Rosas
viernes, 9 de febrero de 2024
La Historia, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de vida
jueves, 31 de agosto de 2023
REVISIONISMO FEDERAL PROVINCIANO O DE LA IZQUIERDA NACIONAL
sábado, 25 de diciembre de 2021
La concepción de la historia según Pérez Amuchátegui
Por Rodrigo Amuchástegui
Encuentra que hasta aproximadamente 1930 había tres concepciones dominantes de la historia:
• narrativa, que describe espacio-temporalmente lo acaecido (por
ej. Heródoto).
• pragmática, el estudio de la historia sirve para encontrar soluciones a problemas que se repiten (ej.: Tucídides y Polibio).
• genética, que ubica como propia del romanticismo, con Herder, y que sirve para señalar la génesis de la nacionalidad: “El presente es un producto del pasado y sólo es inteligible a la luz del desarrollo de las nacionalidades desde su origen”
Variantes de estas posiciones son la historia positivista, marxista, economicista. Su propio referente
investigativo es la Escuela de los
Annales, con Marc Bloch y Lucien Febvre. De los italianos recupera a Vico
(siglo XVIII) que advierte “la factura específicamente humana de lo histórico”,
y a Croce:
De los ingleses, se interesa por M. Oakeshott, neohegeliano
inglés, en línea con su concepción de lo que podríamos llamar “historia del
presente”, es decir: “hay historia en tanto conocemos lo acaecido, en tanto lo
experimentamos aquí y ahora”, por eso “toda historia es historia contemporánea”.
Collingwood, otro inglés, agrega que la comprensión histórica es la comprensión
del pensamiento que provocó esa realidad. Y Pérez A. coincide con esto: “Esto que llamamos ‘sentido’ de un
testimonio, no es más que el pensamiento que se halla ínsito en él; y tal
‘sentido’ aparece cuando discernimos el pensamiento que lo sustenta”.
Heidegger y Husserl, entre otros filósofos, aparecen también como
apoyo a sus fundamentaciones de la historia. En ese sentido, su preocupación no
es hacer una exégesis de los mismos, lo que puede hacer parecer confusas o
incompletas sus explicaciones filosóficas. Él quiere constituir y justificar la
historia como ciencia, por ello afirma:
“Queda por establecer si es
posible hallar un método de conocimiento… capaz de discernir los pensamientos
rectores de las acciones humanas para re-crear sistemáticamente la realidad
histórica; si tal extremo se cumple, será lícito hablar de un saber histórico
sistemático que satisfaga las exigencias del saber científico de nuestros días.
Es preciso para ello delimitar el objeto de la historia y señalar el método
universal por el cual puede conocerse”. (“Qué es la historia (Cassani y Pérez
A. 1971; “Teoría y metodología de la investigación histórica (Pérez A. 1977
La distinción conceptual aparece como necesaria. Así, “si la
historia quiere ser ciencia, convendrá reservar, como en las demás ramas del
saber, el nombre de ‘historia’ al conocimiento, y denominar ‘lo histórico’ a
los fenómenos cuyo comportamiento se quiere indagar y conocer
sistemáticamente”. Pero ¿qué es lo histórico? Sus características son la unicidad,
singularidad y preteridad. Único, en tanto lo histórico tiene
valor por sí mismo; singular, en tanto diferente de otras cosas similares (la
Revolución de Mayo y la Revolución Francesa son dos hechos únicos, pero sus
diferencias son las que los constituyen en singulares) y pretérito: en tanto pasó; que haya dejado residuo o que perviva
son los índices de su preteridad
El ser natural lleva consigo una carga de historicidad necesaria,
pero el hombre agrega a su devenir la actividad consciente de su voluntad”, de
forma que “el hombre va siendo lo que va queriendo ser, ya que sus respuestas
son intentos de ser lo que quiere” Los
proyectos, entonces, son las respuestas que elabora el hombre con su libre
voluntad para hacer lo que quiere; frente
al mundo condicionante, el hombre se hace continuamente. “Los resultados
concretos de esa elección incondicionada constituyen lo histórico” El hombre -y siguiendo ahora a Ortega y
Gasset- no tiene naturaleza, sino historia. “La historicidad humana es consciente,
y, como tal, promotora de normas de conducta reguladas por el pensamiento manifiesto
en proyectos que se resuelven en acciones”
La historia
como ciencia: Para justificar esa
cientificidad, compara la tarea del historiador con la del científico que
investiga la realidad física. En uno y otro caso se quiere hallar coherencia en
el comportamiento de los fenómenos. En el científico se buscan las relaciones
causales necesarias; el historiador, por
su parte, busca la estructura en donde el hecho cobre sentido, es decir que las
relaciones se vuelvan inteligibles. No
se trata en uno u otro caso de cosas en sí, sino de comportamientos. Lo que llamamos
“realidad” son comportamientos fenoménicos: “Sin manifestaciones fenoménicas no
es posible la formulación de conceptos”. Y esas manifestaciones en términos
históricos están dadas por los testimonios (que no deben identificarse solo con
documentos). Así, “son testimonios todos
los residuos, materiales e inmateriales, que han ‘quedado’ y se presentan
aquí y ahora con señales indudables de la acción humana. Testimonio
histórico es tanto un documento como una institución, un templo como una momia,
una piedra tallada como una costumbre, un libro de ciencia como un poema, una
música, una danza, un rito”. El paralelismo entre ambos investigadores se
basa en que los testimonios son cosas como lo puede ser el carbono, el oxígeno,
etc., que se comportan de una manera u otra en tales o cuales circunstancias y
tanto de unos y otros el investigador (sea histórico o físico) extrae datos.
