plantas de éter y pólvoras de nitrocelulosa. Poco tiempo después, se instalaría el segundo conjunto fabril químico de la DGFM en Río III. De su producción, las Fuerzas Armadas sólo consumen apenas el 4 por ciento, el resto lo absorbe la industria privada, que utiliza la nitrocelulosa para la elaboración de pinturas, esmaltes, lacas, barnices y películas radiográficas, mientras diversos explosivos se destinan a minería, obras viales y sismográficas.
La carencia de neumáticos –cubiertas y llantas- durante la Segunda Guerra había creado enormes dificultades al país. Savio se aplicó a que la DGFM obtuviera caucho sintético, para lo cual creó por concurso la Sociedad Mixta Atanor, que si bien no pudo resolver su producción, empezó a satisfacer la demanda de agua oxigenada, cloro soda, metanol y soda cáustica.
El 26 de agosto de 1942, bajo la dirección de Savio, la DGFM creaba en las proximidades de Campana, provincia de Buenos Aires, la Fábrica Militar de Tolueno Sintético: era el comienzo de la petroquímica en el país. Con la colaboración de Y.P.F. inauguró el 31 de diciembre de 1943 la producción del tolueno para la obtención del explosivo TNT. Y su desarrollo llegó a abastecer a la industria con solventes aromáticos y parafínicos, aguarrases y thinners.
El 4 de agosto de 1942, en la ciudad de San Francisco, provincia de Córdoba, se instalaba la Fábrica de Munición de Guerra y Armas Portátiles, que cuatro años después producía cartuchos de guerra y de fogueo, y posteriormente elementos de uso civil como motores eléctricos, discos para arado, material ferroviario como vagones y furgones, entre otros. Dos meses después, el 3 de octubre de 1942, se colocaba la piedra fundamental de la actual Fábrica Militar de Armas Portátiles “Domingo Matheu” en la ciudad de Rosario.
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El 1º de abril de 1947 Savio inauguraba la Fábrica Militar de Material de Comunicaciones y Equipos, en la localidad de San Martín, provincia de Buenos Aires con la finalidad de fabricar equipos de dotación de las Fuerzas Armadas, al tiempo que empezó a producir, también, equipos electrónicos como transmisores, receptores y equipos de televisión. Preocupado por los requerimientos de la industria del cobre para las Fuerzas Armadas y el uso civil, en 1944 adquirió la Sociedad Electrometalúrgica SEMA, de origen alemán, que pasó a llamarse Fábrica Militar de Vainas y Conductores Eléctricos. Ubicado en Avellaneda, provincia de Buenos Aires, este establecimiento empezó fabricando latón militar para vainas, metales para la industria manufacturera y una amplia gama de conductores eléctricos.
En 1945 se creó la Fábrica Militar de Materiales Pirotécnicos, con asiento en Pilar, provincia de Buenos Aires, que abasteció a las Fuerzas Armadas y cubrió las necesidades de explosivos de uso civil como la elaboración de cargas para las perforaciones petrolíferas y mineras.
La Fábrica Militar de Aceros, de Valentín Alsina, que fundara en 1936 el general Reynolds y completara Savio en 1938, para 1969 era la única planta que producía en el país laminados planos de alto carbono y de acero al silicio para los que antes se dependía exclusivamente de la importación.
Catorce fábricas propias –o “núcleos de paz”, como las llamara Savio-, participación en ocho sociedades mixtas y nueve sociedades anónimas con mayoría estatal, tal es el panorama resplandeciente legado por Savio como Director de la DGFM.
Alarmado al comparar que treinta años atrás –en el decenio 1905-1914- la Argentina consumía 150 kilos de hierro y acero por habitante, y que en esos días de 1943 había descendido peligrosamente a menos de 50, sumado a que, a diferencia de la época de la Primera Guerra, la Segunda Guerra Mundial interrumpía el suministro a una Argentina que demandaba camiones, autos, locomotoras y demás, Savio proyecta un programa siderúrgico que comprenda “la ejecución anual de alrededor de 315.000 toneladas de acero en una etapa inicial”. Sostenía que “necesitamos barcos, ferrocarriles, puertos y máquinas de trabajo, y no nos podemos detener a la espera de milagros… ello es ya un imperativo en nuestro progreso, porque es un mandato de la argentinidad, porque lo requiere nuestra soberanía dentro de un programa que no persigue ninguna autarquía deformada por exacerbado nacionalismo, sino porque aspira a contar con un mínimo de independencia”.
