Rosas

Rosas
Mostrando entradas con la etiqueta Ibarra Juan Felipe. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ibarra Juan Felipe. Mostrar todas las entradas

viernes, 10 de junio de 2022

La muerte de C. Alejandro Heredia ¿Robles? ¿Avellaneda? ¿Ibarra?

Por Martiniano El Inmortal
Nació en Tucumán en 1788. Fue una de las figuras más cultas del federalismo del interior, doctor en derecho por la Universidad de Córdoba, que conocía literatura clásica y hablaba el latín. Fue él quien le enseñó los primeros rudimentos del latín a su protegido Juan Bautista Alberdi.   Como militar, se distinguió en las batallas de Tucumán (1812) y Salta (1813), con el grado de teniente, y después en la acción de Sipe Sipe (1815). En el ejército del Norte alcanzó el grado de coronel, y figuró entre los protagonistas de la histórica sublevación de Arequito (1820), que dio por tierra con el proyecto de monarquia del Directorio. Luego de este hecho se dirigió a Salta, para ponerse a las órdenes de Güemes, en guerra con los godos.Alejandro Heredia es una gran figura. Ocupa un sitio muy destacado entre los gobernantes del interior durante la época de Rosas. Además, fue hombre de cultura y de ideas independientes, dentro de sus simpatías por la Confederación.  En 1806, logró por concurso una cátedra de latín en la Universidad de Córdoba. Después, los imperativos de la Revolución lo alejaron a él —como a tantos otros— de la cátedra. 
Su actuación fue destacada en ambas batallas, y mereció recomendaciones de Belgrano y de Rondeau, respectivamente. En 1816 era ya teniente coronel cuando el Congreso de Tucumán lo designó Comisionado con motivo de una Revolución ocurrida en La Rioja. En 1820 era coronel en el Regimiento que mandaba Paz en el Ejército del Norte, y tuvo intervención en la aún hoy discutida Sublevación de Arequito (Heredia pensaba, como los del Norte, en la necesidad de defender las fronteras amenazadas). Posteriormente, fue Diputado por Tucumán al Congreso General Constituyente reunido en Buenos Aires en 1824 (si bien ya no era Diputado cuando se dictó la Constitución unitaria de 1826). Y en 1831 fue Diputado ante la Junta de Representantes de Salta, como una consecuencia del reciente triunfo de Quiroga sobre Lamadrid en el Campo de Ciudadela. Al amparo de la hegemonía de Quiroga en el Norte, sube la importancia política de Heredia. 1832 es un año decisivo en su vida política, ya que ese año fue elegido Gobernador de Tucumán. Y en el cargo se mantendrá, a través de elecciones sucesivas, hasta el momento de su muerte. El gobierno o, mejor, los gobiernos de Heredia se caracterizaron por su irradiación e influencia en casi todo el Norte. En el ámbito provincial, por una serie de iniciativas fecundas, particularmente de carácter cultural, pero no menos por sus gestiones administrativas, jurídicas, etcétera. Una idea que singulariza a Heredia (y que le da curiosa individualidad entre los gobernantes de la Confederación, al mismo tiempo que perturba a hombres como Rosas e Ibarra) es la idea de la "Fusión de los partidos". En Heredia, tal intención no se reducía a simples palabras, sino que tomaban estado activo en su conocida protección a jóvenes capaces, aunque éstos no simpatizaran abiertamente con la causa de la "federación" (Alberdi, Marco Avellaneda, Marcos Paz y muchos otros, son testimonios fehacientes de lo que digo). En 1837, la guerra de la Confederación con Bolivia obliga a Heredia a dirigir las fuerzas argentinas contra el General Santa Cruz. Y, en fin, terminada sin pena ni gloria la lucha, el 12 de noviembre de 1838, en Tucumán, Heredia encontró la muerte, asesinado por una partida de sus propios soldados.
