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jueves, 6 de febrero de 2014

El nacionalismo católico de Ignacio B. Anzoátegui

Por agenda de reflexion
Hace exactamente un siglo, el 25 de julio de 1905, día de la fiesta de Santiago Matamoros, nació en La Plata Ignacio Braulio Anzoátegui; murió en Buenos Aires el 2 de abril de 1978. Ambas fechas constituyen significativas coincidencias tratándose de él, uno de los más brillantes exponentes del nacionalismo católico argentino. Se casó con Josefina Padilla, con quien tuvo once hijos.
Doctorado en Leyes en la Universidad de Buenos Aires, desempeñó luego la magistratura judicial, siendo sus fallos famosos por el estilo y el talento literario (“Sin poesía no hay derecho”, decía siempre). Uno de esos fallos, sobre un hombre que se casó con una mujer veinte años mayor, decía, por ejemplo: “Cuando se casaron, él tenía la edad en que se encuentra a la vida y ella la edad en que se le reencuentra”.
Además de libros de poesía, aforismos y ensayos, también escribió en cuanto diario y revista relevante existía en el país y en muchísimas del extranjero: La primera Criterio (junto a Manuel Gálvez, Leopoldo Marechal –su gran amigo-, Ernesto Palacio, Eduardo Mallea, Fernández Moreno y Ricardo Molinari, además de Gilbert K. Chesterton, Hillaire Belloc, Ramiro de Maeztu, Jacques Maritain y Giovanni Papini), Número (donde se encargaba de la crítica cinematográfica), Cárcel de papel, Tía Vicenta (con y sin firma), P.B.T. (bajo el seudónimo Martín Pescador), Sol y Luna (cuya dirección compartió), Caras y Caretas, Leoplán, Ulises, El Hogar, Tribuna, Alianza, Tiempo Político, Azul y Blanco, La Argentina (de Hugo Wast), Juan Manuel de Rosas (el boletín del Instituto homónimo), Universitas (la revista de la Universidad Católica Argentina), Jauja (dirigida por el Padre Leonardo Castellani), etcétera. Anzoátegui era un hombre decididamente polémico: escribía como esgrimiendo un arma.
Los Cursos de Cultura Católica y nosotros
Nacieron los Cursos de Cultura Católica de la decisión de una minoría de hombres inmunes a la heredosífilis liberal que venía regenteando al país después de lo de Caseros (donde la patria se recalcó un pie).
Era por entonces el cultianalfabetismo dueño casi absoluto de la verdad y de la historia: de la verdad gambeteadora y prepotente y de la historia para párvulos a la que jineteaba orondamente tocado de poncho y galera.
La chivatería masónica dictaba cátedra y las quitaba. So color de los colores azul y blanco –infaltables delantales de las tribunas de pino improvisado- arengaba a un rebaño, al que, de paso, había negado el derecho de prosternarse ante el Pastor. Y la intelectualidad argentina la escuchaba boquiabierta, acaso balando hurras a los carraspeos de los descuajeringados pajarracos.
Aquella chivatería creó así, para los fieles de Cristo, una cara que reunía los rasgos de la beatería y la bobera.
Fue por el [mil novecientos] veintitantos cuando el Señor decidió que se operara el milagro. Y lo hizo –como a El le gusta hacerlo- valiéndose de aquella minoría, en armas también ella, cuya misión primera era la de llamar pan al pan y vino al vino y cuya segunda misión era comerse a los comecuras. Pan y vino fueron su alimento y su aliento: el pan y el vino del convivio eucarístico donde Cristo se da entero a sus leales seguidores.
En medio de aquella época tan nefanda como nefasta, en medio de aquel tiempo que se creía dueño y lacayo del último quiquiriquí del máximo mascalzone de turno, en medio de aquellos años enloquecidos de aggiornamiento con el más vil de los viles detractores, los Cursos de Cultura Católica nos rescataron a la confianza, nos reconciliaron con la dignidad, nos enseñaron que el católico no tenía por qué poner cara de drogadicto de la virtud, de monja psicoanalizada por cualquier Amado Nervo.
Tales fueron las lecciones que aprendimos en los Cursos. Tal fue la vida que nos develaron. Tal la enseñanza deslumbrante que compromete para siempre nuestra gratitud.

Aforismos
Roque Sáenz Peña
El voto secreto es el voto cantado a bocca chiusa. Pero la contención tiene un límite, tras el cual estalla el griterío de las revoluciones. Porque el pueblo no quiere que se lo encierre en el meadero del cuarto-oscuro; quiere cantar su voto por las calles y los caminos. Quiere gritar “¡Viva!” y gritar “¡Muera!”, porque eso es tener conciencia de patria, inexplicada conciencia de patria, que es lo que en definitiva vale.
Van Gogh
Desde la Eternidad inventó Dios el amarillo, para poder un día, con la mayor naturalidad, regalárselo a Van Gogh.
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Agustín de Foxá
Úlcera de Duodeno –dijo una vez Foxá- es nombre de poetisa uruguaya.
Cardenal Newman
Hay más fiesta en el Cielo por un inglés que se arrepiente que por cien irlandeses que hacen penitencia.
Adam Smith
Los economistas son los ginecólogos de las finanzas públicas. La mayor parte de ellos se especializan en abortos.
Camila O’Gorman
Casarse con un cura es ciertamente un desacato. Pero dejarse explotar en los prostíbulos del liberalismo es ciertamente un suicidio: una lápida mortuoria que confirma una enfermedad venérea.
