Rosas

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jueves, 31 de octubre de 2013

Los que odiaron al Gral. José de San Martín

Por Vicente D. Sierra
Muchos militares que hasta su llegada al país eran considerados hábiles guerreros a caballo, no ocultaron su rencor a quien les demostró que carecían de tal habilidad y les enseñó el arte de la guerra por la caballería, dotándola de armas de nuevo tipo, entre otras la lanza, que hizo fabricar con cañas tacuaras. En alguna época, para desacreditarlo ante la opinión popular, se le llamó "el rey José", difundiendo y dejando que se creyera, que su afán era coronarse rey del país. Es que estaba adornado de una integridad moral que no le permitió ser hombre de ninguno, para serlo sólo de su ideal emancipador. Hasta los caudillos populares, como Juan Bautista Bustos, Estanislao López, Francisco Ramírez y Gervasio José de Artigas, desconfiaron en algún momento sobre la lealtad de San Martín, desconcertados por una conducta que no se acomodaba al módulo dominante, o engañados por José Miguel Carrera. Entre los que lo odiaron se destacan dos personajes de singularísimo prestigio intelectual: Sarmiento y Alberdi, y otro de mal ganado prestigio político: Bernardino Rivadavia. Los dos primeros figuran entre los acreditados enemigos de Rosas, y es evidente que por tal motivo, miraron a San Martin sin ningún amor y trataron de negarle los derechos al procerato con que hoy ocupa un puesto de honor en el panteón de nuestros héroes.
En una de las piezas del epistolario de Yungay, Sarmiento, con fecha 9 de julio de 1852, escribía a Alberdi:
".. .Desmadryl hace un Panteón de hombres célebres de Chile: la obra es acabada. Se necesita la biografía de San Martín, y usted podría hacerla breve, espiritual, saisisante, instructiva. San Martín fue una víctima; pero su expatriación fue una expiación. Sus violencias, pero sobre todo, la sombra de Manuel Rodríguez, se levantó contra él y lo anonadó. Haga usted resaltar este hecho para precavernos. Esta justicia silenciosa, pero inflexible que lo alejó para siempre de la América. Hoy es Rosas el proscripto. Sus afinidades las encuentra en el apoyo que prestó al tirano por lo que usted ha dicho: por el sentimiento de repulsión al extranjero. El ejército de los Andes se sublevó en Lima por razones generales; pero el sentimiento, la pasión eficiente, fue el resentimiento que causaba a los argentinos, el verse despojados de su bandera, esto es, de su gloria nacional, para izar las nuevas banderas de los estados libertados, dándoles el aire de condottieri. También él se sublevó contra su gobierno en las Tablas, y su ejército se sublevó contra él. ¿Se encargará usted del trabajo? Fundemos de una vez nuestro tribunal histórico. Seamos justos, pero dejemos de ser panegiristas de cuanta maldad se ha cometido. San Martín castigado por la opinión, expulsado para siempre de la América, olvidado veinte años, y rehabilitado por ios laicos, como Montt, el doctor, el letrado, es una digna y útil lección".
Alberdi ya había escrito antes del pedido de Sarmiento una biografía de San Martín, pero se negó a hacerla en las condiciones impuestas, por lo que el 2 de setiembre de 1852 Sarmiento le volvió a escribir, diciendo: ".. .Yo le indiqué a usted que escribiese la biografía de San Martin, porque ya lo había usted hecho antes, insinuando que podia hacerse justicia ahora, etc. Sin ser mi ánimo que fuese una detracción, porque yo no aconsejaría a nadie nada que no fuese honorable. Creía que una alabanza eterna de nuestros personajes históricos, fabulosos todos, es la vergüenza y la condenación nuestra".
Pero Alberdi escribió sobre San Martin algunas páginas que, posiblemente, habrían gustado a Sarmiento. Lo hizo en su obra "Grandes y pequeños hombres del Plata", para destacar que, si algún día un poeta como Byron, "señor o milord y no lacayo", visitara estos pueblos y recogiera sus crónicas y le¬yendas, "no serán los Carrera los menos apreciados". Veamos otros conceptos de Alberdi:
"Fue fortuna para Chile que la Revolución Argentina tuviera que buscar en su territorio el camino que debia llevarla a la libertad de las cuatro provincias argentinas del Norte. Pero si San Martin hubiera faltado, Chile no habría carecido de libertadores, y en el Perú mismo hubiese sido reemplazado como lo fue, en efecto, por Bolívar. Su ausencia no perjudica más que a la República Argentina, a quien le costó cuatro provincias... Ningún hombre es necesario en este mundo cuando la Providencia ha creado la necesidad de un gran cambio".
Como se ve, Alberdi acusa a San Martin de haber abandonado las provincias del Alto Perú para libertar a Chile y usar a este país para pasar al Perú. Alberdi no dice que fue el Congreso rivadaviano de 1826 el que dispuso que dichas cuatro provincias estaban en libertad de hacer lo que les viniera en gana: independizarse, o unirse a las del Río de la Plata. Alberdi no dice que Bernardino Rivadavia abandonó a San Martín en el Perú. No dice que la prensa rivadaviana se burló prácticamente del emisario que San Martín envió a Buenos Aires en demanda de apoyo militar para atacar en la frontera de las cuatro provincias altoperuanas, pero dice que cuando la Providencia interviene no necesita de hombre alguno. ¡Soberbia lección de metodología histórica! En virtud de ella, el autor de "Bases" agrega:
