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domingo, 25 de diciembre de 2016

RECUERDO DEL HISTORIADOR ERNESTO PALACIO

Por Carlos Pachá
En este enero del 2015 quiero resaltar el talento de quien considero, a través de la distancia y el tiempo como mi gran maestro de historia argentina, me refiero a Don Ernesto Palacio, intelectual, docente, historiador, un genio de elevado talento. A modo de presentación diré que fue uno de los grandes precursores del autentico revisionismo histórico. Quien en muchas oportunidades compartió trabajos y luchas en defensa de los intereses del nacionalismo y por ende de la Patria con otro emblemático hacedor de nuestra historia, Don José María Rosa (h). Para justificar su recuerdo en enero debo acudir a su biografía ya que   el Dr. Ernesto Palacio nació en San Martín (Provincia de Buenos Aires el 4 de enero de 1900, hijo de Alberto C. Palacio y de Ana Calandrelli. Fue abogado, docente, escritor y periodista. Ingresó en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires en 1919 y egresó como abogado en 1926.

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Como docente fue profesor de Historia Antigua y de Historia Argentina en la Escuela Comercial de Mujeres (1931-1938), de Geografía en el Colegio “Justo José de Urquiza” hasta 1942 y de Historia de la Edad Media en el Colegio Nacional “Bernardino Rivadavia” (1931-1955).Fue ministro de Gobierno e Instrucción Pública de la Intervención Nacional en San Juan (1930-1931). Se desempeñó como diputado nacional entre 1946 y 1952, donde fue presidente de la Comisión de Cultura (1946-1947). Codirector junto a Rodolfo Irazusta de La Nueva República (1929-1931). Fundador en 1938 del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, donde dirigió y colaboró en su revista y fue miembro de la comisión directiva. Palacio fue uno de los escasos intelectuales que evitó caer bajo la influencia materialista y fue descripto por Leopoldo Marechal como un “triunfante al haber impuesto su mentalidad a todo un mundo”.
Falleció a los 79 años el 3 de enero de 1979.

Autor de las siguientes obras: 
- La Inspiración y la Gracia (Buenos Aires, Editorial Gleizer, 1929).
- El Espíritu y la Letra (Buenos Aires, Editorial Serviam, 1936).
- Historia de Roma (Buenos Aires, Editorial Albatros, 1939).
- Catilina. La revolución contra la plutocracia en Roma (Buenos Aires, Editorial Claridad, 1946).
- Teoría del Estado (Buenos Aires, Editorial Política, 1949).
- La historia falsificada (Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor, 1960).
- Historia de la Argentina 1515-1938 (Buenos Aires, Ediciones Alpe, 1954). Precisamente esta última obra me obsequió la gracia de conocer sus inconmensurables atributos. Dicha obra llegó a mis manos por vía de mi primera esposa quien había cursado sus estudios en la ciudad de Buenos Aires y usaban dicha obra en la escuela secundaria  en el Liceo Nacional de Señoritas Nº 7 sita entonces en calles Callao esq. Corrientes. (Deseo agregar que esta me parece su obra cumbre porque así lo atestigua el hecho que hacia 1977 ya se habían publicado diez ediciones de dicha obra)
Corría la década de los años sesenta y estaba publicada por la editorial Peña Lillo. A pesar que yo ya militaba en el nacionalismo argentino y por ende en el revisionismo histórico, leer esta obra (cosa que realicé en varias oportunidades,) me clarificó el camino por donde desande el trayecto del conocimiento de la verdadera historia.   Permanentemente me llenó de sorpresas y de satisfacciones, siendo docente en la Universidad Nacional de Córdoba, la impuse como libro de texto de los cursos de ingresos a la U.N.C., grande fue mi sorpresa cuando me pidieron que usara otro material más simple ya que era una obra demasiada elevada! Y en otros lares se usaba para los estudios secundarios! Pero donde logré sostenerla como lectura obligatoria fue en la Escuela Provincial de Turismo “Montes Pacheco”, de la Ciudad de Córdoba. Luego de esta breve apostilla personal, retornemos al personaje biografiado.
Don Ernesto refiriéndose a la historia oficial y a la revisionista, escribía lo siguiente:

Los profesores de historia argentina en los establecimientos oficiales advierten desde hace años, un fenómeno perturbador: la indiferencia cada vez mayor de los alumnos ante las nociones que se le imparten.”