MARCO AVELLANEDA Y LA MUERTE DE HEREDIA Los comentarios determinados por la muerte de Heredia pueden servir de ejemplo para mostrar cómo la pasión política suele desvariar y cómo la bandería suele acomodar los sucesos a determinados puntos de vista. Claro que si en los momentos cercanos al hecho la actitud no se justifica, cabe por lo menos una explicación. Lo que ya resulta realmente insostenible es que hoy, a más de cien años del suceso, cierta historiografía repita, sin mayor análisis, determinados alegatos, acusaciones y vituperios. La muerte de Heredia se nos aparece, a la distancia, terrible y misteriosa. Muerte en un ámbito solitario, sobre un fondo rústico, verde y húmedo a la vez. El asesinato del "indio" Heredia constiuye aún un apasionante caso "policial", y lo de policial creo que, sin quitar jerarquía al hecho histórico, sirve para revelar las extrañas resonancias que rodean al hecho. Pero vayamos por parte. En la mañana del día 12 de noviembre de 1938, Alejandro Heredia, Gobernador de Tucumán, fue asesinado en Lules, cerca de la capital, cuando en una galera se dirigía a su finca de Arcadia, acompañado de su hijo. Heredia fue muerto por una partida dirigida por Gabino Robles y completada por los oficiales Juan de Dios Paliza, Vicente Neirot, José Hermenegildo Casas y Gregorio Uriarte Una breve acotación. Posiblemente por la coincidencia de la galera, la partida, la emboscada, etc., Juan María Gutiérrez, al conocer el episodio, lo calificó de Nueva Barranco Yaco 2. Y la coincidencia es más llamativa si tenemos en cuenta la amistad que había unido en vida a Quiroga y Heredia. Por otro lado, no era esa la primera vez que se conspiraba o se atentaba contra la vida de Heredia, aunque fue ésta —claro está— la circunstancia fatal. Con respecto al autor material de la muerte de Heredia, no cabe duda (puesto que múltiples testimonios lo refirman) que el ejecutor principal fue Gabino Robles, el jefe de la partida. Robles era comandante en el ejército de Heredia. Había sido abofeteado por el Gobernador en Salta, y desde ese momento juró matar a quien así lo lo había agraviado. Robles se presentó siempre como único matador. Reparemos, con todo, que el cadáver de Heredia ofrecía varios "balazos y lanzadas", tal como atestiguó Manuel de Yrigoyen, Oficial Mayor de Relaciones Exteriores, el día 14 de noviembre. Manuel de Yrigoyen atribuye el crimen, en ese primer momento, a los cinco oficiales de la partida Teniendo en cuenta la disímil jerarquía de las personas, una venganza personal pareció bien pronto motivo poco consistente para apoyar en él el asesinato. La posterior actuación de Marco Avellaneda, las acusaciones de Ibarra y, más adelante, las contingencias de La Liga del Norte, hicieron que, sobre todo, en el bando rival, creciera la sospecha de que Marco Avellaneda había sido el instigador de la muerte de Heredia. Pero la pasión partidaria y el ardor de la lucha no se contentaba sólo con eso. El interés estaba en mostrar que Marco Avellaneda era, no ya el instigador, sino el "autor" material. Saldías dio posteriormente una versión semejante, recogida —según decía— de labios del propio Robles. Durante su •permanencia en Salta, embriagado según era su costumbre, dio de bofetones al comandante don Gabino Bobles. Este devoró la afrenta, pero juró vengarla. Apenas regresó a Tucumán, Bobles se afilió entre los adversarios del Gobernador. Una noche hubo de sacrificar a Heredia en el teatro a no haber intervenido varias personas que probablemente no conceptuaron oportuno el momento para llevar las cosas a tal extremo. Por las referencias que me hizo el mismo Robles en Tucumán, tengo para mí que, a partir de tal noche, este hombre desgraciado fue el brazo que hicieron suyo los revolucionarios para realizar lo que venían persiguiendo. Todos los antecedentes de este episodio ruidoso lo ponen así de manifiesto. El 12 de noviembre de 1838, Heredia se dirigía en su galera a su hacienda La Arcadia, acompañado de su hijo.  
