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miércoles, 28 de julio de 2021

LORIS ZANATTA: UN ENEMIGO OBSESIVO DEL NACIONALISMO

 Por: Edgardo Atilio Moreno*

            Loris Zanatta es un prestigiado historiador italiano, autor de obras muy difundidas en nuestro país como “Perón y el mito de la nación católica”, o “Del estado liberal a la nación católica”; además de numerosos artículos en la misma línea, en los que aborda la temática del catolicismo, el nacionalismo y el peronismo. Es el creador de la teoría según la cual en los años 30 los nacionalistas inventaron el mito de que la Argentina era católica, teoría a la que no cesa de sacarle el jugo (y junto con él una legión de repetidores académicos); aunque historiadores de fuste como Enrique Diaz Araujo la refutaron ampliamente.  Hace unos días, en la edición del 10 de julio de 2021 del diario La Nación, se publicó un artículo suyo titulado “El nacionalismo, el dogmatismo y la fe ciega matan”, en el que acusa al gobierno argentino de no comprar las vacunas producidas en EE.UU. por manejarse con “criterios ideológicos”; comparándolo con “aquellos que no beben Coca-Cola ni escuchan rock porque son imperiales”.

Esa decisión, que habría condenado a la muerte a miles de personas, sería la consecuencia de que el actual gobierno profesa –según Zanatta- un nacionalismo que “desde que el mundo es mundo mata”. Y como ejemplo de ello están todas “las guerras, genocidios, depuraciones étnicas, purgas, cruzadas”, etc., que registra la historia.  De ser correctas estas afirmaciones, no serían ya las múltiples consecuencias del pecado original el hontanar de todos los males que pesan sobre la humanidad, sino el nacionalismo; convertido este en el Mal absoluto. Tamaña acusación merece al menos un par de párrafos de respuesta.   Lo primero que hay que decir de este artículo es que sus dichos no nos sorprenden para nada, carecen de toda originalidad y no son más que la reiteración de la vieja falacia utilizada por todos los enemigos del nacionalismo, que consiste en tergiversar y falsificar a este movimiento político para así decir sobre él lo que venga en ganas.  En efecto, el punto de partida de nuestro articulista consiste en confundir, ex profeso y maliciosamente, lo que es una actitud chauvinista con el nacionalismo.  El chauvinismo es un subproducto de la Revolución Francesa (hito histórico ensalzado por el liberalismo) que adquiere la forma de un patrioterismo irracional, que odia a todo lo extranjero y considera a lo propio superior y destinado a someter a los demás; de ahí que el chauvinismo va de la mano con la xenofobia y el imperialismo.

En cambio el nacionalismo es simplemente la expresión política del amor a la patria que se concreta en la defensa de los intereses nacionales y de la identidad nacional. Por ende el nacionalista no odia lo extranjero, por ser extranjero, es más, entiende el nacionalismo de otros pues sabe que estos aman a su patria como la ama el mismo. El nacionalismo solo reacciona frente a la pretensión hegemónica del extranjero que intenta someternos o perjudicarnos.

No es este el lugar para hacer mayores especificaciones sobre este movimiento, y distinguir lo que es la nación real, que congrega a lo largo de la historia a una estirpe, y a la que nuestro nacionalismo defiende; de la nación moderna, entelequia mítico - política de tendencias absorbentes y merecedora de ciertas críticas. Ni para hacer mayores precisiones sobre las diferencias existentes entre el nacionalismo liberal, del principio de las nacionalidades, nacido con la paz de Westfalia; y el nacionalismo inspirado en el Magisterio tradicional y auténtico de la Iglesia, antiliberal y antimarxista. Basta aquí con señalar que nuestro nacionalismo recepciona y está abierto a todos aquellos valores universales que no van en detrimento de nuestra cultura fundacional y de nuestra identidad nacional.  Y no nos referimos solo a los valores provenientes de la rama de la Cristiandad en la que se origina nuestra nación, sino incluso a aquellos valores positivos que nos vienen de la vieja cultura grecorromana pagana.  

De modo que nadie que estudie seria y objetivamente al nacionalismo, al sano y verdadero, no a sus patologías o tergiversaciones, puede confundirlo con el chauvinismo y la xenofobia.

Tal es así esto que los nacionalistas argentinos ni siquiera somos anglófobos, siendo que con Inglaterra tenemos tantas cuentas pendientes. Y no lo somos porque sabemos bien que la Inglaterra que es nuestra enemiga es la Incalaperra apostata e imperialista, no la vieja Inglaterra católica de Tomas Moro, o lo que queda de ella. Por eso es que podemos leer con gran placer a escritores geniales como Chersterton; o a historiadores lucidos como Hilare Belloc, o hemos aprendido mucho de políticos como Edmund Burke. Todos ellos ingleses. A la par que estamos orgullosos de nuestros mejores exponentes culturales, de hombres como José Hernandez, Leopoldo Lugones, Hugo Wast o Leonardo Castellani.

Y por eso también, es que aun vistos en la necesidad de hacer frente a la injerencia y a los ataques ingleses, lo hacemos sin odio y sin fobia alguna.

Pero en su artículo, Zanatta se burla de todo esto y dice que el nacionalismo “es la transfiguración de una emoción personal en religión política, en catecismo comunitario, en ritual totalitario. Es síntoma de un complejo no resuelto, una deficiencia emocional, una enfermedad infantil no curada. Una estupidez dogmática”.

Dejando de lado los epítetos que pródigamente lanza el historiador italiano contra el nacionalismo; lo segundo que queremos decir del artículo que comentamos es que todo su discurso tiene un propósito claro: convencer a los argentinos de que toda idea de independencia política, toda pretensión de soberanía, lejos de ser una aspiración legítima, una “épica”, es en realidad “grotesca”; y que por ende nos debemos quedar tranquilos en nuestro lugar de país subordinado y empobrecido porque la verdad es que no tenemos ningún enemigo. Nadie se lleva nuestros recursos y el fruto de nuestro trabajo. Toda injerencia extranjera y toda satrapía local a su servicio, no es más que una imaginación de los nacionalistas.   Para Zanatta, no existe en los países poderosos ninguna intención hegemónica sobre los países débiles, ni existe el deber y la vocación de defender a la patria. Por eso afirma con ironía que los nacionalistas “creen obedecer, a las leyes de la historia que piensan custodiar, a la “liberación” que anuncian como profetas. ¿Liberación de quién? ¿Profetas de qué?”

Soslayando el hecho de que todos los países que se convirtieron en potencias lo hicieron con políticas nacionalistas, asegura que las ideas nacionalista logran “el efecto contrario al anunciado: muerte en lugar de vida, dependencia en lugar de soberanía, injusticia en lugar de equidad, pobreza en lugar de prosperidad.”   Nuestra aspiración de un destino mejor es para Zanatta “el eterno retorno del mito de la Argentina potencia en perenne guerra contra sinarquías imaginarias, víctima de tramas inventadas, blanco de enemigos en realidad indiferentes.”