  Ernesto Palacio

“Es inútil que aquellos engolen la voz, es inútil que apelen al patriotismo y pretendan comunicar a los oyentes un entusiasmo que juzgan saludable por las virtudes de Rivadavia y de Sarmiento: consiguen, a los sumo, un “succés d’ estime”.

La historia que dictan NO INTERESA, importa cada vez menos a la población escolar. Este es el hecho indiscutible, que suele atribuirse corrientemente a la influencia de doctrinas exóticas o al origen extranjero de gran parte de los estudiantes. “¡Hay que apretarles las clavijas a estos hijos de gringos!” he oído exclamar de buena fe a un pedagogo, mientras aplicaba la represalia del aplazo. Esto no mejora las cosas.

El fenómeno no sólo subsiste, sino que se agrava.
Si se tiene en cuenta que los estudiantes de historia argentina cursan el cuarto año y son ya adolescentes con capacidad para razonar; si se tiene en cuenta que esa es la edad en que la personalidad se forma y se definen las vocaciones, dicha indiferencia adquiere importancia excepcional.


La interpretación xenófoba, con sus consecuencias de solapada guerra civil, no puede satisfacernos.No es verdad que nuestros muchachos, cualquiera sea su origen, se desinteresen por las cosas que atañen a la patria. Están, por el contrario, ávidos de verdades útiles y son sensibles a todas las influencias inteligentes y generosas. ¡Hay que ver la atención apasionada con que siguen, por ejemplo, cualquier explicación leal sobre nuestros problemas vitales de nuestro comercio exterior! Aquí toda indiferencia desaparece y la preocupación patriótica se advierte en la expresión reconcentrada, en la contracción de los músculos, en los gestos nerviosos, alusivos a la urgencia de los grandes remedios. Si dicha indiferencia no puede atribuirse a la causa alegada, es indudable que debe achacarse a la materia misma, tal como hoy se dicta.


Sabido es que, aparte de la guerra de la independencia, enseñada con acento antiespañolista, los motivos de exaltación que ofrecen nuestros manuales son la Asamblea del año XIII, con sus reformas ¡liberales!, el gobierno de Martín Rodríguez, la Asociación de Mayo ¡tan intelectual!, las campañas “libertadoras” de Lavalle, Caseros y –gloriosa coronación- las presidencias de Sarmiento y Avellaneda. Cuestiones de límites, no las hemos tenido; somos pacifistas. Guerra con Bolivia; pero ¿hubo tal guerra? En cuanto a la frontera oriental, es obvio que el Brasil sólo se ha ocupado de favorecernos, y que si alguna dificultad tuvimos, fue por culpa del “bárbaro” Artigas…

Los alumnos se aburren mortalmente; no “le encuentran la vuelta a todo eso”. La historia argentina, “telle qu’on la parte”, no conserva ningún elemento estimulante, ninguna enseñanza actual. Los argumentos heredados para exaltar a unos y condenar a otros han perdido toda eficacia. Nada nos dicen frente a los problemas urgentes que la actualidad nos plantea. Historia convencional, escrita para servir propósitos políticos ya perimidos, huele a cosa muerta para la inteligencia de las nuevas generaciones. El trabajo de restauración de la verdad, proseguido con entusiasmo por un grupo cada vez mayor de estudiosos, no ha llegado a conmover la versión oficial, que pronto se solemnizará en una veintena de volúmenes bajo la dirección del doctor Ricardo Levene. Será sin duda un monumento; pero un monumento sepulcral que encerrará un cadáver. No es posible obstinarse contra el espíritu de los tiempos. Ante el empeño de enseñar una historia dogmática, fundada en dogmas que ya nadie acepta, las nuevas generaciones han resuelto no estudiar historia, simplemente. Con lo que ya llevamos algo ganado. Nadie sabe historia, ni la verdadera ni la oficial. No hay un abogado, un médico, un ingeniero que (salvo casos de vocación especial) sepan historia.