Ra
Ningún dios de ninguna mitología gozó de tanto prestigio como Ra en el mundo de las palabras cruzadas.
Shelley
Había una vez un tiempo en que el inglés no era sólo un dialecto de ejecutivos.
Frei
Cada vez que en un país triunfa la Democracia Cristiana, se decreta en el Cielo tres días de Carcajada Celestial.
Anónimo
Me lo previno una vez un santo confesor, viejo y cargado de juvenil sabiduría: “Es difícil, muy difícil, hijo, sacarse un mujer de encima; pero más difícil es quitársela de abajo”.
Los siete sabios de Grecia
Los helenos, que algo entendían de belleza, le dijeron a la sabiduría el nombre más bonito de su lengua: sophia. Porque para saber es menester saber bellamente: lo demás es física nuclear y economía política y perfeccionamiento de artefactos sanitarios.
Elcano
Intentar entonces la vuelta de la Tierra era tomar billete de ida. El billete de regreso quedaba a cargo de ese gran promotor del turismo más conocido por el nombre de Dios, especialista en tormentas y en rotosos regresos triunfales.
Gustavo Adolfo Bécquer
Digan lo que digan los registros parroquiales, Bécquer nació en Flores. Todavía su sombra se pasea por esos atardeceres de glicinas con jardincito al frente.
Benvenuto Cellini
El mármol es, sin duda, uno de los más nobles y puros elementos de la Creación. ¿Puede alguien imaginar a Cellini tallando su Perseo en fórmica? Yo creo que en el tumulto del Sinaí a Moisés se le traspapeló el XI mandamiento: “No formicar”.
Domingo Faustino Sarmiento
El niño que nunca faltó a clase y el hombre que nunca tuvo clase.
Francisco Pizarro
Terminemos de una vez por todas con la bobada de la sed de oro de los conquistadores. La sed de oro basta para conquistar a una viuda millonaria y necesitada; pero no basta para conquistar un imperio y además fundar sobre él otro imperio. Para esto es preciso estar signado, vale decir persignado, por el Dueño de la Creación. Francisco Pizarro no era exactamente de Asís, pero tampoco era de la raza de los Rostchild.
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Franklin Delano Roosevelt
Cada cual tiene el segundo nombre que se merece.
Esperanza del milagro
Inútilmente pido lo que pido,
Inútilmente quiero lo que quiero:
No espera mi esperanza lo que espero
Ni olvida mi memoria lo que olvido.
Ni pide mi esperanza lo que olvido
Ni quiere mi memoria lo que espero:
Inútilmente olvido lo que quiero,
Inútilmente espero lo que pido.
Todo es inútil ya. Pido y espero;
Pido al amor olvido, y el olvido
Se entrega a la memoria prisionero.
Quiero sin esperanza, y lo quiero
Espera eternamente en lo que pido
El milagro de amor en el que muero.
Monólogo al amor…
Este querer quererte por amarte
y este miedo de amarte sin quererte
y este querer perderte por ganarte
y este querer amarte sin perderte.
Y este ganarte sin saber perderte
y este perderte sin saber ganarte,
me dan miedo de amarte por amarte
cuando quisiera no querer quererte.
Este miedo de amarte sin ganarte
y este querer ganarte sin perderte
me obligan a perderte sin amarte.
Porque el miedo de amarte y de perderte
y el miedo de quererte y de ganarte
es el miedo de amarte hasta la muerte.
En secreto y al oído
Tu madre niega que niega
Y yo que afirmo y afirmo,
Porque yo sé de quién eres:
Que eres de ella y que eres mío.
Ella no quiere que sepas
Que estando ella conmigo
Hablamos de ti y nosotros
En secreto y al oído
Y que juntos te nombramos
Por tu nombre y apellido.
No lo repitas a nadie:
Yo sé por qué te lo digo.
Leopoldo Lugones
Leopoldo Lugones.jpg
Se quitó los anteojos y de un trago
Empinó la cicuta.
Con un vago
Secreto se nos iba, roto el dolor y la cabeza
Hirsuta
A medio descansar sobre la mesa.
Se nos iba la Patria. Los antiguos laureles
Que él cantara
Yacían en el cesto de papeles
Y él moría y moría
Cara a cara
Con la derrota que le consumía.
Los enteros
Varones,
Los de la lanza de los entreveros,
Lagrimeaban entre cuatro velones
El dolor de que eternamente fuera
El caballo del comisario
El que ganara siempre la carrera
Sin otro comentario.
El pulso
Desvaído,
Se nos iba la Patria. Ya el convulso
Corazón se nos iba
Sin voz y sin latido,
Sin un ¡Muera! Siquiera y sin un ¡Viva!
Porque ya todo aquello,
Todo aquello que él era se lo llevó la Muerte,
Las manos aferradas a su cuello:
Toda la Patria mustia,
Fuerte ya, sí, para llorarle fuerte
Bajo las campanadas de la angustia.
Ante Usted, don Hipólito, yo me saco el sombrero
y le llamo señor,
por eso que tenía de taita y mazorquero,
y hasta se dijo que era hijo del Dictador.
Mientras la oligarquía andaba a cuatro patas
pordioseando una libra y empeñando el laurel,
Usted iba llenando los atrios de alpargatas
y enseñando a los hombres a cumplir su papel.
