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sábado, 30 de mayo de 2015

El bombardeo sobre Plaza de Mayo de junio de 1955: la antesala del terrorismo de Estado en Argentina

Por Salvador Ferla
Hace apenas 60 años hubo un Buenos Aires muy distinto del actual. La cabeza de un hombre muerto que cuelga por la abertura sin vidrio de la puerta del trolebús de la línea 305 y los cadáveres de dos mujeres tendidas en el empedrado, conforman una de las fotos más terribles de aquel 16 de junio de 1955, cuando oficiales de la Aviación Naval bombardearon Plaza de Mayo en un intento por terminar con el gobierno del presidente constitucional Juan Domingo Perón que había sido reelegido sólo tres años atrás con el 68% de los votos. Hasta hoy nunca se conocieron cifras precisas sobre el número de masacrados por la metralla y las bombas lanzadas desde los aparatos de la aviación naval. El propio Perón, según algunos de los que vivieron aquella circunstancia trágica para la Argentina y su gente, se negó a que se diera a conocer el balance de muertos y heridos. 
El día había amanecido lluvioso; la temperatura no superaba los 4 grados y la rutina de la ciudad era la normal. A las 12.40 se arrojaron 10 toneladas de bombas que provocaron más de 350 muertos entre mujeres, trabajadores y niños. 
Muchos más de 50 fueron reconocidos en las morgues por sus delantales blancos. Entre quienes allí cayeron había peronistas, antiperonistas, católicos, creyentes de todo credo, ateos, todos argentinos asesinados en nombre de Cristo, de la libertad y de la democracia.
Cuarenta minutos pasado el mediodía de aquel jueves encapotado y laborable, 20 aviones de la armada (14 cazabombarderos monomotores biplaza North American y 6 bombarderos bimotores Beechcraft, que llevaban más de dos horas y media en el aire, sobrevolando el Río de la Plata, mientras esperaban un plafond más alto), iniciaron el bombardeo y ametrallamiento por sorpresa de la Plaza de Mayo, con epicentro en la Casa Rosada.

Estaba programado un acto de homenaje a San Martín y desagravio a la bandera en la Catedral, e incluía un desfile aéreo, por lo que el ruido de las naves en formación no alarmó a nadie hasta los estampidos de las dos primeras bombas arrojadas por el entonces teniente de navío Néstor Noriega, jefe de la flotilla.
Esas bombas cayeron sobre la hilera de autos estacionados sobre Hipólito Irigoyen, entre Balcarce y Paseo Colón, y mataron entre tres y cuatro personas; las primeras de alrededor de 350 muertes, casi todas de civiles, en que resultó la jornada: casi enseguida otra atravesó el techo de un trolebús repleto, en el Bajo entre Irigoyen y Rivadavia, y aunque su carga incendiaria no deflagró -solo, en apariencia, el detonante -el desplazamiento de aire de sus cien kilos de peso alcanzó para matar a 58 de 60 personas a bordo, muchos de ellos chicos de escuela.

