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jueves, 1 de diciembre de 2022

El "Motín de las Trenzas" cuando Belgrano no perdonó...

Por el Prof. Jbismarck

A los pocos días del regreso de la exitosa misión diplomática al Paraguay, el Gobierno Provisional de las Provincias Unidas del Rio de la Plata, conocido históricamente como el Triunvirato confiere a Belgrano: “(…) el empleo de Coronel de los Regimientos que se han llamado números 1 y 2 y serán en adelante Regimiento Nro. 1 de Patricios (…)”. En el oficio de nombramiento se enfatiza, respecto de Belgrano: “(…) el mérito, la aptitud y la idoneidad que el gobierno se lisonjea en hallar a Vuestra Señoría (…)”.   El estado moral, la disciplina y hasta el estado físico del regimiento de Patricios, no reflejaban el espíritu y el obrar que lo distinguiera en las invasiones inglesas y durante la “semana de mayo”. 


El doctor en historia doctor Ernesto J. Fitte, autor del libro: “El motín de las trenzas” nos revela el estado del Regimiento de Patricios, en oportunidad del nombramiento de Belgrano: “(…) Es evidente que Belgrano no podía sentirse muy orgulloso del aguante demostrado por su Regimiento (…) La razón principal de esta falla en la resistencia física, debemos atribuirla al estrato social de donde provenían los soldados del exRegimiento de Patricios. Constituido por orilleros o compadritos del arrabal, no reunían las condiciones de los soldados de otros cuerpos; gente de los suburbios de Buenos Aires, no estaban acostumbrados a la vida de privaciones. Aunque criollos y valientes, diferían con los paisanos de la campaña, que una vez incorporados a las filas eran capaces de sobrellevar toda clase de penurias, sin emitir protesta alguna. Resulta evidente que esos hombres, enviciados con la vida sedentaria del cuartel, carecían del adiestramiento. Las necesarias medidas de orden y disciplina adoptadas por el nuevo jefe, tendientes a devolverle su estado profesional, y suprimir su exacerbada injerencia militar en las decisiones políticas de Estado, resultaron en la noche del 6 de diciembre, del amotinamiento en el cuartel de las “Temporalidades” (Expropiedades materiales o “temporales” de los jesuitas), asiento de paz del regimiento, de una fracción importante de suboficiales y soldados. Esta sublevación conocida como el “motín de las trenzas”, por la coleta que los Patricios portaban con orgullo y distinción, y que Belgrano había ordenado su corte, como necesaria medida disciplinaria, de modestia e higiene, fue rápidamente reprimida. Belgrano no vio mayores movimientos, pero apenas una hora después se le comunicó que había estallado un motín. Los soldados se apoderaron de la guardia y del arsenal del cuartel, expulsando del mismo a los oficiales. Belgrano fue rechazado e informó de los hechos al gobierno. Al que exigían:

