Rosas

Rosas

miércoles, 4 de octubre de 2017

Hipólito Yrigoyen. Un promotor de la democracia

Por Félix Luna
¿Qué misterioso hechizo cautivó el alma de tantos argentinos durante tantos años a la figura de Hipólito Yrigoyen? Jamás pronunció discursos, escribía farragosamente, no se mostraba en público, detestaba ser fotografiado. En las escasas campañas electorales en que estuvo presente, se encerraba en un hotel y sólo salía de allí para regresar. No pisó nunca la mayor parte del territorio argentino. Administraba su silencio: eso sí, magistralmente. Siempre rechazó el apoyo de partidos ajenos, no buscó el arrimo de fuerzas económicas, grupos sociales o grandes diarios. Un asesor de relaciones públicas, de esos que hoy pululan al lado de dirigentes y candidatos, se volvería loco si hubiera tenido que asistir a este hombre desapegado de cualquier truco publicitario. Cualquier analista que lo hubiera observado a fines del siglo XIX, cuando tenía casi cincuenta años, no hubiera apostado un centavo por el futuro de este solterón de amables modales, parco en su conversación, dueño de un lenguaje entre criollo y castizo, aparentemente destinado a ocupar sólo posiciones secundarias, a la sombra de su tío Leandro. ¿Cuál habrá sido, entonces, la rara química que se dio entre Yrigoyen y vastos sectores del pueblo, ese soporte multitudinario de amor, admiración y fe que le permitió ser jefe de un gran partido político, dos veces presidente de la Nación e inspirador, aun después de muerto, de sólidas corrientes ideológicas? En la actualidad, cuando la política está tan desconceptuada y los que la practican merecen el repudio, justificado o no, de muchos sectores de la ciudadanía, merece alguna conjetura la vigencia de este político nacido hace ciento cincuenta años en el suburbio porteño de Balvanera.