Los estallidos sirvieron de señal para que dos compañías de Infantes de Marina, unos 300 hombres, se desplegaron, partiendo del Ministerio del arma, en Cangallo y Madero, y del Arsenal Naval de Puerto Nuevo, hasta alcanzar Plaza Colón, a menos de 100 metros de la Casa Rosada, y desde allí la atacaron por dos flancos con fuego de ametralladoras y fusiles. Desde la sede de gobierno sostuvieron y contestaron el embate cuarenta granaderos y unos pocos empleados civiles.
Otros infantes aerotransportados habían copado el Aeropuerto Internacional de Ezeiza para garantizar el reaprovisionamiento, y un grupo de comandos civiles y marinos a cargo del teniente de navío Siro de Martín tomaron Radio Mitre, desde donde comenzó a irradiarse una "proclama revolucionaria". El primer ataque aéreo duró poco menos de una hora.
Cuando arreciaba, a las 13:12, el Secretario General Adjunto de la CGT, Hugo Di Pietro, convocó a los trabajadores de capital y conurbano con un llamado general: "Compañeros, el Golpe de Estado ha comenzado. Todos los trabajadores deben reunirse en los alrededores de la CGT, donde recibirán instrucciones. ¡Demos la vida por Perón! "
Los trabajadores, efectivamente, comenzaron a llegar a la zona poco después, en camiones fletados por los sindicatos y por la Fundación Eva Perón y en ómnibus requisados por ellos mismos, congestionando los accesos al centro. Otros resistentes espontáneos detuvieron ómnibus y troles para cruzarlos en la General Paz y sus principales intersecciones, de modo de prevenir avances terrestres.
Los primeros trabajadores en llegar a la zona recibieron unas pocas armas de puño, con las que se desparramaron por las recovas de Paseo Colón para hostigar a los infantes de marina. Otros manifestantes se dedicaron a atender a los heridos y otros, por fin, asaltaron una armería en Constitución y otra en Tucumán y San Martín.
El plan de los sublevados incluía, como objetivo central y evidente, el asesinato del presidente de la Nación, pero Perón no estaba en la Rosada; se había trasladado al Ministerio de Guerra -Edificio Libertador, actual Comando en Jefe del Ejército -alertado por el ministro, General Franklin Lucero de "ciertos rumores" y montado allí un comando centralizado.
Entre quienes lo rodeaban estaba allí el General Justo Leon Bengoa, titular de la III Brigada de Ejército con asiento en Paraná, de quien se supo después que la asonada lo había encontrado desprevenido, lejos de su comando, con el que pensaba unirse a la sublevación.  Por parecidas razones también estaba allí el Capitán Luciano Benjamín Menéndez, hijo del golpista de 1951. En cambio, el ministro de Marina, contralmirante Aníbal Olivieri, se había hecho internar en el Hospital Naval a la espera de los acontecimientos, acompañado de dos de sus tres edecanes: Eduardo Emilio Massera y Horacio Mayorga. El tercero era Oscar Montes, inhallable ese día. Los tres alcanzaron el máximo grado de su escalafón y fueron juzgados años después por crímenes contra la humanidad.
Uno de los hermanos de Massera, Carlos, piloteaba un North American. Poco después de la una de la tarde, una veintena de oficiales de la aeronaútica tomó las instalaciones de la Séptima Brigada Aérea de Morón y las fuerzas legales se quedaron sin base para operar.
La Fuerza Aérea había entrado en acción con sus cazas a reacción Gloster Meteor, rivales imbatibles para los lentos aviones navales; habían alcanzado a derribar dos aparatos en el aire y averiado otros dos o tres en tierra, al ametrallar Ezeiza mientras se reabastecían; ahora, media docena de cazas Gloster y Fiat quedaron en manos de los atacantes.
Aquel, y no Malvinas, fue el bautismo de fuego del arma. Los aparatos de la aeronaútica efectuaron varias pasadas ametrallando la Avenida de Mayo, desde Congreso hasta el puerto y a la inversa.
A las 14, la Guarnición Motorizada Buenos Aires llegó en auxilio de las tropas de la Casa de Gobierno y con el auxilio de algunos blindados empujó a los infantes de Marina hasta sitiarlos en el edificio del que habían partido.
Olivieri había tomado por fin su decisión y estaba allí dentro, con sus ayudantes. A pesar de las indicaciones de Perón a la CGT tratando de circunscribir la lucha a los militares, los militantes peronistas caminaban en masa detrás de las tanquetas.
A las 15:10, el ministerio alzó bandera blanca, pero antes de que una comisión integrada entre otros por el General Sosa Molina y el General Valle -asesinado casi exactamente un año más tarde, el 12 de junio de 1956, por los "libertadores"- llegara al edificio, se inició la segunda gran ola de bombardeos, más prolongada y nutrida que la anterior.