1º Que se los trate como fieles ciudadanos libres y no como tropas de línea.
Pedían al Sr. Don Antonio Pereyra por coronel del regimiento, excluyéndose a Manuel Belgrano.
3º Pedían por mayor del regimiento a Don Domingo de Basavilbaso, excluyéndose a Don Gregorio Perdriel.
4º Que se extinga el ayudante Don Pedro Banfi.
5º Que fueran indultados todos los presos que existían en sus calabozos.
6º Se asegura la vida de VS.
7º Que se asegure las de ellos bajo palabra de honor.
8º Hasta proveer la resolución de VE queda apresado como rehén Don José Díaz.
El triunviro Feliciano Chiclana recibió el petitorio, pero puso como condición que antes de proceder a su estudio el regimiento debía deponer las armas. Interpretando que la aceptación de esa condición hubiera sido rendición sin alterar las garantías exigidas, esto fue rechazado. Las tropas de los demás regimientos cercaron al cuartel de los patricios, que estaba peligrosamente rodeado de edificios. Tras las mediaciones infructuosas de J. J. Castelli y del obispo Benito Lué, el gobierno ordenó reprimir el motín.
La represión, rápida, violenta y efectiva, estuvo a cargo del coronel José Rondeau y del teniente coronel Miguel Estanislao Soler. El cuartel fue atacado por sus cuatro costados e incluso hubo tiroteos involuntarios entre las numerosas fuerzas de atacantes. Finalmente los rebeldes fueron dominados. No se informó del número de bajas entre éstos, pero en cambio se informó que los atacantes tuvieron 8 muertos y 35 heridos.
Pocos días después, 10 soldados y suboficiales fueron condenados a muerte como cabecillas del motín, fusilados y colgados en la vía pública el 11 de diciembre.
El regimiento pasó a ser de línea y sus soldados condenados a servir en él por muchos años. Todo el control de la fuerza militar pasó al Triunvirato. Como consecuencia secundaria, el gobierno acusó a la Junta de Observación, especialmente al Deán Funes, de haber apoyado el motín. Por orden directa del Triunvirato, los diputados del interior fueron expulsados de la Capital.  La intencionalidad política que como trasfondo tenía el motín, y que fue determinado durante el proceso militar sustanciado, fue concluyente a la hora de fijar las condenas. A 20 de los implicados se los condenó a cumplir penas que iban de 4 a 10 años de prisión en la isla Martín García. 11 sargentos, cabos y soldados fueron fusilados a las ocho de la mañana del 10 de diciembre. Este mismo día, Belgrano remitió un oficio al gobierno central proponiendo la urgente: “(…) necesidad, o de disolver el regimiento de Patricios, dando destino a la gente [soldados] entre los demás de la guarnición, (…) o prescribirle una nueva forma. El triunvirato aplicó la resolución menos trágica. El regimiento fue profundamente reorganizado,6 y además se le impuso una dura sanción a su arrogante orgullo: perdió su número 1 (el Uno grande), renumerándolo como regimiento Nro. 5, y además le fue retirado la exclusividad en el uso del nombre de “Patricios”, y con esta medida, se los privó del distintivo que portaban en su brazo, que identificaba a la ciudad que los vio nacer, y que tanto reconocimiento recibiera como esa: “(…) tropa de escudo al brazo tan valiente y generosa (…)”, por parte los invasores ingleses durante las jornadas de julio de 1807. El gobierno también considero necesario la imperiosa necesidad de asignarle a este regimiento una misión operativa fuera de Buenos Aires. En efecto, prolongar el acantonamiento en la ciudad no iba a favorecer el restablecimiento de su espíritu militar. El Triunvirato, con sano criterio, creyó pues que el mejor remedio a esos males era hacerlo entrar en acción, arrancándolo del foco de las intrigas, la ciudad de Buenos Aires. La oportunidad se presentó con la situación militar existente en la vecina ciudad de Montevideo (Uruguay). Reiterados informes de inteligencia que obraban en el seno del poder ejecutivo indicaban que los realistas tenían proyectado incursionar por el Paraná, para asestar un golpe sorpresivo y espectacular contra alguna población ribereña del litoral. Se hacía preciso, por lo tanto, que una fuerza expedicionaria llevase tranquilidad a los centros poblados indefensos, ubicados a la vera del gran afluente del río de la Plata. Acorde con ello, el coronel Belgrano recibió indicaciones en el sentido de alistar su regimiento, procurándole los elementos necesarios para salir a campaña de inmediato. Era una ardua labor. El regimiento estaba reducido a un estado esquelético, disminuidos sus efectivos debido a los 380 prisioneros tomados al rendirse, de los 8 muertos y 35 heridos, de los dados de baja y sentenciados, sin contar los numerosos fugados o desertores que aprovecharon la confusión para desaparecer, y todavía no habían sido capturadosSin embargo, lo peor radicada en el desquiciamiento del cuadro de suboficiales, verdaderos ejecutores del alzamiento; por el contrario, habiendo quedado reducido a menos de la mitad el número de soldados, sobraban capitanes y tenientes que hubieron de ser transferidos a otros cuerpos. Al hacerse cargo Belgrano, los efectivos del Regimiento ascendían a 1.305 infantes y 200 granaderos, organizados en diez compañías, distribuidas en ocho de fusileros, una de granaderos y una de cazadores.   Para completar la historia respecto de la pérdida del nombre de: “Regimiento de Patricios” y de su primigenio número 1, Belgrano no dejo de reclamarlo. Este clamor fue escuchado, y por fin,  por decreto del Primer Triunvirato, el Regimiento número 1 de Patricios fue reivindicado, restituyéndole su nombre: “Patricios”, y su histórico número 1. 