"A Chile le habrían sobrado igualmente los libertadores, y, sin San Martin, repito, no habría tardado en ser libre por los Carrera. Esos si que eran el genio de la acción y de los recursos. ¡Nada menos fueron que mártires de su impaciencia de acción liberal y patriótica!"
Para Alberdi, San Martin ni siquiera se destacó como militar; no le encuentra ningún rasgo genial, y se pregunta: "¿Dónde está entonces el genio de San Martin? ¿En que pasó cañones a través de los Andes? ¿Por eso seria otro ANIBAL? Comparaciones pueriles". Evidentemente, si sólo se hubiera tratado de pasar cañones, no seria otro Aníbal, ya que éste no los pasó en los Alpes, puesto que aún no se habían inventado. Pero la torpeza de Alberdi llega a tal punto que dice: "La gloria en el arte del transportar es muy preciosa, pero pertenece más bien a la Industria"; de lo que cabe deducir que el paso de los Andes pudo haber sido hecho —según Alberdi— por cualquier empresa de mudanzas...
Este odio a San Martin fue de tal magnitud en la época de Rivadavia, que el encargado en Buenos Aires de negocios de Chile, Zañartú, escribió refiriéndose al gobierno de Buenos Aires dice: ''Los hombres odian a San Martin, una ruta tan contraria a la opinión general, que este solo principio cada día pierde más su partido, a pesar de que materia de rentas y Gobierno, hecho cosas buenas". El dia 28, una nueva carta, informaba que gobierno de Tucumán había pedído ser provisto de armas para habilitar una expedición de 600 hombres se preparaban para enviar al Perú a apoyar a San Martin, y decía: "Pero todo se le negará. Todo lo que sea obrar conforme las ideas de San Martin, se reprueba aunque tenga la aceptación verbal".
Desde Bruselas, el 20 de octubre de 1827, San Martin escribía a O'Higgins, y al referirse a la renuncia de Rivadavia, decía:
"Ya habrá usted sabido la renuncia de Rivadavia; su administración ha sido desastrosa, y sólo ha contribuido a dividir los ánimos; él ha hecho una guerra de zapa, sin otro objeto que minar mi opinión suponiendo que mi viaje a Éuropa no ha tenido otro objeto que el de establecer gobiernos en América, he despreciado tanto sus groseras imposturas, como su innoble persona".
¿Cómo explicar este irracional odio a San Martin? El lo dijo, carta a O'Higgins, desde Montevideo, el 5 de abril de 1829: "La situación de este país (se refiere a la República Argentina) es tal que al hombre que lo mande no le queda otra alternativa que la de someterse a una facción o dejar de ser hombre público; ESTE último partido es el que yo adopto".
Para comprender estas palabras hay que recordar que en aquel entonces, Lavalle se habla dirigido a San Martin para encontrar en él un elemento que lo sacara del enredo en que habia caido al encabezar la revolución de diciembre de 1828 y el asesinato de Dorrego. San Martin pudo ser entonces el hombre que salvara a los rivadavianos del lio en que se hablan metido por odio a cuanto oliera a pueblo, y San Martin se negó. San Martin era el que en 1812 puso fin al Primer Triunvi¬rato, expresión neta del localismo porteño y de su minoría dirigente mercantilizada; el mismo San Martín que, ante el alzamiento de los pueblos en 1820, se negó a salvar a la Oligarquía del puerto. Ese San Martín que se negó a entrar en los cuadros de la politiquería sucia de los prohombres del liberalismo rivadaviano, tenia que ser odiado por aquellos que lo odiaron. Herederos de ese odio fueron Alberdi y Sarmiento; aumentado en ellos el desapego al héroe, por el hecho de que legara su sable de Chacabuco y Maipú a Juan Manuel de Rosas, el hombre que consolidó la independencia nacional, como con verdad, dijo el héroe de los Andes.
Pero San Martin era un prestigio legitimo; a tal punto, que más tarde, Alberdi y Sarmiento variaron sus puntos de vista sobre él, condicionándolo a olvidar que no habla sido político, sino puramente militar; confundiendo los términos, o sea política con politiquería. Ningún gran general, y San Martin lo fue, puede no ser político, ya que las guerras son esencialmente actos políticos. Justamente, de alta y trascendental política fue la campaña de Chile y Perú; de la más elevada política fue dejar terminar la campaña a Bolívar. Toda política tiene una finalidad, y San Martín fue leal a la suya; a tal punto, que hasta supo emprender el duro camino del renunciamiento, con tal que su finalidad se realizara, sacrificando su gloria. Política que no podía comprender un Rivadavia, inflado de vanidad hasta lo grotesco, y menos un Sarmiento tan pagado de si mismo, que cuando en 1857 Mitre lo hizo elegir, junto con Vélez Sársfield, miembros de la legislatura local, en carta privada informando sobre tal favor, decía:
"Es una felicidad para Buenos Aires que hayamos sido nombrados senadores; era menester que algunos hombres de talento y de capacidad entrasen en las Cámaras para dirigir la PLEBE e ilustrar el juicio de TANTOS IMBECILES QUE HEMOS INTRODUCIDO".

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