Y paramos aquí porque refutar todos sus dichos tomaría más que un artículo. Por el momento basta con dejar en evidencia que todo lo dicho por este prestigioso académico es una diatriba que nace de una falacia madre, es decir que parte y se sostiene de un error, de una conceptualización falsa del nacionalismo, que le permiten sostener toda la retahíla de ganzadas y de acusaciones falsas que dice sobre el nacionalismo. Como por ejemplo la de sostener que estos gobiernos kirchneristas, que atacan todo lo que el nacionalismo defiende, tienen algo que ver con el nacionalismo.

En conclusión digamos que, como señaló con toda propiedad el historiador Javier Ruffino, al ocuparse de una de los libros de Zanatta, toda la obra de este académico tan reputado, es pura “sanata”, es decir puro discurso aburrido e insolvente. El problema es que en un país subordinado ideológicamente (como dice Marcelo Gullo) la sanata paga y se torna interminable.


*Abogado y Profesor de historia.

Publicado en revista Gladius N° 111 


sábado, 30 de junio de 2018

Aspectos sobresalientes de la obra de Don Juan Manuel de Rosas

Por: Edgardo Atilio Moreno

Si se nos pidiera resumir los principales logros, o los aspectos sobresalientes de la obra de gobierno de don Juan Manuel de Rosas; en apretada síntesis podríamos decir que este hizo cuatro cosas fundamentales:                  En primer lugar, logró la unidad nacional, conformando así a la Confederación Argentina. En segundo lugar, protegió nuestra economía, obteniendo con ello la prosperidad económica. En tercer lugar, defendió la soberanía nacional frente a las agresiones extranjeras, con lo que ganó para el país el respeto y el reconocimiento internacional; y en cuarto lugar (pero no menos importante) procuró la evangelización del pueblo argentino, instaurando en estas tierras un orden social cristiano.  En lo que atañe a la unidad nacional, la Argentina, cuando asume Rosas su primer gobierno, estaba muy lejos de conseguirla, por el contrario, se encontraba completamente desunida y en guerra civil, por culpa de los unitarios.  En efecto, el centralismo porteño y los unitarios habían llevado al país al borde de la disolución. Las provincias se levantaron contra el régimen directorial y produjeron la caída de este, lo que dio origen a la crisis del año XX; Rivadavia llevo adelante una reforma eclesiástica anticatólica y luego trató de imponer una constitución unitaria en el 26, todo esto ocasionó el levantamiento de los caudillos federales, entre ellos de Facundo Quiroga, quien enarboló el pabellón Religión o muerte, en prueba de que las diferencias entre unitarios y federales no solo eran políticas y económicas. Por entonces, y también por culpa de Rivadavia, se perdió la Banda Oriental, a pesar de haberse vencido a los brasileños en Ituzaingo. Y finalmente, en diciembre del 28 los unitarios desataron una revolución sangrienta fusilando al legitimo gobernador de Buenos Aires, Manuel Dorrego. Ese era el panorama del país: un verdadero caos, con las provincias completamente desunidas y guerreando entre sí.

           En esa situación, que presagiaba la balcanización de la argentina, dividida en una docena de republiquetas independientes; Rosas salvo la unidad nacional mediante el Pacto Federal que se firmó en 1831.

Con ese acuerdo, que unió a las cuatro provincias que no habían sido tomadas por los unitarios (Santa Fe, Entre Ríos, Buenos Aires y Corrientes) se pudo derrotar a la Liga Unitaria que había formado el general Paz, con las provincias bajo su poder. Una vez conseguida esa victoria, surgió entonces la Confederación Argentina, con la incorporación paulatina del resto de las provincias. 

El segundo aspecto que debemos destacar del gobierno de don Juan Manuel de Rosas es su protección de la economía argentina.  Las provincias del antiguo virreinato del Rio de la Plata, desde antes de mayo de 1810 (con el acuerdo Apodaca – Canning, entre España e Inglaterra) habían quedado subordinadas a los intereses económicos británicos mediante el sistema de libre comercio. Esta práctica había arruinado las economías provinciales ya que nuestras industrias artesanales no podían competir con los productos ingleses que se fabricaban en gran cantidad y a bajo costo, gracias a la revolución industrial.  Los únicos beneficiados con esto eran los comerciantes porteños y los ganaderos; lo cual provocaba una gran irritación en las provincias. Entonces Rosas, que justamente era bonaerense y ganadero, dictó, en 1835, en su segundo gobierno, la Ley de Aduana.

Con esta ley quedo prohibida la introducción al país de las mercaderías que se fabricaban aquí, y se gravó fuertemente aquellas que se podían fabricar si se daban las condiciones adecuadas.  De modo pues que con esta política proteccionista se pudo desarrollar nuestra industria, lo que trajo una gran prosperidad económica en todo el país.

Por otro lado, Rosas protegió también nuestra economía rescatando el banco de la nación que se encontraba en manos de los ingleses.

En efecto este banco, que se había creado con capitales nacionales (obtenidos con el préstamo a la Baring Brothers que solicitó Rivadavia) estaba manejado por capitalistas ingleses que tenían la mayor parte de las acciones y que podían crear moneda y manejar el crédito a su antojo. Y por supuesto lo hacían en contra de los intereses argentinos, así, por ejemplo, durante la guerra con el Brasil este banco le facilitó dinero a los brasileños para luchar contra los argentinos mientras al gobierno de Buenos Aires le negaba el crédito que necesitaba. Lo mismo hizo más adelante dándole dinero a los unitarios para derrocar a Rosas. Es decir, se trataba una entidad que era un instrumento del imperialismo, por lo que Rosas hizo lo que había que hacer, en 1836 se apoderó de él y lo puso al servicio de los intereses nacionales.

El tercer aspecto destacable del gobierno de Rosas fue su defensa de la soberanía nacional frente a las agresiones externas de las grandes potencias. En primer lugar, frente a Francia, de 1838 a 1840, y luego frente a Francia e Inglaterra, de 1845 a 1850.

Francia agredió a la Confederación Argentina con un pretexto pueril, exigiendo la derogación de una legislación de milicias, aunque sin declarar formalmente la guerra. Tomó Montevideo y sacó a Manuel Oribe, que era su gobernador legal, para poner en su lugar a Fructuoso Rivera, un hombre sinuoso, aliado a unitarios y franceses. Luego bloqueó el puerto de Buenos Aires y financió, con cuantioso dinero, ejércitos a los que denomino “Libertadores”, para derrocar a Rosas y poner un gobierno favorable a sus intereses.