miércoles, 30 de octubre de 2019

EL "MOTÍN DE LAS TRENZAS"


Por el Prof. Jbismarck
La guerra contra el Consejo de Regencia, que  comenzó a complicarse durante 1811,  generó un proceso de profesionalización militar que dio lugar al primer motín de un cuerpo miliciano: el del regimiento de patricios. El gobierno -ahora el Triunvirato, que había reemplazado a la Junta- buscaba limitar el poder de las milicias urbanas. Belgrano, quien había sido sargento mayor del cuerpo cuando éste se formó en 1806, fue nombrado comandante de los patricios e inició cambios disciplinarios. El resultado fue que, el 7 de diciembre de 1811, se levantaron los sargentos, cabos y soldados, desobedecen a sus oficiales, los arrojan del cuartel, insultan a sus jefes, y entre ellos mismos se nombran comandantes y oficiales, y se disponen a sostener con las armas, sus peticiones, que hicieron al gobierno por un escrito presentado, en donde pedían una tracalada de desatinos, imposibles de ser admitidos, siendo entre ellos la mudanza de sus jefes, y  nombrando a su arbitrio otros.  El motín fue llamado "de las trenzas" por la historiografía, tomando las afirmaciones de uno de los generales que dirigió su represión, quien sostuvo que la sublevación obedeció a la orden de Belgrano de que "se les cortase a todos sus individuos la trenza de cabello, pues era el único de todos los Regimientos y Batallones que aún la conservaba". 
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Las interpretaciones de los historiadores sobre sus causas han sido diversas. Algunos siguieron la opinión que enarboló en ese momento el gobierno y consideraron que la razón se hallaba en una instigación del levantamiento por parte de la facción conducida por Saavedra, que había sido desplazada del poder en septiembre de 1811.
Otros compartieron la idea de una identificación del motín con ese grupo, pero difirieron al suponerlo producto de la espontánea voluntad de los patricios y no fruto de una conjura. En ambos casos las trenzas aparecían como una excusa.  Algunos autores de historia militar descartaron de plano la importancia del corte de pelo y centraron el conflicto en la pérdida de la mística del cuerpo y el relajamiento de la disciplina.
El episodio comenzó cuando, ante la ausencia de varios soldados en la lista realizada en el cuartel del cuerpo la noche del 6 de diciembre, el teniente don Francisco Pérez anunció que cortaría el pelo de aquel que faltase a otra lista. La trenza era un distintivo exclusivo del cuerpo y cuando el teniente lanzó su amenaza un soldado dijo que "eso era quererlos afrentar", otro que "primero iría al Presidio" y algunos gritaron que "más fácil les sería cargarse de cadenas que dejarse pelar".   Informado, Belgrano recorrió el cuartel, hallando todo en calma, y dijo a Pérez que "si se movían los acabasen a balazos", pero no pudo evitar que a poco de haber partido estallara la sublevación.
En el cuartel había unos 380 integrantes de un cuerpo que contaba con un total de 1.176 miembros de tropa.  Belgrano regresó pero fue repudiado; tras su retirada los soldados se armaron, tocaron el tambor para congregarse en el patio y liberaron a los presos que estaban en el cuartel, al tiempo que obligaron a los oficiales a abandonarlo.  Fueron exclusivamente sargentos, cabos y soldados los que dirigieron los reclamos. Los amotinados alcanzaron a las autoridades un petitorio redactado por algunos cabos del regimiento. El obispo de Buenos Aires primero, y luego algunos miembros del gobierno iniciaron negociaciones, exigiendo para tratar el petitorio que abandonaran las armas. Pero los sublevados se mantuvieron férreos en su posición. El soldado Juan Herrera sostuvo "que no se dejaban engañar" y que si no les aceptaban el petitorio era mejor "morir como chinches". En un momento se empezaron a intercambiar disparos y las tropas leales al gobierno que sitiaban el cuartel comenzaron un muy violento ataque; en un cuarto de hora los patricios se rindieron y al menos ocho de los rebeldes murieron en el combate y cuatro