Usted, don Yrigoyen, de bastón y galera,
de la media palabra y el silencio sutil,
era caudillo y prócer y exactamente era
el Felipe II de la calle Brasil.
Usted a la Inglaterra supo pararle el carro
y para no ser neutro se mantuvo neutral,
a pesar de que estaba bastante espeso el barro
y nos amenazaban la noche y el puñal.
Con eso sólo basta, varón de cuerpo entero
que cultivó el callado sentido del honor:
por eso en su memoria yo me saco el sombrero
y le llamo señor.
Sesenta y cuatro paladas
De tierra húmeda y fría
Aguardan junto a mi huesa
Para venírseme encima.
Señor el sepulturero
Que está bebiendo en la esquina,
Siga bebiendo tranquilo
Porque no me corre prisa.
Aquella que usted ya sabe
No ha llegado todavía.
Y me prometió traerme
Un ramo de siemprevivas.
LaNiñadelAngel Anzoategui.jpg

martes, 10 de enero de 2012

José Gervasio de Artigas

Por Agenda de reflexión
“El ejército (de José Gervasio Artigas) se compone de cuatro a cinco mil hombres armados con fusiles, carabinas y lanzas (…), ocupando varios puntos (…) cuatrocientos indios charrúas armados con flechas y boleadoras, y estoy persuadido que aun en los pueblos de indios ha dispuesto formar sus compañías, pues he visto algunos corregidores uniformados” [Informe de Laguardia al gobierno paraguayo, 3 de marzo de 1812]
“No deberá V.S. dar un formal movimiento del ejército de su mando, sin una prevención expresa de este superior gobierno” [El Triunvirato a Artigas, 10 de marzo de 1812]
“Las armas de la libertad son hechas para conseguir triunfos. Allí el enemigo, muy superior en artillería, en la táctica y número y perfectamente bien armado, sólo se presentó para servir a la victoria de aquel dicho comandante (su lugarteniente Otorguez) y su valiente división. Nada hay comparable a la energía con que estos hombres sostuvieron el sagrado de sus derechos y dieron a la patria el día de gloria que puede servir de preanuncio a la grande que esperamos” [Artigas al gobierno de Buenos Aires, 22 de mayo de 1812, luego del combate de Las Piedras y al iniciar el primer sitio de Montevideo]
La revolución de la Sociedad Patriótica y la Logia Lautaro del 8 de octubre de 1812, además de voltear al gobierno del primer triunvirato, provocó la convocatoria a la formación de una Asamblea General Constituyente de las Provincias Unidas del Río de la Plata, la que se instaló en Buenos Aires el último día de enero de 1813 (conocida como la Asamblea del año XIII). Por decreto se invitó a las provincias que enviaran sus diputados para integrarla, disponiendo su reconocimiento. Dentro de los planes del segundo triunvirato estaba el de designar a Artigas gobernador y comandante general de la campaña de la Banda Oriental, si éste se avenía a sus planes. Pero el gran caudillo, como siempre lo hizo, no podía dejar de consultar la voluntad de su pueblo (“Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa por vuestra presencia soberana. Vosotros estáis en el pleno goce de vuestros derechos; ved ahí el fruto de mis ansias y desvelos, y ved ahí también todo el premio de mi afán. Ahora en vosotros está el conservarlo. Yo tengo la satisfacción honrosa de presentaros de nuevo mis sacrificio y desvelos, si gustáis hacerlo estable. Nuestra historia es la de los héroes”).
Así, en el campamento artiguista fueron electos los seis diputados orientales y aprobadas sus instrucciones, dictadas un día como hoy, el 13 de abril de 1813. De los seis, cinco eran sacerdotes.
Estas instrucciones establecen los fundamentos de la creación del futuro Estado argentino, y la fundación del federalismo y del partido popular en el Río de la Plata.
Artículo 1°
Primeramente pedirá la declaración de la independencia absoluta de estas colonias, que ellas estén absueltas de toda obligación de fidelidad a la Corona de España y familia de los Borbones y que toda conexión política entre ellas y el Estado de la España es y debe ser totalmente disuelta.
Artículo 2°
No admitirá otro sistema que el de confederación para el pacto recíproco con las provincias que forman nuestro Estado.
Artículo 3°
Promoverá la libertad civil y religiosa en toda su extensión imaginable.
Artículo 4°
Como el objeto y fin del gobierno debe ser conservar la igualdad, libertad y seguridad de los ciudadanos y los pueblos, cada provincia formará su gobierno bajo esas bases, a más del gobierno supremo de la nación.
Artículo 5°
Así éste como aquél se dividirán en poder legislativo, ejecutivo y judicial.
Artículo 6°
Estos tres resortes jamás podrán estar unidos entre sí, y serán independientes en sus facultades.
Artículo 7°
El gobierno supremo entenderá solamente en los negocios generales del Estado. El resto es peculiar al gobierno de cada provincia.
Artículo 8°
El territorio que ocupan estos pueblos desde la costa oriental del Uruguay hasta la fortaleza de Santa Teresa forman una sola provincia, denominante la provincia Oriental.
Artículo 9°
Que los siete pueblos de Misiones, los de Batovía, Santa Tecla, San Rafael y Tacuarembó que hoy ocupan injustamente los portugueses y a su tiempo deben reclamarse serán en todo tiempo territorio de esta provincia.