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Y es porque, en las lecciones que recibieron, sospechan confusamente la existencia de una enorme mistificación. (2) No entraré a considerar las causas que dieron origen a lo que llamo versión oficial de nuestra historia ni la legitimidad de la misma, porque ello nos llevaría a enfrentarnos con los problemas fundamentales del conocimiento histórico. Diré solamente que dicha versión no se ha independizado, que sigue siendo tributaria de la escrita por los vencedores de Caseros, en una época en que se creía que el mundo marchaba, sin perturbaciones, hacia la felicidad universal bajo la égida del liberalismo y en que no sospechaban los conflictos que acarrearía la revolución industrial, ni la expansión del capitalismo, ni la lucha de clases, ni el fascismo, ni el comunismo.

Impuesta por Mitre y por Vicente Fidel López tiene ahora por paladín al arriba citado doctor Levene, lo que, en mi entender, es altamente significativo. (Hoy agregaríamos a Luis Alberto Romero).
Fraguada para servir los intereses de un partido dentro del país, llenó la misión a que se la destinaba; fue el antecedente y la justificación de la acción política de nuestras oligarquías gobernantes, o sea, el partido de la
“civilización”.

No se trataba de ser independientes, fuertes y dignos; se trataba de ser civilizados. No se trataba de hacernos, en cualquier forma, dueños de nuestro destino, sino de seguir dócilmente las huellas de Europa. No de imponernos, sino de someternos.  No de ser heroicos, sino de ser ricos. No de ser una gran nación sino una colonia próspera. No de crear una cultura propia, sino de copiar la ajena. No de poseer nuestras industrias, nuestro comercio, nuestros navíos, sino entregarlo todo al extranjero y fundar, en cambio, muchas escuelas primarias donde se enseñara, precisamente que había que recurrir a ese expediente para suplir nuestra propia incapacidad. Y muchas Universidades, donde se profesara como dogma que el capital es intangible y que el Estado (sobre todo, el argentino) es “mal administrador”.

