Rosas

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jueves, 6 de septiembre de 2018

"Ni el polvo de sus huesos"


Por María Rosa Lojo
Don Juan Manuel sonríe. Acaba de recordar un verso: Ni el polvo de sus huesos la América tendrá..., escrito hace tantos años por ese muchacho rubio y lánguido, vanamente enamorado de Manuelita, que se fue a Montevideo sin que nadie lo echara, y que durante tanto tiempo se empeñó en echarlo a él de la gobernación de Buenos Aires. Los poetas se equivocan. Don Juan Manuel retorna, polvo y huesos, una mancha clara de agua en el extremo verde de un mapa sobresalta los ánimos. Dicen que esa mancha corresponde a las cataratas del Iguazú, en la frontera con el Brasil. Hay un silencio que dura tanto como todo el viaje, y que concluye como si todas las voces se levantaran en remolino cuando el comandante anuncia que se está sobrevolando tierra argentina.   En la ciudad de Rosario —que antaño sólo tenía el río y la bandera, y ahora ostenta edificios tan altos como catedrales— el ataúd se trasborda a otra máquina: un avión de combate —dicen— que ha peleado contra Gran Bretaña en la guerra de Malvinas.  Los descendientes forcejean discretamente por el orden de prioridad para bajar el ataúd, orden que termina siendo —azares del traspaso— el inverso al observado en París. Los espera un hombre bajo, delgado, morocho, de elaboradas patillas, que mira la caja durante un rato suficientemente largo;
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 luego se besa la mano y con un gesto devoto la apoya sobre el ataúd. Abraza a los descendientes, uno por uno, y los saluda con la erre mocha y el acento cantado de la gente del Noroeste. Don Juan Manuel conoce bien ese estilo, teatral, pero a la vez espontáneo; campechano aunque reservado, y siempre astuto. Los caudillos no han cambiado tanto en la Argentina. Le halaga que sea un provinciano el primero que lo recibe. Su caída —vuelve a decirse por enésima vez— no ha sido obra de la defección interna, sino del Brasil, de los intereses europeos y de los unitarios, que siempre quisieron ser otros europeos, amalgamados por la locura transitoria de su lugarteniente Urquiza.  Por un momento, todo vuelve a ser como en los viejos tiempos. Al lado del ataúd caminan, igual que hace un siglo y medio y con idéntico uniforme, los Dragones de la Independencia y los Blandengues de López —su contemporáneo, el taimado gobernador santafesino—. Ingresa en la Plaza Mayor sobre la cureña de un cañón del Ejército. Si aún tuviera piel, no le habría quedado un solo vello sin erizarse, al oír el giro de cuerpos y el chocar de botas, obedientes a una voz que ordena: “Al señor brigadier general don Juan Manuel de Rosas, ¡vista derecha!”.  Pero la ilusión del retorno, las seguridades de la reiteración, se borran pronto. Aún aquellas cosas que parecen las mismas tienen otro sentido distinto e inquietante, son apenas máscaras usadas de significados nuevos. Irá de sorpresa en sorpresa, de misa en misa y de discurso en discurso, empezando por el del caudillo norteño, que ha resultado ser el presidente de la Nación y comprovinciano de Facundo Quiroga. Don Juan Manuel estudia los carteles, las consignas, las banderas institucionales y partidarias que agradecen al jefe de Estado la repatriación de sus restos. Entiende que él es ahora una pieza más en el juego político de otros.   El pueblo lo acompaña durante todo el trayecto de su viaje. Lo despide en el Puerto del Rosario junto con los 21 cañonazos de las honras militares, lo sigue saludando desde las riberas del río; estalla en vítores y aplausos cuando se llega al pasaje de la Vuelta de Obligado, donde sus gauchos le pusieron cadenas a la flota anglo-francesa y embrujaron a los amos del mundo con la astucia y el desaliento, con la voluntad suprema que nace de estar pisando la tierra propia.  