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jueves, 15 de octubre de 2026

FERMÍN CHÁVEZ NOS HABLA DE JOSÉ ARTIGAS

 FERMÍN CHÁVEZ NOS HABLA DE JOSÉ ARTIGAS.....CON EL RESPALDO DE PACHO Y LAS ACOTACIONES LIBERALES DE GARCÍA HAMILTON......



lunes, 31 de octubre de 2022

"La divisa punzó"

Por Pacho O'Donnell
María Kodama pone en perspectiva a Rosas con un valioso aporte a la verdad histórica  Coescrito con Claudia Farias, el libro “La divisa punzó” reúne semblanzas, personajes, circunstancias y opiniones sobre la figura, siempre controvertida, del caudillo federal

Cuando recibí la invitación para la presentación de un libro de María Kodama en el CCK auspiciada por el Ministerio de Cultura cuyo título es La divisa punzó no pude menos que recordar el poema “Rosas” de Borges:
“(…) La imagen del tirano
abarrotó el instante,
no clara como un mármol en la tarde,
sino grande y umbría
como la sombra de una montaña remota
y conjeturas y memorias
sucedieron a la mención eventual
como un eco insondable.
Famosamente infame
su nombre fue desolación en las casas,
idolátrico amor en el gauchaje
y horror del tajo en la garganta (…)”
Dominado por el prejuicio, deduje que sería una detracción más, seguramente inteligente, contra el Restaurador. Grande fue mi alegre sorpresa al leerlo y comprobar que se trata de un libro de jerarquía histórica que rescata personajes, comentarios, circunstancias, opiniones de una gran objetividad y calidad literaria, que tratándose de alguien con quien nuestra historia oficial liberal se ensañó hasta la obscenidad, es un valioso aporte para la verdad histórica. Además, rescata al Restaurador del escarnio vengativo por haber mantenido a la oligarquía porteñista fuera del poder durante veinte años y lo propone como objeto de debate inteligente y desprejuiciado. “Estas páginas son el resultado de los interrogantes surgidos en ese largo viaje hacia Rosas y sus circunstancias como del deseo de compartir con otros nuestra larga conversación y de ayudar a matizar en lo posible las posiciones extremas y los desencuentros que surgen, de modo indefectible, cuando dialogamos sobre el pasado colectivo”. Y ese objetivo de la Kodama, en coautoría con Claudia Farías, se cumple.  El libro comienza con el recorrido de tres autores que tempranamente se ocuparon de Rosas y su tiempo. Comenzando por Antonio Saldías, amigo de Mitre e integrante por cuna de la oligarquía que regía los destinos argentinos que se vio sorprendida e indignada cuando el resultado de sus honestas investigaciones fue una publicación que cumplió con su enunciación del prólogo “No se sirve a la libertad manteniendo los odios del pasado”. El prolijo recorrido que las autoras hacen de las páginas de la “Historia de la Confederación Argentina” nos permite adentrarnos en los hitos fundamentales de la vida y obra de Rosas y de las circunstancias sociales, económicas y políticas, nacionales e internacionales, que les dieron sustento y razón: la alianza con López, la guerra contra Lavalle, la Campaña del Desierto, el Pacto federal, la guerra contra Bolivia, el bloqueo francés, la épica Vuelta de Obligado, el permanente conflicto con la Banda Oriental, Camila O´Gorman, la anunciada derrota de Caseros,Southampton, testamento.  Luego vendrá la exposición y el análisis de la obra de Ernesto Quesada, “La época de Rosas”, quien tuvo el privilegio de participar de una larga entrevista de su padre con el Restaurador que recogió en su libro. A continuación “Vindicación y memorias de don Antonino Reyes”, de Manuel Bilbao, sobre quien fuera edecán y mano derecha de don Juan Manuel durante muchos años. El contacto con su entrevistado hace que el autor corrija la versión sostenida en una primera publicación que recogía todos los infundios echados a correr sobre el Restaurador y que merecería su indignación al leerlo. Cuatro años después su compromiso con la verdad que le devela Reyes lo mueve a otra publicación que corrige la primera.  Las páginas de La divisa punzó recogen la riquísima correspondencia entre San Martín y Rosas, ambos patriotas y hombres de orden, que culminó con la cesión testamentaria del sable libertador, reconocimiento poderoso que nunca pudo ser absorbido por el unitarismo liberal y por su versión consagrada de nuestra historia. Las autoras en su capítulo “Rosas y el mundo” enlistan y presentan extranjeros que tuvieron participación en su vida, entre ellos Woodbine Parish, Charles Darwin, Henry Mandeville, Henry Southern y otros. Capítulo aparte para Mary Tyler Mann, esposa del célebre educador Thomas Mann y prologuista del Facundo.


Es muy interesante, quizás por ser menos conocido, el capítulo que lleva el título de “Words, words, words” y que nos presenta al Rosas escritor. Una vocación postergada y que hasta entonces sólo se había manifestado en las largas cartas que solía escribir con bella caligrafía. Un ejemplo está en este mismo libro en la carta a Facundo Quiroga desde la hacienda de los Figueroa.  La referencia literaria a cargo de las autoras, ambas escritoras, comienza con “la libreta” manuscrita donde a lo largo de años Rosas anotaba fragmentos de libros que le llamaban la atención y composiciones de su autoría. En su precipitada huida luego de Caseros no atinó a recogerla y esperó con ansiedad que su amigo Terrero se la hiciese llegar a su destierro en Southampton. Consta de 458 entradas ordenadas y numeradas por mi querido y admirado historiador revisionista Fermín Chávez.
Las anotaciones del Restaurador no siguen un orden temático y parecen escritas impulsivamente, muchas veces con carácter ejemplarizador o moralizante que hoy consideraríamos algo ingenuo:
Un alma insensible es como un piano sin cuerdas, del cual en vano se procuraría sonido 
Una mujer discreta al lado de un necio es uno de los seres que me inspira más comprensión (10)
También da cuenta de opiniones sobre la vida y los seres humanos, como frutos de su experiencia:
Sería demasiado castigar a una mujer, hacerla amar a un sabio y casarla con un tonto (12)
Generalmente los hombres que atavían mucho, tienen un aire embustero. La verdad es sencilla y modesta (14)
Era de carácter que unía a grandes talentos, todos los vicios de un ambicioso (32)
En ocasiones echa mano a la poesía:
Si pretendes acabar
la obra que te has propuesto,
has de comenzar a obrar:
que lo difícil en esto
se ha vencido al comenzar (424)
¡Oh! ¡Cómo todos se jactan,
de ser agradecidos!
¡Y qué pocos en efecto
se acuerdan del beneficio!
Cuando esperan un favor
los más se muestran rendidos;
pero apenas lo reciben
Los más lo echan al olvido (423)
Juan Manuel de Rosas
Algunas observaciones, señalan las autoras, parecen ser autorreferenciales o alusivas a personas próximas:
Aunque debo lisonjearme de tener tan nobles progenitores, nunca he desconocido que la verdadera nobleza empieza donde empieza el verdadero mérito (39)
Fueron la escoria de la nación. Sus depravadas costumbres, unidas a un coraje determinado y un orgullo mezclado de bajeza, los hacía capaces de hazañas grandes, y de grandes maldades (40)
En algún caso, aunque la libreta no consigna ningún nombre propio, puede adivinarse la referencia: el fusilamiento de Dorrego, que tanto lo afectó, haciendo que su primer acto de gobierno fuera un gran homenaje al mártir de Navarro.
En uno de esos momentos de enajenación, en que el hombre no es dueño de sí mismo, mandó que fuese fusilado sin otra forma legal, que su cruel voluntad, su ambición y su envidia (42)
No ahorra su experiencia en el Gobierno:
El menosprecio de la opinión pública, es vicio en un particular, y crimen en un gobernante (6)
Pero qué puede la justicia lejos del trono? (30)
Son a veces más poderosos los resortes de la política que los de la fuerza acreditada (46)
La prudente cautela es una de las armas de un diestro general (52)
No está ausente algo parecido al humor:

