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jueves, 5 de julio de 2018

Corrientes y el artiguismo: Genaro Perugorria


Por María Leoni
El imaginario de la barbarie que atravesaba la cultura rioplatense incluía la memoria del movimiento artiguista a ambas orillas del río de la Plata: el artiguismo había sido un movimiento bárbaro,  encerrado en su estrecho localismo. La sociología positivista argentina debatió sobre el papel de las masas en la historia rioplatense y aportó conclusiones negativas al respecto. Así, José María Ramos Mejía, en Las multitudes argentinas  (1893), sostiene que la barbarie rural comenzó con el levantamiento artiguista, con el que se impuso una sociedad indígena y bárbara; la sociedad correntina fue invadida y dominada por la horda guaraní, sin conciencia política ni social. Por su parte, Francisco Ramos Mejía, en El federalismo argentino (1887), si bien rescata a Estanislao López y a Francisco Ramírez como expresión de la defensa de la autonomía dentro de la nación, acusa a Artigas de intentar destruir la unidad nacional (De Lucía, 2001). 
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Las vinculaciones del pasado correntino con el uruguayo se centraron en la acción de José Artigas, lo que obligó a los historiadores de aquella provincia a explicar la adhesión al caudillo oriental, al mismo tiempo que demostrar la voluntad permanente de Corrientes de permanecer unida a la “nación argentina”. Esta situación se observa ya en el temprano diálogo encarado con la historiografía uruguaya, la cual inicialmente estuvo marcada por la influencia de la historiografía argentina de matriz unitaria.  La autonomización de la disciplina en Uruguay fue lenta, ya que comenzó con la fragmentación del espacio historiográfico rioplatense al finalizar la guerra de la Triple Alianza y se desarrolló durante la “modernización” (entre las décadas de 1870 y 1920). La oligarquía gobernante recurrió a los historiadores para crear una historia nacional que contribuyera a afirmar la viabilidad del Estado uruguayo. Francisco Bauzá, político conservador adscripto a la tradición política del coloradismo y destacado historiador, en la Historia de la dominación  española en Uruguay creó uno de los primeros relatos de los orígenes de la nueva nación. Aportó los referentes fundamentales de la “tesis independentista clásica”, que se transformó en “historia oficial”.  Una de las primeras vinculaciones entre la historiografía uruguaya y la correntina se produjo con la polémica entre Francisco Bauzá y Ramón Contreras a través de las páginas del periódico El Siglo de Montevideo, en 1870.   Bauzá, en su artículo “José Artigas (Estudio histórico)”, del 4 de septiembre, admite, en relación con los crímenes atribuidos a Artigas, que Perugorría fue fusilado pero lo justifica argumentando que era un traidor.  Contreras contesta en el mismo periódico que Corrientes se inclinaba a la unión con la Banda Oriental pero que Perugorría entendió que “no podía adherirse a esa unión a trueque de renunciar a los sentimientos que la ligaban con las otras provincias del Virreinato con carácter no menos importante”, por lo que rescata su perfil de héroe.   Mantilla no dejó de concentrarse en este tema. Tanto en los Estudios Biográficos como en su posterior Crónica  Histórica,  para la reconstrucción del período artiguista utilizó las memorias del abuelo de su esposa, Fermín Félix Pampín, al que consideraba un informante clave. Sobre Andrés Guacurarí y Artigas, el general artiguista de origen guaraní que invadió Corrientes en 1818, sostiene: “Es bien sabido, por tal, pública, la rebajada como escandalosa conducta del Gral. Dn. José Artigas y por lo tanto se deja conocer la moralidad que al lado y en la escuela de aquel patriarca de la anarquía, se imprimía en el alma de Dn. Andrés, y que elevado éste al rango de jefe de las Misiones, se le harían familiares el asesinato, el robo con descaro, la tiranía y la despotiquez, la desdeñosa y soberbia altivez,  la embriaguez consumada, la vida disoluta y escandalosa”. (Mantilla, 2004: 126)  Mantilla no expone dudas sobre la validez de los testimonios de quien considera un “historiógrafo competente”,  con opinión autorizada por su educación y posición social, pero fortalece su reconstrucción del período apoyándose además en el testimonio del comerciante inglés J. P. Robertson, que es coincidente en sus apreciaciones. No obstante, ignora las cartas de las hermanas Postlethwaite, también publicadas en Cartas de Sudamérica, en las cuales una de las jóvenes inglesas describe la experiencia de su familia en Corrientes durante el período en que Andrés Artigas ocupa la capital. En ellas se ofrece una imagen más favorable del líder guaraní, que podía compensar la descripción absolutamente negativa que aportaba Mantilla: “(...) Campbell hizo decir a mi padre que era conveniente llevarnos a la plaza para presenciar la entrada de los indios, porque Andrés lo vería con agrado, como una atención hacia él y quedaría reconocido. Fuimos, pues, a la plaza, según se nos indicó, no sin cierta