sargentos, tres cabos y cuatro soldados fueron "degradados, pasados por las armas, puestos a la espectacion pública"; ninguno de ellos era llamado don, título que sí recibían los oficiales del cuerpo. Otros diecisiete integrantes de la tropa fueron penados a diez años de presidio (sólo un oficial, alférez, fue condenado a dos años de prisión por una participación menor). Sus jueces fueron los mismos miembros del Triunvirato, quienes justificaron la pena capital como modo de evitar la anarquía. Dos compañías de granaderos y una de artilleros del cuerpo fueron disueltas por haber iniciado el movimiento. El regimiento, el más prestigioso de Buenos Aires, pasó de ser el número uno del ejército a la quinta posición y el término patricios fue extendido a todos los cuerpos militares.
Para entender la férrea determinación de los dirigentes del motín es necesario examinar el petitorio redactado por los cabos que se elevó al gobierno. En su primer punto se define la clave de la protesta: "Quiere este cuerpo que se nos trate como a fieles ciudadanos libres y no como a tropa de línea".  Los implicados actuaron al sentir que sus derechos como milicianos no eran respetados, lo que permite explicar su intransigencia en las negociaciones pese a estar rodeados de fuerzas mucho más numerosas. El cuerpo era el más importante de la ciudad hasta ese momento, pero era miliciano, es decir integrado por los habitantes de la ciudad y no por soldados veteranos. El entusiasmo despertado por las victorias sobre los británicos y por la Revolución, que había permitido movilizar a parte de los patricios en las primeras campañas de 1810, se había ido evidentemente apagando cuando la guerra empezó a alargarse. El proceso de profesionalización del ejército implicaba una homologación creciente de los cuerpos militares y el lugar privilegiado que los patricios habían detentado hasta ese entonces se perdía gradualmente. De ahí que el cortarles las trenzas, distintivo del regimiento, fuese una afrenta para sus integrantes. Si los oficiales parecen haber aceptado los cambios, que de todos modos les garantizaban su posición en la nueva estructura, entre la tropa la percepción parece haber sido muy diferente y sus integrantes se sintieron atacados en sus derechos.  En los puntos siguientes del petitorio, los rebeldes solicitaban un cambio en la oficialidad, proponiendo principalmente al capitán Juan Pereyra, quien había integrado el cuerpo, como coronel en lugar de Belgrano. Más que señalar que aquel organizara el movimiento -no fue siquiera sospechado por el gobierno la demanda indica la misma situación: recuperar a un oficial respetado, que "tenía en el cuerpo de Patricios más prestigio que Saavedra", como forma de volver al pasado reciente. Elegir oficiales era precisamente lo que los milicianos habían hecho en el momento de la formación de los cuerpos, con lo cual no había nada novedoso en el reclamo.
Un último aspecto a resaltar del motin de las trenzas es que en el conflicto apareció fugazmente en juego la diferencia social entre oficiales y tropa, a través de la vestimenta. Cuando el teniente Pérez replicó a un soldado que si cortarles el pelo era una afrenta "él también estaría afrentado pues se hallaba con el pelo cortado", otro soldado, "en tono altanero", le gritó "que él tenía trajes y levitas para disimularlo".  El autor de esta frase fue arrestado y el eje del posterior motín estuvo en el otro aspecto recién consignado, pero el episodio llama la atención acerca de otro antagonismo velado, de corte social y expresado aquí en la vestimenta. Indudablemente, el hecho de que fuera la tropa, sin intervención de la oficialidad, la que dirigiese el motín tuvo mucho que ver con la velocidad de la respuesta gubernamental y el ataque furibundo a poco de haber empezado el problema; de ahí también la fuerte represión a los cabecillas. El episodio marcó el final de las formas de militarización urbana creadas durante las invasiones inglesas, y por ende del relativo grado de democratización que había acompañado a su surgimiento