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jueves, 30 de septiembre de 2021

Roberto M. Ortiz y el “Fraude Patriótico”

 Por el Prof. Jbismarck

«En síntesis, señor presidente, corresponde el rechazo de lo anulación de las elecciones de lo provincia de Buenos Aires por las siguientes razones, entre las otras que he tenido ocasión de exponer. »Primero: Porque dichas elecciones, con todas sus deficiencias, no han sido objeto de pruebas legales que las invaliden.   »Segundo: Porque los antecedentes expuestos y los irregularidades de los comicios de la U.C.R. en las últimas elecciones de la Capital de la República y la posición de ese partido con respecto a la actuación de sus dirigentes con anterioridad al 6 de setiembre, le quitan autoridad política para impugnarlas.   »Tercero: Porque los órganos más representativos de la prensa nacional, de las faenas vivas y los hombres de trabajo, nos piden la iniciación inmediata de la obra de legislación.  »Cuarto: Porque dicha obra sólo es posible con el funcionamiento normal del Parlamento, que se vería inmediatamente perturbado con la anulación de elecciones y celebración de otras nuevas. »Quinto: Porque la ausencia de la labor parlamentaria durante otro año, perturbaría seriamente la vida económica, financiera e institucional de la República, contribuyendo a debilitar aun más el prestigio del Parlamento argentino y poniendo en peligro la estabilidad de nuestras instituciones».       ADOLFO MUGICA (defendiendo el fraude y padre del extraordinario Sacerdote Carlos Mugica)

Ortíz:  Nace en Buenos Aires, el 24 de septiembre de 1886. Fallece en Buenos Aires, el 15 de julio de 1942. En el otoño de 1937, cuando llegó el momento de consagrar la fórmula oficialista para las elecciones del año siguiente, Justo indicó que debía reiterarse el esquema de la Concordancia (presidente antipersonalista-vicepresidente conservador) y nombró candidato a su ministro de economía, Roberto M. Ortiz. 

La designación de Miguel Angel Cárcano, ministro de agricultura de Justo, firmante del pacto Roca-Runciman y miembro de la Sociedad Rural Argentina, despertó quejas entre los demócratas progresistas, que en su lugar propusieron a Robustiano Patrón Costas.  Las fuerzas negociaron y finalmente eligieron al jurista Ramón A. Castillo, ministro de Justicia en el gabinete justista. Finalmente, se consagró la fórmula Ortiz-Castillo, que se enfrentaría a los radicales Alvear y Mosca y a los socialistas Nicolás Repetto y Arturo Orgaz.  El 5 de septiembre de 1937 se realizaron las elecciones nacionales. La fórmula Ortiz-Castillo, consiguió 1.100.000 votos y la de Alvear-Mosca 815.000. Estos resultados fueron la evidencia de lo que se conoce como «el fraude patriótico». Así lo describió, Federico Pinedo, años después: «Los procedimientos que se usaron en estos comicios hacen imposible catalogar esas elecciones entre las mejores, ni entre las buenas, ni entre las regulares que ha habido en el país». Ortiz asume el 20 de febrero de 1938, y su gabinete lo integran: Interior: Diógenes Taboada; Relaciones Exteriores: José María Cantilo; Hacienda: Pedro Groppo; Justicia e Instrucción Pública: Jorge E. Coll; Guerra: general Carlos D. Márquez; Marina: contraalmirante León L. Scaso; Agricultura: José Padilla; Obras Públicas: Manuel R. Alvarado

Las elecciones se celebraron en un clima de violencia, a tal punto que los radicales de la provincia de Buenos Aires no pudieron votar.  Roberto Ortiz intentó impulsar sin resultado reformas que permitieran restablecer un régimen democrático. En este aspecto no dudó en intervenir la Provincia de Buenos Aires, gobernada por el célebre caudillo conservador Manuel Fresco, luego de las elecciones legislativas fraudulentas de febrero de 1940, impidiendo la asunción como gobernador de Buenos Aires de Alberto Barceló.  