aprensión, realmente inmotivada. La entrada del ejército indígena se efectuó en calma y buen orden. Formó el ejército en la plaza y después se fueron los soldados a sus cuarteles. El general y los oficiales asistieron a una misa que se cantó en la iglesia de San Francisco. La buena conducta de los indios era de agradecer porque habían sufrido muchas penalidades (...)” (Robertson, 1950: 107)  Mantilla percibía el artiguismo como un período anómalo en la historia correntina, que había interrumpido el desarrollo natural de sus instituciones y de los rasgos de su sociedad. Este curso natural se retomaría en 1821, año en que la elite urbana de Corrientes recuperó el manejo de sus instituciones y logró ingresar en la etapa de organización que condujo a sus primeros ensayos constitucionales.   En 1897finalizó la elaboración de su obra culminante, la Crónica Histórica de la Provincia de Corrientes que, a raíz de su frustrada publicación en esosaños, sería editada en 1928 por sus descendientes. En ella mantiene inalterable la imagen negativa del artiguismo que había ensayado en los Estudios Biográficos y que impregnó fuertemente la tradición historiográfica local que su obra inauguraba. En Mantilla, la provincia muestra un desarrollo paralelo al surgimiento de la  nacionalidad; su personalidad  histórica se configura en un largo proceso que arranca en los tiempos coloniales, tanto en el aspecto territorial como en los rasgos peculiares de su sociedad: el pueblo correntino es un pueblo heroico e indómito, capaz de realizar los mayores sacrificios y de sobreponerse a las grandes adversidades. Iniciado el período revolucionario, el primer error que Mantilla adjudica al gobierno central, al que califica de nacional, fue el haber colocado las milicias correntinas bajo las órdenes de Artigas, dando legitimidad al caudillo peligroso.   Cuando el gobierno central le retiró su confianza, ya había sido sembrada  la semilla de la anarquía. La política “egocéntrica” de los gobiernos centrales, que sólo atendía los intereses inmediatos de Buenos Aires, arrastró a las provincias como Corrientes a reiterados sacrificios, que derivaron en la tendencia a la autonomía que, vista como “solución salvadora”, facilitó el camino a la dominación artiguista (Mantilla, 1972).  Frente al artiguismo, asociado a la barbarie y la opresión, se elevó una elite de sentimientos nacionalistas que pretendía sustraer a la provincia de esa ominosa dominación. Mantilla no utiliza los calificativos de segregacionista y antinacional, comunes en las obras de Vicente Fidel López, pero sostiene que al ser declarado traidor, Artigas precipitó sus planes y avanzó sobre el litoral sin importarle la suerte de la patria, abrumada entonces por las exigencias de las guerras de independencia. Dentro de la elite correntina apareció la figura de Genaro Perugorría, quien decidió combatir al artiguismo desde sus propias filas, desarrollando la arriesgada estrategia de simular su adhesión al caudillo. Para Mantilla, Perugorría y José Simón García de Cossio  compartían el pensamiento de los que creían que “la federación institucional, o cuando menos una independencia local moderada, que pusiese a los pueblos en el mismo pie de igualdad y de injerencia constante en los negocios nacionales, era la forma de gobierno conveniente al país” (Mantilla, 1972).  La derrota y muerte de Perugorría devolvió a la provincia al dominio artiguista e inauguró la etapa de la anarquía, en la que ciudad y campaña se vieron sometidas a la voluntad de los caudillos Blas Basualdo y Andrés Artigas, que la sumieron en “plena barbarie”. Es precisamente a través de la actuación de sus lugartenientes que Mantilla juzga la “barbarie” de Artigas, apropiándose de la tradición oral que conservaban las familias de la elite que habían experimentado laacción de sus subordinados, pero que no habían entrado en contacto con el caudillooriental. Este período es percibido como una etapa de opresión en la que los hombres de Artigas no solamente alteraron el orden social, sino que además usurparon las instituciones de la provincia y la sustrajeron del cuerpo de la nación (Mantilla, 1972). La imagen que aporta Mantilla de los caudillos Francisco Ramírez y Estanislao López no está muy lejos de la que proporcionara la historiografía tradicional. Engreídos, aventureros y ambiciosos, pretendieron heredar el poder de Artigas, “invocando generosos anhelos de libertad para los pueblos, pero con el fin menguado de suplantarlo en el despotismo sobre las pprovincias encadenadas por el caudillo oriental”. Advierte una continuidad entre la etapa artiguista y la república entrerriana, aunque en la comparación el dominio de Ramírez aparece como un “mal menor” y le reconoce “ciertos ímpetus de bien público que hicieron más llevadera su omnipotencia” (Mantilla, 1972). Esta caracterización negativa le impide asociar el caudillismo con el origen de las ideas federales; aspecto en el cual tiende a exaltar la figura de jurista de José Simón García de Cossio y la de estadista de Pedro Ferré.  No obstante su inalterable posición frente al artiguismo, coincidente con las opiniones que habían postulado Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López, y su enojo ante el tratamiento de “patriarca de la federación” (Mantilla, 1884: 15) que le otorgaban por entonces algunos autores, Mantilla no entró en polémicas con los historiadores del a región, a quienes parece ignorar, a pesar de la presencia cercana de un temprano defensor de Artigas en territorio entrerriano –Benigno Tejeiro Martínez- y de la