El 24 de enero de 1946 tenía entrada en la Presidencia de la nación el proyecto de ley suscripto por el general Savio, con el objetivo de elevar el Plan Siderúrgico. Al someterlo al Congreso señala: “su finalidad esencial consiste en crear una real capacidad para la producción nacional de acero, en condiciones tales que aseguren el desenvolvimiento económico de la siderurgia argentina y su ulterior afianzamiento”. “La actividad industrial que encara este plan es vital, la necesitamos, como hemos necesitado nuestra libertad política, como hemos necesitado en su oportunidad nuestra independencia”. “La industria del acero es la primera de las industrias; y constituye el puntal de nuestra industrialización”.
En forma muy resumida, las finalidades de la ley eran: a) Producir acero en el país utilizando materias primas y combustibles argentinos y extranjeros en la proporción que resultara más ventajosa económica y técnicamente, tratando de mantener activas las fuentes nacionales de minerales y de combustibles. b) Suministrar a las industrias de transformación y terminado de acero en calidad y costos adecuados. c) Fomentar la instalación de plantas de transformación. d) Afianzar el desarrollo de la industria siderúrgica argentina. El plan se cumpliría sobre la base de: a) Yacimientos de hierro en explotación y plantas del Estado existentes en este momento. b) La planta de la SOMISA que se creaba por esa ley. c) Otras plantas de sociedades mixtas que pudieran crearse. d) Las plantas de transformación y terminado de productos de acero del capital privado.
El 21 de junio de 1947 el Poder Ejecutivo promulgaba el Plan Siderúrgico convertido en la Ley Nro. 12.987, nombrando a Manuel Savio como Presidente de la Sociedad Mixta Siderúrgica Argentina. En primer lugar, decide la ubicación de la planta siderúrgica en Punta Argerich, sobre el río Paraná, en el partido de Ramallo, provincia de Buenos Aires. El 13 de marzo de 1948, en su carácter de Presidente de SOMISA, suscribe el contrato con la Armco Argentina, por el cual se encargan los planos y estudios, supervisión de la instalación y de la puesta en marcha de la planta a instalarse. El 26 de junio de 1948, el Directorio de Somisa aprueba el plan definitivo presentado por Armco, optando por un complejo para elaborar 500.000 toneladas de productos semiterminados de acero.
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Imprevisiblemente, y en mitad de la realización de su proyecto industrial para la Argentina, el general Savio muere y su Plan Siderúrgico se vería aplazado por casi una década, siendo Arturo Frondizi, aquel diputado que integrara la comisión especial para estudiar el Plan de Savio, quien en 1958, ya ungido presidente de la República, haría uso manifiesto del préstamo de 60 millones de dólares que en 1955, el Eximbank (Export and Import Bank of United States) le concediera al país en el gobierno de Perón para financiar las adquisiciones de equipos y servicios a efectuarse en Estados Unidos para la instalación de la planta de Punta Argerich, que pasaría a llamarse Planta Siderúrgica “General de División Manuel N. Savio”. El 20 de abril de 1960 se produce, en la planta de Punta Argerich, el primer deshornado de coque apto para fines metalúrgicos; el 20 de junio, la primera colada de arrabio y el 5 de mayo de 1961, la primera colada de acero. El 25 de julio de ese 1960, trece años después de la promulgación de la Ley 12.987, se realiza la inauguración oficial de la planta con la asistencia del presidente Frondizi.
La figura de Savio estará ligada a toda una serie de acontecimientos fundamentales para el desarrollo económico del país; y no se podrá hablar en el futuro de la industrialización argentina sin tener en cuenta sus ideas y conceptos. El fijó con precisión los límites y el significado del proceso económico nacional. Y mostró las consecuencias del trabajo perseverante, tenaz, y sin renuncias al servicio de los intereses del país. Como fray Luis Beltrán, como Enrique Mosconi, el general Manuel Savio fue un varón ilustre. Su vida rompió los moldes comunes para transformarse en un ejemplo. Su personalidad no admite elogios fáciles, sino que exige penetrar en los múltiples rasgos que hicieron de él un jefe militar destacado, un creador vigoroso, un acendrado patriota.