Nuestro historiador se apoya en el carácter subjetivo de la
experiencia. “En otras palabras, la realidad ‘es’ lo que de ella conocemos”. Lo anterior, dice, no se discute en las
ciencias naturales, donde las cosas son lo que de ellas se conoce, y cuando ese
saber cambia, también lo aceptamos, basados en la perfectibilidad del
conocimiento científico. Pero no parece
ser así en la historia a la que se le critica la imposibilidad de tener una
certeza equivalente a la de la ciencia natural.
Y a esto contribuyen las concepciones de la historia que la
vinculan a un ser nacional, que la organizan desde algún pragmatismo definido,
o desde la visión de ‘mandatos históricos’ que canonizan o anatematizan
determinados personajes. “No se advierte
que eso no es historia, sino metahistoria; y se mide el saber histórico con la
vara del saber metahistórico”.
¿Pero es posible el conocimiento
científico de la historia? ¿Cuál es su método? Dejamos de lado este largo tema,
que desarrolla en otros textos y veamos su fundamento y el problema subjetivo
de la verdad científica e histórica. Pérez
A. destaca el carácter de convencimiento del investigador. “La ‘verdad científica’ es la ‘realidad
comprobada’. Cuando el investigador (de ciencias naturales, sociales o
históricas) descubre y verifica esa coincidencia, está obligado a creer que las
cosas son así”. En historia las relaciones son irreversibles en tanto pasadas. El
historiador se enfrenta a los documentos tratando de encontrar esas relaciones.
Como el científico parte de hipótesis (él lo llama “dirección de
encuesta”), va elaborando una teoría que retoca y perfecciona “mediante experimentos” hasta que logra
suprimir sus dudas y llega a la verdad. “La ‘verdad histórica’… es lo que las
fuentes obligan a creer al historiador” y, en síntesis, “Así se entiende por
qué en historia hay relaciones necesarias [se dieron así efectivamente],
comprobación empírica [elementos documentales varios] y verdad universal [por
la coincidencia entre fenómeno y teoría y la convicción por lo tanto del
historiador ligado a esto], pero [a diferencia de las ciencias naturales] no previsibilidad”.
Cerramos con su definición de historia,
en tanto ésta es “la recreación intelectual presente de un pasado específicamente
humano, lograda mediante una minuciosa pesquisa de acciones a partir de pruebas
testimoniales, y coronada con la exposición congruente de sus resultados”
jueves, 30 de mayo de 2013
Vicente D. Sierra (1893-1982)
Ignorado y menospreciado por la historiografía oficial, su obra constituye, sin embargo, un fenomenal aporte al estudio y la interpretación de nuestra historia. Autodidacta ejemplar y de bajo perfil “mediático” -como se dice ahora-, inició su carrera académica como profesor en colegios secundarios del Gran Buenos Aires, privilegiando durante muchos años la tarea docente por sobre otras actividades. Luego fue convocado para desempeñarse como director del Instituto de Investigaciones Históricas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, y como profesor de Introducción a la Historia en la misma facultad. Además fue profesor titular de la cátedra de Historia de la Ideas Políticas Argentinas en la Facultad de Ciencias Políticas de los Institutos Universitarios del Salvador.
