Norberto Galasso
Ha
transcurrido un nuevo aniversario del fallecimiento del General San
Martín y varios han sido los actos y artículos en su homenaje. Pero lo
popular de San Martín no ha despertado el interés de la mayor parte de
sus panegiristas. Conviene, pues, una vez más, volver sobre este
aspecto: el San Martín popular.
Ha
transcurrido un nuevo aniversario del fallecimiento del General San
Martín y varios han sido los actos y artículos en su homenaje. Pero lo
popular de San Martín no ha despertado el interés de la mayor parte de
sus panegiristas. Conviene, pues, una vez más, volver sobre este
aspecto: el San Martín popular.
A
poco de regresar a Buenos Aires –en 1812– la aristocrática familia
Escalada lo invitó a cenar y él llevó a su edecán. Mandaron a este a la
cocina y cuando San Martín supo eso, se levantó, fue también a la cocina
y se sentó al lado de su edecán, con los sirvientes. En vano,
intentaron hacerlo levantar. Él les dijo: "Donde come mi edecán, como
yo." Esto le valió el apoyo de "El Plebeyo", que le impusieron
peyorativamente los hermanos de Remedios. Una descendiente de los
Escalada lo recordaba diciendo: "Era un ordinario, un grosero… Para el
casamiento (los padres) le encargaron a tía Remedios un ajuar de Europa,
vestidos paquetísimos, lencería de puntillas, escarpines de raso… Él
lo devolvió todo diciendo que "la mujer de un soldado no puede andar
calzada de seda".
Del
mismo modo, a lo largo de sus luchas, los enemigos, como forma de
intentar denigrarlo, lo apodaron "indio misionero", "tape de Yapeyú",
"cholo de Misiones", así como la oligarquía chilena, a modo de
vituperio, lo llamaba "El Paraguayo". No sería de extrañar que algún
vecino "culto" y de tez blanca de la Recoleta o Belgrano lo preciara hoy
como "negro" o "cabecita negra" o, más elegantemente, "hombre
oscuramente pigmentado". Así procedió, por ejemplo, el jefe absolutista
de Chile, Marcó del Pont, al entregarle una nota a un oficial del
Ejército Unido, argentino (de los Andes)–chileno, diciéndole con desdén:
"Yo firmo con mano blanca, no como San Martín, que la suya es negra."
Interesa
recordar, asimismo, una anécdota referida por el propio General. Cuenta
que muchos años después, en Francia, "llegó a verme un papeluchista
que traía documentos que me atribuían antepasados nobles… Harto
fastidiado por el papeluchista, observando que nadie nos oyera y alzando
los ojos al cielo, al pedir interiormente perdón a mi honrada madre…
grité, zamarreando al falsificador de noblezas: 'Mire, señor, yo no soy
el tal conde de San Martín porque soy hijo de una gran re…cluta, que
hacía la guardia con mi padre en Misiones'."
"San
Martín no tenía nada que ver con los intereses de los terratenientes",
señala el historiador Joaquín Pérez al referirse a las evasivas de
aquella oligarquía ante su reclamo de apoyo para avanzar en la campaña
hacia el Perú. De ahí también su controversia con el aristócrata
europeizado don Bernardino Rivadavia –disidencia de proyectos políticos
y hasta de costumbres– con quien estuvo a punto de batirse a duelo, en
Londres, en 1825, por las persecuciones de que había sido objeto durante
su gobierno. Tiempo después, le escribe a su amigo Tomás Guido: "Usted
más que nadie, que ha estado cinco años a mi lado, debe haber conocido
mi odio a todo lo que es lujo y distinción, en fin, a todo los que es
aristocracia."
En
estos momentos que vive la Patria, cuando el imperialismo financiero
lanza sus buitres –en connubio con los buitres que habitan nuestro suelo
para arrasar con nuestra soberanía y nuestros recursos– creo que es
conveniente recuperar a ese San Martín popular, aquel que vinculaba la
libertad nacional con lo popular, en aquella proclama de 1819: "Si no
tenemos dinero, carne y tabaco no nos han de faltar; cuando se acaban
los vestuarios nos vestiremos con esas bayetitas que nos trabajan
nuestras mujeres y si no, andaremos en pelota, como nuestros hermanos
los indios. ¡Seamos libres y lo demás no importa nada!"
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