En el puerto de Buenos Aires lo aguardan otra vez el presidente, y más discursos, más tropas a caballo: los Granaderos de San Martín, sus propios Colorados del Monte, con lanza en ristre y gorro federal, y hasta los Coraceros de Lavalle, su hermano de leche e implacable opositor; así como están, junto a sus descendientes, los de sus adversarios Iriarte y Viamonte, los de Paz y los de Urquiza. Los hermanos enemigos se reconcilian sólo cuando las viejas causas se gastan y se vacían de sentido, piensa don Juan Manuel. Ya no habrá, entonces, unitarios y federales, o bien, es que unitarios y federales simbolizan ahora otras cosas: los que están del lado de ese otro caudillo exhibido en las banderas, llamado “Juan Perón”, y los que no lo están. Por eso el presidente —ungido, al parecer, por los peronistas— insiste tanto en exaltar sus pobres huesos que bailan en el ataúd casi vacío, como “prenda de unidad” de los argentinos. Quizá pronto esos dos bandos, disueltos en los giros feroces de un tiempo que se acelera, tampoco signifiquen cosa alguna, sin que eso favorezca la utópica unidad de la gente del Plata. Don Juan Manuel sonríe, amargamente. En ese aspecto nada ha de haber cambiado, está seguro, bajo los malos vientos de Santa María de los Buenos Aires. Los argentinos fueron, son y serán una tropa de baguales. Su unidad es la guerra; su mayor gozo, el desorden. Por eso —recuerda— los hizo pelear contra el extranjero, en vez de fraguar una constitución imposible. “Porque sólo así —ha dicho alguna vez— es como se puede gobernar a este pueblo.”  Pero otras cosas sí las encuentra diferentes. Ya en la ciudad, afronta un escándalo de raras novedades. Empezando por sus habitantes, en cuya piel y ojos se han multiplicado los tonos claros. Hasta los gauchos vestidos de fiesta que marchan en el cortejo se han vuelto medio rubios. No ve, en cambio, ni un solo sucesor de aquellos morenos que iban a la vanguardia de las tropas nacionales y que bailaban en los candombes donde los santos cristianos y los dioses del África se unían para homenajear al Restaurador y a la Niña Manuela. Tampoco hay representantes de los caciques aliados, que se complacían en exhibir los uniformes de generales de la patria. Se pregunta si los habrán exterminado a todos. Si habrán terminado, como él, en otro exilio. Quizá están diluidos en las caras de tierra que todavía alternan con las caras blancas.   Le desagrada esta Argentina desteñida donde nada parece del todo real, donde la misma escena de la fiesta tiembla y oscila al paso de la cureña como la burbuja del sueño en el que la fiebre —quiere creer— ha de haberlo puesto. Cuando llegan a la Plaza de la Victoria, que ahora llaman de Mayo, después de atravesar una cordillera de edificios, todo le parece vagamente familiar pero a la vez descolocado y ajeno. El Cabildo está mutilado y reducido; la Pirámide ha cambiado de emplazamiento, el Fuerte de Gobierno ha desaparecido bajo una gran casa de estilo pretensioso y tibio color rosado, la Recova Vieja y sus tiendas ya no existen, el pórtico de la Catedral Metropolitana no es el mismo, y la Catedral tampoco. La inscripción bajo una lámpara siempre encendida anuncia que en ella duerme ahora otro exiliado célebre al que la Argentina ha reclamado mucho antes: el general San Martín. Don Juan Manuel  no se atreve a pensar lo que puede haber ocurrido con la Mansión de Palermo, que era el verdadero centro, no sólo de su gobierno sino también de su solaz y reposo. Agobiado, se deja llevar ciegamente por calles ir reconocibles, que ya no mira.  Sólo una cosa es igual: el pueblo lo sigue como antes de que lo derribara la conspiración de Urquiza, inalterable en su fidelidad veleidosa. La multitud es tanta que el ingreso en el Cementerio del Norte se demora. Todos quisieran entrar, pero lo impiden las autoridades y la familia. Suenan insultos y vidrios que se rompen.  