Pero todas estas maniobras fracasaron. Primero porque, si bien el bloqueo impidió que ingresen recursos para poder pagar sueldos a los soldados, maestros, etc, sin embargo, las industrias que se desarrollaron gracias a la Ley de Aduana, permitieron abastecer al pueblo de lo necesario. Segundo porque la mayoría de los argentinos apoyaron al Restaurador y le dieron la espalda a los ejércitos unitarios títeres de los franceses.

Para la siguiente agresión, la anglofrancesa, Rosas se preparó mejor aún. Les prometió a los acreedores ingleses de la deuda que había contraído Rivadavia, que les pagaría, en la medida de lo posible y siempre y cuando el puerto de Buenos Aires no se encontrara bloqueado. De modo que cuando llego la escuadra invasora los “bonoleros”, (así les llama Rosas a los poseedores de los bonos de la deuda) presionaron al gobierno inglés por el cese del conflicto.

Por otro lado, la expedición le costó cara a los agresores, no solo en dinero sino también en vidas, ya que a lo largo del rio Paraná, en Vuelta de Obligado, en Tonelero, en San Lorenzo, etc, se les ofreció una feroz resistencia. De modo que los extranjeros solamente pudieron navegar el rio sin poder pisar suelo argentino. Además, no pudieron levantar como la vez anterior ejércitos auxiliares  de cipayos, pues Rosas había creado una policía que controló todos los movimientos de los unitarios y les infundio el terror, un terror que (aunque la historia oficial diga lo contrario) más que de sangre fue psicológico, producido con medios extraordinarios como los canticos de los serenos que prometían la muerte a los traidores.

De modo pues que Rosas salió triunfante de esta guerra y en el tratado de paz que se firmó pudo incluso exigir que los agresores imperialistas saludaran nuestra enseña patria con veintiún cañonazos, a modo de desagravio.

Todos estos pormenores fueron seguidos desde Francia por el máximo héroe de la patria, el Gral. San Martin, con mucha atención y satisfacción. Y raíz de ello le escribió a su amigo Guido diciéndole que ahora las naciones poderosas del mundo han aprendido que los argentinos no somos empanadas que se comen con solo abrir la boca.

Por último, respecto a su obra como gobernante cristiano, antes que nada, conviene aclarar que Rosas no fue un santo, aunque ciertamente el sacerdote que lo asistió en sus últimos años en Inglaterra dijo que era un hombre muy religioso, caritativo y generoso.

Dicho esto, no hay dudas que se comportó como un verdadero gobernante católico, defendió la religión, promovió la evangelización del pueblo, y veló permanentemente por la moral cristiana. Todo ello surge de sus declaraciones, de sus decretos y de muchos de sus actos concretos. La Confederación bajo su mando fue un estado católico. Cuando asumió al poder por segunda vez, en su proclama lo dijo claramente: “nuestra causa es la de la religión…” Sus decretos castigaban severamente la blasfemia y el sacrilegio, mandaban que los maestros y directores de las escuelas sean católicos y que enseñaran el catecismo; prohibía tener abierto los negocios los días domingos y fiestas de guardar, etc,. En una carta a Facundo Quiroga le dijo: “la consideración a los templos del Señor conviene acreditarla. Antes de ser federales éramos católicos”, consecuentemente, contribuyó, hasta con su propio bolsillo, para que se construyan y se reparen templos. Todo esto obviamente concitó el apoyo casi unánime del clero católico.

Por eso, ciertos historiadores lo acusaron de usar a la Iglesia a su favor, lo que no es cierto pues Rosas era sinceramente católico e hizo lo que estaba convencido que un gobernante católico tenía que hacer. No busco maquiavélicamente tener a la Iglesia de su lado, sino simplemente ser coherente con su fe en el ejercicio del cargo en el que la Divina Providencia lo puso. De modo que bien merecido tiene por ello el título de Príncipe Católico.    

 

BIBLIOGRAFIA

Altamirano, Alejandro. Rosas príncipe católico. Revista Verbo N° 297

Caponetto, Antonio. Notas sobre Juan Manuel de Rosas

Garda Ortiz, Ignacio. Rosas, síntesis cronológica. Revista Verbo N° 297

Galvez, Manuel. Vida de don Juan Manuel de Rosas

Ibarguren, Carlos. Juan Manuel de Rosas, su vida, su drama, su tiempo.

Rosa, José Maria. Historia Argentina.

 

 