En el año 1946 se hizo cargo de la Secretaría de Salud Pública, Abastecimientos y Limpieza de la Ciudad de Buenos Aires. Más tarde, fue secretario de la Comisión de Construcciones Universitarias y después Director Nacional de Transportes. Entre 1960 y 1966, fue designado Presidente de la Junta de Historia Eclesiástica. El 18 de octubre de 1973, Sierra sucedió a Jorge Luis Borges en el cargo de Director de la Biblioteca Nacional, y fue hasta el 4 de marzo de 1976, titular de la misma.
En todas las obras de Vicente Sierra prevaleció una aguda mirada particular y original sobre la historia argentina y americana, que se diferenciaba de la de los otros historiadores de su época.
Su prolífica bibliografía incluye las obras: Las doctrinas sociológicas de Echeverría; Los jesuitas germanos en la conquista espiritual de Hispano-América (1944); El sentido misional de la conquista de América; Historia de las ideas políticas en la Argentina (1950); Así se hizo América; Historia de la Argentina (en 12 tomos, publicados entre 1956 y 1972); El hombre, la sociedad y el estado en la doctrina peronista (1948); Los Reyes Católicos; En torno a las Bulas Alejandrinas de 1493 (1953); y El hombre argentino y su historia, publicada en 1966.
sábado, 24 de septiembre de 2011
Fermín Chávez: “Si hubo una batalla por la historia, ya está ganada”
Esta entrevista se la realicé al historiador Fermín Chávez en el año 2003. Para los que no lo conocen, se trata de un representante del revisionismo histórico y para el que "el liberalismo hace una historia mítica para apoyar al poder y que se sostiene desde las escuelas".
Continuador del revisionismo histórico -que él prefería llamar “Nueva escuela histórica” o “Historia de la descolonización”- iniciado por Adolfo Saldías y en el que se encuentran autores como Corvalán Mendilaharsu, Font Ezcurra, José María Rosa y tantos otros, Fermín Chávez fue uno de los referentes insoslayables para conocer el pasado de nuestro país. Al momento de la nota, recientemente había sido nombrado Ciudadano Ilustre por el gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, y también Mayor Notable de la Argentina por la Honorable Cámara de Diputados de la Nación. Nacido en Nogoyá, Entre Ríos, el 13 de julio de 1924, falleció en Buenos Aires el 28 de mayo de 2006. Fue autor de varias docenas de obras, y sostenía que si bien han ido desapareciendo las grandes figuras representativas del revisionismo, la obra que han dejado es suficiente para cuestionar la monumental versión liberal de la historia sostenida por infinidad de autores y divulgadores en todos los formatos y funcional a los intereses del poder cuya ideología representan.

le hice una nota a Félix Luna como a uno de los historiadores...
-Sí, difusor de...
-...más conocidos
-Noo, más comercial. Más difundido, no hay duda. No hay duda, todo el mundo conoce a Félix Luna.
-Y la última vez le hice una nota a Alejandro Vallejos, el gran maestre de la masonería, que estuvo por Rosario.
-Ni idea.
-Tanto como para reflejar las distintas corrientes.
-Sí, pero está bien. Son distintas visiones.
-Cuando hablé con Félix Luna y tocamos el tema del revisionismo, él dijo que el revisionismo ya no existe como corriente actual.
-Bueno, yo te digo que a mí el término “revisionismo” nunca me convenció. Porque se lo aplicó con un sentido político durante la década del 30. Yo lo llamo la “Nueva escuela histórica”, que viene del siglo pasado. Los que inician la revisión de la historia liberal trabajaron en el siglo XIX: Saldías, Quesada, Corvalán, Mendilaharsu... Todos ellos escribieron a partir de la década de 1880, 1890. Y hay toda una nueva escuela histórica que no sólo empieza con Saldías sino también con Alberdi, si uno quiere buscar más atrás. Alberdi también revisó a la historia. En los “Escritos póstumos” de Alberdi, que nadie consulta y que son trece volúmenes, ahí él revisa toda la historia liberal. Pero esto trata de un revisionismo que tiene que ver con la etapa rosista. Pero hay también un revisionismo que no hace hincapié exclusivamente en Rosas. Porque hay etapas en la historia argentina, como la de después de Caseros, que también hubo que revisarlas. Yo me he especializado más en la etapa posterior a Caseros, porque era la menos trabajada. Porque los llamados revisionistas, del Instituto Juan Manuel de Rosas, ¿no es cierto?, se ocuparon mucho de la época de la Federación, de la época de Rosas, y no le dieron ninguna importancia a lo que vino después.