En términos económicos, cuando Ortiz asume la crisis ya había disminuido: había un peso fuerte (el dólar estaba a 3,80 pesos), la desocupación iba en baja y la industrialización aumentaba. Ortiz continuó con obras que se iniciaron en la gestión de Justo: la construcción de la Avenida General Paz y una ruta a Mar del Plata, entre otras. Mientras, el presidente se encontraba sometido a una rigurosa dieta a causa de su diabetes.  El proceso de crecimiento industrial continuaba su ascenso a pesar de la guerra, o —con mayor exactitud— a causa de la disminución de las importaciones. Nuevas industrias comenzaron a surgir, reclamando más obreros, y las antiguas incrementaban la producción. Los brazos no podían venir del extranjero El interior los ofrecería en grandes cantidades. Todavía no se los llama «cabecitas negras», pero se vuelcan sobre la urbe en proporciones crecientes.   De acuerdo con Germani, los «desniveles en la distribución geográfica de la población son naturalmente el resultado de las migraciones internas y externas. La región Litoral y la Capital Federal han recibido el mayor número de inmigrantes extranjeros y a la vez, han atraído de manera considerable a los argentinos nacidos en otras regiones. Y en verdad es esto último lo que ha caracterizado el proceso en las últimas dos décadas».Así puede entenderse, a manera de ejemplo, el crecimiento de población del Gran Buenos Aires (aportes migratorios más aumento vegetativo), que ha llegado a convertirse en la «cabeza de Goliat» a que hizo referencia Ezequiel Martínez Estrada en uno de sus libros.  Ese crecimiento obrero es presentido oscuramente por algún diputado conservador como Reynaldo Pastor, que por supuesto no podrá escapar a sus esquemas mentales, y dirá en tono paternalista: «El día que nuestros obreros se acostumbren a que los hombres ricos, los grandes industriales, los altos funcionarios del gobierno al igual que los políticos que actúan en las altas esferas, los escuchen y se muestren sensibles a sus necesidades y prueben en esa forma que tienen un espíritu permeable para resolverlas, ese día van a dejarse alentar tantas rebeldías y el obrero argentino comprenderá que tiene una noble misión que cumplir en nuestro pueblo y en nuestra sociedad, comprenderá que él es, al igual que cualquier otro, un factor de progreso, un factor de respeto, un factor de trabajo y de cultura en el país. Digo estas palabras porque abrigo la esperanza de que ellas han de llegar al seno de algunos hogares argentinos y a la intimidad de hombres que puedan contribuir a orientar la actual situación social»

Claro que eso no podía satisfacer a «nuestros obreros», que se cansaban de enviar petitorios y notas al Congreso de la Nación en busca de una justicia que sistemáticamente les era negada en todos los ámbitos. Es que el Congreso adquiere en años de la presidencia de Ortiz —y luego de Castillo— el inconfundible tono de los cuerpos colegiados en decadencia. Conservadores y radicales se unían para apoyar dictámenes vergonzosos, como el relativo a los resultados de la investigación sobre las concesiones eléctricas de la Capital Federal. Lisandro de la Torre había muerto por propia determinación, el 5 de enero de 1939. En carta a sus dilectos amigos (en verdad su testamento) escribe: «Les ruego que se hagan cargo de la cremación de mi cadáver.  Deseo que no haya acompañamiento público, ni ceremonia laica ni religiosa alguna, ni acceso de curiosos y fotógrafos a ver el cadáver, con excepción de las personas que ustedes especialmente autoricen. Si fuera posible, deberá depositarse hoy mismo mi cuerpo en el Crematorio e incinerarlo mañana temprano, en privado.  Mucha gente buena me respeta y me quiere y sentirá mi muerte. Eso me basta como recompensa. No debe darse una importancia excesiva al desenlace final de una vida, aun cuando sean otras las preocupaciones vulgares. Si ustedes no lo desaprueban desearía que mis cenizas fueran arrojadas al viento. Me parece una forma excelente de volver a la nada, confundiéndose con todo lo que muere en el Universo».   En la década del treinta, su autoinmolación (y es época de suicidas: Lugones, Alfonsina Storni, Quiroga…) fue quizás la última advertencia frente a la insensibilidad ambiente. La guerra mundial primero, y los sucesos políticos de los años por venir en el ámbito nacional, harán que su gesto se oscurezca en el tiempo.