Tantas décadas después, todavía suenan como corolario, en un país espiritual y materialmente vaciado, las palabras de Savio en 1946 “La del acero es una industria básica sin cuyo desarrollo no puede considerarse que un país ha alcanzado su independencia
económica. Incluso se comprueba la verdad opuesta: cuando menor es el desenvolvimiento de esta industria, mayor es la dependencia que se tiene del extranjero, con las graves consecuencias que de estas circunstancias se derivan”.
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jueves, 6 de febrero de 2014

El nacionalismo católico de Ignacio B. Anzoátegui

Por agenda de reflexion
Hace exactamente un siglo, el 25 de julio de 1905, día de la fiesta de Santiago Matamoros, nació en La Plata Ignacio Braulio Anzoátegui; murió en Buenos Aires el 2 de abril de 1978. Ambas fechas constituyen significativas coincidencias tratándose de él, uno de los más brillantes exponentes del nacionalismo católico argentino. Se casó con Josefina Padilla, con quien tuvo once hijos.
Doctorado en Leyes en la Universidad de Buenos Aires, desempeñó luego la magistratura judicial, siendo sus fallos famosos por el estilo y el talento literario (“Sin poesía no hay derecho”, decía siempre). Uno de esos fallos, sobre un hombre que se casó con una mujer veinte años mayor, decía, por ejemplo: “Cuando se casaron, él tenía la edad en que se encuentra a la vida y ella la edad en que se le reencuentra”.
Además de libros de poesía, aforismos y ensayos, también escribió en cuanto diario y revista relevante existía en el país y en muchísimas del extranjero: La primera Criterio (junto a Manuel Gálvez, Leopoldo Marechal –su gran amigo-, Ernesto Palacio, Eduardo Mallea, Fernández Moreno y Ricardo Molinari, además de Gilbert K. Chesterton, Hillaire Belloc, Ramiro de Maeztu, Jacques Maritain y Giovanni Papini), Número (donde se encargaba de la crítica cinematográfica), Cárcel de papel, Tía Vicenta (con y sin firma), P.B.T. (bajo el seudónimo Martín Pescador), Sol y Luna (cuya dirección compartió), Caras y Caretas, Leoplán, Ulises, El Hogar, Tribuna, Alianza, Tiempo Político, Azul y Blanco, La Argentina (de Hugo Wast), Juan Manuel de Rosas (el boletín del Instituto homónimo), Universitas (la revista de la Universidad Católica Argentina), Jauja (dirigida por el Padre Leonardo Castellani), etcétera. Anzoátegui era un hombre decididamente polémico: escribía como esgrimiendo un arma.
Los Cursos de Cultura Católica y nosotros
Nacieron los Cursos de Cultura Católica de la decisión de una minoría de hombres inmunes a la heredosífilis liberal que venía regenteando al país después de lo de Caseros (donde la patria se recalcó un pie).
Era por entonces el cultianalfabetismo dueño casi absoluto de la verdad y de la historia: de la verdad gambeteadora y prepotente y de la historia para párvulos a la que jineteaba orondamente tocado de poncho y galera.
La chivatería masónica dictaba cátedra y las quitaba. So color de los colores azul y blanco –infaltables delantales de las tribunas de pino improvisado- arengaba a un rebaño, al que, de paso, había negado el derecho de prosternarse ante el Pastor. Y la intelectualidad argentina la escuchaba boquiabierta, acaso balando hurras a los carraspeos de los descuajeringados pajarracos.
Aquella chivatería creó así, para los fieles de Cristo, una cara que reunía los rasgos de la beatería y la bobera.
Fue por el [mil novecientos] veintitantos cuando el Señor decidió que se operara el milagro. Y lo hizo –como a El le gusta hacerlo- valiéndose de aquella minoría, en armas también ella, cuya misión primera era la de llamar pan al pan y vino al vino y cuya segunda misión era comerse a los comecuras. Pan y vino fueron su alimento y su aliento: el pan y el vino del convivio eucarístico donde Cristo se da entero a sus leales seguidores.