-Y usted trabajó la etapa posterior.
-Yo trabajé “Vida del Chacho”, “José Hernández”, mi bibliografía, ¿no es cierto?, que son etapas que tienen que ver con después de Caseros. Más que nada historia de la cultura, historia de las ideas. Mi biografía sobre Hernández cambió totalmente la imagen de José Hernández, porque se decía que no había documentación y yo demostré que había documentación a patadas y que no había sido buscada, que no había sido investigada. Y el libro “Vida del Chacho” también tuvo mucha importancia.
-Ah, no. Sí, claro. Está ligado a la masonería, que era muy fuerte en esa etapa. La mano inglesa, digamos. La alianza, lo que el historiador inglés Collin Lewis llama “la conexión anglo-argentina” viene acompañada por una minoría con sus organismos secretos, que es la masonería, para enrolar fuerzas, sobre todo empresarios, militares, marinos... La marina, bueno, ni qué hablar que fue copada por la masonería. Los ferrocarriles tenían una gran fuerza y en los ferrocarriles la masonería era importante: no se salía de peón, no se pasaba a capataz si no se enrolaba en la masonería. Del ferrocarril inglés le estoy hablando, ¿eh? De manera que esto habla del peso que tuvo o que tenía. Hoy no lo tiene. La verdad es que hoy hay otras corporaciones que hacen que el peso del poder esté en otro lado.
-¿Por qué perdió ese peso?
-Bueno, porque la economía los desplazó. El poder económico, el poder de la usura, el poder financiero desplazó estas fuerzas que eran ideológicas y políticas.
-Estaban antes de Caseros y después de Caseros.
-Sí, sí. Continuó. Y a Urquiza lo enrolaron y le dieron directamente el grado 33 acá en la calle Cangallo que ahora es Perón, en la Gran Logia.
-Con Félix Luna vimos esto que de 1852 a 1912, hasta la Ley Sáenz Peña, prácticamente todos los presidentes fueron masones.
-Sí, sí, si. Sí, y además con ignorancia de la soberanía del pueblo, porque no había voto. No había documentos para votar tampoco (ríe). Y el fraude era una institución. El fraude era una institución. Y un presidente dejaba sucesores, ¿no? Había toda una sucesión en el gobierno.
-Un presidente ya sabía quién iba a venir después.
-Sí, un pariente o un amigo.
-Bueno, Sarmiento cuando viajó a Estados Unidos le dijo a Mitre que se acuerde que el próximo presidente tenía que ser él.
-Claro, cuando él estaba allá el que lanzó la candidatura fue Lucio Mansilla, que estaba en el ejército de la guerra del Paraguay. La candidatura de Sarmiento se lanzó desde el Ejército que peleó contra los paraguayos. Y fue Mansilla el que lanzó la idea. Lucio Victorio Mansilla.
-Sí, sí, sí. Y que quiso ser ministro de guerra de Sarmiento. Y cuando fue porque lo llamó para hablar con él, Sarmiento, de arriba, le dijo: “No, no, no. Ministro no. Con un loco ya basta y sobra”.
-Mansilla murió en Francia.
-Sí, ahora, como escritor, no hay dudas, era excelente.
-Sí, tiene las “Causeries”...
-Sí, y de Rosas cuenta muchas cosas. El libro de él sobre Rosas es muy bueno. El tiene un “Rosas” donde habla mucho de la madre de Rosas y que la describe como una gran mujer. Después tiene “Una incursión a los indios ranqueles”. Todo lo de él es bueno. Tiene un montón de trabajos. Es meritorio Mansilla.
-Esta revisión de la historia, en principio me parece que no es exclusiva de Argentina. Los franceses también tienen su revisionismo...
-Sí, sí, sí. Y los brasileños. Curiosamente, en Brasil, los que iniciaron la revisión de la historia fueron los positivistas brasileños. Los positivistas brasileños, que como ocurre en Brasil son muy brasileños, de cualquier color o ideología que sean, primero son brasileños, reivindicaron las misiones jesuíticas, las tareas de los jesuitas en la república guaraní. Es un caso muy curioso el de Brasil.
-¿Y esa revisión se hace en Argentina en función de que había una historia falsificada?