El hombre a los diez años es conducido por cualquier bagatela; a los veinte por una amante; a los treinta por los placeres; a los cuarenta por la ambición; desde los cincuenta en adelante, por la avaricia, pero rara vez por la razón y la sabiduría (7)

El segundo texto que Kodama y Farías rescatan del Rosas literato es un cuento, Desespera y muere, frase cuyo origen Rosas no aclara aunque lo hacen las autoras: es de Ricardo III, de Shakespeare. Es un relato romántico en inglés que trata sobre el amor desdichado entre María y Andrés escrito por Rosas durante su exilio y en edad bastante avanzada.

“En 1858, en las cercanías de Fontainebleau entraron en una casa de huéspedes una señora y un caballero, que se proponían pasar en el campo una temporada.

En los primeros tiempos salían juntos todas las mañanas, y no volvían hasta la hora de comer.

La noche la pasaban leyendo en su cuarto.

Esa fue su vida durante el estío.

Cuando llegó el tiempo de la caza, el joven salía temprano y volvía tarde.

Ella nunca salía esos días. Parecía muy triste. Andrés hizo conocimiento en la caza con algunos; después al poco tiempo llevó a varios a la casa, comieron juntos y se divirtieron, bebiendo y hablando muchas horas de la noche. Por la mañana, Andrés se fue con ellos y pasó algunos días sin volver.

Luego estas ausencias se repitieron a menudo. María pasaba esos días cerca de la ventana o de la lumbrera, trabajando o leyendo, cuando no lloraba. A fines del invierno Andrés se marchó, dejando pago el gasto que podía hacer la joven durante su ausencia, que anunció debía ser bastante larga.

Transcurrieron dos meses después de su salida, y María ninguna carta recibió. La joven estaba tan triste, que luego se enfermó”.

La historia, “una sentencia tristísima” según su autor, se resuelve trágicamente como era habitual en el romanticismo de entonces, en una segunda parte escrita en primera persona:

“12 de octubre. Amigo mío: me has amado mucho, y todavía te lo agradezco. Unos meses de tal felicidad valen más que una vida larga, atravesada siempre por sinsabores, sean cuales fueren la posición y la fortuna. Adiós para siempre, Andrés; tengo que cerrar estas páginas antes de que la fría mano de la muerte arranque la pluma de mis manos.

¡Adiós!
María Kodama y Claudia Farías G. en la presentación de "La divisa punzó" (Lihuel Althabe)
Nada puede añadirse. La historia es cierta: los que visiten el bosque de Fontainebleau podrán ver en la gruta los nombres de Andrés y María y debajo la inscripción “Desespera y muere”.
Por fin, la tercera de las obras literarias analizadas por las autoras es el “Diccionario pampa”, redactado por Rosas para una mejor comunicación con los pueblos originarios, demostración de su sensibilidad social. Que se puso también de manifiesto en su conquista del desierto basada en los acuerdos y negociaciones con los indígenas y no con su exterminio, como sucedería más tarde. Cabe agregar la campaña antivariólica que promovió con su ejemplo entre los pampas, tehuelches y ranqueles que los rescató de una peste que provocó muchas muertes, campaña que mereció el premio de la “Sociedad Jenneriana”, fundada por el inventor de la vacuna contra la viruela, Edward Jenner. El diccionario, de considerable extensión, como lo revelan las autoras del libro que comento, consta de varias partes. Por él nos enteramos que ALI-Co quiere decir agua, y RUMEN-CO, agua que pasa, que PICHi significa pequeño, CUYEN, luna, PUQUEN, invierno. Registra también el nombre de numerosos caciques, como ANGUE-PANGI, cara de león o vivir, MOGENo GURRU-NAMON zorro y piedra, recogiendo características de cada uno. Asimismo el diccionario se ocupa de palabras usuales como ¿QUÉ? Chem, vivir MOGEM, EPU dos PATACA cien. Es interesante que CHE quiere decir indio, gente.

Don Juan Manuel le dio gran importancia a su diccionario y lo pulió y lo amplió hasta el fin de sus días. Tanto fue así que en la cláusula 24ª. de su testamento declara: " El Diccionario y gramática Pampa manuscritos, los dejo a Manuelita, por su muerte, a Máximo, su esposo, y por muerte de este, a sus hijos, por escala de mayor edad”.

No termina aquí La divisa punzó, pero la extensión de este comentario me obliga a concluirlo.

Mi opinión del libro de Kodama y Farías es muy favorable, y cumple con el propósito de corregir lo que denuncia uno de sus acápites, cita de Carlos Pereyra: ”A Rosas no se le ha historiado, se lo ha novelado. Y se lo ha novelado en folletín” . Al folletín las autoras de La divisa punzó oponen la verdad histórica convertida en bella literatura.