Artículo 10°
Que esta provincia por la presente entra separadamente en una firme liga de amistad con cada una de las otras para su mutua y general felicidad, obligándose asistir a cada una de las otras contra toda violencia, o ataques hechos sobre ella o sobre alguna de ellas por motivo de religión, soberanía, tráfico o algún otro pretexto cualquiera que sea.

Artículo 11°
Que esta provincia retiene su soberanía, libertad e independencia, todo poder, jurisdicción y derecho que no es delegado expresamente por la confederación a las Provincias Unidas juntas en Congreso.
Artículo 12°
Que el puerto de Maldonado sea libre para todos los buques que concurran a la introducción de efectos y exportación de frutos poniéndose la correspondiente Aduana en aquel pueblo; pidiendo al efecto se oficie al comandante de las fuerzas de Su Majestad Británica, sobre la apertura de aquel puerto para que proteja la navegación o comercio de su nación.
Artículo 13°
Que el puerto de la Colonia sea igualmente habilitado en los términos prescriptos en el artículo anterior.
Artículo 14°
Que ninguna tasa o derecho se imponga sobre artículos exportados de una provincia a otra; ni que ninguna preferencia se dé por cualquiera regulación de comercio o renta a los puertos de una provincia sobre las de otras ni los barcos destinados de esta provincia a otra serán obligados a entrar a anclar o pagar derechos en otra.
Artículo 15°
No permita se haga ley para esta provincia sobre bienes de extranjeros que mueren intestados, sobre multa y confiscaciones que se aplicaban antes al rey; y sobre territorios de éste mientras ella no forma su reglamento y determine a qué fondos deben aplicarse como única al derecho de hacerlo en lo económico de su jurisdicción.
Artículo 16°
Que esta provincia tendrá su constitución territorial; y que ella tiene el derecho de sancionar la general de las Provincias Unidas, que forma la Asamblea Constituyente.
Artículo 17°
Que esta provincia tiene derecho para levantar los regimientos que necesite, nombrar los oficiales de compañía, reglar la milicia de ella para seguridad de su libertad por lo que no podrá violarse el derecho de los pueblos para guardar y tener armas.
Artículo 18°
El despotismo militar será precisamente aniquilado con trabas constitucionales que aseguren inviolable la soberanía de los pueblos.
Artículo 19°
Que precisa e indispensable sea fuera de Buenos Aires, donde reside el sitio del gobierno de las Provincias Unidas.
Artículo 20°
La constitución garantiza a las Provincias Unidas una forma de gobierno republicana; y que asegure a cada una de ellas de las violencias domésticas, usurpación de sus derechos, libertad y seguridad de su soberanía que con la fuerza armada intente alguna de ellas sofocar los principios proclamados. Y asimismo prestará toda su atención, honor, fidelidad y religiosidad a todo cuanto crea o juzgue necesario para preservar a esta provincia las ventajas de la libertad y mantener un gobierno libre, de piedad, justicia, moderación e industria. Para todo lo cual, etc.
Delante de Montevideo, 13 de abril de 1813
José Gervasio Artigas
Sin embargo, la Asamblea del año XIII –presidida por Carlos María de Alvear-cometió el error garrafal de rechazar los diplomas de los diputados orientales designados y mandados con tan precisas y preciosas instrucciones, argumentando la nulidad de su elección porque se había realizado en un campamento militar, y además porque traían instrucciones, a pesar de que la Asamblea se había declarado soberana. En realidad, el contenido de las instrucciones afectaban al centralismo porteño; Alvear (inteligente y ambicioso, de cuna aristocrática, que realmente se creía Napoleón), temía y celaba de la influencia y popularidad del caudillo oriental; y a su vez Buenos Aires temía –con razón- que la incorporación de los artiguistas produjera una virtual alianza entre el caudillo oriental y San Martín para apurar una declaración de independencia, que el grupo dominante del puerto, en consonancia con los intereses de Gran Bretaña, ahora aliada de la España borbónica, pretendía retrasar lo más posible.
El enviado a la Banda Oriental Rondeau convocó otro congreso para elegir nuevos diputados, y Artigas finalmente rompió con el gobierno de Buenos Aires. El director supremo Gervasio Posadas lo declaró “fuera de la ley” como traidor y puso un precio de 6.000 pesos a su cabeza.
Las deliberaciones de la Asamblea, dominada por fogosos ideólogos, mostraron desde el comienzo una “renovación” completa del pensamiento y el lenguaje políticos. El congreso se llama asamblea, a la francesa, y no cortes, a la española. Sus diputados se tratan de ciudadanos y sus discursos responden al gusto neoclásico puesto de moda por la revolución francesa, con alusión constante a los héroes griegos y romanos y citas de Cicerón y Salustio. Nada más alejado del espíritu popular, criollo, épico, austero, valiente, libre, gaucho y combatiente encarnado por el noble campeador oriental de la patria grande. Un par de años después un viajero inglés comenta lo que vio en el campamento artiguista de Purificación, en Paysandú: “¡El excelentísimo Señor Protector de la mitad del Nuevo Mundo estaba sentado en una cabeza de buey, junto a un fogón encendido en el suelo fangoso de su rancho, comiendo carne del asador y bebiendo ginebra en un cuerno de vaca! Lo rodeaba una decena de oficiales andrajosos… De todas partes llegaban, al galope, soldados, edecanes, y exploradores. Paseándose con las manos en la espalda, Artigas dictaba los decretos revolucionarios de su gobierno. Dos secretarios – no existía el papel carbón- tomaban nota”.