Mientras que los sublevados de la aeronaútica seguían su propio plan con incursiones individuales, la Marina sumó tres grandes hidroaviones Catalina.
Todos volvieron a machacar la casa de gobierno, cuyo segundo piso se derrumbó en gran parte, pero agregaron otros objetivos: el Departamento de Policía, en Belgrano y Virrey Cevallos, la CGT, en Independencia y Azopardo, y la residencia presidencial de capital, situada en Austria entre Las Heras y Libertador, en el predio que hoy ocupa la Biblioteca Nacional, en éste último caso con pésima precisión: cayeron bombas desde Pueyrredon y Las Heras hasta Plaza Vicente López y la calle Guido. Los marinos sitiados en el ministerio retiraron la bandera de rendición y ametrallaron la delegación que se acercaba, matando a varios de los civiles espontáneos que la acompañaban.
El bombardeo metódico duró hasta pasadas las 16:30, cuando los ocupantes de Ezeiza alertados por las caídas en manos el ejército de las bases navales de Punta Indio -de donde había partido el grueso de los atacantes- Puerto Belgrano y Mar del Plata, por la inmovilidad de secciones del ejército cuyo apoyo habían esperado y por la cercanía amenazante del regimiento III de La Tablada, huyeron en masa al Uruguay, en algunos aviones de transporte. Los pilotos que aún se hallaban en el aire hicieron lo propio.
Los ocupantes de Morón tomaron la misma decisión algo más tarde; 122 oficiales de ambas armas y un civil -Miguel Angel Zavala Ortiz, líder del radicalismo "unionista" y jefe de los comandos civiles que no habían llegado a entrar en acción -y 36 aparatos diversos, con los flancos pintados con una cruz sobre una "V" llegaron a la otra orilla.
En el comité de recepción estaban Carlos Suarez Mason, exiliado allí desde 1951 y futuro jefe de asesinos seriales del primer cuerpo de Ejército, y el socialista de ultraderecha Américo Ghioldi, futuro embajador de Videla, identificado con una de las supervillanas de la literatura universal, Lady Macbeth, a partir de 1956, cuando citó su línea "se acabó la leche de la clemencia" para justificar el asesinato de civiles y militares.
Entre quienes llegaban estaba Osvaldo Cacciatore, quien a partir de 1976 sería intendente "de facto" de la misma ciudad indefensa que había bombardeado. El presidente Luis Batlle Berres devolvió más tarde los aviones, pero agasajó informalmente a los hombres.
 El Ministerio de Marina volvió a rendirse a las 17:10, esta vez en serio. Como única condición Olivieri, que mantenía una actitud ambigua entre la de jerarca de los alzados y la de negociador del gobierno, pidió al ejército que "retirara a los partisanos (sic) que hacen fuego desde la recova".
El edificio moderno y muy vidriado mostraba toda clase de destrozos, pero dentro no había ni una baja mortal. La hubo enseguida; Benjamín Gargiulo, uno de los oficiales jefes del alzamiento, se disparó con su pistola reglamentaria, encerrado en un despacho.
El otro, Samuel Toranzo Calderón, no. A las 17: 40, cuando Perón llevaba unos 10 minutos hablando al país por la cadena oficial de radiodifusión y la Plaza de Mayo se había llenado nuevamente de personas, un Fiat G-6 de la Fuerza Aérea rezagado efectuó un último vuelo, rasante y disparando sobre la multitud, antes de perderse en el Río de la Plata.
En su mensaje, el Presidente no ahorró denuestos a la Armada ni elogios y agradecimiento al Ejército. Erraba por optimismo, como se vería en setiembre. El Secretario General de la CGT, Eduardo Vuletich, tuvo un fugaz regreso al rol que en la práctica desempeñaba Di Pietro, y cargó las tintas sobre la responsabilidad de la Iglesia, que por cierto apadrinaba ostensiblemente a los golpistas.
Por la noche, multitudes no identificadas quemaron una decena de templos católicos céntricos, incluyendo la curia, en un costado de la catedral, a la que se voló previo desempotrar y llevarse la caja de caudales. Pío XII, que se había negado tozudamente a excomulgar a Mussolini incluso después de su caída, lo hizo con Perón en solo tres días.
Vuletich, dirigente de la Asociación de Farmacia, fue rápidamente renunciado. Perón nunca confió plenamente en él: prefería manejarse con Di Pietro -que ocupó por fin la Secretaría General- e incluso con José Espejo, aunque este había sido empujado a la renuncia por la multitud, que le reprochaba su obsecuencia, en 1953.