miércoles, 1 de julio de 2020

El Congreso de Oriente y la Declaración de la Independencia de 1815

Por Pacho O'Donnell

La historia oficial argentina, escrita por los vencedores de las guerras civiles del siglo XIX, los unitarios liberales, centralistas, extranjerizantes, porteñistas, la confeccionaron como un aparato ideológico (Althusser) para justificar su proyecto de organización nacional. Esa direccionalidad politizada hace que sean muchos los aspectos deformados que merecen ser revisados. Ello no es banal, ya que muchos de los problemas actuales de nuestra patria tienen sus raíces en un pasado falsificado y perturban la proyección futura.  El denominado Congreso “de los Pueblos Libres” también conocido como Congreso “de Oriente”, reunido a partir del 29 de junio de 1815 en la ciudad de Concepción del Uruguay, provincia de Entre Ríos, constituyó un acontecimiento de gran importancia histórica, debiendo ser considerada como la Primera Declaración de Independencia del Río de la Plata.
Reivindicar el congreso entrerriano convocado por el caudillo oriental José Gervasio Artigas no supone devaluar el del 9 de julio en Tucumán, ya que a ojos vistas son complementarios pues el primero reunió a las provincias andinas, las cuyanas, las del noroeste y las altoperuanas, a las que se sumó Buenos Aires luego del fracaso de su intención de organizarlo en su territorio. En cambio el de Concepción del Uruguay convocó a las provincias litorales: la Banda Oriental, las misiones, Corrientes, Entre Ríos y Santa Fe, a las que se agregó una parte de Córdoba. Es evidente la pareja representatividad de ambos.  Las reunidas en el Congreso “de los Pueblos Libres” eran federalistas, razón por la cual nuestra historia oficial escrita por sus vencedores unitarios y porteñistas decidió no reivindicarlo. La misma estrategia de condenar al ostracismo histórico al “Protector de los Pueblos Libres” Artigas, un prócer de dimensión rioplatense y latinoamericana, suponiéndolo sólo relevante dentro de los límites de la memoria uruguaya.Los que se oponen a reconocer esta declaración independentista argumentan que no hay actas que den pruebas del mismo. Pero es de tener en cuenta que eran tiempos de guerra y de comunicaciones por chasques, propensos a la pérdida o destrucción. Así sucedió con las actas originales del Congreso de Tucumán, que fueron portadas hacia Buenos Aires por el ayudante mayor del Regimiento 8, Cayetano Grimau, quien fue asaltado en el camino y despojado de su encomienda, que nunca fue encontrada. Pudieron ser reconstruidas por una providencial copia en manos del secretario Serrano. Además en Concepción del Uruguay los participantes tenían una identidad más popular, gauchesca y originaria, poco propensos a los actos formales, con la concurrencia de muy escasos hombres de leyes.  Otro argumento cuestionador es que en la correspondencia de Artigas de esos días no hay referencia a la declaración independentista. El motivo de ello es que la acuciante preocupación del caudillo en aquellos días era lograr un acuerdo con Buenos Aires para fortalecerse ante la inminente invasión del imperio portugués desde Brasil. De allí que sus menciones se refirieran a la constitución de una delegación que saliera del Congreso para una mediación condenada al fracaso pues el deseo de los políticos porteños era justamente la destrucción de Artigas con la colaboración de los lusobrasileros.
Por otra parte el oriental y sus seguidores no necesitaban declarar la independencia pues estaban convencidos de que esa había sido la intención de la insurrección de mayo de 1810, ajenos a las especulaciones políticas de los doctores porteños. Así lo evidenciaron las Instrucciones artiguistas para la Asamblea del Año XIII, en las que, ya en su encabezamiento, antes del articulado, se leía: “Primeramente pedirá la declaración de la independencia absoluta de estas colonias, que ellas están absueltas de toda obligación de fidelidad a la corona de España y familia de los Borbones, y que toda conexión política entre ellas y el Estado de España deber ser totalmente disuelta”.  Esta posición se afirmó en la memorable oración inaugural al Congreso “de Tres Cruces”, celebrado tres años antes del de Concepción del Uruguay, cuando el caudillo oriental expresó: “La soberanía particular de los pueblos será precisamente declarada y ostentada, como objeto único de nuestra revolución; la unidad federal de todos los pueblos e independencia no sólo de España sino de todo poder extranjero”.
Si bien, como queda escrito, Artigas y la Banda Oriental no debían declarar lo que ya habían declarado, el Congreso de los Pueblos Libres fue la oportunidad para que lo hicieran las otras provincias federalistas, litorales.
Así el Cabildo de Corrientes dejó sentado las conclusiones de los debates sostenidos en Concepción del Uruguay: “Viéndose penetrado de la utilidad y necesidad de convenir, consultando la beneficencia del pueblo, su representado, con las benéficas y liberales ideas con que el señor General (Artigas) promueve la santa causa de los pueblos, para colocarlos en el goce pacífico de sus primeros derechos, las cuales ni son opuestas al sistema esencial de la América, ni distintas de las que se adoptaron en la primera época de la instalación del gobierno provisorio de la capital de Buenos Aires, se resolvió declarar la independencia bajo el sistema federativo y al General Don José de Artigas por Protector”.
A su vez las instrucciones que llevó el delegado santafesino reproducían casi literalmente las enviadas en 1813 a la Asamblea reunida en Buenos Aires: “1º Pedirán la declaración absoluta de la independencia de la Corona de España y familia de los Borbones”. Pocas dudas quedan que las demás provincias habrán propuesto y votado iniciativas similares ya que la declaración de la independencia era un eje clave de la unión federal.  Otro de los aspectos notables del Congreso “de los Pueblos Libres” que lo diferencian claramente del tucumano de 1816 es que mientras éste fue conformado por delegados elegidos “a dedo” por las respectivas oligarquías dominantes en las provincias concurrentes, en el entrerriano el sistema de elección de representantes fue por voto popular en asambleas de amplia convocatoria.
Otra diferencia es que mientras en Tucumán los debates estuvieron centrados en la forma de gobierno, consensuándose que la monarquía constitucional era la mejor, fuese con soberano europeo o americano, también en cómo negociar, no oponerse, con el invasor luso brasilero que acababa de irrumpir en la Banda Oriental, en Concepción del Uruguay se trató la política agraria y el comercio interprovincial y con el extranjero. Se resolvió que se confeccionara un Reglamento para el fomento de la campaña, poblada por inmensos latifundios que despoblaban y no explotaban las feraces pampas litorales. El mismo, aprobado el 10 de septiembre de 1815, constituyó la primera reforma agraria de Latinoamérica. Consistía en la confiscación de propiedades de “malos europeos y peores americanos”, adversarios de la revolución patriota, para distribuirlas y así ser leales con las bases populares que constituían la fuerza del artiguismo. En su artículo 6º. podía leerse que “los más infelices serán los más privilegiados. En consecuencia los negros libres, los zambos de esta clase, los indios y los criollos pobres, todos podrán ser agraciados con suertes de estancia”. El artículo 7º establecía que “serán igualmente agraciadas las viudas pobres si tuvieran hijos. Serán igualmente preferidos los casados a los americanos solteros, y éstos a cualquier extranjero”.
Cuando Artigas tomó conocimiento de la Declaración de Independencia en San Miguel de Tucumán el 9 de julio de 1816 , escribió al Director Supremo en Buenos Aires, Juan Martín de Pueyrredón el 24 de ese mes: “Ha más de un año que la Banda Oriental enarboló su estandarte tricolor y juró su independencia absoluta y respectiva. Lo hará V.E. presente al Soberano Congreso para su Superior conocimiento”.
El hecho de que ninguna de las provincias que asistieron al “Congreso de Oriente” o “de los Pueblos Libres” concurriera al de Tucumán es evidencia de que ya consideraban cumplido el trámite independentista. Por otra parte eran las que propugnaban una organización y constitución federal, republicana, popular y americanista, lo que no coincidía, salvo excepciones, con las concurrentes a Tucumán. La presencia de los delegados porteños en ésta tampoco era un aliciente ya que la liga federal de los “Pueblos Libres” se encontraba en guerra con el puerto y no ignoraba que la invasión portuguesa desde el Brasil era alentada desde allí.
No es banal, entonces, rescatar que hubo en nuestro pasado un vigoroso proyecto constitucional de organización federal y popular.