Con tanta saña calumniado, tan desfigurado por la historia oficial (a ambas márgenes del Plata), José Gervasio Artigas había nacido en Montevideo en 1764. Después de estudiar en el colegio franciscano se dedicó a las tareas rurales en las estancias de su padre. Años más tarde comenzó a ganarse la vida comprando cueros y sebo en la campaña para venderlos a los exportadores de Montevideo. En 1797 ingresó como soldado de caballería en el regimiento de Blandengues, una especie de policía de frontera creada proteger los límites con el Brasil y combatir el contrabando. Durante las invasiones inglesas participó, como jefe de regimiento elegido en asamblea por los soldados, en la reconquista de Buenos Aires y en la defensa de Montevideo a las órdenes de Liniers.

En febrero de 1811 el gobernador español de Montevideo, general Francisco Javier de Elío, designado virrey del Río de la Plata por el Consejo de Regencia de Cádiz, le declaró la guerra a la Junta revolucionaria creada en Buenos Aires el 25 de mayo del año anterior. El entonces capitán Artigas desertó de la guarnición de Colonia y se puso a disposición del gobierno patriota, que le otorgó el grado de teniente coronel, 150 hombres y 200 pesos para iniciar el levantamiento de la Banda Oriental contra el poder español. El 28 de febrero de 1811, dos campesinos, Pedro José Viera y Venancio Benavides, con el apoyo del sublevado comandante militar de la región, Ramón Fernández, daban en Asencio (Soriano) el grito de libertad del pueblo oriental y se disponían a luchar junto a Artigas. El caudillo reclutó un verdadero ejército popular formado por gauchos montaraces, paisanos desposeídos, aguerridos charrúas que recuperaban en la lucha el sentido de la dignidad, negros esclavos que ganaban la libertad incorporándose a las milicias de la independencia, y a todos ellos repartió las tierras y los ganados que les iba tomando a los españoles, haciéndolos propietarios.
Con estas fuerzas, el 18 de mayo de 1811 derrotó a los realistas en el combate de Las Piedras y puso sitio a Montevideo hasta que, sorpresivamente y sin consultarlo, el primer triunvirato, tal vez asustado por el desastre de Huaqui, firmó el 20 de octubre un armisticio con Elío –negociado por el embajador británico en Río de Janeiro, Lord Strangford- por el cual se comprometía a retirar las tropas patriotas.
Seguido por los milicianos y la población oprimida, Artigas se retiró hacia Entre Ríos para reorganizar la lucha contra españoles y portugueses (y porteños estrechos de miras, ¡cuando no meros agentes coloniales!). Mil carretas y unos 16 mil hombres, mujeres y niños, con ganados y pertenencias, cruzaron el río Uruguay y se instalaron en Ayuí, cerca de la actual ciudad de Concordia. Fue el heroico éxodo del pueblo oriental (“…Cada día veo con más admiración sus rasgos singulares de heroicidad y constancia. Unos quemando sus casas y los muebles que no pueden conducir; otros caminando leguas y leguas a pie por falta de auxilios o por haber consumido sus cabalgaduras en el servicio. Mujeres ancianas, viejos decrépitos, párvulos inocentes, acompañan esta marcha manifestando todos la mayor energía y resignación en medio de todas las privaciones. Yo llegaré muy en breve a mi destino con este pueblo de héroes, y al frente de seis mil de ellos que obran como soldados de la patria trabajaré gustoso en propender a la realización de sus grandes votos”).
Para 1814 la popularidad de Artigas se había extendido a varias de las actuales provincias argentinas, afectadas al igual que la Banda Oriental por la política de libre comercio y puerto único promovida por Buenos Aires, que arruinaba a los artesanos y campesinos de las provincias. La Banda Oriental, Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Misiones y Córdoba se unieron en la Liga de los Pueblos Libres (la Liga Federal) bajo la conducción del Protector José Gervasio Artigas en lucha contra el partido directorial. Según el historiador uruguayo Washington Reyes Abadie: “…Las Misiones eran, por lo demás, la clave de bóveda del sistema federal. Por ellas se ganaba el Paraguay para la unidad del Plata, liberándolo de la absorción portuaria de Buenos Aires; y se conjugaban las rutas orientales con el Río Grande, otorgando a su economía ganadera y saladeril la salida de sus productos por los puertos platenses de Maldonado, Montevideo y Colonia, abriendo para el comercio legal, las históricas rutas de los changadores. Desde las Misiones, Corrientes y el Entre Ríos, coordinaban su destino mesopotámico con las tierras del Uruguay; y Santa Fe recobraba su función histórica de enlace con el tráfico de la yerba mate, los cueros, las maderas, el tabaco y la caña, mientras su condición de centro ineludible en la carrera del Tucumán, ofrecía a los pueblos del norte –incluido el Alto Perú- y del Cuyo, pero en particular a Córdoba, el desahogo de su artesanía, de sus productos minerales y de su agricultura frente al impacto ruinoso de la manufactura inglesa introducida desde Buenos Aires. Este ámbito de la visión integradora de Artigas abarcaba, pues, dos regiones de rasgos propios y definidos: la mediterránea, de economía minera, agrícola y artesanal, articulada en el Paraná, por el puerto fluvial de Santa Fe; y la del litoral, agrícola - ganadera, desde los yerbatales y estancias paraguayas y misioneras hasta la mesopotamia y la campaña oriental; y un puerto trasatlántico: Montevideo”.