Al llegar a la altura de Lules salieron de una emboscada los comandantes Gabino Robles, Juan de Dios Paliza, Vicente Neyrot, Gregorio üriarte y el teniente José Casas, montado en el propio caballo que le prestó él día anterior don Marco Avellaneda [se refiere a la Declaración de Metán]. Heredia sacó la cabeza por la portezuela de la galera y con voz angustiosa le preguntó al primero que se le adelantó: ¿Qué hay, Robles? Todo lo que üd, pida le daré...—Hay los bofetones de Salta, y sólo quiero tu vida, tirano, repuso Robles descerrajándole tres tiros [Beferencia de don Gabino Bobles]. Inmediatamente Robles se dirigió a la ciudad con sus compañeros. En el tránsito encontró a don Marco Avellaneda y a don Lucas Zaváleta, y alargándole la mano aquél gritó: ;Ta sucumbió el tirano! (Ver ADOLFO SALDÍAS, Historia de la Confederación Argentina, III, Buenos Aires, 1911, págs. 55-56). Marco Avellaneda (cuando se defiende de Ibarra) no era necesario esperar a su famosa Confesión de Metán para que sus enemigos encontraran en él rastros de culpabilidad. En efecto, es sabido que un documento comunmente utilizado para ligarlo al crimen es la Confesión de Metán, del 3 de octubre de 1841, hecha por Avellaneda ante Mariano Maza en momentos previos a su degüello.  Ahora bien, ¿qué afirmó en esa declaración Marco Avellaneda?  En relación al episodio que nos ocupa, es decir, la muerte de Heredia, leemos lo siguiente: que había conocido a Heredia y que éste fue asesinado por Gabino Robles, Juan de Dios Paliza, Vicente Neirot, un  Uriarte y un Casas..., y que pensaba que el asesinato no había sido más que una venganza personal que, al mismo tiempo, esperaba encontrar también eco favorable en el pueblo de Tucumán. Al preguntársele con qué fin el teniente Casas llevaba un caballo rosillo propiedad de Avellaneda, éste había respondido que, en efecto, Casas, el día anterior -al hecho, le había pedido un caballo para realizar un paseo hasta Los Lules. Por último, Avellaneda se refirió a su encuentro casual con los asesinos el mismo día del hecho, cuando iba hacia El Manantial acompañado de su pariente Lucas Zavaleta. Gabino Robles se había declarado allí como único autor (Robles le dijo que él, con sus propias manos, había asesinado al Gobernador Heredia...) En fin, Avellaneda se refiere a unas apremiadas palabras de aprobación.
Esto es lo fundamental de la declaración, vinculada al episodio de la muerte de Heredia, sin quitar ni agregar nada a lo que realmente interesa, vale decir, al hecho en sí, circunstancias y autor o autores. La declaración se publicó en La gaceta mercantil de Buenos Aires, del 2 de noviembre de 1841. Veamos ahora derivaciones pintorescas (y, algunas, increíbles) de esta confesión. En primer lugar, veamos cómo sintetizó Adolfo Saldías los párrafos publicados en LA GACETA MERCANTIL:
Interrogado respecto del asesinato del general Heredia, refirió igualmente los detalles que sabía, confesando que había prestado su caballo al teniente Casas, uno de los asesinos; que encontrándose con éstos en seguida del asesinato había aplaudido su conducta, y que a solicitud de los mismos había convocado la legislatura para que ésta nombrase el gobernador reemplazante de aquel General...
Que Avellaneda tuvo participación en el asesinato de Heredia y que como uno de los jefes de la Coalisión del Norte habíase envuelto en el torbellino sangriento de la época, sublevando contra sí las iras de sus enemigos que lo acusaban de crueldades y fusilamientos análogos a los que él les echaba en cara, eran hechos ciertos y conocidos tanto de los unitarios como de los federales.. Y da la casualidad de que para salirle al encuentro en el camino donde se consumó el crimen, Robles va en un caballo de Avellaneda...
Es sugestivo que el comandante Gabino Robles montara un caballo de Marco Avellaneda...Pedro Ramos, edecán de Rosas, sostiene que la muerte de Heredia fue para Tucumán el comienzo de una época de anarquía, cuyo desenlace, por las personas que podían prevalecer, no prometía nada favorable para Rosas. Lo mismo podemos decir en relación a Salta, cuyo gobernador era Felipe Heredia, hermano de Alejandro. En fin, la situación de Catamarca, protegida por el gobernador de Tucumán.