domingo, 25 de diciembre de 2016

RECUERDO DEL HISTORIADOR ERNESTO PALACIO

Por Carlos Pachá
En este enero del 2015 quiero resaltar el talento de quien considero, a través de la distancia y el tiempo como mi gran maestro de historia argentina, me refiero a Don Ernesto Palacio, intelectual, docente, historiador, un genio de elevado talento. A modo de presentación diré que fue uno de los grandes precursores del autentico revisionismo histórico. Quien en muchas oportunidades compartió trabajos y luchas en defensa de los intereses del nacionalismo y por ende de la Patria con otro emblemático hacedor de nuestra historia, Don José María Rosa (h). Para justificar su recuerdo en enero debo acudir a su biografía ya que   el Dr. Ernesto Palacio nació en San Martín (Provincia de Buenos Aires el 4 de enero de 1900, hijo de Alberto C. Palacio y de Ana Calandrelli. Fue abogado, docente, escritor y periodista. Ingresó en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires en 1919 y egresó como abogado en 1926.

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Como docente fue profesor de Historia Antigua y de Historia Argentina en la Escuela Comercial de Mujeres (1931-1938), de Geografía en el Colegio “Justo José de Urquiza” hasta 1942 y de Historia de la Edad Media en el Colegio Nacional “Bernardino Rivadavia” (1931-1955).Fue ministro de Gobierno e Instrucción Pública de la Intervención Nacional en San Juan (1930-1931). Se desempeñó como diputado nacional entre 1946 y 1952, donde fue presidente de la Comisión de Cultura (1946-1947). Codirector junto a Rodolfo Irazusta de La Nueva República (1929-1931). Fundador en 1938 del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, donde dirigió y colaboró en su revista y fue miembro de la comisión directiva. Palacio fue uno de los escasos intelectuales que evitó caer bajo la influencia materialista y fue descripto por Leopoldo Marechal como un “triunfante al haber impuesto su mentalidad a todo un mundo”.
Falleció a los 79 años el 3 de enero de 1979.

Autor de las siguientes obras: 
- La Inspiración y la Gracia (Buenos Aires, Editorial Gleizer, 1929).
- El Espíritu y la Letra (Buenos Aires, Editorial Serviam, 1936).
- Historia de Roma (Buenos Aires, Editorial Albatros, 1939).
- Catilina. La revolución contra la plutocracia en Roma (Buenos Aires, Editorial Claridad, 1946).
- Teoría del Estado (Buenos Aires, Editorial Política, 1949).
- La historia falsificada (Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor, 1960).
- Historia de la Argentina 1515-1938 (Buenos Aires, Ediciones Alpe, 1954). Precisamente esta última obra me obsequió la gracia de conocer sus inconmensurables atributos. Dicha obra llegó a mis manos por vía de mi primera esposa quien había cursado sus estudios en la ciudad de Buenos Aires y usaban dicha obra en la escuela secundaria  en el Liceo Nacional de Señoritas Nº 7 sita entonces en calles Callao esq. Corrientes. (Deseo agregar que esta me parece su obra cumbre porque así lo atestigua el hecho que hacia 1977 ya se habían publicado diez ediciones de dicha obra)
Corría la década de los años sesenta y estaba publicada por la editorial Peña Lillo. A pesar que yo ya militaba en el nacionalismo argentino y por ende en el revisionismo histórico, leer esta obra (cosa que realicé en varias oportunidades,) me clarificó el camino por donde desande el trayecto del conocimiento de la verdadera historia.   Permanentemente me llenó de sorpresas y de satisfacciones, siendo docente en la Universidad Nacional de Córdoba, la impuse como libro de texto de los cursos de ingresos a la U.N.C., grande fue mi sorpresa cuando me pidieron que usara otro material más simple ya que era una obra demasiada elevada! Y en otros lares se usaba para los estudios secundarios! Pero donde logré sostenerla como lectura obligatoria fue en la Escuela Provincial de Turismo “Montes Pacheco”, de la Ciudad de Córdoba. Luego de esta breve apostilla personal, retornemos al personaje biografiado.
Don Ernesto refiriéndose a la historia oficial y a la revisionista, escribía lo siguiente:

“Los profesores de historia argentina en los establecimientos oficiales advierten desde hace años, un fenómeno perturbador: la indiferencia cada vez mayor de los alumnos ante las nociones que se le imparten.”

  Ernesto Palacio

“Es inútil que aquellos engolen la voz, es inútil que apelen al patriotismo y pretendan comunicar a los oyentes un entusiasmo que juzgan saludable por las virtudes de Rivadavia y de Sarmiento: consiguen, a los sumo, un “succés d’ estime”.

La historia que dictan NO INTERESA, importa cada vez menos a la población escolar. Este es el hecho indiscutible, que suele atribuirse corrientemente a la influencia de doctrinas exóticas o al origen extranjero de gran parte de los estudiantes. “¡Hay que apretarles las clavijas a estos hijos de gringos!” he oído exclamar de buena fe a un pedagogo, mientras aplicaba la represalia del aplazo. Esto no mejora las cosas.

El fenómeno no sólo subsiste, sino que se agrava.
Si se tiene en cuenta que los estudiantes de historia argentina cursan el cuarto año y son ya adolescentes con capacidad para razonar; si se tiene en cuenta que esa es la edad en que la personalidad se forma y se definen las vocaciones, dicha indiferencia adquiere importancia excepcional.


La interpretación xenófoba, con sus consecuencias de solapada guerra civil, no puede satisfacernos.No es verdad que nuestros muchachos, cualquiera sea su origen, se desinteresen por las cosas que atañen a la patria. Están, por el contrario, ávidos de verdades útiles y son sensibles a todas las influencias inteligentes y generosas. ¡Hay que ver la atención apasionada con que siguen, por ejemplo, cualquier explicación leal sobre nuestros problemas vitales de nuestro comercio exterior! Aquí toda indiferencia desaparece y la preocupación patriótica se advierte en la expresión reconcentrada, en la contracción de los músculos, en los gestos nerviosos, alusivos a la urgencia de los grandes remedios. Si dicha indiferencia no puede atribuirse a la causa alegada, es indudable que debe achacarse a la materia misma, tal como hoy se dicta.