lunes, 19 de mayo de 2014

LAS FALACIAS DE ROBERTO AZARETTO SOBRE LA VUELTA DE OBLIGADO

Por el Dr. Edgardo Atilio Moreno 


En el Nº 45 de la revista “La Fundación Cultural”, se publicó un articulo titulado “La batalla de la Vuelta de Obligado y la supremacía porteña”. Su autor, el recientemente incorporado a la Academia Argentina de Historia, Roberto Azaretto, tiene editados varios libros; entre los cuales se destacan “Historia de las fuerzas conservadoras”; “Ni década, ni infame” y  “Federico Pinedo, político y economista”. Obras estas que, por sus títulos nomás, nos dan una idea del pensamiento político de dicho escritor y de la escuela historiográfica a la que adhiere. En efecto, Azaretto es un historiador tributario de la llamada Historia Oficial. Aunque a decir verdad trata de disimular su filiación siguiendo la línea inaugurada por Emilio Ravigniani con su Nueva Escuela Histórica. Es decir,  toma distancia de los liberales mas extremos y de la historiografía canónica que nos legara Mitre, Levene y compañía, sin dejar de lado su ideología y su aversión por el revisionismo.Esta estrategia, que le permite a los autores liberales pretender ser mas ecuánimes, honestos y abiertos, los habilita también para abordar temas que hoy por hoy resultan imposible seguir ocultando. La trampa esta en que al hacerlo conservan intacto el mismo enfoque antinacional de siempre; por lo que en definitiva la postura es la misma, solo que matizada y camuflada.   Ciertamente, en estos relatos ya no campean las mentiras más groseras de antaño, ni el odio desembozado a la figura de Rosas; no obstante ello la historia que se nos cuenta sigue estando al servicio de intereses foráneos y partidarios ajenos al bien de la Nación. Y es que el eje de esta historiografía se ha desplazado. Ya no descansa tanto sobre el ocultamiento o falseamiento de los hechos, sino más bien sobre los sofismas y los razonamientos falaces. Es decir –y hablando más “científicamente”- las falencias más notorias que ahora exhiben son más de índole hermenéutico que heurístico.  Así entonces, en el articulo de marras, Azaretto nos advierte que “comparar, como lo hace Pacho O Donnell, los sucesos de 1845 con la gesta de San Martín y el cruce de los Andes es ridículo”. Es mas,  considera que la decisión de Rosas de hacer frente a las incursiones extranjeras fue un “disparate”, y que el general Mansilla solo aceptó ponerse al mando de las tropas de la Confederación por “el gran amor a su esposa”; Agustina Rosas, la hermana menor del Restaurador.  Para mayores antecedentes agrega que Rosas ya había demostrado su “ineptitud” militar cuando hizo la campaña al desierto, pues en la misma “solo se cumplió la parte que le interesó a su provincia, dejando a las provincias cuyanas y a Córdoba con la indiada amenazando las estancias y poblados como antes.”  Luego -y dejando de lado estos detalles menores-, Azaretto pasa a lo que más les importa a los liberales, es decir, a cuestionar la política económica que llevó adelante don Juan Manuel. 
Así sostiene que Rosas “montó un aparato militar para someter a los pueblos del interior a la hegemonía porteña, financiado con las rentas del monopolio portuario porteño”, y que  “La famosa Ley de Aduana no tuvo efectos en el interior y los aportes a las provincias fueron mezquinos…” 
La otra historia de la Vuelta de Obligado - Política | Diario La ...
Fundamentando su concepción económica afirma “que el progreso requiere la apertura de los mercados y la incorporación del mundo a la producción”; y se pregunta si ¿es nacional prohibirle a las provincias que utilicen sus puertos para exportar e importar sus productos?   Finalmente, y para rematar su crítica afirma maliciosamente que los intereses del Restaurador “están vinculados a los ingleses” y que “en su momento negoció el pago de la deuda por territorio, ofreciendo el reconocimiento de la soberanía inglesa en las Malvinas a cambio de la cancelación del empréstito contraído con Barings Brothers”.  Con las citas hasta aquí transcriptas basta ya para mostrar que este artículo no es más que una repetición de los viejos lugares comunes del antirosismo,  y de los caducos sofismas del liberalismo; más algún otro de renovado cuño. En consecuencia todo lo dicho ya fue refutado prolijamente por los historiadores revisionistas. No obstante ello, y a riesgo de ser tediosos, digamos lo siguiente:  En primer lugar, no nos sorprende para nada que el autor, al igual que todos los adalides de la “Civilización” y el “Progreso”, insista en hacernos creer que la acción del imperialismo -que se encubre con el eufemismo de la apertura al mundo-, es en realidad una influencia benéfica para nuestra Patria; lo que si indigna es que se sugiera que la defensa de la soberanía que llevó adelante el Ilustre Restaurador fuera en realidad una impostura, atento a que este tenia negocios con las potencias en cuestión. Incalificable acusación formulada en contra un hombre que no solo no se enriqueció en la función publica sino que por el contrario se empobreció merced a ella. Ejemplos de cómo sacrificó su peculio por el Bien Común los hay a montones; aunque la mentalidad crematística y egoísta de los liberales no los comprenda.  Para colmo Azaretto -en una concesión al marxismo- pretende adscribir a Rosas a la oligarquía; entendiendo por oligarquía a la clase terrateniente; sin percibir que la oligarquía mas que una clase social, es un estado espiritual y mental producto de la adhesión a una ideología antinacional, que trae consecuencias de distinta índole.   
Ni Década Ni Infame Del 30 Al 43 - C. Aguinaga Y Azzaretto - $ 400 ...
Además no se entiende como desde el liberalismo se puede criticar las negociaciones por el pago de la deuda externa, cuando son sus representantes los principales gestores del sometimiento a la usura internacional. Por otro lado, si bien Rosas se ocupó del tema, sin embargo no pagó un solo peso a los usureros y es bien sabido que la oferta de vender las islas Malvinas era al solo efecto de que el usurpador reconociera que no era el legitimo propietario de ese territorio irredento.  La otra cuestión, es decir, la del supuesto sometimiento de las provincias al gobierno porteño, realmente es antojadiza. Rosas, a diferencia de los unitarios y los liberales, siempre respetó las autonomías provinciales y nunca impuso por la fuerza gobernadores ilegítimos que le  fueran adictos. Si así hubiera obrado, los pueblos del interior no lo habrían respaldado cuando se enfrentó a la agresión externa. Actitud esta que no solo se explica por el patriotismo de aquello hombres sino también por que la política proteccionista de Rosas con su ley de aduanas les garantizaba la prosperidad económica.   Además el Restaurador permitió a las provincias que  manejen sus propias economías, que recauden sus propios impuestos, y  que dispongan de sus propios recursos financieros; acudiendo en su ayuda cada vez que fuera menester. Todo ello en armonía con el Bien Común de la nación; al cual también se subordinaban los intereses legítimos de la provincia de Buenos Aires; no como los unitarios que aprovecharon los recursos aduaneros en exclusivo provecho propio.  Pero yendo a la hipótesis del articulo, es decir, a la peregrina idea de que la batalla de Vuelta de Obligado carece de importancia alguna; seamos honestos, no es Pacho O Donnell quien compara este hecho histórico con la gesta de San Martín; es el propio San Martín quien lo hace cuando en carta a Guido expresa que dicha contienda es “de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de España”, manifestando además su deseo de ponerse al servicio de la Confederación que presidía don Juan Manuel. Y esto lo sabe cualquier aficionado a la historia desde que el revisionismo difundió sus hallazgos historiográficos. Y decimos desde entonces por que no es como dice Azaretto que siempre se enseñó en las aulas la batalla de Vuelta de Obligado; eso es falso, nunca –antes del accionar revisionista- escolar alguno escuchó hablar de aquella gesta y de su valor; por el contrario solo se les inculcó dogmáticamente una retahíla de mentiras sobre aquella época gloriosa. Sin embargo este autor, en su afán de escamotear meritos a Rosas aborda el tema obviando la postura que nuestro máximo héroe, el gral. San Martín, tenía al respecto. Es mas tiene la osadía de calificar de disparate a la decisión de hacer la guerra al invasor. Da la impresión que ignora que la política y la guerra van de la mano, parece que desconoce el viejo axioma según el cual la guerra es la continuación de la política por otros medios. Si su hermenéutica fuera correcta comprendería que la decisión guerrera del Restaurador, en el marco de su estrategia política, fue acertadísima. Pero claro, el animus injuriandi  nubla la visión. Por eso pretende abonar su falacia trayendo a colación una supuesta ineptitud de Rosas, demostrada ya en  ocasión de organizar la Campaña al Desierto. Como si no fuera sabido que aquella empresa tan necesaria, en la que don Juan Manuel puso tanto esfuerzo, quedó incompleta no por su culpa sino por el sabotaje de sus enemigos políticos. Y de esta crítica denigratoria no se salva ni el bravo Mansilla. Azaretto lo hace marchar a la guerra por “obediencia debida” a su esposa, cual si fuera un pobre “varón domado”. Por poco no dice que la vibrante arenga que este pronunció al comenzar la batalla se la obligaron a decir. A estos extremos se llega en el afán de ocultar que la batalla de Obligado marca un hito en el empeño de los argentinos de ser una nación soberana. Y aunque el resultado final de aquella gesta demuestra que el plan de Rosas fue un éxito, nuestro historiador liberal no se amedrenta y atribuye el fracaso de la expedición pirata a otras causas. Sostiene que se debió a las dificultades en la navegación del Paraná, “pues es un río sin obras de dragado ni señalización”, y a que las poblaciones tenían “poco poder de compra”. Concluyendo  que la batalla fue “un derroche de heroísmo”, es decir que se luchó al cuete, igual que en Malvinas, “esa aventura absurda  hija del nacionalismo fascista”, según sus palabras.  Y aquí mostró ya la hilacha Azaretto. Efectivamente, como se sabe impugnado y refutado de antemano arremete contra el revisionismo con el gastado pero siempre efectivo recurso de vincularlo al nacionalismo fascista. Y así dice que “el crimen del viejo revisionismo es que dio sustento intelectual a las corrientes antidemocraticas, pro militaristas y clericales que admiraban a países atrasados como la España y el Portugal de Franco y Salazar”.  Ya Antonio Caponnetto en su monumental obra “Los críticos del revisionismo histórico” refutó magistralmente este lugar común, así como todas las acusaciones que lanzaron los enemigos del revisionismo; y probó mas allá de toda duda que el revisionismo histórico argentino no necesariamente se identifica con el nacionalismo, y menos con el fascismo, el cual es anterior e independiente a el. Además el nacionalismo católico jamás se manifestó contrario a la verdadera libertad, o a la forma republicana de gobierno. Nunca apostó al totalitarismo, y ni siquiera de la dictadura como forma permanente de gobierno. Todo esto debería saber Azaretto si conociera los textos de los autores revisionistas o al menos si se hubiera tomado el trabajo de leer la silenciada obra de Caponnetto.  Pero no queremos terminar estas líneas con un autor favorable sino con uno más del agrado de los liberales que sorpresivamente hecha por tierra las pretensiones escamoteadoras de la verdad histórica de la Historia Oficial, cosa que Azaretto niega. El mismo Juan Bautista Alberdi en sus “Escritos Póstumos”, dirá: “En nombre de la libertad y con pretensiones de servirla, nuestros liberales, Mitre, Sarmiento o Cía, han establecido un despotismo turco en la historia, en la política abstracta, en la leyenda, en la biografía de los argentinos. Sobre la Revolución de Mayo, sobre la guerra de la independencia, sobre sus batallas, sobre sus guerras, ellos tienen un alcorán que es de ley aceptar, creer, profesar, so pena de excomunión por el crimen de barbarie y caudillaje”. Y ese despotismo turco en nuestra historia aun sigue vigente.
Antonio Caponnetto – Lo nacional y popular? | Debatime - Un sitio ...