Rosas defiénde al finado Heredia de las acusaciones de Ibárra. En lo que se refiere a los unitarios tucumanos, sólo menciona concretamente a ese don Salustiano Zavália. Heredia era aliado del Restaurador y su alianza se extendía, a través de su poderío, a gran parte del norte argentino. La muerte de Heredia, a fines de 1838, trajo un vuelco político inmediato en algunas de dichas provincias perdiendo Tucumán su hegemonía. En esta se designa gobernador a don Bernabé Piedrabuena, que no era rosista. El gobernador de Salta, Felipe Heredia, hermano de Alejandro, ante el alzamiento de algunos jefes departamentales, tiene que resignar el poder en una Comisión Gubernativa, hasta que se nombra mandatario legítimo a don Manuel Solá, primo de Piedrabuena. Y en Jujuy se depone al gobernador don Pablo Alemán, ahijado de Heredia... Sólo don José Cubas, tachado antes de poco federal, sigue gobernando en Catamarca; como en La Rioja, el general Brizuela, su dueño y señor. No hablemos de Santiago... isla política donde —igual que el coyuyo—reinaba imperturbable e inconmovible don Felipe Ibarra, "bombero" de Rosas en el Norte". Escribe Ibarra al Gobernador de Catamarca, José Cubas: Con el amigo Recalde he hablado bastante sobre la perniciosa influencia que puede ejercer en Ud. el malvado Marco Avellaneda, hijo de esa provincia y vecino de Tucumán. Este descarado aspirante, a quien el público acusa de ser el principal autor del horrendo asesinato de Heredia, sólo trata de enredar estos pueblos unos con otros...La carta de Avellaneda a Cubas tiene como fecha el 4 de mayo de 1839. Marco Avellaneda: ibarra Me llama el asesino de Heredia. Le agradezco esta calumnia. Soy bastante republicano para desdeñar la gloria de Bruto... Los que en nuestro siglo han escrito sobre el tiranicidio no han vivido en nuestros países ni han sufrido el yugo de los Quiroga y de los Heredias. No han vivido en un país desmoralizado y sin virtudes públicas, donde una revolución era tan necesaria y justa como imposible. Pero, lo repito, yo no estoy obligado a contestar a una acusación tan calumniosa como vaga. Si se hubiesen citado hechos, si se hubiesen presentado las pruebas, yo las habría refutado. Yo habría confundido a mis calumniadores; pero hubiera empezado protestando que estaba lejos de considerar culpables a los heroicos tiranicidas, que han salvado a mi patria de la más bárbara expresión que se haya conocido jamás.
Un año después (el 30 de mayo de 1840) el hecho de que Marco Avellaneda, como presidente de la Sala de Representantes de Tucumán comunique al Gobernador que la Legislatura ha votado el sobreseimiento de los autores y cómplices del homicidio perpetrado en la persona del ex Gobernador Alejandro Heredia. Confirma la posibilidad que significó la muerte de Heredia para luchar abiertamente contra Rosas y para contribuir a la organización general de la República. No olvidemos que estaba ya en marcha la Liga del Norte y que un episodio como el que cito era la natural consecuencia de afirmaciones y proclamas del momento
En conclusión, y para apoyarme en el dato firme, el asesino concreto de Heredia fue Gabino Robles. Con la complicidad de la partida que él dirigía. La razón fundamental que lo impulsó al crimen parece haber sido una venganza personal. Sin descartar que intereses políticos, al tanto del resentimiento de Robles y sus deseos de venganza, actuaran para decidir el hecho ¿Qué intereses políticos? los de Marco avellaneda y la Coalición del Norte , por fin, la auténtica historia.
Ernesto Palacio: "El mártir de Metán es ejecutado, no por su actividad revolucionaria, sino por su participación en el asesinato de Heredia, según consta en el proceso que expresamente le hizo instruir el general Oribe..." (La verdadera historia de la Coalición del Norte, en Estudios, de Buenos Aires, 1940, n» 350, págs. 123-124).
BIBLIOGRAFÍA:
BUSANICHE JOSÉ LUIS #HISTORIA ARGENTINA"
GALASSO NORBERTO "HISTORIA ARGENTINA"
MENDEZ AVELLANEDA TIBURCIO "EL MARTIR DE METÁN"
PALACIO ERNESTO "HISTORIA ARGENTINA"
SALDÍAS ADOLFO "HISTORIA DE LA CONFEDERACIÓN ARGENTINA"
SIERRA VICENTE D. "HISTORIA DE LA ARGENTINA"

miércoles, 7 de septiembre de 2016

JUAN FELIPE IBARRA

Por Luis Alén Lascano

La vida del santiagueño Juan Felipe Ibarra recorre la crucial primera mitad del siglo XIX, cuyo derrotero de sangre y fuego trazaron tanto la guerra de la Independencia como la posterior guerra civil.  Integró el Ejército del Norte y fue designado por Manuel Belgrano al frente del Fuerte de Abipones, que mantuvo a raya a los indígenas chaqueños. Fue solidario con Juan Bautista Bustos en el motín de Arequito. Enfrentó a su jefe, Bernabé Aráoz, gobernador del Tucumán, a fin de obtener la autonomía de Santiago del Estero. Para ello contó con la asistencia de Martín Miguel de Güemes. En 1820, consiguió el reconocimiento de su provincia, a la que gobernó los siguientes 31 años.  