En 1815 Artigas recuperó Montevideo, ocupada hasta entonces por las tropas porteñas, y convocó en Concepción del Uruguay el Congreso de los Pueblos Libres. Allí estaban los diputados por la Banda Oriental, Corrientes, Santa Fe, Córdoba, Entre Ríos y Misiones. Sus primeros actos fueron jurar la independencia de España, izar la bandera tricolor (igual a la de Belgrano pero atravesada por una franja roja, símbolo del federalismo) y resolvieron no concurrir al Congreso de Tucumán convocado por el Directorio, en protesta por la actitud del gobierno porteño de fomentar la invasión portuguesa de la Banda Oriental para terminar con Artigas. En efecto, mientras se reunía el Congreso de Tucumán, Artigas y su gente defienden el territorio contra una nueva invasión de los portugueses, que tomaron Montevideo en 1817.
A fines de 1819 la Liga estaba entre dos fuegos, por un lado los directoriales y por el otro los portugueses. Artigas concibió un plan militar: él atacaría el campamento portugués en Río Grande mientras que las fuerzas de Entre Ríos y Santa Fe atacarían Buenos Aires. Pero mientras Estanislao López y Francisco Ramírez invadían exitosamente Buenos Aires y triunfaban en Cepeda, el veterano guerrero de mil batallas, Artigas, resultó derrotado por los portugueses en Tacuarembó. Aprovechando esta situación de debilidad de su antiguo jefe, y a sus espaldas, los caudillos del litoral firmaron el Tratado del Pilar, abandonando a su suerte al oriental. Artigas unió sus escasas fuerzas con las de Corrientes y Misiones y entró en Entre Ríos dispuesto a someter a Ramírez, pero fue definitivamente derrotado por el Supremo Entrerriano en Las Huachas y debió marchar hacia el exilio.
En el Paraguay vivió asilado humildemente bajo la protección de los sucesivos gobiernos de Gaspar Rodríguez de Francia y de Carlos Antonio López, confinado en una modesta chacra de la villa de Caraguatay, rodeado de indios y campesinos. Allí todos lo llamaban caraí marangatú, que significa “padre de los pobres” en guaraní.
Después de tres décadas en Paraguay Artigas murió a los 86 años el 23 de septiembre de 1850. Un mes antes había muerto, también en el exilio, el general José de San Martín.

lunes, 31 de octubre de 2011

YPF

Por Agenda de Reflexión

A principios del siglo XX, Comodoro Rivadavia, puerto de entrada y salida de los productos de Colonia Sarmiento, un puerto natural de aguas profundas pegado a las playas de Rada Tilly, una antiquísima zona de solaz y descanso veraniego tehuelche hace 9.000 años, recién empezaba a ser un pueblo pequeño, apenas un grupo de casitas, algún almacén de ramos generales y un hotel-fonda para alojamiento de los arriesgados viajantes que se animaban a llegar hasta aquellas lejanas y desoladas zonas del Sur argentino. Pero tenía una dificultad seria: no había agua dulce.
A comienzos de 1907, cuadrillas de obreros, dirigidas por ingenieros, habían comenzado a perforar la tierra en busca del líquido indispensable. Con aparatos adecuados se auscultaba el suelo en procura del más mínimo rumor que pudiera anunciar la presencia de agua. En enero se llevó al lugar una perforadora Fauck. Se apelaba a los elementos más modernos de la época, pero todo parecía inútil. Se llegó a cavar hasta a 400 metros de profundidad, siempre sin resultado. Los sufridos pobladores vivían pendientes de la torre de perforar, que en más de una oportunidad cayó por efecto del implacable viento patagónico, y que obligaba a iniciar nuevamente los trabajos. Los ingenieros no se daban por vencidos. La tarea continuaba. Pero el resultado era siempre el mismo: absolutamente negativo.
En noviembre ya dominaba el desaliento. Se perdían las esperanzas de poder dotar de agua a la floreciente población, donde muchos se habían radicado plenos de ilusiones y confiados en la potencial riqueza de la zona. La decepción seguía en aumento. El gobernador propuso que se traiga el agua desde un lejano manantial, mediante la instalación de cañerías; y la población apoyó la idea como una salvación. Ya no quería ni oír hablar de la torre perforadora que durante muchos meses había engañado sus esperanzas con renovadas promesas incumplidas. Claro que trayendo agua de otro lado habría que pagarla como artículo de lujo…
Para diciembre nadie confiaba en la torre –que para su funcionamiento insumía la escasa cantidad de agua disponible que el pueblo necesitaba para consumo-. El ingeniero Krausse, jefe de la misión, había autorizado perforar hasta el máximo de 500 metros hacía unos 20 días, cuando se había llegado a 481. Pero un viernes, superado ese máximo, se fue y ordenó: “¡Basta! ¡No se perfora más!”. Sin embargo, el administrador de la obra, señor Beguin, y el ingeniero José Fuchs que dirigía la perforadora Fauck, deciden no entregarse y continuar con los trabajos. Ese mismo día la perforadora llega a 540 metros de profundidad y, de pronto, se advierte una fuerte corriente ascendente. Sorprendidos, Fuchs y Beguin se miran atónitos: no era agua; ¡era kerosene! ¡El petróleo salía casi refinado! Era el 13 de diciembre de 1907.