El presidente Ortiz, casi desde el comienzo de su gestión, sufre los efectos de una grave enfermedad que provocará, sucesivamente, su alejamiento y delegación de funciones en el vice Castillo, su renuncia a la primera magistratura y su fallecimiento. Dos acontecimientos políticos van a marcar esos primeros años: la intervención a la provincia de Catamarca —tierra natal del vicepresidente—, que habrá de provocar resquemores entre los miembros de la coalición gubernativa (conservadores y antipersonalistas); y la intervención a la provincia de Buenos Aires, con motivo de los fraudulentos comicios del 25 de febrero de 1940, convocados por el gobernador saliente Fresco. El candidato de Fresco, que logró imponerse en las instancias partidarias del conservadorismo bonaerense a Antonio Santamarina, era Alberto Barceló, «patrón» de Avellaneda que buscaba ampliar ahora su radio de acción. La intervención frustrará sus aspiraciones, pero en cambio Barceló llegará a ocupar una banca en el Senado, en representación del mismo distrito.  Estos y otros factores comenzarán a alinear tras de Ortiz a sectores del radicalismo alvearista, en su repetida aspiración de llegar al poder entrando en el juego oficialista. Ortiz, entonces, será visto como un demócrata que busca borrar los estigmas de su propia ascensión al poder, tratando de volver por los fueros del voto secreto y el comicio limpio. Pero,en lo económ  ico, en lo social y en todo lo que no se refiere al limitado tema del sufragio, su actitud no va a diferir, al menos en lo esencial, de lo hecho o dicho por su antecesor Justo. Algún conservador, muchos años después, definirá con acierto la posición del presidente Ortiz diciendo que «constituyó un verdadero plano inclinado hacia el radicalismo, al que protegía visiblemente, al extremo de haber intervenido, entre otras, a las provincias de Catamarca —sede política de su propio compañero de fórmula, injustamente agraviado por tal medida— y de Buenos Aires, considerada como el principal baluarte del conservadorismo». El Parlamento, en 1940, dedicará largas horas de sesión al affaire de las tierras de El Palomar que, «pese a sus proporciones reducidas frente a la inmoralidad reciente —unos escasos centenares de miles de pesos— salpicó hasta alguna esfera allegada al Poder Ejecutivo» Lo importante no es la magnitud del negociado, ni que resulten implicados legisladores (uno de ellos se suicida y el otro es excluido de la Cámara de Diputados), ni que el ministro de Guerra, general Márquez, y el propio presidente Ortiz se alarmen.

Roberto M. Ortiz envía al Parlamento su renuncia, que muestra desagrado ante las conclusiones elaboradas por la Comisión Investigadora del Senado (Palacios, Gilberto Suárez Lago, Héctor González Iramain). En sesión de asamblea (24 de agosto de 1940) presidida por el senador Robustiano Patrón Costas, los legisladores oficialistas y de la oposición se deshacen en consideraciones sobre la sensibilidad aguzada del primer mandatario y votan por el rechazo de su renuncia. Una sola voz se levanta para mostrar su disconformidad, votando por la aceptación; es Sánchez Sorondo.  «El ámbito político y administrativo estaba desprestigiado por episodios que tuvieron repercusión en la opinión pública y mostraron la corrupción difundida: como el negociado sobre compra de tierras en El Palomar para el ejército, en el que se defraudaron al Estado importantes sumas de dinero, en cuya operación aparecieron complicados legisladores radicales y conservadores, como las trapisondas denunciadas en la lotería nacional, y otros hechos que mostraban la crisis moral dominante en las esferas políticas». Estas consideraciones pertenecen a Carlos Ibarguren

El Congreso seguirá discutiendo sobre el fraude, sobre los diplomas de algunos de sus miembros (el citado Barceló, por ejemplo, ya en 1942). En las elecciones de 1940 los radicales consiguen ochenta diputados en la Cámara baja. Pero esa mayoría, con excepciones muy limitadas, de nada les servirá, y las cosas seguirán como antes. El desprestigio que envuelve al partido (salvo las tendencias que intentaban un replanteo de la conducción) conducirá a su derrota en la Capital Federal para 1942, a manos de los socialistas.

En 1940 se funda «Acción Argentina», que nucleaba a los partidarios de la causa aliada y cuya primera Junta Ejecutiva Central integraban Federico Pinedo, Jorge Bullrich, Julio A. Noble, Victoria Ocampo, Emilio Ravignani, y Nicolás Repetto; Los oradores del acto inaugural fueron Alvear, Repetto, Bernardo Houssay y José María Cantilo. Como se ve, los contactos entre figuras representativas de diversos partidos políticos (y también personalidades independientes) son frecuentes. Ello, además de otras causas (la estrategia frentista del Partido Comunista en primer lugar), posibilitará en pocos años la aparición de la Unión Democrática.