Don Juan Manuel ha llegado a su morada definitiva: la bóveda familiar, una sepultura sólida, decente, moderada, sin lujo alguno, como lo previó en su testamento. Por un momento se deslumbra y engaña con una constelación de laureles y placas que ornan los muros modestos, en honor de don Juan Manuel Ortiz de Rozas, gobernador de Buenos Aires. Pero no son para él. Comprende que se trata de su nieto, el hijo de Juan Bautista, que paradójicamente, perdonado o aceptado por los triunfadores unitarios, muchos años después se ha lucido en su puesto.  La puerta se abre. Don Juan Manuel ve los ataúdes, ordenados en sus nichos: el Padre, la Madre, la compañera Encarnación. Todo ha sucedido, pues, conforme a su deseo. Le parece bien que los huesos descansen con los huesos y que el polvo de Adán retorne al polvo. Pero él, que no es sus huesos, quiere cruzar otra vez las aguas de la vida, escapar de ese tiempo que ha logrado modificar el espacio donde él es, irremediablemente, un extranjero. Quiere encontrar el camino de retorno a la cama de Burgess Farm donde lo espera, no los tardíos honores de un tiempo que no entiende, o los huesos trizados de los seres antaño más queridos, sino el amor vivo y constante de otra mano humana.   Trata de ordenar sus pensamientos, de prepararse para cuando le llegue la hora feliz del despertar. Hace serios propósitos de enmienda: aceptará, por fin, la fragilidad de tener ochenta y cuatro años; seguirá los consejos de Máximo y Manuela, ya no saldrá más a cabalgar por su pequeño campo en los engañosos amaneceres, húmedos y helados, del invierno que acaba. Olvidará que lo ha perdido todo: no sólo el poder sobre vidas, famas y haciendas, no ya los cientos de miles de hectáreas de buena tierra pampa ni las cabezas de ganado tan numerosas y tupidas que en los arreos no podía distinguirse una mota de gramilla bajo esas patas que eran la misma llanura en movimiento. Olvidará, incluso, que ha tenido que vender hasta las dos vacas que lo seguían en sus caminatas por la granja, y la carta dolorosa en que dio cuenta de ese último despojo:  Mi muy querida hija Manuelita: Triste siento decirte que las vacas ya no están en este Farm.  Dios sabe lo que dispone, y el placer que sentía al verlas en el field, llamarme, ir a mi carruaje a recibir alguna ración cariñosa por mis manos, y el enviar a ustedes la manteca. Las he vendido por veintisiete libras y si más hubiera esperado, menos me hubieran ofrecido... Claudicará, por fin. Aceptará el hospedaje que mil veces le ha propuesto Manuela en su casa de Londres. Tolerará a Máximo, que siempre ha ignorado sus desplantes a fuerza de admiración y de paciencia. Se avendrá a la charla de sus nietos ingleses, que sólo por complacerlo le hablan en el único español que han aprendido, con insoportable acento británico. Vivirá como un viejo más,  junto a la estufa. Todo, con tal de volver a ese mundo real de carne y sangre, donde lo amen de nuevo.  Hace un último esfuerzo por liberarse de la prisión del sueño, peor aún que la prisión de su pensamiento.  Piensa en el bosque de los alrededores de Southampton, donde abunda la caza y se oye el canto de las aves y se huele esa mezcla de humedad y resina y fecundas hojas muertas que es la sangre de todos los bosques de la tierra. Pedirá que lo lleven allí, siquiera por una tarde, cuando se reponga de la neumonía. Aprieta los puños y cierra los ojos de niebla y pone en su deseo toda la exasperada voluntad que detenía los caballos en pleno galope, trabándoles las patas con boleadoras tan fuertes como palabras mágicas.  Pero la puerta de la bóveda se cierra, después de una oración, y don Juan Manuel no ha podido moverse de su lugar aplanado y tranquilo sobre la tapa de roble. Los familiares y las autoridades se retiran porque la vida los aguarda con sus dulzuras y trabajos. Deja de oírse ese coro confuso de la voz del pueblo, tan bello y tan temible como la tormenta en la desolada llanura, mientras afuera va madurando, lenta e inexorable, la luz del día.

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