Era natural que, para imponer esas doctrinas, no bastara con falsificar los hechos históricos. Fue necesario subvertir también la jerarquía de los valores morales y políticos. Se sostuvo, con Alberdi, que no precisábamos héroes, por ser éstos un resabio de barbarie, y que nos serían más útiles los industriales y hasta los caballeros de industria; y que la libertad interna (¡sobre todo para el comercio!) era un bien superior a la independencia con respecto al extranjero.
Se exaltó al prócer de levita frente al caudillo de lanza; al civilizador frente al “bárbaro”. Y todo esto se tradujo a la larga en la veneración del abogado como tipo representativo, y en la dominación efectiva de quienes contrataban al abogado. Con este bagaje y sus consecuencias –un pacifismo sentimental y quimérico, un acentuado complejo de inferioridad nacional- nos encontramos ante un mundo en que todos estos principios han fracasado.
La solidaridad universal por el intercambio, que postulaba el liberalismo, se ha roto definitivamente. Vivimos tiempos duros.
El imperialismo del soborno ha sido suplantado por el imperialismo de presa.
Hay que ser, o perecer. ¿Cómo no van a sonar a hueco los dogmas oficiales? ¿Cómo pretender que nuestros jóvenes se entusiasmen con una “enfiteusis” u otra genialidad por el estilo, cuando les está golpeando los ojos la realidad política de una crisis mundial, con surgimiento y caída de imperios?
Es la angustia por nuestro destino inmediato lo que explica el actual renacimiento de los estudios históricos en nuestro país, con su consecuencia natural: la exaltación de Rosas. Frente a las doctrinas de descastamiento, un anhelo de autenticidad; frente a las doctrinas de entrega, una voluntad de autonomía; frente al escepticismo, que niega las propias virtudes para simular las ajenas, una gran fe en nuestro pueblo y en sus posibilidades. Las condiciones del mundo actual demuestran que Rosas tenía razón y que las soluciones de nuestro futuro se encontrarán en los principios que él defendió hasta el heroísmo, y no en los principios de sus adversarios, que nos han traído al pantano moral en que hoy estamos hundidos hasta el eje. Los hechos son conocidos y en este terreno la batalla ha sido totalmente ganada con los trabajos de Saldías, Quesada, Ibarguren, Molinari, Font Ezcurra etc., que han puesto en descubierto la mistificación unitaria. Lo más importante, reside hoy, a mi entender, en la interpretación y valorización de los hechos ciertos, en la forma realizada por algunos de los citados y, principalmente, por Julio Irazusta en su breve pero admirable “Ensayo”. Nadie niega que Rosas defendió la integridad y la independencia de la República. Nadie niega que esa lucha fue una lucha desigual y heroica y que terminó con un triunfo para la patria.
Nadie niega que durante las dos décadas de su dominación, debió resistir a la presión externa aliada con la traición interna y que, cuando cayó, había ya una nación argentina. Contra estos altos méritos sólo se invocan objeciones “ideológicas”, promovidas por los “speculatists" que, al decir de Burke, pretenden adecuar la realidad a sus teorías y cuyas objeciones son tan válidas contra el peor como contra el mejor gobierno, “porque no hacen cuestión de eficacia, sino de competencia y de título”. Frente a tal actitud, que implica -repito- una subversión de valores, se impone previamente una restauración de los valores menospreciados. Si fuera mejor, como opinaba Alberdi, la libertad interna que la independencia nacional; si fuera moralmente más sana la codicia que el heroísmo; si fuera más deseable la utilidad que el honor; si fuera más glorioso fundar escuelas que fundar una patria, tendría razón la historia oficial.
Pero la filosofía política y la experiencia secular nos enseñan que los pueblos que pierden la independencia pierden también las libertades; que los pueblos que pierden el honor pierden también el provecho. Esto lo sabemos bien los argentinos. ¿Cómo no habríamos de volver los ojos angustiados al recuerdo del Restaurador. Rosas que representa el honor, la unidad, la independencia de la patria. Mirada a la luz de principios razonables, la historia argentina nos muestra tres fechas crucia1es: 1810; el año 20 que vio la reacción armada contra la tentativa colonizadora a base del príncipe de Luca, y la resistencia de Rosas contra una empresa análoga, pero más peligrosa. Si después del 53 seguimos siendo una nación, a Rosas se lo debemos, a la unión que se remachó durante su dictadura y que la ulterior tentativa secesionista no logro quebrar. Esto lo han reconocido hasta sus peores enemigos, empezando por el mismo Sarmiento.