 Resultado de imagen para juan felipe ibarra
Cuando sus diputados se unieron al partido porteño de Bernardino Rivadavia, designó al también porteño Manuel Dorrego, para defender las posiciones federales. Más tarde apoyó, sucesivamente, al propio Dorrego, al “Manco” Paz —a quien luego enfrentó militarmente—, a Facundo Quiroga, a Juan Manuel de Rosas y a Manuel Oribe.  A su muerte, en 1851, nacieron dos leyendas: la del patriota y la del tirano. Extraídos de un artículo (1970) del historiador Luis Alén Lascano, su comprovinciano, estos párrafos intentan provocar la curiosidad de quienes no se conforman con tales leyendas.  Monstruo surgido del averno, bárbaro, ignorante y cruel, para unos. Caudillo indiscutido durante 30 años, guerrero de la independencia y patriarca del federalismo, para otros. Entre ambos extremos se debate la polémica alrededor de la figura de Ibarra.  Hasta ahora los historiadores clásicos lo han condenado sin posibilidad de indulto. Pero en ese juicio no ha habido defensa ni alegato favorable alguno. Ha sido la sentencia del tribunal vencedor; muchas veces cómplice y converso, ansioso por eso mismo de una severidad implacable.
(…) Ahí está, al filo de los años cuando se aproxima el fin de sus días. Estatura mediana y grueso el cuerpo; frente ancha y despejada, cabello negro y lacio, labios finos, con una sonrisa imperceptible más parecida a un rictus despreciativo. Severa la mirada, imperturbable el gesto y prodigiosa la memoria.
(…) Tuvo a su antojo el patrimonio entero de la provincia, y en años de escasez no percibía sueldos; se le entregaron bienes en administración a su confianza, como los de la familia Uriarte y fue escrupuloso en el manejo de los dineros ajenos o públicos. Alguna vez, los excesos políticos lo llevaron a confiscar fondos enemigos; los destinaba al ejército y a pagar sus soldados.
Fuera de su violenta pasión federal, era amigo sincero y consecuente; educado cuando quería serlo, don Pedro Ferré escribió de Ibarra: “Conocí y traté en Santa Fe a don Juan Felipe Ibarra, y me hizo la mejor impresión por su educación, y la nobleza de sentimientos que manifestaba”.
Páginas similares ofrecen sobre su persona el Dr. Eduardo Lahitte, amigo y corresponsal desde Buenos Aires; el culto historiador y gobernante santafesino Urbano de Iriondo, y otros contemporáneos no afectados por la pasión.  Todo esto es un hombre con un hondo drama sentimental. Se ha casado en 1823 por poder con doña Ventura Saravia, hija del Dr. Mateo Saravia quien sin duda por amistad, consiente u obliga a esta boda. El padre es un rico feudatario en las cercanías de Abipones, mas el origen familiar es salteño, y de allí llega la desposada en una volanta a Santiago.
La espera el gobernador, las autoridades y las mejores familias de la ciudad, y van al nuevo hogar los esposos. Al amanecer, ordena Ibarra atar nuevamente los caballos del carruaje, y en silencio, la esposa parte de retorno. ¿Qué misterio se oculta en esa noche nupcial? El gobernador nunca lo explicará, y el silencio se tiende sobre el episodio para siempre. Un historiador actual piensa que la novia fue obligada por la autoridad paterna, a una boda sin amor. Y que llegada ante el prometido, no vaciló en confesarle tan desgraciada situación. 