Sabido es que, aparte de la guerra de la independencia, enseñada con acento antiespañolista, los motivos de exaltación que ofrecen nuestros manuales son la Asamblea del año XIII, con sus reformas ¡liberales!, el gobierno de Martín Rodríguez, la Asociación de Mayo ¡tan intelectual!, las campañas “libertadoras” de Lavalle, Caseros y –gloriosa coronación- las presidencias de Sarmiento y Avellaneda. Cuestiones de límites, no las hemos tenido; somos pacifistas. Guerra con Bolivia; pero ¿hubo tal guerra? En cuanto a la frontera oriental, es obvio que el Brasil sólo se ha ocupado de favorecernos, y que si alguna dificultad tuvimos, fue por culpa del “bárbaro” Artigas…

Los alumnos se aburren mortalmente; no “le encuentran la vuelta a todo eso”. La historia argentina, “telle qu’on la parte”, no conserva ningún elemento estimulante, ninguna enseñanza actual. Los argumentos heredados para exaltar a unos y condenar a otros han perdido toda eficacia. Nada nos dicen frente a los problemas urgentes que la actualidad nos plantea. Historia convencional, escrita para servir propósitos políticos ya perimidos, huele a cosa muerta para la inteligencia de las nuevas generaciones. El trabajo de restauración de la verdad, proseguido con entusiasmo por un grupo cada vez mayor de estudiosos, no ha llegado a conmover la versión oficial, que pronto se solemnizará en una veintena de volúmenes bajo la dirección del doctor Ricardo Levene. Será sin duda un monumento; pero un monumento sepulcral que encerrará un cadáver. No es posible obstinarse contra el espíritu de los tiempos. Ante el empeño de enseñar una historia dogmática, fundada en dogmas que ya nadie acepta, las nuevas generaciones han resuelto no estudiar historia, simplemente. Con lo que ya llevamos algo ganado. Nadie sabe historia, ni la verdadera ni la oficial. No hay un abogado, un médico, un ingeniero que (salvo casos de vocación especial) sepan historia.


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Y es porque, en las lecciones que recibieron, sospechan confusamente la existencia de una enorme mistificación. (2) No entraré a considerar las causas que dieron origen a lo que llamo versión oficial de nuestra historia ni la legitimidad de la misma, porque ello nos llevaría a enfrentarnos con los problemas fundamentales del conocimiento histórico. Diré solamente que dicha versión no se ha independizado, que sigue siendo tributaria de la escrita por los vencedores de Caseros, en una época en que se creía que el mundo marchaba, sin perturbaciones, hacia la felicidad universal bajo la égida del liberalismo y en que no sospechaban los conflictos que acarrearía la revolución industrial, ni la expansión del capitalismo, ni la lucha de clases, ni el fascismo, ni el comunismo.

Impuesta por Mitre y por Vicente Fidel López tiene ahora por paladín al arriba citado doctor Levene, lo que, en mi entender, es altamente significativo. (Hoy agregaríamos a Luis Alberto Romero).
Fraguada para servir los intereses de un partido dentro del país, llenó la misión a que se la destinaba; fue el antecedente y la justificación de la acción política de nuestras oligarquías gobernantes, o sea, el partido de la
“civilización”.

No se trataba de ser independientes, fuertes y dignos; se trataba de ser civilizados. No se trataba de hacernos, en cualquier forma, dueños de nuestro destino, sino de seguir dócilmente las huellas de Europa. No de imponernos, sino de someternos.  No de ser heroicos, sino de ser ricos. No de ser una gran nación sino una colonia próspera. No de crear una cultura propia, sino de copiar la ajena. No de poseer nuestras industrias, nuestro comercio, nuestros navíos, sino entregarlo todo al extranjero y fundar, en cambio, muchas escuelas primarias donde se enseñara, precisamente que había que recurrir a ese expediente para suplir nuestra propia incapacidad. Y muchas Universidades, donde se profesara como dogma que el capital es intangible y que el Estado (sobre todo, el argentino) es “mal administrador”.