-Claro, sí, puesta al servicio del poder de turno. Había una historia como acompañando al poder, al proyecto de país. Y, desde la escuela, no había más que una sola voz: estaban los “ángeles” y los “demonios”, y a los “demonios” ni se los mencionaba. Todos aquellos que habían cuestionado el proyecto de Argentina y se habían rebelado de una u otra manera, ¡chau, a la basura! Esta fue la visión. Era más que tergiversación: era omisión. Hacer ignorar lo que no convenía. Más que una historia falsificada era una historia omitida. Ramón Doll tiene una imagen muy ilustrativa: dice que la historia argentina, la escrita, es como un inmenso témpano flotante, donde lo principal está sumergido bajo la linea de flotación. Y lo que se ve, que es la historia escrita, es el pedacito más chiquito de arriba.
sábado, 27 de agosto de 2011
¿para que falsificar la Historia?
Arturo Jauretche
sábado, 20 de agosto de 2011
¿como se hizo la Historia Argentina?
El gran instrumento para desargentinizar la Argentina y hacer de la Patria de la Independencia y la Restauración la colonia felíz del 80 había sido la falsificación de la Historia.
No bastaba con la caída de Rosas ni con las masacres que siguieron a Pavón. Era necesario dotar a la nueva Argentina de una conciencia compatible con el dominio de una clase y el tutelaje foráneo. La patria ya no sería la tierra, o los hombres, o la tradición sino las instituciones copiadas, la libertad restringida, la civilización ajena.

Pero nuestra historia era el relato del nacimiento, formación y defensa de una nacionalidad. Había en ella -como en toda historia nacional- emoción de pueblo, gestos de conductores, coraje de auténticos patricios.
Por eso la preocupación primera de los hombres de Caseros, aun antes de la Constitución a copiar y los extranjeros para poblar, fue la falsificación del pasado: dotar a los argentinos de una historia "arreglada" (la palabra es de Alberdi), de "mentiras a designio" (la frase es de Sarmiento) que enalteciera la civilización ajena en perjuicio de la barbarie nativa.
Se amañó el pasado. Se adaptó (como en toda América) la leyenda negra de la conquista española: Juan María Gutiérrez, el rector de la universidad de Buenos Aires, hablaría de los crueles conquistadores y lujuriosos frailes que España nos mandó para nuestro mal. Se mostró a la Revolución de Mayo como un complot de doctores ansiosos de libertad de comercio y constituciones escritas; para llevar sus beneficios fueron Belgrano al Paraguay y San Martín a Chile y el Perú. No había tierra ni tradiciones; nada de eclosión turbulenta y magnífica de un pueblo que brega por su independencia; todo pasaba en una sola clase social; todo ocurría por móviles extranacionales. Don Bernardino Rivadavia, de vinculaciones con empresas británicas, que gobernó de espaldas a la realidad, dislocó el antiguo virreinato en cuatro porciones insoldables, e hizo dictar en horas de guerra internacional una constitución que levantó contra su gobierno a todo el país, fue presentado como el Grande Prócer de la Argentina.
El arreglo resultó fácil hasta los tiempos de Rivadavia, porque la "leyenda negra" había sido preparada por los enemigos de España retaceando y tergiversando auténticos materiales españoles, y la concepción minoritaria y extranjerizante de la Revolución existió realmente, sino en los patricios de 1810, en los mayos de 1838. Era cuestión entonces de ocultar la presencia del pueblo en las jornadas de 1810, en el grito de Asencia, en la noche del 5 al 6 de abril, y negarlo como montonera cuando irrumpió en el litoral llegando a la plaza de la Victoria en febrero de 1820. Se llamó anarquistas a los conductores de ese pueblo con Artigas a la cabeza, y se calificó de próceres a quienes buscaban por Europa el dominio extranjero que asegurase el dominio de su clase. San Martín y Belgrano no fueron como hombres de pensamiento político definido, ni expuestas sus opiniones sobre las cosas y la gente de la tierra, sino como héroes de alto, pero único, valor militar.
Con esos materiales se podía fabricar la historia de la primera década independiente, y avanzar en la segunda hasta el fracaso de Rivadavia en 1827 "por las ambiciones y barbarie de los caudillos". Fue lo que hicieron Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López. Aquél en la Historia de Belgrano y la independencia argenta con alcance a la muerte del héroe epónimo en 1820; y éste en la Historia de la revolución argentina que llegaba hasta los tiempos de Dorrego en 1828.
No se podía avanzar más allá. Porque más allá estaba Rosas.
Y la época de Rosas era un problema.