Mantienen en secreto el descubrimiento y telegrafían a Buenos Aires, a la Dirección de Minas: “Aquí no hay agua, pero hay petróleo”. La noticia se conoce en la capital antes que en Comodoro, que se entera cinco días después, y engalana sus calles en espontáneo feriado. La prensa porteña acoge la nueva con frialdad, apenas si le dan importancia los grandes rotativos; no advertían la trascendencia del descubrimiento: lo que se buscaba allí era agua. Pero el gobierno nacional resuelve al día siguiente del descubrimiento dictar un decreto tomando posesión del yacimiento, prohibiendo “la denuncia de pertenencias mineras y la concesión de permisos de cateo en el puerto de Comodoro Rivadavia, en un radio de cinco leguas kilométricas a todo rumbo, contándose desde el centro de la población”. Se evitaba así la posible aparición de aventureros y la eventual explotación del suelo en beneficio de particulares. De allí partió el progreso de una vasta región patagónica. La explotación del petróleo, descubierto de esa manera milagrosa, se constituyó desde entonces en una fuente de incalculable valor para acrecentar la economía nacional, y en una de las bases de su riqueza. El 13 de diciembre sería evocado como el Día nacional del Petróleo.
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Desde la época colonial se conocían algunas afloraciones petrolíferas en nuestro país. Se les llamaba betún o brea, chapapote y en algunos casos kerosene. Cabe recordar que el general Arenales, en 1826, siendo gobernador de Salta, firmó un decreto de estímulo y protección al hallazgo y aprovechamiento de la maravillosa sustancia. Luego, en 1856, se fundó la Compañía Jujeña de Kerosene, con el propósito de reemplazar la importación de ese producto, que entonces alcanzaba a los 20 millones de litros anuales.
Poco tiempo después del descubrimiento patagónico aparecía un decreto por el que se creaba la primera repartición oficial que debía administrar la nueva riqueza nacional, y que se denominó Dirección General de la Explotación del Petróleo de Comodoro Rivadavia, integrándola entre otros los ingenieros Luis A. Huergo y Enrique M. Hermitte y el doctor Pedro N. Arata. En los largos considerandos se advierte de la importancia de su empleo en ferrocarriles y Armada, y se admite la posibilidad de que el sobrante pueda satisfacer en “condiciones económicas, las necesidades industriales del país”, y que “los estudios y experiencias realizados por las oficinas técnicas permiten adelantar que los yacimientos petrolíferos deben extenderse a grandes distancias al norte y al sur de Comodoro Rivadavia, y que el petróleo de ese lugar es un excelente combustible”.
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Apenas comenzado el gobierno radical de Alvear, se crea mediante un escueto decreto una Dirección Nacional en el ámbito del Ministerio de Agricultura con un nombre de tres palabras largas y por entonces poco conocidas: Yacimientos Petrolíferos Fiscales, a las cuales el tiempo simplificaría en tres iniciales famosas. El 17 de octubre de 1922 asume su primer director general, un coronel en actividad del arma de ingenieros, íntimo amigo de Jorge Newbery, graduado a su vez de ingeniero civil en la Universidad de Buenos Aires y de ingeniero militar en la Academia Técnica de Prusia, de notables virtudes y cualidades empresarias, y que desempañaría el cargo durante ocho años: Enrique Mosconi (1877-1940). El fue el genio organizador de la explotación integral del petróleo en la Argentina y en América Latina. De inmediato promovió la construcción de la monumental destilería de La Plata, inaugurada en 1925, la más grande del continente, financiada con fondos propios de la empresa; llevó adelante la electrificación de Comodoro Rivadavia y echó las bases (con 10 unidades iniciales y un total de 25.000 toneladas) de una fenomenal flota de buques tanque (la cual llegó a formar parte en su momento de la tercera Marina Mercante del mundo).
En 1924, a solicitud de Mosconi, el Poder Ejecutivo dictó un decreto mediante el cual se ampliaba la reserva petrolífera fiscal al Sur y creaba nuevas reservas de exploración oficial en todos los territorios nacionales patagónicos.
El coronel Enrique Mosconi, contra la terrible oposición de las empresas extranjeras, desarrolló la más importante industria de América Latina. Su plan original era el del nacionalismo integral en materia de petróleo. Modificó esa opinión en 1925 y propuso, en consonancia con el sistema de la Anglo Persian, la sociedad mixta del Estado con las empresas extranjeras. Pero volvió a su proyecto inicial en 1928, al expresar que “no queda otro camino que el monopolio del Estado pero en forma integral, es decir, en todas las actividades de esta industria: la producción, la elaboración, el transporte y el comercio. [...] Sin monopolio del petróleo es difícil, diré más, es imposible para un organismo del Estado vencer en la lucha comercial las organizaciones del capital privado”.
Mosconi, hombre sencillo con leve tendencia a la obesidad, no necesitaba disfrazar una reconocida inteligencia, nada de bigotes, gran sentido del humor, enjundiosa biblioteca y esa envidiable demanda académica y mundial para sus conferencias. La admiración por este hombre llegó a los más relevantes estamentos internacionales, traducida en invitaciones de universidades, gobiernos, empresas y foros jerarquizados.