Con todo, el asunto político más comentado por esos tiempos era, naturalmente, la enfermedad del primer mandatario, y los problemas que entrañaba su legítima sucesión. Casi un símbolo de los «tiempos republicanos» que tocaban a su fin. félix Luna habla de una conspiración «tendiente a reponer a Ortiz en la presidencia» que conocía el ministro de Guerra, general Márquez, y de la que participaban el entonces mayor Pedro Eugenio Aramburu y diputados radicales como Emir Mercader. Con asentimiento del presidente Ortiz, se acordó secretamente que un triunvirato integrada por Alvear, el dirigente socialista Mario Bravo y el general Márquez, ministro de Guerra, se haría cargo del gobierno y llamaría a elecciones. Con todo, el Ejército resultaba cada vez más requerido en el plano político, y muchos militares (los de tendencia «justista», con su avezado director técnico a la cabeza, y también los de tendencia nacionalista) empezaban a dedicarse a actividades cada vez menos específicas.

Ortiz siguió las diferentes circunstancias políticas mientras hacía reposo durante el comienzo de 1941. Cuando llegó el verano, el presidente pasó la temporada en una estancia cercana a Mar del Plata. Allí permaneció hasta fines de marzo y se enteró de la llegada de un prestigioso oculista español, Ramón Castroviejo, que venía a revisarlo. La llegada del oftalmólogo estaba auspiciada por el Departamento de Estado de los Estados Unidos, que estaba interesado en que Ortiz pudiera retomar el poder, ya que no estaba contento con el neutralismo del catamarqueño Castillo. Castroviejo llegó en mayo y estuvo un mes en la Argentina, tiempo el cual le pasó a la Embajada de Estados Unidos informes diarios. El médico llegó a la conclusión de que el mal era irreversible. Así, el 22 de junio de 1941, Ortiz presentó su renuncia a la primera magistratura. Un mes después, el ex presidente moría a causa de una afección cardiaca.