 Lo cierto es que el incendio de los templos nunca estuvo del todo claro: la calle estaba llena de trabajadores autoconvocados, pero también de "comandos civiles" que no habían alcanzado a entrar en acción.
Y no hubo quema de templos en los barrios perisféricos de Buenos Aires, donde el peronismo era dominante. En cambio sí la hubo -fue el único otro lugar del país, al menos en esa proporción-en Bahía Blanca, una ciudad muy influida por la próxima base de Puerto Belgrano.
El conflicto con la iglesia derivó de la creación del Partido Demócrata Cristiano de Argentina como símil del impulsado por el Vaticano en Italia, y del desagrado de Perón, a cuyo juicio el Partido Justicialista ya ocupaba ese lugar.
El peronismo hizo votar una avanzada ley de divorcio, eliminó la enseñanza religiosa en las escuelas del Estado y promovió el debate alrededor de la separación de la Iglesia y el Estado.
La iglesia identificó crecientemente al régimen con una dictadura "inmoral" contra el que predicó desde todos los púlpitos y prohijó en declaraciones y hechos a los golpistas. Socialistas, demoprogresistas y Radicales del Pueblo vieron con agrado las medidas anticlericales -y votaron a favor de las que llegaron a legislarse- pero se hicieron los osos cuando la oposición comenzó a reunirse alrededor de la Santa Madre.
Innegablemente autoritario, el del General Perón seguía siendo el gobierno constitucional del país, su titular había sido reelecto con el 68% de los sufragios solo tres años antes, los salarios de los trabajadores seguían participando en el Producto Bruto Interno en una proporción próxima al 50%; se estaba cerca de una alfabetización del 100%, habían desaparecido enfermedades endémicas, no había déficit de viviendas, ni de escolarización, ni de camas de hospital, ni deuda externa.
El terrorismo antiperonista databa de tiempo atrás. No comenzó el 16 de junio de 1955 con el bombardeo a los manifestantes en la Plaza de Mayo. Algo más de dos años antes, el 15 de abril de 1953, con motivo de un acto oficialista, con Perón como orador, un "comando civil" hizo explotar dos bombas, una de ellas en el andén de la también estación "Plaza de Mayo" de la Línea "A" de los subterráneos porteños.
Como resultado de la misma murieron seis personas, otras 19 quedaron lisiados a perpetuidad y " más sufrieron heridas de diferentes consideraciones.
El principal responsable de ello fue el dirigente radical Roque Guillermo Carranza, quién fue detenido el 11 de mayo de ese año y sigue homenajeado llevando su nombre una estación de subte.
Los rasgos del intento de magnicidio del 16 de junio fueron tan groseros que recordaron la humorada de Chesterton respecto a que la mejor forma de ocultar un homicidio es generar una guerra en la esquina y arrojar el cadáver allí, pero interpretada por alguien que no acabó de entender la sutileza.
El odio contra la persona de Perón se había transferido con facilidad a -o había empezado por- el pueblo que, en mayoría, aún sentía ese proyecto de país como propio.
Los diarios del 17 de junio se refirieron con amplitud a los daños y publicaron listas parciales de muertos y heridos, pero comenzaron a diluir la información a partir del día siguiente; el régimen advirtió su propia debilidad y los mensajes del Presidente se volvieron tibios y conciliatorios, lo que resultó en la progresiva desaparición de los nombres de los caídos, que se completó con el golpe de Estado del 16 de setiembre.
El documento liminar de la "Revolución Libertadora" inauguró el recurso de culpabilización de la víctima: el "tirano" era responsable por las muertes -que nunca se nominaron ni enumeraron- porque habría convocado a los trabajadores, a sabiendas del riesgo.
Perón no hizo ningún llamado a la ciudadanía a lo largo de esa tarde, pero el argumento se repitió con éxito en la prensa oficial y hasta en los libros escolares durante las siguientes dos décadas.
Varias generaciones fueron informadas del vandalismo ateo de las masas peronistas con el mismo cuidado con que se nos ocultó y decrecieron bajo la oclusión oficial y el goteo clandestino de un relato tan monumental que, aún prescindiendo de su monstruosidad pareciera inocultable.
Durante medio siglo los terroristas de Plaza de Mayo gozaron de un aura romántica basada en una acción cuya infamia solo sería comparable a la destrucción de Guernica si los pilotos de la Legión Cóndor hubieran sido vascos y no alemanes