lunes, 16 de diciembre de 2013

Las falacias de Banegas Lynch (h) sobre Rosas

Por el Dr. Edgardo Atilio Moreno

El economista liberal Alberto Banegas Lynch (h) escribió un articulo titulado “Juan Manuel de Rosas: perfil de un tirano”; que se publicó el 9 de febrero del 2012, en el blog del Centro Para la Prosperidad Global “The Independent Institute”, y en otros sitios de Internet como “libertadyprogresonline.org”.
La nota, de entrada nomás, se despacha con los típicos insultos a la figura del ilustre Caudillo. Con la misma mesura y honestidad de los unitarios del siglo XIX, Lynch considera a Rosas un tirano y un imitador de Caligula. A partir de semejante introito uno se da cuenta que nada serio y objetivo podrá encontrar en ese texto; no obstante ello, y desafiando lo aconsejable para estos casos, nos adentramos en su lectura.
¿Y que es lo que encontramos a continuación? Una trascripción de los argumentos en contra de Rosas que escribió el historiador Isidoro Ruiz Moreno en el diario La Nación del 8 de noviembre de 1999, y que fueron oportuna y prolijamente refutados por el Instituto Juan Manuel de Rosas, en su Revista Nº 57 de octubre/diciembre de 1999.
En aquella nota Ruiz Moreno decía que Rosas “se declaró enemigo de la gesta independentista de 1810 tal como él mismo lo especificó posteriormente en un discurso el 25 de mayo de 1837”.
Pues bien, si uno lee aquel famoso discurso del Restaurador, no tiene la menor duda de que este historiador liberal hace una pésima interpretación del mismo. A decir verdad hay que tener mala fe para encontrar allí una oposición a la gesta independentista; por el contrario, esta clarísimo que Rosas apoyó y reivindicó el Mayo que se desenvolvió fiel a nuestra tradición histórica, y que solo repudió al Mayo masónico y jacobino de los liberales.
Así mismo afirma que “cuando se produjeron las invasiones inglesas, Rosas se retiró a su estancia”. Esto de ser cierto no seria para nada condenable, atento a que por entonces don Juan Manuel era casi un niño; sin embargo es bien sabido, y esta perfectamente documentado, que no obstante su edad combatió en aquellas gloriosas jornadas, y lo hizo con bravura (ver: carta de Liniers a los padres de Rosas y lo dicho por Saldias).
Por otro lado, también le reclama a Rosas que “inició una guerra no declarada con Bolivia que descuidó de tal manera que se perdió Tarija”.  Otra extravagancia. ¿De donde tanta preocupación de un liberal por la perdida de territorios cuando sus principales ideólogos no se cansaron de predicar que el mal que aqueja a la argentina es la extensión, y en virtud de ello perdimos el Alto Peru, Paraguay, la Banda Oriental, las Misiones Orientales, el Estrecho de Magallanes, etc.?
Lo de la guerra con Bolivia se debió a que el dictador boliviano apoyaba a los unitarios de Salta y Tucumán, y pretendía además incorporar estas provincias a sus dominios. Por cierto que hay también ciertas razones de “pesos”, que extraña que los liberales las soslayen siendo que son tan afectos a las cuestiones crematísticas y desprecian como de un anacrónico nacionalismo todas aquellas que tengan que ver con la Unidad Nacional, la Soberanía y el Honor Nacional; nos referimos aquí a los perjuicios económicos que sufría nuestro país por culpa del gobierno de Santa Cruz, que gravaba con un impuesto del 40% las mercaderías destinadas a ultramar introducidas a Bolivia desde las provincias argentinas. (Ver por ejemplo carta de Heredia a Rosas del 21/01/1837).
Mas adelante, Ruiz Moreno nos recuerda que Rosas “en 1838 propuso ceder las Malvinas a los acreedores ingleses”. Viejo lugar común de la historia oficial explicado mil veces.
En realidad existen solo dos borradores confidenciales (que estrictamente hablando no tienen mucho valor como documentos pues no cumplen con los requisitos que exige la critica externa e interna) en los que se habla de indemnización y transacción respecto a las islas. Se trataría en todo caso de un proyecto de propuesta que no llegó a concretarse y que tenía como finalidad hacer reconocer a los ingleses que no eran propietarios de las Islas, pues eventualmente estarían dispuestos a comprarlas. Pensar de otra forma es creer que quien constantemente defendió nuestra soberanía en otras ocasiones, en esto actuaría en forma diferente. Solo el odio a Rosas puede mover a eso. 