Era natural que, para imponer esas doctrinas, no bastara con falsificar los hechos históricos. Fue necesario subvertir también la jerarquía de los valores morales y políticos. Se sostuvo, con Alberdi, que no precisábamos héroes, por ser éstos un resabio de barbarie, y que nos serían más útiles los industriales y hasta los caballeros de industria; y que la libertad interna (¡sobre todo para el comercio!) era un bien superior a la independencia con respecto al extranjero.
Se exaltó al prócer de levita frente al caudillo de lanza; al civilizador frente al “bárbaro”. Y todo esto se tradujo a la larga en la veneración del abogado como tipo representativo, y en la dominación efectiva de quienes contrataban al abogado. Con este bagaje y sus consecuencias –un pacifismo sentimental y quimérico, un acentuado complejo de inferioridad nacional- nos encontramos ante un mundo en que todos estos principios han fracasado.
La solidaridad universal por el intercambio, que postulaba el liberalismo, se ha roto definitivamente. Vivimos tiempos duros.
El imperialismo del soborno ha sido suplantado por el imperialismo de presa.
Hay que ser, o perecer. ¿Cómo no van a sonar a hueco los dogmas oficiales? ¿Cómo pretender que nuestros jóvenes se entusiasmen con una “enfiteusis” u otra genialidad por el estilo, cuando les está golpeando los ojos la realidad política de una crisis mundial, con surgimiento y caída de imperios?
Es la angustia por nuestro destino inmediato lo que explica el actual renacimiento de los estudios históricos en nuestro país, con su consecuencia natural: la exaltación de Rosas. Frente a las doctrinas de descastamiento, un anhelo de autenticidad; frente a las doctrinas de entrega, una voluntad de autonomía; frente al escepticismo, que niega las propias virtudes para simular las ajenas, una gran fe en nuestro pueblo y en sus posibilidades. Las condiciones del mundo actual demuestran que Rosas tenía razón y que las soluciones de nuestro futuro se encontrarán en los principios que él defendió hasta el heroísmo, y no en los principios de sus adversarios, que nos han traído al pantano moral en que hoy estamos hundidos hasta el eje. Los hechos son conocidos y en este terreno la batalla ha sido totalmente ganada con los trabajos de Saldías, Quesada, Ibarguren, Molinari, Font Ezcurra etc., que han puesto en descubierto la mistificación unitaria. Lo más importante, reside hoy, a mi entender, en la interpretación y valorización de los hechos ciertos, en la forma realizada por algunos de los citados y, principalmente, por Julio Irazusta en su breve pero admirable “Ensayo”. Nadie niega que Rosas defendió la integridad y la independencia de la República. Nadie niega que esa lucha fue una lucha desigual y heroica y que terminó con un triunfo para la patria.
Nadie niega que durante las dos décadas de su dominación, debió resistir a la presión externa aliada con la traición interna y que, cuando cayó, había ya una nación argentina. Contra estos altos méritos sólo se invocan objeciones “ideológicas”, promovidas por los “speculatists" que, al decir de Burke, pretenden adecuar la realidad a sus teorías y cuyas objeciones son tan válidas contra el peor como contra el mejor gobierno, “porque no hacen cuestión de eficacia, sino de competencia y de título”. Frente a tal actitud, que implica -repito- una subversión de valores, se impone previamente una restauración de los valores menospreciados. Si fuera mejor, como opinaba Alberdi, la libertad interna que la independencia nacional; si fuera moralmente más sana la codicia que el heroísmo; si fuera más deseable la utilidad que el honor; si fuera más glorioso fundar escuelas que fundar una patria, tendría razón la historia oficial.
Pero la filosofía política y la experiencia secular nos enseñan que los pueblos que pierden la independencia pierden también las libertades; que los pueblos que pierden el honor pierden también el provecho. Esto lo sabemos bien los argentinos. ¿Cómo no habríamos de volver los ojos angustiados al recuerdo del Restaurador. Rosas que representa el honor, la unidad, la independencia de la patria. Mirada a la luz de principios razonables, la historia argentina nos muestra tres fechas crucia1es: 1810; el año 20 que vio la reacción armada contra la tentativa colonizadora a base del príncipe de Luca, y la resistencia de Rosas contra una empresa análoga, pero más peligrosa. Si después del 53 seguimos siendo una nación, a Rosas se lo debemos, a la unión que se remachó durante su dictadura y que la ulterior tentativa secesionista no logro quebrar. Esto lo han reconocido hasta sus peores enemigos, empezando por el mismo Sarmiento.
Siendo así ¿cómo no guardarle gratitud, cómo no admirar su grandeza? Yo creo que ésta es evidente y que quienes no la perciben padecen de incapacidad para percibir la grandeza en general y permanecerían igualmente impasibles -salvo su sometimiento pasivo al juicio heredado- ante la de un Bismarck o un Cronwell.
Prueba de ello es que no pasa inadvertida a los observadores extranjeros que se asoman a nuestra historia, como ocurre con el mejicano Carlos Pereyra y con el alemán Oswald Spengler.
La grandeza de Rosas pertenece al mismo orden que la reconocida por Carlyle a Federico II de Prusia, quien “ahorrando sus hombres y su pólvora, defendió a una pequeña Prusia contra toda Europa, año tras año durante siete años, hasta que Europa se cansó y abandonó la empresa como imposible” (5). Alemania le levanta estatuas a su héroe en todas las ciudades. Por eso es grande Alemania. Nosotros lo proscribimos al nuestro y tratamos de proscribir también su memoria, mientras les erigimos monumentos a quienes entregaron fracciones del territorio nacional y nos impusieron un estatuto de factoría. Porque era ¡un tirano!... Es decir, porque tuvo que sacrificar toda su energía y desplegar el máximo de su autoridad para salvar a la patria en el momento más crítico de su historia; porque persiguió como debía a quienes se empeñaban en fraccionar el territorio, y no obtuvo otro premio que la satisfacción de haber cumplido con su deber. Era, como dice Goethe, “el que DEBIA mandar y que en el mando mismo entra su felicidad”.  
La primera obligación de la inteligencia argentina hoy es la glorificación -no ya rehabilitación- del gran caudillo que decidió nuestro destino. Esta glorificación señalará el despertar definitivo de la conciencia nacional. Los tiempos están maduros para la restauración de la verdad, que será fecunda en consecuencias, porque entonces la historia volverá a despertar un eco en las almas, explicará los nuevos problemas y comunicará al corazón de nuestros adolescentes un legítimo orgullo patriótico. Esto es lo que hoy, trágicamente falta. Los próceres de la historia heredada, los próceres CIVILES representan y hacen amar (cuando lo consiguen) conceptos abstractos: la civilización, la instrucción pública, el régimen constitucional. Rosas, en cambio, nos hace amar la patria misma, que podría prescindir de esas ventajas, pero no de su integridad ni de su honor.
Opinión del Autor
Es asombrosa la actualidad de los conceptos desarrollados por el gran maestro Palacio, que como está señalado más arriba fueron expresados hace más de 70 años. Naturalmente adhiero fervorosamente todas y cada una de sus expresiones.
A todas estas verdades de puño se podrían agregar aspectos casi desconocidos, como que Sarmiento en su furiosa campaña de desnacionalización, no sólo importó maestras norteamericanas, para que mutaran nuestra cultura sino que llegó al paroxismo de importar flora y fauna extranjera, en detrimento de la vernácula, cometiendo algunas tropelías  infaustas como la importación del gorrión, ave considerada plaga en todo el orbe y él la trajo porque la conoció en París y pensó que adoptando ese bicho dañino nos haría un poco parisinos! Desdeño la afirmación vertida por Félix Luna, en ocasión de un reportaje que le hicieran con motivo de la filmación de un documental sobre la repatriación de los restos de Don Juan Manuel de Rosas, socarronamente dijo el “…revisionismo está agotado ya no hay más nada que decir del mismo…”.
Tampoco acepto el revisionismo impostado y veleta de Pacho O ´Donell (Presidente del Instituto Dorrego, creación kirchnerista surgido con la única finalidad de opacar y suplantar al Instituto J.M. de Rosas o al acomodaticio y mercantilista Felipe Pigna (O Pifia al decir de un cómico de la T.V. que lo remeda).
Para finalizar diré que al dueto Rosa-Palacio debemos la idea de instaurar el 20 de noviembre como “Día de la Soberanía Nacional” y el impulso de repatriar los restos del Brig. Gral. Juan Manuel de Rosas. También fueron parte de esa juventud dorada que integrando FORJA en la década infame, se desprendió de la misma junto a otros notables como José Luis Torres, Raúl Scalabrini Ortíz, Arturo Jauretche, Gabriel del Mazo y otros. Los cuales se pasaron con “armas y bagajes” al peronismo naciente de 1945.