 Resultado de imagen para juan felipe ibarra
“En un acto caballeresco, decide el retorno de su esposa a su casa paterna.”  No es ésta la actitud de un mandón irresponsable. En la dignidad con que lleva su proceso sentimental intimo, hay una respuesta para sus detractores. La misma actitud tiene siempre Ventura Saravia. Sus hermanos se tratan fraternalmente con Ibarra, y a Manuel Antonio Saravia lo hace elegir gobernador de Salta y lo sostiene con su influjo. Hasta su misma esposa vuelve a Santiago al saberlo enfermo y lo acompaña hacia el fin de sus días, cuando muere, el 15 de julio de 1851. Ella es albacea y heredera en su testamento, y ella ha de quedar velando su memoria, hasta que la pasión política después de Caseros, confisque sus bienes y la obligue a buscar refugio en Tucumán.
Muere Ibarra como buen cristiano. Pide en su testamento a Dios, “me perdone todas mis culpas”, el hábito mercedario de mortaja, la asistencia de franciscanos y dominicos y ser enterrado en el templo de La Merced; todo lo cual así se hace. Los más distinguidos sacerdotes lo han confesado y ayudado a morir. Nada sabe hasta entonces de los sucesos del litoral, ni de la defección de Urquiza. y puede esperar el fin, seguro de haber sido, como le cantan los trovadores populares a su muerte, “la columna más fuerte de la Confederación”.
Si muchos de sus actos no tienen justificativo, hay una explicación coherente para todos. Y por encima del balance postrero, hay una provincia argentina que le debe su erección como estado federal. Fundador de la autonomía santiagueña, en estos 150 años de vida provinciana, todos han disfrutado del privilegio ciudadano de esa santiagueñidad lograda por Ibarra a sangre y fuego. Pocos son los que alguna vez le agradecen esa herencia, cuidada con empecinamiento en 30 años, y dilapidada después por tantos sucesores.  Tres décadas, largas acaso para soportar a un mismo hombre en el poder, pero que dan relevancia inusitada a su provincia en el concierto nacional; donde no se permite la menor trasgreslón a sus fueros y prestigios, y en las cuales su caudillo alcanza estatura mayor dentro del país.
Ibarra demuestra no ser un hombre de la patria chica, constreñido sólo a límites locales. El mismo respeto y jerarquía que quiere para su provincia, le inspiran altivas actitudes argentinas. Todas las determinaciones de su vida acusan una notoria sensibilidad nacional y entiende al país, como una Nación total: geográfica y políticamente integrada.
Es la cohesión conseguida por el federalismo, e Ibarra la manifiesta el 23 de febrero de 1833, al protestar al Rey de Inglaterra por la ocupación de las Islas Malvinas. Ese espíritu está presente en la firma del Tratado Interprovincial del 6 de febrero de 1835, para perseguir en el norte, “toda idea relativa a la desmembración de la más pequeña parte del territorio de la república”, y evitar la anexión de Jujuy a Bolivia.
Idea fundamental ésta, de todos sus actos. Por ella rechaza el ofrecimiento de los gobernadores de Catamarca y La Rioja, Cubas y Brizuela, que le proponen retirar a Rosas del manejo de las relaciones exteriores y confiárselo a él como jefe de un bloque mediterráneo.
Por ella se opone a la Coalición del Norte en 1840 y le pregunta a Manuel Sola, gobernador de Salta: “¿Se constituye el país haciendo causa común con los extranjeros que están hostilizando injusta y vilmente a nuestros mismos pueblos?”
Y este sentimiento de la nacionalidad, cuando estaba en pañales o era negada por los letrados del Plata, inspira al bárbaro Ibarra una proclama de repudio a la agresión colonialista anglo-francesa de 1841, donde desentraña el sentido de la emancipación argentina ante España, la codicia de los imperios europeos, y el valor de la Confederación, cuya resistencia como “precio de nuestra independencia nacional, es la sangre de millares de victimas que desde el campo del honor, nos recuerdan nuestros deberes y nuestros juramentos”.
Las cosas malas de su existencia, inocultables, se traslucen en un claroscuro de luces y sombras, humanas e imperfectas. Todos las tuvieron, y las tenemos, y ¡cómo habrían de estar exentos de vicios los caudillos de aquel momento fundacional donde con barro y muertes se creó la patria! Pero la tarea del historiador, como dice Vincen Vives, “no es aplaudir ni condenar, sino comprender vitalmente el drama humano”.