naciente historia tradicional uruguaya —Carlos María Ramírez, Clemente Fregeiro, Francisco Bauzá, Juan Zorrilla de San Martín, entre otros—, que dedicara todos sus esfuerzos a lograr la redención del caudillo que permitía fundar los orígenes de la nacionalidad en el Estado oriental (Frega, 1998).  La alusión de Mantilla hacia los tempranos defensores de Artigas podría aludir tanto a los historiadores uruguayos como a Benigno Tejeiro Martínez, precursor de la historia entrerriana, que desde 1881 rebatía con vehemencia la imagen negativa de Artigas creada por la tradición liberal, especialmente los calificativos que consideraba ofensivos, utilizados por Vicente Fidel López. Su reivindicación de la figura de Artigas, y en general de todos los caudillos del período, resulta una de las más tempranas que podría registrar la historiografíarioplatense. En su defensa de la figura del caudillo oriental, Tejeiro Martínez argumenta que los hechos del pasado argentino fueron “adulterados por la pasión partidista” de historiadores del Río de la Plata que dieron “demasiada importancia (...) a la tradición pasionista propalada y transmitida de padres a hijos con todo el rencor y el odio profundo engendrados en aquellas titánicas luchas entre el elemento urbano que pretendía absorber las funciones del estado y el elemento popular, rural, diremosasí, tan amante de suyo de la libertad absoluta (...)”.   La forma en que presentan los hechos estos historiadores sólo había servido, desde su punto de vista, para enaltecer a unos y denigrar a otros (Martínez, 1902: 121-122).  La explicación de los  acontecimientos que proporciona Martínez pretende corregir a los historiadores porteños y fundamentar que Artigas siempre adhirió al pensamiento revolucionario. Los problemas entre éste y los gobiernos centrales se debieron, según este autor, a la inclaudicable defensa de la autonomía y de la idea de federación que ejerció Artigas y a la postura hegemónica e intransigente que sostuvo Buenos Aires. Por eso, la causa de la guerra civil tiene menos que ver con las posibles actitudes separatistas de los caudillos que con los intentos reiterados de Buenos Aires por imponer su voluntad. Artigas fue la cabeza visible de la resistencia contra el poder de Buenos Aires, encarnó la idea federativa a partir de 1811, siguiendo la brecha abierta por el arreglo al que había arribado la Junta con Paraguay, y desde entonces los gobiernos centrales se empeñaron en contrariar esa tendencia.  La acción de Artigas, según Martínez, pretendió devolver a la revolución sus orígenes democráticos desvirtuados luego por Buenos Aires, razón por la cual su influencia trascendió a todo el litoral y Córdoba, y no fue resultado de un intento de subyugarlas. Esta interpretación le permite reclamar para la actuación del caudillo oriental un análisis desapasionado que considere el medio y las circunstancias en las que actuó; sólo en este contexto se podría evitar que todos los males ocurridos entre 1812 y 1820 fueran adjudicados a la personalidad de Artigas. Si bien no encarnaba las aspiraciones “argentinistas” de Ramírez y López, sino más bien las tendencias orientales que llevarían de la autonomía en la federación a la independencia, no fue el único responsable de la separación definitiva de la provincia oriental: “conviene dejar sentado que los caudillos no habían soñado jamás en la independencia absoluta y si la República Oriental llegó a obtenerla no fue tan solo por el esfuerzo de Artigas, de Rivera, ni de Lavalleja, sino por un hecho accidental, la guerra entre la Argentina y el Brasil”. Para Martínez, el Directorio tuvo su responsabilidad al permitir a los portugueses apoderarse de la Banda Oriental por “simple odio a Artigas” (Martínez, 1902: 267, 280-281). En el primer tomo de su Historia de la Provincia de Entre Ríos, Martínez intenta un diálogo con la obra de Mantilla, a quien considera un “panegirista entusiasta” de Perugorría (Martínez, 1902: 241). Allí rebate la imagen de “mártir” del joven correntino construida por Mantilla y sostiene que sus acciones constituyeron un acto de traición hacia Artigas, bajo cuya protección se había colocado el gobierno legal de Corrientes. Mantilla culmina la Crónica en 1897 y, a pesar de que se dedica a corregirla hasta 1909, año de su muerte, no polemizaría al respecto. Tampoco se hizo eco de los múltiples defensores que ya por entonces tenía Artigas en el Uruguay, por lo que el diálogo entre ambas historiografías iniciado tempranamente con la polémica Bauzá-Contreras no tendría continuidad.

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