Siendo así ¿cómo no guardarle gratitud, cómo no admirar su grandeza? Yo creo que ésta es evidente y que quienes no la perciben padecen de incapacidad para percibir la grandeza en general y permanecerían igualmente impasibles -salvo su sometimiento pasivo al juicio heredado- ante la de un Bismarck o un Cronwell.
Prueba de ello es que no pasa inadvertida a los observadores extranjeros que se asoman a nuestra historia, como ocurre con el mejicano Carlos Pereyra y con el alemán Oswald Spengler.
La grandeza de Rosas pertenece al mismo orden que la reconocida por Carlyle a Federico II de Prusia, quien “ahorrando sus hombres y su pólvora, defendió a una pequeña Prusia contra toda Europa, año tras año durante siete años, hasta que Europa se cansó y abandonó la empresa como imposible” (5). Alemania le levanta estatuas a su héroe en todas las ciudades. Por eso es grande Alemania. Nosotros lo proscribimos al nuestro y tratamos de proscribir también su memoria, mientras les erigimos monumentos a quienes entregaron fracciones del territorio nacional y nos impusieron un estatuto de factoría. Porque era ¡un tirano!... Es decir, porque tuvo que sacrificar toda su energía y desplegar el máximo de su autoridad para salvar a la patria en el momento más crítico de su historia; porque persiguió como debía a quienes se empeñaban en fraccionar el territorio, y no obtuvo otro premio que la satisfacción de haber cumplido con su deber. Era, como dice Goethe, “el que DEBIA mandar y que en el mando mismo entra su felicidad”.  
La primera obligación de la inteligencia argentina hoy es la glorificación -no ya rehabilitación- del gran caudillo que decidió nuestro destino. Esta glorificación señalará el despertar definitivo de la conciencia nacional. Los tiempos están maduros para la restauración de la verdad, que será fecunda en consecuencias, porque entonces la historia volverá a despertar un eco en las almas, explicará los nuevos problemas y comunicará al corazón de nuestros adolescentes un legítimo orgullo patriótico. Esto es lo que hoy, trágicamente falta. Los próceres de la historia heredada, los próceres CIVILES representan y hacen amar (cuando lo consiguen) conceptos abstractos: la civilización, la instrucción pública, el régimen constitucional. Rosas, en cambio, nos hace amar la patria misma, que podría prescindir de esas ventajas, pero no de su integridad ni de su honor.
Opinión del Autor
Es asombrosa la actualidad de los conceptos desarrollados por el gran maestro Palacio, que como está señalado más arriba fueron expresados hace más de 70 años. Naturalmente adhiero fervorosamente todas y cada una de sus expresiones.
A todas estas verdades de puño se podrían agregar aspectos casi desconocidos, como que Sarmiento en su furiosa campaña de desnacionalización, no sólo importó maestras norteamericanas, para que mutaran nuestra cultura sino que llegó al paroxismo de importar flora y fauna extranjera, en detrimento de la vernácula, cometiendo algunas tropelías  infaustas como la importación del gorrión, ave considerada plaga en todo el orbe y él la trajo porque la conoció en París y pensó que adoptando ese bicho dañino nos haría un poco parisinos! Desdeño la afirmación vertida por Félix Luna, en ocasión de un reportaje que le hicieran con motivo de la filmación de un documental sobre la repatriación de los restos de Don Juan Manuel de Rosas, socarronamente dijo el “…revisionismo está agotado ya no hay más nada que decir del mismo…”.
Tampoco acepto el revisionismo impostado y veleta de Pacho O ´Donell (Presidente del Instituto Dorrego, creación kirchnerista surgido con la única finalidad de opacar y suplantar al Instituto J.M. de Rosas o al acomodaticio y mercantilista Felipe Pigna (O Pifia al decir de un cómico de la T.V. que lo remeda).
Para finalizar diré que al dueto Rosa-Palacio debemos la idea de instaurar el 20 de noviembre como “Día de la Soberanía Nacional” y el impulso de repatriar los restos del Brig. Gral. Juan Manuel de Rosas. También fueron parte de esa juventud dorada que integrando FORJA en la década infame, se desprendió de la misma junto a otros notables como José Luis Torres, Raúl Scalabrini Ortíz, Arturo Jauretche, Gabriel del Mazo y otros. Los cuales se pasaron con “armas y bagajes” al peronismo naciente de 1945.