Luego Ruiz Moreno toca el tema del bloqueo francés, y aquí nos muestra todo su patriotismo. Al igual que sus antepasados ideológicos se pone de lado de Francia, y dice que Rosas lo estimuló “para desviar la atención de los problemas internos”. La verdad de los hechos es que Francia buscaba hace tiempo una excusa para intervenir (Manuel Belgrano desde Londres ya lo advertía en 1833); por eso los agresores presentaron una nota inaceptable reclamando la libertad de unos franchutes delincuentes comunes, la destitución de quienes los arrestaron, la baja de dos milicianos franceses, y el trato de nación mas favorecida. Una insignificancia, al parecer, para el académico de marras; quien además nos informa que en “el tratado Makau-Arana se aceptaron los reclamos franceses”; aunque parece que los franceses y los unitarios no se enteraron de ello, ya que hasta el mismísimo Florencio Varela dijo: “Bochornoso es comparar el ultimátum de la Francia del 23 de septiembre de 1838 con lo que se ha conseguido”… “En una palabra, lo único que se ha conseguido es el reconocimiento de un principio que no hay que registrar en un tratado, porque el que perjudica a otro le debe indemnización”. Ironías aparte, no hay dudas que un historiador tiene que ser muy miope como para no ver todo lo que la Confederación Argentina obtuvo en ese Tratado. Claro que el animus injuriadi lo puede todo.
Así pues, Ruiz Moreno prosigue con su retahíla de falacias y a continuación  recurre al ya polvoriento reproche según el cual “Rosas firma el Pacto Federal por el que se comprometió a convocar a un Congreso Constituyente, lo cual nunca cumplió”. Bueno, habría que notificarle a este hombre que el Pacto Federal no habla para nada de un Congreso Constituyente, solo de una Comisión Representativa, e invita a las provincias a reunirse cuando esten en “plena libertad y tranquilidad”.
Por fin termina sus dichos con la cantinela de que Rosas  “gobernó al país bajo un régimen de terror, en un sistema unitario centralizado y que nunca visitó el interior del país, salvo una vez a Santa Fe”. ¿Que documentación aporta?, ninguna, solo sus propias palabras. Y ya sabemos que lo que gratuitamente se afirma, gratuitamente se niega.
A todo esto Banegas Lynch, para rematar su libelo, nos deja una truculenta serie de citas injuriantes al Restaurador proferidas por personajes como Mitre, Echeverria, Sarmiento y Levene; como si tuvieran algún valor probatorio los dichos sin fundamento de sus mas acérrimos enemigos; los cuales además fueron los responsables de la falsificación de nuestra historia. Hacer eso es querer probar una mentira citando a la propia mentira. 

Inclusive mete en esa misma bolsa putrefacta al general San Martin citando una supuesta carta a Gregorio Gomez del 21 de septiembre de 1839 en la que este desaprueba cierta actitud persecutoria de Rosas respecto de algunas personas de las cuales el Libertador tenia buen concepto; carta que tal como ha sido probado por el historiador Eros Nicola Siri es apócrifa, y que además aunque no lo fuera, esta totalmente descontextualizada.
Si se quiere saber realmente lo que pensaba San Martín de Rosas, hay numerosos documentos al alcance.  En ellos se puede constatar que el Libertador aprobaba “con placer” el gobierno “firme” de Rosas (carta a Tomas Guido del 6 de abril de 1830), y consideraban que no había otra forma de “cortar los males que por tanto tiempo han afligido a nuestra desgraciada tierra, que el establecimiento de un gobierno fuerte, o más claro, absoluto, que enseñase a nuestros compatriotas a obedecer” (carta a Guido del 17 de diciembre de 1835).
En esas cartas que la historia oficial trató de ocultar esta clarísimo no solo que el Libertador apoyaba la obra de Rosas sino que condenaba a los unitarios que se unían a las potencias extranjeras. En efecto en una carta del 10 de junio de 1839 decía: “lo que no puedo concebir es el que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su Patria… una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer”. En otra, del 2 de noviembre de 1848, se alegraba por los triunfos del Restaurador diciéndole: “a pesar de la distancia que me separa de nuestra Patria, usted me hará justicia de creer que sus triunfos son un gran consuelo pa mi achacosa vejez”.
Están también –obviamente- las cartas en las que San Martín apoya la forma en que Rosas defendió nuestra soberanía. En ellas además se puede ver la confianza que tenia en el Restaurador. En una decía por ejemplo: “yo estoy tranquilo en cuanto a las exigencias injustas que puedan tener estos gabinetes, por que todas ellas se estrellaran contra la firmeza de nuestro don Juan Manuel” (carta a Guido del 27 de diciembre de 1847).
Y tenemos sobretodo el Testamento del Libertador; en el cual dispone que: “El sable que me ha acompañado en toda la Guerra de la independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina Don Juan Manuel de Rosas, como prueba de satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido, el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que tratan de humillarla”. Este acto jurídico de gran trascendencia aventa cualquier duda al respecto y constituye el mayor halago y tributo que argentino alguno pueda haber recibido.
Y una cosa más. San Martín al final de su vida le dirá a Rosas lo siguiente: “...como argentino me llena de un verdadero orgullo al ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor, restablecidos en nuestra querida patria: y todos esos progresos efectuados en medio de circunstancias tan difíciles en que pocos estados se habrán hallado. Por tantos bienes realizados, yo felicito a Ud. Sinceramente… Que goce Ud. de salud completa y que al terminar su vida pública sea colmado del justo reconocimiento de todo argentino. Son los votos que hace y hará siempre a favor de Ud. éste su apasionado amigo y compatriota que besa sus manos” (6 de mayo de 1850).
Que sigan pues los liberales con sus injurias, falacias, y ocultamientos. Nosotros en tanto seguiremos cumpliendo los deseos postreros del general don José de San Martín: colmando a don Juan Manuel del “justo reconocimiento” que se merece.