martes, 12 de abril de 2016

UNA AFRENTA A JUAN MANUEL DE ROSAS

Pacho O´Donnell

Hay un proyecto en la Legislatura capitalina de modificar el nombre de Juan Manuel de Rosas impuesto a una estación de subtes por el de “Juan Manuel de Rosas/ Villa Urquiza”. Se trata, claro está, de una afrenta a la memoria del Restaurador. Una más. Como si el paso de más de un siglo y medio de nuestra historia no hubiera sido suficiente para paliar el odio contra quien propuso una organización nacional antagónica a la liberal finalmente triunfante por las armas.
Lo que no puede discutírsele a Rosas es que él fue el formador del estado argentino. Tanto fue así que es durante su gobierno que comienza a hablarse de “República Argentina”. Y estos procesos históricos, a nivel mundial, han sido inevitablemente violentos y crueles. Para crear estado (“state-making”) siempre y en todas partes fue necesario arrasar con la autonomía de entidades feudales, de ciudades, de órdenes religiosas o, simplemente, de otras organizaciones políticas de base territorial que perdieron guerras con los “centros” que acabaron por imponer su dominio integrador en unidades mayores. 
Los Estados Unidos de Norteamérica solo logrará su constitución como estado luego de la sangrienta Guerra Civil.
Durante su gobierno las elites europeizadas del puerto, en parte emigrados a la Banda Oriental, no toleraban que a raíz del bloqueo de la armada francesa a Buenos Aires en 1838 estuviera en guerra nada menos que contra “su” Francia y que las calles porteñas ya no fueran testigo de sus paseos y de sus apasionadas discusiones sino que ahora las transitaban los plebeyos, los bárbaros mal entrazados, de apellidos sin relieve ni historia, de barbas desprolijas y vestimentas no “a la page”.
Unitarios y “cismáticos”  llevaron su oposición a Rosas hasta extremos inconcebibles: “Los que cometieron aquel delito de leso americanismo” –confesará años después uno de ellos, con su habitual franqueza, Domingo Sarmiento-, “los que se echaron en brazos de la Francia para salvar la civilización europea, sus instituciones, hábitos e ideas en las orillas del Plata fueron los jóvenes; en una palabra, ¡fuimos nosotros!”. Está claro: de lo que se trataba era de salvar, en Argentina, “la civilización europea”  y no la soberanía nacional.
Nuestra historia oficial nunca logró digerir la cláusula tercera del testamento del general don José de San Martín: “El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la independencia de la América del Sur le será entregado al general de la república Argentina don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”. Es que San Martín, como militar de alma que era, aborrecía el desorden y la indisciplina. Estaba seguro de que la anarquía en que se había sumido su patria terminaría por derrumbarla y hacer fracasar la lucha por su independencia, en la que él había invertido tantos esfuerzos y sacrificios. Una de las últimas cartas que escribe el Libertador tres meses antes de su muerte, con letra dificultosa, fue justamente a Juan Manuel de Rosas: “(...) como argentino me llena de un verdadero orgullo, el ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor establecido en nuestra querida  Patria, y todos estos progresos efectuados en medio de circunstancias tan difíciles en que pocos estados se habrán hallado”.
 Las potencias europeas necesitaban buenos pretextos para la “intervención” rioplatense. Por ejemplo  algún documento que impusiera mundialmente una imagen sanguinaria de Rosas. Florencio Varela encargó  su confección al antes fanático rosista José Rivera Indarte. Según esas imaginativas “Tablas de sangre” los procedimientos para matar eran escalofriantes: “las cabezas de las víctimas son puestas en el mercado público adornadas con cintas celestes”, los degüellos se hacían “con sierras de carpintero desafiladas”. También se “revela” que Manuelita “ha presentado en un plato a sus convidados, como manjar delicioso, las orejas saladas de un prisionero”. También Rosas “ha ido hasta el lecho en que yacía moribundo su padre a insultarlo”. Y como si todo esto no fuera suficiente: “Es culpable de torpe y escandaloso incesto con su hija Manuelita a quien ha corrompido”.
Es ese el catecismo que siguen recitando quienes se niegan a aceptar que, con sus claroscuros, Rosas es una figura fundamental en nuestra historia y por lo tanto merece el debate y no la denostación.

Luego de rechazar la invasión de las armadas de las mayores potencias de su época, Gran Bretaña y Francia,  Rosas tenía en 1848 una preocupación y una obsesión: el expansionismo del imperio del Brasil, por cuya hostilidad habíamos perdido el Paraguay y el Uruguay.  Tampoco olvidaba su colaboración con los invasores europeos, que fuera enfatizada por el primer ministro británico Peel cuando confesó que “en 1844 el gobierno brasilero pidió un esfuerzo por parte de Inglaterra y de Francia para intervenir”.
Pero entonces, insólitamente, se producirá la defección del jefe del ejército argentino, Justo José de Urquiza, quien buscará una alianza con el país en beligerancia con su patria. Nuestra historia oficial argumentará que el entrerriano lo hizo para defenestrar al tirano y dictar una constitución y que ello justificaba cualquier pacto con el diablo. Sin embargo uno de sus secretarios privados, Nicanor Molinas, lo explicará años después y sin ánimo de crítica, por móviles económicos: “Al pronunciamiento se fue porque Rosas no permitía el comercio del oro por Entre Ríos”. También el brasileño Duarte da Ponte Ribeiro, delegado ante la Confederación, escribe en el mismo sentido a su primer Ministro Paulino el 23 de octubre de 1850: “Urquiza no solamente es el gobernador (de Entre Ríos) sino también el primer negociante de su provincia y las negativas de Rosas lo perjudicaban enormemente como negociante”.
En los fogones de la pampa bonaerense se cantaría:
“¡Al arma, argentinos, cartucho al cañón!
Que el Brasil regenta
la negra traición.
Por la callejuela,
Por el callejón, que a Urquiza compraron
por un patacón.
¡El sable a la mano
al brazo el fusil,
sangre quiere Urquiza,
balas el Brasil!”.

Es, insólitamente, el nombre de quien lo traicionara y lo venciera el que se desea unir al del Restaurador en la estación de subte. El mismo criterio estúpido y vengativo que erigió la estatua de Juan Lavalle en el solar de la familia Dorrego.


lunes, 30 de noviembre de 2015

COCHRANE VS. SAN MARTÍN



 Por Pacho O donnell

  El almirante Cochrane era un héroe naval de Gran Bretaña, condecorado con la muy prestigiosa Orden del Baño por sus hazañas en las guerras napoleónicas. Llegó a ser también miembro de la Cámara de los Torys. Pero su codi­cia lo llevó a embarcarse en estafas financieras que lo ence­rraron en la Torre de Londres y lo despeñaron en el despres­tigio social.

Ello lo llevó a ofrecerse como mercenario, aceptando la propuesta de Álvarez Condarco para conducir la armada chilena.  Desde un principio compitió con San Martín por la comandancia de la conquista de Lima.

"El objeto de la presente expedición -consigna un ofi­cio que O'Higgins hace llegar a manos del almirante el 19 de agosto de 1820, víspera de la partida- es extraer al Perú de la odiosa servidumbre de España elevándola al rango de una potencia libre y soberana y concluir por ese medio la grandiosa obra de la independencia continental de Sud América. El capitán general del ejército, don José de San Martín, es el jefe a quien el gobierno y la república han confiado la exclusiva dirección de las operaciones de esa gran empresa..." El gobernante chileno deseaba poner coto a las intemperancias del altivo lord.