De "Mártires y verdugos", Salvador Ferla

viernes, 26 de septiembre de 2014

LA TERCERA POSICIÓN IDEOLÓGICA


Por SALVADOR FERLA
La tercera posición arranca de un doble rechazo del demoliberalismo capitalista y del estado totalitario. En consecuencia tiene también un objeto último diferenciado. En el liberalismo el objetivo es el ascenso de la sociedad mediante el éxito de los individuos más aptos. En al socialismo marxista el desarrollo económico integral. En la tercera posición el objetivo es la felicidad del hombre, como individuo, como familia, como comunidad.
En los dos modelos rechazados los fines de la sociedad son económicos y el hombre es un esclavo de la producción. En la democracia social que propugna la tercera posición es un ser capaz de desarrollar libremente toda una capacidad creadora. Para ello proyecta convertir la fábrica en una comunidad, insuflarle la alegría del antiguo taller artesanal, hacer que el obrero deje de sentirse esclavo de la máquina y del empresario para sentirse productor y creador. Tiene pues la tercera posición dos fronteras claras, nítidas, perfectamente delimitadas. Hacia atrás con el demoliberalismo; para adelante con el marxismo. A diferencia de la democracia liberal quiere poner fin a la concentración de la propiedad en pocas manos. En contraste con el socialismo marxista se propone distribuirla, no suprimirla. ¿Por qué? Porque no desea convertir a los obreros en empleados públicos. (Difícilmente se hallará un trabajador independiente que ambicione convertirse en empleado estatal, o que viéndose forzado a serlo, lo considere un progreso); porque quiere impedir el agigantamiento patológico del estado, para lo cual no existe otro procedimiento más que el mantenimiento de la pequeña propiedad y el fortalecimiento de las asociaciones intermedias, como la familia, el municipio, el sindicato, la cooperativa, las corporaciones profesionales, la Iglesia. Únicamente la pequeña propiedad y una organización descentralizada del poder estatal pueden asegurar un socialismo con libertad. Aquí es preciso responder a un interrogante: ¿cómo se distribuye la propiedad en un proceso universal donde el avance de la tecnología impone la concentración de los medios de producción? Respuesta: Protegiendo con medidas concretas la pequeña unidad de producción de todo avasallamiento, y dándole participación a los trabajadores en la posesión, dirección, administración y usufructo de las empresas.     Otra pregunta: ¿Cómo se impide que las empresas socializadas de un modo que no extingue de raíz la propiedad privada, no crezcan patológicamente y se conviertan en empresas capitalistas? Respuesta: Por tres medios concretos y sólidos: 1º: Por la presencia obrera en su propiedad y gestión. 2º: Por la soberanía popular a través del estado democrático, asegurada por la difusión masiva de la cultura. 3º: Por la socialización absoluta del sector financiero de la economía. Hay que tener presente que sin el concurso del capital bancario en condición de aliado, no hay empresa capitalista".El marxismo se propone a través de los núcleos "desclasados" de la clase media (intelectuales y estudiantes) concientizar a los obreros a fin de lanzarlos violentamente contra el empresariado para destruirlo. La tercera posición cree en la superación de las clases mediante el arbitraje del estado, destinado a ser representativo de la comunidad íntegra por imperativas razones de orden y por el inevitable crecimiento cultural de los sectores marginales. Las dos posiciones ofrecen dificultades. En la tesis marxista hay que provocar deliberadamente el choque violento entre obreros y empresarios, con el riesgo cierto de destruir el aparato productivo y caer en la feroz dictadura de una burocracia, tras la ilusión de haber superado la última contradicción del devenir histórico. La conciliación de clases presenta el peligro de no llegar rápido a soluciones de fondo, de sufrir fracasos y regresiones, pero tiene la ventaja de poder lograr resultados positivos inmediatos, además de dos importantísimas conveniencias adicionales: la de preservar la libertad, y la de reducir al mínimo el costo social en vidas y bienes. Con un poco más de tiempo se evita un poco más de sangre; con un poco más de tiempo se preserva la libertad. Vale la pena intentarlo.