jueves, 16 de mayo de 2019

Castillo y las vísperas del Golpe del 4 de Junio de 1943

Por CARLOS PISTELLI
 El 26 de octubre de 1941 Rosario Central perdió con, su rival directo en pos de no descender, Banfield y se fue a la “B”. El Presidente del Club, y hechura del Radicalismo Santafesino, doctor Rodríguez Araya se fue para Buenos Aires rampante a entrevistar a Monseñor Copello, Arzobispo flamante.
 -Hijo, a qué debo el honor de tu visita?
-Padre! Estimado Padre! Algo terrible ha pasado para las juventudes rosarinas, donde el club Rosario Central es amplia mayoría. Hemos descendido de categoría y eso nos supone jugar los días sábado. Eso provocarías los vicios a los que caerían jóvenes de toda condición esas noches al culminar los partidos para prepararse para ir a las carreras de los domingos.
-Hijo! Eso es terrible!! Pero qué puedo hacer yo para evitarlo?
-Hablar con el Presidente para que ordene suprimir los descensos.
Cruza presuroso Copello la Plaza de Mayo y pide audiencia urgente con el Presidente, quien, sorprendido de la solicitud, delega en su ministro del interior el tema. El padre contó su preocupación y con un gentil y sonriente “déjelo en mis manos” el Ministro lo despidió.
Miguel Culaciati, sonriente y trampero, rosarino, antipersonalista, enemigo hasta personal de Rodríguez Araya, y, obviamente, leproso, no movió un pelo al pedido del Arzobispo.
El ‘taimado’ Culaciati nació en 1879 y a temprana edad ya destacó por sus condiciones personales y como brillante abogado.  En 1912 era diputado provincial radical, fugaz intendente rosarino y, volcado al antipersonalismo, diputado nacional. Con la caída en desgracia de la Democracia Progresista y la intervención al distrito, Culaciati volvió a la intendencia rosarina en 1935, realizando una progresista gestión, en medio de mafias y todas las que Ud imagina. Afianzado Castillo en el cargo le cede la cartera política al más, al más, al más preparado para el cargo.
Culaciati carecía de prendas morales pero le sobraba talento para los tiempos infames que presidía Castillo. Los amigos del Presidente no lo quieren porque le ven leal a Justo. El Presidente les contesta que con amenazarle con dejarlo cesante, alcanza y sobra para tenerlo fiel y consecuente. Las denuncias arreciaban sobre su figura, desde manejos pocos claros con el comercio de granos y los sorteos de la Lotería Nacional, hasta la política brava abusando de la fuerza policial y los enjuagues electorales que exponen magistralmente Olmedo y Porcel en su película “Las mujeres son cosas de guapos”, con Ranni y Portales. Pero Castillo lo sostenía, y a otra cosa.
CASTILLO Y EL “GOU”.
 La joven oficialidad del Ejército estaba un poco cansada del uso que se hacía de una fuerza a la que se reputaba intachable, en los enjuagues manejados por Justo. Se inició un lento, pero inexorable, estiramiento entre los altos mandos, que respondían al General Ingeniero, con la oficialidad de instinto nacional, y preponderancia en el manejo profesional del arma. Castillo, viejo maestro, docente incuestionable, Decano de la UBA, percibió ese malestar, y permitió que se le acercaran para dialogar. “Hablando se entiende la gente”.
 Fue el primer planteo militar tan habitual en el Siglo XX argentino. Castillo oyó a los jóvenes oficiales, los calmó como quien sabe decirles lo que quieren escuchar, y se ganó el respeto de la mayoría. Papita pa’l loro.  Entre los oficiales, algunos participantes de la reunión, surgió una idea común en el Ejército argentino desde San Martín: formar una logia que uniera intereses comunes y dirigiera la opinión a objetivos colectivos. Estamos hablando del GOU.
 Uno de los problemas que tenemos los historiadores a la hora de analizar el GOU, es que los implicados han cometido bastante embuste al contar como empezó, como se organizó y como llegó al poder. La mayoría, porque terminó pa’ la miércoles con el que capitalizó toda la fuerza organizativa. La minoría, porque exageró su preponderancia desde el primer momento. Y, obviamente, el que capitalizó toda la fuerza organizativa, que, a modo de ser honesto, era él.
El armador del GOU no fue únicamente Perón, claro está, pero fue el artífice de sus mayores logros, especialmente cuando llegaron al poder. Puede dividirse la Historia del GOU en cuatro etapas.   La primera, de contactos y organización, para ir sumando gente al baile.
La Segunda, que sucede al desencanto con Castillo por elegir a Patrón Costas como sucesor, y que provoca la realización de una comilona que lanza al Grupo a la conspiración directa.
La Tercera, la conspiración triunfa y el grupo impone al General Pedro Pablo Ramírez en la Casa Rosada, provocando el ascenso del Coronel de la sonrisa seductora, y el manejo de la Presidencia.
La Cuarta, la caída de Ramírez, el encumbramiento final de Perón y la disolución del GOU.
El arreglo con los oficiales a finales de 1941 le dio a Castillo la tranquilidad de imponerse sobre Justo. Pero éste no se amilanó así pos sí.  La Concordancia queda rota aunque no termina de exteriorizarse para no dar lugar a los radicales conducidos por Alvear. El 7 de diciembre de 1941, tras un difícil año, Castillo impuso en fraude escandaloso a Rodolfo Moreno en la Gobernación bonaerense. Con los votos que da Bs. As. en los Colegios Electorales, el futuro presidente no salía de la conciencia del catamarqueño de Ancasti.