En medio de aquella época tan nefanda como nefasta, en medio de aquel tiempo que se creía dueño y lacayo del último quiquiriquí del máximo mascalzone de turno, en medio de aquellos años enloquecidos de aggiornamiento con el más vil de los viles detractores, los Cursos de Cultura Católica nos rescataron a la confianza, nos reconciliaron con la dignidad, nos enseñaron que el católico no tenía por qué poner cara de drogadicto de la virtud, de monja psicoanalizada por cualquier Amado Nervo.
Tales fueron las lecciones que aprendimos en los Cursos. Tal fue la vida que nos develaron. Tal la enseñanza deslumbrante que compromete para siempre nuestra gratitud.

Aforismos
Roque Sáenz Peña
El voto secreto es el voto cantado a bocca chiusa. Pero la contención tiene un límite, tras el cual estalla el griterío de las revoluciones. Porque el pueblo no quiere que se lo encierre en el meadero del cuarto-oscuro; quiere cantar su voto por las calles y los caminos. Quiere gritar “¡Viva!” y gritar “¡Muera!”, porque eso es tener conciencia de patria, inexplicada conciencia de patria, que es lo que en definitiva vale.
Van Gogh
Desde la Eternidad inventó Dios el amarillo, para poder un día, con la mayor naturalidad, regalárselo a Van Gogh.
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Agustín de Foxá
Úlcera de Duodeno –dijo una vez Foxá- es nombre de poetisa uruguaya.
Cardenal Newman
Hay más fiesta en el Cielo por un inglés que se arrepiente que por cien irlandeses que hacen penitencia.
Adam Smith
Los economistas son los ginecólogos de las finanzas públicas. La mayor parte de ellos se especializan en abortos.
Camila O’Gorman
Casarse con un cura es ciertamente un desacato. Pero dejarse explotar en los prostíbulos del liberalismo es ciertamente un suicidio: una lápida mortuoria que confirma una enfermedad venérea.
Ra
Ningún dios de ninguna mitología gozó de tanto prestigio como Ra en el mundo de las palabras cruzadas.
Shelley
Había una vez un tiempo en que el inglés no era sólo un dialecto de ejecutivos.
Frei
Cada vez que en un país triunfa la Democracia Cristiana, se decreta en el Cielo tres días de Carcajada Celestial.
Anónimo
Me lo previno una vez un santo confesor, viejo y cargado de juvenil sabiduría: “Es difícil, muy difícil, hijo, sacarse un mujer de encima; pero más difícil es quitársela de abajo”.
Los siete sabios de Grecia
Los helenos, que algo entendían de belleza, le dijeron a la sabiduría el nombre más bonito de su lengua: sophia. Porque para saber es menester saber bellamente: lo demás es física nuclear y economía política y perfeccionamiento de artefactos sanitarios.
Elcano
Intentar entonces la vuelta de la Tierra era tomar billete de ida. El billete de regreso quedaba a cargo de ese gran promotor del turismo más conocido por el nombre de Dios, especialista en tormentas y en rotosos regresos triunfales.
Gustavo Adolfo Bécquer
Digan lo que digan los registros parroquiales, Bécquer nació en Flores. Todavía su sombra se pasea por esos atardeceres de glicinas con jardincito al frente.
Benvenuto Cellini
El mármol es, sin duda, uno de los más nobles y puros elementos de la Creación. ¿Puede alguien imaginar a Cellini tallando su Perseo en fórmica? Yo creo que en el tumulto del Sinaí a Moisés se le traspapeló el XI mandamiento: “No formicar”.
Domingo Faustino Sarmiento
El niño que nunca faltó a clase y el hombre que nunca tuvo clase.
Francisco Pizarro
Terminemos de una vez por todas con la bobada de la sed de oro de los conquistadores. La sed de oro basta para conquistar a una viuda millonaria y necesitada; pero no basta para conquistar un imperio y además fundar sobre él otro imperio. Para esto es preciso estar signado, vale decir persignado, por el Dueño de la Creación. Francisco Pizarro no era exactamente de Asís, pero tampoco era de la raza de los Rostchild.