La tercera posición busca un punto intermedio entre el individuo liberal y el colectivismo marxista; entre la desigualdad personalista y la gregarización absoluta. La civilización occidental es obra del genio individual, del crecimiento de la personalidad operado en Occidente desde el Renacimiento. La gregarización insectifica al hombre, al decir de Perón. El objetivo central de la tercera posición puede resumirse así: "Socializar sin estatizar". Socializar sin disolver la personalidad; socializar manteniendo la independencia de la conciencia individual frente al estado; socializar sin confundir totalmente individuo y sociedad, sociedad y estado. En 1953, Hernán Benítez. sacerdote y teólogo, confesor de Eva Perón y precursor ignorado del movimiento religioso tercermundista, definía así la tercera posición en su libro "La aristocracia frente a la revolución": "El justicialismo biencomunitarista ambiciona el bien común, no el del individuo ni el del Estado. Su ética dice que el dinero, sea de quien sea, posee una función social y no individual.  El justicialismo argentino apunta a algo más que a un individualismo justo. Los capitales, tanto los de los particulares como los del Estado, en si justicialismo no son sólo de los particulares ni sólo del Estado. Son también de los trabajadores". A continuación aclara que Perón jamás ha dicho esto pero que "lo lleva en el alma". Finalmente propone una sindicalización integral con sindicatos que planifiquen y conduzcan la economía. ¿Qué había dicho Perón para presumirle estas intenciones in pectore? Veamos. En 1945 dio una conferencia en el Colegio Militar que impactó de una manera muy especial y muy grata a Jorge Abelardo Ramos. Dijo Perón en su transcurso: "En 1914 se cierra el ciclo de influencia de la Revolución Francesa y se abre el de la Revolución Rusa, la cual comienza su etapa heroica ese año, triunfa en Rusia en 1918 y hace su epopeya en los campos de Europa en 1945. ¿Cómo no va a arrojar un siglo de influencia en el desarrollo y en la evolución del mundo futuro? La Revolución Francesa terminó con el Gobierno de la aristocracia y dio nacimiento al Gobierno de la burguesía. La Revolución Rusa terminó con el Gobierno de la burguesía y abrió el campo a las masas proletarias. Es de las masas populares el futuro del mundo. La burguesía irá poco a poco cediendo su puesto y las instituciones irán modificándose y reformándose de acuerdo con las necesidades de la evolución que llega". Advierte no obstante que "nosotros no nos haremos comunistas, así como cuando sufrimos la influencia de la revolución francesa no nos hicimos sans culottes".
El 9 de abril de 1949 Perón dictó una conferencia clausurando el Primer Congreso Nacional de Filosofía celebrado en Mendoza, y trató de explicitar los lineamientos filosóficos de su tercera posición. Vale la pena transcribir algunos conceptos: "El tránsito del yo al nosotros -dijo- no se opera meteóricamente como un exterminio de las individualidades sino como una refirmación de éstas en función colectiva. La lucha de clases no puede ser considerada hoy en ese aspecto que ensombrece toda esperanza de fraternidad humana. En el mundo gana terreno la persuasión de que la colaboración social y la dignificación de la humanidad constituyen hechos inexorables". Más adelante hace esta apreciación significativa: "La senda hegeliana condujo a ciertos grupos al desvarío de subordinar tan por entero la individualidad a la organización ideal, que automáticamente el concepto de humanidad quedaba reducido a una palabra vacía: la omnipotencia del estado sobre una infinita suma de ceros". "Nos es grato llegar a la humanidad por el individuo, y a éste por la dignificación y acentuación de sus valores permanentes". Obsérvese la constante preocupación por la eventual omnipotencia del estado y la anulación de la personalidad humana, inquietudes comunes a muchos pensadores políticos y a las cuales parecen totalmente ajenos los entusiastas neófitos de la patria socialista. En una parte de su disertación se propone como tema "la terrible anulación del hombre por el estado y el problema del pensamiento democrático del futuro". La solución, responde, está en resolvernos en dar cabida en su paisaje a la comunidad, sin distraer la atención de los valores supremos del individuo, acentuando sobre sus esencias espirituales pero con la esperanza puesta en el bien común". Más adelante propone "un eclecticismo logrado por la superación, por la cultura, por el equilibrio". Y termina diciendo: "Al principio hegeliano de la realización del yo en nosotros, apuntamos la necesidad de que ese nosotros se realice y perfeccione en el yo".
Pedro E. Vázquez, médico psiquíatra, de quien se llegó a decir que era el benjamín de Perón, dirigía hace unos años una llamada Escuela Superior de Conducción Política del Movimiento Peronista. En 1966 editó un folleto en el cual se desarrollan los "fundamentos de la doctrina nacional justicialista". Precedidas por muy endebles presupuestos filosóficos tomados del nacionalismo de derecha, entre los cuales aquel del paraíso medieval perdido por culpa de una formidable conspiración anticatólica, se llega no obstante a estas conclusiones que compartimos en líneas generales, y que reproduzco para aproximarnos a la comprensión total de la tercera posición: "Mañana: el estado comunitario". "Mañana: la empresa comunitaria". "No basta mejorar el nivel de vida del proletariado. No basta dar al productor el lugar que le corresponde en la Comunidad. No resuelve nada cambiar al régimen capitalista sustituyendo