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Pero ese 7 de diciembre de 1941, Japón ataca a Estados Unidos provocando el ingreso yanqui en la Gran Guerra.  Castillo no quería llevar al pais a esa guerra en donde sabía que los intereses argentinos no tenían qué jugar. Pero la opinión audible nativa estaba por ir a la guerra del lado aliado. El General Ingeniero jugó esa carta en las embajadas y se convirtió en el candidato del ingreso a la guerra.
Castillo empezó a recibir grandes presiones internas y externas; Presiones supervisadas, y manejadas, por el Departamento de Estado. La neutralidad argentina era un dedo en el orto para Washington.
Estados Unidos presionó de mil maneras para que Argentina reviera su postura. El Imperio Británico se batía en retirada como la potencia rectora en el mundo dejándonos en orsai con Yanquilandia. Todo 1942 Castillo, con su brillante canciller Ruíz Guiñazú, resistió cuanto pudo las presiones, dando lecciones diplomáticas y defensa del honor nacional.
 Estados Unidos decidió aislar a la Argentina del concierto de los países americanos. Y entre el aislamiento, decidió armar a los países vecinos. Las Fuerzas Armadas pegaron el grito en el cielo y Castillo obró con premura: Compró barcos de países europeos estacionados en nuestras radas y formó nuestra Marina Mercante. Y destacó al entonces coronel Savio al frente de Dirección de Fabricación Militar. Con patriotismo y esmero, parecía que salíamos adelante.  En marzo de 1942 los conservadores, llevando la imagen de Castillo en campaña y sin fraude a la vista, arrasaron en las elecciones legislativas. Los radicales perdían su primera elección limpia desde el ’16.
Alvear murió a los pocos días, dejando acéfalo al partido. Una comisión pacífica logró juntar casi un millón de firmas en el llamado “Plebiscito  de la Paz”. Castillo llegaba al pináculo de su popularidad y poder. En el invierno del ’42, los delegados norteamericanos rumiaron despecho al no poder imponer la ‘solidaridad continental’ en la Cumbre de Río. Procuraban unir al continente tras sí contra el Eje, pero Argentina y Chile se opusieron firme y tajante.  A otra cosa mariposa.  La economía daba un respiro, y la atinada conducción presidencial, permitió una industrialización tenue debido a la sustitución de importaciones. El capital argentino aumentaba en desmedro del extranjero, y Argentina crecía a despecho del desastre mundial que provocaba la guerra.
 No era un mundo de rosas, pero las cosas mejoraban lentamente, y se sentía que sí. La política con su total inmoralidad era mal percibida por la sociedad, pero para la gente Castillo no era el responsable. Si no fue popular, al menos gozó de consideración y estima pública por parte de los laburantes. Y si alguna crítica se hacía sentir, Culaciati decretaba estado de sitio permanente y censura al periodismo. ¿Era autoritario el Presidente? Hasta la miércoles. Pero estamos hablando de los finales de la llamada Década Infame, no de San Martín y Belgrano.
LA UNIÓN DEMOCRÁTICA.
El desconcierto en el Partido Radical era grande. Los socialistas, vencedores en marzo en la Capital, se asomaban como futuros aliados. Una gran alianza política contra el nazipresidencial, con la venia de la ‘Embajada’, de todos los partidos no conservadores: Desde el radicalismo, pasando por socialistas, demócratas progresistas, comunistas, la gran prensa, empresarios, y hasta sectores del antipersonalismo. Solo les faltaba el candidato, que ya se venía anunciando.
Brasil acaba por ingresar a la guerra y el General Ingeniero recuerda ser oficial honorífico del país hermano y rival: Con estrépito de la prensa se pone a disposición para pelear. Getulio Vargas le manda el avión presidencial y es recibido en triunfo allá y al regresar. La “Unión Democrática” tiene candidato.
 Jóvenes oficiales van a verlo a Castillo, preocupados, pero el ladino presidencial los calma con una sonrisa: Puro espamento, no hay con que darle al poder que viene del Presidente.
La formidable estructura montada por Justo desde el ’30, e inclusive antes, que depositaba la política argentina en el Ejército, era manejada por Castillo con la ayuda de los oficiales. Mientras anduvieran juntos, no había con que darles.
Había un pequeño contrapunto que Castillo eludía con su acostumbrada docencia: El fin del fraude. Los militares lo querían y al Presidente no le convenía. Alguien, siempre hay alguien, le dice que sume al gobierno a la gente de FORJA, que han roto con la UCR. El Presidente invita a Arturo Jauretche a su casa de calle Juncal. Jauretche, con su extraña capacidad de acertar en los diagnósticos pero incurable impolítico, se atreve a criticar al dueño de casa e intenta darle lecciones de gobierno. Castillo lo miró como quien mira a un sonso y lo despidió con amabilidad. Jauretche se retiró de la reunión con la certeza quel Presidente iba a un atajo sin salida por no escuchar sus recomendaciones. Cosas de intelectuales.
Al finalizar el larguísimo 1942, Castillo contaba con todas las barajas importantes, su talento, sus mañas y su integridad patriótica para imponer Presidente. Frente suyo, estaba Justo en pie, herido en la contienda, al cual nunca hay que dar por muerto.
 Me equivoqué. No acababa de empezar 1943, que el General Ingeniero se moría de manera sorpresiva. All power for Castlle.