Cochrane, despechado, hace que veintitrés oficiales, ignorando la disposición de O'Higgins, se declaren exclusiva­mente subordinados a él, cuyos poderes "no pueden transferirse a otro". "O'Higgins, semejante a otros muchos buenos capitanes -escribe al dictado el secretario del al­mirante-, no desarrolló en el gabinete aquel tacto con que tan brillantemente había servido a la patria en el campo de batalla, permitiendo que el general San Martín, con su habil­idad peculiar de volver en provecho suyo las proezas de los otros, se esforzase en llevar la palma, porque la gloria era en realidad de O'Higgins".

También trata de hacer aparecer a su odiado antagoni­sta como cobarde: "El general San Martín, al llegar a Pisco, no quiso entrar en la villa, bien que las fuerzas españo­las no contasen allí más que 300 hombres escasos. Ha­ciendo desembarcar las tropas al mando del mariscal Las Heras, se marchó costa abajo en la goleta `Moctezuma'. Una conducta tal de San Martín causó gran descontento en el ejército y la escuadra, puesto que había un contraste con la primera toma que se hizo de dicha plaza el año anterior, por el teniente Charles y el mayor Miller, acompañados de un puñado de hombres".

Cuando San Martín procede a proclamar la indepen­dencia del Perú, en el marco de la más imponente solemni­dad, hace acuñar y distribuir medallas con el texto: "Lima obtuvo su independencia el 28 de Julio de 1821, bajo la Protección del general San Martín y el Ejército Liberta­dor". Ninguna mención a la flota ni a su almirante...

Cochrane quedó muy ofendido. Para hostigar al Liber­tador aprovecha que el pago de los sueldos de la escuadra se había atrasado, debido a la escasez de recursos de la expedición, para fomentar inquietud y amenazas de suble­vación por parte de los marinos.

"Al día siguiente, 4 de agosto, no sabiendo lord Cochrane que San Martín había cambiado de título -re­dacta su secretario, en un remedo de ventrilocuismo- fue a palacio y rogó al general en jefe propusiese un medio para pagar a los marineros extranjeros, que habían cumplido sus contratos." San Martín respondió a esto que "él nunca pagaría a la escuadra chilena a menos que fuese vendida al Perú, y que entonces el pago sería considerado como parte del precio de adquisición". Lord Cochrane le respondió malamente. 
 

San Martín se volvió entonces hacia el almirante y le dijo: "¿Sabe Ud., mi lord, que yo soy el Protector del Perú?" El inglés ironizó entonces sobre las veleidades nobiliarias y aristocratizantes de don José. Éste lo interrumpió, altanero, dando por terminado el diálogo: "Lo único que tengo que decir es que yo soy el Protector del Perú".

Al pie de lo que atribuye a su empleado, Cochrane agrega un infundio: "Una circunstancia ha sido omitida en la presente narración. El general San Martín, al conducirme hasta la escalera, tuvo la temeridad de proponerme si­guiese su ejemplo, esto es, faltase a la fe que ambos había­mos jurado al gobierno de Chile, apropiase la escuadra a sus intereses y aceptase el grado más elevado de Primer Almirante del Perú. Es casi excusado decir que deseché proposiciones tan deshonrosas. San Martín, al ver mi nega­tiva, me declaró en un tono irritado que ni pagaría a los marineros sus atrasos ni la recompensa que les había pro­metido".

El lord estaba decidido a enajenar a San Martín el apoyo de Chile, la amistad de O'Higgins y su prestigio en la nación hermana.  

El rencoroso marino cuenta que una feliz casualidad le permitió apoderarse del tesoro del Estado peruano, que San Martín trató de poner a buen recaudo, embarcándolo, ante la posibilidad de un contraataque de los españoles. Quizás, también, al demostrar confianza en el lord británi­co deseaba disminuir el voltaje de su confrontación, dañina para el proyecto libertario.

Sin embargo, el almirante aprovechará para redoblar sus ataques de mala fe: "Este dinero -escribirá- había sido enviado a Ancón bajo el pretexto de ponerlo a salvo de cualquier ataque de las fuerzas españolas, pero con el áni­mo quizá de hacerlo servir a las miras ulteriores del Pro­tector".

Fueron inútiles los esfuerzos de San Martín y de su estrecho colaborador Monteagudo para que Cochrane resti­tuyera tan importante caudal.

Éste saca partido de las ínfulas monarquizantes de don José -flanco que también aprovecharía Bolívar para denigrarlo- para describir, cargando las tintas, la Lima de 1820: "Se había formado una casi guardia real de escolta al Protector cuando salía al público; precaución no del todo inútil, a pesar de hallarse los limeños desarmados. En una palabra, los limeños tenían una república que hormigueaba de marqueses, condes, vizcondes y otros títulos de monarca, a cuyo fin todos creían se encaminaba el Protector". Recorde­mos que sus enemigos se burlaban de San Martín apodándo­lo "el Rey José".

Al producirse el regreso de San Martín a Chile, luego de Guayaquil, escribe el almirante: "Los patriotas de Chile ansiaban que yo lo arrestase y estoy cierto que si así hubiese procedido los hombres del poder no se habrían quejado; pero yo preferí que el gobierno siguiese su propio curso".

Falta a la verdad Cochrane, en su supuesta magnanimi­dad, puesto que el 12 de octubre de 1822 ha urgido al gobier­no chileno a "formar un sumario acerca de la conducta del mencionado Dn. José de San Martín", aprovechando que "habiendo llegado hoy a Valparaíso hállase ahora bajo la jurisdicción de las leyes de Chile". Se manifiesta "pronto a probar el haberse apoderado violentamente de la autoridad suprema del Perú; el haber intentado seducir a la marina de dicho Estado; el colocar sin derecho alguno a las fragatas `Prueba' y `Venganza' bajo la bandera del Perú; y otras de­mostraciones y actos hostiles a la República de Chile".

El Libertador debió huir del país que había liberado, a toda prisa, con una escolta proporcionada por su amigo O'Higgins, con su vida pendiente de un hilo, esquivando a los tribunales de un país que había llegado a execrarlo.

Por alguna inexplicable razón nuestra historia oficial reconoce como únicos antagonistas del Libertador a los godos y a las altas cumbres andinas, ocultando que fue escarnecido y hasta amenazado de muerte por algunos de sus poderosos contemporáneos, entre ellos Alvear, Rivadavia y Cochrane. Y no fueron los únicos.
Nada más hipócrita que la explicación oficial de que nuestro Libertador emigra a Europa para “completar la educación de su hija"