la oligarquía burguesa por una Oligarquía burocrática. Lo que hace falta es suprimir el asalariado, devolviendo a la empresa, aprehendida en su realidad orgánica, la posesión, y de ser posible la propiedad de su capital, así como la libre disposición del fruto de su trabajo". "La tierra debe ser de quienes la trabajen como las máquinas de quienes trabajan con ellas. Tal principio no supone, en absoluto, el parcelamiento de la propiedad de los instrumentos de producción, sino la supresión de la propiedad individualista de bienes que otros -individuos o grupos- necesitan. O sea la supresión del parasitismo en todas sus formas". Y termina así: "Eliminado el parasitismo capitalista, las clases sociales desaparecerán ipso facto". "No habrá más burgueses ni proletarios, sino productores funcionalmente organizados y jerarquizados en sus empresas. El gremio perderá entonces el carácter clasista que le ha impuesto una lucha necesaria cuya responsabilidad no lleva y volverá a convertirse en una federación de empresas comunitarias, con el patrimonio asistencial que necesite y los poderes legislativos y judiciales que definirán sus fueros. En cada gremio un banco distribuirá el crédito entre las empresas, dentro del marco de la planificación y conducción económica del estado nacional”
Y bien. Todas estas son manifestaciones ideológicas que requieren una actualizada implementación política, y que constantemente deben perfeccionarse. La trascendente reforma social que realizó Perón entre 1945 y 1955 fue una objetivación de estas inquietudes.  Los artículos 38, 39 y 40 de la Constitución Nacional reformada en 1949 constituyen una objetivación jurídica de la tercera posición ideológica y tienden a delinear sus fronteras. Por ese articulado queda descartado el uso irrestricto de la propiedad, y también la estatización absoluta. En el medio se plantea un serio y categórico condicionamiento de la propiedad privada, al capital privado, a la empresa privada, de manera que si la Constitución no establece un socialismo al estilo de los países escandinavos, lo haca perfectamente posible y compatible con el espíritu, la letra y los fines qué declara. Esta Constitución no manda hacer la reforma agraria (no era preciso que lo hiciera) pero por anticipado la hace posible y le acuerda juridicidad. No ordena expropiar empresas industriales, pero si se hicieran serían perfectamente constitucionales. No manda la participación obrera en la gestión y en las utilidades de las empresas, pero la sugiere, con lo cual de verificarse cuentan con la aceptación de la carta fundamental. Todo el socialismo de tercera posición cabe dentro de los artículos que cito.
Que Perón esté cansado y envejecido es una cosa. Que quienes participan con él del poder no tengan interés en nuevos proyectos políticos, puede ser cierto. También es cierto que muchas veces el peronismo aparece manejándose con crudo oportunismo, ajeno a todo principio rector, a toda meta ideal.   Pero que el peronismo no tenga nuevos ensayos que realizar en virtud del agotamiento irremediable de la tercera posición, es una fantasía. Ahí están Perú, Suecia y Yugoslavia para indicarnos hasta dónde se puede llegar. Para citar algunos ejemplos de reformas trascendentes posibles no planteadas todavía, diré que falta aún realizar una reforma agraria que incremente la producción y elimine la influencia política de los terratenientes. Falta nacionalizar el comercio exterior. Faltan experiencias piloto de cogestión y autogestión empresaria. Falta reducir drásticamente el presupuesto militar, tal como hiciera Rivadavia en 1823 pero con mejores razones y oportunidad. Falta la eliminación total de la intermediación en la distribución de alimentos. Falta un plan que perfeccione las cooperativas y aumente su número. Falta llegar a la socialización absoluta del sector financiero de la economía.   Todo esto y mucho más se puede hacer sin pasar por el marxismo. Eso sí, en cuanto el peronismo presente nuevos proyectos de cambio verá esfumarse rápidamente la ilusoria unanimidad que lo rodea, y verá resucitar, como por arte de magia, un nuevo frente opositor. Porque una cosa es que Coral proponga ascender a generales a los sargentos sabiendo que nunca tendrá oportunidad de intentarlo, y otra cosa que un movimiento mayoritario, respaldado por las organizaciones sindicales proponga reformas trascendentales con serias posibilidades de realizarlas.
Ni Perón ni el peronismo tienen la tercera posición patentada a su nombre. Pensamientos afines se cultivan en la socialdemocracia de Horacio Sueldo y de José Antonio Allende, y en algunos sectores del radicalismo, y esto le da a la tercera posición una trascendencia que va más allá de la fatal circunstancialidad del liderazgo de Perón. Con ella se busca recomponer la unidad del mundo de la producción, superando la dualidad conflictiva de capital y trabajo en un nuevo ordenamiento comunitario pero no estatizante. ¿Cómo se lucha para llegar a esto? No se pueden establecer a priori los métodos de lucha. Las circunstancias así como imponen la lucha van diciendo cómo. Sólo podemos señalar una preferencia: la concientización por adoctrinamiento; y una exclusión, el atentado personal. (Lenin decía con lucidez que la inclinación al atentado por parte de pretendidas vanguardias revolucionarias, está en relación directa a su desvinculación de la clase obrera). Entre los dos extremos de ese arco imaginario que va desde el sí a la concientización al no al atentado, habrá siempre una amplia, infinita, gama de recursos de lucha.

