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viernes, 15 de julio de 2022

“FUIMOS NOSOTROS…”

POR MIGUEL ANGEL DE RENZIS.

Hace 49 años Alberto en Matanza, Ricardo en la 16 de Capital, y el que esto escribe, en Vicente Lopez, los tres votábamos por primera y única vez a Juan Domingo Perón. El impacto en el cuarto oscuro era doble. La boleta decía Perón – Perón. Y una estrategia del “Colorado” Abelardo Ramos presentaba una boleta igual que la del FREJULI, desde el FIP, pidiendo que votaran a Perón por la izquierda. Ricardo se había ido de la organización de Alberto porque decía años antes a este hecho electoral, que el peronismo tenía que ir al uso de las armas. Alberto, como mueca del destino, murió el 28 de septiembre del 2012. Había nacido en 1940. Ricardo, hoy vive, y es el principal responsable como editor en jefe del diario Clarin. Alberto fue Alberto Brito Lima, dos veces diputado nacional y embajador en Honduras, y fundador y jefe del Comando de Organización. Ricardo es Ricardo Roa, que nació en el 50 y que hoy decide lo que se publica y lo que no, en el diario de Noble. Justamente Roa trabajaba de periodista en la revista de la organización Montoneros, El Descamisado, que por ese entonces dirigía Dardo Cabo, y testimonió para los tiempos que el hoy residente en Barcelona y otrora jefe máximo de la organización Montoneros, Eduardo Firmenich, entró a la redacción, y exclamó: ¡FUIMOS NOSOTROS!
Se refería al asesinato de José Ignacio Rucci, ocurrido dos días después de aquella elección, el martes 25 de septiembre de 1973. El atentado se produjo a las 12 y 11, a la salida de la casa de la calle Avellaneda 2953 de la localidad de Flores. A las 10 de la mañana de ese día Osvaldo Agosto, que oficiaba de Jefe de Prensa, llegó a la casa de Rucci mientras Coca, la esposa del jefe sindical, le cebaba unos mates, alcanzaron a discutir de futbol, y mientras José defendía a San Lorenzo, Osvaldo hablaba bien de River. Nélida Blanca Vagli le había dado dos hijos a Rucci. La nena que tenía 9 años, Claudia, ya por entonces trabajaba de actriz en la tira Jacinta Pichimahuida, que se daba por el Canal 9. El 12 de octubre de 1973, cuando Perón asume la tercera presidencia, las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), y Montoneros anunciaban su fusión bajo el nombre de los últimos, siendo Firmenich el principal jefe, y Roberto Quieto por las FAR, el segundo. Sin embargo, ya en septiembre se había hecho esa unidad. Y en el atentado a Rucci el principal activista y guerrillero de las FAR, Julio Roqué, encabezó el operativo que mató a Rucci. Roqué fue descubierto el 29 de mayo de 1977, luego que un militante montonero se quebró en la ESMA y entregó el dato de la vivienda en Haedo. Roqué se batió en soledad con una patrulla de la Marina y cuando ya no podía resistir más se tomó la pastilla de cianuro y voló la vivienda con él adentro. Para poder lograr detectar adónde vivía Rucci la inteligencia de Montoneros efectuó seguimientos disimulados hasta que una nota de la revista Gente le dio el dato. Claudia, la hija, estudiaba en el Instituto Guillermo Brown de Haedo. La siguieron y detectaron el domicilio. En la causa que el juez Ariel Lijo inicio en el Juzgado Federal n° 4 se tomó datos reveladores del libro de Ceferino Reato, Operación Traviata. También en el libro La Voluntad, Tomo IV, las páginas 142 y 143 sirvieron para la investigación. Rucci tenía 49 años. Se había iniciado como delegado de SOMISA en 1960. Era secretario de prensa de la UOM. Por ese entonces la cúpula de Metalúrgicos la integraban Augusto Timoteo Vandor, Paulino Niembro, Avelino Fernandez y Lorenzo Miguel. En el 64 lo nombraron interventor de la seccional San Nicolás de la que luego fue secretario general. Rucci y Tosco protagonizaron memorables debates.
Ese día el General Perón, en Gaspar Campos, el 25 de septiembre del 73, estaba reunido con el general Miguel Angel Iñiguez, por entonces jefe de la Policía Federal. Cuando Juan Esquer, jefe de seguridad de Perón, interrumpió para darle la noticia, el General exclamó: “…me cortaron las patas...”
La noticia daba vueltas en el país y en el mundo. Todo era una terrible confusión. El martes a la tarde el ejército revolucionario del pueblo (eran los dueños del diario El Mundo), sacó un comunicado por Canal 9, que repitieron en la mañana del miércoles en el matutino. Ambos medios fueron sancionados por publicar el comunicado de la organización subversiva. Alguien había llamado a una comisaria de la Federal diciendo que el ERP lo había asesinado. Por lo general la organización trotskista no mataba dirigentes sindicales sino empresarios. El hoy editor general de Clarín, Ricardo Roa, contó que en la revista El Descamisado había una discusión acerca de quién podría haber cometido el crimen, hasta que Mario Eduardo Firmenich confirmo que habían sido ellos. El Descamisado salió desde el 73 y llegó al número 47 superando la edición de 100.000 ejemplares en el 74, cuando fue clausurado. Al poco tiempo la organización sacó El Peronista, figuraba como director Miguel Lizaso. A los 6 números la volvieron a cerrar. Insistieron y sacaron La Causa Peronista, donde figuraba como director Rodolfo Galimberti. Pero el hecho periodístico más importante fue el diario Noticias, que llegó a tener 267 salidas. Y que después de 8 meses también fue clausurado. Producido el sanguinario golpe de estado del 76, Ricardo Roa entró a trabajar en Clarín. El cuerpo de José Ignacio Rucci presentaba 26 balazos. Mientras Corea San Pedro lloraba (uno de los custodios de Rucci) Lino, Martin, Mateo (que eran los nombres militares de Julio Roqué) daba cuenta a sus superiores de lo ocurrido. En Gaspar Campos todo era silencio. Estela, la madre de Ricardo Roa, había sido una activa militante por el regreso de Perón, y muchas veces le había dicho a su hijo y a Estelita, su hija, también militante del CDO, que tuvieran cuidado. El colectivo de la linea 80, interno 8, arrancaba del barrio Sarmiento. El conductor era Alberto Brito Lima, que lo había heredado de su padre. A su izquierda, en el foso de la puerta cerrada, un joven 10 años menor, Ricardo Roa, lo acompañaba. Ni ellos dos, ni los pasajeros de ese viaje, imaginaban su destino. Después de Ezeiza, Montoneros empapeló Buenos Aires con una foto de los que ellos creían culpables, y allí aparecía Brito Lima, mientras Roa escribía para la patria socialista. Hoy Roa, como Patricia Bullrich, está más cerca de Alsogaray que de la revolución. Era martes. Y a Perón le habían cortado las piernas. Habían asesinado a José Ignacio Rucci.