Pero entre 1928 y 1929 Mosconi realizó un atrevido y fructífero viaje continental, atacando a las petroleras internacionales e impulsando una política petrolera latinoamericana soberana y coordinada. Así nacieron, a imagen y semejanza de YPF, ANCAP (Administración Nacional de Combustibles, Alcohol y Portland) en Uruguay, Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB), Petrobras de Brasil y Pemex de Méjico. En un famoso discurso en la capital mejicana, todavía vigente, Enrique Mosconi dijo: “Observamos que en torno del petróleo se han entablado las más tenaces luchas económicas y armadas, y presenciamos a diario, como métodos de posesión, de acaparamiento y de dominio, torrentes de oro destinados a obtener la complacencia, la infidelidad, el soborno y la alta traición de los encargados de custodiarlo. [...] El petróleo tiene una importancia fundamental e irremplazable, y el crecimiento y progreso de la nación será tanto más grande cuanto más firme mantenga ésta en sus manos el control de sus yacimientos petrolíferos, es decir, cuanto más sometidos a su fiscalización efectiva estén los grandes sindicatos o trusts que explotan en el país el combustible líquido, pues si esa fiscalización fuera difícil o imposible de efectuar, más conveniente sería para la tranquilidad económica y política del país renunciar a la cooperación del capital extranjero”. En 1938, cuando se firman los históricos decretos de nacionalización del presidente Lázaro Cárdenas, se señala que, si bien el nacionalismo petrolero mexicano se asentaba en las profundas raíces del período revolucionario de 1910-17, la idea del monopolio de una empresa estatal le correspondía a Mosconi y seguía el ejemplo argentino.
Como bien señala Federico Bernal, de Reconquista Popular, mientras Mosconi difundía la tesis de la nacionalización y monopolización del petróleo en América latina, primer gran antecedente de integración en esta materia, durante el segundo gobierno de Yrigoyen la explotación exclusiva por el Estado era defendida por los legisladores personalistas (yrigoyenistas), enfrentando la postura antinacional de los antipersonalistas y los conservadores, que planteaban la formación de compañías mixtas de YPF con trusts extranjeros. Triunfó la tesis de Mosconi, con el respaldo de la tendencia nacionalista e industrialista del ejército, capitaneada por el general Alonso Baldrich. En efecto, en la aprobación de la ley de nacionalización del petróleo tuvo gran influencia el memorial que Baldrich dio a publicidad con los siguientes puntos:
- nacionalización de todo el combustible
- monopolio estatal de la explotación
- control estatal de la exploración
- monopolio estatal del transporte del combustible
- autonomía de YPF
- Prohibición de transferir las concesiones
Semejante obra de nacionalismo económico no podía ser aceptada. El contubernio acrecentaba su poder en el parlamento y en el ejército con la ayuda invisible del herido capital extranjero. El viejo caudillo, el primer presidente realmente elegido por mandato popular, concitaba el odio del imperialismo. Había reducido de 132 mil a 35 mil hectáreas las tierras en poder de las empresas petroleras extranjeras, resuelto la explotación estatal en Salta, impedido que las fuentes hidroeléctricas en Córdoba pasaran a un sindicato norteamericano, aprobado por la Cámara de Diputados un proyecto de régimen legal del petróleo (rechazado por el Senado y declarado inconstitucional por la Suprema Corte de Justicia) y negado a las empresas de tranvías de la Capital Federal y del puerto de Rosario sus pretensiones en materia de tarifas y fletes. Un proyecto de convenio con la Unión Soviética rebasó la medida de la tolerancia de los monopolios anglo-norteamericanos. Por primera vez, la Argentina hacía una negociación de esa índole de Estado a Estado. La empresa soviética Iuyamtorg, instalada en Buenos Aires, se comprometía a entregar 250 mil toneladas de petróleo a cambio de cueros, lana, extracto de quebracho, ovejas y caseína. En cuanto a la nafta, se fijaba su precio a 10 centavos por litro, lo que suponía una rebaja para el mercado interno.
Hacia 1930 la doctrina nacional petrolera quedaba perfectamente estipulada con hechos y palabras. El monopolio estatal en todas las etapas: exploración, extracción, transporte, destilación y comercialización; el rechazo a la empresa mixta y la nacionalización de todas las etapas de la industria petrolera, golpeaban con furor las puertas de la cámara alta. De esta manera, la ley de nacionalización del petróleo -que no pudo ser concretada producto de la oposición en el Senado-, fue quizás la gota que rebalsó el vaso, propiciando, entre otras muchas causas, el golpe militar de septiembre. Pocos años después, el presidente Uriburu, preso de unos estúpidos celos histéricos por Mosconi, lo designó, ya siendo general de división, Director General de Tiro y Gimnasia del Ejército. Después de una larga enfermedad, Mosconi falleció el 4 de junio de 1940.
Claro, no es lo más importante, pero ejemplifica la magnitud de lo que hemos perdido. Desde la privatización de YPF, su archivo, el archivo empresario más importante de Latinoamérica, esa monumental fuente de memoria que contiene la historia de la industria petrolera argentina, permanece vedado al público y a los investigadores. Se encuentra en Comodoro Rivadavia, en un inmenso galpón situado entre el colegio Deán Funes y la administración de Repsol donde funcionara hasta el último día, en condiciones que inquietan. Pertenece al Estado nacional, pero está dentro de un edificio de Repsol. Aseguran que su seguridad y su permanencia depende de una decisión política que no llega. Concluido el proceso privatizador, el archivo de la empresa quedó en poder del Archivo General de la Nación, en Comodoro, pero dentro de instalaciones pertenecientes a Repsol, cerradas al público. Desde entonces nadie puede visitarlo.