domingo, 31 de enero de 2016

Ramón S. Castillo (20-10-1873/ 12-10-1944)

Por Miguel Angel Scenna
Menudo, pequeño, de ademanes reposados y hablar pausado, cabellos blancos como nieve, Castillo tenía el aspecto del jurista y profesor que en verdad era. Típico provinciano, procedía de una antigua familia catamarqueña que vivía pobre y dignamente. De sus primeros años de estrechez económica y del ejemplo familiar, le quedó una austeridad de costumbres y una sobriedad personal que no habría de perder jamás.

Tras brillantes estudios de abogacía, inició una carrera forense que lo llevó de “meritorio” en los tribunales porteños a juez en varias localidades bonaerenses, juez de Comercio en la Capital Federal, vocal en la Cámara Apelaciones en lo Criminal y Correccional primero y luego en la Comercial, al tiempo que desarrollaba una fecunda labor docente de más de veinte años en las Universidades de Buenos Aires y La Plata, donde ganó el incondicional respeto de los alumnos por su calidad de hombre y maestro.  De esa etapa de su vida quedó el Tratado de Derecho Comercial, verdadero clásico en el tema, magníficamente escrito y elaborado.  Pasados los cincuenta años de edad, todo parecía indicar que culminaría su vida apaciblemente jubilado, rodeado de general consideración, en la penumbra del semianonimato.  Aunque conservador y adversario del radicalismo nunca se había metido en política militante y es posible que jamás pensara hacerlo. Pero sobrevino la revolución del treinta y a Uriburu le recomendaron este profesor y jurisconsulto de excelentes antecedentes, que indudablemente prestigiaría al movimiento. Y el general lo mandó de interventor a Tucumán.  Castillo tenía 57 años cuando inicia inapropiadamente, una carrera que lo llevaría a los más altos honores. Primero al Senado, donde cumplió una destacada actuación.  Después Justo lo llamó como ministro de Instrucción Pública, para luego entregarle la cartera de Interior, cuando llegó la hora de las fórmulas presidenciales, su prestigio y la fuerza de los conservadores lo llevaron a segundo término de la fórmula que encabezó el antipersonalista Roberto M. Ortiz.  Nunca se llevó bien con el presidente, Había un abismo ente ambos, que se ensanchó cuando Ortiz quiso reimplantar la “pureza del sufragio”.   Para Castillo, el regreso de los radicales implicaba un verdadero desastre nacional. Entonces, jugó la suerte a través de la salud de Ortiz, que debió delegar el mando en el vice. En ejercicio de la presidencia, Castillo mostró nuevas facetas de su carácter.  El aspecto reposado y los modales suaves escondían un carácter firme, duro, autoritario. La ruptura con Ortíz fue total e irreversible, pero el enfermo mandatario ya no habría de volver y Castillo quedó como titular de la primera magistratura. Conservador convencido Don Ramón jamás estuvo mezclado con los negociados que matizaron la Década Infame, ni fue abogado de empresas extranjeras, ni estuvo ligado al capital foráneo. Su honestidad era plena, cabal, limpia. Como su nacionalismo, esencial, robusto, inconmovible. Y por eso su gobierno fue francamente nacional. 
Mantuvo la neutralidad argentina contra todas las presiones, inició el proceso de nacionalizaciones, dio un vigoroso impulso a la Marina Mercante del Estado. Pero su apego al liberalismo en el que se había educado lo perdió políticamente.   No comprendió que su poder estaba manchado de ilegitimidad, puesto que no provenía del consenso popular sino de la imposición del fraude.  No alcanzó a ver el aparato político en que se sustentaba, la Concordancia, era más una ficción que una realidad, y que en último término. El arbitro de su poder era el Ejército.  Un Ejército que ya toleraría más faudes. Ese fue el error de Castillo. Cuandi quiso imponer sucesor por fraude el ejército lo desalojó del poder y asumió directamente el gobierno. Ya depuesto, fue tratado con una consideración y el respeto que, como persona merecía. Falleció en el silencio del retiro en 1944, a los 70 años de edad