domingo, 2 de enero de 2011

1966: operación cóndor

Por Roberto Bardini

Alrededor de las seis de la mañana del miércoles 28 de septiembre, 18 jóvenes argentinos, entre los que había una mujer, tomaron el control del vuelo 648 de Aerolíneas Argentinas que la noche antes había despegado del aeroparque Jorge Newberry hacia Río Gallegos. Fue el inicio del Operativo Cóndor.

Dardo Cabo, alias Lito, un joven alto y delgado de 25 años, periodista y afiliado a la Unión Obrera Metalúrgica, era el jefe del comando. Lo secundaba Alejandro Giovenco, de 21 años, de baja estatura pero fornido, apodado El Chicato a causa del grueso aumento de sus lentes.

Ambos entraron con pistolas a la cabina y le ordenaron al comandante del Douglas DC-4, Ernesto Fernández García, que cambiara el derrotero. "Ponga rumbo uno-cero-cinco", dijo Cabo. El piloto obedeció y enfiló la nave, con 35 pasajeros a bordo, rumbo a las Malvinas.

La periodista y dramaturga María Cristina Verrier, de 27 años, era la tercera al mando del grupo. Su padre, César Verrier, había sido juez de la Suprema Corte de Justicia y funcionario del gobierno de Arturo Frondizi (1958-1961). Un tío de la muchacha, Roberto Verrier, fue ministro de Economía durante tres meses de 1957, en tiempos de la "revolución libertadora".

Los otros integrantes del Comando Cóndor eran Andrés Castillo, de 23 años; Ricardo Ahe, de 20 años de edad, empleado; Norberto Karasiewicz, 20 años, metalúrgico; Aldo Omar Ramírez, 18 años, estudiante; Juan Carlos Bovo, 21 años, metalúrgico; Pedro Tursi, 29 años, empleado; Ramón Sánchez, 20 años, obrero; Juan Carlos Rodríguez, 31 años, empleado; Luis Caprara, 20 años, estudiante; Edelmiro Jesús Ramón Navarro, 27 años, empleado; Fernando José Aguirre, 20 años, empleado; Fernando Lisardo, 20 años, empleado; Pedro Bernardini, 28 años, metalúrgico; Edgardo Salcedo, 24 años, estudiante; y Víctor Chazarreta, 32 años, metalúrgico. La edad promedio del grupo era de 22 años. Todos eran peronistas.

Hacía tres meses que el general Juan Carlos Onganía estaba en el poder en nombre de una autodenominada "revolución argentina". Noventa días antes, un pelotón de la Guardia de Infantería de la Policía Federal había desalojado de la Casa Rosada al presidente Arturo Umberto Íllia, de la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP), quien había llegado al gobierno con poco más del 20 por ciento de los votos y con el peronismo proscrito.