viernes, 5 de septiembre de 2014

EL OTRO ÁLVARO ALZOGARAY

Carlos Pachá
Seguramente cuando lea este nombre el lector no podrá evitar un respingo, pero antes  deseo aclarar que no se trata del despreciable homónimo que fungió en la década del 60 como ministro de economía de nuestro país, que nos propinó un álgido invierno y un fraudulento empréstito “9 de Julio”. A quien quiero conmemorar en el 135º aniversario de su deceso es a su bisabuelo, el Cnel. de Marina Álvaro José de Alzogaray. (Afortunadamente algunos de sus descendientes tergiversaron la grafía de su apellido por Alsogaray).
El Coronel provenía de una familia acaudalada que le procuró una excelente educación que aparte de poseer abundantes conocimientos,  hablaba correctamente varios idiomas.
Se dedicó  a la ingeniería naval tarea en la que descolló. Y dentro de ella se perfeccionó como artillero, una de las especialidades más complejas. 
 A los 15 años se incorporó a la escuadra argentina organizada a consecuencia de la guerra con Brasil.  La mencionada arma fue puesta bajo la dirección del hacedor de nuestra Armada: el insigne Almirante Guillermo Brown.
Alzogaray fue su ayudante durante la guerra contra el Imperio de Brasil (1825-1828). Actuaba como su secretario, incluso escribiendo   el “Diario de Operaciones de la Escuadra Republicana”, desde   1826 hasta  1828, día por día.
Fue ascendiendo por todo el escalafón militar hasta alcanzar la máxima jerarquía y distinciones a su valor en combate. Cada galón   lo obtuvo en el campo de batalla. Sirvan como ejemplo: Venció a Coe en Montevideo, a “Mascarilla López en “Mal Abrigo”; Tomó la “Isla de las ratas”; venció en “Santa Lucía”, etc.
Brown no hablaba castellano; Alzogaray, traducía sus órdenes a la tripulación y  tropa. Durante todo el año 1842, Alzogaray se halló sirviendo en la Escuadra  fondeada en Los Pozos. En enero de 1844, Alzogaray al mando de 50 hombres rechazó un ataque de 400 hombres dirigidos por los coroneles   Centurión, Silva y  Freire, que intentaban apoderarse de la Plaza de Maldonado. Antes de iniciar el ataque el Coronel Silva intimó a Alzogaray a rendirse por la superioridad numérica de los atacantes.
Respondiéndole  Alzogaray : “Diga Ud. al jefe invasor que cuando se confía la defensa de un punto militar a un Oficial Argentino, no se entra en él hasta concluir con el último de los valientes que lo defienden; que en esta virtud puede cuando guste dar principio al asalto.” Atacaron de inmediato y Alzogaray impidió que  se abriera fuego hasta tener cerca al enemigo provocándole muchas bajas, la batalla   duró 8 horas, la victoria fue completa.
  El 23-12-1844,  comandando el Bergantín “General San Martín”    derrotaron al mercenario conocido como el “Chacal de los tigres Anglo-franceses”: Giuseppe Garibaldi, en el combate de “Punta del Cerro de Montevideo”, poniendo en fuga a siete goletas enemigas.  Garibaldi era muy  “valiente” cuando atacaba a poblaciones inermes   que saqueaba protegido por la flota imperialista.  Cuando encontraba resistencia, huía. Brown le propinó tremenda paliza en  Costa Brava (15-8-42), lo capturó pero cometió el error de liberar al taimado bandolero.
Regresando de esa misión Alzogaray recibió órdenes de   Mansilla de incorporarse a la División del Norte.  El 17 de septiembre arribó, con dicha División, al sitio donde iban a encontrarse con  la historia, las tierras de la familia Obligado. La intervención armada anglo-francesa: En septiembre de 1845, ambas potencias declararon el bloqueo a Buenos Aires. Para enfrentar a los atacantes, los criollos se instalaron en un paraje conocido como la Vuelta de Obligado. A nuestro biografiado se le ordenó instalar la primera batería a cuyo fin le entregaron dos cañones de bronce de a 24, cuatro de 16 también de bronce (Material y calibre muy inferior al que poseían los invasores), tres oficiales y 80 reclutas. En dos meses tuvo la batería instalada y sus servidores perfectamente entrenados. Durante la lucha combatió hasta agotar sus municiones.
En el parte de guerra de aquella jornada memorable se lee “El comandante de la batería “Restaurador” don Álvaro J. de Alzogaray es digno del renombre de intrépido y sereno guerrero…”  En enero del 46   combatió en “San Lorenzo”.
Participó en “Angostura del Quebracho”, donde la flota enemiga se retiró, derrotada.  (04-06-1846). En junio de 1846, Alzogaray fue nombrado por  Mansilla, comandante del Cuartel General Divisionario del Departamento del Norte, cargo que ocupó hasta  fines de 1849 debiendo regresar a Buenos Aires   para preparar una nueva escuadrilla, se avecinaba otra guerra con Brasil.  Ese año lo destinó a ingeniería en la reparación, armado, construcción y artillado de barcos.   En enero de 1853  (Derrocado Rosas) lo sacaron del medio, enviándolo a Santa Fe donde será conchabado como administrador de correos, por espacio de seis años.   (Nunca más obtuvo mando de tropas o naves.)    A partir de allí todos serán cargos de oficina, por último pasó a ser Inspector General de la Armada en 1875 y desempeñando ese rol falleció el 31 de julio de 1879.
Sus restos mortales   descansan en el cementerio de la Recoleta.