sábado, 28 de mayo de 2011

La infamia de Caseros


Por Edgardo Atilio Moreno

El 3 de febrero de 1852 la Confederación Argentina, que conducía legítimamente y conforme a derecho don Juan Manuel de Rosas, cayó derrotada en los campos de Caseros frente a la infame coalición que conformaron brasileños, orientales y urquicistas.
Aquella tragedia, que marcó a fuego nuestro destino nacional, fue el fruto de una trama perversa comenzada varios años atrás.
En efecto, nuestro enemigo histórico en la región, el Imperio del Brasil, hacia tiempo que estaba preocupado por que el gobierno de Rosas se había convertido en un escollo insalvable para sus ambiciones expansionistas, de modo tal que ordenó a su hábil diplomacia que encontrase la forma de derrocar al Ilustre Restaurador de las Leyes y el Orden.
En esto los brasileños coincidieron con los intereses económicos y geopolíticos de los ingleses, los cuales no cejaban en su intento por imponer la libre navegación de nuestros ríos interiores y el sistema de librecambio.
Para tales fines, los imperiales comprendieron que debían ganarse el apoyo de los enemigos internos de Rosas. Su presa mas codiciada fue el general Justo José de Urquiza, a la sazón gobernador de la provincia de Entre Ríos y a cargo del ejercito mas poderoso que disponía la Confederación Argentina.
Con ese afán ya en 1850 habían tentado al caudillo entrerriano solicitándole su neutralidad ante una eventual invasión al territorio argentino; oportunidad en la cual Urquiza supo contestar que no podía tomar tal actitud sin traicionar a su Patria.
Sin embargo, poco tiempo después, su forma de ver las cosas cambiaria. Razones de peso -o mejor dicho de pesos- influirían en ello. Y es que don Juan Manuel había resuelto poner fin al comercio espurio que había enriquecido al entrerriano.
Como bien lo explica el historiador José María Rosa, la política económica proteccionista que impulsó don Juan Manuel -instrumentalizada principalmente con la Ley de Aduana-, si bien protegió y dio un gran impulso a la actividad industrial en las provincias del interior –desencadenando así las agresiones anglofrancesas que culminaron en la Vuelta de Obligado-, sin embargo se convirtió en una molestia para los negocios personales de Urquiza.
Y aunque todos los gobernadores conservaron el derecho de adoptar las medidas económicas que deseen para sus provincias, siempre y cuando no perjudicaran a la Confederación; además de tener sus propias aduanas interiores y exteriores, sin que Buenos Aires obtuviera ninguna renta que les correspondieran a ellas; el caso es que Urquiza fue mas allá, en pos de su interés personal, abasteciendo a Montevideo, plaza enemiga sitiada por la Confederación, así como traficando oro y transgrediendo la ley de aduana en detrimento del bien común de los argentinos.
Su mismo secretario personal, Nicanor Molina reconoció que “Al pronunciamiento se fue porque Rosas no permitía el comercio del oro por Entre Ríos”. Claro que Urquiza debió encubrir esas motivaciones y alegó que se pronunciaba en contra de Rosas para dar al país una Constitución y terminar con la tiranía. Cuestiones que nunca antes le habían interesado y que tampoco podían justificar que un general de la Nación se una a los enemigos de la Patria con el objeto derrocar un gobierno e imponer otro ajeno a los intereses nacionales.
Así fue que, con ese pecado original –crimen de lesa patria-, se llegó al oprobioso 3 de febrero de 1852 y a la derrota inevitable de la Confederación Argentina frente a fuerzas mucho más poderosas. Fuerzas que dicho sea de paso habían sido financiadas por el enemigo extranjero poniéndose el patrimonio nacional como garantía del pago por dicha ayuda.
La ola de crímenes que se desató inmediatamente después de esta batalla fue otro baldón en dicho proceso, y fue un ejemplo más del proceder consuetudinario de unitarios y liberales en nuestra Patria. Más de 600 asesinatos en la ciudad de Buenos Aires, acompañados de toda clase de vejámenes a la población civil. Miles de ejecuciones en la campaña; toda una división del ejercito federal –la división Aquino- pasada por las armas; el coronel Chilavert y cientos de los héroes que lucharon en la Vuelta de Obligado asesinados cruelmente por los vencedores de Caseros.
El proceder de estos “iluminados”, que decían luchar contra la tiranía y el terror, y que prometían traernos los beneficios de la civilización; así como todo lo que vino después de Caseros, justificaría aun más todo lo hecho por don Juan Manuel de Rosas.
Las consecuencias de tal ignominia serian tristes, gravísimas y perdurables.
Por lo pronto, con la batalla de Caseros, Brasil salvó su destino y lavó sus afrentas. El hecho de que si bien la misma tuvo lugar el día 3 de febrero y que sus tropas esperaran hasta el día 20 de ese mes –aniversario de nuestra victoria en Ituzaingo- para recién entrar desfilando victoriosas en Bs As., lo dice todo.
Pero lo más grave fue que para la Nación Argentina Caseros vino a ser el comienzo de su declive nacional. Este hecho significó la interrupción de aquella empresa común iniciada en 1550 con la fundación de la ciudad de Santiago del Estero; determinó la ruptura de nuestra tradición histórica y el aborto de nuestro destino de grandeza.
A partir de entonces se comenzó a inventar un nuevo país, una antiargentina, de espaldas a la Argentina real y en contra de su verdadero Ser nacional.
El país que nació de aquel oprobio se edificaría conforme a los dictados de la masonería internacional y respondería a los intereses del imperialismo anglosajón.
El Estado que se organizará será la base del actual sistema de dominación que asegura el gobierno de los peores y la sumisión de nuestra Patria al capital financiero internacional.
El modelo económico a implantarse de aquí en más se encargará de transferir nuestras riquezas al extranjero; y nuestra cultura hispano católica y criolla sufrirá el embate de la cosmovisión materialista, laicista y liberal que transmiten las logias masónicas
.
Incluso el repudio a lo autóctono llegó a tal punto que se intentó implementar un verdadero genocidio con nuestro pueblo criollo a los efectos de reemplazarlo por una inmigración anglosajona y protestante que gracias a Dios no arribó a estas tierras. De todos modos, aquellas matanzas sistemáticas de gauchos habrían de afectar la sicología del arquetipo del hombre argentino, contribuyendo a la perdida de nuestro antiguo espíritu heroico y digno.
Ese espíritu fundacional perdido -pero materialmente vivo-, justamente es lo que los nacionalistas debemos recuperar para que volvamos a tener una Nación grande, fuerte e independiente, como la de los tiempos de don Juan Manuel; y para que los felones de hoy –del mismo linaje de los de Caseros- tengan su merecido.