Onganía, a quien sus compañeros de promoción apodaban El Caño -recto y duro por fuera, hueco por dentro- había proclamado que "la Revolución Argentina tiene objetivos pero no tiene plazos". Dos periodistas habían aportado su intelecto para desplazar a Íllia e instaurar a Onganía: Jacobo Timerman, desde la revista Confirmado, y Mariano Grondona, en Primera Plana. El primero hoy está considerado casi como "un héroe del cuarto poder"; el segundo, es un lamentable neodemócrata televisivo.

Esa mañana del 28 de septiembre, el general Onganía ignoraba lo que estaba sucediendo en el archipiélago sur. Una de sus mayores preocupaciones era la preparación del partido de polo que jugaría con Felipe de Edimburgo, el príncipe consorte inglés, quien se hallaba de visita en Buenos Aires.

Veinte soldados constituían la fuerza militar del Reino Unido. Se cree que muchos de ellos eran mercenarios belgas que combatieron el ex Congo en los primeros años de la década del 60. También había una Fuerza de Defensores Voluntarios. Seis ex comandos ingleses que participaron de la Segunda Guerra Mundial entrenaban una o dos veces por año a los voluntarios. En el arsenal local, cada uno de los milicianos poseía su fusil, la provisión de municiones y el equipo militar; algunos guardaban el arma en la propia casa.

Sir Cosmo Dugal Patrick Thomas Haskard era el gobernador de la isla, pero ese 28 de septiembre de 1966 no se encontraba en el archipiélago. Lo suplantaba el vicegobernador.

Puerto Stanley carecía de pista de aterrizaje. Aquel día, el radioaficionado Anthony Hardy fue el primero en divulgar una noticia que conmovió a millones de argentinos: un avión Douglas DC-4 había descendido a las 8:42 en la embarrada pista de carreras cuadreras, de 800 metros. Su emisión se captó en Trelew, Punta Arenas y Río Gallegos. Y de esas ciudades se retransmitió a Buenos Aires. Habían transcurrido 133 años desde la última presencia oficial argentina en las Islas Malvinas.

Los muchachos descendieron del avión y desplegaron siete banderas argentinas. El Operativo Cóndor tenía previsto tomar la residencia del gobernador británico y ocupar el arsenal de la isla, mientras se divulgaba una proclama radial que debería ser escuchada en Argentina. El objetivo no se pudo cumplir porque el avión, de 35 mil kilos, se enterró en la pista de carreras y quedó muy alejado de la casa de sir Cosmo Haskard. La nave, además, fue rodeada por varias camionetas y más de cien isleños, entre soldados, milicianos de la Fuerza de Defensa y nativos armados.

Bajo la persistente lluvia y encandilados por potentes reflectores, los comandos bautizaron el lugar como Aeropuerto Antonio Rivero. El sacerdote católico de la isla, Rodolfo Roel, intermedió para que los restantes pasajeros -entre los que se encontraba Héctor Ricardo García, director del diario Crónica y de la revista Así- se alojaran en casas de kelpers, mientras los "cóndores" permanecían en el avión.

Al anochecer, Dardo Cabo le solicitó al padre Roel que celebrara una misa en la nave y después los 18 jóvenes cantaron el Himno Nacional. Al día siguiente, luego de formarse frente a un mástil con una bandera argentina y entonar nuevamente el himno, el grupo entregó las armas al comandante Fernández García, única autoridad que reconocieron. Los muchachos fueron detenidos bajo una fuerte custodia inglesa durante 48 horas en la parroquia católica.

El sábado a mediodía, el buque argentino Bahía Buen Suceso embarcó a los 18 comandos, la tripulación del avión y los pasajeros rumbo al sur argentino, adonde llegaron el lunes de madrugada. Los jóvenes peronistas fueron detenidos en las jefaturas de la Policía Federal de Ushuaia y Río Grande, en el territorio nacional de Tierra del Fuego. Interrogados por un juez, se limitaron a responder: "Fui a Malvinas a reafirmar nuestra soberanía". Quince de ellos fueron dejados en libertad luego de nueve meses de prisión. Dardo Cabo, Alejandro Giovenco y Juan Carlos Rodríguez permanecieron tres años en prisión debido a sus antecedentes político-policiales como militantes de la Juventud Peronista.

María Cristina Verrier, hija de un juez, y Dardo Cabo, hijo de un famoso dirigente gremial, se casaron en la cárcel.

El 22 de noviembre de 1966, los integrantes del comando fueron enjuiciados en Bahía Blanca. Como el secuestro de aviones aún no estaba penalizado en Argentina, los cargos de la fiscalía fueron "privación de la libertad", "tenencia de armas de guerra", "delitos que comprometen la paz y la dignidad de la Nación", "asociación ilícita", "intimidación pública", "robo calificado en despoblado" y "piratería". Así trató la dictadura militar del general Onganía al grupo de jóvenes patriotas, a quienes definió como "facciosos".

Casi cuatro décadas después, ningún libro de historia o manual escolar recuerda la gesta. La Academia liberal, mitrista y sarmientina, continúa en la jefatura de la "policía del pensamiento".