miércoles, 21 de agosto de 2013

JUAN BAUTISTA BUSTOS

por Carlos Pachá
 
Juan Bautista Bustos nació en Punilla, provincia de Córdoba, el 29 de agosto de 1779, hijo de Don Pedro León Bustos de Lara y de Tomasa Puebla y Vélez, oriundos de Castilla La Vieja.

Llegó a Buenos Aires en clase de capitán de milicias, del contingente tercio de Arribeños, con el que contribuyó su provincia natal para rechazar la invasión inglesa de 1806.
 
 
En 1809, el general Francisco Ortiz de Ocampo lo asciende a teniente coronel efectivo y entre los argumentos de tal mención hace referencia a lo actuado por Bustos en la campaña de reconquista de Buenos Aires y rechazo de la segunda invasión de 1807.
 

Como ejemplo de su valor, Ortiz de Ocampo describe un enfrentamiento producido el 5 de julio de 1807 en el cual Bustos, al mando de 30 hombres del cuerpo de arribeños, enfrenta una columna inglesa de 240 efectivos a la que con valor y pericia logra rendirla y tomar prisioneros a 214 soldados y 13 oficiales.
 

Bustos siempre estuvo al servicio de la patria y fue recogiendo ascensos y medallas en base a su actuación personal: se adhiere a la Revolución de Mayo ni bien producida.

En 1811, Belgrano lo asciende a coronel y lo incorpora al regimiento 1 de Patricios.
 
En 1815, partió de Buenos Aires al mando de mil hombres para integrarse al Ejército del Norte que venía de sufrir la derrota de Sipe-Sipe. Rondeau fue reemplazado por Belgrano, quien restableció la disciplina en Tucumán donde contó con el invalorable apoyo de Bustos, que mandaba el cuerpo de soldados del 2 de Infantería Patricios.
 

Bustos pacificó Santiago del Estero de la sublevación comandada por el teniente coronel Juan Francisco Borges.
 

En 1817 vino a nuestra ciudad con 300 hombres para frenar la avanzada santafesina, acción que concluyó exitosamente derrotando a Estanislao López en Fraile Muerto el 8 de noviembre.
 

Sublevación de la Posta de Arequito.
 

En enero de 1820, el Ejército del Norte es enviado hacia Buenos Aires por Belgrano, a pedido de Rondeau y para que lo auxilie contra el avance de los caudillos del litoral (López y Ramírez).

Pero al llegar a la Posta de Arequito (7 de enero), Bustos, Paz y Heredia se sublevan contra su jefe, dividiendo al ejército. Posteriormente se pusieron todos al mando de Bustos.
 
Marchó hacia Córdoba, donde el 21 de marzo de 1820 será elegido gobernador. Se reconcilia con López y culmina el enfrentamiento con los santafesinos y se alinean ambos con Buenos Aires.
 
Gobernador de Córdoba. Sostuvo el cargo de gobernador de Córdoba por 9 años y se puede afirmar que su gobierno fue fecundo, sin exagerar, el mejor gobernador de Córdoba de todo el siglo XIX: organizó la política y la Justicia.
 
Se ocupó del progreso de la educación; renovó los planes de estudios universitarios y de la instrucción pública en general, creó la Junta Protectora de Escuelas; desarrolló la imprenta y la libertad de prensa.
 
El 20 de febrero de 1821 promulgó la primera Constitución cordobesa, adelantándose al resto del país.
 
Propendió, en lo económico, a la libertad de comercio interior, pero protegiendo las industrias nacionales.
 
Estableció un plan de administración de correos; fijó impuestos y tasas de Aduana; construyó obras de defensa y desagüe sobre el río Primero; levantó un puente sobre la Cañada a la altura de la calle 9 de Julio.
 