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Franklin Delano Roosevelt
Cada cual tiene el segundo nombre que se merece.
Esperanza del milagro
Inútilmente pido lo que pido,
Inútilmente quiero lo que quiero:
No espera mi esperanza lo que espero
Ni olvida mi memoria lo que olvido.
Ni pide mi esperanza lo que olvido
Ni quiere mi memoria lo que espero:
Inútilmente olvido lo que quiero,
Inútilmente espero lo que pido.
Todo es inútil ya. Pido y espero;
Pido al amor olvido, y el olvido
Se entrega a la memoria prisionero.
Quiero sin esperanza, y lo quiero
Espera eternamente en lo que pido
El milagro de amor en el que muero.
Monólogo al amor…
Este querer quererte por amarte
y este miedo de amarte sin quererte
y este querer perderte por ganarte
y este querer amarte sin perderte.
Y este ganarte sin saber perderte
y este perderte sin saber ganarte,
me dan miedo de amarte por amarte
cuando quisiera no querer quererte.
Este miedo de amarte sin ganarte
y este querer ganarte sin perderte
me obligan a perderte sin amarte.
Porque el miedo de amarte y de perderte
y el miedo de quererte y de ganarte
es el miedo de amarte hasta la muerte.
En secreto y al oído
Tu madre niega que niega
Y yo que afirmo y afirmo,
Porque yo sé de quién eres:
Que eres de ella y que eres mío.
Ella no quiere que sepas
Que estando ella conmigo
Hablamos de ti y nosotros
En secreto y al oído
Y que juntos te nombramos
Por tu nombre y apellido.
No lo repitas a nadie:
Yo sé por qué te lo digo.
Leopoldo Lugones
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Se quitó los anteojos y de un trago
Empinó la cicuta.
Con un vago
Secreto se nos iba, roto el dolor y la cabeza
Hirsuta
A medio descansar sobre la mesa.
Se nos iba la Patria. Los antiguos laureles
Que él cantara
Yacían en el cesto de papeles
Y él moría y moría
Cara a cara
Con la derrota que le consumía.
Los enteros
Varones,
Los de la lanza de los entreveros,
Lagrimeaban entre cuatro velones
El dolor de que eternamente fuera
El caballo del comisario
El que ganara siempre la carrera
Sin otro comentario.
El pulso
Desvaído,
Se nos iba la Patria. Ya el convulso
Corazón se nos iba
Sin voz y sin latido,
Sin un ¡Muera! Siquiera y sin un ¡Viva!
Porque ya todo aquello,
Todo aquello que él era se lo llevó la Muerte,
Las manos aferradas a su cuello:
Toda la Patria mustia,
Fuerte ya, sí, para llorarle fuerte
Bajo las campanadas de la angustia.
Ante Usted, don Hipólito, yo me saco el sombrero
y le llamo señor,
por eso que tenía de taita y mazorquero,
y hasta se dijo que era hijo del Dictador.
Mientras la oligarquía andaba a cuatro patas
pordioseando una libra y empeñando el laurel,
Usted iba llenando los atrios de alpargatas
y enseñando a los hombres a cumplir su papel.
Usted, don Yrigoyen, de bastón y galera,
de la media palabra y el silencio sutil,
era caudillo y prócer y exactamente era
el Felipe II de la calle Brasil.
Usted a la Inglaterra supo pararle el carro
y para no ser neutro se mantuvo neutral,
a pesar de que estaba bastante espeso el barro
y nos amenazaban la noche y el puñal.
Con eso sólo basta, varón de cuerpo entero
que cultivó el callado sentido del honor:
por eso en su memoria yo me saco el sombrero
y le llamo señor.
Sesenta y cuatro paladas
De tierra húmeda y fría
Aguardan junto a mi huesa
Para venírseme encima.
Señor el sepulturero
Que está bebiendo en la esquina,
Siga bebiendo tranquilo
Porque no me corre prisa.
Aquella que usted ya sabe
No ha llegado todavía.
Y me prometió traerme
Un ramo de siemprevivas.
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