miércoles, 30 de junio de 2010

URQUIZA SE BUSCA... PARA RENDIR CUENTAS

Edgardo Atilio Moreno

En un artículo titulado “Urquiza se busca”, el escritor liberal Alejandro Poli Gonzalvo hizo un encendido panegírico del General Justo José de Urquiza. La nota de marras fue publicada en el diario “La Nación” del 26 de octubre de 2010, y en ella el autor sostiene que el caudillo entrerriano tuvo “la grandeza de acordar con el oponente en beneficio del valor superior de la nación”; que fue un “verdadero estadista”; que en pos de sus ideales abandonó su posición partidista; que superó las discordias que aquejaban a nuestro país; y que estaba “exento de revanchismos hacia quienes fueron sus enemigos”; entre otros elogios similares. Lo insólito es que toda esta glorificación viene al caso por el hecho de que Urquiza derrocó a don Juan Manuel de Rosas, y se arregló con Mitre y los liberales. Obviamente el autor no tiene en cuenta que al hacer esto el entrerriano, primero traicionó a su Patria, uniéndose a un enemigo exterior; y luego abandonó a un destino de muerte y padecimiento a aquellos que confiaban en él. Es decir el elogio es completamente improcedente, y la realidad es que Urquiza fue todo lo contrario de lo que se quiere retratar.
Este caudillo cuando se pronunció en contra de Rosas no lo hizo teniendo en cuenta el interés supremo de la Nación, sino sus intereses personales. Lo que buscó fue conservar su inmensa fortuna, amasada en gran parte con negocios turbios, y conservar el poder omnímodo que tenía en su provincia. Su mismo secretario personal, Nicanor Molina, dio testimonio de ello al decir que “al pronunciamiento se fue porque Rosas no permitía el comercio del oro por Entre Ríos”. Por otro lado Urquiza no abandonó su posición partidista —como dice Gonzalvo— movido por ideales sino por los patacones con que los brasileños lo compraron. Y esto no es algo que afirmen gratuitamente los revisionistas sino que lo reconoce expresamente un antirrosista como Domingo Faustino Sarmiento en una carta que le envió al entrerriano, el 13 de octubre de 1852, en la cual le enrostra que conocía las razones por las que entró en la alianza en contra de Rosas, y que se le cayó la cara de vergüenza cuando los brasileños le dijeron "¡Sí, los millones con que hemos tenido que comprarlo para derrocar a Rosas! Todavía después de entrar a Buenos Aires quería que le diese los cien mil duros mensuales mientras oscurecía el brillo de nuestras armas en Caseros para atribuirse él solo los honores de la victoria.”
Y lo más grave es que Urquiza fue plenamente conciente de que lo que hizo configuraba el delito de traición, pues en una oportunidad anterior —en 1850— cuando los brasileños lo tentaron para que fuera neutral en la guerra contra la Confederación les supo contestar que hacer tal cosa era traición a la Patria, y que llegado el caso estaría “al lado de su honorable compañero el gran Rosas”.
Por otro lado tampoco es cierto que Urquiza, luego de perpetrada su infamia haya superado las discordias y estuviera exento de revanchismos. La prueba está en lo que hizo después de Caseros.
Luego de esa batalla, por orden suya fueron ejecutados todos los prisioneros del regimiento de Aquino; él mismo mandó a fusilar al coronel Chilavert (un héroe de Ituzaingó y Vuelta de Obligado); y con su consentimiento degollaron al coronel Santa Coloma; por citar algunos de los tantos crímenes de los cuales es responsable.
Y sobre esto también hay muchos testimonios, entre ellos esta el de un general de su propio ejército, Cesar Díaz, quien en sus memorias relata que: “Un bando del general en jefe había condenado a muerte al regimiento del coronel Aquino, y todos los individuos de ese cuerpo que cayeron prisioneros fueron pasado por las armas. Se ejecutaban todos los días de a diez, de a veinte y más hombres juntos… Los cuerpos de las víctimas quedaban insepultos, cuando no eran colgados de algunos de los árboles de la alameda que conducía a Palermo. Las gentes del pueblo que venían al cuartel general se veían obligadas a cada paso a cerrar los ojos para evitar la contemplación de los cadáveres desnudos y sangrientos que por todos lados se ofrecían a sus miradas; y la impresión de horror que experimentaban a la vista de tan repugnante espectáculo trocaba en tristes las halagüeñas esperanzas que el triunfo de las armas aliadas hacía nacer.”
¿Y qué ganó con todo esto el “gran estadista”? que el Brasil logre sus objetivos estratégicos; que nuestro país pierda la soberanía sobre sus ríos interiores; que se destruya nuestra industria con la derogación de la Ley de Aduanas; que se desate una tremenda crisis financiera; que se rompa la unidad nacional con la separación de Buenos Aires de la Confederación; y que por todo nuestro territorio se instale un régimen de terror y sangre.
Por su culpa se acabó con la paz y la unidad que había logrado conseguir Rosas. Por su defección los unitarios y liberales arrasaron la campaña de Buenos Aires, e invadieron las provincias masacrando a todos los opositores, ya sean jefes prestigiosos o simples gauchos pobres.
En Jujuy, fusilaron al gobernador rosista José Mariano Iturbe, a pesar de que había renunciado a su cargo tras enterarse de la victoria de Urquiza.
En 1856, el gobernador de Buenos Aires, Pastor Obligado, ordenó a Mitre “pasar por las armas” sin juicio previo al general Jerónimo Costas y a más de un centenar de sus hombres, por haber intentado reintegrar esa provincia a la Confederación.
En San Juan asesinaron al general Benavides, a quien tenían preso, en medio de todo tipo de suplicios. El mismo destino tuvo el gobernador Virasoro, derrocado y asesinado por instigación de Sarmiento y Mitre en 1860.
Y lo peor vino después de Pavón. Cuando victorioso Mitre, gracias a que Urquiza le entregó la victoria cumpliendo un pacto masónico; los liberales sembraron el terror por todo el país.
De esos tiempos es la famosa carta en la que Sarmiento le aconsejaba a Mitre que no economizara sangre de gauchos, que era lo único que estos tenían de humano.
Cumpliendo esas indicaciones, Venancio Flores degolló a cientos de federales en Cañada de Gómez; y a ese hecho le siguieron atrocidades similares en Córdoba, San Luis, Mendoza, San Juan, La Rioja.
Por ello es que reaccionaron el Chacho Peñaloza y Felipe Varela. Y pagaron muy caro hacerlo. La Rioja fue asolada y el Chacho asesinado, para felicidad de Sarmiento. Las tropas “civilizadoras” pasaron por las armas a todo prisionero que tomaron en aquella provincia, y vejaron a toda la población civil que sospechaban hostil.
Y mientras las tropas mitristas —en plena vigencia de la Constitución—, desataban este baño de sangre en el país, Urquiza les dio la espalda a quienes confiaban en él, y se quedó en su palacio cuidando de sus negocios.
Sobre la paz de este cementerio se instaló el Estado anti-nacional que querían el liberalismo, la masonería y el capitalismo internacional.
Y ese es el hombre que Gonzalvo exalta, y al que considera un verdadero federal. Por algo José Hernández supo decir: “Urquiza, era el gobernador tirano de Entre Ríos, pero era más que todo, el jefe traidor del gran partido Federal, y su muerte mil veces merecida, es una justicia tremenda y ejemplar del partido otras tantas veces sacrificado y vendido por él”.