Durante su gobierno se organizó el servicio de fronteras y el 31 de diciembre de 1824 se suprimieron los Cabildos de Córdoba, Río Cuarto y La Carlota.
 
En la lucha independentista.
 
En el ámbito nacional en destacada participación cultivó la amistad y el afecto de San Martín y de Güemes, a los que apoyó con hombres, armas, caballada y dinero.
 
Incluso, trató de interceder ante Buenos Aires para que le procuren al Libertador apoyo económico para su magna empresa.
 
Pero su empeño naufragó ante el pérfido Rivadavia, dueño de la situación porteña. Bustos fue un acendrado defensor del federalismo y de la religión católica: su reconciliación con Estanislao López fue muy productiva, cuando éste pacifica la relación con Buenos Aires mediante el Pacto de Benegas, Bustos ofreció la garantía política del acuerdo proponiendo llamar a Congreso General Constituyente en nuestra provincia, cosa que se suscribe.
 
Este plan naufraga por imperio de la mano negra de Rivadavia quien posteriormente citará en Buenos Aires a firmar el Tratado del Cuadrilátero con las provincias del Litoral, acción que devendrá en la frustrada Constitución unitaria de 1826 que fue rechazada por todo el Interior.
 
Para colmo, el sector rivadaviano aprovechó la contingencia y sancionó la ley presidencial, su "portaestandarte" volvía de Europa de recibir las instrucciones de sus mandantes y lo entronizaron en el sillón de Rivadavia, que desde ese momento será mal llamado "Primer presidente".
 
El despropósito incoado por Rivadavia de firmar la paz a cualquier costo con Brasil (para proteger el comercio de ultramar con Gran Bretaña) luego que hubimos derrotado a los ejércitos imperiales en las gloriosas batallas de Ituzaingó y Juncal, provocaron el motín unitario del 1º de diciembre de 1828, cuyas funestas consecuencias fueron el inexplicable fusilamiento de Dorrego y el avance de Paz sobre Córdoba, que el 22 de abril de 1829 bate a Bustos en la batalla de San Roque, derrocando el gobierno federal y entronizándose de facto en dicho cargo.
 
Facundo Quiroga acude a apoyar al gobernador depuesto, pero ambos son derrotados por el eximio estratega militar que fue José María Paz, en las batallas de La Tablada y en Oncativo.
 
El salto a la gloria. Luego de las derrotas sufridas, y con varias heridas, trata de alejarse camino a Santa Fe en busca de refugio. Lo sorprendió la noche cerca del río Primero. Próximo al Molino de las Huérfanas, lo avista y persigue una patrulla enemiga que le intima la rendición, trató de resistirse pero su brazo herido no pudo blandir su espada. Para colmo, era una zona en que la barranca del río se alza a bastante altura, cortándose casi verticalmente. Pero ese valeroso criollo no se entrega, vuelve grupas, le cubre a su caballo los ojos con un poncho, clavó espuelas, lanzando el animal a la carrera, y saltó desde el abrupto barranco hasta el lecho del río.
 
El animal terminó horriblemente fracturado por el golpe y Bustos también sufrió graves consecuencias ante el impacto de su pecho contra la cabeza del equino.
 
A pesar de sus heridas, Bustos gana la orilla y se refugia en una de las quintas de la costa donde atenuaron sus dolores.
 
Luego marchó a pie y hasta en carretilla hacia su destino final, Santa Fe, adonde arribó el 10 de julio siendo recibido por López, su otrora adversario, con el rango que Bustos merecía y dándole asilo como a toda su familia, que llegó después, desterrada por el insensible Paz que los persiguió y sumió en la pobreza confiscándoles todos sus bienes.
 
Poco después, el 18 de setiembre de 1830, muere a los 51 años de edad a consecuencia de las considerables heridas sufridas. Sus restos fueron inhumados en predios del convento de Santo Domingo.
 
Este gran adalid fue olvidado por la historia perversa que pregonaron los timadores de nuestra memoria, que abrevaron en la ideología unitaria y extranjerizante.