lunes, 30 de junio de 2014

Manuel Belgrano

Por Salvador Ferla

BELGRANO

El día de la muerte de San Martín es el día de la muerte de San Martín, no "el día de la cordillera". El día de la muerte de belgrano es el día de la bandera. El acto de independencia cumplido por Belgrano en las barrancas del Paraná es, quizás -no estoy seguro- su momento más glorioso. Pero sucede que la bandera lo tapa, esconde su rica personalidad así como la vigorosa personalidad de Domingo French está oculta tras una decoración de escarapelas y cintitas.

  Creación de la Bandera Argentina a orillas del Paraná (no es fiel, hay mucho de "Billiken" en esto).

Belgrano es un tipo de mala suerte histórica. En Vilcapugio y Ayohuma perdió su chance de "héroe militar". Y en Buenos Aires, el Buenos Aires de las intrigas y los misterios políticos, cedió su puesto de primera figura en beneficio del doctor Moreno, indiscutiblemente inferior a él. Su defensa del norte argentino, del que llegó a ser un verdadero experto, su decisión de no retroceder más abajo de Tucumán; su limpia y ardiente pasión política valen más que la bandera, pues se trata de realidades. No obstante no es el "numen" de mayo, y si no se le ocurre crear la bandera estaría al nível de Ortiz de Ocampo o de Rondeau, lo cual sería absurdo.
Abogado, economista, funcionario público, periodista y militar. Como militar fue, a pesar de sus derrotas, el mejor de todos los que actuaron en su tiempo excepto San Martín. Y en nadie se encarna la revolución porteña con más amplitud y autenticidad. Con república con monarquía, con la Carlota o con un rebuscado Inca, Belgrano piensa en la independencia argentina y trabaja por ella. Se siente dueño y responsable de la revolución. Por eso no va al norte simplemente a ganar batallas sino a cumplir un plan político, a remediar los efectos desastrosos del morenismo aplicado por su primo Castelli...

Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano.

En el seno de la Junta adhirió a las ideas terroristas de Moreno. Pero Belgrano, este desconcertante Belgrano de la voz afeminada y unas agallas enormes, tenía entre sus muchas virtudes, la de una gran capacidad de aprendizaje. Cuando sale a campaña al frente de su ejército, al Paraguay primero, al Alto Perú después, el señorito porteño del círculo de los ilustrados va conociendo el país, comprendiéndolo y amándolo.

El "señorito porteño" Manuel Belgrano.

Pero no fue un líder nacional, requisito "sine qua non" del "padre de la patria". Necesitaba más ambición y menos subordinación a la élite de la que provenía. Le faltaba la simpatía y el dinamismo de Dorrego para convertir sus nobles ideales humanistas en una auténtica y sentida relación con el pueblo. No tuvo tiempo de eliminar totalmente el prejuicio ideológico que señalaba a España y al Interior como zonas de barbarie. En definitiva, siendo el único astro surgido de la revolución porteña, al igual que Liniers y Saavedra no se animó a cruzar "el Rubicón". Y en vez de bajar a Buenos Aires a tomar un poder mostrenco, vio impotente y angustiado cómo su ejército se desintegraba. Le faltó voluntad de convertirse en caudillo ancional, quizás por ese prejuicio adverso respecto de los caudillos, común en su círculo; y se malogró al fin en sus posibilidades de "padre de la patria", de supremo hacedor político-militar del país naciente. Nuevamente el Río de la Plata se quedó sin caudillo; y Atanasio Duarte, el oficial de Patricios que brindara por "Saavedra emperador", siguió desde el destierro brindando en vano por un caudillo nacional, que era lo que en realidad quería.