Había una nacionalidad enfrentando las fuerzas poderosas de ultramar, un pueblo patriota imponiendose a una minoría extranjerizada, un jefe de extraordinarias condiciones políticas venciendo a los interventores extranjeros y sus auxiliares nativos. Debía pasarse por alto la creación de la Confederación Argentina, el entusiasmo y participación populares y sobre todo la defensa de la soberanía contra las apetencias foráneas. No se podían separar los "ejércitos libertadores" ni las "asociaciones de Mayo" de las intervenciones foráneas y su fondo de reptiles, ni disimular el cañón de Obligado, ni la victoria de los tratados de Southern y Lepredour, ni la derrota por Brasil cuando el Imperio adquirió al general (y con el general, el ejército) encargado de llevarle la guerra.
No. A la época de Rosas debía borrarsela de la historia argentina, negarla en bloque, condenarla sin juicio: tiranía y nada más.
Lo dijeron en claras palabras los legisladores que condenaron a Rosas como reo de lesa Patria. No lo hicieron porque así lo sintieran. Lo hicieron con la esperanza de que un fallo solemne impidiera una posterior investigación de carácter histórico por el argumento curial de la cosa juzgada. Lo dijo el diputado Emilio Agrelo. ("No podemos dejar el juicio de Rosas a la historia ¿qué dirán las generaciones venideras cuando sepan que el almirante Brown lo sirvió? ¿que el general San Martín le hizo donación de su espada? ¿que grandes y poderosas naciones se inclinaron ante su voluntad? No, señores diputados. Debemos condenar a Rosas, y condenarlo con términos tales que nadie quiera intentar mañana su defensa"). Absurdo, pero así fue.
Para la enseñanza primaria y secundaria bastaba rellenar los años posteriores a 1829 con los cargos contra Rosas de los escritores unitarios al servicio de los interventores europeos. Pues como Aberdeen, Guizot y Thiers necesitaran presentar su empresa colonial como una cruzada de la Civilización contra la Barbarie (como se presentan en todos los tiempos, todas las empresas coloniales de todos los imperialismos), existía una abundante literatura de horrores cometidos por Rosas, que iban desde el incesto con su hija a la venta de cabezas de unitarios como duraznos por las calles de Buenos Aires, pasando por rostros adobados con vinagre y orejas ensartadas en alambres que adornaban su salón de Palermo.
La presentación del monstruo, que tanto había impresionado a la clientela burguesa de Le constitutionelle de Thiers, hasta arrancarle un apoyo a las intervenciones que llevarían la civilización a los sauvages sudamericains (no ocurrió lo mismo en Inglaterra, pese al Manchester Guardían y a los discursos de Peel, tal vez por el mayor sentido común de los británicos) serviría ahora para adoctrinar a los niños argentinos en el horror al "tirano" y la repudio a sus "secuaces". Todo lo que pudo servir contra Rosas (Tablas de sangre, novelas como Amalia, poesías condenatorias, alegatos de resentidos, chismes de comadres) fue vertido en dosis educativas en los libros de texto como definición de la "tiranía". Contra ella los auxiliares del imperialismo lucharon veinte años con patriótico desinterés, pues el Catecismo de la Nueva Argentina presentaba un gran demonio rojo –Rosas– perseguido sin tregua por unos ángeles celestes. Finalmente el Bien se imponía sobre el Mal como debe ocurrir en todos los relatos morales.
En la Universidad el cuadro variaba. Rosas seguía siendo el monstruo y sus enemigos los hombres de bien; pero su mayor crimen había sido postergar con argumentos fútiles por veinte años la ansiada constitución -objeto exclusivo de la revolución de Mayo– hasta caer por uno de sus tenientes (Urquiza) convertido oportunamente al constitucionalismo y la libertad. Llegó entonces la Constitución de 1853; pero como Urquiza tenía resabios federales debió esperarse hasta su derrota en Pavón para que los goces de la libertad se extendieran por toda la Argentina. El 12 de octubre de 1862, con la asunción de la presidencia por Mitre, se detenía "la historia". Más allá no había nada importante (fuera del corto epílogo del Paraguay para abatir a otro "tirano" monstruoso en beneficio de su pueblo oprimido) y solamente se registraba una galería de presidentes con fechas de su ingreso y egreso y alguna frase final sobre "los grandes destinos". Era cierto, certísimo que más allá de Caseros no había historia: las colonias felices, como las mujeres honestas, carecen de historia.
viernes, 25 de febrero de 2011
La Historia Oficial y la Historia




